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26 febrero 2012 7 26 /02 /febrero /2012 08:37

infierno-blanco-cartel.jpg

 Liam Neeson, a pesar de su madurez, se presta bien a los papeles de héroe de acción, incluso les da una dimensión humana y vulnerable que, por ejemplo, ni Bond ni Bourne logran. Después de la magnífica "Sin identidad", Liam vuelve al cine de acción con ese "Infierno Blanco" que dirige Joe Carnahan.

Liam trabaja en una refinería en Alaska, ocupándose de la seguridad personal de los trabajadores, que suelen ser acechados y a veces atacados por los lobos. Arrastra un pasado de abandono sentimental que le hace especialmente vulnerable y solitario. Le vemos a punto de suicidarse (deja de hacerlo, providencialmente, al escuchar la llamada de un lobo) y cuando ocurre el accidente que moverá la acción  de la película (me recuerda mucho a "El Desafío" interpretada por un soberbio Anthony Hopkins y dirigida por Leo Tamahori, en la que un accidente aéreo también deja a un grupo de hombres a merced de una naturaleza hermosísima pero hostil, aunque en ésta es un oso el depredador y en la de Liam son los lobos: la estructura es practicamente la misma, un recital de supervivencia humana en un ambiente natural, solitario y sin recursos).

A favor de Carnahan hay que reconocer que su película, menos sujeta al star system que  la de Tamahori, no recurre a ciertas trampas y licencias del guión que en la peli de Hopkins le convierten en una especie de superman en recursos y espiritu de lucha, cosa poco probable a la edad del actor. La de Neeson es una película seria, objetiva, realista y dura. De ahí la distinta factura del final en ambas películas.

Está basada en el relato "Ghost Walker" de Ian Mackencie donde se hace más hincapié en la fragilidad del ser humano en situaciones extremas que en la épica de sobrevivientes. Por tanto y a tenor de lo que sabemos de los viajes en esas condiciones, la sobrevivencia suele ceder ante la persistencia de la violencia y el horror, repartidos entre los  hombres defendiendose y manadas de lobos tratando de calmar su hambre en el invierno polar.

Desde la secuencia inicial de presentación del protagonista y su medio, pasando por el accidente aéreo, de una contundencia y realismo que te deja los pelos de punta, hasta el final, bronco y sin compasión., pero dotado de una rara dignidad y una fuerza shakesperiana: "Vivir o morir" dice Liam y se lanza contra el lobo líder de la manada.

Una buena película.

 

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25 febrero 2012 6 25 /02 /febrero /2012 08:51

viaje-al-centro-de-la-tierra-2-cartel-1.jpg

 Cine palomitas para los más pequeños. Preparaos padres en edad de merecer. Vais a ver una película que los más aficionados al cine de entre los sufridos papás no irían a ver por simple prescripción facultativa. "Viaje al centro de la Tierra 2: la isla misteriosa" es un intento de un libretista sin imaginación de sacar partido de aquella primera entrega interpretada por Brendan Fraser que fue facilmente olvidada. El niño de entonces (Josh Hutcherson) ahora es un jovencito que no interesa lo más mínimo como cabía esperar de sus limitadas aptitudes interpretativas. Ahora no ha mejorado su actuación y volveremos a olvidar que lo hemos visto, aunque se empeñe en hacernos creer que conoce realmente a Julio Verne y sus obras, a Jonathan Swift y sus "Viajes de Gulliver" (un libro menos leido de lo que suponemos y merece) y a  Stevenson, el genial autor de, entre otras muchas maravillas  literarias, "La isla del tesoro", uniendo a los tres autores en la película gracias a la perspicacia cultural  (poco probable) de un Dwayne Johnson (interprete de obras tan selectas como "El rey Escorpión"), que aquí logra un notable por su autoparodia de forzudo metido a padrastro dulce, comprensivo y afectuoso) que pasea sus musculos y ofrece una secuencia que forma parte de las más surrealistas --en el terreno burlón-- de mis recuerdos del cine: el uso de sus músculos pectorales accionados para teoricamente fascinar a las damas: increíble, palabra.

Esta "maravilla" de cartón piedra y efectos digitales menos que regulares (aunque pueden encantar a los niños pequeños) cumple a duras penas su función de entretener, gracias a un guión para sonrojarse y un ritmo que va a estirones. Y para sorpresa y alborozo del espectador avisado, una interpretación llena de guiños y de habilidad de viejo actor del inmarchitable Michael Caine, que parece divertirse mucho con su alimenticio papel y así le vemos convertido en arrojado aventurero y motero con chupa de cuero. Increíble también.

En resumen, producto olvidable realizado para mayor gloria del pretencioso sistema 3D, que no acaba de encontrar su papel en un cine de calidad, excepción hecha de "La invención de Hugo" de Martin Scorsese, hambrienta de Oscars (11 nominaciones) , de la que ya les hablaré otro día. Brad Peyton dirige la cosa, que no pasará a la posteridad y será carne de videoclub en poco tiempo (todo ello a pesar de los "inocentes" shorts que luce la jovencita protagonista, muy en la línea de las películas para teens). Ni siquiera Luis Guzman, un secundario muy apreciable, logra hacerse con el papel de contrapunto cómico como padre de la protagonista y piloto del tronado helicóptero que nos lleva a la isla misteriosa. Y eso es así, porque no puede resaltar un papel cómico en una película tan involuntaria y totalmente cómica.

  

 

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24 febrero 2012 5 24 /02 /febrero /2012 10:42

mercader-20de-20venecia.jpg

 

"¿Es que un judío no tiene ojos?¿Es que no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que un judio no está nutrido por los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleais, ¿no nos reimos? Si nos envenenais, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?"

Es el famoso monólogo del indignado Shylock en la escena primera del acto III de "El mercader de Venecia".

¿Se imaginan tener que cerrar los ojos para escuchar los imperecederos versos del Bardo, el gran Shakespeare, para evitar que la indignación, la sorpresa y el fastidio me resten el placer de volver a oirlos? Pues, aunque no se lo crean, eso me pasó ayer en el Teatro Nacional de Cataluña (TNC) con la versión "modelna" que Rafel Durán perpetró del gran , aunque política y humanamente incorrecto en esta obra, clásico inglés.

Soy un fanático lector -y espectador-- de las obras, incluida poesía, del llamado "Cisne de Avon". Junto con Cervantes --curiosamente es su contemporáneo-- los dos  autores que tengo en mayor estima y no dejo de revisitar al menos un par de veces al mes desde que con doce o trece años comencé a leerlos.

Por tanto ver en vivo y en directo lo que el TNC ha perpretado en su neoclásico edificio, la joya de la Corona de la riqueza cultural catalana, con una de las obras más delicadas y sensibles de W.S. (en el sentido de que en estos tiempos actuales la figura de Shylock y por extensión el odio, rechazo e insultos a todos los judíos, no es un plato de fácil acomodo: por lo que dándole un aire actual a la acción, el asunto queda aún más fuera de la etica social actual que en los tiempos de Shakespeare en lo que casi era un  lugar común considerar socialmente que los judíos eras unos apestados).

Ramon Madaula hace un Shylock contenido, indignado, sujetando el histrionismo de la figura, no rozando en absoluto el ridículo que exagera Santi Pons en su papel del otro judío, amigo de Shylock. Alex Casanovas hace un Antonio sin garra, pijo e inconsecuente, Anna Ycobalzeta una Porcia excesiva y cabaretera en ciertos momentos y los demas actores y actrices cumplen su ingrata labor, con la excepción sobreactuada de Pep Ambros como Lancelot Gobbo y Joan Díez como el Príncipe de Marruecos. ( ambos servirían de ejemplo de lo que no debe hacer un actor aunque el director se lo pida de rodillas).

Pues bien, añadan a estas actuaciones mediocres --seguramente debidas al sesgo "modelno" de esta producción PELB ("Pour epater le bourgueois", es decir "exagera a ver si asustamos al espectador clásico")-- algunas escenas añadidas al respetable original como la orgía homosexual estilo nazi --con una coyunda bajo una manta-- o una actuación vodevilesca de Porcia, cuya insensatez no parece tener nada que ver con el  momento del juicio, en la que, vestida de hombre, aplica el recto pensar y la inteligencia con la que Shakespeare la vistió.

No me ha gustado la versión de Rafel Duran ni me parecen convincentes las razones que aduce en el programa de mano por su atrevimiento (de las que les hago gracia aquí, por no aumentar mi enfado ni exagerar mi rechazo). Así que, insisto, si van  a verla, en los momentos más hermosos de la obra, cierren los ojos y escuchen la voz de Shylock o los argumentos de Porcia. Lo demás es sólo ruido.

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23 febrero 2012 4 23 /02 /febrero /2012 08:58

katmandu-un-espejo-en-el-cielo-cartel1.jpg

Película menor de una directora, Iciar Bollain, muy lejos ya de sus primeros e intensos trabajos, desde "Hola, ¿estás sola?" o la angustiosa "Te doy mis ojos" y más en la linea de "También la lluvia", fallido panfleto ideológico lleno de trampas, con algunos momentos de intensidad dramática. Pues bien, en "Katmandú" vuelve a ser más amplio el afán de mensaje ideológico y de crítica social que el contenido coherente de la cinta, un argumento que va planteando tópico tras tópico con un afán casi ridículo de denuncia y una lejanía de postal antropológica que no conmueve a nadie, aunque se ve con cierto interés (las montañas nepalíes maravillosamnete fotografiadas).

Está basada en las experiencias de la joven maestra catalana Victoria Subirana que en los años 90 marchó a Nepal para ejercer su profesión en un país donde las condiciones de vida de los niños y las mujeres rozaban el crimen y el delito antihumanitario.

Para ello, para contarnos la explotación de las mujeres y los niños, la prostitucion infantil, las exigencias tradicionales nepalíes respecto a la religión, el sistema de castas, la falta de posibilidades de educación y promoción  social para mujeres y niños, la indiferencia y la corrupción de las autoridades, Iciar Bollain escribe un guión a medias con su pareja Paul Lavertry, guionista de Ken Loach, y seguramente trata de lograr un filme estilo Loach en cuanto a la critica social, pero tendría más efecto si se ocupara de las lacras sociales y económicas de nuestro país, que tambien existen, y pocos las denuncian de forma aceptable.

Iciar no aporta nada a lo que sabemos de Nepal y las culturas de raiz hindú con sus cerradas castas y su sistema de explotación denigratoria de las mujeres. Pero lo más grave para una cineasta, y más si ha demostrado ser buena, es que nos cuenta una historia de forma poco coherente, con  un ritmo roto a menudo por flash back que no nos aportan demasiado y trastocan el ritmo y un intento de emocionar al espectador tan burdo y evidente que no convence a nadie. Si ha pretendido mentalizar a los espectadores de que apoyen la causa de la ayuda a los niños del tercer mundo pero el discurso suena reiterativo y se vuelve autoreferencial.

Hay que decir  que los actores de la pelicula no son profesionales (y eso es un mérito para Bollain), con excepción de la protagonista, Verónica Echegi, un rostro de gran expresividad que no logra a veces creerse a si misma (sobre todo en sus diálogos con el joven nepalí --una buen actuación- con el que contrae matrimonio de conveniencia para poder quedarse en Nepal sin pagar las enormes "mordidas" de las corruptas autoridades nepalíes: deben estar contentos éstos con la pelicula).

 Exceso de conceptos manifestados en un tono discursivo, tópicos de lucha social y retratos de casos específicos de niños -- la prostituida, la "sin nombre"-- y de la joven ayudante nepalí de clase media, que están descritos y mostrados con una cierta frialdad, como ejemplos sacados de un tratado de antropologia social, más que de un argumento literario escrito con sangre y emoción.

En resumen, pleícula modesta de resultados para una directora que no acaba de encontrar su vigor narrativo.

 

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22 febrero 2012 3 22 /02 /febrero /2012 10:56

declaracion-de-guerra-cartel-1.jpg 

Por fin una película  que trata el tema del cáncer sin aspavientos, con humano dolor y naturalidad, evitando los tópicos y el sentimentalismo, aunque no las emociones. Un ejercicio cinematográfico que desborda la ficción para mostrarse como lo que es, un documento personal de unos padres cuyo bebé padece un tumor cerebral y la lucha de la pareja en su medio ambiente familiar y social para afrontar la tremenda, desequilibradora, brutal prueba.

Por todo eso, este crítico pone en suspenso parcial su bisturí --muy subjetivo, no se olvide nunca-- de analista feroz y aunque hay momentos en la cinta y plateamientos argumentales  que chirrían quizá por ingenuidad de principiante, quizá por el afán de desmarcarse del cine de tópicos sanitarios al uso, me dejo llevar más bien por la autenticidad que respira este documental-ficción que logra momentos de una rara emotividad, precisamente por la voluntad declarada de no dejarse llevar por las emociones, el instinto desatado o lo socialmente correcto.

Jeremie Elkäim y Valerie Donzelli (que en la película se llaman--innecesariamente a mi entender, por la intencionalidad que muestran-- Romeo y Julieta) es una pareja enamorada y dotada de unas personalidades libres, abiertas y exigentes que descubren horrorizados que su hijo de meses Adan (Gabriel Elkaïm) padece un cáncer cerebral. Deciden luchar con todas sus armas contra la enfermedad pero también luchar contra el tremendismo personal, psicológico , familiar y social que esa enfermedad concita, tratando de salvar no sólo su amor, sino su dignidad como pareja y la felicidad y bienestar que han logrado al unirse. Hay un rechazo absoluto a la condescendecia, a la fácil y epidérmica lástima social y una decisión igualmente firme de arrostrar con todo lo que suponga de incomodidad, dolor, molestias y enfrentamientos familiares debido a  su actitud ante la enfermedad del hijo.

La película está dirigida por Valerie Donzelli y el guión escrito por ella en colaboración con su marido Jeremie (ex, al rodar la pelicula) y la dura historia que nos cuentan es la suya propia, la historia de la enfermedad de su hijo que también participa en la película, cuando años más tarde logra superar el tumor. Esta dura cadena de tratamientos, medicaciones brutales, recaídas, años viviendo en ambientes hospitalario oncológico infantil, lugares desgarradores por definición, acaban realmente con la pareja, pero es una derrota comprensible y asumible tras lograr la victoria final de la curación (la secuencia final con la familia, los padres y el niño, corriendo felices por la playa, a pesar de que ellos están ya separados, para celebrar el alta--condicional, la espada sigue pendiente-- de su hijo.

Mensaje de optimismo para el espectador, muy especial para los que padezcan episodios parecidos o los que los han vivido de cerca, una historia que rezuma vitalidad, rechaza la autocomplacencia y propone una via de lucha y aceptación de una realidad que constituye una de las causas de angustia más inevitables. Esa lucha por la felicidad de la pareja, de cada uno de sus elementos por separado y en conjunto, es de una humanidad  desconcertante por lo inusual y en definitiva una lección ética de valentía personal, llevada al cine con una digna corrección, sin que los defectos técnicos o de dirección sean visibles para un  espectador fascinado y emocionado con lo que ve, conmovido con la entereza de los padres, sus momentos de debilidad y sufrimiento y su instinto salvador y sano de mantener sus hábitos de felicidad en todo momento, en cualquier circunstancia (por ejemplo en la escena de la fiesta de los amigos, donde rien y bailan, pero en un momento dado dejan aflorar su enorme angustia y su desconcierto vital). Esa secuencia y otras parecidas forman parte de la apuesta de la directora por tratar el angustioso tema argumental con una cierta frivolidad formal que crea un producto sorprendente.

Una voz en off va acompañando las secuencias con una narración despersonalizada, fría y objetiva, que da un tono documental de verismo a lo que vemos, desdramatizando momentos en los que las emociones desbordan a los intérpretes.

La relación argumental con el momento histórico en el que ocurren los hechos, nace del ajuste entre la fecha en que los padres "declaran la guerra" al cáncer de su hijo , con la declaración de guerra a Iraq del presidente Bush en su particular y discutible lucha contra el cáncer del terrorismo.

Una película que debe verse, dejando a un lado la consideración de sus evidentes excesos y presunciones, salvados por su valentía, su vitalidad y su autenticidad.

 

 

 

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21 febrero 2012 2 21 /02 /febrero /2012 10:46

j-edgar-hoover.jpg

  Clint Eastwood ya comienza a  mostrar las luces y sombras de su genio como los grandes, ya sea John Houston, Orson Welles o Igmar Bergman que, incluso cuando dirigían una película por debajo de sus obras maestras, lograban imprimir un sello de distinción: eso ocurre con "J. Edgar" un biopic o película más o menos biográfica de una figura más o menos histórica.

Manteniendo la osadía rebelde y descarada que le caracteriza, Eastwood, hace que Leonardo di Carpio vuelva a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación y no sólo un joven o maduro hombre bello y le convierte en un hombre joven que va envejeciendo y va adquiriendo los estigmas del poder que, como todo el mundo sabe, cuando es poco menos que absoluto, corrompe y deteriora absolutamente.

La película huye de la agiografía al uso, no hay complacencia alguna en el retrato hosco, malhumorado, casi psicopatológico, de un hombre de ideas firmes y cerradas, intolerante y excesivo, al que las circunstancias y su propio fanatismo unido a unas dotes de organizador y líder poco comunes, se convierte en uno de los hombres con más poder, principalmente oculto, casi a la altura del presidente del país que vigila, Estados Unidos.

Casi como por contagio la película es arrítmica, desequilibrada, extrañamente simple en ocasiones y aguda la mayoría de las veces, entre el sarcasmo y el ataque malévolo o la sátira, digamos que logra poner en evidencia la falta de sensatez de todo un país y un régimen político que crea y se subordina a hombres como Hoover, creador del FBI.

La historia, que todos conocemos, va punteando los diversos momentos del proceso vital del taimado y mezquino superfuncionario que puso bajo la lupa de sus detectives a las primeras figuras financieras, socio-políticas, intelectuales o artisticas de los Estados Unidos, empezando por sus líderes políticos. Y Eastwood nos ofrece una visión sin duda lúcida, pero desencantada y a veces grotesca, cercana  a la caricatura. Me temo que el vitriólico mensaje de esta película no está al alcance de cualquiera. Seguramente no será una película ovacionada en los festivales--ya la critica de su país se muestra hostil-- pero a mi entender, por encima de sus errores y excesos, "J.Edgard"  lleva camino de convertirse como "Banderas de nuestros padres" es una de esas películas que forman parte del patrimonio político e historico de esa nación, a la altura de las de Griffith, Ford o Welles.

Aunque a diferencia de los anteriores, Eastwood, nos presenta una visión del contexto historico de Hoover en el que cuenta poco la historiografía de manual, es más bien una reflexión hegeliana, una filosofía de la historia contada por Jonathan Swift, es decir, una ágil muestra de cómo los acontecimientos históricos son vividos y manipulados por sus propios actores y testigos, ¿cuál es pues la veracidad de estos testigos o actores? Esa vision "blanda" de la cronología de un personaje como Hoover, con el relato transcurriendo con absoluta agilidad entre el presente de la película, los ultimos años de Hoover, y las décadas de poder casi absoluto reflejándose en los acontecimientos de toda una era, desde el asesinato de Kennedy, a la crisis de los misiles o el Watergate.

La película se resiente al final sobre todo en los excesos emocionales entre Hoover y su ayudante Clyde Tolson (el actor que lo encarna, Arnie Hammer, se convierte en una insipida caricatura de un anciano acartonado), laguna narrativa  que trata de salvar el gran Leonardo (di Caprio) con una actuación superior, que oscila entre la paranoia y el histrionismo. La grandeza dramática de Hoover, realmente un personaje que haría las delicias de Shakespeare, una mezcla de Ricardo III, Romeo, Falstaff y Shilock, da para mucho y Eastwood ha jugado una baza fuerte, a pesar de sus errores. Quizá echamos de menos que el señor Di Caprio logre alguna vez dejar de fruncir el ceño y mostrar tan dura amargura y desconfianza hacia todo lo que se mueve en torno a él, incluso su imagen en el espejo. Ese exceso de tensión interior quita complejidad intima a un personaje que , sin duda, la tenía a raudales.

En el reparto, una excelente y contenida Naomi Watts en el papel de la provindencial secretaria de Hoover durante toda su vida y depositaria de la confianza y el archivo personal secreto del jefe del FBI, fiel y compasiva hasta el fin. Y no olvidemos a la cada vez más sabia Judi Dench, que abandona a James Bond para dar vida al personaje duro, complejo y dominador de la madre de Edgard, la mentora de su hijo (recordemos para la historia del cine la secuencia en la que decide enseñar a bailar a su hijo como una indirecta para que éste no entre en las sutilezas sexuales --y sociales-- de una relación homosexual con su ayudante.

En resumen, una gran película que será valorada dentro de unos años, mucho más que ahora.

 

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20 febrero 2012 1 20 /02 /febrero /2012 09:02

 

excursiones-9011.JPG 

Esta semana vamos  a hacer un circular, cuatro o cinco horas, según el ritmo y las paradas, para el que aconsejamos no olvidar bajo ningún concepto la máquina fotográfica. Vais a disfrutar con el paisaje y los rincones de este sendero, con fuertes inclinaciones pero nada exigente y con lugares tan hermosos como el antiguo balneario de la Fontcalda, lugar de ocio estival, al que accedemos tras más o menos  cuarenta minutos de cómoda andadura por la Via verde del Val de Zafán (ya en tierras catalanas, término de Gandesa).

Partimos del pueblo de Bot, desde la antigua estación del tren llamado el "tortosino" o del Val de Zafán, que unía la Puebla de Híjar con Tortosa y que desapareció en 1973, permitiendo que en su trazado se creara la Via Verde que hemos de coger para, en tranquila caminada, atravesando túneles y lugares de gran belleza (en especial algunas vistas sobre el rio Canaletes, al que acompañamos todo el tramo) nos deja en el Santuario de la Fontcalda tras unos 45 minutos de camino.

Esta antigua estación termal y balneario, que se creó por el siglo XIV, hoy en desuso y convertida en área recreativa, mantiene su fuente de aguas termales, los edificios de hospedería y una iglesia (la tercera desde su fiundación) de 1753. Es lugar de romería y peregrinación para Gandesa y Prat del Compte y albergaba una imagen milagrosa de la Virgen, a la que llaman "la paseante", ya que segun la leyenda ha sido devuelta milagrosamente a este lugar cuando los vecinos de los dos pueblos citados y rivales en ese culto, se la llevaban, ora a Gandesa, ora a Prat.

El lugar, enclavado entre los estrets del rio Canaletas que cierran el valle, entre las sierras de Pándols y Cavalls (dos nombres muy conocidos en el imaginario de la batalla del Ebro en la incivil guerra española) es de un encanto soberbio, con sus grandes pozas enclavadas en las gargantas del desfiladero, rodeado por un escenario de anticlinales y rocas erosionadas por el agua y el viento que le dan un aspecto mágico y salvaje, trufado de cuevas y de molas calcáreas prodigiosas.

Aquí justamente comienza el sendero propiamente dicho, el GR-171, en una curva de la pista de salida del Santuario hacia Prat del Compte, a mano izquierda,  con una subida por la ladera escarpada de la montaña que cierra el congost.excursiones-9040.JPG

El sendero es estrecho pero limpio de matorrales, en muchos tramos empedrado y protegido por muretes de rocas. Mientras subimos por él dejamos a nuestros pies el enclave encantador del santuario al pie de la empinada ladera llena de pinos, unos edificios dorados entre el verde del bosque de montaña y detrás, como un telón teatral, el muro empinado por el que discurre haciendo zetas, la pista que lleva al coll de la sierra del Crestal, que se une a la de Pandols, frente al lejano caserío de Gandesa.

El sendero va zigzagueando en su fuerte subida hasta llegar al Coll de la Fontcalda. Dejamos a nuestra espalda el congost y se abre el paisaje hacia Fontfanes y sus colinas, limitados  por los montes de las Parrisas, con el alto conglomerado de La Mola enfrente y de la Falconera a nuestra derecha.

Bajamos al valle, con bancales de vides, arboles, frutales y bosques de pino negral y carrascas, haciendo una gran ese que parece desviarnos de nuestro objetivo. Sin embargo a nuestra izquierda, a lo lejos, se divisan los contrafuertes empinados del Tossal del Grilló y la gran cordillera maciza de els Ports.

Al fin, por una larga pista en la que se pierden las señales, llegamos a las inmediaciones de Prat del Compte. Entramos por la parte norte del pueblo, por encima de la actual carretera y debemos seguir la frontera superior del pueblo, sin bajar al centro, pasar por la escuela municipal e ir a buscar las últimas casas que apuntan en la dirección de Bot, una cordillera de colinas abruptas pero de escasa alzada, en una de cuyas cumbres hay una enorme antena de telecomunicaciones. El camino nos lleva hasta una alberca de aprovisionamiento de agua para helicopteros, donde parece morir. Hay que remontar directamente el collado, entre las rocas, sin camino, siguiendo el objetivo del coll que se ve a la izquierda de la antena. Unos minutos de subida y semigrimpadas para encontrar sobre una roca en forma de bauma la primera señal de PR, una linea blanca y otra amarilla. Pero pronto dejaremos de verlas. Nos cruzamos con la carretera de Bot (que hay que ir a buscar a lo alto del coll) y debemos seguirla sobre asfalto hasta que vuelven a aparecer la señales. Atentos entonces. En una curva cerrada de la carretera, a mano derecha, sobre un terraplen alto rodeado de matojos, veremos una flecha indicando Bot, grabada con pintura blanca sobre la roca. Desde allí, el sendero, con bajadas muy pronunciadas y algunos paseos horizontales muy agradables  entre los pinos, se desliza hacia el valle de Bot, dejando a la izquierda la carretera, de interminables curvas.

Pronto veremos el pueblo a lo lejos, a nuestros pies, mientras proseguimos la bajada entre bosques y cortadas de rocas, desviandonos hacia la derecha del pueblo, hasta llegar abruptamente sobre un recodo de la pista que conduce desde la estación de Bot, origen de nuestra excursión, a la pista cimentada de la ermita de Sant Josep, blanca  sobre una atalaya visible y dominante en lo alto de la colina puntiaguda que se levanta frente a Bot.

Desde ese punto solo nos queda bajar el Via Crucis (literalmente: observen en cada una de las "estaciones" del camino religioso, las baldosas con dibujos naïf, llenas de encanto, que muestran episodios de la Pasión) hasta el paseo empinado y bordeado de cipreses que nos lleva a la vieja Estación. El recorrido se ha completado.

 

NO SE PÌERDA

 

Por supuesto, un descanso amplio en el Santuario de la Fontcalda. La visita a la ermita de Sant Josep, no por el edificio, bastante soso, sino por la vista que nos ofrece. Y, otro momento de asueto o lugar para reponer fuerzas, en la base de la Falconera, la original y llamativa roca que domina el pueblo y acompaña cualquier paseo en su entorno, una zona recreativa que llaman "El  forat de la Doncella", una surgencia de agua que mana de una hendidura en la roca con forma muy caracteristica (los mas imaginativos comprenderán el nombre de la surgencia), lugar apacible, bello y silencioso, con mesas y barbacoas, bajo una arboleda bien cuidada. Si hace buen tiempo, bajando por el lecho de la torrentera que lleva al rio Canaletes, hay una zona rocosa donde el rio forma pozas para un posible baño. Es muy solitario y solo tiene acceso por ese punto.  Discreción asegurada.

 

DOCUMENTACIÓN Y ACCESO

 

Recomendamos los mapas 470 (Gandesa) y 497 (Horta de San Juan), de la coleccion del MTN (mapas topograficos nacionales) que, conjuntamente, nos dan información del camino. En  Editorial Azimut, ese magnifico andariego que es Vicent Pellicer Ollés, nos ofrece sus "Caminades pel massís del Port" (hay tres tomos de la zona del Port) que, aunque no registran esta excursión en concreto, ofrecen una panorámica excelente y sugerente de los alrededores: Todo ello, como de costumbre, en librerías especializadas o en la Librería Serret de Valderrobres, centro neurálgico para hallar la documentación de la zona.  Para llegar a Bot, desde Gandesa hay acceso directo y desde el Matarraña, coger la carretera de Valderrobres a Horta de San Juan y desde esta población a Bot por la comarcal que lleva a Gandesa. Tanto Gandesa, como BOt y Horta de San Juan, tienen hoteles, viviendas rurales y restaurantes que ya hemos citado en otras ocasiones. Un finde agradable, sin duda.

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19 febrero 2012 7 19 /02 /febrero /2012 08:26

chico-y-rita-cartel.jpg

Con los dibujos de la escuela simple, trazos diáfanos, pocos detalles, colores planos, "Chico and Rita" es una propuesta española de animación dirigida por Fernando Trueba y con los dibujos de Javier Mariscal.  En ella se destila música ligera, ritmos afrocubanos, personificados en Chico (un trasunto del genial Bebo Valdés) y en su difícil y accidentado amor por Rita, una mulata bellísima dotada de una sensual voz.

Desde la vejez de Chico en La Habana de los ochenta o noventa, una ciudad hermosa que se deteriora velozmente, el lápiz de Mariscal y su equipo dan una imagen sucinta, intencionada y colorista de la gran  ciudad cubana y de sus habitantes, sin escatimar apuntes de suave critica, como los apagones o la dificultad de encontrar articulos de primera necesidad.

Estamos con Chico, es limpiabotas de turistas, en su cuartucho de un repleto edificio comunal en La Habana de ayer mismo. Pero, através de las voces y musica que salen de un transistor --un programa dedicado a la musica de antaño--volvemos con Chico joven a La Habana de los 40. No dejan de tener encanto las imagenes en las que el dramatismo melodramático de lo que ocurre queda atenuda por la alegría y sensualidad del trazo y el movimiento (al parecer Trueba hizo rodar a actores reales las escenas para que los dibujantes copiaran gestos y movimientos) con los actores desplazandose sobre fondos estáticos de un perfilado surrealista e imaginativo.

Otra cosa es la historia y la psicologia de los personajes, aquí Trueba se rinde a lo manido ,un melodrama barato de un amor imposible y fatalista, pleno de detalles absurdos y tópicos de la novela y el cine. La presencia de personajes reales en la trama, sobre todo en la mitad de la cinta dedicada a la estancia en Nueva York (Charlie Parker, Nat King Cole, Tito Puente) mantiene el interés casi desvaido del espectador, aunque el final resulta previsible y forzado. A pesar de todo esto, interesante propuesta (de hecho lo mejor de Trueba en los últimos años).

 

 

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18 febrero 2012 6 18 /02 /febrero /2012 09:55

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Memorable película bélica de Steven Spielberg que, como suele suceder con este director, se convierte en mucho más que una peli de guerra. Es un canto a la solidaridad humana en torno al amor entre un hombre y uno de los mas nobles animales que existen, un caballo.

Se trata de un caballo excepcionalmente inteligente que se ve  inmerso en las iniquidades y estupideces de la raza humana, dejando aparte a unos contados especímenes´más o menos razonables (entre ellos el joven protagonista de la película y  el capitán británico que morirá en una de las últimas absurdas y patéticas cabalgadas militares de la guerra moderna, masacrados por ametralladoras y obuses).

Las secuencias del inicio del filme son de esa sentimental y emotiva belleza que Spielberg suele imprimir a sus películas mejores, la dura vida de los granjeros ingleses, sometidos a los señores rurales, con una Emily Watson, contenida y fuerte, que borda su  papel de madre de familia, dará paso a otro tipo de brutalidad, la de las trincheras de la primera guerra mundial, en las que el caballo dejó de participar al lado de los caballeros (la caballeria clásica no tiene nada que hacer ante las armas modernas) para convertirse, nunca mejor dicho, en carne de cañón, como bestia de carga o de alimento.

El cúmulo de encuentros y desencuentros entre el caballo y sus amos, ingleses, alemanes, militares o civiles (el episodio de la jovencita y su abuelo es una muestra de la sensiblería otoñal de Spielberg) van nutriendo el amplio metraje de esta película que, sin ser de las mejores de Spielberg, mantiene el encanto y la eficacia narrativa , no sólo lo que se narra, sino cómo se narra.

Convertir a un potro de caza en un caballo de arrastre y arado no es tarea fácil y a ello se aplica Albert (Jeremy Ervine) ante su patético padre (un excelente Peter Mullan) y la ya citada excelencia de Emily Watson. Una cosecha arruinada y el pago del arriendo de la granja hace que el padre de Albert tenga que vender a Joey a un oficial británico que parte para la guerra en Europa. Alli el caballo mostrará más inteligencia, valor y obstinada energía que la mayoría de los humanos que lo rodean matándose entre sí.
La secuencia  en que el caballo queda en tierra de nadie entre dos trincheras enemigas martilleandose sin piedad, enredado en alambres de espinos, es un calco de "La batalla de Passchendeale"  (2009) del canadiense Paul Gross, sólo que en esta es un hombre el enredado. También las secuencias de las trincheras y de los soldados entre el barro, la lluvia y el frio, son bastante deudoras del canadiense, a pesar de la enormidad de medios del cineasta norteamericano.

En todo caso Spielberg se ha basado en la novela de Michael Morpurgo (1982) un autor de literatura infantil. La narración toma en muchas ocasiones el "punto de vista del caballo" y su interacción con los humanos requiere desde luego una gran maestría de dirección y producción. Me dicen que más de una docena de caballos fueron "Joey" en diversos momentos de la película desde su infancia a su triunfal reencuentro con su amo.

Fue rodada en las colinas y páramos ingleses del Parque nacional de Datmoor, en el pueblo medieval de Castle Combe y en Surrey. Especial atención al vestuario y las armas, como es habitual en el director norteamericano, hace que la película se presente a los Oscar con una demanda de seis estatuillas al menos.

Y es un mal rival Spielberg, pues a pesar de las imperfecciones de la historia, de su exceso de sensilería en algunos momentos, sigue sorprendiendo la enorme vitalidad de este director que mantiene una visión soñadora y juvenil sobre el arte de contar historias. Sin duda se entusiasma Spielberg cuando rueda y sin duda nos entusiasma a los que nos engachamos con sus películas, aunque a menudo  torzamos el gesto y digamos "vaya, ya estamos otra vez", pero a pesar de esos momentos, seguimos pendientes de la pantalla y también vibramos con la archisabida cabalgada victoriosa, el gesto previsible pero que emociona y el uso manipulador de la musica (John Williams, nada menos) el color y el encuadre.

Sabor a cine, guiños nostálgicos de programas dobles en la tarde  del domingo, de héroes inmarchitables y heroinas de una pieza, de argumentos redondos y secuencias de infarto o de lagrimita pertinaz. Desde la infancia a la adolescencia, no se nos escatima ternura, dureza, valor, sentimiento y tristeza, el niño y el joven y el hombre y su caballo siempre fiel, encuentros y pérdidas que se suceden en un trasfondo de muerte, miseria, dolor y barbarie. Un vehículo sorprendente para llevarnos en volandas hacia un final en el que Huston y Ford tienen mucho que decirnos a través de las nostálgicas imágenes de un aprovechado discípulo, Steven Spielberg.

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17 febrero 2012 5 17 /02 /febrero /2012 10:27

passchendale.jpg

Película canadiense bastante apreciable pese a que combina  unas magníficas escenas bélicas (con una visión dantesca de la guerra de trincheras que pone la piel de gallina y que sin duda fue imitada por Spielberg en su reciente "Caballo de batalla") con una trama doble sentimental  con formato casi de telefilme y un guión político social de un certero sentido crítico (el mezquino ambiente antialemán en los pueblos de Canadá, incluso contra descendientes de alemanes, ya nacidos ciudadanos canadienses). Dirige Paul Grass (un apreciable hombre-orquesta, ya que además protagoniza la película y es autor del guión y de parte de la música) con un  elenco de actores del país donde sólo descuella Caroline Dharverne en el papel de la joven Sara Mann (descendiente de alemanes, cuyo padre combate en las trincheras bajo la bandera alemana a pesar de haber vivido décadas en Canadá, donde nacieron sus dos hijos), no convence tanto Joe Dinicol, como su hermano David y bastante más convincente el actor que da vida al oficial británico de reclutamiento en el pueblo canadiense de nuestros héroes.

La película está rodada en el bello país del norte americano, en Calgary y los bellísimos parajes del Heritage Park en Alberta. Recoge la participación de las fuerzas canadienses junto a los aliados, Francia y Gran Bretaña, en la Primera Guerra Mundial y en concreto en la famosa batalla de Passchendeale (Bélgica) donde murieron cinco mil soldados de esa nacionalidad. Esta batalla está considerada como uno de los más penosos ejemplos del absurdo y futilidad de algunas célebres batallas, cuyos logros están en apabullante minoría respecto a su precio en vidas humanas. De hecho la toma de Passchendeale no supuso ningun avance en la situación  bélica para los contendientes y pasó de manos a los cuatro meses de la batalla sin que generara ninguna consecuencia en la marcha de la guerra.

Paul Grass trata de hacer con Passchendeale lo que Peter Weir hizo magistralmente con "Gallipoli". El resultado, siendo respetable, no está a la altura. Las  secuencias bélicas son realmente impactantes, empezando con el episodio bélico que dramatiza la vida del protagonista con una imagen difícil de olvidar, cuando el sargento Michael Dunne (Paul Gross) mata de un bayonetazo en la frente a un jovencisimo soldado alemán que se habia rendido y le tiende una mano musitando "Camarade". El sargento acaba de vivir como matan a tres compañeros suyos, cuando se estaban rindiendo, a pesar de gritarles a los alemanes "Camaraden" para que no dispararan (estos acaban disparando porque uno de los aterrorizados soldados canadienses, que se esta despojando de su uniforme y armas,  sin percatarse tiene una granada en la mano).

Toda la mitad  de la película se dedica a la vida en Canadá durante la guerra, donde se recluta a los jóvenes y hay un ambiente social lleno de patriotismo, cuyo aspecto más degradado dará lugar al drama del sargento y la enfermera --que le cuidó tras las heridas recbidas en el primer episodio que hemos comentado y luego la encuentra --bendita casualidad que desvaloriza un poco al guionista-- en su propio pueblo, hermana del otro vector dramático de la historia, el joven asmático David, que va a la guerra para que el padre de su novia le permita casarse con ella).

La tercera parte de la historia, las trincheras llenas de cráteres de los obuses, agua de lluvia, barro, lodazales, muertos y miembros humanos esparcidos por la artillería, es la mas sólida de la película. Con un sólo reparo, el final de la cruz (que no revelaremos) y que recuerda muchísimo a la secuencia del caballo aprisionado entre alambre de espino de la citada película de Spielberg "Caballo de batalla". Un poco excesiva la secuencia, pero que no desmerece la calificación notable de la película. Y, por favor, no se pierdan el final, con los títulos de crédito, en el que bajo las notas inspiradas de la canción de amor del filme, se compone una sucesión de instantáneas reales, tomadas entre las fuerzas expedicionarias canadienses, allá por los ultimos meses de 1917, en plena ofensiva de una guerra atroz que llevó a 600.000 canadienses a las pantanosas trincheras europeas, de los cuales uno de cada diez jamás regresó a casa.

 

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