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23 abril 2020 4 23 /04 /abril /2020 09:33

Ha amanecido nublado. El cielo es una inmensa cúpula gris con trazos oscuros de nubes cargadas de agua. Hoy es el día de los libros y las rosas. Es día de la cultura y el amor, la solidaridad y la empatía. Todos esos elementos están siendo desafiados día a día por el confinamiento y por la amenaza del Covid. Pero aún así se ha creado una réplica virtual a través de ordenadores y móviles. Es tiempo de congojas y estrecheces. Es oportuno reivindicar a la cultura como una necesidad, no mayor que otras más primarias, pero sí de una forma muy humana, un báculo y una ayuda en momentos como éstos. ¿Para cuando una reducción del IVA para los libros y las editoriales y las librerías? Ya se ha reducido a los libros electrónicos. ¿A qué viene esa hipocresía? Hagan un gesto realmente social y realmente inteligente: la cultura en tiempos de tribulación es un lenitivo, una ayuda inestimable para darnos fuerzas y aguante a los ciudadanos, sea en la forma que fuere necesario, desde los libros al teatro y el cine, los conciertos, los museos. La cultura define lo que es un pueblo y a través de la tradición, literaria, filosófica, musical, dramática o de danza, alimenta sus raíces y sus peculiaridades. La cultura es uno de los nexos de unión más generoso entre los distintos pueblos, puesto que por definición promueve la propia pero también respeta y acoge la ajena. Es el sello de hermandad humana: una cultura humana formada por la aglutinación respetuosa de millones de culturas nacionales, regionales o locales.

Unos datos para la historia de este día en el cómputo del año de la "peste": el brasileño Bolsonaro, un populista con ideas y modos de Hitler y Stalin en una sola y briosa combinación, sigue negando el virus a pesar de los más de 40.000 contagiados y casi 3.000 fallecidos que van creciendo en su país. Mi otra "bestia negra", Trump, ha quedado en ridículo planetario (una vez más) al tener que  reconocer que su "cóctel milagroso" con la ex-gripecilla, el Covid, formado por cloroquina y azitromicina, no detiene al virus y ni siquiera sirve de placebo por sus efectos secundarios .  No tardará de echarle la culpa de ese "pequeño error" a la OMS, a quien ha retirado los fondos como "castigo" por no haber respetado su estupidez negacionista. ¿Hasta cuándo abusaréis de la paciencia del mundo, insignes covidiotas? Y como guinda de este pastel de despropósitos hacernos eco de unas declaraciones de un tal Canadell, presidente de la Cámara de Comercio barcelonesa que ha dicho que...No las voy a repetir, por respeto a ustedes y a mí mismo. Sólo creo que el independentismo no tendría que estar reñido con la inteligencia, so pena de convertirse en fanatismo irresponsable. En este caso ha habido en Cataluña muchísimas muestras de rechazo. Siempre he sostenido que en Cataluña hay una  mayoría demasiado silenciosa de gente razonable y sensata, incluídos los que piden para su tierra ciertos derechos sin abandonar las vías pacíficas y legales para hacerlo. Como dijo cierto político inglés (antes del Brexit), no estoy de acuerdo con lo que piden ustedes pero apoyo sin dudarlo el derecho que tienen a pedirlo. De la forma y los cauces destinado a ello y respetados por todos. Incluidas manifestaciones populares pacíficas. ¡¡Que es la fórmula que deberíamos adoptar los españoles cuando salgamos de todo esto para pedir mayor protección y presupuestos para la sanidad, la enseñanza y la investigación!!

ALBERTO DIAZ RUEDA

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22 abril 2020 3 22 /04 /abril /2020 08:33

Esta bendita tierra de mi pueblo es agradecida a las lluvias mansas que la reverdecen y la esponjan como un paraíso nutricio, ajeno a los cuidados y amarguras a los que nos somete nuestra precariedad ante el virus. Hacía tiempo que no veía tan lozanas las verdes colinas que nos rodean. Todo huele a limpio y uno tiene que reprimir el deseo de volver a las largas caminatas por los alrededores. Durante horas mi mujer y yo recorríamos senderos, veredas, pistas forestales o agrícolas, caminos invadidos por la maleza,  sin cruzarnos con nadie. Ahora la responsabilidad solidaria nos mantiene encerrados en casa como al resto de los pocos vecinos del pueblo.

Una de las tempranas novelas de mi admirado Marsé se titulaba "Encerrados con un solo juguete" (1960) que nada tiene que ver con la situación que nos aflige y nos limita (si acaso el franquismo de entonces que oprimía a los personajes...y al novelista). La saco a colación porque de alguna forma muchos de nosotros estamos "encerrados con un solo juguete". Ese "juguete" son las redes sociales. Durante muchas horas nos dedicamos a recabar información, opiniones, estudios, entrevistas a gente relevante, cuestiones políticas o económicas. Para mí más que un deber es una necesidad. Mi vieja profesión de periodista me dirige a fuentes fiables casi siempre, hay un "olfato profesional" cultivado por más de cincuenta años de ejercicio. Para muchos la Red les proporciona no sólo información y conocimiento, también diversión, placeres, diversas formas de cultura desde la música, al cine o los documentales y, lo más importante desde un punto de vista del humano obligado a confinarse: un remedo virtual de socialización. Abundan los contactos por whats-up, twitter, videoconferencias íntimas o familiares, intercambios emocionales, no por virtuales menos sentidos y apreciados.. 

De vez en cuando el comentario de un experto, la observación de un ensayista, la reflexión de un escritor o un filósofo, nos inflama. A veces, pocas, de admiración por algo constructivo, positivo, solidario, humano en el mejor sentido de la palabra. Demasiadas veces, por el contrario, nos las vemos con la cara menos amable del ser humano, en el más vil sentido de la palabra. En algún medio consultado, un filósofo coreano-alemán, al que admiro y sigo desde hace años, Byung-Chul Han, hablando de las diferencias de respuestas ante el virus y tras una frase que me dolió: "Europa ha fracasado", describe la eficacia llena de sospechas de algunos países asiáticos como China, Corea o Singapur (naciones confucianas, dice, y por tanto disciplinadas y solidarias con el bien común) . Y después, con evidente desprecio, describe la postura ignominiosa de Trump (pero muy valorada entre una considerable parte de ciudadanos de Estados Unidos). Y deja caer un dato ejemplar: Trump había ofrecido comprar en efectivo los derechos exclusivos sobre una posible vacuna contra el Covid que está desarrollando la empresa alemana CureVac, financiada por el Estado alemán. Al parecer el ministro alemán de Sanidad contestó desabridamente que NO y añadió: "hasta el capitalismo tiene límites". La anécdota parece ser cierta y la he leído en una entrevista a la filósofa americana Judith Butler. 

El virus no discrimina, pero parece ser que hay líderes humanos que sí lo hacen y se arrogan el derecho de decidir quiénes deben salvarse y quiénes deben morir. 

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21 abril 2020 2 21 /04 /abril /2020 07:37

La lluvia imprime una placidez extraña al paisaje solitario que diviso desde mi estudio. Se van sucediendo chubascos breves, con momentos en los que un sol deslumbrante llena de colores contrastados y luminosos la llanura sembrada de bosques y de colinas. En el silencio absoluto de la tarde. sólo turbado por los trinos de los pájaros, la ausencia de movimiento humano o de vehículos agrícolas surcando los campos como naves de otros tiempos, aumenta la impresión de fragilidad que siento. No respecto a la solidez bucólica del paisaje que me rodea, sino a mi presencia como observador humano. Una moraleja, aún no elaborada, que se desprende de esta larga clausura seglar, es la indescriptible conciencia de vulnerabilidad que nos invade a poco que pensemos en lo que nos sucede. El hecho de que seamos todos, el planeta entero con poquísimas excepciones (gracias a la "maravilla" de la globalización) los amenazados o afectados por el Covid, un fragmento genético que ni siquiera es un ser vivo, no nos consuela, sino al contrario, nos resalta la incongruencia que existe entre nuestra arrogancia tecnológica y nuestro pretendido carácter de "rey sin corona" de la Naturaleza (carácter que nos convierte al mismo tiempo, en el mayor depredador natural de la historia humana). El ser más" poderoso" de la Creación es también el ser más vulnerable. Supongo que si nuestros primos, los primates, tuvieran  un poco de conciencia, sólo un poco (como un Trump, por ejemplo) y sentido del humor (que Trump no tiene) las carcajadas globales de toda la especie de monos desde los chimpancés a los gorilas "llegarían a conmover hasta el vasto Olimpo" como diría el legendario Homero.

La lección que deberíamos empezar a elaborar es que nuestra vida cotidiana, social, económica, laboral, va a sufrir cambios, ligeros o profundos (el número de variables en juego hace imposible todos los vaticinios), la globalización va a sufrir limitaciones, los nacionalismos se van a exacerbar o , para los más idealistas, se van a diluir, el sueño de un progreso irrefrenable y un aumento del nivel de vida incesante y más igualitario se van a quedar en eso, sueños...Y por tanto el viejo animal humano, curtido en mil catástrofes naturales o provocadas, va a aplicar el instinto que le va permitiendo sobrevivir pese a su propia estupidez y a su evidente incapacidad de aprender de los errores, aunque en el camino tengamos que abandonar la falacia neoliberal y el capitalismo sin límites.  ¿Cuál es ese instinto básico? La capacidad de adaptación.  Aunque tengamos que aplicar la norma antiindividualista asiática de poner, por encima de la autonomía personal y sus derechos, el bienestar colectivo, basado en la seguridad básica económica y social y la salud.

¿Volvemos a los escenarios distópicos de Orwell, Huxley o Ballard? Quizá sí. Tal vez no. Los dados están en el aire. Y ya sabemos, dijo Einstein,  que Dios no juega a los dados con el Universo. ¿O sí? Sea  lo que sea habrá que lidiar con ello. Como dicen en mi pueblo cuando los ancianos protestan por no poder salir a pasear por los solitarios campos y se encogen de hombros musitando "No nos queda otra". Pues eso.

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21 abril 2020 2 21 /04 /abril /2020 07:04

Tener dos hijas profesoras de instituto tiene sus compensaciones. Una de ellas  es darme motivos múltiples y variados de reflexión sobre los problemas que el enclaustramiento vírico ha creado en la comunidad de la enseñanza, desde la primaria, a los institutos y la Universidad.  De ahí que pienso que la pandemia y el subsiguiente y obligatorio confinamiento, está poniendo en solfa a tres de las cuatro patas de la educación, que son a mi entender,  el modelo educativo, el profesor, el alumno y su familia. Ustedes pensarán, "por si fuera poco con los problemas que nos ha traído el virus, el de salud, el económico, el laboral y el socio-familiar, ahora nos viene éste con el de la educación".

Permítanme que les apunte una visión complementaria del problema, ligeramente sarcástica. Justamente es la educación la madre del cordero: ella sola se merece un trato de especial consideración, mimo y responsabilidad. La educación es la semilla que bien plantada, regada y cuidada crea buenos médicos, investigadores, políticos, técnicos. Pero sólo con la condición de que tal educación sea técnicamente irreprochable y humanísticamente correcta y creativa. Para ello hay que tener en cuenta que los maestros de esos profesionales han de ser buenos pedagogos, libres, abiertos, responsables y empáticos, sin ajustarse a planes rígidos y capaces de estimular la imaginación, la  creatividad y la responsabilidad de sus alumnos. Sigamos con el arco social de la excelencia educativa: las personas que han recibido tal formación pueden circular mejor por los caminos complejos de la economía y el mundo del trabajo, no engañan ni se dejan engañar, pues al mismo tiempo que su profesión aprendieron la ética que la regula (o, ay, debería inspirarla). Y esas personas, gracias a una educación que no termina en la universidad con el título en el bolsillo, sino que es permanente en la vida humana, (pues la enriquece en forma de cultura y comprensión y solidaridad con el prójimo), posiblemente sean capaces de articular relaciones personales y sociales basadas en criterios más sólidos que el interés propio, el beneficio fácil o la explotación de los otros. Y formar familias donde la educación y la cultura se consideren como un privilegiado modo de ser mejor persona. ¿Queda claro que la educación no es un tema secundario y mucho menos banal? Así que, ¿porqué no proponemos la enseñanza como uno de los pilares del cambio social, aprovechando el "reset" de la pandemia?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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20 abril 2020 1 20 /04 /abril /2020 12:30

Me disculparán si en este artículo uso conceptos y términos de economistas. Soy un lego, aunque curioso y motivado, en Teoría Económica. A pesar de ello, en el transcurso, aún en marcha, del proceso destructivo del Covid19 se ha  producido una especie de "gerontocrash", que merece un tratamiento aparte y un análisis sereno pero realista. El término anglosajón "Crash" proviene del economista John Kenneth Galbraith que en 1929 lo tomó para el título de su libro "The Great Crash" que trataba de analizar las causas y consecuencias de la catastrófica caída de la Bolsa de Nueva York y la posterior Gran  Depresión  que afligió al país y se prolongó hasta 1940 contagiándose a todos los países de la órbita de influencia de Estados Unidos, incluida Europa. El crash se define como un movimiento de caída, imprevisible y brusco,  en los mercados. Sin embargo la actual crisis  económica que aún no se ha sustanciado ni es posible delimitarla o ponderarla,  no tiene semejanza alguna ni con la de la mal llamada gripe española de los años 20 del pasado siglo, ni con la de 1929 o la de Lehman Brothers de 2008: no hay precedentes. Se trata de una acción voluntaria de los países a causa de una pandemia vírica que puede diezmar a la población. Y aquí aparece la motivación causal de este escrito: la población diezmada. Y, concretamente, una parte sustancial de ella: la de los ancianos.

Leía en un ensayo de Walter Benjamin una líneas (referidas a otra situación deprimente) que me inspiraron para razonar la congoja que he sentido al analizar el "gerontocrash" que se ha producido por efecto del coronavirus y con la complicidad indirecta de las Administraciones y ciertas empresas privadas encargadas de las llamadas "Residencias de la Tercera Edad", más cercanas a las de la película "Soylent Green" que a las de las series y comedias norteamericanas con abueletes como protagonistas. Decía Benjamin: "La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla usual siempre ha sido semejante al "estado de excepción" en el que ahora vivimos...no está justificado  pensar con asombro que las cosas que estamos viviendo sean 'todavía' posibles en este siglo".

Realmente nos puede asombrar que en pleno siglo XXI  nos hayamos olvidado del respeto y cuidado que merecen nuestros mayores, que sigamos un estilo de vida que los descarta como onerosos y obstáculos del progreso de todas esas familias que no existirían y no tendrían su supuesta vida confortable sin los sacrificios y el trabajo duro de la mayoría de esos abuelos aparcados en las mal llamadas "residencias" . Lugares que más bien son " morideros" en los que ni siquiera como en "Soylent Green" los ancianos descartados morían pacíficamente y sin dolor escuchando la Pastoral de Beethoven con maravillosas secuencias de una Naturaleza verde y fértil como ya no existía en la distopía mostrada en la película, un mundo arrasado por la contaminación global. Ancianos convertidos en galletas nutritivas para calmar el hambre de un mundo donde sólo vivían bien los integrantes de la clase privilegiada, parapetada tras muros de acero y guardia armada.

Dejando aparte las distopías a las que el cine es tan aficionado (eso es un síntoma a considerar) lo cierto es que el Covid19 ha traído a la realidad una cuestión nada baladí: ¿qué diablos está haciendo la sociedad capitalista avanzada con sus ancianos. ¿Sabremos algún día con certeza el número vergonzante de ancianos que ha muerto en esas "residencias" o en cualquier otra parte por efecto del virus y de la dejadez culpable de las administraciones públicas frente al problema y de la codicia inhumana de multinacionales y fondos carroñeros que controlan, al parecer, el 75 % de las plazas para los ancianos en los cinco mil y pico centros que hay en el país, de los cuales solo una minoría siguen bajo control público. Se trata de un mercado floreciente y muy rentable (en 2030 más de 15 millones de españoles tendrán más de sesenta años)  regido en forma de precarización de empleos de cuidadores, escasez de medios y sueldos mínimos para dedicaciones completas. ¿Se asombran de la  hecatombre que se ha producido en esos morideros en los que, a día de hoy, todavía faltan medios y cuidadores? En España, como mínimo uno de cada 3 fallecidos por el virus habitaba en una residencia (datos sin confirmar, que irá al alza). Ya sabemos que una residencia no es un hospital. Pero tampoco un aparcamiento de viejos sin control sanitario y expuestos a la mayor virulencia del Covid, primero por estar desatendidos y segundo por ser personas mayores. Como decía Benjamín "es la tradición de los oprimidos". ¿Debería asombrarnos que eso ocurra en el siglo XXI? Decididamente, sí. Bélgica y Holanda sostenían que "sería un error tratar de salvar a ancianos a cualquier precio" y Trump ha dejado caer que es un alivio saber que el virus se ceba en las personas mayores. Podría meditar un poco (él no es precisamente joven) en la frase de Canetti: "Es en la vejez donde esperanza y desesperación juegan su última partida". Los ancianos del mundo la han perdido.

Alguien mencionaba el "genocidio geriátrico" que esta pandemia ha causado indirectamente y el poder económico y político han promovido, por dejadez o codicia, de forma directa. No tengo cifras fiables (no suelo fiarme de los big data o las estadísticas oficiales. Pero a toda una generación se nos debería caer la cara de vergüenza por haber permitido un tan nefasto y miserable  final para esos miles y miles de ancianos muertos de manera miserable, que protagonizaron el cambio económico y social de los 60 a los 90.  Desde el señor Aznar hasta Rajoy o la descafeinada ley de dependencia de Zapatero o la aquiescencia de Sánchez, en suma  toda la clase política que ha gobernado este país desde que comenzaron los recortes a la Sanidad, la enseñanza, las ayudas a la Tercera Edad y no rectificaron en tiempos de bonanza. Está siendo un sangrante ejemplo de gestión mal realizada, carencias estructurales y falta de control político de la privatización carroñera predominante. Como escribe el economista David Harvey, "Cuarenta años de neoliberalismo en el occidente democrático (Estados Unidos, toda Europa, parte de Sudamérica) han dejado el sector público totalmente expuesto y sin preparación y medios para enfrentarse a una crisis de salud pública y económica como esta pandemia".

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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20 abril 2020 1 20 /04 /abril /2020 09:55

Los ingleses llaman "covidiotas" a las personas que se saltan las normas de higiene, distancia y confinamiento más o menos parcial que tiene (relajadamente) establecidas el Reino Unido. Los negacionistas (que siguen) argumentan que en realidad se sabe poco con seguridad sobre cómo infecta y actúa y hasta de dónde procede el covid. Pero curiosamente no tienen  en cuenta las realidades empíricas: el número de muertes, los contagios masivos y el hecho incontrovertible que los datos nefastos bajan sustancialmente si se procede como está establecido. El caso más renuente que conozco (¿afectará el Covid a algunas personas en el cerebro más que en los pulmones?) es el de mi particular "bête noir", el señor Trump, que ahora está procurando culpar de forma criminal a los chinos. Buen momento para sugerir que China ha infectado al mundo de manera intencional.  Cada vez tengo más claro que en el siglo XXI ha aparecido un quinto jinete del apocalipsis que la va  a armar gorda provocando a los otros cuatro: se llama estupidez congénita o adquirida. Los chinos dicen poder demostrar que los primeros casos de coronavirus documentados pero "disfrazados" de neumonías graves se deben a unos jóvenes inhaladores de "vaporing" el sustituto absurdo de los cigarrillos...aparecidos en el estado norteamericano de Carolina. ¿Qué les  parece? Es como el juego de los despropósitos. Sólo que este puede tener consecuencias más graves aún de las presentes sobre la economía mundial. Para tratar de neutralizar a este virus no se puede utilizar una lógica binaria, blanco o negro, USA o China, ancianos o jóvenes...sino una lógica difusa: todo eso da lo mismo en este momento, lo único que importa es frenar los contagios y seguir buscando una vacuna.

Y ahora una reflexión: ¿se han dado que cuenta que este año estamos recobrando la falta de contaminación en  ciudades y pueblos, los cielos casi limpios de surcos de aviones, las aguas transparentes, los animales desestresados, la valoración de virtudes y costumbres relacionales, la dimensión humana de la vida, una primavera con lluvias limpias y frescor ambiental...? Parece que el planeta gira con más desenvoltura... ¿De verdad quieren ustedes volver a una situación de peligro permanente (respirar el aire de las grandes ciudades creó una pandemia ignorada de muertes por afecciones respiratorias, accidentes de circulación, desórdenes psicóticos) además del estrés humano, ecológico, social. Ya sé... cuesta pensar en renunciar a nuestro "satisfactorio" modo de vida basado en el consumo y en la obsolescencia programada de todo para que así consumamos más, por lo tanto produzcamos más, arrasemos los recursos naturales, desde los ríos a los bosques, el mar, la tierra y el cielo y contaminemos más el conjunto de la vida del planeta. ¿De verdad no hay manera de cambiar el modelo de vida de antes del Covid? No puedo creer que volvamos a repetir los enormes y letales errores que está cometiendo la cultura humana en su conjunto. ¿O es que , en el fondo, somos todos covidiotas?

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20 abril 2020 1 20 /04 /abril /2020 07:00

El poeta inglés T.S. Eliot , en su obra "Cuatro cuartetos", publicada entre la guerra civil española y la II Guerra Mundial, nos ofrece una visión  de la condición humana a través de la naturaleza del tiempo y la forma como el poeta lo trasciende a tenor de elementos históricos, teológicos, filosóficos o físicos. "Lo que llamamos principio es a menudo el fin/ y llegar al final es llegar al comienzo/ El fin es el lugar desde donde partimos". He recordado este poema  mientras reflexionaba sobre el desafío global que supone el Covid y la impresión cada vez más acentuada de que la Humanidad se enfrenta por primera vez en la historia a un nuevo paradigma, un paradigma diferente al de los anteriores cambios históricos, culturales, económicos y científicos (desde Copérnico, Newton, Freud, Einstein, la Revolución Francesa, la Ilustración, la revolución industrial o la era digital). Eliot estaba fascinado por la salvaje y violenta muerte de una época y de un sistema de valores y horrorizado por el ignoto futuro que estaba dispuesto a comenzar y cuyo motor había sido una guerra mundial devastadora. Su versos citados nos son tan cercanos porque, sin duda, estamos viviendo un temor reverencial y una inseguridad  semejantes, provocadas por la catástrofe, de sus posible recidivas y de los  efectos demoledores en la economía mundial, que también nos conmueve y nos preocupa de forma angustiosa.

Podríamos estar viviendo el fin de una época, un apocalipsis vírico que cuestiona todos nuestros esquemas, las formas o estilos de vida, las vigentes estructuras relacionales, económicas, sociales...que parecen deteriorarse unánimemente. Al mismo tiempo que lo hacen las del poder político y de codicia económica que están siendo superadas por el desafío que nos plantea el Covid. El virus ha colocado un huevo de serpiente en el centro de nuestra orgullosa, prepotente y arrogante civilización no igualitaria, no solidaria, egoísta, derrochadora de  recursos y rapaz con un planeta ya esquilmado que comienza a desequilibrarse.

El concepto de paradigma de Thomas Kuhn se refería al conjunto de compromisos que comparte la comunidad científica respecto a teorías, conceptos ontológicos, sistemas de creencias y modelos de soluciones de problemas). Más tarde se amplió el significado y le damos la extensión global de una cultura hegemónica determinada, la del capitalismo liberal patrocinado por occidente, un modelo aceptado por el resto del mundo, al menos en sus aspectos económicos y sociales. Este es el escenario que está desvirtuando el Covid. Se trata de un  "universo de discurso" como diría Wittgenstein, que está amenazado y cuyos recursos y defensas han quedado obsoletos, así como su arrogancia..

La cuestión más enigmática que nos plantea ese cambio de paradigma es la respuesta que vamos a darle como especie. Las dos opciones más lógicas a tenor con lo que conocemos de la naturaleza humana y de su historia pasan más o menos, a) por un rechazo a la exigencia de cambio total y un suicida intento de imponer a la Naturaleza la defensa de los intereses más espurios o bastardos. O b) tras una revolución de los más capaces e informados, al margen de ideologías o intereses egoístas, tratar de ajustar la existencia humana a las directrices de supervivencia que imponen las circunstancias, utilizando para ellos las nuevas tecnologías y promoviendo una distinta manera de concebir el trabajo, las relaciones humanas, la producción de alimentos, el acceso respetuoso a los recursos, el respeto al medio ambiente, el control de la contaminación...en suma un cambio sistémico que nos lleve a colaborar globalmente respetando los tres elementos variables de la ecuación, el orden. la seguridad y la libertad. Y aceptando que el cuarto elemento, el hombre, la incógnita operativa, es el que tiene en su mano la llave de un futuro viable.

Sin embargo, los  detentores de los poderes políticos y económicos, cuyo instinto básico es la permanencia en él y los beneficios financieros por encima de cualquier otro valor, es una variable histórica con la que hay que contar y que hace casi imposible la segunda y más viable opción. Pero ni ellos podrán evitar que esta inclemente excepcionalidad de la pandemia levante el velo de supuesta normalidad que ocultaba una existencia sin ideales, materialista, consumista hasta el derroche, agobiante, histérica, deshumanizada en conceptos como el trabajo, las relaciones humanas, la violencia urbana, las explotaciones, los abusos, la miseria, la cada vez más profunda brecha entre unos pocos  ricos y una mayoría de pobres en decadente gradación hasta la inanición, las caravanas interminables de refugiados, las guerras genocidas, la destrucción del medio ambiente y la pérdida de sentido de una humanidad instalada en el Tener y olvidada del Ser. Y eso crea una dinámica de regreso a las opciones: la historia nos enseña que ese tipo de estadios de crueldad y abuso llevan a la revolución, la violencia y el caos. Y volver a empezar... 

Solo que en esta ocasión podría no haber esa nueva oportunidad...ya que esta con el tiempo nos volvería a llevar al mismo punto  o uno parecido, la teoría de la fatal reincidencia en sus errores del animal humano. La piedra de Sísifo era la metáfora simbólica de un hombre condenado a subir una piedra enorme que luego volvía a caer y el hombre arrastrar hasta la cima. Una interpretación más coherente con esta situación  es que la supuesta piedra es el ser humano,  al que la dinámica histórica conduce una y otra vez a la cumbre con mucho esfuerzo y una vez allí,  el hombre se deja resbalar hasta el fondo atraído por el abismo. Freud  sostenía que las dos fuerzas de la vida son Eros, el amor y Tánatos, la muerte. Parece que, según la historia de la condición humana, Tánatos, el abismo, prevalece sobre el amor.

Eliot nos invita en otro de sus poemas del libro citado a optar por la segunda vía: "De prisa, aquí, ahora, siempre/ una condición de sencillez absoluta/ (cuyo precio es nada menos que todo)/ y todo irá bien/ y toda clase de cosas saldrá bien". Y si no logramos consensuar la vía de la cooperación, otros versos de Eliot, igualmente proféticos, no son aplicables: "La Palabra en el desierto/ es atacada sobre todo por voces de tentación/la Sombra que solloza en la danza fúnebre/ el sonoro lamento de la Quimera desolada". 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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19 abril 2020 7 19 /04 /abril /2020 10:38

Una semana más y se permitirá que los niños salgan a pasear y jugar en horarios delimitados. Paciencia. De momento está demostrado que el confinamiento es uno de los factores positivoS para detener al coronavirus. Las más de 20.000 víctimas contabilizadas por el momento en España, merecen ser tenidas en cuenta a la hora de marcar prioridades. Más adelante llegará el momento de sacar lecciones de lo ocurrido. La alarma parcial se ha prorrogado hasta el 9 de mayo. Las críticas políticas llueven por doquier. La pregunta es: ¿ustedes, los que protestan, lo hubieran hecho mejor? ¿Basándose en qué realidades, en qué ideas positivas y científicas? ¿En el ejemplo de Trump, de Bolsonaro, de Johnson… de tantos otros que ahora están pagando su arrogancia? Sin duda no hemos tenido la mejor gestión de la crisis...pero esos son los papeles repartidos con antelación: ante la imprevisibilidad de la pandemia, hay que bailar con la que nos toca...

Otra cosa es que se tramiten 635.000 causas por desobediencia y violación del confinamiento y casi 6.000 detenciones. Mientras la pandemia se ceba en los que no pueden escaparse a correr, a pasear, porque son ancianos y dependientes y están encerrados en residencias. Hay más de 400.000 plazas en las 5.000 residencias de personas mayores en España (casi todas en manos privadas). En ellas han muerto 13.500  ancianos, lo que supone más del 50% de los fallecidos por el virus. Ese es otro de los temas candentes que no se debe olvidar cuando todo se vaya normalizando. 

Si no exigimos como ciudadanos, con opiniones conscientemente críticas y realistas,  un cambio del modelo de sanidad que tenemos y regular la necesidad de aumentar y respetar los presupuestos en las partidas de Sanidad, Educación e Investigación, jamás seremos un país serio y progresista. Seremos presa fácil de cualquier virus letal que nos llegue, sea sanitario, económico o socio-político. Y para mayor vergüenza de España, permitiremos que toda una generación, los actuales "millenials" se malogre en todos los sentidos. ¿Creen ustedes que un país como España se lo puede permitir? Sería una pandemia generacional aún más grave que la del coronavirus.

 

Alberto Díaz Rueda

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19 abril 2020 7 19 /04 /abril /2020 07:40

 Todo el mundo miente, es el provocador título que el profesor Seth Stephens ha dado a su libro, elaborado tras su experiencia como analista de datos de Google, licenciado en Filosofía por la Universidad de Stanford y en Economía por Harvard. En estos momentos en los que los big data se han convertido en uno de los recursos más utilizados (y más manipulados) de las redes sociales e informativas, leer el magnífico libro de Stephens es un aporte extraordinario de sano escepticismo y de habilidad interpretativa de los datos que nos atosigan sin cesar por todos los medios habidos y por haber. 

Interpretar los datos y tomar las medidas más logicas y adecuadas sin seguir fielmente la supuesta tendencia que nos marcan las cifras y estadísticas es uno de los "secretos" que nos enseña el autor. Para polítifcos y policías o ejército la utilidad es evidente. Por ejemplo, respecto a los atentados islamofóbicos nos cuenta: supongamos  una ciudad de un millón de habitantes  que cuente con una mezquita, las probabilidades de que alguien que NO introduce en el buscador de su ordenador “matar musulmanes” ataque esa mezquita son de 1 entre 100.000.000. En cambio, las de quienes SÍ introducen en el buscador “matar musulmanes” son de 1 entre 10.000. Supongamos ahora que la islamofobia se dispara y que las búsquedas de “matar musulmanes” pasan de 100 a 1.000. La respuesta adecuada, dice Stephens-Davidowitz, no sería detener a los individuos que efectúan la consulta, sino extremar la protección de la mezquita local, dado que hay más individuos con probabilidad de atacarla". 

Esto correlaciona con algo que ya es de dominio común desde hace años: la interrelación con los medios digitales van dejando una serie de rastros que configuran una suerte de retratos-robot de nuestra personalidad, nuestros deseos, motivaciones, carencias y rechazos que constituyen un material psicológico de enorme potencial en aspectos tales como el perfil consumista, político, social o sexual. Esos datos están en poder de las grandes empresas que controlan los servidores y las páginas de servicios más populares de Google, Facebook, Instagram o WhatsUp. Parece que está comprobado el papel decisivo que tuvo la manipulación de datos personales en las últimas elecciones norteamericanas que llevaron al poder a uno de los peores políticos del momento.  Ni Orwell con su "1984" llegó a imaginar el poder predictivo y manipulativo de contar con una base de datos con cientos de millones de usuarios en todo el planeta, aunque también hay que contar con los efectos benéficos que puede tener bien empleados: una prueba de oro sería aplicarlo a la detección y tratamiento de la actual pandemia, sin vulnerar, por supuesto, la intimidad de las personas y reduciendo su aplicación al área sanitaria. Esos datos están disponible desde la realidad cotidiana, de una forma no invasiva que las personas ofrecen si ningún tipo de cuidado o reticencia. Desde el ordenador de su casa usted y los demás usuarios del mundo regalan trillones de datos de impresionante valor combinatorio.

Y esos son datos honestos, no los recaban las encuestas de las agencias estadísticas, en las que -está demostrado- todo el mundo miente, desde la frecuencia de sus relaciones sexuales, sus hábitos de vida y salud: la gente fantasea, da respuestas sobre lo que quisieran ser, no sobre lo que son. Queremos dar una imagen sobrevalorada, presumimos de lo que no tenemos (cultura, atractivo, conocimientos, poder). La cuestión está, según nuestro autor, en que los Big Data van a terminar con esas mentiras y fantasías. Los macrodatos van a derruir muchos supuestos y convenciones que los humanos tienen sobre sí mismos, por encima de las mentiras que contamos a los demás y, más perturbador aún, las que nos contamos a nosotros mismos.

El autor no puede evitar cierta arrogancia cuando, por ejemplo, asegura que muchas de las teorías de Freud sobre los errores del inconsciente (en su obra "Psicopatología de la vida cotidiana"), los "lapsus linguae", son falsas y él puede demostrarlo. Así nos dice que cuando un sujeto se mete en un motor de búsqueda  y teclea "penicuro" o "sexuridad" no está mostrando sus deseos inconscientes, sino que son "lapsus de dedos" que todo el mundo comete y con mucha frecuencia. Y para terminar de "convencernos" asegura que si un mono tecleara en una máquina aleatoriamente el suficiente número de veces acabaría escribiendo "ser o no ser, esa es la cuestión...". De ahí a Pierre Menard, autor del Quijote solo hay un paso. Un poco desorbitado. Aunque para equilibrar a los lectores algo indignados, Stephens asegura que Freud sí tenía razón en la fijación sexual en la infancia que puede llevar a que haya muchos miles de adultos que buscan en la red material porno que trate sobre relaciones sexuales "con mamá".

Bien, están avisados. Es un libro interesante, inflado de datos como es de esperar, buenas conclusiones, algunas no tan buenas y sumamente perturbador sobre las mentes y los deseos, carencias, represiones y odios ocultos en la mente de las personas y expuestas en el escaparate de internet ante los ojos de los especialistas ...y de los que comercian con esos datos.

FICHA

TODO EL MUNDO MIENTE.-Seth Stephens Davidowitz.-Trad. Martin Schifino.-  287 págs. Ed. Capitán Swing.






 

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18 abril 2020 6 18 /04 /abril /2020 09:33

Se veía venir. En cuanto baja la curva de contagios sube la curva de incautos, imprudentes y desaprensivos. Los mismos políticos que antes clamaban porque debía blindarse y poner cerrojo a ciudades y provincias y países, ahora critican que se haga un proceso escalonado y cauto de desconfinamiento. En algunas ciudades comienzan a verse gente paseando como si no hubiera pasado nada. Caute! decía Spinoza ante su propio confinamiento por razones religiosas (se jugaba la vida, hubo un fanático de su propia comunidad judía que le apuñaló). Cautela es la palabra mágica ante algo tan desconcertante como el Covid19. No nos relajemos o quizá tengamos que pagar un precio aún más alto que el que estamos pagando.

La noticia buena es que el planeta Tierra ha tenido la caída global más alta de CO2 de la historia. ¿No podría buscarse una fórmula para mantener niveles óptimos de actividad y lograr niveles mínimos de contaminación? Quizá sea el momento de plantearlo a la comunidad científica y, por favor, hacer caso de sus recomendaciones. Es cosa, nada más y nada menos, que de salvar nuestro ecosistema.

En Estados Unidos el conteo sigue en alza pero el presidente anima a los Estados de su país a terminar con el parón económico ¿Señor Trump, podría dejar de hacer payasadas y tratar de entender que esa considerable mortandad en su país se podía haber evitado si usted tuviera un mínimo de sentido común y dejara de ser lobotomizado por el ansia de poder? Bueno, lo cierto es que el virus se ceba principalmente con los afroamericanos y los hispanos, gentes que no gozan de su simpatía. En el sur de Europa el Covid prefiere a los ancianos. Cada cultura deja morir lo que no ve o no quiere ver. O lo menos rentable. Parece que hay una relación inversamente proporcional entre el nivel de renta y la incidencia del virus. A  mayor nivel económico, menor número de infectados y fallecidos. Evidentemente no es una regla absoluta, pero hay algo de eso y cuando todo esto pase, aunque no del todo, (los virus como el Covid han llegado para quedarse, dicen algunos científicos) quizá tengamos accesos a datos más reales y contrastados.

De momento, y siguiendo con la pandemia geriátrica, la Fiscalía ha abierto de momento 38 diligencias contra geriátricos de todo el país por omisión de socorro, detención ilegal, coacciones, imprudencias y lesiones y ha ordenado a las fiscalías de toda  España que hagan un seguimiento de esos establecimientos públicos y privados. Eso está bien pero, por favor, lo más importante sigue siendo que cambien el modelo de asistencia y control de las residencias y la calidad de vida de las personas mayores en general, esos olvidados de la sociedad de consumo y del supuesto bienestar.

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