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11 julio 2012 3 11 /07 /julio /2012 09:03

No siempre es fácil distinguir los dos conceptos del titulo. ¿Plagio o contagio? Tras una divertida lectura de "La Librería"  de la inglesa  Penelope Fitzgerald (fallecida en el año 2000), publicada en 1978 y que fue finalista del Booker Prize, premio que conseguiría al año siguiente con la novela "A la deriva", se me planteó un pequeño dilema: ¿debería hacer público mi asombro al ver que el nudo gorgiano de la trama de "La librería" es fagocitado por la hindú-canadiense Anjali Benerjee con su novela "La librería de las nuevas oportunidades". De esta última les hablé hace unos días, expresándoles mis "peros" a la factura literaria de la novela, pero más o menos encantado con la historia debido a mi confeso amor-pasión-obsesión por los libros. Ahora, tras la lectura de "La librería", de la que hablaré en otro artículo, observo tantas coincidencias argumentales, de espacio y de fondo entre las dos que no dejo de preguntarme, ¿podríamos hablar de un caso de plagio o de un caso de contagio? Sugiero un debate público de lectores, al que están ustedes cordialmente invitados, para dilucidar si el libro publicado por Lumen debe su existencia literaria al publicado por Impedimenta. Animo, en todo caso se divertirán con las dos historias, aunque les parecerá más interseante, realista y bien escrita la de la señora Fitzgerald (incidentalmente, sólo en el caso posible de que coincidan con mi gusto y opinión) 

 

Portada de La librería 

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10 julio 2012 2 10 /07 /julio /2012 09:19

excursiones-5863.JPGLo hermoso de estas tierras es que, por poco que busques, cualquiera de los senderos actuales, debidamente señalizados, no hacen más que seguir antiguas sendas vecinales o comarcales que tienen, como poco, un par de siglos de antiguedad (cuando no hablamos de senderos romanos, medievales o de la época de los bandoleros , los carlistas o los maquis). En este caso, partiendo de la antigua villa montañera de Fredes, en el corazón del Parque de los Puertos de Beceite, vamos a hacer un circular que partiendo de ese recoleto pueblo nos lleva al portell d L'Infern, el Solá d'en Brull, el pantano de Ulldecona, los rincones bellísimos --aunque secos-- de los Mangraners, el Salto de Robert (desgraciadamente con escasa agua debido a la pertinaz sequía que  se decía antes) el angosto y duro barranco de Salt y regreso al caserío fredesiano. En total, unas cinco horas, dependiendo del tiempo destinado a reponer fuerzas y extasiarse ante el panorama.

Para llegar a Fredes tenemos una carretera de montaña asfaltada más mal que bien desde la Sénia o, los más osados y solo si tienen todoterreno pueden coger la pista forestal que desde el comienzo del Parrisal de Beceite (subiendo a mano derecha en una zona  cementada sobre el lecho de un torrente) sube trabajosamente hasta Fredes (más de una hora de conducción, con algunos tramos delicados, la pista está muy dejada de la mano de Dios y suele haber caida de grandes piedras hasta el centro de la estrecha pista) excursiones-5875.JPG

En Fredes salimos por la calle de Baix, cruzamos un barranco con bancales de sembrados y árboles frutales y vamos flanqueando un bosque de pinos y encinas, dejando a la izquierda las honduras del Barranco de Salt. Casi de inmediato encontramos un cruce señalizado que nos muestra la dirección hacia el barranco (PR-V 752) que será nuestra vía de regreso y seguimos la PR-V 751, que nos lleva al Portell de l' Infern. Ojo al antiguo pozo que tenemos a mano derecha con un abrevadero tradicional para ganado, en ese punto abandonamos la pista y comenzamos una andadura fácil y tranquila por un camino empedrado que nos habla de viejas tradiciones y caminatas vecinales. Nuevo bosque de pino albar, matorral y boj que cruzamos con un fuerte desnivel. En torno nuestro comienza a dibujarse el panorama montañoso cada vez más abrupto que nos va a acompañar durante todo el recorrido, al fondo vemos la cumbre del Negrell (a nuestra izquierda).

En el Cap de la Serra cruzamos una pista que proviene de la Colonia Europa y el camino empedrado se ensancha y baja en dirección a la Sénia haciendo eses, con grandes muretes de piedra de protección y perfectos bancales, como dibujados con tiralineas.  Vemos  al fondo a nuestra derecha los grandes farallones calcáreos que conforman el famoso Portell y justo debajo las cuidadas ruinas del Mas de Pixon, con su era, en el comienzo del barranco de la Tenalla que discurre paralelo con el de Salt, por donde haremos el regreso (a la izquierda). El camino sigue empedrado, anchísimo y va estrechándose durante la subida hacia el collado que establece la divisoria entre los dos citados barrancos (gran panorámica del barranco de Salt, con el Tossal d'en Cervera y las murallas rojizas que forman un telón de fondo natural que limita la barranquera. Los buitres y otras aves surcan los cielos. El camino comienza a subir flanqueando entre grandes paredes de granito que forman cavidades invadidas por el musgo y la humedad. Unos troncos vaciados (bassis) colocados junto a las combadas paredes verticales en las zonas más umbrías van recogiendo el agua que gotea de los húmedas roquedales.excursiones-5896.JPG

Llegamos al collado que da paso a la otra vertiente del camino, es el Portell del Infern. Las vistas son soberbias y más si uno se sube a una roca en forma de uso truncado que se levanta como un tronco de piedra sobre los dos barrancos, rodeados de montañas y grandes paredes verticales rojas, grises o blancas, con la enorme profusión de arboledas en todas las direcciones. A la izquierda vemos la Mola Aixada que tiene una particularidad, una especie de gran agujero, al que llaman el Pont Foradat. El camino va bajando hacia el Estret de la Mola y hay tramos que nos recuerdan vivamente que estamos pisando un muy transitado camino medieval que llevaba de Fredes a la Sénia. Nueva subida hasta llegar a un altozano desde donde vemos las grandes murallas rocosas a la izquierda, el trazado del camino que cruza el Racó del Sant y el espolón del Morral de la Sucagossos, hasta llegar a un punto donde vemos el tortuoso valle donde debería estar el Pantano de Ulldecona: tal es la sequía que lo que vemos son las arenosas y secas estribaciones del pantano, con las pequeñas fincas particulares rodeadas de verdor, salpicando aqui y allá el valle y muy al fondo, tras un recodo de la garganta la mancha azul de la aguas del pantano. El lugar se llama Els Mangraners y con agua podría ser una especie de rincón idílico. Ahora la sequedad del entorno y el castigo de un sol inclemente hace algo complicada la bajada hasta encontrar la pistra del Barranco de la Fou y dejamos el sendero señalizado hacia la derecha que va a la Senia. Nosotros seguimos la pista por la izquierda en un tramo de la excursión que se vuelve penoso por el calor y la falta de agua (cruzamos dos fuentes históricas, que están totalmente secas).

Vamos cruzando de vez en cuando el torrente y llegamos a un puente con defensas metalicas pintadas de amarillo. Seguimos hacia la izquierda dejando pistas y ramales a la derecha (estamos en realidad dando la amplia vuelta que nos llevará hasta el Barranco de Salt, de regreso a Fredes).

Pasamos bajo el impresionante espolón de piedra del Morral Desplegat y, rodeados de imponentes masas pedregosas y bosque, comenzamos una subida suave paralela al Racó del Presec y la Moila Aixada.

A la derecha dejamos una casa forestal, totalmente cerrada, con bancales de hierba y lugares de esparcimiento y seguimos subiendo ya en pleno Barranco de Salt. Casi de inmediato dejamos a la izquierda un sendero que va al Portell del Infern, cuyos roquedales vemos encima nuestro a lo lejos, a la izquierda (es la versión corta de la excursión que hacemos) y despues de cruzar el lecho del torrente la pista se convierte nuevamente en sendero estrecho y empinado, entre grandes murallas de piedra  a ambos lados.

El sendero se vuelve umbrío (gracias a Dios, el sol ha convertido en un horno la estrecha subida) y cada vez más empinado. A la derecha llegamos al famoso Salt de Robert, ahora convertido en un farallón lleno de manchas de vegetación húmeda, de cuya cima oscurecida por la humedad cae un hilillo de agua penoso. No da ni para ducharse.

Pinos, encinas, boj, carrascas, matorrales intrincados y el camino pedregoso que parece no tener fin y que se vuelve penoso en algunos tramos por la pendiente. No hay señales. Simplemente hay que seguir el camino principal de continua subida hasta llegar a un tramo arcilloso y bastante castigado. Después cruzaremos una pista donde hay una balsa para ganado y a la derecha ya vemos las primeras casas de Fredes y cruzamos el punto donde pasa el PR que va al Portell. Ya estamos. Seguramente en primavera o en otoño será un camino más llevadero. En pleno verano ha sido bastante duro, pero gratificante por su belleza y su espectacularidad.

 

NO SE PIERDA

 

Un paseo tranquilo por Fredes. Hay un bar restaurante en el centro del pueblo, junto a la iglesia y otro saliendo hacia la carretera del Pantano y La Senia. A la entrada del pueblo está la famosa Fuente de la Roca con un agua magnifica. Es la zona del la Tinença de Benifassá, de gran encanto y unas leyendas interesantes, punto de contacto con el Maeztrazgo y las tierrras de Morella, todas cargadas de historia. Hay carretera asfaltada que baja hacia el Pantano y la Sénia. Recomiendo un paseo complementario de menos de una hora ida y vuelta a la conocida Roca Blanca desde donde es posible contemplar una perspectiva inedita de toda la excursión que hemos hecho.

 

DOCUMENTACIÓN

 

 El libro "Itinerarios por los puertos de Beceite (a pie y en coche)" de Jordi Bustos, editado por Prames, es de los más recomendables. También "Lo Port" 52 rutes de senderismo" de Joan J.Tirón, editado por Piolet; el mapa doble de El Port de la misma editorial. Los libros "A peu pel massís del Port" y "El Port, el plaer de l'aventura" de Vicent Pellicer (editados ambos por Azimut) y el mapa "La Tinença de Benifassa, la Vall del Cervol" editados por El Tossal. Todos ellos en librerías especializadas o en la de Octavi Serret en Vallderrobres, gracias a cuyo interes y generosidad he podido documentar mis caminatas.

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9 julio 2012 1 09 /07 /julio /2012 07:48
la-delicadeza-cartel-1.jpg
"La delicadeza" es una película indefinible aunque trata de ser romántica, dramática, humorística, simpática, rompedora y ajena a los clichés de eso tan repetido que se llama el amor. Es decir, chico conoce chica, chica se muestra poco receptiva, incluso despreciativa, chica no sabe lo que quiere porque ha pasado por una tragedia personal y eso la mantiene levemente catatónica, chico se hace querer con sacrificio y buena voluntad, chica se da cuenta de que tiene un chollo de hombre al lado y todos felices, dispuestos a comerse las perdices que haga falta.
Nathalie es Audrey Tautou, ese icono del cine francés medio mágico, algo tontorrón y con pretensiones espirituales. Se casa con chico agradable y enamorado. El chico fallece de un accidente y Audrey se encierra en sí misma. El jefe de la chica le tira los tejos y está de buen ver. Ella lo rechaza y sin embargo, por un impulso inexplicable, besa a un empleado, un tipo alto, raro y no muy agraciado (François Damien, verdadero protagonista del filme y la mejor elección del casting). El empleado cae rendido a los pies de su jefa y esta muestra una irritante tendencia a tratar de olvidar el episodio. Y a partir de ahí no les cuento más, aunque pueden suponérselo. Piensen en lo más previsible y ya lo tienen.
Dirigen al alirón David y Stéphane Foenkinos, adaptando para la pantalla la novela de éxito del primero, de la que ya les hablé en su día. Por tanto era de esperar que los defectos de la novela, ya que ha sido adaptado por el propio autor, contagien los aspectos de la segunda.
En la novela tenemos un argumento sentimental, escritura desenfadada, referencias culturales y literarias a la moda joven y una evidente pretensión de iluminar al lector en la belleza de la vida y los sentimientos aunque sea por el camino de los renglones torcidos, es decir, no todo el mundo es bello, aunque si noble y esforzado.
A pesar de la sugestiva belleza de la Tautou, el personaje no acaba de conectar con el espectador, es una mujer joven indescifrable, amarga, incoherente, en flagrante contradicción con el antihéroe, el empleado, que al menos sabe lo que quiere y lucha por ello. Demasiado plano en la película, el personaje de Damiens adquiere en la novela más relevancia interior y se justifican un poco sus actitudes, a pesar de la irritación que provoca su pasividad receptiva. Y otro defecto a reseñar: es demasiado larga. Se puede decir lo mismo en menos metraje y quizá le iría bien al resultado final, eliminando secuencias que no significan nada y que, si acaso, embarullan un poco más la escasa definición de los personajes, condicionados por el empeño de los directores de ofrecer ejemplos de superación personal: vamos pelicula de autoayuda para jóvenes viudas en edad de merecer.
Como escribía hace unos meses "el autor, que trata de ser imaginativo y no muy profundo, digeriblemente trascendente, nos muestra que el príncipe encantado puede aparecer de la forma más casual y encarnar en una envoltura no demasiado atractiva, (porque aqui lo que priva es el fondo de las personas, claro) Y contra todos los pronósticos, la dolorida y hermosa princesita del cuento concibirá un amor desatado por el poco agraciado, pero simpático y bondadoso galán".
El final de mi reseña literaria sirve también (y eso es un mal síntoma para la película) para cerrar esta crítica:     .
Bueno, la suma de todo este esfuerzo, es una novela no muy larga --al contrario que la película--, no muy buena, no muy divertida, pero eso sí tan cargada de buenas intenciones y de un azar tan paternal y gratificante, que uno se queda al terminar de leerla --de ver la película-- con la sensación de haber pasado un buen rato...y poco más.
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7 julio 2012 6 07 /07 /julio /2012 07:19

ms1-maxima-seguridad-cartel-1.jpg

No hay nada nuevo en esta cinta. Desde "Jungla de cristal" a "Atmósfera cero" o a "Fortaleza infernal" o la antigua "Rescate en Nueva York" --con un Manhattan convertido en una prisión gigantesca donde reina la brutalidad--, los registros visuales y argumentales de "MS1", Máxima seguridad" son sin excepción deudores de otras películas, muchas de ellos autenticos clásicos del cine. ¿Quiero insinuar que más vale pasar de esa revisitación de viejos iconos? Pues no.

 El archiconocido argumento del cachas inocente, un antihéroe fumador y sardónico,  condenado por un crimen no cometido (y más en la persona de un viejo amigo) a una extraordinaria prisión espacial de máxima seguridad donde, mira por dónde, está de visita la bienintencionada y superpija hija del presidente de los Estados Unidos, justamente, vaya por Dios, cuando --indirectamente provocado por el guardaespaldas de la joven-- se produce un motin. Los presos son liberados de sus cápsulas donde una droga les mantiene en estado catatónico aunque al precio de destruirles lentamente el cerebro (cosa que se ha ocultado convenientemente). Así que el protagonista es enviado allí, pero de otra manera, en lugar de preso será un agente infiltrado con la misión de rescatar a la joven. Uno contra cientos o miles de facinerosos sedientos de sangre comandados por un tipo muy listo y previsible pero que tiene un salvaje hermano psicótico con un alarmante parecido con uno de los piratas del Caribe, el más chungo de todos, el del ojo de cristal que se le cae en los momentos mas inoportunos.

¿Les suena todo esto? ¿A que si? Pues bien, Guy Pearce logra caernos bien pese a su estereotipado papel de héroe duro, vacilón y un poco cretino (a pesar de intentar parecerse lo más posible a Mark Wahlberg)  y la rehén de alto copete, Maggie Grace, no lo hace del todo mal a pesar de intentar parecerse lo mas posible a Sharon Stone. Si además les digo que todo este festival de guantazos, morbo violento y efectos especiales se debe a la imaginación a medio gas de Luc Besson (todavía recuerdo con placer su "El quinto elemento"), la labor de los directores de la película James Mather y Stephen St. Leger, es bastante aceptable a pesar de todos los clichés apùntados y algunos más que ellos se sacan de la manga. Resulta divertida y está bien encadenada, hay un ritmo endiablado, justas pinceladas de humor y machismo y unos malos, principalmente Joseph Gilgun, el citado psicótico, que se pasa en gestos procaces y libidinosos y en una violencia de tebeo, pero acaba haciendo una cierta "gracia".

La banda sonora es estrepitosa y excesivamente contundente, algunas secuencias parecen sacadas del manual de cómo no hacer cine de acción, pero el indestructible galán logra dar a su personaje un extraño encanto que comienza a hacer efecto desde la secuencia inicial,  en la que es golpeado a conciencia por negarse a dejar de hacer chistes a costa de su maltratador.  Parece un Bogart pasado por un comic y con pinta de boy de gimnasio, pero con la misma cachaza y el rictus facial de un hombre cansado de estar más allá del bien y del mal. Discreta  factura técnica para una cinta que entretiene sin más y que no parece acomplejada por su estructura de serie B ( de hecho hay dos homenajes cinéfilos: el héroe se llama Marion, "como John Wayne" nos recuerda el protagonista:  y el final es una copia descarada y cordial del final de "Casablanca" con Bogart y el policia corrupto paseando por un aeropuerto entre nieblas).

Cine de acción, pues, con intriga incluida (¿qué llevará el dichoso maletín? : excelente uso del McGuffin, pretexto, al estilo Hitchckock) y sorpresa casi previsible sobre la autentica catadura de un colega simpático que durante toda la cinta parece proteger y apoyar al héroe cansado y cachas. Pelicula prescindible, sin ustedes quieren, pero que en realidad no engaña: es un divertimento, en el fondo un recordatorio bastante divertido de otras cintas que constituyeron en los lejanos 80 unos autenticos bombazos en el género.

 

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5 julio 2012 4 05 /07 /julio /2012 07:09

viaje.jpg

 

Wes Anderson es un realizador distinto, rabiosamente original, con una estructura de la narración propia y de una autonomía y libertad espectacular, habida cuenta de que filma sus películas dentro del sistema de Hollywood y usando --y abusando en el buen sentido-- de estrellas como Bill Murray, Adrian Brody, Owen Wilson, Bruce Willis o Angelica Huston, que con gran acierto están dispuestas a lo que haga falta con tal de pertenecer a la reducida nómina de intérpretes de las escasas películas de Anderson. Hace poco les comenté la magnífica "Moonrise Kingdom" y ahora les voy contar de qué va "Viaje a Darjeeling", de hace unos años y que fue de alguna manera el pistoletazo de salida --para quien esto suscribe, por supuesto-- de mi afición a Anderson (supuse, y no me faltaba razón, que un director capaz de hacer devoto suyo a un brontosaurio cinematográfico como Bill Murray, debía tirar de inteligencia larga y variada-).

La generalmente digna de fiar promoción del boca-oreja, --en la Red la cosa se hace más extensa y rápida--, ya me informó cuando el estreno de esa película en las Salas Verdi (poco sospechosas de programar bodrios) se hacían colas de gentes jaraneras con ganas de reir con un humor irónico, algo salvaje y lleno de guiños inteligentes. Fui a verla y quedé encantado. Después comencé a perseguir en los videoclubs las escasas copias de sus otras películas. Ahora le ha tocado el turno a "Viaje a Darjeeling", que ayer visioné y volvió a divertirme y a dejarme la agradable impresión de que Anderson es de esos directores que no toman por estúpidos a sus espectadores. Respeto, señores, eso es lo que hay. Lástima que no sea contagioso. Seguiremos otro día con "Life aquatics" y "Los Tenenbaums".La  generalmente de fiar política del boca-oreja, en la Red la cosa se hace más extensa y rápida, ya me informó cuando el estreno de esa película en las Salas Verdi (poco sospechosas de programar bodrios) se hacían colas de gentes jaraneras con ganas de reir con un humor irónico, algo salvaje y lleno de guiños inteligentes. Fui a verla y quedé encantado. Después comencé a perseguir en los videoclubs las escasas copias de sus otras películas. Ahora le ha tocado el turno a "Viaje a Darjeeling", que ayer visioné y volvió a divertirme y a dejarme la agradable impresión de que Anderson es de esos directores que no toman por estúpidos a sus espectadores. Respeto, señores, eso es lo que hay. Lástima que no sea contagioso. Seguiremos otro día con "Life aquatics" y "Los Tenenbaums".

Tres hermanos, interpretados modélicamente por Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman (ninguno de ellos se extralimita en sus actuaciones humoristicas a pesar de la tentación para sobreactuar que emana de sus personajes) viajan a la India, estableciendo un paréntesis en sus vidas (no muy modélicas ni equilibradas, en realidad) con la intención --oculta en principio por el manipulador de la familia, el hermano interpretado por un desternillante Owen Wilson que se pasa tres cuartos de película envuelto en vendas-- de visitar a la madre de ellos que les abandonó cuando eran adolescentes a fin de hacer una vida de entrega religiosa en la India. Es un viaje de reencuentro de los tres hermanos, bastante alejados entre sí por las circunstancias de la vida y el desinterés mutuo.

La película comienza con un prólogo bastante gamberro, un cortometraje que no añade nada a la película,  en el que Anderson nos cuenta una anécdota amorosa en la vida del hermano menor, Jason, en un hotel parisino, mostrándonos el tipo de relacion que mantiene con su novia, una Nathalie Portman jovencísima (ojo, al interesante desnudo, primero de la actriz en su carrera). Pero no es la única propuesta surrealista: nada mas empezar la pelicula, tras el desconcertante prólogo, vemos a Bill Murray en un enloquecido taxi por las calles de una ciudad de la India. Llega a la estación y debe correr detrás del tren que ya se le escapa. Un joven le adelanta a la carrera y logra coger el tren saltando a la plataforma posterior de uno de aquellos vetustos trenes de vagones de madera. Es Adrian Brody. Ahí abandonamos al frustrado Murray, que no volverá a salir más que una escena estática y muda al final.

La narración sigue los parámetros de aparente sencillez y complejidad de fondo, habituales a Anderson. Sus personajes, incluso el distante y enamoradizo Jason, pero sobre todo Adrian y Owen están dibujados con tanto encanto y simpatía que a poco de empezar ya logran que nos sintamos bien con ellos y contemplemos con empatía los avatares que surgen durante el largo viaje en tren, su expulsión por un enojado y celoso inspector del tren, un sikh, cuya novia se lía con Jason, la dramática secuencia del niño ahogado, la maravillosa interelación de los hermanos con los habitantes de la aldea y, al fin, el reencuentro con una soberbia Angélica Huston, papel de madre compleja entre la afectividad, la autoafirmación y el rechazo de su papel tópico de madre, con un desenlace sin concesiones.

A destacar el soberbio plano-secuencia del final en donde se nos muestran a todos los personajes de la película --incluído un estólido Murray que no pronuncia una sola frase en sus dos apariciones en pantalla-- como si viajaran en los departamentos de un mismo metafórico tren aunque respetando el medio ambiente de cada uno de ellos, y así uno viaja en avión o la esposa embarazada de Brody descansa en su cama (es la primera y unica vez que sale), el inspector sikh del tren acaricia a la serpiente comprada por Brody en un mercado y cuya aparición en el tren es uno de los motivos de la expulsión y la azafata fuma su cigarrillo a escondidas quizá pensando en Jason.

Tres hermanos, interpretados modélicamente por Owen Wilson, Adrien Brody y Jason Schwartzman (ninguno de ellos se extralimita en sus actuaciones humoristicas a pesar de la tentación para sobreactuar que emana de sus personajes) viajan a la India, estableciendo un paréntesis en sus vidas (no muy modélicas ni equilibradas, en realidad) con la intención --oculta en principio por el manipulador de la familia, el hermano interpretado por un desternillante Owen Wilson que se pasa tres cuartos de película envuelto en vendas-- de visitar a la madre de ellos que les abandonó cuando eran adolescentes a fin de hacer una vida de entrega religiosa en la India. Es un viaje de reencuentro de los tres hermanos, bastante alejados entre sí por las circunstancias de la vida y el desinterés mutuo.

La película comienza con un prólogo bastante gamberro en el que Anderson nos cuenta una anécdota en la vida del hermano menor, Jaon, en un hotel parisino, mostrándonos el tiopo de relacion que mantiene con su novia, una Nathalie Portman jovencísima  (ojo, al interesante desnudo). Pero no es la única propuesta surrealista: nada mas empezar la peliucl tras el desconcertante prólogo, vemos a Bill Murray en un enloquecido taxi por las calles de una ciudad de la India. Llega a la estación y debe correr detrás del tren que ya se le escapa. Un joven le adlanta a la carrera y logra cogerlo, es Adrian Brody. Ahí abandonamos al frustrado Murray, que no volverá a salir más que una escena estática y muda al final.

La narración sigue losm parámetreos de paarente sencillez y complejidade de fondo, habituales a Anderson. Sus personajes, incluso el distante y enamoradizo Jason, pero sobre tdoo Adrian y Owen están dibujados con tanto encanto y simpatía que a poco de empezar ya logran que nos sintamos bien con ellos y contemplemos con empatía los avatares que durgen durante el largo viaje en tren, su explusiónj por un enojado y celoso inspector del tren, un sikh, cuya novia se lía con Jason, la dramática secunecia del niño ahogado, la maravillosa interelacion con los habitantes de la aldea y, al fin, el reencuentro con una soberbia Angélica Huston, papel de madre compleja entre la afectividad, la autoafirmación y el rechazo de su papel tópico de madre, con un desenlace sin concesiones.

Película atractiva, con numerosos flash backs bien insertos en la generalmente lentas secuencias, la cosa tiene encanto, entretiene, a veces irrita un poco, pero hace esperar con cierta impaciencia cuál va a ser la próxima apuesta de este director mimado.

 

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3 julio 2012 2 03 /07 /julio /2012 23:00

de papel

Me encantan los libros que tratan sobre libros, librerias, escritores, libreros, bibliotecas, bibliófilos y bibliómanos, sobre gente en general a la que le gustan particularmente los libros. Así que a lo largo de los dos años que llevo con ustedes les he hablado de "84 Charing Cross Road",  de Helene Hanff, que aquí se tituló "La última carta" (también de la película que se rodó basándose en ella y que protagonizó magistralmente Anthony Hoppkins y la gran dama del cine, Anne Brankfort). Hace poco escribí sobre "La biblioteca de las nuevas oportunidades" de Anjali Banerjee y  "La librería ambulante" de Christopher Morley. En otro orden de cosas, les hablé de "Tocar los libros" de Jesús Marchamalo y unos meses antes del volumen ilustrado que este dedicó a las bibliotecas de escritores conocidos por él. También de "La casa de papel" del uruguayo Carlos Maria Dominguez.

Hoy les recomendaré "La mujer de papel" del libanés Rabih Alameddine, que escribió otro libro memorable hace un par de años, "El contador de historias", del que ya les hablaré otro día. En el que nos ocupa, que Lumen ha editado con su atractivo estético habitual, Rabih nos cuenta la historia de Aaliya, una mujer de setenta y dos años, con el pelo azul por una equivocación  en el tinte, una vida marcada por su condición de mujer árabe en un país como Líbano que cuando no guerrea con otros o es invadido, se dedica a asesinarse entre sí, una mujer cuyo amor son los libros y que dedica su vida a traducir novelas europeas  evitando el inglés y el francés que son los idiomas que conoce aparte del árabe, pero utilizando las traducciones en esos dos idiomas de los libros escritos en alemán, sueco, italiano o español, para hacer su versión en árabe. Versión que, por supuesto, jamás ha publicado ni piensa publicar y que guarda en cajas de cartón en su piso beirutí.

Aaliya nos cuenta su vida en primera persona, sin sentimentalismos vacuos, con las emociones a punto pero embridadas y vamos con ella paseando por su infancia, su juventud, su matrimonio horrible, sus soledades, sus lecturas y sus opiniones sobre todo lo que le rodea. Y así uno acaba simpatizando primero y luego ansiando que no le acabe la cuerda a la original y marchosa anciana y que nos siga dando su opinión desternillante, lógica e implacable sobre todo lo divino y lo humano.

Ese es el mérito indudable de Rabih Alameddine. Nos ha presentado un personaje absolutamenre real, absolutamente entrañable y absolutamente encantador. Y lo es tanto, porque es una mujer que vive los libros, la literatura, los personajes literarios, los autores y los clásicos con un encanto, una pasión y una libertad de criterios que la hacen amiga íntima de cualquier lector minimamente ilustrado.

Leemos pues otro libro sobre libros. Pero de ese tipo que hace que uno tome notas de autores que tal vez descuidó o de algunos que no conoce y se sienta vibrar porque sus referencias a Proust, a Kundera, a Pessoa, a Calvino, encuentran un eco asombroso en nuestras propias lecturas. Virgilio, Ovidio, Faulkner, algún mandoblazo a Hemingway, Sebald y la Woolf, van destilandose en la maravillosa obsesión literaria de la anciana, que vive de una forma cómicamente crítica la relaciones con "las tres brujas", sus vecinas, con su madre a la que odia y ama a partes iguales, su familia que la detesta y una ciudad imprevisible que te encanta con su color y su olor o te hunde con su violencia y amargura.

Los párrafos dedicados a su breve y fallido matrimonio, al hombre que le impusieron (descripciones malévolas de un humor casi kafkiano), a su soledad buscada y protegida ferozmente por ella, a sus achaques de edad, a sus distracciones y su enorme, hambrienta obsesión por los libros, tienen un soberbio tono literario que esconde en su presunta banalidad coloquial un cuidadoso estilo que basa en la sencillez y la claridad sus mejores armas. Javier Marías, Bolaño (al que no se atreve a traducir porque ya es muy vieja y la obra de éste es muy larga), Muñoz Molina, Garcia Marquez o Lorca son aurtores en nuestra lengua que Aaliya ama y que como los otros, le ayudan a relativizar el horror de las muchas guerras que padeció Beirut durante el transcurso de su vida.

El estilo directo, interpelativo, amistoso, casi cómplice, con el que Aaliya se dirige al lector, recuerda la novela de Anthony Burguess "La naranja mecánica" en la que Alex, el protagonista, usa del estilo coloquial para explicar al lector sus aventuras. El humor, la gran baza de Rabih, tiene a menudo connotaciones irónicas salvajes, como el encuentro de Aaliya con su madre nonagenaria a la que pretenden dejar a su cargo.

Tanto es el encanto que destila esta novela que el lector prescinde de exigir algunas aclaraciones realistas sobre la vida de Aaliya, sus medios de subsistencia y algunas de sus actitudes y actividades, cosas que el autor deja en el aire y parece no preocuparle lo más mínimo. En cualquier otra novela eso podía ser un defecto a reseñar, en esta carece de importancia. Aquí, casi es un guiño del autor.

Como curiosidad añadida, hay otra novela reciente con ese título y ha sido escrita por Guillaume Musso y editada por Planeta. Narra la historia de un novelista en horas bajas al que se le aparece de la nada una mujer, uno de los personajes de su novela. En fin...

 

 

 

 

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3 julio 2012 2 03 /07 /julio /2012 07:28

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Ustedes me perdonarán. Prometo no reincidir. Casi siempre opino de las películas como Cervantes de los libros: "No hay libro tan malo que no tenga algo bueno". A veces hay que revisar esas consejas tan optimistas. Cuando se estrenó hace dos años "3 metros sobre el cielo" y leí a mis críticos preferidos (pocos y casi todos en la Red) que ponían la película a caer de un burro, decidí que mi busca de calidad cinematográfica en las películas que comento debería prohibirme ver aquél cuento romántico (es un decir) para "teens", misógino, absurdo y cerebralmente letal, basado en una psudonovela superventas  de Federico Moccia, un escribidor con orgulloso sentido de la trampa emocional vertida a una pretenciosa literatura de  quiosco. Habría que escribir un ensayo sobre la infatuada memez de las obras de este autor (ahora trata de volver a repetir, o lo ha conseguido, el éxito entre la juventud urbana española con "Perdona si te llamo amor") y su manipulación de los sentimientos, preferentemente el amor, con una audaz y desvergonzada habilidad para convencernos de que la sociedad joven que pinta es de lo más "cool" y resultona, unos escenarios de cartón piedra, caricatura de una sensibilidad que se engolfa en los msg, la red más superficial y la estulticia más demoledora con aires de marca comercial y  encefalograma plano  cultural, en un ambiente de suficiencia económica. Lágrimas y risas provocadas en la muchachada por una lobotómica habilidad de insuflar vida o algo así a monigotes pasteurizados a los que los guionistas, con permiso del ladino Moccia, obligan a un festival de golpes y contragolpes argumentales de lo más chulesco y absurdo (Dios mío cómo "sufren" los malditos) y con una estética alucinante de telefilme para teens y asimilados.

 

Ante las manifestaciones de arrobo que he visto y oido por la tele, en los jovenes espectadores que acaban de salir de un pase de "Tengo ganas de ti",  que confiesan abiertamente un cúmulo de emociones salvajes, decidí --en contra de mis principios-- dedicar un par de horas al visionado de esta "segunda parte" de la mencionada y no vista película superventas. Craso error. Uno debería saber ya, si no por sabiduría sí por edad, que el gusto de las masas es acrítico y coyuntural y responde más a cuestiones de carencias psicológicas y culturales que a conocimiento y discernimiento del buen cine. Pero pasemos a la película:

"H", es decir, Hugo, es decir Mario Casas, sigue con su corazoncito de macho alfa herido por su asunto anterior con Bibi (María Valverde)  al que alguien con mucha sinceridad, poca edad y ojos brillantes me definió como un "gran amor". Se trata pues de abundar en donde lo dejamos en la peli anterior y mostrar el confuso dolor interno de Hugo. Como la mancha de una mora con una verde se quita, aparece en escena de una forma bastante demencial una morena resultona, experta en artes marciales, Gin (Clara Lago), que es quien llevará al poderoso varón a superar los estertores de su corazón,  situado a menos de treinta centímetros de su ombligo. El "éxito" está servido. El susodicho "H" nos mostrará su careto inconmovible, su belleza vacía, con un muestrario completo de semidesnudos y un comportamiento de juzgado de guardia en un país, el nuestro, donde parece que la Guardia Civil no logra detener al furibundo motorista para el que el casco no existe, quizá porque es un signo de "rebeldía" contra la sociedad que le permite la existencia (y muy desahogada) y yo mas bien creo que es para que no le estropee el peinado y se le pueda ver siempre su perfil de niño guapo. Además conoceremos a una pandilla descerebrada pero eso sí muy guaperas de varones efervescentes y muchachas utilitarias. La historia, de la que hago gracia al lector, no pasa los parámetros mínimos exigibles de lógica, coherencia y realismo, ni tampoco los que corresponden a conceptos como autenticidad, inteligencia, ingenio y emocionalidad. La cosa va de mal en peor durante un metraje deliberadamente hinchado y, excepto a los fans y obnubilados hormonales, cualquier espectador normal debería abandonar su butaca maldiciendo a la engañosa publicidad, antes del fin previsible de la cosa. El amor todo lo puede, aunque la pregunta del millón es, ¿qué tiene que ver el amor de verdad, ese sentimiento bastante complejo, sublime a ratos y visceral a menudo, con lo que parecen sentir nuestros amigos? Bueno, en realidad, qué mas da. Los chicos seguirán haciendo cola en los cines, soltando grititos, risitas y lagrimitas. En fin, la próxima semana volveré a portarme bien y les hablaré de cine de verdad.

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2 julio 2012 1 02 /07 /julio /2012 07:04

nada-que-temer.jpg A Julian Barnes le encantan los comienzos espectaculares. Fíjense en "El loro de Flaubert", "Hablando del asunto", "Inglaterra, Inglaterra", "Amor" o"Arthur and George". Asi que a nadie le sorprenderá que este libro de hace cuatro años, "Nada que temer", comience con una auténtica "boutade": "No creo en Dios, pero le echo de menos" al estilo de nuestro "No creo en las meigas, pero haberlas, haylas".

Barnes es uno de esos seres humanos angustiados por la muerte (de los demás, pero sobre todo de ellos mismos). De ahí que con ocasión de cumplir los sesenta años --en 2006-- decidiera tomar literalmente a la muerte por la guadaña y escribir un libro sobre la Parca y sus elementos afines, la vida después de la muerte, el paraíso y el infierno, la existencia de Dios. La muerte de sus padres, la relación con su desternillante hermano filósofo a raíz de todo ello y las posturas y palabras que los escritores que Barnes admira han dedicado al tema, desde Flaubert, cómo no, a Jules Renard, Montaigne o Daudet (hay que ver la galofilia de este inglés).

Por tanto no hay inventiva literaria alguna en lo que nos narra Barnes, pero si, gracias a Dios, la fresca ironía y el sarcasmo que suele endilgarnos este autor, que a pesar de declararse ateo, nos habla de una sensibilidad religiosa que nos recuerda aquello de que no hay antireligiosos más profundos que los ateos que tienen nostalgia de Dios. Por tanto la mirada de Barnes hacia el hecho religioso se tiñe de tolerancia y una especie de respeto antropológico, pues admite la necesidad filosófica, ontológica, que la psique humana tiene en la creencia en un ser superior, justo, bueno y poderoso. Aunque se permite sarcasmos tan belicosos como la frase "la religión tiende al autoritarismo como el capitalismo tiende al monopolio". O aquélla que en la pag. 63 reproduce de Renard: " No se si Dios existe, pero sería mejor para su reputación que no existiera".

Tal vez los mejores momentos de este libro interesantísimo sea el desgrane de recuerdos personales que Barnes hace de su vida familiar, su infancia y su adolescencia -- con sus divertidos temores masturbatorios-- y las relaciones de crecimiento, sus miedos, sus deseos y sus frustraciones. Barnes sigue la estela de Philipp Roth, quien tantas ocasiones ha brindado para analizar sus actitudes y temores ante el advenimiento de la vejez con las inevitables decadencia fisica y mental. Ese es el sustrato de estas páginas bastante divertidas y aleccionadoras que Anagrama publicó en  2010 con traducción ejemplar del tambien escritor Jaime Zulaika.

Las razonadas críticas, plenas de ironía, sobre la vaciedad de eso que llamamos "yo", de nuestra personalidad basada en tanto tienes tanto vales (o tanto eres), sirven de telón de fondo filosófico a la hora de analizar la trascendencia que la muerte y su cercanía deberían dar a nuestra vida y al balance que hacemos de nuestra historia personal y de la escala de valores en la que hemos basado nuestra existencia. Como en su cita a Zola, Barnes podría decir: "Mi vida ha sido una vida feliz, teñida de desesperación" (pág.216)

Como colofón, la consideración del arte y su aprecio como valor sustitutorio de la divinidad, muestra en Barnes sus puntas y ribetes de sarcasmo cultural en el que, pese a definirse como un hombre herido por el arte,  al que considera uno de los elementos capitales de trascendencia vital, acaba reconociendo su relativismo y la gratuidad irresponsable de las valoraciones que solemos hacer.

Como dato biográfico de cierto interés para el lector, apunto el hecho de que  siete meses despues de la publicación en Gran Bretaña de "Nada que temer", marzo de 2008) fallecía la esposa de Barnes, Pat Kanavagh, dando una fúnebre coincidencia temática a esta obra. Quizá será aplicable a este hecho la frase que Barnes escribe en la página 107, "la tragedia adicional de la vida, es que no morimos en el momento justo".

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30 junio 2012 6 30 /06 /junio /2012 08:52

El_senor_Ibrahim_y_las_flores_del_Coran-564548345-large.jpg

En 2001 el dramaturgo francés Eric-Emmanuel Schmitt se sacó de la manga una novelita de pocas páginas, muchas pretensiones emocionales, bastante sencilla y escasas pretensiones literarias: "El señor Ibrahim y las flores del Corán". En 2003 Ediciones Obelisco la publicó en español y poco después se estrenó una película, basada en la novela,  dirigida por Francois Dupeyron con Omar Sharif (a distancia sideral del Alí de "Lawrence de Arabia", el tiempo no perdona, amigos) en el papel del señor Ibrahim, el joven pierre Boulanger como el huérfano aficionado a las putas, Momo, e Isabelle Adjani en un papel simbólico que no aparece en la novela.

Novela y película cuentan una historia de los años 60 en Paris, cuando un huérfano adolescente encuentra la amistad de un viejo mulsulmán, dueño de la tienda de comestibles del barrio, un filósofo que contempla pasar la vida desde su asiento junto a la caja registradora. y así el simbolismo está servido: el niño judío sin padre (o con padre ausente y luego suicida)m que encuentra la simbólica figura paterna de poder y ejemplo en un musulmán. Ni el niño es judío (practicante) ni el muslumán es árabe, sino turco. El chico busca amor y ternura y prueba con las chicas de la vida que pululan por su barrio y el viejo siembra de sabiduría, inteligencia y sensibilidad la mente joven y despierta que trata de encontrar su lugar en la vida. El asunto llega a su climax con un viaje iniciático que el joven y el viejo emprenden al "Creciente fértil" , el lugar de donde es originario el señor Ibrahim.

Pequeña fábula bien intencionada, previsible, sentimental y un pelín pedagógica. Es una novela sin muchos niveles de lectura, sencilla como un cuento oral y que en el fondo gira en torno a la frase que pronuncia la madre (no reconocida abiertamente) de Momo: "Hay infancias de las que hay que salir, infancias de las que hay que curarse". Solo que Schmitt nos confecciona un cuento encantador y con moralina abundante, evitándonos todo el drama que debería corresponder a esa conclusión. Bueno, también está bien así.

 

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29 junio 2012 5 29 /06 /junio /2012 07:57

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Esta zona geográfica tan peculiar, una amplia tierra que une sabores y saberes aragoneses, catalanes y valencianos, sobre la que sopla un cierzo que se enroca en Els Ports y sus cañones salvajes, sus altivas cumbres, la contundencia agresiva de sus cortadas y despeñaderos, sus bosques de encinas, pinos y sabinas, genera --como el Ampurdán, Menorca o la Galicia rural-- un tipo de ser humano propenso a la melancolía y al moroso  y paciente ejercicio de la pluma. Desde la Terra Alta, a los Ports castellonenses y el Matarraña, la siembra de temas, de historias y de leyendas fructifica al margen de las estaciones con una frecuencia inusitada.

Hace unos meses les hablé de media docena de escritores que acababan de sacar libro a la curiosidad lectora y ahora vuelvo a las andadas con otros nombres, otros títulos, engarzados por las dos lenguas hermanas (en pocos sitios como aquí la hermandad del castellano y catalán es más sincera y productiva, lejos de cainismos absurdos con pestazo político) y que van dando a los de fuera la hermosa imagen de una tierra abundosa en belleza natural e inquietud cultural.

Empezamos con un viejo conocido de este comentarista, Vicent Pellicer Ollés. Natural de Valdeagorfa, es profesor de catalán y vive en Jesús, en el Baix Ebre. Compartimos un amor semejante por la naturaleza que nos rodea, una adicción a las sierras, los bosques y las fuentes. Ha escrito cerca de una docena de títulos sobre sus caminatas por los Ports y ahora publica con el sello de Cossetania Edicions un libro impagable, "El mas de la Franqueta", donde con su estilo  preciso y a veces poético nos cuenta la historia de los últimos masoveros del Mas de la Franqueta (un lugar delicioso en la falda boscosa de Els Ports) y de esa triste tarde de otoño de hace unos años en la que Miguel Coma Llombart, toda una vida cuidando de la casa, los rebaños y los cultivos del célebre Mas, cierra por ultima vez la puerta. Tiene setenta y cinco años. Tras él desaparecen de la memoria de ese rincón de los Estrets de Arnes, varias generaciones de su familia. El libro está lleno de historias y anécdotas, de sentimientos y de emociones humanas, contadas todas con esa difícil sencillez de los hombres del monte.

Carlos Ollé Estopiñá, es guia de montaña, lo cual es ya una buena tarjeta de presentación para su libro "Lugares mágicos de Aragón" que publica Ediciones Cydonia. Se trata de una guía con quince rutas con un elemento en común: lugares en los que parecen existir unas conexiones muy especiales con las tradiciones, las leyendas, incluso la magia y que reúnen unos elementos de belleza natural, misterio o encanto difíciles de descifrar pero fáciles de sentir. El autor da detallada información de cómo llegar a cada uno de esos lugares "de fuerza", incluso con coordenadas para gps.

Vicent Sanz Arnau, natural del Maeztrazgo, sigue en la senda de sus compañeros de página: el encanto y la fuerza del recuerdo y de la vivencia localista, traspasados literaria y poéticamente a lugares concretos. En este caso la Font de la Salut, un santuario en el Maeztrazgo o la Vall del Miracle, que sirve al autor para hacer en sus relatos una reflexión personal sobre la existencia, las percepciones de la Naturaleza y de la belleza, de la calma, el silencio y los elementos naturales que hacen posible un estilo de vida y una filosofía enriquecedora. Su mirada se torna más novelesca, profunda y apasionada en "Partida" que edita Aeditors, una historia que se desarrolla en un espacio familiar y rural pleno de pasiones y represiones. Y en un tiempo que muchos desearían olvidar.

También en Cossetania Edicions nace un libro que es como la maceración de estos trabajos sobre los autores de la Comarca triprovincial. Se trata de "Ebre Blook" "Relats d'aigua dolça al Serret Blog". Es la conversión feliz del "blog" donde escriben diversos escritores de estas tierras, en un "book" en el que se dan cita autores como Francesca Aliern, Teresa Bertran, Josep Igual o Jesús M. Tibau, entre otros, por citar a algunos de los que he leido-- y gustado-- en otras obras.

Asun Velilla, otra adicta a la magia de esta tierra saca con el sello de March Editor, "Secretos del Matarraña", una obra dificil de clasificar pero que podríamos incluir en la gama de relatos con una base mágica o de misterio, pero que tienen como elemento de cohesión natural los pueblos y paisajes del Bajo Aragón. Y eso le da un encanto añadido.

Y para terminar una obra, pequeña en tamaño pero grande en ambición documental y reflexiva, sobre un tiempo y un lugar que nos atañen a la gente de aquí, a nuestra historia y, por tanto a nuestro futuro. Se trata de"Maquis i masovers, tragédia a la muntanya" de Juan José Rovira Climent. Como dice el autor, se trata de la evocación literaria de una tragedia representada por tres actores principales, masoveros, maquis y Guardia Civil franquista,  tras la guerra civil. No es una ficción, es un documento de una fuerza superior a muchas novelas con la misma temática. Lo he leido literalmente horrorizado por lo que cuentan los personajes y encantado con la pluma de Rovira Climent, con su contundencia expresiva y con la escueta sencillez de los diálogos y de las descripciones. Es un documento periodistico de gran calidad sobre unos hechos históricos que la verguenza, el dolor y el miedo han mantenido ocultos durante decenios. Sin duda un libro para reflexionar y guardar. Edita "Cinctorres Club".

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