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2 mayo 2021 7 02 /05 /mayo /2021 11:44

                                                             Si tuviera un presente diferente

                                                             Tendría las llaves de mi pasado

                                                            Si mi pasado estuviera conmigo

                                                           Sería dueño de todo mi mañana

                                           (Mahmoud Darwish, refugiado palestino)

 

De vez en cuando, desde hace años, visito dos tumbas cercanas entre sí, en mi corazón, y relativamente en el territorio. A los dos lados de la frontera franco-española: la de Antonio Machado en Colliure y la de Walter Benjamin en Port Bou. Ambos símbolos culturales del exilio, como Annah Arendt, María Zambrano, Max Aub, Stefan Zweig, Nabokov, Leon Felipe, Buñuel, Sénder, Ayala, Bertold Brecht, Thomas Mann, Freud, Musil, Emil Ludwig y  otros muchos. Ellos integran la cara más notoria –pero más “glamurosa”-  de un drama que se extendió por todo el siglo XX como una marea trágica, la relevante “cresta” de una ola que devastó culturalmente a Europa.  Pero lo más angustioso, censurable y difícilmente comprensible es que el exilio, la inmigración, las oleadas incesantes de refugiados de cientos de miles de personas acuciadas por las necesidades más básicas y usando medios de transporte inadecuados y peligrosos, o jugándoselo todo al cruce ilegal de fronteras, han convertido el siglo XXI en el epítome de una trágica realidad: la errancia sin fin (título del libro de García Ponce) del mundo desposeído, hambriento y desesperanzado (y enojado) al “otro” mundo, calificado como “rico y poderoso”, aunque comienza  a ser más un espejismo que una realidad, gracias al sistema capitalista salvaje y neoliberal que está hundiéndonos a todos.

Aquí trataremos menos el esquema psicológico de los exiliados y refugiados culturales (que han dejado observaciones valiosas  sobre sus penurias y sufrimientos), que el análisis del aluvión brutal de las grandes masas que asaltan fronteras, desafían océanos y son explotados por mafias sin conciencia. Opino que en todos los casos, al margen de la formación cultural o la particularidad política de unos, el desarraigo, la amargura, el desconcierto y el miedo e inseguridad es el contenido básico de las  maletas o los hatillos de todos los que comparten el binomio básico: 1) imposibilidad de quedarse en el propio país por miedo, necesidad e indefensión y  2) huída en precario a otro país en busca de una posibilidad de sobrevivir.

Quizá nunca como ahora en tiempos de un “estado de excepción” ocasionado por la pandemia y de tan difícil gestión jurídico-política y con la incomprensión y rechazo de una parte de la ciudadanía, el estado anímico del refugiado o del exiliado muestran un espejo o vínculo que nos permite entender a estas personas reducidas  en sus derechos (a pesar de la distancia conceptual y situacional entre ellos y nosotros) y comprender la estructura y dinámica de la experiencia de ese “otro” que procede de otro país del que ha sido expulsado y viene al nuestro de mala manera y con una demanda imposible de satisfacer, aunque sí de paliar. ¿No nos resultan familiares esa indisponibilidad absoluta del refugiado sometido a una dinámica de amenazas, exclusiones e inquietudes, con la del ciudadano constreñido a la inmovilidad y a la vigilancia por motivos racionales pero difíciles de asumir? Y si tienen dificultad para ver el paralelismo, no piensen en el ciudadano con hogar, recursos económicos, salud, sino en el indigente, el subproletariado de las grandes ciudades, los parados y los sometidos a las disolventes mutaciones del bienestar en la actual hegemonía hipercapitalista.

Como en ese caso ya corriente en nuestros días, esa subclase de desocupados y marginados de la actual sociedad se asemejan al refugiado en que ambos en virtud de la naturaleza que se les endosa, van perdiendo su identidad, se convierten en seres en permanente proceso de des-subjetivación, no son ciudadanos sino entes fuera de la categoría de sujetos legales, nuda vida, cuerpos biológicos, sin derechos reconocidos, al margen no solo de la comunidad sino de la naturaleza, mantenerse alejados no sólo del orden que emana del oikos, el hogar  establecido, la comunidad, sino objeto de una cultura de la violencia y el odio que, singularmente, proviene de las instituciones del Estado,  que rechaza a ese ser sin territorio propio y lo coloca en un umbral de indiferencia cuando no de negación y confinamiento.

 

Considero que un enfoque cultural  del exilio está constreñido a ser una faceta del amplísimo y demoledor tema de los refugiados en el mundo, por ello quiero dejar constancia de ciertos datos que muestran la amenazadora tendencia al alza del problema que, sin duda, va a constituir uno más, y no el menos importante, de los desafíos que el mundo tiene planteados en nuestro tiempo. Según los últimos datos publicados por la ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados) unos 80 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares o han huido de ellos, por miseria, guerras locales, sequía, epidemias o hambre, lo que supone un 1% de la población mundial. De esos millones, el 40 % son niños y  jóvenes menores de 18 años. Un 85% de estos son acogidos por países en desarrollo, lo cual no mejora demasiado la situación de los refugiados y empeora la de los países de acogida. Para agravar las cosas se anuncia una hambruna en países donde se espera que este año la plaga de la langosta migratoria” afecte a los países del sur africano y  los fenómenos asociados al fenómeno climático de “La Niña” a los países del arco de Yemen, Sudan, Siria o Libia. La hambruna, junto con la inseguridad crónica, la  Covid y la falta de recursos completan un panorama desolador que aumentará el flujo migratorio de desplazados.

Pero volvamos al “interior” de nuestra pesquisa. Hablemos del extranjero que viene a nuestro país, al que miramos siempre desde la “otredad” y exigimos que se adapte a nuestras costumbres e idioma. Aún así el diálogo y la negociación son siempre desde la “superioridad”, la dialéctica del amo y el esclavo. Y eso en el mejor de los casos, cuando no es la negación absoluta, el desprecio, el ninguneo y el insulto de los “patriotas” reaccionarios. La psicología señala atinadamente el atávico miedo al otro, al extraño, como sustrato emocional agresivo en esos individuos (y la presunta carga económica fraudulenta que la extrema derecha suele asociar sin fundamento a los refugiados). La dignidad del refugiado debería estar por encima del “choque cultural” o las obligaciones que genera lo que entendemos por integración, lo cual suele estar sesgado por creencias y opiniones.

Como escribe María Zambrano: “La figura del exiliado o del refugiado representa a la perfección la amenaza del desconocido, del radicalmente Otro. No se puede sucumbir al miedo sino trascender la inquietud, planificando un mundo, un espacio mejorado y diáfano, surcado de puentes y ventanas para recibir al recién llegado, que puede llevar en sus alforjas la mejora de un cambio”

Esa visión positiva hacia el que viene en busca de ayuda, de una vida mejor y aporta su fuerza, sus conocimientos y su voluntad de integración, debe estar sustentada en la comprensión de la diversidad y en la busca del punto de integración a partir del cual ambas culturas, la que viene y la que está se enriquecen mutuamente. ¿Utópico? No lo creo. Hay ejemplos en la historia en que eso fue posible, siquiera sea por algún tiempo.

Arendt define la causa del salto abismático a lo desconocido enfocando al elemental miedo a la extinción. Y describe la situación de ese Otro como un “estado total de desarraigo, de cercenadura de sus raíces (que ahora lleva al aire, incapaz de ocultarlas para protegerlas), de vaciamiento de todo lo superfluo hasta quedar reducido a lo esencial, a la “nuda vida”, pura vida biológica, cuerpo desnudo, sin leyes que lo amparen, sin ni siquiera una norma que lo reconozca en su inapelable humanidad.

El exiliado, el refugiado llega al lugar del desprendimiento, desde la patera o escalando vallas metálicas o atravesando ríos y desiertos, con la esperanza ciega y sorda de que es posible pensar el mundo de una forma distinta. Una especie de patria, sigue argumentando Arendt, que no es física, que está libre de límites y que crece junto a la que se truncó. Una patria interior que no coincide jamás con el lugar real donde la persona busca el espacio habitable.

A partir de ahí empieza un calvario interior que  Czeslaw Milosz describe en su libro “Sobre el exilio”: “La pérdida de armonía con el espacio circundante, la incapacidad de sentirse cómodo en el mundo, tan angustiosa para el expatriado, el refugiado y el inmigrante”,  y que paradójicamente lo integra en la sociedad en forma de  una nueva esclavitud, con un desarraigo brutal que nace tras haber vivido una odisea que no envidiaría el mismísimo Ulises. El filósofo Slavoj Zizek lo encuadra a la perfección: “hoy en día, en esta época de capitalismo global resurgen nuevas formas de esclavitud que se nutren de los refugiados e inmigrantes: millones de trabajadores privados de los derechos y libertades civiles más elementales, en fábricas, en los campos, en talleres desde Asia hasta Arabia Saudí o el Congo, donde la estructura de los campos de trabajo son una reedición de las campos de concentración nazis”.

A otro nivel, Isaac Bashevis Singer nos cuenta su percepción de su propio exilio: “Cambiar de país, emigrar, es como una especie de crisis. Tenía la sensación de que mi lengua estaba desubicada. Perdí mis imágenes. Veía miles de cosas para los que no había nombre en mi lengua. Tenía la impresión de que mi lengua materna había perdido su capacidad expresiva y yo, mi sensibilidad para percibir el entorno. Y por supuesto había que ganarse la vida, adaptarse a una nueva realidad.”

Zizek critica la idealización simplista de la izquierda europea que va a los refugiados como un proletariado nómada que podría actuar como núcleo de un nuevo movimiento revolucionario. Es ignorar la esencia del problema: hoy los refugiados “sueñan” con ser proletarios, pero saben que no son “nada”, no ocupan ningún lugar dentro de la jerarquía social del país que los acoge. Por eso existe un antagonismo pseudo cultural entre los  refugiados y la población local de la clase baja. En realidad es una lucha por los puestos de trabajo, no un choque de civilizaciones, sino por el hecho puro y simple que el patrón prefiere emplear a un refugiado sin derecho alguno que a un obrero local que está protegido por leyes y normas. La flagrante falta de humanidad que esto supone no parece preocupar a la política de izquierdas y da carburante agresivo a la ultraderecha. Es uno de los efectos del Nuevo Desorden Mundial. Y Zizek añade:  “En lugar de constituir un frente unido entre las clases bajas y los inmigrantes, se instaura un rechazo por el que los inmigrantes se refugian en el fundamentalismo, mientras que los sindicatos muy a menudo combaten por el bienestar de aquellos a los que representan en contra de esos otros sectores de la clase trabajadora, olvidando que el verdadero enemigo de todos es el capitalismo…Y así se da la curiosa circunstancia de que los trabajadores consideran a los inmigrantes títeres del gran capital, que los ha traído al país a erosionar su fuera y competir con ellos, puesto que su salario es menor, y los inmigrantes ven a los trabajadores, por pobres que sean, como parte integrante del orden occidental que los marginan. No es fácil predicar que sería eficaz que estuvieran en el mismo bando en una situación en la que la competencia es real.”

Lo cierto es que en los flujos humanos migratorios que van desbordando las fronteras de Europa –y aumentará más-siempre reconocemos un signo que comparten con los indigentes urbanos: el de los “muertos en vida”, aquellas personas expuestas a las organizaciones del crimen organizado,- ya sea laboral o sexual- y a las actividades del Poder en contra de las mafias, los narcos o el terrorismo, donde terminan engrosando filas. Explotados por los comerciantes de humanos y rechazados violentamente por ciertos sectores políticos y ciudadanos que ven en ellos una amenaza y un peligro, un síntoma (más) de intranquilidad en un sistema postcapitalista y neoliberal que se deteriora por momentos.

En el otro lado del espectro, para Arendt y Zambrano los exiliados no vienen a recibir sino a dar. La cita de la “Tumba de  Antígona” de la malagueña, debería hacernos pensar: “nosotros pedíamos que no dejaran dar. Porque llevábamos algo que allí, allá, donde fuera, no tenían: algo que no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los establecidos; algo que sólo tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante”

Personalmente opino que, como dice el filósofo italiano Franco Bifo, en Europa estamos perdiendo una oportunidad única, histórica, de cambiar la faz de rechazo a los inmigrantes, al otro, por un acogimiento abierto a la diversidad para lograr redirigir la crisis europea ya que “nunca en nuestra  vida nos hemos enfrentado a una situación tan cargada de oportunidades revolucionarias. Pero nunca en nuestra vida hemos sido tan impotentes. Los intelectuales nunca han estado tan callados, nunca han sido tan incapaces de encontrar un camino que muestre una nueva dirección posible”. La joven fuerza que nos viene del “exterior” debe recibir dignidad, comprensión, apertura, trabajo y respeto. No se trata de caridad sino de intercambio en un modelo de justicia e igualdad. El pensamiento que se opone al Sistema actual no ha dado aún el paso hacia delante que obligue a replantear el futuro y a aunar fuerzas. Me viene a la mente aquella película de King Vidor de los años 30, en plena Depresión norteamericana, “El pan nuestro de cada día” en el que un centenar de míseros desplazados, condenados a la humillación y el hambre, se unen para crear una nueva existencia con el sacrificio y el trabajo, la solidaridad y la cooperación. ¿Creen ustedes que estamos mucho mejor en estos días que en aquélla crisis? No se equivoquen. Las apariencias confunden.

Hace sólo tres años el ensayista David Wallace-Wells publicó un libre preocupante: “La tierra inhabitable” y en él de una manera clara, sistemática y aportando datos irrefutables describe toda una gama de problemas actuales y en progresión, que amenazan nuestra supervivencia, calentamiento global, hambrunas, pandemias, falta de agua, guerras localizadas pero frecuentes por alimentos y materias primas, zonas devastadas …y hacía hincapié en un fenómeno que ya comenzaba a inquietar a todo el mundo: cientos de millones de refugiados producidos por la suma de estos desastres ante los cuales se empleará la violencia y que, sin duda, crearán violencia. En esa misma época el líder ultra de Hungría, Orban, pedía que se declarara a Europa Central y Oriental (ECO) “zona sin inmigrantes”, una descarada copia del la nazi “Zona sin judíos”. Un genocidio de proporciones gigantescas se está preparando.

Cada vez que leo que una madre que buscaba refugio a bordo de una zodiac mafiosa se ha ahogado con su bebé en el Estrecho cerca de las playas andaluzas siento que se ha hundido un poco más la esperanza de Europa y se ha dañado la dignidad del ser humano como tal. El Mediterráneo volvió a ser la ruta migratoria más mortífera del planeta, con 1885 muertes verificadas en 2019 y, si bien el apoyo creciente a Marruecos en el control migratorio logró reducir a la mitad las llegadas de migrantes a las costas españolas, al mismo tiempo reactivó la ruta atlántica hacia Canarias, como vemos en 2021  a pesar de la Covid. Las llegadas por el Estrecho de Gibraltar y el Mar de Alborán hacia las costas andaluzas y en menor medida hacia las de Levante y Baleares representan algo más del 25% de las que se produjeron en el conjunto de rutas que se dirigen por el Mediterráneo hacia la UE. En definitiva, las tendencias tanto de llegadas como de fallecimientos en el marco de los flujos migratorios varían de manera significativa en espacios de tiempo próximos

Sin olvidar el doloroso problema de los famosos MENAS (menores extranjeros no acompañados), chicos y chicas menores de 18 años, migrantes, que se encuentran separados/as de sus padres y que tampoco están bajo el cuidado de ningún otro adulto. La deshumanización que sufren esos adolescentes y niños desde el primer momento en situación de extrema vulnerabilidad, y la criminalización después (recordemos el cartel que Vox colgó en una estación de metro de Madrid del que se hizo eco, avergonzados, todo el país) están convirtiendo un problema que debería ser educativo, social y económico, en una amenaza radical de futuro. Hay informes que muestran como esos Menas son postergados en los estudios y desviados a educaciones básicas sin aprovechar las capacidades de formación superior que muchos de ellos poseen en sí mismos: condenados a un submundo de necesidades y con ello a una radicalización que casi siempre es fanáticamente religiosa. El reasentamiento en un tercer país es una de las principales vías legales y seguras para obtener protección internacional y uno de los objetivos centrales del Pacto Mundial sobre Refugiados, aunque por el momento –agravado por la pandemia- los resultados son escasos, debido a la complejidad operativa, económica y social que supone a los países afectados. La principal nacionalidad de las personas reasentadas en la mayoría de los países fue la siria. Solo Suecia, Noruega, Francia, Alemania, Reino Unido y Portugal reasentaron un número considerable de personas refugiadas originarias de otros países, entre los que se incluyen Sudán, República Democrática del Congo, Somalia, Sudán del Sur, Eritrea e Irak.

Para la comprensión realista de este problema, España- que es lugar de llegada preferente en la zona mediterránea- es uno de los países de la Unión Europea en los que más han crecido la pobreza y las desigualdades sociales: las tasas de precariedad laboral se sitúan en los últimos años en el 40% -aumentada exponencialmente por los ERES y las irregularidades creadas por la Covid -- y existe el lógico desequilibrio en el acceso a derechos sociales tales como la vivienda, la sanidad, la participación ciudadana... Como es fácilmente comprensible el escenario en el que los refugiados es poco favorable a los procesos de inclusión de las personas solicitantes de protección internacional que, por motivos diversos, se han visto obligadas a huir de sus países para buscar un sitio seguro donde reiniciar sus vidas. Por tanto, es imprescindible un mayor reconocimiento de los derechos sociales para las personas solicitantes de protección internacional en las políticas de nuestro país. Lo cual es una cuestión que, en una España bajo una crisis económica y social sin precedentes, acaba siendo un problema insoluble a corto y medio plazo.

Los datos expuestos afrontan además una evidencia paradójica: en el año en que España registró el mayor número de solicitantes también crecieron las dificultades de acceso al procedimiento. A pesar de que la normativa comunitaria, y en concreto la Directiva de Procedimientos, define un plazo ordinario de solo tres días, que puede ampliarse a seis, para el registro de las solicitudes de protección internacional formuladas, en ciudades como Barcelona este trámite se realizó con un retraso de hasta siete meses y en Madrid el registro de la solicitud no se concretó hasta su formalización. Por el momento, el Gobierno español ha aumentado el presupuesto destinado a la acogida de los refugiados. Pero su acceso a los derechos sociales más básicos y esenciales (pensiones, vivienda, empleo, educación –principalmente en los grados superiores-, salud o participación comunitaria) es un camino plagado de obstáculos difíciles de remover.

Quizá solo nos queda pedir a las personas del futuro que, cuando miren a los siglos XX y XXI, recuerden el poema de Bertold Brecht:

“Vosotros, que surgiréis del marasmo/ en el que nosotros nos hemos hundido/cuando habléis de nuestros errores y debilidades/ pensad también en los tiempos sombríos/ de los que os habéis escapado…./Desgraciadamente, nosotros/ que queríamos preparar el camino para la amabilidad/ no pudimos ser amables./ Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos/ en que el hombre sea amigo del hombre/pensad en nosotros con indulgencia”.

Eso en el caso de que no llegue esa época de igualdad y solidaridad entre los hombres, se cumplirá la irónica profecía de un escritor francés “No venimos del mono, vamos hacia él”. Que conecta con la frase de otro visionario del futuro: “La próxima guerra global no será con armas modernas sino con garrotes y piedras”. Y nos extinguiremos o, en el mejor de los casos, el ser humano volverá a empezar desde cero.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor y periodista

Bibliografía

UNA POÉTICA DEL EXILIO.- Hannah Arendt y María Zambrano.-Olga Amaris Duarte.- Ed Herder. 317 págs.

COMO UN LADRÓN EN PLENO DÍA.- Slavoj Zizek.- Trad. Damià Alou.-Anagrama. 286 págs. ACONTECIMIENTO. Ed. Sexto Piso. Mismo autor y Raquel Vicedo, traductora.180 págs.

INFORME ANUAL DE CEAR (Comisión española de ayuda al refugiado) 2020 e INFORME DE LA ACNUR (Agencia de la ONU para los refugiados) 2020

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