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17 diciembre 2020 4 17 /12 /diciembre /2020 10:34

EL INVIERNO DE NUESTRO DESCONTENTO

(Publicado en Heraldo de Aragón, 121220)

Shakespeare en su Ricardo III nos habla de este “invierno de nuestro descontento” que se vuelve verano con el sol de York.  Como suele ocurrir con los clásicos, las palabras  del pérfido y astuto Gloucester tienen un dramático acomodo en las realidades que nos circundan y condicionan.  Vivimos realmente “el invierno de nuestro descontento” y no hay ningún sol primaveral que se anuncie para devolvernos la paz y el sosiego. Estar bien informado es una necesidad  y una dificultad en estos tiempos en los que la sociedad infectada de “infovirus” y “dígitopsicosis” campa alegremente por el planeta, protegidos por leyes de libertad, permisivas  y democráticas que nacieron en una época anterior y que no se han podido o querido actualizar  para amoldarlas a las nuevas exigencias del mundo digital. Se confunde información con una confusión de datos y cifras, cuya redundancia impide articular una realidad con significado empírico. Y para mayor bochorno ha instituido la  falacia  como un significante, la “postverdad”.

El ciudadano vive perdido y confuso en una red de contradicciones, inseguridades y errores que se capitalizan desde los Gobiernos o las instituciones técnicas y sanitarias hasta el pandemónium de la Red. Y, al mismo tiempo, ese absurdo y dañino “buenismo” político y social que es una herencia humanista, pero distorsionada, del siglo XX tras sus dislates dictatoriales, está llevando a cumplir aquello de que “el sueño de la razón engendra monstruos”.

Una muestra de ello la tenemos con sólo abrir los ojos a las reacciones de políticos y ciudadanías europeas (prefiero no hablar de la nuestra, que nos hiela el corazón a muchos españoles ) a la pandemia covidesca que ha generado otro tipo de pandemias: la de los “bots” o bulos digitales emanados en legión, la de millones de personas que consideran que tiene derecho a celebrar en grupos familiares los desatinos navideños y se consideran al margen de los contagios, los que “tienen derecho” a pedir por la red que se debería fusilar a millones de personas por el delito de pensar de otra manera, los que se acogen a las leyes de protección de datos, de  manifestarse, de libertad de movimientos, a “su” democracia en suma, para arrasar lugares públicos, ocupar edificios o agredir a alguien por el color de su piel, su origen o su sexo y no ser filmados y expuestos a la picota de lo deleznable…

Que no haya confusión en esto: el “buenismo” es falta de adecuación legal, de músculo reactivo y eficiente a un tipo de sociedad y unos modos que cambian a menudo, que ofrece inéditas posibilidades de conocimiento y también permite la libre difusión de errores y teorías conspirativas,  no una llamada al totalitarismo del signo que sea. De hecho esos amigos de la razón de la fuerza siguen ahí, vivitos y coleando, voceando sus vergonzantes nostalgias de un pasado mejor, dictatorial por supuesto (para consuelo de los grandes capitales que sólo toleran la democracia cuando aprenden a aprovecharse de ella).

El invierno de mi descontento se hiela, casi sin esperanzas  de un poco de calor, cuando constato que los ideales humanísticos por los que muchos hemos luchado como hemos podido o nos han dejado, el mundo cultural en el que fuimos formados se ha convertido en una mala caricatura y todo se confunde en el gris desasosiego que afecta al mundo de los libros, la alta cultura del teatro, la ópera, la música, la ciencia lúcida y desinteresada, el uso público de la inteligencia, la lógica, el sentido común… todo es bronca y griterío, violencia y exigencias. Los “derechos” no dejan de ser evocados mientras las obligaciones adyacentes y la responsabilidad, la solidaridad y la colaboración se hunden en un lodazal de indiferencia arrogante. Ojalá esos 36 hombres justos, renovables  por generaciones, que según la tradición judía son los que nos libran a través de los tiempos del merecido apocalipsis, se multipliquen un poco. Los necesitamos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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