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30 enero 2013 3 30 /01 /enero /2013 10:54

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Juan Antonio Rivera es profesor de Filosofía en un IES de la provincia de Barcelona y en  2003, seguramente inspirado por los exitos de ventas de Gaarder, Marinoff, Marina, Savater y otros, trató de sacar aplicaciones pragmáticas a sus conocimientos profesionales y con descaro periodístico  lo hizo de una manera harto pedagógica y si no muy fidedigna, sí bastante digerible para el gran público.

Sus antecedentes inmediatos surgen allá por 1994 cuando Jostein Gaarder publicó "El mundo de Sofía", un ameno recorrido por la historia de la filosofía, tratando de que muchas de las supuestamente complejas y abstrusas cuestiones filosóficas aparecieran de una forma sencilla y fácil de entender. Fue un gran momento para la popularidad de la filosofía y despejó bastante los prejuicios que la gente tiene respecto a esa disciplina. Más de veinticinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo hablan bien a las claras del éxito de la propuesta. En el 2000, Lou Marinoff se atrevió en meterse en el sagrado terreno de los psicoterapeutas y con un gran sentido común --y más grande aún el de la oportunidad-- publicó Más Platón y menos Prozac, otro "bestseller" que se atrevía a enfrentarse con la aparición de la estrella de los neurofármacos antidepresivos (años mas tarde supimos que no era tan inocuo como nos decían). Marinoff aseguraba que la lectura de los clásicos de la filosofía podía ayudar mejor que el Prozac a afrontar las dificultades de la vida. A partir de entonces son legión los autores que proclaman la idoneidad de la filosofía para aportar claridad y sentido a lo cotidiano.

Ese es el objetivo del libro de Juan Antonio Rivera, pero usando un recorrido curvo e indirecto que pasa desde el cine a la filosofía. Magnífica idea que no se desluce por la aparatosidad excesiva del titulo "Lo que Sócrates diría a Woody Allen", simple anécdota cogida por los pelos. Pero, indiscutiblemente, un título que "pega" y atrae, aunque el contenido del libro se desmarque rápidamente hacia algo distinto: se trata en suma de analizar 25 títulos famosos de la historia del cine bajo un punto de vista filosófico, reflexionando sobre lo que cada película puede aportar a las indagaciones y cuestiones filosóficas más básicas.
Y así entra en El coleccionista
de William Wyler para para hablarnos de amor y la imposibilidad de imponer los sentimientos. Hannah y sus hermanas, de Woody Allen permite a Rivera hilvanar páginas interesantes sobre el intelectualismo como norma equívoca. Nos hace recordar al Kane de Orson Welles para mostrarnos los límites de la voluntad de poder en las relaciones humanas. La naranja mecánica y Calle mayor cierran la “Primera Bobina”, como titula Rivera a las partes de su libro y usa esos titulos para reflexionar sobre la violencia y el uso coercitivo del condicionamiento pauloviano, la primera, y sobre el aburrimiento provinciano  y la maldad que produce la falta de ética social, con la segunda pelicula.

La magnífica Almas desnudas de Max Ophuls ilustra de una forma interesante cómo la moralidad puede llegar a adquirirse a veces por el simple aprendizaje vicario, si la persona que se imita es de gran relevancia moral. También con La Ley del silencio,  insiste en ese tema de la capacidad de regeneración moral de algunas personas. Uno de los nuestros,  la sensacional película de Scorsese es utilizada para ilustrar las influencias muchas veces perniciosas que un determinado medio social y económico y una subcultura determinada pueden tener sobre la vida de las personas, estableciendo un determinismo ético que condiciona sus vidas.
La voluntad como motor de comportamiento y su ausenia como condicionante ético ( caso del alcoholismo y las drogas) son analizadas a través de El hombre del brazo de oro y de Días sin huella  con las soberbias interpretaciones de Frank Sinatra y Ray Milland, dirigidos por Otto Preminger y Willy Wilder.Otro de los temas filosóficos por excelencia, la muerte y la forma en que gestionamos su necesidad inevitable y su omnipresencia, es analizado a través de la película Blade Runner de Ridley Scott y el Vivir de Akira Kurosava, la historia del anciano funcionario que padece una enfermedad terminal y decide aprovechar el tiempo que le queda para darle un sentido a su vida. Precisamente de ese sentido, que algunos teóricos han ilustrado con la metáfora del "arbol de la vida" --los caminos diferentes que puede seguir nuestra vida con las elecciones que hacemos en determinados momentos-- Rivera comenta Family Man, Parque Jurásico, El efecto mariposa y ¡Qué bello es vivir!.

Para la cuestión del "apetito fáustico", es decir de la ambición de algunos por sumar más vidas a la propia, Desafío total (en la versión  de Paul Verboheen), La rosa púrpura del Cairo y Las zapatillas rojas ¿Y qué películas ilustrarían mejor el problema de las ideas platónicas y la realidad, el mito de la caverna, que Matrix  y también El show de Truman?.
 Rivera llega al final de su libro con una evocación nostálgica de la mítica Casablanca, de la que nos ofrece el análisis stendhaliano del amor y el enamoramiento (temática que también podríamos buscar en Erich Fromm o Francesco Alberoni). Y preconiza ese impulso hacia el conocimiento y la sabiduría que, a la postre, es lo que podría justificar su libro  (si es que se tiene que buscar justificación para escribir un libro y venderlo después). Otra cosa es que el discurso del autor sea más interesante cuando ejerce de analista cinematográfico que cuando aplica los esquemas filosóficos de los diferentes autores  y escuelas (quizá resulta más difícil encontrar un brillante critico de cine que un pasable historiador de filosofía). En resumen, un libro más interesante para cinéfilos que para degustadores de filosofía.




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29 enero 2013 2 29 /01 /enero /2013 08:09

Hace casi justamente un año (La Comarca 31 de enero de 2012) recorrimos el sendero que une Ráfales con Fórnoles, unos 9 kms con 120 m de desnivel positivo. Ya entonces les prometí que completaríamos el sendero vecinal que llaman "del agua" por pasar por fuentes (en la actualidad casi todas secas) y que tras llegar a Fórnoles se extendía según marca la tradición hasta el vecino municipio de La Portellada. En esta ocasión vamos a realizar el sendero completo que suma en total 16 kms, con una opción (un circular de 8km ) para visitar los poco conocidos y muy bellos "Estrets" de Ráfales. Dado que en total serían unos 24 kms. sugerimos el uso de dos coches: uno lo dejaríamos en La Portellada y con el otro nos iríamos hasta Ráfales, donde podemos comenzar a caminar. De esta forma haríamos la subida (120m positivos) hasta Fórnoles y desde allí una bajada de 260m negativos hasta La Portellada. Antes de partir hacia nuestro principal objetivo sugiero un pequeño circular por los Estrets de Ráfales (que comento en un despiece de esta página).

Desde Ráfales emprendemos el "camino del agua" en dirección a Fórnoles, asi llamado por la existencia de algunas viejas fuentes, la Vella o la Estopiña por ejemplo, en la que se aprovisionaban del preciado líquido los vecinos de ambas poblaciones. El sendero, que está señalizado, se inicia en las afueras del pueblo hacia el noreste, en un recodo del nuevo vial que lleva a la  carretera nacional. Vemos una flecha y un letrero que señala el sendero que sube por un barranco, dejando a nuestra espalda el caserío de Ráfales.

Atravesamos un bosque de coníferas, enebros y sabinas, alternados con campos de olivos y almendros, entre muretes de piedra seca. Hay algunas masías abandonadas y construcciones para resguardo de ganado o aperos de labranza. La caminata transcurre por lugares silenciosos, muy pocos cultivados, la mayoría invadidos por la maleza. El algunos tramos de  camino este deja su carácter de sendero y se convierte en calzada romana o medieval seguramente, realizada con cantos rodados y piedras de varios tamaños y protegidas por muretes de piedra seca semiderruida. Uno se pregunta por los que construyeron la calzada y cómo era el paso de ganado, caballerías y personas durante siglos hasta llegar al abandono que inauguró el siglo XX. Es una lástima que lugares como este --he encontrado muchísimos en estas tierras del Bajo Aragón-- no estén cuidados y sean promocionados como lo que son: un bellísimo ventanal a la historia.

Pasaremos por un desfiladero entre grandes rocas con el piso desmenuzado por los elementos, formando escalones que en otro tiempo fue calzada también. Subimos a un coll desde donde ya vemos parte de las casas de Fórnoles. Seguimos las señales blancas y amarillas del PR y vamos bajando entre pistas y senderos limitados por muros de piedra hasta llegar a la señal de madera que señala PR-TE 159 "A Fórnoles". Aún hemos de bajar un barranco, con numerosas baumas y oquedades en roca caliza y subirlo por un sendero empedrado hasta llegar a  ver la antigua cruz de término del pueblo, con Fórnoles enfrente nuestro y su gran balsa de casi dos siglos de antiguedad en la entrada. Podemos aprovechar el agradable lugar para hacer una parada y reponer fuerzas.

Para continuar subimos por las calles del pueblo hasta la balsa que hay en las afueras en la parte más alta, junto al barranco. Una señal de madera indica PR-TE 161, La Portellada. Bajamos por el barranco de la Estopiña y comenzamos un  descenso por un sendero empedrado en bastantes más tramos que el anterior . Es perceptible que se trata de un antiguo camino vecinal que tuvo gran movimiento durante siglos y que ahora está en desuso y lamentablemente poco cuidado.

Cruzamos por bancales cultivados, con olivos y almendros, por un sendero bien señalizado, hasta llegar al llamado Pla de Sensalt desde donde lanzamos una última mirada al caserío de Fórnoles, que se eleva a nuestra espalda. Tras unos minutos de sendero llegamos a una pista que atraviesa campos de cultivo y se extiende durante un par de kilómetros hacia el noroeste con aspecto de ser muy transitada por los labriegos, bien delimitada por muretes de piedra.

Seguimos un sendero entre árboles que inicia una subida por una pista semiderruida, llena de piedras pequeñas. Entramos después en una zona con grandes rocas, baumas de alguna profundidad y tramos empedrados bastante derruidos que evidenciaa un antiguo paso de ganado y caballerías.

Un par de kilómetros antes de llegar  a La Portellada, por un sendero en subida hay que estar atento para ver una señal que indica un desvío a mano derecha  para seguir una trocha de bajada que lleva al a famosa Cueva de San Antón, que se encuentra bajo una roca que le sirve de resguardo. El lugar es de una tranquilidad magnífica y un cartel nos avisa que esta ermita excavada en la roca, es una de las cuatro caracteristicas curiosas del pueblo de La Portellada y cita las otras tres: "un molino que no muele, un batán que no batea y un puente bajo el agua". Digno del Guinness. La ermita perteneció a la Iglesia de La Fresneda hasta 1784, fecha en la que La Portellada obtuvo categoría de pueblo.

Desde la ermita el camino va bajando rapidamente hacia el caserío de La Portellada por un sendero rojizo entre piedras calizas. El sendero cruza un par de granjas, el famoso batan, y sube hasta la carretera general, a un centenar de metros del pueblo, donde recogeremos el coche para ir a buscar el vehículo que dejamos en Ráfales. Vuelta al origen aunque más comodamente.

 

NO SE PIERDA

Los Estrets de Arnes, donde es fama que en una de sus cuevas se escondía el bandolero Floro, allá por finales del siglo XIX, son unas formaciones angostas, desfiladeros entre altos muros de granito y piedra caliza. Hay un camino circular de unos 8 km en total que se inicia en la parte alta del pueblo de Ráfales, junto a la calle Rafael Anglés y por un sendero empedrado lleva a una pista forestal que cruza el desfiladero, se adentra en un bosque de chopos, pasa por el Mas del Rallo y por una serie de campos de cultivo y acequias para dar la vuelta por una zona de pinos y carrascas y vuelve a la pista de entrada y al pueblo. El recorrido es de una soeldad, silencio y belleza deslumbrantes. Para terminar, tanto Ráfales como Fórnoles o La Portellada son pueblos que bien merecen una visita tranquila, créanme.

 

LIBROS Y MAPAS

Para los lectores de la zona, lo mejor es ir a la Librería Serret de Valderrobres y conseguir el mapa MTN50, numero 495 de 1:50.000, los libros de Rutas de Aragon y Red natural de Aragon, editados por Prames y dedicados al Matarraña. Jesus Avila Granados con su libro "Matarraña insólito" de Viena ediciones, añadirá encanto a la excursión. Es un material facilmente hallable en cualquier librería con una buena sección de senderismo.

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28 enero 2013 1 28 /01 /enero /2013 10:53

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 Desde "Kill Bill" a "Malditos bastardos", "Reservoir dogs", "Pulp Fiction" o "Abierto hasta el amanecer", Quentin Tarantino, ha mostrado, con todas sus geniales variaciones, diferentes aspectos del western, el género más amado por este director que no deja de reflejar en su cine su apasionado casi fanático amor por la historia del Séptimo Arte. En "Django desencadenado", Tarantino no disfraza el género y por primera vez nos muestra el western que relucía de vez en cuando en sus películas anteriores, así en La Novia de "Kill Bill" --Uma Thurman--luchando con katana contra multitud de adversarios-as; en el grupo de asesinos aliados, liderados por Brad Pitt, volviendo locos a los nazis de "Malditos bastardos"; en los gángsteres --magnifico Harvey Keitel-- con nombres de color de "Rservoir Dogs"; en el proceder de Bruce Willys como boxeador fullero de "Pulp fiction" o en el cazavampiros Georges Clooney de "Abierto hasta el amanecer". Ahora nos presenta a Jamie Fox y al sorprendente Christoph Waltz (¿quien podrá olvidar al coronel nazi en "Malditos bastardos", en plan Sherlock Holmes buscando y asesinando judíos?) como la pareja protagonista de "Django desencadenado" basada lejanamente en el "spaguetti western" "Django" de los años sesenta (el homenaje incluye la aparición breve de Franco Nero, que fue protagonista de aquella olvidable película italo-norteamericana) .

Reciclaje de lo mejor--a juicio de Tarantino, naturalmente-- del cine del pasado, ese es el cometido predilecto de este director que recoge en su película no sólo la herencia de las películas de Sergio Leone o Corbucci (que no eran buenas y ahora solo son nostálgicas), por ejemplo, sino las de John Ford y sobre todo Sam Peckimpah, en secuencias que son como un guiño de homenaje a los grandes directores del pasado pero integrados dentro de una forma de hacer cine que es propiamente exclusiva de Tarantino : una mezcla de violencia, humor negro, ironía, retórica culta en los diálogos, erotismo desenfadado y critica solapada a lo convencional y al tópico. Pura personalidad inimitable de un director que ha mamado cine desde bebé en lugar de leche materna.

El guión puede sintetizarse en unas líneas: A un par de años de la guerra civil norteamericana, un esclavo (Fox) es liberado por un cazarrecompensas alemán (Waltz) y contratado como ayudante para matar a tres prófugos, Después decidirán rescatar a la esposa de Django (deliciosa Kerry Washington) de las manos de un brutal terrateniente Calvin (Leonardo Di Caprio) que la tiene como esclava en su plantación de algodón.

Durante casi tres horas de entretenida visión, la película que mantiene un ritmo endiablado y una tensión permanente, con ráfagas de irónico humor (desternillante la labia casi filosófica de un Waltz inspiradísimo) y unos apocalipsis de violencia extrema que tienen un final apoteósico, cuya desmesura catártica logra la hazaña de no alterar lo mas mínimo al espectador que acaba viéndola como una especie de sanguinario "ballet" donde nada es real, ni siquiera lo parece, pero divierte y atrapa.

La metáfora operística del rescate de la esclava (Brunilda) por un Django convertido en Sigfrido (el culto Waltz lo explica a un esceptico pero admirado Fox) es uno de los multiples niveles de lectura que evoca el filme de Tarantino. Lástima que parece que este director está a punto de colgar la batuta. Ya sé que tiene sus detractores, pero a mí me parece un artesano inigualable y me encanta su alegría, su retórica y su humor salvaje que no deja títere con cabeza.

Destaquemos la  actuación de un casi irreconocible Samuel L. Jackson, uno de los actores fetiche de Tarantino (ha intervenido en cinco películas de este director, que apenas tiene una docena de filmes en su haber) haciendo el papel del anciano esclavo negro del racista y cruel Calvin (también excelente Di Caprio, un poco sobreactuado). No se la pierdan. Y si son aficionados al western, aún más.

 

 

 

 

 

 

 

 

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27 enero 2013 7 27 /01 /enero /2013 10:06

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Lo siento en el alma, Woody Allen ha sido uno de mis directores preferidos, pero últimamente no acaba de levantar cabeza. Parece que el anciano realizador judío, vulnerable, adicto al psicoanálisis, neurótico y ladino mago del diálogo irónico y usuario de un humor inteligente y vitriólico que siempre deja encantado al espectador, no acaba de encontrar su pulso habitual, enfangado en películas que parecen de encargo y de carácter "alimenticio". Como dice uno de los personajes al arquitecto-augur encarnado por el pocas veces no satisfactorio Alec Baldwin, "está claro que te has vendido".

Como en "Vicki Cristina Barcelona", en menor medida que "Midnigth in Paris", el recurso postalístico dedicado a una ciudad determinada (donde Allen ha sido agasajado y que, seguramente, correrá con parte de los gastos de producción de la película) hace agua en esta dedicada a Roma con el tópico a toda marcha (empezando por el inicio  y el final con el "Volare" como tema musical y el cicerone a la manera felliniana haciendo de maestro de ceremonias) y un guion coral irregular que no complace de ninguna manera.

Woody vuelve a pinchar con esta Roma suya que trata de emular a Fellini y se queda en un pastiche de turista poco exigente, conforme con apuntar escenarios y personajes de lo más tópico (el de Roberto Benigni es de verguenza ajena, lo lamento por un intérprete como ese, cuya comicidad queda desvirtuada por un guión de sonrojo). Incluso el papel que se reserva Allen es de un esquematismo lamentable, apenas si Woody sabe representarse a sí mismo.

Infidelidades sin profundidad, personajes planos que transitan entre aspavientos por la película, enredos de alcoba a la italiana que han perdido el toque "Lubitsch" y la frescura que alguna vez tuvo Allen (ver "Manhattan", "Annie Hall" o "Maridos y mujeres"), desencanto y tristeza crepuscular (visibles en Baldwim, trasunto filosófico de Allen), integran una película olvidable  y que hace desear que el otrora genial director cuelgue la batura si no es capaz de hacer algo mejor.

Los guiños contenidos en "Annie Hall" o en "Recuerdos" a los filmes de Fellini no deberían haberse "relacionado" con esta "Roma" que parece una burla involuntaria de anécdotas de la felliniana "El jeque blanco" (la pareja de recién casados que llega a Roma y la fama absurda e instantánea de la viuda que ignora que lo es, aquí evocada por la farsa que protagoniza Benigni). Y si a eso unimos la guasa surrealista del cantante de opera que solo funciona cuando está bajo la ducha, el resultado es un conjunto lamentable. Ojalá alguien le diga a Woody que se siente, pare y reflexione. Destacar a Baldwin y a Ellen Page como unicos actores con cierto tono "Allen", un aprobado raspado a los demás, incluida nuestra Penélope Cruz, totalmente desperdiciada en su papel de prostituta.

 

 

 

 

 

Ambas líneas argumentales expresan también el problema del conjunto, este es, su tendencia al desequilibrio. En el primer caso, la deriva del guiño felliniano hacia un atropellado y poco convincente enredo de alcoba. En el segundo, la inclinación a alargar el chiste hasta agotarlo, algo que también sucede con la broma de ese Caruso que sólo es capaz de cantar en la ducha. “A Roma con amor” no presume ni reniega de su levedad general —tampoco renuncia a ciertos clichés de la italianidad—, pero está siempre marcada por una irregularidad que trata mejor a unos personajes que a otros, que pone más mimo en unas historias antes que en otras, sin posibilidad de que entre la descompensación brote la genialidad. Y eso que la película, ciertamente, tiene un corazón por el que no acaba de decidirse: el enamoramiento supervisado —por un fantasmal, fabuloso Alec Baldwin— del arquitecto interpretado por Jesse Eisenberg hacia la amiga de su novia, una Ellen Page que destruye arquetipos como tentación para resultar, entre la fascinación y la impostura, extrañamente seductora.

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26 enero 2013 6 26 /01 /enero /2013 08:21

belyy-tigr.jpegBasada en una novela de Ilya Boyashov, la rusa Karen Shakhnazarov dirige una película bélica dotada de un extraña fascinación. Mientras la Segunda Guerra Mundial llega a su fin, las tropas soviéticas avanzan por territorio alemán liquidando bolsas de resistencia. Cerca del Vístula, ya acercándose a Berlín, los tanques rusos se enfrentan a los nazis, pero en uno de los frentes aparece un extraño tanque, un Panzer dotado de enorme movilidad, bastante silencioso y con una potencia de tiro enorme. Es de color blanco y siembra la destrucción y el temor a su paso, infligiendo fuertes pérdidas a los rusos. Un sobreviviente de un tanque ruso, el sargento Ivan Naydenov, logra superar, milagrosamente, unas quemaduras en todo el cuerpo y emerge del coma dotado de una misteriosa capacidad para "escuchar" a los tanques, una escucha activa ya que "oye" cuando el tanque enemigo va a ser disparado. Todo el mundo piensa que el sargento ha enloquecido pero al ser reenviado al frente comprueban que logra escapar indemne a todos los ataques. El sargento está obsesionado con el "Tigre blanco" el nombre que le han dado al misterioso tanque nazi.

Comienza una larga búsqueda. Los mandos rusos no están seguro de que el Tigre Blanco exista en realidad pero un coronel del contraespionaje militar sovietico llega a verlo y encargan la construcción de un modelo T-34 ruso más potente y blindado para que busque y destruya al Tigre Blanco.

La historia, muy  realista pero con componentes "místicos" parece una metáfora urdida para demostrar la lucha del individuo, el sargento, contra la fuerza del mal, reflejada en el misterioso tanque nazi, tan blanco quizá como Moby Dick. Y así vemos al ballenero "Pequod" transformado en un tanque ruso con tres tripulantes, el capitán Acab como un sargento ruso enloquecido y místico y el Panzer nazi como la ballena blanca.

Para terminar de redondear la metáfora y el simbolismo de la lucha soviética contra el mal absoluto del nazismo, la directora añade un epílogo innecesario y diáfano con el mismo Hitler perorando sobre su locura y asegurando que lo que los nazis hicieron es lo que toda Europa hubiera querido hacer con judíos y rusos si se hubieran atrevido a ello. Lástima de moraleja que estropea el atractivo de una película interesante.

Por cierto las imágenes de las batallas suelen estar aderezadas con musica de ...Wagner, naturalmente. Gerasim Arkhipov compone un tanquista místico muy verosímil y contenido y Aleksandr Bakhov es un oficial de inteligencia militar (¿quién dijo que estos eran dos términos irreconciliables?) muy ajustado, dentro de la contradicción y la paradoja que supone para un hombre sensato e inteligente enfrentarse a lo desconocido, al "otro lado" de la racionalidad.

 

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24 enero 2013 4 24 /01 /enero /2013 10:55

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No se trata de un libro erudito (cosa fácil de intuir sólo por el título) pero sí de un divertido estudio literario dedicado a los que buscan en autores y libros lo que se cuece detrás del escenario, las pequeñas anécdotas que humanizan a los grandes autores y los detalles que dan un sabor especial a determinados títulos. Libro indicado pues para los amantes de la lectura y bastante útil para profesores y estudiantes de literatura.

Uno de los grandes aciertos de este libro es la portada, una composición fotográfica en tonos oscuros en la que vemos a un apacible lector, con un fondo de biblioteca y encendida chimenea, que lee atentamente "El Quijote". El caso es que el fascinado lector tiene el rostro increíble de Boris Karloff, en su más célebre papel, el del monstruo creado por Mary Shelley que toma el nombre del científico que le dió azarosa vida, Frankenstein.

Opinaba Serret, el librero, cuando me entregaba este volumen tan llamativo que recomendaría su lectura a los "lletraferits" asiduos a su establecimiento. Y no es mala medida. Santiago Posteguillo, el autor, profesor universitario de lengua y literatura inglesa, es un reputado escritor de novela histórica y aquí se ha permitido un descanso y un cambio de tercio, de una forma amena e instructiva. Se trata de un compendio de 24 artículos de variable extensión en los que analiza elementos curiosos, detalles sorprendentes, anécdotas divertidas, relativas a la narrativa en sí, a un autor determinado o a una obra conocida. Como reza el subtítulo del volumen: "La vida secreta de los lbros (porque los libros tienen otras vidas)". Y, por si quedaban dudas, el autor dedica su libro "A las primeras lecturas de Elsa", una clara declaración de objetivos.

El artículo que da nombre al volumen, nos cuenta la historia archiconocida del lugar y las circunstancias en los que se gestó "Frankestein", quiénes acompañaban a Mary Shelley, la autora, y la apuesta en un entorno de genios literarios en la que se decidió que cada uno de los asistentes escribiría un relato de "miedo". El acierto de Posteguillo es incluir el detalle de "El Quijote", evocado por los estudios de castellano que la famosa esposa del gran poeta, estaba realizando.

La lectura de este libro nos invita a un viaje muy entretenido, durante el que sabremos quién fue el inventor del orden alfabético (al que reverenciamos los que tenemos nutridas bibliotecas, entre otros), recorrer las calles de Dublin de la mano de autores tan preclaros como Jonathan Swift ("Gulliver"), Joyce ("Ulises"), Bernard Shaw ("My fair lady"), Bram Stoker ("Dracula") o acompañar a un caballero embozado por una calle española de 1553 que lleva un manuscrito a un impresor, una pieza que se titula "El lazarillo de Tormes", una novela que sería condenada por el Santo Oficio y perseguida por la Inquisición.

Además visitaremos el Londres de Shakespeare con el fin de participar en ese dilema misterioso que aún quiebra la cabeza de muchos, ¿quién escribió realmente las obras de Shakespeare? (suponiendo que no haya sido él mismo). Después, una cárcel de Sevilla donde un funcionario de tributos acusado de malversación, Miguel de  Cervantes, se supone que comienza a escribir "En algún lugar de la Mancha...". Por cierto amigo Posteguillo, quizá debería eliminar lo del "muñón" del brazo izquierdo de Cervantes (pág.52). Don Miguel nunca perdió la mano en Lepanto. Perdió su uso por las heridas recibidas, pero no le fue amputada.

Para los lectores muy avezados este libro no aporta nada nuevo, aunque sí reconocer la habilidad periodística de Posteguillo que ha recogido anécdotas conocidas por muchos y les ha dado nueva vida, destacándolas en su contexto. Así, la existencia de un"negro" que escribía  o ayudaba a escribir algunas de las obras de Alejandro Dumas, los detalles en torno al discurso en verso de Jose Zorrilla en su entrada a la Academia de la Lengua en 1885, los esfuerzos de Jane Austen por publicar "Orgullo y prejuicio", los problemas de Dostoievsky con el juego, la infancia de Rosalía de Castro, bebé abandonado en 1836 a las puertas del Hospital de los Reyes Católicos (hoy Parador nacional). Alguno de los temas está cogido con imperdibles, el detalle es nimio y casi no justifica su inclusión, pero el autor le sabe dar la vuelta a todo y nos nutre con información complementaria (como el relativo a Dickens "y la piratería informática" o el de "Esquina de Perez Galdos con Angel Guimerá"). A veces, no añade nada al detalle ya conocido (como el relativo a Sherlock Holmes). Otros responden a anunciados ambiciosos que luego se quedan en poco, como el de "la Geatapo y la literatura" o el "Eisenhower y la rebelión de un hobbit". Hay una cierta irregularidad de interés y calidad en los diversos artículos, aunque en todos destaca la habilidad en titular.

Y así en "El último vuelo" volvemos a vivir el final de Saint Exúpery, el autor de "El principito" entre otras obras,  los avatares del manuscrito de "Archipiélago Gulag" de Solzhenitsyn, la novela póstuma de Julio Verne, la relación del autor con Anne Perry y su duro pasado, la razón por la que el editor de  J.K. Rowling aceptó el original de "Harry Potter" ... Un recorrido que acaba en unas páginas dedicadas a "Para saber un poco más" en las que Posteguillo desvela el anaquel de libros donde encontró los temas y anécdotas con las que nos deleitó. En fin, un libro para amantes de los libros y para pasar una tarde de invierno, junto a la chimenea, leyendo.

 

 

FICHA: "La noche en que Frankenstein leyó El Quijote".- Santiago Posteguillo.- Editorial Planeta.-230 págs. 16 e.

 

 

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23 enero 2013 3 23 /01 /enero /2013 15:50

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Del amor y de la muerte. Dos temas, a veces entrelazados y si no que se lo pregunten a Freud. En "Amor", del austriaco Michael Haneke, Palma de oro de 2012 en Cannes, esos dos elementos tan humanos, demasiado humanos, están presentes en todo un metraje que nos relata una historia brutal y sórdida, la de dos octogenarios, marido y mujer, pertenecientes a la alta burguesía cultural francesa, ella profesora de piano, a los que una enfermedad imprevista y demoledora destroza el epílogo de una vida cultivada y razonablemente feliz. El autor de "La pianista" --otro desasosegante relato de sexo y degradación, contrapunteado también por la música-- y de "La cinta blanca" (que obtuvo otra Palma de Oro en 2009), nos habla de los límites y efectos de la decadencia de la edad en las personas, de los efectos de la enfermedad en los sentimientos, de la soledad de los ancianos, de la inicua y dolorosa falta de empatía de los hijos (la hija, interpretada por Isabelle Hupert, es un prodigio de frialdad y egoísmo) de la lucha cotidiana del anciano por ayudar y acompañar a su esposa, cada vez más reducida a un triste ser incapacitado y dolorido.

El mayor acierto de Haneke consiste en haber confiado los difíciles papeles de esos dos ancianos llenos de complicidad, respeto y amor, a Jean Louis Trintignant (82 años)¿lo recuerdan en "La escapada" de Dino Rossi, en los años 60, o en "Z" de Costa Gavras? y a la gran Emmanuelle Riva, con 86 años, en un  papel admirable por su crudeza y su dramatismo (Si han visto en la tele o en cinematecas aquella película extraordinaria "Hiroshima mon amour", la reconocerán cincuenta años más joven).

La película está rodada con estilo clásico, sin innovaciones, atenta a los gestos, miradas y diálogo de dos ancianos inteligentes y cultos que comparten el final de su vida, hasta que un accidente vascular cerebral aparece y ataca sin misericordia a la mujer. A partir de ese punto comienza un via crucis en el que el marido, Georges, va intentando superar las dificultades cotidianas que le provoca el cuidado de una enferma cada vez más discapacitada sin apenas ayuda, con una hija intrusiva más atenta a sus problemas personales que a los de sus padres y la ayuda pagada de cuidadoras que nos siempre están a la altura humana que se les exige para ese trabajo.

La importancia de esta película, que trata de evitar el tono de denuncia o el de documental de tema médico, se comprueba en el propio ánimo del espectador que se ve, pese a la dureza de muchas secuencias, atrapado hipnóticamente por el desarrollo de la historia, cuyo final es tan previsible como lamentable. Y que, prueba de oro, seguramente tardará en olvidar, si lo llega a olvidar alguna vez.

Las confidencias entre los dos ancianos en la primera parte de la película resulta sumamente conmovedora sin llegar a desbordarse en sentimentalismo. Todo ese mensaje de amor está contenido en la mirada afectuosa y amable de Trintignant o en el desamparo desolado de la Riva. El pulso de la vida de esas dos personas en sus últimos latidos llena de angustia y asombro al espectador, que asiste conmovido y turbado, a un recital de humanidad, de dolor y de amor profundo sometido a una prueba de entereza inhumana...y triunfante a pesar de la implacable crueldad del final.

Una cámara lenta, minuciosa en los detalles, acompañada de una banda sonora sensible, emotiva y profunda, excelente edición y dirección artísticas, y un movimiento calmo y magistral en las secuencias, fiado todo ello de la maestría mágica de los tres grandes actores en estado de gracia, de sus miradas y sus silencios, de sus diálogos a media voz.

Haneke nos obliga a abrir los ojos ante una puesta en escena sórdida, densa, pero al mismo tiempo clara, sencilla. Todo se desarrolla practicamente en el piso burgués que la pareja posee en París. No hay ninguna concesión, ninguna comodidad en las desoladas secuencias que se nos ofrecen. Pero sí hay una llamada intensa a los sentimientos y a las emociones más íntimas. Se podría pensar que el título, "Amor" es sarcástico, irónico. No es así. Hay amor profundo en la mirada de Trintignant, hay cariño incondicional en las manos de Emmanuelle acariciando las de su esposo, tras un episodio desagradble provocado por la enfermedad.

En toda la película no se menciona la palabra "Amor". No se trata de contarnos una historia de dulce y tópico amor otoñal. Sino las manifestaciones de un  amor profundo que no se parecen en nada a las tópicos. Que entraña la entrega sin condiciones y sin reserva de una persona a otra, en lo bueno y sobre todo en los malos y duros momentos de la enfermedad y la muerte. Hay, para terminar, una enorme dignidad en ese anciano que sueña o alucina con la imagen de su esposa, sana y activa, que le invita a partir. Y una entereza envidiable en los ultimos momentos de lucidez de ella compartiendo la descripción que su marido hace del entierro de uno de sus mejores amigos: nuestro tiempo ha pasado, parece sugerir la película. "Quizá no vale la pena vivir en un mundo tan diferente". El deterioro fisico, psicológico, biológico y emocional de la mujer amada, se refleja en una secuencia capital que no les contaré pero que reconocerán si van, como les recomiendo, a ver esta película incómoda que nos habla de que hay cierta esperanza para un género, el humano, capaz de reflejar sentimientos de delicadeza, respeto y amor en época de zozobras y de ruina.

 

 

 

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22 enero 2013 2 22 /01 /enero /2013 10:19
la-noche-mas-oscura.jpg
 
  Magnífico "thriller" político con  quince minutos finales modélicos en películas de acción militar. La oscarizada Kathrin Bigelow (el año pasado, con la sorprendente "En tierra hostil", otra incursión en el "lado oscuro" de los servicios militares especiales) que parece una John Wayne de la dirección -- igual de patriótica pero más inteligente que el legendario "Duque", prototipo del militar norteamericano de todas las épocas--, nos atrapa con la historia de la búsqueda, asalto y  muerte, de la figura odiada de Osama Bin Laden por los servicios de inteligencia norteamericanos, con la CIA a la cabeza.
Técnicamente irreprochable, con una tensión bien administrada y una narración fría pero llena de  detalles sutiles, la película nos muestra durante más de dos horas y media (algo excesivo el metraje) un cine magnífico que envuelve un mensaje ambiguo y manipulado. Nos dan todo tipo de detalles sobre los esfuerzos de la CIA por encontrar a Bin Laden, pasando (¿justificando?) por los tristemente famosos campos de interrogatorios. cárceles secretas donde se torturaba a presos isalmistas con inmunidad casi total, resaltando los esfuerzos de la pelirroja agente de la CIA (muy lograda la composición del personaje que nos ofrece Jessica Chastain) tratando de convencer a sus  superiores masculinos de que sigue una pista acertada, paracoronar la cinta con los citados quince minutos de despliegue del comando especial (la llamada operación "Lanza de Neptuno").
No nos engañemos, la realidad fue seguramente peor de lo que nos cuentan, pero lo que nos cuentan lo hacen tan bien que incluso no nos molesta que no se hiciera mención al final de la extraña y nunca bien explicada desaparición del cadáver de Bin Laden.
Y así las secuencias de tortura dejan sitio a los movimientos en el seno de la CIA, para culminar en el asalto y asesinato del lider de Al Qaeda en un villorrio de Pakistán. Ambos extremos, la tortura y el crimen de estado, un asesinato de varias personas, entre ellas Bin Laden, se nos presentan como elementos necesarios y disculpables de un momento determinado de nuestra historia reciente. Nada de análisis éticos o de una cierta sensibilidad política hacia el principio aquél tan democrático y olvidado de que el fin no justifica los medios. Presentarnos en un argumento paralelo que el error monstruoso (pero útiol) del asunto de las "armas de destrucción masiva" que segun la CIA estaban en poder de Saddam Hussein, al tampoco demostrado asesinato de Bin Laden, nos muestra hasta qué extremos llega el cinismo o la ingenuidad tenebrosa de Washington. Y, por otro lado, justifica que llamemos a la Bigelow, el nuevo  John Wayne de la dirección.
Realmente hábil es el inicio de la película, un fundido en negro en el que se recogen testimonios de sonido de las gentes que murieron en el atentado de las Torres Gemelas en 2001, para pasar de inmediato a una brutal secuencia de tortura a uno de los detenidos "sin nombrte" en las cárceles secretas militares destinadas a interrogatorios de islamistas y presuntos miembros de Al Qaeda. ¿Es un forma de decirnos que lo que vamos a ver está justificado por lo que acabamos de oir?
Pero si prescindimos (¿es eso posible?) de cuestiones éticas y nos quedamos con la película como producto destinado al entretenimiento sin más, pues enohorabuena a la Bigelow, y ojo a los Oscar. Sería irónico que la cargaran de estatuillas... y significativo.
 
   

 

   

 

 

 

 

 

 

 

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20 enero 2013 7 20 /01 /enero /2013 00:00

kontiki

 

Llevar al cine la vida de Thor Heyerdhal, el célebre aventurero, antropólogo y biólogo que se empeñó en demostrar que hubo habitantes de Sudamérica que colonizaron la Polinesia  en un pasado ancestral (en lugar de ser colonizada por asiáticos, que es la tesis que sostiene la mayoría de los antropólogos) cruzando el Pacífico del este a oeste más de siete mil kms en balsas fabricadas con árboles y unidos los troncos con cuerdas, sin más elemento moderno que unos aparatos de radio para comunicarse, puede resultar una película farragosa o fascinante. En este caso se ha apostado por una narrativa lo mas objetiva posible, sin entrar demasiado en detalles que no tengan que ver directamente con la expedición.

Comienza con unos retazos de la infancia de Thor en la que descubrimos que el célebre navegante tenía fobia al agua y no sabía nadar. Y también la enorme paciencia, arrojo, obstinación y audacia que caracterizaron al aventurero noruego. La película está muy bien filmada y ha sido interpretada por el actor noruego Pal Sverre Valheim Hagen, que ostenta un  enorme parecido con Heyerdhal. Dirigida por Joachim Ronning y Espen Sandberg, la pelicula tiene dos partes bien diferenciadas: los antecedentes del viaje, la busca de financiación, la relación familiar de Thor y la seleccion de los hombres que habrían de compartir la aventura, desde la fabricación artesanal de la balsa. La segunda y más atractiva narra la navegación por el océano, dese un puerto peruano, hasta embarrancar en los arrecifes de una isla polinesia, el 7 de agosto de 1947, tras un viaje de 101 días,  lleno de dificultades  y peligros.

La balsa estaba tripulada por Heyerdhal, Knut Augland, Bengt Danielsson, Erik Hesselberg, Torstein Raaby y Herman Watzinger. Tal como dice Thor en una escena de la cinta, "Los océanos no son una barrera para el hombre primitivo sino una vía de comunicación". Navegantes sudamericanos que, según la tesis de Heyerdhal, llegaron a Polinesia y colonizaron las islas. Se realizó un documental durante el viaje que obtuvo un Oscar en 1951.

Recuerdo haber leido el libro sobre la expedición escrito por Heyerdal durante mi infancia, en un ejemplar editado por Juventud, ilustrado con fotografías en color y blanco y negro de la expedición y haber soñado con  emular algun día al audaz y obstinado Thor. La película ofrece varias secuencias de la travesía, de una belleza increíble y logra mantener el interés y la tensión narrativa espigando en momentos significativos en el variadísjmo repertorio de sucesos inesperados y de rutina y plúmbea espera que dan de sí un centenar de días sobre una balsa en pleno océano, viviendo de lo que se pesca y evitando a los tuburones o sobreviviendo a las tormentas.  Película aconsejable a los aficionados a los deportes de riesgo y aventureros en general.

 

 

 

 

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19 enero 2013 6 19 /01 /enero /2013 08:05
el-doble-del-diablo-cartel1.jpg
 El director Lee Tamahori, neozelandés, que prometía mucho tras su comienzo con "Guerreros de antaño" y luego se mediocretizó con "La hora de la araña" o "Muere otro día", escoge ahora para su "El doble del adiablo" un tema bien amado en la literatura y el cine, el del doble, el "doppelgänger" como llama la cultura alemana a este argumento de la literatura y el cine universales. Poe, Cortázar o los hermanos Grimm o Andersen en los llamados "cuentos infantiles", nos hablan a menudo de ese intranquilizador tópico, la presencia real o fantasmal de un personaje idéntico al protagonista (recordemos a Heinkel, desternillante doble del barbero judío Chaplin en "El gran dictador" o  a "Kagemusha" del gran Kurosava).
En la película que nos ocupa,Tamahori adapta un pretendido libro de memorias de Latif Laia, que fue doble del hijo más bestia de Saddam Hussein, Uday, jefe de la guardia pretoriana que custodiaba a su padre y uno de ,los psicópatas embebidos de soberbia y poder absoluto que ha dado ese género tan lamentable que somos los seres humanos. Amoral, vicioso, asesino, violador compulsivo, Uday, sembró de crímenes la historia del Iraq de los años noventa y hasta que los intereses norteamericanos destronaron a Saddam. Uday fue tiroteado por soldados aliados y su cadáver expuesto al escarnio público.
El actor Dominic Cooper asume la dura e ingrata labor de dar vida a los dos personajes, el enloquecido e histriónico Uday y a su doble, un teniente del ejercito iraquí --con la mala suerte de parecerse fisicamente al cruel hijo del dictador--, eliminadas con cirugía plástica las pequeñas diferencias, para sustituirle en algunas circunstancias. La diferencia moral de ambos queda visible desde los primeros fotogramas y luego van condensándose en una relación anecdótica que no acaba de convencer. Uday es mostrado como lo que seguramente fue, un enfermo mental desatado, cruel, vanidoso, estúpido y sanguinario y Latif queda desdibujado y plano al otro lado del espejo, con un retrato sin matices, unicamente favorecedor y poco realista.
Esta es el mayor defecto en una película que mantiene el ritmo, arrastra por la fuerza de sus secuencias, con un buen diseño de producción y puesta en escena, pero que fracasa en los apartados de dirección de actores y guión. En ese sentido es una película fallida que se complace un poco demasiado en pintarnos los excesos y horrores de Uday  ante un Saddam Hussein (Philip Quast) acartonado, que parece haber surgido del Museo de Madame Tussauds y por contra no logra ajustar el enorme dilema moral, la tragedia personal de Latif, mudo testigo de los desmanes de su jefe, cada vez más plano y con unas reaccoones que, dado el tipo de personaje que era Uday, resultan poco verosímiles.
No obstante es tal la desmesura de la que hace gala Uday (ríanse ustedes de Calígula) que el retrato aparece como paródico y si no fuera por la tragedia brutal que evoca, parece más digno de un Sacha Baron Cohen (en "El dictador", el cómico nos dio un recital de un personaje muy semejante, el general Aladeen) que de una figura shakesperiana, clarooscuro que  la complejidad del personaje y sus relaciones familiares hubieran permitido. En realidad todo resulta tan brillante de oropel y falso de decorado  como los interiores del palacio de Uday y el desfile de prostitutas, lacayos y matones que rodean al patológico dictador sin corona de Irak, mientras su padre , Saddam, se lamenta de no haber castrado a su hijo cuando era niño y su madre le deja un lugar en su lecho y lo trata como a un bebé. No hay autenticidad en los retratos de Uday y su doble y todo queda como un carnaval sangriento, que de puro disparate termina pareciendo una parodia.

 

 

 

 

 

   
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