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20 abril 2020 1 20 /04 /abril /2020 12:30

Me disculparán si en este artículo uso conceptos y términos de economistas. Soy un lego, aunque curioso y motivado, en Teoría Económica. A pesar de ello, en el transcurso, aún en marcha, del proceso destructivo del Covid19 se ha  producido una especie de "gerontocrash", que merece un tratamiento aparte y un análisis sereno pero realista. El término anglosajón "Crash" proviene del economista John Kenneth Galbraith que en 1929 lo tomó para el título de su libro "The Great Crash" que trataba de analizar las causas y consecuencias de la catastrófica caída de la Bolsa de Nueva York y la posterior Gran  Depresión  que afligió al país y se prolongó hasta 1940 contagiándose a todos los países de la órbita de influencia de Estados Unidos, incluida Europa. El crash se define como un movimiento de caída, imprevisible y brusco,  en los mercados. Sin embargo la actual crisis  económica que aún no se ha sustanciado ni es posible delimitarla o ponderarla,  no tiene semejanza alguna ni con la de la mal llamada gripe española de los años 20 del pasado siglo, ni con la de 1929 o la de Lehman Brothers de 2008: no hay precedentes. Se trata de una acción voluntaria de los países a causa de una pandemia vírica que puede diezmar a la población. Y aquí aparece la motivación causal de este escrito: la población diezmada. Y, concretamente, una parte sustancial de ella: la de los ancianos.

Leía en un ensayo de Walter Benjamin una líneas (referidas a otra situación deprimente) que me inspiraron para razonar la congoja que he sentido al analizar el "gerontocrash" que se ha producido por efecto del coronavirus y con la complicidad indirecta de las Administraciones y ciertas empresas privadas encargadas de las llamadas "Residencias de la Tercera Edad", más cercanas a las de la película "Soylent Green" que a las de las series y comedias norteamericanas con abueletes como protagonistas. Decía Benjamin: "La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla usual siempre ha sido semejante al "estado de excepción" en el que ahora vivimos...no está justificado  pensar con asombro que las cosas que estamos viviendo sean 'todavía' posibles en este siglo".

Realmente nos puede asombrar que en pleno siglo XXI  nos hayamos olvidado del respeto y cuidado que merecen nuestros mayores, que sigamos un estilo de vida que los descarta como onerosos y obstáculos del progreso de todas esas familias que no existirían y no tendrían su supuesta vida confortable sin los sacrificios y el trabajo duro de la mayoría de esos abuelos aparcados en las mal llamadas "residencias" . Lugares que más bien son " morideros" en los que ni siquiera como en "Soylent Green" los ancianos descartados morían pacíficamente y sin dolor escuchando la Pastoral de Beethoven con maravillosas secuencias de una Naturaleza verde y fértil como ya no existía en la distopía mostrada en la película, un mundo arrasado por la contaminación global. Ancianos convertidos en galletas nutritivas para calmar el hambre de un mundo donde sólo vivían bien los integrantes de la clase privilegiada, parapetada tras muros de acero y guardia armada.

Dejando aparte las distopías a las que el cine es tan aficionado (eso es un síntoma a considerar) lo cierto es que el Covid19 ha traído a la realidad una cuestión nada baladí: ¿qué diablos está haciendo la sociedad capitalista avanzada con sus ancianos. ¿Sabremos algún día con certeza el número vergonzante de ancianos que ha muerto en esas "residencias" o en cualquier otra parte por efecto del virus y de la dejadez culpable de las administraciones públicas frente al problema y de la codicia inhumana de multinacionales y fondos carroñeros que controlan, al parecer, el 75 % de las plazas para los ancianos en los cinco mil y pico centros que hay en el país, de los cuales solo una minoría siguen bajo control público. Se trata de un mercado floreciente y muy rentable (en 2030 más de 15 millones de españoles tendrán más de sesenta años)  regido en forma de precarización de empleos de cuidadores, escasez de medios y sueldos mínimos para dedicaciones completas. ¿Se asombran de la  hecatombre que se ha producido en esos morideros en los que, a día de hoy, todavía faltan medios y cuidadores? En España, como mínimo uno de cada 3 fallecidos por el virus habitaba en una residencia (datos sin confirmar, que irá al alza). Ya sabemos que una residencia no es un hospital. Pero tampoco un aparcamiento de viejos sin control sanitario y expuestos a la mayor virulencia del Covid, primero por estar desatendidos y segundo por ser personas mayores. Como decía Benjamín "es la tradición de los oprimidos". ¿Debería asombrarnos que eso ocurra en el siglo XXI? Decididamente, sí. Bélgica y Holanda sostenían que "sería un error tratar de salvar a ancianos a cualquier precio" y Trump ha dejado caer que es un alivio saber que el virus se ceba en las personas mayores. Podría meditar un poco (él no es precisamente joven) en la frase de Canetti: "Es en la vejez donde esperanza y desesperación juegan su última partida". Los ancianos del mundo la han perdido.

Alguien mencionaba el "genocidio geriátrico" que esta pandemia ha causado indirectamente y el poder económico y político han promovido, por dejadez o codicia, de forma directa. No tengo cifras fiables (no suelo fiarme de los big data o las estadísticas oficiales. Pero a toda una generación se nos debería caer la cara de vergüenza por haber permitido un tan nefasto y miserable  final para esos miles y miles de ancianos muertos de manera miserable, que protagonizaron el cambio económico y social de los 60 a los 90.  Desde el señor Aznar hasta Rajoy o la descafeinada ley de dependencia de Zapatero o la aquiescencia de Sánchez, en suma  toda la clase política que ha gobernado este país desde que comenzaron los recortes a la Sanidad, la enseñanza, las ayudas a la Tercera Edad y no rectificaron en tiempos de bonanza. Está siendo un sangrante ejemplo de gestión mal realizada, carencias estructurales y falta de control político de la privatización carroñera predominante. Como escribe el economista David Harvey, "Cuarenta años de neoliberalismo en el occidente democrático (Estados Unidos, toda Europa, parte de Sudamérica) han dejado el sector público totalmente expuesto y sin preparación y medios para enfrentarse a una crisis de salud pública y económica como esta pandemia".

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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19 abril 2020 7 19 /04 /abril /2020 07:40

 Todo el mundo miente, es el provocador título que el profesor Seth Stephens ha dado a su libro, elaborado tras su experiencia como analista de datos de Google, licenciado en Filosofía por la Universidad de Stanford y en Economía por Harvard. En estos momentos en los que los big data se han convertido en uno de los recursos más utilizados (y más manipulados) de las redes sociales e informativas, leer el magnífico libro de Stephens es un aporte extraordinario de sano escepticismo y de habilidad interpretativa de los datos que nos atosigan sin cesar por todos los medios habidos y por haber. 

Interpretar los datos y tomar las medidas más logicas y adecuadas sin seguir fielmente la supuesta tendencia que nos marcan las cifras y estadísticas es uno de los "secretos" que nos enseña el autor. Para polítifcos y policías o ejército la utilidad es evidente. Por ejemplo, respecto a los atentados islamofóbicos nos cuenta: supongamos  una ciudad de un millón de habitantes  que cuente con una mezquita, las probabilidades de que alguien que NO introduce en el buscador de su ordenador “matar musulmanes” ataque esa mezquita son de 1 entre 100.000.000. En cambio, las de quienes SÍ introducen en el buscador “matar musulmanes” son de 1 entre 10.000. Supongamos ahora que la islamofobia se dispara y que las búsquedas de “matar musulmanes” pasan de 100 a 1.000. La respuesta adecuada, dice Stephens-Davidowitz, no sería detener a los individuos que efectúan la consulta, sino extremar la protección de la mezquita local, dado que hay más individuos con probabilidad de atacarla". 

Esto correlaciona con algo que ya es de dominio común desde hace años: la interrelación con los medios digitales van dejando una serie de rastros que configuran una suerte de retratos-robot de nuestra personalidad, nuestros deseos, motivaciones, carencias y rechazos que constituyen un material psicológico de enorme potencial en aspectos tales como el perfil consumista, político, social o sexual. Esos datos están en poder de las grandes empresas que controlan los servidores y las páginas de servicios más populares de Google, Facebook, Instagram o WhatsUp. Parece que está comprobado el papel decisivo que tuvo la manipulación de datos personales en las últimas elecciones norteamericanas que llevaron al poder a uno de los peores políticos del momento.  Ni Orwell con su "1984" llegó a imaginar el poder predictivo y manipulativo de contar con una base de datos con cientos de millones de usuarios en todo el planeta, aunque también hay que contar con los efectos benéficos que puede tener bien empleados: una prueba de oro sería aplicarlo a la detección y tratamiento de la actual pandemia, sin vulnerar, por supuesto, la intimidad de las personas y reduciendo su aplicación al área sanitaria. Esos datos están disponible desde la realidad cotidiana, de una forma no invasiva que las personas ofrecen si ningún tipo de cuidado o reticencia. Desde el ordenador de su casa usted y los demás usuarios del mundo regalan trillones de datos de impresionante valor combinatorio.

Y esos son datos honestos, no los recaban las encuestas de las agencias estadísticas, en las que -está demostrado- todo el mundo miente, desde la frecuencia de sus relaciones sexuales, sus hábitos de vida y salud: la gente fantasea, da respuestas sobre lo que quisieran ser, no sobre lo que son. Queremos dar una imagen sobrevalorada, presumimos de lo que no tenemos (cultura, atractivo, conocimientos, poder). La cuestión está, según nuestro autor, en que los Big Data van a terminar con esas mentiras y fantasías. Los macrodatos van a derruir muchos supuestos y convenciones que los humanos tienen sobre sí mismos, por encima de las mentiras que contamos a los demás y, más perturbador aún, las que nos contamos a nosotros mismos.

El autor no puede evitar cierta arrogancia cuando, por ejemplo, asegura que muchas de las teorías de Freud sobre los errores del inconsciente (en su obra "Psicopatología de la vida cotidiana"), los "lapsus linguae", son falsas y él puede demostrarlo. Así nos dice que cuando un sujeto se mete en un motor de búsqueda  y teclea "penicuro" o "sexuridad" no está mostrando sus deseos inconscientes, sino que son "lapsus de dedos" que todo el mundo comete y con mucha frecuencia. Y para terminar de "convencernos" asegura que si un mono tecleara en una máquina aleatoriamente el suficiente número de veces acabaría escribiendo "ser o no ser, esa es la cuestión...". De ahí a Pierre Menard, autor del Quijote solo hay un paso. Un poco desorbitado. Aunque para equilibrar a los lectores algo indignados, Stephens asegura que Freud sí tenía razón en la fijación sexual en la infancia que puede llevar a que haya muchos miles de adultos que buscan en la red material porno que trate sobre relaciones sexuales "con mamá".

Bien, están avisados. Es un libro interesante, inflado de datos como es de esperar, buenas conclusiones, algunas no tan buenas y sumamente perturbador sobre las mentes y los deseos, carencias, represiones y odios ocultos en la mente de las personas y expuestas en el escaparate de internet ante los ojos de los especialistas ...y de los que comercian con esos datos.

FICHA

TODO EL MUNDO MIENTE.-Seth Stephens Davidowitz.-Trad. Martin Schifino.-  287 págs. Ed. Capitán Swing.






 

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10 abril 2020 5 10 /04 /abril /2020 10:32

Los escritores de temas relacionados con la Naturaleza, "nature writing", están muy de moda desde los lejanos Thoreau, Darwin, Emerson, Burroughs, Carson, Abbey y los más cercanos Oliver Rackman, Richard Maybey, Olivia Laing, Flora Thompson, Roger Deakin, Robert McFarlane.  Durante más de cincuenta años he vivido practicando dos deportes principalmente: el tenis y el senderismo/montañismo por los Pirineos, las cadenas montañosas anteriores tanto en Aragón como en Cataluña y cuando el trabajo no me dejaba tiempo suficiente, extenuantes excursiones corriendo montaña a través por el Montseny, Montserrat, Collcerola, Montsant y la zona de Sant Miquel del Fai y Tavertet. Por tanto acostumbro a devorar todo libro de montañismo, excursiones y, con envidia, de expediciones, que cae en mis manos.

El libro de Nancy Campbell no podía ser menos. Ya sólo el título me intrigó y me atrajo. El hielo es para mí un oximorón  fascinante:  es tan cálido como la belleza de sus paisajes y la rememoración de sus historias al calor de una buena chimenea , un pipa bien cargada y un whisky de diez años en vaso ancho y se vuelve gélido, inhóspito, amenazante y  rechazable cuando me encuentro en persona rodeado por él. Lo conocía en el cine y en las noticias y hasta pasada mi primera juventud no tuve contacto con él. Y no me gustó.

El libro de Nancy me ha devuelto al estado de ánimo fascinado que me producían aquellas lecturas de Grey, Salgari, Verne, Scott, Amudsen, Shackleton, Conan Doyle. Hacer un viaje literario por entre hielos eternos (¿durante cuánto tiempo seguirán así?) témpanos, glaciares, nieve virgen, el frío polar, la fauna y flora de ese mundo poco amigable de una belleza insomne, su particular fauna, los pueblos que habitan esos desiertos blancos y montañas coronadas. La voluntad enciclopédica de Campbell se desgrana en temas colaterales que se van sustantivando en los seis bloques en los que divide su libro. La especial garra que el momento que vivimos da al libro de Nancy se basa en las consecuencias ya visibles del cambio climático, con las amenazas -algunas desconocidas- que acarrea la destrucción de ese mundo y el desequilibrio que produce en la homeostasis del planeta ( más que la destrucción inicua, irresponsable y ecológicamente criminal que se está realizando de la selva amazónica, el pulmón verde del planeta).

Nancy es una buscadora pertinaz y está abierta a la sed de conocimientos y a la curiosidad estimulada por una sensibilidad naturalista poco común. Su personal vivencia en la residencia invernal en un museo de Groenlandia que invita a artistas de todo tipo a hacer sus obras evocadas por el hielo con tal de que las dejen en el museo después (con la excepción lamentable de los escritores que pueden llevárselas (mejor no entro en analizar esa normal). Nancy hará un trabajo hermoso entre narrativa y dibujos y los envia al Museo para agradecer su hospitalidad y algo más: el impulso que la llevará a viajar por muchas zonas y a investigar en bibliotecas a fin de escribir el libro que hoy les recomiendo.

La fascinación de Nancy por las cambiantes formas del hielo, su presencia y la infinita información que ofrecen, la historia del mundo encriptada en sus grandes praderas de grosores inauditos, la historia de los descubrimientos científicos, los mitos, la literatura y la filosofía que los enaltece, van ilustrando este viaje literario por ese elemento natural al que está atacando ferozmente el cambio climático. Nancy echa mano a menudo de su sensibilidad poética, evitando el sentimentalismo, tratando de ofrecer atisbos de visión de la pureza y la solidez austera del hielo y también de las comunidades que allí viven, mostrándonos su solidaridad y cálida relación con el visitante.

Han sido siete años de estancia y pesquisas en museos y bibliotecas, de viajes a lugares remotos., de apasionadas lecturas de viajeros polares y exploradores, de contactos con cultura indígenas, un canto en definitiva a la defensa de un entorno frágil que está amenazado de extinción (como, por supuesto, también lo estamos nosotros, los causantes en última instancia del desastre planetario). Nos va citando a personajes tan emblemáticos como Marco Polo, Robert Falcon Scott, John Irving y su travesía del Polo Norte. Sin olvidar el capítulo dedicado a los antiguos cazadores de los hielos o al patinaje artístico, un mundo peculiar.

La diferente densidad y agarre de los temas que Nancy va desgranando a través del viaje de su narración, todos engarzados como en un collar por el hilo del entusiasmo de la autora, le ofrece al lector un nivel de interés bastante elevado que hace de la lectura un placer.

FICHA

LA BIBLIOTECA DE HIELO.- Nancy Campbell. Trad. Lorenzo F. Díaz. Ed. Ático de los libros.- 2020.- 288 págs. 17,90 euros

 

 

 

 

 

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30 marzo 2020 1 30 /03 /marzo /2020 09:30

El maestro George Steiner (nacido en Paris en 1929 y fallecido en 3 de febrero de este año, con 91 años) fue uno de los pensadores más lúcidos y complejos  del siglo XX. Tras leer la mayoría de sus libros, desde la aparición de "Lenguaje y silencio" publicado por Gedisa  el año 82 y del que aún conservo el ejemplar que me envió la editorial para su reseña, profusamente subrayado, se convirtió a través de los años en un compañero sugestivo y sugerente, del que envidiaba y admiraba la consistencia intelectual y su irónica osadía en manifestar opiniones que le convertían en un incómodo crítico que no admitía componendas. Filósofo contestatario en todo momento, autor incansable, figura discutida e impertinente en Princeton, Stanford, Ginebra o Cambridge. Steiner era hijo de judíos vieneses refugiados del nazismo en París y luego en  Nueva York . Llama la atención su curiosa y combativa  no-práctica del judaísmo que resulta muy fastidiosa para la comunidad judía mundial y para el estado de Israel  en particular, rechazo que le convierte en una figura tan controvertida para el judaísmo como Spinoza o, en el otro extremo, como Woody Allen  o Einstein .  Más irónico que humorista, define al judío como un hombre que lee los libros con un lápiz en la mano porque piensa que los puede escribir mejor. En 2001 recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades donde se resaltaba su talante polémico y su defensa de lo universal y global contra los nacionalismos y las fronteras; no en vano es un políglota que domina inglés, francés, alemán e italiano, conoce el castellano y el portugués, sin contar las "lenguas muertas" (tan rabiosamente vivas en la cultura occidental, el latín y el griego). Pero, curiosamente, no hablaba hebreo y en Israel se comunicaba en inglés o en sefardí. Steiner era además un comentarista crítico, a veces provocativo o sarcástico, hacia la política, la economía o el futuro planetario, el cometido de la ciencia y el declinar de la razón, la religión y la democracia.

En su libro “Errata” (El examen de una vida), Steiner analiza algunos episodios de su infancia y juventud, aunque de una manera poco rigurosa y dejándose llevar por las temáticas que desarrollaba, más que por sus implicaciones en las fechas de su vida. Sin embargo son muy reveladores algunos de los comentarios que escribe. Por ejemplo y de cara a su actitud hacia el judaísmo dice (refiriéndose al de su padre): “El orgulloso judaísmo de mi padre estaba, como el de Einstein o del de Freud, teñido de agnosticismo mesiánico. Destilaba racionalidad, promesa de ilustración y tolerancia. Le debía tanto a Voltaire como a Spinoza”. Como ven, se retrata a sí mismo en la figura amada de su padre que le acostumbró a la compañía vitalicia de la Odisea y la Ilíada, influencia, la de los clásicos, que marcaría su carrera intelectual y literaria : “El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo”. “El valor de esa temprana impronta de lo clásico en mi existencia ha sido considerable”.

Ataca, a mi parecer muy consecuentemente, el post estructuralismo y al deconstruccionismo, que alteraron la visión de la teoría literaria a partir de los setenta del pasado siglo. También analiza el papel del traductor y de la traducción, la enseñanza secundaria francesa  (que recibió durante su estancia de adolescente en Nueva York), su amor temprano a Shakespeare y sus “asignaturas pendientes” de esa época: aprender ruso y árabe.

En su libro "Diez razones para la tristeza" nos propone las razones para justificar esa tristeza del pensamiento y con irónica franqueza las pone entre paréntesis, mostrando la base especulativa que le impulsa. Así nos habla de la forzosa necesidad de pensar equiparable a la de respirar ya que no podemos dejar de pensar ni siquiera en sueños. De ahí nace la identidad del ser con el pensar como ya apreció el lejano Parmérides, por el siglo IV aC.  Una de las razones citadas es la incapacidad de aprehender la naturaleza del pensamiento. Otra de las razones de tal tristeza estriba en el lenguaje. la "casa/prisión" del lenguaje, la materia prima del acto de pensar , "en soliloquios de pensamiento oculto o no deseado que recorren sus anárquicos caminos por debajo del habla articulada".

En otro lugar nos habla de su estancia en la Universidad de Chicago a finales de los años 40, con un divertido apunte sobre “los recuerdos de la carne”. Pero más interesante aún es su casual descubrimiento de la vocación de la enseñanza, cuando lee sus interpretaciones sobre el relato de Joyce, “Los muertos” (“Dublineses”) ante sus condiscípulos en su habitación atestada de jóvenes tomando notas: “Fue un descubrimiento fatal. Desde esa noche, las sirenas de la enseñanza y el análisis crítico literario no han cesado de cantar para mí”. Steiner ha ejercido la docencia en Estados Unidos, Inglaterra y Suiza durante más de 50 años. En uno de sus libros sostiene que "la única licencia honrada y demostrable para enseñar es la que se posee en virtud del ejemplo".  Hay tres formas principales, los maestros que destruyen a sus discípulos, los discípulos que traicionan a sus maestros y los maestros que intercambian con sus discípulos el eros de la mutua confianza, una especie de ósmosis en la que el maestro aprende del discípulo como éste de aquél, en un escenario de auténtica y profunda amistad.

De 2011 es el texto "La poesía del pensamiento" (Del helenismo a Celan). En esta obra, Steiner parte de una idea básica: detrás de toda filosofía, sustentando su propuesta de pensamiento y su estructura hay una lírica literaria e incluso una música, una melodía del pensamiento, que parece motivar y mover la cohesión de las ideas. Eso es algo que late en el interior de quienes buscan en la reflexión filosófica una respuesta a los misterios del ser y de la vida. Como ocurre en las matemáticas puras y en la filosofía profunda, en algunos momentos el pensador llega a tener esa sensación melódica, una vibración que recuerda los misterios pitagóricos y las propuestas órficas, como si en el fondo mismo de materias como las citadas, la física cuántica , la astronomía, latiera el ritmo pausado y secreto de lo que se llamaba la "música de las esferas" y que los grandes cerebros de esas materias han calificado a menudo de un curioso misticismo sin religión y sin dioses

En cuanto a la “cuestión judía”,  hace una lectura revolucionaria que le aleja de la comprensión del Estado de Israel: “…la mayor verdad es que el judaísmo sobrevivirá la ruina de Israel. Lo conseguirá si su elección es la de vagar, la de enseñar a los hombres a darse la bienvenida, sin lo cual nos extinguiremos en este pequeño planeta…los conceptos, las ideas no necesitan pasaportes”.

Otros temas de Steiner: su amor a la música, la belleza y el misterio de las lenguas, “la condición de políglota ha sido mi mayor fortuna”, al papel de la ciencia, su instrumentalización y mal uso y las víctimas que produjo a lo largo del siglo XX.

Especialmente evocadoras son las menciones que en varios de sus libros hace Steiner de sus maestros y de los lugares que con su “genios loci” llegaron a constituir referencias personales en su vida. 

Steiner habla de su obra que “he desperdigado y por tanto derrochado mis fuerzas”. Se muestra descontento con “Lenguaje y silencio” uno de sus primeros libros, donde hay muchas preguntas y pocas respuestas: por ejemplo “¿cómo podemos comprender…la capacidad de los seres humanos para amar a Bach o a Schubert por la noche y torturar a otros seres humanos a la mañana siguiente?” o “¿Cómo reconciliar el mensaje esencial del judaísmo con un Estado-nación armado y rodeado de enemigos implacables?”. En un repaso al filo del final de su vida Steiner se lamenta  de haber abandonado el dibujo, de no aprender el hebreo, de la necesidad de su ateísmo que le brinda el poder conocer la tolerancia y de la obscenidad de las “guerras santas”, la manipulación del ADN o el enigma de la conciencia…

"El silencio de los libros", publicado en 2005 en la revista "Esprit" y por Siruela en 2011 (con el añadido de un enjundioso trabajo breve de Michel Crépu sobre la lectura "Ese vicio todavía impune") hace un corto pero jugoso recorrido sobre la historia del libro partiendo provocativamente del predominio de la oralidad en la cultura tradicional  ("la oralidad aspira a la verdad, a la honradez de corregirse uno mismo, a la democracia") y de la superioridad de la música como lenguaje fundamental para comunicar sentimientos y significados ("la mayor parte de la Humanidad no lee libros, pero canta y danza").
 Steiner da un zurriagazo (merecido) a la enseñanza actual donde se desdeña la oralidad -principal origen de la lectura: al principio, en la edad media, se leía siempre en voz alta y se aprendían los textos para ser recitados para un público iletrado- y se sacrifica la memoria (sustituyen el saber de memoria...por un caleidoscopio de saberes siempre efímeros". No podía faltar un sopapo (también merecido) a la Iglesia católica "cuya historia sangrienta de censura de libros y destrucción física de libros y autores recorre como un ardiente hilo rojo toda la historia del catolicismo romano".
Hay mucho pesimismo en las visiones apocalípticas del libro que tiene Steiner, pero también algo de sana hipocresía, ya que ante el deseo de leer y el aumento de posibilidades de lectura, Steiner acaba repitiendo los versos de Cátulo, "Oh, Musa, déjanos vivir un siglo o dos más". Ese pesimismo profético que parece anatematizar el futuro de los libros y del que Steiner nos da muestra, está muy lejos de concretarse en una amenaza real (de momento). 
En "Un largo sábado" se recogen una serie de entrevistas o más bien conversaciones entre la periodista francesa Laure Adler y George Steiner, ( con excelente traducción de Julio Baquero Cruz).

Aquí Steiner vuelve a sus temas recurrentes en relación con el judaísmo, el Holocausto, el estado de Israel, el conflicto de Oriente Medio, la religión o la existencia de Dios, el lenguaje -sobre el que es un erudito- los libros, la música, el amor y el sexo, la muerte, grandes temas que han motivado muchos de sus libros. En éste, Steiner con gran madurez y audacia matiza sus opiniones y expone sus reflexiones o acepta sus propias contradicciones motivadas por la evolución intelectual de su pensamiento y por la dinámica de la historia que vive intensamente y con crítica lucidez. Sus palabras y sus opiniones, muy bien estimuladas por la periodista, muestran -a pesar de que estemos o no de acuerdo con lo que dice-- la agudeza de la mente de este hombre singular. Y, en todo caso, provocan de una forma refleja la reflexión del lector.

Lo más interesante de este libro es la figura real que las preguntas de la periodista consiguen hacer aflorar sobre los esquemas y tópicos personales del gran pensador que es Steiner, sus contradicciones, sus filias y fobias y el curioso sentido del humor (tan judío) sobre todo a la hora de arremeter contra figuras tan señeras como la Arendt o Simone Weil. La excelente foto de portada nos ilustra, esa sonrisa pícara, esa mirada chispeante, irónica, levemente burlona, incide sobre un aspecto de Steiner que, a mi al menos, me había pasado inadvertido, la complejidad emocional del pensador, capaz de articular un mensaje magnífico sobre la mayoría de los temas y, al mismo tiempo, dejar "escapar" un juicio contundente y demasiado subjetivo sobre cualquier asunto al que le aplica el bisturí de la duda o el rechazo por pura emocionalidad. Y parece justificarse con una frase que pronuncia ante la periodista: "En los juicios estéticos siempre hay algo efímero, profundamente efímero". Y más adelante añade: "El lenguaje es infinitamente servil y no tiene- a eso se debe el misterio- límites éticos". Y esa es la complejidad de un hombre que no cesa de repetir la frase de Heidegger "somos los invitados de la vida" y es machacado por su anti sionismo en su propia patria, Israel. O le pasa el rodillo ético al capitalismo actual y dice: "Hay quien pone a diez mil personas de patitas en la calle y se va con una prima de cinco millones tras haber arruinado a la empresa o al banco que dirigía, ¿es ese el ideal de libertad humana?".

El libro acaba con un canto a la eutanasia y una reflexión sobre la vejez, "Dejadme dormir el sueño de la tierra" dice, citando a Vigny. Y se despide con un canto de amor a su perro y una reflexión: "Ya se que deberíamos sentir un gran amor hacia los seres humanos. Pero a veces me resulta muy difícil". Steiner tenía cuando pronunció estas palabras 87 años. Descanse en paz, el maestro.

FICHAS

ERRATA.- El examen de una vida. Siruela. Trad. Catalina Martinez.-218 págs.

LA POESÍA DEL PENSAMIENTO.- Del helenismo a Celan.- Siruela.-Trad. María Cóndor.-231 págs.

UN LARGO SÁBADO.-Conversaciones con Laure Adler.- Siruela.-Trad.Julio Baquero.

 

 

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28 marzo 2020 6 28 /03 /marzo /2020 08:29

En estos días aciagos, de horizontes limitados, inseguros y premonitorios, me viene a la memoria la vitalidad alegre, desenfadada y sabia de Alexis Zorba. ¿Recuerdan ustedes? Era el protagonista - y trasunto un punto salvaje del escritor griego Nikos Kazantzakis- de la novela "Zorba, el griego", que siempre tendrá el rostro duro y noble de Anthony Quinn, en su versión fílmica. En un momento de turbación y fracaso, Zorba reflexiona en voz alta: "Qué cosa tan simple y tan frugal es la felicidad: una copa de vino, una castaña asada, un brasero caliente, el rumor del mar...". La sencillez de lo auténtico, de lo bello, en cierto modo de lo esencial. Es la meditación de lo simple, lo que está al alcance de la mano; es barato, sencillo, su precio es  apenas nada, pero tiene un inmenso valor. El del simple vivir. Cuando se nos limita ese placer, por las razones que sea, pero ampliadas por el incierto peligro de enfermedad y muerte (no por lejano e improbable, menos cierto: "Mors certa, hora incerta") uno capta sin esfuerzo la lógica vibrante y vigorosa de la filosofía de Zorba. Así que, haga el favor, destierre la aprensión y el temor, mire el cielo azul tras la ventana o el balcón, el sol derramándose sobre las cosas, el perro persiguiendo mariposas por el patio del vecino, sírvase una copa de vino e invite a quien tenga a su lado, o a sus amigos predilectos si está solo (si son verdaderos amigos, están dentro de usted) y brinde por la vida, por las cosas sencillas y plenas. Recuerde que el amor a la vida no es un concepto estático sino el cultivo dinámico de la capacidad de percibir las formas de la belleza y la bondad en cuanto le rodea. Y si tiene buena memoria peliculera y tiene presente las imágenes finales de "Zorba, el griego" échese un sirtaki o cualquier danza que usted conozca, desde la jotica a las bulerías o la sardana; sí hombre, ahí mismo, en el comedor, sorteando sillas. La danza, sea cual fuere, da una rara felicidad al cuerpo y sosiega la mente, por muy desmañado que usted sea. Créame, es más cierto lo que le digo que la mayoría de las cosas que usted lee, en estos días, sobre el coronavirus

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26 marzo 2020 4 26 /03 /marzo /2020 10:29

 Como suele ocurrir en todas las desgracias humanas masivas, siempre se dan dos caras en la situación, no del todo aisladas , a menudo se solapan: la desesperada, insolidaria, individualista, a veces cruel...y la que transmite serenidad y fortaleza, alguna sonrisa, compasión y a veces sentido limpio del humor. Decía Epicteto, el sabio estoico, que nos hay cosas malas y cosas buenas, que hay una manera de afrontarlas y percibirlas que las hacen buenas o malas. Que  en toda cosa mala hay escondida una semilla de bondad y que en muchas cosas buenas hay una posibilidad de hacer el mal sin intención y sin malicia. Eso lo estamos viendo cada día en las reacciones de apoyo de muchísimas personas, en aportaciones saludables y humorísticas en  la Red y los medios, en los que proliferan las ofertas de todo tipo para hacernos más llevadero el confinamiento.

Mientras el caballo desbocado de la pandemia sigue aumentando el número de casos en el mundo (a medio millón han llegado en este día) las noticias de recesión, control y disminución de diagnósticos positivos y fallecimientos en algunos países, conforman un gesto de esperanza y un aviso para no bajar la guardia. Pero hay un efecto sintomático, no demasiado extendido pero alarmante de esta pandemia: la estupidez de una minoría, tan escasa como escandalosa. No entraré en la cretinez de particulares que anteponen sus caprichos al peligro de contagio. Hoy traigo a la palestra a dos dignos imitadores de las "inteligentes" posturas iniciales de Trump, Johnson o Putin: se trata de los presidentes de Brasil y el de México: unos  majaderos llamados  Bolsonaro y López Obrador. El primero no toma medidas pues considera que el Covid es una "gripecilla" y que "hay demasiada histeria internacional al respecto". El segundo riza el rizo de la imbecilidad y asegura que la mejor defensa contra esta "supuesta" pandemia es seguir uno con la rutina de siempre y si acaso llevar en el bolsillo un amuleto o una estampita de la Virgen o de cualquier santo adecuado.  Creo que ni siquiera Groucho Marx o Woody Allen sabrían bromear con tan eficaz necedad.

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25 marzo 2020 3 25 /03 /marzo /2020 11:34

Desde mi mesa de trabajo, habilitada temporalmente en el salón de casa, junto al ventanal que da a los campos de las afueras del pueblo, solía ver a los vecinos conducir sus ruidosos tractores a sus tierras, a algunas personas que pasean y quizá a unos forasteros con bastón y mochila que inician allí mismo el PR que une el pueblo con otro situado a tres horas de caminata por senderos muy hermosos. Ahora nadie camina bajo mi ventana, sólo los sempiternos gatos (la población gatuna se ha apoderado de las calles del pueblo) y alguna vecina presurosa que regresa de hacer la compra en la única tienda de la pequeña localidad turolense. Hay un silencio y una paz somnolienta que favorece la reflexión y la lectura, a pesar de la amenaza potencial del virus coronado que flota por todas partes como una inquietud ominosa y casi imperceptible.

Hoy he decidido silenciar el móvil, excepto las urgencias que puedan requerir mi ayuda o consejo, reducir mis accesos por radio o Internet a las noticias, apartar los gráficos y apuntes sobre el progreso de la enfermedad y meditar en lo que ocurre desde un punto de percepción libre de miedos y juicios de valor, un pensamiento más creativo que crítico, aunque realista en lo posible.

La pandemia está apuntando de forma lógica hacia un cambio de perspectiva de la compleja actividad humana en todos sus niveles: abandonar los enclaustramientos de familia, tribu, raza, riqueza o nación y aplicar soluciones y estrategias basadas en la solidaridad y la cooperación. Exactamente relacionado con el modelo de la naturaleza y expansión del Covid. El virus no entiende de ricos o pobres, españoles, ingleses o rusos, con fronteras sólidas o sin ellas, inteligentes o tontos, poderosos o esclavos, terratenientes o viajeros de pateras, musulmanes o cristianos, abuelos, padres o hijos…destroza la solidaridad o la pone a prueba y despierta la intolerancia de muchos, el egoísmo, la codicia, la histeria y el pánico.

Bertrand Russell acaba su libro “¿Tiene el hombre futuro?” con esta larga frase: “Con los ojos del alma veo un mundo de gloria y regocijo, un mundo de mentes en expansión, de esperanza inextinguible, donde las nobles ideas y actitudes ya no sean condenadas como traiciones a cualquier causa mezquina. Todo esto puede suceder sólo con que permitamos que suceda”.

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22 marzo 2020 7 22 /03 /marzo /2020 11:12

¿Tiene el hombre futuro? Eso se preguntaba Bertrand Russell en 1961, en plena guerra fría (que resultaba ser tórrida y amenazante hasta la pesadilla). El libro como muchas de las ideas de Russell ha quedado un poco obsoleto (no del todo) pero permite una lectura comparativa sumamente interesante en las circunstancias actuales. Me he quedado con un  par de frases que han provocado en mí algunas reflexiones. Una dice "En los estados de terror, la mayoría de las personas no piensan con sensatez sino que reaccionan de forma instintiva, animal", Y, contra  los que argumentaban a favor del uso del armamento nuclear de forma preventiva "antes de que los otros lo hagan", aun sabiendo que eso significaría el fin casi seguro de la Humanidad, Russell trataba de rechazar la razon que avalaba tal suicidio, según esos políticos norteamericanos, ingleses o rusos: "no se puede evitar: forma parte de la naturaleza humana". El pensador inglés escribía: "La llamada Naturaleza humana es, fundamentalmente, el producto de la costumbre, la tradición y la educación y que en los hombres civilizados, sólo una pequeñísima parte de ella depende del instinto primitivo".

Dejando aparte al poder político en España que reaccionó tarde y mal a la gestión y prevención de la crisis virus coronada, a pesar de los avisos en piel ajena, la ciudadanía -con deshonrosas excepciones- está dando ejemplos masivos de cooperación, asunción de precauciones y respeto a las medidas dictadas por un poder, que ahora ya sí -también con deshonrosas excepciones - trata de reparar activamente el mal causado por la desidia ejecutiva anterior. Por tanto ¿qué es lo que falla en nuestra Naturaleza para que se de una vergonzante alta suma de individuos insolidarios, estúpidos, irresponsables y que constituyen un peligro para el resto de lacomunidad humana? La costumbre -envilecida y deformada por un estilo de vida basado en el interés del sujeto, en el consumo y en el valor del dinero-, la tradición...desaparecida u obsoleta y la educación, dirigida al conocimiento técnico, la praxis del provecho personal y la ausencia de valores éticos.

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13 marzo 2020 5 13 /03 /marzo /2020 18:26

El título de este apasionado libro, que parece un oximoron, de una ex profesora de Filosofía y Religiones comparadas de la Universidad de Nuevo México -Mirabai Starr-, es como un regreso a la época en la que Carlos Castaneda lideraba el misticismo chamánico de don Juan, el ¿inexistente? protagonista estelar de los popularísimos libros del antropólogo mejicano que escribía en un inglés exaltado y poético y era leído por todos los jóvenes contestatarios de los 60 a los  90 del pasado siglo.

Mirabai, el "nom de guerre" de la autora,  adoptado de una poetisa del siglo XVI, parece muy acorde con las citas y referencias a Teresa de Ávila y a Hildegarda von BIngen, entre otras místicas y poetisas. El exaltado estilo espiritual del libro se equilibra con un sentido agudo de la praxis, muy norteamericano y el ofrecimiento de consejos prácticos y disciplinas interiores y exteriores para facilitar el proceso de conocimiento, interior y exterior, precisos para progresar en la Vía que preconiza este enfoque femenino, más que feminista, de una realidad que se nos escapa de continuo.

Mirabai insiste en la necesidad de unión femenina para tomar conciencia y hacer que la parte masculina del mundo también la tome, de un camino femenino -ancestral sin duda alguna- para la gestión de los asuntos humanos, esa entrega, dulzura, comprensión, firmeza, capacidad de trabajo y sacrificio, dotes organizativas que son características que las mujeres vienen regalando al mundo desde los orígenes, al margen de la brutalidad, la codicia, las ansias de poder, el amor a las armas y la guerra, la explotación cruel de nuestros semejantes, el absurdo deseo de doblegar a la Naturaleza a los intereses humanos, la destrucción metódica del medio ambiente, que han sido características históricas del dominio masculino.

Como todo libro de cierto proselitismo espiritual, éste tiene los aciertos y los defectos que suelen acompañar los apasionados textos de sus autores. En este caso, hay una emocionada y muy pasional convicción de la autora en un principio básico: "creo en el energía sanadora de los femenino como en un fuego capaz de derretir el helado corazón del mundo, la destreza que volverá a tejer la red hecha jirones de la interconexión". Me siento próximo a ese desiderátum espiritual y he leído con interés este libro en el que el misticismo abandona sus complejas estructuras emocionales, espirituales, psicológicas y religiosas  y trata de hacerse cercano y fácil de comunicar. Yo lo aconsejaría a este desorientado feminismo militante que condena y anatematiza a la otra mitad del género humano.

FICHA 

MISERICORDIA SALVAJE.- La sabiduría de los místicas.- Mirabai Starr.- Trad. Silvia Alemany.- Ed. Kairós.- 340 págs.

 

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7 marzo 2020 6 07 /03 /marzo /2020 19:09
Partiendo de la idea bíblica de que somos sujetos verbales y vivimos dentro del discurso, George Steiner reflexiona sobre la vida y la función del lenguaje en la historia de la civilización. Lenguaje y silencio (Gedisa, 2003. Trad. M. Ultorio, T. Fernández Auz y B. Eguibar) es una colección de ensayos, escritos en la década de los años sesenta del siglo pasado en su mayoría, que abordan con inteligencia desde distintos ángulos el largo proceso que ha conducido al lenguaje de pretender abarcar la totalidad de la experiencia y de la realidad del mundo hacia el siglo XVII hasta revelarse al límite de sus posibilidades ya a finales del siglo XIX.
Los devastadores efectos que la industrialización, la cultura de masas y la sociedad de consumo tienen sobre el lenguaje se traducen en su vulnerabilidad frente a los ataques corruptores del poder y en su simplificación léxica. Steiner afirma que la literatura contemporánea no ha salido indemne en la medida que gran parte de la producción literaria expresa una escandalosa mediocridad desde que, con una interesada estrechez de miras se adaptaron los recursos literarios del siglo XIX utilizando la simplificación léxica exigida por la masificación consagrándolo como canon de la modernidad.
Ante esta situación, los arduos esfuerzos por devolver la vida y la capacidad génesica a la palabra para salvar su cada vez más estrechas limitaciones para expresar la realidad parecen conducir irremediablemente el lenguaje al silencio. Así lo sugerían Adorno, cuando decía que después de Auswitchz no era posible escribir poesía, y Wittgenstein cuando afirmaba que más allá de la ciencia teníamos las alternativas de un decir sin sentido o el silencio.

l mirar atrás, el crítico ve la sombra de un eunuco. ¿Quién sería crítico si pudiera ser escritor? ¿Quién se preocuparía de calar al máximo en Dostoievski si pudiera forjar un centímetro de los Karamazov, o reprobaría la altanería de Lawrence si pudiera dar forma al huracán de El arco iris? Toda gran escritura brota de le dur désir de durer, la despiadada artimaña del espíritu contra la muerte, la esperanza de sobrepasar al tiempo con la fuerza de la creación. Brightness falls from the air: cinco palabras y un alarde sonoro que se apaga. Pero han durado tres siglos. ¿Quién querría ser crítico literario si pudiera poner los versos a cantar, o componer, a partir de su propio ser mortal, una ficción viva, un personaje perdurable? La mayoría de los hombres tiene su polvorienta supervivencia en las guías telefónicas viejas (es una suerte que se conserven en el Museo Británico); en el hecho literal de su existencia hay menos verdad y menos vida que en Falstaff o en Madame de Guermantes, sólo por imaginar a éstos.

El crítico vive de segunda mano. Escribe acerca de. Ha de dársele el poema, la novela o el drama; la crítica existe gracias al genio de otros hombres. En virtud del estilo, la crítica puede convertirse en literatura. Pero esto suele acontecer sólo cuando el escritor hace de crítico de la propia obra o de corifeo de la propia poética, cuando la crítica de Coleridge es obra acumulativa o la de T. S. Eliot divulgación. Fuera de Sainte-Beuve, ¿hay alguien que pertenezca a la literatura permanente en calidad de crítico? No es la crítica lo que hace vivir al lenguaje.

Éstas son verdades elementales (y el crítico honrado se las dice en la palidez de la madrugada). Pero corremos el peligro de olvidarlas, porque la época presente está particularmente saturada del poder y el prestigio de una crítica autónoma. Las revistas críticas desatan un diluvio de comentarios o de exégesis; en Norteamérica hay escuelas en las que se enseña crítica. El crítico existe en cuanto personaje por derecho propio; sus admoniciones y sus querellas desempeñan un papel público. Los críticos escriben sobre los críticos, y el joven brillante, en lugar de considerar la crítica como una derrota, como un reconocimiento gradual, deprimente, de los modestos ingredientes de su propio talento, la considera una profesión de gran tono. Esto podría ser casi gracioso; pero tiene un efecto corrosivo. Como nunca antes, el estudiante y la persona interesada por la literatura lee comentarios y críticas de libros más que los propios libros, o antes de esforzarse por formarse un juicio personal. La aseveración del doctor Leavis sobre la madurez y la inteligencia de George Eliot es hoy moneda corriente en la actual sensibilidad. ¿Cuántos de quienes le hacen eco han leído efectivamente Felix Holt o Daniel Deronda? El ensayo del señor Eliot sobre Dante es un lugar común dentro de la cultura literaria; la Commedia es conocida, si acaso, por algunos fragmentos breves (Infierno XXVI o el famélico Ugolino). El verdadero crítico es un criado del poeta; hoy actúa como si fuera el amo, o se le toma como tal. Omite la última, la más importante lección de Zaratustra: «Ahora, prescindid de mí».

Hace precisamente cien años, Matthew Arnold percibió una amplitud y un relieve similares en el pulso crítico. Reconoció que este pulso era secundario respecto al del escritor, que el goce y la importancia de la creación eran de un orden radicalmente superior. Pero consideró el período de bullicio crítico como preludio necesario de una nueva edad poética. Nosotros llegamos después, y ése es el punto neurálgico de nuestra situación; después de la ruina sin precedentes de los valores y las esperanzas humanos a causa de la bestialidad política de nuestra época.

Esa ruina es el punto de partida de cualquier reflexión seria sobre la literatura y sobre el lugar de la literatura en la sociedad. La literatura se ocupa esencial y continuamente de la imagen del hombre, de la conformación y los motivos de la conducta humana. No podemos actuar hoy, ya sea en cuanto críticos o tan sólo en cuanto seres racionales, como si no hubiera ocurrido nada que haya afectado vitalmente a nuestro sentido de la posibilidad humana, como si el exterminio por el hambre o por la violencia de unos setenta millones de hombres, mujeres y niños en Europa y en Rusia, entre 1914 y 1945, no hubiera alterado, profundamente, la cualidad de nuestra conciencia. No podemos fingir que Belsen nada tiene que ver con la vida responsable de la imaginación. Lo que el hombre ha hecho al hombre, en una época muy reciente, ha afectado a la materia prima del escritor —la suma y la potencialidad del comportamiento humano— y oprime su cerebro con unas tinieblas nuevas.

Además, pone en cuestión el concepto primario de una cultura literaria, humanista. El extremo último de la barbarie política surgió del meollo de Europa. Dos siglos después de que Voltaire hubiera proclamado su final, la tortura volvió a ser un procedimiento normal de acción política. No es sólo que la difusión general de valores literarios, culturales, no pusiera freno alguno al totalitarismo; sino también que en ciertos casos notables los santos lugares de la enseñanza y del arte humanista acogieron y ayudaron efectivamente al terror nuevo. La barbarie prevaleció en la tierra misma del humanismo cristiano, de la cultura renacentista y del racionalismo clásico. Sabemos que algunos de los hombres que concibieron y administraron Auschwitz habían sido educados para leer a Shakespeare y a Goethe, y que no dejaron de leerlos.

Esto es de obvia y alarmante importancia para el estudio y la enseñanza de la literatura. Nos obliga a preguntarnos si el conocimiento de lo mejor que se ha dicho y pensado amplía y depura, como sostenía Matthew Arnold, los recursos del espíritu humano. Nos fuerza a interrogarnos acerca de si lo que el doctor Leavis ha denominado «lo fundamental humano», logra, en efecto, educar para la acción humana, o si no existen, entre el orden de conciencia moral desarrollada en el estudio de la literatura y el que se requiere para la práctica social y política, una brecha o un antagonismo vastos. Esta última posibilidad es particularmente inquietante. Hay ciertos indicios de que una adhesión metódica, persistente, a la vida de la palabra impresa, una capacidad para identificarse profunda y críticamente con personajes o sentimientos imaginarios, frena la inmediatez, el lado conflictivo de las circunstancias reales. Llegamos a responder con más entusiasmo a la tristeza literaria que al infortunio del vecino. De esto también las épocas recientes suministran indicaciones brutales. Hombres que lloraban con Werther o con Chopin se movían, sin darse cuenta, en un infierno material.

Esto significa que quienquiera que enseñe o interprete literatura —y los dos ejercicios buscan construir para el escritor un cuerpo de respuesta viva, capaz de discernir— debe preguntarse qué pretende (dirigir, guiar a alguien a través de Lear o de La Orestíada equivale a tomar en nuestras manos los resortes de su ser). Los supuestos del valor de la cultura humanística en relación con la percepción moral del individuo y de la sociedad eran evidentes de por sí para Johnson, Coleridge o Arnold. Hoy están en duda. Debemos alimentar la sospecha de que el estudio y la transmisión de la literatura tengan sólo un significado marginal, sean apenas un lujo apasionado, como la conservación de lo antiguo. O, en el peor de los casos, que distraigan de utilizaciones más responsables y más acuciantes el tiempo y la energía del espíritu. No creo que ninguna de las dos posibilidades sea cierta. Pero la pregunta debe plantearse y profundizarse sin remilgos. Nada más lamentable, en lo que concierne al estado actual de los estudios ingleses en las universidades, que semejante interrogación pueda considerarse exótica o subversiva. Esto es esencial.

De aquí surge la fuerza de los postulados de las ciencias naturales. Al señalar sus criterios de verificación empírica y su tradición de trabajo colectivo (en contraste con la arbitrariedad y el egoísmo aparentes del método literario), los científicos se han sentido tentados a proclamar que sus métodos y sus concepciones están ahora en el centro de la civilización, que la antigua primacía del discurso poético y de la imagen metafísica ha terminado. Y aunque las pruebas no sean concluyentes, parece plausible que dentro de la masa de talento disponible sean muchos, y muchos de los mejores, los que se han vuelto hacia la ciencia. En el quattrocento habríamos deseado conocer a los pintores; hoy, el sentimiento de fruición inspirada, de la mente entregada a un juego libre, sin recelos, pertenecen al físico, al bioquímico y al matemático.

Pero no debemos engañarnos. Las ciencias enriquecerán el lenguaje y los recursos de la sensibilidad (como lo mostró Thomas Mann en Felix Krull, de la astrofísica y de la microbiología habremos de extraer nuestros mitos futuros, los términos de nuestras metáforas). Las ciencias remoldearán nuestro entorno y el contexto de ocio o de subsistencia donde la cultura sea viable. Pero aunque sea inextinguible su fascinación y frecuente su belleza, las ciencias naturales y matemáticas rara vez poseen un interés definitivo. Me refiero a que poco han aportado a nuestro conocimiento o a nuestro gobierno de la posibilidad humana, a que puede demostrarse que hay más profundidad humana en Homero, Shakespeare o Dostoievski que en la totalidad de la neurología o de la estadística. Ningún descubrimiento de la genética mengua o sobrepasa lo que Proust sabía acerca del hechizo y las obsesiones parentales; cada vez que Otelo nos recuerda el orín del rocío en la espada brillante experimentamos más de la realidad sensitiva, transitoria, en que nuestras vidas deben transcurrir, de lo que pueden transmitirnos el contenido o la ambición de la física. Ninguna sociometría de los motivos o las tácticas políticas puede competir con Stendhal.

Y es precisamente la «objetividad», la neutralidad moral en que las ciencias se regocijan y con que logran sus brillantes esfuerzos comunes, lo que las priva de tener una relevancia definitiva. La ciencia puede haber suministrado instrumentos y animado con demenciales pretensiones de racionalidad a los que concibieron los asesinatos en masa. En cambio casi nada nos dice sobre sus motivos, tema acerca del cual valdría la pena oír a Esquilo o a Dante. Tampoco, a juzgar por las ingenuas declaraciones políticas de nuestros actuales alquimistas, puede hacer mucho para conseguir que el futuro sea menos vulnerable a lo inhumano. Las luces que poseemos sobre nuestra esencial, acendrada condición, son todavía las que el poeta nos refleja.

Pero no cabe duda de que en muchas partes el espejo está agrietado o empañado. La característica dominante de la actual escena literaria es la supremacía de la «no ficción» —reportaje, historia, polémica filosófica, biografía, ensayo crítico— sobre las formas imaginativas tradicionales. La mayoría de las novelas, poemas y obras de teatro producidos en los últimos dos decenios no están, sencillamente, tan bien escritas, tan vigorosamente sentidas como otras modalidades de la escritura en las que la imaginación obedece al impulso de los hechos. Las memorias de madame De Beauvoir son lo que hubieran debido ser sus novelas, maravillas de inmediatez física y psicológica; Edmund Wilson escribe la mejor prosa norteamericana; ninguna de las novelas o poemas que han acometido el tema horrible de los campos de concentración es comparable con la veracidad, con la recatada misericordia poética del análisis factual de Bruno Bettelheim en El corazón bien informado . Es como si la complicación, el ritmo y la enormidad política de nuestra época hubieran aturdido y repelido la confiada imaginación de los maestros constructores de la literatura clásica y de la novela del siglo XIX. Una novela de Butor y El almuerzo desnudo son evasiones. El soslayar la gran nota humana, o la irrisión de esta nota mediante la fantasía erótica o sádica, apuntan al mismo fracaso creador. Monsieur Beckett, con su indomeñable lógica irlandesa, se dirige hacia una forma de drama en la que un personaje, amordazado y con los pies aprisionados en el cemento, se queda mirando al auditorio sin decir palabra. La imaginación ha consumido ya su ración de horrores y de esas trivialidades sin rodeos con que suele expresarse el horror moderno. Con raros precedentes, el poeta siente la tentación del silencio.

Justamente en este contexto de privación y de incertidumbre la crítica ocupa un lugar modesto pero vital. Su función, creo, es triple.

Primero, debe enseñarnos qué debe releerse y cómo. Obviamente, es inmensa la cantidad de literatura, y constante el acoso de lo nuevo. Hay que elegir, y en esa elección la crítica tiene su utilidad. Esto no significa que deba asumir el papel del hado y señalar un puñado de autores o de libros como la única tradición válida, con exclusión de los demás (la característica de la buena crítica es que son más los libros que abre que los que cierra). Significa que de la vasta, intrincada herencia del pasado la crítica traerá a la luz y promoverá aquello que habla al presente de un modo especialmente directo y apremiante.

Esta es la distinción correcta entre el crítico y el historiador de la literatura o el filólogo. Para estos últimos el texto tiene una valía intrínseca; posee una fascinación histórica o lingüística independiente de un alcance más amplio. Por más que se valga de la autoridad del erudito con respecto al significado primario y a la integridad de la obra, el crítico debe elegir. Y su preferencia debe ir hacia lo que puede entrar en diálogo con los vivos.

Cada generación hace su elección. Hay poesía permanente pero no crítica permanente. A Tennyson le llegará su día y Donne tendrá su eclipse. O para dar un ejemplo menos sujeto a la moda: antes de la guerra, en los lycées franceses donde me eduqué, era un tópico considerar a Virgilio como un imitador de Homero, recargado e insípido. Cualquier muchacho lo decía con calma convicción. Con el desastre, y con la rutina de la fuga y del exilio, esta opinión cambió radicalmente. Virgilio empezó a verse como el testigo más maduro, como el más necesario (la maliciosa lección de la Ilíada de Simone Weil y La muerte de Virgilio de Hermann Broch forman parte de esa revaluación). El tiempo, tanto el histórico como el de la vida personal, altera nuestra opinión sobre una obra o un repertorio artístico. Hay, perceptiblemente, una poesía de la juventud y una prosa de la madurez. Debido a que su fanfarria sobre el futuro dorado contrasta, irónicamente, con nuestra experiencia real, los románticos han quedado desfasados. El siglo XVI y el primer XVII, aunque su lenguaje suela ser remoto e intrincado, parecen estar más cerca de nuestro discurso. La crítica puede hacer que estos cambios originados en la necesidad sean fructíferos y lúcidos. Puede conjurar del pasado lo que el genio del presente necesita para su apoyo (la mejor prosa francesa del momento tiene tras de sí la fibra de Diderot). Y puede recordarnos que las alternativas de nuestro juicio no son ni axiomáticas ni de perdurable validez. El gran crítico sabrá intuir; escudriñará el horizonte y preparará el contexto para el reconocimiento futuro. A veces escucha el eco cuando se ha olvidado la voz o antes de que se haya oído. Fueron ellos los que sintieron, en los años veinte, que se acercaba el tiempo de Blake y de Kierkegaard, o los que atis barón, diez años después, la verdad general dentro de la pesadilla particular de Kafka. No se trata de escoger ganadores; se trata de saber que la obra de arte está en una relación compleja, provisional, con el tiempo.

Segundo, la crítica puede establecer vínculos. En una época en que la rapidez de la comunicación técnica sirve de hecho para ocultar tercas barreras ideológicas y políticas, el crítico puede actuar de intermediario y guardián. Parte de su cometido es constatar que un régimen político no puede imponer el olvido o la distorsión a la obra de un escritor, que la ceniza de los libros quemados se conserva y se descifra.

Así como trata de entablar el diálogo entre el pasado y el presente, del mismo modo el crítico procurará que se mantengan abiertas las líneas de contacto entre los idiomas. La crítica amplía y complica el mapa de la sensibilidad. Insiste en que la literatura no vive aislada sino dentro de una multiplicidad de contactos lingüísticos y nacionales. Se deleita en la afinidad y en el largo alcance del ejemplo. Sabe que las incitaciones de un talento o una obra poética superiores se desparraman de acuerdo con normas intrincadas de difusión. Trabaja a l’enseigne de Saint Jérôme, sabiendo que no hay equivalencias exactas entre idiomas sino sólo traiciones, pero que el intento de traducir es una necesidad constante si el poema ha de conseguir su plenitud de vida. Tanto el crítico como el traductor se esfuerzan por comunicar un descubrimiento.

En la práctica, esto significa que la literatura debe enseñarse e interpretarse de manera comparativa. Carecer de una familiaridad directa con la épica italiana cuando se juzga a Spenser, evaluar a Pope sin conocer a fondo a Boileau, considerar los hallazgos de la novela victoriana o de James sin tener en cuenta a Balzac, Stendhal, Flaubert, es una lectura superficial o falsa. El feudalismo académico es el que traza rígidas líneas divisorias entre el estudio del inglés y el de las lenguas modernas. ¿No es el inglés un idioma moderno, vulnerable y elástico, en todos los momentos de su historia, ante el empuje de los idiomas vernáculos europeos y de la tradición europea de la retórica y del género? Pero la cuestión va más allá de la disciplina académica. El crítico que afirma que un hombre sólo puede conocer bien un solo idioma, que la herencia poética nacional o la tradición novelística del terruño son las únicas válidas o supremas, está cerrando puertas donde debiera abrirlas, está estrechando las miras cuando debiera plantearse el sentido de una realización, grande y común. El chovinismo ha sido una peste en política; no tiene sitio dentro de la literatura. El crítico (y una vez más difiere en esto del escritor) no puede permanecer en su propia torre de marfil.

La tercera función de la crítica es la más importante. Se refiere al juicio de la literatura contemporánea. Hay una distinción entre contemporáneo e inmediato. Lo inmediato acosa al comentarista. Pero es evidente que el crítico tiene una responsabilidad especial ante el arte de su propia época. Debe preguntarse no sólo si tal arte constituye un adelanto o un refinamiento técnicos, si añade un giro estilístico o si juega astutamente con la sensibilidad del momento, sino también por lo que contribuye o lo que sustrae a las menguadas reservas de la inteligencia moral. ¿Qué medida del hombre propone esta obra? La cuestión no es fácil de plantear ni puede enunciarse con tacto infalible. Pero la nuestra no es una época corriente. Se esfuerza bajo la tensión de lo inhumano, experimentada en una escala de magnitud y de horror singulares; y no está lejos la posibilidad de la catástrofe. Sería extraordinario permitirse el lujo de guardar distancias, pero es imposible.

Esto nos llevaría, por ejemplo, a preguntarnos si la inteligencia de Tennessee Williams se está utilizando para proporcionarnos un sadismo chillón, SÍ el virtuosismo rococó de Salinger sustenta una opinión absurdamente comedida y enervante de la existencia humana. Nos llevaría a preguntarnos si la trivialidad del teatro de Camus y de todas sus novelas, salvo la primera, no denotan la insistente vaguedad, el ademán estatuario pero vacío de su pensamiento. Preguntar, no zaherir o censurar. La distinción tiene una inmensa importancia. La pregunta sólo puede ser fructífera cuando el acceso a la obra es totalmente libre, cuando el crítico aguarda con honradez la desavenencia y la contradicción. Además, la pregunta que el policía o el censor dirigen al escritor, el crítico se la formula sólo al libro.

A lo que me he estado encaminando todo el tiempo es a la noción de la capacidad literaria humana. En esa gran polémica con los muertos vivos que llamamos lectura, nuestro papel no es pasivo. Cuando es algo más que fantaseo o un apetito indiferente emanado del tedio, la lectura es un modo de acción. Conjuramos la presencia, la voz del libro. Le permitimos la entrada, aunque no sin cautela, a nuestra más honda intimidad. Un gran poema, una novela clásica nos asedian; asaltan y ocupan las fortalezas de nuestra conciencia. Ejercen un extraño, contundente señorío sobre nuestra imaginación y nuestros deseos, sobre nuestras ambiciones y nuestros sueños más secretos. Los hombres que queman libros saben lo que hacen. El artista es la fuerza incontrolable: ningún ojo occidental, después de Van Gogh, puede mirar un ciprés sin advertir en él el comienzo de la llamarada.

Así, y en una medida suprema, ocurre con la literatura. Alguien que haya leído el canto XXIV de la Ilíada —el encuentro nocturno de Príamo y Aquiles— o el capítulo en que Aliosha Karamazov se arrodilla ante las estrellas, que haya leído el capítulo XX de Montaigne ( Que philosopher c’est apprendre l’art de mourir ) y el empleo que de éste hace Hamlet y que no se inmute, cuya aprehensión de su propia vida permanezca inalterable, que de alguna manera sutil pero radical no mire de modo distinto el cuarto en que se mueve o al que llama a su puerta, éste ha leído sólo con la ceguera de la mirada física. ¿Pueden leerse Ana Karenina o a Proust sin experimenter una flaqueza o una dimensión nuevas en el centro mismo de nuestra sensibilidad sexual?

Leer bien significa arriesgarse a mucho. Es dejar vulnerable nuestra identidad, nuestra posesión de nosotros mismos. En las primeras etapas de la epilepsia se presenta un sueño característico; Dostoievski habla de él. De alguna forma nos sentimos liberados del propio cuerpo; al mirar hacia atrás, nos vemos y sentimos un terror súbito, enloquecedor; otra presencia está introduciéndose en nuestra persona y no hay camino de vuelta. Al sentir tal terror la mente ansia un brusco despertar. Así debería ser cuando tomamos en nuestras manos una gran obra de literatura o de filosofía, de imaginación o de doctrina. Puede llegar a poseernos tan completamente que, durante un tiempo, nos tengamos miedo, nos reconozcamos imperfectamente. Quien haya leído La metamorfosis de Kafka y pueda mirarse impávido al espejo será capaz, técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta.

Como la comunidad de valores tradicionales está hecha añicos, como las palabras mismas han sido retorcidas y rebajadas, como las formas clásicas de afirmación y de metáfora están cediendo el paso a modalidades complejas, de transición, hay que reconstruir el arte de la lectura, la verdadera capacidad literaria. La labor de la crítica literaria es ayudarnos a leer como seres humanos íntegros, mediante el ejemplo de la precisión, del pavor y del deleite. Comparada con el acto de creación, ésta es una tarea secundaria. Pero nunca ha representado tanto. Sin ella, es posible que la misma creación se hunda en el silencio.

 

 

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