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13 febrero 2021 6 13 /02 /febrero /2021 12:24

EL DERECHO A MORIR

(Publicado en La Comarca 120221)

Para Heidegger la persona es un ser-para-la-muerte, una “herida abierta” en el corazón del ser humano. Y para Epicuro somos ajenos a ella, pues cuando ella llega, tú no estás y mientras tú vives, ella no está. Los estoicos griegos y romanos la contemplaban como el término natural que  todos los seres vivos comparten. Pero cuando se imponen las religiones monoteístas, el derecho a morir es una aberración, ya que sólo Dios decide cuando hemos de morir. Y como ellas están aliadas con el poder terrenal, pueden contemplar más o menos indiferentes los genocidios que proliferan en la historia universal (y más si se producen sobre los enemigos de la “religión verdadera” que, evidentemente son los fieles de las “otras”) pero condenan con “el fuego eterno” a quien ose decidir por sí mismo el momento y lugar de su adiós a este mundo cruel (como cantaban los viejos “Teen Tops”). No puedes atentar contra tu vida pero debes dar tu vida en defensa de tu religión, tu país, tu bandera o tu líder carismático.

¿No hay cierta infantiloide falacia en esta proposición “ética”? Pero, ojo, vaya mi respeto por quienes en ello creen, más o menos a pies juntillas. Aunque si prescindimos de las arrogantes exigencias religiosas, de los intereses políticos o ideológicos –incluso económicos- y aquí ya lindamos con la ilegalidad básica de los que se benefician directamente con la muerte de alguien (lo cual ya entra en la competencia policial)… ¿qué nos queda? Un sujeto, hombre o mujer, joven o viejo, que en el uso de sus plenas facultades mentales –muchas veces algo oscurecidas por el dolor físico o mental, pero sin ninguna patología psíquica que lo empuje- decide, errónea o certeramente, eso siempre lo desvela el futuro, que no desea seguir viviendo lo que está viviendo en ese momento de su decisión. ¿Desde un punto de vista humano es comprensible que alguien –con las mejores “intenciones”, eso no lo discuto-- decida entrometerse e impedir el acto supremo de ejercer la libre voluntad del sujeto? ¿Estamos en posesión de un criterio superior que nos permite juzgar como erróneo el deseo de quitarse de en medio de una persona, casi siempre sin conocer las razones que le empujan a ello y cuando las conocen –desde su particular punto de vista—arrogarse el poder de decidir que ese sujeto está equivocado y de que debe someterse a lo que tanto teme, porque eso es lo que manda la tradición religiosa o social o política? ¿Acaso nos vamos a ofrecer a ocupar su puesto y sufrir nosotros sus dolores, quebrantos, temores, como si eso fuera posible?

Y, no estamos hablando de suicidio, que también podría entrar en el análisis argumental. Estamos hablando de eutanasia, esa palabra terrorífica que enerva a una parte importante de la sociedad española. La eu (buena) thanatos (muerte), de los griegos, que no había que buscarla, pero si aceptarla sin miedo o protesta, cuando era la mejor opción según las circunstancias, al no poder tener una vida libre y volcada en la “areté” (la virtud) o la “aristós” (la excelencia) o en el sencillo y simple disfrute de la existencia.

Nadie discute el derecho a vivir (a pesar de que la historia es un mentís hipócrita a ese derecho) pero muchas personas rechazan el derecho a morir, aunque se estructuren las medidas cautelares precisas para evitar la manipulación interesada de terceros o los excesos de todo tipo. Sin duda hay que exigir que la regulación de la eutanasia proteja al enfermo de una eventual mala praxis. El derecho a morir de los que sufren de forma documentada y fehaciente un tipo de vida máximo dependiente, cuajado de dolores brutales y sujeto a un estado de semi consciencia causado por los barbitúricos y medicamentos paliativos, articula la opción voluntaria de ejercer un derecho a morir que es humanamente irreprochable. Creo que es un asunto de ética, superior en jerarquía a las directrices socio religiosas que son hijas de una forma de cultura circunstancial. Incluso los médicos que se oponen a ella, reclamando el juramento hipocrático y su vocación irreprochable de salvar vidas, no de quitarlas, se quedan siempre varados en una dicotomía más retórica que filosófica o moral. La vida no es un concepto absoluto en sí mismo que no pueda ser problemático en determinadas circunstancias. Ortega decía que el hombre es su yo y su circunstancia, pero si no puede salvar su circunstancia (la viabilidad de la existencia) tampoco se puede salvar a sí. Si la circunstancia de la vida de un enfermo es el dolor continuo, la indefensión, el deterioro imparable y atroz, los “cuidados paliativos” (tan eficaces, razonables y necesarios en muchos casos) no son más que un aplazamiento de lo irremediable a costa del enfermo. Raramente el médico desconoce la irreversibilidad de la situación en algunos enfermos. Negarle el descanso final al paciente en cuestión, ¿es humanamente ético? ¿o sólo social o políticamente “ético”?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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