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25 abril 2020 6 25 /04 /abril /2020 09:19

La transparencia y la información veraz y contrastada son exigencias básicas es un régimen democrático y constituyen un deber esencial para todos los gestores de la "res publica", empezando por los políticos, los funcionarios públicos, los medios de comunicación y las instituciones. En este sábado soleado, en el repaso de diferentes periódicos y revistas que sucede al desayuno, uno se topa con muestras flagrantes de la falta de ética de algunas informaciones. Alguien escribió con sutil ironía: “El derecho a soltar bulos es a la libertad de expresión lo del derecho a atropellar gente a la libertad de circulación”. Ambos “derechos” hacen mucho daño y son igual de absurdos (aunque los bulos pueden hacer más daño a más gente en menos tiempo). Los atropellos no son impunes (si se detiene al autor) pero los bulos se escudan detrás de la “permisividad” que generan los huecos legales y la conciencia delicada de la libertad de expresión como norma democrática.

Un articulista pedía públicamente que se sancionara a las personas y los medios que difunden noticias falsas y rumores que crean daño importante a sujetos e instituciones o alarma grave a la sociedad. Pero no hablaba de un medio que supera a todos los tradicionales en amplitud y eficacia comunicativa: Internet. Google, Facebook, Instagram y otras han tomado medidas en varias ocasiones para desmentir y bloquear cuentas y usuarios culpables de crear o apoyar bulos alarmistas o insultantes. Pero es como tratar de controlar las olas del mar.

En lo que se refiere a la pandemia que nos tiene sitiados y que humilla la arrogancia humana del siglo XXI, la irresponsabilidad de los covidiotas que en el mundo hay está produciendo más víctimas indirectas que el propio virus. Un virus que, por el momento, sólo puede ser frenado sumando aislamiento con elementales medidas de higiene. ¡Qué lección de humildad para todos los humanos, sujetos para defenderse al ensayo-error mientras los científicos de todo el mundo se dedican a buscar un remedio eficaz!

En un día hermoso y lleno de energía el que se divisa desde mi estudio. Uno respira hondo y recuerda, adaptada a la situación actual, la frase del escritor griego Kazantzakis: “Qué extraña máquina es el hombre: alguien le mete en la cabeza miedo, fastidio y aislamiento y eso no impide que salgan sonrisas, placer por la vida y anhelos vibrantes de libertad, solidaridad, cooperación y empatía”. Es la virtud básica del ser humano: la capacidad de adaptación. Por cierto…algo que compartimos con el virus,

Alberto Díaz Rueda

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24 abril 2020 5 24 /04 /abril /2020 10:37

El mundo en que vivimos, con las amenazas candentes de pandemias, cambio climático, catástrofe económica global, no es aceptable y más si tenemos en cuenta que, excepto el Covid19, todo ha sido producido y complicado por la gestión de los políticos, financieros e industriales más poderosos del planeta. Los círculos de poder están mayoritariamente dirigidos por la "mediedad": varones y mujeres más o menos  de 35 a 65 años. Estas personas están configurando un mundo que se cae a pedazos: guerras localizadas por los recursos, diferencias insalvables de tipo étnico o religioso, esquilmamiento del planeta con las consecuencias que comenzamos a padecer, desigualdades cada vez más profundas de tipo económico, gestión financiera neoliberal centrada en el beneficio, una cuarta parte de la población mundial en precario asaltando masivamente las fronteras de la supuesta "riqueza". ¿Es este el mundo que vamos a legar a nuestros jóvenes y niños? ¿Este es el futuro que ofrecemos a las generaciones que acaban de nacer?

Stéphane Hessel, tenía 93 años cuando publicó su panfleto "Indignaos", en 2010, en un mundo  aterrorizado, irritado y perplejo ante una pandemia económica causada en 2008 por bancos y entidades financieras. Murió tres años más tarde asistiendo a la desvergüenza internacional de ver cómo el dinero que debería haber auxiliado a millones de familias arruinadas se destinaba a rescatar a los bancos. El neoliberalismo amoral del capitalismo salvaje se atenía a unos de sus principios básicos, la defensa a ultranza del dinero y sus máximos poseedores. Hessel, diplomático francés de origen judío alemán, miembro de la Resistencia francesa, torturado por la Gestapo y superviviente del campo de concentración de Buchenwald, fue el autor de ese panfleto con ventas millonarias en toda Europa y, seguramente, efectos menos espectaculares en la conciencia de los jóvenes que lo leyeron (aunque sí en sus padres que, lamentablemente, ya estaban siendo prejubilados, en el mejor de los casos).

Pero ahora, ante la catastrófica situación mundial que está provocando la pandemia del Covid, recojo el testigo de Hessel para dirigir esta llamada de alarma a todos los jóvenes que me lean y que distribuyan este escrito por todas partes, entre sus amigos, sus colegas y compañeros, en el ámbito anónimo de la Red, buscando despertar conciencias, encontrar una identidad activa y militante que podría estar latente en los jóvenes corazones adormecidos por las cómodas distracciones de la sociedad capitalista y en esos otros jóvenes del mundo de las carencias cuyo único sueño no es ya la revolución sino la integración en ese tipo de sociedad que envidian y desean, la de sus compañeros de generación que viven en la supuesta abundancia y felicidad del capitalismo neoliberal avanzado. Sin comprender, les falta información veraz, que no es oro todo lo que reluce, que ese sistema tiene fallos sistémicos garrafales y que la comodidad juvenil actual tiene sus días contados. Junto con los ancianos, al otro extremo de la cuerda vital, serán los jóvenes las víctimas propiciatorias, en el aspecto económico, del desarreglo brutal que el Covid ya está creando en el sistema.

Jean Paul Sartre lo decía en los agitados sesenta del pasado siglo: "Sois responsables de lo que ocurre, no estáis al margen, todo esto os concierne." Jóvenes, la peor actitud es la indiferencia, esa frase que hemos oído tantas veces a jóvenes universitarios, obreros, jóvenes del mundo rural, del comercio o de la industria, incluso en la enseñanza: "paso de todo, yo ya me las apaño". No debemos compartir esa postura aunque la comprendamos. Hay que dejar aparte a esa juventud enrolada en la política, unos pocos por sus ideas, la mayoría con la vista puesta en el futuro: la vaca política suele dar buena leche, ya sea en los partidos, en el funcionariado o. en la escala más baja, en los que integran las hordas activistas y a menudo violentas.

Pero es la silenciosa mayoría de los que no se consideran concernidos por cambiar algunos aspectos de la sociedad en la que van a vivir y van a tener que gestionar. ¿Vais a dejar que esos que ahora están aprendiendo "política" bajo el magisterio de los  hombres y mujeres que ahora "dirigen" el país, sean los líderes del futuro? ¿Más de lo mismo? No. INDIGNAOS. Despertad, sois responsables de vuestro futuro y el de vuestros descendientes. ¿Qué podéis hacer? Pensad en ello. Quizá sirvan estas pocas reflexiones a modo de sugerencias mejorables e incompletas.

Primero, INDIGNAOS  y cread una red global de jóvenes con conciencia crítica, que quieren cambios radicales acordes con las nuevas necesidades sociales que surgirán de la pandemia y que rechazan ser manipulados por los que detentan el poder. Es decir, sed conscientes de que todos juntos sois un poder equiparable a cualquier otro, siempre que no os dejéis manipular. Cosa que intentarán en cuanto comencéis a uniros.

Segundo, INDIGNAOS y dad una estructura programática realista y bien argumentada y razonada al movimiento: informaos de la situación actual y la que vendrá. Buscad fuentes serias, coherentes, neutrales, científicas. Pedid consejo y opinión a los políticos honestos (que los hay), a los científicos y pensadores veteranos, cread un consejo de ancianos con las grandes mentes que hay en el mundo antes de que desaparezcan. Recordar la historia: en el 68 se intentó, más reciente Túnez y en otros países árabes.  Fueron absorbidos por la sociedad burguesa, el capitalismo y la política.

Tercero, INDIGNAOS y exigid que la globalización cooperante, solidaria y lo más igualitaria posible, se estructure y sea una realidad política y operativa, desburocratizada hasta el límite de la eficacia. Una especie  de Gobierno global, basado en el respeto a la diversidad y contrario a todo tipo de barreras (el Covid y los que vendrán, no conocen fronteras) o una confederación de países con sus políticos sometidos a la exigencia de honestidad, transparencia y limitación temporal y controlada de su labor. Exigid que la sanidad y la seguridad social desde los más necesitados hasta los más pudientes, tenga un alto nivel de calidad y eficiencia. Los presupuestos de sanidad, educación e investigación deben ser prioritarios.

Cuarto, INDIGNAOS y  declarad ilegales y anuladas de oficio todas las circunstancias emergentes bélicas, violentas, depredadoras de recursos naturales (deteniendo el proceso de destrucción del ecosistema), económicas e industriales -bancos y empresas, sometidas a un exigente código ético que permita el beneficio lógico pero no el abuso carroñero que bendecía el neoliberalismo del capitalismo salvaje-. La dictadura actual de los mercados financieros amenaza la democracia y la paz en el mundo. Como decía Hessel hace diez años: " Nunca había sido tan grande el poder del dinero, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas instancias del Estado".Y sin olvidar una educación humanista y técnica basada en los principios pedagógicos de la mejor educación pública que se conoce en estos momentos y no discriminatoria.

Y quinto, INDIGNAOS y someted la revolución tecnológica a unos criterios de mejora del ser humano y no de su control, explotación y desnaturalización. La tecnología de las redes debe ser una herramienta para el conocimiento y el progreso, no una forma de vida virtual que nos aleja de la realidad, nos embrutece, nos fanatiza o nos envilece hasta la semiesclavitud y la alta dependencia. Escribió Walter Benjamín (que no conoció la actual situación): "Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la Humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeños por cien veces menos de su valor, para que nos adelanten la pequeña moneda de lo "actual". 

Sólo con los jóvenes de todo el mundo alzados en razonable  y pacífica revuelta contra el actual estado suicida de gestión pública internacional, podría desmentir aquella frase del judío alemán Walter Benjamín -una brillante mente del siglo XX- , a punto de suicidarse en Port Bou, en la frontera española durante la II Guerra Mundial: "El sentido de la historia es una marcha inevitable de catástrofe en catástrofe".

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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24 abril 2020 5 24 /04 /abril /2020 09:46

 

 

El sol vuelve a reinar sobre el paisaje, aunque no sobre nuestros ánimos sombríos. La primavera triunfa en el exterior, quizá esperando que seis millones de niños españoles alegren sus calles y plazas durante una hora cualquiera del día. Para los demás, el poder del miedo sigue enseñoreándolo todo. Dicen que el español es un individuo disciplinado, tanto como para aguantar que seamos el país de Europa con clausura más severa. También hemos sido el más castigado por el virus. Pienso que el Covid es como un ejército de francotiradores con el rifle de precisión apuntando aleatoriamente al que pasa por las calles. A eso tiene miedo el español. Nunca hemos sido disciplinados. Pero, ¿quién no tiene miedo de salir a las calles con millones de francotiradores apostados en las alturas, invisibles pero certeros?

Por otra parte hemos tenido la constatación de un hecho incontrovertible: un desastre global como el Covid es aún más letal si abundan los bobos en lugares de alto gobierno y responsabilidad. Porque hace falta ser bobo para empeñarse en “hacer política” (o lo que ellos creen que es política) aprovechando las circunstancias y barriendo sin cesar hacia el propio chiringuito sin consideración al dolor y el temor que atenaza a la población. Cuando uno lee u oye a determinados políticos echándose la culpa unos a otros de los desbarajustes de gestión de la pandemia (en lugar de proceder a mitigarlos) olvidando que fue su gestión económica y política del pasado reciente la que provocó la relativa indefensión con la que recibimos al virus…la indignación nos abruma.

La única institución europea que nos podía defender un poco de los bobos que gobiernan el mundo en este momento (con contadas excepciones) la tan denostada –con razón- (Des) Unión Europea está dando sus últimas boqueadas entre la codicia de unos, la cicatería de otros y la estulticia de todos. Vamos apañados.

El gran fracaso moral de nuestra actual civilización es que todos hayamos  permitido que el vil, cruel y grotesco Don Dinero siga dictando las condiciones de supervivencia de mundo.

Lo siento, hoy me siento triste y pesimista.

Alberto Díaz Rueda

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23 abril 2020 4 23 /04 /abril /2020 11:56

 

En el transcurso del proceso demoledor del Covid19 se ha  producido un fenómeno, el "gerontocrash", que merece un análisis sereno pero realista. El término anglosajón "crash" proviene de la catastrófica caída de la Bolsa de Nueva York y la posterior Gran  Depresión  que afligió al país y se prolongó hasta 1940 contagiándose a todos los países de la órbita de influencia de Estados Unidos, incluida Europa. El crash se define como un movimiento de caída, imprevisible y brusco, de los mercados. Sin embargo la actual crisis  económica, que aún no es posible delimitar o ponderar,  no tiene semejanza alguna ni con la de la mal llamada gripe española de los años 20 del pasado siglo, ni con la de 1929 o la de Lehman Brothers de 2008. No hay precedentes, se trata de una acción voluntaria de los países a causa de una pandemia vírica que puede diezmar a la población. Y aquí aparece la motivación causal de este escrito: la población diezmada. Y, concretamente, una parte sustancial de ella: la de los ancianos.

 Walter Benjamin publicó una líneas (referidas a otra situación) que me inspiraron para razonar la congoja que he sentido al analizar el "gerontocrash" que se ha producido por efecto del coronavirus y con la complicidad indirecta de las Administraciones y ciertas empresas privadas poseedoras de "Residencias de la Tercera Edad". Establecimientos más cercanos a los de la película "Soylent Green" que a las comedias con abueletes como protagonistas. Decía Benjamin: "La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla usual siempre ha sido semejante al "estado de excepción" en el que ahora vivimos...no está justificado  pensar con asombro que las cosas que estamos viviendo sean 'todavía' posibles en este siglo".

Realmente nos puede asombrar que en pleno siglo XXI  nos hayamos olvidado del respeto y cuidado que merecen nuestros mayores, que sigamos un estilo de vida que los descarta como onerosos y obstáculos del progreso de todas esas familias que no existirían y no tendrían su supuesta vida confortable sin los sacrificios y el trabajo duro de la mayoría de esos abuelos aparcados en las mal llamadas "residencias". Lugares que más bien son " morideros" en los que ni siquiera, como en "Soylent Green",  los ancianos descartados morían pacíficamente y sin dolor escuchando la Pastoral de Beethoven con maravillosas secuencias de una Naturaleza verde y fértil  tal y como ya no existía en la película, un mundo arrasado por la contaminación global.

Dejando aparte las distopías a las que el cine es tan aficionado (lo cual es un síntoma a considerar) lo cierto es que el Covid19 ha traído a la realidad una cuestión nada baladí: ¿qué diablos está haciendo la sociedad capitalista avanzada con sus ancianos? ¿Sabremos algún día con certeza el número vergonzante de ancianos que ha muerto en esas "residencias" o en cualquier otra parte por efecto del virus, de la dejadez culpable de las administraciones públicas frente al problema y de la codicia inhumana de multinacionales y fondos carroñeros? Estos controlan, al parecer, el 75 % de las plazas para los ancianos en los cinco mil y pico centros que hay en el país, de los cuales solo una minoría siguen bajo control público. Se trata de un mercado floreciente y muy rentable (en 2030 más de 15 millones de españoles tendrán más de sesenta años) y tiene una  tasa anual del 4% de beneficio, por estar regido en forma de precarización de empleos de cuidadores, escasez de medios y  formación, más sueldos mínimos. En España, como mínimo uno de cada 3 fallecidos por el virus habitaba en una residencia (dato sin confirmar, que irá al alza). Ya sabemos que una residencia no es un hospital. Pero tampoco un aparcamiento de ancianos sin control sanitario y más expuestos al contagio, primero por estar desatendidos y segundo por ser personas mayores.

Alguien mencionaba el "genocidio geriátrico" que esta pandemia está causando y que el poder económico y político ha permitido por codicia o dejadez. Pero a toda una generación se nos debería caer la cara de vergüenza por haber permitido un tan nefasto y miserable  final para esos miles y miles de ancianos, que protagonizaron el cambio económico y social de los 60 a los 90.  Desde el señor Aznar hasta Rajoy o la ley de dependencia de Zapatero o el olvido de Sánchez, en suma toda la clase política que ha gobernado este país desde que comenzaron los recortes a los beneficios sociales y no rectificaron en tiempos de bonanza. El “gerontocrash” está siendo un sangrante ejemplo de gestión mal realizada, carencias estructurales y falta de control político de la privatización carroñera predominante en el sector.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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23 abril 2020 4 23 /04 /abril /2020 09:33

Ha amanecido nublado. El cielo es una inmensa cúpula gris con trazos oscuros de nubes cargadas de agua. Hoy es el día de los libros y las rosas. Es día de la cultura y el amor, la solidaridad y la empatía. Todos esos elementos están siendo desafiados día a día por el confinamiento y por la amenaza del Covid. Pero aún así se ha creado una réplica virtual a través de ordenadores y móviles. Es tiempo de congojas y estrecheces. Es oportuno reivindicar a la cultura como una necesidad, no mayor que otras más primarias, pero sí de una forma muy humana, un báculo y una ayuda en momentos como éstos. ¿Para cuando una reducción del IVA para los libros y las editoriales y las librerías? Ya se ha reducido a los libros electrónicos. ¿A qué viene esa hipocresía? Hagan un gesto realmente social y realmente inteligente: la cultura en tiempos de tribulación es un lenitivo, una ayuda inestimable para darnos fuerzas y aguante a los ciudadanos, sea en la forma que fuere necesario, desde los libros al teatro y el cine, los conciertos, los museos. La cultura define lo que es un pueblo y a través de la tradición, literaria, filosófica, musical, dramática o de danza, alimenta sus raíces y sus peculiaridades. La cultura es uno de los nexos de unión más generoso entre los distintos pueblos, puesto que por definición promueve la propia pero también respeta y acoge la ajena. Es el sello de hermandad humana: una cultura humana formada por la aglutinación respetuosa de millones de culturas nacionales, regionales o locales.

Unos datos para la historia de este día en el cómputo del año de la "peste": el brasileño Bolsonaro, un populista con ideas y modos de Hitler y Stalin en una sola y briosa combinación, sigue negando el virus a pesar de los más de 40.000 contagiados y casi 3.000 fallecidos que van creciendo en su país. Mi otra "bestia negra", Trump, ha quedado en ridículo planetario (una vez más) al tener que  reconocer que su "cóctel milagroso" con la ex-gripecilla, el Covid, formado por cloroquina y azitromicina, no detiene al virus y ni siquiera sirve de placebo por sus efectos secundarios .  No tardará de echarle la culpa de ese "pequeño error" a la OMS, a quien ha retirado los fondos como "castigo" por no haber respetado su estupidez negacionista. ¿Hasta cuándo abusaréis de la paciencia del mundo, insignes covidiotas? Y como guinda de este pastel de despropósitos hacernos eco de unas declaraciones de un tal Canadell, presidente de la Cámara de Comercio barcelonesa que ha dicho que...No las voy a repetir, por respeto a ustedes y a mí mismo. Sólo creo que el independentismo no tendría que estar reñido con la inteligencia, so pena de convertirse en fanatismo irresponsable. En este caso ha habido en Cataluña muchísimas muestras de rechazo. Siempre he sostenido que en Cataluña hay una  mayoría demasiado silenciosa de gente razonable y sensata, incluídos los que piden para su tierra ciertos derechos sin abandonar las vías pacíficas y legales para hacerlo. Como dijo cierto político inglés (antes del Brexit), no estoy de acuerdo con lo que piden ustedes pero apoyo sin dudarlo el derecho que tienen a pedirlo. De la forma y los cauces destinado a ello y respetados por todos. Incluidas manifestaciones populares pacíficas. ¡¡Que es la fórmula que deberíamos adoptar los españoles cuando salgamos de todo esto para pedir mayor protección y presupuestos para la sanidad, la enseñanza y la investigación!!

ALBERTO DIAZ RUEDA

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22 abril 2020 3 22 /04 /abril /2020 08:33

Esta bendita tierra de mi pueblo es agradecida a las lluvias mansas que la reverdecen y la esponjan como un paraíso nutricio, ajeno a los cuidados y amarguras a los que nos somete nuestra precariedad ante el virus. Hacía tiempo que no veía tan lozanas las verdes colinas que nos rodean. Todo huele a limpio y uno tiene que reprimir el deseo de volver a las largas caminatas por los alrededores. Durante horas mi mujer y yo recorríamos senderos, veredas, pistas forestales o agrícolas, caminos invadidos por la maleza,  sin cruzarnos con nadie. Ahora la responsabilidad solidaria nos mantiene encerrados en casa como al resto de los pocos vecinos del pueblo.

Una de las tempranas novelas de mi admirado Marsé se titulaba "Encerrados con un solo juguete" (1960) que nada tiene que ver con la situación que nos aflige y nos limita (si acaso el franquismo de entonces que oprimía a los personajes...y al novelista). La saco a colación porque de alguna forma muchos de nosotros estamos "encerrados con un solo juguete". Ese "juguete" son las redes sociales. Durante muchas horas nos dedicamos a recabar información, opiniones, estudios, entrevistas a gente relevante, cuestiones políticas o económicas. Para mí más que un deber es una necesidad. Mi vieja profesión de periodista me dirige a fuentes fiables casi siempre, hay un "olfato profesional" cultivado por más de cincuenta años de ejercicio. Para muchos la Red les proporciona no sólo información y conocimiento, también diversión, placeres, diversas formas de cultura desde la música, al cine o los documentales y, lo más importante desde un punto de vista del humano obligado a confinarse: un remedo virtual de socialización. Abundan los contactos por whats-up, twitter, videoconferencias íntimas o familiares, intercambios emocionales, no por virtuales menos sentidos y apreciados.. 

De vez en cuando el comentario de un experto, la observación de un ensayista, la reflexión de un escritor o un filósofo, nos inflama. A veces, pocas, de admiración por algo constructivo, positivo, solidario, humano en el mejor sentido de la palabra. Demasiadas veces, por el contrario, nos las vemos con la cara menos amable del ser humano, en el más vil sentido de la palabra. En algún medio consultado, un filósofo coreano-alemán, al que admiro y sigo desde hace años, Byung-Chul Han, hablando de las diferencias de respuestas ante el virus y tras una frase que me dolió: "Europa ha fracasado", describe la eficacia llena de sospechas de algunos países asiáticos como China, Corea o Singapur (naciones confucianas, dice, y por tanto disciplinadas y solidarias con el bien común) . Y después, con evidente desprecio, describe la postura ignominiosa de Trump (pero muy valorada entre una considerable parte de ciudadanos de Estados Unidos). Y deja caer un dato ejemplar: Trump había ofrecido comprar en efectivo los derechos exclusivos sobre una posible vacuna contra el Covid que está desarrollando la empresa alemana CureVac, financiada por el Estado alemán. Al parecer el ministro alemán de Sanidad contestó desabridamente que NO y añadió: "hasta el capitalismo tiene límites". La anécdota parece ser cierta y la he leído en una entrevista a la filósofa americana Judith Butler. 

El virus no discrimina, pero parece ser que hay líderes humanos que sí lo hacen y se arrogan el derecho de decidir quiénes deben salvarse y quiénes deben morir. 

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21 abril 2020 2 21 /04 /abril /2020 07:37

La lluvia imprime una placidez extraña al paisaje solitario que diviso desde mi estudio. Se van sucediendo chubascos breves, con momentos en los que un sol deslumbrante llena de colores contrastados y luminosos la llanura sembrada de bosques y de colinas. En el silencio absoluto de la tarde. sólo turbado por los trinos de los pájaros, la ausencia de movimiento humano o de vehículos agrícolas surcando los campos como naves de otros tiempos, aumenta la impresión de fragilidad que siento. No respecto a la solidez bucólica del paisaje que me rodea, sino a mi presencia como observador humano. Una moraleja, aún no elaborada, que se desprende de esta larga clausura seglar, es la indescriptible conciencia de vulnerabilidad que nos invade a poco que pensemos en lo que nos sucede. El hecho de que seamos todos, el planeta entero con poquísimas excepciones (gracias a la "maravilla" de la globalización) los amenazados o afectados por el Covid, un fragmento genético que ni siquiera es un ser vivo, no nos consuela, sino al contrario, nos resalta la incongruencia que existe entre nuestra arrogancia tecnológica y nuestro pretendido carácter de "rey sin corona" de la Naturaleza (carácter que nos convierte al mismo tiempo, en el mayor depredador natural de la historia humana). El ser más" poderoso" de la Creación es también el ser más vulnerable. Supongo que si nuestros primos, los primates, tuvieran  un poco de conciencia, sólo un poco (como un Trump, por ejemplo) y sentido del humor (que Trump no tiene) las carcajadas globales de toda la especie de monos desde los chimpancés a los gorilas "llegarían a conmover hasta el vasto Olimpo" como diría el legendario Homero.

La lección que deberíamos empezar a elaborar es que nuestra vida cotidiana, social, económica, laboral, va a sufrir cambios, ligeros o profundos (el número de variables en juego hace imposible todos los vaticinios), la globalización va a sufrir limitaciones, los nacionalismos se van a exacerbar o , para los más idealistas, se van a diluir, el sueño de un progreso irrefrenable y un aumento del nivel de vida incesante y más igualitario se van a quedar en eso, sueños...Y por tanto el viejo animal humano, curtido en mil catástrofes naturales o provocadas, va a aplicar el instinto que le va permitiendo sobrevivir pese a su propia estupidez y a su evidente incapacidad de aprender de los errores, aunque en el camino tengamos que abandonar la falacia neoliberal y el capitalismo sin límites.  ¿Cuál es ese instinto básico? La capacidad de adaptación.  Aunque tengamos que aplicar la norma antiindividualista asiática de poner, por encima de la autonomía personal y sus derechos, el bienestar colectivo, basado en la seguridad básica económica y social y la salud.

¿Volvemos a los escenarios distópicos de Orwell, Huxley o Ballard? Quizá sí. Tal vez no. Los dados están en el aire. Y ya sabemos, dijo Einstein,  que Dios no juega a los dados con el Universo. ¿O sí? Sea  lo que sea habrá que lidiar con ello. Como dicen en mi pueblo cuando los ancianos protestan por no poder salir a pasear por los solitarios campos y se encogen de hombros musitando "No nos queda otra". Pues eso.

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21 abril 2020 2 21 /04 /abril /2020 07:04

Tener dos hijas profesoras de instituto tiene sus compensaciones. Una de ellas  es darme motivos múltiples y variados de reflexión sobre los problemas que el enclaustramiento vírico ha creado en la comunidad de la enseñanza, desde la primaria, a los institutos y la Universidad.  De ahí que pienso que la pandemia y el subsiguiente y obligatorio confinamiento, está poniendo en solfa a tres de las cuatro patas de la educación, que son a mi entender,  el modelo educativo, el profesor, el alumno y su familia. Ustedes pensarán, "por si fuera poco con los problemas que nos ha traído el virus, el de salud, el económico, el laboral y el socio-familiar, ahora nos viene éste con el de la educación".

Permítanme que les apunte una visión complementaria del problema, ligeramente sarcástica. Justamente es la educación la madre del cordero: ella sola se merece un trato de especial consideración, mimo y responsabilidad. La educación es la semilla que bien plantada, regada y cuidada crea buenos médicos, investigadores, políticos, técnicos. Pero sólo con la condición de que tal educación sea técnicamente irreprochable y humanísticamente correcta y creativa. Para ello hay que tener en cuenta que los maestros de esos profesionales han de ser buenos pedagogos, libres, abiertos, responsables y empáticos, sin ajustarse a planes rígidos y capaces de estimular la imaginación, la  creatividad y la responsabilidad de sus alumnos. Sigamos con el arco social de la excelencia educativa: las personas que han recibido tal formación pueden circular mejor por los caminos complejos de la economía y el mundo del trabajo, no engañan ni se dejan engañar, pues al mismo tiempo que su profesión aprendieron la ética que la regula (o, ay, debería inspirarla). Y esas personas, gracias a una educación que no termina en la universidad con el título en el bolsillo, sino que es permanente en la vida humana, (pues la enriquece en forma de cultura y comprensión y solidaridad con el prójimo), posiblemente sean capaces de articular relaciones personales y sociales basadas en criterios más sólidos que el interés propio, el beneficio fácil o la explotación de los otros. Y formar familias donde la educación y la cultura se consideren como un privilegiado modo de ser mejor persona. ¿Queda claro que la educación no es un tema secundario y mucho menos banal? Así que, ¿porqué no proponemos la enseñanza como uno de los pilares del cambio social, aprovechando el "reset" de la pandemia?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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20 abril 2020 1 20 /04 /abril /2020 12:30

Me disculparán si en este artículo uso conceptos y términos de economistas. Soy un lego, aunque curioso y motivado, en Teoría Económica. A pesar de ello, en el transcurso, aún en marcha, del proceso destructivo del Covid19 se ha  producido una especie de "gerontocrash", que merece un tratamiento aparte y un análisis sereno pero realista. El término anglosajón "Crash" proviene del economista John Kenneth Galbraith que en 1929 lo tomó para el título de su libro "The Great Crash" que trataba de analizar las causas y consecuencias de la catastrófica caída de la Bolsa de Nueva York y la posterior Gran  Depresión  que afligió al país y se prolongó hasta 1940 contagiándose a todos los países de la órbita de influencia de Estados Unidos, incluida Europa. El crash se define como un movimiento de caída, imprevisible y brusco,  en los mercados. Sin embargo la actual crisis  económica que aún no se ha sustanciado ni es posible delimitarla o ponderarla,  no tiene semejanza alguna ni con la de la mal llamada gripe española de los años 20 del pasado siglo, ni con la de 1929 o la de Lehman Brothers de 2008: no hay precedentes. Se trata de una acción voluntaria de los países a causa de una pandemia vírica que puede diezmar a la población. Y aquí aparece la motivación causal de este escrito: la población diezmada. Y, concretamente, una parte sustancial de ella: la de los ancianos.

Leía en un ensayo de Walter Benjamin una líneas (referidas a otra situación deprimente) que me inspiraron para razonar la congoja que he sentido al analizar el "gerontocrash" que se ha producido por efecto del coronavirus y con la complicidad indirecta de las Administraciones y ciertas empresas privadas encargadas de las llamadas "Residencias de la Tercera Edad", más cercanas a las de la película "Soylent Green" que a las de las series y comedias norteamericanas con abueletes como protagonistas. Decía Benjamin: "La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla usual siempre ha sido semejante al "estado de excepción" en el que ahora vivimos...no está justificado  pensar con asombro que las cosas que estamos viviendo sean 'todavía' posibles en este siglo".

Realmente nos puede asombrar que en pleno siglo XXI  nos hayamos olvidado del respeto y cuidado que merecen nuestros mayores, que sigamos un estilo de vida que los descarta como onerosos y obstáculos del progreso de todas esas familias que no existirían y no tendrían su supuesta vida confortable sin los sacrificios y el trabajo duro de la mayoría de esos abuelos aparcados en las mal llamadas "residencias" . Lugares que más bien son " morideros" en los que ni siquiera como en "Soylent Green" los ancianos descartados morían pacíficamente y sin dolor escuchando la Pastoral de Beethoven con maravillosas secuencias de una Naturaleza verde y fértil como ya no existía en la distopía mostrada en la película, un mundo arrasado por la contaminación global. Ancianos convertidos en galletas nutritivas para calmar el hambre de un mundo donde sólo vivían bien los integrantes de la clase privilegiada, parapetada tras muros de acero y guardia armada.

Dejando aparte las distopías a las que el cine es tan aficionado (eso es un síntoma a considerar) lo cierto es que el Covid19 ha traído a la realidad una cuestión nada baladí: ¿qué diablos está haciendo la sociedad capitalista avanzada con sus ancianos. ¿Sabremos algún día con certeza el número vergonzante de ancianos que ha muerto en esas "residencias" o en cualquier otra parte por efecto del virus y de la dejadez culpable de las administraciones públicas frente al problema y de la codicia inhumana de multinacionales y fondos carroñeros que controlan, al parecer, el 75 % de las plazas para los ancianos en los cinco mil y pico centros que hay en el país, de los cuales solo una minoría siguen bajo control público. Se trata de un mercado floreciente y muy rentable (en 2030 más de 15 millones de españoles tendrán más de sesenta años)  regido en forma de precarización de empleos de cuidadores, escasez de medios y sueldos mínimos para dedicaciones completas. ¿Se asombran de la  hecatombre que se ha producido en esos morideros en los que, a día de hoy, todavía faltan medios y cuidadores? En España, como mínimo uno de cada 3 fallecidos por el virus habitaba en una residencia (datos sin confirmar, que irá al alza). Ya sabemos que una residencia no es un hospital. Pero tampoco un aparcamiento de viejos sin control sanitario y expuestos a la mayor virulencia del Covid, primero por estar desatendidos y segundo por ser personas mayores. Como decía Benjamín "es la tradición de los oprimidos". ¿Debería asombrarnos que eso ocurra en el siglo XXI? Decididamente, sí. Bélgica y Holanda sostenían que "sería un error tratar de salvar a ancianos a cualquier precio" y Trump ha dejado caer que es un alivio saber que el virus se ceba en las personas mayores. Podría meditar un poco (él no es precisamente joven) en la frase de Canetti: "Es en la vejez donde esperanza y desesperación juegan su última partida". Los ancianos del mundo la han perdido.

Alguien mencionaba el "genocidio geriátrico" que esta pandemia ha causado indirectamente y el poder económico y político han promovido, por dejadez o codicia, de forma directa. No tengo cifras fiables (no suelo fiarme de los big data o las estadísticas oficiales. Pero a toda una generación se nos debería caer la cara de vergüenza por haber permitido un tan nefasto y miserable  final para esos miles y miles de ancianos muertos de manera miserable, que protagonizaron el cambio económico y social de los 60 a los 90.  Desde el señor Aznar hasta Rajoy o la descafeinada ley de dependencia de Zapatero o la aquiescencia de Sánchez, en suma  toda la clase política que ha gobernado este país desde que comenzaron los recortes a la Sanidad, la enseñanza, las ayudas a la Tercera Edad y no rectificaron en tiempos de bonanza. Está siendo un sangrante ejemplo de gestión mal realizada, carencias estructurales y falta de control político de la privatización carroñera predominante. Como escribe el economista David Harvey, "Cuarenta años de neoliberalismo en el occidente democrático (Estados Unidos, toda Europa, parte de Sudamérica) han dejado el sector público totalmente expuesto y sin preparación y medios para enfrentarse a una crisis de salud pública y económica como esta pandemia".

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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20 abril 2020 1 20 /04 /abril /2020 09:55

Los ingleses llaman "covidiotas" a las personas que se saltan las normas de higiene, distancia y confinamiento más o menos parcial que tiene (relajadamente) establecidas el Reino Unido. Los negacionistas (que siguen) argumentan que en realidad se sabe poco con seguridad sobre cómo infecta y actúa y hasta de dónde procede el covid. Pero curiosamente no tienen  en cuenta las realidades empíricas: el número de muertes, los contagios masivos y el hecho incontrovertible que los datos nefastos bajan sustancialmente si se procede como está establecido. El caso más renuente que conozco (¿afectará el Covid a algunas personas en el cerebro más que en los pulmones?) es el de mi particular "bête noir", el señor Trump, que ahora está procurando culpar de forma criminal a los chinos. Buen momento para sugerir que China ha infectado al mundo de manera intencional.  Cada vez tengo más claro que en el siglo XXI ha aparecido un quinto jinete del apocalipsis que la va  a armar gorda provocando a los otros cuatro: se llama estupidez congénita o adquirida. Los chinos dicen poder demostrar que los primeros casos de coronavirus documentados pero "disfrazados" de neumonías graves se deben a unos jóvenes inhaladores de "vaporing" el sustituto absurdo de los cigarrillos...aparecidos en el estado norteamericano de Carolina. ¿Qué les  parece? Es como el juego de los despropósitos. Sólo que este puede tener consecuencias más graves aún de las presentes sobre la economía mundial. Para tratar de neutralizar a este virus no se puede utilizar una lógica binaria, blanco o negro, USA o China, ancianos o jóvenes...sino una lógica difusa: todo eso da lo mismo en este momento, lo único que importa es frenar los contagios y seguir buscando una vacuna.

Y ahora una reflexión: ¿se han dado que cuenta que este año estamos recobrando la falta de contaminación en  ciudades y pueblos, los cielos casi limpios de surcos de aviones, las aguas transparentes, los animales desestresados, la valoración de virtudes y costumbres relacionales, la dimensión humana de la vida, una primavera con lluvias limpias y frescor ambiental...? Parece que el planeta gira con más desenvoltura... ¿De verdad quieren ustedes volver a una situación de peligro permanente (respirar el aire de las grandes ciudades creó una pandemia ignorada de muertes por afecciones respiratorias, accidentes de circulación, desórdenes psicóticos) además del estrés humano, ecológico, social. Ya sé... cuesta pensar en renunciar a nuestro "satisfactorio" modo de vida basado en el consumo y en la obsolescencia programada de todo para que así consumamos más, por lo tanto produzcamos más, arrasemos los recursos naturales, desde los ríos a los bosques, el mar, la tierra y el cielo y contaminemos más el conjunto de la vida del planeta. ¿De verdad no hay manera de cambiar el modelo de vida de antes del Covid? No puedo creer que volvamos a repetir los enormes y letales errores que está cometiendo la cultura humana en su conjunto. ¿O es que , en el fondo, somos todos covidiotas?

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