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27 noviembre 2020 5 27 /11 /noviembre /2020 08:36

POLÍTICA VERSUS EDUCACIÓN

La ley Celáa no viene de celo. De celo educativo, menos aún. Podría provenir de re-celo, que es de uso político. No es la norma “castigapatrias” que vocean algunos, pero tampoco es oportuna en estos momentos de pesadumbre e inseguridad. Es una ley precipitada que ha enardecido los ánimos de la derecha, patronales y sindicatos. No porque la Ley sea totalmente rechazable. No es peor que la Lomce de Wert que fue aprobada solo por el PP. La Lomloe ha sido aprobada de forma más plural, aunque es evidente su ideario progresista. El problema, tan reiterativo, es que no hay un debate sereno y un análisis crítico serio de la ley, sino unas reacciones emocionales y de sesgo económico-político que difunden falsedades y manipulaciones: desde que el castellano corre peligro de extinción (principalmente en Cataluña) a que se atenta contra la libertad de elección educativa por limitar la financiación pública a la escuela concertada, como que se sacrifica la asignatura de religión y se arrasa con las escuelas de educación especial para llevar a todos los chicos con necesidades especiales a ser incluidos en las aulas generales. Tal como se denuncia nada de esto es cierto.

Seguimos negándonos –también en educación, no sólo en sanidad—a aplicar el buen juicio, el sentido común y la mesura y cautela en el análisis de lo que nos disgusta. Llevamos, señores, ocho leyes de educación desde 1970. A cual más discutible e inoportuna, pero sobre todo  sesgadas políticamente por el que manda –todos los partidos quieren dejar su “cagadita” en la triste historia educativa del país-  e ignorando la escasa efectividad de las anteriores. Con la educación, señores, no se juega. No es una pieza de intercambio y mercadeo como lo han sido los presupuestos.

¿Creen que todo se reduce a minimizar al castellano y blindar el catalán? ¿O liquidar las escuelas concertadas y las aulas de educación especial?  No simplifiquen tanto, lean la ley e infórmense. Dense cuenta del paralelismo existente entre la supuesta ley “educativa”, el autismo emocional de una parte del Ejecutivo y el oportunismo pseudo izquierdista de la otra, los dislates de la derecha y los separatismos, las broncas vergonzantes de la política profesional al margen de las verdaderas necesidades del ciudadano, la que nos cae vía pandemia entre indecisiones y negacionismos, la ruina económico-laboral y por doquier, la falta de un consenso de Estado en las cuestiones esenciales y tantas otras vergüenzas, aderezadas por bulos, falacias e hipérboles difundidas por la Red.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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17 noviembre 2020 2 17 /11 /noviembre /2020 10:33

LOGOI 175

DIGITALIDIOTAS

Las crisis políticas y sociales generan impensables compañeros de cama. Nadie pensó que la actual crisis occidental acercaría a jóvenes herederos de los anarco-hippies y a una extrema derecha paranoica y negacionista. En las redes la confusión es dramática. Los inventores de bulos y majaderías negadoras de la evidencia exigen libertad de expresión para defender su “derecho” a instigar el odio y la desconfianza entre la población adicta a las pantallas. Escribió Emilio Lledó: “…Siempre se habla de tener libertad de expresión, pero lo que hay que tener antes que eso es facultad de pensar. Si mi libertad de expresión solo sirve para que diga idioteces, de qué le sirve a nadie mi uso  de esa libertad. ¿Para qué nos sirve, si no sabemos pensar…si careces de sentido crítico, si eres un adicto a las “fake news”, los bulos y las insensateces proferidas por “influencers” de la Red, que no saben hacer la “o” con un canuto”.

Ahora el camaleónico Sánchez sugiere una “agencia” que ponga orden en ese universo digital caótico. Tiembla uno sólo de pensarlo. No porque la medida sea inoportuna o absurda, sino por cómo se piensa realizar, quién controlaría a los controladores de los filtrajes y hasta qué punto la deriva del control no abarcaría medios de comunicación independientes que tan molestos resultan a un poder enquistado en sus sillones.

El neurocientífico Michel Desmurget, nos dice que estadísticamente un joven de 18 años suele pasar por término medio de 5 a 8 horas todos los días frente a una pantalla. Por ello ciertas regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento de señales visuales entorpecen por sobrecarga la maduración de las redes lingüísticas, esenciales en campos como la lógica, el  sentido crítico y la elaboración de un pensamiento estructurado.

Unamos el mal uso de la libertad de expresión, el invento apresurado de un control gubernamental de los ataques y supuestos ataques a la norma y  los “levantamientos populares” orquestados por los fascismos “democráticos” que los perpetran, y obtenemos un cóctel explosivo preocupante. César Vallejo escribió en 1939: “¡Cuídate España de tu propia España! Cuídate de la víctima a pesar suyo, del verdugo a pesar suyo y del indiferente a pesar suyo! Cuídate del que antes de que cante el gallo, negárate tres veces y del que te negó, después, tres veces. Cuídate de los nuevos poderosos. Cuídate de los que dicen que te aman. Cuídate de tus héroes. Cuídate del futuro.”

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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6 noviembre 2020 5 06 /11 /noviembre /2020 09:11

Era un adolescente cuando Alberto Camus murió en un accidente lleno de suposiciones e incógnitas, profundamente sospechoso. Mi padre me dijo con una nota de tristeza en la voz: "A tí que tanto te gusta leer deberías intentar leer algo de Albert Camus. Acaba de morir. Pásate luego por la librería y le dices que te den un libro de él, a poder ser "La peste". Que lo pongan en mi cuenta. Está en francés, claro. Pero tu lo lees bastante bien. Si tienes alguna duda me preguntas o miras en el diccionario. Te impresionará". Desde entonces Camus me ha acompañado toda la vida. Años más tarde en la Facultad de Derecho había dos grupos rivales: los que apoyaban las  tesis políticas de Sartre y los que apoyábamos las de Camus. Había una profunda enemistad entre ambos grupos. Los de Sartre se consideraban de extrema izquierda y los de Camus eramos humanistas y dábamos más importancia a ciertos valores éticos e intelectuales que a la disciplina de un partido político supuestamente salvador de un mundo ahogado por el capitalismo. Todo era mucho más simple, sin duda erróneo en ambos planteamientos, pero estaba en general infinitamente más claro que las actuales confusiones. En todo eso he pensado cuando he releído la novela de Berta Vias y me he decidido a contárselo a ustedes. 

"No hay nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más estúpido que morir en un accidente de coche". Lo había escrito Albert Camus. Y lo repite Berta Vias Mahou, una escritora madrileña de 50 años, traductora y narradora, en su última novela "Venían a buscarlo a él", en la que logra comunicarnos la angustia, la soledad y la honestidad de ese escritor francés, premio Nobel, de pasado argelino, una de las más conocidas víctimas del desastre de la guerra de Argelia.

El 4 de enero de 1960 Albert Camus perdía la vida en un absurdo "accidente" de automóvil, en una carretera secundaria comarcal entre Sens y Fontainebleau. Berta Vias logra a través de una recreación literaria basada  en pasajes de la obra póstuma  de Camus "El primer hombre" y en retazos y citas oportunas de otras de sus obras, conferir una autenticidad y coherencia a su narración, que rebasa el puro andiamaje novelesco.

Compartimos ese último periodo de la vida de Camus a través de un juego de espejos en el que Jacques, el trasunto de A.C. (protagonista precisamente de la novela póstuma citada), vive la turbulenta historia de amenazas y horrores que rodea el doble terrorismo francés y argelino, un goteo inmisericorde de atentados, asesinatos y matanzas, en un contexto internacional en el que las fronteras del racionalismo y la ceguera política se entremezclan, con una izquierda incapaz de aceptar la sensatez y el pacifismo de buena ley que destila la persona y el pensamiento de Camus. Somos testigos del enfrentamiento con Sartre desde la óptica del escritor mártir, demonizado por el duro y alicorto "establishment" intelectual de la época. Y se nos comunica con inquietante efectividad el clima de desasosiego, temor y rectitud en el que vive Camus hasta su muerte, apresuradamente orquestada y manipulada por las autoridades francesas, por todas las elites políticas e intelectuales en el poder.

Con una versatilidad a veces desconcertante Berta Vias juega con los diferentes narradores y alterna las personas del narrador, incluso en el mismo capítulo, acercándonos a las figuras claves del drama: el joven argelino de madre española que es testigo indirecto de la presencia y el objetivo de los asesinos, las figuras de éstos y su trayectoria bajo el control de la FLN, el juego disparatado de intereses encontrados que decidirán la muerte de Camus y el entorno del escritor donde se introduce también la tercera columna de los que facilitan el camino a los asesinos. Dominándolo todo la presencia de Jacques-Albert, sus jornadas de escritura, sus recuerdos, algunas vivencias y relaciones que ensamblan un relato apasionante y angustioso. Desde las jornadas de sol y mar de su Argelia infantil hasta la vida en un cada vez más agobiante París que le niega el pan y la sal a causa de su enfrentamiento y coherencia en la debacle del fin del colonialismo francés.

¿Cuál podía ser la suerte de un hombre que se atreve a aspirar a una "tercera vía" en el horror argelino, empuñando las banderas de la paz, el entendimiento de los hombres y el respeto a las diferencias raciales? Una vez más es el inocente, la víctima propiciatoria de todas las partes del problema, enfangadas en la defensa a ultranza de intereses bastardos. Berta nos habla permanentemente del miedo de Camus ante los fantasmas del odio y la intolerancia. Y uno acaba por aceptar la apuesta de la autora: en ese contexto la muerte de Camus es la catarsis necesaria para el cumplimiento del horror en toda su absurda vaciedad de humanidad. Se configura como una "crónica de una muerte anunciada", con la temible exactitud trágica de un sacrificio laico a los dioses: el del inocente, odiado por igual por todas las partes en conflicto.

Se trata de  una excelente novela y un trabajo serio e imaginativo de recreación e interpretación de los hechos de la vida de un gran hombre.

 

FICHA. "Venían a buscarlo a él", Berta Vias Mahou.- Ed. Acantilado, Barcelona 2010. 227 páginas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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2 octubre 2020 5 02 /10 /octubre /2020 11:49

(Texto publicado el 021020 en La Comarca)

Las “marabuntas” son agresivas colonias de hormigas depredadoras existentes en algunos países de África y en Sudamérica. Les llaman hormigas guerreras o legionarias y arrasan territorios enteros, devastando la pequeña fauna y la vegetación por donde pasan, en columnas de 20 metros de ancho por 200 metros de largo. En los años 50 se hizo popular una película norteamericana dirigida por  Byron Haskin y protagonizada por Charlton Heston y Eleanor Parker. Es España se tituló “Cuando ruge la marabunta” (“The naked jungle”, “La selva desnuda” en inglés) en la que la marabunta se convertía en un exagerado flagelo letal incluso para grandes mamíferos y personas.

Ustedes me permitirán la broma, también exagerada, de comparar las tropelías devastadoras de la marabunta con ciertas actitudes, abusos, excesos, incivismo, mala educación o simples gamberradas -seguramente etílicas o anfetamínicas- del tropel veraniego que ha invadido nuestros pueblos, impulsados por las circunstancias (encabezadas por el Covid y en contra de las recomendaciones de las autoridades de las provincias de origen de los turistas).

Las últimas fiestas y “puentes” han sido un triunfo de la necesidad de desplazamiento tras la reclusión, inconsciencia y covidiotismo de cientos  de miles de personas que se han expandido por el mundo rural y el de montaña hasta límites notables incluso comparándolos con tiempos de normalidad sanitaria y económica. Entendámonos: creemos firmemente en el derecho de los ciudadanos a buscarse sus momentos de diversión, deporte, nomadismo, relajación o socialización fuera de su lugar habitual. Con dificultades para salir a otros países más exóticos y con el añadido de las penurias económicas, la gente ha decidido hormiguear por lugares más o menos cercanos, más económicos y poco poblados (hasta que llegaron ellos, naturalmente). Los aborígenes rurales y montañeses, encantados de entrada (algunos). Las pernoctaciones y alquileres o casas rurales han estado a tope. Los bares y restaurantes hicieron su agosto en setiembre. Los senderos superpoblados y arrasados por motos y bicis de montaña y ristras de mochileros protestando de tanta rueda y ruido. Las cumbres modestas y las más orgullosas han sufrido hasta colas de espera (vi una foto descorazonadora de la cruz del Aneto a rebosar de “selfies” y posados grupales).

Por las noches, hasta en los pueblos más pequeños y a pesar de las órdenes de alejamientos y mascarillas en vigor, los botellones, francachelas y escandaleras han estado en plena vigencia transgresora. Botellas vacías (y rotas), vasos de plásticos y otros residuos han constituido la pesadilla y el rosario de malas palabras de los pobres peones y alguaciles de los Ayuntamientos. Moblaje urbano destrozado, pintadas de lo más “divertido”, automóviles aparcados a la buena de Dios, vomiteras en algunas esquinas, gritos estentóreos en la noche donde sólo se escuchaba algún búho o lechuza, cantos “patrióticos” o coplas libidinosas durante la “sana” diversión nocturna importada.

Me dirán ustedes que eso no ha sido la tónica general. Que muchos de los que han buscado refugio estival en los pueblos son personas que tienen en ellos su segunda residencia, otros son amigos o familiares de los propios lugareños. En fin, que exagero un montón. ¿De veras? Den un repasito a los periódicos locales, comarcales o provinciales. Aún así, admitamos que la cosa no ha sido tan grave y que ha compensado un poco el desbarajuste económico del confinamiento. Muy bien. A cambio déjenme hacerles una propuesta discreta: Convengamos que el Aragón vaciado no es un cubo de residuos donde puede venir quien quiera a cambiar sus óbolos turísticos por cosas inconvenientes que nos afectan y desmerecen nuestro territorio. Lo que no se tolera –o se multa- en las ciudades, en nuestros pueblos queda impune. Como dijo en un semanario de la comarca un destacado político amigo mío: “si masificamos el territorio, deterioraremos los espacios y degradaremos nuestras pequeñas joyas”. ¿Por qué no regalamos  a los visitantes ocasionales o “residentes” un decálogo de buena vecindad, de educación cívica, en el que les rogamos que nos ayuden a conservar, mantener y mejorar los lugares y monumentos naturales que vienen a admirar y respeten a los que vivimos todo el año aquí y trabajamos para hacer esa labor y, en consecuencia volverles más fructífera su estancia?  ¿Es mucho pedir? ¿O prefieren dejar nuestro Aragón milenario convertido en un páramo arrasado como por el paso de la marabunta?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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30 septiembre 2020 3 30 /09 /septiembre /2020 08:21

ULTIMI  BARBARORUM

Marx dijo que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Calígula y Nerón fueron tragedias para Roma, Hitler y Stalin para Alemania y Rusia. Sus encarnaciones actuales, desde Berlusconi o Salvini,  al nazismo sobreviviente en grupúsculos de todo el mundo o los Bolsonaro Putin y Trump endiosados en sus omnímodos poderes, configuran mortíferas farsas. Nosotros tuvimos la tragedia en la guerra civil y tenemos nuestra farsa en la actual (no) gobernanza política española, donde se repiten esquemas, posturas y separatismos, pero sigue prevaleciendo la alargada sombra del Capital, dios único y verdadero, desdibujando los perfiles de izquierdas o derechas.

¿Será la causa que genera estos tiempos desorientados e irrazonables? ¿Nos dirigimos hacia lo que Spinoza llamó “ultimi barbarorum”, el colmo, el extremo de la barbarie? Eso apuntan los cotidianos abusos sobre el estado de derecho perpetrados por personas de muy varia condición que agitan banderías de antisistema, feminismo u homosexualidad, pero no desde la demanda legítima, sino en forma de violencia y agresividad; okupas, nazis redivivos, franquistas nostálgicos, estafadores de guante blanco, jóvenes vandálicos etilizados, profesionales de las algaradas que obedecen al que pague mejor, tipos del común muy conscientes de sus derechos, pero no de sus límites éticos o jurídicos, fanáticos de teorías de la conspiración (como los del “Q” norteamericano) cuanto más descabelladas mejor…y el rosario permanente de violaciones en grupo, arrasar a negros, “maricas” o “sudacas” y otros seres humanos condenados por las consignas de la horda, destrozar mobiliario urbano o propiedades privadas; fascistas de los dos extremos, ecofascistas como novedad, tipos expertos en porras, cocteles molotov y puños de hierro, nacionalistas manipulados por la ignorancia y la idiotez. El terrorismo “blando” y “tolerado” de los vándalos, de los “ultimi barbarorum”, que prolifera por las grandes ciudades y últimamente en algunos pueblos, por eso de huir de una pandemia en la que no creen y que van esparciendo) donde destrozan cosas que a todos les importan, excepto a ellos.

No se trata de la falsa y socorrida dialéctica de la libertad y el orden. Goethe defendió a ultranza la libertad individual pero alertó sobre sus excesos. La falacia en la que se basan las exigencias y modos de la ultra derecha y congéneres de los extremos, es su fraudulenta aceptación del orden democrático. Jamás debería haberse permitido que entraran en el juego de los partidos políticos, ya que por definición no respetan las normas de respeto y convivencia que son básicas en la democracia. Sólo las reclaman y manipulan para defender su “derecho” a discrepar que, en esencia, es una praxis de violencia, insultos, descalificaciones y amenazas. De esta manera las reglas democráticas se ven obstaculizadas en su defensa del orden y el equilibrio de la cosa pública, mientras los partidarios de la deriva autoritaria hasta sus últimas consecuencias, se ven “amparados” por esa democracia que ellos conculcan sin cesar.

En el reino de la barbarie hablar de libertad de expresión, es una incongruencia, ya que es utilizada para justificar lo injustificable. Como decía el maestro Lledó, es razonable exigir  la libertad de expresión. Sólo hay un problema para los que tememos la barbarie: ¿de qué sirve la libertad de expresión si sólo se usa para decir idioteces, mentiras, insultos, una verborrea espinosa de despropósitos agresivos? ¿No sería necesario exigir antes algo de sentido crítico, capacidad analítica, pensamiento basado en la lógica y el sentido común? Materia de educación básica y necesaria. Construimos la casa de los derechos humanos por el tejado. Y las columnas que la tienen en pie, las obligaciones correspondientes, no tienen solidez. Somos fáciles presa para los “ultimi barbarorum”. A propósito, atentos a los “idus” de noviembre: la Casa Blanca, puede dejar de ser un color para ser un símbolo de supremacía racial, si es que Trump  sigue...

ALBERTO DÍAZ RUEDA, escritor

 

 

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29 septiembre 2020 2 29 /09 /septiembre /2020 10:40

EL “JUEGO DEL PRISIONERO”

Ya son demasiados casos de insensatez y aparente locura en el mundo, ¿no les parece? Eso se debe a que los políticos y el poder  juegan, sin saberlo, al “juego del prisionero”. Es uno de los dilemas sin solución de la teoría de juegos, lúcida idea cultivada por aquél científico esquizofrénico paranoico (John Nash) que describe el libro (y la película) “Una mente maravillosa” y que acabó recibiendo el Premio Nobel de Economía en 1994, a pesar de su enfermedad.

Escojamos sólo dos casos: el empecinamiento del dañino Torra en Cataluña y el de la no menos obcecada presidenta de la Comunidad de Madrid con el jefe de Gobierno por el Covid. El juego del prisionero demuestra matemáticamente cuándo dos personas no logran cooperar aunque ello vaya contra el interés de ambas. Los intentos fracasan siempre porque la codicia y las estrategias de dominio de las dos partes impiden que usen la razón y el sentido común. La resolución se aplaza “sine die”, unida a una conclusión falsa de suma no cero (sin ganador). Se podría superar el nudo, paradójicamente, con un acuerdo que suponga ceder algo por las dos partes para perder menos cada uno, pero ello presupone contradecir la premisa básica del juego.

En la política española se sigue continuamente el “juego del prisionero”. No hay ni ganador ni perdedor absoluto, pero siempre hay un perdedor permanente: el pueblo español y su bienestar social y económico. Deberíamos internar a ciertos políticos españoles en un retiro monacal con expertos, neurólogos, psicólogos y economistas para que les demostraran cómo la cooperación, la solidaridad y el altruismo son las herramientas adecuadas para desembrollar la situación del país: el juego del prisionero se anula cuando esas personas obcecadas deciden aplicar criterios basados en una evidencia científica: cada vez que obramos de forma altruista, generosa, compasiva y solidaria se activa un área del cerebro conocida como “unión temporoparietal” que, a su vez, activa el núcleo estriado, que es el elemento cerebral del que dependen los circuitos de recompensa y motivación, cuya acción mejora nuestra salud, baja la tensión arterial, produce bienestar físico profundo y aumenta la empatía y el atractivo de las personas. Y, como consecuencia aparecen soluciones realistas y eficientes a los problemas planteados. Debería extenderse a nivel planetario.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 septiembre 2020 7 13 /09 /septiembre /2020 09:14

"La edad de la penumbra" de Catherine Nixey, historiadora dedicada al periodismo de divulgación, es una obra que sintoniza perfectamente con la actual situación dentro de la cultura dominante en la que los fenómenos religiosos -no los espirituales- han tomado un sesgo ligeramente anacrónico para una parte de la población, aunque sigue candente en religiones como el mahometismo y el budismo. Con el cristianismo, y salvo en lugares y entornos muy determinados, el decaimiento de fervor y práctica ha provocado la aparición de una historiografía  crítica que ha cuestionado no sólo la perdurabilidad -exceptuando siempre a un núcleo duro inamovible entre el fanatismo y la buena fe- sino también la legitimidad de estas creencias. Aunque ya hemos tratado en estas páginas diversos ejemplos de estudios de considerable solvencia sobre esta deriva iconoclasta y desmitificadora de la historia de las religiones, el libro de Nixey pega un buen varapalo al cristianismo con cierto redentismo provocador, no exento de humor. Lo cierto es que el sarcasmo de la autora tiene un efecto dinamizante en el lector que, si ha  seguido mi propuesta de lectura en otras ocasiones de libros semejantes, apreciará sus concomitancias a pesar de los estilos totalmente diferentes.

"La edad de la penumbra" es muy incisivo en sus conclusiones y ha provocado protestas públicas de la Iglesia ante alguno de sus comentarios e informaciones. Pero, prescindiendo de las críticas institucionales, las imágenes que nos brinda la autora de la forma de vida de los cristianos de los siglos anteriores al reconocimiento del cristianismo como "religión oficial" del Imperio romano, desmiente toda la iconografía tan cara a esta religión -de origen romano, por excelencia- cuyo poder llegaría a alcanzar nuestro siglo y tiene visos de seguir, aunque en cierta forma "tocada" por una forma de vivir absolutamente distinta a la de todos los pasados siglos de su "era".

La semejanza entre los actos de barbarie y vandalismo de los cristianos del siglo IV d.C., cuando se habían hecho suficientemente fuertes y temidos por su fanatismo sin compasión, con los los barbudos sanguinarios del tristemente famoso Estado islámico, es algo más que una curiosidad. Es un síntoma, 17 siglos más tarde. ¿Hay alguien que defienda la evolución emocional del ser humano; su comprensión y respeto por otras creencias, en esta presunta época del "fin de las creencias"? Esperemos que el "triunfo de la Cristiandad" que tanta sangre, injusticias, barbarie y destrucción provocó durante siglos (hasta hace dos días y continúa en algunos lugares) no sea el espejo de actuación de los islamistas feroces parapetados más en el odio a otras creencias que en el estudio, puesta  al día, comprensión y perfeccionamiento de la propia.

Tanto los cristianos de entonces y duraderamente, cuenta Nixey, como los islamistas de ahora, buscan no un reconocimiento y respeto del contrario sino la "total subyugación de éste" a sus principios. Y para lograrlo no hay exceso violento que no ejerzan y patrocinen. Hoy se dinamitan estatuas gigantescas de Buda o se queman iglesias o asesinan a sacerdotes y fieles; en el siglo IV y V dC, se destruyó casi totalmente la hermosa y fructífera filosofía grecolatina y las manifestaciones escultóricas o arquitectónicas de aquellos antiquísimos cultos y creencias.

Lo que nos inquieta más del libro de Nixey es su aseveración documentada de que grandes hombres de aquellos tiempos, como San Agustín, apoyaba "la extirpación de toda superstición de paganos y gentiles" de la forma más radical posible. Otros "santos" como el francés Martin o el egipcio Teófilo o el italiano Benito dieron muestra de su "santidad" en su particular guerra sin piedad contra las personas y los lugares que habían sido conocidos por su espiritualidad "no cristiana". ¿Dónde está la madurez intelectual de tantos filósofos de raíz cristiana que, incluso en nuestra época, no cuestionan ni rechazan el oscurantismo provocador de aquellos pensadores?

Como con mucho sentido del humor e ironía nos cuenta la autora, "los ataques no se detenían en la cultura. Todo, desde la comida que se ponía en el plato (que debía ser sencilla y sin especias) hasta lo que se hacía en la cama (que debía ser igualmente sobrio y sin especiar) empezaba, por primera vez, a quedar bajo el control de la religión". Y sin embargo, lejos de esos grupos y cabecillas "santificados", las personas del común, corrientes, que trataban de sobrevivir, se limitaban a incorporar al dios cristiano al abundante panteón de divinidades paganas. Situación que sin embargo duró poco, ya que después de Constantino, cuando los sacerdotes de la "verdadera fe" comenzaron a controlar algunos resortes del estado, el político y el militar, los templos paganos -y sus sacerdotes- fueron destruidos unos y asesinados otros por todo el Imperio y aledaños.

La misma o parecida suerte corrió la filosofía y los últimos filósofos de las escuelas platónica (la Academia) y neoplatónica, aparte de las escuelas no asimilables al cristianismo (el platonismo fue manipulado a favor de lo permitido y también el estoicismo en alguna medida) pero el cinismo, el escepticismo y el epicureísmo fueron devastados. Las hogueras con libros prohibidos no las inventó Hitler o los islamistas, la inventaron los cristianos. Y también inventaron los palimpsestos -manuscritos sobre los que se escribían nuevos textos.  "Se ha descubierto que Agustín sobrescribió el último ejemplar de 'Sobre la República' de Cicerón para anotar encima sus comentarios de los 'Salmos'. Una obra biográfica de Séneca desapareció bajo otro 'Antiguo Testamento' más. Un códice con las 'Historias' de Salustio se raspó para dar lugar a más escritos de San Jerónimo.... Sólo un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió a los siglos. El 99 por ciento fue destruído".

Y sugiere la autora, los cristianos del medievo y épocas posteriores modificaron la historia del recibimiento del triunfo del cristianismo en pueblos y aldeas. Fue una de las muchas "fake news" que pasaron a ser consideradas verdades dignas de figurar en los libros de historia y en la enseñanza a los niños y en las Universidades: se eliminó la memoria de que existió una fuerte y duradera oposición a dicha victoria. "El cristianismo contó a las generaciones posteriores que su victoria sobre el viejo mundo fue celebrada por todos, y las siguientes generaciones lo creyeron". Por ello el "triunfo" del cristianismo fue considerado durante los siglos posteriores como un milagro más de la "religión verdadera" y precisamente en ese dato estriba la totalidad y completud del triunfo cristiano.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

LA EDAD DE LA PENUMBRA.- Catherine Nixey.- Trad. Ramón González.- 317 págs.

 

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25 agosto 2020 2 25 /08 /agosto /2020 17:17

(PUBLICADA EN LA COMARCA EL 250020)

Todos los seres humanos son idiotas en ciertos momentos de sus vidas,  pero la mayoría lo son más que otros y durante mucho más tiempo. Esta es una teoría bastante plausible. Según Popper, no existen las teorías verdaderas, sino aquellas que han sido contrastadas sin poder ser falseadas. Pero aunque esta fuera falseada (que nadie lo ha logrado), tampoco se abandona, salvo que encontremos una alternativa mejor.

Y si están ustedes bien informados (y no desinformados o saturados) verán múltiples pruebas de esa teoría sobre el virus de la idiotez aplicada a la actual pandemia y a otros enigmas más o menos letales: desde los fanáticos seguidores de un agricultor inspirado, Josep Pamies, que aconseja la ingesta de un producto (el clorito de sodio) parecido a la solución de lejía que preconizaba Trump o Bolsonaro en algunos de sus dislates, a los feroces enemigos de las mascarillas que se reúnen en multitudes bien apretujadas riéndose de las multas y las amenazas, a los reincidentes jóvenes de sacrosantos derechos a la juerga, las fiestas patronales y los botellones: todo es mentira, paranoia conspirativa, intereses económicos ocultos y perversos. Y si viene la vacuna hay que hacer frente común: el Gobierno, o la Internacional Capitalista, nos quieren implantar con la vacuna chips para dominarnos mejor y controlarnos a todos. Y esos "todos" son, por ejemplo los antisistema que viven del sistema, los okupas que viven de la estafa y la extorsión vistiéndose de nuevos samaritanos, provocando situaciones de desamparo y vejación que son el asombro y la incredulidad para el resto de Europa, (leyes inicuas al servicio de pretensiones humanitarias), algunos -no todos- de los clientes del buenismo de nuestra desorientada izquierda que reciben una ayuda indiscriminada sin la debida contraprestación de servicios, todos estos a la altura de los terraplanistas o de los que creen que la llegada del hombre a la Luna fue un truco de Hollywood y la Casa Blanca.  La abundancia de los idiotas ocultaría la luz del sol dejando al orbe en tinieblas. Y no olvidemos a los mini-idiotas: los que se cuelan en las colas, el que se salta las normas de circulación porque cree que nadie lo va a ver, el que tira las mascarillas usadas en las aceras o se cisca en las normas de higiene pública o en las de buena vecindad porque le conviene en un momento dado, o algunos que huyen de la ciudad y llegan a los pueblos para cometer impunemente los agravios que su egoísmo o descuido les sugiere, desde aparcar mal a no dejar dormir a los vecinos con sus gritos y bromas o actuar como si el virus no fuera con ellos. La semana que viene más.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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23 agosto 2020 7 23 /08 /agosto /2020 09:02

Siempre me he sentido atraído por Spinoza, deslumbrado con su pensamiento, intrigado por su vida y perplejo por  las dificultades inherentes a su lectura. Como Sócrates, Montaigne, Russell, Wittgenstein, Epicuro o Pirrón pertenece al grupo no muy amplio de filósofos vitalistas, es decir, aquellos que viven la filosofía como una forma o estilo de vida. Y al más reducido círculo de los que pagaron con persecuciones, acosos sociales o religiosos, ataques físicos e incluso la tortura y la muerte, la coherencia existencial con sus ideas. Nació en Amsterdam en 1632,  hijo de padres judíos de origen portugués y español. Fue temprano lector de Lucrecio, Hobbes, Cervantes, Quevedo, Góngora y Giordano Bruno.  Toda su filosofía es una meditación sobre Dios, pero no de un Dios trascendente como en las tres religiones monoteístas sino de un Dios que es, en sí mismo. tiempo, materia y espíritu. Semejante idea le valió el anatema total y la expulsión de la Sinagoga y de la fe judía y con el tiempo (mal interpretado y menos entendido) se le calificó de uno de los primeros ateos de la historia. Murió joven, 44 años, y rechazado por su comunidad, a causa de una enfermedad pulmonar, tisis, provocada por el polvo que inhalaba debido a su oficio de pulidor de lentes.

De su filosofía, principalmente su "Etica" ("Demostrada según el orden geométrico") o su "Tratado teológico político", han surgido muchas de las reflexiones que me han facilitado la vida y agudizado el entendimiento en asuntos religiosos, morales, políticos o históricos. Aparte de inspirarme cierta alegría de vivir, amor a la Naturaleza y ética personal que han guiado mi vida en momentos delicados y en los asuntos cotidianos. Su norma existencial "Caute!" (cautela en el pensar, el hablar y el actuar) me ha librado de buenos líos a través de los años. De todas formas incido en mi observación al principio de este texto: es de lectura dificultosa. Precisamente por eso, libros como el que hoy les recomiendo, "Spinoza y el libro de la vida" de Steven B. Smith (profesor de ciencia política en la Universidad de Yale), junto a "En busca de Spinoza" de Antonio Damasio (uno de los neurólogos más conocidos y respetados, norteamericano de origen portugués) nos ilustrarán de manera muy eficaz en la importancia de la obra de Spinoza en la historia de la Filosofía y las influencias que su pensamiento tuvo en los más grandes filósofos del siglo XX y del actual.

Es uno de los más citados pensadores en todos los que luchamos por la libertad de pensamiento, la hegemonía de la razón, la igualdad y la solidaridad humana por encima de razas y nacionalidades, en busca de la convivencia pacífica y el progreso sostenible y ecológico. Seguidor de las ideas estoicas greco-romanas. Spinoza cultivó una austeridad y una sencillez ejemplares en su vida y un estado de bienestar mental y alegría. Opinaba que el amor al conocimiento, al arte y a la vida y la contemplación en la Naturaleza, eran en sí mismas las vías para alcanzar la sabiduría.

Spinoza sostiene, según un comentarista al que cito por su claridad expositiva pero del que, lamentablemente no conozco el nombre, que "Dios es lo uno y lo múltiple. Para conocerlo, solo tenemos que observar y estudiar la totalidad de la que formamos parte. Dios no está en lo alto, sino en el aquí y ahora. En la filosofía de Spinoza no hay ninguna concesión a la trascendencia. Dios no es lo que está más allá, sino la red infinita que nos envuelve. Al señalar la extensión como atributo infinito de Dios, Spinoza impugna la idea bíblica de la creación, donde la materia solo es una herramienta o sustrato, no algo divino. El hombre participa del conatus o impulso por perseverar en la existencia común a todos los seres vivos. Esa es su “chispa divina”, no la quimérica humanidad de Dios. El alma del hombre solo es una idea, la conciencia reflexiva de su realidad corporal. Para Spinoza la virtud es obrar bajo la luz de la razón, con una comprensión adecuada de las cosas, intentando no ser objetos pasivos de las circunstancias y las emociones. La virtud nos hace obrar bien y no hay mayor felicidad... ya que el sabio contempla el universo “sub specie aeternitatis”, es decir, como un todo regulado por la razón y la necesidad." Un hombre libre reserva su sabiduría para meditar sobre la vida, no sobre el morir. Arrepentirse es un gesto estéril. El que lo hace es “doblemente miserable e impotente”. Hay que abstenerse de condenar. Lo esencial es comprender, especialmente nuestros propios errores, y saber que “no queremos, apetecemos, ni deseamos algo porque lo juzgamos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo queremos, apetecemos y deseamos”.

Como dice  Steven B. Smith, Spinoza "nos enseña a abrazar el mundo, más bien que a huir de él; a mirar la libertad como una bendición, más que como a una desgracia: a encontrar placer en esas cosas que tienden a incrementar nuestra sensación de poder y capacidad de actuación. Su pureza y osadía como pensador provocó que por razones religiosas no fuera reivindicado como filósofo hasta fines del siglo  XVIII y principio del XIX por los idealistas alemanes (Goethe y Novalis entre ellos) que rechazaron su presunto ateísmo para paradójica y más justamente calificarlo como el "filósofo ebrio de Dios".De su actualidad y por tanto la pertinencia de dedicar un tiempo gratificante a leer los dos libros que recomiendo habla el hecho de que Spinoza fue el profeta de una doctrina absolutamente presente: la defensa de la individualidad, la creatividad y la celebración de la vida como libertad. Y el repudio de todo o que mutila, mortifica o denigra la libertad, la solidaridad y la vida.

FICHAS

SPINOZA Y EL LIBRO DE LA VIDA.- Steven B. Smith.- Trad. Juan Manuel Forte.- Ed. Biblioteca Nueva- 260 págs.

EN BUSCA DE SPINOZA.-Antonio Damasio.-Trad. Joandomenec Ros.- Ed. Crítica.-334 págs.

 

 

 

 

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21 agosto 2020 5 21 /08 /agosto /2020 15:38

La lectura del reciente libro de Maxime Rovere, "Qué hacemos con los idiotas" (del que les hablaré otro día) me ha recordado tres joyitas clásicas que disfruté en su día, "El encomio de la estulticia" más conocido por "Elogio de la locura" del gran Erasmo, un librito del filósofo francés André Glucksmann "La estupidez, ideologías del postmodernismo" (año 1988, editado por Península) del que les hablaré otro día y un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana" que también les comento. 

Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se podría encontrar una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y de todos los tiempos. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea  cuando no se sabe qué es la razón  ni tampoco la importancia o función e incluso la existencia de ese "lo que sea", (es una creación mental realizada por las carencias y complejos del ego del idiota), no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres del transcurso de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviéndolos a todos con un manto tan invisible y letal como ella, la estupidez. Etimológicamente, el término viene del latín stupor que se refiere al efecto de pasmo que puede producir algo en quien lo contempla; literalmente el quedarse sin habla. Estupefacto y atónito, el estúpido es tonto porque así lo decide. Ante el asombro que le provoca algo,  otra persona, una frase que no entiende, un acto que decide rechazar sin saber porqué,  permanece rígido, “estólido” y de inmediato reacciona de manera absurda e inapropiada.

Para que comprendan lo grave que es esto, les cito "in extenso", tres de las leyes que rigen el idiotismo, según Carlo Cipolla y lo convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana»: a) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; b) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; c) las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas.

Mientras uno se mantiene en su "torre de marfil" (ventajas de la jubilación), leyendo a los clásicos y acompañándose con Sócrates, Epicuro, Pirron, Montaigne, Séneca, Marco Aurelio., Wittgenstein, Russell, Nietzsche, Voltaire o Schopenhauer, el mundo cotidiano se desenvuelve con amabilidad e inteligencia. Pero, ay, eso es un espejismo. Si sales de tu biblioteca y de tu hogar, en cualquier lugar, a cualquier hora, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con un idiota. Y el mundo perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura algo que hace que tu propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entras en una situación en la que tu ansia de comprender lo que ocurre, lo que te dice el idiota o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible, anula tu capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio te escuchas tratando de balbucear en su propia lengua y a plegarte a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota eres tú. No importa que lo que tratas de hacer le beneficie directa o indirectamente, el idiota tratará de obstaculizarte y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas,  tu afabilidad con violencia y tu busca del bien común la ridiculizará aunque con ello dañe su propio interés individual". Por ello el refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer  que en la historia, los siglos van pasando parecidos unos a otros en dos elementos comunes e  inmemoriales: la maldad (o crueldad)  y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "el ser verdaderamente estúpido no es sino aquel que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, quien se queda pasmado ante su inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien viaja con la inercia de su propio pensamiento sin contemplar el del resto". Y tiene un peligro evidente: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. Por eso lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y allí llegamos a una constatación: Todos tenemos momentos de mayor o menor duración es que somos irremediablemente idiotas. Es más una situación, una circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión para no sentar plaza de estúpido es darse cuenta de cuando uno lo es y tras analizar los hechos y las actitudes,  hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones. Y seguir el consejo de Sócrates: "conoce al imbécil que hay en tí"

En el próximo artículo entraremos en harina y veremos el interesante y arrasador análisis de la estupidez como fenómeno mundial, humano, político, existencial, lógico y, como corolario, el porvenir de la estupidez y la defensa del intelectual (según Glucksmann).

FICHA

LAS  LEYES FUNDAMENTALES DE LA  ESTUPIDEZ HUMANA.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

 

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