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2 mayo 2020 6 02 /05 /mayo /2020 10:37

"El punto de partida de la filosofía es la conciencia de la propia debilidad. El conocimiento de la falta, de la carencia, del error, es el inicio de la salvación." Esta frase se atribuye, no a un médico enfrascado en la lucha contra el Covid y en la conciencia de que es preciso cambiar nuestras formas de vida, ni tampoco a un economista horrorizado por los efectos del Gran Crack de 1929 o de la canallada financiera del 2008, ni un político responsable (que también los hay) que está angustiado ante la deriva económica de la pandemia, ni siquiera a uno de los dirigentes griegos tras la humillación de su arruinado país por la Troika comunitaria, ni al ensayista de moda Juval Noah Harari...esta frase, que podría ser esperanzadora, la escribió un hombre nacido en el 345 antes de Cristo, nacido en la isla de Samos, hijo de un humilde maestro, llamado Epicuro (en griego, camarada, amigo). Fundó una escuela llamada el Jardín donde enseñó una filosofía de alegre humanismo, rectitud, amor al placer y la belleza, igualdad entre hombres y mujeres por encima de su origen, honestidad e intuitiva inteligencia. Su mensaje fue tergiversado ya durante su vida y durante siglos posteriores por otras escuelas filosóficas y principalmente por la Iglesia cristiana. El descubrimiento de algunos restos de sus textos (escribió más de 300 durante su vida, pero todos fueron quemados o destruidos por razones religiosas) y sobre todo el hallazgo de la obra de Lucrecio "De rerum natura" en 1417 le valieron un reconocimiento erudito que no comenzó a ser público sino a partir de mediados del siglo XX. A los epicúreos hay que añadir el legado de los estoicos (Epicteto, Séneca) y la inteligencia crítica de los escépticos (Pirrón). Creo que decía Nietzsche que la mejor manera de vivir es disfrutar de la existencia como un epicúreo, obrar rectamente y aprender a soportar las adversidades como un estoico y estar por encima de las opiniones e intereses del dinero y el poder como un escéptico.

La ensayista norteamericana Martha Nussbaum en sus fascinantes obras "La terapia del placer" y "la fragilidad del bien" y el profesor francés Pierre Hadot en uno de sus mejores libros, "La filosofía como forma de vida", son las tres obras cuya lectura consecutiva o alterna podría sugerir, a mi parecer, una especie de "vacuna" psicológica contra la desorientación, el temor, el estrés emocional y la sensación de catástrofe y de final de una forma de vida que juzgábamos imprescindible y relativamente segura y que un simple virus, aparentemente uno más de los millones que acompañan al homínido desde que se puso en pie, ha cuestionado  desde sus bases a sus elementos más complejos que la conformaban y "protegían". El Covid ha colapsado las estructuras de la economía mundial, oficiales, pública o solapadas (entre estas últimas con la excepción de las que sacan tajada buitrera de las necesidades sanitarias del planeta) ha relativizado el omnímodo poder del dinero (aquí caen ricos y pobres aunque estos últimos, como de costumbre, se llevan la peor parte), ha desafiado los límites precarios ya de las libertades individuales y, sobre todo, está arrasando con la salud de una forma global (de momento encarnizándose en los países más prósperos: en ese aspecto lo peor está por venir). Ha sido un test de viabilidad al sistema que el sistema no ha soportado.

Ya en estas primeras semanas, en pleno aislamiento (cuando esta revista esté en el mercado las cosas habrán cambiado mucho, sin duda alguna) resultaba difícil hacer un pronóstico lógico y racional de el proceso y sus cambios, con un permanente bombardeo de "fakes news" bulos "profesionales" e informaciones sesgadas e inexactas. De ahí mi apuesta por el mensaje implícito que se desprende de los cuatro libros libros recomendados y de mi propósito filosófico-pragmático: en tiempos de tribulación, no hacer mudanza, decía el agudo jesuíta Ignacio de Loyola. Por tanto, resistir y ir capeando el temporal como mejor se pueda. "Sustine et abstine" , soporta y renuncia, dijo Epicteto, maestro estoico. Y lo que dice puede ser esencial para el momento en que vivimos: soporta los quebrantos, incomodidades, dolor o sufrimiento sin perder la calma y la visión fría y eficiente de lo que hay que hacer y renuncia  a la nostalgia de los placeres y el bienestar que tuviste: busca un equilibro,entre las dos grandes pasiones humanas, un punto donde sólo dejas entrar a la razón, la lógica, el pensamiento crítico. Meta, la imperturbabilidad del ánimo, esa serenidad que nos permite afrontar las tempestades sin que nos tiemble el pulso y perdamos la cabeza. La felicidad no es Tener, disfrutar de las cosas y las personas cosificadas, la felicidad es Ser un producto de la areté (la virtud) honesta y firme que actúa respetando a los demás y siendo fiel al principio de la excelencia en todo lo que uno piensa, dice o hace.

Más o menos esas son las líneas maestras que la Nussbaum desteje para nosotros en las obras filosóficas, literarias y el teatro de los antiguos griegos. Apoyada y de qué manera por el maestro Hadot que nos habla de nuestros miedos y la mejor manera de afrontarlos con una sólida argumentación intelectual por debajo.

Para los aficionados a los consejos prácticos y directos, la Nussbaum ha diseñado un enfoque filosófico de las capacidades funcionales humanas centrales emanadas de su conocimiento sobre aquellos antiguos maestros de la vida. He tratado de integrarlas en una posible respuesta personal a la pandemia: SER CAPACES  de insuflar dignidad a la propia vida; de cuidar de nuestro cuerpo y proporcionarle los elementos mínimos para su correcto desarrollo; de convertir el encierro en una opción de nuestra libertad y solidaridad e ingeniarnos para no dejar de ejercitarla sin vulnerar las prohibiciones por el bien común; de aplicar la imaginación y el pensamiento en ejercitar nuestros sentidos; de aplicar y sentir las emociones creativas y saber desviar las negativas o nostálgicas a través del ejercicio de la imaginación y la voluntad; de no desdeñar la reflexión crítica sobre lo que ocurre y mantener la lógica y racionalidad como metas indeclinables; de potenciar los afectos ya sean los  familiares como los de amistad y vecindad, buscando un auténtico interés por los otros, solidaridad, cooperación y dignidad común; en la medida de lo posible evocar, analizar y tratar de sentir lo que supone para nuestro equilibrio las relaciones con animales, domésticos o no, con la naturaleza vegetal, árboles, flores, plantas, con el mar y el cielo, en un plano de conexión, de hermandad planetaria; de recuperar nuestra habilidad de jugar plenamente, de reir y de disfrutar de estos momentos como si fuéramos niños, sin otra preocupación que gozar del instante que vivo; y, por  último, en todo momento aplicar nuestra inteligencia y conocimientos al control máximo que las circunstancias permitan sobre el propio  entorno, el círculo íntimo donde se encuentra el yo y quizá nuestra pareja, los hijos, los abuelos. Un control que se traduzca en seguridad y serenidad para el sujeto y quienes le rodean.

No hay ni una sola de estas "capacidades" que no puedan ser corroboradas por alguno de los libros que les sugiero leer en estos encierros (los tres son asequibles por internet). Esencialmente recogen principios filosóficos estoicos, epicúreos o escépticos. La aplicabilidad, pertinencia y actualidad de estos autores es precisamente la razón por la que son considerados unánimemente clásicos indiscutibles, a la altura de Aristóteles, Platón, Descartes, Nietzsche, Voltaire, San Agustín o Santo Tomás, Pascal, Leibniz, Erasmo, Spinoza, Schopenhauer, Montaigne, Ortega, Kierkegaard, Einstein, Wittgenstein, Russell, Kant, Hegel o Marx (que, por cierto, tiene un libro excelente dedicado al análisis de la filosofía de Epicuro).

Como colofón les diré que Marta C. Nussbaum, una de mis eruditas vivas preferida, es profesora de Derecho y Ética en la Universidad de Chicago, autora de más de dieciséis libros (la mayoría, editados en español por Paidós) sobre filosofía griega y latina, derechos de las mujeres, filosofía política, religión e igualdad entre los sexos. Sostiene ideas que hablan de la dignidad de la mujer : hay que adoptar políticas que faciliten que el potencial femenino sea respetado y cultivado, lo que incluye medidas adecuadas para el cuidado de niños y ancianos, una carga que recae sobre las mujeres en todo el mundo. En estos casos, esas actuaciones, lejos de ser mera cosmética, son cuestión de vida o muerte. Y si se diera el caso de que otras lo son, habría que denunciarlo. La lista de las capacidades que he adaptado para este artículo está detallada en un publicado en español: Crear capacidades. Propuestas para el desarrollo humano (Paidós). En él, hace un análisis del desarrollo social y económico, que lejos de estar basado en los habituales indicadores económicos, como el producto interior bruto o la renta per cápita, tiene en cuenta los medios que pone un Estado al alcance de sus ciudadanos para que desarrollen las capacidades que cada ser humano encierra, y que ella resume en un decálogo. Lo que mediría el verdadero desarrollo, por tanto, sería que la gente disfrutara del derecho a la vida (“a una vida de duración normal, sin muerte prematura”, especifica la autora), a la salud física, a la integridad física (“estar protegidos de los ataques violentos, incluidas las agresiones sexuales y la violencia doméstica”), o del derecho a poder usar “los sentidos, la imaginación, el pensamiento y el razonamiento de una forma verdaderamente humana”. El decálogo incluye también “el poder vivir una relación próxima y respetuosa con los animales, las plantas y el mundo real”. Y respecto al tema que me ocupa citaré una respuesta de Nussbaum a una entrevista : "los estudios humanísticos son fundamentales además en la forja de un saludable sistema democrático. Son materias que nos aportan información sobre el mundo en el que vivimos. Como ya lo vio Sócrates, la filosofía tiene una capacidad única para producir una vida examinada, es una fuente de razonamientos y de intercambio de argumentos. Nuestro clima político actual es histérico, dado a las invectivas más que a los argumentos. Necesitamos de la filosofía con la misma urgencia que la Atenas de Sócrates".

Para los interesados en esta egregia dama de la filosofía doy una lista de sus obras: Contamos con buenas y prontas traducciones de casi todos sus libros, desde La fragilidad del bien (Visor, 1995) hasta Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano (Paidós, 2012). Como los mismos títulos me parecen reveladores y significativos de esa perspectiva humanista, citaré además: La terapia del deseo, El cultivo de la humanidad, Los límites del patriotismo, Las fronteras de la justicia, Paisajes del pensamiento, India (todos en Paidós); Justicia poética (Bello); Libertad de conciencia (Tusquets); Las mujeres y el desarrollo humano (Herder); El conocimiento del amor: ensayos sobre filosofía y literatura (Antonio Machado), y, en fin, El ocultamiento de lo humano y Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (ambos en Katz).

En cuanto a Pierre Hadot (que ya me deslumbró con "Plotino o la simplicidad en la mirada" y más tarde con "La ciudadela interior") en el libro que les aconsejo, "La filosofía como forma de vida" tenemos unas conversaciones que mantuvo el pensador francés con Jeannie Carlier y Arnold I. Davidson, dos filósofos y el segundo, traductor al inglés de la obra de Hadot. Es reveladora la convicción de Hadot de que hay que entender la filosofía antigua, más que como un serie de sistemas y estructuras de pensamiento, como la verbalización de un sistema, una forma, un estilo de vida, en suma, una manera de vivir. Y aduce la característica de "oralidad" de los libros de los principales filósofos de aquélla época dorada, desde Platón hasta Epicuro, Epicteto o Marco Aurelio, Pirrón o Anaximandro, Jenofonte o los pitagóricos. Por lo que los libros eran más unos manuales recordatorios para uso de alumnos y discípulos, a modo de consejos sobre cambios en su forma de vivir, que doctrinas o conjuntos de teorías abstractas para uso de eruditos y estudiosos de historia de la filosofía.

Hadot sugiere que esos libros eran los textos preparatorios para unos auténticos "ejercicios espirituales" (los griegos usaron esa expresión con bastante antelación al cristianismo y otras religiones que acabaron monopolizándola para sus intereses pedagógicos y doctrinales) con los que el iniciado iba logrando alcanzar ciertos cambios en pos de la "vida buena" y la moralidad de lo correcto. Cualquier estudioso de la filosofía antigua termina percatándose que en el entramado de los libros clásicos hay una urdimbre bastante clara y explícita de prácticas y ejercicios destinados a mostrar el camino al lector de un estilo de vivir coherente con los principios que se han tratado de demostrar en el texto.

Para ellos, la filosofía no era solo teoría o discurso, era una manera determinada de vivir, "una opción existencial y una distinta y coherente visión del mundo". Y así, para los epicúreos de nada servía la filosofía si no lograba curar el alma y transformar al individuo en su relación con los otros o con el cosmos. Para ello decían, se debía prescindir de los deseos innecesarios, optando más bien por los necesarios y por la moderación del placer.  Los estoicos -muy prácticos y generadores de máximas excelentes para recordarnos cómo realizar la "vida buena"- se preocupaban de mantener una "terapia de las pasiones", pues consideran que son las pasiones las que hacen desdichado al hombre. Se trata de enseñar al hombre a distinguir entre lo que depende de él y lo que no. Ante lo primero, trabajo honesto y fortaleza, ante lo segundo indiferencia y aguante resignado.También para Epicteto y Cicerón la filosofía es una especie de medicina del espíritu que posee su propia terapia para sanar al hombre.

La tradición de la vida filosófica no ha muerto desde entonces y la encontramos en Kant, en Nietzche y entre los más cercanos en Onfray, María Zambrano. Ortega o Peter Sloterdijk y, en cierta forma, en Wittgenstein. Hadot insiste en que hay que rescatar la sabia vital de la filosofía, volver a los "ejercicios espirituales" como los diseñaban los estoicos o los epicúreos y escépticos, apuntar a esa "conciencia cósmica" de la que hablan Bergson y otros, buscar ese ideal de  perfección humana y progreso espiritual que nos inserta en un esquema evolutivo que concierne a toda la humanidad. Sin olvidar, por supuesto, en qué mundo vivimos, la importancia de la geopolítica, los movimientos sociales, la globalización informática y los radicales cambios de costumbres y creencias que con gran velocidad se  están produciendo bajo las nuevas tecnologías. Nunca como hoy, en plena revolución pandémica de costumbres, hábitos y estructuras económicas y sociales, bajo el imperio de la amenaza de muerte y miseria, es tan necesaria la filosofía, único "noray" al que se puede asegurar el desarbolado navío de la humanidad. Hora de vivir como personas, hora de pensar. ¿Cuál es la mejor herramienta del pensar? La filosofía.

 

FICHA

LA FILOSOFÍA COMO FORMA DE VIDA.- Pierre Hadot.- Trad. María Cucurella.- Alpha Decay.-266 págs.-29,50 euros.- ISBN 9788493654016

LA TERAPIA DEL DESEO Y LA FRAGILIDAD DEL BIEN:FORTUNA Y ETICA EN LA TRAGEDIA Y LA FILOSOFIA GRIEGA.-  45 y 38 euros.- Martha C. Nussbaum.- Ed. Paidós
 

 

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1 mayo 2020 5 01 /05 /mayo /2020 08:58

Decía el viejo profesor Aranguren que "la moral se exhibe cuando se está en la oposición y la política cuando se está en el poder".  Lo cual implica que  los que mandan se olvidan de los principios éticos que deberían regir su profesión y los que quieren mandar apelan a ella pero no refiriéndose a sí mismos sino como exigencia y reproche al que intenta gobernar. Apañados vamos con ese personal. Aunque, insisto, a pesar de todo, de las inseguridades, vaguedades improvisadas y cautelas contradictorias del Gobierno, constantemente obstaculizado por las actitudes vergonzantes de violencia crítica y falta de apoyo y cooperación en nuestro espectro político,  Sánchez está haciendo una labor discretamente respetable (al contrario que la poco fiel oposición y algunos más en el mismo seno del poder.

Los envidiados portugueses (en el aspecto político y en el social) han rebajado el estado de excepción a estado "de calamidad". Es justamente el concepto que más se adecúa a la manera en la que los "covidiotas" están actuando en algunas grandes ciudades como Barcelona y Madrid, que comienzan a erigirse en peligrosos focos de contagio mientras el resto del país trata de apaciguar al virus y parece que lo está consiguiendo. Deberíamos ir reflexionando en esa característica y por pura cautela, discreción y sentido común desaconsejar de la manera más ejecutiva posible las oleadas acostumbradas de veraneantes y familiares que - a no ser que se las disuada-  tratarán de olvidar que pueden  -no necesariamente, pero sí entra dentro de lo posible- llevar  en la maleta un visitante no deseado.

Un último reproche a dos de mis particulares bestias negras. Al payaso que rebaja la dignidad de la Casa Blanca, Trump, que junto a su insólito microbio familiar, su yerno, que están presumiendo de lo bien que están gestionando la crisis del Covid. Alucinante. ¿Que pensaran las familias de los más de 60.000 muertos (ni en Vietnam el país perdió a tantos ciudadanos) y el millón de contagiados? El otro, que altera los humores de cualquier persona responsable, es el valleinclanesco dictador brasileño, Bolsonaro, que cuando se le reprocha su absurda actitud ante el virus que al parecer está provocando una mortandad en el gran país (sin datos fiables, hay oscuridad informativa) responde que él es un mesías, de acuerdo, pero que no hace milagros. Si la gente enferma y muere qué va a hacer él. Lo tiene fácil: váyase al exilio. Desaparezca.

Bien, amigos, hasta aquí les he acompañado durante 41 jornadas de confinamiento, día a día, con gran placer por mi parte, a pesar de que las circunstancias no eran felices ni relajadas. He recibido múltiples pruebas de afecto y apoyo, incluso cuando el enojo, la vergüenza ajena y el desaliento me invadían.

Para los que deseen seguir leyendo mis humildes reflexiones, artículos y comentarios les invito a entrar en mi blog 

www.nullediesinelinea.es 

A los demás, gracias por vuestra atención.

Alberto Díaz Rueda

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30 abril 2020 4 30 /04 /abril /2020 09:20

Decía el maestro Emilio Lledó en su libro "Sobre la educación"  que "la deriva social utilitarista que va solidificándose en estos tiempos está desvirtuando la enseñanza...y la preparación de los profesionales del futuro cercano". Educar, dice, es crear libertad, dar posibilidades, hacer pensar. Es un  proyecto que vincula la libertad al ejercicio de enseñar y al placer de aprender. ¿Se enseña esto en los institutos, en  la Universidad? O más bien todo se convierte en una fábrica de futuros titulados, una visión "asignatural" de la enseñanza y un sistema de exámenes o "chantajes rituales"?  La digitalización de la enseñanza da el acceso a unas técnicas de acceso engañosamente simple que manipulan y sustituyen en los alumnos el hábito de pensar.

Decía Kant que "el hombre sólo puede ser hombre por su educación. No es nada más que lo que la educación hace de él". El problema en estos tiempos es que no sabemos muy bien en qué consiste la tan socorrida y en el fondo desahuciada "educación". Pues bien, la pandemia y su secuela el confinamiento está causando un revuelo interno entre profesores, alumnos y familias de alumnos. Esta es una parte de la educación cuya importancia no se evalúa de forma correcta, ni por el sistema ni por los propios padres (que seguramente padecieron una "educación" tan coja o más que la actual).

¿Cuáles son las opciones que se están barajando en estas circunstancias actuales? Una, la que denuncia el profesor Roberto G. Fandiño en un artículo, niños enganchados todo el día a internet para realizar deberes de diferentes asignaturas, agobiados y obsesionados por enviar el trabajo en el plazo indicado, correspondido por un agobio igual o superior por la cantidad, de profesores que deben leer, corregir y evaluar la montaña ingente de trabajos generados por el encierro y el enfoque de ciertas autoridades educativas de evaluar a los profesores en base a la producción total de trabajos realizados, conferencias y actividades on line. ¿De verdad hay alguien que cree que eso es educar? Serán los mismos que sueñan con profesores robots y olvidan la dimensión vital, esencial de la presencia física del maestro, del profesor, de la interacción humana como un elemento capital para el aprendizaje. Tal vez esas personas no han tenido ningún buen profesor. Yo he tenido unos cuantos (y muchos más mediocres, nada motivados o simplemente autoritariamente estúpidos) y han sido un creativo y estimulante  privilegio para mi formación como persona y más tarde como profesional. Los buenos profesores  contagian el amor al saber, la necesidad del conocimiento, la curiosidad por investigar (madre de la ciencia y de la filosofía), por llegar por tí mismo a la razón de lo que haces y por qué lo haces. Y no es una utopía...hay profesores así. Pero, necesariamente, lo tienes que tener enfrente, tienes que interrelacionar con ellos.

Pero también está la opción de los que que creen que la nueva tecnología o los libros son simple herramientas de trabajo que ayudan pero no marcan o dominan el aspecto creativo y crítico del alumno, al que se le estimula para que, tomando como base determinados textos o material virtual, no demasiados pero sí adecuados,  se active una reacción personal, una labor de pensamiento y de crítica propios, que muestre la capacidad del alumno para hacer una lectura creativa de lo que  se les aconseja trabajar. No se tiene  en cuenta la liturgia de exámenes y notas que obsesiona al mundo educativo. Trabajos como  esos dan al profesor una visión bastante apreciable de la madurez del alumno. ¿Utopía idealista? No señores, es el modelo educativo que se sigue en países como Alemania o los del norte de Europa. Los partidarios de esta segunda opción no agobian a los  alumnos con ejercicios al plazo prefijado, sino que dan tiempo para que el alumno madure su respuesta, pues el lujo de pensar requiere un "tempo" de labor muy especial y exigente.

Y ahora entramos en el tercer elemento de la ecuación educativa: la familia. He oído críticas variadas a las dos opciones. Hay razones familiares en las que no entraré por no ser adecuadas a esta reflexión (aunque las lamente) ni tampoco entraré en las condiciones psicológicas delicadas que causa un encierro tan largo en espacios reducidos y a veces con exceso de personas en el mismo recinto. Las familias pueden escandalizarse ante el agobio de sus hijos por el exceso de tareas o protestar porque creen que los profesores que siguen la segunda opción están, en realidad, "escaqueándose" de sus labores y obligaciones (esto también puede ser la opinión de algunos "jefes" educativos). Déjenme apuntar que esas "obligaciones" no son privativas de los docentes sino que, en un plano de responsabilidad  distinto,  comparten los padres del alumno, ya que éstos no están ausentes de la ecuación pedagógica: son ellos los que promueven -consciente o inconscientemente- el aprendizaje vicario. Si, señores,  el del ejemplo que dan en casa a sus propios hijos, con actitudes, opiniones y comportamientos. No tener en cuenta ese punto no es sólo una hipocresía social, es un error que con el tiempo  pagarán esos alumnos si el ejemplo recibido no ha sido el correcto. Como corolario del tema familiar,  narro la respuesta de una joven profesora a un padre que le preguntó con sorna que quién les pagaría a ellos el hacer de profesores durante el confinamiento. A lo que dicha maestra respondió: “los mismos que nos pagan a los profes por hacer de padres, nadie”. Se puede decir más alto pero no más claro: que cada palo aguante su vela.

Así que la pandemia, el encierro, está poniendo en solfa tres de las cuatro patas de la educación. El modelo educativo, el tipo de profesor, el alumno y su familia. Ustedes pensarán, "por si fuera poco con los problemas que nos ha traído el virus, el de salud, el económico, el laboral y el socio-familiar, ahora nos viene éste con el de la educación". Permítanme que les apunte una visión complementaria: justamente es la educación la madre del cordero, a la que deberíamos tratar con mimo y responsabilidad. La educación es la semilla que crea buenos médicos, investigadores, políticos, técnicos. Pero sólo si la educación es técnicamente buena y humanísticamente correcta y creativa. Para eso los maestros de esos profesionales han de ser buenos pedagogos, libres, abiertos, responsables y empáticos, sin ajustarse a planes rígidos y capaces de estimular la imaginación, la  creatividad y la responsabilidad de sus alumnos. La s personas educadas pueden circular mejor por los caminos complejos de la economía y el mundo del trabajo, no engañan ni se dejan engañar, pues al mismo tiempo que su profesión aprendieron la ética que la regula. Y esas personas , gracias a la educación, que no termina en la universidad con el titulo en el bolsillo, sino que es permanente en la vida humana, pues la enriquece en forma de cultura, posiblemente sean capaces de articular relaciones personales y sociales basadas en criterios más sólidos que el interés propio. Y formar familias donde la educación y la cultura sea contemplada como un privilegiado modo de ser mejor persona.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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30 abril 2020 4 30 /04 /abril /2020 08:51

Desde muy joven he sido un iberista convencido. Creo que Portugal unido a España nos completaría como país. Tenemos mucho que aprender de ellos, de su innata cortesía, de su sencillez y de su honestidad política. Mientras que nuestros políticos siguen dando la nota, desde un Sánchez enrocado en su sillón de líder carismático hasta un Casado  que parece desear tanto como el poder a cualquier precio (justamente lo que mantiene a Sánchez) ser capaz de "darle la puntilla"  a un individuo cuya prepotencia iguala a la suya. Cada uno es la sombra negativa y fratricida del otro. Y así ambos olvidan al Covid y éste les convierte a los dos  en sus mejores aliados para hundir al país. La política errática e indecisa y poco clara del Gobierno en la gestión del Covid, no obstante, está dando algunos resultados apreciables y esto encona aún más la inflexibilidad de uno y la inconsciente agresividad del otro (voluntariamente prefiero ignorar al resto de formaciones políticas: los dos gallitos del corral no les dejan capacidad de juego, incluido Torra, el "marciano" (que sigue actuando como si el Covid lo hubiera inventado su odiada España). 

¿Cuesta tanto apreciar y tomar nota de la actitud y comportamiento político de nuestros vecinos peninsulares? ¿No se perciben los buenos resultados que están dando en la gestión del virus y en la percepción unitaria y coherente que tienen los portugueses de sus dirigentes? El socialista Antonio Costa tomó desde el primer momento una actitud responsable, eficiente, compartida y cooperativa con la población y con el resto del espectro político. El líder de la oposición, el conservador Rui Rio, dejó de lado las diferencias y se puso de inmediato al servicio del Gobierno, por una causa mayor que requería unidad, dejando las críticas para cuando pasara la pandemia. Trabajar conjuntamente, ese era el objetivo. Ni exceso aislado del poder ni socavar al contrario desde una oposición ombliguista. Concordancia. Nada de gobernar a golpe de tentativas y tener que dar marcha atrás o reconsiderar órdenes precipitadas. Nada de ofrecer el lamentable espectáuclo del combate incesante entre un líder ensimismado en su poder y un oponente histérico por hundirle. 

¿Por qué no proponer, cuando salgamos de ésta y suspendamos a los políticos que tenemos, un cambio constitucional al modelo alemán, la  eficaz administración de los "länder" que, en caso de crisis global, se convierte en un Gobierno único con una cabeza y una gestión confederada? Porque, me temo, que si esta crisis no cambia nuestro modelo de vida, vendrán más y peores...y tendremos que gestionarlas. A la espera de un Gobierno mundial, utópico para nuestra especie egoísta, podríamos apañarnos con una Iberia unida en múltiples länder autonómicos pero unidos, no revueltos, con un poder central, en casos de extrema necesidad e interés común. Sin tentaciones dictatoriales ni salvadores de la patria. Velando por el bien común, es decir el bienestar de la ciudadanía.

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29 abril 2020 3 29 /04 /abril /2020 12:08

Excelente ensayo de la profesora de la Universidad de Zaragoza, Sandra Santa. Es este un libro en el que queda clara la importancia de Karl Kraus, el combativo, ingenioso y duro polemista y poeta que vertebró en torno a su revista personal "La Antorcha", sus aforismos y su carácter crítico y ferozmente incisivo, todo un desafío a la Torre de Babel que era el Imperio austrohúngaro y su decadencia y muerte por los dos elementos, las lenguas y los nacionalismos que darían lugar a la Primera Guerra Mundial y unos años más tarde a la aún más horrible II guerra.

 Complejo y exigente, el texto de la Santana, se centra en los dos ejes que moverían el entramado del cambio casi copernicamos que daría el mundo desde finales del siglo del convulso siglo XIX, al apocalipsis global que causarían las dos guerras mundiales y otras periféricas igualmente sanguinarias y bochornosas: la dinámica destructiva de los nacionalismos y la creativa pero igualmente destructivas de  las distintas lenguas enfrentadas (como signos de estatus y poder) y el lenguaje como elemento catalizador del ser humano y de su producto más valorado: la cultura y las prolijas manifestaciones de su ejercicio.

El libro se centra en la controvertida figura de Kark Kraus (Bohemia, 1874-Viena 1936), en sus influencias propias y ajenas, en la Viena de su época, caldo de cultivo de una rebelión masiva en el amplio campo de la cultura y en el cuestionamiento del lenguaje como motor del pensamiento, como célula de identidad, como fuerza creativa y, por último pero no menos decisivo, su enorme poder de separar, enclaustrar y destruir a las personas. A  través de Kraus y coronándose en Wittgenstein el lenguaje se convierte en uno de los paradigmas que hicieron gemir a la filosofía en un estertor de muerte: cuando sólo queda el silencio y lo único razonable es callar.

Los "dramatis personae" de esta tragedia de la Viena finisecular, el nido de la serpiente que arrasará Europa y parte del resto del mundo, son como tristes y desahuciados personajes de Esquilo, de Sófocles, Eurípides o del mismísimo Shakespeare que danzan cogidos de la mano en una larga hilera bajo la música y el ritmo que les marca la muerte, la violencia, el hambre y la peste.Empezando con Karl Kraus, una especie de fáustico notario de la época y siguiendo por seguidores,admiradores y contrarios: Adorno, Walter Benjamín, Rilke, Elias Canetti, el pintor Gustav Klimt, la arquitectura desafiante de Adolf Loos, la música atonal de Arnold Schönberg, los filósofos Fritz Mauthner o Ludwig Wittgenstein, los poetas Stefan George o Hugo von Hoffmansthal (que certificaría la muerte del lenguaje como había sido considerado hasta entonces en su "Carta de Lord Chandos", el mismísimo Freud, el gran Nietszche  o el científico Ernst Mach, el provocador Otto Weininger con su "Sexo y carácter", los escritores Herman Bahr (la "bestia negra" de Kraus) y el malogrado Robert Musil cuyo "Hombre sin atributos" glosaría al tipo paradigmático de ese fértil pero desafiante momento histórico...

Santana nos hace partícipes de las filias y fobias de Kraus, de su misoginia galopante pero, al tiempo, de su sacralizada simbología de la madre nutricia y protectora (la lengua) y su contrafigura, la prostituta, de la que defiende la claridad de su función y la hipocresía burguesa que la explota y envilece. También aclara ciertos puntos que aparecen en el libro de "La Viena de Wittgenstein" de Janik y Toulmin, contrastándolos con la bibliografía  posterior y estudios más recientes sobre Kraus y su época, incluída la relación temática con Wittgenstein en lo referente al lenguaje. La lectura del libro revela una excepcional y curiosa circunstancia: el simple hecho de que la censura del Imperio permitiera la labor de Kraus sin ponerle cortapisas (las reacciones contrarias, a veces en forma de palizas, se las propinaban los muchísimos enemigos que Kraus se buscaba con demasiada ligereza: incluso su muerte, tras las complicaciones causadas por el atropello de un ciclista que se dio a la fuga no tuvo nada que ver con la policía secreta vienesa). Ni juicios por desacato, ni ostracismo intelectual ni campañas de difamación en la prensa tan atacada por Kraus. Sorprendente. 

 Sugiere la autora que esta implacable crítica del sistema era un mal menor que la tambaleante república austríaca que sucedió al Imperio, no tuvo en cuenta ante el auge de sus problemas y el ascenso imparable del nazismo,  En realidad la crítica feroz de Kraus al lenguaje establecido, sólo era una vertiente más de un problema global: la naturaleza de un Babel social, étnico y linguístico que constituía la sociedad austríaca, en la que el alemán era un idioma más y no el mejor considerado, hasta que el golpe de timón nazi lo convirtió en el privilegiado.

De Kraus nos quedamos con su sarcasmo y su ironía, sus pertinentes ataques a la hipocresía sexual de una sociedad bastante corrompida, a una judicatura inicua y a los ecos que la prensa difundía contaminando a la opinión pública. Sorprende que la misoginia de Kraus no sea un inconveniente para las feroces diatribas que lanzaba contra unas leyes y una sociedad que convertían a la mujer en un objeto despreciable, cuando Kraus no se cansó de proclamar la supuesta inferioridad intelectual femenina. Aún teniendo en cuenta todos los contras de este escritor y poeta en perenne lucha activa por todas las causas perdidas, para cualquier pensador que se precie de amar la libertad de espíritu, la honestidad y la crítica sincera, Kraus es un referente. Léanlo. Pero antes pasen por el libro de Sandra Santana. 

FICHA

EL LABERINTO DE LA PALABRA.- Sandra Santana.- Ed. Acantilado.-361 págs.-ISBN 9788492649914



 
 

 

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29 abril 2020 3 29 /04 /abril /2020 09:01

En el muchas veces agudo y divertido refranero español, fuente deliciosa de la sabiduría popular (y también de la vulgaridad y la chabacanería, que todo hay que decirlo) hay una conseja que nos viene al pelo: "No hay mal que cien años dure, ni cuerpo humano que lo resista". Y eso aunque detrás de la norma salutífera esté un Gobierno como el del señor Sánchez, cauto, prudente y un pelín inflexible. Hay quien sostiene que al pueblo español hay que convencerle con la vara. No estoy de acuerdo. Es lo que se ha hecho casi siempre (y no solo en la España, te guarde Dios, sino en muchos, demasiados países) y no está demostrado que "lo que se hace siempre" sea lo que se debería hacer. Por tanto no entraré en juzgar la pertinencia y justeza del programa de "desescalada" (¿no tenían una palabra mejor?). De alguna manera es entrar en el pegajoso y maloliente juego de la política partidista, cortoplacista y autocomplaciente, que tanto daño hace a este país. Aquello de "un problema global necesita soluciones globales implementadas por la solidaridad, la cooperación y el apoyo conjunto de las fuerzas políticas hasta que se supere el problema" que estoy cansado de repetir a mi humilde escala y otros lo hacen para más amplios escenarios, obtiene igual nulo resultado.

Así que hoy vamos a dejar las especulaciones y comentarios sobre el muy mejorable estado del país y del mundo y vamos a darnos un paseíto, espero que divertido al menos, sobre el refranero español. Sigamos con otro dicho muy oportuno: "Mal es sufrir; pero sufrirlo mal es mayor mal" Una deliciosa cacofonía que avala la Filosofía y la Psicología en masa. Otra conseja que me encanta por lo oportuna es : "Échate a enfermar y verás quién te quiere bien y quién te quiere mal". No  me extenderé en el hecho de que hay una parte de nuestra población que ha comprobado dramáticamente este aserto. Para los "covidiotas" (que aún abundan), les va "La salud no tiene precio y quien la arriesga es un necio". Lo malo es que el que la arriesga con el Covid no sólo es un necio, es un irresponsable que pone en peligro la salud de los otros. El "Más vale salud que dinero" se le podría enviar al señor Trump o a Bolsonaro. Para todos nosotros: "A cualquier dolencia, es remedio la paciencia", "A males nuevos, búscale remedios antes de que se hagan viejos". 

Podemos advertir que "El tiempo todo lo cura, menos vejez y locura" y definir el tiempo de la pandemia con aquella frase sabia "Enfermedad no es maldición, pero indica nuestra condición". De aquellas alegrías imprudentes neoliberales de los recortes en sanidad viene la brutal marejada de muertes y contagios en España. "Con la salud no se juega", ya que "La salud se pierde fácilmente y se recupera con dificultad". Y para reforzar nuestra resistencia, "No nos envíe Dios tantos males como podamos sufrir" o "Quien tiene dolencia, abra la  bolsa y tenga paciencia". O, "Recobrar la salud y sostener el fuero, no se hace sin dinero".

En fin, no pasemos por aquello que dicen los clásicos, "Hombre refranero, pocas palabras y más quiero que puedo". Creo que fueron los inmortales y añorados Tip y Coll los que se despedían en sus programas de la tele diciendo "Y mañana hablaremos del Gobierno". Cosa que en tiempos de la dictadura era poco aconsejable. Por eso al día siguiente hablaban de otras cosas y al final del programa repetían "Y mañana hablaremos del Gobierno". En una democracia, en ésta concretamente, eso es un deporte nacional que se extiende equitativamente a la oposición y a los francotiradores que cobran sueldo público y buscan el derrumbe total. Así que "Y mañana hablaremos del Gobierno y la cuadrilla".

Alberto Díaz Rueda

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28 abril 2020 2 28 /04 /abril /2020 10:35

Los plumíferos y articulistas, que estamos tan profundamente ocupados en estos tiempos desabridos, tenemos algunos autores-muletillas en los que nos apoyamos (a veces sin estar seguros de que la frase es de ellos realmente: la tradición hace que muchas citas de personajes históricos o grandes autores sean en realidad de otros autores, más humildes o anónimos). Uno de ellos es Churchill, quizá por el paralelismo de la situación bélica en la II GM con la actual, sitiados y diezmados globalmente por un virus, con la economía en la UCI. Una de las frases que supuestamente dijo el orondo y enérgico primer ministro británico (premio Nobel de literatura, por cierto) fue: "Esto no es el final, ni tan solo el principio del final; pero tal vez sea el final del principio". Sentido común y percepción realista en una sola frase. Que además nos viene que ni pintada para esta situación que vivimos tras el mediocre comienzo de "desescalada", con los niños en las calles y bastantes incumplimientos de las normas. Y por cierto hay muchas voces de facultativos sugiriendo que la salida de los niños ha sido algo prematura y que la no salida de los mayores de 65 ha sido postergada en demasía. No entro ni salgo en estas reflexiones. Por un lado los niños son  criaturas de gran adaptabilidad, pero por el otro, eso también depende de factores variables como el tipo de hogar,  relaciones familiares, situación económica, cultural y social, etc. 

Uno de los requisitos que sugiere la OMS para encarar con garantías una normalización relativa de los usos sociales, dice: "que las comunidades estén plenamente informadas, educadas, comprometidas y capacitadas para ajustarse a las normas". ¿Cumplimos esa exigencia? Seguramente la mayoría sí. No dudo de la resistencia y solidaridad de nuestro pueblo. Pero dudo del demonio que muchos llevan dentro, ya sea chulería, prepotencia o estupidez (a menudo van juntas). Tampoco el lenguaje de los políticos, los que gobiernan y los que pierden el aliento y la vergüenza por gobernar, ayuda a tener una actitud racional y seria frente a la cuestión. Por favor controlen su lenguaje, señores (y señoras). No amenacen ni adoctrinen ni sermoneen al personal, la mayoría ya somos talluditos.  Apelen al sentido común, al de responsabilidad y al de solidaridad. E informen sencilla y claramente. Eviten las predicciones  y proyecciones alarmistas. Y los demás, el pueblo llano,  hay que adaptarse a la situación según esta vaya variando y aprendamos a afrontar la desinformación o falsa información con espíritu crítico. No nos queda otra. 

 

Alberto Díaz Rueda

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27 abril 2020 1 27 /04 /abril /2020 09:51

A partir de ayer domingo, seis millones de niños menores de 14 años tomaron las calles, paseos y plazas de las ciudades y pueblos grandes. Teóricamente acompañados por un adulto y respetando normas de distancia sanitaria, manos lavadas, mascarillas y horarios limitados y escalonados. Este ha sido el primer test del contra-virus. ¿Comportamiento social? Casi no llega al aprobado. Según mis fuentes, en las grandes ciudades se ha dado la estampida social y aunque ha habido muchas personas que han respetado las normas,  una visible minoría a aprovechado para saltarse a la torera las normas vigentes. ¿Falta de responsabilidad? ¿Ignorancia? ¿Rebeldía? O, simplemente estupidez. Quizá no llegue el temido "rebrote". Pero no será gracias a ellos. Somos una especie con mala memoria voluntaria. Se proclama que a partir de ahora "la vida de antes no volverá". La vida es obstinada, siempre vuelve, de una manera u otra. No es pesimismo...es historia. El hombre es un animal proclive a los excesos. Y una civilización como la que hemos tenido hasta ahora era una celebración constante del exceso como norma, en el consumo, en la producción, en la rapiña de recursos, en el fomento de las desigualdades, en la codicia y en la crueldad gratuita. Pero aún así, sobrevivimos y progresamos aunque tal vez no en la buena dirección.

Lo cierto es que un 85 % de la población española no se ha movido de sus residencia. Lo sabemos gracias a la aplicación Data-Covid 19 realizada entre los órganos de vigilancia cibernética del Gobierno y las operadoras que funcionan en el país. Se  controla la movilidad de las personas a través de 40 millones de móviles particulares. Aun siendo por un buen fin (esperemos que se queda en esto y desaparezca cuando el virus se duerma del todo) no deja de producir cierta inquietud. ¿Acabaremos como los chinos totalmente monitorizados en nuestra vida privada, sujetos a un sistema de puntos de castigo por mal comportamiento que luego tiene repercusión punitiva? ¿Cada vez más cerca del mundo distópico de "1984", "El mundo feliz" o "El cuento de la criada"? O quizá demos un giro a última hora y comencemos a exigir un mundo más sostenible.

ALBERTO DÍAZ RUEDA 

 

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26 abril 2020 7 26 /04 /abril /2020 09:42

Está muy bien que nuestros líderes carismáticos, tras el susto inicial y los despropósitos que desencadenó la falta de previsión y los pecados anteriores de recortes en la sanidad  (imputables a rojos, blancos o amarillos por igual) se pusieran rápidamente en “modo avión” respecto a los acongojados ciudadanos y más o menos guiados por una también indecisa “ciencia oficial” siguieran a lo suyo, es decir, haciendo política a troche y moche (las comunidades independentistas dieron la nota) mientras los conteos de contagiados y fallecidos engrosaban las estadísticas de forma ominosa.

Lo más fácil suele ser a menudo lo indicado y para percibirlo no hace falta ninguna carrera universitaria, sólo observar sin ideas preconcebidas y tomar nota de todo los que los otros países no negacionistas han sufrido y qué medidas tenían efecto y cuáles no tanto. Eso en filosofía se llama “la navaja de Occam” y no digo más.

Pues  bien, en España, a golpe de decreto se organiza la vida del personal y todos a callar que estamos más guapos y además nos multan si no lo hacemos. Cada vez que el líder carismático habla de  “desescalada territorial asimétrica” me echo a temblar, aunque no entiendo nada.

En Inglaterra y los USA llaman “covidiotas” a los que se pasan  por el forro las medidas cautelares obligatorias para toda la población. En mi pueblo no he captado ninguno de esos especímenes  que se consideran al margen de lo mandado, quizá porque se creen superiores en conocimiento o en ingenio a los demás o, simplemente, porque juzgan como covidiotas a los que sí cumplen.

Estas reflexiones vienen a cuento por la “modesta proposición” que al modo de Jonathan Swift, quisiera plantear a nuestros líderes hegemónicos. Se trata de suavizar el confinamiento a los mayores de 65 años como se hace con los niños de menos de 14. Aquí de estos últimos casi no tenemos, pero de los primeros somos un montón considerable. Aplicando el sentido común, es decir el menos común de los sentidos y más en política (Balmes, dixit) no hay tanta diferencia entre los mayores de pueblos ya aislados de por sí y esos niños que fueron enclaustrados cuando una buena parte de la ciencia afirmaba que era la población de menos riesgo y seguramente podrían tener peores secuelas negativas de salud manteniéndolos encerrados que permitiéndoles salir unas horas en compañía y vigilancia del padre o la madre, sin contactos con otros niños. Los mayores tenemos más años, pero en modo alguno menos necesidad sanitaria de dar saludables paseos, aunque sea en solitario, por campos donde no pasa un alma.

Aquí, en este pueblo del Aragón vacío, donde somos cuatro y los gatos, por así decirlo, dejar en manos de la autoridad comarcal que se permita a los mayores dar sus paseos diarios no es, de ningún modo, socavar la seguridad de nadie. Y más en los muchos pueblos de todo Aragón en los que hay tan pocas personas que ni siquiera el Covid ha juzgado necesario entrar. Para mayor gloria de los líderes indómitos que dirigen la cosa nacional, con mayor o menor fortuna, pueden apuntar que se pase los test  necesarios a la ancianidad pertinente de los lugares poco habitados para que se compruebe el viejo aserto: no hay pulmones más sanos que los de los lugareños de pueblos lontanos. Y además se de buena fuente que no tenemos test suficientes y hasta faltan tubos y otro adminículos básicos que antaño se fabricaban a dos manzanas de aquí y ahora se hacen en China. Listos que somos. Hay un informe de Harvard que correlaciona la mayor afectación del Covid con las contaminación ambiental en las grandes ciudades por las partículas finas PM2,5 que se van depositando en los organismos de los urbanitas. Sin necesidad de corroboración científica les diré que sería tan difícil encontrar algún tipo de contaminación ambiental en nuestros pequeños pueblos como lo es lograr financiación para una cualquiera de las muchas necesidades y mejoras que tenemos en lista. 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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25 abril 2020 6 25 /04 /abril /2020 09:19

La transparencia y la información veraz y contrastada son exigencias básicas es un régimen democrático y constituyen un deber esencial para todos los gestores de la "res publica", empezando por los políticos, los funcionarios públicos, los medios de comunicación y las instituciones. En este sábado soleado, en el repaso de diferentes periódicos y revistas que sucede al desayuno, uno se topa con muestras flagrantes de la falta de ética de algunas informaciones. Alguien escribió con sutil ironía: “El derecho a soltar bulos es a la libertad de expresión lo del derecho a atropellar gente a la libertad de circulación”. Ambos “derechos” hacen mucho daño y son igual de absurdos (aunque los bulos pueden hacer más daño a más gente en menos tiempo). Los atropellos no son impunes (si se detiene al autor) pero los bulos se escudan detrás de la “permisividad” que generan los huecos legales y la conciencia delicada de la libertad de expresión como norma democrática.

Un articulista pedía públicamente que se sancionara a las personas y los medios que difunden noticias falsas y rumores que crean daño importante a sujetos e instituciones o alarma grave a la sociedad. Pero no hablaba de un medio que supera a todos los tradicionales en amplitud y eficacia comunicativa: Internet. Google, Facebook, Instagram y otras han tomado medidas en varias ocasiones para desmentir y bloquear cuentas y usuarios culpables de crear o apoyar bulos alarmistas o insultantes. Pero es como tratar de controlar las olas del mar.

En lo que se refiere a la pandemia que nos tiene sitiados y que humilla la arrogancia humana del siglo XXI, la irresponsabilidad de los covidiotas que en el mundo hay está produciendo más víctimas indirectas que el propio virus. Un virus que, por el momento, sólo puede ser frenado sumando aislamiento con elementales medidas de higiene. ¡Qué lección de humildad para todos los humanos, sujetos para defenderse al ensayo-error mientras los científicos de todo el mundo se dedican a buscar un remedio eficaz!

En un día hermoso y lleno de energía el que se divisa desde mi estudio. Uno respira hondo y recuerda, adaptada a la situación actual, la frase del escritor griego Kazantzakis: “Qué extraña máquina es el hombre: alguien le mete en la cabeza miedo, fastidio y aislamiento y eso no impide que salgan sonrisas, placer por la vida y anhelos vibrantes de libertad, solidaridad, cooperación y empatía”. Es la virtud básica del ser humano: la capacidad de adaptación. Por cierto…algo que compartimos con el virus,

Alberto Díaz Rueda

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