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1 febrero 2014 6 01 /02 /febrero /2014 16:31

montsal.jpg

 

Tiene un público minoritario pero fiel, entendido, detallista, entregado a la adoración común de ese arte sublime, la música. Proliferan los tratados, comentarios, exégesis en torno a la música y los músicos, compositores o intérpretes, directores o historiadores. Es como un gran club privado, o más bien una hermandad o una fraternidad masónica o rosacruz: los aficionados a la llamada música clásica (tópico linguístico que dejaremos así, por esta vez). Por eso me ha parecido interesante recomendarles esta semana un libro dedicado a analizar la vida y la obra de uno de los compositores españoles que triunfó en la segunda mitad del pasado siglo, Xavier Montsalvatge. El autor, un periodista vallisoletano, José Guerrero Martín, compañero de trabajo de quien esto firma durante cuatro décadas. Y las credenciales del analista: periodista cultural de rara calidad, melómano impenitente, dotado de un castellano perfecto y una curiosidad humana relevante, Pepe para los amigos, cultivó durante muchos años la amistad de su biografiado debido a la feliz circunstancia de que ambos trabajaban en "La Vanguardia": uno, artículos de cultura y política internacional y el otro, la crítica musical del diario. Por tanto estamos ante uno de esos ejemplos de convivencia enriquecedora entre una figura cultural y el hombre que habrá de legar a la posteridad la imagen más cercana del notable, como por ejemplo Eckermann con Goethe o Ernest Jones con Freud (éste es más bien un hagiógrafo). El autor subtitula su trabajo "Administrador de armonías y silencios" pues debe ahondar con sigilo y delicadeza en la personalidad de Montsalvatge, un hombre que muchos consideraban "hosco, reservado y distante" y emplea en ello "cientos de horas de conversación". Con una disciplina de trabajo admirable, Guerrero, Pepe, busca, indaga y analiza datos, opiniones, escritos, entrevista a personas que se han relacionado con el compositor, a familiares y amigos. Y con todo ello perfila a un hombre inteligente, contradictorio y lúcido, capaz de responder a una pregunta sobre cuál es su propia opinión de crítico sobre su faceta de compositor: "Sabe demasiado para que su obra esté mal y no es lo bastante buen músico para que resulte verdaderamente buena" (pág.413). Pero no hace un retrato del hombre aislado de sus circunstancias  sino que lo relaciona con el siglo que le tocará vivir intensamente y nos ofrece, en definitiva, una obra densa que no obstante se lee con fruición e interés. Recomendable para aficionados a la música y en particular para los que gusten de biografías honestas y documentadas.

 

XAVIER MONTSALVATGE.- José Guerrero Martín.- Témenos, edicions.-696 págs.-20 euros  

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31 enero 2014 5 31 /01 /enero /2014 08:53

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 La última novela del maestro del thriller y la narrativa de espionaje, John le Carré (su nombre real es David Cornwell), uno de los sucesores más cualificados de la escuela de Graham Greene, te deja con un sorprendente sabor de boca, más aún que después de leer "El jardinero fiel". La complejidad de los personajes, su dicotomía ante el bien y el mal, la culpa y el arrepentimiento confrontado a una sociedad eticamente decadente, al abandono de los valores y principios y, sobre todo, como uno de sus personajes reflexiona, a ese desafío filosófico que hizo público Anna Arendt, el de la banalidad del mal. Que en esta novela es más bien la estupidez irremediable y la indiferencia patológica de la clase política.

Si en los años 70 cuando triunfaban las obras maestras del espionaje bipolar, "El topo" o "Nuestro hombre en La Habana" o "El ministerio del miedo" la ética de sobrevivencia imperaba, aunque se respetaban bastante las "reglas del juego" entre aliados y enemigos, en nuestra época el desencanto, la automatización, la sustitución de la moral por el beneficio, el olvido de las mas elementales reglas de respeto humano y una técnica desprovista de alma, vendida al mejor postor, instrumento ciego, han convertido el escenario en una selva sin remisión y sin principios.

También el novelista, Le Carré, ha perdido un poco el norte de su elegante relativismo moral. Aunque toda la trama de "Una verdad delicada" se basa en un frustrado, ridículo y absurdo intento de secuestrar a un terrorista en Gibraltar (en los noventa hubo una operación semejante allí, pero el sujeto era un miembro del IRA), en el que intervienen un comando del ejército británico y unos mercenarios norteamericanos de una gran empresa de seguridad privada, auspiciados por un viceministro inglés y comprobado "in situ" por un alto funcionario del Foreign Office que se convierte en uno de los protagonistas de la novela. La acción es cerrada oficialmente como un éxito secreto que, como fruto, le proporciona un titulo nobiliario al funcionario.

Unos años después, el funcionario, Christopher Probyn, ya está jubilado y goza de una vida cómoda y más o menos feliz con su esposa y su hija en Cornualles. Pero aparece uno de los soldados britanicos que intervino en la acción y demuestra que todo había sido un engaño. Que la acción no tuvo éxito y que durante un estúpido tiroteo innecesario habían muerto una inocente mujer árabe y su hija pequeña. El segundo protagonista de la novela,  Toby Bell, también funcionario del Foreig Ofiice, mucho más joven, que había sido secretario del diputado y que había sospechado desde el principio que toda esa operación era ilegal, conecta con su antiguo compañero y...

Bien, mejor que la lean. Toby es un idealista y Probyn un diplomático de la vieja escuela, ceremonioso y conservador-Ninguno encaja en un mundo donde la verdad siempre es incómoda y los que la defienden acaban siendo silenciados de un modo u otro. No hay compasión. Y la indefensión de todos los que están "fuera" no tiene recurso ni abrigo: la policía, el ejército, los políticos, prefieren no saber. La media docena de páginas en las que Le Carré nos describe la surrealista entrevista que sostiene Probyn con sus ex compañeros del F.O. a los que le lleva un documento donde denuncia la operación, son magistrales. Nada de reconocimiento y justas indignaciones, los burócratas oficiales acorralan al pobre ex alto funcionario y le amenazan con medidas que ponen en peligro su situación, a su familia y a sí mismo, con la connivencia de las más altas instancias politicas, profesionales o judiciales del país.

A sus 81 años, Le Carré nos brinda una novela nuevamente eficaz, distraída y perfectamente ensamblada y escrita. Su irónico sentido del humor se ha vuelto más mordiente y sus convicciones y denuncias siguen siendo lúcidas y pesimistas. La hipocresía, las mentiras oficiales, la codicia de un mundo que parece dirigirse a la autoextinción, la falta de ética pública y privada, las grandes injusticias antihumanas que asuelan el tercer mundo, la crueldad innecesaria y estúpida no son sólo conceptos generales, Le Carré las analiza en su propio país y de rebote en los Estados Unidos, país por el que, desde la guerra de Iraq, siente escasa simpatía. Y todo eso nuestro novelista lo pone en una platillo de la balanza literaria y moral, en el otro, la madre y su pequeña asesinadas por error, un crimen nunca asumido o reparado.

Estamos lejos de los tiempos del Circus y del gran Smiley, nuestro hombre ha dejado en un armario a los espías y sus maniqueas batallitas y reparte sartenazos con una sonrisa irónica pero sin compasión.  Léanla, pero después vuelvan a "La gente de Smiley" o a "El espía que surgió del frío". Entenderán lo que les he comentado.

 

FICHA

UNA VERDAD DELICADA.-John Le Carré.-Traducción Carlos Milla Soler.-Ed. Plaza Janés.-360 págs. 22,90 euros 


   

   
   
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30 enero 2014 4 30 /01 /enero /2014 09:38
Codigo_de_defensa-215263457-main.jpg

Excelente thriller dirigido por Kasper Barfoed e interpretado por un magnífico John Cusak, con el apoyo de Malin Akermann y una corta nómina de secundarios efectivos. La cosa va de las operaciones encubiertas de la CIA en todo el mundo y los códigos numéricos con los que se comunican con los agentes diseminados por doquier. Códigos emitidos por estaciones de control en la que nadie sabe lo que está haciendo pues sólo operan con secuencias numéricas crípticas y aleatorias (por eso, como suele suceder, el titulo en inglés es más ajustado que el español: "The station numbers"). En una de ellas, situada en un  lugar aislado en plena campiña inglesa, una zona supersofisticada técnicamente y secreta, hay una operadora de códigos y un agente destinado como seguridad y que en caso de ataques externos debe destruir el lugar y asesinar a la operadora, por "motivos de seguridad". En ese ambiente claustrofóbico, en el que conviven las dos personas en turnos semanales de tres días seguidos, se produce un ataque exterior.
Circunscrita a unas horas tensas y violentas, Cusak y su compañera deben enfrentarse a la muerte y a la desconfianza de ella y las dudas internas de él. Con algunas debilidades de guión (¿conoce usted algun hospital donde lleguen en estado inconsciente dos personas heridas de bala y armadas y les den los cuidados médicos sin avisar al mismo tiempo a la policía?) la acción es trepidante y el diálogo inteligente y cuidado, sin las típicas patochadas de costumbre en este tipo de películas. Un final poco coherente con el tipo de realidad que evoca, pero al fin y al cabo el mercado manda y es preciso a veces mantener el final feliz, aunque abierto.

         
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29 enero 2014 3 29 /01 /enero /2014 11:15

manu.jpgHa muerto Manu Leguineche, maestro, mentor, compañero y amigo (para mí una especie de Carlos Nadal en potencia cuya amistad nunca llegó a florecer debidamente por la circunstancia disgregadora de vivir él en Madrid y yo en Barcelona). Cuando se retiró a Tejar de la Mata, pueblecito alcarreño, aquejado por una enfermedad --me dijeron amigos comunes que le afectaba los procesos cognitivos -- me planteé el ir a verlo y por esas cosas que uno no sabe controlar, voy postergando la visita hasta que se convirtió en una sombra, una querencia difuminada por la falta de contacto y la lejanía. En los años 80 y 90 fue nuestra época dorada como amigos. Él dirigía Colpisa, una agencia de artículos y reportajes con sede en Madrid, que solía repartir por los diarios regionales de toda España los artículos y crónicas de los periodistas de "La Vanguardia", entre ellos los míos. Recíprocamente Manu dejaba rienda suelta a su instinto de gran reportero y se marchaba a los lugares del mundo donde se producían las noticias --guerras, golpes de Estado, elecciones-- como un "free lance" cuyas crónicas también publicaba "La Vanguardia" entre otros diarios. De ahí vino nuestra relación, bastante intensa esos años, que evolucionó a una simparía mutua y al final a una amistad incondicional.

Recuerdo con viveza una semana de estancia en Lekeitio, el pueblo vasco donde nació y en que conservaba el destartalado piso familiar en la calle principal. Yo estaba escribiendo una novela y me ofreció pasar allí unos días. Me dio las llaves y unos consejos para desenvolverme en el pueblo. Allí estuve seis o siete días, escribiendo sin parar, bañándome en la playa y comiendo pescado en los bares del pequeño puerto de Lekeitio.

También en Madrid nos veíamos, cuando Manu estaba con Rosa María Mateo, la "musa de la transición" la periodista de TVE con los ojos más azules de España. Estuve varias veces en el ático que tenía, lleno de libros y videos de cine. Ibamos a comer a un bar de su barrio en el que solía hacer sus partidas de mus, y donde le tenían un afecto y un respeto que era la tónica habitual de las reacciones que solía provocar el trato afable, llano y pleno de un humor sin malicia que era uno de los sellos distintivos de Manu. De él recibí un apoyo y un afecto del que me siento deudor. A pesar de que sólo nos separaban cinco años de edad, para mí era un maestro tanto más respetado y venerado cuanto hacía gala de una humildad y una ausencia de vanidad admirables.

Compartí muchas cosas con Manu. Desde el amor a los libros, al cine y a la política internacional, hasta la decisión --muy temprana y clarividente-- de que terminaríamos nuestros días de trashumancia profesional en un pueblecito, lo más pequeño y pacífico  posible. Él escogió un pueblo de La Alcarria y yo, uno de Teruel, en el Matarraña. Fue uno de los temas que quería analizar con él, ese amor al aislamiento, a la reflexión y a la lectura. Lamento no haberme dado la ocasión de volver a verlo y habernos echado unas risas en recuerdo de aquella época en la que yo formaba parte modestamente  de "la tribu" (los periodistas que circulaban por esos mundos de Dios como enviados especiales o corresponsales) y Manu era el indiscutible jefe, amado y respetado por todos, en un oficio donde la malevolencia, las críticas, la envidia, la vanidad y la burla eran el pan de cada día. Descansa en paz, amigo.

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28 enero 2014 2 28 /01 /enero /2014 08:55

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Recital de Cate Blanchett, a años luz de la hermosa reina de los Elfos en "El señor de los Anillos", bajo la batuta  vieja pero aún firme del gran Woody Allen que parece sacudirse un poco la modorra que supuso sus tres últimas incursiones en el celuloide (aunque ahora ya no se puede hablar así: no hay celuloide en el cine). Aunque evidentemente Allen es al cine lo que Tolstoi a la novela, es decir siempre detras de la cámra o de la pluma pero dentro de la obra, bien visible, está el creador y todo lo tiñe con su ideología, sus creencias y sus manías (que nadie se rompa las vestiduras, no les comparo en términos de calidad, sino de proceso de reflejo en el propio trabajo). Pero aun así, todas son distintas aunque se parecen en el fondo, tienen un aire de familia. banalizado algunas veces y son las obras menos logradas y llevadas al colmo de la neurosis y estas son las mejores. "Blue Jasmine", a  mi parecer, es de las últimas.

Aquí no aparece Allen, ni ese personaje torturado e ingenioso que le sustituye de una forma casi gemelar, sino que parte de los fantasmas interiores de Allen que tiene una magnífica propnesión a hacer autoterapia con sus películas. Toda l inseguridad, los saltos al vacío, la inteligencia morbosa y el borroso sentido de culpa de raíces judías aparecen encarnados en los personajes de Blue Jasmine, sobre todo en la protegonista que se encuntra en el border line de la patología. Hay un irritante y catártico abuso emocional en lo que la pobre Blanchett se ve obligada a hacer para conformar su personaje. No hay complacencia en la mirada de Allen sobre sus personajes, ni siquiera humor, aunque su acido ingenio siga disparando aqui y allá. La mediovridad de nuestra sociedad, su absurda escala de valores, su maniqueismo hipórcita, su estupidez y el bochorno de la tontería que nos invade, son diseccionados con pulso de cirujano por Woody a través de unos personajes sin alma, con obsesión por el dinero, la avaricia y la representación del ego a través de firmas comerciales de dudoso gusto y alto precio.

No se la pierdan. Es un Allen corrosivo y una Blanchett agónica, excesiva pero real como la --alta y lujosa-- vida --desaprovechada y mezquina--misma. Basta con mirar las revistas de sociedad para ver muchas Blue jasmines en ciernes o ocupando las portadas. No diremos nombres.

 

     
     
   
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27 enero 2014 1 27 /01 /enero /2014 08:34

La_tienda_roja-193356000-main.jpg

  Magnífica película de acción histórica basada en la trágica expedición al Polo Norte en globo aerostático que realizó el general italiano Umberto Nobile a principios del siglo XX, un poco más tarde de que el sueco Amudsen, a pie y con trineos, lo conquistara. Se trata de una coproducción italo-soviética de 1969 con los principales actores de nacionalidad británica y alemana. Por exigencias comerciales, supongo, se añade un personaje femenino, la novia de uno de los expedicionarios, interpretado por la bellísima Claudia Cardinale. Peter Finch, un actorazo siempre excelente, interpreta a Nobile, acompañado por actores secundarios italianos y rusos. Colaboraciones especiales de Hardy Kruger, el actor austriaco. como el aviador que encontró a los supervivientes de la expedición y de un joven Sean Connery caracterizado de anciano rubio en el papel del expedicionario sueco Amundsen.

La película se plantea, originalmente, como la fantasmagoría íntima de un anciano general Nobile, ya en los años 60, que convoca a sus compañeros de expedición y analiza los hechos que llevaron al desastre y las actitudes de los principales protagonistas. Se nos cuenta la historia desde la salida del dirigible "Italia" hacia el Polo Norte, hasta la cronica de las angustiosas semanas pasadas por los supervivientes en un entorno hostil y el rescate del general --un par de  semanas antes que los demás-- la muerte de Amundsen que trató de rescatarlos y la intervención de unn rompehielos soviético que culminó el rescate de los escasos sobrevivientes.

Con algunos momentos en los que se rompe el ritmo de la acción, en general es una muy aceptable película que se enriquece con las complejidades psicológicas de los personajes sometidos a situaciones extremas. El director soviético Mikhail Kalatozov (recuerdo de él su maravillosa "Cuando pasan las cigüeñas") lleva con mano no muy firme, pero sensible, las historias entrecruzadas de los expedicionarios y gana muchos enteros en los momentos de dramática tensión entre los supervivientes. Música trepidante (de Ennio Morricone y Aleksandr Zatsepin) y una fotografía muy correcta de las inmensidades heladas del Polo.

No se entiende por qué razón esta pelicula no ha sido revisada y reestrenada con honores.

 

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26 enero 2014 7 26 /01 /enero /2014 10:36

Las he visto en algunas ocasiones, pocas, en casas de algunos amigos aficionados a los largos paseos por las montañas o los campos. Suelen tener piedras, generalmente en las repisas de las baldas de las bibliotecas. Cuando son muy hermosas, en un aparador o una mesita de noche. Son piedras singulares, recuerdos de caminatas, de ascensos a cumbres, algunas con un nombre escrito o una fecha, el lugar y el día. La mayoría son piedras corrientes. La singularidad se las da la mirada del montañero, su propia historia personal imbricada en el aire libre, la soledad, la belleza panorámica, la dificultad física y anímica del logro deportivo personal. He acarreado piedras de muchas excursiones, algunas son falsos petroglifos, amonitas, curiosos estigmas geométricos de plantas fosilizadas, otras son bellas y rotundas como un mensaje de amor y hay un par que presentan aristas u oquedades ominosas, como un desafío. O colores inesperados, ocres violentos, ramalazos de vetas blanas sobre un fondo gris o negro, auténticas joyas, agrestes como exclamaciones, como emociones súbitas, recuerdos sólidos de momentos delicados donde el miedo se une a la excitación del desafío y a la alegría de salir indemne. Hay algo vivo en esos fragmentos de roca. Una energía encapsulada, fundida en sí misma, matriz de algo más grande, inmenso, inabarcable, la naturaleza en estado puro. No se puede hablar de coleccionismo. Es mucho más que eso. Tiene una implícita trascendencia que no es percibida más que por el que atesoró la piedra, una hilación persona-mineral que tiene algo de magia del objeto, actitud de respeto hacia eso primordial que nos supera y en contadas ocasiones nos acoge. Hay biografía humana en esos elementos minerales, les prestamos algo de nuestra alma. Es el homenaje de un hombre a un principio atómico de identidad, un animismo cosmogónico que nos lleva a sentirnos parte de todo. De ahí nace el amor a la naturaleza y nuestra propia e insobornable humildad de pequeños seres anonadados por la infinitud de la creación, del mundo inabarcable de la existencia. 

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25 enero 2014 6 25 /01 /enero /2014 10:51

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  Todo informe, por definición, ofrece datos que conciernen al lector al que va dedicado, de una manera o de otra, directa o indirectamente. Si además circunscribe su alcance a un "interior" determinado, conocido o al menos interesante para el lector, miel sobre hojuelas. Y el caso es que este "Informe del interior" del escritor norteamericano Paul Auster --complemento discursivo del libro anterior "Diario de invierno" o uno más lejano "A salto de mata"-- se refiere nuevamente al propio Auster, a detalles de su vida --de adulto y maduro en "el invierno" y de niño de cinco años  a los doce en este "interior"-- y por tanto, dadas las caracteristicas del sujeto, de un interés bastante relativo para un lector casual (supongo que a los fans de Auster les encantará saber las películas que le gustaban de niño, sus lecturas iniciales, su pasión por el beisbol y, para poner la guinda al pastel, comentarios sobre dos películas "El increíble hombre menguante" y "Soy un fugitivo" que fueron impactantes para el niño. Después, le acompañaremos en sus primeros amores, sus estudios, su estancia en Paris, las escarceos literarios, proyectos y tentativas y una cajón de sastre donde la sensibilidad del escritor neoyorquino nos muestra las reacciones de su  delicada mente en comentarios a unas imágenes que van despertándole recuerdos del pasado.

Todo en conjunto no configura un retrato psicológico del escritor como pretenden los exégetas sino un batiburrillo de materiales de variado interés y nada uniforme valía literaria que desconcierta un poco y hace pensar en una cierta sequedad creativa en Auster, un sensentón por otra parte muy activo que a falta de pan nos vende peces de colores. La pulsión autobiográfica es un recuerdo manido para escritores en horas bajas creativas. Casi todos lo han hecho y unos con más fortuna que otros, Graham Greene y Mark Twain, por ejemplo, Anthony Burgess, o Thomas Mann. Otros siempre han hablado de sí mismos, como Hemingway o Scott Fitzgerald disfrazándose con los personajes de sus novelas. Pero Auster no está a la altura, que me perdonen los austerianos, de ninguno de esos gigantes literarios y sus avatares relatados, aunque simpáticos algunos e indudablemente bien narrados --nadie le discute su oficio-- no entrarán en la historia de la buena literatura autobiográfica. Y, precisamente, uno de los más grandes en ese género fue Michel de Montaigne, el filósofo literato francés, uno de los más admirados por Auster, cuyo profesor de francés en la Univeriddad de Columbia fue precisamente un traductor de Montaigne al inglés. Quizá en esa familiaridad con la pulsión autobiográfica está el origen de esta insistente mirada de Auster en su propia vida.

Nadie puede negarle, pues, osadía a Auster, que parece haberse convertido en una especie de réplica literaria de la trayectoria europea de su compatriota neoryorquino Woody Allen. Uno en la literatura, el otro en el cine. Es decir: generan una simpatía generalizada entre los europeos --en España especialmente-- cuando en su propio país no los valoran tanto. No entro en que seamos o no más perspicaces que los yanquis para saber de genialidades y genios. Lo que es cierto es que, como decían los textos sagrados, "nadie es profeta en su tierra". En todo caso, una recomendación: los y las fans de Auster no se deben perder esta nueva entrega de las "confesiones" del escritor sobre su pasado. Los que no conocen a Auster, mejor que empiecen por la "Trilogía de Nueva York" y luego sigan, hay media docena de títulos notables entre los más de treinta firmados por Auster. A mí, admirador pero crítico con Auster, este libro me ha divertido a ratos y me ha mostrado lo que ya sospechaba: en sus juventudes solitarias y laboriosas, Auster no era un Schopenhauer o un Tolstoy o un Chejov. Padecía el desconcierto y la vulgaridad intelectual de la mayoría de nosotros (hace falta bastante honestidad y descaro también para ofrecer públicamente ciertas pruebas de ésto último) pero lo cierto es que él era uno de los de esa minoria de marcados por las musas: hay una pulsión de búsqueda que le ennoblece. Y eso también se deja ver en sus reflexiones y en sus cartas a su distante amada.

FICHA

 

INFORME DEL INTERIOR.- Paul Auster,. Ed. Anagrama.Traducción de Benito Gómez Ibáñez.-328 págs.    
   
   

  

 

     
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24 enero 2014 5 24 /01 /enero /2014 08:09

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Esta es una de las ocasiones en las que este crítico se dejó influir a primera vista por una portada, provocando no atender la demanda de lectura que todo libro plantea desde su "escaparate". No es que provoque rechazo, mas bien al contrario. La sonrisa de Laura Borrás desde la portada es una bienvenida radiante. Pero por un automatismo "publicitario" pensé que  el contenido sería quizá un banal y predigerido  paseo  superficial por los clásicos más trillados. Menos mal que entré en el índice y espigué entre las páginas. Aquello no era superficial, ni banal, ni las obras tratadas eran las habituales en todo "readers digest" que se preciara. La Borrás sabía de lo que escribía, se había trabajado profunda y profusamente la temática de cada trabajo, aportaba ideas y reflexiones personales de alto calado y exponía una brillante originalidad en casi todo lo que trataba a pesar de ser asuntos que ya han sido muy elaborados (sobre todo los tres primeros). Ya las 50 páginas de la introducción eran una muy agradable aportación al eterno debate de qué cosa son los clásicos, por qué lo son y cuál es la razón de su vigencia.  Los análisis del Edipo Rey de Sófocles y la inexcusable modernidad de su mensaje; el del personaje de Stendhal en "La Cartuja de Parma", la fascinante duquesa Sanseverina; la metamorfosis de Kafka, símbolo de transformaciones; y los poemas de diversos autores sobre la mujer sin nombre de la Biblia, la mujer de Lot (episodio que Laura Borrás refleja como símbolo del temor de muchos a "mirar hacia atrás", es decir a los clásicos), son reeelaboraciones de unas charlas dictadas por la autora en un ciclo de conferencias de una entidad. El conjunto es sugestivo, aleccionador y tiene algunas páginas brillantes. Lo he leido con sumo placer y lo recomiendo a estudiosos y profesores y, sin duda, al público amante de la literatura. Como escribe nuestra autora: "Alimentarse  solo de los productos (libros) de la temporada produce anemia cultural, por eso es necesario leer a los clásicos, hoy, mañana y siempre". Sólo una indicación a los editores (Ara Llibres): por favor pongan esa bella foto de la autora en la solapa y den un tono algo más serio a la portada, evitaremos confusiones.

FICHA

CLÀSSICS MODERNS.- Laura Borrás.- Ara Llibres. 183 págs.

 

 

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23 enero 2014 4 23 /01 /enero /2014 10:03

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Vi la pieza de Tracy Letts (ganadora de un Pullitzer en 2008) en el Teatro nacional de Cataluña hace dos años, interpretada por los mejores actores y actrices de la escena catalana del momento y el año pasado en el montaje de la Compañía de Tetaro Clásico, en castellano. En ambas ocasiones con un éxito enorme de crítica y público. Y es que la obra de Letts tiene toda la fuerza, el descaro, el ingenio y la fuerza humana de los grandes dramas. Era cuestión de (poco) tiempo que alguien se atreviera a llevarla a la pantalla. El hábil y multifacetal actor, guionista y productor John Wells, dirige su primera película contando con un excelente plantel de buenas actrices y actores y con el apoyo de producción de George Clooney y Grant Heslov y un guión que también firma el autor de la obra.

El resultado está a la altura del desafío. La agobiante, crítica, oscura y al tiempo brillante trama responde bien en la pantalla como lo hizo en los escenarios, con una sola reserva: los gritos y excesos actorales de la obra, en el escenario son más aceptables que en la pantalla, donde los primeros planos y la ficticia cercanía del espectador requería una cierta contención que se adaptara más a un medio que tiene sus propiao código, grandezas  y servidumbres. No es así y Wells permite que sobre todo las dos protagonistas principales de la obra, una madre adicta a los fármacos y una hija dominante y seca, ambas con una dramática historia personal a cuestas, se desmelenen al conjuro de sus frustraciones, su dolor y sus mezquindades.

El disminuido patriarca de la familia desaparece y ante el conjuro de esta huida, las tres hijas del matrimonio, más la hermana de la protagonista y sus respectivos maridos (todos elementos de segundo orden: es un drama de mujeres) se reúnen en la casa familiar para afrontar esa desaparición que pronto desemboca en un presumible suicidio. Pero Wells es un director de rara madurez dado que es su primera pelicula como director. No hay grandielocuencia en las imágenes, todo tiene un aire cotidiano, banal y vulnerable que redunda en la credibilidad de la trama. Las imágenes panorámicas, lentas y hermosas de las llanuras de Oklahoma, le sirven a Wells para contrapuntear la claustrofóbica vivencia coral en la finca aislada. Entonces, cuando pasa de la belleza de un atardecer a la rabiosa afloración de pasiones y sentimientos, de secretos de alcoba y de miserias humanas, al director se le va la cosa de las manos y el espectador parece quedar inmerso en la "hybris" de la tragedia griega, donde todos los desastres son posibles.

Y es que resulta muy difícil poner un cierto coto a la desmesura de Meryl Streep (con su aspecto patético y rabioso de enferma de cáncer de boca) o de la dura y exasperada Julia Roberts. Chris Cooper, Dermot Mulroney, Ewan McGregor o Benedict Cumberbatch (lejísimo de su fabuloso Sherlock Holmes de la pequeña pantalla) da ajustada réplica a las feroces bacantes que integran el elenco, además de las dos grandes citadas, una no menos brillante Margo Martindale, en el papel de hermana de Meryl, Abigail Lewis y Juliette Lewis. Combates interpretativos que dejan al espectador exhausto, mecido o sobresaltado por la magnífica banda sonora firmada por Gustavo Santaolalla.

La corrosiva historia familiar, en la que los vínculo paterno-filiales o los fraternales son sólo la excusa para abrir la caja de Pandora de los reproches, la mezquindad y el odio, "Agosto" se configura como  una película que atrae como atrae una hermosa flor venenosa a los insectos y que no llega a ser una cinta excelente debido a que le sobra una pizca de exceso interpretativo. Uno se pregunta qué hubiera hecho Liz Taylor y Richard Burton  o Dustin Hoffman con un guión como este y con el tipo de director que les hizo triunfar a ellos. Pero, en todo caso, no es el guión el responsable de los excesos. Y, en definitiva, vale la pena (y nunca mejor dicho) sentarse ante la gran pantalla y dejarse llevar por este dramón excesivo, al que le sobran aspavientos y le falta un poco de contención.

 

     

   
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