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15 diciembre 2011 4 15 /12 /diciembre /2011 08:04

 

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Dirigida por Tobi Bauman sobre una novela de Richard Hayer, es una honesta y entretenida cinta de acción en la que se cumplen los parámetros de la búsqueda, el héroe, la heroína, el viejo profesor y la trama trascendental: el Arca de Noé, el "ojo de Dios" que permitió el diluvio universal, enfremtados a los turbios intereses de una secta religiosa con métodos de mafia con hábitos, que pretende volver a poner en funcionamiento ese ojo para provocar el fin de la humanidad actual  para crear una nueva, amén del desencadenamiento del virus de la peste negra que ha mutado de la bacteria que provocó la enorme mortandad en la Edad media.

Esta es, pues, la historia. No se pida nada más. Acción, persecuciones, misticismo de best seller, manuscritos medievales, trampas y  lugares misteriosos, amor apasionado y el héroe que ayudado por el viejo profesor y el amigo fiel, un taxista turco del que no sabemos nada excepto que es simpático y valiente y aparece en los momentos más delicados, logrará evitar en el momento más trepidante de la película que los malos logren su ambición apocalíptica y por la gracia de Dios creada a base de un agua milagrosa salvar a la heroína ya infectada por el virus.

Personajes planos pero claros, estereotipos del aventura a lo Indiana Jones, toques místicos y una realización muy correcta e imaginativa que mueve todos esos elementos y logra que nos divirtamos ante la pantalla aun sabiendo que todo está previsto para el final feliz y que no hay que hacerse muchas preguntas sobre lo que acontece en pantalla, sujeto no a la logica normal de los acontecimientos sino a la mucho más divertida, aunque improbable, de la ficción destinada a divertirnos.

Stephan Luca y Julia Molkhou interpretan a la pareja protagonista --logran un encanto fresco y atrayente--, Jean Ives Bertholou al anciano sabio y simpático y Tayfun Bandensoy al taxista turco providencial que ayuda a los jóvenes a destruir a la secta y a salvar al mundo.

Además y para terminar se nos avisa que habrá otra aventura al menos, la busqueda de Atlantis, el mitico país donde quizá podría haber estado el paraíso terrenal. Saqueo bíblico a todo pasto, trufado con un poco de historia-ficción. Pero con el añadido de una cámara resplandeciente filmando con habilidad los paisajes extraordinarios de Armenia y la belleza inmarchitable del Ararat.

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14 diciembre 2011 3 14 /12 /diciembre /2011 10:12

 

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  Otro producto de la factoría hollywoodiense destinado a levantar una risas, pasar un rato más o menos agradable, y todo muy a tono con los tiempos de crisis que vivimos, para dar actualidad a la cosa. Así asistimos al principio de la caida de un magnate, perfectamente encarnado por ese viejo zorro de las pantallas que es Alan Alda, que ha cometido una estafa de miles de millones de dólares y que cuando es detenido por el FBI no tiene un duro en la cartera y sus millones se han volatilizado. El magnate vive en un exclusivo edificio de Nueva York, The Tower, cuyo gerente, Ben Stiller, asiste incrédulo a la constatación de que su héroe financiero y cliente preferido se ha pulido los fondos de pensión de todos los trabajadores del edificio, incluido él mismo.

Eso es una gota de agua en el océano económico de la estafa pero para esas personas es toda su vida y todos sus ahorros. Cuando el magnate, que nunca acepta la acusación, muestra una frialdad absoluta ante la suerte de los empleados, Ben Stiller recurre a un maleante de poca monta, Eddie Murphy, (bastante salido de madre) para dar un "golpe de altura". En el sentido doble del término, ya que se propone encontrar el dinero escondido del magnate, que vive en el ático lujoso del edificio. Se trata de recuperar ese dinero y con él los planes de pensión de todos lo empleados.

Semejante trama, ay, tan actual, se convierte en  una excelente oportunidad de hacer brillar el humor austero y facial de Stiller y el vocinglero y entusiasta de Murphy, secundados por un elenco en forma que parece divertirse mucho con las astracanadas que se suceden. No les cuento más porque si lo hago ya tienen la película entera y sólo irán al cine los fans de los dos cómicos citados.

Bret Ratner es el responsable del asunto y trata de hacer  un producto de entretenimiento que podría haber firmado la factoría Walt Disney hace  veinte años.

Algo más de hora y media dura el evento y uno debe pertrecharse de palomitas y refresco para ayudar a la acción, no especialmente aguda o inteligente. Una insustancial propuesta cuyo activo más directo es la crítica nada sutil que hace a los tiburones financieros que tanto están haciendo sufrir al mundo y que pagan muy poco por ello, como todos sabemos. La película es impecable técnicamente, las actuaciones convincentes y el argumento no da para nada más, excepto gozar con la mímica y el verbo desbocado de Murphy, todo bajo una banda sonora que parece recordar a las películas de Harry el Sucio, con compañeros de la solvencia de Cassey Affleck, Tea Leoni, Matthew Broderick (que está impagable en su rol de padre desahuciado por deudas y paro) y aquella inmensa mole negra de mirada desafiante y gesto de ogra buena que es Gabourey Sibide, aquella deliciosa mujer de "Precius".

El pueblo unido jamás será vencido, parecen gritar los colegas ante el final escarmiento y derrota del magnate, que entra en la cárcel acompañado por las voces de los reclusos que gritan lo placentero que le encuentran y cómo se lo van a demostrar.

Al menos  es divertida y queda para el recuerdo la sonrisa cínica de Alda y la dureza de su mirada, amparada bajo el terciopelo de su educación de Harvard. Un tiburón con traje de Armani y modales de diplomático victoriano. 

 

 

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13 diciembre 2011 2 13 /12 /diciembre /2011 08:25

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Como dice uno de los protagonistas de "Restless", "Diferente puede ser bueno". La propuesta de Gus Van Sant, uno de los directores más sutiles del cine "indie" norteamericano, hace verdad la frase. Van Sant es el artífice de "Descubriendo a Forrester", "Todo por un sueño", "Mi nombre es Harvey Milk", "Mi Idaho privado", "El indomable  Will Hunting", "Elephant", y una versión milimétricamente exacta -y fallida- del "Psicosis" de Hitchkock. En el filme que nos ocupa vuelve a ser diferente...y muy bueno en su originalidad y su audacia llena de sensibilidad. Ya desde el principio, la c.amara se mueve con soltura y placidez...un chico (Henry Hopper) pasea su desvalida y extraña presencia por funerales de gente que no conoce. En uno de ellos conoce a una bella chica (Mia Wasikowska, deliciosa y delicada como una flor) que se ofrece a ayudarla en ese pintoresco proceder (que en ningún momemnto se nos explicita: hemos de mediar la película para comprender lo que pasa por la mente del extraño muchacho).

Poco a poco se nos revelan datos de los dos jóvenes. Conocemos a un "amigo" del chico, un piloto kamikaze japonés de la segunda guerra mundial que comparte juegos casi infantiles con el chico y que un poco más tarde sabremos que en un "fantasma", un ser imaginado, una alucinación, alguien que aparentemente ha aparecido en la vida de Henry poco después de un pequeño periodo de coma que tiene a consecuencia del accidente en el que mueren sus padres.

La muchacha, también es mucho más de quien dice ser. No trabaja en un hospital para niños y jóvenes con cáncer sino que es una de las pacientes, a la que le quedan pocos meses de vida. Con desenfado, con alegría, con un humor tierno y fresco, se desarrolla un amor joven que se aparta de todos los cánones. El mensaje es claro: las muerte es fácil, el amor es lo difícil. Y la forma de defender esa idea clave, motriz, es la evolución de unos personajes que afrontan la muerte con una delicadeza y una naturalidad creativa que desarma. La inmersión en la trágica realidad de la muerte se hace con una especial sensibilidad, sin tragedia vivida, sin sentimentalismo, con emocionante inteligencia, con emocianada delicadeza. La sencillez del estilo, a menudo lánguido pero siempre ajustado a una emocionalidad sin estridencias y las buenas interpretaciones del duo protagonista, hacen de esta película una excelente propuesta para dedicar un par de horas a un tema delicado y profundo resuelto con encanto. Uno se levanta de la butaca con la sensación de haber asistido a algo próximo, esa sugestión de lo sencillo y lo bueno aunados en un filme.

 

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12 diciembre 2011 1 12 /12 /diciembre /2011 13:28

La visita que en agosto de 1909 hiciera Freud y algunos de sus discípulos, entre ellos Jung, a Nueva York con el fin de dar unas conferencias  en Massachusetts (Worcester) y el misterioso rechazo que el fundador del psicoanálisis mantuvo desde entonces contra los "salvajes" norteamericanos, ha sido causa de muchas interpretaciones. Ahora la película de Cronesberg "Un método peligroso" ha traido a la actualidad cultural aquella visita y su relación con el fin de la amistad entre Freud y Jung, el primer cisma del psicoanálisis. Pero también ha tenido un efecto en  mí, ya que en mis lecturas en torno al libro capital que Kerr escribió con el mismo titulo (en el que se basa la pelicula) he dado con una lectura de hace tres o cuatro años que en su día me apasionó: "La interpretación del asesinato", un thriller psicológico escrito por un jurista norteamericano Jed Rubenfeld.

En esa novela apasionante se nos narra la llegada de Freud y sus discipulos a Nueva York, una ciudad en constante cambio en la que se están levantando los primeros rascacielos y existe un dinamismo político, financiero y social en el que todo cabe, desde la corrupción hasta el crimen, junto a la ambición y las grandes ideas materializadas por un vigor y una potencia social sin precedentes. A través de dos personajes clave, un joven doctor fascinado con las ideas de Freud (y con las obras de Shakespeare, de hecho el fantasma de Hamlet circula por tola la trama de una manera muy original) y un detective de la policía con mente abierta y analítica (una especie de tosco Sherlock Holmes mezclado con el inspector Colombo) se investiga la atroz muerte de una joven en la que están relacionados canallas de lujo y grandes personalidades de la vida política y económica de la ciudad. Freud prestará su ayuda para esclarecer el caso y también Jung, creándose una situación en la que, segun el novelista, estallarán las diferencias entre los dos hasta la ruptura, no por discreta y ocultada, menos definitiva. Novela recomendable que revisitaré cuando logre un poco de tiempo extra (curioso lamento para un "jubilata", pero así son las cosas)

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12 diciembre 2011 1 12 /12 /diciembre /2011 08:22

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El director rumano Rudo Mihaileanu sabe muy bien lo que hace, a pesar de que su película "El concierto" parece un producto incoherente en el que nadie sabe si echarse a llorar o lanzar una carcajada o, como suele suceder en esta película, las dos cosas en sucesión. Pues bien, ese efecto de ambigüedad temática es, para mi, uno de los logros del director, ya que la historia que nos cuenta, aparte de inverosímil y disparatada --lado en el que nacen las carcajadas-- es inteligente, intimista y crítica.

Juzguen ustedes: Andrei Filipov  (Alexes Guskov, un actor que todo lo intenta decir con la mirada, ya que lo demás de su rostro es hierático) fue hace treinta años uno de los mejores directores de orquesta de la Unión Soviética, en la que dirige la Orquesta del Bolshoi. Es la época de Breznev y los músicos judíos son despedidos por razones politicas  y raciales de su trabajo y enviados al gulag. Filipov apoya a sus músicos y critica a Breznev, lo que le vale el ostracismo y ser reducido al empleo de limpiador en el mismo Teatro que dirigió, tras una durísima y capital escena en la que un comisario político irrumpe en el teatro del Bolshoi en pleno concierto (de Thaikovsky), le rompe teatralmente la batuta a Filipov y anuncia que es un enemigo del pueblo y por esa razón es cesado en ese humillante momento.

Pasan treinta años y un dia, mientras limpia el despacho del jefe, se recibe un fax procedente del Teatro de Chatelet invitando a la orquesta oficial a dar un concierto en París. Andrei concibe la descabellada idea de reunir a sus antiguos compañeros de la orquesta--que sobreviven como pueden haciendo las más míseras labores, sin haber vuelto jamás a ensayar con sus instrumentos o actuar,  e ir a Paris en vez de la auténtica orquesta del Bolshoi.

 ¿Cuales son las razones que esgrime para llevar a cabo tan absurda e irrealizable idea? Bien, ahí no debo entrar. Sólo les puedo desvelar que el deseo de ir a tocar en Paris está unido a esa historia del despido de los judios y del concierto de Thaikovsky tan dramáticamente interrumpido.

Bajo un ambiente surrealista y equívoco, Mihaileanu va pasando con  soltura del drama racial y político, a la comedia desenfrenada, de la tristeza, la humillación y el dolor  a la carcajada, al humor grueso, al jolgorio más absurdo, al drama romántico y a un improbabilísimo final feliz, aderezado con un sentimentalismo facilón (que a veces logra el milagro de hacerse pura ternura).

Como colofón de la arriesgada propuesta, el final de la pelicula es la interpretación casi integra del Concierto de Tchaikovski. Aunque lamentablemente el director sigue mostrándonos algunas escenas del triunfo de los represaliados músicos, que hubieran debido ser arrinconadas a los titulos de crédito, para dejar el climax final con el término apoteósico del concierto.

Tal como apuntaba, en su dia, ese magnifico critico llamado Juan Zapater, la visión de esta cinta lleva al espectador cinéfilo a recordar al menos dos títulos anteriores. el "Good Bye, Lenin!" para todas las  secuencias que nos muestran a la Rusia de hoy, bajo una visión crítica pero no sangrienta (excepto en lo referente a la mafia detestable de los nuevos ricos de la sociedad rusa post sovietica) y, en la parte parisina, a "Los chicos del coro" (secuencias en las que hay un exceso de tópicos amables referentes a gitanos, eslavos, burgueses e intelectuales franceses).

 

Película divertida  a la que no hay que pedir más de lo que es, una comedia embutida en un traje dramático, con guiños  a la lamentable historia politica   del siglo XX en clave de humor sarcástico y con un objetivo romántico y sentimental. Para conseguir ese objetivo el director echa mano de un hada madrina que le resuelve vía "buenos sentimientos y corazón generoso" hechos absolutamente inverosímiles. No nos la creemos pero lo pasamos bien.

 

 

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11 diciembre 2011 7 11 /12 /diciembre /2011 08:53

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Robert Redford, además de ser un actor-icono del cine norteamericano del siglo XX y comienzos del XXI, es un director sensible y de clásica factura que se atreve a tratar temas tan delicados como el papel ridículo de cierto senador en las guerras de Oriente Medio comprometiendo la política exterior norteamericana ("Leones por corderos"), en clave de humor, o de la actual "La conspiración", un drama judicial en el que se dilucida, ahí es nada, la múltiple autoría del asesinato de Abraham Lincoln en 1865, recién acabada la guerra Norte-Sur, un crimen que traumatizó a toda una nación.  

Asistimos brevemente al asesinato del presidente Lincoln por el actor John Wilkes Booth (Toby Kebbell) durante la representación de una comedia en un teatro de Washington y a esos primeros momentos de sorpresa, conmoción, dolor y rabia (que a muchos nos recordó el de J.F. Kennedy) y la búsqueda intensa de los que ayudaron al actor a cometer el crimen. Entre esas personas una mujer, Mary Surrat, (Robin Wrigth, sencillamente una revelación) cuyo evadido hijo es uno de los conspiradores  y cuya defensa se encomienda a un abogado, ex capitán herido en la muy cercana guerra civil, James McAvoy (también una actuación brillante).

No importan los motivos, ya se sabe que el asesinato fue planeado y ejecutado por personas del vencido sur, exmilitares y ciudadanos, aquí Redford nos plantea un filme del género judicial, tan cuidado por los norteamericanos. Sin embargo, aunque la mayoría de las secuencias se desarrollan en la sala del tribunal, entre interrogatorios a testigos e intervenciones de jueces --todos militares-- fiscal y abogado, Redford logra con el montaje de otras secuencias paralelas y el flash back que el ritmo no decaiga en ningún momento.

Las pruebas presentadas contra la viuda, que regenta una casa de huéspedes, donde se reúnen los conspiradores, invitados por el hijo de la mujer, van mostrando no sólo la endeblez de su relación con el crimen, sino el amaño y manipulación de testigos para lograr una culpabilidad que permite, por razones de Estado, terminar con todos los asesinos --excepto el hijo de la viuda-- de un sólo golpe, como escarmiento y aviso de que el recién nacido Gobierno de la nación no tolerará ninguna maniobra más del Sur.

Lo cierto es que el planteamiento es de alto calado: la necesidad de que la justicia sea prioritaria ante el interés de estado o las ansias de venganza. La búsqueda de la verdad como objetivo absoluto y la denuncia de las maniobras orquestadas para evitarla, en defensa de su oportunidad o de la adecuación a las circunstancias --el mismo abogado, un héroe de guerra, deberá abandonar la profesión tras el juicio por la condena en paralelo que socialmente se hace a su persona por defender "a una asesina del presidente", cuando todas las evidencias apuntan a que la señora Surrat es inocente (conclusión a la que llega el jurado militar y que es invalidada por el presidente en funciones, que firma la orden de que sea ahorcada junto a los demás).

¿Defectos? Uno y bastante sólido. La falta de brío narrativo, de emoción gradual, de un ritmo acorde con las emociones del momento, una coherencia que no suele darse en la vida real pero que en un drama cinematográfico es vital: adecúa la emoción de lo que se narra con el tirón que se ejerce sobre el espectador. Resonancia emocional, se llama eso. Y a Redford le falta. Me pregunto qué hubiera hecho otro grande del cine Clint Eastwood. Casi no tengo dudas que nos hubiera llevado gradualmente a un climax final que en esta ocasión pasa inadvertido, a pesar de que el tema, el primer magnicidio que afrontaba la muy joven nación, lo merecía de sobras. Recordemos que se recortaron los derechos civiles y se instauró el estado de excepción para un país que acababa de constituirse y mantenía un respeto sagrado por la Declaración de la Independencia y los derechos humanos que ésta defendía.

Redford sigue siendo fiel al compromiso humano , ético y político que ha marcado casi toda su filmografía y no sólo como actor. Pero a menudo, como ocurrió con la citada "Leones por corderos" (de 2007), ese compromiso es demasiado pedagógico, con cierta ambición documental, y eso  lastra la película lo suficiente para que se resienta el ritmo, siendo como es, que todos los demás elementos del producto, fotografía, ambientación, color, actuaciones y detalles de técnica cinematográfica, rozan la perfección. Eso sin olvidar las semejanzas y paralelismos entre la hecatombe nacional que produjo el 11-S y el magnicidio de "La conspiración". En ambos casos el afán de venganza ha prevalecido sobre los ideales democráticos del país y su legislación. Redford nos propone un examen de conciencia (al conjunto de su país y al Gobierno que amparó las medidas de excepción) sobre la fragilidad del estado democrático de derecho, eso sí disfrazado los recortes a los derechos civiles con las más emocionantes palabras y razonamientos dichas en nombre de los ideales que defiende la Constitución americana. Las intervenciones del secretario de Estado Edwin Stanton (un magnífico y casi irreconocible Kevin Kline. muy alejado de sus papeles humorísticos) que amañó el proceso y las del senador "sospechoso" de simpatía con el Sur--Tom Wilkinson--, en el otro polo de las discusiones sobre justicia y verdad, dan a la película una densidad formidable.

No se la pierdan. Y ni una sola de las secuencias en las que actúa Robin Wright. 

 

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10 diciembre 2011 6 10 /12 /diciembre /2011 08:56

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Nuevamente la guerra civil entra en las pantallas españolas. Esta vez tratando de buscar un enfoque distinto. Recién acabada la contienda, la película se centra en las mujeres, las novias, compañeras, hermanas, amigas, madres de los combatientes, de los vencidos. Es como una extensión temática de "Los girasoles ciegos" o de "Pa negre" que, por cierto compitió y ganó merecidamente en la carrera hacia la representación del cine español en los Oscar. En la primera, dirigida por José Luís Cuerda y basada en la novela de Alberto Méndez, asistimos a la difícil postguerra de Elena (Maribel Verdú) esposa de un "topo", un maestro (Javier Cámara) escondido en un zulo casero, asediada por un diácono militar que la pretende creyéndola viuda. En la segunda, una madre de familia catalana envuelta en un crimen también en la misma época, enfrentada al ambivalente esquema ético de su hijo, otra víctima de esos tiempos. Y ambas mujeres, sujetas al férreo y devastador machismo de los vencedores en nuestra incivil guerra.

 

 

En "La voz dormida", dirigida por Benito Zambrano (el director de aquella demoledora película sobre mujeres que fue "Solas") y basada en una novela de Dulce Chacón, se recoge los testimonios de las vidas de  dos hermanas, una, Hortensia (Inma Cuesta), presa en la cárcel de mujeres de Ventas, compañera de un miembro del maquis y la otra, Pepita (María León), que llega del pueblo a Madrid en 1940 para servir en la casa de un médico represaliado y su esposa, franquista.

 

Bella, formal, ortodoxa factura cinematográfica de Zambrano, que logra dar dramatismo y verosimilitud a la vida carcelaria y a la del Madrid aún convaleciente de las heridas de la guerra, donde la prepotencia de los vencedores se auna al clima de miedo a las represalias y la indefensión de los "otros". Volvemos a vivir aquí una red de relaciones femeninas inserta en un ambiente represivo, cruel, inhumano, donde los fascistas vencedores, en un clima de complicidad de la sociedad civil, con el omnipresente ejército y la policía, más las instituciones carcelarias y la misma iglesia, configuran un ambiente sórdido y arbitrario donde las torturas y las humillaciones son el pan nuestro de cada día.

Sin embargo, la historia a pesar de su trágica contundencia no logra conmovernos en demasía, suena un poco a más de lo mismo, un poco excesivo el mensaje básico de la izquierda convertida en mártir, con alguna secuencia de fuerza cinematográfica inusitada (como la de la llegada de Pepita al pueblo donde debe contactar con el maquis, en el que la guardia civil preseta en la plaza del pueblo, expuestos, de pie en sus propias cajas, a los guerrilleros muertos para que la población se asuste y no de cobijo a los que quedan en el monte: nos recuerda la secuencia de "Sin perdón" de Clint Eastwood, con el cadáver de Morgan Freeman expuesto en la entrada del "saloón" del pueblo.

Hay demasiada insistencia en la polaridad siniestra de unos y la heroicidad de los otros, una demanda permanente de complicidad y empatía al espectador, que resta méritos a la propuesta, haciendo a esta película demasiado panfletaria, cuando el drama de esas mujeres, por sí mismo, nos hubiera conmovido sin tanta insistencia.

Pero nadie puede criticar el magnífico trabajo de las dos actrices protagonistas, tanto María León como Imma Cuesta: se puede decir que todo el valor intrínseco de la película reposa en ellas, un recital de autenticidad y garra dramática, en las miradas, en los gestos, en las voces, en la sola presencia de ese par de mujeres desvalidas pero fuertes e íntegras.

Quiero decir que este cine, tan emotivo para cuantos hemos vivido épocas más cercanas a aquella guerra demoledora (los nacidos de los cincuenta hasta los ochenta) incide en nuestra cercana experiencia familiar, sabemos más o menos de qué nos hablan, es la generación de nuestros padres, pero ¿qué ocurre con los jóvenes para los que la guerra y Franco no son más que colegas de los dinosaurios o poco más? Para ellos sólo cuenta la fuerza que logran imprimir esas dos actrices en una historia que nos les debe sonar mucho.

 

También el resto de actrices secundarias que arropan la vida carcelaria, dan una estampa bastante verídica de aquellos horrores, promoviendo momentos de una ejemplar garra dramática (así, la secuencia carcelaria en la que las internas, firmes y en filas, deben besar una a una los  pies de un Niño Jesús de porcelana).

 

Película notable, quizá reiterativa en el panorama español, pero con una innegable buena factura que merecía haber sido mejor tratada por la publicidad de las distribuidoras y por la crítica y el público.

El romance entre Pepita y Paulino (Marc Clotet) está metido con calzador en el drama de Hortensia, la hermana encarcelada que va a tener un hijo en la prisión y que Pepita trata de rescatar para evitar que sea uno más de los niños "desaparecidos" de las reclusas.

La factura técnica de la película es impecable, de un academicismo formal innegable que da cierta frialdad al conjunto, lastrado por el "mensaje" ideológico que propone que, repito, siendo históricamente admisible, a estas alturas requiere un tratamiento más emocional, menos "políticamente correcto", tratando de hacer un cine que atraiga a los espectadores de hoy, sin abusar de un documentalismo que ya no toca. La propuesta argumental es lo suficientemente poderosa (el grupo de mujeres de la cárcel tiene una fuerza interpretativa de gran calado: Ana Wagener, Lola Casamayor, Berta Ojea, Susi Sánchez, entre otras) como para haberse centrado más en los dramas personales que en la pintura social y política de una época, gracias a Dios ya en un pasado algo remoto, siniestra.

 

 

 

 

 

 

 

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9 diciembre 2011 5 09 /12 /diciembre /2011 16:36

"Un amor de Swann" es el nombre de la segunda parte del primer libro de "En busca del tiempo perdido", la obra maestra de Marcel Proust. La primera se titula "Combray" y narra la infancia de Marcel, sus veranos en la villa de Combray y las personas que entonces formaron parte de su vida, comenzando por su madre adorada, por su padre, autoritario y enigmático, por la inefable criada Françoise y por la abuela, verdadera educadora sentimental y cultural del sensible niño, así como por los amigos de sus padres entre los que destacaba el señor de Swann, delicado, extremadamente culto, aristocrático y al tiempo sencillo. En esta segunda parte, Proust retrocede a unos años antes de nacer él y nos relata a conciencia la vida de Swann y sobre todo su enloquecido amor por Odette de Crezy, una cortesana de vida más o menos licenciosa que acabará siendo la esposa de Swann ante el escándalo y rechazo de la sociedad a la que éste pertenece por nacimiento y fortuna.

En el fascinante retrato psicológico que Proust hace del proceso del enamoramiento de dos personas, del climax amoroso y del gradual desencanto y miserias de un amor acabado el lector asiste entre el asombro y la plenitud literaria a comentarios, observaciones y descripciones que, a mi parecer, se encuentran entre las páginas de más altura de la literatura amorosa de todos los tiempos.

En la acertada y valiosa traducción de Carlos Manzano, les adjunto un largo párrafo --a la peculiar manera proustiana-- que muestra la agudeza psicológica y humana del gran Marcel:

"De todos los modos como sobreviene el amor, de todos los agentes de diseminación del mal sagrado, uno de los más eficaces es...ese gran arranque de inquietud de que a veces somos presa. Entonces la suerte está echada: la persona con la que estamos en ese momento es aquella a quien amaremos. Ni siquiera es necesario que nos gustara hasta entonces más que otras o incluso tanto, sino sólo que nuestro gusto por ella se vuelva exclusivo. Y esa condición se cumple cuando a la búsqueda de los  placeres que su encanto nos brindaba substituye bruscamente en nosotros --en el momento en que ella nos falta-- una necesidad ávida cuyo objeto es esa persona misma, una necesidad absurda que resulta imposible de satisfacer y difícil de curar en razón de las leyes de este mundo: la insensata y dolorosa necesidad de poseerla".

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9 diciembre 2011 5 09 /12 /diciembre /2011 08:23

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No es, desde luego, una obra emblemática de la dormida voz de las mujeres del "otro bando" tras el final de la guerra civil española, pero es una novela muy digna, escrita con el corazón y que, mejor aún que la película, refleja el silencioso tormento de las mujeres de toda edad relacionadas con los vencidos y también con los vencedores. "La voz dormida" de la malograda poeta y novelista extremeña Dulce Chacón (1954-2003) puede considerarse representativa de la labor de autores que no vivieron la guerra pero que a través de referencias familiares o de propia y comprometida investigación han creado obras de denuncia literaria sobre una situación injusta y humillante, cuando no cruel e inhumana. Y no sólo hablo de las llamadas "individuas rojas", sino de las mujeres no significadas, por lo tanto pertenecientes a la mayoría femenina silenciosa, franquista o no, que vieron reducidos sus derechos por una ideología que preconizaba la figura de la resignada madre de familia y ama de casa ejemplar por encima de cualquier otra consideración, haciendo de las mujeres seres bajo la tutela casi permanente del varón, sea el padre o el marido. Con el advenimiento del franquismo la marcha de las mujeres hacia una plenitud de derechos que había comenzado con la República quedó frenada durante decenios.

Las obras de Dulce Chacón mantienen una tónica de apoyo, compasión y denuncia de la situación de los más débiles, pero con especial incidencia en las mujeres, ya sea contra el maltrato o a favor de la vida propia, el derecho a "la habitación propia" como diría Virginia Woolf, como en "Algún amor que no mate", "Cielos de barro" o "Háblame musa de aquél varón". En la obra que nos ocupa, la fuerza y dinamismo de los hechos, la economía de medios con que se expresa la voz narradora, la austeridad y concisión de la narración, hace de "La voz dormida" una novela de sentimientos desnudos, un libro donde la feminidad es un elemento permanente que envuelve al lector no sólo destacando la angustia de una situación sino creando un escenario desgraciadamente real, histórico, en el que la irritación y una cierta incredulidad ante tamaño desafuero provocan en el lector vergüenza y rechazo y el deseo vivo de que jamás vuelva a pasar este país por semejante horror.

El amor bloqueado por la guerra entre Hortensia y Felipe, con la prisión y fusilamiento de ella y el de su hermana Pepita por un maquis, Jaime, el "Chaqueta negra", al que conoce en sus labores de recadera entre Hortensia y su marido, un amor que debe esperar –y lo hace-- durante décadas a la vuelta del exilio y después de la cárcel, es el trasfondo sentimental que subyace en la novela. Aunque la verdadera protagonista es la situación femenina, la de las amigas, compañeras, novias o esposas de los vencidos (las de los "vencedores" y la mayoría silenciosa y apolítica, volvieron a la categoría de sumisas "reinas del hogar", por tanto en el fondo a una situación semejante a la de sus compañeras, bien que menos agresiva y cruel).

Por tanto la lectura de esta novela nos adentra en la vida de las mujeres españolas, las más desfavorecidas en un país especialmente atrasado. Recordemos que a principios del siglo XX, el 71% de las mujeres españolas eran analfabetas (por el 55% de hombres) y justo antes de la guerra la situación era de un 47% y un 37%. La República y el comienzo de la guerra dieron un efímero empujón a la mujer, cuya imagen –la miliciana, le enfermera—adquirió tintes heroicos y buscaron una igualdad con el hombre al menos en el aspecto icónico más que en el real. Por primera vez desde Agustina de Aragón, un puñado de mujeres se hicieron populares por hechos de armas, Lina Odena, Casilda Méndez o Rosario Sánchez, "la Dinamitera", aunque la mayoría acabaron realizando labores de cocina, sanitarias, correo, enlaces, asistencia social, educación, fábricas de munición, etc.

Sus compañeras del otro lado habían vuelto a ser piezas del sistema patriarcal tradicional que exigían los "nacionales". Familia, hogar y labores asistenciales y de "caridad" para las más favorecidas. Desde abril de 1937 con la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera ya se marcaban las pautas de conducta oficiales para las mujeres españolas en la que se entendía la feminidad como un campo cerrado y siempre subordinado al del hombre.

El fin de la guerra marcará un agravamiento de la situación femenina en el país. Ya que a la represión violenta que se desencadenó contra el bando vencido, en el caso de las mujeres se utilizó otra insidiosa y humillante, los rapados, violaciones, robos de hijos, extrañamientos sociales, malos tratos y medidas tan retorcidas como impedir a las viudas o huérfanas de caídos "rojos" que pudieran llevar luto por sus seres queridos y todas ellas ser reducidas a un estado de miseria extrema. De esa situación desesperada no suelen hablar los historiadores y apenas si hay rastros en los archivos. Por esta razón es tan importante que sean los novelistas, como Dulce Chacón, quienes aviven la memoria de aquéllas mujeres desdichadas que, con algunas pocas excepciones, sólo penaban el "delito" de tener relaciones de familia o sentimentales con los "vencidos". Por lo tanto no sólo padecían represalias vergonzantes por ser "rojas" sino también por ser mujeres. Es la patética "ejemplaridad" a la que tan aficionado era el régimen de Franco: debían ser borradas de la memoria, tras haber sido humilladas hasta extremos difícilmente imaginables.

La novela de Dulce Chacón acaba con el reencuentro de Pepita y Jaime, a la salida de éste de una reclusión de 19 años. La autora no adjetiva. Narra de forma telegráfica, contundente, austera, el encuentro entre esas personas. "¿Has esperado mucho tiempo?" le pregunta él, refiriéndose al retraso con el que en ese día han tardado en dejarle libre. "El que ha hecho falta" le contesta simplemente ella recogiendo todos los años que ha esperado, cuidando al hijo de su hermana, sola y paciente. Para dar una idea de la realidad documental que subyace tras la novela, Dulce Chacón nos habla de la Pepita real "cordobesa de ojos azulísimos" y nos revela que Jaime murió pocos años después, el 29 de abril de 1971, junto a ella, poco antes de que la policía fuera a buscarlo para encarcelarlo como "sospechoso habitual" y así evitar que se sumara a las manifestaciones del 1º de mayo. Ella recibirá a los policías, con su marido de cuerpo presente, con un lacónico: "Pasen y pueden llevárselo".

El resto de los "agradecimientos" de la autora forman un plantel en el que se suman algunos hombres, hijos y sobre todo abnegadas mujeres que sufrieron cárcel, humillaciones y represión, cuando no la muerte (se cita a las Trece Rosas, objeto ellas de un libro y también de una película) y testimonios obtenidos desde un miedo aún en estos tiempos real como el de "una mujer que no quiere que mencione su nombre ni el de su pueblo y que me pidió que cerrara la ventana antes de comenzar a hablar en voz baja" .

No es pues, repito, "La voz dormida" la más significativa de las obras escritas sobre las mujeres durante y tras la guerra civil, pero es una novela a tener en cuenta y que puede dar sobre todo a los jóvenes, chicos y chicas, una idea de lo que fue, de un pasado vergonzante, una de las exigencias psicológicas que pueden ayudar a evitar un futuro semejante.

 

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8 diciembre 2011 4 08 /12 /diciembre /2011 09:11

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A veces las comedias están estructuradas en torno a una dilema ético de importancia y nos cuentan y muestran las gracietas del cómico de turno pero en todo momento, subterráneamente, de una forma sutil, sigue planteado ese dilema fundamental al que casi todas las personas se enfrentan una o más veces en el transcurso de sus vidas. Generalmente la comedia no resuelve el problema, que queda aleteando como una mariposa insomne, pero al menos nos reimos y nos decimos, "¿por qué no?, quizá sea esta una forma de afrontarlo". Uno de esos dilemas esenciales de los que hablo y el que subyace en esta alocadísima comedia dirigida por Ron Howard, es el de la sinceridad, la honestidad y la verdad en las relaciones humanas, cuando es el momento de plantear esa verdad, si no es mejor callarse, cuáles son los daños colaterales que la sinceridad siempre causa y si vale la pena pagar tan alto precio por esa verdad que castiga a una persona generalmente la más inocente y, en fin, si estamos autorizados a meternos en la intimidad de otras vidas para salvaguardar esa verdad. Salvando las distancias me recuerda al Ibsen de "El pato salvaje" aquella durísima alegoría en la que un fanático de la sinceridad desvela verdades celosamente guardadas durante años a una familia provocando la ruina de ésta y como colofón el suicidio de una niña.

Ese magnifico actor que es Vince Vaughn es el sujeto protagonista del dilema: ha visto como la mujer de su amigo Kevin James, socio suyo en una empresa que pasa el momento más delicado de su existencia, tiene relaciones inequívocas con un joven. ¿Qué hacer? La leniniana pregunta le deja atónito. ¿Debe contarle a su mejor amigo que su esposa adorada le engaña? ¿Una tal revelación no pondría en peligro el futuro de su empresa que tanto depende del trabajo de su amigo? ¿Tiene derecho a no inmiscuirse? A partir de ese momento la vis cómica de Vaughn se dispara, una trepidante cascada de sucesos caóticos y desternillantes van sembrando la historia hasta su desenlace: el momento de la verdad. Para llegar a ese momento Vaughn ha sembrado desconcierto, destrucción, desconfianza y situaciones ridículas y agresivas hasta límites casi patológicos. La secuencia que rodea la fiesta en homenaje a los padres de su novia, con el brindis patoso y casi insultante que Vaughn hace delante de todos, roza la incorrección más asalvajada.

Hay que anotar las interpretaciones casi vodevilescas de una Queen Latifah, en su papel de ejecutiva de la firma de automóviles, con sus referencias sexuales incontinentes, casi al otro lado del espectro de la actuacion de Jennifer Connelly que parece pensar que todo aquello no va con ella.

El final, muy previsible, y el desentono adormecedor de la trama una vez desvelada la infidelidad, van quitando puntuación de calidad a la película que, salvo algunas secuencias de un humor corrosivo, no pasa del aprobado justito. Es decir, cine para la tarde del domingo, para ver con la pareja e ir comprobando de qué forma se rie ella (o él)  ante ese problema común de la sinceridad.

 

 

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