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11 agosto 2021 3 11 /08 /agosto /2021 12:24

“ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDOS”

(Artículo publicado de ‘Heraldo deAragón’ el 100821)

Escribía nuestro Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, allá por los años 1330 o 1340 en su “Libro del Buen Amor”, «Como dize Aristótiles, cosa es verdadera, / el mundo por dos cosas trabaja: la primera, / por aver mantenencia; la otra cosa era / por aver juntamiento con fembra plazentera». Aquí nos vamos a referir a su “haber mantenimiento” o sustentamiento, es decir, al equilibrio económico de un país y de las necesidades de sus habitantes. La economía es la savia del árbol que sustenta nuestra civilización, nos guste o no. Nunca como hasta ahora el slogan interno de la campaña electoral de Clinton en el 92, “es la economía, estúpido” toma toda su grosera relevancia. En estos años veinte del siglo XXI las relaciones población-consumo y producción-degradación del sistema, sometidas al factor multiplicativo “crecimiento permanente”, arroja un resultado “alarmante” para los más optimistas y “desastroso” para lo informados.

Con el crecimiento codicioso del sistema económico capitalista está ocurriendo como con la pandemia. Se avisó de ambos peligros con bastante antelación. En los  años 70 y 80 hubo proclamas científicas sobre lo que podría ocurrir si no se cambiaba de rumbo, como el informe del Club de Roma. Pero a pesar de la seriedad de las amenazas a las que nos íbamos a enfrentar, a pesar del griterío de los medios, de los informes alarmantes, todo siguió igual: el crecimiento exponencial de la producción, el consumo y la degradación del ecosistema por sobreexplotación, la deslocalización de empresas en busca de mano de obra barata, el consumo irresponsable alentado.

Ya no es posible el desarrollo sostenible, pero en cambio se sigue manteniendo un desbordamiento insensato de búsqueda y adquisición de posibles fuentes de beneficios (deforestación, prospecciones de minerales en tierra y en el fondo del mar, agricultura invasiva, explotación desmesurada) sin ningún análisis previo de sus efectos nefastos a medio plazo. Se maximiza el beneficio en los mercados financieros y energéticos, a pesar de los serios avisos del sesgo suicida de mantener tal crecimiento expansionista y depredador. Los que dirigen esa élite financiera no se percatan todavía de que si la savia de la riqueza solo llega a las ramas más altas y escasas del árbol de la vida, éste se volverá cada vez más frágil en sus raíces y tronco, hasta colapsar y derrumbarse como leña muerta.

Desde la escasez de materias primas, minerales estratégicos, componentes de los chips –su falta provocaría un “blackout” en la esencial área tecnológica —a los problemas del cambio climático, sequías como en el Brasil desforestado, incendios e inundaciones en otros países o el coronavirus cuya expansión sólo la evitaría la vacunación mundial, todavía lejana a pesar de algunos gestos solidarios…

Todos esos problemas tienen una relación directa o indirecta con la economía y la manera neoliberal de aplicarla. Y, por supuesto, con la actitud que siguen manteniendo casi todos los políticos de occidente: la de los tres monos que no oyen, no ven y no hablan de ello. Y conste que hay que valorar las medidas internacionales adoptadas por la UE y los Estados Unidos post-Trump. Pero…no es suficiente.

El neoliberalismo salvaje, muy vigoroso desde China a Rusia, Estados Unidos o Europa, tiene una lógica suicida de expansión: el cultivo del exceso –de  beneficios, de depredación, de acaparamiento, de codicia, de explotación humana- y por tanto ignoran la gravedad de los problemas y los avisos científicos y fácticos que están recibiendo. A cambio se extiende la lepra del racismo, la xenofobia, los serviles adeptos al poder y al dinero. No se trata de ideologías, aunque las evocan. Esa mayoría se limita a aplicar una praxis de supervivencia o como diría el Arcipreste, de “mantenencia”.

La política, en general, ignora todo lo que no es inmediato. Es cortoplacista. Sus miradas están desenfocadas, olvidan la dimensión del futuro por muy cercana que sea y el influjo que sobre él tiene el presente que realizamos. Un ejemplo: aquí y ahora, el de algunas empresas de energías renovables, las eólicas. No es un negocio de ecologismo, sino un negocio depredador en el que no hay ventajas reales para el mundo rural: se les paga en precario, se les devalúa el territorio y se exportan los beneficios, sin ni siquiera intentar equilibrar primero la relación producción-demanda. Y para contrarrestar todo esto, ya casi sólo nos queda la protesta pública y la de algunos medios que ven los peligros. Tan eficaces como los gritos en el desierto. En fin, como ven, todo acaba siendo  “haber mantenencia”. Lo malo es que sólo beneficia a los “Hunos” y no a la mayoría, los “otros”: usted, yo y nuestros congéneres planetarios, los que no pintamos nada en esta tragedia. Si acaso, el papel de víctima propiciatoria.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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