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10 abril 2019 3 10 /04 /abril /2019 07:03

 

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Este libro de Sherry Turkle, profesora del célebre MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) psicóloga de Harvard e investigadora, pone el acento en el efecto causal potencialmente negativo con que las nuevas tecnologías están incidiendo en las costumbres y las características de los seres humanos. La red digital nos va convirtiendo en simples terminales individuales que interactúan en un océano de conexiones virtuales que invaden todos los ámbitos de las relaciones humanas, desde el trabajo a los sentimientos, desde la educación a la familia, desde la diversión a la cultura. Uno de los síntomas más preocupantes y menos estudiados de ese efecto es el deterioro de un elemento relacional humano básico: la conversación. En ella se aúnan características capitales del ser humano, desde el lenguaje a la emotividad, los conocimientos y, sencillamente, el progreso, el entendimiento y la paz: es decir aquello que nos hace ser lo que somos y que, en última instancia, nos puede salvar como especie.

Para Turkle la tecnología online está provocando una huida relacional hacia la pérdida de la conversación cara a cara, lo cual produce efectos perniciosos  ya que "la conversación es la base de la democracia y los negocios, sustenta la empatía y es básica para la amistad, el amor, el aprendizaje y la productividad". Los últimos trabajos de esta científica cognitiva se basan en una serie de encuestas realizadas durante un período de cinco años en  diferentes escenarios, desde al ámbito laboral y educativo al familiar y sentimental. 

No se trata de demonizar las nuevas tecnologías de intercomunicación sino de usarlas en el contexto y momento oportunos sin permitir que monopolicen la facultad humana de comunicarse con el otro e interactuar de una forma empática, algo muy difícil si evitamos concienzudamente la relación cara a cara.

Como cuenta en su libro, resulta descorazonador comprobar empíricamente como los adolescentes y jóvenes van perdiendo la capacidad de escuchar e intervenir en las aulas, absolutamente absortos en enviar y contestar mensajes. No importa que se eleve la conexión al ámbito total del aula a través de grandes pantallas interconectadas donde se expone la materia y se invita a la  participación electrónica de los alumnos presentes en el aula e incluso de los ausentes. Con sorpresa y consternación los profesores comprueban que más de la mitad de los alumnos "están en otra cosa" mientras los pulgares de la mayoría vuelan sobre los teclados, incluso sin mirarlos en absoluto en un mundo virtual personal y excluyente que, paradójicamente, no tiene nada de íntimo. Estos jóvenes cambiar la intercomunicación íntima con la "sensación" de no estar solo mientras todo se vuelve virtual incluso del sentimientos y las emociones (a través de los emoticones, sustitutos icónicos de la emoción real).

Si la primera víctima de las guerras suele ser la verdad de lo que ocurre y por qué y para qué ocurre, la primera víctima de este "comunicarse virtualmente" es la reflexión y la autenticidad. Dentro de las estadísticas barajadas en el libro hay una condena inevitable a un modo de vida que comienza a ser menos vida real  y más escenario de actuación virtual: "Una cuarta parte de los adolescentes se conectan a un dispositivo durante los cinco primeros minutos después de despertar y envían una media de 100 mensajes de texto al día". Es una imposible y absurda lucha contra una soledad que no se sabe gestionar y a la que afrontamos con el fraude de la virtualidad electrónica.

Los críticos literarios escriben sobre la "falacia patética" que se produce cuando los autores increpan o califican los fenómenos naturales asignándoles una intencionalidad positiva o negativa: una tormenta cruel, una compasiva lluvia, un dulce atardecer. Hay una falacia patética globalizada con respecto a ese wasapear,  ese relacionarse virtual a través de pantallas, que acaban siendo una metáfora de la realidad contemplada a través de una ventana sin que nunca nos afecte personalmente.Imágenes y textos breves, dibujos y emoticones toman el lugar de nuestras emociones, ideas y sentimientos. He visto a una pareja sentada en un restaurante sin intercambiar ni una palabra, abismadas en sus respectivas pantallas, o asistentes a una boda o a un funeral que no dejan de recibir y emitir mensajes, ajenos e indiferentes a lo que ocurre a su alrededor. Vivimos en un universo paralelo y como las personas encadenadas en la cueva platónica, sólo vemos en la pantalla-muro las sombras de los objetos reales que desfilan a nuestras espaldas y que jamás llegamos a conocer. Aún más grave, estas personas de la cueva virtual-platónica ni siquiera saben que están encadenadas y sus cadenas está forjadas con bits, megas y artilugios electrónicos de última generación.

Nuestra autora no se muestra tan pesimista y sus percepciones son menos apocalípticas. Turkle abre un resquicio a la esperanza sobre la facultad de la tecnología y de las personas que la sobre emplean para encontrar una vehículo de manifestación de emociones y sentimientos que, simplemente, es distinto al habitual en el pasado reciente. Quizá pone el acento en la idea de que puede ser complementario y que ello no debería anular la capacidad conversacional sino ampliarla en cierto modo.

Quizá se debería analizar la cuestión recurriendo a la metáfora de las sillas que diseñó con ingenio el filósofo de la naturaleza Henry David  Thoreau: la conversación con nosotros mismos, el soliloquio,  de una silla, la de dos sillas cuando tenemos un interlocutor o las tres sillas cuando interviene una motivación digamos social o laboral . Por ello Turkle propone que la nueva e invasiva forma de comunicación mediante la nueva tecnología, sea la cuarta silla. Uno recuerda  la dura moraleja de la película "Her", en la que el protagonista se relaciona amorosamente con un programa informático interactivo e inteligente.

Los adolescentes se pasan horas ante las pantallas de sus móviles, tablets u ordenadores. Son incapaces de permitirse la libertad de aburrirse e imaginar juegos y actividades que les diviertan. Sus hermanos mayores, universitarios,  suelen mostrarse mucho menos empáticos de lo que era normal en los años que mis hijos o yo asistíamos a la universidad. Dirán ustedes, encogiéndose de hombros, "eso es normal. Eran otros tiempos". ¿Están seguros? ¿Creen que humanamente hablando, los deseos, pasiones, frustraciones y carencias de los jóvenes universitarios de 18 a 23 años eran tan distintos a los de ahora? ¿O solo ha cambiado la forma de satisfacerlas, remediarlas o soportarlas? Turkle nos informa que un 20 % de jóvenes entre 18 y 30 años contesta al móvil y mensajea mientras mantiene relaciones sexuales: 9 de cada 10 estudiantes envía mensajes en plena clase escolar; el 80 % duerme con sus móviles y la mitad de estos no desconecta nunca.Una gran parte de esos jóvenes sienten pavor a la hora de mantener una conversación directa persona a persona.  Otros acaban creando una personalidad falsa, virtual, favoreciendo patologías psicológicas  de dobles personalidades. Es la cuarta silla de Turkle que nos está llevando a estar más cómodos con las máquinas que con las personas ya que "tratamos a las máquinas como si fueran casi personas y tratamos a los seres humanos como si fueran máquinas" (vean "Her" y reflexionen al margen de la anécdota fílmica).

El mensaje esperanzador de Turkle se dirige a tomar conciencia del problema y crear espacios "que propicien la conversación", donde aprendamos a escucharnos, a debatir, a perder el miedo a la inmediatez que requieren las respuestas en un entorno de conversación humana directa, respetuosa y atenta para no caer en lo que decía Samuel Jhonson con ironía: "Hemos hablado bastante, pero no hemos conversado".

FICHA

EN DEFENSA DE LA CONVERSACIÓN.- Sherry Turkle.-Trad. Joan Eloi Roca.- 576 pp.11,90 euros.-Ático de los Libros.- ISBN 9788416222278


 

 

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8 abril 2019 1 08 /04 /abril /2019 09:37

El filósofo norteamericano de la era hippy, Alan Watts,  lo tenía muy proféticamente claro y así nos lo dice: la seguridad es una ilusión, una sombra, un equívoco. En un segundo nos puede cambiar la vida, parcial o totalmente. En un segundo ocurre algo que nos saca literalmente de nuestro mundo ficticio de cómodas seguridades. ¿Hay solución a ésto?  Lo mejor es seguir la máxima clásica: "relájate y goza del momento". Cuanto más te resistas más te va a doler. Eso además de una norma sanitaria, es psicológica y neurológica. Acepta la inseguridad como un elemento más de la existencia y vívela sin angustiarte,: habrá cambios, pero ¿quién dice que será para peor? ¿Quién puede asegurarlo? Cuando tienes unos añitos te acostumbras a relativizar las cosas que ocurren. Muchos eventos que parecen de entrada nefastos, a la larga muestran un rostro creativo y positivo y fueron el comienzo de algo nuevo y bueno. "Ver que no es razonable preocuparse no evita la preocupación; antes bien, uno se preocupa más al constatar que no es razonable" Por tanto, Watts y Spinoza coinciden: "Abre los  ojos, experimenta que eres parte de lo que existe, esa acción tan sencilla te transformará ya que muestra a través de la comprensión y la vida que muchos de nuestros problemas más desconcertantes son pura ilusión". El temor, el dolor, el pesar y el hastío seguirán siendo problemas si no los comprendemos, pero comprenderlos requiere una mente única y no dividida. Tu y la experiencia que vives sois la misma cosa. No estáis divididos..

Le seguridad es el apego al pasado, ya lo sabemos. A lo conocido. Es un condicionamiento que te cierra puertas y ventanas y te estrecha la vida, cuando no te la amarga. No puedes vivir apegándote al pasado, reflexiona. Las soluciones y remedios de antaño no suelen ser eficaces hogaño. En el mundo en que vivimos, nos diría Watts si aún viviera, la evolución viaja en jet y los  humanos seguimos avanzando a pie. Hemos de acostumbrarnos a lo nuevo, lo desconocido, lo inesperado que suele ser incierto por definición. Para ello hay que abrir nuevos caminos y amoldarse a los cambios (o ser arrasados por ellos). Las nuevas generaciones amarían a Watts. Ellos, ustedes, saben de qué hablo: un mundo en el que el cambio es un motor programado para buscar la excelencia. Aunque, realmente, nadie sabe adónde vamos a parar, en qué dirección nos movemos. Y como dice el chiste: ¿Habrá taxi para volver? Quizá al final de nuestro camino descubramos algo que sabíamos desde el primer paso: la sabiduría de vivir consiste en aceptar la inseguridad como algo inevitable y amoldarnos a ella.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 abril 2019 7 07 /04 /abril /2019 09:30

 

 Lawrence Freedman ha sido profesor de Historia Militar en el Kings College de Londres y aunque sigue en la vida académica se ha convertido en uno de los mayores expertos  en estrategia militar. Sus libros sobre la guerra fría y la estrategia nuclear, sobre la guerra de las Malvinas (de la que fue nombrado historiador oficial) y sobre las in­tervenciones estadounidenses en Oriente Medio, la han catapultado al servicio oficial gubernamental, en la comisión oficial que investiga la participación del Reino Unido en la guerra de Irak y es asesor de los gabinetes oficiales que estudian las estrategias bélicas que hay que plantear según los escenarios que se vayan produciendo. 

"La guerra futura" es un libro brillante, pero también causa alarma y desazón. Ya en la primera parte, analiza las actitudes de británicos, estadounidenses y franceses ante las brutales amenazas de Hitler y peor aún hacia sus actos de expansión bélica territorial.  La guerra que se anunciaba con tanta evidencia y salvajismo era "demasiado horrible para imaginársela". Los políticos y gobiernos prefirieron en general aceptar  una política de apaciguamiento y tolerancia hacia Hitler, porque la alternativa de la guerra generalizada era como dijo el inglés Chamberlain "horrible, descabellado e increíble". Parece ser un estereotipo humano, vemos llegar el huracán pero siempre pensamos que nos vendrá hacia nosotros, aunque la evidencia (y la historia) muestran que había suficientes señales como para saber que nos arrasaría. Este es el nudo de la cuestión que Freedman demuestra en su libro: realmente, ¿nos sorprendería que Trump y Corea del Norte, la China emergente y expansiva y un Putin agresivo, el fanatismo yihadista y algunos otros conflictos con la espoleta dispuesta, hicieran cabalgar los jinetes del Apocalipsis? Y si es así de qué manera ocurriría, cómo serán las guerras que se avecinan, el género de la ciberguerra y el papel de los robots y los drones en el escenario de destrucción localizada o masiva. Todo ello explicado en un contexto realista, lógico y horriblemente plausible.

Y en estos escenarios posibles lo único que no parece acertar son los pronósticos de los "especialistas". Critica Freedman ciertos informes de los comités de especialistas en polemología, como cuando se habla de la eficacia del "primer golpe por sorpresa" (que nunca es seguro, por simple lógica) como manera de evitar guerras extensas, pasando por el papel de las sociedades civiles ante una guerra prolongada o brutalmente sanguinaria. La historia pasada nos muestra que desde las guerras coloniales europeas, a la guerra fría y su secreta virulencia, a las espadas en alto entre las grandes potencias, la lucha contra el terrorismo y la proliferación de bandas urbanas brutales en las megaciudades, los panoramas descritos por los "especialistas", generales, espías y estrategas y sus explicaciones, en ningún momento sirvieron para algo positivo. Freedman nos relaja un poco hablándonos de las obras literarias en las que se vaticinaban los horrores de la guerra del futuro, desde Orwell a Conan Doyle, Verne y H.G. Wells (que acertaron en varios aspectos de la tecnología bélica, aunque no en el sueño de que habría un futuro sin guerras en el horizonte). Pero no tarda en mostrarnos su convicción de que ese sueño es absurdo dada la condición humana y las circunstancias económicas y sociales en que vivimos. Para ello carga contra el psicólogo Steven Pinker que en su obra "Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones" sostiene que "el declive que se aprecia a largo plazo en las tasas de homicidio intencional, en los indices de crueldad estatal y en la incidencia de conflictos bélicos es un reflejo del paulatino triunfo de "nuestros mejores ángeles", la empatía, el autocontrol y la moralidad sobre los "demonios internos" de la violencia, la dominación, la venganza, el sadismo y la ideología". Freedman califica de utópica y poco científica la obra de Pinker y aporta datos y estadísticas que muestran un escenario nada optimista, debido a las dificultades que presenta la contención de la guerra (en el sentido de limitar potencialidad destructiva, tanto en el tiempo como en el espacio) y, en segundo lugar, la existencia de investigaciones en todos los países enfrentados en torno a un tipo de fuerza decisiva capaz de asestar un mazazo inapelable al enemigo y poner fin a las contiendas de forma rápida y victoriosa. Con lo cual se olvida un principio histórico básico: una vez empezada la guerra nadie puede saber cuál va a ser su curso y menos su resultado final. Y una consecuencia lógica: dada la apabullante potencia de las nuevas tecnologías bélicas, lo más seguro es que acabemos todos metidos en una catástrofe global.

Freedman parece dominar las previsiones estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña pero no tiene el mismo caudal de datos respecto a rusos, chinos o coreanos del Norte. Por tanto su análisis es tan discutible, a nivel absoluto, como lo es la teoría del "golpe aplastante" que acabará con la rendición del enemigo y una paz negociada. Pero lo más preocupante es que el escenario actual está siendo dirigido por líderes que parecen surgidos de "1984"  de Orwell. La realidad podría ser peor con gente como Trump, Putin o Kim Yong. Sin embargo, como dice Pinker en su obra, el catastrofismo es un riesgo que hay que desechar pues nos lleva al pánico y oculta posibilidades y hechos que pueden variar los desenlaces catastróficos.

Freedman relaciona al taoísta Chang Tzu con su visión de la estrategia basada en lograr escenarios en los que la guerra no sea necesaria para conseguir los objetivos de los contendientes y en Maquiavelo que busca el dominio absoluto a través de la astucia y la dureza aplicada con estrategia de desgaste. Aplicar los ideales de la Ilustración, la razón y la ciencia, para hacer de la guerra una mala solución de los problemas, pero en caso de no poder impedirla tratar de minimizar sus efectos, exponiendo la imposibilidad de controlar todos los aspectos negativos. No se puede evitar la guerra sin hacer ninguna concesión política: la disuasión nuclear termina por perder su capacidad de contención.

El terrorismo, el hambre, el agua, los carburantes y la energía, las megaciudades, la ciberguerra, los elementos peligrosos de la trama mundial pueden ahogar cualquier tipo de estrategia por su inmediatez destructiva. Las proyecciones que los expertos hacen de escenarios conflictivos tiene, según Freedman, poca eficacia, ya que los elementos no previsibles o incontrolados pueden variar de manera drástica las situaciones. Como dice el profesor, "La historia la hacen personas que no saben qué va a pasar a continuación". Los profetas en general se equivocan cuando tratan de predecir el tipo de guerras que puede depararnos el futuro. Y, asegura que, tanto las legislaciones internacionales contrarias a la guerra como el deseo utópico de criminalizarlas  no tienen apenas relevancia sobre las necesidades militares y la osadía ciega de algunos políticos.

FICHA

LA GUERRA FUTURA.- Lawrence Freddman.- TRad. Tomás Fernández.- Ed. Crítica.-585 págs- 24,90 euros.- USBN 9788491990628


 

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5 abril 2019 5 05 /04 /abril /2019 09:32

"El deseo es la esencia del hombre". Eso escribió Spinoza. Y con ello no logró gran cosa, porque en el siglo XVII, un judío rechazado por su Comunidad, perseguido y anatematizado, en una sociedad cristiana fanatizada, no podía tener ninguna relevancia. Cuatro siglos más tarde, Spinoza es una de las grandes figuras emblemáticas de la Filosofía de todos los tiempos. Y sus trabajos sobre las pasiones y emociones, sobre la felicidad del ser humano y sobre la trascendencia del cambio preciso para una vida mejor y auténtica, forman parte de núcleo duro de la excelencia a la que debería aspirar el género humano. Spinoza llamaba "conatus" a ese esfuerzo que hacemos para perseverar y crecer dentro de nuestro propio ser. El deseo es el motor, ya que sin deseo se apaga la llama de la vida. Hemos crecido bajo doctrinas e ideas que penalizaban el deseo como algo impuro, una carencia (según Platón), un afecto indiferente (según los estoicos) un pecado (según el ascetismo cristiano). Por cierto, ¿saben que en hebreo la palabra pecado significa "rumbo equivocado" y por tanto corregible? Así lo entendía Jesús... pero el cristianismo lo convierte en algo culpabilizador, condenable.

Spinoza entiende el deseo como algo que no es peligroso en sí mismo, sino  necesario para la vida. Pero hay que orientarlo y conducirlo hacia lo que nos puede alimentar la existencia y evitar que se convierta en pasiones inalcanzables. Suprimir o limitar el deseo en nombre de un ideal perfecto de persona, en una moral sobrehumana del deber, conduce a la tristeza. Hay que dirigir el deseo, orientarlo mediante la razón y la comprensión hacia personas o cosas que hagan crecer nuestra potencia, nos enriquezcan, nos llenen de alegría de vivir. Spinoza nos recuerda que la mayor parte de las grandes corrientes filosóficas de la antigüedad (Aristóteles, Epicuro, Pirrón, Séneca) advierten que hay que guiar al deseo mediante la razón y la voluntad, ya que estas dos por sí solas no pueden hacernos cambiar, necesitan necesariamente al deseo. Y nos dice, "un sentimiento solo puede ser contrariado o suprimido por otro sentimiento más fuerte". Y como diría un psicoanalista actual, Spinoza (nacido en 1632 y fallecido con 44 años), nos advierte que el odio, el amor contrariado, los temores no los hace desaparecer la razón o la lógica, sino la búsqueda a través de esas dos funciones mentales de una satisfacción personal, una amistad entrañable, un objetivo noble, una distracción intensa, un sentimiento más fuerte en suma que el que nos hacía daño; un afecto positivo que nos libere de la dependencia negativa.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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3 abril 2019 3 03 /04 /abril /2019 15:29

La neozelandesa Katherine Mansfield, que falleció con 34 años víctima de la tuberculosis en 1923 es, sin lugar a dudas, una de las creadoras de la narrativa corta moderna. A mi entender, superior a Chejov, con quien se la comparó por el estilo y la temática, y envidiada y admirada a partes iguales por Virginia Woolf, sólo llegó a publicar tres libros de relatos , "En una pensión alemana" (1911), "Felicidad y otros cuentos" (1920) y el que hoy comentamos, publicado poco antes de su fallecimiento. Como Kafka y otros autores "traicionados" por su amigos  y familiares, el marido de la Mansfield,  el crítico y editor John Middleton, se negó a cumplir la petición de su esposa de que quemara todos "sus papeles" tras su muerte. Posteriormente se publicaron varios libros de cuentos, un Diario, correspondencia y un poemario. 

La delicadeza de sus textos, la profundidad de sus personajes, el cuidado por los detalles aparentemente banales que muestran un rasgo de carácter del personaje o poetizan un lugar, sugieren una emoción o desvelan un misterio, una contradicción, una debilidad. Es un universo femenino dotado de una inteligencia y una sensibilidad  que fascina al lector, lo atrapa y juega con él. Un mundo en el que los varones generalmente hacen un papel secundario, espectadores o actores perplejos ante un mundo misterioso y atractivo en el que las cosas  más cotidianas parecen tener un valor esquivo, significativo, simbólico o sentimental en el mejor sentido de la palabra. Hay una mujer especialmente dotada, tal vez por su corta existencia llena de enfermedades y sufrimiento o su inteligencia ávida de emociones y llena de poesía. "Y la tarde perfecta floreció lentamente, se fue marchitando lentamente y lentamente dejó caer sus pétalos" (pág. 30). "La fiesta en el jardín", el primero de los cuentos tiene un regusto amargo e irónico que muestra la decepción de Laura, la pequeña de la casa que pretendía anular la fiesta por la terrible muerte de un hombre joven y humilde que vivía cerca de la mansión de la familia protagonista, de la clase alta, en una casucha llena de niños, sus hijos. "Esto no es la vida", resume la niña la miseria que ha visto al llevar una cesta llena de los alimentos sobrantes de la fiesta a la chabola donde vive la familia del muerto.

La voz tan personal de la Mansfield resuena en relatos como "El cansancio de Rosabel", donde los sueños de una bella dependienta sobre una pareja de alta posición, ocupando ella el lugar de la otra dama, acaba cuando "Ya los dedos fríos de la aurora tocaron la mano que Rosabel tenía fuera del cobertor"  y Rosabel sonríe porque "su herencia era aquél trágico optimismo, que tantas veces es la única herencia de la juventud". O nos desconcierta con el vaivén emocional de otra muchacha en "El vaivén del péndulo" o la de la maestra de canto "madura" (sólo tiene treinta años pero sigue soltera) a la que su pretendiente abandona en principio. Y también en la historia de amor inconcluso en "Algo infantil, pero muy natural". O nos emociona en "La niña" ante una pequeña aterrorizada por la enorme figura de su padre, gritón y autoritario. En todos los relatos brilla como una piedra preciosa la dolorida sensibilidad de la autora, su visión crítica, avergonzada de la mezquindad de las personas, la crueldad inesperada y sin sentido de otras y todo ello con un estilo cuidadoso, suave y certero en la adjetivación y agudo como un estilete en las observaciones ante los gestos y actitudes de las personas, hombres y mujeres. En la descripción de los hechos late el mensaje más o menos oculto que el talento de la escritora nos hace llegar, ese contenido mágico que tienen algunas situaciones, donde se revela la naturaleza humana, en su inocencia o su malicia, en su humor o su nostalgia, en la pena y las alegrías súbitas y casi infantiles. La alargada sombra de Jane Austen parece influir tanto como Chejov en K.M. Una Austen trasladada a principios del siglo XX, en el que la emancipación femenina ya comienza a despuntar. Es el mismo mundo de matices, de clarooscuros, de soledades y encuentros, de malentendidos y opacidades sin posible explicación, a veces sombríos y absurdos, otras deslumbrantes y por debajo de todo una ironía sutil y elegante que muestra más que define y ataca los prejuicios de género que en esa  época aún eran demasiado evidentes y dolorosos.

No se pierda este bello conjunto de relatos.

FICHA

LA FIESTA EN EL JARDÍN.- Katherine Mansfield.- Ediciones Espuela de Plata.- Trad. José María Souvirón.-161 págs. ISBN 9788417146573

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2 abril 2019 2 02 /04 /abril /2019 08:56

A veces uno lee casualmente un libro que nos atrae por su título, su estilo o su autor. O las tres cosas juntas. Eso me ha pasado con "La paradoja de la sabiduría" y su autor, el neurocientífico Elkhonon Goldberg, de la Universidad de Nueva York, cuya ironía judía y una ruda franqueza de origen ruso aplicados a un discurso sobre el cerebro, la mente  y las actividades increíbles de las neuronas, ha suscitado en mí  una curiosidad considerable. ¿Se puede explicar el fenómeno de la sabiduría a través de principios neurológicos y biológicos? La ilación tradicional entre la edad y la sabiduría no es un capricho cultural. Los neurólogos comienzan a defender que el envejecimiento de la mente no sólo tiene pérdidas mentales relacionadas con la mayor o menor neuroerosión, aseguran que en algunos casos la vejez conlleva un aumento de la competencia y de la pericia que pueden convivir con la pérdida de memoria o la capacidad sostenida de concentración. ¿Cuáles son esas ventajas que aumentan con la edad (repito: en algunas personas y siempre pertenecientes a un tipo determinado: sujetos de larga experiencia cognitiva, curiosos, sanos y de una permanente actividad mental)? Se trata de todo lo relacionado con la resolución de problemas, en un sentido muy amplio del término, que toma la forma operativa de reconocimiento de patrones (capacidad de la mente para reconocer en un objeto o problema nuevos un elemento de una clase ya familiar de objetos o problemas). La toma de decisiones se apoya en moldes cognitivos que han sido forjados por décadas de trabajo intelectual, reflexión y estudio. Los neurocientíficos llaman "atractores" a esos moldes cognitivos: se trata de una constelación de neuronas ligadas por fuertes conexiones. Múltiples y diversas  impresiones sensoriales activan un mismo atractor que codifica de manera automática y con gran simpleza y sencillez el patrón. Esta pericia de comprensión y actuación en personas de edad avanzada (de las que la historia da múltiples ejemplos en toda la gama de las actividades humanas) tiene la habilidad de resistir a los efectos del deterioro neurológico. La sabiduría, un bien que nadie inteligente cree poseer, es un punto clave de la excelencia. Goldberg apunta que tiene que ver con "la capacidad de conectar lo viejo con lo nuevo, de aplicar la experiencia previa a la solución de problemas nuevos". Los sabios son percibidos por otros como "sujetos  dotados de una habilidad única para encarar un problema o situación y resolverlo". 

A mis moldes cognitivos, relacionados con la filosofía y la psicología durante casi toda mi vida, les cuesta aceptar la visión de la sabiduría que nos proponen los neurocientíficos. Intuitivamente no me quedo satisfecho. Creo que podría ser todo eso...y algo más. Seguiremos con el tema.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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1 abril 2019 1 01 /04 /abril /2019 09:00

 

 

Estamos viviendo una época especialmente complicada. Necesitamos un compromiso dinámico e incesante con la cultura con mayúsculas. Es decir, yendo a la raíz etimológica de la palabra, con el cultivo del conocimiento de la realidad y las formas de preservar los saberes, las técnicas y la historia de la humanidad, los valores genuinos de la personalidad humana y el amparo y cuidado de las condiciones en las que es posible prosperar como género y preservar el conjunto del hábitat en el que vivimos, nuestro bastante esquilmado planeta. Todo eso es Cultura. Ella nos define y nos hace crecer. Pues bien, la Cultura está en peligro apocalíptico una vez más. Como lo estuvo en varias ocasiones en el malhadado siglo XX y en el XXI tiene todos los números para superar aquella marea terrorífica de muertes y destrucción. De eso trata este artículo -ojalá no tenga nada de profético-  y también de dos visiones optimistas que ponen entre paréntesis el horror y ofrecen varios "remedios" o cautelas para frenar esa dinámica de la mayor barbaridad que podría cometer la humanidad: la guerra global. Una hecatombe que podría desencadenarse en cualquier momento tras un análisis objetivo de la situación mundial, el inestable equilibrio entre las grandes potencias y los líderes más poderosos y peligrosos que hemos tenido la mala suerte de traer simultáneamente a esta misma época.

Para comprender y reflexionar sobre esta ecuación de realismo, pesimismo y optimismo, les sugiero la lectura de tres libros, cada uno de ellos de un valor documental, lógico, científico y político de primer orden. "La guerra futura" de Lawrence Freedman, un experto británico en historia de los conflictos bélicos, catedrático universitario y alto funcionario de gabinetes estatales dedicados al estudio de posibles escenarios bélicos, es el primero de ellos. "En defensa de la Ilustración" de Steven Pinker, es el segundo. Pinker es un defensor de los valores de aquél movimiento histórico: la razón, la ciencia y el humanismo. En su libro nos envía un cauteloso pero optimista mensaje de esperanza. Y el tercero es "Fact Fulness", donde el trío familiar sueco compuesto por Hans Rosling, Ola Rosling y Anna Rosling nos demuestra cómo los prejuicios y el mal uso de los datos y estadísticas, de la información en suma, condicionan una visión del mundo errónea que facilita una deriva peligrosa hacia el desastre cuando, como ellos demuestran con datos comprobables, "las cosas está mucho mejor de lo que piensas".

Por razones metodológicas (y simbólicas) empecemos por la "cruz" de la situación. La cruz en la que se puede estar clavando el mundo que conocemos y sobre todo al mundo al que aspiramos. El libro de Freedman es brillante, pero también alarmante y desazonador. Ya en la primera parte, analiza las actitudes de británicos, estadounidenses y franceses ante las brutales amenazas de Hitler y peor aún hacia sus actos de expansión bélica territorial.  La guerra que se anunciaba con tanta evidencia y salvajismo era "demasiado horrible para imaginársela". Los políticos y gobiernos prefirieron en general aceptar  una política de apaciguamiento y tolerancia hacia Hitler, porque la alternativa de la guerra generalizada era como dijo el inglés Chamberlain "horrible, descabellado e increíble". Parece ser un estereotipo humano, vemos llegar el huracán pero siempre pensamos que nos vendrá hacia nosotros, aunque la evidencia (y la historia) muestran que había suficientes señales como para saber que nos arrasaría. Este es el nudo de la cuestión que Freedman demuestra en su libro: realmente, ¿nos sorprendería que Trump y Corea del Norte, la China emergente y expansiva y un Putin agresivo, el fanatismo yihadista y algunos otros conflictos con la espoleta dispuesta, hicieran cabalgar los jinetes del Apocalipsis? Y si es así de qué manera ocurriría, cómo serán las guerras que se avecinan, el género de la ciberguerra y el papel de los robots y los drones en el escenario de destrucción localizada o masiva. Todo ello explicado en un contexto realista, lógico y horriblemente plausible.

Y en estos escenarios lo único que sobra son los pronósticos de los "especialistas", critica Freedman, como cuando se habla de la eficacia del "primer golpe por sorpresa" (que nunca puede ser seguro) como manera de evitar guerras extensas, pasando por el papel de las sociedades civiles ante una guerra prolongada o brutalmente sanguinaria. La historia pasada nos muestra que desde las guerra coloniales europeas, a la guerra fría y su secreta virulencia, a las espadas en alto entre las grandes potencias, la lucha contra el terrorismo y la proliferación de bandas urbanas brutales en las megaciudades, los panoramas descritos por los "especialistas", generales, espías y estrategas y sus explicaciones, en ningún momento sirvieron para algo positivo. Freedman nos relaja un poco hablándonos de las obras literarias en las que se vaticinaban los horrores de la guerra del futuro, desde Orwell a Conan Doyle, Verne y H.G. Wells (que acertaron en varios aspectos de la tecnología bélica, aunque no en el sueño de que habría un futuro sin guerras en el horizonte). Pero no tarda en mostrarnos su convicción de que ese sueño es absurdo dada la condición humana y las circunstancias económicas y sociales en que vivimos. Para ello carga contra el psicólogo Steven Pinker que en su obra "Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones" sostiene que "el declive que se aprecia a largo plazo en las tasas de homicidio intencional, en los indices de crueladad estatal y en la incidencia de conflictos bélicos es un reflejo del paulatino triunfo de "nuestros mejores ángeles", la empatía, el autocontrol y la moralidad sobre los "demonios internos" de la violencia, la dominación, la venganza, el sadismo y la ideología". Freedman califica de utópica y poco cientifica la obra de Pinker y aporta datos y estadísticas que muestran un escenario nada optimista, en el que crece la comprensión de las dificultades que presenta la contención de la guerra (en el sentido de limitar potencialidad destructiva tanto en el tiempo como en el espacio) y, en segundo lugar, la existencia de investigaciones en todos los paises enfrentados sobre un tipo de fuerza decisiva capaz de asestar un mazazo inapelable al enemigo y poner fin a las contiendas de forma rápida y victoriosa. Con lo cual se olvida un principio histórico básico: una vez empezada la guerra nadie puede saber cuál va a ser su curso y menos su resultado final. Y una consecuencia lógica: dada la apabullante potencia de las nuevas tecnologías bélicas, lo más seguro es que acabemos todos metidos en una catástrofe global.

Freedman parece dominar las previsiones estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña pero no tiene el mismo caudal de datos respecto a rusos, chinos o coreanos del Norte. Por tanto su análisis es tan discutible, a nivel absoluto, como lo es la teoría del "golpe aplastante" que acabará con la rendición del enemigo y una paz negociada. Pero lo más preocupante es que el escenario actual está siendo dirigido por líderes que parecen surgidos de "1984"  de Orwell. La realidad podría ser peor con gente como Trump, Putin o Kim Yong. Sin embargo, como dice Pinker en su obra, el catastrofismo es un riesgo que hay que desechar pues nos lleva al pánico y oculta posibilidades y hechos que pueden variar los desenlaces catastróficos.

Su libro "En defensa de la ilustración" escrita después de la obra criticada por Freedman, se basa en la idea de que  aunque la vida humana nunca será  perfecta, siempre podemos mejorar en algunos de sus aspectos y para ello qué mejor receta que aplicar los principios básicos de la Ilustración que en el siglo XVIII llevó a una parte de la Humanidad a "un baño de purificación moral" como escribió Alfred North Whitehead: la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. El objetivo era "llevar al máximo el auge de todo lo humano, ya sea la vida, la salud, la felicidad, la libertad, el conocimiento, el amor o la riqueza de las experiencias".

Pinker trata de convencernos de que tal vez ha llegado el momento dorado (a pesar de las circunstancias y las apariencias terroríficas que nos muestra Freedman) para que la Humanidad despegue de los temores, engaños y esclavitud de la Caverna platónica en la que nos ha metido el siglo XX. Como argumentos y pruebas nos va ofreciendo estadísticas, gráficos, pruebas documentales donde se demuestra el aumento de esperanza de vida en casi todos los paises del mundo, un abultado descenso de mortalidad por enfermedad acompañado de signos cientificos esperanzadores de curación de flagelos como el cáncer o el Sida o las ETS (también según qué parte del mundo cubre los datos), un nivel educativo creciente y las facilidades increíbles hace solo diez o veinte años en el campo de la información, el ocio y la formación, de las nuevas tecnologías. Tal vez Pinker tiene demasiado focalizado el mundo occidental y el norteamericano y canadiense en especial, pero ello no quita interés al esfuerzo del autor por  ofrecernos motivos de esperanza en estos tiempos difíciles. Y para mostrarnos que no vive de espaldas a la realidad en su fascinante discurso positivista, Pinker recuerda que el advenimiento de Trump podría suponer un paso atrás en el progreso anunciado y no sólo para Estados Unidos, también para el resto del mundo dada la globalización de los peligros que el aludido sujeto es incapaz de valorar: el cambio climático, la paz, la conciencia clara de que las armas nucleares (mejoradas y ampliado su poder dese 1945) no deben ser utilizadas otra vez.

En el polo opuesto de Pinker, lo líderes populistas que comienzan a surgir en todo el mundo como una peste y ofrecen el autoritarismo y las dictaduras disfrazadas como solución, sólo ven y propagan un escenario mundial en el que "todo va mal": delincuencia, mafias, bandas urbanas, terrorismo, inmigrantes no deseados creando mayor pobreza, inseguridad y desconcierto. Y sin percatarse de que ellos forman parte del problema no de la solución aseguran con voces destempladas que ya no hay conciencia moral en el mundo. 

El optimismo de Pinker apuesta por una mayor mentalización de las sociedades y sugiere un esfuerzo para tratar de ver que los problemas del mundo, con nuestros medios y tecnologías, tienen solución y que hay que ponerse a ello. Cita una metáfora del economista Paul Romer que distingue el "optimismo complaciente" del niño que espera que todo lo que ansía le llegue como llovido del cielo, del "optimismo condicional" del niño que sueña con tener una cabaña en el árbol de su jardín y consigue primero la madera y los clavos para construirla y se ponga a ello inmediatamente. 

Precisamente algunos de los ataques más duros de Pinker también conciernen a ciertos comentaristas notables que, asustados ante la situación mundial, ya en 2016 comenzaron a certificar el bajón ético de los países de occidente, del mundo árabe y el oriental, principalmente China y Japón. Y en general consideraron que los valores de la Ilustración habían quedado en un residuo histórico nostálgico. Parece que a Pinker la "conciencia crítica"  de ciertos filósofos, profesores y pensadores, le parece excesivamente negativa.

Para callar a estos "augures de malas noticias" (con la vista muy buena, razonable  y realista, por otra parte), Pinker nos va desgranando citas y estadísticas de mejora mundial en ámbitos de cultura, ciencia. movimientos ciudadanos humanistas y recomienda una página web de periodismo económico, Quarz, que ofrece una lista de links de "buenas noticias del año 2017", como "la retirada del leopardo de las nieves de las especies en peligro de extinción, la provincia de Pakistán que había plantado 1.000 millones de árboles a lo largo de los dos años anteriores en respuesta a la inundaciones de 2015, el espectacular descenso del número de afectados por la dracunculiasis, enfermedad parasitaria invalidante causada por ingerir agua en mal estado, (de 3,5 millones de casos en 1986 a solamente 30 en 2017), y el lento pero constante aumento del número de mujeres diputadas en todo el mundo, desde el 12% de 1997 al actual 23%."

Bueno, precisamente para valorar el sesgo informativo de parcialidad o manipulación que supone el uso de datos, estadísticas y noticias, entra en liza el tercero de los libros recomendados: "Fact Fulness" de Hans Rosling y familia en el que a base de gráficos, tablas, analogías, estadísticas comparadas y demás herramientas de la información, se nos ofrecen diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que piensas". Lo cual en realidad supone que este comentarista apuesta por el optimismo, ya que este libro es la constatación de muchos de los puntos que Pinker ofrecía en sus dos libros citados. La guinda la pone el mismísmo Bill Gates que después de leerlo se comprometió a regalar un ejemplar a cada graduado universitario de su país.

Lo que Rosling pretende es enseñarnos a valorar e interpretar los datos numéricos informativos que se nos ofrecen de manera masiva, aceptando de entrada los problemas y dificultades que el mundo tiene (negarlos sería absurdo), enseñándonos a asimilar de forma correcta las estadísticas y la tendencia tan humana de prestar más atención a las historias dramáticas o alarmantes que a las positivas y esperanzadoras. Y así "los diez instintos que nos impiden ver el mundo objetivamente, tienen que ver con el miedo, el pesimismo, los tamaños desmesurados en la presentación de algunos datos o hechos, muy lejos de su justa medida, la tendencia binaria que se salta el espacio intermedio de las cosas y la polarización hacia sesgos educativos o ideológicos o religiosos. Estos instintos no nos permiten poner los hechos en perspectiva y relativizarlos.

Comienza con presentarnos un test que nos muestra de manera sorprendente los errores de interpretación más comunes en las que casi todo el mundo cae. Pero eso sólo es el principio, luego leerán datos y noticias absolutamente notables que han estado a nuestra disposición y no hemos sabido ver ni calibrar. Los autores Rosling han buscado información relevante, observan con rigor y seriedad los hechos ( a eso se refiere el título del libro, difícil de traducir) y nos explican lo que debimos leer, con una claridad meridiana y unos gráficos de gran calidad y exactitud. Tanta que, como en el caso que nos muestran los gráficos de la páginas 40 y 41, cambia sustancialmente nuestra manera de considerar el problema de la mortalidad infantil en el mundo.

Se nos dice que miles de millones de personas han salido de las cotas de pobreza total  que históricamente se mantenían casi inalteradas (aunque quedan bolsas de pobreza extrema en diversos paises), pero la regla general lleva a familias con menos hijos, más sanidad y más enseñanza, un nivel modesto de bienestar que va creciendo sin cesar (pero no es noticia relevante para casi ningún medio de comunicación). El mensaje de los Rosling no es complaciente, reconocen la gravedad de los problemas a los que debemos enfrentarnos, sino activista: en el sentido de que debemos esforzarnos en ir reparando las deficiencias y aprovechando los recursos científicos para mejorar la situación del mundo más desfavorecido, ese que según datos revelados en este libro, está formado por personas que deben vivir con menos de un euro al día, una de cada diez personas (hace cincuenta años era una de cada dos).

Ese sesgo catastrofista de los medios de comunicación (las buenas noticias no son noticia, la felicidad no nutre la historia, un periódico que sólo diera buenas noticias, cerraría al segundo número), forma parte de la condición humana y no de puede hacer  nada por remediarlo, aunque sí por suavizarlo con informaciones relevantes, honestidad  y moralidad social en los medios, mayor educación ética y en empatía  en las escuelas y universidades... Educar para que las personas decidan mejorar el mundo en la medida de sus posibilidades, porque sí hay maneras de combatir la pobreza o de evitar las guerras, si descartamos la pasividad o el pasotismo egoísta (mientras no me toque a mí). Las estadísticas nos confirman, según Rosling, que las cosas no van cada vez peor, hay que resaltar los progresos tanto como las medidas para sustentarlo. 

Destaquemos la ruptura que hace el libro de tópicos como "la brecha existente entre ricos y pobres", cuando lo cierto es que es un continuum que va desde los muy ricos a los muy pobres y está en su mayor parte ocupado por la gente que va de uno al otro. Así pues, los ingresos diarios por persona son para Rosling el indicativo principal de los modos materiales de vida, más que la cultura, la religión o el régimen político en el que viven las personas.

Hans Rosling murió el 7 de febrero de 2017 de un cáncer de páncreas. Hasta el último momento de lucidez estuvo corrigiendo las pruebas de este libro que no pudo ver publicado. Sus colaboradores, su hijo y su nuera, nos dicen al final del volumen: "El sueño de Hans de una visión del mundo basada en datos reales sigue vivo en nosotros y esperamos que siga vivo también en tí". Así sea.

 

FICHAS

LA GUERRA FUTURA.-Lawrence Freedman.-Traducción de Tomás Fernández Aúz. Crítica. Barcelona, 2019.- 592 páginas. 24,90 €.- ISBN 9788491990628

EN DEFENSA DE LA ILUSTRACIÓN.- Steven Pinker.- trad. Pablo Hermida.- En Paidós.-32 euros.-741 págs. ISBN 9788449334627

FACT FULNESS.- Hans Rosling, Ola Rosling y Anna Rosling.- Ed. Deusto. 345  págs. 22,50 euros. ISBN 9788423429967

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31 marzo 2019 7 31 /03 /marzo /2019 09:39

 En su obra "Etica", el filósofo Baruch Spinoza -mediados del siglo XVII- hace un par de afirmaciones, entre otras  que le valieron su expulsión "eterna" -un "herem"- de la Comunidad judía. En esto no sirve de nada el paso de los siglos: en 1953 David Ben Gurion propuso a Spinoza como uno de los "padres" del nuevo Estado judío, y  en 2015 una serie de personalidades judías de las ciencias y las artes pidieron al gran rabino de Ámsterdam que levantara el edicto contra Spinoza. ¿Que mensajes emitió la obra de Spinoza para que alimentaran un odio "eterno" contra él de sus hermanos de religión? (más bien de etnia; Spinoza nunca fue practicante judío). 

Aparte de su concepción de Dios -tan alejada del Dios hebraico y del cristiano- "Dios es Todo" y "Tu formas parte de Dios", un Dios cósmico que no castiga ni atiende los ruegos de los hombres, hizo observaciones tan sagaces pero comprometedoras como "El odio de las naciones  es lo más adecuado para la conservación de los judíos; eso es lo que ha demostrado la historia y la experiencia". Es decir, las persecuciones han reforzado el sentimiento de identidad judía. Y en otro lugar escribe: "Dios no muestra hacia los judíos exigencia particular alguna y les pide únicamente que observen la ley natural que obliga a todos los mortales". Rechaza pues el tópico victimista judío del "pueblo elegido por Dios" y denuncia que se usan las persecuciones histórica con retro-utilidad  étnica: nos persiguen, luego sufrimos y ese sufrimiento justifica cualquier reacción por dura que sea...en el futuro. Los jóvenes extremistas judíos se graban en el brazo el número del campo de concentración donde estuvieron sus abuelos y se sienten justificados para tomar cualquier medida violenta actual contra personas que no tienen nada que ver con los nazis. Es una forma de victimismo justificativo de hechos atroces que no ocurre solo entre los judíos, sino entre muy distintas etnias, desde los alemanes (época nazi), a los negros  americanos, el Ku-Klux-Klan y los Black Panther,  pasando por las feministas o los machistas y homófobos extremos, o los conflictos nacionalistas de muchos países desde los bosnios y serbios, los kurdos y los armenios a, en menor escala, los catalanes o los vascos y en el otro lado del espectro a los ultras violentos y descerebrados de derecha o izquierda que crecen al amparo de las crisis. Y es que el victimismo está de moda. Principalmente porque es cómodo, conlleva un supuesto derecho a no ser discutido y por tanto a no razonar, es el pretexto que justifica la violencia, el "derecho histórico heredado a tener razón": es el caballo de batalla político de los populistas. Trump se considera una víctima de los hispanos que "vienen a robarle"  y los secesionistas en ciertos países piensan que el poder central les está robando el pan y la sal y tratan de hacer estallar el país entero. El "en esto no gana nadie. Todos perdemos", no les preocupa lo más mínimo. Es el victimismo convertido en estilo de vida. Como dijo el profesor y ensayista italiano Daniele Giglioli es un "paradigma paralizante".- ALBERTO DÍAZ RUEDA  

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29 marzo 2019 5 29 /03 /marzo /2019 10:06

Alexandre Jollien es un joven francés, nacido en 1975, que ha vivido 17 años la dura experiencia de estar sometido a los tratamientos de rehabilitación de una institución para discapacitados físicos. Ignoro la historia azarosa de esos años pero he seguido con interés su trayectoria ensayística con títulos tan ilustrativos como "Elogio de la debilidad", "El oficio de ser hombre" y "Elogio de la felicidad". Es un psicólogo y filósofo discreto cuyo valor no es tanto qué dice, sino cómo lo hace y desde qué situación nos ofrece sus reflexiones. El aporte personal del discurso, el hecho de que la palabra y el concepto salen de la propia vida del autor, da un plus de realismo y pertinencia a lo que trata.

Por ello el adjetivo "desnudo" con el que define su carácter de filósofo, se convierte en una metáfora ilustrativa. No hay ropajes de erudición ni grandes conocimientos filosóficos. Jollien se nos presenta tal cual es, como como ha sido impulsado por la vida y sus particulares circunstancias. Fiel a su vocación de amigo de la sabiduría, apoya muchas de sus reflexiones en Montaigne, Spinoza, Séneca o Nietzsche, pues las ideas y palabras de esos grandes personajes filosóficos  entran en resonancia con sus propias vivencias, anhelos y preocupaciones. La "desnudez" de conocimientos y prejuicios que preconizan desde los maestros zen a los taoístas o budistas chinos es el vehículo conceptual que Jollien usa para desarrollar un estilo de vida en el que la libertad hacia las pasiones, la alegría spinoziana y la aceptación de sí mismo, nos permite renacer de los sufrimientos, los errores y las pasiones desatadas por las propias debilidades, miserias y limitaciones.

La clave básica de la demanda interior del autor y la motivación que le lleva a la reflexión sobre sí mismo y, en definitiva, a la escritura de este libro, queda reflejada, por ejemplo, en este párrafo (pág.169):

"No conozco mayor deseo que la muerte de uno mismo: atreverse a morir para atreverse a vivir a cada instante, darlo todo para recibirlo todo. Por ejemplo, esta misma mañana, en la acera, intentar ser por fin tan solo un papá. Así pues:

a. Negarme a ponerme mi disfraz para interpretar mi personaje.

b. Asumir verdaderamente mi cuerpo.

c. Ir por la vida sin bagajes.

d. Hallar la libertad en mis tres vocaciones: tan solo marido y padre de familia; tan solo persona discapacitada; tan solo escritor."

Y logra conmovernos cuando confiesa, tras una anécdota que justifica el título del libro: : "Todo el problema viene de este cuerpo al que no quiero, que no habito. El niño vejado, el adolescente forzado a ser discreto, el filósofo desnudo repite siempre la misma canción: me gustaría ser un chico normal".

FICHA

EL FILÓSOFO DESNUDO.- Alexandre Jollien.- Trad. Marta Bertrán.- Ed. Octaedro.- 178 págs.- ISBN  9788499212456

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27 marzo 2019 3 27 /03 /marzo /2019 10:28

Las plantas son seres vivos, sensibles e inteligentes. Lo dijo Darwin tras hablar del evolucionismo y hacer migas la prepotencia del hombre como "criatura creada y elegida por Dios como monarca absoluto de la Tierra y todo lo que el planeta contenía". A esto añadió Freud que tres hombres, entre ellos él mismo (Sigmund no se caracterizó jamás por su modestia), habían asestado una puñalada histórica a la soberbia humana:  Darwin que colocó al hombre como un eslabón más de la escala evolutiva de las especies;  Copérnico que anuló la presunta importancia cósmica de la Tierra, revelando que gravitaba en torno al Sol (éste mismo nada de astro-rey, es una estrella pequeña y vieja) y era un insignificante planeta;  y Freud  que aseguró que "el ansia de grandiosidad del hombre ahora sufre el tercer y más amargo golpe al 'ego' de cada uno de nosotros, ya que ni siquiera conocemos nuestra propia mente  ni las causas inconscientes  de nuestro comportamiento". Abundando en esta rebaja de vanidades, un neurobiólogo italiano especializado en el mundo vegetal, Stefano Mancuso, ha lanzado una (otra) voz de alerta contra la estulticia humana respecto  a las plantas y el (mal) trato y abusos que les infligimos, a pesar de depender esencialmente de ellas para sobrevivir en el planeta. Deberíamos cuidarlas y amarlas como a las niñas de nuestros ojos

Simplemente lean esto: "Imaginen un invento que genera energía gracias al sol a la vez que fija emisiones de carbono; que puede autoensamblarse usando un diseño modular y replicativo; que tiene un software de inteligencia distribuida sin un órgano de control central que pueda dañarse; un aparato, finalmente, que puede replicarse a sí mismo y que si se parte sigue funcionando y genera dos unidades funcionales. Este aparato sería el sueño de cualquier ingeniero... y ya está inventado. Se llama planta y hace cientos de millones de años que crece en la Tierra creando las condiciones adecuadas para la vida que conocemos. Respiramos gracias al oxígeno que producen los vegetales, la cadena alimentaria y todo lo que comemos tiene su base en ellos y hasta la energía fósil de la que dependemos fue producida por las plantas hace millones de años”, afirma Mancuso. ¿Cómo es posible entonces que prestemos tan poca atención al mundo vegetal? Repito, deberíamos amar y cuidar en las plantas no sólo por los servicios que nos prestan, sino también por lo que podemos imitar y aprender de ellas. Son una fuente de conocimiento para la ingeniería, el diseño y multitud de disciplinas de lo más variadas,  ya que muchas de sus técnicas vitales y estrategias de supervivencia adaptativa pueden ser una inspiración global para nuestra especie.  Ellas proporcionan respuesta inteligente y eficaz a multitud de problemas y enfermedades a las que seguramente podríamos vencer si estudiáramos más intensamente el mundo vegetal y accediéramos a la inmensa despensa que las plantas nos ofrecen, por ejemplo, en el fondo de los mares. -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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