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18 febrero 2021 4 18 /02 /febrero /2021 12:57

Decía Hegel en su “Ciencia de la Lógica” que la conclusión de algo, por ejemplo un argumento o una proposición, debe ajustarse fielmente al sentido, a la razón. Por tanto podemos llegar a una conclusión válida sobre algo, cuando el principio y el final del proceso mantienen una conexión, un enlace con sentido, una unidad racional.

Aplicando la teoría hegeliana a este país que vivimos, al que llamaremos Absurdistán  -por su inveterada tendencia a reducir al absurdo todos los problemas que les advienen-, buscamos una fecha de inicio para delinear su proceso político, social, económico, sanitario, educacional…y escogemos la transición, tras la muerte de Franco. Y por coherencia analítico-lógica aceptemos como final retórico del proceso, nuestro presente, estos días de desvaríos pandémicos y filoménicos.

En estos años todo parece haberse acelerado, empezando por nuestro estilo de vida, como sostiene el filósofo coreano Byung-Chul Han. Sumemos una generalizada falta de sentido en lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Añadamos una desnaturalización del tiempo que vivimos en la esfera privada y en la pública, en nuestros trabajos, relaciones y actividades. Nos percatamos de que se ha roto el ritmo, la armonía de las cosas, como el equilibrio de las estaciones o el cambio climático. Se ha disparado la violencia, la agresividad, la barbarie hasta límites que las generaciones adultas y más veteranas no habían conocido desde los años de sombra y luto, tras la guerra civil. La corrupción política ha alcanzado un descaro y una progresión tal que la idea de honestidad es casi un oximorón  para muchos políticos. La entronización del poder como objetivo absoluto al precio que sea y sus consecuencias, el arrase de la pandemia que ha confirmado que el neoliberalismo capitalista se enriquece hasta con la muerte y la miseria; la precariedad sanitaria; el contagio populista internacional, donde la locura gobierna; la fantasmal pero letal presencia de lo irracional en la Red; los estallidos por todas partes de una violencia con sesgos raciales, sexistas, económicos…¿todo esto destruye la posibilidad de una conclusión del proceso histórico de esta nación? ¿Tiene algún sentido la conexión  entre el Absurdistán de la transición y el de estos días? ¿Forman una unidad histórica con sentido, una conclusión hipotética que defina la situación que vivimos como un proceso racional que nos lleva desde los años setenta hasta los veinte del siglo XXI? Desde luego que no.

Me temo que la lógica hegeliana, como la aristotélica o la kantiana, patinarían ante el desolado presente que vivimos en Absurdistán. Quizá la lógica surrealista de Lewis Carroll tendría más éxito. Una derecha con las maneras de la Reina Roja ( “que les corten la cabeza”, clama el ultraísmo), un Gobierno central formado por el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, el catalán como el Conejo Blanco, apresurado eterna y falazmente hacia un objetivo poco realista, el vasco repartiendo porciones del pastel que hace crecer o disminuir-como Alicia- políticas e ideologías para su propio provecho. Mientras, el conjunto de la población absurdistana  es zarandeada de un extremo al otro de las acciones supuestamente precisas para resolver las crisis en casi todos los sectores. La miseria se cierne sobre ellos como aves de rapiña.

¿Cuáles son esos sectores? Desde la educación a la sanidad, pasando por una pandemia que diezma a los absurdistanes, aunque  una parte de ellos la niega y la considera por debajo de sus derechos individuales y la otra, la sufre con resignación. Todo ello nos lleva a una crisis económica galopante, que nadie gestiona con efectividad, a fin de evitar que la paguen los que siempre pagan las crisis. Lo conocemos muy bien: son los jóvenes sin-sin, los jóvenes-con en general, los parados, la clase media, los profesionales de la salud y de la educación (no por falta de trabajo, sino por falta de apoyos y respeto), los de la pequeña empresa, los autónomos, los jubilados, los inmigrantes, los ancianos encerrados en residencias-pudrideros sin control y sin conciencia y los de la infrasociedad cada vez más nutrida…

¿Quiénes se salvan de la depresión sistémica, el paro y la miseria?: la clase política en general, una parte superflua –y demasiado amplia- del funcionariado (los hay muy necesarios: vivimos en una sociedad burocratizada hasta la extenuación), las fuerzas del orden (tal como se está poniendo la cosa, muy precisas) y las de las religiones (también respetando las reservas y derechos de los creyentes), la elite de los bancos y de las grandes multinacionales.

La conclusión de todo esto no es racional, puesto que cada uno de los elementos tampoco lo son. Por tanto, siguiendo a Hegel, no es posible hablar de conclusión.

Y para dar una imagen bastante certera de la situación podríamos (qué paradoja) citar a Dickens en su retrato de la sociedad inglesa de entonces, mediado el siglo XIX: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” y se percibe claramente su carácter profético y premonitorio, como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual. ¿Hay una solución a todo esto?

Cualquiera de los que están provocando estas crisis respondería que, por supuesto, ellos tienen una solución, para eso cobran. Reformar la  Constitución, la ley electoral, el Senado, el papel de la Corona, una política de Estado común en temas como educación, sanidad y servicios esenciales. Pero, si se les pregunta cuándo y cómo actuar, responderían incoherentemente como Bartleby, el escribiente, el célebre personaje de Melville: “Preferiría no hacerlo”. Bartleby es el santo patrón de Absurdistán.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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