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6 noviembre 2020 5 06 /11 /noviembre /2020 09:11

Era un adolescente cuando Alberto Camus murió en un accidente lleno de suposiciones e incógnitas, profundamente sospechoso. Mi padre me dijo con una nota de tristeza en la voz: "A tí que tanto te gusta leer deberías intentar leer algo de Albert Camus. Acaba de morir. Pásate luego por la librería y le dices que te den un libro de él, a poder ser "La peste". Que lo pongan en mi cuenta. Está en francés, claro. Pero tu lo lees bastante bien. Si tienes alguna duda me preguntas o miras en el diccionario. Te impresionará". Desde entonces Camus me ha acompañado toda la vida. Años más tarde en la Facultad de Derecho había dos grupos rivales: los que apoyaban las  tesis políticas de Sartre y los que apoyábamos las de Camus. Había una profunda enemistad entre ambos grupos. Los de Sartre se consideraban de extrema izquierda y los de Camus eramos humanistas y dábamos más importancia a ciertos valores éticos e intelectuales que a la disciplina de un partido político supuestamente salvador de un mundo ahogado por el capitalismo. Todo era mucho más simple, sin duda erróneo en ambos planteamientos, pero estaba en general infinitamente más claro que las actuales confusiones. En todo eso he pensado cuando he releído la novela de Berta Vias y me he decidido a contárselo a ustedes. 

"No hay nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más estúpido que morir en un accidente de coche". Lo había escrito Albert Camus. Y lo repite Berta Vias Mahou, una escritora madrileña de 50 años, traductora y narradora, en su última novela "Venían a buscarlo a él", en la que logra comunicarnos la angustia, la soledad y la honestidad de ese escritor francés, premio Nobel, de pasado argelino, una de las más conocidas víctimas del desastre de la guerra de Argelia.

El 4 de enero de 1960 Albert Camus perdía la vida en un absurdo "accidente" de automóvil, en una carretera secundaria comarcal entre Sens y Fontainebleau. Berta Vias logra a través de una recreación literaria basada  en pasajes de la obra póstuma  de Camus "El primer hombre" y en retazos y citas oportunas de otras de sus obras, conferir una autenticidad y coherencia a su narración, que rebasa el puro andiamaje novelesco.

Compartimos ese último periodo de la vida de Camus a través de un juego de espejos en el que Jacques, el trasunto de A.C. (protagonista precisamente de la novela póstuma citada), vive la turbulenta historia de amenazas y horrores que rodea el doble terrorismo francés y argelino, un goteo inmisericorde de atentados, asesinatos y matanzas, en un contexto internacional en el que las fronteras del racionalismo y la ceguera política se entremezclan, con una izquierda incapaz de aceptar la sensatez y el pacifismo de buena ley que destila la persona y el pensamiento de Camus. Somos testigos del enfrentamiento con Sartre desde la óptica del escritor mártir, demonizado por el duro y alicorto "establishment" intelectual de la época. Y se nos comunica con inquietante efectividad el clima de desasosiego, temor y rectitud en el que vive Camus hasta su muerte, apresuradamente orquestada y manipulada por las autoridades francesas, por todas las elites políticas e intelectuales en el poder.

Con una versatilidad a veces desconcertante Berta Vias juega con los diferentes narradores y alterna las personas del narrador, incluso en el mismo capítulo, acercándonos a las figuras claves del drama: el joven argelino de madre española que es testigo indirecto de la presencia y el objetivo de los asesinos, las figuras de éstos y su trayectoria bajo el control de la FLN, el juego disparatado de intereses encontrados que decidirán la muerte de Camus y el entorno del escritor donde se introduce también la tercera columna de los que facilitan el camino a los asesinos. Dominándolo todo la presencia de Jacques-Albert, sus jornadas de escritura, sus recuerdos, algunas vivencias y relaciones que ensamblan un relato apasionante y angustioso. Desde las jornadas de sol y mar de su Argelia infantil hasta la vida en un cada vez más agobiante París que le niega el pan y la sal a causa de su enfrentamiento y coherencia en la debacle del fin del colonialismo francés.

¿Cuál podía ser la suerte de un hombre que se atreve a aspirar a una "tercera vía" en el horror argelino, empuñando las banderas de la paz, el entendimiento de los hombres y el respeto a las diferencias raciales? Una vez más es el inocente, la víctima propiciatoria de todas las partes del problema, enfangadas en la defensa a ultranza de intereses bastardos. Berta nos habla permanentemente del miedo de Camus ante los fantasmas del odio y la intolerancia. Y uno acaba por aceptar la apuesta de la autora: en ese contexto la muerte de Camus es la catarsis necesaria para el cumplimiento del horror en toda su absurda vaciedad de humanidad. Se configura como una "crónica de una muerte anunciada", con la temible exactitud trágica de un sacrificio laico a los dioses: el del inocente, odiado por igual por todas las partes en conflicto.

Se trata de  una excelente novela y un trabajo serio e imaginativo de recreación e interpretación de los hechos de la vida de un gran hombre.

 

FICHA. "Venían a buscarlo a él", Berta Vias Mahou.- Ed. Acantilado, Barcelona 2010. 227 páginas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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4 octubre 2020 7 04 /10 /octubre /2020 09:51

A los 150 años de su punto y final

DICKENS, UNA ALEGORÍA ACTUAL

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens y en el momento en que lo leí, cuando preparaba estas líneas, percibí claramente el carácter profético y premonitorio de un escritor y su tiempo que se reflejaba hoy como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual, reverberando como una carcajada burlona contra nuestras pretensiones de superioridad. Una frase de Marx completaba la imagen que me había formado: “Dickens ha proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de políticos, agitadores y moralistas juntos”

En estos tiempos en los que se cuestionan el valor práctico de los sentimientos, en los que las emociones son objeto de análisis críticos y condenas terapéuticas o ensalzamientos ridículos y contraproducentes, releer a Dickens  en el 150 aniversario de su tránsito hacia el Olimpo de los Inmortales  no sólo es un placer, es también una necesidad y una apelación psicológica a lo más humano y olvidado de nuestras existencias actuales: el derecho a conmovernos, la posibilidad de que, aunque sólo sea por el acto literario reflejo de la lectura, sintamos los ecos de una ternura, una bondad y una comprensión de la debilidad humana que fueron el logro más profundo de este escritor relegado al anaquel de los "clásicos sentimentales” y el recordatorio mordaz de que no hemos superado la falta de humanidad, la capacidad de hacer sufrir a los más débiles y necesitados, la pintura cruel de los desheredados de la tierra hasta límites y magnitudes jamás soñadas por Dickens en el siglo XIX.  

Uno de sus biógrafos asegura que “Dickens ocupa un lugar entre las causas de orden moral que han ahorrado a Inglaterra una revolución, porque pocos autores han encarnado tan bien a un país, en sus grandezas y sus pequeñeces”.  Si Dickens se levantara de su eterno descanso en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster y observara su amado país bajo las sombras deshonrosas del “Brexit” volvería a su tumba tan amargado como si Lincoln viera al suyo bajo la férula canallesca de Trump, ambos personajes igualados en la miseria moral que tenía el viejo Scrooge de su “cuento de Navidad”, pero sin su capacidad de redención.

Un lector inquieto podría husmear en la obra dickensiana, en los más de 2000 personajes que bullen en sus quince novelas (contando la inacabada “El misterio de Edwin Drood”) y llevarse la sorpresa de ver en negativo la copia sarcástica de políticos, banqueros, hombres y mujeres de fama popular encarnados en nuestra época con sus mismas bajezas, mentiras, ignominia, crueldad o estupidez… pero sin la pátina amarga de humor, ironía  o humanismo que Dickens les imprimía.

Nuestro mundo asolado por la pandemia, con sus injusticias, sus legiones de gentes miserables necesitadas de lo más básico hacinadas en las fronteras, sus diferencias sociales radicales en el seno de sociedades más o menos prósperas, la violencia en las calles, lo políticos corrompidos, los magnates codiciosos e irresponsables capaces de llevar a la indigencia a millones de personas, el racismo, la explotación de los más débiles, niños, mujeres, viejos, enfermos… remeda y aumenta el paisaje de las obras de Dickens, como un Brueghel traspasado al siglo XIX en plena revolución industrial, el auténtico comienzo de la pesadilla actual que ya amenaza no a una ciudad o un país sino al entero planeta. El sórdido mundo de Dickens era un ensayo para la hecatombe social, política, económica y humanística actual. Pero el genio de Dickens logra buscar y encontrar humanidad donde sólo hay sufrimiento y miseria, humor donde sólo hay avaricia, abusos y agresividad, generosidad donde reinaba la codicia de la riqueza desmesurada o de la supervivencia sin pudor, solidaridad donde sólo había ruindad y explotación de los más débiles, amor en el páramo londinense de los buenos sentimientos.

La biografía de Peter Ackroyd que recomendamos en estas páginas, como de la André Maurois que guardaba en mi biblioteca familiar y perteneció a mi padre (edición 1944) nos da los detalles más jugosos de este escritor victoriano que fue el retrato más fiel del inglés de calidad representativo de esa época de transición económica y social y riquísima en el ámbito literario. De ambas el lector sacará una imagen completa de un autor psicológicamente complejo y contradictorio que pasa de ser el respetabilísimo representante de la rectitud victoriana, con  familia de vida confortable, que escondía “dentro del armario” al hombre enigmático y lleno de pesares y complejos, que lleva hipócritamente una vida sexual escandalosa,  mantiene una amante joven, repudia a su esposa, reniega de la mayoría de sus hijos (algunos siguen la senda disipada de su abuelo) y lleva como un estigma doloroso el recuerdo de una infancia malograda por los dispendios y la afición al juego  de su padre, la consiguiente prisión por deudas, los trabajos miserables en una fábrica de betún con sólo 12 años de edad, llevando su mísero salario a la prisión donde vive su familia junto al padre. Y al mismo tiempo, en su vida adulta, con una posición desahogada marcada por la codicia y los excesos permanentes, escribe como un forzado a galeras, libros, periódicos, revistas y se enriquece a base de dar lecturas públicas de muchas de sus novelas, que le dejaban exhausto y que fue la causa de su temprana muerte por agotamiento.. Fue el primer caso de autor de “best sellers” global (al menos en el mundo anglosajón y en Europa) y también fue un pionero en la defensa de los derechos de autor (sus batallas en Estados Unidos por conseguir que se dictara una ley que tuviera en cuenta los derechos de los autores no norteamericanos, ha hecho historia en el mundo de los libros).

A estas alturas Dickens sigue siendo una fuente inspiradora para escritores, ensayistas, directores de cine o de teatro, series de televisión y editores. Hasta mediados del siglo XX, nos cuenta Maurois, en los music-hall de Londres solía trabajar un extraño artista llamado “Dickens Impersonator” que sabía imitar a los personajes principales de las novelas de Dickens desde Scrooge a Pickwick, de Sam Weller a Fagin, de Oliver Twist a  Dombey, Copperfied o Nickleby. Como dice Ackroyd en su libro “La actualidad y vigencia de su legado está fuera de toda duda, y se ha visto con la reiterada referencia a sus luchas legales con los impresores cuando se han discutido cuestiones de derechos de autor, porque puede decirse que Dickens fue el primer escritor profesional consciente de lo que ello comportaba (por ejemplo, la necesidad de promocionar su obra y percibir una retribución acorde con su éxito). Además, probablemente la de Dickens no es sólo la vida más intensa e interesante de entre los escritores victorianos, sino también una de las más apasionantes y peor conocidas del siglo XIX.

Lean pues, amigos, la biografía de Ackroyd y, si la encuentran, de Maurois. Dickens es un autor de plena actualidad social, política, histórica y humana. Los últimos Premios Nobel de economía,  Banerjee y Duflo, lo citan en una de sus obras: “Hemos regresado al mundo dickensiano de “Tiempos difíciles”, con los ricos enfrentándose a unos pobres cada vez más alienados, sin una solución a la vista”. Pero, aparte de esa carga reflectante de su obra, lo esencial es que se embarquen en la lectura de algunas de ellas, que son sumamente gratificantes: así el humor incomparable de “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, y el derroche de emociones y sentimientos de “Oliver Twist”, “La tienda de antigüedades”, “Dombey e hijos”, “David Copperfield”, “Casa Deolada”, “Tiempos difíciles”, “La pequeña Dorrit”, “Grandes esperanzas”, “Historia de dos ciudades”, “Nuestro común amigo”… Creo que me agradecerán el consejo. Dickens nunca deja de defender la felicidad en la vida y la esperanza en la benevolencia universal. Como escribe Maurois, “Cuando queramos tomar nuevamente contacto con las grandes y sencillas emociones humanas, no vacilemos en recurrir a Dickens. Mr. Pickwick permanece vivo y joven y, si Papa Noel y los tres espíritus de las Navidades y el viejo Scrooge no han muerto, tampoco a su vez murió Dickens”. Durante muchas Navidades que he vivido, solía leer en familia algunas de las escenas de “Cuento de Navidad”, ante el placer general. Era como tener a un viejo amigo sentado a la mesa.  Claro, eran otros tiempos…

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

DICKENS (El observador solitario).- Peter Ayckroyd.- Trad. Gregorio Cantera. 703 págs. Edhasa. 2011

DICKENS.- André Maurois.-Trad. L.P.C.- Ediciones Nausica

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23 agosto 2020 7 23 /08 /agosto /2020 09:02

Siempre me he sentido atraído por Spinoza, deslumbrado con su pensamiento, intrigado por su vida y perplejo por  las dificultades inherentes a su lectura. Como Sócrates, Montaigne, Russell, Wittgenstein, Epicuro o Pirrón pertenece al grupo no muy amplio de filósofos vitalistas, es decir, aquellos que viven la filosofía como una forma o estilo de vida. Y al más reducido círculo de los que pagaron con persecuciones, acosos sociales o religiosos, ataques físicos e incluso la tortura y la muerte, la coherencia existencial con sus ideas. Nació en Amsterdam en 1632,  hijo de padres judíos de origen portugués y español. Fue temprano lector de Lucrecio, Hobbes, Cervantes, Quevedo, Góngora y Giordano Bruno.  Toda su filosofía es una meditación sobre Dios, pero no de un Dios trascendente como en las tres religiones monoteístas sino de un Dios que es, en sí mismo. tiempo, materia y espíritu. Semejante idea le valió el anatema total y la expulsión de la Sinagoga y de la fe judía y con el tiempo (mal interpretado y menos entendido) se le calificó de uno de los primeros ateos de la historia. Murió joven, 44 años, y rechazado por su comunidad, a causa de una enfermedad pulmonar, tisis, provocada por el polvo que inhalaba debido a su oficio de pulidor de lentes.

De su filosofía, principalmente su "Etica" ("Demostrada según el orden geométrico") o su "Tratado teológico político", han surgido muchas de las reflexiones que me han facilitado la vida y agudizado el entendimiento en asuntos religiosos, morales, políticos o históricos. Aparte de inspirarme cierta alegría de vivir, amor a la Naturaleza y ética personal que han guiado mi vida en momentos delicados y en los asuntos cotidianos. Su norma existencial "Caute!" (cautela en el pensar, el hablar y el actuar) me ha librado de buenos líos a través de los años. De todas formas incido en mi observación al principio de este texto: es de lectura dificultosa. Precisamente por eso, libros como el que hoy les recomiendo, "Spinoza y el libro de la vida" de Steven B. Smith (profesor de ciencia política en la Universidad de Yale), junto a "En busca de Spinoza" de Antonio Damasio (uno de los neurólogos más conocidos y respetados, norteamericano de origen portugués) nos ilustrarán de manera muy eficaz en la importancia de la obra de Spinoza en la historia de la Filosofía y las influencias que su pensamiento tuvo en los más grandes filósofos del siglo XX y del actual.

Es uno de los más citados pensadores en todos los que luchamos por la libertad de pensamiento, la hegemonía de la razón, la igualdad y la solidaridad humana por encima de razas y nacionalidades, en busca de la convivencia pacífica y el progreso sostenible y ecológico. Seguidor de las ideas estoicas greco-romanas. Spinoza cultivó una austeridad y una sencillez ejemplares en su vida y un estado de bienestar mental y alegría. Opinaba que el amor al conocimiento, al arte y a la vida y la contemplación en la Naturaleza, eran en sí mismas las vías para alcanzar la sabiduría.

Spinoza sostiene, según un comentarista al que cito por su claridad expositiva pero del que, lamentablemente no conozco el nombre, que "Dios es lo uno y lo múltiple. Para conocerlo, solo tenemos que observar y estudiar la totalidad de la que formamos parte. Dios no está en lo alto, sino en el aquí y ahora. En la filosofía de Spinoza no hay ninguna concesión a la trascendencia. Dios no es lo que está más allá, sino la red infinita que nos envuelve. Al señalar la extensión como atributo infinito de Dios, Spinoza impugna la idea bíblica de la creación, donde la materia solo es una herramienta o sustrato, no algo divino. El hombre participa del conatus o impulso por perseverar en la existencia común a todos los seres vivos. Esa es su “chispa divina”, no la quimérica humanidad de Dios. El alma del hombre solo es una idea, la conciencia reflexiva de su realidad corporal. Para Spinoza la virtud es obrar bajo la luz de la razón, con una comprensión adecuada de las cosas, intentando no ser objetos pasivos de las circunstancias y las emociones. La virtud nos hace obrar bien y no hay mayor felicidad... ya que el sabio contempla el universo “sub specie aeternitatis”, es decir, como un todo regulado por la razón y la necesidad." Un hombre libre reserva su sabiduría para meditar sobre la vida, no sobre el morir. Arrepentirse es un gesto estéril. El que lo hace es “doblemente miserable e impotente”. Hay que abstenerse de condenar. Lo esencial es comprender, especialmente nuestros propios errores, y saber que “no queremos, apetecemos, ni deseamos algo porque lo juzgamos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo queremos, apetecemos y deseamos”.

Como dice  Steven B. Smith, Spinoza "nos enseña a abrazar el mundo, más bien que a huir de él; a mirar la libertad como una bendición, más que como a una desgracia: a encontrar placer en esas cosas que tienden a incrementar nuestra sensación de poder y capacidad de actuación. Su pureza y osadía como pensador provocó que por razones religiosas no fuera reivindicado como filósofo hasta fines del siglo  XVIII y principio del XIX por los idealistas alemanes (Goethe y Novalis entre ellos) que rechazaron su presunto ateísmo para paradójica y más justamente calificarlo como el "filósofo ebrio de Dios".De su actualidad y por tanto la pertinencia de dedicar un tiempo gratificante a leer los dos libros que recomiendo habla el hecho de que Spinoza fue el profeta de una doctrina absolutamente presente: la defensa de la individualidad, la creatividad y la celebración de la vida como libertad. Y el repudio de todo o que mutila, mortifica o denigra la libertad, la solidaridad y la vida.

FICHAS

SPINOZA Y EL LIBRO DE LA VIDA.- Steven B. Smith.- Trad. Juan Manuel Forte.- Ed. Biblioteca Nueva- 260 págs.

EN BUSCA DE SPINOZA.-Antonio Damasio.-Trad. Joandomenec Ros.- Ed. Crítica.-334 págs.

 

 

 

 

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31 julio 2020 5 31 /07 /julio /2020 07:43

Hace cien años desaparecía Galdós del mundo de los vivos, en el número 7 de  la madrileña calle de Hilarión Eslava. Era el 4 de enero de 1920. Le acompañaba su "hija natural", María,  ya que Galdós nunca se casó". Murió a los 76 años, prácticamente ciego y con problemas económicos y estrecheces sorprendentes en un escritor tan prolífico y admirado. A su entierro oficial acudieron más de 30.000 personas, con notoria ausencia institucional. Había sido operado de cataratas dos veces, en 1911 y 1912. Un año después, y tal vez debido a una sífilis terciaria, perdió la vista casi totalmente. Su salud se resentía también por una fuerte arterioesclerosis e hipertensión. Cuando muere Galdós, como a veces pasa en este país de cainitas, algunos de sus colegas de pluma hicieron "leña del árbol caído".  El talante liberal y progresista del escritor retrasó mucho su admisión en la Academia, a la que accedió gracias al apoyo de dos escritores conservadores amigos suyos: Marcelino Menéndez Pelayo y José María Pereda. La Academia Sueca le eligió en 1912 para recibir el Premio Nobel de Literatura y por una de esas lamentables sinrazones que se dan en nuestro país, hubo una campaña conservadora y tradicionalista contra el escritor y se inundó a la Academia sueca de cientos de cartas y telegramas exigiendo que no se le diera el Premio, ya que era una persona “de ideas extremas y nocivas para la sociedad". La campaña alcanzó tal virulencia que el Jurado  sueco, atónito y escandalizado,  acabó por anular esa designación y nombró al poeta alemán Haupttmann. Al año siguiente, se repitió la miserable mascarada y nuevamente el Jurado sueco cedió en nombre en su lugar a Tagore. Muchos años después la Academia sueca reconoció ese ceder a manipulaciones políticas como un error histórico del que se sentían avergonzados.

Durante los siguientes sesenta o setenta años Galdós sólo es pieza de fascinación, agrado y exquisitez literaria para una minoría de "lletraferits" que se asombran del ninguneo que se le brinda desde los llamados "cenáculos" literarios, con la belicosa censura de Juan Benet (que se atrevió a decir con su dogmatismo habitual: "el culto a Galdós es una desgracia nacional") y algún otro, igualmente "perspicaz". La siguiente generación desde Muñoz Molina a  Trapiello, Almudena Grandes y creo que Javier Marías, supo hacer justicia.

Sin embargo el aparato crítico y erudito tanto español como extranjero nunca dejó de dar  a luz obras críticas, ensayos  y comentarios laudatorios en los que se va reivindicando cada vez con mayor firmeza la figura de este escritor , al que malas lenguas, concretamente la de Valle Inclán, en "Luces de Bohemia" hace que uno de sus personajes se refiera a Galdós con la frase "don Benito, el garbancero" tratando de significar con ello que era un escritor anacrónico, de mesa camilla y brasero, que tenía la popularidad exagerada y efímera de folletinistas al estilo de "El caballero audaz" y otros singulares plumíferos del dislate y la desmesura, como Manuel Fernández y González o Ramón Ortega y Frías. Sin embargo en el transcurso de las décadas finales del siglo XX y el nuevo siglo, la figura de Galdós va tomando una importancia y tamaño literario más acorde con su valía indiscutible.

Baso este escrito en la última biografía aparecida del autor canario, debida a Yolanda Arencibia y editada por Tusquets, aunque he aprovechado los tres tomos del clásico José E. Montesinos que editó Castalia en 1972, el volumen del hispanista norteamericano Douglas M. Rogers "El escritor y la crítica" editado por Taurus, la "Vida de Galdós" de Pedro Ortiz-Armengol en Biblioteca de bolsillo y "El Madrid de Galdós" un insólito libro de varios autores que nos describe el Madrid que amó y vivió Galdós.

Arencibia equilibra la indudable admiración de la autora por su paisano (es catedrática de la Universidad de  Las Palmas, dirige los Anales Galdosianos y la cátedra dedicada al escritor) con una indagación bastante intensa y completa de documentos, libros y referencias anotadas en las 25 páginas de bibliografía y en los apéndices e índice onomástico que enriquecen el libro. El Galdós que aparece en estas páginas está a años luz del "garbancero" provinciano y de estrechos límites que nos pintaban sus detractores (¿envidia?¿celos literarios?). Es un hombre comprometido con el "zeitgeist" de su tiempo, informado y apasionado por Europa, gran lector, viajero, epicúreo degustador de la buena mesa, el mejor vino y el trato y compañía con damas de considerable valía. La correspondencia que mantuvo con su célebre amante Emilia Pardo Bazán (de las que sólo nos quedan las cartas de ella, él era sumamente  discreto y pidió a la escritora gallega que se las devolviera) nos hablan de un hombre que sabía despertar pasiones, aunque sabía mantenerse fiel a su principio spinoziano de la cautela. Galdós tuvo muchas relaciones amorosas, desde la adolescencia (con su prima peruana Sisita) hasta la modelo Lorenza Cobián, prudente y celoso de su privacidad, con un inconmovible "perfil modesto" que, como suele suceder, enaltecía su figura intelectual y humana. Se llamaba a sí mismo "jornalero de las letras". Era el hombre de la palabra justa y el adjetivo exacto, de talante silencioso y como adusto, pero lleno de bondad y tolerancia. Pero también una persona de una variedad intelectual y artística asombrosa: fue novelista, político, periodista, dramaturgo, ensayista, músico, pintor y un dibujante excelente... 

Con mucha sutileza Arencibia nos recuerda las palabras que uno de los grandes personajes de Galdós, Gabriel, en los "Episodios Nacionales", al final de la serie dice de sí mismo: "Soy hombre práctico en la vida y religioso en mi conciencia. La vida fue mi escuela y la desgracia mi maestra. Todo lo aprendí y todo lo tuve". Y la biógrafa añade: estas son palabras que podría haber adoptado su creador, Galdós. Los vaivenes en la vida personal de Galdós, desdichas y alegrías, quedan reflejadas en la frase de uno de los protagonistas de "La campaña del Maestrazgo": "espinas sufrimos, espinas tenemos, y el que crea que no las tiene y se duela de que le pinchen, es tonto de remate". La popularidad de sus obras tiene un reflejo en el cine, un arte temprano en vida de Galdós, que él no pudo conocer por su ceguera. Desde el cine mudo con adaptaciones de “La Duda” en 1916 y en Hollywood una de "Doña Perfecta" en 2018. "El abuelo", por ejemplo tuvo versiones fílmicas en México en 1943, en Argentina en 1951 y en España con Garci en 1998, "Marianela" en 1940 y 1972, "Fortunata y Jacinta" en 1969,, "Tristana"  y "Viridiana" de Buñuel en los 70, "Tormento" de Olea en 1974 y "Doña perfecta" de Ardavin en 1977. También en los 70, TVE  adaptó una decena de obras de Galdós, aún visibles por internet.

Durante casi sesenta años de creación literaria Galdós insufló magistralmente vida a un mundo de ficción coherente, universal y variopinto. Ello confiere a su obra, como dice su biógrafa,  "atemporalidad, universalidad y eternidad". Y de su actualidad es ejemplo su propio lema personal, "Ars, Natura, Veritas" que tantos intelectuales han adoptado. El libro de Arencibia recibió el Premio Comillas de Historia y Biografía de este año y el jurado lo justifica recordando que Galdós  "refleja en su vasta producción la mejor tradición del liberalismo español y, mediante unos personajes inolvidables, lanza una mirada compasiva y humana sobre la vida y sociedad de su tiempo y también del nuestro". 

Especialmente emotivo es el Epílogo del libro en el que se nos muestra al Galdós ya anciano, aquejado de mala salud que visita el monumento que el escultor Victorio Macho le había dedicado y debía colocarse en los jardines del Retiro.  Es el año 1919, la obra había sido sufragada por suscripción popular y se había logrado la suma de 12.000 pesetas, un dineral para la época. Se inauguraría en 20 de enero de ese año. Por entonces está ciego pero preside el acto y pasa los dedos por el rostro de piedra, su rostro. Se emociona. Ese año su mala salud de hierro parece entrar en una etapa final. Galdós se encierra en sus recuerdos, habla poco y se deja cuidar por sus amigos, recibe visitas y acaba muriendo el 3 de enero.de 1920. El Ayuntamiento de Madrid hace un homenaje de cuerpo presente para que los madrileños, a los que tan bien describió y amó Galdós, se pudieran despedir de él.

Para el  que esto firma, que ahora ha emprendido la segunda lectura de "Los episodios nacionales", más de cuarenta años después de la primera, Galdós fue siempre un  modelo inalcanzable desde el punto de vista literario, pero muy cercano desde el ideológico y social. Como él, siempre he creído que "la educación es la herramienta más eficaz para acometer cualquier transformación social". Y que "el porvenir debe construirse con pedagogía y no con violencia".

ALBERTO DÍAZ  RUEDA

FICHA

GALDÓS, UNA BIOGRAFÍA.- Yolanda Arencibia (XXXII Premio Comillas). Ed. Tusquets.-861 págs.

 

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4 junio 2020 4 04 /06 /junio /2020 09:21

El magnífico trabajo de Julia Boyd "Viajeros en el Tercer Reich que edita Ático de los Libros, nos muestra los testimonios de decenas de personas, escritores, artistas, poetas  que nos dan acceso a las vivencias de viajeros y turistas y estudiosos extranjeros que viajaron a Alemania en la década de los treinta del siglo XX, en pleno caldo de cultivo nazi. Algunos de ellos simpatizaban con la ideología nazi sin llegar a sospechar lo que ocultaba tras los vistosos desfiles con antorchas y banderas, las grandes autopistas que cruzaban el país, la amabilidad con los extranjeros, las bellísimas ciudades medievales y el mundo rural encantador. Otros desconfiaban y trataban de alzar el velo que suele cubrir la vida cotidiana con mil detalles banales. Pero prácticamente nadie, hasta bien entrada la década de los treinta, por mucha repugnancia que les despertara el feroz militarismo y las obcecadas consignas coreadas por miles de voces o la adoración fanática por un hombrecillo con el bigote ridículo del Charlot  de "El gran dictador" (por cierto Charles Chaplin fue, antes de filmar esa película, uno de los viajeros por la Alemania nazi y fue insultado en las calles por suponer que era judío. Así que se apresuró a salir del país: su película no se estrenaría hasta 1940) que ejercía la fascinación de la serpiente con una oratoria simple, peligrosa y populista  que apelaba a los más bajos instintos ensalzando los más descabellados sueños de grandeza.

Lo que más asombra al observador de hoy en día al leer el libro de Boyd y los complementa con "El mundo de ayer" de Zweig, "Tiempo de magos" de Wolfram Ellenberger y para mayor contraste los libros de Karl Kraus, Allan Janik y Stephen Toulmin sobre la Viena de esos años, donde se gestaba el huevo de la  serpiente nazi...lo que sorprende es la enorme ignorancia, indiferencia, optimismo irresponsable que se respiraba por doquier. Una absurda y estúpida reproducción de la inconsciencia que rodeó el estallido y el transcurso de la Primera Guerra Mundial, unos años antes.

Ese estado de ánimo confuso y superficial que se empeña en ignorar los elementos de sospecha y prevención, incluso de alarma, que cualquier observador podía ver en la sociedad alemana de esos días, en sus periódicos, en la radio, en plena calle, no tiene explicación visto desde hoy.Pero es comprensible si consideramos que el mundo estaba cansado y aterrorizado por lo que ocurrió en Europa unos años antes y se negaba a ver lo evidente, con tal de disfrutar de la apariencia de la paz, del espejismo de un futuro sin guerra y en progreso constante. Aunque también hubo miradas más sagaces y atentas. Entre los viajeros famosos estaban mentes tan lúcidas como las de Virginia Woolf, Christopher Isherwood, el embajador británico en Berlin, el erudito chino Ji Xianlin, Francis Bacon, Samuel Becket, Stephen Spender, el poeta W.H. Auden, el novelista Simenon, algunos de ellos no vieron más allá de sus deseos o convicciones previas, otros se negaron a ver lo evidente y algunos escribieron insensatas loas del hombrecillo vociferante porque había alzado el orgullo alemán de la miseria a la soberbia. El libro de Boyd nos habla de estudiantes encandilados, turistas adinerados y personas que viajaban por el país  y de pronto podían ver algo que les horrorizaba y cambiaba su visión y su estado de ánimo: una mujer macilenta, judía, entregando a su hija pequeña para que una pareja extranjera (estadounidense)  se la llevara y salvara su vida.

Es como ver que un tren lleno de tanques viene hacia tí y no te apartas porque piensas que en cualquier momento se desviará a una vía muerta y irá a detenerse pacíficamente en una estación llena de flores. ¿Era posible no entender que lo que  ocurría día tras día en las grandes ciudades alemanas o austriacas eran los primeros brotes de una locura homicida que sembraría de sangre el mundo? Sí, fue posible, al menos por algún tiempo, cuando Hitler comenzó a anexionarse los países de alrededor y la campaña antijudía tomó caracteres visibles de genocidio. Al principio, en los meses y años que describen los testigos buscados por Boyd, Berlin deslumbra por su permisividad, su cultura y su alegría vital nocturna, mientras otras grandes ciudades aún conservaba el encanto medieval y en el campo y los ríos la Naturaleza y la gente se mostraban amables y pródigas. Los detalles amargos, sucios, obscenos se consideraban un lastimoso y lamentable precio a pagar hasta que Hitler lograra afianzar su poder y aumentaran sus posibilidades económicas y financieras. El crack del 29  llevó al nazismo al poder y comenzó un despegue económico y social que atenuaba los horrores que ya se comenzaban a perpetrar contra judíos, gitanos, ciudadanos del este europeo, comunistas y cualquiera que osara levantar la voz contra el régimen. Muchos de los testimonios recogidos por Boyd ya dan noticia de arbitrariedades, violencias y medidas y comportamientos inhumanos.

Pero aún hay entre esos testimonios, y muchos debidos a personas de gran cultura y significación social o política (el mismísimo Lloyd George, primer ministro inglés, que osaba comparar a Hitler con George Washington) quienes justificaban algunos excesos por la humillación alemana causada por el Tratado de Versalles y a la consiguiente miseria de todo un país agravada por el crack del 29...y veían a Hitler como el Mesías salvador de Alemania. Aunque trataban de no juzgar los autos de fe, las quemas públicas de libros, los destrozos y desvalijamientos de las tiendas judías, las humillaciones y campos de concentración donde se internaban a los judíos y a los enemigos del régimen. La mayoría de los turistas se relajaban junto a las aguas grises del Rhin y las maravillosas colinas verde esmeralda y las azules montañas de Baviera. Muchos de esos extranjeros eran antisemitas y no les parecía escandaloso lo que ocurría y otros, como los norteamericanos, no veían mucha diferencia entre la aversión que les producía a ellos los negros en su país y la de los alemanes por los judíos.  

Leemos en el libro algunos pareceres humanamente comprensibles: muchos no creían que Hitler fuese a provocar otra guerra. No después de los horrores de la Primera, tan reciente, y del precio que tuvieron que pagar los alemanes. Y además estaba la sibilina eficacia de la propaganda nazi. Su uso de la radio y de la escenografía de las multitudes en las concentraciones nazis, de los desfiles y los uniformes, de las canciones y los himnos, del estallido de color de miles de banderas nazis hacían temblar de emoción a los más tibios, imagínense a los convencidos de que solo el autoritarismo y la disciplina militar pueden salvar al mundo de la miseria y la corrupción de las democracias (¿no les suena todo esto a tiempos, líderes y países muy cercanos?).

Para muchos de los intelectuales que visitaron Alemania ni siquiera Hitler parecía ser el horrendo carnicero ridículo que más tarde caricaturizarían sus enemigos vencedores. Gente como Virginia Woolf (su marido, Leonard era judío) el poeta T.S. Eliot, el novelista Thomas Wolfe (que juró no volver a Alemania) y otros, se mostraban disgustados o irritados ante algunas de las cosas que veían, pero ninguno de ellos tuvo (o escribió) la premonición de que se estaba acercando la guerra más dañina de la historia y mucho menos fueron capaces de percibir que la "fascinación" y el "encanto" personal del Führer era una falacia patológica. Es una ceguera tan "comprensible" como la de los millones de norteamericanos por Trump, los ingleses por Boris Johnson o los rusos por  Putin (y antes por Stalin, el "padrecito" de la nación rusa). 

Los que sí vieron la realidad y percibieron el peligro fueron pocos y sus testimonios no tuvieron casi ningún valor en el momento que se publicaron (después, sí). De ellos nos habla la autora, justamente alarmada por los paralelismo que percibe entre aquella situación y muchos aspectos de la actual política internacional (incluído el Reino Unido, su país). Pero en aquellos años, el oso nazi no había mostrado sus garras y su carácter sanguinario: Alemania era un país ideal para pasar la luna de miel, enviar a los hijos a adquirir una sólida educación cultural, los hoteles eran limpios y cómodos, el personal  educado y servicial, se celebraban los Juegos Olímpicos con una fastuosidad y eficacia sorprendentes, se podía hacer negocios con los nazis, eran serios y cumplidores. Hace falta una sensibilidad y perspicacia muy elevadas para  distinguir entre el oropel y los vítores la realidad tenebrosa que estaba tomando cuerpo. O ser judío en Alemania.

Ese es el mensaje perturbador que contiene el libro de Boyd. La autora contesta así en una entrevista a la pregunta  ¿Era fácil percibir el mal en Alemania? : “En general no. Alemania era un lugar encantador en muchos aspectos, lo que percibías dependía de las experiencias que tuvieras y también de tu bagaje ideológico. Si simplemente viajabas como turista era fácil que la gente y la propaganda te convencieran de que Hitler estaba haciendo algo bueno por Alemania, sobre todo al inicio del régimen. Luego las cosas se fueron poniendo peor, más claras, con las leyes de Núremberg o la Noche de los Cristales Rotos. Pero siempre hubo gente que no vio la maldad ni cuando les llevaron de visita a Dachau. Además, en los viajeros de clases altas, como los aristócratas británicos, el miedo al comunismo y el antisemitismo les hacían sentir afinidad con la nueva Alemania”. Una observadora tan sutil como la escritora Karen Blixen ("Memorias de África") nos deja una significativa y reveladora anécdota cuando visitó Alemania, en plena guerra, como corresponsal de varios periódicos escandinavos. En un Berlin "que había perdido su lustre", 1940, vio que se representaba "El rey Lear" de Shakespeare y se sorprendió hasta que comprendió "que la Alemania nazi se apropiaba de los grandes artistas y escritores  foráneos así como invadía los países de los demás". Y añade: "Dicen que Shakespeare en realidad es germánico debido a su poderosa humanidad; y Kierkegaard a causa de su profundidad mental; Rembrandt en su honestidad  artística y Miguel Ángel en virtud de su tamaño". Quizá parezca una anécdota banal. Pero piensen ustedes que esa supuesta infantil soberbia embaucadora es la semilla de la que nace la hambrienta necesidad nazi de ser "los mejores", sin reparar en medios, ni en éticas, ni en simple humanidad. Los mejores y los únicos. Los demás pueblos, sólo son esclavos, siervos o simples números aniquilables. Y si entre la morralla universal hay algún genio, ese tiene a la fuerza que tener raíces germánicas. La anécdota es la muestra de la falacia monstruosa del nazismo. Es llevar la raza, la supuesta nacionalidad única, a la medida de todas las cosas. Horrendo.

 

FICHA

VIAJEROS EN EL TERCER REICH.- El auge del fascismo contado por los viajeros que recorrieron la Alemania nazi.- Julia Boyd.- Trad. Claudia Casanova.- Ed. Ático de los Libros.-445 págs.- 

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21 mayo 2020 4 21 /05 /mayo /2020 09:01

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con un libro de historia de la filosofía como con "Tiempo de magos" del filósofo y periodista Wolfram Eilenberger que ha logrado la hazaña de escribir una especie de "Vidas Paralelas" no sobre emperadores o filósofos romanos y griegos, sino con grandes filósofos de nuestro ayer más cercano, la por él bautizada "gran década de la filosofía", de 1919 a 1929. Diez años prodigiosos en los que las vidas y los acontecimientos personales e intelectuales de cuatro pensadores de primera fila, Ludwig Wittgenstein, Walter Benjamin, Martin Heiddegger y Ernst Cassirer, marcaron de una forma indeleble, decisiva, la especulación filosófica, social y científica de todo el siglo XX y se extiende sobre el XXI.

La gracia del libro estriba en la habilidad con la que el autor va engarzando las vidas de estos cuatro hombres,con sus penurias, vacilaciones, contradicciones, logros e ideas, tejiendo un tapiz que tiene la virtud de mostrar de una forma sencilla y atractiva los entrecruzamientos de los cuatro. No sólo en el entorno geográfico y político social a los que pertenecen por vivir en la misma época y países cercanos entre sí, sino en la esencia conceptual de sus ideas, todas ellas  (quizá con la excepción del muy ortodoxo Cassirer), de tan difícil sustantación y definibilidad que resulta una hazaña intelectual hacerlas digeribles al lector. Como elementos hábiles de hacer amena la lectura, Eilenberger escoge anécdotas vitales -muchas de ellas bastante poco conocidas- que van perfilando las figuras de estos pensadores tan controvertido como Heiddegger,  tan contradictorio y desdichado como Benjamin, o el difícil trato con el autista genial y no menos desdichado, Wittgenstein.

Destaco la anécdota del examen de doctorado de Wittgenstein en la Universidad de Cambrige en 1929, ante un tribunal formado por los filósofos Bertrand Russell y G.E. Moore, entre otros. Un cuarentón Wittgenstein que sólo había publicado una obra (que nadie había entendido) y que trabajaba como maestro de escuela tras haber rechazado su herencia, una fortuna extraordinaria, se presenta ante el tribunal, se niega a dar demasiadas explicaciones de sus ideas y ante sus asombrados jueces se levanta, da unos golpecitos amistosos en los hombros a Russell y Moore y les espeta: "No se preocupen, sé que jamás lo entenderán". Evidentemente fue aprobado. No por la soberbia un poco cómoda y excesiva de la frase sino porque todos los examinadores de forma unánime sabían que estaban ante un genio irrefutable.

Los cuatro pensadores analizados en este libro son altamente creativos, impertinentes y revolucionarios. Forman una extraña conjunción mágica del pensamiento especulativo. Son centroeuropeos, tres alemanes y un austríaco y han vivido una época convulsa con la  República de Weimar, la I Guerra Mundial, la llegada del nazismo y la II Guerra mundial. Nuestro autor va intercalando las cuatro historias separadas en capítulos donde de forma simpática e ilustrativa nos define las posturas y actividades de sus biografiados. Por ejemplo empieza en 1919, el año en que "el doctor Benjamin huye de su padre, el subteniente Wittgenstein comete un suicidio económico, el profesor auxiliar Heidegger abandona la fe y monsieur Cassirer trabaja en el tranvía para inspirarse".

Los cuatro pensadores parecen buscar una respuesta adecuada y moderna a la pregunta de Kant, ¿Qué es el hombre"  y llegar en su análisis a muy distintas conclusiones. Y es aquí en lo que Eilenberger logra su mejor acierto: hacernos inteligibles las difíciles ideas y planteamientos del oscuro Heiddeger, del místico Wittgenstein o del brillante pero enigmático Benjamin y, por supuesto, del olvidado Cassirer que tuvo la genialidad apenas reconocida de usar el lenguaje y los símbolos para dar su versión de lo que es la naturaleza humana.

Nos dice brillantemente Eilenberg: "Era previsible que la vieja pregunta de Kant acerca del hombre condujera, según se asumiera la respuesta de Cassirer o la de Heidegger, a dos ideales completamente opuestos de evolución cultural y política, tomar partido por una humanidad con iguales derechos formada por todos los seres que utilizan los signos [Cassirer] se oponía al coraje elitista de ser auténtico [Heidegger]; la esperanza de una domesticación civilizadora de las profundas angustias del hombre se enfrentaba a la exigencia de exponerse radicalmente a ellas; el compromiso con el pluralismo y la diversidad de las formas culturales contradecía el presentimiento de una inevitable pérdida de la individualidad en esa sobreabundancia; la continuidad moderadora se oponía a una voluntad de ruptura total y de nuevo comienzo".

Desde el  Tractatus logico-philosophicus, de Wittgenstein, a La filosofía de las formas simbólicas, de Cassirer, o el "Ser y tiempo" de Heidegger, o las ideas dinámicas aunque caóticas de Benjamin, son convertidas por nuestro autor en las raíces nutricias de la filosofía del siglo XX. Y lo explica en una entrevista: “Los cuatro son los padres fundadores de las escuelas que aún dominan la discusión: Heidegger, del existencialismo, la hermenéutica y la deconstrucción; Benjamin, de la teoría crítica y la Escuela de Fráncfort. Wittgenstein, de la filosofía analítica. Y creo que los estudios culturales no serían lo mismo sin Cassirer”.

Es este un libro apasionante no sólo para los estudiantes y lectores de filosofía, sino para cualquier lector que sienta curiosidad por la historia de las ideas  que han modificado y condicionado el siglo en el que vivimos.

FICHA

TIEMPO DE MAGOS.- Wolfram Eilenberger- Tra. Joaquín Chamorro.- Ed. Taurus.- 383 págs.- 22,90 EUROS.- ISBN 9788430622085

 

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11 mayo 2020 1 11 /05 /mayo /2020 16:23

Hace unos días hablábamos en este blog de un excelente libro, "La Viena de Wittgenstein" en el que se dilucidaba la importancia del "zeitgeist" (ambiente sociocultural propio de una época y un lugar determinados) de la Viena finisecular de los Hausburgos. De pasada citamos a Zweig que conoció, disfrutó y comenzó su brillante carrera en la sociedad vienesa en aquellos años, aunque su éxito se disparó en la Europa de entreguerras.

"El mundo de ayer", subtitulada "Memorias de un europeo", más que una obra autobiográfica como se estima generalmente, son unas memorias, bastante discretas en el plano privado y sentimental del autor, en las que Zweig se explaya en el recuerdo de un mundo perdido y de sus valores y principios, el de la alta burguesía judía vienesa en los años anteriores a la I guerra mundial y después en el pequeño y engañoso respiro entreguerras. Nuestro autor escribe un extraordinario documento nostálgico y luego doloroso y crítico, sobre los cambios del mundo y concretamente de Europa  en la primera mitad del siglo XX. Aterrorizado por las victorias depredadoras de los nazis en Alemania y de los fascistas en Italia y España, y por el fin de una manera de entender la cultura y un estilo de vida basado en la confianza, la cultura y el "safety first",  se suicidó poco después de escribir este libro en sus últimos años de exilio (1939-1941), el 22 de febrero de 1942 en Petrópolis (Brasil) y  fue publicado póstumamente por una editorial sueca.

El libro acaba con una frase premonitoria: "El sol brillaba con plenitud y fuerza...mientras regresaba a casa, de pronto observé mi sombra ante mí, del mismo modo que veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual. Durante todo este tiempo, aquella sombra ya no se ha apartado de mí: se cernía sobre mis pensamientos noche y día; quizá su oscuro contorno se proyecta también sobre muchas páginas de este libro". Esa sombra hace de la lectura del libro un estremecedor y patético documento de un hombre derribado junto a todo lo que valoraba, pero al mismo tiempo una profunda reflexión sobre la necesidad de superar los nacionalismos ("la peor de todas las pestes: envenena la flor de nuestra cultura europea"), de integrar las diferencias, de unirse bajo una bandera de paz, cultura, concordia y colaboración: "un mundo ordenado, con estratos bien definidos y transiciones serenas, un mundo sin odio", semejante al mundo de su juventud que creía que "el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz!".

En cambio Zweig gime por su generación y se pregunta "¿qué no hemos visto, no hemos sufrido, no hemos vivido? Hemos recorrido de cabo a rabo el catálogo de todas las calamidades imaginables (y eso que aún no hemos llegado a la última página)" Y con terrible sencillez dice "He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre...por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y el exilio...". Y termina con “Si los perseguidos y expulsados hemos tenido que aprender un arte nuevo, desconocido, ha sido el de saberse despedir de todo aquello que en otros tiempos había sido nuestro orgullo y nuestro amor”.

La llegada  de Hitler al poder le convirtió de ser el escritor más conocido y venerado en su país y en toda Europa, en un autor prohibido, vilipendiado y quemados sus libros en las hogueras nazis. Sus libros desaparecieron de las bibliotecas y era un delito venderlos en cualquier librería. El exilio se impuso como una cuestión de supervivencia, pero el odio nazi parecía perseguirle por donde fuera: Londres, Argentina y luego Brasil. En el prefacio del libro Zweig se queja de no tener ninguno de sus libros o documentos a su disposición para escribir "El mundo de ayer". Debía fiarlo todo a su memoria. "Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir, que ya me resulta tan familiar".  Y todo eso por ser judío, además de escritor, austríaco, humanista, pacifista y europeísta.

Después de acabar la II Guerra mundial, Zweig fue relegado al desván de los escritores "decimonónicos", apartado por los nuevos valores y la nueva manera de entender la narrativa (Joyce, Faulkner, Mann, Hemingway). Sin embargo la enorme lucidez, la honestidad y la claridad, la sencillez y la fuerza y precisión, el ritmo ágil e intenso de la prosa de Zweig comenzaron de nuevo a valorarse a finales del pasado siglo para volver a primera fila en este que vivimos, con total merecimiento (como ocurrió con escritores semejantes a Zweig, Sándor Marai por ejemplo).

Este libro que hoy les recomiendo fue publicado por la misma editorial, Acantilado, en 2002 (junto con el resto de su obra en ediciones sucesivas) y el volumen en el que trabajo es la vigesimotercera reimpresión con fecha de noviembre de 2017.  

No dejen de leerlo. Es una fuente de placer ver una inteligencia tan despierta recorriendo el mundo que fue y meditando sobre el mundo que debería ser mientras sufre el mundo que es. Algunas de sus observaciones son sugerentes y originales, como cuando trata de demostrar que el verdadero objetivo de los judíos europeos no era enriquecerse, sino “ascender al mundo del espíritu”. Lo cual se demuestra con que los hijos de familias judías más adineradas rechazaban hacerse cargo de los bancos, fábricas y negocios de sus padres, pues deseaban dedicarse a la poesía, el arte, la música o la filosofía. “No se debe a una casualidad el que un lord Rothschild llegara a ser ornitólogo, un Warburg, historiador del arte, un Cassirer, filósofo, y un Sassoon, poeta", y añadiríamos a Wittgenstein a la lista. Su canto de amor y admiración a la Viena que él conoció y vivió es asombroso: “Era magnífico vivir allí, en esa ciudad que acogía todo lo extranjero con hospitalidad y se le entregaba de buen grado; era lo más natural disfrutar de la vida en su aire ligero y, como París, impregnado de alegría”. Y la burguesía judía era el principal sustento del arte, el teatro, los libros, la cultura en general. No es sorprendente que en el siglo XX surgieran figuras como Gustav Mahler, Schönberg, Hofmannsthal, Schnitzler, Max Reinhardt y Sigmund Freud, y Ludwig Wittgenstein todos judíos.

Estudios (no muy apreciados por Zweig) desde la escuela a la Universidad, viajes (París, "de la mano de Rilke)” y luego toda Europa, primeros libros con un éxito moderado, una colección de manuscritos autógrafos de grandes escritores y compositores, amistades con figuras como Romain Rolland...y la primera guerra que apagará su idealismo romántico y aumentará su fervor pacifista... precariedad en la postguerra pero después, inusitadamente, el éxito. Pero un éxito enorme, de proporciones colosales. Después vendría Hitler...y el fin.

FICHA

EL MUNDO DE AYER.- Memorias de un europeo.- Stefan Zweig.- Trad. J. Fontcuberta y A. Orzeszek.-Ed Acantilado.546 págs. ISBN 9788495359490

 

 

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30 marzo 2020 1 30 /03 /marzo /2020 09:30

El maestro George Steiner (nacido en Paris en 1929 y fallecido en 3 de febrero de este año, con 91 años) fue uno de los pensadores más lúcidos y complejos  del siglo XX. Tras leer la mayoría de sus libros, desde la aparición de "Lenguaje y silencio" publicado por Gedisa  el año 82 y del que aún conservo el ejemplar que me envió la editorial para su reseña, profusamente subrayado, se convirtió a través de los años en un compañero sugestivo y sugerente, del que envidiaba y admiraba la consistencia intelectual y su irónica osadía en manifestar opiniones que le convertían en un incómodo crítico que no admitía componendas. Filósofo contestatario en todo momento, autor incansable, figura discutida e impertinente en Princeton, Stanford, Ginebra o Cambridge. Steiner era hijo de judíos vieneses refugiados del nazismo en París y luego en  Nueva York . Llama la atención su curiosa y combativa  no-práctica del judaísmo que resulta muy fastidiosa para la comunidad judía mundial y para el estado de Israel  en particular, rechazo que le convierte en una figura tan controvertida para el judaísmo como Spinoza o, en el otro extremo, como Woody Allen  o Einstein .  Más irónico que humorista, define al judío como un hombre que lee los libros con un lápiz en la mano porque piensa que los puede escribir mejor. En 2001 recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades donde se resaltaba su talante polémico y su defensa de lo universal y global contra los nacionalismos y las fronteras; no en vano es un políglota que domina inglés, francés, alemán e italiano, conoce el castellano y el portugués, sin contar las "lenguas muertas" (tan rabiosamente vivas en la cultura occidental, el latín y el griego). Pero, curiosamente, no hablaba hebreo y en Israel se comunicaba en inglés o en sefardí. Steiner era además un comentarista crítico, a veces provocativo o sarcástico, hacia la política, la economía o el futuro planetario, el cometido de la ciencia y el declinar de la razón, la religión y la democracia.

En su libro “Errata” (El examen de una vida), Steiner analiza algunos episodios de su infancia y juventud, aunque de una manera poco rigurosa y dejándose llevar por las temáticas que desarrollaba, más que por sus implicaciones en las fechas de su vida. Sin embargo son muy reveladores algunos de los comentarios que escribe. Por ejemplo y de cara a su actitud hacia el judaísmo dice (refiriéndose al de su padre): “El orgulloso judaísmo de mi padre estaba, como el de Einstein o del de Freud, teñido de agnosticismo mesiánico. Destilaba racionalidad, promesa de ilustración y tolerancia. Le debía tanto a Voltaire como a Spinoza”. Como ven, se retrata a sí mismo en la figura amada de su padre que le acostumbró a la compañía vitalicia de la Odisea y la Ilíada, influencia, la de los clásicos, que marcaría su carrera intelectual y literaria : “El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo”. “El valor de esa temprana impronta de lo clásico en mi existencia ha sido considerable”.

Ataca, a mi parecer muy consecuentemente, el post estructuralismo y al deconstruccionismo, que alteraron la visión de la teoría literaria a partir de los setenta del pasado siglo. También analiza el papel del traductor y de la traducción, la enseñanza secundaria francesa  (que recibió durante su estancia de adolescente en Nueva York), su amor temprano a Shakespeare y sus “asignaturas pendientes” de esa época: aprender ruso y árabe.

En su libro "Diez razones para la tristeza" nos propone las razones para justificar esa tristeza del pensamiento y con irónica franqueza las pone entre paréntesis, mostrando la base especulativa que le impulsa. Así nos habla de la forzosa necesidad de pensar equiparable a la de respirar ya que no podemos dejar de pensar ni siquiera en sueños. De ahí nace la identidad del ser con el pensar como ya apreció el lejano Parmérides, por el siglo IV aC.  Una de las razones citadas es la incapacidad de aprehender la naturaleza del pensamiento. Otra de las razones de tal tristeza estriba en el lenguaje. la "casa/prisión" del lenguaje, la materia prima del acto de pensar , "en soliloquios de pensamiento oculto o no deseado que recorren sus anárquicos caminos por debajo del habla articulada".

En otro lugar nos habla de su estancia en la Universidad de Chicago a finales de los años 40, con un divertido apunte sobre “los recuerdos de la carne”. Pero más interesante aún es su casual descubrimiento de la vocación de la enseñanza, cuando lee sus interpretaciones sobre el relato de Joyce, “Los muertos” (“Dublineses”) ante sus condiscípulos en su habitación atestada de jóvenes tomando notas: “Fue un descubrimiento fatal. Desde esa noche, las sirenas de la enseñanza y el análisis crítico literario no han cesado de cantar para mí”. Steiner ha ejercido la docencia en Estados Unidos, Inglaterra y Suiza durante más de 50 años. En uno de sus libros sostiene que "la única licencia honrada y demostrable para enseñar es la que se posee en virtud del ejemplo".  Hay tres formas principales, los maestros que destruyen a sus discípulos, los discípulos que traicionan a sus maestros y los maestros que intercambian con sus discípulos el eros de la mutua confianza, una especie de ósmosis en la que el maestro aprende del discípulo como éste de aquél, en un escenario de auténtica y profunda amistad.

De 2011 es el texto "La poesía del pensamiento" (Del helenismo a Celan). En esta obra, Steiner parte de una idea básica: detrás de toda filosofía, sustentando su propuesta de pensamiento y su estructura hay una lírica literaria e incluso una música, una melodía del pensamiento, que parece motivar y mover la cohesión de las ideas. Eso es algo que late en el interior de quienes buscan en la reflexión filosófica una respuesta a los misterios del ser y de la vida. Como ocurre en las matemáticas puras y en la filosofía profunda, en algunos momentos el pensador llega a tener esa sensación melódica, una vibración que recuerda los misterios pitagóricos y las propuestas órficas, como si en el fondo mismo de materias como las citadas, la física cuántica , la astronomía, latiera el ritmo pausado y secreto de lo que se llamaba la "música de las esferas" y que los grandes cerebros de esas materias han calificado a menudo de un curioso misticismo sin religión y sin dioses

En cuanto a la “cuestión judía”,  hace una lectura revolucionaria que le aleja de la comprensión del Estado de Israel: “…la mayor verdad es que el judaísmo sobrevivirá la ruina de Israel. Lo conseguirá si su elección es la de vagar, la de enseñar a los hombres a darse la bienvenida, sin lo cual nos extinguiremos en este pequeño planeta…los conceptos, las ideas no necesitan pasaportes”.

Otros temas de Steiner: su amor a la música, la belleza y el misterio de las lenguas, “la condición de políglota ha sido mi mayor fortuna”, al papel de la ciencia, su instrumentalización y mal uso y las víctimas que produjo a lo largo del siglo XX.

Especialmente evocadoras son las menciones que en varios de sus libros hace Steiner de sus maestros y de los lugares que con su “genios loci” llegaron a constituir referencias personales en su vida. 

Steiner habla de su obra que “he desperdigado y por tanto derrochado mis fuerzas”. Se muestra descontento con “Lenguaje y silencio” uno de sus primeros libros, donde hay muchas preguntas y pocas respuestas: por ejemplo “¿cómo podemos comprender…la capacidad de los seres humanos para amar a Bach o a Schubert por la noche y torturar a otros seres humanos a la mañana siguiente?” o “¿Cómo reconciliar el mensaje esencial del judaísmo con un Estado-nación armado y rodeado de enemigos implacables?”. En un repaso al filo del final de su vida Steiner se lamenta  de haber abandonado el dibujo, de no aprender el hebreo, de la necesidad de su ateísmo que le brinda el poder conocer la tolerancia y de la obscenidad de las “guerras santas”, la manipulación del ADN o el enigma de la conciencia…

"El silencio de los libros", publicado en 2005 en la revista "Esprit" y por Siruela en 2011 (con el añadido de un enjundioso trabajo breve de Michel Crépu sobre la lectura "Ese vicio todavía impune") hace un corto pero jugoso recorrido sobre la historia del libro partiendo provocativamente del predominio de la oralidad en la cultura tradicional  ("la oralidad aspira a la verdad, a la honradez de corregirse uno mismo, a la democracia") y de la superioridad de la música como lenguaje fundamental para comunicar sentimientos y significados ("la mayor parte de la Humanidad no lee libros, pero canta y danza").
 Steiner da un zurriagazo (merecido) a la enseñanza actual donde se desdeña la oralidad -principal origen de la lectura: al principio, en la edad media, se leía siempre en voz alta y se aprendían los textos para ser recitados para un público iletrado- y se sacrifica la memoria (sustituyen el saber de memoria...por un caleidoscopio de saberes siempre efímeros". No podía faltar un sopapo (también merecido) a la Iglesia católica "cuya historia sangrienta de censura de libros y destrucción física de libros y autores recorre como un ardiente hilo rojo toda la historia del catolicismo romano".
Hay mucho pesimismo en las visiones apocalípticas del libro que tiene Steiner, pero también algo de sana hipocresía, ya que ante el deseo de leer y el aumento de posibilidades de lectura, Steiner acaba repitiendo los versos de Cátulo, "Oh, Musa, déjanos vivir un siglo o dos más". Ese pesimismo profético que parece anatematizar el futuro de los libros y del que Steiner nos da muestra, está muy lejos de concretarse en una amenaza real (de momento). 
En "Un largo sábado" se recogen una serie de entrevistas o más bien conversaciones entre la periodista francesa Laure Adler y George Steiner, ( con excelente traducción de Julio Baquero Cruz).

Aquí Steiner vuelve a sus temas recurrentes en relación con el judaísmo, el Holocausto, el estado de Israel, el conflicto de Oriente Medio, la religión o la existencia de Dios, el lenguaje -sobre el que es un erudito- los libros, la música, el amor y el sexo, la muerte, grandes temas que han motivado muchos de sus libros. En éste, Steiner con gran madurez y audacia matiza sus opiniones y expone sus reflexiones o acepta sus propias contradicciones motivadas por la evolución intelectual de su pensamiento y por la dinámica de la historia que vive intensamente y con crítica lucidez. Sus palabras y sus opiniones, muy bien estimuladas por la periodista, muestran -a pesar de que estemos o no de acuerdo con lo que dice-- la agudeza de la mente de este hombre singular. Y, en todo caso, provocan de una forma refleja la reflexión del lector.

Lo más interesante de este libro es la figura real que las preguntas de la periodista consiguen hacer aflorar sobre los esquemas y tópicos personales del gran pensador que es Steiner, sus contradicciones, sus filias y fobias y el curioso sentido del humor (tan judío) sobre todo a la hora de arremeter contra figuras tan señeras como la Arendt o Simone Weil. La excelente foto de portada nos ilustra, esa sonrisa pícara, esa mirada chispeante, irónica, levemente burlona, incide sobre un aspecto de Steiner que, a mi al menos, me había pasado inadvertido, la complejidad emocional del pensador, capaz de articular un mensaje magnífico sobre la mayoría de los temas y, al mismo tiempo, dejar "escapar" un juicio contundente y demasiado subjetivo sobre cualquier asunto al que le aplica el bisturí de la duda o el rechazo por pura emocionalidad. Y parece justificarse con una frase que pronuncia ante la periodista: "En los juicios estéticos siempre hay algo efímero, profundamente efímero". Y más adelante añade: "El lenguaje es infinitamente servil y no tiene- a eso se debe el misterio- límites éticos". Y esa es la complejidad de un hombre que no cesa de repetir la frase de Heidegger "somos los invitados de la vida" y es machacado por su anti sionismo en su propia patria, Israel. O le pasa el rodillo ético al capitalismo actual y dice: "Hay quien pone a diez mil personas de patitas en la calle y se va con una prima de cinco millones tras haber arruinado a la empresa o al banco que dirigía, ¿es ese el ideal de libertad humana?".

El libro acaba con un canto a la eutanasia y una reflexión sobre la vejez, "Dejadme dormir el sueño de la tierra" dice, citando a Vigny. Y se despide con un canto de amor a su perro y una reflexión: "Ya se que deberíamos sentir un gran amor hacia los seres humanos. Pero a veces me resulta muy difícil". Steiner tenía cuando pronunció estas palabras 87 años. Descanse en paz, el maestro.

FICHAS

ERRATA.- El examen de una vida. Siruela. Trad. Catalina Martinez.-218 págs.

LA POESÍA DEL PENSAMIENTO.- Del helenismo a Celan.- Siruela.-Trad. María Cóndor.-231 págs.

UN LARGO SÁBADO.-Conversaciones con Laure Adler.- Siruela.-Trad.Julio Baquero.

 

 

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25 marzo 2020 3 25 /03 /marzo /2020 11:34

Desde mi mesa de trabajo, habilitada temporalmente en el salón de casa, junto al ventanal que da a los campos de las afueras del pueblo, solía ver a los vecinos conducir sus ruidosos tractores a sus tierras, a algunas personas que pasean y quizá a unos forasteros con bastón y mochila que inician allí mismo el PR que une el pueblo con otro situado a tres horas de caminata por senderos muy hermosos. Ahora nadie camina bajo mi ventana, sólo los sempiternos gatos (la población gatuna se ha apoderado de las calles del pueblo) y alguna vecina presurosa que regresa de hacer la compra en la única tienda de la pequeña localidad turolense. Hay un silencio y una paz somnolienta que favorece la reflexión y la lectura, a pesar de la amenaza potencial del virus coronado que flota por todas partes como una inquietud ominosa y casi imperceptible.

Hoy he decidido silenciar el móvil, excepto las urgencias que puedan requerir mi ayuda o consejo, reducir mis accesos por radio o Internet a las noticias, apartar los gráficos y apuntes sobre el progreso de la enfermedad y meditar en lo que ocurre desde un punto de percepción libre de miedos y juicios de valor, un pensamiento más creativo que crítico, aunque realista en lo posible.

La pandemia está apuntando de forma lógica hacia un cambio de perspectiva de la compleja actividad humana en todos sus niveles: abandonar los enclaustramientos de familia, tribu, raza, riqueza o nación y aplicar soluciones y estrategias basadas en la solidaridad y la cooperación. Exactamente relacionado con el modelo de la naturaleza y expansión del Covid. El virus no entiende de ricos o pobres, españoles, ingleses o rusos, con fronteras sólidas o sin ellas, inteligentes o tontos, poderosos o esclavos, terratenientes o viajeros de pateras, musulmanes o cristianos, abuelos, padres o hijos…destroza la solidaridad o la pone a prueba y despierta la intolerancia de muchos, el egoísmo, la codicia, la histeria y el pánico.

Bertrand Russell acaba su libro “¿Tiene el hombre futuro?” con esta larga frase: “Con los ojos del alma veo un mundo de gloria y regocijo, un mundo de mentes en expansión, de esperanza inextinguible, donde las nobles ideas y actitudes ya no sean condenadas como traiciones a cualquier causa mezquina. Todo esto puede suceder sólo con que permitamos que suceda”.

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4 marzo 2020 3 04 /03 /marzo /2020 17:26

 

Cuando Steiner murió, hace unos días, el lunes 3 de febrero de este año, 2020, me sentí un poco más solo en este mundo. Mi admiración por el viejo profesor venía de antiguo. Me atraía su cultura enciclopédica, su ironía desmitificadora, su plurilingüismo, su judaísmo heterodoxo y contradictorio, su talante analítico-crítico de una honestidad insobornable, su europeísmo recalcitrante y su inteligencia lúcida  e incisiva que no admitía componendas.

He leído la mayoría de sus obras y me han deparado momentos de gran placer y estímulo intelectual, parecido al que en otros ámbitos me producían las obras y la personalidad de Harold Bloom, crítico y ensayista, que falleció en octubre de 2019. Los dos hombres tenían algo en común, rasgo que, a mi humilde manera, comparto con los dos: un profundo amor a los libros, a los clásicos y a la cultura como instrumento de la convivencia y la paz entre las naciones y los hombres.

Pero Steiner era además un comentarista crítico, a veces provocativo o sarcástico, hacia la política, la economía o el futuro planetario, el cometido de la ciencia y el declinar de la razón, la religión y la democracia.

En su libro “Errata” (El examen de una vida), Steiner analiza algunos episodios de su infancia y juventud, aunque de una manera poco rigurosa y dejándose llevar por las temáticas que desarrollaba más que por sus imbricaciones en las fechas de su vida. Sin embargo son muy reveladores algunos de los comentarios que escribe. Por ejemplo y de cara a su actitud hacia el judaísmo dice (refiriéndose al de su padre): “El orgulloso judaísmo de mi padre estaba, como el de Einstein o del de Freud, teñido de agnosticismo mesiánico. Destilaba racionalidad, promesa de ilustración y tolerancia. Le debía tanto a Voltaire como a Spinoza”. Como ven, se retrata a sí mismo en la figura amada de su padre que le acostumbró a la compañía vitalicia de la Odisea y la Iliada, influencia, la de los clásicos, que marcaría su carrera intelectual y literaria : “El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo”. “El valor de esa temprana impronta de lo clásico en mi existencia ha sido considerable”.

Ataca, a mi parecer muy consecuentemente, el post estructuralismo y al deconstruccionismo, que alteraron la visión de la teoría literaria a partir de los setenta del pasado siglo. También analiza el papel del traductor y de la traducción, la enseñanza secundaria francesa  (que recibió durante su estancia de adolescente en Nueva York), su amor temprano a Shakespeare y sus “asignaturas pendientes” de esa época: aprender ruso y árabe.

En otro apartado nos hablará de su estancia en la Universidad de Chicago a finales de los años 40, con un divertido apunte sobre “los recuerdos de la carne” Pero más interesante aún es su casual descubrimiento de la vocación de la enseñanza, cuando lee sus interpretaciones sobre el relato de Joyce, “Los muertos” (“Dublineses”) ante sus condiscípulos en su habitación atestada de jóvenes tomando notas: “Fue un descubrimiento fatal. Desde esa noche, las sirenas de la enseñanza y el análisis crítico literario no han cesado de cantar para mí”.

El capítulo quinto lo dedica a la “cuestión judía” de la que hace una lectura revolucionaria y que le aleja de la comprensión del Estado de Israel: “…la mayor verdad es que el judaísmo sobrevivirá la ruina de Israel. Lo conseguirá si su elección es la de vagar, la de enseñar a los hombres a darse la bienvenida, sin lo cual nos extinguiremos en este pequeño planeta…los conceptos, las ideas no necesitan pasaportes”.

El amor a la música, a su maravillosa inocencia y poder: “Lukács preguntaba si un solo compás de Mozart se prestaba al abuso político, si podía expresar la maldad inherente a algunos actos”; la belleza y el misterio de las lenguas, “la condición de políglota ha sido mi mayor fortuna”; el papel de la ciencia, su instrumentalización y mal uso y las víctimas que produjo a los largo del siglo XX.

Especialmente evocativo es el capítulo  que Steiner dedica a sus maestros y a los lugares que con su “genios loci” llegaron a constituir referencias personales en su vida. En el último capítulo Steiner justifica el título de su libro, escribiendo sobre “los errores…que resultan más insoportables cuando se tornan irreparables”.

Steiner habla de su obra que “he desperdigado y por tanto derrochado mis fuerzas”. Se muestra descontento con “Lenguaje y silencio” uno de sus primeros libros, onde hay muchas preguntas y pocas respuestas: por ejemplo “¿cómo podemos comprender…la capacidad de los seres humanos para amar a Bach o a Schubert por la noche y torturar a otros seres humanos a la mañana siguiente?” o “¿Cómo reconciliar el mensaje esencial del judaísmo con un Estado-nación armado y rodeado de enemigos implacables?”, el lamento  de haber abandonado el dibujo, el aprendizaje del hebreo, la necesidad del ateísmo que no conoce sino la tolerancia y la obscenidad de las “guerras santas”, la manipulación del ADN, el enigma de la conciencia…

Es el libro de un hombre universal sobre sí mismo, veintitrés años antes de fallecer. Se supone que evolucionaría más aún en ese tiempo. Lo cierto es que nos quedaremos con la duda. Tal como fue ya es suficiente regalo para sus lectores. Y una inspiración para algunos de nosotros.

 

FICHA

ERRATA.- George Steiner.Trad, Catalina Martínez Muñoz.-Ed. Siruela.- 218 págs.

 

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