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6 julio 2019 6 06 /07 /julio /2019 09:40

En castellano hay un refrán que dice: "hay que saber hacer de la necesidad, virtud". Esa actividad tiene más de sabiduría que de conocimiento. O de arte. El arte de lo poco. Que nada tiene que ver con una pobre conformidad con lo poco que se posee o que nos ofrece la vida. Uno se contenta y no aspira a más, a la mejora, al cambio.No es eso, no es eso, Se trata de unir la creatividad, el ingenio, el empuje para sacar partido de la circunstancia negativa, de las horas oscuras que parecen espesarse en determinados momentos. Requiere un talante indómito, avivar el ingenio, no permitirse el derecho al error o al renuncio, a la caída en el desaliento. Hay que aprovechar las piezas que nos han dado para el juego, hacer un uso positivo de los pocos medios disponibles, sin quejarse a los dioses (desde los griegos sabemos que los dioses son sordos e indiferentes) ni exigir a los otros. Pasa por una aceptación dinámica. Movamos las piezas de la forma más creativa: estemos seguros de que los vientos huracanados y destructivos pueden calmarse lo suficiente en algún momento para impulsar las velas de la vida lejos de la mar chicha, del pantano cenagoso de la desesperación. Y no hablo sólo del tener, de los objetos externos, hablo del ser. Del ser objetivo. Del propio cuerpo que, por los años o las circunstancias, está en horas bajas. Hay que respetarle y darle lo que precisa, sin excesos.

El arte de vivir en lo poco, nos hace valorar los pequeños placeres gratuitos de la existencia, valorar el sencillo hecho de existir, despreciar la envidia, invertir en el simple orgullo de salir adelante, armonizar nuestra vida con la insólita plenitud que guarda lo poco en su seno, inventarnos como una persona distinta, acorde con el momento, transformar los déficits en cualidades. Espiar la aparición súbita, inesperada, de lo esencial. Como un regalo. Favorece la emergencia de un estilo de vida, una sabiduría del ser más que del tener. Uno aprende no sólo a desprenderse de lo superfluo, sino a no detenerse en ello en el futuro.

Aunque esta filosofía es aplicable en cualquier momento de nuestra vida (si somos jóvenes, es particularmente creativa y apasionante) resulta ser una metáfora esencial para los que lucimos canas. El arte de lo poco es , también, el arte de saber envejecer. Pero, joven o anciano, el arte de lo poco nos enseña moderación, una actitud firme de vigilancia constante, de resistencia -y respeto- a nuestro cuerpo y a nuestro "pathos" (el sufrimiento humano y normal de la persona, el desenfreno emocional). Promueve una actitud vital que por definición nos aleja de la locura, la desmesura y la barbarie (la otra forma del "pathos" griego).-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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4 julio 2019 4 04 /07 /julio /2019 16:26

Los filósofos clásicos griegos y latinos y toda la escuela helenística, desde Platón y Aristóteles hasta Pirrón, Epicuro, Séneca o Marco Aurelio (eso sin contar a los maestros chinos, Lao Tse o Confucio o los hindúes y sufíes), han proclamado casi unánimemente que el equilibro es el principal y complejo componente caracterológico del individuo que garantiza una visión realista y gratificante de la existencia, una competente colaboración entre la razón y las emociones y una capacidad empática de relacionarse con los demás. El hombre equilibrado es un "avis rara" en nuestra desquiciada época cuasi virtual. Se trata de un individuo capaz de controlar las emociones, justipreciar los sentimientos, apelar a la razón y el sentido común como herramientas vitales, mantener una jerarquía de valores dentro de la ética y lograr aplicarlo a sus semejantes al tiempo que a sí mismo.

Para lograr ese contrapeso ideal, el sujeto equilibrado (que no nace sino se hace)  ha logrado una comprensión de sus emociones y las gestiona con la razón. Para Aristóteles no es otra cosa el comportamiento sujeto  a la "areté" o virtud que nos lleva a la "aristós" o excelencia, objetivo del hombre equilibrado que se maneja en la vida aplicando el pensamiento crítico en los momentos oportunos. A años luz del comportamiento estándar del ciudadano actual. Este es un ser desequilibrado e indefenso entre la avalancha de problemas "externos" que el Sistema le plantea en forma de amenazas: el cambio climático, la crisis, la vulnerabilidad ante la invasiva técnica de las pantallas, desde el móvil a los ordenadores y la tele. Y los "internos" que emanan de una sociedad hiperactiva que cifra una felicidad impostada en el tener más que en el ser y lo adorna todo con clamores incesantes hacia la salud deportiva compulsiva, las exigencias laborales excesivas en un escenario de inseguridad, las promesas fatuas del supermercado espiritual, meditación, mindfulness, coaching, yoga. Todo ello forman unas nubes que ocultan la necesidad acuciante de mantener un pensamiento crítico que  cuestione tanta falacia, aplique el análisis a un modelo de vida claramente deficitario y sepa distinguir, modelar y compaginar las circunstancias de nuestra vida y el contexto en el que vivimos. Poner coto a los malos hábitos mentales, las falacias del éxito y la felicidad creados por la presión social y la contaminación de las ideas víricas que hoy, como nunca antes, nos bombardean desde todo tipo de pantallas.

Como dice el profesor Jose Carlos Ruiz, "la felicidad es un modo de ser, se cultiva poco a poco y se tiene que cuidar diariamente con una forma de pensamiento crítico activo y correcto. No se puede ser feliz sin un pensamiento adecuado, es lo único que nos protege de la ansiedad, la depresión, las frustraciones, el sufrimiento y el miedo. Y para pensar bien se deben combinar los dos elementos más operativos del ser humano, la razón y el sentimiento." Esa es la conclusión de Spinoza y la de los neurocientíficos como Antonio Damasio que ha revelado los correlatos cerebrales de esos asertos filosóficos.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 junio 2019 7 30 /06 /junio /2019 16:23

El noruego Edvard Moser recibió el premio Nobel de Fisiología por su participación en la localización del GPS biológico que los seres humanos tienen en la red neuronal de la corteza entorrinal del cerebro. Parece ser que todos nacemos con un complejo sistema de navegación (aunque las diferencias en su calidad depende, como es lógico suponer, del uso que hacemos de él y de otros factores como la salud cerebral, el entorno en que vivimos y el género de actividades a las que nos dedicamos. La entrevista que se publica en las páginas científicas de una revista incide en el poder de almacenamiento de información del cerebro humano (casi 100.000 millones de neuronas, cada una con 10.000 conexiones con otras). Tras mencionar la esencial ayuda que la Inteligencia Artificial (IA) ofrece en el análisis de datos y la facultad de aprendizaje automático (machine learning) de los ordenadores (aquí se desliza una frase que ya nos pone en guardia), Moser dice "a menudo más allá de nuestra comprensión".

El periodista no parece captar ninguna alarma y pregunta cómo debemos afrontar el vertiginoso desarrollo de la IA. Moser, responde: "La IA realiza muchas tareas, antes exclusivas de los humanos, de una forma más rápida y perfecta, como reconocimiento de rostros o objetos y creación y percepción del lenguaje". Y añade: "La pregunta que tenemos que hacernos...es si las máquinas conseguirán la inteligencia general que les permita ser capaces de tomar sus propias decisiones. Obviamente, esto plantea problemas éticos: debemos estudiar los límites y cómo establecerlos antes de que la IA tome las decisiones por nosotros"

Y aquí se plantea una curiosa disyuntiva: está claro que el estudio de los límites está en manos de los científicos. Pero el cómo establecerlos, y cuándo, está en manos de los políticos y de sus congéneres en la sombra, los líderes financieros (ambos a su vez dominan el brazo armado de las naciones, los militares). Como decía Graham Greene, el "factor humano" es la incógnita en cualquier ecuación política, económica, social o conflictual. Y ese es el factor más inestable, imprevisible y letal del planeta. ¿Schopenhauer, Nietzsche o Voltaire volverían los ojos esperanzados hacia la IA? Quizá un escenario distópico tipo Huxley, Wells o "Matrix" esté esperándonos en una cercana encrucijada global: cuando alguien decida permitir que la IA siga su marcha hacia el poder de decidir en lugar de los humanos. O al contrario, decida limitar ese poder a temas operativos. Aquí planteamos una cuestión de ética, pero también de supervivencia.- ALBERTO DIAZ RUEDA

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27 junio 2019 4 27 /06 /junio /2019 16:18

Stanley Milgran, fue un psicólogo experimental judío norteamericano que trabajaba como profesor ayudante en Harvard en los sesenta. Diseñó varios experimentos con participación pública que la dieron una enorme popularidad, aunque bastante ambivalente: eran tan denostado como admirado. Hubo quien lo calificó de inmoral y recibió críticas muy duras de sus colegas, pero uno acaba preguntándose si no les gustaba el psicólogo y sus métodos o lo que Milgran descubría con sus experimentos sobre los seres humanos "normales", el tópico e hipervalorado ciudadano medio de los Estados Unidos (pese a que sus descubrimientos eran extrapolables a cualquier nacionalidad). En 2015 se filmó una película ("Experimenter") dirigida por Michael Almereyda sobre el trabajo de Stanley, prematuramente fallecido en los 80 a causa de un infarto . 

El experimento más importante y "escandaloso" de Milgran analizaba un fenómeno humano: la obediencia ciega a una autoridad supuestamente legal, aunque las órdenes recibidas fueran cuestionables ética y humanamente para el sujeto. La inspiración de Milgran para diseñar ese experimento tiene un nombre: el jerarca nazi Eichmann y el juicio que Israel le hizo en 1961 tras secuestrarle en Argentina. Eichmann  no aceptó su culpabilidad en ningún momento, alegando que sólo obedecía órdenes y que era un simple contable cuyos números y géneros podían ser desde seres humanos para los hornos crematorios a personal para las fábricas del régimen de Hitler. No sentía desprecio u odio hacia los judíos. Para él eran simplemente números. Eichmann fue ahorcado.

Milgran pagó a personas de diferentes clases sociales, razas o religión para que se sometieran a las reglas de su "estudio". Se trataba de saber hasta qué punto una persona "normal" puede volverse un verdugo "por obedecer órdenes". Los resultados fueron abrumadores. Más de un 60 % llegaron a infligir un supuesto "daño mortal"  y sólo un 10% se negaron a cumplir la orden de aumentar el castigo. El resto, se detuvieron en diversos grados de castigo. Evidentemente, no se hizo daño a nadie ( el "castigado" era una persona del equipo de Milgran, a la que no veían los sujetos del experimento, pero sí oían sus gritos de dolor). El motivo de castigo (descargas eléctricas que aumentaban de grado tras cada respuesta errónea) era una hipótesis inventada: el aprendizaje y la memoria aumentaban cuando se infligía dolor al sujeto. 

Un porcentaje tan alto de honorables ciudadanos que no tenían claras las prioridades éticas podría ser rebasado con creces en el siglo XXI. Pensemos en esas generaciones de jóvenes acostumbrados a la barbarie violenta a través de video juegos y películas. En esos militares que envían desde sus pantallas drones armados a terminar con "enemigos" con tal contundencia explosiva que causan daños enormes y muertes a personas  a las que ven como elementos de un video juego. ¿Estaremos mutando y perdiendo la sensibilidad ética o sólo es la misma faceta bestial que ha mostrado el ser humano durante toda nuestra sangrienta historia? Quizá unicamente ha cambiado el modo, el entorno, el juego. Parece que los humanos tienen una mezcla de los genes de Hitler, Tamerlán, Atila o Stalin en su código genético de especie. Sólo hay que darle "motivos justificados" para despertar.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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15 junio 2019 6 15 /06 /junio /2019 09:50

Camino, luego existo. Lo que para Descartes era pensar como prueba ineludible del existir, para muchos de entre nosotros, la grey universal de los caminantes, sin distinciones de sexo, formación, ocupación, nacionalidad  o edad, la actividad corporal andariega por sendas o montañas, bosques o planicies desérticas, para todos los hermanos de bipedismo activo, es la función corporal del movimiento, en busca de una meta u objetivo o paseando morosamente: el peripatós aristotélico donde se unen armoniosamente Descartes y el Caminante. Escribe Nan Shepherd, montañera británica -escocesa- con un libro magistral -"La montaña viva"- sobre el macizo o cordillera de los Cairngorms, el ártico escocés: "...el cuerpo piensa mejor cuando la mente se detiene, cuando está desacoplada del cuerpo...y la mejor forma de desacoplar la mente es caminar: tras varias horas de caminata constante, (con el ritmo largo del movimiento mantenido hasta que éste se hace sensación, y no sólo conocimiento), para el cerebro, como 'centro inmóvil' del ser, la carne se vuelve transparente".

Desde Parmérides a Alcmeon de Crotona, desde Protágoras a Epicuro, pasando por los Vedantas, el Taoísmo o el Budismo Zen, (sin entrar en la filosofía de ayer Kant,  y de hoy, Heidegger) la antigüedad pensante ha confirmado lo que la Shepherd escribe y todos los montañeros sabemos: "en la montaña podría decirse que el cuerpo piensa". Después de medio siglo de calzar botas de montaña o zapatillas de senderismo, he vivido esa sensación vivificante, clarificadora, que enaltece el ánimo y nos vuelve humildes y nos integra en esa totalidad bullente de energía que se despliega a nuestro alrededor. Y no es preciso escalar ochomiles, las cumbres dejan de importar cuando dejas de competir contigo mismo: los modestos riscos majestuosos de los Puertos de Beceite, los valles profundos llenos de olivos del Matarraña rodeados de lomas  y cumbres por debajo de los mil metros, son escenarios perfectos para los que aprendemos a ver y no solo a mirar la Naturaleza. En ella, el cuerpo nos muestra la senda que lleva a la "ascensión de la interioridad", como un peregrino de los bosques y las colinas que se funde con el entorno y hacia dentro, en los recovecos de los olivares centenarios y en las graníticas aristas del Montsagre de Horta.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 junio 2019 4 06 /06 /junio /2019 09:12

 

"Es el filosofar, a una, aprender a vivir y saber morir. A causa de la inseguridad del existir en el tiempo, es la vida constantemente un ensayar". Lo escribe Karl Jaspers, un filósofo existencialista muy cercano a Nietzsche y a Kierkegaard. Pero también es un pensador influenciado por Spinoza, el Maestro Eckhart y Nicolás de Cusa, además de mostrarse muy atraído por el budismo. En realidad su mensaje sobre la vida y la aceptación de la muerte tiene raíces muy antiguas, Epicuro (que no es el vividor irresponsable y hedonista que nos han vendido) y los estoicos, desde Séneca a Epicteto, o el neoplatónico Plotino.

Una mañana caminé hacia la ermita de Sant Blai, en las montañas del Monegret, con el bello pueblo de Tivissa allí tendido a su sombra, en el valle. La ermita es una austera construcción rodeada de cipreses altivos, campos de labor en terrazas con bastiones y muretes de piedra seca, almendros en flor --como incendiados en rosa y blanco-- y una soledad soleada de mediodía. Allí he meditado sobre las palabras de Jaspers, pues ese "aprender a vivir" como objetivo del filosofar está indisolublemente unido a un saber morir, como Kierkegaard no se cansa de proponer. Al igual que la belleza y vitalidad de los montes de Monegret, sus árboles y su fauna, parecen aquietarse en el recinto de San Blai y tomar un sentido único. Asciendo por un camino empinado, pura roca, a la espalda de la ermita, hacia la gran Cruz metálica clavada en la carena, roca desnuda al borde del vacío, con el pueblo, más vida, al fondo. La cruz, símbolo de la muerte, que también lo es, para muchos, de vida espiritual, debería ser el signo de esa filosofía que preconizan los autores citados: un prepararse para un buen morir a través del ejercicio del buen vivir. Y ese buen vivir, dadas las inseguridades de la existencia, es, por definición un ensayar, un probar caminos, tomar decisiones, arriesgarse. Como en la montaña el caminante debe optar y luego cumplir lo decidido, extremando el cuidado en los pasos que se dan, que ninguno es banal, todos tiene consecuencia, desde acercarnos a la meta, hasta protegernos de la caída y el error. Y vale también traer a colación la "inseguridad de la existencia" en bloque, unida a la del camino --en algunos sitios, delicado y aéreo-- por lo que tiene de cura, de cuidado, de todo el cuerpo y la mente unidos, en una función común: cuando permitimos que el instinto resuelva en milésimas de segundo el paso o el movimiento que nuestras piernas o nuestras manos deben hacer para asegurar nuestro equilibrio.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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3 junio 2019 1 03 /06 /junio /2019 11:29

El sutil e irónico I. Berlin, ese pensador nacido en Letonia con el siglo XX y fallecido en Inglaterra en 1997 con 92 años de edad, se sirvió de una fábula  de Arquíloco, un poeta griego del siglo VII aC, en el que decía "muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una sola y grande" para diferenciar a lo que calificaba de dos tipos de personas,  dos estereotipos más bien, entre los que apuntaba a filósofos, políticos, artistas o ciudadanos comunes y corrientes y los diferenciaba.¿Cuál era la característica que los diferenciaba? Los "erizos" sostienen una visión central y sistematizada de la vida. Creen en un principio ordenador y centrípeto que da sentido a la existencia. Es el caso de Dante o de Platón, de Nietzsche o de Proust, Marx o Freud. Su manera de pensar y actuar se vertebra sólidamente en torno a unas ideas capitales y coherentes, aunque cerradas y que se contentan consigo mismas, fiel y norma del acontecer.

Los "zorros" tienen una visión centrífuga de una realidad que por definición es dispersa y múltiple. El concepto de la existencia y la realidad no obedece a ninguna norma estable o coherencia estructurada, sino que respetan su diversidad dinámica. Los hechos pueden tener particularmente una coherencia, pero la totalidad, el Todo,  admite la contradicción y vive de ella, dispersándose en la multiplicidad y en un caos aparente, que es la forma como llamamos a un orden que no entendemos. Berlin ve a los zorros personificados en tipos como Aristóteles, Shakespeare. Goethe, Joyce o Balzac.

¿El cristianismo es al erizo lo que el taoísmo o el budismo es al zorro? Apuntando un poco más bajo, Berlin sugiere: "en todo erizo hay un fanático potencial; en todos los zorros hay un escéptico permanente".¿Séneca es un erizo? Su célebre frase: "Ducunt volentem fata, nolentem trahunt", (Los hados conducen a quien acata sus decisiones, a quien se resiste le arrastran), fue adoptada como lema por el filósofo e historiador alemán Oswald Spengler, autor de "La decadencia de occidente", publicado meses antes del Armisticio de la I Guerra, cuyo pesimismo cultural fue confirmado dramáticamente por la II Guerra Mundial y parece estar muy activo en nuestro siglo. ¿Vivimos en el siglo de los erizos? ¿Trump es un erizo? ALBERTO DÍAZ RUEDA

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14 mayo 2019 2 14 /05 /mayo /2019 19:30

Sherry Turkle es una psicóloga que ha dedicado los últimos 20 años a estudiar los efectos de los medios tecnológicos de comunicación interpersonal. Para ella la tecnología online está provocando una huida relacional hacia la pérdida de la conversación cara a cara, lo cual produce efectos perniciosos  ya que "la conversación es la base de la democracia y los negocios, sustenta la empatía y es básica para la amistad, el amor, el aprendizaje y la productividad". Los últimos trabajos de esta científica cognitiva se basan en una serie de encuestas realizadas durante un período de cinco años en  diferentes escenarios, desde al ámbito laboral y educativo al familiar y sentimental.

Quizá se debería analizar la cuestión recurriendo a la metáfora de las sillas que diseñó con ingenio el filósofo de la naturaleza Thoreau: la conversación con nosotros mismos, el soliloquio,  de una silla, la de dos sillas cuando tenemos un interlocutor o las tres sillas cuando interviene una motivación digamos social o laboral. Por ello Turkle propone que la nueva e invasiva forma de comunicación mediante la nueva tecnología, sea la cuarta silla. Uno recuerda  la dura moraleja de la película "Her", (2013, dirigida por Spike Jonce y protagonizada por un genial Joaquin Phoenix) en la que el protagonista se relaciona amorosamente con un programa informático interactivo e inteligente.

Los adolescentes se pasan horas ante las pantallas de sus móviles, tablets u ordenadores. Son incapaces de permitirse la libertad de aburrirse e imaginar juegos y actividades que les diviertan. Sus hermanos mayores, universitarios,  suelen mostrarse mucho menos empáticos de lo que era normal en los años que mis hijos o yo asistíamos a la universidad. Dirán ustedes, encogiéndose de hombros, "eso es normal. Eran otros tiempos". ¿Están seguros? ¿Creen que humanamente hablando, los deseos, pasiones, frustraciones y carencias de los jóvenes universitarios de 18 a 23 años eran tan diferentes a los de ahora? ¿O solo ha cambiado la forma de satisfacerlas, remediarlas o soportarlas? Turkle nos informa que un 20 % de jóvenes entre 18 y 30 años contesta al móvil y mensajea mientras mantiene relaciones sexuales; 9 de cada 10 estudiantes envía mensajes en plena clase escolar; el 80 % duerme con sus móviles y la mitad de éstos no desconecta nunca. Es la cuarta silla de Turkle que nos está llevando a estar más cómodos con las máquinas que con las personas ya que "tratamos a las máquinas como si fueran casi personas y tratamos a los seres humanos como si fueran máquinas" (vean "Her" y reflexionen en ustedes,  al margen de la anécdota fílmica).- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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