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3 enero 2012 2 03 /01 /enero /2012 08:28

mision-imposible-protocolo-fantasma-cartel2.jpg

 

 Nueva entrega de "Misión imposible", la franquicia comandada por el incombustible Tom Cruise. En "Protocolo fantasma" hay una nueva vuelta de tuerca, el grupo de Ethan Hunt ya queda fuera de la legalidad y se resucita la rivalidad con los rusos nada menos que volando el Kremlin  y acercando al fantasma de la Tercera Guerra Mundial. Estimulante pelicula de acción, magníficamente diseñada para divertir y asombrar al respetable. Cada entrega tiene su personalidad propia y ésta, en la que interviene ese niño Midas de Hollywood que es J.J. Abrahams, (que repite, ya que en la anterior M.I. de 2006, dirigía) está muy lejos de las que en su día dirigieron Brian de Palma o John Woo. Aquí es Brad Bird quien dirige el asunto con gran competencia..

Se nota que el director lo era hasta ahora de peliculas de dibujos animados (entre ellas la maravillosa obra maestra que fue "Ratatouille"), ya que hay un irreprimible y divertido proceso de hacer lo imposible visiblemente probable. Para satisfacción del espectador hay que decir que el bueno de Cruise ha rodado personalmente las secuencias más llamativas (y peligrosas) como correr atado a un cable de acero por la fachada encristalada  del edificio más alto del mundo, acompañado por una pegadiza y magnifica banda sonora de Michael Giacchino.

Como buen profesional que es, Cruise ha dejado campo suficiente para el lucimiento de sus compañeros de reparto, y así tanto Paula Patton, como Simon Pegg y el mister Q de Bond que aqui se llama Jeremy Renner y es el presunto artífice de los apratejos sofisticados e increibles que facilitan la labor a los del equipo de Ethan y que con esta peli repite intervención, con lo que suponemos que será uno de los actores permanentes en la serie.

La película, pues, cumple los requistiitos de rigor, acción trepidante, peligros sin cuento, situaciones durísimas con casi previsible final catastrófico que se arregla en el ultimo segundo, localizaciones magníficas en Moscú, Dubai (donde está el famoso hotel), Bombay, algo de sentido del humor casi siempre autoparódico lo que muestra la inteligencia saludable de los guionistas. Una obra pues al dictado de las exigencias de la industria y de sus objetivos más claros: arrasar con la taquilla y provocar sensaciones fuertes con final feliz a los millones de espectadores fascinados con las "misiones imposibes" desde aquéllas peliculas de los setenta en la tele, precedidas por el machacón y pegadizo ritmo de sintonía mientras una mecha se consume a toda velocidad y el artilugio de las instrucciones se autodestruye "en unos segundos" (divertida la parodia de uno de esos chismes en "Protocolo fantasma", que anuncia su destrucción...pero falla, como en el catastrófico superagente 86 de feliz memoria).

No hay engaño, ni tela ni cartón, nos dan lo que nos ofrecen, ni una molecula suplementaria de inteligencia, critica social o política, sentimientos y sensibilidad: todo en las dosis justas para entretener y emocionar al respetable. Asi que la cosa se ajusta más o menos milimétricamente a un guión lo más compacto posible, aunque haya momentos demasiado dilatados en algunas secuencias (sobre todo al principio) en general el ritmo y el montaje se asjuatn con la brillantez dinámica habitual en estas producciones.

Aun así uno empieza a notar demasiadas resonancias entre las pelis de 007 de la época anterior a Daniel Craig y esta ultima Mision Imposible. Parece que lo que fue el sello de la casa Bond  desde las ultimas de Connery a las de la época de Pierce Brosnan, logros cada vez más disparatados con artilugios cada vez mas complejos, se está convirtiendo en el mas dificil todavía de Cruise. En el honroso capítulo de "malos", Michael Nyqvist parece encarnar al malvado de rigor, a la altura del hombre que lloraba sangre en el ultimo Bond-Craig y pertenece también a la pujante nómina de actores nordeuropeos que comienza a triunfar en Hollywood.

Película divertida y previsible. Para disfrutar de un par de horas de asueto.

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2 enero 2012 1 02 /01 /enero /2012 08:26

arthur-christmas-cartel-1.jpg

Magnífica, inteligente, sensible y divertida pelicula de dibujos animados. Indicadísima para familias con hijos pequeños, una oportunidad para ir todos juntos al mismo cine sin necesidad de que los adultos se embadurnen antes de salir de casa de dosis de paciencia y estoicismo.

El argumento es limpio y directo: durante la Nochebuena Santa Claus y su ejército de elfos y duendecillos reparten dos mil millones de regalos por todo el mundo. Se trata de una eficaz multinacional con medios informáticos casi exactos y medios logísticos a tenor de los tiempos, una nave espacial semejante a la de los extraterrestres de "Independence Day" pero llena de elfos, regalos y la oronda y algo cansada figura de un Santa Claus que tiene dos hijos, los dos dedicados a ayudar a su padre con muy distinto talante y factura. Steve, un gigantón paramilitar que dirige el descacharrante cotarro como una empresa y el más torpe y entrañable, Arthur, que da su nombre a la pelicula, y va de antihéroe torpón y bienintencionado que logra lo imposible por su tesón y su ilusión a toda prueba. Precisamente este año ha habido un único error logístico, porcentaje despreciable en tan enorme cantidad de envíos. Pero un error que tiene cara, ojos y nombre, una niña inglesa se quedará sin la bicicleta que pidió  a Santa Claus.

Arthur, contra viento y marea, acompañado por su desternillante abuelo, ex Santa,  y una elfa que parece facturada por los Monthy Pytton, se empeña en que la niña tenga su regalo y asi que nadie dude de la existencia de Santa Claus y su legiones de elfos con sede logística en el Polo Norte. Se trata de una pelicula realizada por Sony Pictures y por Ardaman Animation (le genial artífice de las películas de "Wallace y Gromit" o de "Chicken Run, evasión en la granja") Por lo tanto, diversión inteligente garantizada. Lejos de la plastilina de esos clásicos, la Ardaman ha utilizado su puntillosa y elegante puesta en escena para estos dibujos aniumados que convierten a Arthur, el abuelo ex Santa, los elfos y el marcial hermano más listo de Arthur, en una diversión trepidante.

La directora de la película Sarah Smith ha dejado bien alto el pabellón de su primera cinta profesional, con un guión redondo (firmado también por ella y por Peter Baynham) de lo menos tópico, amablemente critico, con humor algo gamberro, pero lleno de afectuosos mensajes de alegria, entusiasmo y esperanza (sin una sola molécula de sentimentalismo facilón o del tópico espiritu navideño de la ternura impostada). es decir uno de los mensajes navideños más apropiados y pertinentes que he visto desde las películas de Kapra y el lloroso Stewart rememorando lo que sería una Navidad sin él.

La moraleja es sencilla: frente a la gran teconología, eficaz pero fria y un poco deshumanizada en que los tiempos han convertido a la gran empresa distributiva de ilusiones infantiles de Santa Claus, se abre paso --con un vigor a prueba de bombas-- el poder del corazón, del sentimiento, de la decisión humana falible pero, capaz de superar los errores y subsanarlos. Es decir el enfrentamiento entre Steve, el superhombre y Arthur, el adolescente despistado y honesto que trata de mantener vivio el espíritu de la Navidad encarnado en su venerable padre.

Para el baúl de recuerdos del cinéfilo, la lisérgica secuencia de los animales salvajes de la sabana de Tanzania volando por los cielos gracias al polvo mágico que Santa Claus usa para hacer volar al trineo y a los renos, en la versión obsoleta de los viajes de Santa, que Arthur desempolva para poder subsanar el error de los supertecnificados elfos de la nave espacial dirigidas con mano de hierro por el podersos Steve (que le disputa una bicicleta a un niño, tras comprobar que se había equivocado de destinatario y olvidando el gran principio de su padre: los niños jamas deben ver a Santa o a sus enviados).

 Gran película, pues, para la grey infantil y para sus padres. Una visión de la Navidad que reconforta y nos trae el eco y la nostalgia de aquéllas navidades en las que las cosas eran más sencillas y quizá mas auténticas.

 

 

 

 

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1 enero 2012 7 01 /01 /enero /2012 09:47

el-topo-cartel-final.jpg 

  Cualquier tiempo pasado fue mejor. Con la guerra fría espiábamos mejor, todo estaba más claro, los buenos y los malos. Estos tiempos han cargado de comillas las calificaciones morales (aunque olvidemos que siempre ha habido comillas en esas calificaciones). En la versión ajustadísima y respetuosa de la novela de Le Carré que hace Tomas Alfredson, recuperamos el nostálgico sabor de cuando el Circus era el centro neurálgico del espionaje occidental y Karla su maquiavélica réplica rusa.

Película de tibiezas y oscuridades matizadas, el mundo delicadamente cruel del universo de Le Carré, oficiado por un George Smiley (magnífico Gary Oldman) cansado, retirado y estoico, renueva una vez más la dureza del mundo de los espías y de la llamada "inteligencia", de sus miserias y poder obsceno, de sus errores humanos y debilidades miserables, de sus heroicidades ocultas y rutinaria mediocridad, y uno no puede dejar de rememorar las lecturas del maestro Greene y más lejos, del Maugham del "Agente secreto".

Se palpa el respeto literario por el personaje de Le Carré no sólo en la austera interpretación de Oldman sino en la parafernalia del Circus donde el poder camina por la cuerda floja de los intereses nacionales y el interesado ocultismo de las rivalidades entre los dos bloques. Hay un canto nostálgico al pasado que Smiley acota secamente en una secuencia junto a una excompañera de trabajo, sentimental y nostálgica, para recordar que entonces habia una guerra y la verdad es que también existe esa guerra en el momento que se nos narra, aunque larvada, subterránea e hipócrita.

Usando a menudo el flash back, Alfredson nos da pinceladas de aquél Circus de antaño, del juego de pasiones que entrañaba, de sus fiestas, sus traiciones y sus alianzas, sus relaciones amorosas, la homosexualidad de algunos y los heteros totalmente desmadrados, excepto el fiel y lamentable Smiley, enamorado de su mujer Ana, hasta el delirio masoquista. ¿Estaba todo más claro entonces? No parece dar esa impresión la película que acaba con un Smiley vuelto al trono, con una vacua sonrisa en un rostro que nunca sonrie. Hay en Smiley-Oldman una dureza y un dolor agazapado que se resuelven en silencios imperturbables, en una cierta incomodidad que se comunica al espectador, como si el veterano agente ya estuviera más allá del bien y del mal.

Los demás personajes van lidiando con la soledad y los sentimientos traicionados al ritmo de la musica hipnótica de Alberto Iglesias que dan un contrapunto inquietante a las secuencias, desde Budapest o Estambul hasta los pasillos desangelados y los despachos oscuros del Circus y terminando con una canción de Trenet orquestando el final de la nostalgia y el ajuste de cuentas.

La presencia del "topo" que va socavando el Circus en sus niveles más altos se va concretando en la intensa búsqueda de Smiley, trufada de recuerdos y pesares y lo hace como si nos lo contaran en la primera versión de la novela en los cines, que dista de 1979 o de la serie que facturó la BBC hace años que respetó el titulo original de Le Carre, "Tinker, tailor, soldier, spy" (Calderero, sastre, soldado, espía). Ese aire retro es un logro del director, el sueco Alfredson, que hace esperar con interés próximas realizaciones.

La amargura que destila la  victoria de Smiley se refuerza magistralmente en una penúltima secuencia, la del maduro agente entrando en su casa y descubriendo en el salon a su infiel esposa que ha regresado --culpable, y aún así, totalmente desconocida para el espectador-- al hogar y al matrimonio. Y que es aceptada, tras la crispación de la mano del Smiley-Oldman sobre la barandilla de la escalera al verla, con una caricia leve sobre el brazo de ella.

Así pues, nada mas lejos de la glamurosa presencia de Bond o de Bourne, nada de peleas olímpicas o artilugios perfectos: solo el mundo siniestro, mezquino y burocrático de las oficinas y despachos del Circus, sin un "M" poderoso e inmarchitable, sin permisos para matar, sin malos de cuento de niños sádicos, sólo funcionarios grises aunque elegantes que cometen demasiados errores.

Colin Firth, con su elegante y frio desparpajo, John Hurt, Toby Jones, Ciarán Hints, Tom Hardy, entre otros, complementan un reparto magnífico. Una estimable película que estimulará a los cinéfilos que no busquen en el cine la comercialidad y la brillantez aparente. Una película en suma que hay que ver tras leerse la soberbia novela de Le Carré. Una vez más.

 

 

 

Todo visto desde unos metros, sin que este genial director, permitiera que la camara se acercara. Alfredson reinventa el cine de espías por encima de las tramas y las complejidades de los servicios secretos, sus herramientas y sus héroes y sicarios. Nos devuelve el temblor de lo  humano y la profundidad de los sentimientos, de la forma más sobria y austera posible.

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31 diciembre 2011 6 31 /12 /diciembre /2011 08:50

el-gato-con-botas-cartel-2.jpgBueno, el mercado tiene sus leyes. Lo malo es que a veces nos suele sorprender o lo que es igual, siempre se nos escapa algo que cambia las previsiones. Así los realizadores de "Sherk" han estado exprimiendo el limón de la franquicia con mayor o menos éxito y siempre con grandes beneficios, con lo que era de esperar que a alguien --Chris Miller-- le diera por sacarle partido a uno de los personajes mas encantadores de la saga, el gato-Banderas- con botas.

Vaya por delante una aseveración: no está mal. El producto está realizado con dignidad, con gracia y con bastante inventiva, a pesar de la previsibilidad de la mayoría del argumento. Pero hay secuencias con garra, desde la infancia del gato en el horfanato hasta la relación con Kitty, la gata ladrona --Helma Sayeck-- solo que aún así no logramos enganchar con el trepidante ritmo de la cinta ni logramos que el huevo-malo-traidor-bueno reconvertido- Humpty Dumpty, robado de "Alicia", nos acabe de caer simpático en ningún momento. Por esta causa o por otra, terminamos de ver la pelicula sin ninguna sensación memorable, como las que suelen regalar otras joyas animadas desde Toy Story a los mismos Shrek, "Up" y el primer "Car" (el 2 ha pinchado también en taquilla) o el ya lejano pero inolvidable robot Wall-e.

El gato logra su objetivo con el inmarchitable gracejo simpático de Antonio Banderas, pero se queda bastante solo en su propuesta, animado de vez en cuando con el desparpajo de la gata, que da pie a numerosos guiños destinados al publico adulto, un acierto habitual en las animaciones de Dream Works (entre ellos los destinados a recordar a los cinéfilos el "sello" épico de Banderas-Zorro). Pero si la técnicas y las "interpretaciones" dan lo necesario, ¿qué es lo que falla". Quizá el argumento.

Veremos en la próxima --seguro que iniciamos franquicia-- si se esmeran más los guionistas, porque el personaje tiene cuerda para rato. Quizá Dream Works debería robarle --o pedirles prestado-- un par de guionistas a Pixar.

 

 

 

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30 diciembre 2011 5 30 /12 /diciembre /2011 08:35

libertad-franzen.png

 

Por Dios, déjenme ustedes de otra "gran novela americana" o, peor, de "la" gran novela americana. Una buena novela, con algunos defectos y algunos excesos y algunos aciertos. Nada que te haga pensar que Melville, Twain, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner, Philip Roth, Pynchon, Steinbeck, Bellow, DeLillo o Updike deben dejar su puesto a Jonathan Franzen (Chicago 1959). Por mucho que los departamentos de marketing de las editoriales, la revista Time o el New York Times se empeñen y nuestros medios, casi en su totalidad, hagan delirante caja de resonancia hagiográfica, la novela de Franzen, estimable sin duda, no está destinada a hacerse un hueco entre las que han sido honradas por ese calificativo grandilocuente que, por cierto, inventó un escritor y periodista sin mucha suerte, John William De Forest, en 1898, el año de nuestro "gran desastre español".

En el gran país americano se aprovecha todo para favorecer las ventas. Y así el hecho de que el presidente Obama la recomendara (¿quién ha nombrado a Obama crítico literario?) le dio tal espaldarazo que nadie se preguntó por qué "Libertad" no ganó ninguno de los grandes premios literarios del país, ni el Pullitzer, ni el Nacional, ni el de la Crítica.

Eso, evidentemente no quiere decir que la novela no merezca atención y esté bastante por encima de la mayoría de las que se publican allí y nos llegan aquí enaltecidas para alimentar el papanatismo cultural de muchos. Permítanme: la novela de Franzen es una excelente, y demasiado larga, novela en la que se busca y casi se consigue, extrapolar las características vivenciales y de carácter de los miembros de una familia de clase media norteamericana a algo que se repite en esa misma clase social en la mayoría de los países de occidente. Es decir, Franzen hace que las insensateces, penurias, defectos y virtudes de un grupo de personas unidas por vínculos más o menos directos sean fácilmente reconocibles en la aldea global, como algo muy cercano a nosotros sus lectores, aunque vivamos en Madrid, Lisboa, Paris, Londres, Berlin…o el Matarraña.

Franzen ya había dado muestras de su ambición y regular factura literaria con "Las correcciones" (2001). Luego, tras ser mimado en exceso por los medios de su país (y área de influencia), nueve años de silencio hasta "Libertad", que de inmediato fue elevada a la categoría de "obra maestra" (otro de los calificativos más excesivos y ridículos que se prodiga en todas partes) por el NYT y "Time" le dedicó su portada (gran fanfarria de timbales victoriosos).

"Libertad" nos narra la saga familiar de los Berglung, Walter y Patty, un matrimonio de jóvenes universitarios, él ecologista, ella deportista y ama de casa vocacional confesa, dinámicos, superficiales e idealistas a lo largo de varias decenas de años. La vida va haciendo mella en los bien perfilados caracteres de nuestra pareja (a la que hay que añadir un amigo de él, Richard, impenitente mujeriego, que servirá de revulsivo moral y físico al matrimonio ya desde su época de novios) y hará que la coherencia personal e ideológica se vaya al traste, provocando depresiones y hundimientos en los tres personajes.

La aventura personal va encuadrándose dentro de los avatares nacionales, políticos y sociales, y es aquí donde resuena esa "libertad" individual y social que es el desiderátum de todos ellos y que está constantemente cuestionada y limitada por una forma de vida, las necesidades que uno se crea y el impacto de los sucesos globales (así el 11-S). En este contexto, las miserias personales también se inscriben en un cuadro general en el que prima la crisis económica, la corrupción financiera, los grandes escándalos y como correlato, la imparable crisis de los valores y los principios que caracteriza nuestro mundo actual. Contra eso, nos dice Franzen, hay que buscar un punto de solidez y eso en definitiva solo lo puede hallar uno en la familia. Esta moraleja, edificante y muy norteamericana, es la que acaba imponiéndose allá por las últimas y emocionales páginas de las 667 que consta la edición en castellano de "Salamandra".

Para llegar a esa conclusión salvadora, Franzen, nos sumerge en una corriente muy dinámica y a veces deslumbrante de hechos, personajes (demasiado tópicos y esquemáticos, como si nos dieran una ficha para que los reconozcamos) y diálogos, que lo dejan a uno literalmente sin aliento. Todo escrito con un estilo ágil, impactante e incisivo –casi de crónica periodística o de texto publicitario- que nos muestra con meticulosidad de entomólogo los motivos auténticos de las acciones y actitudes de los personajes, gracias a Dios con bastante sentido del humor. Y es que Franzen no puede evitar, a pesar de su humor o gracias a él, ponerse "estupendo" (como diría Max Estrella) y recordarnos a todos sus humildes lectores que el amor mueve el mundo y como la bebida de las burbujitas "es la ilusión de la vida".

Con el amor, nos viene a decir, la libertad es más libre. Aunque claro hay que pasar por los requisitos de rigor, la libertad no es gratis, hay que ganársela y hay multitud de trampas y obstáculos en todos los niveles, desde el individual, al familiar y al social, en los que por motivos políticos o humanos, se la reduce a poco más que una palabra retórica.

El universo humano de la novela, Walter y Patty, el amigo en discordia Richard Katz, Joey y Jessica, los hijos del matrimonio, los padres de Walter y Patty, sus hermanos, va interactuando con el proceso de deterioro o de afirmación que la vida imprime a cada persona y Franzen nos lo cuenta con humor y con amor, haciéndonos eco de los problemas que se crean, los malentendidos, los fracasos y los abusos, las miserias y las mezquindades de unos u otros (con el fantasma de la libertad como núcleo duro, entre el deseo y la limitación) y cuando todo parece irse al garete, intervendrá el amor… el gran héroe norteamericano de la clase media logra vencer y se retira a la paz del hogar. En la lucha se ha dejado media vida y heridas sin cuento, pero como en las películas de Frank Capra, Juan Nadie se recompone y sigue adelante…

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30 diciembre 2011 5 30 /12 /diciembre /2011 08:12

Acantilado, la magnifica editorial barcelonesa, ha estado preparando durante mucho tiempo la edición de una de las grandes obras de la literatura mundial, "Gargantúa y Pantagruel" de Francois Rabelais. Como es una obra que ya no está protegida por derechos debido a su venerable antiguedad (1542) y es de dominio público, los de Acantilado han tenido buen cuidado en mantener en secreto su edición (tanto es así, que me comenta una amiga relacionada con la editorial que a todos les obligaban a firmar un documento comprometiéndose a no revelar que se estaba trabajando en esta edición  de Rabelais).

Ya tengo sobre la mesa el volumen de los cinco libros del clásico rabelesiano, magnificamente editado, con sus tapas duras de cartoné con el bicolor tradicional en Acantilado y una portada que reproduce una obra de Santi Moix, cobalto sobre vidrio glaseado en terracotta de barro y que muestra a un niño desnudo gigantesco devorando los animales que afanosos pigmeos le llevan con escaleras, a su alcance (se trata de la infancia del gigante Gargantúa, padre de Pantagruel).

Traducido por Gabriel Hormaechea y con prefacio del erudito francés Guy Demerson, la presente edición basada en la última revisada por Rabelais en 1542,  es uno de los libros más ilustrativos -- y divertidos-- de un enfoque humanista de la vida, cálido  e incluso desvergonzado, una sátira de las estrecheces de miras escolásticas y de los excesos hipócritas de las religiones y sociedades, un juego escandaloso y procaz en el que no queda títere con cabeza, soez, escatológico, de una vulgaridad libertina, una comicidad de taberna y burdel, pero todo presentado con tal trazo grueso de exageración provocativa que uno rapidamente adquiere el alejamiento preciso para entender las intenciones del autor, su burlona pericia critica y entrar en el juego que nos propone entre las sutilezas de la parodia y la ironía. Como dice el autor en su libro IV, el pantagruelismo es "una cierta alegría de espíritu adobada con desprecio de las cosas fortuitas".

Como Rabelais escribe en su dedicatoria a los lectores: "despojaos de toda afección // y leyéndolo no os escandaliceis// no contiene ninguna infección// verdad es que aqui poca perfección// aprendereis, si no en caso de reir//...pues más vale de risa que de lágrimas escribir".

Verdaderamente, es así. Gocemos con Rabelais. No en vano es uno de los mas geniales precursores de las novela picaresca española, desde el  Lazarillo (1554), Marcos de Obregón o las Novelas ejemplares de Cervantes. Sólo la Celestina (1499) es anterior. Y es una tragicomedia.

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29 diciembre 2011 4 29 /12 /diciembre /2011 08:08

the-artist-cartel1.jpg

Tiene naturalmente sus detractores y los que tratan de minimizar un éxito a todas luces merecido, pero la impresión general que deja este filme, incluso o sobre todo a los cinéfilos, es que se trata de una gran película y que tanto el director Hazanavicius como el protagonista Jean Dujardin (una de las más perfectas y creativas creaciones miméticas, uno cree estar viendo al bailarín y actor norteamericano Gene Kelly redivivo) han rizado el rizo de la excelencia.

El director no ha tratado de "copiar" el cine de los años veinte, sino de realizar una propuesta muy inteligente sobre ese cine pionero pero con el reto del silencio como un inesperado y nada gratuito homenaje a aquél cine irrepetible. Es decir, planteamientos de hoy para un cine de ayer, aunando la actuación de actores en estado de gracia (con especial mención al citado Dujardin y en menor medida a Berenice Bejo y al siempre eficaz y sobrio John Goodman) con una puesta en escena magnífica y respetuosa, pero no con  afán de copia, insisto, sino de re-creación. Y esa voluntad de no imitar sino trascender es lo que hace de esta película un reto y un logro. Reto porque la apuesta era demasiado alta y corría peligro de quedarse en una silente nostalgia al estilo de "Cantando bajo la lluvia", "Inserts" o "El crepúsculo de los dioses" y tantas otras. Y un logro porque logra entretenernos con fuerza y conmovernos con profundidad usando una herramienta obsoleta, el silencio y la musica omnipresente.

Uno ve en el drama de ese actor que lucha contra el progreso y la realidad la historia de los Chaplin, Keaton, Fairbanks y tantos otros que quedaron en la cuneta del tiempo pasado mientras el cine pasaba a su lado en un incesante viaje hacia la modernidad.

La historia de amor entre el histórico actor maduro y la joven actriz que crece a tenor con el nuevo cine es el símbolo de una lucha incruenta que produjo muchas víctimas, aunque aquí se nos compense con un final feliz que debe haber puesto los dientes largos a Hollywood, una industria que ve como la vieja Europa se le adelanta en un homenaje sensacional al cine que ella inventó. Y Hazanavicius lo hace más difícil todavía, ya que evita las negruras éticas de Wilder y nos regala un drama vestido con el disfraz de la comedia, del humor y de la ternura. Hay mucho talento en ese director y mucho entusiasmo en todo el equipo que ha hecho posible esta película absolutamente necesaria.

No se pierdan, pues esta película, oberven con atención todas y cada una de sus secuencias, la pulcritud técnica, la fotografía en blanco y negro que recuerda la luminosidad del nitrato de plata, la excelente banda sonora... elementos todos que tampoco hacen olvidar, aunque si perdonar, el excesivo metraje, la previsibilidad argumental y algun que otro exceso de actuación.

Sin embargo la presencia mágica de Jean Dujardin, con su interpretación alucinante del gran actor del cine mudo, merece por si sola el visionado de este filme que, a pesar de haber conformado un hito en el cine de hoy, por su propia esencia creo que es irrepetible. Ha abierto una puerta efímera. Cualquier otro intento en este camino, sería reiteración.

  

 

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28 diciembre 2011 3 28 /12 /diciembre /2011 08:24

Desde "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero" o "Con una sola pierna" o "Despertares" (del que hay una versión cinematográfica dirigida por Penny Marshall -1990- interpretada por Robert de Niro y Robin Williams y que narra el descubrimiento realizado por Sacks del uso de la droga L-dopa en el estado de pacientes de encefalitis letárgica, provocando unos "despertares" de sus estados catatónicos pero, desgraciadamnente, con una duración limitada), los libros del neurólogo  Oliver Sacks me han impresionado, no sólo por versar sobre cuestiones patológicas o no, del funcionamiento del cerebro y la mente --ese mundo detrás del espejo que tiene infinitas posibilidades--. Ello constituye una de las temáticas que me han atraido más durante toda mi vida y ha motivado los muchos años dedicados al estudio de la psicología y el psicoanálisis y a una también dilatada, aunque selectiva práctica clínica. Pero es que además son libros extraordinariamente bien escritos y con rasgos poéticos e imaginativos que los convierten en lecturas apasionantes.

Ahora leo de Sacks su ultimo libro, "Los ojos de la mente". Parte de la fuerza y el interés que despierta Sacks en mi se debe al hecho realmente sorprendente de que el escritor es, él mismo, una persona que tiene unos problemas neurológicos --y al parecer de otros tipos-- de manual, con lo que se convierte en un autoinvestigador que con una lucidez e inteligencia extremas rastrea en sus propios males para analizar y describir los males ajenos y los casos --verdaderamente impresionantes-- que nos cuenta entre sus pacientes.

En este libro recoge sus investigaciones sobre pacientes y él mismo, que presentan alteraciones neurológicas de la facultad de ver, de la imaginación visual, de todos los parámetros personales, sociales y neurológicos que supone la visión -y sus fallos o carencias patológicas-- en la vida de las personas, mostrando hasta qué punto esa facultad CONFORMA NUESTRA PERSONALIDAD.

Llama la atención cómo esas deficiencias suelen atacar a personas que dependen especialmente de esas facultades, así la concertista que pierde la facultad de leer las pautas musicales o el escritor que de un dia para otro pierde la facultad de reconocer las letras o el mismo Sacks, que va perdiendo la facultad de reconocer las caras de las personas, aun las mas cercanas (prosopoagnosia) y los curiosos efectos que tuvo sobre su visión y su vida cotidiana el tumor que le hallaron en el ojo derecho. Todas esas personas cuyos apasionantes casos Sacks nos describe con emoción y claridad, empezando por el suyo propio, tienen una característica edificante: la lucha incesante y sin desmayo por  recuperar sus dones artísticos o sus actividades castigadas por la enfermedad, su entereza y la fuerza y dignidad que les lleva a recuperarse sino al completo lo suficiente para mantener una cierta calidad de vida. Y el propio Sacks es un brillante ejemplo de esa determinación heroica, ya que castigado desde muy  joven por enfermedades y problemas neurológicos de importancia, el doctor ha logrado mantener una apasionante vida de creación literaria y científica de primer orden, aparte de ser una persona con  numerosos y muy variados intereses culturales y artísticos que le convierten en un hombre del Renacimiento en pleno siglo XXI, ya que transita con igual soltura por la neurología, la  literatura, la poesía, el teatro, la música y el arte.

Maravilloso ejemplar humano. Un ejemplo para todos.

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27 diciembre 2011 2 27 /12 /diciembre /2011 10:00

in-time-cartel2.jpg

 

 Una nueva vuelta de tuerca al tema de la juventud eterna y el precio que hay que pagar por acceder a ese privilegio. Ya en "La fuga de Logan" dirigida en 1977 por Michael Anderson, los supervivientes de una catástrofe que ha diezmado la Tierra viven en una ciudad situada en el interior de una cúpula gigantesca. Allí, la edad está limitada a los 30 años. Logan 5 es miembro de una unidad especial de policía. Su misión consiste en capturar a los ciudadanos que en un intento desesperado de vivir más tiempo, tratan de escapar como sea de la ciudad. Cuando los ciudadanos pasan de los treinta años son eliminados en una ceremonia comunitaria de apariencias religiosas. Michael York la protagoniza y está basada en una novela de Nolan y Clayton.  

El film obtuvo el Oscar a los mejores efectos visuales en 1978. También en "Zardoz" la revolucionaria cinta dirigida en 1974 por John Boorman  e interpretada por Sean Connery y Charlotte Rempling, la cuestión de la eterna juventud de  unos pocos motiva la rebelión de la mayoría. A finales del siglo XXIII, en la tierra sólo sobreviven dos razas humanas: los inmortales contituyen una casta privilegiada, no envejecen y llevan una vida placentera; la otra raza vive primitivamente y sólo confía en Zardoz, el dios que veneran. Zardoz elige a unos cuantos hombres, les entrega armas y los adiestra para enfrentarse a los Inmortales (una especie de versión apocalíptica de "El mago de Oz").
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En cuanto a "In time", titulada muy apropiadamente en Hispanoamérica "El precio del mañana", los seres humanos dejan de envejecer a los 25 años. A partir de esa edad, el poder interviene y programa todos los cuerpos-mediante un reloj incrustado en el antebrazo- para vivir sólo un año más, a menos que el individuo compre, gane,herede o robe tiempo. Todo se paga con tiempo, segundos, minutos, horas, semanas, meses... Esa es la moneda, la economía global, las finanzas, de ese angustioso mundo, donde sólo los privilegiados de siempre disponen de tiempo a su placer, décadas y hasta siglos. Y siempre con 25 años. Mientras la mayoría, los ciudadanos del montón, trabajan desesperadamente para ganar sus salarios... en tiempo, aunque necesariamente el fin siempre les alcanza o les roban el tiempo que tienen. 
El actor-cantante Justin Timberlake (de momento no he logrado ver sus dotes de lo primero) interpreta a uno de esos pobres condenados --con un aspecto copiado de Jason Statman-- a la muerte después de los 25 años, que tiene la suerte de recibir de regalo cientos de años de un millonario hastiado de vivir que decide suicidarse. A partir de ese momento la trama se hace cada vez más previsible y disparatada, pero al mismo tiempo de una fuerza visual dinámica y ritmo endiablado, en el que no se nos deja tiempo para pensar ni resquicio alguno para la critica filosófica de la propuesta. Lo malo es que tampoco la trama permite que se presente una mínima conclusión digna de la calidad de la propuesta inicial. Todo se diluye en la acción, la arbitrariedad y la falta de coherencia intelectual con la premisa. Se convierte en un ejercicio de  -mal- estilo que sólo divierte a los que le piden solo diversión al cine. En el escaparate, unos actores y actrices muy "fashion", elegantes, jóvenes y hermosos, pero que actúan como maniquíes articulados.
Dirige Andrew Niccol, que mostró mucho mejor sus brillantes capacidades en cintas como "Gattaca" (1997), "El show de Truman" (1998) o "El señor de la guerra" (2005), todas ellas planteadas de una forma eficaz y elegante sobre temas tan interesantes como la invasión de los medios en la vida privada, el control y manipulación genética de nacimientos o el armamentismo como negocio global. Demosle un voto de confianza, con esos antecedentes.

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27 diciembre 2011 2 27 /12 /diciembre /2011 08:56

No se trata de Leopoldo Bloom, no, sino de Harold Bloom. Ambos guardan ciertas similitudes. El personaje señero de Joyce es fornido, epicúreo, divertido, melancólico y sensual. Por lo que he podido colegir, el Harold Blomm, profesor universitario de literatura y autor de un pretencioso y discutible pero interesante "Canon" de la literatura del siglo XX, tiene muchos elementos que le acercan al protagonista de "Ulises".

En sus propias palabras, y bien que lo siento, la obra que leo ahora, fascinado por su erudición y agilidad mental, "Anatomía de la influencia" (Ed. Taurus) sería el "canto del cisne" del excelente ensayista, debido no solo a su avanzada edad, 82 años, sino a un muy precario estado de salud que le ha quitado más de veinte kilos de peso en un año y añadido unos cuantos años más de deterioro a su aspecto.

En esta obra, que es la culminación de su teoría literaria predilecta, la influencia que reciben los genios literarios de sus predecesores y el brillante rastreo en sus obras de las obras y el pensamiento de esos autores, muchas veces casi desconocidos o ignorados. En los años setenta escribió "La ansiedad de la influencia" cuyos principios y sugerencias desarrolla ampliamente  en esta "Anatomía". Bloom nos permite generosamente que bucemos en los criterios que ha defendido durante toda su brillante carrera de critico literario para considerar porqué una determinada obra u autor merece estar en el canon de los grandes y cuales son los elementos que permiten inferir que una obra es muy superior a las que le antecedieron en el escenario literario de una determinada epoca y, en algunos casos, pocos, de todas las épocas, caso de Shakespeare, el gran creador por antonomasia para Bloom (y para quien esto suscribe, punto que siempre me ha hecho estar al lado de Bloom, aunque le discuta otras aseveraciones canónicas).

Es precisamente el Bardo, junto con el poeta Walt Whitman, los dos polos en los que se basa Bloom para montar el armazon teórico de su libro que, por encima de su indudable erudición, a mi personalmente me fascina por lo que tiene de confesión vitalista genuina: el principio vivencial que le sirve para subtitular su libro: "la literatura como modo de vida", algo que he compartido desde que muy pequeño aprendi a descifrar las letras, casi de una forma mágica y solitaria, una ocupación que se revelaría algo esencial en mi vida (como de una forma evidente y visible le fue concedido también a Bloom, que tan brillantemente ha dado prueba de ello hasta el final de sus días, tal vez muy cercano ya.

Shakespeare (del que escribió su maravilloso libro "Shakespeare o la invención de lo humano") es uno de los centros evocativos del libro que nos ocupa, junto a Milton, Leopardi. D.H.Lawrence, Shelley. Joyce, Auden, Melville y por supuesto Whitman. Un libro evocador y delicioso.

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