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1 julio 2021 4 01 /07 /julio /2021 11:06

(Publicado en La Comarca el 290621)

No creo en el “agravio” generacional. Entiendo a los jóvenes porque nunca he dejado de ser joven, a pesar de ir sumando años y experiencias. Acepto que siempre ha habido jóvenes que no han sabido respetar a nada ni a nadie, empezando por sí mismos. Es algo tan cierto como los ejemplos de lo contrario. Y sabemos que hay ancianos y hombres maduros que se mantienen anclados en sus frustraciones, sin evolucionar y capaces de dislates tan irracionales como los de algunos jóvenes.

Creo que las reglas básicas de la convivencia, pertenecientes más al derecho natural y al generado por las costumbres y tradiciones que regulan las relaciones entre individuos, deberían volver  a ser enseñadas en las guarderías y escuelas y reforzadas en los institutos y la Universidad. No como una asignatura más sino como una educación ciudadana básica, necesaria y obligatoria. Que a su vez debe ser refrendada por padres y tutores. Convertirlas en unas normas sencillas y simples que formen parte inexcusable de la persona, del ciudadano, del ser humano. Como bien individual y con alcance familiar, social, nacional y global.

A los niños les hace evolucionar la educación vicaria, la que reciben y les impregna en el hogar, la familia y los amigos. Además reciben la influencia –no siempre buena o provechosa-de las aulas y la sociedad y los medios, la tele, el ordenador o el móvil. Desde Freud, Jung o Reich, hasta los neurocognotivistas de la psicología más avanzada, hay acuerdo en que a menudo reflejamos antes lo peor que hemos asumido de nuestro amplio sustrato sociofamiliar, que los buenos ejemplos que a veces se producen en torno nuestro. Las personas oscilan entre una maduración lenta pero positiva en sus relaciones y percepciones o un progresivo endurecimiento en egoísmo, brutalidad, indiferencia al daño ajeno, intolerancia a la frustración de los deseos, falta de límites conductuales y en casos ya psicopáticos, placer en hacer daño o en destruir cosas, incluso sin ningún beneficio propio.

En la mayoría de los casos hay menos maldad intrínseca o psicopatología que dificultad para comprender el dolor de los demás, los límites de la propiedad y los derechos ajenos. La democracia sólo puede ser cívica. Aprendamos y enseñemos civismo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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