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10 mayo 2014 6 10 /05 /mayo /2014 09:59

 

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Como el lector sabe, acostumbro a traer a esta página a una determinada clase de libros. Títulos testimoniales de la historia, la literatura y la vida cotidiana de los pueblos y la comarca en la que vivimos. Esta semana ha habido una buena cosecha: dos libros enraizados en temática y estilo diferentes sobre dos poblaciones vecinas y bien conocidas por nuestros lectores: Alcorisa y Cretas.

El primero, "Ecos de infancia", coordinado por Salvador Berlanga Quintero, es un trabajo interesantísimo de tipo colectivo que engloba los testimonos perosnales de muchos "niños de ayer" que nos cuentan en primera persona sus experiencias vitales en Alcorisa, en un arco temporal que cubre desde los tiempos de la monarquía de Alfonso XIII y la República hasta el franquismo. Se c0omplementa esta valiosísima información con articulos y comentarios de expertos en los diversos sectores culturales e históricos no sólo de Aragón sino del resto del país a fin de encuadrar debidamente los testimonios individuales.  Me ha conmovido y entusiasmado este libro por toda su carga de humanidad y de información privilegiada que nos permite entender mejor nuestro pasado y conservar nuestra memoria, la raiz nutricia de nuestro futuro (mal que les pese a algunos). Unos 40 ancianos de Alcorisa nos relatan sus vivencias y hay una hermosa sensación al leer esas páginas.¡Gracias alcorisanos por ofrecernos este libro!

El segundo es un estudio histórico muy concienzudo y detallista sobre un episodio muy concreto de nuestra guerra in-civil, la colectivización del pueblo de Cretas. El análisis realizado por Encarnita y Renato Simoni es excelente recorriendo la situación durante la República y posteriormente, tras sofocar la rebelión de la derecha, el proceso de colectivización  de tierras, medios, casas, alimentos, servicios y la organización de los repartos, los trabajos ("cada cual según sus capacidades"),  y los bienes (a cada cual según sus necesidades")bajo los principios anarcosindicalistas de la CNT, con todas las carencias, corruptelas y abusos que se dan en cualesquiera comunidad, sea del color o la ideología que sea.

 

FICHAS

ECOS DE INFANCIA.-Salvador Berlanga Quintero (coord.) ed.Museo Escuela rural.271 págs. QUERETES.-Encarnita y Renato Simoni.-L'Aladre, Historia.311 págs.

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8 mayo 2014 4 08 /05 /mayo /2014 07:05

Peter Bieri se llama el autor de "Tren nocturno a Lisboa", una excelente novela firmada con el pseudónimo de Pascal Mercier. Se trata de un profesor suizo de habla alemana que imparte filosofía del lenguaje en la Universidad Libre de Berlín. La obra tiene ya unos años pero la versión cinematográfica que Bille August ha realizado --a mi entender bastante por debajo de la calidad literaria del original, aunque más fácil de entender y disfrutar-- la ha convertido en algo parecido a un best seller tardío (cosa que sorprende dada la vocación filosófica y escasamente comercial de la novela). La recomiendo un poco a destiempo por la calidad intrínseca de la propuesta de Pascal Mercier, que quizá tomó para sí mismo ese nombre por sus evidentes lecturas de Pascal, Montaigne, San Agustín, Pessoa, Voltaire y Rousseau, sin olvidar a Epicuro y Marco Aurelio. De este último toma el "leith motiv" de su trama: "Aquellos que no siguen con atención los impulsos de la propia alma serán necesariamente desgraciados". Esta frase del príncipe de los estoicos es la que refleja la decisión  del acartonado y rutinario profesor Gregorius de abandonar subitamente la clase de latín que estaba impartiendo en un Instituto de Berna y siguiendo los supuestamente caóticos impulsos de su instinto y su curiosidad tomar un tren nocturno para Lisboa en busca de las huellas de un médico y poeta portugués muerto, Amadeu de Prado, cuyo único libro ha caido en sus manos de una forma imprevista y novelesca. Como él mismo dice "el dramatismo de una experiencia determinante para la vida es a menudo de una levedad increíble", pág.59)

Evidentemente hay un uso y un abuso de elementos poco verosímiles con los que el escritor va armando su trama, no sólo por lo difícil casi imposible de determinadas  casualidades, encuentros o reacciones humanas, sino por la demanda de aceptación "realista" que Mercier exige al lector. Además la Lisboa que nos ofrece bajo la mirada asombrada y cautelosa del miope Gregorius  está tan difuminada como la visión ocular del protagonista. Pero nada de eso importa demasiado, porque lo que atrae y casi hipnotiza es la habilidad filosófica y literaria de Mercier de hacernos partícipe del crepuscular desafío que el personaje se hace a sí mismo y a la vida: la entrega total a una obsesión por conocer a alguien cuya sensibilidad e inteligencia han fascinado al viejo profesor y, de paso, al lector.

Los textos que vamos conociendo de Amadeu de Prado son tan bellos y despiertos como si leyéramos a uno  de los autores filosóficos citados al principio, pero además engarzados y coherentes con la anécdota histórica y personal de Amadeu de Prado en los emocionantes  y peligrosos tiempos de la Revolución de abril portuguesa, la de "los claveles". Una historia de amor, sufrimiento y coherencia personal que vamos viviendo a través de las pesquisas y los personajes que van surgiendo durante la estancia de Gregorius en Lisboa.

Intensas escenas --el discurso libertario del joven Amadeu en el final de curso en el Portugal de la dictadura, la condena del populacho al ya doctor por haber salvado la vida de un conocido torturador de la Pide-- van formando un todo emocionante y armónico que deja un regusto de sorpresa, emoción reflexiva y placer de lectura.

A pesar de sus indudables defectos técnico-literarios, "Tren nocturno a Lisboa" es una novela de las que no se olvidan y quedan en el inconsciente del lector, junto con algunos de los personajes reseñados, empezando por el protagonista, el viejo profesor de lenguas muertas, el médico y filósofo Amadeu o los amigos y conocidos de éste, Jorge O'Kelly, el farmacéutico y Joao Eça, cuyas destrozadas manos por la tortura añoran ejecutar la música de Schubert al piano. Las mujeres que transitan por la novela son menos convincentes, hay una tendencia a convertirlas en estereotipos, la mujer amada y lejana, la diosa esquiva, la guardiana celosa, la compañera igualitaria. Pero, insisto, nos las tenemos con una novela de ideas, de conceptos, de birllantes reflexiones: dice el protagonista que todo el mundo tiene en alguna parte un libro que parece haber sido escrito para nosotros. El caso es dar con él. Y cuando lo hacemos nos puede cambiar la vida. Que es lo que le ocurre a Gregorius ("tuvo la extraña, inquietante y liberadora sensación de que estaba a punto de tomar del todo las riendas de su vida, por primera vez a la edad de 57 años") cosa que a otro nivel nos ocurre también a los lectores. Y, en un giro a lo Kavafis, el autor nos dice que al final no importa si no lo encontramos, lo importante es la búsqueda.

Con la profundidad y belleza de un Lawrence Durrell --con el que veo no pocos puntos de contacto en Mercier-- el recorrido por el amor, la pasión, la amistad, la lealtad, la traición, los celos, la ética, la lucha por la libertad, la poesía, va perfilando una apasionante partida de ajedrez, un juego que fluye por la novela, entre el profesor por un lado y la vida, la pasión y la muerte por el otro.

 

FICHA

TREN NOCTURNO A LISBOA.- Pascal Mercier. El Aleph. Austral-  Traducción de José Anibal Campo.- 525 pgas. - 10 euros

 

 

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7 mayo 2014 3 07 /05 /mayo /2014 07:51

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Cerca del km 20,8 de la carretera A-1414 que une Vallderrobres  con Fuenteespalda (a unos 7 kms del primer pueblo) sale una pista a la derecha que bordea una de los dos curiosos cerros escarpados truncados por cimas planas, como cortadas por la espada de un gigante, que toman el nombre de La Moleta (diminutivo del catalán "Mola"=muela) y constituyen un telón de fondo peculiar que limita la planicie que engloba Vallderrobres, La Fresneda y Torre del Compte. Un cartel avisa que por allí --a un kilómetro del desvío-- se toma el sendero de montaña que lleva a la ermita de Santa Magdalena y después a los Altos de La Moleta.

Una visita a la peculiar ermita en ruinas --en la ladera norte de la montaña-- puede complementarse con la subida a los altos de La Moleta, excursión que oscila entre las dos y las tres horas en total, según el tiempo en que uno dedique a pasear por la semisalvaje meseta, en la que la caida de árboles y los matorrales han borrado los senderos y dificultan la bonita vista que tiene el lugar, con las moles de La Caixa, el Perigañol y La Picossa por un lado, la gran planicie que corta el Matarraña con sus meandros anchísimos, los pueblos en la lejanía o los Puertos de Beceite con su sky line recortado y abrumador, la pirámide de Horta de San Juan o las ciclópeas murallas de color naranja de las Rocas de Benet.

La subida del sendero es permanente y en algún punto abrupta  (en total son unos 200m de desnivel pero en poca distancia relativa) y discurre entre vegetación arbolada, troncos caidos y setos silvestres. En más o menos media hora, llegamos al poste que marca la subida a la ermita a la izquierda y avisa que el sendero sigue recto hacia los Altos de la Moleta. Grandes piedras caidas jalonan el camino que ahora es sólo arbolado. Al subir por la cara norte suele haber sombra y las copas de los arboles están tan unidas que forman una especie de dosel.

 

Una vez visitadas las ruinas de la ermita, volvemos al sendero principal e iniciamos la subida por un camino que va haciendo anchas lazadas ocualtas por la vegetación. A pocos metros del poste se encuentra una fuente donde se surtían de agua los ermitaños. Lleva tiempo seca. Seguimos el sendero hasta la cima.Esta es una planicie extensa de unos 800 metros completamente cubierta por arboles y matorrales, limitadas en algunos puntos por cortadas sin camino y en otros con borradas sendas que parecen bajar en algún punto pero que no sabemos si tienen continuación. Es agradable hacer un largo paseo por esa meseta boscosa de amplios horizontes, pero hay que mantener la orientación para encontrar nuevamente el punto de bajada. Es un lugar idóneo para hacer el refrigerio de la excursión.

La vuelta es por el único punto de salida de la meseta y hay que tener en cuenta dos opciones: bajar por el mismo sendero de subida u optar por bajar hacia el sur (está indicado por un poste) dejando La Moleta a la izquierda para ir a buscar la pista que rodea el cerro y que va a las masías que hay desperdigadas por los aledaños entre los campos de cultivo, los olivares y los almendros. Al final de la bajada, cuando damos con la pista aludida, a mano izquierda termina en una gran masía remozada en parte (el Mas del Dominguet), con sus pozos, alberca, pajares y grandes corrales de mampostería, algunos en ruinas. Debemos coger a la derecha, sin dejar de seguir esa dirección en un cruce de pistas (una va hacia el norte y la otra sigue bordeando la Moleta hacia el noreste) a pesar de la señal en contrario del GR que se dirige hacia Valderrobres y marca la dirección norte del otro ramal que dejamos a nuestra izquierda. Tras algo más de media hora de caminata por la pista, con verdes campos de cultivo a la izquierda y el paisaje de la gran llanura con los Puertos al fondo y con los limites boscosos de los bajos de La Moleta a la derecha, llegamos al punto de partida.

En unas tres horas más o menos podremos dar por cerrada esta corta pero entretenida excursión llena de alicientes históricos y paisajísticos.

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NO SE PIERDA:Una ermita troglodítica

Mi buen amigo Jesús Ávila Granados dedica un capítulo a Santa Magdalena en su libro "Matarraña insólito" y no es de extrañar dada la belleza y el misterio de ese rincón poco conocido.  Lo primero que llama la atención es la majestuosidad asilvestrada del lugar donde está enclavada, adosada a unas grandes baumas o abrigos rocosos, en la que la gran cueva de la ermita parece un misterioso lugar de encuentros troglodíticos, donde ahora unas estampas, flores y efigies votivas, dan un aire más cristiano al lugar. Esta todo lleno de cascotes, trozos de columnas y bloques de piedra, un cierto aire de abandono e incuria popular que ha llevado a destrozar incluso el bello arco de medio punto de la entrada de la cueva (tiene unos diez metros de longtud y unos tres y pico de altura). El espacio es de planta ovalada y se mantiene en umbría permanente dada su orientación. Hay cruces templarias grabadas y Jesús Ávila sostiene que la debieron usar colectivos cátaros y de ahí su advocación a María Magdalena, legendaria transmisora del Santo Grial. Parece que hubo allí dentro una fuente, otro simbolo de vida y espíritu a los que tan aficionados eran los cátaros. Muy cerca de la cavidad hay una construcción medio en ruinas, todo un panel de mampostería cerrando las cavidades de la roca, con una puerta con simbolos sagrados y dos ventanucos. El interior está derruido y debía ser las estancias de los emitaños. Se aprovecharon en su día todos los rincones y cavidades de las rocas para hacer estancias, alacenas o conductos de agua. El conjunto nos habla de una gran actividad eremítica y religiosa, abierta a los pobladores de las masías y los pueblos vecinos. Toda esta especulación histórica está apoyada también por el hecho usual en aquellas disciplinas espirituales de que buscaran sus lugares de ritual en montañas truncadas como La Moleta, dada la semejanza de la cima en meseta con la forma del altar.

DOCUMENTACION

Además de los mapas del MTN50 (numero 495) de 1:50.000 y los de 1:25.000, recomiendo los libros de Avila Granados, "Matarraña desconocido", ed. Barrabes y "Matarraña insólito" (Viena ediciones). Todo este material en librerías espcializadas y singularmente en la de Serret en Valderrobres.


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5 mayo 2014 1 05 /05 /mayo /2014 07:04

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 Bellísima y sensible película de animación del maestro japonés Hayao Miyakazi. El autor de auténticos clásicos como "El viaje de Chihiro" o "Ponyo en el acantilado" o "El castillo ambulante", tiene ya 73 años y asegura que "El viento se levanta" va a ser su última película. Pero hay tanto vigor juvenil, tanta potencia creadora y tanta fuerza comunicativa en esta cinta que uno duda mucho quenel maestro deje de filmar por el solo achaque de la edad.

Dicho esto, nadie crea que "El viento se levanta" es una película comercial, destinada al gran público. Aunque se trata de un tema bien amado por el director, la aviación, la película --que glosa la vida de un ingeniero aeronáutico que ama volar pero no puede hacerlo por falta de visión-- pasa de puntillas por el contexto histórico de la película. El ingeniero es la persona que diseñó los cazas de combate "Zero" que tan decisivo y trágico papel tuvieron durante la Segunda Guerra Mundial. No elude el gran drama del pueblo japonés, ni el demencial militarismo del Gobierno, pero mantiene a Jirô Horikoshi, el diseñador del Mitsubishi A6M Zero, como una persona motivada por un sueño que trató de mantenerse al margen del uso que se hizo de su obra. Esta ambigüedad narrativa y algunos otros momentos y aspectos de la narración confieren a la película un aire poético y de ensueño que tiene, sin duda, un público muy determinado y aburre o irrita a los demás. El mensaje pacifista que Miyakazi imprime a su historia, el pausado "tempo" de la acción o el adecuado uso del humor y del drama en las secuencias personales, convierten a esta película en una delicia visual y una reflexiva invitación hacia el amor a la vida (a pesar de que sus aviones fueron los que arrasaron Pearl Harbour o se inmolaban con los pilotos kamikazes buscando la destrucción del enemigo). Hay secuencias en esta película de una sensibilidad profunda y al mismo tiempo ligera, poética y volátil como el gran parasol que el viento arrebata y servirá para unir a dos futuros amantes. No se la pierdan-

 

 

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4 mayo 2014 7 04 /05 /mayo /2014 07:56

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Kenzaburo Oé recibió en 1994 el Premio Nobel de Literatura. Relatos, ensayos y más de veinte novelas han forjado un historial sólido aunque no muy conocido en España. Oé ha circulado de forma holgada y gratificante por todos los senderos de la literatura con mayúsculas. "Adiós, libros míos" fue publicado en japonés en 2005 y pertenece a una trilogía  bastante autobiográfica que el autor ha llamado de las extrañas parejas. En el primero, "Renacimiento" publicado por Seix Barral en 2009, Oé recuerda a su amigo, y cuñado, Juzo Itami. Rememora la juventud de ambos y el trágico final de esa amistad. El segundo "El niño de la triste mirada" creo que no ha sido publicado en español y el tercero, el que hoy les recomiendo, cuyo título es una cita de un poema de T.S. Eliot: "Adios libros mios. Tal como los ojos de quienes están destinados a morir, también los ojos  imaginados deben cerrarse algún día...". La muerte, los libros, la lectura, la vejez, la decadencia del yo y sus fantasmas, integran el motivo medular de este libro, un género que los japoneses llaman "literatura Watashi", es decir cuando el autor habla de sí mismo. Por eso Kenzaburo Oé y su alter ego, Kogito Choco, el viejo escritor internado en un hospital, a consecuencia de las heridas recibidas durante una manifestación, comparten muchos de esos fantasmas y vivencias. Unas vidas amplias y plenas, donde el amor, las carencias, los exitos y los fracasos, la muerte, el sexo, son presentados de una forma inteligente, tímida, a veces recatada, pero con una sencillez y belleza poco comunes. El lector echará en falta los otros dos volúmenes de la trilogía para hacerse una idea clara de la personalidad literaria fascinante de Oé. Es esta una historia fantástica donde el convaleciente escritor va haciendo calas imaginativas en su propia obra, sus personajes y la historia cercana japonesa, tan marcada por el totalitarismo y la derrota militar. Las conversaciones cultas, entre la filosofía y la moral, que sostienen el escritor y su amigo arquitecto recuerdan un poco el proceso literario-psicológico de "La montaña mágica" de Thomas Mann y como en ella los amigos se preguntan sobre el sentido de la existencia y, en definitiva, el papel enriquecedor de los libros en la vida, que hacen mas llevadera la imposibilidad de encontrar respuestas claras a preguntas esenciales.

 

FICHA

¡ADIÓS, LIBROS MÍOS!, Kenzaburo Oé.- Traducción de Terao Ryukichi.- E. Seix Barral.-383 págs.

   

   

    
 

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3 mayo 2014 6 03 /05 /mayo /2014 07:01

 

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¿Saben lo que es un mito cultural? Cójase un símbolo cultural y añadan un buen puñado de grandes santones de esa misma cultura que han vivido y trabajado el símbolo en persona. Lo que queda años después de ese multi trabajo es un mito cultural. Pues eso es la Librería Shakespeare and Co. en París. "La librería más famosa del mundo", según Jeremy Mercer, cuyo divertido libro comentamos hoy. Quizá ese título sea una exageración, pero no lo parece si echamos un vistazo a su nómina de celebridades... James Joyce (y su "Ulises") Ernest Hemingway (y su "Paris era una fiesta"), Fitzgerald (el de "El gran Gatsby"), Auden, Henry Miller, Anais Nin, Becket, Allen Ginsberg, William Burroughs, etc.

Pasemos al libro que ha editado magnificamente "Malpaso ediciones" (y que, como suele hacer, ofrece al lector la posibilidad de tener al mismo tiempo el e-book por la compra del volumen en papel).  Con ese título desafiante el canadiense Jaremy Mercer, un francotirador de la literatura algo gamberro y bastante divertido e iconoclasta  se salta a la torera las convenciones literarias para brindarnos una suculenta crónica de sus avatares  picarescos que toman cuerpo y guarida en una de las, realmente, más famosas librerías del mundo, la "Shakespeare and Co." que creara en los años 20  la poetisa y editora Sylvia Beach y que fue templo genuino y cuna literaria de la  llamada "generación perdida" (como si, de hecho, en todas las generaciones que han sido y serán no hubiese un sector humano que no sólo está perdido sino que suele vivir de eso). Pero claro, en realidad, hubo dos librerías con ese nombre y las dos legendarias: la de Sylvia Beach y la de George Whitman. --que aún existe, aunque sin este librero sorprendente--. El libro autobiográfica de Jeremy Mercer  -traducido por Rubén Martín Giráldez- relata la temporada que pasó el autor en la segunda.

La librería de la Beach estaba cerca de Saint-Germain-des-Prés, en la calle Odeón. La del hippy Whitman (que en 1963 compró los fondos de Beach) se encuentra en la orilla izquierda del Sena, frente a Notre Dame, en la Rue Bucherie. Amigo de escritores y poetas norteamericanos de los sesenta, como Henry Miller o Ginsberg, no sólo vendía o prestaba sus libros en inglés sino que permitia que los escritores, hippies y turistas culturales que llegaban a París con muchas ilusiones y poco dinero, se quedaran unos dias allí alojados si no tenían otro lugar donde dormir (entre estos itinerantes aficionados  a los libros dicen que estuvo el escritor español Terenci Moix).  

Pero es la vida agitada y pintoresca del autor, el canadiense Jeremy Mercier, periodista de sucesos, la que da un tinte novelesco a la trama al decidir quedarse en la librería y cumplir con las normas de escritas de Whitman, echar una mano en el negocio y respetar los horarios a cambio de comida y cama. La bohemia norteamericana en París está servida, los personajes son variados y fascinantes, toda la grandeza y la miseria ante la mirada llena de humor pero afilada, crítica, a veces compasiva y otras demoledora de este escritor escéptico que no deja al margen aplicar ese foco realista a su propio anfitrión, Whitman, haciendo de él un personaje central de su trama. "Da lo que tengas, coge lo que necesites", es la máxima del librero que parece acoger con benévolo estoicismo el continuo robo de libros que tiene lugar en su establecimiento.

La divertida crónica que nos sirve Mercier en bandeja de plata es un regalo de nostalgia y ternura para los lectores aficionados al especial mundillo relacionado con escritores  famosos y una cierta bohemia literaria llena de anécdotas, toda una historia que rebosa el encanto de un material humano que parece surgir de la  realidad para integrar otra ficción de un orden superior, una caudalosa corriente interna definida por un intenso amor a los libros. Como escribe en su libro: "Al rememorar aquellos meses me doy cuenta de que todos los que vivíamos en la librería arrastrábamos un fantasma de un modo u otro. Tal vez por ello permanecíamos allí" (pág332). ¿No es ese fantasma el mismo que tenemos todos los que amamos a los libros? Es el fantasma de la pasión por los relatos y el arte de narrarlos.

FICHA

La librería más famosa del mundo.- Jeremy Mercer.- Traducc. Rubén Martín.-Ed. Malpaso. 334 págs. 22 euros.

 

 

 

 

 

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2 mayo 2014 5 02 /05 /mayo /2014 11:38

Estoy leyendo una novela de Ignacio Martínez de Pisón, "La buena reputación". La trama se refiere a aquella generación de españoles que vivían en el antiguo Protectorado en Marruecos. Una especie de "pied noirs" a la española, es decir más cutres y desasistidos, sin fuerzas para oponerse a las razones de un Gobierno que presumía de mano dura y prepotencia, sobre todo con sus ciudadanos de a pie. Así que cuando los vientos descolonizadores de finales de los cincuenta comenzaron a soplar como vendavales, la parte española de Marruecos volvió a los marroquíes (cosa justa, desde luego), pero nadie se preocupó de lo que ocurría con los españoles que habían vivido y trabajado en Tetuán, Larache, Alcázarquivir, Nador, ni del futuro de sus pocas o muchas posesiones. La mayoría de repatriados fueron a vivir a Andalucía, otros a Canarias y otros a Ceuta o Melilla. Los más decididos, a Madrid o Barcelona. Martínez de Pisón nos cuenta la historia de una de aquellas familias. Y así mientras leía la novela no paraba de pensar "esto le va a encantar a la mami: solía pasarle a mi madre los libros que yo juzgaba que podrían interesarle, era una gran lectora. Muchas de esas vivencias las vivió mi propia familia y mi madre como protagonista especial. Pero, claro, en un momento dado me quedé absorto, con el libro cerrado en mi regazo, mirando, sin verlas, las atestadas baldas de mi biblioteca. La mami ya no podrá disfrutar con las evocaciones que el libro despierta en quienes hemos vivido situaciones semejantes. La mamuchka falleció dulcemente el lunes 21 de abril. Pensé en ese íntimo tiempo colapsado, como el capullo de una mariposa, donde quedan ciertos momentos congelados que encierran una rara y profunda emotividad. Creo que casi todos guardamos en algún rincon especial de su mente, dos o tres de esos instantes, difícilmente más, una fracción de tiempo colapsado en el que perviven de una forma compleja ciertos momentos vividos, con una gran precisión de detalle --a veces los acompañas un determinado perfume, un sonido o música breve, una armonía placentera, un temblor sutil, un rostro amado en escorzo súbito y leve, el eco de una risa-- que se asemeja a un sueño pero no lo es y que te deja una limpia herida de nostalgia que es efímera y desaparece sin dejar huella, hasta que otra incidencia cualquiera vuelve a despertarla. Eso ha ocurrido en mi mente al conjuro de las imágenes que describía el novelista. La evocación me ha dejado con una de esas tristezas suaves pero profundas, que no son deprimentes, ese ambiguo placer de percibir en todo tu cuerpo la vibración de una época, un tiempo, que ya ha pasado y nunca podrá volver.

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1 mayo 2014 4 01 /05 /mayo /2014 07:38

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Después de "Pelle el conquistador" y "Las mejores intenciones", el director Bille August no ha logrado nada realmente bueno o deslumbrante. Todo se mueve en un escenario de corrección y casi siempre de mercadotecnia cinematográfica, productos manufacturados e "industriales" casi como en literatura se realizan los best-sellers, buscando de manera evidente y a veces escandalosa la aprobación y el encanto del espectador. "Tren de noche a Lisboa" basada en la novela del suizo de cultura alemana Pascal Mercier (pseudónimo de Peter Bieri, profesor de filosofía) en cuyo título se cambia "de noche" por "nocturno", es una película que se ve con agrado aunque resulta un producto banal si uno decide leerse la novela primero (cosa tan recomendable que casi aconsejo que los buenos lectores pasen de ver la película y lean la novela: los cambios y cortes que August propina a la novela para hilvanar su película son casi de juzgado de guardia).

Una vez escrito esto, pasemos a esta "operación nostalgia" que este director se monta con la Lisboa prerevolucionaria, la obsesión de un profesor suizo por un escritor portugués victima y artífice del movimiento militar y civil que gestionaría la modélica "Revolución de los claveles", y el gesto intimo y rebelde de un viejo profesor que lo abandona todo en busca de un fantasma literario y filosófico y una mujer.  Lejos de la honestidad y el gancho de "Sostiene Pereira", su inconfeso modelo, Bille August nos habla de libros, poetas, ajedrez, textos filosóficos, pero todo queda desdibujado y caprichoso. La enorme carga dramática de los personajes y las situaciones, la solidez de diálogos y textos, la belleza de las reflexiones de esta novela quedan obviadas en la película. Incluso un actor magnífico como Jeremy Irons no acaba de mostrarse convincente (como si lo hiciera el deslumbrante Marcello Mastroianni en su papel de Pereira). Tom Courtenay, Bruno Ganz, Lemna Olin, Charlotte Rampling e incluso un soberbio y sorprendente Christopher Lee, están tan desaprovechados como ese "marco incomparable" (como canta el tópico) que es la ciudad de Lisboa. Todo suena a "operación euro- pa", una desvergonzada y patética maniobra para que todos nos sintamos nostálgicos y europeos y dejemos nuestros euros en taquilla.






 

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30 abril 2014 3 30 /04 /abril /2014 07:01

 

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Parece que el hecho de que la pirámide de edad comience a invertirse y los ancianos se vayan convirtiendo en un colectivo cada vez más amplio (y aún productivo económicamente) está provocando la aparición de películas donde se nos presentan gente mayor (eso sí de muy buen ver, como ésta Fanny Ardant) a las que un Destino muy manipualdo da alguna nueva oportunidad de felicidad sentimental y afectiva. Y así se nos ovrecen cintas donde los mayores se divierten, donde tienen historias de amor profundo (caso de "La mirada del amor" con Annette Begin, "El viaje de Bettie" con la Deneuve o de la pelicula que nos ocupa "Mis días felices").

Fanny (o su personaje Caroline) vive una existencia de horas bajas y edades altas, con lo que la desaparición de su amigo, la jubilación forzada o la presión de los elementos mas jovenes de la familia, deseosos de darle ocupación y entretenimiento y que no fastidie a los que aún trabajan, la llevan a un taller ocupacional para la tercera edad donde da, qué cosas, con un joven profe de informática al que le atraen las mayores de buen ver y enamoramiento fácil. El centro tiene un nombre equívoco y abusivo, "Mis días felices" con el que juega el guionista de esta película amable pero sólo pasable.

La directora Marion Vernoux, adapta la novela de Fanny Chesnelt  ("La joven de cabellos blancos", ese es un buen titulo) y encarga a la efectiva Fanny Ardant que enamore, es un decir, a Laurent Lafitte que hace de galán de serie B y calme el enfado mayúsculo de Patrick Chesnais en el papel del esposo burlado por la juguetona Ardant. En realidad película de y para mujeres, con el mejor de los sentidos. Los hombres hacen de floreros o de tontos útiles y los planteamientos éticos o sociales guardan las formas y la deliciosa complicidad femenina triunfa por doquier, incluso propiciando el reencuentro de esposos y el adios al casposo amante ocasional.

Disfrutable con reparos.




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29 abril 2014 2 29 /04 /abril /2014 09:03

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Me encanta el tono de sosiego, paz y amabilidad (siempre un poco tensa, como forzada) del cine japonés que trata de reflejar las contradicciones y las tradiciones vigentes en la compleja cultura de ese país asombroso y paradójico. En esta caso, la película de Yôji Yamada es un respetuoso remake de un clásico de 1953, "Los cuentos de Tokio" de Yasujiro Ozu. Se trata de una cinta de ambición modesta y logros superiores, la vida cotidiana de una familia japonesa que vive en Tokio y recibe la visita de un par de abuelos que proceden de un remota isla del sur del archipiélago.
Desde el primer momento simpatizamos con el anciano matrimonio que visita a sus hijos y nietos. Los dos actores hacen unas interpretaciones absolutamente convincentes. Isao Hashizume y Kazuko Yoshiyuki nos brindan unos retratos tiernos y vulnerables y vamos asisitiendo al despliegue de los egoísmos de los jóvenes, de las nueras y los yernos, absolutamente agobiados por mantener el ritmo de sus vidas cotidianas y al mismo tiempo dar un cierto acomodo a los abuelos. Algunas escenas dotadas de un amable patetismo, una crítica suave y nada ácida a las actitudes escapistas y autocomplacientes de los jóvenes y la paciencia sonriente y amable de los abuelos. No hay una critica acerba, ni dogmatismos éticos, ni pretensiones filosóficas, todo se desarrolla con una gracia y una naturalidad --casi siempre del lado de la pareja de ancianos-- que logra dar un sello de ternura a actitudes que podrían ser irritantes e inadmisibles. Pero poco a poco la amargura de la reflexión ante lo que va ocurriendo va retratando la mezquindad y la miseria moral de algunos personajes y la bella aceptación sosegada de otros, hacia un final tan sereno y sólido como se nos sugiere con el principio. Algo más de hora y media de imágenes que nos llevan a una reflexión crítica sobre el deterioro ético de nuestra sociedad y la necesidad de preservar los valores esenciales del amor, la amabilidad, la generosidad y la solidaridad, si no más, al menos en los ámbitos familiares.
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