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20 febrero 2012 1 20 /02 /febrero /2012 09:02

 

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Esta semana vamos  a hacer un circular, cuatro o cinco horas, según el ritmo y las paradas, para el que aconsejamos no olvidar bajo ningún concepto la máquina fotográfica. Vais a disfrutar con el paisaje y los rincones de este sendero, con fuertes inclinaciones pero nada exigente y con lugares tan hermosos como el antiguo balneario de la Fontcalda, lugar de ocio estival, al que accedemos tras más o menos  cuarenta minutos de cómoda andadura por la Via verde del Val de Zafán (ya en tierras catalanas, término de Gandesa).

Partimos del pueblo de Bot, desde la antigua estación del tren llamado el "tortosino" o del Val de Zafán, que unía la Puebla de Híjar con Tortosa y que desapareció en 1973, permitiendo que en su trazado se creara la Via Verde que hemos de coger para, en tranquila caminada, atravesando túneles y lugares de gran belleza (en especial algunas vistas sobre el rio Canaletes, al que acompañamos todo el tramo) nos deja en el Santuario de la Fontcalda tras unos 45 minutos de camino.

Esta antigua estación termal y balneario, que se creó por el siglo XIV, hoy en desuso y convertida en área recreativa, mantiene su fuente de aguas termales, los edificios de hospedería y una iglesia (la tercera desde su fiundación) de 1753. Es lugar de romería y peregrinación para Gandesa y Prat del Compte y albergaba una imagen milagrosa de la Virgen, a la que llaman "la paseante", ya que segun la leyenda ha sido devuelta milagrosamente a este lugar cuando los vecinos de los dos pueblos citados y rivales en ese culto, se la llevaban, ora a Gandesa, ora a Prat.

El lugar, enclavado entre los estrets del rio Canaletas que cierran el valle, entre las sierras de Pándols y Cavalls (dos nombres muy conocidos en el imaginario de la batalla del Ebro en la incivil guerra española) es de un encanto soberbio, con sus grandes pozas enclavadas en las gargantas del desfiladero, rodeado por un escenario de anticlinales y rocas erosionadas por el agua y el viento que le dan un aspecto mágico y salvaje, trufado de cuevas y de molas calcáreas prodigiosas.

Aquí justamente comienza el sendero propiamente dicho, el GR-171, en una curva de la pista de salida del Santuario hacia Prat del Compte, a mano izquierda,  con una subida por la ladera escarpada de la montaña que cierra el congost.excursiones-9040.JPG

El sendero es estrecho pero limpio de matorrales, en muchos tramos empedrado y protegido por muretes de rocas. Mientras subimos por él dejamos a nuestros pies el enclave encantador del santuario al pie de la empinada ladera llena de pinos, unos edificios dorados entre el verde del bosque de montaña y detrás, como un telón teatral, el muro empinado por el que discurre haciendo zetas, la pista que lleva al coll de la sierra del Crestal, que se une a la de Pandols, frente al lejano caserío de Gandesa.

El sendero va zigzagueando en su fuerte subida hasta llegar al Coll de la Fontcalda. Dejamos a nuestra espalda el congost y se abre el paisaje hacia Fontfanes y sus colinas, limitados  por los montes de las Parrisas, con el alto conglomerado de La Mola enfrente y de la Falconera a nuestra derecha.

Bajamos al valle, con bancales de vides, arboles, frutales y bosques de pino negral y carrascas, haciendo una gran ese que parece desviarnos de nuestro objetivo. Sin embargo a nuestra izquierda, a lo lejos, se divisan los contrafuertes empinados del Tossal del Grilló y la gran cordillera maciza de els Ports.

Al fin, por una larga pista en la que se pierden las señales, llegamos a las inmediaciones de Prat del Compte. Entramos por la parte norte del pueblo, por encima de la actual carretera y debemos seguir la frontera superior del pueblo, sin bajar al centro, pasar por la escuela municipal e ir a buscar las últimas casas que apuntan en la dirección de Bot, una cordillera de colinas abruptas pero de escasa alzada, en una de cuyas cumbres hay una enorme antena de telecomunicaciones. El camino nos lleva hasta una alberca de aprovisionamiento de agua para helicopteros, donde parece morir. Hay que remontar directamente el collado, entre las rocas, sin camino, siguiendo el objetivo del coll que se ve a la izquierda de la antena. Unos minutos de subida y semigrimpadas para encontrar sobre una roca en forma de bauma la primera señal de PR, una linea blanca y otra amarilla. Pero pronto dejaremos de verlas. Nos cruzamos con la carretera de Bot (que hay que ir a buscar a lo alto del coll) y debemos seguirla sobre asfalto hasta que vuelven a aparecer la señales. Atentos entonces. En una curva cerrada de la carretera, a mano derecha, sobre un terraplen alto rodeado de matojos, veremos una flecha indicando Bot, grabada con pintura blanca sobre la roca. Desde allí, el sendero, con bajadas muy pronunciadas y algunos paseos horizontales muy agradables  entre los pinos, se desliza hacia el valle de Bot, dejando a la izquierda la carretera, de interminables curvas.

Pronto veremos el pueblo a lo lejos, a nuestros pies, mientras proseguimos la bajada entre bosques y cortadas de rocas, desviandonos hacia la derecha del pueblo, hasta llegar abruptamente sobre un recodo de la pista que conduce desde la estación de Bot, origen de nuestra excursión, a la pista cimentada de la ermita de Sant Josep, blanca  sobre una atalaya visible y dominante en lo alto de la colina puntiaguda que se levanta frente a Bot.

Desde ese punto solo nos queda bajar el Via Crucis (literalmente: observen en cada una de las "estaciones" del camino religioso, las baldosas con dibujos naïf, llenas de encanto, que muestran episodios de la Pasión) hasta el paseo empinado y bordeado de cipreses que nos lleva a la vieja Estación. El recorrido se ha completado.

 

NO SE PÌERDA

 

Por supuesto, un descanso amplio en el Santuario de la Fontcalda. La visita a la ermita de Sant Josep, no por el edificio, bastante soso, sino por la vista que nos ofrece. Y, otro momento de asueto o lugar para reponer fuerzas, en la base de la Falconera, la original y llamativa roca que domina el pueblo y acompaña cualquier paseo en su entorno, una zona recreativa que llaman "El  forat de la Doncella", una surgencia de agua que mana de una hendidura en la roca con forma muy caracteristica (los mas imaginativos comprenderán el nombre de la surgencia), lugar apacible, bello y silencioso, con mesas y barbacoas, bajo una arboleda bien cuidada. Si hace buen tiempo, bajando por el lecho de la torrentera que lleva al rio Canaletes, hay una zona rocosa donde el rio forma pozas para un posible baño. Es muy solitario y solo tiene acceso por ese punto.  Discreción asegurada.

 

DOCUMENTACIÓN Y ACCESO

 

Recomendamos los mapas 470 (Gandesa) y 497 (Horta de San Juan), de la coleccion del MTN (mapas topograficos nacionales) que, conjuntamente, nos dan información del camino. En  Editorial Azimut, ese magnifico andariego que es Vicent Pellicer Ollés, nos ofrece sus "Caminades pel massís del Port" (hay tres tomos de la zona del Port) que, aunque no registran esta excursión en concreto, ofrecen una panorámica excelente y sugerente de los alrededores: Todo ello, como de costumbre, en librerías especializadas o en la Librería Serret de Valderrobres, centro neurálgico para hallar la documentación de la zona.  Para llegar a Bot, desde Gandesa hay acceso directo y desde el Matarraña, coger la carretera de Valderrobres a Horta de San Juan y desde esta población a Bot por la comarcal que lleva a Gandesa. Tanto Gandesa, como BOt y Horta de San Juan, tienen hoteles, viviendas rurales y restaurantes que ya hemos citado en otras ocasiones. Un finde agradable, sin duda.

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19 febrero 2012 7 19 /02 /febrero /2012 08:26

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Con los dibujos de la escuela simple, trazos diáfanos, pocos detalles, colores planos, "Chico and Rita" es una propuesta española de animación dirigida por Fernando Trueba y con los dibujos de Javier Mariscal.  En ella se destila música ligera, ritmos afrocubanos, personificados en Chico (un trasunto del genial Bebo Valdés) y en su difícil y accidentado amor por Rita, una mulata bellísima dotada de una sensual voz.

Desde la vejez de Chico en La Habana de los ochenta o noventa, una ciudad hermosa que se deteriora velozmente, el lápiz de Mariscal y su equipo dan una imagen sucinta, intencionada y colorista de la gran  ciudad cubana y de sus habitantes, sin escatimar apuntes de suave critica, como los apagones o la dificultad de encontrar articulos de primera necesidad.

Estamos con Chico, es limpiabotas de turistas, en su cuartucho de un repleto edificio comunal en La Habana de ayer mismo. Pero, através de las voces y musica que salen de un transistor --un programa dedicado a la musica de antaño--volvemos con Chico joven a La Habana de los 40. No dejan de tener encanto las imagenes en las que el dramatismo melodramático de lo que ocurre queda atenuda por la alegría y sensualidad del trazo y el movimiento (al parecer Trueba hizo rodar a actores reales las escenas para que los dibujantes copiaran gestos y movimientos) con los actores desplazandose sobre fondos estáticos de un perfilado surrealista e imaginativo.

Otra cosa es la historia y la psicologia de los personajes, aquí Trueba se rinde a lo manido ,un melodrama barato de un amor imposible y fatalista, pleno de detalles absurdos y tópicos de la novela y el cine. La presencia de personajes reales en la trama, sobre todo en la mitad de la cinta dedicada a la estancia en Nueva York (Charlie Parker, Nat King Cole, Tito Puente) mantiene el interés casi desvaido del espectador, aunque el final resulta previsible y forzado. A pesar de todo esto, interesante propuesta (de hecho lo mejor de Trueba en los últimos años).

 

 

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18 febrero 2012 6 18 /02 /febrero /2012 09:55

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Memorable película bélica de Steven Spielberg que, como suele suceder con este director, se convierte en mucho más que una peli de guerra. Es un canto a la solidaridad humana en torno al amor entre un hombre y uno de los mas nobles animales que existen, un caballo.

Se trata de un caballo excepcionalmente inteligente que se ve  inmerso en las iniquidades y estupideces de la raza humana, dejando aparte a unos contados especímenes´más o menos razonables (entre ellos el joven protagonista de la película y  el capitán británico que morirá en una de las últimas absurdas y patéticas cabalgadas militares de la guerra moderna, masacrados por ametralladoras y obuses).

Las secuencias del inicio del filme son de esa sentimental y emotiva belleza que Spielberg suele imprimir a sus películas mejores, la dura vida de los granjeros ingleses, sometidos a los señores rurales, con una Emily Watson, contenida y fuerte, que borda su  papel de madre de familia, dará paso a otro tipo de brutalidad, la de las trincheras de la primera guerra mundial, en las que el caballo dejó de participar al lado de los caballeros (la caballeria clásica no tiene nada que hacer ante las armas modernas) para convertirse, nunca mejor dicho, en carne de cañón, como bestia de carga o de alimento.

El cúmulo de encuentros y desencuentros entre el caballo y sus amos, ingleses, alemanes, militares o civiles (el episodio de la jovencita y su abuelo es una muestra de la sensiblería otoñal de Spielberg) van nutriendo el amplio metraje de esta película que, sin ser de las mejores de Spielberg, mantiene el encanto y la eficacia narrativa , no sólo lo que se narra, sino cómo se narra.

Convertir a un potro de caza en un caballo de arrastre y arado no es tarea fácil y a ello se aplica Albert (Jeremy Ervine) ante su patético padre (un excelente Peter Mullan) y la ya citada excelencia de Emily Watson. Una cosecha arruinada y el pago del arriendo de la granja hace que el padre de Albert tenga que vender a Joey a un oficial británico que parte para la guerra en Europa. Alli el caballo mostrará más inteligencia, valor y obstinada energía que la mayoría de los humanos que lo rodean matándose entre sí.
La secuencia  en que el caballo queda en tierra de nadie entre dos trincheras enemigas martilleandose sin piedad, enredado en alambres de espinos, es un calco de "La batalla de Passchendeale"  (2009) del canadiense Paul Gross, sólo que en esta es un hombre el enredado. También las secuencias de las trincheras y de los soldados entre el barro, la lluvia y el frio, son bastante deudoras del canadiense, a pesar de la enormidad de medios del cineasta norteamericano.

En todo caso Spielberg se ha basado en la novela de Michael Morpurgo (1982) un autor de literatura infantil. La narración toma en muchas ocasiones el "punto de vista del caballo" y su interacción con los humanos requiere desde luego una gran maestría de dirección y producción. Me dicen que más de una docena de caballos fueron "Joey" en diversos momentos de la película desde su infancia a su triunfal reencuentro con su amo.

Fue rodada en las colinas y páramos ingleses del Parque nacional de Datmoor, en el pueblo medieval de Castle Combe y en Surrey. Especial atención al vestuario y las armas, como es habitual en el director norteamericano, hace que la película se presente a los Oscar con una demanda de seis estatuillas al menos.

Y es un mal rival Spielberg, pues a pesar de las imperfecciones de la historia, de su exceso de sensilería en algunos momentos, sigue sorprendiendo la enorme vitalidad de este director que mantiene una visión soñadora y juvenil sobre el arte de contar historias. Sin duda se entusiasma Spielberg cuando rueda y sin duda nos entusiasma a los que nos engachamos con sus películas, aunque a menudo  torzamos el gesto y digamos "vaya, ya estamos otra vez", pero a pesar de esos momentos, seguimos pendientes de la pantalla y también vibramos con la archisabida cabalgada victoriosa, el gesto previsible pero que emociona y el uso manipulador de la musica (John Williams, nada menos) el color y el encuadre.

Sabor a cine, guiños nostálgicos de programas dobles en la tarde  del domingo, de héroes inmarchitables y heroinas de una pieza, de argumentos redondos y secuencias de infarto o de lagrimita pertinaz. Desde la infancia a la adolescencia, no se nos escatima ternura, dureza, valor, sentimiento y tristeza, el niño y el joven y el hombre y su caballo siempre fiel, encuentros y pérdidas que se suceden en un trasfondo de muerte, miseria, dolor y barbarie. Un vehículo sorprendente para llevarnos en volandas hacia un final en el que Huston y Ford tienen mucho que decirnos a través de las nostálgicas imágenes de un aprovechado discípulo, Steven Spielberg.

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17 febrero 2012 5 17 /02 /febrero /2012 10:27

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Película canadiense bastante apreciable pese a que combina  unas magníficas escenas bélicas (con una visión dantesca de la guerra de trincheras que pone la piel de gallina y que sin duda fue imitada por Spielberg en su reciente "Caballo de batalla") con una trama doble sentimental  con formato casi de telefilme y un guión político social de un certero sentido crítico (el mezquino ambiente antialemán en los pueblos de Canadá, incluso contra descendientes de alemanes, ya nacidos ciudadanos canadienses). Dirige Paul Grass (un apreciable hombre-orquesta, ya que además protagoniza la película y es autor del guión y de parte de la música) con un  elenco de actores del país donde sólo descuella Caroline Dharverne en el papel de la joven Sara Mann (descendiente de alemanes, cuyo padre combate en las trincheras bajo la bandera alemana a pesar de haber vivido décadas en Canadá, donde nacieron sus dos hijos), no convence tanto Joe Dinicol, como su hermano David y bastante más convincente el actor que da vida al oficial británico de reclutamiento en el pueblo canadiense de nuestros héroes.

La película está rodada en el bello país del norte americano, en Calgary y los bellísimos parajes del Heritage Park en Alberta. Recoge la participación de las fuerzas canadienses junto a los aliados, Francia y Gran Bretaña, en la Primera Guerra Mundial y en concreto en la famosa batalla de Passchendeale (Bélgica) donde murieron cinco mil soldados de esa nacionalidad. Esta batalla está considerada como uno de los más penosos ejemplos del absurdo y futilidad de algunas célebres batallas, cuyos logros están en apabullante minoría respecto a su precio en vidas humanas. De hecho la toma de Passchendeale no supuso ningun avance en la situación  bélica para los contendientes y pasó de manos a los cuatro meses de la batalla sin que generara ninguna consecuencia en la marcha de la guerra.

Paul Grass trata de hacer con Passchendeale lo que Peter Weir hizo magistralmente con "Gallipoli". El resultado, siendo respetable, no está a la altura. Las  secuencias bélicas son realmente impactantes, empezando con el episodio bélico que dramatiza la vida del protagonista con una imagen difícil de olvidar, cuando el sargento Michael Dunne (Paul Gross) mata de un bayonetazo en la frente a un jovencisimo soldado alemán que se habia rendido y le tiende una mano musitando "Camarade". El sargento acaba de vivir como matan a tres compañeros suyos, cuando se estaban rindiendo, a pesar de gritarles a los alemanes "Camaraden" para que no dispararan (estos acaban disparando porque uno de los aterrorizados soldados canadienses, que se esta despojando de su uniforme y armas,  sin percatarse tiene una granada en la mano).

Toda la mitad  de la película se dedica a la vida en Canadá durante la guerra, donde se recluta a los jóvenes y hay un ambiente social lleno de patriotismo, cuyo aspecto más degradado dará lugar al drama del sargento y la enfermera --que le cuidó tras las heridas recbidas en el primer episodio que hemos comentado y luego la encuentra --bendita casualidad que desvaloriza un poco al guionista-- en su propio pueblo, hermana del otro vector dramático de la historia, el joven asmático David, que va a la guerra para que el padre de su novia le permita casarse con ella).

La tercera parte de la historia, las trincheras llenas de cráteres de los obuses, agua de lluvia, barro, lodazales, muertos y miembros humanos esparcidos por la artillería, es la mas sólida de la película. Con un sólo reparo, el final de la cruz (que no revelaremos) y que recuerda muchísimo a la secuencia del caballo aprisionado entre alambre de espino de la citada película de Spielberg "Caballo de batalla". Un poco excesiva la secuencia, pero que no desmerece la calificación notable de la película. Y, por favor, no se pierdan el final, con los títulos de crédito, en el que bajo las notas inspiradas de la canción de amor del filme, se compone una sucesión de instantáneas reales, tomadas entre las fuerzas expedicionarias canadienses, allá por los ultimos meses de 1917, en plena ofensiva de una guerra atroz que llevó a 600.000 canadienses a las pantanosas trincheras europeas, de los cuales uno de cada diez jamás regresó a casa.

 

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16 febrero 2012 4 16 /02 /febrero /2012 10:25

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He aquí un libro esclarecedor sobre las complejas relaciones entre la religión y, por extensión, el mundo espiritual (menos restrictivo que el religioso) y la ciencia, en concreto la neurología, la biología y la psiquiatría. Científicos y creyentes y sobre todo personas interesadas en la dimensión trascendente del ser humano aunada a una visión realista y científica de la realidad, encontrarán en la amplia, amena e informada exposición del escolapio, neurólogo y catedrático de la UAB,  Ramon María Nogués  (Barcelona, 1937) que editorial Fragmenta ha publicado con el llamativo título de "Dioses, creencias y religión" .

Me gusta de Nogués su independencia de criterio y su sensatez, que le hace tomar actitudes de equilibrio entre su propio mundo religioso, la tradición cultural a la que pertenece, y la postura no dogmática, investigadora, del ámbito científico al que también pertenece. La manipulacion que las religiones constituidas, la suya en primer lugar , han aplicado al desarrollo de la ciencia tratando de constreñirla a aspectos donde no chocara con la doctrina y, al tiempo, el rechazo del fenómeno religioso de una forma global y sin matices que la grey científica ha dedicado a la religión, son dos aspectos de la misma moneda, la realidad compleja de la cultura humana,  que Nogués trata de armonizar, dando a cada uno su palo -crítico- correspondiente (detalle que dice mucho a favor de la inteligencia independiente de este autor).

En 2007 Fragmenta editorial publicó la primera edicicón (en catalán) de este libro y a finales del pasado año la edición castellana, tras una labor de puesta al día en un tema, la neurología, que va avanzando sin cesar. Nogués deja bien claro en el prefacio cuál es su intención, realizar un homenaje a "la religión bien constituida y un antídoto contra la religión degradada", cosa que debe desprenderse de la estructura del libro: analizar de una forma bien informada y documental la relación, el maridaje que se forma entre el hecho religioso y su soporte biológico-cerebral,  a través de los últimos descubrimientos neurológicos, que logran demostrar el soporte biológico de las emociones, los sentimientos y las místicas intuiciones que integran el fenómeno de la espiritualidad (más que el religioso, creo, que es una cierta institucionalidad de la original casuística espiritual).  Y así emprendemos un interesantísimo y sorprendente viaje por el soporte cerebral en las experiencias numinosas del ser humano, las patologías religiosas y la posible confusión  entre experiencias místicas y patologías psicológicas o neurológicas, los valores evolutivos que se esconden tras las creencias, el pluralismo religioso y la institucionalización de lo sagrado, la creciente importancia de la "neuroreligión" y los contrastes que se mantienen en la vida religiosa con las exigencias espirituales de algunas personas, el papel del sexo en el hecho religioso y cómo no, la historia lamentable (y aún no resuelta) de la discriminación religiosa de las mujeres.

La religión pues, para Nogués, debe ser encuadrada en el estilo de vida moderno de nuestra cultura, como un fenómeno esencial en la historia del género humano, despojando el proceso de los absurdos y lamentables rifirrafes entre religiosos pagados en exceso de su estatus y científicos cerrados a la religión como si ésta fuera un epifenómeno desdeñable y subjetivo sin relevancia científica.

A partir de ahí, nuestro autor nos ofrece un amplio panorama sobre las correspondencias neurológicas de las experiencias religiosas y espirituales (por ejemplo el análisis científico de ciertos estilos meditativos, como los de los monjes zen y los meditadores cristianos, hindúes, chinos o sufíes) y analizando los cambios orgánicos percibidos en, por ejemplo, los niveles de cortisol, los ciclos respiratorios, la temperatura basal o electrocardiogramas y encefalogramas que muestran cambios muy apreciables en las actividades del cerebro y el resto del cuerpo no sólo en actividades meditativas sino en las llamadas "pic experiencies"  creadas por la oración o las reflexiones espirituales o actividades de entrega a los demás.

En el capítulo dedicado a "Sexo, género y religión", nuestro autor rompe una lanza a favor de las mujeres y contra su inicua situación en la mayoría de las religiones establecidas, con especial incidencia en la suya propia, el catolicismo. Nos recuerda Nogués que en los textos testamentarios de esta religión no se da esa discriminación contra las mujeres y añade que posiblemente esas actitudes nefastas vienen más bien de contaminaciones paganas y socioculturales, cuando no psicopatológicas de las figuras eclesiásticas que lo establecieron y difundieron (un aporte psicoanalítico muy de agradecer viniendo de un clérigo, precisamente).

En conclusión, el libro de Nogués no solo cubre una carencia cientifica informativa de primera magnitud, al aportarnos datos sobre la neuroreligión (disciplina que en otros países, Estados Unidos y Canadá por ejemplo,  ya está consolidada, aunque allí la llaman nauroteología, y que en España apenas sabemos que existe) sino que basándose en el principio del correlato demostrado entre actividad cerebral y experiencias religiosas y/o espirituales, nos informa detenidamente sobre los efectos en el cerebro, los sectores cerebrales que se activan o se desactivan (lóbulo frontal, sistema límbico, lóbulos parietales) y los neuromensajeros  que intervienen (dopamina, serotonina, endorfinas). .

Como dice el mismo Nogués en una entrevista: "Analizando con resonancia magnética la actividad cerebral durante la experiencia religiosa se ha visto que se activan los mismos centros que si se tiene una experiencia humana de calidad, amorosa o de relación. No parece que haya estructuras cerebrales específicas para lo religioso. sino que las estructuras normales de la madurez humana adquieren perspectiva religiosa".

Para que se cubra bien el escenario del tema tratado en el libro, también se nos advierte de esa" tierra de nadie" donde ciertas patologías dan lugar a experiencias visionarias, como la epilepsia, por ejemplo, que al parecer padecían en diversos grados Santa Teresa de Jesús, san Pablo o Mahoma. En todo caso, una lectura apasionante y necesaria la que nos brinda este sabio escolapio.

 

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15 febrero 2012 3 15 /02 /febrero /2012 08:43

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 Basada en un cómic del dibujante y guionista Paco Roca, "Arrugas", la película de Ignacio Ferreras, nos mete en un tema que queda magistralmente encuadrado en la dedicatoria de la película, "Dedicado a todos, ancianos de hoy, ancianos de mañana" (una inteligente variación de la dedicatoria de Saint Exupery en "El principito").

Atiendan a ese comienzo magnífico: el anciano que cree estar en el despacho del Banco donde trabajó toda la vida, discutiendo un préstamo a una pareja jóven que comienza a decirle cosas absurdas como "cómete la sopa"  o "papá no estás en el despacho, hace años que te jubilaste" y la imagen se transforma en un anciano con un plato de sopa ante sí y su impaciente hijo que le pide que cene de una vez para poder marcharse al cine.

La realidad que te dibuja la mente o la realidad, obstinada y diferente. La mente perdida en el pasado e incapaz de reconocer el presente. Poco a poco la película nos muestra el lento deterioro de la mente del protagonista y lo hace a través de la estancia de éste en una residencia de ancianos, donde ha de convivir con otros ancianos en diversas fases de deterioro mental y con alguno, (caso del "argentino" Manuel, un vivales que se aprovecha de sus compañeros más ajenos a la realidad para sacarles pequeñas cantidades de dinero), que simplemente es viejo y está solo, pero conserva su lucidez mental.

Sin embargo no hay dramatismo ni emociones desbocadas en este retrato bastante real de la comunidad de ancianos de la residencia, con sus historias cercenadas por la realidad; el hombre con  alzheimer, cuidado por su esposa, que no le abandona aunque ella no necesita estar en la residencia (son los niños del pasado que  buscan en un campanario la ayuda amorosa de las nubes), la mujer que vive permanentemente viajando en su interior con el Orient Express, el propio Manuel que dara un giro a su manera de comportarse cuando el protagonista comienza  a dar muestras inequivocas de que está demenciándose, la señora que teme ser abducida por los marcianos como única irregularidad mental...

Historias entrañables, personajes anclados en el final, que se permiten rasgos de generosidad como la escapada propiciada por Manuel en su esfuerzo de alejar al protegonista de su deterioro definitivo y por encima de todo ese ambiente en el que la memoria comienza a desaparecer y el vacío llena los lugares que dejaban huella en el corazón, donde habitaban las sombras más queridas, las presencias más deseadas...

La película se vuelve ligeramente buenista en el personaje de Manuel, el compañero "argentino" del protagonista, cuya reconversión permite contrarrestar el mensaje realista pero amargo del final, aunque en sí misma resulta ser un recurso humanizador que desentona un poco con el carácter sincero u honesto de la película.

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14 febrero 2012 2 14 /02 /febrero /2012 19:10

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Por esas extrañas casualidades que Jung llamaba "sincronicidades" y que revelan un orden de las cosas que no somos capaces de descifrar en el momento en que se producen, aunque si más tarde, ha coincidido la lectura de la novela de Lorenzo Silva "Niños feroces" con el visionado de esta película de Gerardo Herrero, "Silencio en la nieve". Ambos productos culturales, la novela y la película, nos hablan de vivencias históricas ancladas en la segunda guerra mundial. Eso sí, vivencias relacionadas muy íntimamente con nuestro país y la presencia española en el mundo. Y así tanto Silva como Herrero (que se basa en la obra de otro novelista, Ignacio del Valle, "El tiempo de los emperadores extraños" para filmar su película) nos hablan de la famosa "División Azul" integrada por soldados veteranos de la guerra civil y falangistas fanatizados que han declarado una guerra gremial contra el comunismo internacional y ven en la guerra en Rusia una especie de Cruzada evangelizadora y punitiva.

De la novela de Silva ya he hablado aquí y de la película de Herrero, protagonizada por Juan Diego Botto (un soldado divisionario, "voluntario" obligado para tapar deudas ideológicas, que fue inspector de policía en la vida civil) y el siempre magnífico Carmelo Góimez en la piel de un sargento al que le ordenan que ayude al soldado-inspector, destaco en primer lugar la garra del argumento (un thriller con asesino en serie incluido, en plena campaña de la División en las heladas estepas rusas) y en segundo lugar la frialdad, quizá sea un contagio ambiental,  de la realización que logra congelar la necesaria química entre los dos protagonistas para empezar y que a pesar de una ambientación bien lograda --con algunas tomas donde huele a decorado o a cartón-piedra-- y alguna secuencia excelente (la de apertura, con los caballos congelados en un lago, como trágicas marionetas o piezas de un destruido tiovivo) no consigue hacer vibrar al espectador y acaba provocando bostezos y sonrisas fastidiadas cuando tiene todos lo ingredientes para mantenernos en ascuas.

Una pena, pues, porque la película podría haber logrado mejorar aquella "Saigón" de los 80 con Willem Dafoe y Gregory Hines, en la que el asesino hace de las suyas en Vietnam en lugar de en Rusia.

Las víctimas del asesino aparecen degolladas y con los versos de una canción infantil grabados con un puñal sobre el pecho, aquella que habla de "Mira que Dios te mira..." y sigue "mira que te está mirando" para acabar recordándote que puedes morir en cualquier momento.

Pues bien, no les cuento por dónde van los tiros (o mejor, los degüellos) para no fastidiarles la película que, eso sí, a pesar del productor-director que le ha tocado, merece la pena que la veamos, siquiera sea por protenciar nuestro cine. El producto es digno, aunque fallido.

Decepciona un poco que Herrero no haya sabido lidiar con tan buen material y con unas imágenes que en algunos momentos rozan la excelencia y en otras nos hunden  en el aburrimiento a causa de un ritmo indigno de su nombre y una serie de subtramas mal desarrolladas, como con desgana, que acaban lastrando la trama principal (a pesar de contar con atractivos suficientes, como el asunto de los rituales masónicos: con menos de eso se montó ese fraude literario llamado "El código Da Vinci".

Tampoco los actores están como deberían estar, empezando por Botto, desaprovechando a Carmelo y con secundarios demasiado secundarios. Como nota positiva, le negativa del director de entrar en la fácil simbología de la guerra civil, dejando sólo algunos apuntes esbozados, pero obviando los mensajes en pos de un sólo interés, la trama policial, dejando como punto secundario (por ese solo hecho, lo convierte en una virtud) el que todo acontece durante la intervención de la División Azul en la guerra entre nazis y rusos stalinistas. Magnífica la secuencia de la ruleta-rusa, el macabro y sangriento juego que jalonaba secuencias inolvidables de "El Cazador" y el acierto de vincular los asesinatos a una canción infantil, al modo de Fincher o algunos autores de la dura saga nórdica de novela negra.

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13 febrero 2012 1 13 /02 /febrero /2012 10:36

res

 

Quizá la mayor virtud de la obra que Carol López dirige en la sala Villarroel, "Res no tornarà  a ser com abans" sea la naturalidad de los diálogos, la gracia minimalista del montaje (un escenario donde los actores hacen su papel en cuatro espacios sin separaciones, una cama de matrimonio, una bañera, una sala de estar con sofá y tocadiscos y un comedor con mesa y cuatro sillas) y la concisión de los elementos escénicos con un sólo apoyo "técnico": la pantalla de un televisor donde vemos sucesivas entrevistas de los personajes con un terapeuta fuera de cámara.

Tanto el argumento como lo que se dice y cómo se dice ya entran en el ámbito de lo previsible, a veces ingenioso y la mayoría de las veces sin originalidad rompedora o solo con la necesaria para arrancar risas espontáneas al espectador y mostrar la escasa entidad de los personajes que de puro adelgazamiento psicológico en sus tipos despiertan la familiaridad de los espectadores: todos tenemos amigos y amigas que se comportan de esa forma y, ni el mejor de entre nosotros, no ha tenido alguna vez la cabeza tan vacía y las vísceras tan encendidas y equivocadas como lo que nos muestran esos bastante corrientes personajes. Y lo mismo ocurre con la manera deslabazada de conducir sus vidas, arrebatadas por la nostalgia de los treinta años que ya desaparecen en la lejanía e incapaces de afrontar las exigencias de los cuarenta y más allá.

El alma de esta obra es la acostumbrada oscilación entre el amor (supuesto) y los desamores (reales) que van entorpeciendo la lucidez de los personajes. Carol López cita una frase del genial actor-director desaparecido John Cassavetes en la que éste asegura que lo único que le interesa de la vida es el amor y la falta de amor. El juguete que fabrica para adornar esa frase logra contagiar al espectador, que renuncia a mayores aspiraciones y se dispone a divertirse con esas dos parejas en crisis que no saben lo que quieren y se empeñan en vivir como si lo supieran.

Las intervenciones ante el terapeuta, filmadas, van punteando incesantemente la torpeza relacional de los cuatro personajes, con un poco de sobreactuación de Andrew Tarbet, la contención de Olalla, la vis cómica de Dolo Beltrán y la naturalidad de encefalograma plano de Andrés  Herrera, tan simpático que se le perdona. Los cuatro jóvenes, que pronto dejarán de serlo, hacen una huida permanente hacia la juventud, buscando en esa "aventura" mezquina de cama en plan de amigos hasta la tumba, una solución a su desorientación supina. Sin embargo nadie se toma en serio los implícitos dramas y la directora juega con ingenio su baza, provocando las risas de una parte del público y la sonrisa nostálgica de una minoría que ya sabe de qué va todo eso.

Hay buena química entre los actores y eso se acaba contagiando al patio de butacas, donde nada mas empezar se nos permite entrar en la trama (incluso con interpelaciones directas de la chispeante Dolo al público de la sala). La impresión general es que no se trata de hacer sangre, sino de jugar la baza de la nostalgia y la locura de la juventud que deja de serlo, vamos los últimos cohetes de la irresponsabilidad y el pequeño exceso (quizá por eso la intervencion filmada de Andrew al final, diciéndonos que pese a su separación, sigue muy bien con su vida anclada en la casa de los padres, las novias y la droga -blanda por supuesto- nos suena tan irremidablemente amarga e irreal).

Hablar de Carol López como de una Woody Allen de nuestra tierra, como ha escrito algún comentarista excesivo, se me antoja bastante corto de vista. Carol tiene madera, a qué negarlo, pero quizá le falta profundidad, mala leche e ironía. Exactamente lo que le falta a "Res no tornarà..." para ser mucho más que una pequeña comedia con aires de vodevil. Lo que si le sobra a Carol López es la habilidad de crear complicidad. Y no sólo en los actores.

 

 



 

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11 febrero 2012 6 11 /02 /febrero /2012 10:37

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El "star system" de Hollywood puede en ocasiones ser algo perverso de forma inconsciente. Nadie discute que una pareja como Matt Damon y Scarlett Johanson tiene todos los números para ofrecernos una película digna. Parece que hasta la química entre ambos no puede dejar de funcionar dadas las coordenadas de belleza, simpatía, fotogenia y fuerza interpretativa. Solo hay que ponerle en las manos un buen guión, un buen  director y una buena fotografía y técnica cinematográfica. Pues bien, en teoría, sobre el papel, todo eso, más o menos, estaba en el puchero de la película. ¿por qué diablos ha salido un potaje tan desangelado, previsible, absurdo, emocionalmente ambiguo y ñoño hasta la verguenza ajena?

La historia de esa familia desestructurada por la muerte de la esposa y el empecinamiento del varón en regentar un zoo, asi por las buenas, solo porque la casa de los sueños de su hijita lleva uno adosado, es de un pretendidamente lacrimoso sentimentalismo que bordea la idiotez más suntuosa. Ni Matt, ni Scarlett, ni el resto del elenco, incluidos niñita adorable y adolescente odioso, parecen creerse el bodrio que tratan de perpretar.

Cameron Crowe (que dirigió las vagamente interesantes "Jerry Maguire" o "Vanilla Sky") certifica aquí su decadente valía.

Con el marchamo evanescente y pretencioso de "una historia real", el asunto del viudo y su familia invirtiéndolo todo en un zoo en horas bajas cargado de personal desmotivado y logrando el triunfo del american good way con las sonrisas y las conversiones de todos los personajes inmotivados, es cuanto menos, reiterativa y previsible hasta dejárselo de sobras. Melodrama interpretado con su conocida profesionalidad por los dos actores mencionados, que tratan de salvar como pueden el Titanic de la película, pero acaban hundiéndose con ella. Pero como el mensaje es que la familia que se hunde unida permanece hundida la mar de bien, pues eso, amigos, conocidos y gente que pasaban por allí apoyan esta historia americana de superación personal, familiar, laboral y social, para que nadie niegue la virtualidad gozosa del paraíso norteamericano.

La cosa está basada en la autobiografía de Benjamin Mee, personaje real, que terminó regentando un zoo sin saber nada de animales, sólo como prueba canónica del esfuerzo personal y sacó un libro que engrosó la lista pretenciosa de libros de autoayuda y gloirificación por el esfuerzo.

Mencionemos el encanto de Maggie Elizabeth Jones, la niña, una de esas pequeñas actrices que parecen haber nacido con una cámara en el chupete. La subtrama adolescente es perfectamente olvidable y no hay muestras de profundidad psicológica en ninguno de los personajes secundarios, sino a efectos de coro tragicómico griego para un tema que no logra conmover a la mayoría de espectadores... y que pronto nutrirá los anaqueles de dvd de alquiler para tardes familiares de domingo

 


 

 

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10 febrero 2012 5 10 /02 /febrero /2012 12:08

Siempre me ha cautivado el ballet clásico. El paradigma popular de esa danza es para mí "El lago de los cisnes" de Piotr Txaikovski, que fue estrenado en el Bolshoi de Moscú en 1877. La actual revisión que se puede disfrutar en el Liceo es la del bailarín Angel Corella, bastante clásica a su vez. Como detalle de interés añadido, en el papel de Odette y de Odile, cisne blanco, cisne negro, la americana Sarah Lane, que dobló a Nathalie Portman en esa magnífica y algo tramposilla película que fue "Cisne negro" y levantó cierta polémica interesadamente orquestada por los encargados de promocionar la película. Sarah Lane reivindicaba el esfuerzo y dedicación que debe aplicar cualquier bailarín de ballet clásico para ejercer su profesión con lo que, sin minimizar los méritos de la Portman, aseguraba que para bailar de verdad como una profesional del ballet no eran suficientes ni uno (tiempo dedicado por la actriz para preparar su papel) ni diez años de entrenamiento. Sus palabras fueron sacadas de contexto y se presentaron como una reivindicación algo indigna e inoportuna de la bailarina contra la actriz.

Al margen de todo eso, ya escribiré otro día sobre la magnífica función liceísta, sólo dejar constancia de la perfección técnica de los bailarines de Corella, de él mismo y de su invitada. Un espectáculo que enriquece el alma. Bel.lo, bel.lísimo!!!

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