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8 febrero 2013 5 08 /02 /febrero /2013 08:16

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    Esa bendita suerte del "filobiblos", el amigo de los libros, que tantas delicias lectoras me ha ido deparando a lo largo de mi vida, ha vuelto a brindarme uno   de sus relámpagos intuitivos: el encuentro con "Elogio del caminar" de David Le Breton. Dos días más tarde sorprendo en la librería de Serret en Valderrobres el "Caminar",  pequeño volúmen del poeta y ensayista Thoreau, que edita el sello Árdora en su colección Expres. Una semana después  "aflora" en mi biblioteca (término con el que designo esos instantes imprevisibles y mágicos en los que , de entre un montón informe de títulos o es condido tras otros en un anaquel atestado o caído casualmente al mover varios libros, aparece un título inesperado que no sabíamos que teníamos) "El arte de caminar", dos ensayos breves en un solo librito, uno debido a la pluma de William Hazlitt y otro a la del admirado y admirable Robert Louis Stevenson, editado en formato muy pequeño por la Universidad Nacional Autónoma de México en la colección "Pequeños Grandes ensayos". Tres libros, tres, sobre una de mis aficiones más sólidas, el senderismo y justo cuando preparo un libro sobre caminatas por el Matarraña. ¿Casualidad?¿Coincidencia? ¿Sincronicidad?

No es necesario ser escritor para comprobar que cuando uno se lanza a los caminos, el simple ejercicio de andar se convierte en una experiencia que, si uno está atento a sí mismo, provoca emociones, reflexiones, sensaciones, todas espoleadas por el paisaje, el silencio, la luz y el color, el sano ejercicio físico, el cansancio o el asombro y la belleza que la Naturaleza nos regala a manos llenas. La fascinacion que provocan los libros de viajeros, montañeros y caminantes, no es otra que la posibilidad de revivir en uno mismo las emociones que a aquellas personas les causó su viajar.

El libro de Le Breton, editado por la sensacional Siruela (es raro no dar con algo interesante cada vez que uno mira el catálogo de esa editorial) es un tratado filosófico, literario y poético del arte de andar por los caminos. No nos propone rutas, simplemente nos hace vivir un sendero fascinante de la mano de viajeros ilustres, filósofos peripatéticos y poetas iluminados por ese "caminar sin fin para no llegar a ninguna parte, para olvidar simplemente el paso del tiempo".

Desde el poeta japonés Basho, tan implicado en el zen, hasta Stevenson, Baudelaire, Walter Benjamin, el gran explorador Richard Burton o nuestro Cabeza de Vaca, el célebre Bruce Chatwin, paradigma del viajero moderno o el ínclito Camilo José Cela, cuyo "Viaje a la Alcarria", seguí paso por paso caminando por los mismos lugares cuando cumplí los 18 años, Régis Debray, el director visionario de cine Werner Herzog, Patrick Leigh Fermor que recorrió toda Europa andando desde Holanda a Constantinopla, o terminar citando al mismisimo Rousseau y a Nietzche o a Walt Whitman y Thoreau.

El camino como reto personal, "el caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo" y como ejercicio mental y sensitivo "una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena" (pag.15) son dos de los muchos aspectos que  Le Breton, profesor y antropólogo y, evidentemente, del gremio de los caminantes, refleja en un enriquecedor  texto que más que leer, degustamos.

En el librito "Caminar" de Henry D. Thoreau, --lectura obligada para cuantos aman la naturaleza: su "Walden o la vida en los bosques" iluminó al mundo--, leemos: "Creo que no podría mantener la salud y el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, linbre por completo de toda atadura mundana". En cuanto al autor de "La isla del tesoro" , Robert Louis Stevenson, sugiere que caminemos siempre que podamos en soledad ya que solo asi se puede "estar abierto a todas las impresiones y permitir que nuestros pensamientos adopten el color de lo que vemos; se debe ser como una flauta para cualquier viento". ¿Han leido ustedes antes una descripción tan bella del talante que un buen caminante debe adoptar cuando pasea por bosques y montañas?

Cuando uno se aficiona al placer de caminar comprende la frase de Stevenson, "Parece como si una caminata a paso vivo nos purgara, mas que  ninguna otra cosa, de toda mezquindad y orgullo". Thoreau propone una Orden de los Caminantes Andantes y una filosofía un poco radical: "Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, esposa, hijo y amigos ...si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata". Tampoco hay que tomárselo así, pero bueno, da una idea de la pasión que puede envolver al andariego una vez que le encuentra el encanto a ese ejercicio que deviene, casi, una forma de vida. Que un filósofo como Rousseau escribiera "Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie". O como afirma Le Breton en su magnífico libro, "El sendero, el camino, son una memoria grabada en la tierra, el trazo en las nervaduras del suelo de los incontables caminantes que por alli han pasado a lo largo de los años, en una especie de solidaridad intergeneracional inscrita en el paisaje". Una forma bella de decir lo que todos o casi todos los montañeros hemos pensado al seguir un camino.

Háganse un favor, compren estos tres libros y salgan al campo con una mochila, buen calzado y ropa adecuada. Descubrirán un mundo fascinante.

 

FICHA:

ELOGIO DEL CAMINAR,.David Le Breton. Editorial Siruela.Traducción de Hugo Castignani.171 páginas.- CAMINAR.-H.D.Thoreau.-Ed. Ardora, 60 págs.- EL ARTE DE CAMINAR.-W. Hazlitt y R.L. Stevenson.-Ed-Univ.Auton. México. 54 págs.

 

 

 

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7 febrero 2013 4 07 /02 /febrero /2013 08:55

excursiones-9554.JPGEl caminar es una travesía por el paisaje y las palabras. Y por el  cierzo enconado de picos helados. Ayer amaneció nublado y con un viento exigente que amainaba de pronto y renacía con estallidos breves pero contundentes. No era cosa de hacer senderos de mucha altura y aún menos que se alargaran en el tiempo. Debía ser algo breve, dos o tres horas a lo sumo, por zona no muy agreste, arbolada y en valle o planicie. Verlaine llamaba a Rimbaud, el caminante irredento, el "hombre de las suelas de viento". Ayer yo merecía ese calificativo. Conduje hasta La Portellada y me desvié hacie El Salt, el telúrico entramado de rocas erosionadas por el río Tastavins con su cascada casi siempre huérfana de agua. Con las últimas tormentas, en esta ocasión El Salt brillaba con un esplendor de aguas de plata y espumas de coral que se precipitaban hacia un lecho verde esmeralda. Desde la cascada caminé hacia el nordeste, dirección Vallderrobres, hacia las colinas. Cogí un sendero que subía lentamente, paralelo a un cañón, con el fondo cubierto de arbustos, espinos, boj y las florecidas matas de erikas con sus brotes de color rosa violáceo. Como dice William Hazlitt, "denme el claro azul del cielo sobre la cabeza y el prado verde bajo los pies, un camino sinuoso y una caminata de dos o tres horas" como una forma asequible de ser feliz. El sendero, muy estrecho y abandonado, debía ser senda de cazadores y cruzaba antiguos bancales de labor, ruinas de casas o cubiertas de ganado, entre un bosque de coníferas y boj, con alguna encina o carrasca aislada. Un silencio absoluto, en el que el ulular del viento entre las ramas de los árboles y los setos no hacían más que destacar la hondura de esa ausencia de ruidos. Ni siquiera un piar o aleteo de pájaros o ese murmullo quebradizo de algun animal pequeño escabulléndose por el montebajo. Siguiendo por instinto la dirección del barranco llegué a dar con una pista forestal de tierra, que por su  trazado debía ser el viejo camino tradicional que une Fuentespalda con Vallderrobres. Por tanto sólo tuve que dirigirme hacia la dirección de donde procedía, para llegar una hora y pico más tarde al punto de salida. Dos horas y media de caminata, con retazos de sol, muchas nubes pastoreando en el cielo y un viento que se hacía más intenso por momentos. Vuelvo a casa con la mente llena de luz, color, silencio y paz.

En otro plano de beneficio, la caminata también ha sido fructífera. He decidido escribir un artículo sobre varios libros que analizaban el hecho de caminar desde puntos de vista tan variados como la literatura, la poesía, la salud, la psicología o la antropología. Recordaba especialmente un librito de Stevenson sobre "El arte de caminar" que ya cuando lo leí, hace muchos años, me reconfortó, pues el creador de "La isla del tesoro" era un caminante consumado --a pesar de su escasa salud-- y amaba ese elemental ejercicio que consiste en dar un paso tras otro en una dirección, con los ojos abiertos al paisaje, los oidos encantados con el silencio o los ruidos de la montaña, el olfato aspirando aire puro y el perfume de flores y plantas y el tacto acariciando árboles o sujetándose a rocas. Como nos ocurre a todos los que amamos esa actividad, a todo lo anterior se añaden efectos positivos en el espíritu y en la mente. ¿Hay quien de más por menos? 

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6 febrero 2013 3 06 /02 /febrero /2013 08:17

 

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Bueno, se trata de Clint Eastwood, uno de los actores más endiabladamente pertinaces de la historia del cine. Dotado de un rostro de roca, unos ojos malignos llenos de ironía y frialdad y la gesticularidad de un Buster Keaton con mala leche, ha logrado convencernos a todos de que es un buen actor, incluso un gran actor. Nadie daba por él ni un dolar en los tiempos del spaguetti western, dolar y medio en los de Harry el Sucio y por fin, una fortuna, desde "Los puentes de Madison" hasta hoy. Pero es que además el chico no sólo roba cámara como lo haría Orson Welles o Sean Connery, sino que es un director inteligente, sensible a menudo y casi siempre furiosamente comercial.

Por tanto, que volvamos a verle como un viejo desabrido, maleducado, duro e insensato, al estilo del racista de "Gran Torino", provoca una extraña atracción, aunque esta vez no se dirija a sí mismo, sino que actúa a las órdenes de Robert Lorenz, su ayudante de dirección en tantos éxitos dirigidos por Clint. Lorenz debe ser un amigo fiel de Clint (aunque es fama de que éste tiene pocos amigos, es tan cascarrabias en la vida real como en sus películas) o le deberá algún favor, ya que desde la divertida "En la linea de fuego", Clint no habia permitido que nadie le dirigiera.

Bueno, pero si pasamos a la película (otro de esos filmes presuntamente deportivos sobre el beisbol, juego que a los españoles más bien les suele provocar bostezos) el juicio no mejora demasiado. Es una película hecha a mayor lucimiento de Eastwood, realizada como un agradable telefilme para la tarde de los domingos. Moraleja incluida, amor juvenil y lo más destacable, la lucha del increíble viejo con los achaques de su edad, donde no falta el humor (divertido el monólogo de Clint, al principio de la cinta, dirigiéndose a su propio pene, remiso a la hora de orinar). Todo es la mar de previsible, algo tontorrón y decididamente soso. Y eso a pesar de tener a un siempre apreciable John Goodman como amigo y jefe del protagonista (haciendo la vista gorda ante la vista poco fiable de Clint, que paradójicamente trabaja de "ojeador" de talentos de beisbol), Amy Adams como la hija de Clint y a Justin Timberlake haciendo de Justin Timberlake con gran profesionalidad y talento. No es suficiente, el guión es flojo y todo se salva por Clint, al que deseariamos que no fuese este su canto del cisne interpretativo. Me parece tan deleznable como la película de despedida del gran Cary Grant (aquella "Escala en Tokio" tontorrona). Clint se merece algo mejor que esta película amable e insulsa.

 

 

 

 

 

 

 

 

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5 febrero 2013 2 05 /02 /febrero /2013 08:17

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 Doce años después de dirigir "Náufragos" con Tom Hanks, y de pasar por peliculas de animación con movimientos captados como "Polar Express" o "Cuento de Navidad", Robert Zemeckis se descuelga con una vibrante película dramática sobre un piloto alcohólico (Denzel Washington, realmente espléndido) que tiene un trágico accidente con su avión en estado etílico y con varias rayas de cocaína en el cuerpo. Con la misma dureza y verismo de "Días sin huella" o "Días de vino y rosas" o "El hombre del brazo de oro", Zemeckis nos muestra a un sujeto desarbolado por el alcohol y las drogas, que logra comportarse como un héroe y un gran profesional a pesar de su estado y salva a la mayoría del pasaje de su avión siniestrado.

A pesar de la evidencia  del excelente trabajo del piloto, la investigación oficial y sobre todo la empresa que construyó el avión (se cree que ha sido un fallo técnico) se desarrolla un combate de feurzas, el sindicato de pilotos por un lado y las empresas aeronáuticas por el otro, para convertir el asunto en un fallo personal del piloto por su estado inaceptable. Un abogado (magnífico Don Cheadle) logra descartar el culpabilizante analisis de sangre del piloto por unas triquiñuelas técnicas y todo queda listo para sentencia absolutoria, sólo en el caso de que el piloto consiga mantenerse sereno, sin beber alcohol y sin drogarse , hasta el día en la vista pública ante una comisión técnica.

La marcha del argumento va jugando al gato y al ratón con el espectador haciendole creer que todo va a salir bien, que el chico encuentra a una chica adecuada (Denzel está tormentosamente divorciado por causa del alcohol) y que va salir exonerado de culpa del accidente. Pero... bueno, vayan  a verla. El realismo es una prueba de honestidad en este caso. Y quien conozca un poco los parámetros de comportamiento de los alcohólicos o de los drogadictos sabrán de qué hablo.

Un gran melodrama está servido. Lástima de final improbable (cosas de las exigencias de la industria del cine) con moraleja al 50 % desdramatizada. No importa, porque la película se ve con el alma acongojada ante la dureza autodestructiva del personaje que, en ningun momento, deja de atraernos humanamente a pesar de sus evidentes y lamentables limitaciones (no es lo mismo ser un borracho en un contexto hogareño --como en las grandes películas citadas al principio--, que serlo como responsable de un avión con dos centenares de personas a bordo, a varios kilómetros de altura.

Tampoco hay complacencia alguna en el personaje femenino (interpretado con su habitual finura por la pelirroja Kelly Reilly), también drogadicta que malvive haciendo películas porno. La guinda es el inmenso (en todos los aspectos) John Goodman, en su papel satánico de suministrador de paraisos artificiales, muy en la línea de los personajes que ha interpretado para los hermanos Cohen y siempre robando cámara a sus compañeros con su aspecto desbordante y lleno de vitalidad y malicia. Puro humor negro con fondo musical de los Rolling y su canto a Satán. 

Para la colección de secuencias magníficas de nuestra videoteca, los quince minutos iniciales de la cinta, todo lo que tiene que ver con el accidente del avión. Uno se queda literalmente fagocitado por la pantalla y las brutales e hipnóticas imágenes del avión y su pasaje en un viaje hasta el desastre. Sencillamente genial, Zemeckis. Y como contrapeso, igualmente brillante, pero desde el punto de vista intimista, atentos a la declaración final del piloto Washington ante el tribunal que ha de declararle inocente, con todos los honores, o condenarle.

 

 

 

 

 

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4 febrero 2013 1 04 /02 /febrero /2013 10:04

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 El agente 007, James Bond, con licencia para matar (cosa que hace muy a menudo) tiene al parecer licencia para envejecer. Es difícil que un mito envejezca. No así los héroes. Y James Bond ha pasado de mito (con diferentes rostros, que le daban la ficción de inmortalidad: siempre joven, siempre enérgico, siempre seductor) a héroe, a un héroe con aspecto de estar cansado y de envejecer. Y eso le humaniza y eso le da mucho más encanto.

En "Skyfall" (nombre de algo relacionado con la infancia del héroe, explicada por primera vez en una película de la larga, larguísima serie), 007 vuelve a morir (aparentemente) como en una de las de la época Sean Connery, desaparece la maravillosa "M" con una actriz muy superior en calidad interpretativa al resto del reparto (Judy Dench) y hasta el hombre de los trastos "Q" se pone al día con los tiempos y se nos presenta como un  joven cerebrin informático (tras el anodino paso del gran John Cleese, ex Monthy Pyton, que trataba de ingresar un poco de humor en el elenco).

Daniel Craig, tal vez el actor con más enjundia de todos los que conforman la larga lista de 007, el más dúctil y complejo (seguido por Sean Connery) se enfrenta esta vez a uno de los malos más inquietantes (aunque no tan retorcido como otros de la saga) de su carrera, un irreconocible Javier Bardem rubio que en algún momento trata de seducir sexualmente a Craig (esto también es nuevo). El "casus belli", una lista con las identidades reales de todos los agentes de la OTAN infiltrados en grupos terroristas. A partir de ahí el guión es endeble, demasiado lento en ocasiones y aunque las secuencias de acción siguen la tónica tópica en estos filmes, el director, Sam Mendes, se complace más en internarse en las tesituras psicológicas de los personaes, empezando por el mismo Bond, ahora vulnerable y nostálgico, y en "M", compleja y contradictoria o en el "malo" Bardem, que parece un modelo freudiano sometido a pulsiones patológicas.

En una època en la que el estreno de un nuevo Bond no despierta las pasiones y el interés de otras décadas (ahora parece más atractivo lo nuevo de Jason Bourne o del inacabable Cruise) Mendes ha tratado de insuflar profundidad psicológica y humana a un héroe en proceso de envejecimiento imparable. El resultado no es redondo, pero sí aceptable. Falta evitar una serie de tiempos muertos y adobar mejor las escenas de acción (cosa difícil dado el enorme alud de películas en las que la acción está super eficazmente tratada) e integrarlas en un discurso más inteligente y audaz. El agente 007 está tratando de pasar de nivel, dejar la ficción palomitera de las "Misión imposible" y buscar un territorio propio en el que un héroe de tan dilatada vida pueda llegar a una madurez especial y atractiva para el gran publico. De momento ha llegado la hora del relevo para Q y para Judi Dench ("M" será a partir de ahora el actor Ralph Fiennes) lo cual quiere decir que ya se baraja la vuelta de James Bond tras "Skyfall". Cincuenta años del personaje son muchos y sigue siendo un buen negocio, con lo que la Metro y los productores de toda la vida (o sus herederos, queda Albert R. Brocoli) se lo pensarán mucho antes de poner el RIP en la tumba de uno de los personajes más fructíferos de la historia del cine, que constituye como "Los Beatles", la Reina , Dickens, la libra o Sherlock Holmes, activos patrióticos de la Gran Bretaña.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3 febrero 2013 7 03 /02 /febrero /2013 08:07

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 La verdad es que "Las aventuras de Tadeo Jones" de Enrique Gato, es un apreciable intento por parte de la animación española de subirse al carro de los renacidos nuevos dibujos animados, en los que reina sin apenas rivalidad el dibujo animado norteamericano. Maravillas como "Up" y "Wally, batallón de limpieza" o las recientes "El mundo de Norman", "Rompe Ralph" y los "Madagascar", "Hotel Transilvania" y otras, ponen el listón demasiado alto para los medios técnicos de los que disponemos en España.

Pero como en otra cinta animada  española, apreciable pero menor, "Planet 51", esta mezcla de referencias a las películas de Spielberg con un pletórico Indiana Jones y las sugestivas "Lara Croft", con una pizca de "Bolt" (por el perro) o el personaje que guarda el tesoro, una mezcla de Gollum y los espectros cachondos de "Cazafantasmas", no logran  elevar el vuelo de una película amable y familiar destinada a los pequeños y que apenas atrae alguna sonrisa de los adultos acompañantes.

Personajes sin demasiado calado, guiños y copias a peliculas, comics, leyendas populares y videojuegos, ni siquiera se trata de preservar un cierto apoyo a nuestra idiosincracia y todo acaece en Estados Unidos, se rueda en inglés y se proyecta hacia el mercado extranjero más que al nacional. Pero eso no importaría demasiado en tiempos de la aldea global, si no fuera por la poca consistencia del guión y los diálogos. Aunque su publico sea el infantil creo que es un error no cuidar esos detalles (solo han de fijarse en que los clasicos modernos de la animación respetan muchísimo el mensaje y la forma, de modo que son degustados con la misma fruición por adultos y niños). Pero bueno, tampoco les va mal del todo: sólo un dato, Tadeo ha derrotado en taquillaje a sus rivales de la  "majors", "Brave" y "Madagascar 3". Quizá la españolidad de Tadeo convenza a los peques, aparte de que la publicidad de Mediaset e Intereconomía, firmas que han financiado la película, ha sido oportuna e incesante. En fin,suerte (que falta le hace al cine español).

 

 

 

 

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2 febrero 2013 6 02 /02 /febrero /2013 08:37
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 Película irregular, pero dotada de una prestancia visual extraordinaria. No en vano está firmada por Ang Lee uno de los directores más polivalentes y profesionales --a veces roza la plenitud como en "El banquete de bodas" o en "Tigre y Dragón" o la sorprendente "Comer, beber,amar"-- capaz de filmar "Hulk" (el hombre-masa verde) y a continuación "Deseo, peligro" o "Brokeback Mountain". Ahora este director nos presenta "La vida de Pi", sobre la popular novela de Yann Martel.
En esta majestuosa cinta, Lee aprovecha con acierto las posibilidades tecnológicas digitales del cine de hoy y consigue una versión en imágenes de la novela que no desdice en absoluto de la imaginativa y barroca narración. Los cuatro actores que representan a Pi en las diferentes edades, Gautam Belur, Ayush Tandon, Suraj Sharma e Irrfan Khan, nos van mostrando con distinta calidad interpretativa el proceso de crecimiento de Pi, a base de "flash Back" evocados por el relato de esa misma via y en especial el largo viaje de un náufrago por el océano, en una barca de salvamento...en compañía de un tigre de Bengala. Una catarata de imágenes de un intenso cromatismo en una imagen nítida y a veces ensoñadora y surrealista, pero siempre sorprendente y de una belleza que produce vértigo.
Es tan enorme la fuerza de las imágenes que otros elementos como la tensión dramática, la coherencia de los personajes o su profundidad psicológica no parecen tener pareja relevancia para Lee. Es como un sueño en el que los problemas filosóficos del protagonista no parecen extraños, al estar inmersos en un discurso visual tan elevado.
Los aspectos digamos religiosos o espirituales de la historia son tan respetuosos y amables con todas las religiones como nos muestra el paso del joven Pi por las confesiones que mas le atraen (una de las secuencias más divertidas de una película que no tiene mucho sentido del humor). Pero, repito, todo eso pierde importancia ante el despliegue visual y el perfeccionismo técnico digital que las imágenes nos muestran. No era facil llevar a cabo la trasposición fílmica de una novela tan compleja como la de Yann Martel y más resolver el reto que supone la parte central de la película dedicada en exclusiva al periplo oceánico de la barca con sus dos improbables habitantes, el actor Suraj Sharma en la piel de un joven Pi (hazaña que me recuerda la película de Hitchcok "Náufragos" o la cinta de Zemeckis "Naufrago" con Tom Hanks) y el feroz tigre de Bengala que debe ser "adiestrado" imaginativamente para que no se zampe a Pi en los muchos momentos de hambre, con episodios tan increíbles como el de la isla  carnívora de los suricatos o la bellísima comunión del cielo y el mar en la noche estrellada o el paso catastrófico de una ballena en un océano fosforescente, aunque si vamos a ello, la larga y peligrosa convivencia entre tigre y joven, es aún más sorprendente e increíble.
Un final espiritualista y con moraleja incluída dan un sabor de libro de autoayuda a una narración cinematográfica que no lo necesitaba para nada. Lo cierto es que vincular la demostración de la existencia de Dios a las palabras del bueno de Pi y a la sonrisa del escritor canadiense que no acaba de ceerse nada de lo que le cuentan, pero hace un acto de fe, resulta lo más endeble de una película que tiene momentos fascinantes. Y a pesar de ello, vale la pena verla. Y si puede ser en 3D, mejor que mejor..
     
       
 
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1 febrero 2013 5 01 /02 /febrero /2013 17:28

Sin duda no empecé el 2013 con buen pie. Una inoportuna e inesperada afección en las cervicales, seguramente a causa de ciertos excesos (como lo es, qué duda cabe, tratar de hacer un traslado de cajas de libros, enseres y algún mueble sin contar prácticamente con ninguna ayuda) que mi optimismo irredento  --otra manera de nombrar un cierto síndrome de Peter Pan-- no llegó a percibir como peligroso, me confinó durante dos semanas entre los muros de mi hogar, semitumbado en un sofá, con una manta sobre las piernas y dos columnas de libros a mi vera. Algo más de un mes, con secuelas que afectaban mi equilibrio, redondearon el episodio. Todo ha sido un frenazo contundente a mi ajetreada vida de lecturas, visionado de películas, escrituras varias y dos o tres excursiones montañeras a la semana y, como guinda, la necesidad perentoria e inevitable de depender en cierta forma de otras --queridas-- personas para que me cuidaran con paciencia (soy un enfermo poco dócil) y autoridad (dado a la rebeldía y al optimismo más dañino y poco realista).

Dentro del "haber" de la experiencia, la percepción del tiempo y de su uso y de su dictadura como una entelequia a la que hay que afrontar con sentido realista y una cierta inteligencia. La moraleja esencial: uno, hay que darse tiempo a uno mismo y dos, el mayor regalo que hacemos a los demás es "darles" nuestro tiempo sin esperar nada a cambio.

Se podría decir que hoy, 1 de febrero, he podido regresar por completo a mi estilo de vida.  No todo es el libro y la escritura, la música o el cine. Por fin, con todos las cautelas necesarias, he caminado por mis adorados Puertos. Durante tres horas he subido y bajado muchas veces siguiendo un sendero lleno de desniveles y de encanto, que une el rio Ulldemó con el río Matarraña. Sol, cielo azul, viento fresco, aroma de flores silvestres, bosques de pinos negrales y boj, masias abandonadas, tierras de cultivo invadidas por matorrales y arbustos, tilos, nogales, castaños, paredes de roca gris, caos de grandes piedras desprendidas, calveros removidos por los jabalíes, cabras salvajes presentidas tras la arboleda o lanzándose por empinadas laderas como relámpagos pardos. Un mundo hermoso e implacable donde reina el silencio.

Y ahora lo vivo con una percepción más aguda, creo yo. Una disponibilidad para la observación y el encanto ante la montaña (en realidad ante todo). Quizá propiciada por el tercer elemento que ha aflorado "gracias a" la obligada clausura provocada por mi vértigo: mi reencuentro con la filosofía y, como consecuencia, con una estructura de pensamiento entrenada en la atención filosófica a lo que es, a lo que ocurre, a lo que siento en esa intersección de acción, reflexión y atención. La lectura del tomo de Filosofía de Stephen Hetherington (Alianza) dedicado a la metafísica y la epistemología. "La consolación de la filosofía" de Boecio y el libro de Rudiger Safranski "Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía", más el "Impromptus, entre la pasión y la reflexión" de André Comte-Sponville, han sido las muletas que me han permitido "regresar" a la "funesta manía" de filosofar, como estilo de vida (hallada en mis juventudes lejanas y abandonada en la prepotente cuarentena, sustituida por la psicología). Vamos a intentar "domar el tiempo" con las bridas de la tolerancia, la generosidad y la atención. Así que, feliz 2013.

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1 febrero 2013 5 01 /02 /febrero /2013 09:37

libro_de_ausencias_big.jpg

De vez en cuando el crítico da con un autor especial, lejos de los círculos mediáticos, alejado de la rentable manía del best seller, --si es histórico, miel sobre hojuelas (y ahora si es erótico, mejor)-- o de los "cogollitos" literarios que medran en torno a un grupo familiar de autores reconocidos, una editorial determinada o un grupo mediático de importancia. No se trata de alguien desconocido o de un novel, ya circula entre "gustadores" de "delicatessen" literarias. Se trata de un poeta, Antoni Marí, con bastantes obras entre poesía, narrativa y ensayo. El librero Serret le conoce de antiguo y me ha facilitado "Libro de ausencias" con pronóstico muy favorable. Y no ha exagerado.

Lo primero que me ha llamado la atención es la cadencia proustiana de su prosa. Frases largas, indagatorias, sutiles, evocadoras. Dominio del lenguaje y claridad de ideas. El planteamiento y el desarrollo de la trama novelesca mantiene una suave tensión discursiva que parece tener ecos del Musil de "El hombre sin atributos". El protagonista no se esconde del autor y se solapa con él, nos va mostrando la historia de una fascinación con observaciones minuciosas, novela de ideas, en las que, como una frase musical reiterativa, al estilo de la Sonata de Venteuil que tanto juego da a Proust, Antonio Marí nos va recordando capítulo a capítulo, las fitas o señales de una indagación que surge de un "insigth", un deslumbramiento, un ensimismamiento en torno al fenómeno de la "ausencia", esos instantes en los que la persona pierde sus angostos referentes del ego para pasar a una comunión deslumbrante con una realidad que le supera y le seduce.

Dos obras de arte, una exposición de Guerin y la instalación de Lúa Coderch, "Estrategias para desaparecer", mas la muerte por suicidio de un amigo, y un casual contacto con un libro de Ernst Jünger, son los elementos que disparan una experiencia estética y psicológica, una "ausencia" vivida por el protagonista y que abre la puerta a una indagación en torno a novelistas, ensayistas y músicos que van creando "resonancias" filosóficas, literarias y musicales con el concepto y la experiencia de la "ausencia".

Novela filosófica o filosofía analítica y literaria, atravesada por ramalazos  de piezas de música clásica que parecen entrar en íntima comunión con un texto reposado, inteligente y evocador. El lector va asistiendo, encantado por la palabra y fascinado por las imágenes que evocan los autores que van apareciendo, a un paseo de poco más de 200 páginas, donde las citas se suceden, algunas con gran amplitud, creando como una caja de ecos donde la "ausencia" va perfilando una especie de categoría filosófica propia. D' Ors, Ortega, el pintor Cezanne, Poe, Baudelaire, Max Blecher, Mann, Dostoievski y su principe Mishkin de "El idiota", la sin par María Zambrano, Nietzsche,  el nobel de Física, Schrödinger, el cuarteto numero 13 de Shostakovich, Robert Walser, Spinoza, Rousseau, Foucault y Mallarmé, Borges, Schopenhauer, los poetas Leopardi o J.A. Valente, la Sinfonía Concertante de Mozart, Bach o Leibniz, Oscar Wilde, Wagner, Blake o Shelley,  el antropólogo Levy Strauss, , Zweig, Yeats o Goethe, Novalis o Aristóteles, Ramon Llull y Descartes (ambos también "iluminados" en un  parecido estado de "ausencia"), Freud y Beckett, Petrarca o Wittgenstein, Rusell o Heiddeger, De Lillo, T.S. Eliot o Giles Deleuze...

Un desfile en torno a un concepto común, el de la "ausencia" como fuente creativa, como estado íntimo, como indagación literaria y filosófica que se cierra en los tres últimos cortos capítulos con la intervención confesada del autor y el fin de su libro, la asunción de su personalidad y de su objetivo (un juego de espejos que recuerda las novelas espirituales e intelectuales de  "El juego de abalorios" o "El lobo estepario" de Hesse). Con la evocación de Sartre, Borges y Mallarmé, Antoni Marí da el salto casi místico y escribe "Como si no existiera nada más, sólo la ausencia. Dejábamos de ser lo que éramos, olvidados y ausentes, y pasábamos a ser el sujeto puro del conocimiento: sin identidad ni equivalencia" (pag.222). La búsqueda ha terminado. Y como en el círculo taoísta o la serpiente que se muerde la cola, el autor se mira en el espejo y cierra el "Libro de ausencias", ante la admirada perplejidad del lector.

El autor ha cerrado el juego, con resonancias zen. No sin antes permitirse en la pág. 112, definir la obra que está escribiendo y que 110 páginas más allá cerrará: "No quería demostrar nada en esta pesquisa personal y subjetiva, ni pretendía tampoco construir un sistema en torno al eje de aquella idea... (la ausencia)...ni hacer una investigación con todas las exigencias propias de una tarea así; sencillamente me dejaba llevar por la imaginación que, por si misma, sin que interviniera la voluntad, iba enhebrando perlas de formas diversas, de colores vibrantes, de sentidos extravagantes y significados herméticos, con las que poco a poco se formaba un collar, cuyas cuentas adquirían un sentido nuevo y distinto al que tenían aisladas". Es decir, claramente, el libro que tenemos en las manos. Antoni Mari ha imitado el proceso con el que nos narra el origen mítico de la pintura, cuando "una joven dama de Corinto inventó accidentalmente la pintura cuando la vigilia de la partida de su amante proyectó su sombra en un muro, a la luz de una vela, y siguió el contorno con un carboncillo. Una sombra de amor entre un trazo y una presencia". Es decir una ausencia. Marí ha dibujado el contorno de una presencia--la novela-- para narrarnos la historia de una ausencia.

 

 

FICHA:

LIBRO DE AUSENCIAS.- Antoni Marí.- Tusquets Editores. Colección Andanzas.222 págs. 16 euros.

 

 

 

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31 enero 2013 4 31 /01 /enero /2013 08:41

tabu-cartel.jpgRodada en blanco y negro, con una primera parte --rodada toda ella en 16mm--deslumbrante en su recreación del cine mudo, pero también por la poesía del texto que va acompañando las imágenes, en la bellísima historia de amor y muerte narrada de una forma ingenua y fascinante, como los viejos cuentos orales, el portugués Miguel Gomes ha realizado una obra magnífica, difícil de clasificar respecto al cine de hoy, pero al mismo tiempo dotada de una fuerza imaginativa que me acercó al "tempo" inigualable y nostálgico de las novelas de Somerset Maugham o de las películas de los maestros de antaño en el cine silente, F.W Murnau y Robert Flaherty. Justamente de estos dos directores, que rodaron en 1931, la magistral "Tabú" en la que se hacía un canto del cisne de la época colonial y de las vicilizaciones nativas que serian devoradas a continuación, toma Gomes el espíritu de esos tiempos pasados que jamás volverán para rodar su particular "Tabu".

Más en la línea de "La carta", la sombría y romántica historia de Maugham que rodó William Wyler en 1940 con una exgtraordinaria Bette Davis como protagonista (de hecho la historia de Gomes  sigue bastante cerca la peripecia de la película aunque con distinto final), el director portugués realiza un soberbio ejercicio de estilo, no sólo por el inicio sensacional en 16mm sino en el desarrollo de la historia y descripción de la vida colonial. Quizá la parte más endeble sea todo el tronco central de la película--rodada ya en 32mm hasta el final--, en nuestros días, con la historia de Julia una madura lisboeta, vecina de una anciana algo desequilibrada  y su criada negra. La conexión de las dos historias, evidente ya en la tercera parte, tiene suficiente entidad para oscurecer esa parte intermedia que, no obstante, tiene una fuerte calidad propia pero deja en el espectador la impresión de que ha asistido a dos historias diferentes con un prólogo de cuento juvenil.

La vecina, Pilar, Teresa Madruga, una actriz serena que lo dice todo en un gesto, lleva el peso del filme en la época actual, afrontando con una bondad silenciosa las actuaciones de la anciana (Laura Soveral)y de su hermética criada negra (Isabel Cardoso), a la que su ama acusa de brujería. En esa relación de caritativo vecinazgo vamos recibiendo informaciones sobre un pasado mitificado y misterios en Africa que más tarde un cuarto personaje nos revelará con su voz en "off" y las imágenes de una época pretérica observada con cariño y detenimiento, quizá en la línea de las "Memorias de África" que todo el mundo recuerda con placer. El apasionado y dramático  amor ilegítimo entre un joven mundano (Carlotto Cota) y la esposa de un terrateniente (Ana Moreira), en el caluroso y exótico medio ambiente africano, con criados negros y partidas de caza, forma parte del imaginario de ciertas novelas y películas, único lugar donde podemos encontrar algo del encanto de aquélla época, seguramente injusta para la población nativa, pero dotada de un particular encanto literario.

Buena película, pues, quizá demasiado nostálgica que tendrá su público devoto pero, seguramente, minoritario.

Bue.

 

 

 

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