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22 diciembre 2017 5 22 /12 /diciembre /2017 10:41
La escritora inglesa Stella Gibbons, (nacida en Londres en 1902) pertenece a la nutrida nómina de los escritores británicos costumbristas que mezclaban con osadía el humor, el amor y el drama más típicamente "british", un estilo jocoso, culto, en general bien educado que había dado nombres como Evelyn Waugh, al viejo Amis (padre del actual) o el enorme, grandísimo Wodehouse, eso sólo en las filas de lo popular, aunque notamos la influencia de la alargada sombra de Jane Austen  y tal vez de E.M.Forster el autor de "Pasaje a la India" y Henry James. Así que nada de banalizar a esta respetable dama de orígenes de la clase media suburbana, muy lejos de la alcurnia de la Woolf. Recordemos de pasada la Gibbons coincidió vitalmente con la Woolf y dicen que su éxito provocó cierto sarcasmo en Virginia. Tal vez levantaba con menos donaire la bandera del feminismo, irónicamente combativo, que ambas cultivaron en sus obras, pero la Gibbons no queda muy lejos de la Woolf en algunos momentos (no en la totalidad de la obra, por supuesto, ni en la revolucionaria narrativa que Virginia cultivó frente al clasicismo de estilo del XIX de Gibbons.. Nuestra autora dejó de publicar en los años setenta (murió en 1989 a los 87 años), pero se dio a conocer en nuestro país ya en pleno siglo XXI y gracias a esta misma editorial, Impedimenta, una de las editoriales más inteligentes en su búsqueda de "clásicos" británicos.
Su obra más conocida es La hija de Robert Poste (1932), que obtuvo un éxito popular notable y recibió el Premio Fémina de ese año y ya en el siglo XXI repitió el éxito gracias a la traducción que editó Impedimenta  en 2010.
La novela que hoy recomendamos podría subsumirse a aquél género que dio en llamarse "novela romántica", narrativa de caracteres preferentemente femeninos, los hombres suelen ser caricaturizados en exceso o presa de tópicos de virilidad. La heroína  Viola queda más o menos definida por la autora al principio de la novela: "no era ninguna sirena, sino una simple chica de 21 años que al parecer aspiraba a la elegancia, a pesar de que fuera vestida con un abrigo barato y una falda más barata aún, de color negro, una blusa de satén rosa y unos guantes con puños recargados. Era pálida y tenía unos ojos rasgados de un gris claro, una boquita de piñón entreabierta con labios gruesos y dientes bonitos. No tenía el aspecto de una dama, lo cual era normal pues no lo era".
Es una viuda joven. bonita como vemos y no demasiado lista. Va a vivir a  la casa de sus suegros, The Eagles, en una familia peculiar e interesada (no interesante) dominada por el señor Wither, un hombre algo desagradable y con una constante avidez económica que considera con un insufrible e insultante desdén a todo ser humano que lleve faldas, incluido  su esposa y sus dos hijas. El "héroe", (la Gibbons sigue la norma victoriana de considerar a los hombres bajo una óptima casamentera y poco más)  Victor Springs, es un hombre soltero que pertenece a una familia de nuevos ricos. Con estas piezas --casi de una novela de Austen- se puede hacer un pastel romántico al estilo de Cenicienta o sacarse piezas inesperadas del sombrero y mostrarnos ingenio, sutileza e ironía de la más preciada ley. Y esto es lo que hace Stella. Ya desde el primer capítulo cuando se nos cuenta cómo es el mundo señor el señor Wither, su adoración al dinero y su soporífero cerebro no muy dotado pero pretencioso, añadiendo al cuadro a su esposa, muy cercana a él en esa metafísica de la libra esterlina, nos percatamos que estamos ante una escritora a la que hay que leer con atención.
A partir de ahí, retratos de gentes de la clase media alta inglesa, diálogos con ingenio, humor y sarcasmo, una poco disimulada crítica social y cierta tendencia a caricaturizar, aunque muy lejos de la amable ironía de Chesterton o James.  Y en lado feminista de la autora, dos buenos personajes que rompen las reglas de lo establecido y abren corrientes de osado aire fresco en las acartonadas pretensiones sociales de la tradición inglesa: Hetty y Tina, relacionadas con los dos miembros de la pareja protagonista. La trama, que parece al principio destinada a los estereotipos de la novela romántica, se va cargando de ciertos desvíos llenos de humor y cierta socarrona causticidad.
 
 
 

FICHA

LA SEGUNDA VIDA DE VIOLA WITHER.-Stella Gibbons.-Trad. Laura Naranjo y Carmen Torres.- Ed. Impedimenta.- 464 págs. 22,75 €.- ISBN: 9788415578024

 

 

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20 diciembre 2017 3 20 /12 /diciembre /2017 10:20

El siempre desmesurado pero brillante catedrático alemán de Teoría de la Cultura (en la Universidad de Viena) Peter Sloterdijk (1947) provocador irredento, que supera en irreverencia y osadía a MIchel Onfray (también es un poco más laborioso de entender) que no duda en desafiar todas las ortodoxias, empezando por las políticas y sociales, se ha convertido en una especie de cínico Diógenes que zarandea a los bien pensantes de toda condición y vapulea las soluciones que las sociedades y los individuos de hoy han dado al problema  capital de la filosofía: Cómo vivir una existencia cada vez más compleja e irritante, cómo gestionar el malestar ante una forma de vida que es todo menos feliz, cómo gozar de una vida buena y plena sin abandonar la senda de lo correcto. Es decir todo lo que las escuelas griegas principales estudiaron y propusieron con rara efectividad: estoicos, epicúreos, escépticos y cínicos, con su extensión a la filosofía helenística.

¿Quiénes son los hijos terribles de la edad moderna? Los responsables de la  ruptura de la modernidad con las venerables y eficaces tecnología filosóficas del bienestar de la antigüedad. Los que "rompen con tradiciones y genealogías, desafiando la autoridad paterna y tras "matar al padre" freudianamente, esbozan unos sistemas en todos los órdenes (social, económico, político, científico) que se caracterizan por su tendencia al cambio incesante, la falta de solidez y la falta de tiempo para consolidar nada. Y así comunican al mundo "el fatuo mensaje de la superfluidad de toda herencia" con efectos letales sobre la creatividad de una cultura que, en palabras de  Sénancour que recuerda la gran Edith Hamilton ("El camino de los griegos").  no ha sabido conservar nuestros santuarios, "donde se mantienen y enseñan las perspectivas eternas". Y sin ellas, ¿Qué nos queda? El erial falto de todo misterio trascendente que nos ahoga y nos aboca a la banalidad.

Sloterdijk es profundamente pesimista en su visión agónica de los "terribles hijos de la modernidad" que están desarraigando al ser humano de sus orígenes y sagrados misterios y se han convertido desde Napoleón, a Hitler, Stalin, "infaustos hacedores de historia, subversivos monstruos en una cultura desorientada que han sustituido al Olimpo por Wall Street  y al filósofo con "coachs " tecnológicos, al amor con la relación virtual y a los políticos con histéricos retratos al minuto en Facebook o twiter. Nuestro autor recoge los mensajes de Freud, Nietzche, Marx, Deleuze o  Jesucristo, entre muchos otros) para abonar su pesimismo y su rebeldía. Y, sobre todo, su convicción de que la humanidad no ha dejado de caer y perder solidez desde la Edad Media hasta llegar al vértigo destructivo y la ciega deriva de nuestros tiempos.

Hay una especie de añoranza de los tiempos clásicos y una más o menos clara condena a la Ilustración por el cambio que provocó sin saber encontrar un medio para preservar los "antiguos valores y jerarquías". Es un desafío bastante radical del pensamiento actual mucho menos extremista que el del pensador alemán que parece añorar las añejas estructuras del poder aristocrático. Todo esto en un abrumador despliegue de más de trescientas páginas de alta cultura, planteamientos intelectuales, datos históricos, retratos de personajes y trayectorias de ideas y estructuras de pensamiento que necesitan no sólo una lectura atenta y sumamente laboriosa, sino algunos momentos de desorientación y estupor. Es como ir de la mano de un genio despistado e ensimismado, a veces muy enojado o sarcástico, por las páginas de una ingente Enciclopedia Universal. Uno echa de menos una visión más constructiva, una oferta de pensamiento que armonizara en lo posible el legado -existente- del pasado y las formas de la modernidad. De nada sirve dictar el apocalipsis y el ¡Que cierre la puerta el último! Esa es justamente el tipo de actitud que rechazarían los admirados -y admirables- maestros de la antigüedad (incluidos Pirrón o Diógenes, y hasta Platón o Aristóteles, sin ir más lejos).

FICHA

LOS HIJOS TERRIBLES DE LA MODERNIDAD.-Peter Sloterdijk.- Traducción del gran Isidoro Reguera.-  323 págs. Siruela.-ISBN  9788416465286      

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18 diciembre 2017 1 18 /12 /diciembre /2017 10:17

Una novela corta japonesa que tiene el encanto de un bonsái o la finura y sencillez de un grabado de ese país desconcertante, en el que la sutileza de los sentimientos y percepciones de la naturaleza o el arte corre pareja con una represión férrea de la expresión de los sentimientos personales y la etiqueta en las relaciones humanas es tan rígida como autoritaria.

La joven Mitsuko tiene un hijo de siete años discapacitado, sordomudo y vive de la venta de libros de filosofía y arte en su librería y de un empleo como camarera de un club de alterne frecuentado por intelectuales y artistas. El niño es adoptado en circunstancias dramáticas y Mitsuko mantiene la ficción de que es su hijo biológico. Su amor por el niño, por el gato Sócrates que les acompaña y por su modo de vida (en el que también se incluye su madre, una ex presidiaria, católica) es el tema central de la novela. El aborto, la maternidad, la prostitución, el sentido de la vida, el absurdo, la filosofía, el lenguaje y la multiplicidad de sentidos de las palabras, son asuntos que interesan a la trama y van apareciendo a tenor de las circunstancias, con sencillez y sin empalago teórico. La aparición de la esposa de un diplomático y su hija pequeña en la librería es el principio de un elemento inquietante y misterioso para ella, que la protagonista desea desechar cuanto antes, pero que la va envolviendo a pesar de sus esfuerzos y nos permitirá conocer su historia.

Como suele acontecer en algunas buenas novelas, el argumento es simple, sencillo, previsible. No es eso lo que da valor a la narración, sino la forma con que ésta se realiza, los personajes y sus complejidades y contradicciones. Y el estilo, aparentemente tan sencillo como la trama, de frases cortas y diálogos tan secos como de una novela de Dashiell Hammett o de Chandler, ofrece floraciones inesperadas, delicadas filigranas poéticas casi evanescentes, como uno de los arreglos florales del ikebana. Para los lectores hispanos se adjunta un glosario de términos japoneses que hacen más clara la lectura.

Como elemento supletorio de atractivo está ese nuevo género al que pertenece esta novela y que tiene cada vez mayor aceptación entre los lectores: se trata de los libros y narraciones sobre el mundo de los propios libros, los libreros y editores. Es una prueba más de que bajo la superficie de la supuesta crisis de los libros se esconde un Guadiana oculto de interés que surge de vez en cuando mostrando una evidencia: los libros y las librerías van a vivir un Renacimiento, provocado como el histórico por el romanticismo y la nostalgia del pasado. O, al menos, así quisiera yo que fuera.

Aki Shimazaki (Gifu, Japón, 1954), japonesa que vive y está nacionalizada en Canadá, escribe en francés desde 1991.Ha publicado más de diez novelas, organizadas en dos pentalogías interrelacionadas entre sí, de manera que los personajes se van repitiendo  y adquiriendo protagonismo según la trama de cada novela.

FICHA

HOZUKI, LA LIBRERÍA DE MITSUKO.- Aki Shimazaki- Ed Nordica.-138 págs. Trad de Iñigo Jáuregui.- ISBN 9788416830732

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15 diciembre 2017 5 15 /12 /diciembre /2017 09:05

He disfrutado con este excelente ensayo de Edith Hamilton sobre el legado que el mundo griego, su poesía, su teatro y su filosofía han dejado a nuestra cultura occidental (pese a los cansinos y prepotentes aires de estos tiempos en que la ignorancia sustituye al asombro). Publicado en 1930, poco podía sospechar la insigne autora --alemana de nacimiento y norteamericana de adopción- que su libro llegaría ser reeditado en una época y unas tendencias culturales de signo totalmente opuesto a las extraordinarias ideas sobre el desarrollo  intelectual, espiritual y ético del hombre que serían el sello de la excelencia griega. 

Vivimos en tiempos de barbarie (tecnológica pero barbarie al fin) y leer el libro de la Hamilton podría parecer una pérdida de tiempo (uno de los vicios  capitales que el nuevo Orden Mundial, la sociedad de la Prisa y el Goce Instantáneo, no perdona). Sin embargo desde aquí llamo a la rebelión: "El camino de los griegos" es un libro que nos permitirá abrir las puertas de la percepción a una forma de vida distinta, sana, inteligente y gratificante, como no lo ha sido -ni será- las que nos propone la sociedad del consumo constante, la gratificación inmediata y las demandas neuróticas sin fin.

A pesar de lo dicho, el libro de Edith H. fue anatematizado por la crítica universitaria y erudita dada la preponderancia que lo literario y filosófico, las hipótesis osadas y poco contrastadas de la autora sobre algunos temas -de alcance académico-  y el tono divulgativo, divertido a menudo y siempre irónico, ameno e inteligente del texto. Obviamente el libro fue un éxito popular culto, un auténtico "best-seller" en tiempos en los que aún no se había inventado -y degradado- el término. Este libro fue el primero de una serie que la autora escribió a partir de su jubilación como profesora de lenguas clásicas, a los 63 años. 

El plan de la obra obedece a un rasgo cultural que la autora ya veía en el horizonte en aquél lejano (para nosotros) primer tercio del siglo XX y que, curiosamente, se repite casi como un calco en este primer tercio del siglo XX. Dice: "Cuando el mundo se ve azotado por tormentas y lo malo que ocurre y lo peor que amenaza son tan apremiantes que bloquean  de nuestra vista lo demás, entonces necesitamos conocer todas las recias fortalezas del espíritu que los hombres han edificado a través de las edades. Las perspectivas eternas se están borrando y nuestro juicio de los asuntos inmediatos será erróneo si no las traemos de regreso".

Nuestra autora inicia su notable viaje mostrándonos las diferencias existentes entre el espíritu y el pensamiento de occidente y oriente. En el momento de escribir el libro, aún no se había descubierto la importancia que muchos de los mensajes de oriente habían tenido en el llamado "milagro griego" y enfatiza la labor castrante de las religiones orientales y sus conexiones con los poderes absolutos y despóticos que regían esos países, que dieron la impresión de que la sabiduría griega nació espontáneamente por su temprano racionalismo y desprecio a los dioses. En orden contrario, avisa con gran agudeza del error que se cometió en Occidente durante siglos al confundir la religión (mistérica, para iniciados) griega con el teatrillo frívolo del Olimpo y sus dioses populares (que fueron rechazados directa o indirectamente por todos los grandes pensadores). Más tarde volvería la religión institucionalizada, el cristianismo, a ahogar el legado griego, e incluso a manipular a unos pocos pensadores respetados, Platón, Aristóteles y algunos estoicos.

Esto, que se lee entre líneas sin ninguna declaración directa, fue otro de los motivos por los que el libro de Hamilton fue académicamente rechazado. Como dijimos, no afectó a su éxito: la fluidez, belleza y oportunidad del texto de esta autora, así como sus oportunas y brillantes citas de las obras griegas, un estilo ágil, claro y dinámico -no en vano la Hamilton fue una buena profesora durante más de treinta años- se enriquece además por los hábiles paralelismos que Hamilton hace entre Píndaro y Kipling, Aristófanes y el autor de comedias musicales victorianas William S. Gilbert, y las tragedias de los tres grandes, Esquilo, Sófocles y Eurípides con Shakespeare. Particularmente sugestivo es el análisis que enaltece la tragedia y la diferencia que tiene con el drama.

Este brillante ensayo termina con un capítulo dedicado a "El camino del mundo moderno", en el que la inteligencia de la autora da un quiebro para mostrarnos cómo podría ser un mundo futuro (nuestro hoy) si no fuéramos capaces de integrar las enseñanzas del camino griego clásico. "El camino de occidente siempre ha consistido en enfrentar la mente contra el espíritu, en no captar nunca el doble aspecto de todos los seres humanos, no podemos entregarnos por completo tan sólo a uno y dejar que el otro desaparezca de nuestra conciencia". Y acaba con cierta nostalgia triste: "en todo el arte griego hay una Ausencia de lucha, un poder reconciliador, algo apacible y sereno que el mundo no  ha vuelto a ver desde entonces".

FICHA

EL CAMINO DE LOS GRIEGOS.- Edith Hamilton.- Trad. Juan José Utrilla. Ed Turner&Fondo de Cultura Económica. 328 págs. ISBN 0788475065212

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13 diciembre 2017 3 13 /12 /diciembre /2017 10:41

El escritor Antonio Iturbe (autor de "A cielo abierto" y "La bibliotecaria de Auschwitz", entre otras obras) es, sin duda, un "lletraferit" de primer orden y le ha dado en esta afortunada ocasión por escribir un libro con titulo semejante al de las memorias del premio Nobel Naipaul, "Momentos literarios" pero con un contenido  sutilmente diferente. "Cincuenta momentos literarios" hace un, en cierto modo arbitrario y personal, recorrido por autores más o menos clásicos en relación a una de sus obras, en un breve viaje informativo-anecdótico sobre algunos de las autores y obras señeras de  la literatura universal donde no están todos los que son (cosa casi inviable) pero sí son todos los que están. Con dos excepciones: la visita dedicada a Gutemberg y las dos páginas (en riguroso negro, como se merece) que Iturbe dedica al "Bibliocausto" la quema de 25.000 libros en plena Opernplatz de Berlin bajo el griterío salvaje nazi y, qué profanación, con la música de Mozart. Una de los poetas alemanes del siglo XIX, Heine, de origen judío, cuyas obras ardieron en la pira, había escrito muchos años antes: "cuando se queman libros, pronto se quemarán personas". Profético.

En una directa, crítica y paladina introducción, Iturbe lanza rayos y centellas contra la política cultural y pedagógica de este gobierno que padecemos comentando, con más razón que un santo, que "en esta ofensiva mostrenca contra las Letras...debido a que en las aulas docentes en lugar de  formar ciudadanos con conocimientos amplios e inquietudes diversas, se produzcan a ritmo de cadena de montaje empleados especializados útiles para el mercado de trabajo". Iturbe clama contra "ese descalabro social de la literatura" y propone este libro como una forma de paliar los daños. ¿Cómo? Mostrándonos grandes obras literarias y sus  autores de una forma pareja a la que la mítica Sherezade usó para salvar su vida durante mil y una noches: en forma de relato cuasi oral que mantenga al lector "atado"  a su lectura no por fuerza sino por la fuerza del encanto, el sortilegio mágico de la fascinación del asombro y la curiosidad.

Como aduce nuestro autor, "este libro no pretende ser un curso de literatura ni dar lección alguna sobre nada. Es tan solo un deseo de compartir la fascinación que nos producen los libros y sus jardineros". ¿Qué mejor regalo de Navidad para nuestros jóvenes? Seducir las mentes excesivamente aletargadas por la tecnología invasiva con unos relatos llenos de pasión, misterio y alegría. Despertar al benéfico bacilo de la lecturitis. Algo que, como la música clásica,  no necesariamente nos hace ser mejores personas, pero sin duda no nos hace peores y nos abre sutiles caminos para mejorar nuestra existencia.

El recorrido va siguiendo un cierto orden cronológico, por lo que empezamos con el relato milenario de Gilgamesh y los encantos poéticos y aventureros de Homero y Hesíodo, para pasar por Llull, Dante, Góngora y Quevedo (en todos ellos, adornando descripciones literarias con un anecdotario curioso que aumenta exponencialmente el deseo de leer más de ellos que esos breves apuntes, a modo de caramelo para aumentar el apetito). No pueden faltar en este paseo una visita a Cervantes y Shakespeare, pasando por la amable pero certera filosofía de Montaigne, las aventuras de Robinsón de la mano de Defoe, Goethe para los más cultivados, Jane Austen y la madre de Frankenstein, Mary Shelley, Stendhal, Dumas, Verne y Victor Hugo como alusión a la dulce Francia, el inevitable Dickens y su infancia terrible junto a la caza prodigiosa de la mágica Moby Dick de Melville, Poe y Thoureau como tributo a Norteamérica, el sabor salobre de la  "Hispaniola" navegando hacia la Isla del Tesoro por la pluma de Stevenson, un guiño a la poesía dramática de Rimbaud y Verlaine o el intimismo de la Dickinson, Conrad por supuesto, Chejov y Joyce, Tolstoi y la Woolf, Mann, Proust y Gide, el misterio con Agatha Christie o Dashiell Hammet, las lejanas cumbres de Africa de la mano de Karen Blixen o Hemingway, el dulce Saint Exupery, la Rodoreda, Borges y Bolaño a la sombra de García Márquez, la profundidad de Camus y la extremosidad poética de Mishima, el humor de Kennedy Toole o el erotismo de las mariposas en Nabokov y terminar con la hiperhidrosis de David Foster Wallace y su dramático final tras una vida de irónico terror a la corrupción gradual y permanente de todo lo que existe, que fue el abono para hacerle escribir algunas de las piezas más brillantes de la literatura norteamericana del siglo XX.

Lo cierto es que lo he pasado muy bien, sobre todo con el aliño valioso de las ilustraciones de Jordi Lafebre. Sencillamente un regalo desde todos los puntos de vista.

 

FICHA

CINCUENTA MOMENTOS LITERARIOS.- Antonio Iturbe.- Ilustraciones de Jordi Lafebre.- Ed. Bridge.- 181 págs. ISBN 9788416670185

 

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12 diciembre 2017 2 12 /12 /diciembre /2017 11:37
 

 
 
Brillante y ambicioso aunque algo espeso ensayo del profesor y crítico de cine Angel Quintana (1960) sobre la dialéctica entre el cine como arte y la realidad. Cómo en las "fábulas de lo visible" el cine  ha logrado imponerse  como un taumaturgo de la realidad, un creador de realidades paralelas a la "auténtica", si es que podemos llamarla así, aun sabiendo que no es adecuado ni posiblemente correcto.
Con un notable trabajo introductorio de tipo histórico dedicado a la "posición desfavorable y la posición privilegiada", Quintana nos introduce en un extenso análisis donde va desvelando los modelos de realismo usados en el siglo XIX que más tarde recogería el cine para su propio beneficio, la teoría del realismo a través del cine de André Bazin, Sigfried Kracauer y Pier Polo Pasolini, la subsiguiente apuesta del neorrealismo en un siglo agónico y bárbaro en el que la violencia bélica rompe ciertas estructuras y barreras quizá ingenuas del cine, la autoconciencia en la que entra cierto cine contemporáneo y un filosófico capítulo final dedicado a las imágenes como elementos de la "era de sospecha" y las vías de futuro de cierto tipo de cine que quizá nos lleve al regreso a la caverna platónica, mito en el que la labor del cine es garante de una cierta realidad que trascurre a espaldas de lo real pero frente a los absortos y manipulados espectadores. Con lo cual se cierne sobre nosotros una cierta amenaza de perder el contacto con la realidad, como les ocurre a los prisioneros del mito platónico, rodeados como ya casi lo estamos de unos escenarios virtuales, simulacros electrónicos de realidades paralelas más asequibles y manipulables que la "otra realidad" la que sucede tras las pantallas en las que nos abismamos. .
 
 Por tanto Quintana nos avisa de una posibilidad de realismo, tal como se vivió en el siglo XIX, trasplantado a nuestra época cibernética: "Frente a un universo cultural que de forma progresiva ha ido perdiendo su proyección en la realidad, la emergencia del realismo como actitud ética puede llegar a adquirir, en determinados campos de la cultura, una clara dimensión política como alternativa a la omnipresencia de la cultura del simulacro".

De ahí que la cultura de la imagen, cuna germinal del cine, la televisión, la realidad a pantallazo de móvil, reproducen un momento histórico y social en el que la vocación realista reedita las teorías  sobre la función de la cinematografía a niveles de abstracción parecidos a los que acontecieron en los sesenta y setenta del pasado siglo : una soberbia dinámica de creatividad y también de estupidez rimbombante.

Las teorías sobre el realismo llegan al cine, procedentes de la novela, nimbadas de prestigio y allí, como era de esperar adquieren la vaguedad teórica y la potencia plástica del medio. Quintana se enfrenta brava y sagazmente con las dificultades de articular de forma clara las diferencias y características del proceso realista en el cine, tan diferente según los autores e incluso según la nacionalidad de las películas.  Sin olvidar a los que cuando realizan sus películas se abstienen en absoluto de pretender un determinado tipo de realismo e incluso rechazan abiertamente el calificativo o se declaran enemigos de  los encorsetamientos teóricos a los que tan aficionados son los críticos y especialistas en cine.

Particularmente me ha encantado el ya citado estudio introductorio que Quintana realiza apoyándose  en dos películas históricas de considerable valía documental e histórico-político. Una es de 1903 y se titula "La recepción de S.M. Alfonso XIII en Barcelona", está realizada por un pionero español del cine, Segundo de Chomón que con su primitiva cámara intentó rodar los fastos de la presencia del Rey en Barcelona, desde el lugar del público, sin emplazamiento especial ninguno, con imágenes donde el objetivo real apenas si puede ser vislumbrado, con la cámara rodeada de personas asistentes a la ceremonia que era la primera en su vida que veían ese tipo de extraño aparato, entorpecían la visión y miraban directamente al objetivo muy sorprendidos (y estaban también atentos al personaje real y su séquito.) A esta presencia testimonial del cine en un acto público, ignorado y entorpecido, Quintana contrapone una situación diametralmente opuesta: el documental que la realizadora alemana Leni Riefensthal rodó para mayor loor y gloria del III Reich y su Führer. "El triunfo de la voluntad" fue rodado en el Congreso nacionalsocialista de Núremberg en 1934, con la presencia "estelar" de Hitler. Un acto pensado por primera vez en la historia en clave cinematográfica. La primera utilización del cine como elemento decisivo de propaganda política, con una escenografía y planificación absolutamente ajustadas a una intencionalidad política, plano a plano, imagen y sonido, ritmo y desarrollo. Fascinante (y alarmante).

En realidad "Fábulas de lo visible" es un trabajo que puede inscribirse en la línea de otras obras de Ángel Quintana, como las monografías dedicadas a Roberto Rossellini (1995), "El cine italiano 1942-1961. Del neorrealismo a la modernidad (1997)" y Jean Renoir (1998). En este caso su recorrido es más teórico y va desarrollando diferentes tópicos como el debate sobre el realismo en el arte ( Aristóteles, Gombrich o Auerbach), las relaciones entre la novela naturalista y realista y el cine, presentando un análisis de tres teóricos clásicos del realismo en el cine: Bazin, Kracauer y Pasolini. Más adelante enfoca un recorrido histórico, con cineastas y películas concretas en el cine, citando la postura de directores tan diversos como Rossellini, Rohmer, Straud y Huillet o Kiarostami, estableciendo las pautas que los diferencia del realismo al estilo de Hollywood.

Sus reflexiones  sobre el cine de los últimos años del cine, a los que define como la “era de la sospecha” , advierten sobre la digitalización de la imagen que subvierte la presencia real, usándola como elemento de información contextual que será manipulada en los procesos de postproducción. La imagen se desmaterializa y se convierte en realidad virtual, al estilo de "Matrix",  el símbolo platónico traducido al siglo XXI. Quintana reivindica el "cine   periférico" donde aún las películas se centran en ofrecernos imágenes  de una realidad constada por el espectador, sin "trampa ni cartón" digitales.

FICHA

FÁBULAS DE LO VISIBLE.- El cine como creador de realidades. Ángel Quintana.  312 págs. Ed. El Acantilado.- ISBN: 9788495359841

 

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9 diciembre 2017 6 09 /12 /diciembre /2017 09:45

Aurora Bertrana es una de las contadas mujeres que, sin duda gracias a una situación familiar bastante privilegiada, logró destacar y marcar época en unos tiempos, los años veinte del pasado siglo, en los que el género femenino comenzaba a alzar la cabeza orgullosamente, pero aún sometido a la férrea estructura de la cultura preponderante masculina. La Bertrana pertenecía a esa escasa fracción femenina que rompía los asfixiantes moldes del estereotipo tradicional  de lo que "debía ser" una mujer y cuáles eran sus funciones aceptables, siempre bajo el dominio del hombre.

La obra original "Paradisos oceànics" fue publicada por la editorial catalana Proa en 1930. Fue un libro que se convirtió en un éxito casi inmediato, no sólo por el exotismo de lo que contaba, un viaje por la Polinesia francesa desde 1926 a 1929, sino por el hecho de que su autor era una mujer y que las ideas, opiniones y retratos que ofrecía eran inusitadamente rompedores para la pacata, super católica  e hipertrofiada cultura de la sociedad española de aquellos tiempos (sobre todo en el aspecto tabú de la sexualidad y, válgame Dios, de la libertad femenina al respecto). Una sociedad, como la describía Aurora, en la que las mujeres podrían escoger al hombre que las deseara y tener cuantos hijos pudiera con cualquiera de ellos, pues para aquella cultura los hijos eran un capital común que todo el mundo cuidaba y quería: ahí es nada, estaba comprometido el futuro de la tribu. Los antropólogos ya sabrían de estas cosas a través de los estudios de  Malinowski  y de  Radcliffe-Brown (más tarde, Margaret Mead y Levy Strauss) pero eso era en el restringido ámbito universitario (en España decididamente minoritario y clasista en esos años)

 A finales de  los "felices" 20 Aurora Bertrana enviaba crónicas periodísticas de excelente valor literario desde Oceanía hacia España. Tenía treinta y cuatro años, literaria y filosóficamente madura y totalmente fascinada por la asombrosa cultura humana de aquellos lugares paradisíacos. Era un auténtico rito de paso en su existencia, el ascenso a una cultura superior desde el punto de vista humanístico y el sello de su libertad como mujer y de su independencia del forzado estatus que la sociedad de su tiempo reservaba a las mujeres de su clase social. Era hija del escritor Prudenci Bertrana (que no era para su hija un prodigio de liberalidad e inteligencia progresista, más bien todo lo contrario) y la familia era un remedo de las de aquellos hidalgos pobres de los que habla nuestra literatura clásica, Baroja o Galdós, una familia de posibles venida a menos por mala gestión de bienes heredados. .

Había recibido una excelente cultura musical y completó sus estudios de violoncello en la Escuela de Música de Barcelona bajo la protección de la escritora y militante del feminismo Carmen Karr. Se ganaba la vida tocando con un terceto de señoritas que actuaba de madrugada en locales de la Diagonal,  además de dar clases de música y lectura catalana en el Instituto de Cultura. En Suiza logró cierto éxito al crear la orquesta ‘Jazz Women’, la primera jazz band formada íntegramente por mujeres. Fue en Ginebra donde conoció a un ingeniero industrial que pertenecía a una familia pudiente, Denys Choffat, con el que se casó en 1925. Con él viajaría a Polinesia - después de conocer Martinica y Panamá- donde él debía trabajar en el montaje de una central eléctrica y ella se dedicaría a estudiar las costumbres locales que plasmaría en sus artículos para la revista "D'Ací i d'Allà" y posteriormente en el libro que hoy disfrutamos.

Más tarde publicaría, ya en Barcelona, "Peikea, princesa caníbal" y "L'illa perduda" (escrita en colaboración con su padre). En 1936 publicó un libro sobre "El Marroc sensual i fanátic". En 1938 --dada su militancia izquierdista republicana- nuestra autora hubo de exiliarse (Suiza y Francia) -su marido prefirió pasarse a la zona franquista- y regresó a España en 1949 por razones familiares. Murió en Berga en 1974 tras publicar varios libros más, novelas, biografía de su padre y memorias (entre ellos la novela "Vent de grop" cuya versión cinematográfica fue protagonizada por Joan Manuel Serrat).

La personalísima  edición de Rata ofrece ese aspecto de  trabajo artesanal en común, ese "sabor" a algo bien diseñado, cuidado en sus menores detalles, un producto realizado con sensibilidad e inteligencia: aquél tipo de obras que Aristóteles consideraba dignas de la gran exigencia de perfección  que apuntaba en su "Ética para Nicomaco" como precisa para el hombre de virtud, la busca de la excelencia. Como asegura Oriol Ponsatí en la introducción: "Todo desde el diseño hasta el cuidado en la selección de textos, imágenes y paratextos, nos permite afirmar sin duda  alguna que -esta edición- es el mejor lugar donde podía ir a parar nuestra viajera oceánica el año 2017".

También la semblanza biográfica que nos ofrece Mar Abad ("una mujer libre") tiene desperdicio, sobre todo algunas de las frases que esta autora dedica a su biografiada con un desgarro literario de lo más divertido. Por ejemplo: "En aquella época, los minúsculos deditos de las niñas traían inscrito un destino: fregar, coser y guisar para un marido y unos hijos. Y en sus pezoncitos, tan tiernos como la acuarela rosa, aguardaba el sino de amamantar". La edición se enriquece además con un capítulo inédito en castellano (la traducción se debe a la novelista Jenn Díaz) que apareció en las "Memories fins al 1935" y donde la Bertrana comenta con gracejo e ironía la acogida que tuvo sus "Paraísos" en 1930. El libro nos ofrece también una selección de fotografías de la autora que aparecieron en las ediciones catalana y castellana de1930 y 1933.

Un libro, pues, para disfrutar y también para pensar sobre la situación de la mujer en la sociedad española de aquellos tiempos (la anécdota de la cita con Gregorio Marañón es categórica). Como es delicioso y poco corriente que Iolanda Batallé, la editora, nos diga en la solapa de contraportada: "Lee este libro porque, a pesar de todo, el mundo sigue siendo aún el lugar luminoso, abierto e inocente que aquí se describe". Sumamente improbable, pero hermoso.

FICHA

PARAÍSOS OCEÁNICOS.- Aurora Bertrana.- Editorial :Rata_.-299 págs. Ilustraciones de la autora.

 

 

 

 

 

 

 

   

 

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7 diciembre 2017 4 07 /12 /diciembre /2017 09:43

Nueva novela de ese escritor todo terreno, viejo periodista y compañero de largas noches de charlas literarias y políticas, Fernando Martínez Laínez. Se trata de la primera novela de una trilogía -La senda de los Tercios- en la que anda metido este incansable grafómano. Fernando que comenzó con la novela negra antes de que, incluso, llevara ese nombre de género, por allá por los setenta, creo recordar, la ha dado caña también a libros sobre política internacional, aunque con el tiempo ha ido decantándose por trabajos sobre divulgación histórica y, en fin, compagina ese menester con novelas de otro género en continuo auge desde hace más de dos décadas. "Las lanzas" pertenece por derecho propio a esa fascinación por la historia y concretamente la de nuestro país, que embarga a este escritor.

Se trata de la primera novela de una trilogía en la que se narra en una mezcla osada de historia y ficción los hechos de la legendaria guerra de Flandes (con las campañas de Ostende, Frisia y Breda) que acabó de hundir en la miseria a la España imperial, pese a algunos efímeros destellos de gloria. A través de monólogos encabezados por el nombre del personaje que cuenta su versión de los hechos, en un juego literario de narradores que van apareciendo o se escudan en la tercera persona, evitando el narrador omnisciente, FML se apoya en dos personajes más destacados, el soldado Alonso de Montenegro, con el que FML nos narra la vida del soldado "a ras de tierra" con sus miserias y valores y para el sector más alto y encumbrado, que no efectivo, el general Ambrosio Spínola y en un orden menor a su hermano Federico Spínola (uno de los atrevidos visionarios, el último fue Hitler, que se había planteado invadir Inglaterra).

Nuestro autor se saca del bolsillo argumental personajes reales históricos, debidamente documentados, desde Rubens a Velázquez, algunos literatos de postín y sobre todo gente de armas con "pedigrí", como ya hacía en sus ensayos históricos, "Banderas lejanas", "Una pica en Flandes" y "Tercios de España", sin olvidar su novela anterior, "El náufrago de la Gran Armada". Y es que Fernando tiene una especial querencia por esa época imperial de nuestro país y una patriótica indignación por lo que considera "una especie de olvido" de los españoles de la grandeza y servidumbre de una época irrepetible pero fascinante. Y especialmente el papel de los Tercios, que es el protagonista simbólico de esta novela y de la trilogía aún en período de incubación. Es una tarea quijotesca la de FML. Como quijotesca y desproporcionada fue la guerra de Flandes para España. Hay una cierta relación simbólica especular entre aquéllos trágicos eventos y la pasión literaria de FML por reivindicar su honor e hidalguía. Al estilo del cuadro velazqueño, que en la novela tiene un notable protagonismo.

Desde el despropósito, amañado por intereses de otras naciones, de la famosa "Leyenda negra" (que siempre han alimentado los propios españoles) hasta un enfoque de la historia que huya de las visiones generales y nos informe de la acciones, temores y deseos del soldado o de las íntimas razones de las actitudes de otros personajes importantes, FML trata de ajustarse a la objetividad histórica sin renegar de la subjetividad novelesca, evitando al tiempo las reiteraciones en episodios de pura acción, de capa y espada, arcabuzazos y cañones.

Una novela que, sin dejar de ser ficción, trata de respetar lo que algunos llaman, con bastante impropiedad y osadía, la "verdad histórica". Desconfío de ese aparente oxímoron. Creo que Fernando, también. Y así nos dice en su "nota" al final del libro: "con esta novela...he querido contribuir a recuperar la memoria histórica de personajes que deberían formar parte del acervo popular de nuestro mejor pálpito colectivo, a pesar del esperpento de la Leyenda Negra y la siniestra sombra inquisitorial que tanto daño nos han hecho como pueblo...Esto unido a las feroces pugnas domésticas y la enfermiza tendencia tribal al fraccionamiento y la división ha eclipsado nuestra imagen en el mundo...". En fin, se puede decir más alto, pero no más claro.

FICHA

LAS LANZAS.- La senda de los Tercios.- Fernando Martínez Laínez.- Ed. B.- 604 págs. ISBN 9788466661249

 

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5 diciembre 2017 2 05 /12 /diciembre /2017 09:13

He aquí uno de los libros más interesantes y sugestivos de Alan Watts, el llamado filósofo gurú de la contra cultura de los mediados del siglo XX, un inglés afincado en California que mostró - a veces de forma excesiva pero  siempre con jovialidad y optimismo- el camino oriental de la filosofía y la espiritualidad a dos o tres generaciones de jóvenes descontentos y desorientados en todo occidente. Watts no se corta un pelo para definirnos ya desde el prefacio su objetivo: una exploración de un tabú humano "tan poco reconocido como poderoso" es decir la tácita conspiración de nuestra cultura para ignorar quiénes o qué somos realmente como individuos y como género. Y la tesis es, aún hoy, revolucionaria, imagínense en 1972: "la sensación general que tenemos los seres humanos de tener un ego separado y metido dentro de un saco de piel es una alucinación, que no  concuerda ni con la ciencia occidental ni con la sabiduría oriental". Y Watts confiesa con alegre ingenuidad y arrogancia: "este trabajo no  intenta ser ni un libro de texto, ni una introducción a la filosofía Vedanta... un ensayo de interfecundación entre Ciencia occidental y Sabiduría oriental".

Watts, siguiendo la línea de pensadores como Montaigne o Lao Tsé,  e incluso,  Wittgenstein, reivindica la capacidad  de asombro ante las cosas y los hechos que jalonan nuestra visión de la realidad, de la Naturaleza, del Cosmos y del cuerpo y la mente humanas.

La faceta visionaria de Watts queda de manifiesto junto a su finura de análisis cuando escribe: "existe la posibilidad de que la civilización resulte un perfecto éxito tecnológico...solo que a través de métodos que la mayoría encontrará equívocos, alarmantes y desorientadores...porque esos métodos está cambiando constantemente...podía resultar como un juego en el cual las reglas varían de continuo, aún antes de ser formuladas con claridad". Los últimos libros del coreano- alemán  Byung-Chul Han, ("La sociedad del cansancio", "El aroma del tiempo" y "En el enjambre") amplían esa genial observación de Watts en los primeros setenta (diez años antes de que se confirmara el protocolo creativo de internet).

Pero lo más importante que Watts va aportando al lector se sustancia en reflexiones que van espigando un discurso del alcance profético: "Nosotros no venimos a este mundo, más bien le salimos, le crecemos como las hojas a un árbol", "Siempre estamos conquistando la naturaleza, el espacio, las montañas, los desiertos, las bacterias o los insectos, en lugar de aprender a cooperar con ellos en un orden armónico...la agresiva pretensión de conquistar ignora la interdependencia básica de todas las cosas y eventos" "Nuestra propia piel no es un escudo ante el mundo exterior sino un puente".

Esa profunda identidad -no aceptada- del ser humano y el Universo conforma el Tabú más importante cuya no superación puede significar el fín de nuestro mundo. Watts nos ofrece la sabiduría del Vedanta y los Upanishads (cuyos pasajes más antiguos son de siglo VII aC, ojo al dato, Tales y la escuela de Mileto, cuna de la filosofía griega, es del siglo VI)  como formulario para un cambio de forma de pensar que nos acerque a "nuestra verdadera naturaleza". Y lo sorprendente -y aterrador- no es que Watts nos alerte de las posibilidades negativas que van a acarrear la incoherencia entre los cambios tecnológicos y la escasa evolución de la psique humana como parte de un Todo ecológico, sino que  acierta tanto en su diagnóstico como en su pronóstico, como si poseyera un acceso privilegiado al futuro (nuestro presente).

Para Watts somos un auténtico fraude, un fracaso evolutivo y nos dice: "El alivio de enviar a paseo a Dios nos duró poco...fue reemplazado por el Idipta Cósmico y la gente comenzó a sentirse más estrangulada por el universo que nunca...se reforzó la soledad y desvinculación   de un ego separado, concebido como un mecanismo mental". En vez de considerar como Watts enfatiza que "el alma no está en el cuerpo, sino el cuerpo en el alma, y ésta es la red entera de relaciones y procesos que forman su medio ambiente, aparte del cual, usted no es nada". Usted es Esto, dice Watts y como un maestro zen suelta una enorme carcajada.

A pesar de algunas páginas de un misticismo difícil de seguir y ciertas reflexiones un tanto exageradas y de coherencia hipotética (nunca sabremos si es cosa de la traducción o del hervor del pensamiento de Watts), lo cierto es que este antiguo ensayo de este gurú de los sesenta y setenta tiene una fuerza y una actualidad notables. Vale la pena buscarlo (hay numerosas reediciones posteriores de la propia Kairós) y leerlo sin falta.

FICHA

EL LIBRO DEL TABÚ.-Alan Watts.- Trad. Rolando Hanglin.- Ed. Kairós.- 1972.- Págs. 161

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3 diciembre 2017 7 03 /12 /diciembre /2017 11:01

Pierre Hadot ya nos deslumbró con "Plotino o la simplicidad en la mirada" y más tarde con "La ciudadela interior". El libro que hoy comentamos, "La filosofía como forma de vida" es el resumen de unas conversaciones que mantuvo el pensador francés con Jeannie Carlier y Arnold I. Davidson, dos filósofos universitarios y el segundo traductor al inglés de la obra de Hadot. Una de las cuestiones más reveladoras en este libro es la convicción de Hadot de que hay que entender la filosofía antigua, más que como un serie de sistemas y estructuras de pensamiento, como la verbalización de una sistema, una forma, un estilo de vida, en suma, una manera de vivir. Y aduce de una manera bastante comprobable la característica de "oralidad" de los libros de los principales filósofos de aquélla época dorada, desde Platón hasta Epicuro, Epicteto o Marco Aurelio, Pirrón o Anaximandro, Jenofonte o los pitagóricos. Eran más unos manuales recordatorios para uso de alumnos y discípulos aconsejándoles cambios en su forma de vivir, que doctrinas, conjuntos de teorías abstractas para uso de eruditos y estudiosos de historia de la filosofía.

Hadot sugiere que esos libros eran los textos preparatorios para unos auténticos "ejercicios espirituales" (los griegos usaron esa expresión con bastante antelación al cristianismo y otras religiones que acabaron monopolizándola para sus intereses pedagógicos y doctrinales) con los que el iniciado iba logrando alcanzar ciertos cambios en pos de la "vida buena" y la moralidad de lo correcto. Cualquier estudioso de la filosofía antigua terminará percatándose que en el entramado de los libros clásicos hay una urdimbre bastante clara y explícita de prácticas y ejercicios destinados a mostrar el camino al lector de un estilo de vivir coherente con los principios que se han tratado de demostrar en el texto.

Esta brillante y seguramente cierta hipótesis de trabajo  de Hadot, profesor del prestigioso College de France, le  fue inspirada, (¡sorpresa para el estudioso de filosofía!) a finales de los 50, por las lecturas que realizó de un semidesconocido Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Con gran habilidad Hadot analiza la famosa frase del pensador alemán al final de su "Tractatus" (1921) "De lo que no se puede hablar, mejor es callarse", y la relación que este mismo autor revolucionario descubrió entre los "juegos de lenguaje" y las formas de vida (expuestas en sus "Investigaciones filosóficas", para diseñar un planteamiento filosófico que va desde la "sabiduría silenciosa" a la aplicación del escepticismo pirrónico con su "suspensión de juicio" ante cualquier valoración, es decir, "dejar de lado la filosofía y adentrarse en la sabiduría", actitudes que sin duda simplifican la vida y sugieren una forma más cómoda de vivir. Evitando "los juegos de lenguaje" que  los filósofos difícilmente pueden evitar por la imbricación permanente del discurso filosófico en tales juegos. Por ello los textos de los filósofos antiguos no deben leerse aislándolos de sus contextos históricos, sociales y las condiciones de sus vidas cotidianas. Y ello redunda en el carácter de prácticos "manuales de ejercicios espirituales".

Como recuerda Hadot no eran sólo ejercicios intelectuales con finalidades éticas, sino que eran "una serie de prácticas destinadas a transformar el yo a fin de que alcance un nivel superior y una perspectiva universal". Y apara ello son ejercicios holísticos, es decir, no sólo referentes  a mejoras psíquicas e intelectuales, sino que entendía también de cuestiones como vida sana, ejercicios, alimentación correcta, cuidado del cuerpo en la ingesta de alimentos y bebidas, una actividad incesante de introspección: crear una suerte de escultura de sí, "esculpir tu propia estatua" decía Plotino (en el que coincidían en muchos aspectos los platónicos, estoicos, epicúreos, cínicos, escépticos, aristotélicos o neoplatónicos, pese a sus fuertes diferencias). 

Para ellos, la filosofía no era solo teoría o discurso, era una manera determinada de vivir, "una opción existencial y una distinta y coherente visión del mundo". Y así, para los epicúreos de nada servía la filosofía si no lograba curar el alma y transformar al individuo en su relación con los otros o con el cosmos. Para ello decían, se debía prescindir de los deseos innecesarios, optando más bien por los necesarios y por la moderación del placer.  Los estoicos -muy prácticos y generadores de máximas excelentes para recordarnos cómo realizar la "vida buena"- se preocupaban de mantener una "terapia de las pasiones", pues consideran que son las pasiones las que hacen desdichado al hombre. Se trata de enseñar al hombre a distinguir entre lo que depende de él y lo que no. Ante lo primero, trabajo honesto y fortaleza, ante lo segundo indiferencia y aguante resignado.También para Epicteto y Cicerón la filosofía es una especie de medicina del espíritu que posee su propia terapia para sanar al hombre.

Hadot nos recuerda que la consolidación del cristianismo y su logro de ser convertida "religión de Estado" cambió radicalmente -y no para bien- la situación de la filosofía (pasó a ser una "sierva" de la Teología) y, lo que tan grave como eso, separó la filosofía de la vida, el ejercicio  de la filosofía como "arte de vivir" Tendrían que pasar lo siglos hasta llegar a Montaigne, Bacon, Pascal o Erasmo de Rotterdam para volver a recuperar la mirada estoica y epicúreos sobre una filosofía con poderes salutíferos para el alma y el cuerpo.

La tradición de la vida filosófica no ha muerto desde entonces y la encontramos en Kant, en Nietzche y entre los más cercanos en Onfray, María Zambrano o Peter Sloterdijk y, en cierta forma, en Wittgenstein. Hador insiste en que hay que rescatar la sabia vital de la filosofía, volver a los "ejercicios espirituales" como los diseñaban los estoicos o los epicúreos y escépticos, apuntar a esa "conciencia cósmica" de la que hablan Bergson y otros, buscar ese ideal de  perfección humana y progreso espiritual que nos inserta en un esquema evolutivo que concierne a toda la humanidad. Sin olvidar, por supuesto, en qué mundo vivimos, la importancia de la geopolítica, los movimientos sociales, la globalización informática y los radicales cambios de costumbres y creencias que con gran velocidad se  están produciendo bajo las nuevas tecnologías. Nunca como hoy es tan necesaria la filosofía, único "noray" al que se puede asegurar el desarbolado navío de la humanidad telemática. Hora de vivir como personas, hora de pensar. ¿Cuál es la mejor herramienta del pensar? La filosofía.

 

FICHA

LA FILOSOFÍA COMO FORMA DE VIDA.- Pierre Hadot.- Trad. María Cucurella.- Alpha Decay.-266 págs.-29,50 euros.- ISBN 9788493654016


 


 

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