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1 marzo 2021 1 01 /03 /marzo /2021 08:55

(Publicado en versión reducida en la revista Compromiso y Cultura de marzo de 2021)

Ustedes disculparán el sesgo irónico de este titular, al que ninguno de los dos libros que recomiendo justifica directamente, aunque sí que dejan en el lector reflexivo la inquietud de una pregunta seguramente muy parecida a la que planteamos.

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . Uno de sus libros “¿Por qué manda Occidente…por ahora?”(2014), ya marcaba desde el título un talante irónico, escéptico y estimulante. El “por ahora” abría el camino a las conjeturas, la polémica  y la investigación crítica. Pero en esta ocasión he preferido acudir a otros dos títulos de su extensa obra, “Cazadores, campesinos y carbón” (2015) y “¿Para qué sirve la guerra?” (2014). Me interesaba enfatizar  la idea de “progreso” implícita en las tres épocas del desarrollo  histórico de la humanidad y (que nos ha llevado a una situación alarmante respecto al planeta que ocupamos con  mentalidad depredadora)  y la paradójica tesis del segundo libro en el que Morris nos plantea la atrevida idea de la guerra como motor del progreso, proponiendo la hipótesis provocativa aunque no descabellada de que la comprensión del proceso bélico como dinámica  de cambio nos pueda llevar a encontrar la manera de evitarla y sustituirla por actividades que obtengan  esos efectos positivos sin la brutal carga de destrucción, violencia y sufrimiento que conlleva la guerra.

Sin duda, algunos lectores con sensibilidad y conocimientos sobre las consecuencias de las guerras, considerarán éticamente que el fin –el progreso- no justifica los medios y sus efectos, los miles de millones de muertes por violencia, hambre y desesperación implícitas a la guerra.

Un historiador de grandes procesos puede hacer abstracción  de la “letra pequeña”  donde los teóricos esconden la visión ética profunda de los seres humanos que han padecido  la dinámica personal, familiar y social de la violencia y la angustia mortal que han vivido las víctimas de las guerras, usando el macro enfoque económico, industrial o el desarrollo técnico de países y culturas. No para justificar, por supuesto, los genocidios. sino para enfatizar los logros de la civilización que sobrevive y con ellos, la posibilidad de evitar en el futuro nuevas y semejantes sangrías humana. Desde un punto de vista filosófico eso es, en el fondo, una entelequia de difícil  justificación. Si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano. Un análisis de la situación actual y de la decadencia moral del ciudadano medio en la mayor parte del planeta, acentuadamente en los países más desarrollados, nos hace ver un optimismo utópico, aunque bienintencionado en los libros de Morris.

Pero lo más admirable de este autor no es el ingenio y la inteligencia documental con las que apoya sus tesis, sino el hecho de que no sólo no teme a la controversia y la crítica a sus conclusiones, sino que, muy deportivamente, ofrece un considerable espacio –en el primero de sus libros comentados-  a colegas que rechazan libremente y argumentan en contra de sus conclusiones. Y así tras 200 páginas de exposición de sus ideas, Morris concede 50 páginas a otros cuatro autores que disienten de él (entre ellos a una novelista, Margaret Atwood, la autora de la distópica “Diario de una criada”) y se reserva las 50 últimas para contestar pormenorizadamente a las críticas recibidas y publicadas en el mismo libro.

La base argumental de “Cazadores, campesinos y carbón” se articula a través del análisis de las tres fuerzas brutas materiales que propician las culturas que desarrollan y con  ellas determinadas creencias, valores y principios básicos que regulan las relaciones humanas y sociales de la época (trato equitativo, justicia, atracción y rechazo, no dañar y una cierta sacralización en las fuerzas naturales que nos rodean y no comprendemos ni controlamos). Son tres etapas del progreso humano definidos por los modos de captación de energía, desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, ciudades, y en otro salto enorme, la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitarista y pragmática que vincula dichos valores y principios de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Uno de los mencionados autores críticos con las teorías del autor, Seaford, también le recrimina la afirmación de éste de que “cada época tiene las ideas que se merece”. Uno piensa que ese aserto es tan discutible e injusto como ese otro que conocemos bien en España, “cada país tiene el Gobierno que se merece”. Otro crítico, Kosgaard opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo “presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” como sostiene Morris.

Quizá con la crítica de Morris con la que me siento más identificado sea con la escritora  Atwood, quien se concentra en el problemático futuro que  según Morris nos puede llevar al colapso a través de “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático”, a los que Atwood añade el deterioro de los océanos y los excesos de la bioingeniería y la IA. Así como me atrae, incluso por su optimismo irredento (y su incansable sentido del humor), la confianza de Morris en el sentido común para reconducir las actitudes sociales y políticas a pesar de los populismos y la desinformación que lleva al beneficio de unos pocos a costa de la mayoría. La complejidad del libro no admite una reseña exhaustiva por falta de espacio y el lector haría bien en adentrarse en la lectura personal, por lo que lo dejaremos en este punto, a fin de pasar al otro volumen recomendado, “Guerra, ¿para qué sirve?”.

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

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