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16 julio 2021 5 16 /07 /julio /2021 17:35

(articulo publicado en La Comarca, 160721)

El otro día me encontré al entrañable “supermaño” de Alberto Calvo que se había salido de la tira de cómic del Heraldo y se daba un garbeo con su oveja por las páginas dedicadas a Teruel. “Encantao de verte tocayo, aunque no tiés buena cara”, me espetó. ¿Cómo quieres que la tenga si no hay manera de que los que mandan hagan caso a los pueblos como el mío? “¿Y cuántos sois en tu pueblo?” inquirió, espantando a la mosca. Un centenar y poco pico, le dije. Echóse la boina hacia atrás y soltó una carcajada: “Pué ahí lo ties, bien tiesico.” Y añadió “Oye, zagal: no esperes mucho de la justicia de algunos de los que mandan, cuando ven a un pueblico pidiendo algo, miran a otro lao”. Dio un sonoro golpe con su cayado a una piedra del camino. “Y si no ties padrino, no te bautizas”

Me considero “ruralista”, es decir un pueblerino vocacional, procedente de una capital, que cree que para los pueblos el progreso no es tener más cosas y abrir pubs y tiendas u organizar fiestas y eventos deportivos o sociales a troche y moche,  sino ofrecer buenas estructuras físicas y digitales de comunicación y salud, (vamos, carreteras, internet y servicios cercanos)  y un rediseño global de lo que consideramos la vida buena y serena en una sociedad rural: que sepamos defender con rigor sus características humanas tradicionales, nuestro paisaje y silencio, sin dejarnos seducir por los espejismos y exigencias miméticas de los urbanitas. El progreso y lo rural ha sido siempre un oxímoron (combinación de dos palabras que tienen un significado opuesto) pero yo los considero una posibilidad compatible y deseable.

 

Comprendo que las necesidades y problemas de un pueblo pequeño no lleguen a superar el “silencio administrativo” o la simple denegación de los “poderes fácticos” a invertir unas perras en arreglar una carretera llena de baches o blandones peligrosos, en ofrecer una ayuda para conseguir una purificadora de aguas residuales, en arreglar calles que llevan desde 50 años a un centenar sin tocarlas, muertas de tristeza ante semejante olvido, a darle una salida digna a un Polideportivo que no llega ni a “unideportivo” y al que le faltan duchas, luces y canchas, a potenciar la edificación de nuevas viviendas para atraer población con niños (cuyas risas ya sólo se oyen en verano por estas calles mustias),  a darles sensación de ser tenidos en cuenta a tantos ancianos como aquí viven y atraer a jóvenes con posibilidades de teletrabajo y de un entorno más saludable…

Por eso le contesté al “supermaño”: No necesito padrino para tocar a la puerta del sentido común y la lógica de muchos políticos de bien, cuyo escudo y bandera es, al margen de ideologías políticas, la honestidad, el afán de servicio y la “cura” o cuidado de sí mismos en ese trabajo digno, que ya Aristóteles elevó a la excelencia: la política o arte de aspirar al bien común y la calidad existencial del pueblo.

El avispado mañico se sentó a la sombra de un árbol y meneó la cabeza: “Pa todo eso necesitas ayuda y en estos tiempos más que antes. Un secretario de Ayuntamiento a tiempo completo, aunque tengan de pagar más a los que acepten venir a estos pueblicos, que sepa de papeles, demandas y subvenciones. Un político ‘desos’ que tú dices que ponga por encima de las consignas el bienestar de un pueblo-por pequeñajo que sea- y conozca las necesidades que tenéis aquí; un sistema de valoración técnica más justo e igualitario…”

Se quedó pensativo un buen rato y  añadió: “Me he ‘pasao’ la vida escuchando por la ‘aradio’ a muchos políticos de rompe y rasga. Y eran de todos los colores: protestaban de que Madrid no les hacía caso, de que hay qué ver las diferencias de trato entre unas provincias y otras, que era una vergüenza el estado de las carreteras, de los edificios públicos, de retrasos en eso o en aquello… de subvenciones que pasaban de largo ante las narices de Aragón y se iban a otros lugares…”

Asentí. Es una paradoja cruel. Ahora son algunos de nuestros propios políticos los que contemplan con cierta indiferencia el similar desamparo de los pueblos pequeños respecto a sus vecinos con más habitantes (y más votos). Sin intención de ofender a nadie, ¿son más aragoneses los habitantes de Zaragoza, Teruel o Calanda que los de Torre de Arcas, Ráfales o Torre del Compte? Los buenos políticos aragoneses deben de haber aprendido algo de aquellos viejos y persistentes agravios comparativos. No bastan las generalidades retóricas y políticas a lo “Teruel existe”. Sin duda son buenas y efectivas en el Congreso de los Diputados y frente a los medios. Pero para el justo gobierno de todos, aceptando la igualdad básica y evitando la precariedad por razón del número de habitantes, sólo funciona el conocimiento directo de las necesidades reales de los pequeños pueblos, el contacto con los vecinos y la ponderación de las reivindicaciones más justas y precisas. Sencillamente, hay que proponer proyectos viables y necesarios, honestidad operativa y lógica solidaria y colaborativa entre todos los pueblos y el poder político y económico. Si esto no ocurre, el “Aragón vacío” dejará de ser una amenaza persistente para ser una profecía autocumplida.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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