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27 mayo 2021 4 27 /05 /mayo /2021 16:40

LA CONJURA IDIOTA Y EL EFECTO AILANTO

(Publicado enHeraldo de Aragón, 260521)

No hace falta entrar en “la jaula de los locos” en que se han convertido los “espacios nobles” de la política o las tertulias y debates  (más bien aquelarres) de algunas cadenas de televisión, o las revistas que llamábamos “amarillas” o la prensa que calificábamos  de “comprometida” con una determinada  ideología (aunque hoy esta palabra es un oxímoron respecto a los conceptos “idea” y “logos” de los que procede). Ahora que están de moda las teorías de  la conspiración, cuanto más delirantes mejor, hay que destacar una que aporta, por efecto paradójico, coherencia y lógica a la ingente manipulación de los canales informativos habituales y la tendencia creciente del personal a creerse lo que más se ajusta a sus propios intereses y deseos por muy disparatado que sea. Se trata de la conjura idiota, sostenida y fortalecida por el llamado “efecto ailanto”.

Una conjura consiste en un entendimiento tácito o voluntario de varias personas- o tal vez podrían sumar cientos de millones-  respecto a conceptos, doctrinas o ideas de clase política, racial, sexual o social determinantes, que se refleja en una actitud de respuesta muy semejante. Estas personas siguen un tipo de razonamiento no sólo erróneo y falaz en la forma,  sino profundamente manipulado por sesgos emotivos y emocionales en el fondo, que lo convierten a menudo en actitudes idiotas, memas, estultas o agresivamente cretinas. Hay diferentes clases de conjuras, pero la que aquí nos ocupa es de origen genético y circunstancial y su ámbito de aplicación y ejercicio es el conjunto de países del planeta y el género humano sin excepción. Un ejemplo claro es el autoritarismo antidemocrático (fascismo, neonazismo, etc.) como fórmula política, olvidando los sangrientos fracasos históricos que ha producido en el mundo. Es un esquema que entra dentro de las diversas y generalmente falsas e hipertrofiadas conspiraciones globales. Pero el ámbito de la conjura de los idiotas es preexistente a todas las demás –reales o no- y se mantiene vigorosamente vigente en el planeta. Y se sostiene y vivifica gracias al llamado “efecto ailanto”. Se trata de una especie de arbusto altamente invasiva (se introdujo desde China en el siglo XVIII), resistente a la contaminación y las malas condiciones climáticas. Reduce las especies vecinas con su rápido crecimiento y espeso follaje que priva de sol y unas sustancias alelopáticas que surgen de sus raíces y domina la vida vegetal en el  entorno. Ataca la biodiversidad e incrementa su presencia hegemónica gracias a sus frutos que se expanden por la zona. Su madera no tiene valor alguno. Por debajo del suelo sus raíces se extienden indefinidamente, formando una alfombra letal subterránea donde sólo puede crecer su especie. Un efecto semejante en el terreno de las ideas, de la política, de la convivencia, de las relaciones, sostiene la conjura idiota.

Lo paradójico de dicha conjura internacional y la razón por la que resulta especialmente peligrosa para el futuro de la Humanidad,  es que los integrantes no son conscientes de que forman parte de ella y que, como muestra de su falta de seso, creen que obedecen a sus respectivas “ideologías”, “partidos”, “banderas” o “nacionalismos”, sin ningún tipo de cuestionamiento crítico. Es decir, no hay un líder carismático luciferino, tipo Hitler, Stalin o Trump que esté en la cúspide de la conjura, ni la conjura tiene una única y general estructura. Todos los líderes letales para su propio país y algunos de los demás–como los de antaño-  forman parte, aunque no se percatan de ello, de esa conjura global de idiotas.

Lo cual constituye el verdadero peligro para nuestro futuro planetario: habida cuenta de que estamos en el siglo XXI y en un tipo de cultura, sociedad y tecnología que está inoculada de globalidad y donde una pandemia nos está demostrando de forma dramática que la única manera de sobrevivir es trabajando juntos y colaborando de forma solidaria por simple egoísmo vital. La existencia de la idiotez globalizada hace que muchos no se percaten de que no hay otra forma de defendernos de pandemias, hambrunas, cambio climático, escasez de agua potable e invasiones de refugiados. Ningún país es ya una isla autárquica. Ninguna frontera, por muy armada que esté, impide el paso de los virus y los desajustes climáticos. Y ya que lo irreparable se produce casi siempre por accidente, lo peligroso de la idiotez es  que suele convertir los accidentes en inevitables. Pues bien, esto que es una evidencia histórica fáctica, no lo es para los conjurados.

¿En qué se basa la eficacia, invulnerabilidad y transmisión global de este movimiento tipo “ailanto”? Precisamente en que nadie, ninguno de los integrantes y muchos de los observadores se percatan del ominoso sustrato que les sostiene: ellos piensan que los otros son los auténticos idiotas. Para mayor desdicha recordemos que todos, absolutamente todos, hemos sido dominados por cierto cretinismo en algún momento de nuestra vida. Que los idiotas, como los ailantos, se sostienen unos a otros. Si uno es el idiota de turno, el otro puede ser usted mismo en un mal momento. La tontería de no pensar no es un estado permanente, casi nunca; ni un imperativo categórico, salvo cuando nos aprovechamos de la relativa impunidad de su ejercicio. La idiotez parece ser patrimonio genético del ser humano, es bastante contagioso y da síntomas inesperados en cualquier persona y momento, sin distinción de clase social, color de piel, creencias, poder o riqueza.

Gracias a internet la cantidad de integrantes de la conjura ha crecido exponencialmente: nunca en toda la historia de la humanidad tantos tontos han podido decir tantas idioteces a tantas personas y tan pocas personas han podido librarse de ellas sin pagar el impuesto de pasar por tontos o ser víctimas de un sanbenito público, injusto, anónimo e impune. La única actitud racional que puede aliviar ese regalo envenenado es escuchar y tratar de entender la argumentación, si la hay, y procurar no contagiarse ni perder la paciencia. La ira, el rechazo, la violencia, hace que nuestro idiota interno tome las riendas de inmediato. En algún caso, la huida es una victoria.

Pero, claro, estas consideraciones no despejan la ecuación entre los idiotas y la conjura global que puede acabar con nuestro futuro. No se puede sacar al idiota de la ecuación, ni a la conjura porque forma su urdimbre nutritiva. La supervivencia, que es el otro elemento, podría resolverse si a la “x” que la completaría le damos el valor del cociente entre la masa ingente y dinámica de idiotas del mundo y la dividimos por la multiplicación entre otro tipo de conjura y la supervivencia. Es decir la toma de conciencia de una masa superlativa de ciudadanos conscientes de la supervivencia de la especie y el planeta como valores absolutos, formarían la nueva conjura. ¿Eso es imposible? No. En un mundo como éste solo es improbable. Partamos de la base de que en todo idiota hay una semilla de sentido común y raciocinio.  Sólo hay que fecundarlas. Medios hay. Si nos unimos todos los que creemos en la inteligencia humana, y luchamos por imponer la urgencia y necesidad perentoria de convencer a los “otros” de que dejen fructificar su sentido común, en algún momento podríamos superar la masa crítica que haría “estallar” la idiotez dominante. Maxime Rovere dijo que sólo hay tres estrategias: negociar con los que puedan hacerlo, intentar que evolucionen los que se dejen convencer y olvidarse de los demás. Con suerte esos serán una minoría. La incógnita más dolorosa es: ¿lo podremos lograr a tiempo?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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