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7 diciembre 2011 3 07 /12 /diciembre /2011 08:16
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Tate Taylor dirige "Criadas y señoras" con la amabilidad tono pastel de las películas de los ochenta, aunque la época retratada es un poco anterior. Tanto la ambientación como el aspecto de los personajes y su vestimenta están magníficamente reflejados y uno tiene la sensación agradable de estar viendo una película de los años sesenta que por un milagro surge en un color y una estética de filmación rabiosamente modernos. Tan modernos, ay, que el espectador avisado termina encontrándose con la sensación de estar viendo un telefilme de gran presupuesto, eso sí.
Se nos narra un conflicto racial que es también un duro conflcto de clases y, en el fondo de todo, el nacimiento de una escritora, una joven periodista que decide involucrarse en aspectos de su sociedad que ella rechaza y le parecen injustos. Hablamos de racismo, de explotación de los negros en un estado del sur de los Estados Unidos y de una época en la que todo eso estallaría desde el uso conjunto de los autobuses urbanos, a las universidades, pasando por los derechos de las criadas en las señoriales mansiones de la clase alta blanca (por cierto, la legislación de aquél tiempo condenaba con cárcel a quien osara escribir en un medio de acceso público que las dos razas tenían los mismos derechos, algo impensable para un país que, cincuenta años mas tarde, tiene un presidente negro).
Taylor se basa en la novela de Kathryn Stockett, "Criadas y señoras" --un best seller del año 2009-- pero lo hace limando asperezas, tendiendo una mano amable y con humor para aligerar la descarnada situación dramática con la que ambas partes, negros y blancos, vivían una situación cada día más explosiva, con elementos como el Ku-Klux-Klan haciendo salvajadas y la sociedad bienpensante admitiéndolo como un "mal menor" ante la presumible pérdida de sus privilegios. La secuencia en la que la madre de la protagonista, una excelente mujer por otra parte, despide a la criada negra que le crió a ella y a su hija por mantener el aprecio del grupo social al que pertenece, es un modelo de concisión y eficacia dramática. Pero poco más hay de eso en el resto del excesivo metraje de la película.
Si  el director hubiese tratado de hacer un tratamiento realista y documental  de lo que narra, seguramente más que una comedia dramática le hubiera salido una tragedia shakesperiana, en la que la estupidez, mezquindad y crueldad de unos se vería respondida con la brutalidad y la desesperada agresividad de los otros. Pero tal vez entonces no habláramos de la misma película que, por cierto, está titulada originalmente como "The Help" ( "El servicio") un título mucho más irónico y adecuado, ¿no creen? Reducir el drama a la cuestión de que las criadas negras deberían poder usar los lavabos de sus señores ya que están todo el dia cuidando a los hijos de éstos, resulta baladí y denota esa voluntad de no despegarse demasiado del ámbito de la comedia.
 Las actrices (es ésta una película de mujeres, blancas y negras, los hombres están de relleno) desde Emma Stone, la joven irreverente que se atreve a desafiar a su sociedad y su clase por algo que cree injusto, a Octavia Spencer y Viola Davis, dos de las criadas y también a las chicas blancas sometidas al codigo rígido de su clase, Bryce Dallas Howard y Jessica Chatain entre otras, logran hacer absolutamente creíbles a sus personajes y perfilan entre todas una película que conmueve y divierte, a pesar del dramatismo real de la situación. Y esa es una de las notas buenas de esta película: la magnífica dirección de actrices. A la altura de un Georges Cukor.
La película está recaudando una lluvia de millones en Estados Unidos y en Europa lleva una existencia languideciente esperando al mercado de deuvedés. Quizá el secreto está en que para Estados Unidos es una cinta amable que trata de refilón un tema sangrante en el país, aportando gramos de humor y sobre todo elementos y personajes de innegable bondad y comprensión. De alguna forma resulta tranquilizante. Sin embargo fuera del país de las barras y estrellas estamos acostumbrados a ver tratar esa espinosa cuestión del reciente pasado del país, (con rebrotes de lo más sangriento de vez en cuando), con un estilo mucho más descarnado y realista.
La película nos hurta, como era de esperar, información sobre las consecuencias que en aquella sociedad punitiva tendrían las acciones de las negras y su defensora blanca. Todo queda en algo insustancial, una broma social. Y sabemos que eso no es posible. Eso no fue posible en aquéllos lejanos sesenta.
 

 

  

 

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6 diciembre 2011 2 06 /12 /diciembre /2011 10:17

Siempre he sostenido que no se debería hablar de una novela gay o de una novela lesbiana, sino de una novela buena o mala, divertida o aburrida, bien o mal escrita. Escudándose en el subgénero (entiéndase el prefijo "sub" como algo de orden y no de valía) de la narrativa con temática gay, homosexual, masculina o femenina, se perpetran bodrios más o menos infumables, que reciben el apoyo un poco culpable de muchos críticos o comentaristas, sólo porque son de esa temática o esos autores. Es un buenismo critico que trata de compensar las persecuciones y dictados censores del pasado. Me parece de una hipocresía bastante notable. E.M. Forster, uno de los más grandes escritores ingleses (país que ha dado grandes escritores que. además, era homosexuales) tuvo que esperar a dejar este mundo para permitir que se publicara su excelente "Maurice" (que, por cierto tampoco es de las mejores en el conjunto de su obra) donde la temática es descaradamente homosexual. Pero en casi todas sus novelas no hace falta ser un lince para rastrear  el gay perfume en muchos de sus personajes y a veces en el mismo narrador omnisciente. ¿Creen que eso es algo importante en sí mismo? ¿Se debe calificar mejor al Forster gay que al escondido en el armario? Por favor, hablemos de la bondad de una novela o de su falta de rigor o de su lenguaje bello y correcto o de un estilo vulgar y lleno de errores. El sexo no importa. Al menos para desequilibrar la balanza de los valores literarios. He leido reseñas sobre ciertas novelas escritas "in olor a Lesbos" o películas, donde parece atufar esa hipocresía compensadora. Seamos sencillamente sensatos. El palo que debe aguantar la vela del producto literario o cinematográfico no tiene nada que ver con el sexo que se glorifique en él, sino con el oficio en mostrárnoslo y la grandeza, belleza o pertinencia del resultado. Lo demás es ruido.

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6 diciembre 2011 2 06 /12 /diciembre /2011 08:50

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Subir al Moncayo resulta ser uno de los deseos más comunes entre los caminantes y montañeros de Aragón. Pude comprobarlo cuando ascendí a ella y en la cumbre me encontré a un grupo de maños que celebraban con vigor y bastante ruido el coronar cima. Uno de ellos, al darse cuenta de mi extrañeza por semejante alboroto (no es una montaña particularmente alta, 2314 metros, ni difícil de subir excepto en lo más crudo del crudo invierno), se acercó me tendió la bota de vino para que diera un trago y me explicó: "Los aragoneses tenemos en mucha estima esta montaña, es como un símbolo. Como para los catalanes Montserrat o el Montseny. "Nosotros hemos recorrido los Pirineos--continuó-- pero siempre pensábamos en el Moncayo y nunca encontrábamos el momento para venir. Hoy, después de veinte años de hacer montaña, lo hemos subido". Bebí con ellos a su salud y compartí unos frutos secos y unas naranjas, metidos todos en uno de los seis o siete cercados de piedras o refugios que en plena cima pelada impiden que el viento se te meta hasta el alma. Porque el Moncayo es, o suele serlo, la guarida de los vientos.

La leyenda de esta montaña nos habla del célebre gigante Caco, aficionado a lo ajeno, que le robó a Hércules varias cabezas de ganado y las escondió en la cueva de la cercana Ágreda. El semidios localizó al ganado y al ladrón y le castigó enterrándolo por allí. Justamente el Moncayo es lo que quedó del gigante sepultado. Ahora el Moncayo roba el aliento a los montañeros por la pendiente última de subida.

Para hacer esta excursión que puede oscilar entre las cuatro o las seis horas es conveniente disponer de un par de días: uno de acercamiento hasta la localidad de Tarazona, verdadero punto de partida y reposo de todas las excursiones, y el segundo, la subida propiamente dicha, que puede solventarse en una mañana, siempre que uno se ajuste al simple objetivo de coronar el Moncayo y no se deje seducir por las múltiples posibilidades radiales que ofrece todo el macizo y sus alrededores, en un ambiente cercano al de alta montaña.

Un par de horas desde Zaragoza, a las que se debe añadir otras dos si vamos desde la zona del Bajo Aragón o Cataluña, nos lleva, tras pasar por el monasterio de Veruela al Parque Natural de la Dehesa del Moncayo. La pista que lleva desde la carretera de acceso hasta el Santuario de Nuestra Señora del Moncayo está en excelente estado y circula bajo un hermoso bosque de pinos y abetos, hayas, carrascas y robles.

En julio y agosto, hasta mediados de setiembre hay que dejar el coche en los primeros aparcamientos junto al centro de interpretación y comenzar desde allí la subida por un sendero que va cruzando las lazadas de la pista y que en una hora y pico nos lleva, entre el bosque y las fuentes, hasta el aparcamiento superior, cercano al Monasterio que hoy es un albergue con restaurante.

En esta ocasión pude llegar en coche hasta ese último aparcamiento bajo los árboles e hice a pie el ultimo tramo de pista -de tierra- que lleva al albergue para disfrutar del paisaje y calentar los músculos. Justo detrás de los edificios del restaurante empieza el sendero de subida que, muy pronto, se bifurca: a la derecha vamos directos a la cumbre y el de la izquierda tiene el mismo objetivo pero a través del Collado de Bellido y es un par de horas mas largo. El sendero comienza una subida constante bajo los árboles del bosque, con escasas posibilidades de contemplar el paisaje de la inmensa llanura que se extiende a sus pies.

En unos 50 minutos llegamos a una zona abierta, solo quedan algunos abetos, en la que ya vemos la cumbre del Moncayo a nuestra derecha y el maravilloso Circo Glacial o Pozo de San Miguel (santo que da nombre a  la cumbre) , cuya inclinadísima ladera directa forma “El Cucharón” --como se le conoce en ambiente montañero-- que ha resultado ser una trampa mortal para muchos deportistas durante el invierno, cuando la cóncava superficie está helada. El sendero sube abruptamente a la izquierda del "Cucharón", evitándolo, haciendo lazadas muy empinadas hasta llegar al contrafuerte y hacer un ascenso más suave cresteando (este es el lugar peligroso con nieve y hielo) hasta la cumbre. Para los menos avisados un cartel advierte: "Atención, con nieve dura zona de deslizamientos con salida al vacío". El circo glaciar es modesto comparado con sus vecinos pirenaicos, pero las pendientes o canchales de piedra y peñascos cortados por el hielo dan un aspecto primitivo y duro al paisaje.

Pero en esta época, sin nieve, no hay peligro alguno aunque es fácil hacerse la idea del peligro en tiempo invernal:, cuando uno está en la línea o cuerda de la cresta superior avanzando hacia la cumbre los vientos nos azotan con una contundencia feroz: tuve que avanzar inclinado hacia delante para tratar de mantener la verticalidad, con fuertes rachas de viento frío que en momentos cambiaban de dirección y me desestabilizaban. Unos metros delante, bajando de la cima, un grupo de montañeros se inclinaban para soportar la ventolera. Al cruzarse, intercambiamos comentarios. "Arriba aún sopla más fuerte, tendrás que meterte en algunos de los refugios de piedras, pero a media mañana suele amainar. Y aun tenemos suerte: no sopla el cierzo, ni hoy creo que lo haga". En esta zona predominan dos vientos principales, el cierzo, un viento frio y seco que sopla desde el noroeste y el moncayo, algo menos frio y también seco que sopla desde el oeste. Sin embargo hay otros nombres que definen otros vientos locales en una zona que se distingue por la enorme planicie que rodea en mas de cien kilometros a la redonda la elevación del Moncayo, solitaria cumbre y por tanto objetivo de los vientos mas variados.
La cima del Moncayo está señalizada por un vértice geodésico, una columna y una cruz y festoneada de grandes círculos de piedras que forman muros de unos 50 centímetros de altura, donde uno puede reposar sin ser zarandeado por los vientos. La subida ha costado unas dos horas desde el Santuario, son cuatro horas si se hace la ruta del Pico Llobera y Collado del Bellido y a esas dos hay que añadir una hora y pico más si la hacemos en épocas en que no se puede subir en coche.

Desde la cima, cuando amainó un poco la ventolera, se distingue un magnifico paisaje circular que abarca tierras de Aragón, Soria y Navarra, los pueblos de Alcalá del Moncayo, Añón, el vañle del rio Huecha, la peña Lobera a nuestra izquierda (2226m) el gran valle del rio Araviana y las localidades de Beraton y Talamantes. Es un buen atalaya  para observar el valle del Ebro, la sierra del Guara al norte y más allá el Pirineo, si el dia es claro y sin nieblas. Bosquedales, sembrados, tierras de labor, colinas, estanques, arboledas, uno no se cansa de prender la mirada en esa enorme planicie que se extiende por los cuatro puntos cardinales.

En poco mas de una hora se hace el sendero de bajada por el mismo lugar. Ha valido la pena.

 

 

NO SE PIERDA

Dediquen un dia a patearse la muy antigua ciudad de Tarazona , el castro Turiaso celtíbero, con sus huellas romanas  (Colegio Público Joaquín Costa), godas y de la  marca hispana  de Al Andalus. También musulmana,  Tyrassona, y reconquistada tras una lucha de cuatro siglos. A partir de ahí, el Renacimiento, siglos XV y XVI con monumentos tan bellos como la iglesia de Santa María Magdalena y la Catedral muestras del arte medieval reformado, la Zuda, fortaleza árabe y el  Ayuntamiento (antigua Lonja), Palacio Episcopal, la Iglesia de San Miguel, el convento de la Concepción o el de San Francisco o de la Merced, la Iglesia de la Virgen del Río joyas de arte renacentista .  Para dormir les recomiendo el Hostal de Santa Agueda que incluye un diminuto museo dedicado a  Raquel Meller.

Visiten también la cercana localidad de Agreda donde las leyendas sobre brujerías y aquelarres parecen avivar la presencia de Bécquer y la imagen lóbrega pero fasinante del castillo de Trasmoz.

 

 

BÉCQUER Y MACHADO

 

El Moncayo es tierra de poesía y tradiciones, de belleza y magia, de sensualidad estética y brujería. Fuertes contrastes que parecen emanar de su geografía austera y embrujadora. El Monasterio de Veruela, al pie mismo de la montaña, fue el lugar de residencia de Gustavo Adolfo Bécquer, que escribió desde allí sus textos "Desde mi celda" en 1864, convaleciente de una tuberculosis. Machado, que llega en 1907 a Soria, dedica en su "Campos de Castilla" varios poemas a dos picos de la zona, el Urbión y  el Moncayo. Y escribe:

"¿No ves, Leonor, los álamos del rio,

Con sus ramajes yertos?

Mira al Moncayo azul y blanco, dame

Tu mano y paseemos."

 

 

BRUJAS

Durante la edad media hubo una fuerte tradición de brujería, encantamientos, criaturas malignas y gigantes en estas tierras. Las brujas eran especialmente conocidas en Trasmoz, Tarazena,y Agreda. Bécquer recoge una leyenda sobre Dorotea de Trasmoz, la bruja más conocida de esas tierras. La tradición popular convertía a las curanderas --mujeres con gran conocimiento de botánica y de hierbas medicinales-- en brujas expertas en malignidades y males de ojos, con lo que abrían la puerta a su exterminio por razones "religiosas".

 

DOCUMENTACIÓN

 

Recomiendo la “Vuelta al Moncayo” GR 260, editado por la Federación Aragonesa de Montañismo (FEDME) y Prames, el mapa excursionista “Las tierras del Moncayo” (1:40.000) de Prames.  "Moncayo” de Juan Carlos Borrego, editado por Alpina en su colección familiar “Los caminos de Alba”, todos ellos fáciles de encontrar en librerías especializadas o en la de Serret, en Vallderrobres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5 diciembre 2011 1 05 /12 /diciembre /2011 08:03

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Supongo que son las cosas del marketing de Hollywood, que nos tiene a casi todos seducidos y confusos con el brillo de sus estrellas. Lo cierto es que ésta ¿comedia? es de lo más tontorrón y manido. Un argumento sobado, creado ex profeso para mayor gloria de miss sonrisa, Julia Roberts, un encanto de mujer por la que sin duda pasan los años y ya está lejos de aquél caramelo efectista de fue su particular "Cenicienta" de la manita (y algo mas) de Richard Gere (y no les digo nada más para no hacer publicidad gratuita). También queda lejos de los "Ocean's Eleven" , parodiándose a sí misma en compañía de George Clooney, en una serie bastante entretenida que imitaba al "Rat Pack" de Sinatra y Sammy Davis Junior  y su película de los 60, "Ocean eleven" con mucha enjundia y salero de la mano de Steven Soderbergh, con colegas de la fuerza de Matt Damon, Andy Garcia, Brad Pitt y otros.
Pero volvamos a "Come, reza, ama". No se entiende la enorme popularidad de esta película que está destinada a la oscuridad de las revisiones de televisión, no por su valor cinematográfico, sino por la presencia de la estrella. Tópicos a manta, una espiritualidad de salón de té de la clase media alta norteamericana y un pretexto tontorrón para mostrarnos la deriva de una mujer con el complejo de Peter Pan y de Wendy juntos que nos lleva a comer a Italia, a rezar a la India y a amar a Bali (con el apoyo surrealista de un Javier Bardem puesto al servicio de la diva y que quiere convencernos de que es un chico muy sensible porque se le saltan las lágrimas cuando su hijo mayorcito se va una semana fuera de casa.
 
Es decir nada en tecnicolor y con una superazucarada versión de la ratita presumida, que va abandonando a sus hombres, Richard Jeckins, un desorientado James Franco, Billy Crudup y por fin Javier Bardem para cerrar con broche de amor eterno entre cocoteros, mares azul turquesa y canciones empalagosas de amor. Entre ellas la sonrisa resplandeciente, pero menos ya, de nuestra Julia, que sigue siendo encantadora pero que nos factura algunos productos realmente innecesarios y reiterativos. Sólo su presencia da un cierto sentido a esta película absolutamente obviable.
Supongo que J.R. sigue en su racha de convencer a sus buenos amigos y buenos actores para que vayan fortaleciendo su deriva cinematográfica, (como hizo recientemente con Tom Hanks en una comedia de mejor factura que ésta aunque nada del otro mundo, "Larry Crowe, nunca es tarde"). La cosa es dirigida, es un decir, por Ryan Murphy y se basa, como no podía ser menos, en un infumable libro de Elizabeth Gilbert, que parece se ha convertido en una de las biblias narrativas de la sección feminista de la sociedad occidental, una mezcla de sexo inhibido, cuotas de espiritualidad de manual, desorientación emocional y protesta contra la prepotencia masculina que aquí sale muy mal parada también.
La necesidad del autodescubrimiento y la autoafirmación en una dama de la edad y el aspecto de Julia Roberts suena un poco a guasa y asi parece que en el fondo se lo toman los actores que le dan la réplica, desde los amargados gestos de no entender nada del excelente James Franco (no aquí, claro) a un Bardem irreconocible haciendo el ridículo con su vestimenta de hippy trasnochado y brasileño poco creíble (¿porqué el director no le ha dejado que se comporte como un español, el ridículo hubiera sido menor). En fin, película para ver y olvidar. O para no ver y dedicarse a otras más gratificantes.
Lo único que me ha interesado es ver cómo se cocinan todos los tópicos de la meditación en un mensaje de libro de autoayuda y como la buena de Roberts lo unico que hace bien es una postura de loto completo que no tiene defecto alguno.
 

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4 diciembre 2011 7 04 /12 /diciembre /2011 08:36

 

  detras paedes

 

 Bueno, si van a ver esta película atraidos por su trailer, se van a llevar una desilusión. Aficionados  al terror puro y duro como nos  sugiere el trailer, abstenerse. Con un look que sugiere un poco a las dos niñas de "El Resplandor" de Kubrick, aquellas gemelas que se le aparecen al niño visionario en un pasillo del hotel de las pesadillas (nada de oscuridades y negruras y golpes de efecto, el maestro inglés logra una de las mejores cintas de terror sin dejar de iluminar fastuosamente sus escenas). Pues bien, nada de Kubrick, nada de terror.

"Detrás de las paredes" que goza de tres actores magníficos, Daniel Craig (que una vez más demuestra estar muy por encima del encasillamiento de Bond, James, al igual que lo hizo su antecesor más antiguo, Sean Connery), Naomi Watts en una actuación casi innecesaria y Rachel Weisz, tan convincente como siempre. Pero esos tres actores se ven sometidos a un guión que promete mucho y que da bastante poco, con varias trampas al espectador al que se le trata de impresionar de todas las formas posibles.

Se trata de un drama psicológico o mejor dicho psicopatológico, con psicótico incluido, alucinaciones e intervenciones del más allá poco explícitas pero importantes. Jim Sheridan, el director, no convence en esta primera cinta en el género, hoy tan transitado. No logramos sentirnos atrapados por la historia que circula por caminos trillados y que hasta cuando da un giro de timón no supera lo previsible: es como si viéramos a un ilusionista haciendo un truco que conocemos perfectamente de antemano y además lo hace mal. El juego especular de la casa, en un antes y un después muy bien logrado, es lo mejor de la película. Todo lo demás, incluido el  absurdo y estropeado final, huelen demasiado a la chamusquina de algo que nos venden lleno de defectos y taras y con una hermosa caja para envolverlo.

Solo el trío de grandes actores aportan un poco de credibilidad al producto, que no constará entre las mejores películas de ninguno de los  tres. Problemas de rodaje y entre el director y la productora han lastrado el pase por los cines y la promoción de esta película, lo cual a mi parecer es lo mejor que podía haberles pasado a todos los interesados. palabra de cinéfilo. A partir de la mitad de la proyección uno ya sabe todo lo que tiene que saber de la historia. Ya no hay nada de lo que asombrarse Y eso es muy malo en una peli de suspense. El relleno de la otra mitad no convence a nadie.

 

 

 

 

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3 diciembre 2011 6 03 /12 /diciembre /2011 10:59

asesinos-de-elite-cartel-1.jpg Llevo tiempo pensando que Jason Statham es mucho más que un cachas especializado en repartir mamporros y hacer piruetas gimnásticas del alto riesgo: siempre hay en sus actuaciones un punto de humor, de autoparodia, de  ironía descreída y socarrona que merecería que algún director le mirara más allá de sus músculos y le permitiera actuar de verdad.

Desgraciadamente en "Asesinos de élite" el listón está demasiado bajo para él, lo cual no es de extrañar si vemos a sus compañeros de reparto, Robert de Niro y Clive Owen. Un auténtico lujo que queda, la verdad bastante diluido en la previsibilidad dinámica,  enloquecedora, de la trama de este thriller encajonado en la variante "servicios secretos muy especiales-colegas-rescate".

Jason es aqui un exmiembro de las Fuerzas Especiales británicas que se retira y al que le obligan a volver sus antiguos colegas para rescatar a uno de ellos --un descafeinado De Niro, mentor del protagonista, que parece mirar a la cámara y susurrarle: "hay que ver lo que he de hacer para comer cada dia"-- que está encerrado por un jeque en un país arabe hasta que Jason elimine a otros miembros de las Fuerzas británicas que habian participado en una operación en la que mataron a dos hijos del jeque. Otro miembro del SAS, Clive Owen con un look poco favorecedor de tuerto malhumorado, tratara de impedir que siga matando a sus compañeros. El director, Gary McKendry, logra dar tal dinamismo a su no muy original oferta, que uno ve la película con cierto placer (siempre suponiendo que les guste los thriller de acción y de trama paranoide enrevesada, con malos-malos, malos-buenos, buenos-malos y un bueno-bueno). La cosa  se nos vende con la dudosa etiqueta de "basada en un hecho real" como si eso fuera un pasaporte hacia la calidad y nos habla de los años 80 en un guiño innecesario, ya que lo unico que les separa de lo actual es que no hay moviles.

Todo suena a tan lejano, legendario y mítico como a los antiguos debería sonarles los lios del Olimpo, con dioses llenos de defectos que se incordiaban entre ellos y fastidiaban a los mortales. Ese mundo paralelo de los agentes mortales, de las grandes conspiraciones, de las agencias ocultas, parece coexistir casi sin cruce con el mundo real y asi cumple su papel de compensación mítica de la realidad casi siempre monocorde, rutinaria y aburrida del común de los mortales.

En resumen, excelente peli para ver, bien surtido de palomitas y refresco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 diciembre 2011 5 02 /12 /diciembre /2011 14:09

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Roman Polanski siempre es una garantía para quien esto suscribe. Desde las lejanas "Repulsión", "El cuchillo en el agua" o "El baile de los vampiros" raramente me han defraudado sus películas, ya sea haciendo de Harrison Ford un médico perdido en una pesadilla en Paris o recreando la vida de un pianista judío en la Varsovia arrasada de los nazis o la de un escritor al servicio de un político de fama.

En "Un dios salvaje"  Polanski forma alianza con la dramaturga francesa de padres judíos, iraní y húngara, Yasmina Reza (de quien recuerdo con absoluto placer su pieza "Arte" que se convirtió en un fenómeno de público en los escenarios de todo el mundo occidental) para entre los dos llevar a la pantalla su obra del mismo título que aquí en España vimos de la mano de Aitana Sanchez Gijón y Maribel Verdú.

En "Un dios salvaje" la trama es simple, lineal, aparentemente baladí. El hijo de la pareja formada por Christoph Waltz (el oficial nazi de "Malditos bastardos") y Kate Winslet ("Titanic") ha golpeado con un palo, en el parque donde jugaban, al hijo de John Railly  ("Chicago") y Jodie Foster  ("La habitación del pánico"). Son dos adolescentes ensarzados en una tipica pelea de niños, pero aquí uno de ellos ha resultado herido en la boca, no muy grave pero lo suficiente para haber tenido que pasar por las urgencias de un hospital. La primera pareja va a casa de la  segunda para pedir excusas y llegar a un acuerdo que evite males mayores.

Pero la civilizada reunión de adultos que quieren aclarar la infantil disputa comienza a torcerse nada más empezar y el claustrofóbico salon de estar de la familia, de clase más modesta que la de los visitantes, se convierte en un campo de batalla donde todos los golpes bajos están permitidos y en el que los pacíficos y educados matrimonios dejan las máscaras a un lado y muestran el auténtico y brutal aspecto de los seres reprimidos, ansiosos y vulgares que guardan en su interior, no sólo entre las dos parejas sino entre los miembros de cada una. En relación a esto, apuntar la eficacia del cartel de promoción de la pelicula, un recital de los rostros de cada uno de los personajes que pasan de la sonrisa al grito o al gesto de ira y odio.

Es esta una película de mujeres. Tanto la Winslet como la Foster bordan sus papeles y no les van a la zaga, en segundo término, el cinismo y la dureza inhumana del personaje de Waltz y la mezquindad y vulgaridad de Railly. Es una guerra de todos contra todos en las que se establecen momentáneas y precarias alianzas para atacar con mayor fiereza al contrario. Sin embargo, los ataques, el intercambio de insultos, observaciones hirientes o sarcásticas agresiones, nos entretienen pero no nos llegan a incomodar. El espectador no se remueve incómodo en el asiento ante la brutalidad del diálogo. Hay como una suavización en los actores (y en el director, que incide más en la ironía y el sarcasmo) y lo que acontece, sin duda brutal y absurdo, no produce el rechazo de algunas escenas de "¿?Quien teme a Virginia Wolf?", por ejemplo, por citar otra obra de teatro y película que obedece a la misma estructura argumental.

Pero esa falta de mala uva que se percibe hasta el final, no desluce la brillante propuesta de Polanski, el magnifico trabajo de los actores, el recital de las dos mujeres y la sutil malignidad y corrupción de ese gran Christopher Waltz, cada vez más impresionante desde que practicamente se dio a conocer en la pelicula de Tarantino, donde mostró un complejo carácter que aunaba la sonrisa con la crueldad más refinada, y la educación con la brutalidad y el cinismo, (un poco como en su papel en "Un dios salvaje")

La película consigue un alto nivel de calidad si uno repara en la magnifica puesta en escena, en el juego de primeros planos que no dejan escapar ni un solo gesto ni significativa mirada de los actores y en el logro de meternos en un  ambiente cerrado donde la hostilidad del animal que llevan dentro cada personaje pueda manifestarse con toda su vociferante --o insidiosamente suave-- malignidad. El alcohol cumple su papel de revulsivo y los cuatros personajes hacen tabla rasa de todo aquello --ideas, objetos, sueños-- que a cada uno de ellos les sirve de muleta para superar la mezquinad de sus vidas y la frustración de sus almas. El uso de elementos catárticos, como el continuo sonido del movil de Waltz, los tulipanes de la dueña de la casa o el hamster abandonado por Reilly, llevan al paroxismo el comportamiento de los cuatro padres de familia convertidos en salvajes a los que todo está permitido.

La hipocresía queda denunciada, los civilizados ciudadanos se vuelven energúmenos y la pelea de los niños queda en el fondo de un pozo desprovista de fuerza y razón ante el demoledor retrato de sus padres. Polanski maneja los hilos con su habitual pericia y el espectador puede escoger entre darle profundidad critica a la propuesta y admitir la premisa de que todo huele a podrido en la cultura  y la ética del hombre occidental o, segunda opción, tomárselo todo como una comedia ácida pero bastante acertada sobre la debilidad del equilibrio de comportamientos y actitudes en la sociedad actual.

Para terminar, entre los restos del naufragio, bajo la mirada de cuatro adultos desprovistos de dignidad que van cayendo irremisiblemente en la bajeza, Polanski nos ofrece una imagen de un parque infantil, donde los dos niños que se pelearon están con las cabezas juntas hablando de algo, tan amigos, mientras en la escena anterior el asco y la violencia aún vibran entre sus cultos y progres padres.

 

 

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2 diciembre 2011 5 02 /12 /diciembre /2011 08:57

Bernard Pivot, el un magnífico divulgador de los libros y la lectura, que dirigió hace años un programa modélico en la tele francesa que se llamó "Apostrophes" y fue el más seguido -y temido-- de la cultura del país vecino. Corrían los años 80 y yo me las ingeniaba para estar al tanto de lo que hacía Pivot. Me había suscrito a "Lire" y "Magazine Litteraire" y publicaba critica de libros en "La Vanguardia", un par de revistas literarias, como "Camp del Arpa" y "Libros" y se me encargó la critica para el servicio de Efe en Hispanoamérica. Por tanto, en menor escala que Pivot, claro, recibía ingentes cantidades de libros de las editoriales de nuestro país y tenía el problema de cualquier "lletraferit", los libros conquistaban todo el territorio hogareño, amenazando expulsarnos a todos de allí (a pesar de que en aquella epoca vivía con mi familia en un chalet de montaña en Cabrils, en pleno Maresme y disponía de casi 400 metros cuadrados para ir colocando mis libros). El otro dia en "Babelia" Pivot declaraba " hay que defenderse de los libros, si no controlas los flujos, te rindes, te acaban invadiendo y te arriesgas a perder a tu familia que, simplemente, renuncia". Algo parecido me ocurrió. Cuando llegó la hora de dejar aquella casa hube de organizar un "auto de fe" en el que miles de volúmenes fueron saqueados con mi permiso (y mi dolor) por amigos, vecinos y familiares. Y toda una montaña de ellos en el garaje quedaron para ser examinados por el comprador de la casa o lanzados a la basura. Horrible.

Ahora ya hay menos libros a mi alrededor, me he vuelto muy selectivo, casi celosamente selectivo y voy dando carta de naturaleza a aquellos libros que realmente forman parte de mi vida y deseo que sigan haciéndolo. Y he podido comprobar, con sorpresa, que apenas rebasan dos o tres centenares de titulos. Aunque eso no impide que cada semana nuevos reclutas de tinta y papel asedien mi repleto hogar, primero para entrar en él y luego, mirar si pueden superar el "donoso escrutinio" al que someto los ejemplares para decidir si formarán parte, o no, de la "áurea legión de honor".

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1 diciembre 2011 4 01 /12 /diciembre /2011 09:11

 

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Si tuviera que establecer un "canon" de la mejor novela del siglo pasado, dudaría hasta el colapso entre "En busca del tiempo perdido" de Proust (que son siete libros), "Bajo el volcán" de Malcolm Lowry, "El ruido y la furia" de William Faulkner, "Ulises" de James Joyce y "El cuarteto de Alejandría" de Lawrence Durrell.

El "Cuarteto", tetralogía formada por las novelas, "Justine", "Mountoulive", "Clea" y "Balthazar" es, sin dudarlo, una de las cumbres de la novela inglesa de todos los tiempos. Está basada en las vidas de cuatro personajes durante el tiempo en que viven, sufren y aman en una ciudad mediterránea mítica, Alejandría, patria de  la ahora popular Hipatia (vean la película de Amenabar "Agora"), sede de la  mayor biblioteca de la antiguedad, 400.000 volúmenes en el 250 antes de Cristo, caldo de cultivo de filósofos y místicos (neopitagóricos, neoplatónicos, gnósticos, musulmanes y cristianos) desde Teócrito y Euclides a Plotino. Sin olvidar por supuesto a los intensos amores de Antonio y Cleopatra. Símbolo del fin del mundo antiguo con dos hechos históricos que tuvieron lugar bajo su cielo: la destrución de la Biblioteca por el musulmán Omar y el asesinato de Hipatia por los cristianos.

En una ciudad como esa, crisol de historia, cultura y belleza, entre los primeros años del siglo XX y los de su mitad, hubo una confluencia literaria de alto nivel: el escritor inglés E.M. Forster (autor de novelas tan magníficas como "Habitación con vistas", "Maurice", "El viaje más largo", "Pasaje a la India"), el poeta  griego naturalizado alejandrino Constantin Kavafis (¿Quién no conoce su "Viaje a Itaca"?) y más adelantado el siglo el mismísimo Durrell que, de alguna manera, dio el espaldarazo literario a la ciudad acogiendo en sus cuatro novelas a trasuntos de Kavafis o de Forster, de las religiones y filosofías que coexistían en la ciudad, de sus gentes y de su ambiente.

Para hacerse una cabal idea de lo que fue Alejandría, la del arco que oscila entre la primera guerra mundial y la segunda, amen de la decadencia generalizada que la ha convertido en una sombra de sí misma a partir de los años 50 hasta nuestros días, aconsejo el libro de Jane Lagoudis Pinchin "Alejandría:Kavafis, Forster y Durrell" (editado por la editorial granadina Almed).

Tras la lectura de este libro ni siquiera el más refractario de los lectores podrá resistir a la tentación de pasarse por cualquier librería bien dotada e invertir unos pocos euros en la adquisición de un ejemplar de los poemas de Kavafis (La  "Poesía completa" editada por Hiperión, no vale más de 15 euros) y otro día alguno de los libros de E.M Forster que ha editado Seix Barral (entre ellos su "Alejandria") y para coronar el placer lector, la edición completa del "Cuarteto" de Durrell (o alguno de sus volúmenes por separado) publicada por Edhasa en bolsillo y que apenas llegan a los diez euros cada uno. Parodiando el célebre comienzo del poema de Kavafis sobre Itaca, podríamos decir "Cuando partas hacia Alejandría (Itaca)//  pide que tu camino sea largo // y rico en aventuras y conocimiento".

El libro de Lagoudis analiza desde todos los puntos de vista la mitica (y mistica) ciudad egipcia, sus paisajes, su historia, sus anecdotas, su espíritu en suma. Y en ese viaje por sus páginas uno va encontrando a los tres escritores citados, adquiriendo familiaridad con las personas que fueron, la época convulsa que vivieron y la enorme seducción que la ciudad adquirió para ellos, así como la riquísima influencia que cada uno de ellos tuvo sobre los otros (exceptuando por razones biograficas a Kavafis y Durrell, ya que cuando éste llegó a Alejandría, el poeta ya llevaba algunos años muerto, aunque su influencia y su presencia aun estaba viva y llena de energía en las gentes que le conocieron).

Hace unos años busqué en la ciudad egipcia algo de su espíritu, quizá la fantasmal sombra de esos tres grandes escritores a los que tanto admiro. Paseé por la Corniche, junto al viejo puerto y el azul mediterráneo, tomé un té perfumado en el café Al Togariya, donde lo único literario que había eran dos o tres turistas ingleses o americanos con aspecto ensimismado leyendo y escribiendo en sus libretas "Moleskine" toda la nostalgia imposible que evoca la ciudad. Visité las obras de la nueva Biblioteca de Alejandría (alzada en recuerdo de la mítica). Fue inaugurada en el 2002 y yo paseé la ciudad en los noventa y, ciertamente, no había nada que me recordara mis lecturas, excepto la decadencia generalizada, una cierta suciedad que va ganando en presencia conforme uno se aleja del centro, ruido incesante, una aturdidora mezcla de motores, bocinas, timbrazos, radios a toda marcha con canciones pop, música árabe o empalagosas tonadas egipcias de amor, gritos, golpes, frenazos y altoparlantes con consignas (habia unas elecciones municipales en marcha). A mi alrededor esa continua turbamulta de alejandrinos, copia exacta de las multitudes paseantes, holgazanas, curiosas y raramente precipitadas que confluyen en los paseos y avenidas de cualquier gran ciudad arabe al filo del mediodia. Pero esas gentes  ya no sugerían tolerancia y respeto sino una agresiva indiferencia  cuando no una declarada hostilidad ante el extranjero (en una ciudad cosmopolita que fue la reina del cruce de culturas). Sólo permanece el mar como simbolo de identidad de la ciudad, volcada hacia el Mediterráneo, aunque ahora con ese algo cutre aspecto de patio trasero que muchas ciudades arabes dan a sus puertos y playas.

Rendi visita al Hotel Cecil, elevado al paraíso de los hoteles literarios gracias a Durrell y a Agatha Christie, aunque ahora vive penosamente de las viejas glorias y turistas ávidos de literatura. Pero cuando dejé Alejandría, muy decepcionado, y recorría por última vez en un taxi los parajes cercanos tan vivos en las páginas de "Justine" o de "Mountoulive", sentí de pronto una extraña desazón, como una nostalgia que procedía más de aire y la luz de la ciudad que de su pasado, de sus olores encontrados, ásperos, dulces y decadentes, una especie de corrompida grandeza hacia la que uno se siente atraido y rechazado al mismo tiempo. Así entendí la fascinación que produjo entre esos tres espíritus sensibles, cultos y creativos,  " sabios, irónicos y hedonistas" como les calificó el novelista  Nikos Kazantzakis ("Zorba, el griego", "Cristo de nuevo sacrificado") y de alguna forma me reconcilié con Alejandría. El libro de Jane Lagoudis me ha devuelto aquéllas sensaciones.

 

FICHA: "Alejandría, Cavafis, Forster y Durrell", Jane Lagoudis Pinchin.- Editorial Almed. Granada. 306 páginas.

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30 noviembre 2011 3 30 /11 /noviembre /2011 18:15

Hoy también ha sido un dia de niebla. Apropiado para reunirse con uno mismo, tomarse el pulso, mirar hacia dentro, escuchar esa nada pulsátil que es fugaz interludio entre los latidos del corazón, quedarse quieto, parado, suelto, ligero de equipaje. Un dia tranquilo en el que se produce una extraña ósmosis entre el exterior dormido bajo la frazada de las nubes, una claridad difusa que devora los perfiles de las cosas, el silencio de la casa, el sordo, peculiar golpeteo de las teclas del ordenador... y un interior que resuena en la misma onda, el cuerpo aquietado, quizá algo somnoliento pero activo en  ese rincón insomne donde anida algo que está más allá de la identidad y que es más tú que tu historia, tus recuerdos, tus deseos y tus frustraciones. Algo que es cuerpo y es algo más que carne, tejidos y sangre encorrentada: un latido que es como la reverberación de una esencia superior que comparte todo lo que vive y que apenas sabemos identificar.

En este dia de silencio, la mente parece detener su pesquisa permanente, se vuelve insólita hacia sí misma y no encuentra ecos, sólo lo que es, de lo que formas parte indisoluble e indispensable. Los adjetivos se enmohecen como las hojas de los árboles en otoño, aventadas por aire y sortilegio, respiras y ya solo hay un ir y venir de aire, todo adquiere un ritmo pausado, una cadencia que parece ir hacia un fin y que renace una y otra vez, como las olas que en la playa van a morir en la arena, para renacer de continuo en un proceso que no tiene fin. Hasta que el observador desaparece y es ola, es viento, es silencio, es nada.

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