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5 noviembre 2020 4 05 /11 /noviembre /2020 11:07

LOGOI 173

ZOONOSIS

Desde hace un siglo, cuando se declaró la  primera gran epidemia de nuestros tiempos, la llamada “influenza”, en 1918-19  (el virus H1N1 de origen aviar) que devastó Europa, Estados Unidos (su origen)  y otros países, se han sufrido cinco grandes pandemias. A causa de aquél virus murieron 50 millones de personas en el mundo. La última pandemia, el coronavirus, aparecido en diciembre de 2019, está en su segunda ola y ha causado en el planeta más de un millón de víctimas y más de 46 millones de contagiados. En España, más de un millón de contagiados y 35.000 fallecidos.

El panel de expertos en biodiversidad de las Naciones Unidas ya lleva tiempo advirtiendo que la brutal deforestación en algunas partes del planeta y el comercio de fauna salvaje en otras, junto a las actividades humanas que generan el progreso del cambio climático y la pérdida implacable de la biodiversidad, están provocando conjuntamente un aumento exponencial (se habla de un 70%) de enfermedades emergentes encuadradas como zoonosis (patologías contagiosas de animales a personas). De otros circuitos científicos situados en diversos países del mundo se activan las alarmas por la plausible aparición de nuevas pandemias semejantes -- o más graves, contagiosas y letales-- a la Covid-19 en los próximos años, si no se controla la expansión de la agricultura intensiva aliada a la deforestación y no se remodela el sistema económico basado en un comercio, producción y consumo insostenibles.

Los especialistas en enfermedades zoonóticas tratan de crear una cultura de prevención más que de lucha antivírica. Destinar fondos para implementar modelos de prevención  e información  sanitarias, que vinculen el control de las causas conocidas de la zoonosis con la estructuración sanitaria suficiente para intervenir eficazmente en el inicio de la pandemia, sería mucho más lógico y económico que tratar de frenar lo inevitable cuando ya se ha despertado el dragón. Es decir, evitar en el futuro (quizá bastante más cercano de lo que creemos) justo lo que se está haciendo con el Covid, con los desastrosos resultados que cabía esperar y nadie parece haber previsto. Incluso, creo yo, con estas medidas razonables evitaríamos también el vergonzante  espectáculo de un negacionismo contra todas las evidencias, que además se está volviendo agresivo de forma progresiva. Es la constatación estadística y sociopolítica de una verdad algo humillante: la idiotez es el virus más peligroso que amenaza al género humano.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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31 octubre 2020 6 31 /10 /octubre /2020 10:34

Este mes vamos a adentrarnos en uno de los más interesantes asuntos que competen a la inteligencia humana: la dialéctica que se establece entre el amor al conocimiento y la aspiración a la sabiduría. Una cuestión compleja y enigmática,  donde las  suposiciones y las inferencias no resuelven el problema. Y que, para ciertas mentes resulta ser algo sencillo y evidente, como para el poeta T.S. Eliott o el medieval Maestro Eckart. En todo caso ha desafiado a las más notables inteligencias que han existido desde las épocas más remotas: de Sócrates a Buda, de Platón a Wittgenstein, de Pirrón a Montaigne, de Einstein a Aristóteles, de Epicuro a Marx, de Spinoza a Santo Tomás y San Agustín, de Leibniz a Nietzsche, de Kant a Pitágoras,  de Kierkegaard a Freud, de  Descartes a Maquiavelo, de Pascal a Russell… y, en el otro lado del espectro, en el lugar de lo cotidiano, de usted, lector o lectora, a mí, el que medita estas líneas e intenta que logremos clarificar la equívoca relación entre sabiduría o conocimiento. Es el reto a muchas inteligencias, que el citado T.S. Eliott supo sintetizar de forma inolvidable: “De prisa, aquí, ahora, siempre/ una condición de sencillez absoluta/ (lo que cuesta es nada menos que todo)/Y todo irá bien/ y todo género de cosas saldrá bien”.

Por un lado las religiones instituidas, por el otro, el misticismo y su hermano pobre el “espiritualismo” que renace popularmente en los sesenta del pasado siglo y se ha mantenido a base de best sellers de gurús o falsos profetas y de técnicas psico-físicas avaladas, ahora ya, por las Universidades (de una forma empírica y científica, que todo hay que decirlo), la moda de los rentables libros llamados redundantemente de “auto-ayuda” y la poderosa mafia cultural de los masters, cursillos y retiros de todo tipo, valía y condición (bastante de ellos bienintencionados y  documentados) dan las pruebas irrefutables de una realidad sociocultural: una parte considerable de la  Humanidad ha rebasado la infancia psíquica y está empezando a cuestionarse un sistema de vida aparentemente satisfactorio pero que les deja vacíos por dentro (en el mal sentido), inmotivados, desorientados e infelices. A ese vacío responde la venerable tendencia de la búsqueda racional-intuitiva de la que hablamos.

Ya sea por la vía de una cierta espiritualidad  liberada de aspectos místicos o religiosos o por la vía del empirismo científico y riguroso apoyado en técnicas y conocimientos  que van desde la neurología más avanzada a estudios psicológicos de gran profundidad y debidamente contrastados, la dicotomía sabiduría-conocimiento comienza a mostrar su verdadera faz: ni son semejantes, ni son rivales, ni están separadas radicalmente. Son, en el mejor de los casos, complementarios. Puede haber sabiduría sin conocimientos librescos o científicos y puede haber conocimientos extensos sin un solo gramo de sabiduría auténtica. Una cosa no presupone la otra necesariamente. La historia de la ciencia, la filosofía, la literatura, está llena de ejemplos de personas con enormes conocimientos que han sido infelices hasta el suicidio y han  extendido en torno de ellos la desdicha y, al contrario, ejemplos casi nunca públicos de personas dotadas de una sabiduría profunda –y escasos conocimientos técnicos o profesionales- que han pasado por la vida ayudando y tratando de satisfacer a los demás y han dado ejemplo personal de profundo equilibrio personal incluso en las condiciones más salvajemente duras.

Para ilustrar el aparente misterio entre la existencia de personas que poseen sabiduría y  los que sólo tienen amplios conocimientos, ofrezco al lector dos libros que ejemplifican en cierta forma dos maneras de superar el enigma: la obra de un reconocido científico convertido más o menos en poeta de la naturaleza (cuestionado por la grey científica por eso mismo, a pesar de sus notables ideas) Rupert Sheldrake, cuya “resonancia mórfica” fue uno de los principios básicos de la “New Age” en la ciencia de hace unos años. Y a su lado, a un psiquiatra que aplica criterios científicos a toda una serie de técnicas milenarias espirituales, desde el Vedanta al Zen o a la réplica moderna de éstas, estructurada en la técnica del Mindfulness, el profesor de la Universidad de Zaragoza, Javier García Campayo. Ambos libros editados por Kairós, la editorial icónica en esta temática desde los años 60 del pasado siglo.

García Campayo hace un notable trabajo en torno a la deconstrucción del yo, una teoría que aprovecha ciertas cualidades de la mente (metacognición, descentramiento y no apego) que suelen ser objetivos de disciplinas espirituales de la calidad del zen, el budismo tibetano, la filosofía greco-latina o el taoísmo, sumados a técnicas empíricas como el mindfulness y sus ramas especializadas en reducción del stress, terapia cognitiva o dialéctico conductual. Basada en la no dualidad entre el sujeto y el objeto, el yo y los otros, el uso del término “deconstrucción” me alarmó en principio debido a sus connotaciones lingüísticas y psicoanalíticas que propiciaron una avalancha de teorías disidentes y rebuscada terminología en el tercer tercio del pasado siglo. Cosa que propició algunos sonados disparates y desconcierto al común de los lectores. En las venerables técnicas de búsqueda de la vacuidad en las que se basa, por ejemplo, el zen (es la que conozco mejor) suele haber una advertencia “en letra pequeña”: antes de desestructurar el yo, debes asegurarte de tener un yo estructurado de una forma correcta. Es un trabajo que se hace “después” de haber alcanzado un equilibrio psíquico en el que el yo forma parte.

Afortunadamente el profesor  García Campayo tiene en cuenta  ese problema metodológico y en las numerosas “prácticas” que va recomendando según avanza el libro, resulta obvio que propone medidas progresivas y una gran cautela en el enorme trabajo a realizar. Nos recuerda en algún momento la frase de Suzuki Roshi “Nada de lo que está fuera de vosotros puede causaros ningún problema. Solo tú eres quien genera los movimientos de la mente hacia el sufrimiento o la aceptación”. Así que es esa mente la que hay que vaciar previamente de todos sus contenidos, que son los que configuran el “yo” que hemos de “deconstruir”. Y lo hace recomendando, “No mezcles la mente con pensamientos, emociones o sensaciones. Intenta sentir qué es lo que realmente eres”.

Excede la capacidad de este artículo enfatizar la enorme información que el autor nos facilita sobre todos los movimientos, técnicas y disciplinas que se ocupan de la no dualidad y la vacuidad. Pero deseo destacar la voluntad de hacerlos comprensibles y de proporcionar al lector métodos y medios para entrar en ese difícil camino de equilibrio psíquico y espiritual que preconiza. En esencia, el autor nos viene a decir: no importan los medios o vehículos que utilices, su conocimiento no te llevará a la verdad, pero su práctica en algún momento sincronizará con ella. Y una vez cruzado el río hacia la sabiduría, la balsa o canoa utilizada puedes dejarla en la otra orilla.

El segundo libro que les recomiendo es un ejemplo del “otro camino” hacia la sabiduría a través del conocimiento. Se debe al controvertido biólogo Rupert Sheldrake que provocó sarpullidos a muchos científicos con su teoría de la “resonancia mórfica”. En esencia venía a decir que “la probabilidad de ocurrencia de un fenómeno aumenta proporcionalmente a su ocurrencia pasada”. Después de que las ratas de un laboratorio de Cambridge aprenden a escapar de un laberinto, las ratas de otro laboratorio de Nueva Delhi o Barcelona escapan mucho más rápidamente de un laberinto similar.  Se debe a esa “resonancia mórfica”: formas y conductas de organismos pasados influyen sobre organismos presentes.  Para Sheldrake las regularidades de la naturaleza son más hábitos que leyes inmutables. Esa hipótesis le valió a Sheldrake ser calificado por una revista científica de primer orden como “el mejor candidato a la hoguera que se ha visto en muchos años”.

Pero a pesar de su talante anti ortodoxo y rebelde a algunos paradigmas de la ciencia actual, Sheldrake, o tal vez por eso mismo, nos brinda en si libro en su “Caminos para ir más allá” un manual de técnicas y sistemas para alcanzar estado alterados de conciencia con fines espirituales y de mejora personal. Aquí se supera ampliamente la banalidad de la simple autoayuda para  convertirse en un documento inspirador, serio y documentado, de sumo interés para cualquiera que quiera lograr esa visión clara de lo real, a través de la vida cotidiana, de la práctica deportiva, la observación de los comportamientos de algunos animales (¿se le ha ocurrido a usted observar cómo se comporta su gato, su atención focalizada, su perfecta relajación, sus reacciones súbitas y eficientes de una rapidez instantánea?),  o la contemplación de la naturaleza, el poder de la oración, la práctica del ayuno, los psicodélicos, y, naturalmente, fiel a sus principios científicos, la utilidad esencial de generar buenos hábitos para lograr ese difícil equilibrio de la vida plena. La utilidad de las siete prácticas espirituales analizadas por el autor (en otro libro suyo había analizado otras siete relacionadas directamente con la ciencia) no estriba en seguirlas para obtener los beneficios que producen en la salud o para llegar a ser más felices o tener más éxito, sino para lograr sentir una conexión con una conciencia, un ser o una presencia superiores. “Incluso una experiencia breve de un estado de conexión gozosa -nos dice Sheldrake- puede bastar para cambiar el curso de la vida de alguien”. Y nos advierte, no se trata de establecer contactos con misteriosos seres espirituales fuera del mundo físico, sino que es el resultado de los efectos fisiológicos, químicos y físicos sobre el cuerpo y el cerebro causados por esas prácticas.

Y concluye: “En la medida en que todas esas prácticas espirituales pueden conducirnos a un mayor sentido de conexión con la totalidad o el Todo, o el amor de Dios, expanden nuestra conciencia de parentesco con otras personas, otros animales, plantas y árboles, ríos y océanos, rocas y tierra, con toda la Naturaleza. Y eso nos impulsa y motiva para comportarnos de manera más amable y a vivir y trabajar para un bien común, mayor que el nuestro individual. “. Y esto, se llama sabiduría a través del conocimiento.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

VACUIDAD Y NO-DUALIDAD.- Javier García Campayo.- Ed. Kairós.- 499 págs.

CAMINOS PARA IR MÁS ALLÁ.- Rupert Sheldrake.- Ed. Kairós. Trad. Vicente Merlo. 418 págs.

 

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29 octubre 2020 4 29 /10 /octubre /2020 19:21

En la recepción que Jorge Marco Bergoglio, más conocido como el Papa Francisco, dio a Pedro Sánchez y señora, el Pontífice tomó la palabra para hacer una clara advertencia a los políticos españoles. Más o menos les dijo “vayan con cuidado, el país se les está yendo de las manos” y pidió a todos que rebajaran la fratricida tensión ideológica que se estaba apoderando del escenario político español. Citó el “resurgir de nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos”, aseguró que la hegemonía social del egoísmo y el individualismo más insolidario, las “fantasías tradicionalistas” y las tensiones territoriales estaban abocando a las democracias, no sólo en España sino en todo Occidente, a una regresión autoritaria cada vez más evidente. Este lúcido Papa hizo una referencia sutil a la degradación de la República alemana de Weimar, hace ahora cien años, que supuso el triunfo del nazismo y la pesadilla hitleriana que anegó el mundo.

El Papa pidió a Sánchez que transmitiera a todas las fuerzas políticas españolas la necesidad de optar por el camino de concordia, colaboración y solidaridad que reflejaba su reciente encíclica “Fratilli tutti” (“Todos hermanos”). Quizá la sutileza de Francisco, más interesante para nuestro país, fuese su uso de tres conceptos para definir una misma realidad necesaria: País, Nación y Patria. Mejorar el primero, consolidar la segunda y hacer progresar la tercera. Y ninguno de los tres pertenece a una ideología en exclusiva. Territorio, política y símbolo histórico común, asaltados por separado por los partidos y las ideologías, en un rifirrafe donde pierden su naturaleza y se convierten en “herramientas” ofensivas y disgregadoras. Ni la izquierda, ni la derecha, ni los extremos de ambas, ni nacionalistas obcecados o separatistas visionarios, tienen en sus respectivas manos las medidas para evitar (o traer) otro Weimar en España. Pero los ataques extremistas por todos los flancos a esta España asolada por la pandemia y la crisis económica y la falta de respuesta unitaria de los políticos democráticos, constituyen un peligro cierto y real de regresión a las dictaduras. El Papa Francisco estuvo acertado.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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24 octubre 2020 6 24 /10 /octubre /2020 09:01

Ya sea por la vía de una cierta espiritualidad  liberada de aspectos religiosos o por la vía del empirismo científico y riguroso apoyado en técnicas y conocimientos que van desde la neurología avanzada a complejos estudios psicológicos empíricamente valorados, la dualidad sabiduría-conocimiento  muestra que ni estos elementos son semejantes, ni rivales, ni están confrontados. Son, en el mejor de los casos, complementarios. Puede haber sabiduría sin conocimientos librescos o científicos y puede haber conocimientos extensos sin un solo gramo de sabiduría auténtica. Una cosa no presupone la otra necesariamente. La historia de la ciencia, la filosofía, la literatura, muestra ejemplos de personas de gran erudición que han sido muy desdichados y han extendido en torno a sí esa desdicha y, al contrario, ejemplos, a veces anónimos, de personas dotadas de una sabiduría profunda, con escasos conocimientos técnicos o profesionales. Estas han vivido una existencia de bondad, servicio, generosidad y amor; ejemplos de un admirable equilibrio y fortaleza, incluso en condiciones salvajemente duras.

Para ilustrar la aparente dicotomía entre los considerados “sabios” y  los que “sólo” tienen amplios conocimientos de todo tipo, lean este libro que apuntan formas de superar el enigma: la obra de un conocido científico cuestionado por sus colegas a pesar de sus notables ideas,  Rupert Sheldrake, cuya “resonancia mórfica” fue uno de los principios de la “New Age” en la ciencia de hace unos años. El  controvertido biólogo provocó la ira de muchos científicos con su teoría de la “resonancia mórfica”, publicada en su libro A New Science of Life: The Hypothesis of Morphic Resonance ('Una nueva ciencia de la vida: la hipótesis de la resonancia mórfica'), en 1981.  En esencia venía a rechazar el esquema de un universo mecánico y abonar la existencia de una memoria colectiva dentro de las especies. Según este heterodoxo científico británico, existe un proceso de conexión no material llamado “resonancia mórfica” que propaga la memoria de la naturaleza y determina la evolución de las especies ya que  la probabilidad de ocurrencia de un fenómeno aumenta proporcionalmente a su ocurrencia pasada”. Ejemplo: tiempo después de que las ratas de un laboratorio de Cambridge aprenden a escapar de un laberinto, las ratas de otro laboratorio de Nueva Delhi o Barcelona- sin ningún contacto entre ellas o entre los que las usan- escapan mucho más rápidamente de un laberinto similar.  Esa hipótesis es interesante pero vaga y falseable, dado que por el momento no ha sido demostrada de forma empírica, ya que los experimentos no se han podido reproducir.  Ya desde el principio le valió a Sheldrake ser calificado por una revista científica como “el mejor candidato a la hoguera que se ha visto en muchos años”. El mismo año  de la aparición del libro, la revista Nature publicó un editorial de John Maddox, su editor jefe, titulado ¿Un libro para quemar?, donde decía: " los argumentos de Sheldrake no son, en ningún sentido, argumentos científicos, sino un ejercicio de pseudociencia...".

Sin embargo, lejos de todo esto, pero tal vez imbuido por el mismo aliento  heterodoxo y experimental, Sheldrake, en su libro “Caminos para ir más allá” nos ofrece un manual de técnicas y sistemas para alcanzar estados alterados de conciencia con fines espirituales y de mejora personal. Se trata de un libro inspirador, serio y documentado, cuidadoso con las fronteras científicas. Útil para cualquiera que quiera lograr esa visión clara de lo real, simplemente de una forma peculiar de existir en la vida cotidiana, a través  de la práctica deportiva, la observación de los comportamientos de algunos animales o la contemplación de la naturaleza, el poder de la oración, la práctica del ayuno, los efectos de algunos psicodélicos, y, naturalmente, la generación de buenos hábitos para lograr ese difícil equilibrio de la vida plena. La utilidad de las siete prácticas espirituales analizadas no estriba en seguirlas para obtener beneficios en la salud o para ser más felices o tener más éxito, sino para conseguir sentir la “conexión” con una conciencia, un ser o una presencia superiores. “Incluso una experiencia breve de un estado de conexión gozosa -nos dice Sheldrake- puede bastar para cambiar el curso de la vida de alguien”. No se trata de establecer contactos con misteriosos seres espirituales fuera del mundo físico, sino que es el resultado de los efectos fisiológicos, químicos y físicos sobre el cuerpo y el cerebro causados por esas prácticas.

Y concluye: “En la medida en que todas esas prácticas espirituales pueden conducirnos a un mayor sentido de conexión con la totalidad … expanden nuestra conciencia de parentesco con otras personas, animales, plantas y árboles, ríos y océanos, rocas y tierra, con toda la Naturaleza. Y eso nos motiva para tener un comportamiento amable y  trabajar para un bien común, superior al individual".

Por lo tanto el "Ir más allá" de Sheldrake consiste en pasar a un estado superior de consciencia, a un lugar donde es posible percibir una mayor comprensión, amor y conexión con lo y los que nos rodean, donde quizá podamos encontrar el significado de la vida. Sheldrake investiga por qué funcionan esas antiguas disciplinas espirituales y físicas, en qué forma interactúan con nuestro cerebro provocando en algunos casos formas expandidas de consciencia. Interesante, incluso para un escéptico como yo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

CAMINOS PARA IR MÁS ALLÁ.- Rupert Sheldrake.- Ed. Kairós. Trad. Vicente Merlo. 418 págs

 

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20 octubre 2020 2 20 /10 /octubre /2020 09:17

LOGOI 171

IRA DEORUM

Los antiguos griegos (los abuelos de la civilización europea, los romanos fueron los padres) solían  tener un gran respeto por la "ira de los dioses", aunque también temblaban ante sus defectos, como la lujuria, la vanidad o la crueldad gratuita.Muchos creían que la guerra de Troya la provocaron los del Olimpo porque estaban hartos del griterío, el desequilibrio y el bullicio de los mortales. Era una manera de disminuir la población, cuyo exceso causaba los mayores males. Para los babilónicos el Diluvio fue cosa de los dioses ante el aumento de la población humana y su mal comportamiento. Casi todas las mitologías conocidas, desde la asiria, a las nórdicas o a las hindúes o las aborígenes australianas  o norteamericana (incluso el cristianismo y el judaísmo con el Diluvio) califican de “castigo divino” las hambrunas, la peste y otras epidemias que diezmaban la población ya sea a causa de las vidas licenciosas, impías y desordenadas de los humanos o por los daños que éstos infligían a los bosques, los ríos o las montañas. El catolicismo no le fue a la zaga. En España hacíamos rogativas populares en las calles, tras el párroco y su cruz, para atajar las sequías.

En el fondo, las metáforas mitológicas esconden grandes verdades naturales: la ruptura del equilibrio de la naturaleza, en algunos de sus aspectos, por la labor codiciosa, depredadora, mezquina y abusiva, del hombre. En realidad hay una constante en los males que la Naturaleza nos inflige de una u otra manera: todos son respuestas directas o indirectas a esa falta primordial de respeto que el ser humano sigue manteniendo hacia la Naturaleza, a la que no considera un sujeto de derechos cuya violación redunde a la larga –o a la corta- en el propio bienestar humano y que está equilibrado con unas obligaciones y normas a la recíproca. Nos consideramos, sin ninguna razón que lo avale, el ser supremo de la creación. Vamos, el monarca absoluto para  el que los mares, ríos, lagos, montañas, bosques y la flora y fauna que existen en el planeta están a nuestro servicio y son el objeto de nuestras necesidades, caprichos y estupidez destructiva.En clave mitológica de la vida, el virus que nos aflige y de la manera globalizadora que se extiende y actúa, tiene todo el aspecto de ser debido a la “ira deorum”, una respuesta planetaria, ecológica, a nuestra desconsiderada explotación y desmedido consumo.

Si hacemos caso a Spinoza, el filósofo que sigue una tradición que empieza con Tales de Mileto (“todo está lleno de dioses”) y se extiende a Leibniz, Wittgenstein o a Russell entre otros, si acaso hubiera algo divino en este planeta, es la propia Naturaleza en todas sus manifestaciones. Incluido, entre ellas, al peor virus que existe para su supervivencia: el ser humano, ese animal dañino capaz de las mayores grandezas y las mayores ruindades.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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14 octubre 2020 3 14 /10 /octubre /2020 08:36

Jean Pierre Vernant es una de las figuras intelectuales más interesantes en la década de los 50 a 60, en un París que salía lleno de vigor de las sombras de la guerra, que hervía de ideas, innovación cultural y desafíos sociales en nombre de las artes, la literatura y la filosofía. Su compromiso con las cambiantes realidades políticas y sociales le llevan al marxismo primero, como tantos otros encabezados por Sartre y Simone de Beauvoir, y al desencante después, volcándose en el estructuralismo como  metodología a través de la linguística (como un poco más tarde haría el psicoanálisis de la mano de Lacan) aunque su influencia sería determinante en el mundo académico. Es profesor del elitista College de France junto a figuras tan mediáticas  como Foucault o Duby. Su especialidad es la mitología, preferentemente, la griega.

Sus análisis de los mitos, sin desdeñar su propia estructuración histórico-social (una emanación poética y literaria de las formas sociales del mundo clásico griego) pivotean en torno a un concepto básico: el de la alteridad. El mito que ahora analizamos tiene una relación específica que no se debe ignorar con los tiempos y costumbres en que nacieron y nuestra visión de ellos es la de un otro con sus propias constelaciones culturales. Por lo tanto para comprender el fundamento de los mitos debemos tener presente que nuestra mirada está de hecho "contaminada" por nuestra cultura propia, por tanto debe ser una interpretación  sincrónica y debemos considerar los mitos en sí mismos sin alterarlas con interpretaciones históricas. Lo que expresa el mito en su origen son los problemas profundos del alma griega que se adscribe a una alteridad definida por  la contraposición del hombre griego con el forastero, el extraño, con el que habita el fondo de la tierra o del mar, con los dioses, los titanes y los monstruos. Vernant se opone a la idea de las influencias asiáticas en la gestión de mitos y leyendas. Cree que es una manifestación esencial de la cultura griega de la polis.

En este libro, concretamente, Vernant hace una confesión de humildad expositiva. Se olvida de las complejas teorías estructuralistas y linguísticas y nos cuenta su visión de los dioses, los hombres y sus relaciones con el Universo como "lo haría a sus nietos". No es un  análisis, es un relato de relatos, y eso le da un encanto especial al libro y responde a una voluntad de claridad expositiva muy loable. Evita la excesiva erudición y mucho más la discusión teórica sobre significados y variables de las figuras presentadas. Prescindiendo también del desarrollo progresivo de los mitos y sus adaptaciones a otros tiempos, lugares y funciones, ofreciéndonos una visión estática, sencilla y despejada de complicaciones. Sin embargo insiste en los componentes de desarrollo espiritual que simbolizan dichas figuras y personajes. Y también de la simbología del desarrollo humano en la sociedad: por ejemplo en la distribución de  los personajes en función de sus edades y las transiciones a las que se sometían desde el nacimiento a la muerte. De este modo Vernant ahonda en muchos de los temas tratados en las diferentes narraciones míticas, sobre todo en las funciones de los jóvenes y los accesos que se les brindaba a la vida militar y más tarde a actividades relacionadas con la ciudad, su gobierno y su defensa. 

La lectura de este libro es altamente instructiva quizá por su vocación pedagógica. Así asistimos a la formación del UNiverso a partir de la relación sexual incesante entre la Tierra (Gea) y el cielo (Urano), la lucha de los dioses y los titanes, el predominio de Zeus y la respuesta crecientemente autónoma de los hombres a través de los héroes, con una relación marcada por desafíos, castigos, relaciones sexuales entre dioses y hombres y mujeres. Edipo, Perseo, Sísifo, todos ellos buscando favorecer a los hombres y exponiéndose a los horribles castigos de los dioses. A través de esas vicisitudes, los griegos poseían una señas de identidad que configuraban una imagen propia del mundo griego, símbolos que explicaban el talante y la cultura griega y, de reflejo, muchos de las ideas que hemos heredado de ellos y conforman parte de nuestra cultura europea. 

El estilo pedagógico, reiterativo, detallista, ameno y sencillo de Vernant convierte la lectura de este libro en una fiesta y aclara de manera indirecta muchas cuestiones enraizadas ya en nuestra propia cultura pero que deben su vigencia y su vigor a los mitos que nos narra este autor ya medio olvidado. Con ese detalle -muy griego por cierto- de exponernos una y otra vez determinadas características, hechos y sucesos de la vida de los personajes míticos, como una muestra de la regla escolástica de la "reiteratio", la repetición, para así mejor memorizar e entender lo que se explica. Vernant usa de las tres formas narrativas clásicas, el relato histórico, el literario y el mítico, uniéndolas por la utilidad pedagógica que busca, sin ahorrar al lector sus propias interpretaciones (lo cual es un regalo añadido). Precisamente el reflejo de sus personalísimas interpretaciones es evidente en su divertida y sugestiva forma de titular los diferentes apartados de los capítulos generales: "La castración de Urano", "En la panza paterna", "Tifón o la crisis del poder supremo", "Un mal sin remedio", "La partida de ajedrez", "Pandora o la invención de la mujer", "Tres diosas ante una manzana de oro", "Helena, ¿culpable o inocente?", "Nadie se enfrenta al cíclope", "Los sin nombre y sin rostro", "Desnudo e invisible", "El muslo uterino", "Rechazo del otro, identidad perdida", "El hombre: tres en uno", etc.

Aprovecho un resumen ajeno para mostrarles el contenido del libro: "El relato de los mitos griegos comienza con “El origen del universo”, que se remonta al momento en que sólo existía la Abertura o Caos, con la mutilación sexual de Urano del que nacen otras criaturas belicosas, entre titanes y monstruos. La segunda parte, “La guerra de los dioses, la soberanía de Zeus”, se ocupa de los hijos de Cronos y Rea -segunda generación de dioses- y de la lucha que lidera Zeus contra su padre y contra otros dioses (Tifón, los Gigantes) hasta asentar su soberanía. La tercera parte, “El mundo de los humanos”, versa sobre el origen del mundo a partir del gobierno de Zeus, hasta le momento que se produce la ruptura entre dioses y hombres a causa de Prometeo. En “La guerra de Troya”, cuarta parte, recorre los principales hitos del conflicto, desde el nacimiento de Aquiles hasta su muerte en suelo troyano. La quinta parte, “Ulises o la aventura humana”, es una apretada síntesis de todas las aventuras de Odiseo, desde la victoria de los griegos en Troya hasta la ‘noche de bodas recuperada’ del héroe con Penélope, una vez consumada la venganza de los pretendientes. Es  notable el análisis de la simbología del lecho matrimonial construido por Ulises, un buen ejemplo de la mirada sutil con que Vemant penetra cada una de estas historias. La sexta parte, “Dioniso en Tebas” refiere el origen y andanzas del dios. Según Vernant, Dioniso,, errante y vagabundo, próximo a los hombres y a la vez inaccesible y misterioso, está escindido por dos pasiones opuestas: la de vagabundear y la de tener un lugar propio. “Edipo a destiempo”, séptima parte, se centra en una de las figuras más trágicas de  la literatura griega y universal. Vemant encuadra la historia de Edipo entre dos maldiciones: la primera, aquella que cayó sobre Layo por haber perseguido de amores al joven Crisipo hasta que éste se suicidó, anunciaba el aniquilamiento de la estirpe de los Labdácidas; la última, lanzada por el mismo Edipo contra sus hijos, pronostica la pelea por el trono y la muerte mutua que éstos han de ocasionarse.  La última parte, “Perseo, la muerte, la imagen”, aborda la historia de Perseo, hijo de Zeus y Dánae, a quien el dios fecunda en forma de lluvia de oro. Al héroe le corresponde traer la cabeza de Medusa; una vez conseguida, es entregada en agradecimiento a la diosa Atenea, quien la convierte en pieza central de su armamento para paralizar de terror a los enemigos que la miren."

Para terminar, tiene el lector un glosario que recoge todos los nombres mitológicos que se mencionan en el texto. De verdad, no se lo pierdan . Es fácilmente hallable en internet. 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

EL UNIVERSO, LOS DIOSES, LOS HOMBRES.- Jean-Pierre Vernant.- Trad. Joaquín Jordá.- Círculo de Lectores. 250 págs.

 

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13 octubre 2020 2 13 /10 /octubre /2020 08:57

Dice el cantar popular: “Goza del sol mientras dure/siempre no ha de ser verano/aprovecha la ocasión/ que la tienes en la mano”. La oda “Carpe diem” del poeta latino Quinto Horacio Flaco,  se puede traducir por “Goza del día presente y olvídate de los problemas existentes”, termina siendo el paradigma dominante de nuestra sociedad consumista que se defiende de que alguien o algo les estropee sus “derechos” a la diversión, la libertad personal para hacer lo que gusten y su rechazo a todo tipo de limitación; “Carpe diem” dicen los centenares de miles de personas que salen de las grandes ciudades y se reparten por los pueblos en busca de “vida sana” y ausencia de vigilancia pública; “carpe diem” dicen los negacionistas, cuyo santo patrón Trump, sigue asegurando que el virus pandémico es una simple gripe, aunque los muertos habidos ya podrían superar en número a los que el país tuvo en las dos últimas guerras mundiales; “carpe diem” dicen millones de madrileños enrocados tras la señora Ayuso en un duelo con el Gobierno, sorprendentemente parecido al de los independentistas catalanes, en su falta de lógica y exceso de “ideología”; “carpe diem”, dicen los políticos en su “ir a lo suyo” mientras el país se desmorona económicamente y la ola de contagios crece; “carpe diem” dicen en la Moncloa mientras ven el desconcierto sanitario que se expande, por la tibieza en las medidas, la falta de cooperación en la población y el desconcierto científico; “carpe diem” aseguran populistas y liberalistas extremos, mientras se polariza toda la sociedad civil y se evoca un “guerracivilismo” que debería ya estar enterrado hace décadas; “carpe diem” susurran en los medios y en la trinchera paralela de lo digital, mientras unos pocos lúcidos avisan de que en el mundo estamos rebasando todos los límites en barbarie, violencia y desconcierto; “carpe diem” nos lamentamos, viendo la deriva irracional que está teniendo la humanidad hacia el autoritarismo belicista. Todo está justificado a cambio de que nos dejen hacer lo que queremos y así será hasta que nos pongan las cadenas cualquier régimen impuesto bajo el poder de un “salvador de la Patria” y sus legiones de borregos interesados y agresivos. Carpe diem. Y dejo para otro día el contarles que el significado inicial del "Carpe Diem" tenía que ver con la capacidad de disfrutar del instante presente como lo más valioso que tenemos en la vida. El aquí y el ahora.  Algo muy difícil y muy necesario.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 octubre 2020 2 06 /10 /octubre /2020 07:02

¿Escapismo cultural? Así juzgaba un amigo el texto que están leyendo. Quizá sí. Los lectores que sigan estas reflexiones semanales han visto, tal vez ensombrecidos, cómo el tono general, crítico, realista y apoyado en el actual momento mundial, ya sea en política, ecología, sanidad, economía, violencia, pedagogía, no brillaba de optimismo, precisamente. Este fin de semana, agobiado por la deriva de las circunstancias, he archivado periódicos, evitado telediarios y emisoras, cerrado el ordenador y me he dado un par de días de descanso. Caminatas por los montes, excelentes comidas caseras y algún que otro vinillo de calidad (esta tierra los tiene excelentes). Como alimento intelectual único: el señor William Shakespeare. Los “Apuntes” sobre su obra de Jan Kott (un clásico que publicó Seix y Barral en 1969), lectura de algunas de sus obras, visionado de películas sobre otras y, como señuelo investigativo, la presencia de los vinos españoles en los textos del Bardo, al que llaman el “Cisne de Avon”.

Será el orondo, irónico, amoral, festivo y cómico-dramático personaje llamado sir John Falstaff, tanto en “Las alegres comadres de Windsor” como en la “Segunda Parte del Rey Enrique IV”, el que haga el más universal elogio a las bondades del vino de Jerez, diciendo que  “limpia los cerebros de vapores necios, los hace perspicaces, despiertos e imaginativos, dan ingenio a la lengua, calienta la sangre” y, para terminar, asegura que “si mil hijos tuviera, el primer principio humano que les enseñaría sería renunciar a cualquier bebida que no fuera el jerez”.

Tanto es así que Shakespeare, que lo cita repetidamente como “sherry o “sack”, en “Noche de Epifanía o Como gustéis”, hace que uno de sus personajes,  sir Tobías, lo recete como tranquilizante para antes de ir a dormir. En “La tempestad”  Calibán y Stephano juran por él como símbolo de valor por la honestidad y cumplimiento de sus decisiones

Shakespeare hace beber vinos españoles a muchos de sus personajes –lo que indica una afición muy extendida entre la población inglesa de la época- y aunque algunos se inclinaban por las jarras de cerveza, desde los altos palacios a las más ruines tabernas la mayoría solían exigir caldos como el “malvasía, el bastardo, el charneco, el canarias o el jerez”, vinos españoles populares entre los británicos del siglo XIV al XVII. De ellos se habla en “Trabajos de amor perdidos” o en “Ricardo III” en donde el asesinato del duque de Clarence ordenado por el despiadado Ricardo, se efectúa ahogándolo en un tonel de malvasía. El “bastardo”, parecido al moscatel, es citado en “Medida por medida” y “Enrique IV”. El “canarias”, parecido al madeira y procedente de la Islas, se cita en “Las alegres comadres”.

Posteriormente otros autores ingleses desde Oscar Wilde a Arthur Conan Doyle, Dickens, Virginia Woolf, Forster o Lawrence Durrell, también citan vinos españoles como criterio de calidad, de cortesía o de prestigio social. En suma, leer y escribir sobre ello ha sido una excelente cura antiagobio.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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4 octubre 2020 7 04 /10 /octubre /2020 09:51

A los 150 años de su punto y final

DICKENS, UNA ALEGORÍA ACTUAL

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens y en el momento en que lo leí, cuando preparaba estas líneas, percibí claramente el carácter profético y premonitorio de un escritor y su tiempo que se reflejaba hoy como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual, reverberando como una carcajada burlona contra nuestras pretensiones de superioridad. Una frase de Marx completaba la imagen que me había formado: “Dickens ha proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de políticos, agitadores y moralistas juntos”

En estos tiempos en los que se cuestionan el valor práctico de los sentimientos, en los que las emociones son objeto de análisis críticos y condenas terapéuticas o ensalzamientos ridículos y contraproducentes, releer a Dickens  en el 150 aniversario de su tránsito hacia el Olimpo de los Inmortales  no sólo es un placer, es también una necesidad y una apelación psicológica a lo más humano y olvidado de nuestras existencias actuales: el derecho a conmovernos, la posibilidad de que, aunque sólo sea por el acto literario reflejo de la lectura, sintamos los ecos de una ternura, una bondad y una comprensión de la debilidad humana que fueron el logro más profundo de este escritor relegado al anaquel de los "clásicos sentimentales” y el recordatorio mordaz de que no hemos superado la falta de humanidad, la capacidad de hacer sufrir a los más débiles y necesitados, la pintura cruel de los desheredados de la tierra hasta límites y magnitudes jamás soñadas por Dickens en el siglo XIX.  

Uno de sus biógrafos asegura que “Dickens ocupa un lugar entre las causas de orden moral que han ahorrado a Inglaterra una revolución, porque pocos autores han encarnado tan bien a un país, en sus grandezas y sus pequeñeces”.  Si Dickens se levantara de su eterno descanso en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster y observara su amado país bajo las sombras deshonrosas del “Brexit” volvería a su tumba tan amargado como si Lincoln viera al suyo bajo la férula canallesca de Trump, ambos personajes igualados en la miseria moral que tenía el viejo Scrooge de su “cuento de Navidad”, pero sin su capacidad de redención.

Un lector inquieto podría husmear en la obra dickensiana, en los más de 2000 personajes que bullen en sus quince novelas (contando la inacabada “El misterio de Edwin Drood”) y llevarse la sorpresa de ver en negativo la copia sarcástica de políticos, banqueros, hombres y mujeres de fama popular encarnados en nuestra época con sus mismas bajezas, mentiras, ignominia, crueldad o estupidez… pero sin la pátina amarga de humor, ironía  o humanismo que Dickens les imprimía.

Nuestro mundo asolado por la pandemia, con sus injusticias, sus legiones de gentes miserables necesitadas de lo más básico hacinadas en las fronteras, sus diferencias sociales radicales en el seno de sociedades más o menos prósperas, la violencia en las calles, lo políticos corrompidos, los magnates codiciosos e irresponsables capaces de llevar a la indigencia a millones de personas, el racismo, la explotación de los más débiles, niños, mujeres, viejos, enfermos… remeda y aumenta el paisaje de las obras de Dickens, como un Brueghel traspasado al siglo XIX en plena revolución industrial, el auténtico comienzo de la pesadilla actual que ya amenaza no a una ciudad o un país sino al entero planeta. El sórdido mundo de Dickens era un ensayo para la hecatombe social, política, económica y humanística actual. Pero el genio de Dickens logra buscar y encontrar humanidad donde sólo hay sufrimiento y miseria, humor donde sólo hay avaricia, abusos y agresividad, generosidad donde reinaba la codicia de la riqueza desmesurada o de la supervivencia sin pudor, solidaridad donde sólo había ruindad y explotación de los más débiles, amor en el páramo londinense de los buenos sentimientos.

La biografía de Peter Ackroyd que recomendamos en estas páginas, como de la André Maurois que guardaba en mi biblioteca familiar y perteneció a mi padre (edición 1944) nos da los detalles más jugosos de este escritor victoriano que fue el retrato más fiel del inglés de calidad representativo de esa época de transición económica y social y riquísima en el ámbito literario. De ambas el lector sacará una imagen completa de un autor psicológicamente complejo y contradictorio que pasa de ser el respetabilísimo representante de la rectitud victoriana, con  familia de vida confortable, que escondía “dentro del armario” al hombre enigmático y lleno de pesares y complejos, que lleva hipócritamente una vida sexual escandalosa,  mantiene una amante joven, repudia a su esposa, reniega de la mayoría de sus hijos (algunos siguen la senda disipada de su abuelo) y lleva como un estigma doloroso el recuerdo de una infancia malograda por los dispendios y la afición al juego  de su padre, la consiguiente prisión por deudas, los trabajos miserables en una fábrica de betún con sólo 12 años de edad, llevando su mísero salario a la prisión donde vive su familia junto al padre. Y al mismo tiempo, en su vida adulta, con una posición desahogada marcada por la codicia y los excesos permanentes, escribe como un forzado a galeras, libros, periódicos, revistas y se enriquece a base de dar lecturas públicas de muchas de sus novelas, que le dejaban exhausto y que fue la causa de su temprana muerte por agotamiento.. Fue el primer caso de autor de “best sellers” global (al menos en el mundo anglosajón y en Europa) y también fue un pionero en la defensa de los derechos de autor (sus batallas en Estados Unidos por conseguir que se dictara una ley que tuviera en cuenta los derechos de los autores no norteamericanos, ha hecho historia en el mundo de los libros).

A estas alturas Dickens sigue siendo una fuente inspiradora para escritores, ensayistas, directores de cine o de teatro, series de televisión y editores. Hasta mediados del siglo XX, nos cuenta Maurois, en los music-hall de Londres solía trabajar un extraño artista llamado “Dickens Impersonator” que sabía imitar a los personajes principales de las novelas de Dickens desde Scrooge a Pickwick, de Sam Weller a Fagin, de Oliver Twist a  Dombey, Copperfied o Nickleby. Como dice Ackroyd en su libro “La actualidad y vigencia de su legado está fuera de toda duda, y se ha visto con la reiterada referencia a sus luchas legales con los impresores cuando se han discutido cuestiones de derechos de autor, porque puede decirse que Dickens fue el primer escritor profesional consciente de lo que ello comportaba (por ejemplo, la necesidad de promocionar su obra y percibir una retribución acorde con su éxito). Además, probablemente la de Dickens no es sólo la vida más intensa e interesante de entre los escritores victorianos, sino también una de las más apasionantes y peor conocidas del siglo XIX.

Lean pues, amigos, la biografía de Ackroyd y, si la encuentran, de Maurois. Dickens es un autor de plena actualidad social, política, histórica y humana. Los últimos Premios Nobel de economía,  Banerjee y Duflo, lo citan en una de sus obras: “Hemos regresado al mundo dickensiano de “Tiempos difíciles”, con los ricos enfrentándose a unos pobres cada vez más alienados, sin una solución a la vista”. Pero, aparte de esa carga reflectante de su obra, lo esencial es que se embarquen en la lectura de algunas de ellas, que son sumamente gratificantes: así el humor incomparable de “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, y el derroche de emociones y sentimientos de “Oliver Twist”, “La tienda de antigüedades”, “Dombey e hijos”, “David Copperfield”, “Casa Deolada”, “Tiempos difíciles”, “La pequeña Dorrit”, “Grandes esperanzas”, “Historia de dos ciudades”, “Nuestro común amigo”… Creo que me agradecerán el consejo. Dickens nunca deja de defender la felicidad en la vida y la esperanza en la benevolencia universal. Como escribe Maurois, “Cuando queramos tomar nuevamente contacto con las grandes y sencillas emociones humanas, no vacilemos en recurrir a Dickens. Mr. Pickwick permanece vivo y joven y, si Papa Noel y los tres espíritus de las Navidades y el viejo Scrooge no han muerto, tampoco a su vez murió Dickens”. Durante muchas Navidades que he vivido, solía leer en familia algunas de las escenas de “Cuento de Navidad”, ante el placer general. Era como tener a un viejo amigo sentado a la mesa.  Claro, eran otros tiempos…

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

DICKENS (El observador solitario).- Peter Ayckroyd.- Trad. Gregorio Cantera. 703 págs. Edhasa. 2011

DICKENS.- André Maurois.-Trad. L.P.C.- Ediciones Nausica

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2 octubre 2020 5 02 /10 /octubre /2020 11:49

(Texto publicado el 021020 en La Comarca)

Las “marabuntas” son agresivas colonias de hormigas depredadoras existentes en algunos países de África y en Sudamérica. Les llaman hormigas guerreras o legionarias y arrasan territorios enteros, devastando la pequeña fauna y la vegetación por donde pasan, en columnas de 20 metros de ancho por 200 metros de largo. En los años 50 se hizo popular una película norteamericana dirigida por  Byron Haskin y protagonizada por Charlton Heston y Eleanor Parker. Es España se tituló “Cuando ruge la marabunta” (“The naked jungle”, “La selva desnuda” en inglés) en la que la marabunta se convertía en un exagerado flagelo letal incluso para grandes mamíferos y personas.

Ustedes me permitirán la broma, también exagerada, de comparar las tropelías devastadoras de la marabunta con ciertas actitudes, abusos, excesos, incivismo, mala educación o simples gamberradas -seguramente etílicas o anfetamínicas- del tropel veraniego que ha invadido nuestros pueblos, impulsados por las circunstancias (encabezadas por el Covid y en contra de las recomendaciones de las autoridades de las provincias de origen de los turistas).

Las últimas fiestas y “puentes” han sido un triunfo de la necesidad de desplazamiento tras la reclusión, inconsciencia y covidiotismo de cientos  de miles de personas que se han expandido por el mundo rural y el de montaña hasta límites notables incluso comparándolos con tiempos de normalidad sanitaria y económica. Entendámonos: creemos firmemente en el derecho de los ciudadanos a buscarse sus momentos de diversión, deporte, nomadismo, relajación o socialización fuera de su lugar habitual. Con dificultades para salir a otros países más exóticos y con el añadido de las penurias económicas, la gente ha decidido hormiguear por lugares más o menos cercanos, más económicos y poco poblados (hasta que llegaron ellos, naturalmente). Los aborígenes rurales y montañeses, encantados de entrada (algunos). Las pernoctaciones y alquileres o casas rurales han estado a tope. Los bares y restaurantes hicieron su agosto en setiembre. Los senderos superpoblados y arrasados por motos y bicis de montaña y ristras de mochileros protestando de tanta rueda y ruido. Las cumbres modestas y las más orgullosas han sufrido hasta colas de espera (vi una foto descorazonadora de la cruz del Aneto a rebosar de “selfies” y posados grupales).

Por las noches, hasta en los pueblos más pequeños y a pesar de las órdenes de alejamientos y mascarillas en vigor, los botellones, francachelas y escandaleras han estado en plena vigencia transgresora. Botellas vacías (y rotas), vasos de plásticos y otros residuos han constituido la pesadilla y el rosario de malas palabras de los pobres peones y alguaciles de los Ayuntamientos. Moblaje urbano destrozado, pintadas de lo más “divertido”, automóviles aparcados a la buena de Dios, vomiteras en algunas esquinas, gritos estentóreos en la noche donde sólo se escuchaba algún búho o lechuza, cantos “patrióticos” o coplas libidinosas durante la “sana” diversión nocturna importada.

Me dirán ustedes que eso no ha sido la tónica general. Que muchos de los que han buscado refugio estival en los pueblos son personas que tienen en ellos su segunda residencia, otros son amigos o familiares de los propios lugareños. En fin, que exagero un montón. ¿De veras? Den un repasito a los periódicos locales, comarcales o provinciales. Aún así, admitamos que la cosa no ha sido tan grave y que ha compensado un poco el desbarajuste económico del confinamiento. Muy bien. A cambio déjenme hacerles una propuesta discreta: Convengamos que el Aragón vaciado no es un cubo de residuos donde puede venir quien quiera a cambiar sus óbolos turísticos por cosas inconvenientes que nos afectan y desmerecen nuestro territorio. Lo que no se tolera –o se multa- en las ciudades, en nuestros pueblos queda impune. Como dijo en un semanario de la comarca un destacado político amigo mío: “si masificamos el territorio, deterioraremos los espacios y degradaremos nuestras pequeñas joyas”. ¿Por qué no regalamos  a los visitantes ocasionales o “residentes” un decálogo de buena vecindad, de educación cívica, en el que les rogamos que nos ayuden a conservar, mantener y mejorar los lugares y monumentos naturales que vienen a admirar y respeten a los que vivimos todo el año aquí y trabajamos para hacer esa labor y, en consecuencia volverles más fructífera su estancia?  ¿Es mucho pedir? ¿O prefieren dejar nuestro Aragón milenario convertido en un páramo arrasado como por el paso de la marabunta?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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