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1 septiembre 2018 6 01 /09 /septiembre /2018 08:13

Con el mismo título que el libro de  James Salter que comentamos hace poco y otro de Henry James de principios del siglo XX, "El arte de la ficción" del escritor inglés David Lodge, uno de los maestros del humor británico de la generación de finales del siglo XX, ya se le considera un clásico. Fue publicado originalmente en el 92 y aquí lo tradujo Laura Freixas en el 98 para Ediciones Península. El ejemplar que he manejado es una edición de Austral en libro de bolsillo de 2017. A diferencia del ejemplar de Península, el de Austral esta acompañado y muy bien servido por un prólogo de Eloy Tizón que pone en guardia al lector del excelente libro y autor que va a leer. El final de ese prólogo interesante dice: "Leer bien con pasión y lucidez no es muy frecuente. Por eso necesitamos a maestros como Lodge, que nos instruyan sobre el arte o la ciencia de leer". Y añade: "Con inteligencia, sin engolamientos innecesarios, este libro ilumina sobre aspectos clave del proceso de construcción de la belleza literaria, esa capaz de transmutar un puñado de piedras falsas en emoción verdadera".

La prosa clara, aguda y levemente irónica de Lodge (impregnada de un sentido del humor, a veces sorprendente, que  estimula la sonrisa y la inteligencia) se emplea a fondo en contarnos datos y profundidades de una larga serie de escritores y algunas de sus obras fundamentales. En origen esos pequeños ensayos habían sido artículos publicados en una columna semanal del suplemento de libros del "The Independent on Sunday, apliados y corregidos por Lodge para formar con ellos y algunos más este libro de nada pretenciosa crítica literaria, que se lee con placer y provecho (y donde para mayor regocijo del lector menudean las "confesiones" del mismo autor sobre sus propias experiencias creativas en  la confección de sus novelas. Los artículos van acompañado como motivo y causa de fragmentos (muy bien escogidos) de los distintos autores comentados.

Lodge logra convertir la ficción en un arte y lisa y llanamente convierte sus comentarios sobre la ficción en otro arte mayúsculo. Por tanto vemos juntos a un comentarista literario académico (es profesor de Universidad) que ejerce como novelista a la hora de contarnos cosas del oficio de otros novelistas y de él mismo sin perder la agudeza teórica de un profesor.Miel sobre hojuelas. Y así nos habla de la Austen de Emma o el Ford Madox Ford de El  buen soldado o de Forster o Waugh para ilustrar los esenciales y difíciles de lograr comienzos de una novela (que generalmente influye y no poco en el exito total del libro).

Lodge nos porpone, pues, una serie de temas básicos a través del cual desarrolla su amplio y enundioso dominio de la creación literaria, suus mecanismos y engranajes y de los elementos  y recovecos de una lectura inteligente. Así desarrolla temas como el citado "Comienzo", "El autor omnisciente" o punta de vista narrativo (con ejemplos bastante interesantes) , “La novela epistolar”, “Los cambios temporales” y “La estructura narrativa”, "El lenguaje coloquial adolestcente" (naturalmente Salinger) " El flujo de conciencia"  (Virginia Woolf" o "El monólogo interior" (Joyce, claro), "El lector en el texto" (Sterne y su Tristam Shandy)  "La prosa retórica" (Nabokov) o "La intertextualidad (Conrad), "El sentido del pasado" (Fowles) o el del futuro (Orwell), "La ironía" (Bennet) o "Lo sobrenatural" (Poe) y así hasta 50 deliciosos ensayos literarios que acaban con "El final", según Jane Austen (que como dijimos también ilustra el principio novelesco).

La nómina de autores que nos presenta Lodge se limita a escritores británicos de solera o norteamericanos como los citados juntos a Charles Dickens, Henry James, Hemingway, D. H. Lawrence. También a escritores en inglés de otras tradiciones como Kipling, Joseph Conrad, Brontë y Nabokov. Y contemporáneos como Martin Amis, Paul Auster, Kazuo Ishiguro, John Updike y Anthony Burguess, Samuel Becket. Y acaba su libro con un genial gesto de prestidigitador literario, citando la palabra "Gestalt" (nombre que se da a una determinada especialidad psicológica sujeta a una serie de reglas y a una visión crítica del arte) para definir la intencionalidad de su libro y sus límites: "Una novela es un "Gestalt", una palabra alemana...que me diccionario define como "una estructura o modelo de percepción que posee cualidades en tanto que conjunto, el cual no puede ser descrito meramente como una suma de sus partes". Lo dicho, genial.

FICHA

EL ARTE DE LA FICCIÓN.- David Losge.- Trad. Laura Freixas. E, Austral.-8,95 euros.319 págs. ISBN 0788499425771


 

 

 


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    27 agosto 2018 1 27 /08 /agosto /2018 08:59

    El fenómeno cultural de masas de la lectura, que apenas ocupa una página en el gran libro de la cultura humana (la generalización de  la lectura comenzó a finales del siglo XIX, eclosionó en el XX y se cuestiona en el XXI) está unido a los estándares sociales de educación mínima obligatoria, más tiempo de ocio y salarios más o menos dignos (preferentemente menos) en unos Estados de cierto proteccionismo, más o menos democráticos, que difundían la cultura como un bien preciado. En nuestro siglo esos estándares han quedado obsoletos y ahora comienza a surgir una amplia clase de analfabetos "verticales" con formación tecnológica creciente cuya visión cultural no rebasa la que consumen ya digerida de las redes sociales. Excepto en unos pocos países --paradójicamente punteros en tecnología- en los que se han percatado de la necesidad de patrones culturales que incluyen las semi desterradas Humanidades, en el resto de Occidente los libros y la lectura y quienes las usan comienzan a tener la categoría perturbadora de "freakis",(friquis), anglicismo nacido del término "freak", (monstruo, fenómeno, raro, extraño, caprichoso).

    La lectura nunca ha sido en verdad el remedio casi absoluto a todos nuestros males "no hay nadie que no supere cualquier tipo de molestia con sólo una hora de atenta lectura", dijo alguno de los genios literarios o filosóficos que tan bien vienen para sostener el argumento de que la lectura es el mayor específico sanitario mental, difusor de alegría y conocimiento y medio de superación personal que ha inventado nuestro género humano. Señores, la lectura tiene muchos beneficios pero no es la solución de nada, aunque puede ser una ayuda casi para todo. Para reflexionar de forma razonable, si es posible lúcida, sobre todo ese controvertido asunto, vamos a empezar con el libro "Contra la lectura" de Mikita Brottman, "un ensayo dedicado a los lectores que no creen que los libros sean intocables". Precisamente no es un libro brillante ni demasiado lúcido, aunque tiene elementos que pueden ser muy adecuados para las pretensiones de este artículo, siempre que prescindamos del decepcionante juicio sobre el Quijote (pág. 125) y de algunas páginas con juicios y temas poco alentadores (como el sorprendente número de páginas que la autora dedica a la "biblioteca" (sic) del cantante pop Art Garfunkel, o las confesiones personales que ocupan una considerable extensión del libro sobre la infancia y adolescencia de Mikita Brottman (quizá ilustren algunas de las "desviaciones" psicológicas que producen ciertas lecturas).

    Aparte de lo dicho, el libro es entretenido e ilustra y desarma muchos tópicos que tienen relación con la lectura y sus presuntos poderes, pero también muestra muchos de los beneficios indudables que produce, siempre aplicando el sabio "en su justa medida" que procede de los filósofos griegos y latinos (que tampoco salen muy bien parados en este libro). En realidad, creo que "Contra la lectura" debió ser editado con su título original: "El vicio solitario: en torno a la lectura". La autora es inglesa y profesora de literatura en una Universidad norteamericana. Desde el principio nos dice que su obra se apoya en dos argumentos básicos: "la lectura en sí misma  no es necesariamente una actividad virtuosa: qué se lee y cómo se lee marcan la diferencia" y "Leer demasiado es una afección poco frecuente y no es un problema tan común como el de no leer nada de nada". 

    Los eslóganes para difundir la lectura suelen ser demasiado publicitarios y unilaterales como para propiciar un juicio sereno en torno a los reales beneficios de la  lectura ajustada a las circunstancias personales, sociales, culturales y, por qué no, pragmáticas o utilitarias, sin olvidar las meramente placenteras (por cierto, last  but not least, "por último pero no lo menos importante") que son las más gratificantes y en cuyo seno anida el amor a los libros. "Abre un libro, amplía tu mente", "Los libros son armas", Los dinosaurios no leían y desaparecieron", "Un hogar sin libros es como un árbol sin pájaros", "Deja que los libros te transformen", "Si no lees no pasa nada. Si lees, pasa mucho", "Descubre la alegría de leer", "Un día sin lectura es un día perdido", "Leer importa"... Como dice Mikita "lo que más molesta de estos eslóganes es el modo en que dan por sentado que el hecho de leer es por su propia naturaleza "bueno" para el lector.  (Y hace "buenos" a los  lectores, como por ejemplo al Marqués de Sade, bibliófilo conocido, Hitler que leía cada noche tras un día de orgías destructivas y devastadoras o el depravado psicótico Nerón que solía escribir poemas y se sabía a Virgilio y a Homero de memoria).

    Con mucho sentido común la autora nos dice: "a lo que en realidad deberíamos prestar atención en un mercado abarrotado y ahíto de libros, no es a la muerte de la lectura, sino a la muerte del criterio sobre lo que leemos y por qué lo hacemos". Y a la necesidad obvia de que se nos forme -desde la guardería a la Universidad- con criterios válidos, lógicos y útiles a ser lectores cualitativos e informados, añado yo. Y no será porque no tengan éxito de ventas los libros que hablan sobre los libros que hay que leer y porqué. ¿Quién no ha cedido a los encantos de títulos como "1001 libros que hay que leer antes de morir" de Peter Boxall, o "La biblioteca de los libros perdidos" de Stuart Kelly o "Cómo lee un buen escritor" de Francine Prove o el sugestivo "El libro que cambió mi vida de Rossanne Coady. Una especie de supermercado de autoayuda para lectores.

    Apuntemos también para los detractores del libro en favor de lo "visual" (todo el pujante mercado de la informática y el mundo audiovisual), habría que recordarles que el texto, lo escrito, el libro son también medios visuales. Como dice Mikita "no leáis libros porque sintáis que "debéis hacerlo" o porque sean buenos para ti. Hacedlo porque no podéis evitarlo".

    Tal vez, el libro "Bibliofrenia" de Joaquín Rodríguez sea más agudo e interesante para los lectores habituales y pique la curiosidad de los que no lo son pero podrían llegar a serlo (me encantaría que fuera a consecuencia de leer estas páginas). Ya su subtítulo "La pasión irrefrenable por los libros" tiene su morbo y podría funcionar como un paradójico "gancho motivador" para los reacios a abrir libros y sumergirse en ellos (por el mismo mecanismo psicológico que el ensayo de Freud sobre la cocaína fue utilizado como justificante intelectual por algunos dados a la droga).

    En este libro delicioso, con un excelente prólogo de Fernando R. de la Flor, se nos avisa de que se trata de una "galería de amadas y ejemplares sombras cuyos excesos de pasión libresca son capaces de todavía de asombrar en nuestro tiempo". Y ese tiempo nuestro (el libro es de 2010) "vive los esplendores finales de una decadencia", ya que ambos, autor y prologuista, entonan ditirambos y premoniciones apocalípticas sobre el final del libro "soporte papel" ante lo que suponían una arrasadora victoria de los "soportes digitales", desde la Tablet al ordenador portátil, los e-books o el supermóvil, "lo cual supone el final triunfo de lo que Baudrillard ha denominado "la pantalla total" donde vienen a confluir todos los media" Pues no ha sido así. Tras la prepotente salida al mercado, las cosas se han equilibrado, se sigue editando a mansalva (tal vez demasiado) libros en papel y existe un mercado más pequeño pero más inquieto y renovador en los chismes informáticos que ya forman parte inevitable de nuestra vida cotidiana.

    Bibliómanos, bibliófagos, bibliofrénicos, biblioclastas (destructores de libros al estilo de Fahrenheit 451) , bibliofóbicos, bibliocleptómanos, van surgiendo de las páginas maravillosas de este librito, glosando figuras como la del millonario Henry E. Huntington, norteamericano, cuyo legado se conserva en una enorme Biblioteca que lleva su nombre en Pasadena (California) y cuyos restos humanos se encuentran en un mausoleo adjunto a la biblioteca, el cura don Vicente que asesinó a varios bibliófilos para completar su biblioteca, el conde Libri-Carucci, profesor de matemáticas en la Sorbona, que robó miles de ejemplares valiosísimos no para sí directamente sino para poder pagarse una vida lujosa sin ser apresado jamás. Sabemos de la memoria prodigiosa de Magliabechi, bibliotecario del duque de la Toscana, que conocía el paradero y la situación cualquier libro importante no sólo en su biblioteca sino en las más concidas de Europa, detallando estantería, anaquel y clave, sabremos que fue el escritor inglés Sanuel Pepys el que dictaminó que la biblioteca de un caballero debía poseer exactamente tres mil libros, ni uno más, ni uno menos. Conoceremos los apuros económicos que el gran Cicerón tuvo que sobrellevar para mantener y engrosar su gran biblioteca personal, las aventuras detectivescas de Francesco de Petrarca por toda Italia en la busca de manuscritos clásicos olvidados en conventos y depósitos, el desmedido coleccionismo de sir Thomas Phillips que logró reunir más de cien mil libros en sus mansiones, la historia de amor de Casanova repartida entre las mujeres y los libros (con triunfo de estos últimos en los postreros años de su vida). El gran depredador de libros Antoine Narie-Henrie Boulard, que llegó a reunir en varias casas de París medio millón de libros.

    Respecto a este último, reflexiona el amigo Joaquín Rodríguez: "Los libros nos ensanchan y alargan la vida, qué duda cabe. Cuando uno adquiere y reúne compulsivamente decenas, centenares y miles de libros, en la certeza íntima de que hay mucho más de apremio atesorador que de  posibilidad cierta de lectura, queda, sin embargo, una rendija de esperanza abierta a la posibilidad de que el tiempo se alargue y dilate en la misma medida que los libros que acopiamos, hasta que hayamos leído la última de sus páginas". Bendita inocencia, ¿verdad?

    En otra de las veinticinco "sombras" bilbiomaníacas esbozadas por Rodríguez, se cuela otra reflexión impagable de nuestro autor: Cuando escribe: "el amante de los libros es polígamo, su relación con cada ejemplar es íntima y por eso cuasi carnal, y no suele estar dispuesto a establecer uniones excluyentes o estrictamente conyugales". Delicioso, ¿no les parece?

    Un librito, pues, que merece formar parte de la biblioteca de todo verdadero amante de los libros, aunque sólo sea como "aviso para navegantes" o "aguja de marear" con el fin de evitar los escollos y peligros que amenazan la razón, el bolsillo y la vida de todos los que vivimos esa pasión por "fallitur hora legendo" (que en castellano diría: "distraer las horas leyendo").

    Como corolario y epítome del tema libresco de estas páginas he encontrado dos raros libros que abundan en algunos aspectos de lo anteriormente reseñado en autores tan dispares como Mikita Brottman y Joaquín Rodriguez. El primero es "Libros malditos" de Oscar Herradón, donde el autor se explaya en bucear en la antigüedad hasta la edad moderna para sacar a la luz papiros mágicos, libros alquímicos o maléficos, volúmenes encriptados sobre saberes prohibidos, grimorios medievales donde se invoca al Príncipe de las Tinieblas...en fin libros que justificaban los Autos de Fe del Cristianismo, aunque lastimosamente solían arder en compañía de Demócrito, Epicuro, Demóstenes, Pitágoras, Euclides, Epicteto, Pirrón o Heráclito. Y el último, como broma personal al lector de estas líneas, el volumen titulado (créanme) "El que no lea este libro es un imbécil" de Oliviero Ponte di Pino.

    Como dice el autor de "Libros malditos",  "los textos malditos, condenados y prohibidos puede que sea uno de los recursos más bellos de la ficción y el cine de terror...pero o cierto es que ese tipo de libros existen y son muchos los casos conocidos en los que un texto así parece haber sido el causante directo o indirecto de una tragedia, el desencadenante de un conflicto". Se nos habla de "El libro de Thot" o "Las clavículas de Salomón", auténtico maná para los autores ocultistas, de los libros incursos en el Indice de Libros Prohibidos de la Inquisición de tan amarga y trágica memoria ( de ella proceden los célebres Tratados Demonológicos" o "Martillos de Brujas" que aterrorizaron a la población medieval de Europa).

    Herradón también repasa la historia de los "biblioclastas", que disfrutaban destruyendo libros y bibliotecas enteras y nos habla de destrucciones legendarias como la biblioteca de Alejandría, la de Bagdad, la de Pérgamo. Los textos de alquimia, los de la llamada Magia natural (opuesta a la Magia negra, "grimorios"), los de invocación al demonio, se ajustan casi enteramente a la Baja edad media, época oscura y desequilibrada. También de esa época proceden los compendios de oraciones y fórmulas para combatir todo tipo de enfermedades y en el polo opuesto el inquisitorial "Hesenhammer" o "Martillo de brujos" que se empleaba indiscriminadamente contra cualquier sospechoso o sospechosa de hechicería o herejía (nuestro autor se ocupa en este apartado del famoso caso de Zugarramurdi, una cruel caza de brujas que asoló Navarra en el siglo XVII. Precisamente en el apartado de libros heréticos se nos habla de los manuscritos de Nag Hammadi con el famoso evangelio de Tomás (diferente a los textos canónicos y rechazado por la Iglesia) y  los del Mar Muerto. La legendaria biblioteca hermética de El Escorial y las manías del rey Felipe II, el hechizo de Felipe IV y la "moda" de las "endemoniadas" ocupa el capitulo dedicado al Siglo de Oro español. Para los últimos cien años Herradón nos habla, como era de esperar, del Necromicón o "Libro de los Nombres muertos", con cita debida al gran Lovecraft. En el epílogo Herradón nos habla de los millares de libros calcinados desde la Alemania nazi, los conflictos de Yugoslavia, Irak, Irán o Afganistán, las dictaduras hispanoamericanas, la España franquista, la revolución china...

     

    El último de los libros recomendados tiene un título absolutamente provocativo y un tanto grosero e insultante "El que no lea este libro es un imbécil" y un subtítulo que trata de evitar que el posible comprador del libro lo lance al cubo de basura más cercano: "Los misterios de la estupidez a través de 565 citas". Ya cuando uno empieza a leer, se reconcilia con el autor y comienza a entender la ironía absurdamente provocativa del título: "Este tratado concebido como una biografía del imbécil sitúa al lector ante el espejo de la estupidez propia y ajena, una profunda reflexión sobre las cuestiones nunca resueltas de la filosofía y que provoca ese remedo de sonrisa que es a la vez fruto del humor y de la tragedia, lo que lleva a plantear la gran pregunta: ¿somos así de imbéciles?".

    Como el autor asegura, "En definitiva estamos en un siglo verdaderamente imbécil y este libro no es más que una inútil prueba adicional, en dos sentidos; en primer lugar, porque habría sido impensable en un siglo No Imbécil y en segundo lugar, porque espera estar a la altura de los tiempos, siendo un libro imbécil y atroz". En realidad muy pronto el lector se da cuenta de que no es un libro imbécil, de que el autor  tampoco lo es y que, en definitiva, si el lector lo lee y está claro que lo entiende y se divierte con él, tampoco es un imbécil. Ya que Ponte di Pino ha escrito un libro de citas con un criterio muy inteligente y lleno de sentido del humor e ironía o sarcasmo a partes iguales. Un libro irreverente y osado en la línea (y sobre todo en el espíritu)de Jonathan Swift, Lewis Carroll, Montaigne, Lawrence Sterne, Cervantes, Rabelais, Chesterton, Papini, Lodge o Wilde. .

    Como asegura al final, en la bibliografía  "Este libro es totalmente inútil. No se si lo serán también los libros que he saqueado. En cualquier caso me parece obligado señalar a los diversos seres humanos de grandísima inteligencia y profundidad que me abastecieron (involuntariamente, claro) de conceptos, frases y expresiones". Para darnos prueba de su algo cínica franqueza una de las primeras citas que nos endilga (el que avisa no es traidor) es: "Cuando se roba a uno solo es plagio. Cuando se roba a muchos es investigación" (Wilde). Y cita, por ejemplo a Flaubert, Carlo Cipolla, Jean Paul Richter, Calvino, Canetti,  Nietszche, Wilde, Russell, Wittgenstein o Robert Musil y entre los clásicos a Platón, Aristóteles, Hipócrates, Teofrasto, Horacio, Séneca, Aristófanes, Baltasar de Castiglione, Confucio y Lao Tsé,, Descartes, nuestro formidable Gracián, Quevedo, Kant, Montaigne, Shakespeare...e tanti altri.

    Créanme, se divertirán de veras. Y si llegan al final encontrarán esta nota del autor: "No hay porqué ofenderse. Llegado aquí, tu también lo sabes, la imbecilidad tiene sus méritos y sus ventajas. Para empezar puede ser divertida. Si tienes un poco de autoironía, al menos habrás sonreído. Si me has tomado en serio y opinas que te he obligado a tragarte una dosis excesiva de estupideces e insultos te mando derechito, como respuesta,  a una definición de Ambroise Bierce (autor del "Diccionario del diablo") : TONTERÍAS, sust.pl. Las objeciones planteadas a este meritorio libro"

     

    En definitiva en estos libros se propone, indirecta o tangencialmente,  la disyuntiva planteada en el siglo XX por Gramsci, "pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad". Y como el autor italiano, yo me decanto por el optimismo sobre el futuro de la lectura y los lectores, a pesar de que todo parece apuntar por un escenario global en el que la lectura y los libros parecen sumergirse en los paraísos prohibidos y minoritarios de bibliófilos, bibliómanos y bibliofrénicos. Quizá la frase aquella de Malraux "el que no es comunista a los veinte años algo le falla en el corazón y el que sigue siéndolo a los cuarenta algo le falla en el cerebro" habría que acuñarla para el binomio lector-libro de papel: el que a los veinte años no lee en el soporte digital algo le falla en la cabeza y el que a los cuarenta no lee en libros de papel y no tiene una biblioteca propia, algo le falla en el corazón (y en el bolsillo). Al final quizá volveremos a los inicios de la era Gutemberg, los libros eran una cuestión de clase y fortuna. Y cuando la clepsidra del tiempo de la vuelta, los libros, el báculo cultural de la Humanidad, volverán a ser patrimonio de todos.

    FICHAS

    CONTRA LA LECTURA.- Mikita Brottman.-Trad. de Lucía Barahona.- Ed. Blackie Books.-167 págs. ISBN 9788417059545

    BIBLIOFRENIA.-Joaquín Rodríguez.-Ed. Melusina. -140 págs.10 euros.-ISBN 9788496614864

    LIBROS MALDITOS.- Oscar Herradón.- Akásico Libros.- ISBN 9788493957407

    EL QUE NO LEA ESTE LIBRO ES UN IMBÉCIL.-Oliviero Ponte di Pino.- Trad. Esther Benítez.-Ed. Taurus.-ISBN 9788422686330

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    25 agosto 2018 6 25 /08 /agosto /2018 08:47

    Hablar de Jonathan Swift es hablar de "Los viajes de Gulliver", de ese malentendido literario y cultural que durante siglos ha recluido el demoledor y divertido libro en los estantes de libros para niños, es hablar del maestro de la sátira, del ingenio, del estilo sarcástico, irónico, cáustico, profundamente culto y razonable, del adjetivo incisivo, del razonamiento mordaz, de la censura llenade humor, del libelo hiriente o la diatriba desternillantes, de las moralejas desazonantes y las metáforas brillantes, de la intransigencia hacia la estupidez, la falta de honestidad, la injusticia, la beatería y la hipocresía. Hablamos de una obra capital, mejor de un autor capital y esencial del siglo XVIII que proyecta su paradójica validez hasta el siglo XXI y tal vez más allá,

    Pues bien, "El cuento de un tonel" y su codicilo, "La batalla de los libros" son dos `parábolas, dos alegorías feroces contra las instituciones del saber, política y religión, y por otro, una crítica inmisericorde contra las supuestas bases de la modernidad. Con prólogo, traducción y notas de Cristóbal Serra, la excelente edición de Cátedra nos llega con todos los aditamentos de la edición original según se estilaba en aquellos tiempos, formado por interminables --que no innecesarios-- escritos de defensa del autor, dedicatoria del librero, carta del librero al lector y una irónica dedicatoria del autor a la posteridad. Prefacio, introducciones, las disgresiones que se suceden entre los capítulos de la narración propiamente dicha, una disertación sobre la locura, -- uno de los capítulos más acerbos y demoledores de la obra, superutilizado como cita--, la conclusión y, por fin, la siguiente obra, "La batalla de los libros". De todo este complejo "corpus" literario", lo primero que uno aprende es a no considerarlos "impertinentes" (su pertinencia es el humor ácido y corrosivo que desprende la pluma de Swift) y lo segundo es que el libro es indispensable y absurdamente actual.

    Desde el principio el Cuento de un Tonel provoca al lector, incluso dudando sarcásticamente de las capacidades de éste, añadiendo que “el Ingenio es el Don más noble y provechoso de la Naturaleza humana, así también el Humor es el más agradable, por lo tanto, quienes no se entreguen a ninguno, estarán expuestos a los azotes de ambos”. Desde la ironía y la sátira, Swift trata de dejar a un lado el Clasicismo del siglo XVII y dar paso a la Ilustración en el XVIII. Con gran sarcasmo Swift da a entender que lo insigne en el individuo moderno radica en apagar las luces de lo antiguo (mientras él mismo muestra su interés y arrobo por las Sátiras de Horacio, la falsa Historia verídica de Luciano, de Erasmo, sin olvidar a Rabelais, Montaigne o Cervantes).

    Esta obra fue compuesta entre 1694 y 1697 y publicada en 1704. La parte narrativa es una alegoría sobre tres hermanos: Peter, Martin y Jack, que representan cada una de las ramas de la religión cristiana en Occidente. El primer hermano, Peter (por San Pedro) prefigura a la iglesia católica. Jack (por Calvino, pero también por Jack de Leyden) representa a la iglesia protestante y sus ramas, baptistas, presbiterianos, cuáqueros, mennonitas, y las iglesias carismáticas. El tercer hermano, Martin, el mediano, obtiene su nombre de Martín Lutero), y representa la 'vía media' de la Iglesia de Inglaterra. Los hermanos han heredado tres magníficas capas (símbolos de la práctica religiosa) de parte de su padre ( Dios), y conservan su testamento (la Biblia) para guiarse. "Por mucho que el testamento represente la Biblia y las capas la práctica de la cristiandad, la alegoría tiende a ser una apología por la negación de la Iglesia de Inglaterra a alterar su práctica en concordancia con las demandas puritanas y su continua resistencia a alinearse con la Iglesia Católica". Se trata de una parodia gigantesca sobre la vida religiosa y las Iglesias institucionalizadas, su corrupción y su alejamiento de los principios éticos que deberían informar la práctica en las religiones establecidas, en donde Swift no deja títere con cabeza y su afán ridiculizador alcanza cotas hiperbólicas.

    La explicación que ofrece Swift al título es que el barco del Estado estaba siendo amenazado por una ballena (específicamente, el Leviatán de Thomas Hobbes) y las nuevas sociedades políticas y su sátira pretende ser como una barrica que los marineros del estado (nobles y ministros) pueden arrojar al agua junto a la ballena para distraer la atención de la bestia (aquellos que ponen en duda el estado y su derecho a gobernar).

    En cuanto a "La batalla de los libros", la preocupación alegórica del autor resta potencia vitriólica a su pluma y deja fluir una poco habitual pedantería. Aún así el "Relato completo y verídico de la batalla librada el viernes último entre los libros antiguos y los libros modernos en le Biblioteca de Saint-James", merece una lectura atenta, aunque estorben la innumerables citas eruditas del autor. Es una toma de partido de Swift a favor de sir William Temple en un debate público sobre la disputa entre el saber antiguo y el moderno. La replica de sir W.W. Wotton, en contra de los autores clásicos provoca esa "Batalla" que Swift escribió para criticar la postura de Wotton y, en el fondo, la existencia de la polémica.

    En resumen y cito: "El Cuento de una barrica es una sátira eufórica. La complejidad casi insolente de su juego intelectual hace de ella la obra más difícil de la sátira swiftiana. Sin embargo es la más divertida, tan festivamente inventiva, tan estridente en su humor que resulta imposible leerla sin reírse". Es tan provocador como el erasmista "Elogio de la locura", un panfleto desorbitado en defensa y alabanza de la modernidad, o una alegoría religiosa, todas ellas juntas y contadas por un narrador errático creado por Swift a la medida del absurdo erudito y demoledor que es el relato.

    FICHA

    EL CUENTO DE UN TÓNEL.- Jonathan Swift.- Trad. notas y prólogo de Cristóbal Serra.- ed. Cátedra, Letras Universales.-Páginas: 368.-Precio: 14,45 €.-ISBN: 978-84-376-1852-4 .

     

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    18 agosto 2018 6 18 /08 /agosto /2018 07:51

    ¿Es una novela? ¿Un ensayo histórico?¿Una ficción filosófica? ¿Una narración ética sobre la sobrecogedora crueldad indiferente del capital en una época indeciblemente nefasta, la eclosión del nazismo? ¿Una reflexión lúcida y desengañada sobre la maldad humana? ¿O sobre la estupidez de las masas?¿O sobre la perversión inaudita de la política confabulada con el mundo financiero?¿O sobre la criminal indiferencia del mundo ante las catástrofes políticas que destruyen personas y países, mientras no les salpique a ellos, el resto de la mal llamada "comunidad" de naciones?

    Pues bien este libro es un poco la suma de todo lo anterior. Su autor, Eric  Vuillard, se llevó el Premio Goncourt el pasado año y atesora varios premios más por sendas obras que no conozco y por lo tanto de las que no hablaré. Sin embargo "El orden del día", merece, ha merecido mi atenta lectura. Desolada lectura. Escrita en un tono documental en el que, de vez en cuando, el autor no puede evitar algún apunte sarcástico, alguna nota que expresa dolor y desconcierto, una ironía candente para salpimentar los datos y, debajo de todo, una urdimbre de datos y cifras, hechos y documentos que dan contundencia y pegada de documental de denuncia a este libro que abunda en un tema que ya ha sido objeto de bibliotecas enteras de libros y comentarios: el auge y caída del III Reich. Enfocando especialmente una zona de sombras, mantenida cuidadosamente "al margen" de los focos: los poderes fácticos financieros que auparon e hicieron posible el advenimiento de Hitler al poder y el vergonzante mantenimiento de ese horror a través de más de una década, los años más desdichados del desdichado siglo XX.

    Como buen director de escena que parece ser, Vuillard, no hace narrativa, no enjuicia, limita los adjetivos, se permite momentos llenos de efectos dramáticos: como la reunión secreta de los 24 magnates alemanes -Opel, Krupp, Siemens, Bayer, Telefunken, Agfa, Varta...- con Göring  y con Hitler en el Parlamento alemán, Reichstag, o como la esperpéntica cena del embajador alemán en Inglaterra, el melifluo Ribbentrop, -llevaba su nombramiento de ministro de Exteriores hitleriano en el bolsillo- con el primer ministro inglés Chamberlain (curioso dato: la residencia en Londres de Ribbentrop era propiedad de Chamberlain, es decir este era su casero) la misma noche en que Alemania ha invadido Austria y se ha levantado el telón de la II Guerra Mundial. Pulso dramático y mordaz de un buen novelista.

    Como en un thriller cinematográfico, la acción va pasando por despachos y salones del poder europeo, en un tono algo satírico, como si de un gran guiñol se tratara pero dejando muy claro en cada momento la ruindad histórica de lo que ocurrió aquellos días oscuros. Empezando por  el canciller austriaco, Kurt von Schuschnigg, figura detestable que vivió una pesadilla ante la brutalidad nazi que acabó de un plumazo con su cargo  y, paradójicamente, le logró tras la guerra convertirse  en catedrático de Ciencias Políticas en una universidad norteamericana (ante el irónico asombro de Vuillard, que le dedica unos cuantos pullazos muy bien colocados).l Sin olvidar el paso por el ridículo e insultante Acuerdo de Munich que firmaron juntos Neville Chamberlain, Adolf Hitler, Edouard Daladier y Benito Mussolini, una de las páginas más humillantes de la clase política en toda la historia. O nos muestra, en el capitulo dedicado a Schuschnigg, como en un fundido cinematográfico una escena y un personaje que no parecen coherentes con el resto, un artista anciano llamado Soutter que, enloquecido, en un asilo, pinta con las manos  sobre manteles de papel "repulsivos y terribles monigotes que se agitan en el horizonte de un mundo donde rueda un sol negro" y Vuillard nos desvela la clave de la escena: "el pobre Soutter, en su delirio, tal vez sin saberlo, filma con los dedos la lenta agonía del mundo que le rodea". Es un desdichado visionario que muestra con su arte el oscuro mundo al que darán entrada  los nazis.

    Vuillard, en el fondo, dedica su obra a comentar la ignominia que supone  que la mayoría de aquellos 24 magantes que le dieron el poder y la guerra a Hitler y muchos de los hombres públicos que babearon  servilmente ante la estulticia nazi, no estuvieron presentes en los juicios de Núremberg ni ante ningún tribunal de derechos humanos, sino que siguen al mando de sus megaempresas, ofrecen una imagen de la que se han limpiados los episodios vergonzantes y claman a favor de la democracia y los derechos humanos (la mayoría de esos prohombres sustentaron sus fábricas con mano de obra esclava surgida de los campos de concentración y exterminio de los nazis).

    Ya desde la misma portada, Vuillard, muestra sus cartas: una foto de Gustav von Krupp, el empresario y financiero que construía algunas de sus fábricas cera de los campos de concentración para aprovechar la mano de obra gratis: un hombre maduro de amplia frente y mirada dura y firme, expresión altanera y aristocrática, el poderoso creador del grupo Krupp AG, la compañía que desde hace décadas lidera en Alemania la producción de acero, armamento y maquinaría agrícola pesada. Ya que, ironiza el autor, “las empresas no mueren como los hombres. Son cuerpos místicos que no perecen jamás”.

    El autor acaba avisándonos a todos que la historia está pendiente, que aquellos 24 hombres -símbolo del poder financiero que en cada época toma una forma distinta pero siempre persigue lo mismo con métodos diferentes- siguen y aumentan sus activos, su poder en la sombra, su inclemente indiferencia ante los ciudadanos de "a pie". "No pensemos que todo esto pertenece a un lejano pasado. No son...monstruos antidiluvianos, criaturas dela miseria de  los años cincuenta. Estos nombres -los de las empresas- siguen existiendo. Poseen inmensas  fortunas. Sus sociedades se han fusionado y forman todopoderosos conglomerados..." Y remata  el libro con estas palabras, "Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y pavor." Deberíamos tomar nota del mensaje en la sombra de esta novela, una sombra inquietante que planea sobre el siglo XXI y sobre nuestras cabezas. Las de todos.

    FICHA

    EL ORDEN DEL DIA.- Eric Vuillard.- Trad. Javier Albiñana.-141 págs. Tusquets Editores.- 17 euros.- ISBN 9788490665077

     


     


     
     

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