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2 agosto 2019 5 02 /08 /agosto /2019 07:34

La tiránica, totalitaria e invasiva sociedad que imaginó George Orwell en su novela distópica "1984" (una crítica evidente al régimen soviético y al estalinismo, el nazismo y los fascismos vigentes en la época de su publicación, 1949) hizo populares términos como Big Brother, la Policía del pensamiento y la neolengua, el lenguaje transformado diariamente con fines represivos, la imagen permanente del rostro del lider absoluto en las pantallas de todos los hogares como símbolo de una vigilancia constante y la manipulación cotidiana de la información y del pasado a tenor del capricho del poder omnimodo (es una novela que debe mucho a un relato del ruso Zamiatin, "Nosotros", publicado casi treinta años antes). Curiosamente no sólo no ha perdido actualidad, sino que se ha agravado a extremos aberrantes, con una diferencia: en "1984" el sistema de poder obligaba y reprimía, en 2019 el poder está difuminado, se oculta en la seducción y el ciudadano se entrega con fruición a su obediencia y esclavitud con oropeles de consumismo, diversión  y comodidad

Como ocurrió con "Farenheit 451" de Ray Bradbury, con "Vivir", de Ayn Rand,  "Rebelión en la granja"de Orwell también o "El mundo feliz"  y "La isla" de Aldous Huxley y anterior a todas ellas, "Erewhon" de Samuel Butler, se nos dibujan mundos utópicos en los que esos autores proyectan sus ideas críticas con el estilo irónico, de un sarcasmo a veces brutal, a la manera de Jonathan Swift o la lógica poética y burlona de un Lewis Carroll. El mecanismo está claro: planteada una nueva idea  política o filosófica contemporánea al autor, sospechosa de ser dañina, éste la disecciona y hace una proyección lógica y coherente de sus consecuencias futuras si se aplica con toda su dureza y su falta de humanidad. Eran mundos futuros que reflejaban un pasado cercano (el de los autores) por mucho que se elevara en el tiempo, como los aparatos, la moral y el comportamiento de un "futurismo" inocente con las exageraciones estéticas o éticas de rigor.

Pero en nuestros días, eso ha cambiado de una forma sutil aunque dolorosamente evidente: el israelí Yuval Noah Harari ("Sapiens", "Homo deus" o "21 lecciones para el siglo XXI") o el filosofo coreano-aleman, Byung-Chul Han ("Psicopolítica" "En el enjambre", ) o el italiano Alessandro Baricco (con su reciente "The Game") no escriben de distopías, sino del deterioro progresivo de una realidad actual que sufrimos y conocemos bien, de las amenazas de unas tecnologías que van colocándose fuera del control humano pese a ser creación de científicos actuales, de una especie de ceguera complaciente de la población humana que va enredándose de forma voluntaria y hasta ávida en el nudo gordiano que nos rodea la garganta como especie de tal manera que el tajo de la espada de un utópico Alejandro nos cercenaría el cuello al tiempo que el dogal. Nunca como hasta ahora el salto imaginativo de las distopías ha sido tan peligroso, real y cómplice. Seguiremos con el tema, aunque somos "vox clamantis in deserto", mal que nos pese.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

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29 julio 2019 1 29 /07 /julio /2019 17:15

Lo dijo Quinto Horacio Flaco el plácido poeta romano que vivió la Roma conflictiva y angustiada del asesinato de Julio César y el advenimiento de Cesar Augusto: "Nullius in verba", es decir no te fíes de las palabras, no es suficiente para llegar al conocimiento, a la verdad. Acuñaría otras breves frases con más fortuna: "Carpe diem", "Aprovecha el día que vives (aunque poca gente sabe el final de la frase, "quan minimum credula postero", fiate lo menos posible del mañana") o "Beatus ille" que es una alabanza de la vida rural.

Horacio profesaba las doctrinas filosóficas de Epicuro aunque su "Nullius in verba" tenía sabor escéptico, incluso cínico. Esa desconfianza ante la palabra evoca desde las sombras de la antiguedad las teorías de Wittgenstein, Heidegger, Russell o Carnap y más cercanamente al poeta, en el siglo XVII, al lema de la Royal Society y las exigencias epistemológicas de la Ilustración que exigían a la ciencia que las hipótesis científicas tenían que ser comprobadas empíricamente, no bastaba con las palabras . La importancia del lenguaje en la filosofía  y en la psicología contemporáneas (desde Freud a Jung o Lacan) plantean problemas de método y de conocimiento que aún no han sido resueltosde manera satisfactoria,

En la vida social y de relación, en la laboral o la política, la palabra es una entelequia con dos caras como Jano. Una es la que emana de la evidencia de las palabras como comunicación básica. Y la otra cara, la demoníaca, es la que muestra la relatividad del valor de las palabras, de su cariz estratégico de mentira interesada, de doblez, de falsedad, de subterfugio. Como decía Spinoza, con las palabras, "caute" (cautela). Y nuestro Gracián, "Te arrepentirás más veces de lo que dices que de lo que callas". Los griegos desconfiaban de la "doxa" (opinión) y apoyaban la "episteme" (conocimiento). Creo que con las palabras uno debe estar siempre atento al contexto en el que se pronuncian y ajustarlas a ls circunstancias del momento que uno vive. Y como norma básica, desconfiar de ellas, es decir "nullius in verba", y pasarlas a todas por el cedazo del pensamiento crítico. ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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23 julio 2019 2 23 /07 /julio /2019 09:14

Pensando amargamente en la sideral distancia entre los escenarios político-sociales de esos soñadores y la triste y quijotesca realidad, dióme en meditar en torno a figuras como Platón, Ortega y Gasset, Unamuno o Labordeta, por dar una nota local y cercana, aunque Sócrates y Aristóteles ( y muchos otros que mencionar no quiero) también tuvieron sus más y sus menos con la brecha insalvable entre la teoría política y la vida real.

Pero por hoy quedémonos en el eximio Platón, idealista donde los haya cuya filosofía fracasaría ( y responsable de algunos males psicológico-morales del individuo, sobre todo a partir de la versión religiosa de su filosofía:  Nietzsche definió el cristianismo como "platonismo para la plebe"). Pero también es el autor de " La República" donde a través del diálogo nos muestra sus ideas sobre el orden político, la metafísica transmutada en normas para el gobierno de la polis o ciudad, es decir, el Estado. El estableció tres estamentos sociales: comerciantes, guerreros y gobernantes (o filósofos). Establecía una meritocracia basada en el conocimiento y defendía la idea de que un Estado gobernado por filósofos estaba libre de la lacra de la corrupción. La piedra de toque de la posible aplicación de las ideas platónicas a la política práctica tuvo unos resultados desastrosos para el propio Platón que realizó tres viajes a Sicilia con la finalidad de instruir al tirano Dionisio I y luego a su hijo en las artes de la política aristocrática e idealista. Del primero de los viajes salió escoltado por una nave de guerra y vendido como esclavo en Egina (rescatado "in extremis" por el también filósofo Aniceris de Cirene). Con Dionisio II también terminó de forma abrupta y poco amistosa. Quedaba claro que la filosofía (no sólo la platónica) no se lleva bien con la política práctica de cada día.

Me pregunto y tal vez dentro de un tiempo sea capaz de responderme, ahora desde luego sólo especulo, qué es lo que tiene el "poder", --siquiera sea en la minúscula medida de lo que alguien llamaba con acre humor "lo municipal y espeso", ámbito con el que me voy relacionando-- para transformar la percepción de sí mismos en algunos que lo ostentan. Hasta el punto que dicho "poder" crea una especie de "falso contexto" en el que el sujeto (etimológicamente, el que no puede moverse libremente) parece olvidar el sentido de la ética universal  (lo que es bueno, correcto, bello), si es que alguna vez la ha conocido, para regirse por otra "ética" circunstancial  dirigida a objetivos pragmáticos (no necesariamente malos, pero sí limitados por los propios intereses). Sin ni siquiera tener en cuenta el kantiano "imperativo categórico": lo ético es lo aceptado como tal por todos. Lean: "Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal".Volveremos a este tema.- ALBERTO DIAZ RUEDA

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21 julio 2019 7 21 /07 /julio /2019 14:33

El catedrático de Harvard Martin Puchner analiza la importancia de la literatura en la historia de la humanidad y nos habla de los "textos fundacionales" como la Biblia, la Iliada o la Odisea, la epopeya de Gilgamesh (2100 aC en escritura cuneiforme) o, puestos al caso, el Manifiesto comunista o el Mein Kampft, el Sutra del Diamante (868 dC) o la Novela de Genji (en el Japón del año 1000). Textos vinculados con la narrativa oral y que tienen una importancia generativa esencial en el imaginario humano de la época. Hasta el punto que durante generaciones se mantenían como patrimonio religioso y cultural al cuidado de la clase sacerdotal y como guía de comportamientos sociales y  modelos de excelencia.

Jung y Lacan, entre otros grandes psicólogos, incluído Freud (que pasó de puntillas por el tema religioso que él reducía a la infancia y adolescencia de la humanidad) y un número considerable de filósofos (incluidos los que rechazaban al mismo tiempo la importancia "sagrada" de algunos textos pero admitían la potencia dinámica de "lo sagrado" en la psique) no sólo admitían la fuerza generadora de esos textos fundacionales en los usos y costumbres y en las leyendas y símbolos formativos del intelecto y las emociones y sentimientos, sino que rastreaban en algunos el origen de muchos grandes complejos humanos, actitudes y comportamientos de los pueblos a través de la historia. 

En nuestra Era Digital (cuyo desarrollo y cambios aún solo podemos conjeturar) los textos fundacionales comienzan a ser híbridos, de "El señor de los anillos" a "Harry Potter", en concordancia con el empobrecimiento icónico imaginativo: el griego del siglo IV aC no necesitaba imágenes auxiliares para "ver" dentro de sí a Aquiles, el de los pies ligeros, enfrentándose al rey Agamenon por la rubia Briseida o emocionarse con la destrucción de Troya tras el ardid del Caballo de madera o el astuto Ulises engañando al enorme Cíclope. Los héroes y los malvados de las grandes historias fundacionales formaban los arquetipos que Jung estudió y nos mostró en el fondo de los oscuros demonios que inspiraron a los nazis o los que anidan en la torturada mente de neuróticos y psicóticos. Valentin Propp, Mircea Elialde y otros mitólogos nos han advertido de la influencia subliminal de las leyendas y los cuentos infantiles tradicionales.

Es de esperar que la Era Digital nos proporcione otro tipo de relatos fundacionales. Pero todo es un elemento básico, profundamente enraizado en el ser humano desde su nacimiento, en la genética de la especie: la necesidad del "bípedo implume" como nos llamaba Sócrates, según Platón, de tener una historia, una narración que nos contamos, en relación con la cual entender la propia vida.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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17 julio 2019 3 17 /07 /julio /2019 08:44

Decía Aristóteles que el hombre es un "zoon politikon", es decir, un animal político y también social. Para el filósofo, la política es la ciencia práctica suprema, un área de conocimiento que tiene como objetivo básico el bien de la "polis" o ciudad-estado. Y la herramienta esencial es la ética. Cada hombre es como una rama del gran árbol que es el Estado, por lo que la ética individual debe estar sustanciada por la ética del Estado y sus dirigentes. Simple y claro...aunque quizá utópico, ¿no les parece? Desde el idealista Platón al muy cínico y pragmático Maquiavelo o a nuestro escéptico y realista  Baltasar Gracián, la figura del político ha sido objeto de amplias especulaciones.

Echemos un cuarto a espadas sobre el tapete del juego político: pienso que en política y entre los políticos la ética se escribe con H. El político de la Grecia y la Roma clásicas tenía como exigencia personal el respeto a la "areté", la "virtus" latina, la virtud, la acción correcta y desinteresada. Y su objetivo era la "aristós" o la excelencia en su trabajo y proyectos. Yo apuntaría, como elementos básicos, para nuestra época más práctica (y banal) las tres "H": Honestidad, Humildad y Humor. Exigibles a todos los que profesan la política (al hacerse “profesional” la política ha entrado en terreno éticamente pantanoso) en sus actitudes y comportamientos. Como a los emperadores romanos, al político de turno, en su toma de posesión, le debería acompañar un secretario o un jefe de negociado con muchos quinquenios en su haber, susurrándole al oído, "el poder es efímero, la ética, eterna", En nuestros tiempos supuestamente democráticos, el poder político es una falacia con obsolescencia programada. Humor y humildad preparan el camino y facilitan la andadura. Y para aplicarlo todo hace falta inteligencia y sentido común (decía nuestro Gracián, "más vale un grano de buen sentido que montañas de inteligencia"). En muchos casos la Honestidad es sustituida por la Holganza ética, la Humildad por el Histrionismo y el Humor por la Histeria. El problema es que, como todo el mundo sabe, la H es muda.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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12 julio 2019 5 12 /07 /julio /2019 09:37

Para el pensador polaco Zygmunt Bauman  ( 1925/2017) vivimos en una sociedad posmoderna que tiene características "líquidas"  ya que en ella "las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en una rutina determinadas". Ese tipo de sociedad refuerza constantemente un estilo de vida incapaz de mantener una forma o un modo de vivir determinados durante mucho tiempo. Como escribe Bauman "los logros individuales --en esta sociedad moderna líquida- no pueden solidificarse en bienes duraderos porque los activos se convierten en pasivos y las capacidades en discapacidades en un abrir y cerrar de ojos". ¿Dónde nos va a llevar esto? Bauman  tiene la honestidad de afirmar "ninguna estimación de la evolución futura de esta sociedad líquida y sus individuos poder ser considerada plena y verdaderamente fiables", ya que "la extrapolación de hechos del pasado con el objeto de predecir tendencias futuras no deja de ser una práctica cada vez más arriesgada y ....engañosa".

Esta lúcida reflexión parece dejarnos con las manos atadas respecto a ese futuro hipotético. Por lo que se precisa una actuación en el presente. Y un cambio de percepción que garantice esa actuación. Sólo tenemos una posibilidad fáctica: terminar con la ignorancia política y con la inactividad subsiguiente. ¿Quienes se aprovechan de esos dos elementos?: los extremismos fanatizados que recurren al sustrato emocional, las bajas pasiones y el miedo de los individuos para, sin permitir la reflexión crítica, crear fuentes de presión ciudadana a favor de las políticas irracionales y viscerales. A través de la ignorancia y la incertidumbre, deliberada y emocionalmente cultivadas se ata de pies y manos a la democracia con sus propias leyes y creencias. Dice Bauman: "Necesitamos la educación permanente para tener opciones entre las que elegir". Y la educación política permitiría crear condiciones de vida y formación que pongan a nuestro alcance y posibilidades tales opciones. Vuelve a ser necesaria e inevitable la educación política en esta sociedad "líquida" en la que lo único que permanece "sólido" es el fanatismo político o religioso.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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9 julio 2019 2 09 /07 /julio /2019 11:12

La humildad tiene mala prensa. El cristianismo, que empezó tan bien, no tardó en manipular esa virtud, o mejor, característica deseable y operativa (más de lo que parece) y la convirtió en una exigencia puramente de apariencia (como un disfraz circunstancial para lograr objetivos e intereses bastardos). El defecto contrario es la soberbia, la prepotencia, el orgullo desmedido y la total falta de empatía hacia los demás. Lo más peligroso es cuando a esa falta de humildad se une el poder, la ambición megalómana y la ausencia de responsabilidad por las consecuencias de los propios actos (basta con echar un vistazo a los Trump, Putin, etc.; hay donde escoger).

Se podría sugerir una indolora terapia cognitiva para ese tipo de personajes que crecen como la mala hierba en todos los círculos del poder, hasta los más humildes. Se trataría de someterles a un especie de "ejercicios espirituales" de al menos una semana de duración intensiva. La base temática de los ejercicios sería los recientes datos astronómicos en los que se barajan hechos incontestables referentes a magnitudes, distancias y funciones que se producen en el espacio exterior, fuera de este minúsculo e infatuado planeta. Por ejemplo: aparte de hacer referencia a la necesidad, ya vigente y pronto urgente, de buscar un planeta habitable porque el nuestro está cerca del punto de no retorno por excesos cometidos por la especie humana o la importancia de nuestra pequeña estrella , el sol, cuyo estado (en decadencia imparable: segunda ley de la termodinámica)  y explosiones en la superficie tienen un efecto considerable en nuestra atmósfera y en nosotros. El plato fuerte sería, por ejemplo, los agujeros negros y la existencia de uno cuya masa oscura tiene el tamaño de nuestra galaxia multiplicada con millones de veces y que va creciendo zampándose galaxias enteras como aperitivo.Pero lo que causa (al menos a mí y quizá a algún soberbio al que se le enseñe a pensar en ello) auténticos escalofríos de pura humildad, es cuando el astrónomo o físico de turno nos dice a qué distancia está (lo que explica la irresoluble dificultad en ser localizado y menos fotografiado): tan lejos que no hay telescopio (ni siquiera los que se colocarán en órbita o más allá a bordo de satélites) capaz de acercarse. Es como (dijo el astrónomo) si intentáramos ver con nuestros ojos los pequeños agujeritos de una pelota de golf colocada en plena Plaza Roja de Moscú desde la Plaza  de la Pilarica en Zaragoza. Sabemos de su existencia a través de aparatos muy complejos que analizan señales y huellas de radio. Imaginen por un  momento el auténtico tamaño relativo de nuestra castigada Tierra y aún más los "agujeritos de pelota de golf" que constituye nuestro país, y la microbiana presencia de esas despreciables partículas, los humanos,  que se afanan pensando que son importantes y existe un designio divino que avala su infinitesimal existencia. Ante esa grandeza solo cabe el estupor y la maravilla como decía Cervantes en su soneto al túmulo del Rey : ¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza/y que diera un doblón por describilla!/Porque ¿a quién no sorprende y maravilla/esta máquina insigne, esta riqueza?.- ALBERTO DÍAZ RUEDA
 

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6 julio 2019 6 06 /07 /julio /2019 09:40

En castellano hay un refrán que dice: "hay que saber hacer de la necesidad, virtud". Esa actividad tiene más de sabiduría que de conocimiento. O de arte. El arte de lo poco. Que nada tiene que ver con una pobre conformidad con lo poco que se posee o que nos ofrece la vida. Uno se contenta y no aspira a más, a la mejora, al cambio.No es eso, no es eso, Se trata de unir la creatividad, el ingenio, el empuje para sacar partido de la circunstancia negativa, de las horas oscuras que parecen espesarse en determinados momentos. Requiere un talante indómito, avivar el ingenio, no permitirse el derecho al error o al renuncio, a la caída en el desaliento. Hay que aprovechar las piezas que nos han dado para el juego, hacer un uso positivo de los pocos medios disponibles, sin quejarse a los dioses (desde los griegos sabemos que los dioses son sordos e indiferentes) ni exigir a los otros. Pasa por una aceptación dinámica. Movamos las piezas de la forma más creativa: estemos seguros de que los vientos huracanados y destructivos pueden calmarse lo suficiente en algún momento para impulsar las velas de la vida lejos de la mar chicha, del pantano cenagoso de la desesperación. Y no hablo sólo del tener, de los objetos externos, hablo del ser. Del ser objetivo. Del propio cuerpo que, por los años o las circunstancias, está en horas bajas. Hay que respetarle y darle lo que precisa, sin excesos.

El arte de vivir en lo poco, nos hace valorar los pequeños placeres gratuitos de la existencia, valorar el sencillo hecho de existir, despreciar la envidia, invertir en el simple orgullo de salir adelante, armonizar nuestra vida con la insólita plenitud que guarda lo poco en su seno, inventarnos como una persona distinta, acorde con el momento, transformar los déficits en cualidades. Espiar la aparición súbita, inesperada, de lo esencial. Como un regalo. Favorece la emergencia de un estilo de vida, una sabiduría del ser más que del tener. Uno aprende no sólo a desprenderse de lo superfluo, sino a no detenerse en ello en el futuro.

Aunque esta filosofía es aplicable en cualquier momento de nuestra vida (si somos jóvenes, es particularmente creativa y apasionante) resulta ser una metáfora esencial para los que lucimos canas. El arte de lo poco es , también, el arte de saber envejecer. Pero, joven o anciano, el arte de lo poco nos enseña moderación, una actitud firme de vigilancia constante, de resistencia -y respeto- a nuestro cuerpo y a nuestro "pathos" (el sufrimiento humano y normal de la persona, el desenfreno emocional). Promueve una actitud vital que por definición nos aleja de la locura, la desmesura y la barbarie (la otra forma del "pathos" griego).-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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4 julio 2019 4 04 /07 /julio /2019 16:26

Los filósofos clásicos griegos y latinos y toda la escuela helenística, desde Platón y Aristóteles hasta Pirrón, Epicuro, Séneca o Marco Aurelio (eso sin contar a los maestros chinos, Lao Tse o Confucio o los hindúes y sufíes), han proclamado casi unánimemente que el equilibro es el principal y complejo componente caracterológico del individuo que garantiza una visión realista y gratificante de la existencia, una competente colaboración entre la razón y las emociones y una capacidad empática de relacionarse con los demás. El hombre equilibrado es un "avis rara" en nuestra desquiciada época cuasi virtual. Se trata de un individuo capaz de controlar las emociones, justipreciar los sentimientos, apelar a la razón y el sentido común como herramientas vitales, mantener una jerarquía de valores dentro de la ética y lograr aplicarlo a sus semejantes al tiempo que a sí mismo.

Para lograr ese contrapeso ideal, el sujeto equilibrado (que no nace sino se hace)  ha logrado una comprensión de sus emociones y las gestiona con la razón. Para Aristóteles no es otra cosa el comportamiento sujeto  a la "areté" o virtud que nos lleva a la "aristós" o excelencia, objetivo del hombre equilibrado que se maneja en la vida aplicando el pensamiento crítico en los momentos oportunos. A años luz del comportamiento estándar del ciudadano actual. Este es un ser desequilibrado e indefenso entre la avalancha de problemas "externos" que el Sistema le plantea en forma de amenazas: el cambio climático, la crisis, la vulnerabilidad ante la invasiva técnica de las pantallas, desde el móvil a los ordenadores y la tele. Y los "internos" que emanan de una sociedad hiperactiva que cifra una felicidad impostada en el tener más que en el ser y lo adorna todo con clamores incesantes hacia la salud deportiva compulsiva, las exigencias laborales excesivas en un escenario de inseguridad, las promesas fatuas del supermercado espiritual, meditación, mindfulness, coaching, yoga. Todo ello forman unas nubes que ocultan la necesidad acuciante de mantener un pensamiento crítico que  cuestione tanta falacia, aplique el análisis a un modelo de vida claramente deficitario y sepa distinguir, modelar y compaginar las circunstancias de nuestra vida y el contexto en el que vivimos. Poner coto a los malos hábitos mentales, las falacias del éxito y la felicidad creados por la presión social y la contaminación de las ideas víricas que hoy, como nunca antes, nos bombardean desde todo tipo de pantallas.

Como dice el profesor Jose Carlos Ruiz, "la felicidad es un modo de ser, se cultiva poco a poco y se tiene que cuidar diariamente con una forma de pensamiento crítico activo y correcto. No se puede ser feliz sin un pensamiento adecuado, es lo único que nos protege de la ansiedad, la depresión, las frustraciones, el sufrimiento y el miedo. Y para pensar bien se deben combinar los dos elementos más operativos del ser humano, la razón y el sentimiento." Esa es la conclusión de Spinoza y la de los neurocientíficos como Antonio Damasio que ha revelado los correlatos cerebrales de esos asertos filosóficos.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 junio 2019 7 30 /06 /junio /2019 16:23

El noruego Edvard Moser recibió el premio Nobel de Fisiología por su participación en la localización del GPS biológico que los seres humanos tienen en la red neuronal de la corteza entorrinal del cerebro. Parece ser que todos nacemos con un complejo sistema de navegación (aunque las diferencias en su calidad depende, como es lógico suponer, del uso que hacemos de él y de otros factores como la salud cerebral, el entorno en que vivimos y el género de actividades a las que nos dedicamos. La entrevista que se publica en las páginas científicas de una revista incide en el poder de almacenamiento de información del cerebro humano (casi 100.000 millones de neuronas, cada una con 10.000 conexiones con otras). Tras mencionar la esencial ayuda que la Inteligencia Artificial (IA) ofrece en el análisis de datos y la facultad de aprendizaje automático (machine learning) de los ordenadores (aquí se desliza una frase que ya nos pone en guardia), Moser dice "a menudo más allá de nuestra comprensión".

El periodista no parece captar ninguna alarma y pregunta cómo debemos afrontar el vertiginoso desarrollo de la IA. Moser, responde: "La IA realiza muchas tareas, antes exclusivas de los humanos, de una forma más rápida y perfecta, como reconocimiento de rostros o objetos y creación y percepción del lenguaje". Y añade: "La pregunta que tenemos que hacernos...es si las máquinas conseguirán la inteligencia general que les permita ser capaces de tomar sus propias decisiones. Obviamente, esto plantea problemas éticos: debemos estudiar los límites y cómo establecerlos antes de que la IA tome las decisiones por nosotros"

Y aquí se plantea una curiosa disyuntiva: está claro que el estudio de los límites está en manos de los científicos. Pero el cómo establecerlos, y cuándo, está en manos de los políticos y de sus congéneres en la sombra, los líderes financieros (ambos a su vez dominan el brazo armado de las naciones, los militares). Como decía Graham Greene, el "factor humano" es la incógnita en cualquier ecuación política, económica, social o conflictual. Y ese es el factor más inestable, imprevisible y letal del planeta. ¿Schopenhauer, Nietzsche o Voltaire volverían los ojos esperanzados hacia la IA? Quizá un escenario distópico tipo Huxley, Wells o "Matrix" esté esperándonos en una cercana encrucijada global: cuando alguien decida permitir que la IA siga su marcha hacia el poder de decidir en lugar de los humanos. O al contrario, decida limitar ese poder a temas operativos. Aquí planteamos una cuestión de ética, pero también de supervivencia.- ALBERTO DIAZ RUEDA

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