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14 abril 2019 7 14 /04 /abril /2019 08:05

He aquí un clásico que nos enseña el "arte de pasear". El autor Karl Gottlob Schelle (nacido en 1777 y muerto, se supone, en 1825, falleció durante una escapada de un sanatorio mental) lo publicó en 1802. Era amigo de Kant y llegó a editar una obra pedagógica del gran pensador alemán. Defendió siempre una visión práctica y apegada a la vida cotidiana de la filosofía en contra de las tendencias metafísicas de la filosofía académica. Su "Arte de pasear" es una inteligente y optimista  visión de cómo el ejercicio físico de la caminata vigoriza el cuerpo y estimula el espíritu y el ánimo, logrando una cierta conexión con la Naturaleza que mejora nuestra existencia.

El libro ha sido editado  por Diaz&Pons bajo la dirección de Federico L. Silvestre que escribe una magnífica introducción al tema de las caminatas : "El mundo a tres kilómetros por hora" y al final un  "Recorridos y paseos de papel" donde la erudición del prologuista convierte el texto en ujn punto de referencia para todos los que nos interesamos por todo lo que se publica en relación al arte y la práctica y el amor y, a menudo, la obsesión física y psíquica por vivir una vida en la que nunca falta el capítulo andariego.

Las referencias librescas enriquecen el texto de Karl Gottlob Schelle que es, esencialmente, uno de los pioneros en el maridaje de la literatura con el afán y placer del andar. Como él mismo escribe en su introducción y dedicatoria al Príncipe reinante de Anhalt-Dessau, Leopold Friedrich Franz , "Un arte de pasear interesaría a todo individuo culto, capaz de valorar la posibilidad de deambular por la naturaleza en cuerpo y alma...igual que un arte de vivir debería ser objeto de aprecio para cualquier individuo en el sentido absoluto de la palabra, si es que valora la vida como algo más que un mero juego". Y añade, "En un arte de vivir  eficaz, donde fatiga y descanso, rigor y diversión, trabajo y placer se alternen entre sí en un orden eficaz, el paseo haría valer también su lugar".

Schelle es amigo de la mesura, de la medida correcta, del equilibrio y su libro se dedica a glosar, a veces de manera que parece banal y esconde una férrea humildad, no las subidas a las altas cumbres, o las exploraciones peligrosas o las carreras campestres, no a todo aquello que limite, fuerce o desvirtúe el placer psicosomático del paseo. No con la desidia artística del "flaneur" o con las exigencias intelectuales de Aristóteles, Goethe o Rousseau. Schell nos dice: se trata de elevar una mera actividad mecánica, andar, al rango de una actividad  espiritual. Son quince capítulos cortos donde, con un estilo  sencillo y unas ideas básicas pero bien estructuradas, Schell nos va dando explicaciones obvias , desde "Pasear no es un mero movimiento del cuerpo", a los "intereses del espíritu y condicionamientos del pasear", los lugares adecuados  (el campo o los jardines públicos), la influencia del paseo por el campo en el desarrollo del espíritu, las diferencias sustanciales con los paseos a caballo o en coche, cómo caminar por montañas y valles, campos, prados y bosques para que el paseo cumpla su rica función auto educativa, los fenómenos de la naturaleza, para terminar con "algunas consideraciones sobre los condicionamientos físicos del paseo".

Situando a nuestro autor en plena Ilustración se puede calibrar la originalidad de su propuesta y la importancia que el arte de caminar, que los paseos, ha tomado en una cultura que se ha despertado a la valoración de la naturaleza.  No hay tecnicismos de ningún tipo, ni veleidades literarias en Schell. Es sencillo como un campesino y profundo como un filósofo en sus análisis y propuestas que eran una novedad cuando las publicó y ahora son una nostálgica mirada histórica a una actividad que se ha convertido casi en un lugar común. Los peripatéticos y epicúreos, Horacio, Séneca, Petrarca, Montaigne, Schiller, Rousseau, Hegel, Baudelaire, Thoreau, Goethe, Holderlin, Nerval, Huysmann, Hazlit, De Quincey, Addison, Stevenson, Walser, Nietzsche, Kant, Wordsworth y entre los contemporáneos a Onfray, Leenhadt, Deleuze, Merleau-Ponty, Dewey, Frederic Gros, Walter Benjamin, Rebeca Sonit y su "Wanderlust", Perec, Julien Gracq y otros menos conocidos en nuestro país, forman parte de esa nómina prodigiosa que ha tomado el caminar como un elemento sugerente y sugestivo de orden intelectual, artístico y filosófico.

Un libro indispensable para todos los amantes de los senderos y los caminos naturales.

FICHA

EL ARTE DE PASEAR.- kARL gOTTLOB sCHELLE.- Trad. Isabel Hernández.- Edición de Federico L. Silvestre.Ed.  Díaz&Pons.-182 págs. ISBN 9788494084492

 

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12 abril 2019 5 12 /04 /abril /2019 09:02

Las fotos de Rafael Navarro evocan miradas sabias y sensuales, a veces inocentes, a veces lúbricas, a menudo somnolientas y vagas como las de un pintor ahíto de belleza; es un instante eterno, un gesto que estalla en su marmólea  inmovilidad, la sombra evanescente de un cuerpo medio oculto, la impresión fugaz e instantánea de una mujer que corre, la crucifixión rosada de un cuerpo femenino que resalta sobre un lecho de rocas, las curvas paralelas y abisales de una intimidad, el fantasmal brillo de un rostro sobre un objeto trivial, la enmarañada cascada de pelo sobre la piel desnuda, una mujer apresurada que camina bajo un arco gótico, una trenza corintia columna frágil  de una cabeza desdeñosa, los senos perfectos que apuntan al mirón como centinelas, el rostro de suave perfil velado por la sedosa túnica de los cabellos, la boca de gesto duro y dibujo erotizado por el desdén o el juego lorquiano del viento con la melena que enmarca el rostro abstraído y bello junto al mar y, mi preferida, los ojos de una mujer que te observan con fijeza y lanzan una mirada enigmática, con una mano joven, estilizada, colocada como muro ante la boca. 

A este rosario de fotos, el collar de Indra de un fotógrafo que maneja la cámara con la sensualidad paciente, obsesiva y calculadora de un orfebre tallando sus brillantes, se engasta el hilo argumental de otro hombre, Antón Castro, un seducido eterno ("soy de esos que se enamoran cada media hora") que ama con la misma rotundidad jocunda al género femenino singular, con la que Navarro destila sus fotogramas de una película íntimamente eterna, los "paisajes múltiples que hay en un cuerpo femenino" como confiesa el prologuista Fernando Sanmartin. 

Como dice Antón, ese gallego aragonizado, "al fin y al cabo, el primer beso se da con los ojos". Y hay muchos primeros besos en este libro y en los relatos que se van añadiendo como las hojas caídas de un roble que "huele a brizna húmeda, a bosque encantado, a las regiones más puras de la Arcadia". Y hay nostalgia de momentos pasados  del narrador, reales o inventados, ¿qué mas da? que se prende en el lector cuando, por ejemplo, lee: "...pero nunca he podido olvidar aquella trenza rubia que descendía por tu espalda hacia el bañador". Poetas y poemas van nutriendo los textos y van inflamando a los narradores en sus ficciones o recuerdos, todos nacidos de un mismo hombre. Un poeta que exclama "Soy, sin resistencia tu cautivo. Me encajo en tu corazón: viajemos juntos en centímetros de nube". Y nos habla de una librera, del fotógrafo cuyo trabajo  "invita a gozar y reflexionar. Alza una intimidad sin aspavientos", del fantasma de la Alameda, Irene, que ha desaprendido a amar, de la bailarina cubana que se ofrece "como si entrase en el pasadizo de un sueño". O también de cuatro amores juveniles y del cuerpo y sus mareas "ceñido por el misterio de las olas". Y de otros muchos instantes que el poeta, el narrador galaico-aragonés cultiva como las uvas de Dionisos y trasmutadas en vino los ofrece en libación de textos.

No sigamos, es un libro para leer morosamente. Y mirar las fotos al alimón. O jugar a mirar las fotos primero, con delectación, con avaricia, con pasión de un fisonomista de mujeres y luego leer a Antón Castro sin pretender unir imagen y texto, dejando que la relación si establezca si quiere. Es un libro para gozar y despertar el gozo. Inocentemente. Sensualmente. 

MUJERES SOÑADAS.- Fotos de Rafael Navarro y textos de Antón Castro.-Aladrada Ediciones.-107 págs. ISBN 9788494771248

 

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11 abril 2019 4 11 /04 /abril /2019 09:13

El erudito italiano Giovanni Pozzi en su obra “Tacet. Un ensayo sobre el silencio” nos hace una definición del libro digna de recordarse. Escribe: “El libro es la estancia del silencio, el depósito de la memoria, el antídoto para el caos del olvido, lugar donde la palabra yace, pero siempre en vela, dispuesta a acudir silenciosamente al encuentro de quien la solicite. Amigo discretísimo, el libro no es petulante; solo responde cuando se le interroga y no urge a continuar cuando se le pide hacer un alto. Repleto de palabras, calla". En catalán existe una preciosa palabra para designar a los amantes de los libros y la lectura: se les llama “lletraferits”, heridos por las letras, las palabras escritas. El arte de la escritura nació en Egipto y Mesopotamia entre los 4000 y 3500 años AC. La larga historia de los distintos soportes materiales de la escritura, los protolibros, es un apasionante paseo por los inicios de la cultura humana y del amor entre pragmático y poético, entre la técnica y la mística, que los humanos vertieron en el lenguaje escrito incluidos los soportes en papel y electrónico.

A finales del siglo pasado con el advenimiento de las nuevas tecnologías se entonaron cánticos de duelo por el libro de papel impreso entre el alborozo de los conversos a la nueva mística de los bits y las pantallas deslumbrantes. La anunciada muerte del libro que nació a mediados del siglo XIV con la invención de los tipos móviles de imprenta de Gutemberg, o resultado una profecía errónea y precipitada. Tras una crisis inicial que cerró librerías y editoriales, la situación se ha estabilizado en dos sentidos: el libro electrónico se ha mantenido en niveles medios de aceptación y prácticamente “convive” con el impreso que ha repuntado con vitalidad considerable en ediciones y ventas. La crisis aparente ha provocado algo insólito y beneficioso para la cultura: la aparición en Barcelona (rapidamente extendida a diversas capitales del resto del país) de unas librerías de “segunda mano” o de “lance” como se llamaban antes, bajo la franquicia “Re-Read”, que tienen la característica del precio fijo aplicable a todos los libros, sean cuales fueren. Así que por tres euros  el primer ejemplar, a dos cincuenta el segundo y a dos euros si te llevas más de dos, puedes ofrecer nueva vida a libros que antes envejecían en estanterías de bibliotecas privadas, que solían venderse a peso cuando la persona que los adquirió, los leyó y amó, desaparecía del mundo de los vivos sin  herederos o dándose el  caso frecuente de que si los había, éstos consideraban a los libros meros objetos polvorientos sin ninguna utilidad. Detrás de la idea de estas librerías está una familia de editoras y libreras, los Zendrera, que habían capitaneado la nave de la añorada Editorial Juventud . Mercedes (que poseía una librería en Madrid) y sus hermanas Lina y Ana, ambas editoras, son dueñas de media docena de Re-Read en Barcelona y Hospitalet. Debo a esta familia grandes momentos de placer literario y de descubrimiento, ya desde los tiempos de "Juventud" y sus maravillosos libros de viajes y exploraciones hasta el momento actual en el que mis incursiones a sus tiendas me proveen de clásicos en ediciones magníficas (Aguilar, Plaza Janés, Carroggio) que suelen estar descatalogados o tienen precios elevados en otras librerías.

Formo parte de esa legión decreciente para quienes los libros representan algo mucho más trascendente que sus valores de utilidad, herramienta, símbolo de estatus cultural, profesional o económico. Lejos de cualquier tipo de soberbia clasista o de vanidad, los libros son una promesa palpitante de placer, emociones y sentimientos evocados; renuevan y jamás sacian el impulso hacia el conocimiento; me atraen sus portadas, encuadernación, calidad del papel, olor (penetrante y acogedor cuando es nuevo, venerable, desvaído y  a veces sorprendente cuando es viejo) y tacto, su perfecto acople vertical en las baldas y estanterías  de mi biblioteca; añoro cuando estoy lejos el ambiente sereno, cálido y prometedor de casi todas las bibliotecas, privadas o públicas; me intrigan las promesas de placer implícitas en las hileras hieráticas de libros, disponibles con el solo gesto de sacarlos de su reposo, rebosantes de vida cuando los abres y hojeas; experiencias inusitadas, aventuras, ideas deslumbrantes, razonamientos y sugestiones que pueden cambiar el curso de tu vida: la sensación vibrante de que en uno cualquiera de esos volúmenes está la inspiración, el momento feliz, la nostalgia o la risa, la compasión o la rabia, el reencuentro contigo mismo o el respeto a un otro necesario porque los libros te enseñan que eres por encima de tus soledades, un animal social. En resumen,  ¿hay algo en el mundo que de más por tan poco?   ALBERTO DÍAZ RUEDA

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10 abril 2019 3 10 /04 /abril /2019 07:03

 

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Este libro de Sherry Turkle, profesora del célebre MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) psicóloga de Harvard e investigadora, pone el acento en el efecto causal potencialmente negativo con que las nuevas tecnologías están incidiendo en las costumbres y las características de los seres humanos. La red digital nos va convirtiendo en simples terminales individuales que interactúan en un océano de conexiones virtuales que invaden todos los ámbitos de las relaciones humanas, desde el trabajo a los sentimientos, desde la educación a la familia, desde la diversión a la cultura. Uno de los síntomas más preocupantes y menos estudiados de ese efecto es el deterioro de un elemento relacional humano básico: la conversación. En ella se aúnan características capitales del ser humano, desde el lenguaje a la emotividad, los conocimientos y, sencillamente, el progreso, el entendimiento y la paz: es decir aquello que nos hace ser lo que somos y que, en última instancia, nos puede salvar como especie.

Para Turkle la tecnología online está provocando una huida relacional hacia la pérdida de la conversación cara a cara, lo cual produce efectos perniciosos  ya que "la conversación es la base de la democracia y los negocios, sustenta la empatía y es básica para la amistad, el amor, el aprendizaje y la productividad". Los últimos trabajos de esta científica cognitiva se basan en una serie de encuestas realizadas durante un período de cinco años en  diferentes escenarios, desde al ámbito laboral y educativo al familiar y sentimental. 

No se trata de demonizar las nuevas tecnologías de intercomunicación sino de usarlas en el contexto y momento oportunos sin permitir que monopolicen la facultad humana de comunicarse con el otro e interactuar de una forma empática, algo muy difícil si evitamos concienzudamente la relación cara a cara.

Como cuenta en su libro, resulta descorazonador comprobar empíricamente como los adolescentes y jóvenes van perdiendo la capacidad de escuchar e intervenir en las aulas, absolutamente absortos en enviar y contestar mensajes. No importa que se eleve la conexión al ámbito total del aula a través de grandes pantallas interconectadas donde se expone la materia y se invita a la  participación electrónica de los alumnos presentes en el aula e incluso de los ausentes. Con sorpresa y consternación los profesores comprueban que más de la mitad de los alumnos "están en otra cosa" mientras los pulgares de la mayoría vuelan sobre los teclados, incluso sin mirarlos en absoluto en un mundo virtual personal y excluyente que, paradójicamente, no tiene nada de íntimo. Estos jóvenes cambiar la intercomunicación íntima con la "sensación" de no estar solo mientras todo se vuelve virtual incluso del sentimientos y las emociones (a través de los emoticones, sustitutos icónicos de la emoción real).

Si la primera víctima de las guerras suele ser la verdad de lo que ocurre y por qué y para qué ocurre, la primera víctima de este "comunicarse virtualmente" es la reflexión y la autenticidad. Dentro de las estadísticas barajadas en el libro hay una condena inevitable a un modo de vida que comienza a ser menos vida real  y más escenario de actuación virtual: "Una cuarta parte de los adolescentes se conectan a un dispositivo durante los cinco primeros minutos después de despertar y envían una media de 100 mensajes de texto al día". Es una imposible y absurda lucha contra una soledad que no se sabe gestionar y a la que afrontamos con el fraude de la virtualidad electrónica.

Los críticos literarios escriben sobre la "falacia patética" que se produce cuando los autores increpan o califican los fenómenos naturales asignándoles una intencionalidad positiva o negativa: una tormenta cruel, una compasiva lluvia, un dulce atardecer. Hay una falacia patética globalizada con respecto a ese wasapear,  ese relacionarse virtual a través de pantallas, que acaban siendo una metáfora de la realidad contemplada a través de una ventana sin que nunca nos afecte personalmente.Imágenes y textos breves, dibujos y emoticones toman el lugar de nuestras emociones, ideas y sentimientos. He visto a una pareja sentada en un restaurante sin intercambiar ni una palabra, abismadas en sus respectivas pantallas, o asistentes a una boda o a un funeral que no dejan de recibir y emitir mensajes, ajenos e indiferentes a lo que ocurre a su alrededor. Vivimos en un universo paralelo y como las personas encadenadas en la cueva platónica, sólo vemos en la pantalla-muro las sombras de los objetos reales que desfilan a nuestras espaldas y que jamás llegamos a conocer. Aún más grave, estas personas de la cueva virtual-platónica ni siquiera saben que están encadenadas y sus cadenas está forjadas con bits, megas y artilugios electrónicos de última generación.

Nuestra autora no se muestra tan pesimista y sus percepciones son menos apocalípticas. Turkle abre un resquicio a la esperanza sobre la facultad de la tecnología y de las personas que la sobre emplean para encontrar una vehículo de manifestación de emociones y sentimientos que, simplemente, es distinto al habitual en el pasado reciente. Quizá pone el acento en la idea de que puede ser complementario y que ello no debería anular la capacidad conversacional sino ampliarla en cierto modo.

Quizá se debería analizar la cuestión recurriendo a la metáfora de las sillas que diseñó con ingenio el filósofo de la naturaleza Henry David  Thoreau: la conversación con nosotros mismos, el soliloquio,  de una silla, la de dos sillas cuando tenemos un interlocutor o las tres sillas cuando interviene una motivación digamos social o laboral . Por ello Turkle propone que la nueva e invasiva forma de comunicación mediante la nueva tecnología, sea la cuarta silla. Uno recuerda  la dura moraleja de la película "Her", en la que el protagonista se relaciona amorosamente con un programa informático interactivo e inteligente.

Los adolescentes se pasan horas ante las pantallas de sus móviles, tablets u ordenadores. Son incapaces de permitirse la libertad de aburrirse e imaginar juegos y actividades que les diviertan. Sus hermanos mayores, universitarios,  suelen mostrarse mucho menos empáticos de lo que era normal en los años que mis hijos o yo asistíamos a la universidad. Dirán ustedes, encogiéndose de hombros, "eso es normal. Eran otros tiempos". ¿Están seguros? ¿Creen que humanamente hablando, los deseos, pasiones, frustraciones y carencias de los jóvenes universitarios de 18 a 23 años eran tan distintos a los de ahora? ¿O solo ha cambiado la forma de satisfacerlas, remediarlas o soportarlas? Turkle nos informa que un 20 % de jóvenes entre 18 y 30 años contesta al móvil y mensajea mientras mantiene relaciones sexuales: 9 de cada 10 estudiantes envía mensajes en plena clase escolar; el 80 % duerme con sus móviles y la mitad de estos no desconecta nunca.Una gran parte de esos jóvenes sienten pavor a la hora de mantener una conversación directa persona a persona.  Otros acaban creando una personalidad falsa, virtual, favoreciendo patologías psicológicas  de dobles personalidades. Es la cuarta silla de Turkle que nos está llevando a estar más cómodos con las máquinas que con las personas ya que "tratamos a las máquinas como si fueran casi personas y tratamos a los seres humanos como si fueran máquinas" (vean "Her" y reflexionen al margen de la anécdota fílmica).

El mensaje esperanzador de Turkle se dirige a tomar conciencia del problema y crear espacios "que propicien la conversación", donde aprendamos a escucharnos, a debatir, a perder el miedo a la inmediatez que requieren las respuestas en un entorno de conversación humana directa, respetuosa y atenta para no caer en lo que decía Samuel Jhonson con ironía: "Hemos hablado bastante, pero no hemos conversado".

FICHA

EN DEFENSA DE LA CONVERSACIÓN.- Sherry Turkle.-Trad. Joan Eloi Roca.- 576 pp.11,90 euros.-Ático de los Libros.- ISBN 9788416222278


 

 

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8 abril 2019 1 08 /04 /abril /2019 09:37

El filósofo norteamericano de la era hippy, Alan Watts,  lo tenía muy proféticamente claro y así nos lo dice: la seguridad es una ilusión, una sombra, un equívoco. En un segundo nos puede cambiar la vida, parcial o totalmente. En un segundo ocurre algo que nos saca literalmente de nuestro mundo ficticio de cómodas seguridades. ¿Hay solución a ésto?  Lo mejor es seguir la máxima clásica: "relájate y goza del momento". Cuanto más te resistas más te va a doler. Eso además de una norma sanitaria, es psicológica y neurológica. Acepta la inseguridad como un elemento más de la existencia y vívela sin angustiarte,: habrá cambios, pero ¿quién dice que será para peor? ¿Quién puede asegurarlo? Cuando tienes unos añitos te acostumbras a relativizar las cosas que ocurren. Muchos eventos que parecen de entrada nefastos, a la larga muestran un rostro creativo y positivo y fueron el comienzo de algo nuevo y bueno. "Ver que no es razonable preocuparse no evita la preocupación; antes bien, uno se preocupa más al constatar que no es razonable" Por tanto, Watts y Spinoza coinciden: "Abre los  ojos, experimenta que eres parte de lo que existe, esa acción tan sencilla te transformará ya que muestra a través de la comprensión y la vida que muchos de nuestros problemas más desconcertantes son pura ilusión". El temor, el dolor, el pesar y el hastío seguirán siendo problemas si no los comprendemos, pero comprenderlos requiere una mente única y no dividida. Tu y la experiencia que vives sois la misma cosa. No estáis divididos..

Le seguridad es el apego al pasado, ya lo sabemos. A lo conocido. Es un condicionamiento que te cierra puertas y ventanas y te estrecha la vida, cuando no te la amarga. No puedes vivir apegándote al pasado, reflexiona. Las soluciones y remedios de antaño no suelen ser eficaces hogaño. En el mundo en que vivimos, nos diría Watts si aún viviera, la evolución viaja en jet y los  humanos seguimos avanzando a pie. Hemos de acostumbrarnos a lo nuevo, lo desconocido, lo inesperado que suele ser incierto por definición. Para ello hay que abrir nuevos caminos y amoldarse a los cambios (o ser arrasados por ellos). Las nuevas generaciones amarían a Watts. Ellos, ustedes, saben de qué hablo: un mundo en el que el cambio es un motor programado para buscar la excelencia. Aunque, realmente, nadie sabe adónde vamos a parar, en qué dirección nos movemos. Y como dice el chiste: ¿Habrá taxi para volver? Quizá al final de nuestro camino descubramos algo que sabíamos desde el primer paso: la sabiduría de vivir consiste en aceptar la inseguridad como algo inevitable y amoldarnos a ella.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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7 abril 2019 7 07 /04 /abril /2019 09:30

 

 Lawrence Freedman ha sido profesor de Historia Militar en el Kings College de Londres y aunque sigue en la vida académica se ha convertido en uno de los mayores expertos  en estrategia militar. Sus libros sobre la guerra fría y la estrategia nuclear, sobre la guerra de las Malvinas (de la que fue nombrado historiador oficial) y sobre las in­tervenciones estadounidenses en Oriente Medio, la han catapultado al servicio oficial gubernamental, en la comisión oficial que investiga la participación del Reino Unido en la guerra de Irak y es asesor de los gabinetes oficiales que estudian las estrategias bélicas que hay que plantear según los escenarios que se vayan produciendo. 

"La guerra futura" es un libro brillante, pero también causa alarma y desazón. Ya en la primera parte, analiza las actitudes de británicos, estadounidenses y franceses ante las brutales amenazas de Hitler y peor aún hacia sus actos de expansión bélica territorial.  La guerra que se anunciaba con tanta evidencia y salvajismo era "demasiado horrible para imaginársela". Los políticos y gobiernos prefirieron en general aceptar  una política de apaciguamiento y tolerancia hacia Hitler, porque la alternativa de la guerra generalizada era como dijo el inglés Chamberlain "horrible, descabellado e increíble". Parece ser un estereotipo humano, vemos llegar el huracán pero siempre pensamos que nos vendrá hacia nosotros, aunque la evidencia (y la historia) muestran que había suficientes señales como para saber que nos arrasaría. Este es el nudo de la cuestión que Freedman demuestra en su libro: realmente, ¿nos sorprendería que Trump y Corea del Norte, la China emergente y expansiva y un Putin agresivo, el fanatismo yihadista y algunos otros conflictos con la espoleta dispuesta, hicieran cabalgar los jinetes del Apocalipsis? Y si es así de qué manera ocurriría, cómo serán las guerras que se avecinan, el género de la ciberguerra y el papel de los robots y los drones en el escenario de destrucción localizada o masiva. Todo ello explicado en un contexto realista, lógico y horriblemente plausible.

Y en estos escenarios posibles lo único que no parece acertar son los pronósticos de los "especialistas". Critica Freedman ciertos informes de los comités de especialistas en polemología, como cuando se habla de la eficacia del "primer golpe por sorpresa" (que nunca es seguro, por simple lógica) como manera de evitar guerras extensas, pasando por el papel de las sociedades civiles ante una guerra prolongada o brutalmente sanguinaria. La historia pasada nos muestra que desde las guerras coloniales europeas, a la guerra fría y su secreta virulencia, a las espadas en alto entre las grandes potencias, la lucha contra el terrorismo y la proliferación de bandas urbanas brutales en las megaciudades, los panoramas descritos por los "especialistas", generales, espías y estrategas y sus explicaciones, en ningún momento sirvieron para algo positivo. Freedman nos relaja un poco hablándonos de las obras literarias en las que se vaticinaban los horrores de la guerra del futuro, desde Orwell a Conan Doyle, Verne y H.G. Wells (que acertaron en varios aspectos de la tecnología bélica, aunque no en el sueño de que habría un futuro sin guerras en el horizonte). Pero no tarda en mostrarnos su convicción de que ese sueño es absurdo dada la condición humana y las circunstancias económicas y sociales en que vivimos. Para ello carga contra el psicólogo Steven Pinker que en su obra "Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones" sostiene que "el declive que se aprecia a largo plazo en las tasas de homicidio intencional, en los indices de crueldad estatal y en la incidencia de conflictos bélicos es un reflejo del paulatino triunfo de "nuestros mejores ángeles", la empatía, el autocontrol y la moralidad sobre los "demonios internos" de la violencia, la dominación, la venganza, el sadismo y la ideología". Freedman califica de utópica y poco científica la obra de Pinker y aporta datos y estadísticas que muestran un escenario nada optimista, debido a las dificultades que presenta la contención de la guerra (en el sentido de limitar potencialidad destructiva, tanto en el tiempo como en el espacio) y, en segundo lugar, la existencia de investigaciones en todos los países enfrentados en torno a un tipo de fuerza decisiva capaz de asestar un mazazo inapelable al enemigo y poner fin a las contiendas de forma rápida y victoriosa. Con lo cual se olvida un principio histórico básico: una vez empezada la guerra nadie puede saber cuál va a ser su curso y menos su resultado final. Y una consecuencia lógica: dada la apabullante potencia de las nuevas tecnologías bélicas, lo más seguro es que acabemos todos metidos en una catástrofe global.

Freedman parece dominar las previsiones estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña pero no tiene el mismo caudal de datos respecto a rusos, chinos o coreanos del Norte. Por tanto su análisis es tan discutible, a nivel absoluto, como lo es la teoría del "golpe aplastante" que acabará con la rendición del enemigo y una paz negociada. Pero lo más preocupante es que el escenario actual está siendo dirigido por líderes que parecen surgidos de "1984"  de Orwell. La realidad podría ser peor con gente como Trump, Putin o Kim Yong. Sin embargo, como dice Pinker en su obra, el catastrofismo es un riesgo que hay que desechar pues nos lleva al pánico y oculta posibilidades y hechos que pueden variar los desenlaces catastróficos.

Freedman relaciona al taoísta Chang Tzu con su visión de la estrategia basada en lograr escenarios en los que la guerra no sea necesaria para conseguir los objetivos de los contendientes y en Maquiavelo que busca el dominio absoluto a través de la astucia y la dureza aplicada con estrategia de desgaste. Aplicar los ideales de la Ilustración, la razón y la ciencia, para hacer de la guerra una mala solución de los problemas, pero en caso de no poder impedirla tratar de minimizar sus efectos, exponiendo la imposibilidad de controlar todos los aspectos negativos. No se puede evitar la guerra sin hacer ninguna concesión política: la disuasión nuclear termina por perder su capacidad de contención.

El terrorismo, el hambre, el agua, los carburantes y la energía, las megaciudades, la ciberguerra, los elementos peligrosos de la trama mundial pueden ahogar cualquier tipo de estrategia por su inmediatez destructiva. Las proyecciones que los expertos hacen de escenarios conflictivos tiene, según Freedman, poca eficacia, ya que los elementos no previsibles o incontrolados pueden variar de manera drástica las situaciones. Como dice el profesor, "La historia la hacen personas que no saben qué va a pasar a continuación". Los profetas en general se equivocan cuando tratan de predecir el tipo de guerras que puede depararnos el futuro. Y, asegura que, tanto las legislaciones internacionales contrarias a la guerra como el deseo utópico de criminalizarlas  no tienen apenas relevancia sobre las necesidades militares y la osadía ciega de algunos políticos.

FICHA

LA GUERRA FUTURA.- Lawrence Freddman.- TRad. Tomás Fernández.- Ed. Crítica.-585 págs- 24,90 euros.- USBN 9788491990628


 

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5 abril 2019 5 05 /04 /abril /2019 09:32

"El deseo es la esencia del hombre". Eso escribió Spinoza. Y con ello no logró gran cosa, porque en el siglo XVII, un judío rechazado por su Comunidad, perseguido y anatematizado, en una sociedad cristiana fanatizada, no podía tener ninguna relevancia. Cuatro siglos más tarde, Spinoza es una de las grandes figuras emblemáticas de la Filosofía de todos los tiempos. Y sus trabajos sobre las pasiones y emociones, sobre la felicidad del ser humano y sobre la trascendencia del cambio preciso para una vida mejor y auténtica, forman parte de núcleo duro de la excelencia a la que debería aspirar el género humano. Spinoza llamaba "conatus" a ese esfuerzo que hacemos para perseverar y crecer dentro de nuestro propio ser. El deseo es el motor, ya que sin deseo se apaga la llama de la vida. Hemos crecido bajo doctrinas e ideas que penalizaban el deseo como algo impuro, una carencia (según Platón), un afecto indiferente (según los estoicos) un pecado (según el ascetismo cristiano). Por cierto, ¿saben que en hebreo la palabra pecado significa "rumbo equivocado" y por tanto corregible? Así lo entendía Jesús... pero el cristianismo lo convierte en algo culpabilizador, condenable.

Spinoza entiende el deseo como algo que no es peligroso en sí mismo, sino  necesario para la vida. Pero hay que orientarlo y conducirlo hacia lo que nos puede alimentar la existencia y evitar que se convierta en pasiones inalcanzables. Suprimir o limitar el deseo en nombre de un ideal perfecto de persona, en una moral sobrehumana del deber, conduce a la tristeza. Hay que dirigir el deseo, orientarlo mediante la razón y la comprensión hacia personas o cosas que hagan crecer nuestra potencia, nos enriquezcan, nos llenen de alegría de vivir. Spinoza nos recuerda que la mayor parte de las grandes corrientes filosóficas de la antigüedad (Aristóteles, Epicuro, Pirrón, Séneca) advierten que hay que guiar al deseo mediante la razón y la voluntad, ya que estas dos por sí solas no pueden hacernos cambiar, necesitan necesariamente al deseo. Y nos dice, "un sentimiento solo puede ser contrariado o suprimido por otro sentimiento más fuerte". Y como diría un psicoanalista actual, Spinoza (nacido en 1632 y fallecido con 44 años), nos advierte que el odio, el amor contrariado, los temores no los hace desaparecer la razón o la lógica, sino la búsqueda a través de esas dos funciones mentales de una satisfacción personal, una amistad entrañable, un objetivo noble, una distracción intensa, un sentimiento más fuerte en suma que el que nos hacía daño; un afecto positivo que nos libere de la dependencia negativa.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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3 abril 2019 3 03 /04 /abril /2019 15:29

La neozelandesa Katherine Mansfield, que falleció con 34 años víctima de la tuberculosis en 1923 es, sin lugar a dudas, una de las creadoras de la narrativa corta moderna. A mi entender, superior a Chejov, con quien se la comparó por el estilo y la temática, y envidiada y admirada a partes iguales por Virginia Woolf, sólo llegó a publicar tres libros de relatos , "En una pensión alemana" (1911), "Felicidad y otros cuentos" (1920) y el que hoy comentamos, publicado poco antes de su fallecimiento. Como Kafka y otros autores "traicionados" por su amigos  y familiares, el marido de la Mansfield,  el crítico y editor John Middleton, se negó a cumplir la petición de su esposa de que quemara todos "sus papeles" tras su muerte. Posteriormente se publicaron varios libros de cuentos, un Diario, correspondencia y un poemario. 

La delicadeza de sus textos, la profundidad de sus personajes, el cuidado por los detalles aparentemente banales que muestran un rasgo de carácter del personaje o poetizan un lugar, sugieren una emoción o desvelan un misterio, una contradicción, una debilidad. Es un universo femenino dotado de una inteligencia y una sensibilidad  que fascina al lector, lo atrapa y juega con él. Un mundo en el que los varones generalmente hacen un papel secundario, espectadores o actores perplejos ante un mundo misterioso y atractivo en el que las cosas  más cotidianas parecen tener un valor esquivo, significativo, simbólico o sentimental en el mejor sentido de la palabra. Hay una mujer especialmente dotada, tal vez por su corta existencia llena de enfermedades y sufrimiento o su inteligencia ávida de emociones y llena de poesía. "Y la tarde perfecta floreció lentamente, se fue marchitando lentamente y lentamente dejó caer sus pétalos" (pág. 30). "La fiesta en el jardín", el primero de los cuentos tiene un regusto amargo e irónico que muestra la decepción de Laura, la pequeña de la casa que pretendía anular la fiesta por la terrible muerte de un hombre joven y humilde que vivía cerca de la mansión de la familia protagonista, de la clase alta, en una casucha llena de niños, sus hijos. "Esto no es la vida", resume la niña la miseria que ha visto al llevar una cesta llena de los alimentos sobrantes de la fiesta a la chabola donde vive la familia del muerto.

La voz tan personal de la Mansfield resuena en relatos como "El cansancio de Rosabel", donde los sueños de una bella dependienta sobre una pareja de alta posición, ocupando ella el lugar de la otra dama, acaba cuando "Ya los dedos fríos de la aurora tocaron la mano que Rosabel tenía fuera del cobertor"  y Rosabel sonríe porque "su herencia era aquél trágico optimismo, que tantas veces es la única herencia de la juventud". O nos desconcierta con el vaivén emocional de otra muchacha en "El vaivén del péndulo" o la de la maestra de canto "madura" (sólo tiene treinta años pero sigue soltera) a la que su pretendiente abandona en principio. Y también en la historia de amor inconcluso en "Algo infantil, pero muy natural". O nos emociona en "La niña" ante una pequeña aterrorizada por la enorme figura de su padre, gritón y autoritario. En todos los relatos brilla como una piedra preciosa la dolorida sensibilidad de la autora, su visión crítica, avergonzada de la mezquindad de las personas, la crueldad inesperada y sin sentido de otras y todo ello con un estilo cuidadoso, suave y certero en la adjetivación y agudo como un estilete en las observaciones ante los gestos y actitudes de las personas, hombres y mujeres. En la descripción de los hechos late el mensaje más o menos oculto que el talento de la escritora nos hace llegar, ese contenido mágico que tienen algunas situaciones, donde se revela la naturaleza humana, en su inocencia o su malicia, en su humor o su nostalgia, en la pena y las alegrías súbitas y casi infantiles. La alargada sombra de Jane Austen parece influir tanto como Chejov en K.M. Una Austen trasladada a principios del siglo XX, en el que la emancipación femenina ya comienza a despuntar. Es el mismo mundo de matices, de clarooscuros, de soledades y encuentros, de malentendidos y opacidades sin posible explicación, a veces sombríos y absurdos, otras deslumbrantes y por debajo de todo una ironía sutil y elegante que muestra más que define y ataca los prejuicios de género que en esa  época aún eran demasiado evidentes y dolorosos.

No se pierda este bello conjunto de relatos.

FICHA

LA FIESTA EN EL JARDÍN.- Katherine Mansfield.- Ediciones Espuela de Plata.- Trad. José María Souvirón.-161 págs. ISBN 9788417146573

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2 abril 2019 2 02 /04 /abril /2019 08:56

A veces uno lee casualmente un libro que nos atrae por su título, su estilo o su autor. O las tres cosas juntas. Eso me ha pasado con "La paradoja de la sabiduría" y su autor, el neurocientífico Elkhonon Goldberg, de la Universidad de Nueva York, cuya ironía judía y una ruda franqueza de origen ruso aplicados a un discurso sobre el cerebro, la mente  y las actividades increíbles de las neuronas, ha suscitado en mí  una curiosidad considerable. ¿Se puede explicar el fenómeno de la sabiduría a través de principios neurológicos y biológicos? La ilación tradicional entre la edad y la sabiduría no es un capricho cultural. Los neurólogos comienzan a defender que el envejecimiento de la mente no sólo tiene pérdidas mentales relacionadas con la mayor o menor neuroerosión, aseguran que en algunos casos la vejez conlleva un aumento de la competencia y de la pericia que pueden convivir con la pérdida de memoria o la capacidad sostenida de concentración. ¿Cuáles son esas ventajas que aumentan con la edad (repito: en algunas personas y siempre pertenecientes a un tipo determinado: sujetos de larga experiencia cognitiva, curiosos, sanos y de una permanente actividad mental)? Se trata de todo lo relacionado con la resolución de problemas, en un sentido muy amplio del término, que toma la forma operativa de reconocimiento de patrones (capacidad de la mente para reconocer en un objeto o problema nuevos un elemento de una clase ya familiar de objetos o problemas). La toma de decisiones se apoya en moldes cognitivos que han sido forjados por décadas de trabajo intelectual, reflexión y estudio. Los neurocientíficos llaman "atractores" a esos moldes cognitivos: se trata de una constelación de neuronas ligadas por fuertes conexiones. Múltiples y diversas  impresiones sensoriales activan un mismo atractor que codifica de manera automática y con gran simpleza y sencillez el patrón. Esta pericia de comprensión y actuación en personas de edad avanzada (de las que la historia da múltiples ejemplos en toda la gama de las actividades humanas) tiene la habilidad de resistir a los efectos del deterioro neurológico. La sabiduría, un bien que nadie inteligente cree poseer, es un punto clave de la excelencia. Goldberg apunta que tiene que ver con "la capacidad de conectar lo viejo con lo nuevo, de aplicar la experiencia previa a la solución de problemas nuevos". Los sabios son percibidos por otros como "sujetos  dotados de una habilidad única para encarar un problema o situación y resolverlo". 

A mis moldes cognitivos, relacionados con la filosofía y la psicología durante casi toda mi vida, les cuesta aceptar la visión de la sabiduría que nos proponen los neurocientíficos. Intuitivamente no me quedo satisfecho. Creo que podría ser todo eso...y algo más. Seguiremos con el tema.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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1 abril 2019 1 01 /04 /abril /2019 09:00

 

 

Estamos viviendo una época especialmente complicada. Necesitamos un compromiso dinámico e incesante con la cultura con mayúsculas. Es decir, yendo a la raíz etimológica de la palabra, con el cultivo del conocimiento de la realidad y las formas de preservar los saberes, las técnicas y la historia de la humanidad, los valores genuinos de la personalidad humana y el amparo y cuidado de las condiciones en las que es posible prosperar como género y preservar el conjunto del hábitat en el que vivimos, nuestro bastante esquilmado planeta. Todo eso es Cultura. Ella nos define y nos hace crecer. Pues bien, la Cultura está en peligro apocalíptico una vez más. Como lo estuvo en varias ocasiones en el malhadado siglo XX y en el XXI tiene todos los números para superar aquella marea terrorífica de muertes y destrucción. De eso trata este artículo -ojalá no tenga nada de profético-  y también de dos visiones optimistas que ponen entre paréntesis el horror y ofrecen varios "remedios" o cautelas para frenar esa dinámica de la mayor barbaridad que podría cometer la humanidad: la guerra global. Una hecatombe que podría desencadenarse en cualquier momento tras un análisis objetivo de la situación mundial, el inestable equilibrio entre las grandes potencias y los líderes más poderosos y peligrosos que hemos tenido la mala suerte de traer simultáneamente a esta misma época.

Para comprender y reflexionar sobre esta ecuación de realismo, pesimismo y optimismo, les sugiero la lectura de tres libros, cada uno de ellos de un valor documental, lógico, científico y político de primer orden. "La guerra futura" de Lawrence Freedman, un experto británico en historia de los conflictos bélicos, catedrático universitario y alto funcionario de gabinetes estatales dedicados al estudio de posibles escenarios bélicos, es el primero de ellos. "En defensa de la Ilustración" de Steven Pinker, es el segundo. Pinker es un defensor de los valores de aquél movimiento histórico: la razón, la ciencia y el humanismo. En su libro nos envía un cauteloso pero optimista mensaje de esperanza. Y el tercero es "Fact Fulness", donde el trío familiar sueco compuesto por Hans Rosling, Ola Rosling y Anna Rosling nos demuestra cómo los prejuicios y el mal uso de los datos y estadísticas, de la información en suma, condicionan una visión del mundo errónea que facilita una deriva peligrosa hacia el desastre cuando, como ellos demuestran con datos comprobables, "las cosas está mucho mejor de lo que piensas".

Por razones metodológicas (y simbólicas) empecemos por la "cruz" de la situación. La cruz en la que se puede estar clavando el mundo que conocemos y sobre todo al mundo al que aspiramos. El libro de Freedman es brillante, pero también alarmante y desazonador. Ya en la primera parte, analiza las actitudes de británicos, estadounidenses y franceses ante las brutales amenazas de Hitler y peor aún hacia sus actos de expansión bélica territorial.  La guerra que se anunciaba con tanta evidencia y salvajismo era "demasiado horrible para imaginársela". Los políticos y gobiernos prefirieron en general aceptar  una política de apaciguamiento y tolerancia hacia Hitler, porque la alternativa de la guerra generalizada era como dijo el inglés Chamberlain "horrible, descabellado e increíble". Parece ser un estereotipo humano, vemos llegar el huracán pero siempre pensamos que nos vendrá hacia nosotros, aunque la evidencia (y la historia) muestran que había suficientes señales como para saber que nos arrasaría. Este es el nudo de la cuestión que Freedman demuestra en su libro: realmente, ¿nos sorprendería que Trump y Corea del Norte, la China emergente y expansiva y un Putin agresivo, el fanatismo yihadista y algunos otros conflictos con la espoleta dispuesta, hicieran cabalgar los jinetes del Apocalipsis? Y si es así de qué manera ocurriría, cómo serán las guerras que se avecinan, el género de la ciberguerra y el papel de los robots y los drones en el escenario de destrucción localizada o masiva. Todo ello explicado en un contexto realista, lógico y horriblemente plausible.

Y en estos escenarios lo único que sobra son los pronósticos de los "especialistas", critica Freedman, como cuando se habla de la eficacia del "primer golpe por sorpresa" (que nunca puede ser seguro) como manera de evitar guerras extensas, pasando por el papel de las sociedades civiles ante una guerra prolongada o brutalmente sanguinaria. La historia pasada nos muestra que desde las guerra coloniales europeas, a la guerra fría y su secreta virulencia, a las espadas en alto entre las grandes potencias, la lucha contra el terrorismo y la proliferación de bandas urbanas brutales en las megaciudades, los panoramas descritos por los "especialistas", generales, espías y estrategas y sus explicaciones, en ningún momento sirvieron para algo positivo. Freedman nos relaja un poco hablándonos de las obras literarias en las que se vaticinaban los horrores de la guerra del futuro, desde Orwell a Conan Doyle, Verne y H.G. Wells (que acertaron en varios aspectos de la tecnología bélica, aunque no en el sueño de que habría un futuro sin guerras en el horizonte). Pero no tarda en mostrarnos su convicción de que ese sueño es absurdo dada la condición humana y las circunstancias económicas y sociales en que vivimos. Para ello carga contra el psicólogo Steven Pinker que en su obra "Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones" sostiene que "el declive que se aprecia a largo plazo en las tasas de homicidio intencional, en los indices de crueladad estatal y en la incidencia de conflictos bélicos es un reflejo del paulatino triunfo de "nuestros mejores ángeles", la empatía, el autocontrol y la moralidad sobre los "demonios internos" de la violencia, la dominación, la venganza, el sadismo y la ideología". Freedman califica de utópica y poco cientifica la obra de Pinker y aporta datos y estadísticas que muestran un escenario nada optimista, en el que crece la comprensión de las dificultades que presenta la contención de la guerra (en el sentido de limitar potencialidad destructiva tanto en el tiempo como en el espacio) y, en segundo lugar, la existencia de investigaciones en todos los paises enfrentados sobre un tipo de fuerza decisiva capaz de asestar un mazazo inapelable al enemigo y poner fin a las contiendas de forma rápida y victoriosa. Con lo cual se olvida un principio histórico básico: una vez empezada la guerra nadie puede saber cuál va a ser su curso y menos su resultado final. Y una consecuencia lógica: dada la apabullante potencia de las nuevas tecnologías bélicas, lo más seguro es que acabemos todos metidos en una catástrofe global.

Freedman parece dominar las previsiones estratégicas de Estados Unidos y Gran Bretaña pero no tiene el mismo caudal de datos respecto a rusos, chinos o coreanos del Norte. Por tanto su análisis es tan discutible, a nivel absoluto, como lo es la teoría del "golpe aplastante" que acabará con la rendición del enemigo y una paz negociada. Pero lo más preocupante es que el escenario actual está siendo dirigido por líderes que parecen surgidos de "1984"  de Orwell. La realidad podría ser peor con gente como Trump, Putin o Kim Yong. Sin embargo, como dice Pinker en su obra, el catastrofismo es un riesgo que hay que desechar pues nos lleva al pánico y oculta posibilidades y hechos que pueden variar los desenlaces catastróficos.

Su libro "En defensa de la ilustración" escrita después de la obra criticada por Freedman, se basa en la idea de que  aunque la vida humana nunca será  perfecta, siempre podemos mejorar en algunos de sus aspectos y para ello qué mejor receta que aplicar los principios básicos de la Ilustración que en el siglo XVIII llevó a una parte de la Humanidad a "un baño de purificación moral" como escribió Alfred North Whitehead: la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. El objetivo era "llevar al máximo el auge de todo lo humano, ya sea la vida, la salud, la felicidad, la libertad, el conocimiento, el amor o la riqueza de las experiencias".

Pinker trata de convencernos de que tal vez ha llegado el momento dorado (a pesar de las circunstancias y las apariencias terroríficas que nos muestra Freedman) para que la Humanidad despegue de los temores, engaños y esclavitud de la Caverna platónica en la que nos ha metido el siglo XX. Como argumentos y pruebas nos va ofreciendo estadísticas, gráficos, pruebas documentales donde se demuestra el aumento de esperanza de vida en casi todos los paises del mundo, un abultado descenso de mortalidad por enfermedad acompañado de signos cientificos esperanzadores de curación de flagelos como el cáncer o el Sida o las ETS (también según qué parte del mundo cubre los datos), un nivel educativo creciente y las facilidades increíbles hace solo diez o veinte años en el campo de la información, el ocio y la formación, de las nuevas tecnologías. Tal vez Pinker tiene demasiado focalizado el mundo occidental y el norteamericano y canadiense en especial, pero ello no quita interés al esfuerzo del autor por  ofrecernos motivos de esperanza en estos tiempos difíciles. Y para mostrarnos que no vive de espaldas a la realidad en su fascinante discurso positivista, Pinker recuerda que el advenimiento de Trump podría suponer un paso atrás en el progreso anunciado y no sólo para Estados Unidos, también para el resto del mundo dada la globalización de los peligros que el aludido sujeto es incapaz de valorar: el cambio climático, la paz, la conciencia clara de que las armas nucleares (mejoradas y ampliado su poder dese 1945) no deben ser utilizadas otra vez.

En el polo opuesto de Pinker, lo líderes populistas que comienzan a surgir en todo el mundo como una peste y ofrecen el autoritarismo y las dictaduras disfrazadas como solución, sólo ven y propagan un escenario mundial en el que "todo va mal": delincuencia, mafias, bandas urbanas, terrorismo, inmigrantes no deseados creando mayor pobreza, inseguridad y desconcierto. Y sin percatarse de que ellos forman parte del problema no de la solución aseguran con voces destempladas que ya no hay conciencia moral en el mundo. 

El optimismo de Pinker apuesta por una mayor mentalización de las sociedades y sugiere un esfuerzo para tratar de ver que los problemas del mundo, con nuestros medios y tecnologías, tienen solución y que hay que ponerse a ello. Cita una metáfora del economista Paul Romer que distingue el "optimismo complaciente" del niño que espera que todo lo que ansía le llegue como llovido del cielo, del "optimismo condicional" del niño que sueña con tener una cabaña en el árbol de su jardín y consigue primero la madera y los clavos para construirla y se ponga a ello inmediatamente. 

Precisamente algunos de los ataques más duros de Pinker también conciernen a ciertos comentaristas notables que, asustados ante la situación mundial, ya en 2016 comenzaron a certificar el bajón ético de los países de occidente, del mundo árabe y el oriental, principalmente China y Japón. Y en general consideraron que los valores de la Ilustración habían quedado en un residuo histórico nostálgico. Parece que a Pinker la "conciencia crítica"  de ciertos filósofos, profesores y pensadores, le parece excesivamente negativa.

Para callar a estos "augures de malas noticias" (con la vista muy buena, razonable  y realista, por otra parte), Pinker nos va desgranando citas y estadísticas de mejora mundial en ámbitos de cultura, ciencia. movimientos ciudadanos humanistas y recomienda una página web de periodismo económico, Quarz, que ofrece una lista de links de "buenas noticias del año 2017", como "la retirada del leopardo de las nieves de las especies en peligro de extinción, la provincia de Pakistán que había plantado 1.000 millones de árboles a lo largo de los dos años anteriores en respuesta a la inundaciones de 2015, el espectacular descenso del número de afectados por la dracunculiasis, enfermedad parasitaria invalidante causada por ingerir agua en mal estado, (de 3,5 millones de casos en 1986 a solamente 30 en 2017), y el lento pero constante aumento del número de mujeres diputadas en todo el mundo, desde el 12% de 1997 al actual 23%."

Bueno, precisamente para valorar el sesgo informativo de parcialidad o manipulación que supone el uso de datos, estadísticas y noticias, entra en liza el tercero de los libros recomendados: "Fact Fulness" de Hans Rosling y familia en el que a base de gráficos, tablas, analogías, estadísticas comparadas y demás herramientas de la información, se nos ofrecen diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que piensas". Lo cual en realidad supone que este comentarista apuesta por el optimismo, ya que este libro es la constatación de muchos de los puntos que Pinker ofrecía en sus dos libros citados. La guinda la pone el mismísmo Bill Gates que después de leerlo se comprometió a regalar un ejemplar a cada graduado universitario de su país.

Lo que Rosling pretende es enseñarnos a valorar e interpretar los datos numéricos informativos que se nos ofrecen de manera masiva, aceptando de entrada los problemas y dificultades que el mundo tiene (negarlos sería absurdo), enseñándonos a asimilar de forma correcta las estadísticas y la tendencia tan humana de prestar más atención a las historias dramáticas o alarmantes que a las positivas y esperanzadoras. Y así "los diez instintos que nos impiden ver el mundo objetivamente, tienen que ver con el miedo, el pesimismo, los tamaños desmesurados en la presentación de algunos datos o hechos, muy lejos de su justa medida, la tendencia binaria que se salta el espacio intermedio de las cosas y la polarización hacia sesgos educativos o ideológicos o religiosos. Estos instintos no nos permiten poner los hechos en perspectiva y relativizarlos.

Comienza con presentarnos un test que nos muestra de manera sorprendente los errores de interpretación más comunes en las que casi todo el mundo cae. Pero eso sólo es el principio, luego leerán datos y noticias absolutamente notables que han estado a nuestra disposición y no hemos sabido ver ni calibrar. Los autores Rosling han buscado información relevante, observan con rigor y seriedad los hechos ( a eso se refiere el título del libro, difícil de traducir) y nos explican lo que debimos leer, con una claridad meridiana y unos gráficos de gran calidad y exactitud. Tanta que, como en el caso que nos muestran los gráficos de la páginas 40 y 41, cambia sustancialmente nuestra manera de considerar el problema de la mortalidad infantil en el mundo.

Se nos dice que miles de millones de personas han salido de las cotas de pobreza total  que históricamente se mantenían casi inalteradas (aunque quedan bolsas de pobreza extrema en diversos paises), pero la regla general lleva a familias con menos hijos, más sanidad y más enseñanza, un nivel modesto de bienestar que va creciendo sin cesar (pero no es noticia relevante para casi ningún medio de comunicación). El mensaje de los Rosling no es complaciente, reconocen la gravedad de los problemas a los que debemos enfrentarnos, sino activista: en el sentido de que debemos esforzarnos en ir reparando las deficiencias y aprovechando los recursos científicos para mejorar la situación del mundo más desfavorecido, ese que según datos revelados en este libro, está formado por personas que deben vivir con menos de un euro al día, una de cada diez personas (hace cincuenta años era una de cada dos).

Ese sesgo catastrofista de los medios de comunicación (las buenas noticias no son noticia, la felicidad no nutre la historia, un periódico que sólo diera buenas noticias, cerraría al segundo número), forma parte de la condición humana y no de puede hacer  nada por remediarlo, aunque sí por suavizarlo con informaciones relevantes, honestidad  y moralidad social en los medios, mayor educación ética y en empatía  en las escuelas y universidades... Educar para que las personas decidan mejorar el mundo en la medida de sus posibilidades, porque sí hay maneras de combatir la pobreza o de evitar las guerras, si descartamos la pasividad o el pasotismo egoísta (mientras no me toque a mí). Las estadísticas nos confirman, según Rosling, que las cosas no van cada vez peor, hay que resaltar los progresos tanto como las medidas para sustentarlo. 

Destaquemos la ruptura que hace el libro de tópicos como "la brecha existente entre ricos y pobres", cuando lo cierto es que es un continuum que va desde los muy ricos a los muy pobres y está en su mayor parte ocupado por la gente que va de uno al otro. Así pues, los ingresos diarios por persona son para Rosling el indicativo principal de los modos materiales de vida, más que la cultura, la religión o el régimen político en el que viven las personas.

Hans Rosling murió el 7 de febrero de 2017 de un cáncer de páncreas. Hasta el último momento de lucidez estuvo corrigiendo las pruebas de este libro que no pudo ver publicado. Sus colaboradores, su hijo y su nuera, nos dicen al final del volumen: "El sueño de Hans de una visión del mundo basada en datos reales sigue vivo en nosotros y esperamos que siga vivo también en tí". Así sea.

 

FICHAS

LA GUERRA FUTURA.-Lawrence Freedman.-Traducción de Tomás Fernández Aúz. Crítica. Barcelona, 2019.- 592 páginas. 24,90 €.- ISBN 9788491990628

EN DEFENSA DE LA ILUSTRACIÓN.- Steven Pinker.- trad. Pablo Hermida.- En Paidós.-32 euros.-741 págs. ISBN 9788449334627

FACT FULNESS.- Hans Rosling, Ola Rosling y Anna Rosling.- Ed. Deusto. 345  págs. 22,50 euros. ISBN 9788423429967

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