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18 febrero 2013 1 18 /02 /febrero /2013 09:28

cosmopolis-cartel2.jpg

 Basada en una novela de Don DeLillo, "Cosmópolis" es una historia dura, sin concesiones, metáfora de la actual situación sociopolítica, o dónde nos lleva el desmadre financiero y humano a través de la anécdota baladí de un joven insultantemente rico que decide atravesar un Manhattan del proximo futuro, asediado por los desórdenes y las protestas ciudadanas ante una debacle financiera en el país, en una limousina de superlujo sólo porque ha decidido, en el desierto volitivo y emocional de su vida, cortarse  el pelo ese preciso día en su peluquería de costumbre, al otro lado de la ciudad.

El joven vampiro que hace las delicias de las adolescentes fans de los "Crepúsculo", Robert Pattinson, presta sus facciones correctas y poco expresivas, al millonario Eric Packer que vive el epígono de una cultura capitalista del derroche y la corrupción en el alto lugar del poder y la irresponsabilidad financiera. Encerrado en su "limousine" de lujo, como en una cápsula personal bajo cuya protección cruza la desesperación y la violencia de los ciudadanos, sobre cuya pobreza ha construido su imperio, el protagonista absoluto de esta metáfora salvaje del fin del sueño capitalista bucea en el sinsentido de la vida, en busca de algo irreconocible que completaría la vaciedad de su existencia y que, previsiblemente, solo puede ser la muerte.

David Cronemberg, el director, logra con esta película avanzar un paso más en la coherencia de la violencia de "Promesas del este" o "Una historia de violencia" y añadiendo la estética formalista, fría y parsimoniosa de "Un método peligroso".

Con una habilidad formal y técnica de gran calado, Cronembreg, nos cuenta ese viaje de la cápsula por la violencia exterior, permitiendo el ingreso en el coche de algunos personajes secundarios que van incidiendo en la tesis argumental, reforzando las líneas de soledad, distanciamiento de la realidad y prepotencia que definen al protagonista. El cinismo, el desencanto y la falta absoluta de empatía va definiendo la trayectoria del vehículo y su joven y poderoso ocupante, forzando un final  donde la violencia se vuelve un ritual y el absoluto falta de sentido de cuanto ocurre tiene el corolario que merece. Arropado por grandes actores como Mathieu Amalric, Paul Giamatti, Juliette Binoche, van creando un universo de la palabra que muestra un mundo desolado, la linea atona de una emocionalidad estancada y un sosnosete de sentimientos estandar que ni siquieran merecen ese nombre.

Packer ansía encontrar un sentido a una existencia asimétrica, una carencia ética que nunca se plantea como tal pero que le exige la búsqueda permanente y el paso por la vida encapsulado en una limousina y bajo un orden de ideas sin referente alguno de empatía o comprensión humana. Asiste al caos y la ruina de un mundo que jamás ha entendido (y de cuyo estado se sabe bastante responsable). Quizá en definitiva la elección de Pattison para encarnar a ese joven desconcertado y vanidoso, lleno de poder y de tedio, no sea equivocada. Es difícil encontrar un rostro que deje percibir tanta irresponsabilidad, indeferencia y soledad. Película, pues, que no deja indiferente a nadie...que entienda su proceso y dessarrollo.

 

 

 

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17 febrero 2013 7 17 /02 /febrero /2013 08:08

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 Francamente la conversión de la magnífica --y folletinesca-- novela de Victor Hugo "Los miserables" en un producto de consumo de masas, un musical archirepresentado en el que los recios caracteres huguianos se diseminan en la edulcoración y el cartón piedra, siempre me ha dejado más bien frío y desalentado.

Para que no se diga de que el prejuicio ha sido superior a la curiosidad cultural, accedí a la obra de teatro en su día (en el palacio de Deportes barcelonés) y ahora a la película, una superproducción nutrida de buenos intérpretes. En las dos ocasiones el asunto me dejó tan escaso poso que ni ganas tuve de reseñar la obra y ahora cojo la pluma para cerrar el círculo y reconocer paladinamente que, a pesar de los oropeles de una superproducción y las caras conocidas invistiendo los personajes y una banda sonora nada deleznable, por algun fallo de mi percepción sensible, no me conmueve lo más mínimo la dura aventura vital de Jean Valjean, cuando sobre el papel y en los viejos días de la lectura adolescente, sí me fascinó.

Incluso la película de 1998 dirigida por Bille August e interpretada por Liam Neeson y el gran Geoffrey Rush, (y mucho más la versión francesa de los años cincuenta) me hicieron vibrar. Este musical que nació a finales de los 70 y ha sido visto por 60 millones de espectadores de 42 países, con una antiguedad de más de 20 años de representaciones consecutivas en Londres, me deja, perdonen ustedes, absolutamente indiferente. Cosas de diván, supongo.

Jean Valjean adquiere en esta película los rasgos duros de Hugh Jackman, el comisario Javert es Russell Crowe, la dulce Fantine es Anne Hathaway, Isabelle Allen su hija. Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen, prestan su desbordado histrionismo a sus personajes excesivos. Dirigidos con mano poco coherente por Tobe Hooper (mucho más acertado en "El discurso del Rey") , quiza deslumbrado por la grandiosidad del empeño, la mastodóntica producción de casi tres horas le viene demasiado grandesa un director que parece naufragar ante las exigencias espectaculares  de la obra que, casi en ningún momento, parece superar su condición evidente de producto industrial destinado a masas de provincianos culturales. Francamente, para este viaje no hacían falta tales alforjas. Por favor, dejen a Victgor Hugo en paz. Limítense a leerlo.   

 

 

   

 

     

 

   

 

 

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16 febrero 2013 6 16 /02 /febrero /2013 10:38

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Sin tanta espectacularidad como "The Artist", de Azanavicius, Pablo Berger dirige "Blancanieves" una muestra de cine silente en la que el director incardina el relato de los hermanos Grimm en el contexto dramático y trágico de la España de los años 20 y en el tópico "racial" del mundo de los toreros y las cantantes folclóricas para hacer un alarde virtuoso de aplicación de la leyenda a una realidad de enanos --que no "enanitos"-- y una Blancanieves trágica expoleada  desde la maldad pura por una "madrasta" bellísima (magnífica Maribel Verdú), una historia de torero y folclórica ribateada por la tragedia y un drama lacrimógeno como los que solían nuestras madres y abuelas escuchar en los vetustos aparatos de radio de los cincuenta.

Nueva aportación de soberbia calidad del cine español que parece estar renaciendo a pesar de las casposidades de los Torrente y compañía.

Daniel Giménez Cacho da gestualidad al torero Antonio Villalta, Inma Cuesta a la cantante Carmen de Triana y Sofía Oria y Macarena García a Carmencita-Blancanieves, la hija de la pareja, con la aportación estelar (y nunca mejor dicho) de la gran Maribel Verdú que resulta una madrastra de muy buen ver, con gustos surrealistas y maldad de cartón piedra. Y, por supuesto, no se pierdan la gesticulante y genial aunque breve aparición de Josep Maria Pou, haciendo un abracadabrante papel de agente de torero, con su aspecto mefistotélico y sus  miradas de cómica y astuta maldad.

Una especie de humor negro va festoneando la aparición y desarrollo de las relaciones entre una amnésica Carmencita y los siete enanos de feria que aportan su humanidad trágico-cómica a la historia, con un final más cerca de la "Parada de los monstruos" de Tod Browning que del cuento infantil casi valleinclanesco que Berger propone como una lectura salvaje e iconoclasta de la leyenda literaria. Como detalle a tener en cuenta añadamos que "Blancanieves" fue gestada antes del exito de "The artist", con lo que la originalidad no va por donde creemos. Cosas de la diferencia de poder en las industrias cinematográficas respectivas.

Un ritmo muy medido, diseño de realización modélico, montaje de campanillas, dan al relato un toque bizarro junto a unas paletadas pictóricas de candor y tenebrismo impresionista, magnificamente resaltado por un blanco y negro luminoso, con una banda sonora adecuadísima firmada por Alfonso de Vilallonga, que resalta tanto la acción como la perfecta ambientación y los alardes técnicos de producción.

Sobresaliente filme a la altura de cualquier otro de los que compiten por el mercado y los Oscar (carrera esta última que no pinta bien precisamente por tener la injusta sombra --por cuestiones de prelación-- de "The artist"). Nada que ver, por supuesto, con las otras dos Blancanieves de procedencia extranjera que han surgido recientemente. Esta es una obra maestra y las otras son simples adaptaciones coloristas, no exentas de mérito y bondades, pero a años luz de la ruptura y el estilo de la de Berger.

La secuencia final, esa lágrima solitaria rodando por las tersas mejillas de Carmencita, es una de las imágenes enriquecedoras y sugestivas que el cine se permite muy de vez en cuando y que quedan en el imaginario de cualquier espectador sensible. Magnífica "Blancanieves". Por cierto, triunfó en los Goya. Galardones mericidísimos. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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15 febrero 2013 5 15 /02 /febrero /2013 17:04

el-nom.jpg

 

Noche de Teatro en el Goya barcelonés (el recinto dirigido por ese actorazo llamado José María Pou, al que acabamos de ver bordando un papel histriónico y de trazo grueso en "Blancanieves").  La trama ya la conocen los que siguen este blog (hace unos días les hablé de la película francesa del mismo nombre dirigida por los autores de la obra teatral, Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patellière). ¿Recuerdan? Un tipo cuarentón, bromista, triunfador, visceral y prepotente, Vicenç, está a punto de ser padre primerizo. Al contrario que en la película, en la que la acción es narrada por el otro macho-alfa de la obra, Pere, el intelectual abusón, egoísta e irascible, en la versión muy inteligente que ha preparado Jordi Galcerán, es Vicens quien nos cuenta lo que ocurrirá en esa cena de amigos que acabará como el rosario de la aurora. Pere, profesor universitario, pedante y mezquino, está casado con Isabel, la hermana de Vicens. A la cena acude otro invitado, el melifluo Claudi, amigo de la infancia de los tres anteriores y se espera a la embarazada Anna, compañera de Vicens, que suele llegar tarde a todas las citas. El gran tema de la cena marroquí que Isabel ha preparado será la proxima paternidad de Vicens. Todo transcurre de forma divertida y previsible hasta que alguien le pregunta a Vicens cómo van a llamar a su hijo. Y aquí comienza la debacle inesperada pero planteada como una bomba de relojería: Vicens asegura que van a llamar "Adolf" al niño y aquí fue Troya: encabezados por un irritado y agresivo Pere todos tratan de convencer a Vicens de que poner el nombre de Hitler a un niño no es algo aceptable. Como en "Arte" o en "Un dios salvaje", ambas obras tetrales de gran éxito de Yasmina Reza (con una magnifica versión cinematografica de la segunda dirigida por Polanski) es un detalle mínimo, baladí, el que motiva que, como cuando se destruye un dique, una masa violenta de palabras, insultos, razonamientos, ataques y rencores salgan a la luz en un entorno aparentemente culto y civilizado. Hay que decir que aun siendo el esquema teatral muy semejante, aun hay distancia cualitativa entre la pareja autora de "El nom" y la genial Reza. No  obstante, es una obra que hay que ver, reir con ella y pensar en ella. En el escenario, dirigidos por Joel Joan, que también interpreta a Vicens con gran dominio de  la vis cómica y un poco excesivo como siempre, un Lluis Villanueva como Pere, más contenido en el gesto aunque demasiado gritón, Xavi Mira como Claudi, y las damas, Sandra Moncús como Isabel (la mejor del elenco) y Mireira Piferré como la preñadita futura madre.

La version catalana es hábil, graciosa e inteligente. El traspaso a circunstancias locales ha sido realizado con mucha habilidad por Galcerán y se puede considerar una versión a la altura de la francesa en el cine, aunque mantiene los detalles poco conseguidos de la primera (el tema del "asesinato" del perro y la culpabilidad, por ejemplo) mejora sin duda algunas intervenciones (como la perorata de importancia capital que Isabel elabora para cerrar la infausta noche).

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14 febrero 2013 4 14 /02 /febrero /2013 08:17

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 Raramente una primera novela da muestras de tanto talento literario. Uno va captando, mal que le pese, fallos de ritmo, personajes deslabazados, situaciones mal resueltas, descripciones fallidas, acciones con escaso nervio, diálogos demasiado ampulosos, literarios o, en el otro extremo, simples, reiterativos, obvios. La mayoría de las veces una ambición literaria que no se corresponde con el talento que se muestra. Pues bien, en el caso de Carles Terès me satisface decir que nada o muy poco de lo apuntado es captado por quien este suscribe, aceptando de entrada que al ser una novela escrita en catalán --y a pesar de mi familiaridad con esa lengua-- posiblemente se me hallan pasado por alto defectos gramaticales o de estilo que un catalán bien informado detectaría de inmediato.

Pero a mi falible entender de veterano crítico literario, cualquier aficionado a la lectura puede disfrutar largamente de esta novela primeriza --aunque el autor sea un veterano en edad-- de 252 páginas que me fue encarecidamente recomendada por el librero Serret. Hay garra de escritor en Terès, un diseñador gráfico de vocación literaria que compagina su oficio artístico con colaboraciones periodísticas (creo que este periódico ya conoce su firma) y relatos.

Quizá uno, que es gato viejo en estos menesteres de libros, editoriales y lectores, hubiera trabajado más el título. "Licantropía" es innecesariamente nominal y obvio, intenta ser llamativo pero resulta poco adecuado para la calidad novelística que contiene. De hecho un título así ya descarta de forma natural a un tipo de lector que es el naturalmente buscado por el estilo del autor y su enjundia narrativa. La novela fue premiada con el Guillem Nicolau, convocado por el Gobierno de Aragón y publicada por Edicions 1984.

La historia obviamente trata de hombres lobo, de una maldición que se desarrolla a través de los siglos y que acontece en las tierras de la franja. La ambientación de estos lugares y pueblos que nos rodean, es excelente y evocadora. Así como el cuidado en el lenguaje, en los personajes y en los diálogos que van desde el mundo rural a personas cultas y cultivadas de nuestra época que eligen vivir en esta zona privilegiada.

Terés cuida los nombres ficticios dentro del paisaje real. Y así nos habla de Pobla de LLobosa, en el año 1759, de la mano de un sacerdote cuya labor misionera es llevar la fe y la obediencia de la Iglesia a personas aisladas por estos montes y campos. El mossén es alojado en el mas dels Torrent, el más rico propietario de la zona, y allí vive una angustiosa experiencia relacionada con misterios terroríficos de la familia, en los que el lobo tiene  una esencial categoría existencial.

Sin abandonar el tono de leyenda de terror, Terès tiene la habilidad de colocar ese misterio en un ambiente contemporáneo limitándose a narrar experiencias y palabras de los personajes que van, gradualmente, creando una atmósfera y un escenario donde esa licantropía va insinuándose una y otra vez, tamizada por el velo de lo posible, aunque improbable. Un juego lógico y narrativo con el que el autor envuelve al lector con maestría sorprendente en un escritor novel.

El protagonista de nuestro tiempo, un fotógrafo joven, Lorenzo, casado con una muchacha de la zona (médica), Laura, va introduciéndonos en el misterio central de la novela (ya anunciado por el primer capítulo) al mismo tiempo que él lo hace a través de la familia de su esposa y del libro manuscrito del misionero. El amor a esta tierra, los paisajes, la libertad que se respira en montañas y campos del Alto Matarraña, muestran una luz distinta, siniestra y legendaria a través de la sensibilidad del protagonista, que no quiere creer en las terroríficas leyendas que parecen estar tan relacionadas con su familia y su persona, para asombro y horror de un hombre cultivado del siglo XXI. Para ello juega con los elementos básicos de las novelas góticas, el miedo como clave maestra y la violencia como su  manifestación.

Los giros dialectales del catalán de la Franja y del Matarraña creo que son empleados por el autor con bastante oficio (aunque ese es un extremo que, como dije antes, me resulta difícil seguir) pero en todo caso la adecuación del lenguaje al mensaje literario que persigue Terès me ha resultado bastante evidente. Y eso no sólo es un acierto, es un sello de distinción.

Como lo es también el hábil alejamiento del autor de cuestiones morales o de planteamientos éticos sobre la acción, mostrando una curiosa y atractiva ambivalencia en  la que, junto al horror de lo extraordinario, se destaca un gusto brillante por las sensaciones de poder físico, libertad y esplendor animal evocados en la acción.

Lector confeso de Lovecraft, Terés enseña sus cartas ocultas, haciendo que su protagonista, Llorens, también tuviera al autor de los Mitos de Cthulhu como referencia, para reconocer (pag. 80): "A la vora d'aquest horror còsmic, el personatges tradicionals de las històrias de por (Drácula, Frankenstein, l'Home Llop) li semblaven puerils protagonistes dels contes a la vora del foc". Y es justamente lo que busca Terès con su novela, no relatar un cuento de miedo tradicional y pueril, sino ofrecernos, con un guiño, una historia en la que el terror sea "cósmico", ponga en cuestión la "normalidad" de lo cotidiano en pleno siglo XXI, en una zona idílica que de pronto muestra ese terror incardinado en la belleza y la soledad y que no se resuelve con un susto o un grito, sino que trata de asentarse en lo más profundo de la psique. Que lo haya conseguido o no, es cosa de opiniones y de lectores. Pero que lo haya intentado y con tal calidad, es cosa de un escritor al que habrá que seguir con atención.

 

FICHA

"Licantropía".- Carles Terés.- Ediciones de 1984.252 págs..

 

 

 

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13 febrero 2013 3 13 /02 /febrero /2013 10:43

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Soberbia adaptación de la "Ana Karenina"  de Tolstoi, dirigida por Joe Wright. Es una de las más inteligentes versiones que he tenido el placer de ver sobre una de las novelas más dramáticas y redondas del gran escritor ruso (aconsejo a mis lectores que hagan una "Jornada Tolstoi", visionando esta película en el cine y alquilando luego en el dvdclub "La última estación", dirigida en 2009 por Michael Hoffman sobre una obra de Jay Parini, con un Cristopher Plummer realmente genial como un Tostoi que vive sus últimos días de vida en una lucha contra la avidez económica de su esposa y su propia vocación humanitaria, que pretendía legar sus obras al pueblo ruso.).

Desde las primeras secuencias nos damos cuenta de que Wrigth ha realizado una obra distinta, imaginativa y teatral (en el mejor sentido del término) de un clásico, dando prueba del camino que deberían seguir las numerosas adaptaciones a los clásicos de la literatura o el teatro con que el cine nos intenta sorprender.

Wrigth ha convertido su película en una obra cinematográfica de referencia para todo aquel que ame las versiones del cine de los grandes clásicos de la literatura. Ese comienzo de opereta --parece que estemos viendo una versión de jocosa de "El bartbero de Sevilla" y el juego escénico brillantísimo en el que desarrolla la acción, cambios de escenario ante el público, conexión de los actores con la dinámica acelerada de escenas, attrezos y vestuario ante la cámara, transiciones fílmicas geniales como el tren de juguete que se convierte en un tren circulando por la estepa rusa con Anna en su interior, van creando una bellísima trasposición de artificio teatral en imagen realista que mantiene hipnotizado al espectador ante una pantalla de un cromatismo salvaje y una música perfectamente adecuada.

Una aparente comedia musical que no olvida los dramas personales y el trágico desarrollo del fin de Anna Karerina ( Keira Knightley) y su explosivo amor por el oficial pagado de sí mismo (Aaron Johnson) y el sufrimiento estoico y profundo de su esposo Karenin (excelentemente interpretado por Jude Law), sin olvidar los dramas tangenciales que el genio de Tolstoi oponía y contrastaba con el principal. Secuencias como el ministerio y sus burócratas con movimientos de ballet o el baile de sociedad con una cámara convertida en danzante o la cascada de papeles rotos que se transforma en nieve, crean unos momentos visualmente mágicos que no entorpecen la marcha trágica de la historia.

Torturados y tortuosos, los personajes de la novela van desfilando ante el espectador como elementos de una falsa comedia que anuncia su brutal desenlace, sin menoscabar la sensualidad y la pasión de Anna Karenina y su amor enloquecido y, por supuesto, sin caer en moralejas moralizantes a pesar de reconocer la injustas --arbitrarias y tradicionales-- diferencias de trato hacia hombres y mujeres ante los mismos "pecados". Infidelidad, pasión, locura, suicidio, el drama de la inovidable Anna Karenina está servido. Esta vez con un lujoso disfraz de comedia musical y de teatro dentro de la vida. No se la pierdan.

 

 

 

 

 

 

Joe

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12 febrero 2013 2 12 /02 /febrero /2013 08:42

Uno de los caminos tradicionales más interesantes de esta bellísima zona del Matarraña y los Puertos es el que une el final de La Pesquera, en el río Ulldemó, pasando por Mas Gantxo y uniéndose al GR-8 en los altos de la Portella del Perot (1179m) y el barranco de las Marrades hasta llegar a medio camino de la pista asfaltada que lleva desde Beceite hasta el largo cañón, piedra y agua, que ha labrado el Mataraña en el Parrisal. Para quien no conozca esta zona privilegiada en belleza y soledades, se trata de un recorrido magnífico y sugestivo pues permite disfrutar de la zona de baños del Ulldemó en La Pataquera y después de más de tres horas de subidas y bajadas de gran desnivel (de 400 a 500 m), terminar la jornada con las sorpresas estéticas que esconde la garganta excavada por el Matarraña, con sus bellísimas pozas y pasarelas de madera fijadas a la roca sobre el agua esmeralda, sus pináculos surrealistas de roca y sus profundas cuevas y baumas. ¿Epocas preferibles?: primavera y otoño. En verano hay demasiada gente y en invierno hay que estar atentos a la meteorología. Es zona de vientos duros y de considerable frío. Dado que esta excursión no es circular, hay que acordar el uso de dos vehículos. Uno se deja en La Pataquera, el final del recorrido de la pista de Las Pesqueras, y el otro en la pista del Parrisal, ambas con origen en Beceite.

Empezamos la excursión en la pista asfaltada que va desde Beceite a El Parrisal (aunque podemos hacer el recorrido al revés y comenzar en el GR8 del Parrisal). Vamos paralelos al río, pasamos el recodo cementado donde comienza la abrupta subida al Fortín del general Cabrera, el "Tigre del Maeztrazgo", en ruinas, a 877 m. un buen lugar de vigilancia y hostigamiento, y un centenar de metros adelante, tras una bajada vemos el amplísimo estuario seco de roca desmenuzada del Barranco de las Marrades. Allí podemos dejar el coche. Unos metros antes a mano izquierda de la carretera, la senda señalizada del GR 8 se lanza monte arriba.

Caminamos un rato paralelos al lecho del barranco y luego habremos de cruzarlo y buscar la continuación pues las riadas han devastado el trazado original del GR. Haremos una subida por los restos de un camino medieval empedrado hasta llegar a un abierto valle donde, en pleno prado rodeado de colinas, está el Mas de García (desde allí tenemos una vista hermosa del fortin de Cabrera coronando la cima del monte). Seguimos paralelos a otro barranco, el Racó d'en Guera y dejamos a mano izquierda el acceso a la fuente de ese nombre y más adentro, el Salt. Cuando llegamos a la abrupta subida de la Costa de Baixeres y antes de comenzar el trabajoso ascenso por la tartera, una inclinadísima  pendiente de roca desmenuzada, veremos a la derecha la Mola de San Miguel (119 m) y a la izquierda el Tossal de Travesses (1151m). Son mas de 200 m. de desnivel que habremos de superar en una subida incesante que requiere paciencia y buen aliento.

De una hora y media a dos horas nos costará llegar al collado del Gantxo, tras cruzar lo que queda de las amplias ruinas del Mas de ese nombre. En el collado abandonamos las señales rojas y blancas del GR8 (que siguen al sureste hacia la Balanguera). Estamos en la Portella de Perot (hay una masía abandonada con unas vistas formidables sobre el valle del Ulldemó, muy abajo y encajonado entre brutales anticlinales de roca). Hay que estar atento a la corriola que surge a mano izquierda, desviandose del GR8, lanzándose hacia abajo.

Comienza la segunda parte del recorrido. El camino es estrecho y  con un fuerte desnivel de descenso. Las vistas sobre las formaciones rocosas de las Caragoles del Tall de Polí son formidables y pasaremos junto a las ruinas de otra gran masía. Cruzamos la Preseguera por un camino sin pérdida pero con frecuentes lazadas para suavizar el brutal desnivel (unos 400 m. hasta el río). Parte de la bajada la hacemos con las dentadas rocas de las Puntas de Mena (1054m) como fondo roqueño a nuestra izquierda, los humedales llenos de cañas de la fuente de las Carboneres y tras  casi una hora de descenso, el Mas de les Oliveres ya muy cerca del río Ulldemó. El lugar es bellísimo y el Mas conserva una seride de grandes árboles, entre ellos una encina gigantesca que da sombra a toda la edificación en ruinas. Caminamos paralelos al rio, que no vemos pero sí oímos, hasta llegar a una zona llana, terreno arado aunque no cultivado, desde donde hemos de cruzar, como podamos, la corriente de agua para llegar a la explanada de La Pataquera.

Allí mismo está el parking. Entre 4 o cinco horas de recorrido según los descansos, toma de fotos o paseos añadidos.

 

NO SE PIERDA

Antes de iniciar el sendero, en el Parrisal, conviene una breve excursión hasta el fortín de Cabrera. Un par de instalaciones militares en ruinas que hablan de épocas muy violentas y de la sombra trágica de un personaje de estas tierras, el general Cabrera, con toda su leyenda de batallas, emboscadas, venganzas y ajusticiamientos sumarios de civiles y militares. La vista de aguila desde las ruinas, con sus muros de defensa medio derrumbados, sobre las zonas circundantes y la población de  Beceite es formidable. La subida, excavada sobre la roca, es dificultosa pero vale la pena.

En cuanto al otro origen-llegada de esta excursión, La Pataquera, podemos seguir un estrecho camino paralelo al río (antes de cruzarlo, donde está el sendero de la excursión) y nos llevará, tras un paso con grimpada, excavado en la roca, hasta la Cova del Cinto. Una enorme cueva con muros y recinto interior, donde pernoctaban los pastores y ahora es un buen sitio para hacer vivac o resguardarnos de la lluvia.

 

DOCUMENTACION

Provéase de los mapas del MTN50 de Beceite (521) de 1:50.000 o los de 1:25.000 de la zona (el librero Serret tiene un buen acopio de estos útiles mapas) así como del mapa excursionista de "El Port", editado por Piolet o el de "Estels del sud" de 1:25.000 también de Piolet. Para completar informaciones, los "Itinerarios por los puertos de Beceite" de Jordi Bustos (Prames) y "Lo Port. 52 rutes de senderisme" de Joan J. Tirón (de Piolet)..

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11 febrero 2013 1 11 /02 /febrero /2013 09:30

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Magnífica comedia a "la francesa" que recuerda muchísimo a "Un dios salvaje" según la obra de Yasmina Reza, dirigida por Polanski y también otra obra de la misma autora, creo que fue la primera y un éxito enorme, "Arte" que aquí vimos en teatro con un reparto de campanillas, el gran Jose Maria Pou, Flotats y Carlos Hipólito. En las tres obras, es decir, "El nombre", "Arte" y "Un dios salvaje" se hace una crítica empozoñada a la sociedad actual, a las hipocresías al uso, a la prepotencia de los especialistas, al fraude de la moda y a la pátina endeble de la educación que apenas resiste un desafío cara a cara con la vulgaridad o la violencia. En los tres casos una causa nimia, un motivo endeble, rompe una reunión pacifica y divertida de amigos o vecinos o padres de alumnos para provocar que cada uno saque lo peor de si mismo y lo arrojen unos contra otros, con la mayor inquina.

Si en "Arte" era un cuadro blanco con una simple linea negra (poniendo en cuestión toda la simpleza absurda de un tipo de arte o de especialistas en que suena más a fraude y tomadura de pelo) lo que provocaba una lucha inclemente y cruel entre tres amigos, en "Un dios salvaje" era un amistoso encuentro de dos matrimonios para solucionar una pelea infantil en el cole, que acaba como el rosario de la aurora.

"El nombre", como las otras dos, es una obra de teatro (aún se representa en una sala barcelonesa) escrita y dirigida por Matthieu Delaporte y Alexandre de Patellière e interpretada por Patrick Bruel como Vincent, Valerie Benguigui como Elisabeth, Charles Bering como Pierre, Guillaume de Tonquedec como Claude y Judhit El Zein como Anna. En ella, una agradable cena de amigos intimos, dos matrimonios y un supuesto soltero, en la que se comunica que una de las parejas va a tener un hijo, se convierte en un cafarnaum de acusaciones cruzadas, mezquindades y crueldades gratuitas, sólo porque el futuro padre afirma ante sus amigos que piensa ponerle el nombre "Adolf" a su futuro hijo (imaginen las connotaciones históricas y bélicas que el nombrecito provoca en otra de las parejas --la tercera pareja no lo es propiamente cuando comienza la acción y es parte de la sorpresa de una reunión llena de ellas--.

No les cuento nada más. Vale la pena entrar a la sala de cine, sentarse en una butaca y disponerse a disfrutar con hora y pico de sarcasmos, ironía, mala uva y algun retazo de ternura o de amor. Y tambiém a reconocer en ese progre frustrado, en el conservador triunfador y embrutecido, de humor pesado y narcisista, la tristeza y el acomodo de otros, la represión y el miedo del de más allá. Lo terapéutico de estas comedias de salón estriba más bien en el hecho de que podemos reconocer-nos en muchas de las actitudes y palabras de esos maduros adolescentes emocionales de la clase media, que aun no han sabido encontrar un asidero a la propia dignidad.

Algunos excesos histriónicos, cierta desmesura en los diálogos, una pedantería con poca autocrítica, no son defectos suficientemente graves para entorpecer la marcha dinámica y efectista de una comedia que funciona a la velocidad de un tren expreso, mezclando risas con estupor, verguenza ajena con indignación ante la crueldad o la zafiedad y en suma, una simpatía global por esas cinco personas que se convierten en victimas y verdugos de los demás, en una noche de celebración. En algún momento parece que la cinta va a resbalar desde "Un  dios salvaje" a "La cena de los idiotas" (Francis Veber, 1998), es decir desde la inteligencia tensa al histrionismo cruel, pero la propia labor de los cinco intérpretes y el colofón de la obra, deja las cosas en su sitio. 

Película interesante y a ratos divertida y siempre aleccionadora que hace temer un desastre en los primeros minutos del filme (innecesarios) y acaba dejando un grato sabor entre dulce y amargo en el espíritu.  Como detalle final apuntar que de los cinco personajes de la obra los únicos que se salvan por su generosidad y sesatez son los de Elisabeth y Anna, especialmente la primera que resulta un modelo de abnegación. Los varones, el irritante, cargante Pierre, pedante profesor de literatura, el complaciente y en el fondo pusilánime Claude, trombón en una orquesta sinfónica, y el insoportable narcisista y bromista deleznable Vincent, enaltecen por comparación las figuras de las dos mujeres. El toque de maestría consiste en que con tales ejemplares humanos la comedia tontorrona debería terminar en drama y sin embargo la comedia se hace drama para al final --gracias al toque de autocrítica y la facultad de reirse de uno mismo-- convertirse en una comedia inteligente.

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10 febrero 2013 7 10 /02 /febrero /2013 08:47

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  Deliciosa película en la que la sabiduría cinéfila de Tim Burton da una de sus flores más exquisitas, (en forma de cine de stop-motion), heredera sin duda de aquella maravilla que fue "La novia cadáver". Ahora, al igual que hiciera con "Ed Wood", hace un homenaje genial a las películas del cine de terror clásico. Y recoge el testigo de "Frankenstein" ofreciendo una versión "infantil" en la que el ingenio, el humor y la ternura van de la mano para confeccionar un producto redondo, enternecedor, divertido e ingenioso.

Burton recoge un cortometraje realizado por él mismo en 1984, con el mismo título, y lo convierte en una obra maestra (como anécdota, el cortometraje fue financiado por los de Disney que, al ver la película, la rechazaron y despidieron a Burton del equipo). Ya en el mismo comienzo, con la proyección familiar de ese mismo  corto protagonizado por el perrito Sparky y realizado con la escasez de medios y el ingenio de un niño espabilado con una cámara de 16 mm. es de una frescura, ingenuidad y brillantez desbordantes.   La relación íntima y deliciosa entre el niño y el perro logra momentos de ternura dificilmente superables. El mundo infantil descrito en las relaciones entre el pequeño y sus compañeros de escuela (recuerda mucho esa otra maravilla de la animación que fue "El alucinante mundo de Norman") brinda momentos de un sano humor crítico que van creando el climax de la película que nos llevará a momentos aparentemente dramáticos que aqui se resolverán  de modo positivo.

El pequeño Victor (el nombre del Dr. Frankenstein en la novela y las multiples peliculas que se realizaron en los años 50 y 60 del pasado siglo) logra resucitar a su perro Sparky, atropellado por un automovil, usando la misma parafernalia "científica" de su ilustre predecesor literario, pero evidentemente a "tamaño" infantil. La cinta brinda también un homenaje genial a la figura de Vincent Price el añorado actor de las películas de terror clásicas (¿Quien no recuerda al "Dr. Phibes" o "Los crímenes del Museo de cera" o al enterrado vivo de "La caida de la casa Usher"?). Pura electricidad, chispazos y relámpagos, rayos y humo, llamas en el molino asediado por la chusma, las imágenes que poblaron el imaginario cinéfilo de todo aficionado que se precie, vuelven a ser presentadas con maravilloso sentido del juego y el humor mezclado a la ternura y al corazón inmenso de este director "rarito" que destila cine por todos los poros y que se refleja en un protagonista igualmente "distinto" a los demása y que reivindica su derecho a ser diferente y a ser respetado pese a ello.

El ritmo de la larga secuencia coral de la búsqueda del perro y la serie de historias paralelas de los restantes personajes del filme muestra un hábil conocimiento de la tensión cinematográfica, sin olvidar en ningún momento el sentido del humor, la ingenuidad infantil y el sentido crítico social que dibuja como en "Norman" una sociedad "normal" que guarda en su interior rupturas y quiebros que superan en "anormalidad" y violencia las manifestaciones de los considerados "raros". No hay moraleja ejemplarizante y la película trata de pasar con un cuidado exquisito por consideraciones éticas o religiosas y se queda sólo en la anécdota argumental sin entrar en cuestiones científicas. La creación de vida sobre un organismo muerto es, simplemente un emotivo guiño literario a la irrealidad e imposibilidad del hecho. No hay que darle más vueltas. Solo disfrutar de lo que nos propone Burton. Y logra que esa propuesta roce lo fascinante.

En una palabra: talento. Aunque nos deparó algunas películas olvidables, "El planeta de los simios", por ejemplo, o "Dark Shadows" más recientemente, Burton quizá se ha percatado que su camino va más por el lado de "Frankenweenie" o de "Sleepy Hollow". No logrará altas cotas de taquilla pero para los aficionados al cine de verdad ha logrado un nuevo filme de culto, al estilo de "Ed Wood". Cine arriesgado que fia mucho de la inteligencia del espectador, honesto en sus pretensiones y modélico en su realización. Un titulo más a unir a la lista de obras maestras creadas por Burton.

 

   
   
   

 

 

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9 febrero 2013 6 09 /02 /febrero /2013 10:34

Narra el lama Anagarika Govinda en su libro "El camino de las nubes blancas: un peregrino budista en el Tibet (Ed.Eyras)" su encuentro con un "lung-gom-pa", un hombre que es capaz de caminar en trance meditativo y lo hace a paso vivo "con levedad aérea", logra no diferenciarse  de su propio paso, haciéndose uno con su caminar. No mira en torno suyo, va rápido, absolutamente seguro, equilibrado de una forma esencial, respirando controladamente, ajustando su respirar a la cadencia de sus pasos, concentrados de forma total en el camino, las piedras, los obstáculos, en sintonía todo el cuerpo con el movimiento y éste con el camino en sí. Es una disciplina tántrica que ejercitan algunos monjes del Tibet y está basada en el control pranayámico de la respiración.

Pues bien, ayer caminaba por el collado de la roca de las Almenas, una especie de gigantesco castillo de roca blanca que se recorta contra el cielo como un relieve almenado, entre los valles del Ulldemó y del Matarraña, los dos ríos que nacen en los Puertos y desembocan en la planicie del Bajo Aragón para unirse mucho más abajo a la corriente del Ebro. Habían anunciado vientos de fuerza 7 en la zona y el cierzo parecía concentrarse contra el collado. Yo venía de Beceite y buscaba el sendero que va al otro valle y desemboca en La Pataquera, en el Ulldemó. Comprendí que debía dar media vuelta y regresar. El cielo se había cubierto en segundos y unas nubes grises de vientre negruzco cruzaban a toda velocidad. El frío, aumentado por el viento, escocía sobre los ojos y la cara. Me tapé orejas y nariz con el pañuelo de cuello y calé la gorra de lana hasta los ojos. Había estado pensando, mientras ascendía al collado (unas dos horas desde el Parrisal, donde había dejado el coche) y reflexionaba sobre los "lung-gom-pa". Pensé que para bajar en esas condiciones climáticas podía intentar aplicar el principio meditativo del zen en movimiento, el "kinin", del que se alguna cosa y tengo cierta experiencia. Algo muy alejado por supuesto de la perfección técnica y el esfuerzo meditativo del tantra tibetano. Y además el "kinin" está pensado para un caminar lento en el dojo. Yo trataba de aplicarlo al más rápido y más complejo y exigente caminar por la montaña. Fue una bajada activa --ni lenta, ni rápida, me olvidé del tiempo y me atuve radicalmente al paso a paso consciente y concentrado-- de una hora y media, con dos lugares delicados, uno por una cornisa junto a un precipicio y otro por una tartera de piedras pequeñas y resbaladizas en un grado de inclinación bastante acusado. Me olvidé del disfrute del paisaje, de los árboles y de las rocas decoradas con el verde brillante de los hongos y la hiedra, del panorama de los picos y las agujas...sólo existía el caminar. Lento en ocasiones, más rápido en otras, con la vista prendida de mis pies y del terreno que pisaba y el que me esperaba a continuación, en un radio escaso de medio metro. Concentración profunda, respiración tranquila, pasos seguros, con el cerebro funcionando plenamente de una forma rapidísima, conectado a la imagen que tenía delante, a la sensación física del cuerpo desplazándose, en un equilibrio magnífico e impremeditado, casi en estado de automatismo con un ligero control de la mente sobre el movimiento, pero de una parte de mi mente que no parecía depender de mi voluntad o de mis deseos o de mis temores. Bajaba en una especie de trance que no se disipó hasta llegar a la explanada del barranco donde había dejado el coche. Supongo que nada parecido al arte del "lung-gom-pa", algo mucho más modesto, pero me sentía feliz. Ha sido una experiencia enriquecedora. Caían las primeras gotas.

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