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4 diciembre 2020 5 04 /12 /diciembre /2020 10:33

 

Hemingway no es un genio, es un buen novelista, lleno de brío y de una cierta poesía de lo épico y lo masculino. Sus novelas son de estilo directo, sencillo, nada intelectual o complejo. Adjetivaba poco, escribía unos diálogos con fuerza, contundentes, como los golpes y las fintas de un boxeador. Su ironía es descarada y no hay demasiado ingenio ni brillantez en su estilo, pero si una dinámica y salvaje humanidad, una plétora de emociones y sentimientos. Es una especie de Henry Miller sin las pretensiones intelectuales de éste, con una sincera pasión por la vida, el amor -no llega a la altura de Miller cuando más que de amor escribe de sexo- la bebida, la caza, el boxeo, el trabajo duro y la escritura como un continuo rito masculino de dominación y sumisión alternadas. Era una bestia literaria en el mejor sentido.

El libro que recomiendo nos ayuda a entender el mundo y la persona de Hemingway. Su fascinación por el mito del eterno masculino y la eficaz y sorprendente magnificación de su ego para componer una mixtura literario-popular-psicológica en la que se mezcla la vida real con los mitos que él mismo alimentó sobre su persona, su historia y sus libros. Su vida más oculta y tergiversada o manipulada, junto a la real, forman un conjunto que compondría por sí mismo una apasionante novela de una complejidad psiconeurótica extraordinaria. Pero no es alimento de terapeutas, es demasiado primario en el buen sentido de la palabra o quizá era un inocente salvaje, un personaje de Fitzgerald o incluso de Pérez Reverte (todavía me pregunto por qué mi viejo conocido no se ha sumergido en este escritor con una biografía novelada).

Les guste o no Hemingway (es un escritor que levanta pasiones opuestas con  gran facilidad)  lo cierto es que el libro  de su amigo en Italia (durante la I Guerra Mundial) Henry S. Villard y el ensayista James Nagel, es francamente indispensable para hacerse uno una idea más exacta de la personalidad de Hemingway y de las luces y sombras, exageraciones e hipérboles que la fantasía y la contradictoria vanidad del escritor (que podía convertirse en una humildad franciscana y una generosidad sin límites con quienes se acercaban a él) había tejido para su, digamos, "historia oficial" y la del "gran escritor norteamericano del siglo XX". Desde sus amores con la enfermera Agnes von Kurowsky (mayor que él, que sólo contaba con 19 años cuando marchó como voluntario de la Cruz Roja a las trincheras italianas frente a los alemanes del Káiser) hasta sus famosas y exageradas heridas de metralla de granada o de ametralladora, o el cariz de sus relaciones amorosas totalmente elevadas al romanticismo más juvenil posible y sus sueños de llegar a ser un gran periodista (no parecía a esa edad que se planteara ser escritor). Más adelante sus experiencias bélico-amorosas-aventureras en Italia le darían material para varios de sus primeros relatos cortos y, sobre todo, para su celebérrima "Adiós a las armas". La lectura de las memorias de Henry Villard en las que describe su vida en plena guerra como conductor de ambulancias (Hemingway no fue conductor como asegura en su novela, sino cantinero de primera linea) y su amistad con el escritor, el diario de Agnes y sus cartas a Hemingway, (incluida una decisiva y perdida hasta los años noventa en la que rompía su relación con el futuro Nobel), las pocas cartas de éste que se han conservado de la misma época y un excelente ensayo de Nagel de unas 100 páginas sobre las investigaciones y documentación relacionadas con la estancia del escritor en Italia durante la I Gran Guerra, integran este volumen esclarecedor. Sugiero al lector interesado que lo complemente  con el breve y excelente libro de la periodista de New Yorker, Lillian Ross, "Retrato de Hemingway", para redondear la información que se desee tener sobre la vida y obra de ese escritor y de su compleja personalidad. Les aseguro que vale la pena. Sin duda es uno de los más brillantes retratos del escritor, realizado por una maestra del periodismo de la entrevista y los perfiles biográficos. Tiene un estilo fascinante, agudo y de una rara profundidad psicológica. Describe dos días vividos en Nueva York con Hemingway y su esposa Mary. Fue un "retrato" que causó mucha polémica, más debido a la personalidad compleja del escritor que a las descripciones absolutamente fieles y discretas de Ross. Su amistad con el escritor duró hasta la muerte de este (es una de las pocas comentaristas de la vida de este autor que considera que su muerte no fue un suicidio sino un accidente: muestra de su fidelidad). Me gustó la frase que dedica el estilo literario de Hemingway: "En su escritura descubrí la sencillez, y la claridad, y la belleza de la prosa desnuda. Leyendo sus novelas aprendí a escribir basándome en los hechos".

Por cierto, aviso a los cinéfilos: en los 90, el magnífico director británico Richard Attenborough dirigió una película, "En el amor y en la guerra", con Chris O´Donell en el papel de un descafeinado Hemingway y Sandra Bullock dándole una buena réplica como Agnes.

FICHAS

HEMINGWAY EN EL AMOR Y EN LA GUERRA.- Henry S.Villard y James Nagel.-Trad. Antonia Menini.- Ediciones B.-420 págs.

RETRATO DE HEMINGWAY.. Lillian Ross.- Trad. Jesús Pardo.-Muchnik Editores. 94 págs.

 

 

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27 noviembre 2020 5 27 /11 /noviembre /2020 08:36

POLÍTICA VERSUS EDUCACIÓN

La ley Celáa no viene de celo. De celo educativo, menos aún. Podría provenir de re-celo, que es de uso político. No es la norma “castigapatrias” que vocean algunos, pero tampoco es oportuna en estos momentos de pesadumbre e inseguridad. Es una ley precipitada que ha enardecido los ánimos de la derecha, patronales y sindicatos. No porque la Ley sea totalmente rechazable. No es peor que la Lomce de Wert que fue aprobada solo por el PP. La Lomloe ha sido aprobada de forma más plural, aunque es evidente su ideario progresista. El problema, tan reiterativo, es que no hay un debate sereno y un análisis crítico serio de la ley, sino unas reacciones emocionales y de sesgo económico-político que difunden falsedades y manipulaciones: desde que el castellano corre peligro de extinción (principalmente en Cataluña) a que se atenta contra la libertad de elección educativa por limitar la financiación pública a la escuela concertada, como que se sacrifica la asignatura de religión y se arrasa con las escuelas de educación especial para llevar a todos los chicos con necesidades especiales a ser incluidos en las aulas generales. Tal como se denuncia nada de esto es cierto.

Seguimos negándonos –también en educación, no sólo en sanidad—a aplicar el buen juicio, el sentido común y la mesura y cautela en el análisis de lo que nos disgusta. Llevamos, señores, ocho leyes de educación desde 1970. A cual más discutible e inoportuna, pero sobre todo  sesgadas políticamente por el que manda –todos los partidos quieren dejar su “cagadita” en la triste historia educativa del país-  e ignorando la escasa efectividad de las anteriores. Con la educación, señores, no se juega. No es una pieza de intercambio y mercadeo como lo han sido los presupuestos.

¿Creen que todo se reduce a minimizar al castellano y blindar el catalán? ¿O liquidar las escuelas concertadas y las aulas de educación especial?  No simplifiquen tanto, lean la ley e infórmense. Dense cuenta del paralelismo existente entre la supuesta ley “educativa”, el autismo emocional de una parte del Ejecutivo y el oportunismo pseudo izquierdista de la otra, los dislates de la derecha y los separatismos, las broncas vergonzantes de la política profesional al margen de las verdaderas necesidades del ciudadano, la que nos cae vía pandemia entre indecisiones y negacionismos, la ruina económico-laboral y por doquier, la falta de un consenso de Estado en las cuestiones esenciales y tantas otras vergüenzas, aderezadas por bulos, falacias e hipérboles difundidas por la Red.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 noviembre 2020 5 06 /11 /noviembre /2020 09:11

Era un adolescente cuando Alberto Camus murió en un accidente lleno de suposiciones e incógnitas, profundamente sospechoso. Mi padre me dijo con una nota de tristeza en la voz: "A tí que tanto te gusta leer deberías intentar leer algo de Albert Camus. Acaba de morir. Pásate luego por la librería y le dices que te den un libro de él, a poder ser "La peste". Que lo pongan en mi cuenta. Está en francés, claro. Pero tu lo lees bastante bien. Si tienes alguna duda me preguntas o miras en el diccionario. Te impresionará". Desde entonces Camus me ha acompañado toda la vida. Años más tarde en la Facultad de Derecho había dos grupos rivales: los que apoyaban las  tesis políticas de Sartre y los que apoyábamos las de Camus. Había una profunda enemistad entre ambos grupos. Los de Sartre se consideraban de extrema izquierda y los de Camus eramos humanistas y dábamos más importancia a ciertos valores éticos e intelectuales que a la disciplina de un partido político supuestamente salvador de un mundo ahogado por el capitalismo. Todo era mucho más simple, sin duda erróneo en ambos planteamientos, pero estaba en general infinitamente más claro que las actuales confusiones. En todo eso he pensado cuando he releído la novela de Berta Vias y me he decidido a contárselo a ustedes. 

"No hay nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más estúpido que morir en un accidente de coche". Lo había escrito Albert Camus. Y lo repite Berta Vias Mahou, una escritora madrileña de 50 años, traductora y narradora, en su última novela "Venían a buscarlo a él", en la que logra comunicarnos la angustia, la soledad y la honestidad de ese escritor francés, premio Nobel, de pasado argelino, una de las más conocidas víctimas del desastre de la guerra de Argelia.

El 4 de enero de 1960 Albert Camus perdía la vida en un absurdo "accidente" de automóvil, en una carretera secundaria comarcal entre Sens y Fontainebleau. Berta Vias logra a través de una recreación literaria basada  en pasajes de la obra póstuma  de Camus "El primer hombre" y en retazos y citas oportunas de otras de sus obras, conferir una autenticidad y coherencia a su narración, que rebasa el puro andiamaje novelesco.

Compartimos ese último periodo de la vida de Camus a través de un juego de espejos en el que Jacques, el trasunto de A.C. (protagonista precisamente de la novela póstuma citada), vive la turbulenta historia de amenazas y horrores que rodea el doble terrorismo francés y argelino, un goteo inmisericorde de atentados, asesinatos y matanzas, en un contexto internacional en el que las fronteras del racionalismo y la ceguera política se entremezclan, con una izquierda incapaz de aceptar la sensatez y el pacifismo de buena ley que destila la persona y el pensamiento de Camus. Somos testigos del enfrentamiento con Sartre desde la óptica del escritor mártir, demonizado por el duro y alicorto "establishment" intelectual de la época. Y se nos comunica con inquietante efectividad el clima de desasosiego, temor y rectitud en el que vive Camus hasta su muerte, apresuradamente orquestada y manipulada por las autoridades francesas, por todas las elites políticas e intelectuales en el poder.

Con una versatilidad a veces desconcertante Berta Vias juega con los diferentes narradores y alterna las personas del narrador, incluso en el mismo capítulo, acercándonos a las figuras claves del drama: el joven argelino de madre española que es testigo indirecto de la presencia y el objetivo de los asesinos, las figuras de éstos y su trayectoria bajo el control de la FLN, el juego disparatado de intereses encontrados que decidirán la muerte de Camus y el entorno del escritor donde se introduce también la tercera columna de los que facilitan el camino a los asesinos. Dominándolo todo la presencia de Jacques-Albert, sus jornadas de escritura, sus recuerdos, algunas vivencias y relaciones que ensamblan un relato apasionante y angustioso. Desde las jornadas de sol y mar de su Argelia infantil hasta la vida en un cada vez más agobiante París que le niega el pan y la sal a causa de su enfrentamiento y coherencia en la debacle del fin del colonialismo francés.

¿Cuál podía ser la suerte de un hombre que se atreve a aspirar a una "tercera vía" en el horror argelino, empuñando las banderas de la paz, el entendimiento de los hombres y el respeto a las diferencias raciales? Una vez más es el inocente, la víctima propiciatoria de todas las partes del problema, enfangadas en la defensa a ultranza de intereses bastardos. Berta nos habla permanentemente del miedo de Camus ante los fantasmas del odio y la intolerancia. Y uno acaba por aceptar la apuesta de la autora: en ese contexto la muerte de Camus es la catarsis necesaria para el cumplimiento del horror en toda su absurda vaciedad de humanidad. Se configura como una "crónica de una muerte anunciada", con la temible exactitud trágica de un sacrificio laico a los dioses: el del inocente, odiado por igual por todas las partes en conflicto.

Se trata de  una excelente novela y un trabajo serio e imaginativo de recreación e interpretación de los hechos de la vida de un gran hombre.

 

FICHA. "Venían a buscarlo a él", Berta Vias Mahou.- Ed. Acantilado, Barcelona 2010. 227 páginas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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2 octubre 2020 5 02 /10 /octubre /2020 11:49

(Texto publicado el 021020 en La Comarca)

Las “marabuntas” son agresivas colonias de hormigas depredadoras existentes en algunos países de África y en Sudamérica. Les llaman hormigas guerreras o legionarias y arrasan territorios enteros, devastando la pequeña fauna y la vegetación por donde pasan, en columnas de 20 metros de ancho por 200 metros de largo. En los años 50 se hizo popular una película norteamericana dirigida por  Byron Haskin y protagonizada por Charlton Heston y Eleanor Parker. Es España se tituló “Cuando ruge la marabunta” (“The naked jungle”, “La selva desnuda” en inglés) en la que la marabunta se convertía en un exagerado flagelo letal incluso para grandes mamíferos y personas.

Ustedes me permitirán la broma, también exagerada, de comparar las tropelías devastadoras de la marabunta con ciertas actitudes, abusos, excesos, incivismo, mala educación o simples gamberradas -seguramente etílicas o anfetamínicas- del tropel veraniego que ha invadido nuestros pueblos, impulsados por las circunstancias (encabezadas por el Covid y en contra de las recomendaciones de las autoridades de las provincias de origen de los turistas).

Las últimas fiestas y “puentes” han sido un triunfo de la necesidad de desplazamiento tras la reclusión, inconsciencia y covidiotismo de cientos  de miles de personas que se han expandido por el mundo rural y el de montaña hasta límites notables incluso comparándolos con tiempos de normalidad sanitaria y económica. Entendámonos: creemos firmemente en el derecho de los ciudadanos a buscarse sus momentos de diversión, deporte, nomadismo, relajación o socialización fuera de su lugar habitual. Con dificultades para salir a otros países más exóticos y con el añadido de las penurias económicas, la gente ha decidido hormiguear por lugares más o menos cercanos, más económicos y poco poblados (hasta que llegaron ellos, naturalmente). Los aborígenes rurales y montañeses, encantados de entrada (algunos). Las pernoctaciones y alquileres o casas rurales han estado a tope. Los bares y restaurantes hicieron su agosto en setiembre. Los senderos superpoblados y arrasados por motos y bicis de montaña y ristras de mochileros protestando de tanta rueda y ruido. Las cumbres modestas y las más orgullosas han sufrido hasta colas de espera (vi una foto descorazonadora de la cruz del Aneto a rebosar de “selfies” y posados grupales).

Por las noches, hasta en los pueblos más pequeños y a pesar de las órdenes de alejamientos y mascarillas en vigor, los botellones, francachelas y escandaleras han estado en plena vigencia transgresora. Botellas vacías (y rotas), vasos de plásticos y otros residuos han constituido la pesadilla y el rosario de malas palabras de los pobres peones y alguaciles de los Ayuntamientos. Moblaje urbano destrozado, pintadas de lo más “divertido”, automóviles aparcados a la buena de Dios, vomiteras en algunas esquinas, gritos estentóreos en la noche donde sólo se escuchaba algún búho o lechuza, cantos “patrióticos” o coplas libidinosas durante la “sana” diversión nocturna importada.

Me dirán ustedes que eso no ha sido la tónica general. Que muchos de los que han buscado refugio estival en los pueblos son personas que tienen en ellos su segunda residencia, otros son amigos o familiares de los propios lugareños. En fin, que exagero un montón. ¿De veras? Den un repasito a los periódicos locales, comarcales o provinciales. Aún así, admitamos que la cosa no ha sido tan grave y que ha compensado un poco el desbarajuste económico del confinamiento. Muy bien. A cambio déjenme hacerles una propuesta discreta: Convengamos que el Aragón vaciado no es un cubo de residuos donde puede venir quien quiera a cambiar sus óbolos turísticos por cosas inconvenientes que nos afectan y desmerecen nuestro territorio. Lo que no se tolera –o se multa- en las ciudades, en nuestros pueblos queda impune. Como dijo en un semanario de la comarca un destacado político amigo mío: “si masificamos el territorio, deterioraremos los espacios y degradaremos nuestras pequeñas joyas”. ¿Por qué no regalamos  a los visitantes ocasionales o “residentes” un decálogo de buena vecindad, de educación cívica, en el que les rogamos que nos ayuden a conservar, mantener y mejorar los lugares y monumentos naturales que vienen a admirar y respeten a los que vivimos todo el año aquí y trabajamos para hacer esa labor y, en consecuencia volverles más fructífera su estancia?  ¿Es mucho pedir? ¿O prefieren dejar nuestro Aragón milenario convertido en un páramo arrasado como por el paso de la marabunta?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 septiembre 2020 7 13 /09 /septiembre /2020 09:14

"La edad de la penumbra" de Catherine Nixey, historiadora dedicada al periodismo de divulgación, es una obra que sintoniza perfectamente con la actual situación dentro de la cultura dominante en la que los fenómenos religiosos -no los espirituales- han tomado un sesgo ligeramente anacrónico para una parte de la población, aunque sigue candente en religiones como el mahometismo y el budismo. Con el cristianismo, y salvo en lugares y entornos muy determinados, el decaimiento de fervor y práctica ha provocado la aparición de una historiografía  crítica que ha cuestionado no sólo la perdurabilidad -exceptuando siempre a un núcleo duro inamovible entre el fanatismo y la buena fe- sino también la legitimidad de estas creencias. Aunque ya hemos tratado en estas páginas diversos ejemplos de estudios de considerable solvencia sobre esta deriva iconoclasta y desmitificadora de la historia de las religiones, el libro de Nixey pega un buen varapalo al cristianismo con cierto redentismo provocador, no exento de humor. Lo cierto es que el sarcasmo de la autora tiene un efecto dinamizante en el lector que, si ha  seguido mi propuesta de lectura en otras ocasiones de libros semejantes, apreciará sus concomitancias a pesar de los estilos totalmente diferentes.

"La edad de la penumbra" es muy incisivo en sus conclusiones y ha provocado protestas públicas de la Iglesia ante alguno de sus comentarios e informaciones. Pero, prescindiendo de las críticas institucionales, las imágenes que nos brinda la autora de la forma de vida de los cristianos de los siglos anteriores al reconocimiento del cristianismo como "religión oficial" del Imperio romano, desmiente toda la iconografía tan cara a esta religión -de origen romano, por excelencia- cuyo poder llegaría a alcanzar nuestro siglo y tiene visos de seguir, aunque en cierta forma "tocada" por una forma de vivir absolutamente distinta a la de todos los pasados siglos de su "era".

La semejanza entre los actos de barbarie y vandalismo de los cristianos del siglo IV d.C., cuando se habían hecho suficientemente fuertes y temidos por su fanatismo sin compasión, con los los barbudos sanguinarios del tristemente famoso Estado islámico, es algo más que una curiosidad. Es un síntoma, 17 siglos más tarde. ¿Hay alguien que defienda la evolución emocional del ser humano; su comprensión y respeto por otras creencias, en esta presunta época del "fin de las creencias"? Esperemos que el "triunfo de la Cristiandad" que tanta sangre, injusticias, barbarie y destrucción provocó durante siglos (hasta hace dos días y continúa en algunos lugares) no sea el espejo de actuación de los islamistas feroces parapetados más en el odio a otras creencias que en el estudio, puesta  al día, comprensión y perfeccionamiento de la propia.

Tanto los cristianos de entonces y duraderamente, cuenta Nixey, como los islamistas de ahora, buscan no un reconocimiento y respeto del contrario sino la "total subyugación de éste" a sus principios. Y para lograrlo no hay exceso violento que no ejerzan y patrocinen. Hoy se dinamitan estatuas gigantescas de Buda o se queman iglesias o asesinan a sacerdotes y fieles; en el siglo IV y V dC, se destruyó casi totalmente la hermosa y fructífera filosofía grecolatina y las manifestaciones escultóricas o arquitectónicas de aquellos antiquísimos cultos y creencias.

Lo que nos inquieta más del libro de Nixey es su aseveración documentada de que grandes hombres de aquellos tiempos, como San Agustín, apoyaba "la extirpación de toda superstición de paganos y gentiles" de la forma más radical posible. Otros "santos" como el francés Martin o el egipcio Teófilo o el italiano Benito dieron muestra de su "santidad" en su particular guerra sin piedad contra las personas y los lugares que habían sido conocidos por su espiritualidad "no cristiana". ¿Dónde está la madurez intelectual de tantos filósofos de raíz cristiana que, incluso en nuestra época, no cuestionan ni rechazan el oscurantismo provocador de aquellos pensadores?

Como con mucho sentido del humor e ironía nos cuenta la autora, "los ataques no se detenían en la cultura. Todo, desde la comida que se ponía en el plato (que debía ser sencilla y sin especias) hasta lo que se hacía en la cama (que debía ser igualmente sobrio y sin especiar) empezaba, por primera vez, a quedar bajo el control de la religión". Y sin embargo, lejos de esos grupos y cabecillas "santificados", las personas del común, corrientes, que trataban de sobrevivir, se limitaban a incorporar al dios cristiano al abundante panteón de divinidades paganas. Situación que sin embargo duró poco, ya que después de Constantino, cuando los sacerdotes de la "verdadera fe" comenzaron a controlar algunos resortes del estado, el político y el militar, los templos paganos -y sus sacerdotes- fueron destruidos unos y asesinados otros por todo el Imperio y aledaños.

La misma o parecida suerte corrió la filosofía y los últimos filósofos de las escuelas platónica (la Academia) y neoplatónica, aparte de las escuelas no asimilables al cristianismo (el platonismo fue manipulado a favor de lo permitido y también el estoicismo en alguna medida) pero el cinismo, el escepticismo y el epicureísmo fueron devastados. Las hogueras con libros prohibidos no las inventó Hitler o los islamistas, la inventaron los cristianos. Y también inventaron los palimpsestos -manuscritos sobre los que se escribían nuevos textos.  "Se ha descubierto que Agustín sobrescribió el último ejemplar de 'Sobre la República' de Cicerón para anotar encima sus comentarios de los 'Salmos'. Una obra biográfica de Séneca desapareció bajo otro 'Antiguo Testamento' más. Un códice con las 'Historias' de Salustio se raspó para dar lugar a más escritos de San Jerónimo.... Sólo un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió a los siglos. El 99 por ciento fue destruído".

Y sugiere la autora, los cristianos del medievo y épocas posteriores modificaron la historia del recibimiento del triunfo del cristianismo en pueblos y aldeas. Fue una de las muchas "fake news" que pasaron a ser consideradas verdades dignas de figurar en los libros de historia y en la enseñanza a los niños y en las Universidades: se eliminó la memoria de que existió una fuerte y duradera oposición a dicha victoria. "El cristianismo contó a las generaciones posteriores que su victoria sobre el viejo mundo fue celebrada por todos, y las siguientes generaciones lo creyeron". Por ello el "triunfo" del cristianismo fue considerado durante los siglos posteriores como un milagro más de la "religión verdadera" y precisamente en ese dato estriba la totalidad y completud del triunfo cristiano.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

LA EDAD DE LA PENUMBRA.- Catherine Nixey.- Trad. Ramón González.- 317 págs.

 

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23 agosto 2020 7 23 /08 /agosto /2020 09:02

Siempre me he sentido atraído por Spinoza, deslumbrado con su pensamiento, intrigado por su vida y perplejo por  las dificultades inherentes a su lectura. Como Sócrates, Montaigne, Russell, Wittgenstein, Epicuro o Pirrón pertenece al grupo no muy amplio de filósofos vitalistas, es decir, aquellos que viven la filosofía como una forma o estilo de vida. Y al más reducido círculo de los que pagaron con persecuciones, acosos sociales o religiosos, ataques físicos e incluso la tortura y la muerte, la coherencia existencial con sus ideas. Nació en Amsterdam en 1632,  hijo de padres judíos de origen portugués y español. Fue temprano lector de Lucrecio, Hobbes, Cervantes, Quevedo, Góngora y Giordano Bruno.  Toda su filosofía es una meditación sobre Dios, pero no de un Dios trascendente como en las tres religiones monoteístas sino de un Dios que es, en sí mismo. tiempo, materia y espíritu. Semejante idea le valió el anatema total y la expulsión de la Sinagoga y de la fe judía y con el tiempo (mal interpretado y menos entendido) se le calificó de uno de los primeros ateos de la historia. Murió joven, 44 años, y rechazado por su comunidad, a causa de una enfermedad pulmonar, tisis, provocada por el polvo que inhalaba debido a su oficio de pulidor de lentes.

De su filosofía, principalmente su "Etica" ("Demostrada según el orden geométrico") o su "Tratado teológico político", han surgido muchas de las reflexiones que me han facilitado la vida y agudizado el entendimiento en asuntos religiosos, morales, políticos o históricos. Aparte de inspirarme cierta alegría de vivir, amor a la Naturaleza y ética personal que han guiado mi vida en momentos delicados y en los asuntos cotidianos. Su norma existencial "Caute!" (cautela en el pensar, el hablar y el actuar) me ha librado de buenos líos a través de los años. De todas formas incido en mi observación al principio de este texto: es de lectura dificultosa. Precisamente por eso, libros como el que hoy les recomiendo, "Spinoza y el libro de la vida" de Steven B. Smith (profesor de ciencia política en la Universidad de Yale), junto a "En busca de Spinoza" de Antonio Damasio (uno de los neurólogos más conocidos y respetados, norteamericano de origen portugués) nos ilustrarán de manera muy eficaz en la importancia de la obra de Spinoza en la historia de la Filosofía y las influencias que su pensamiento tuvo en los más grandes filósofos del siglo XX y del actual.

Es uno de los más citados pensadores en todos los que luchamos por la libertad de pensamiento, la hegemonía de la razón, la igualdad y la solidaridad humana por encima de razas y nacionalidades, en busca de la convivencia pacífica y el progreso sostenible y ecológico. Seguidor de las ideas estoicas greco-romanas. Spinoza cultivó una austeridad y una sencillez ejemplares en su vida y un estado de bienestar mental y alegría. Opinaba que el amor al conocimiento, al arte y a la vida y la contemplación en la Naturaleza, eran en sí mismas las vías para alcanzar la sabiduría.

Spinoza sostiene, según un comentarista al que cito por su claridad expositiva pero del que, lamentablemente no conozco el nombre, que "Dios es lo uno y lo múltiple. Para conocerlo, solo tenemos que observar y estudiar la totalidad de la que formamos parte. Dios no está en lo alto, sino en el aquí y ahora. En la filosofía de Spinoza no hay ninguna concesión a la trascendencia. Dios no es lo que está más allá, sino la red infinita que nos envuelve. Al señalar la extensión como atributo infinito de Dios, Spinoza impugna la idea bíblica de la creación, donde la materia solo es una herramienta o sustrato, no algo divino. El hombre participa del conatus o impulso por perseverar en la existencia común a todos los seres vivos. Esa es su “chispa divina”, no la quimérica humanidad de Dios. El alma del hombre solo es una idea, la conciencia reflexiva de su realidad corporal. Para Spinoza la virtud es obrar bajo la luz de la razón, con una comprensión adecuada de las cosas, intentando no ser objetos pasivos de las circunstancias y las emociones. La virtud nos hace obrar bien y no hay mayor felicidad... ya que el sabio contempla el universo “sub specie aeternitatis”, es decir, como un todo regulado por la razón y la necesidad." Un hombre libre reserva su sabiduría para meditar sobre la vida, no sobre el morir. Arrepentirse es un gesto estéril. El que lo hace es “doblemente miserable e impotente”. Hay que abstenerse de condenar. Lo esencial es comprender, especialmente nuestros propios errores, y saber que “no queremos, apetecemos, ni deseamos algo porque lo juzgamos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo queremos, apetecemos y deseamos”.

Como dice  Steven B. Smith, Spinoza "nos enseña a abrazar el mundo, más bien que a huir de él; a mirar la libertad como una bendición, más que como a una desgracia: a encontrar placer en esas cosas que tienden a incrementar nuestra sensación de poder y capacidad de actuación. Su pureza y osadía como pensador provocó que por razones religiosas no fuera reivindicado como filósofo hasta fines del siglo  XVIII y principio del XIX por los idealistas alemanes (Goethe y Novalis entre ellos) que rechazaron su presunto ateísmo para paradójica y más justamente calificarlo como el "filósofo ebrio de Dios".De su actualidad y por tanto la pertinencia de dedicar un tiempo gratificante a leer los dos libros que recomiendo habla el hecho de que Spinoza fue el profeta de una doctrina absolutamente presente: la defensa de la individualidad, la creatividad y la celebración de la vida como libertad. Y el repudio de todo o que mutila, mortifica o denigra la libertad, la solidaridad y la vida.

FICHAS

SPINOZA Y EL LIBRO DE LA VIDA.- Steven B. Smith.- Trad. Juan Manuel Forte.- Ed. Biblioteca Nueva- 260 págs.

EN BUSCA DE SPINOZA.-Antonio Damasio.-Trad. Joandomenec Ros.- Ed. Crítica.-334 págs.

 

 

 

 

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21 agosto 2020 5 21 /08 /agosto /2020 15:38

La lectura del reciente libro de Maxime Rovere, "Qué hacemos con los idiotas" (del que les hablaré otro día) me ha recordado tres joyitas clásicas que disfruté en su día, "El encomio de la estulticia" más conocido por "Elogio de la locura" del gran Erasmo, un librito del filósofo francés André Glucksmann "La estupidez, ideologías del postmodernismo" (año 1988, editado por Península) del que les hablaré otro día y un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana" que también les comento. 

Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se podría encontrar una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y de todos los tiempos. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea  cuando no se sabe qué es la razón  ni tampoco la importancia o función e incluso la existencia de ese "lo que sea", (es una creación mental realizada por las carencias y complejos del ego del idiota), no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres del transcurso de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviéndolos a todos con un manto tan invisible y letal como ella, la estupidez. Etimológicamente, el término viene del latín stupor que se refiere al efecto de pasmo que puede producir algo en quien lo contempla; literalmente el quedarse sin habla. Estupefacto y atónito, el estúpido es tonto porque así lo decide. Ante el asombro que le provoca algo,  otra persona, una frase que no entiende, un acto que decide rechazar sin saber porqué,  permanece rígido, “estólido” y de inmediato reacciona de manera absurda e inapropiada.

Para que comprendan lo grave que es esto, les cito "in extenso", tres de las leyes que rigen el idiotismo, según Carlo Cipolla y lo convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana»: a) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; b) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; c) las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas.

Mientras uno se mantiene en su "torre de marfil" (ventajas de la jubilación), leyendo a los clásicos y acompañándose con Sócrates, Epicuro, Pirron, Montaigne, Séneca, Marco Aurelio., Wittgenstein, Russell, Nietzsche, Voltaire o Schopenhauer, el mundo cotidiano se desenvuelve con amabilidad e inteligencia. Pero, ay, eso es un espejismo. Si sales de tu biblioteca y de tu hogar, en cualquier lugar, a cualquier hora, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con un idiota. Y el mundo perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura algo que hace que tu propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entras en una situación en la que tu ansia de comprender lo que ocurre, lo que te dice el idiota o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible, anula tu capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio te escuchas tratando de balbucear en su propia lengua y a plegarte a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota eres tú. No importa que lo que tratas de hacer le beneficie directa o indirectamente, el idiota tratará de obstaculizarte y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas,  tu afabilidad con violencia y tu busca del bien común la ridiculizará aunque con ello dañe su propio interés individual". Por ello el refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer  que en la historia, los siglos van pasando parecidos unos a otros en dos elementos comunes e  inmemoriales: la maldad (o crueldad)  y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "el ser verdaderamente estúpido no es sino aquel que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, quien se queda pasmado ante su inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien viaja con la inercia de su propio pensamiento sin contemplar el del resto". Y tiene un peligro evidente: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. Por eso lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y allí llegamos a una constatación: Todos tenemos momentos de mayor o menor duración es que somos irremediablemente idiotas. Es más una situación, una circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión para no sentar plaza de estúpido es darse cuenta de cuando uno lo es y tras analizar los hechos y las actitudes,  hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones. Y seguir el consejo de Sócrates: "conoce al imbécil que hay en tí"

En el próximo artículo entraremos en harina y veremos el interesante y arrasador análisis de la estupidez como fenómeno mundial, humano, político, existencial, lógico y, como corolario, el porvenir de la estupidez y la defensa del intelectual (según Glucksmann).

FICHA

LAS  LEYES FUNDAMENTALES DE LA  ESTUPIDEZ HUMANA.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

 

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4 agosto 2020 2 04 /08 /agosto /2020 09:36

En el capítulo 16, versículo 16 del libro bíblico del "Apocalipsis" se nos anuncia el "fin de los tiempos" o del mundo que conocemos debido a guerras, catástrofes de todo tipo o plagas. Ese mito destructivo se ha evocado muchas veces en momentos puntuales de la historia, en épocas en los que las religiones  hegemónicas se disputaban el poder  contra monarcas autoritarios y  las identificaciones de los "malos"  dependía de cualquiera de las tres religiones monoteístas , cristianos, judíos y musulmanes. En nombre de esta amenaza global se han cometido las mayores barbaries, pero nunca ha llegado el fin del mundo. Eso no depende de nuestros actos como "los bichos más dañinos de la Naturaleza" (así nos llamaba Jonathan Swift; sí, el autor de "Gulliver") pero lo cierto es que podemos ayudar mucho y eficazmente, no a que llegue el fin del mundo, pero sí el exterminio del género humano. Lo cual sería una suerte para el planeta y los demás seres vivientes. Y una lamentable pérdida para la cultura y el arte, pero esos son bienes bastante devaluados.

Asumiendo el hecho de que hablamos de un libro "sagrado" y que eso lo convierte en asunto de creyentes y evidentemente  en una cuestión literaria y de fe y no en una hipótesis científica razonable, usamos el término "armagedón" de una forma simbólica, un tropo.  Nuestra existencia bajo el signo atroz de esta pandemia nos ha convertido en el escenario distópico de la mejor obra de ficción catastrofista que se ha escrito jamás, precisamente por su condición empírica mensurable y su imprevisibilidad pre y post factual. 

¿Podríamos justificar el uso de "Armagedón" para definir una situación como la presente, en la que se dan  elementos como éstos (sin aspirar a ser exhaustivos)?: a) falta de un liderazgo mundial y un exceso de líderes populistas y potencialmente destructivos a favor de fronteras y uso de la fuerza; b) no existe una información clara, unificada, fiable, eficaz, científica y real sobre la pandemia, sus efectos y la forma de luchar contra ella; c) respuesta popular: pesimismo, nihilismo, negacionismo, paranoia conspirativa servida por la Red, fake news interesadas y una incertidumbre creciente sobre las vacunas alimentada por grupúsculos marginales y el mimetismo gregario de los internautas; d)falta global de pensamiento crítico, la gente no piensa lo que cree; convencen los que hiper gesticulan y vociferan simplezas; e) la crisis económica no es una entelequia: es real y desorbitada y pocos gobiernos saben cómo afrontarla; f) la inconsciencia y falta de responsabilidad de líderes y pseudo políticos que persisten en sus "guerras particulares"  (por muy legítimas que sean) en lugar de hacer piña en lo que ahora importa... y se podría seguir hasta acabar con el abecedario..

 

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30 julio 2020 4 30 /07 /julio /2020 11:39

Ya en el siglo XXI las protestas feministas comenzaron a tomar una curiosa imagen simbólica, vagamente aterradora: la televisión había entrado a saco en la novela distópica de Margaret Atwood "El cuento de la criada" y nos había mostrado una civilización en la que las mujeres estaban reducidas a instrumentos y despojadas de cualquier referencia humana que no fuera su sexo y los limitados pero contundentes  usos que sus cuerpos ofrecían. Las feministas aparecían vestidas con amplios sayales rojos y en la cabeza una especie de toca monjil blanca con alas amplias. Así las describía  la novela y las mostraba la serie.

Lo que los aficionados a la ciencia ficción clásica sabíamos es que la  escritora canadiense describía en clave sus  sensaciones y proyecciones imaginativas ante el horror social y político de la Rusia posterior a Stalin pero igualmente sofocante que podía vislumbrar desde su refugio literario en Berlin occidental y sus visitas a otros países tras el Telón de Acero. Como Orwell y como Huxley y otros clásicos, la Atwood puso en su enfoque los regímenes totalitarios de la clase o ideología que fuesen, pues todos tienen un punto en común: el desprecio total hacia la dignidad del ser humano, por encima de sexo, color, raza o nación.  Y en el caso del "Cuento" de la mujer, reducida a la condición de "hembra fértil".

Lo más angustioso de la novela es la sensación que te va creando de posibilidad. "Eso aquí, en este país, en esta época, no puede pasar" nos decimos. Pero nos equivocamos. Como ha ocurrido con el Covid, todo puede  pasar y las reacciones humanas suelen ser lamentables por lo desastrosamente previsibles. La República de Gilead es una reedición del puritanismo norteamericano del siglo XVII que, cuando Atwood escribía su novela, en 1984, parecía imposible de reeditar...Imagínense con Trump en el poder una legislatura más.

La maestría de la autora es visible aunque sutil. Empieza por negar los datos habituales al lector. Este entra de golpe en la narración y vive en primera persona una existencia que parece una pesadilla, en un país que poco a poco va intuyendo y en una época post apocalíptica de la que no se nos fan detalles. Es la cultura sobreviviente a un acontecimiento que ha cambiado brutalmente la historia conocida. Fanatismo religioso, moral del poder, el abuso y la utilidad. Necesidad de reproducción humana pues el Horror ha dejada diezmada a la población. Como suele ocurrir eso supone la instauración de la dictadura total y la reproducción fiel de los niveles sociales. El poder y la riqueza a un lado, en medio la fuerza física, los vigilantes y el resto, el pueblo base, los que trabajan,  los explotados. Entre ellos una fracción aún más ruinmente explotada: las mujeres fértiles (los índices de fertilidad del país cayeron en picado debido a la contaminación: otro de los aciertos de Atwood que casi pronostica las apariciones de pandemias).

Criadas, tías (con su vestimenta marrón) esposas (vestidas de virginal azul, ya que son estériles) o las marthas, enmascaradas en un verde pálido, limpian y cocinan para los que mandan y para mayor sadismo puritano masculino las no-mujeres y econoesposas, las primeras de pasado pecaminoso que han sido torturadas y desterradas del país y las segundas, con trajes a franjas, son las mujeres de hombres pobres destinadas  a servicios de bajo nivel. Es el universo femenino de la República. El masculino tiene sus funciones limitadas oor el poder y la actividad, desde los comandantes, vestidos de negro, los que detentan el poder supremo, los ángeles, servidores operativos y burocráticos, los guardianes, matones y cuidadores del orden público y los "ojos de Dios" una especie de servicio secreto y de espionaje que vela, como la Inquisición, por eliminar a los "infieles".

La lectura de esta absorbente novela nos devuelve a una sensación que el Covid ha elevado a la categoría de convicción: la de la fragilidad y vulnerabilidad del ser humano. Y también algo aún más inquietante: la falta de solidaridad y cooperación entre las personas, que es la causa de que se instauren regímenes totalitarios que degradan a la mayor parte de la población pero permiten vivir con privilegios más o menos progresivos a otra parte de esos ciudadanos, con la excusa de una ideología o una creencia (políticas, raciales o religiosas) que los convierte en el bloque elegido por el poder para poder perpetuarse. 

Léanla ustedes. Hay mucho que aprender de ella y mucho que pensar tras su lectura. Luego, miran a su alrededor y verán como en muchos países de nuestro entorno (y también en algunos sectores del nuestro) las semillas espantosas de la ficción de "El cuento de la criada" pueden hacerse realidad.

FICHA

EL CUENTO DE LA CRIADA.- Margaret Atwood.- Trad.Elsa Mateo.- Ed. Salamandra.-412 págs.

 

 

 

 

 

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24 julio 2020 5 24 /07 /julio /2020 09:56

El "Encomio de la Estulticia", "Morias enkomion" en griego o "Elogio de la necedad" (o de la estupidez) en castellano, fue una polémica obra publicada en 1511 por el renacentista Erasmo de Rotterdam, amigo fiel de Tomas Moro (de hecho el título en griego se puede leer también como "Elogio a Moro"). Se trata de una obra retórica, irónica y humorística contra la corrupción y descrédito de la Iglesia católica y la sociedad de la época y fue pieza fundamental para impulsar la Reforma protestante. Por eso en su libro hace que los contenidos serios y críticos se presenten de una forma lúdica e ingeniosa para atraer a los lectores que, sin apenas advertirlo, los integrarán en sus mentes para que germinen en una indagación propia. 

Erasmo afirmaba que una cultura eficaz y valiosa se basa en establecer una pedagogía exigente, atractiva, rigurosa y basada en los valores esenciales del ser humano. Y la cultura es la única defensa que tenemos frente a la barbarie. Si a ello unimos su defensa de la paz y la tolerancia como instrumentos de una sociedad europea avanzada y progresista, se perfila la resonancia del erasmismo en la posible instauración de una Europa más justa y unida tras la pandemia.

¿Puede ser actual, eficaz, útil, provechosa una obra publicada en el siglo XVI? Invito al lector de La Comarca a que acceda a esta obra de Erasmo (está libremente disponible en Internet y en abundantes ediciones económicas) y comparta el pasmo y la interesante sorpresa de ver cómo se dibuja un retrato burlesco pero bastante exacto de muchos de los males sociales, políticos y económicos que nos afligen en esta era de "anormalidad progresiva" en los "felices 20" del siglo XXI. 

¿No se percibe la diosa "Moria", la insensatez, necedad y locura, en ese gobernante que está llevando a su comunidad al desastre sanitario pero sólo se ocupa de presentar demandas contra un monarca cesante y otro en ejercicio de una manera insensata e ilegal, cuando en su propia casa debe aceptar y justificar una corrupción mayor en un expresidente anterior y otros gobernantes que medraron bajo la misma bandera?

¿No se perciben las presencias del cortejo de Moria, Adulación, Molicie, Pereza y Codicia en bastantes de las actitudes y escándalos que van surgiendo de las filas de los políticos y los altos funcionarios? Si asisten a las sesiones del Congreso de Diputados, de algunos Gobiernos autonómicos o las obras de ciertas instituciones o empresas privadas o multinacionales, ¿no ven pasear muy ufanos entre ellos a los amigos de Moria, Philautias (el narcisismo), Leteo (el olvido de lo que hiciste mal y luego lo censuras en el contrario), Tryphe (la irreflexión, en el habla y el argumentar o peor en el insultar), Komos (la intemperancia en actos, palabras y obras)?

¿No hay un espejo deformante de la estupidez en esos grandes líderes de naciones extranjeras que aconsejan ignorar una pandemia a pesar de estar causando muertes incesantes? ¿Y los que recurren a juego sucio e invaden los espacios virtuales de otras naciones en defensa de intereses ocultos? ¿No se aplicaría el "Elogio a la estupidez" en esos ciudadanos que anteponen sus caprichos, diversiones y apetencias al respeto y seguimiento de las mínimas reglas de salud pública en tiempo de virus pandémico? Erasmo cree, con Sócrates, que la naturaleza tendente al mal en el hombre se debe a la ignorancia, la falta de instrucción y la inexistencia de valores éticos. Quizá sea, después de todo, un buen momento para releer a Erasmo. 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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