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22 noviembre 2011 2 22 /11 /noviembre /2011 10:12

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Afrontrar un nueva película del realizador danés Lars von Trier, después de su controvertido "Antichrist" (2009) y tras sus lamentables declaraciones pro-Hitler en el último festival de Cannes (que provocó un escándalo que estuvo a punto de condenar su película "Melancolía" al ostracismo) hace buena aquella aseveración de que nunca hay que confundir al creador con la persona, al director visionario y espectacular con el sujeto deslenguado y provocador, incluso estúpido, que parece ser o que a veces se comporta como tal.

Me ha costado reflexionar un par de días sobre la película antes de separar mi rechazo inicial por un juicio más objetivo y profesional que se resumiría en un notable alto para esta película desasosegante que no deja indiferente a nadie y que tiene una belleza formal que atrapa al espectador en un torrente de imágenes bellísimas, rodadas con maestría y dotadas de una banda sonora espectacular.

La película, repleta de simbolismos, me recuerda de alguna forma la estampa de Alberto Durero, "Melancolía" en la que un ángel parece esperar algo terrible en un ambiente lleno de objetos y escenas misteriosas. Con la música extremecedora del preludio de "Tristán e Isolda" de Wagner, Lars von Trier nos advierte de entrada que nos va a someter a una historia apocalíptica en la que lo que ocurre en esa mansión campestre, lujosa y llena de rincones maravillosos, tiene la misma importancia relativa que tenía para los burgueses encerrados en un salón, aterrorizados y prisioneros de algo invisible que parece tener la fuerza y el horror de la muerte, de la destrucción, del fin. Es la presencia invisible de "El ángel exterminador" del maestro Buñuel. melanc1.jpg

Dividida en dos partes, la primera centrada en la boda de la genial e irritante Kirsten Dunst, atenazada por una depresión definitiva que la postra hasta extremos de anulación y la segunda en la figura de su hermana (una Charlotte Gainsborourg, verdaderamente fastuosa). Como en Buñuel, estamos ante un círculo cerrado, un ambiente constreñido a los bellos parajes de la finca campestre de lujo, pero sobre los que flota una amenaza que se va concretando en la segunda parte de la película: la cercanía de un pequeño planeta, llamado Melancolía, cuya órbita marca un rumbo de posible colisión con la Tierra. Es el Armaguedon, pero no hay ningun héroe, ningún ingenio nuclear que pueda desviar la fatal singladura exterminadora del planeta.

El melodrama está servido, con su final cósmico. La feroz critica a la clase alta, contrapunteada por la bellísima trasposición entre imagenes reales y cuadros como los de Pieter Bruegel o la "Ophelia" de John Everett Millais: el apocalipsis total frente al agudo drama personal de las dos hermanas:Justine y Claire. La primera puro instinto, rechazo a las convenciones y desorientación, la segunda, partícipe del orden y la educación social, la clase y la convención de los sentimientos. La primera llegando a sintonizar intuitivamente con el caos que se avecina y la otra rechazando el fin y aceptando su condena como víctima impotente. El discurso es demoledor: no hay nada constructivo, no hay perdón ni redención, sólo la muerte que llega del cielo, inclemente y sin refugio posible: ante eso no hay convenciones, no hay sentimientos, no hay nada. Sólo resignación y soledad animal.

Todo ello servido con unas imágenes deslumbrantes que parecen acentuar irónicamente lo indefectible del final, la relatividad de los constructos sociales o sentimentales cuando lo que está en juego es el fin abosluto, la extinción de todo cuanto existe. Es ese el correlato que hace en la película una oferta politicamente incorrecta: nada tiene importancia ante el fin, pero tampoco nada ha tenido valor en la existencia de nuestro planeta, ni Shakespeare, Ni Mozart, ni Cervantes, ni Wagner, ni Picasso ni Velázquez, puesto que todo va a desaparecer sin dejar ni una sola molécula identificativa. Es algo que parece anunciar la depresión de la protagonista y que deja una carga de profundidad en la especie humana, que se convierte en un accidente fortuito, una experiencia cósmica que va a desaparecer para siempre.

Magnífico Kiefer Sutherland como el acaudalado marido de Claire, el refugio y la seguridad de la familia, que es la primera víctima del planeta al ser incapaz de aceptar la inutilidad de cualquier esfuerzo para evitarlo y el hundimiento de sus esperanzas. Pues "Melancolía" es, antes que nada, el fin de cualquier esperanza antropocentrica. Parece que lo único razonable es actuar como los caballos de las cuadras de la mansión, rebeldes  y asustados en principio y que cuando está llegando el final se calman y se disponen a morir tranquilamente. La metáfora está planteada como un "huis closs", un recinto cerrado, la mansión, donde los dramas personales de sus habitantes huyen de toda generalización y los personajes asumen la tragedia cósmica desde un enfoque doméstico.

Nada pues de escenas apocalípticas, de grandes ciudades devastadas, de pánico humano generalizado: todo se nos presenta bajo la óptica de un hombre que confía en que el planeta pase de largo como aseguran los científicos, su esposa, su hijo y su cuñada visionaria y depresiva que parece renacer ante la cercanía del fin y parece contagiarse del nombre y la sensación que evoca: una melancolía sin esperanza.

Lars von Trier nos guiña un ojo y vemos el irónico y burlón gesto cuando reflexionamos sobre la pelicula. Entendemos al final toda la vacía y demoledora muestra social que nos presenta en la primera parte, las secuencias de la boda de Justine. Comprendemos lo que nos quiere decir el realizador danés: el mundo va a acabarse, pero la mayoría de los seres humanos, de los que nos muestra son un ejemplo, ya llevan tiempo acabados anímica y psicologicamente, son actores de una farsa, miembros de una sociedad, un mundo, que apenas tiene esperanzas de mejora.

John Hurt, la inmensa Charlotte Ramplling, Udo Kier, y Jesper Christensen dan vida a otros personajes que desaparecen ya en la segunda parte, cuando ya la trama se reduce a la familia.  Más de dos horas de narración en las que el espectador se siente atrapado entre el rechazo hipnótico a lo que ve y la fascinación de la belleza en el cómo se lo cuentan. Una propuesta, pues, en la que la fuerza y la violencia interior de los personajes, la peligrosa apatía en la que caen algunos, resalta ante el lirismo bellamente fotografiado de muchas de las secuencias.

Una película que dejará recuerdo imborrable en la sensibilidad de casi todos los que superen el rechazo que en principio logra provocar Lars von Trier.

 

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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 11:11

A veces, en las tardes de domingo, en la tranquilidad del hogar, mi mujer y yo decidimos hacer una visita a un clásico del cine. Hemos ido durante años coleccionando celosamente dvd (antes videos) de las películas que conforman el imaginario de todo cinéfilo que se precie. Este domingo le ha tocado a Jacques Tourneur y a su excelente "Retorno al pasado". Robert Mitchum y Kirk Douglas (ambos jóvenes, jóvenes) acompañdos por dos bellezas de la época, Rhonda Fleming y Jane Greer. Es una película de 1947, rodada en el luminoso blanco y negro de la época del celuloide y el nitrato de plata, cuando los hombres llevaban sombreros de fieltro de ala flexible, la mujer fatal abrigo de pieles y vestidos ajustados y todos fuman y beben como carreteros y se comunican entre sí con diálogos que parecen surgidos directamente de las plumas de Faulkner o de Hemingway.

Cine negro de alta calidad. Jacques Tourneur fue un director de origen francés nacionalizado norteamericano, autor de películas tan inolvidables para los amantes de la famosa serie B como "La mujer pantera", "El hombre leopardo" ,"Yo anduve con un zombi" y "Berlin express". Murio en el año 1977 con 73 años. No se la pierdan. Otro dia les hablaré de ella.

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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 08:01

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Con un cierto regusto estético a Victor Erice (al que se rinde homenaje en la película) el cineasta castellano Daniel V. Villamediana vuelve como "En la linea recta", "Aita" o el "Toro Azul", a proponernos una  curiosa muestra de cine creativo que tiene los modos y maneras del documental pero que se desarrolla como ficción, cine híbrido que enmarca la filosofía del director, transitar en la frontera de los géneros y los estilos (como define un actor en la película el carácter de frontera de Sevilla: donde es posible la libertad).

Una banda sonora clásica y una cámara lenta, a veces inmóvil, con los personajes cruzando el campo de encuadre, absorta y contemplativa en los bellísimos campos de Castilla o la inmensidad azulada del mar de Cádiz o el paso permanente y calmo, destellando de luz deslumbrante, del Guadalquivir en Sevilla.

En ese recorrido, los personajes recitan, dialogan o simplemente observan y pasean. La trama es sencilla, Víctor (primo del director de la película o coguionista) está fascinado con un antiguo episodio familiar, su abuelo Cuco viaja en los años cuarenta a Cádiz tras ganar las oposiciones y regresa a los pocos meses de tomar posesión de su cargo, relacionado con cuestiones de aduanas, en una España donde la rigidez ideológica y política se hermana con la corrupción de los funcionarios, juego peligroso al que el abuelo Cuco no quiere jugar. Víctor emprende un viaje a Sevilla y Cádiz, donde vivirá unos días de visitas, paseos, relaciones, en los que la figura del abuelo, aún manteniendo su misterio, está presente en las charlas sobre el anarquismo, la represión de la época o ciertas anécdotas del personaje que su sobrino-nieto llega a intentar emular, como el ingerir un número elevadísimo de sardinas fritas, una secuencia divertida de un  encanto inesperado de película de Buster Keaton. 

El espacio andaluz, tan opuesto al castellano, pero igualmente enriquecedor es tratado con mimo por este director sensible, con un estilo simple, directo y a la vez poético, como un haiku japonés. Al mismo tiempo hay una insobornable realidad, cotidianidad, en esas imágenes que acaban, pese a su morosidad, creando una especie de sortilegio con el espectador. Me ha gustado también la elección de protagonista, ese Víctor Vázquez que desde una naturalidad ligeramente tensa, como si le costara actuar ante la cámara, va mostrando el proceso de comprensión entre dos generaciones familiares alejadas en un tiempo que ya no existe y un presente en el que no quedan rastros del tiempo del abuelo Cuco. Cine sin artificios, transitando en la frontera entre la realidad y la ficción, entre el documental y la historia personal, íntima. 

Parece ser que la pelicula ha tenido una buena acogida en festivales como Locarno o la Biennale, pero dudo mucho que sea una película taquillera en España. O al menos que no lo sea para los que amamos determinado cine, emparentado con miradas lúcidas, desengañadas y ferozmente estéticas y personales. Buena suerte con "La vida sublime", en algunas secuencias las imágenes son sublimes. Palabra de cinéfilo.

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20 noviembre 2011 7 20 /11 /noviembre /2011 14:03

 

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Sólo el poder mágico y evocador que tiene para el que suscribe del nombre de Shakespeare -junto con don Miguel de Cervantes, los dos esenciales dioses literarios de mi vida-- me empujó a ver la película que el realizador alemán Roland Emmerich, eficaz poeta del apocalipsis en 3D y sonido estereofónico ("2012") ha perpretado sobre las teorías conspiratorias literarias que desde la escuela de Oxford han especulado desde siempre sobre la autoría de las obras que firmó Shakespeare. Unos asegurando que el insigne Bardo era en realidad un hombre de paja tras el que estaba el gran Ben Johnson y otros apostamdo por el conde de Essex, especie poco probable pero no descabellada que también atrajo a muchos iconoclastas. De ahí nace "Anonymous", un thriller enmarcado en la convulsa era isabelina, una singular vista al Londres (gracias a los efectos especiales de ordenador. qué maravilla de instrumento para la historia)  de entonces y sobre todo al nido viperino de la corte real, con la insaciable reina Isabel, su canciller maquiavélico, los nobles y sus luchas internas, el poquer de monarquías europeas enfangadas en una lucha absoluta por el poder absoluto y el juego de alcobas del que no se libraba nadie desde la reina hacia abajo.

Esta película queda muy lejos de aquélla delicia romántica que fue "Shakespeare enamorado", dirigida por John Madden en 1988. Ahora vivimos el drama del conde de Essex, presunto autor real de las obras de Shakespeare y vemos a éste convertido en un lamentable pelele, iletrado y codicioso, que toma la autoría de aquéllas obras que elevan a excelso el ingenio humano. Lo cierto es que, dejando aparte las excelentes interpretaciones (magnifica Vanessa Redgrave en el rol de la reina Isabel anciana) y del propio Essex (Rhys Ifans), lo que más interesa es el fidedigno retrato (verosímil al menos) de aquella ciudad y aquélla corte y lo que más indigna es el empeño en reducir al personaje de Shakespeare a la caricatura de un bufón rijoso y deleznable.

La historia cabalga a lomos de los flash back, tan a menudo que dan cierta sensación de desajuste y de falta de coherencia al montaje, salvado por las un tanto excesivas interpretaciones del resto del elenco y por el denso, asfixiante, oscuro y amenazador ambiente del poder y la nobleza (sin llegar a la dureza ni a la espectacularidad  de "Elizabeth", de Shektar Kapur con un plantel de actores como Cate Blanchet, Clive Owen o Geoffrey Rush). Ni el fraudulento Shakespeare que se nos presenta (Rafe Spall) ni el lacrimoso Ben Johnson (Sebastian Armesto) que rechaza el ofrecimiento de Essex de firmar sus obras con su nombre dejando via libre para que el "chapucero" W.S. se ponga en su lugar, son tratados de forma aceptable por la película de Emmerich, lo que en definitiva va a indignar a todos los admiradores de ambos grandes dramaturgos (de hecho el pase de la película en el festival de Londres ha provocado sarpullidos). Se salva de la quema Edward Hogg en el papel de Robert Cecil, el tortuoso canciller de la Reina, parodiando paradójicamente al Ricardo III de W.S.

"Todo arte es política, de lo contrario es solo decoración", le dice Essex a un atribulado Ben Johnson en la película. Esta película no es política...politicamente aceptable, ergo...Habría que pedirle al guionista John Orlof que se aplique sus propias palabras. Ni Emmerich es un director para asomarse a Shakespeare (solo me ha gustado la intervención del narrador, Derek Jacobi, al principio del filme, muy a la manera del teatro isabelino: aunque, ¿no es una traición que un gran actor shakesperiano prologue un ataque al Bardo?) ni su guionista ha acertado con el tono expositivo, ni el montaje final de la cinta logra desmontar la perplejidad espacio-temporal que se apodera del espectador desde el comienzo de esta oscura cinta.

Pelicula que hay que ver aunque sea para colgar a Emmerich en la picota, salvar los retratos del Londres isabelino y la ambientación en general y guardar para el recuerdo la imagen desvalida y alucinada de la Redgrave encarnando a la Reina "Virgen".

 

 

 

 

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19 noviembre 2011 6 19 /11 /noviembre /2011 10:54

Aprovechando el día cerrado, con los cielos convertidos en un manto gris oscuro y un ambiente frío y desapacible, me he encerrado en mi estudio, en el Nido de las Nubes, y he decidido entrar nuevamente en los entresijos de mi novela. Pero antes, para abrir boca, he rescatado de las dos columnas de libros, en precario equilibrio, que tengo dispuestas sobre el suelo, junto al sillón de leer, un libro con aspecto de austera caja de bombones, tela gris con letras negras rodeando el título, "Huidas", en rojo. Es liviano, de solo 72 páginas, editado con mimo, ilustrado por las pinturas de Juan Cuellar y escrito por el poeta Luis Felipe Navarro. El sugestivo título me ha llamado la atención, el libro como objeto me ha encantado, una encuadernación magnífica (desusada en estos tiempos), un papel de calidad, unas ilustraciones atractivas, un diseño y compaginación satisfactorios...

La lectura ha corroborado la excelencia del libro. Ya les contaré.

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19 noviembre 2011 6 19 /11 /noviembre /2011 10:06

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Estamos ante una película fallida, aunque ambiciosa. De alguna manera no llega al listón de excelencia que cabría esperar dada la fuerza del original literario (quizá por eso lo que podría haber sido el inicio de una saga fílmica, tipo Harry Potter, se ha quedado en una sola opción). 

"Corazón de tinta" nos narra las avenuras de Mortimer Folchart (Brendan Fraser) y su hija Maggie (Eliza Hope Bennet), ambos "lletraferits" dotados de un don maravilloso: son capaces de lograr con la lectura en voz alta de los libros que los personajes encarnen y entren en nuestra realidad. Son "picos de oro" que atraen con el sortilegio de la voz a los personajes literarios pero que, como compensación peligrosa de esa entrada, provocan que una persona real entre en su lugar en el libro. De esa manera  "Mo" pierde a su esposa y ha de buscar la manera de rescatarla. Para ello necesita un libro "Corazón de tinta", cuyo villano, Capricornio (el hoy célebre actor real de los virtuales capitan Haddock de Tintín y el Gollum de "El señor de los anillos", Andy Serkis) tiene secuestrada a la mujer sin que sepa que es la esposa del "Pico de oro".

Lo cierto es que "Corazón de tinta" no logra emular a Harry Potter, se queda en el intento, casi como los fracasos relativos de "Las crónicas de Narnia", "La brújula dorada" o "Eragon". No es fácil encontrar el tono justo para llevar al cine las sagas juveniles. O pecan de ñoñas o de oscuras o de tambaleantes. Este es el caso de la historia creada por Cornelia Funke que a pesar de su encanto indudable (que tiene seducidos a cientos de miles de lectores en los países anglófonos) no acaba de encontrar su traslación fílmica. Y es una pena porque se nos regalan interpretaciones tan deliciosas como la de Helen Mirrer como la gruñona tía de Brendan (por cierto, creo que éste último no muy ajustado a su papel, aunque en las escenas de acción logra autoparodiarse bastante bien, recordando el humor de su papel en "La Momia"). La chica, Eliza, está deliciosa aunque el personaje del juglar del fuego, Paul Bettany, es el mejor, aunque parece que se contiene un poco en darle mas profundidad a su actuación, tal vez contagiado por la rutinaria actuación del resto.

Y es que la generosa fuerza en imágenes que proporcionan al cine de hoy  los efectos especiales hacen olvidar a los directores que además de eso es preciso dar con lo más esencial y evidente: el arte de contar la historia, el arte de atraer el interés del espectador hasta un límite casi hipnótico. En caso contrario la película queda vacía o pretenciosamente hueca.

 

 

 

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18 noviembre 2011 5 18 /11 /noviembre /2011 15:30

No he podido resistir la tentación (tampoco me esfuerzo mucho en ello) y en una ocasional visita a Abacus, donde buscaba un volumen sobre neurología y literatura --dos de mis pasiones--, di con la versión de bolsillo de un ensayo de Philip Roth (apellido que a los catalanes les hace mucha gracia y los mas chistosos dicen "buen provecho"), premio Pullitzer del 98 y uno de los candidatos eternos al Nobel (galardón que se merece de sobras). El librito, corto pero sabrosón, recoge una serie de ensayos, entrevistas y artículos que Roth publicó en 1994, editó en castellano Seix Barral en  2003 y reeditó Random House Mondadori en 2007. La versión de bolsillo  de ese libro. ahora forma parte de mi biblioteca. El ensayo se titula : "El escritor, sus colegas y sus obras" y es una delicia en la que acompañamos al irónico e ingenioso escritor norteamericano en sus citas con Primo Levi (en 1986, poco antes de que el genial superviviente de los nazis se suicidara), Milan Kundera,  Edna O'Brien, Malamud o Saul Bellow, entre otros. ¿Y de qué hablan? Desde el holocausto, al exilio, desde el sexo puro y duro a la religión, desde la dignidad del hombre a las manías y objetivos del escritor. La mente ácida y analítica de Roth se complace en unos encuentros donde nadie escurre el bulto y dispara a dar. Ya hablaré de ello "in extenso". Mientras, si no salen inmediatamente a buscarlo en la primera librería que encuentren, babeen por anticipado con lo que les contaré.

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18 noviembre 2011 5 18 /11 /noviembre /2011 11:25

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Bueno, el cine de catástrofes universales siempre ha sido un filón para las grandes compañías de Hollywood y a menudo para pequeños productores que arriesgan el dinero en tratar de tocar la flauta del éxito aunque sea por casualidad. "Doomsday Prophecy", "La profecía del juicio final" se apunta a la moda de los epígonos de la Humanidad, tan explotadas en base a las profecías del Apocalipsis, Nostradamus, los Evangelios Apócrifos, santones medievales o avispados profetas de la modernidad oscura, indagadores en viejos códices o documentos arqueológicos de dudosa autenticidad, desde los manuscritos del Mar Muerto a los calendarios de culturas desaparecidas, desde los mayas a los rapa-nui de la isla de Pascua.

En esta divertida película, excesiva y fantasiosa, con efectos especiales de risa y una ingenuidad de la serie B de los 40 y 50 del siglo pasado, se nos habla de una profecía estelar: una estrella colapsada convertida en agujero negro se acerca a la tierra en su ciclo de 26.000 años y se va tragando a los planetas de la Via Láctea, empezando por el enorme Júpiter.`(Más o menos lo que con mayor seriedad y enjundia nos narra Lars Von Trier en su magnífica "Melancolía", una peli apocalíptica en clave intimista). Su cercanía produce una serie de desvastaciones en la Tierra, terrmotos brutales, maremotos que desvastan paises enteros: estamos condenados a la desaparición en poco mas de 24 horas. Un escritor ha revelado al mundo lo que va a ocurrir años antes y ahora sabemos que las dotes adivinatorias dependen de una especie de vara antiquísima que le cobra un precio por sus visiones: la muerte. Antes de consumirse... bueno no les cuento el del todo previsible argumento. Solo decirles que hay un chico bueno, un general mesiánico muy malo, la chica de rigor, el viejo curandero, el policía recto y colega y la intervención de fuerzas ocultas desde hace siglos ante nuestras narices: los morai, las grandes cabezas de la isla de Pascua, elementos de un ordenador gigantesco, una máquina de defensa de hace miles de años que destruirán el agujero negro, así de un plumazo, destruyendo al mismo tiempo todos los principios científicos desde Galileo a Einstein en favor de la diversión y de tranquilizar al espectador.

La cosa se resuelve al estilo de "El cuarto elemento", pelicula a la que debe mucho la que comentamos, y todos tan contentos bajo el liderato de los Estados Unidos.

Cine de catástrofes totales en estado puro, para consumir con un buen pequete de palomitas olorosas y un buen refresco al lado, la tarde libre y un buen amigo/a en el sofá, comentando jocosamente ese cuento de nunca acabar que trata sobre como acaba todo.

Las teorías, historias, juegos y numeros sobre el Apocalipsis final tienen una gran tradición en la cultura de todos los tiempos y lugares. Superticiones, numerología, pseudociencias, teorías espirituales, propuestas conspiratorias, religiones ascentrales y no mucho sentido común, se dan cita en esa extraña rama de los misterios de la psique humana.

En el caso de esta película se acentúa la importancia del llamado "cuanta larga" del calendario maya, en el que se dice que el final de todo corresponde a la fecha 2012, el próximo año (lo que en términos socioeconómicos parece acercarse a la verdad). Lo cual está muy bien (o muy mal) si no fuera por lo absurdo que resulta creer en la infabilidad de una fecha sugerida, es un decir, por un conteo extraño "interpretado" por alguien que no era maya y, ademas, suponer que esa antigua y primitiva civilización tenía poderes y conocimientos de los que no hay absolutamente ninguna prueba. Ahora los profetas del fin tienen un buen alijo donde buscar sus fines de forma que parezcan plausibles: el calentamiento global, el impacto de un asteroide o de un cometa, terremotos, huracanes, inversión de la rotación de la tierra o realineamiento de las placas tectónicas. El cine ha analizado y aprovechado todas esas suposiciones poco o nada científicas. Y la película que nos ocupa, modesta y elemental, es una de ellas y no de las peores. La cosa fue dirigida por Jason Bourque e interpretada por Jewel Staite, A.Buckley y Fernando Lara.

 

 

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17 noviembre 2011 4 17 /11 /noviembre /2011 10:39

 

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Algo de impaciente irritación produce esta película franco-belga en la que se lleva al exceso presuntamente cómico las desventuras de una pareja de tímidos patológicos que se enamoran contra todo pronóstico y establecen una extraña relación cuajada de malentendidos, tensiones absurdas y enfermizas, en el empeño del director de sacar partido humorístico a algo tan patético que acaba irritando al espectador (al menos,a mí, parece que en los países de origen la comedia funciona bastante bien).

Jean René, dueño de una fábrica de chocolate en declive contrata a una joven como comercial, Angelique. Ambos son tímidos hasta la caricatura, Ella va a una terapia de "Tímidos anónimos" y él sobrevive a duras penas con una terapia psicoanalítica que se revela absurda y poco eficaz.

Las secuencias de la primera cita de la pareja hicieron preguntarse a este critico qué tenía de gracioso el padecer del protagonista y su huida bochornosa (se cargan más las tintas en él que en ella), así como los encuentros amorosos que rozan el patetismo. Ni siquiera como una pelicula de casos clínicos podría funcionar, dada la simpleza y el esquematismo de los dos caracteres-personajes en los que se basa.

El realizador Jena-Pierre Améris trata de hacer creíble esta historia de amor que triunfa a pesar de las dificultades que crean los dos personajes enclaustrados en sus respectivos sistemas cerrados de autodefensa y los retrocesos y equívocos que se producen entre los dos cuando están juntos, ante el asombro de los seres "normales" que les rodean que, curiosamente, no parecen percatarse de la anormal timidez de ambos.

El belga Benoit Poelvoorde ("Nada que declarar") encarna al timido enfermizo y la francesa Isabelle Carré, a la tímida, como maestra chocolatera poco verosímil. Como dice uno de los personajes "Lo importante del chocolate es su amargura" y, aunque no sea su intención seguramente, el director logra hacer una comedia amarga pretendiendo  hacer una dulce y alegre, a tenor con el tema: dos personas que viven en un mundo de chocolate se enamoran, ¿hay algo mas dulce que eso? Las paranoias de ambos lo hacen amargo. Lo unico dulce que el espectador saca es un deseo impaciente por ir a una pastelería y ponerse ciego de bombones, cuanto más sofisticados, mejor.

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16 noviembre 2011 3 16 /11 /noviembre /2011 09:00

mi vida perra

 

 

Hoy vamos a hablar de un libro dedicado aparentemente al amor a los perros. Se trata de "Mi vida perra", escrito por la periodista Almudena Montero. Se lee como una novela aunque está concebido como si fuera un diario, o mejor un blog, escrito por una mujer joven (treintañera, como recuerda el subtitulo, aunque a tenor con lo leído, sobra lo de "cualquiera") y lo editó Aguilar hace un tiempo, pero merece la pena recuperarlo y disfrutarlo.

Hay una enorme sencillez en el estilo de Almudena Montero, mucho sentido del humor y un retrato ligeramente ácido pero certero de la vida de una joven inquieta, culta y sagaz durante seis meses, haciendo hincapié en sus amigos, sus relaciones, la coexistencia con su perro, Baldo, y las oportunidades que el simple hecho de sacar a pasear al perro produce en su vida, por cierto, nada rutinaria o aburrida, algunas veces estresante pero siempre con una ventana abierta a la magia de cada día. Optimismo e inteligencia, unidas.

Cada día consignado por la autora va precedido por un apunte en cursiva, posiblemente de su propio blog, en el que se nos muestra un poco la “trastienda interior” de la escritora, en la que comparte con nosotros los elementos emocionales e intimistas de su mente, esos miedos, proyectos y deseos en los que se debate una mujer joven y muy activa. Con lo cual se nos hace el regalo de tener acceso al proceso interior emocional de la protagonista y, al tiempo, pero no necesariamente correlacionados con su vivir diario, los problemas en el trabajo, las citas personales, los enredos, sorpresas, aburrimientos e irritaciones y rutinas de cada día.

Un libro para divertirse entre la poesía de lo cotidiano, (dice: "He llamado al banco a ver si aún existo, parece que sí, pero poco"), la ternura, los malentendidos, los deseos frustrados o no y el caudal de emociones de una mujer sensible y observadora, con momentos hilarantes y retratos implacables de personas y personajes.

Las reflexiones de la autora, ("Esta mañana he decidido creer en Dios. Pero cuando he ido al baño me he encontrado con un letrero en el espejo que decía, "Soy YO el que no cree en ti". Y, la verdad, me ha quitado un peso de encima")  juegan con la seriedad del tema y la agudeza del comentario que a veces recuerdan las greguerías de Ramón Gómez de la Serna ("He desaparecido. He puesto carteles con mi fotografía por todo el barrio por si alguien me encuentra, para que pueda ponerse en contacto conmigo"). Su trayectoria por el barrio en el que vive, su vida sentimental ("cada vez estoy más convencida de que si no me gusta nadie lo reinvento… así tengo a alguien con quien seguir soñando") y su canto a la amistad y al amor, aunque éste se quede en grado de tentativa.

No se trata de un estudio sociológico con secuelas psicológicas, es un apunte directo de las vivencias de una mujer que se debate en algo que todos hemos vivido, el estrés del trabajo y la despersonalización de la vida ciudadana, las amistades electivas y las casuales, los amores sin futuro, los deseos sexuales, los problemas de autoestima y los excesos compensatorios.

La búsqueda de afecto en la alteridad humana (la parte animal está cubierta con la presencia babeante y enternecedora de Baldo, una excelente coartada para animar las relaciones), la nada reprimida expresión de las necesidades sexuales, el sufrimiento inevitable que supone ese estar-con-el-otro, están expuestos sin pretenciosidad, con una sencillez y un estilo simple, directo y divertido. Almudena, no ahorra detalles: nos habla con franqueza, sin tapujos, de sus deseos y de sus intentos de hacerlos realidad, con toda su cuota de errores y dolor.

Como retazo de vida que es, este libro se centra también en el entorno de la protagonista, el barrio donde vive Almudena y que tiene ese discutible pero vigoroso encanto de algunos barrios en las grandes ciudades (la acción del libro se desarrolla en Madrid y en uno de sus barrios emblemáticos, pero eso da igual) una fauna humana que se da casi sin diferencias en muchas ciudades.

Conclusión: Treintañeros- as que me leéis, este libro os gustará.

 

 

 

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