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2 diciembre 2011 5 02 /12 /diciembre /2011 14:09

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Roman Polanski siempre es una garantía para quien esto suscribe. Desde las lejanas "Repulsión", "El cuchillo en el agua" o "El baile de los vampiros" raramente me han defraudado sus películas, ya sea haciendo de Harrison Ford un médico perdido en una pesadilla en Paris o recreando la vida de un pianista judío en la Varsovia arrasada de los nazis o la de un escritor al servicio de un político de fama.

En "Un dios salvaje"  Polanski forma alianza con la dramaturga francesa de padres judíos, iraní y húngara, Yasmina Reza (de quien recuerdo con absoluto placer su pieza "Arte" que se convirtió en un fenómeno de público en los escenarios de todo el mundo occidental) para entre los dos llevar a la pantalla su obra del mismo título que aquí en España vimos de la mano de Aitana Sanchez Gijón y Maribel Verdú.

En "Un dios salvaje" la trama es simple, lineal, aparentemente baladí. El hijo de la pareja formada por Christoph Waltz (el oficial nazi de "Malditos bastardos") y Kate Winslet ("Titanic") ha golpeado con un palo, en el parque donde jugaban, al hijo de John Railly  ("Chicago") y Jodie Foster  ("La habitación del pánico"). Son dos adolescentes ensarzados en una tipica pelea de niños, pero aquí uno de ellos ha resultado herido en la boca, no muy grave pero lo suficiente para haber tenido que pasar por las urgencias de un hospital. La primera pareja va a casa de la  segunda para pedir excusas y llegar a un acuerdo que evite males mayores.

Pero la civilizada reunión de adultos que quieren aclarar la infantil disputa comienza a torcerse nada más empezar y el claustrofóbico salon de estar de la familia, de clase más modesta que la de los visitantes, se convierte en un campo de batalla donde todos los golpes bajos están permitidos y en el que los pacíficos y educados matrimonios dejan las máscaras a un lado y muestran el auténtico y brutal aspecto de los seres reprimidos, ansiosos y vulgares que guardan en su interior, no sólo entre las dos parejas sino entre los miembros de cada una. En relación a esto, apuntar la eficacia del cartel de promoción de la pelicula, un recital de los rostros de cada uno de los personajes que pasan de la sonrisa al grito o al gesto de ira y odio.

Es esta una película de mujeres. Tanto la Winslet como la Foster bordan sus papeles y no les van a la zaga, en segundo término, el cinismo y la dureza inhumana del personaje de Waltz y la mezquindad y vulgaridad de Railly. Es una guerra de todos contra todos en las que se establecen momentáneas y precarias alianzas para atacar con mayor fiereza al contrario. Sin embargo, los ataques, el intercambio de insultos, observaciones hirientes o sarcásticas agresiones, nos entretienen pero no nos llegan a incomodar. El espectador no se remueve incómodo en el asiento ante la brutalidad del diálogo. Hay como una suavización en los actores (y en el director, que incide más en la ironía y el sarcasmo) y lo que acontece, sin duda brutal y absurdo, no produce el rechazo de algunas escenas de "¿?Quien teme a Virginia Wolf?", por ejemplo, por citar otra obra de teatro y película que obedece a la misma estructura argumental.

Pero esa falta de mala uva que se percibe hasta el final, no desluce la brillante propuesta de Polanski, el magnifico trabajo de los actores, el recital de las dos mujeres y la sutil malignidad y corrupción de ese gran Christopher Waltz, cada vez más impresionante desde que practicamente se dio a conocer en la pelicula de Tarantino, donde mostró un complejo carácter que aunaba la sonrisa con la crueldad más refinada, y la educación con la brutalidad y el cinismo, (un poco como en su papel en "Un dios salvaje")

La película consigue un alto nivel de calidad si uno repara en la magnifica puesta en escena, en el juego de primeros planos que no dejan escapar ni un solo gesto ni significativa mirada de los actores y en el logro de meternos en un  ambiente cerrado donde la hostilidad del animal que llevan dentro cada personaje pueda manifestarse con toda su vociferante --o insidiosamente suave-- malignidad. El alcohol cumple su papel de revulsivo y los cuatros personajes hacen tabla rasa de todo aquello --ideas, objetos, sueños-- que a cada uno de ellos les sirve de muleta para superar la mezquinad de sus vidas y la frustración de sus almas. El uso de elementos catárticos, como el continuo sonido del movil de Waltz, los tulipanes de la dueña de la casa o el hamster abandonado por Reilly, llevan al paroxismo el comportamiento de los cuatro padres de familia convertidos en salvajes a los que todo está permitido.

La hipocresía queda denunciada, los civilizados ciudadanos se vuelven energúmenos y la pelea de los niños queda en el fondo de un pozo desprovista de fuerza y razón ante el demoledor retrato de sus padres. Polanski maneja los hilos con su habitual pericia y el espectador puede escoger entre darle profundidad critica a la propuesta y admitir la premisa de que todo huele a podrido en la cultura  y la ética del hombre occidental o, segunda opción, tomárselo todo como una comedia ácida pero bastante acertada sobre la debilidad del equilibrio de comportamientos y actitudes en la sociedad actual.

Para terminar, entre los restos del naufragio, bajo la mirada de cuatro adultos desprovistos de dignidad que van cayendo irremisiblemente en la bajeza, Polanski nos ofrece una imagen de un parque infantil, donde los dos niños que se pelearon están con las cabezas juntas hablando de algo, tan amigos, mientras en la escena anterior el asco y la violencia aún vibran entre sus cultos y progres padres.

 

 

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2 diciembre 2011 5 02 /12 /diciembre /2011 08:57

Bernard Pivot, el un magnífico divulgador de los libros y la lectura, que dirigió hace años un programa modélico en la tele francesa que se llamó "Apostrophes" y fue el más seguido -y temido-- de la cultura del país vecino. Corrían los años 80 y yo me las ingeniaba para estar al tanto de lo que hacía Pivot. Me había suscrito a "Lire" y "Magazine Litteraire" y publicaba critica de libros en "La Vanguardia", un par de revistas literarias, como "Camp del Arpa" y "Libros" y se me encargó la critica para el servicio de Efe en Hispanoamérica. Por tanto, en menor escala que Pivot, claro, recibía ingentes cantidades de libros de las editoriales de nuestro país y tenía el problema de cualquier "lletraferit", los libros conquistaban todo el territorio hogareño, amenazando expulsarnos a todos de allí (a pesar de que en aquella epoca vivía con mi familia en un chalet de montaña en Cabrils, en pleno Maresme y disponía de casi 400 metros cuadrados para ir colocando mis libros). El otro dia en "Babelia" Pivot declaraba " hay que defenderse de los libros, si no controlas los flujos, te rindes, te acaban invadiendo y te arriesgas a perder a tu familia que, simplemente, renuncia". Algo parecido me ocurrió. Cuando llegó la hora de dejar aquella casa hube de organizar un "auto de fe" en el que miles de volúmenes fueron saqueados con mi permiso (y mi dolor) por amigos, vecinos y familiares. Y toda una montaña de ellos en el garaje quedaron para ser examinados por el comprador de la casa o lanzados a la basura. Horrible.

Ahora ya hay menos libros a mi alrededor, me he vuelto muy selectivo, casi celosamente selectivo y voy dando carta de naturaleza a aquellos libros que realmente forman parte de mi vida y deseo que sigan haciéndolo. Y he podido comprobar, con sorpresa, que apenas rebasan dos o tres centenares de titulos. Aunque eso no impide que cada semana nuevos reclutas de tinta y papel asedien mi repleto hogar, primero para entrar en él y luego, mirar si pueden superar el "donoso escrutinio" al que someto los ejemplares para decidir si formarán parte, o no, de la "áurea legión de honor".

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1 diciembre 2011 4 01 /12 /diciembre /2011 09:11

 

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Si tuviera que establecer un "canon" de la mejor novela del siglo pasado, dudaría hasta el colapso entre "En busca del tiempo perdido" de Proust (que son siete libros), "Bajo el volcán" de Malcolm Lowry, "El ruido y la furia" de William Faulkner, "Ulises" de James Joyce y "El cuarteto de Alejandría" de Lawrence Durrell.

El "Cuarteto", tetralogía formada por las novelas, "Justine", "Mountoulive", "Clea" y "Balthazar" es, sin dudarlo, una de las cumbres de la novela inglesa de todos los tiempos. Está basada en las vidas de cuatro personajes durante el tiempo en que viven, sufren y aman en una ciudad mediterránea mítica, Alejandría, patria de  la ahora popular Hipatia (vean la película de Amenabar "Agora"), sede de la  mayor biblioteca de la antiguedad, 400.000 volúmenes en el 250 antes de Cristo, caldo de cultivo de filósofos y místicos (neopitagóricos, neoplatónicos, gnósticos, musulmanes y cristianos) desde Teócrito y Euclides a Plotino. Sin olvidar por supuesto a los intensos amores de Antonio y Cleopatra. Símbolo del fin del mundo antiguo con dos hechos históricos que tuvieron lugar bajo su cielo: la destrución de la Biblioteca por el musulmán Omar y el asesinato de Hipatia por los cristianos.

En una ciudad como esa, crisol de historia, cultura y belleza, entre los primeros años del siglo XX y los de su mitad, hubo una confluencia literaria de alto nivel: el escritor inglés E.M. Forster (autor de novelas tan magníficas como "Habitación con vistas", "Maurice", "El viaje más largo", "Pasaje a la India"), el poeta  griego naturalizado alejandrino Constantin Kavafis (¿Quién no conoce su "Viaje a Itaca"?) y más adelantado el siglo el mismísimo Durrell que, de alguna manera, dio el espaldarazo literario a la ciudad acogiendo en sus cuatro novelas a trasuntos de Kavafis o de Forster, de las religiones y filosofías que coexistían en la ciudad, de sus gentes y de su ambiente.

Para hacerse una cabal idea de lo que fue Alejandría, la del arco que oscila entre la primera guerra mundial y la segunda, amen de la decadencia generalizada que la ha convertido en una sombra de sí misma a partir de los años 50 hasta nuestros días, aconsejo el libro de Jane Lagoudis Pinchin "Alejandría:Kavafis, Forster y Durrell" (editado por la editorial granadina Almed).

Tras la lectura de este libro ni siquiera el más refractario de los lectores podrá resistir a la tentación de pasarse por cualquier librería bien dotada e invertir unos pocos euros en la adquisición de un ejemplar de los poemas de Kavafis (La  "Poesía completa" editada por Hiperión, no vale más de 15 euros) y otro día alguno de los libros de E.M Forster que ha editado Seix Barral (entre ellos su "Alejandria") y para coronar el placer lector, la edición completa del "Cuarteto" de Durrell (o alguno de sus volúmenes por separado) publicada por Edhasa en bolsillo y que apenas llegan a los diez euros cada uno. Parodiando el célebre comienzo del poema de Kavafis sobre Itaca, podríamos decir "Cuando partas hacia Alejandría (Itaca)//  pide que tu camino sea largo // y rico en aventuras y conocimiento".

El libro de Lagoudis analiza desde todos los puntos de vista la mitica (y mistica) ciudad egipcia, sus paisajes, su historia, sus anecdotas, su espíritu en suma. Y en ese viaje por sus páginas uno va encontrando a los tres escritores citados, adquiriendo familiaridad con las personas que fueron, la época convulsa que vivieron y la enorme seducción que la ciudad adquirió para ellos, así como la riquísima influencia que cada uno de ellos tuvo sobre los otros (exceptuando por razones biograficas a Kavafis y Durrell, ya que cuando éste llegó a Alejandría, el poeta ya llevaba algunos años muerto, aunque su influencia y su presencia aun estaba viva y llena de energía en las gentes que le conocieron).

Hace unos años busqué en la ciudad egipcia algo de su espíritu, quizá la fantasmal sombra de esos tres grandes escritores a los que tanto admiro. Paseé por la Corniche, junto al viejo puerto y el azul mediterráneo, tomé un té perfumado en el café Al Togariya, donde lo único literario que había eran dos o tres turistas ingleses o americanos con aspecto ensimismado leyendo y escribiendo en sus libretas "Moleskine" toda la nostalgia imposible que evoca la ciudad. Visité las obras de la nueva Biblioteca de Alejandría (alzada en recuerdo de la mítica). Fue inaugurada en el 2002 y yo paseé la ciudad en los noventa y, ciertamente, no había nada que me recordara mis lecturas, excepto la decadencia generalizada, una cierta suciedad que va ganando en presencia conforme uno se aleja del centro, ruido incesante, una aturdidora mezcla de motores, bocinas, timbrazos, radios a toda marcha con canciones pop, música árabe o empalagosas tonadas egipcias de amor, gritos, golpes, frenazos y altoparlantes con consignas (habia unas elecciones municipales en marcha). A mi alrededor esa continua turbamulta de alejandrinos, copia exacta de las multitudes paseantes, holgazanas, curiosas y raramente precipitadas que confluyen en los paseos y avenidas de cualquier gran ciudad arabe al filo del mediodia. Pero esas gentes  ya no sugerían tolerancia y respeto sino una agresiva indiferencia  cuando no una declarada hostilidad ante el extranjero (en una ciudad cosmopolita que fue la reina del cruce de culturas). Sólo permanece el mar como simbolo de identidad de la ciudad, volcada hacia el Mediterráneo, aunque ahora con ese algo cutre aspecto de patio trasero que muchas ciudades arabes dan a sus puertos y playas.

Rendi visita al Hotel Cecil, elevado al paraíso de los hoteles literarios gracias a Durrell y a Agatha Christie, aunque ahora vive penosamente de las viejas glorias y turistas ávidos de literatura. Pero cuando dejé Alejandría, muy decepcionado, y recorría por última vez en un taxi los parajes cercanos tan vivos en las páginas de "Justine" o de "Mountoulive", sentí de pronto una extraña desazón, como una nostalgia que procedía más de aire y la luz de la ciudad que de su pasado, de sus olores encontrados, ásperos, dulces y decadentes, una especie de corrompida grandeza hacia la que uno se siente atraido y rechazado al mismo tiempo. Así entendí la fascinación que produjo entre esos tres espíritus sensibles, cultos y creativos,  " sabios, irónicos y hedonistas" como les calificó el novelista  Nikos Kazantzakis ("Zorba, el griego", "Cristo de nuevo sacrificado") y de alguna forma me reconcilié con Alejandría. El libro de Jane Lagoudis me ha devuelto aquéllas sensaciones.

 

FICHA: "Alejandría, Cavafis, Forster y Durrell", Jane Lagoudis Pinchin.- Editorial Almed. Granada. 306 páginas.

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30 noviembre 2011 3 30 /11 /noviembre /2011 18:15

Hoy también ha sido un dia de niebla. Apropiado para reunirse con uno mismo, tomarse el pulso, mirar hacia dentro, escuchar esa nada pulsátil que es fugaz interludio entre los latidos del corazón, quedarse quieto, parado, suelto, ligero de equipaje. Un dia tranquilo en el que se produce una extraña ósmosis entre el exterior dormido bajo la frazada de las nubes, una claridad difusa que devora los perfiles de las cosas, el silencio de la casa, el sordo, peculiar golpeteo de las teclas del ordenador... y un interior que resuena en la misma onda, el cuerpo aquietado, quizá algo somnoliento pero activo en  ese rincón insomne donde anida algo que está más allá de la identidad y que es más tú que tu historia, tus recuerdos, tus deseos y tus frustraciones. Algo que es cuerpo y es algo más que carne, tejidos y sangre encorrentada: un latido que es como la reverberación de una esencia superior que comparte todo lo que vive y que apenas sabemos identificar.

En este dia de silencio, la mente parece detener su pesquisa permanente, se vuelve insólita hacia sí misma y no encuentra ecos, sólo lo que es, de lo que formas parte indisoluble e indispensable. Los adjetivos se enmohecen como las hojas de los árboles en otoño, aventadas por aire y sortilegio, respiras y ya solo hay un ir y venir de aire, todo adquiere un ritmo pausado, una cadencia que parece ir hacia un fin y que renace una y otra vez, como las olas que en la playa van a morir en la arena, para renacer de continuo en un proceso que no tiene fin. Hasta que el observador desaparece y es ola, es viento, es silencio, es nada.

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29 noviembre 2011 2 29 /11 /noviembre /2011 20:20

Don Miguel de Unamuno escribió en 1914 una novela llamada "Niebla". La leí en mis irredentas juventudes, pero no debio impresionarme mucho, porque no recuerdo casi nada de ella. Sólo que era una especie de planteamiento teórico-literario de la idea que don Miguel tenía de cómo se debe escribir una novela, o una "nivola", género espontáneo en el que el escritor simplemente se dejaba llevar por los personajes que iban apareciendo. Me pareció embarullado y utópico y pasé a otras lecturas.Del gran vasco solo me gustaron "San Manuel Bueno, mártir" y "La Tia Tula" cuya versión cinematográfica dirigida por Miguel Picazo y protagonizada por Aurora  Bautista, me encantó, a pesar o debido a su gris, oscuro retrato de la sociedad española de provincias a principios del siglo XX. Yo debía rozar los veinte años cuando di por cerrado el capítulo de Unamuno como novelista, no así como pensador. Viene a cuento por dos "casualidades". Mi tropiezo con un pequeño volumen muy bien encuadernado con tapas de piel y papel biblita de "Obras de Unamuno", editado por Losada, donde están alguna novelas y algunos ensayos. Digo tropieza porque el libro cayó a mis pies al desalojar una de las baldas de mi biblioteca ocupada por libros en dos hileras Y, casi simultáneamente, el encuentro por sorpresa de la biografía de Unamuno en Taurus (firmado por Colette y Jean Paul rabaté), libro importante, aparecido hace dos o tres años y que era el libro que estaba leyendo mi amigo y mentor Carlos Nadal cuando falleció, y que su viuda, me habia regalado hace unos meses,a petición mía. (Habia quedado pendiente una charla entre Carlos y yo sobre Unamuno y su pensamiento: esas citas imposibles que uno interpreta como fallos de la fatalidad cuando algo tan aparentemente baladí queda pendiente por desaparición definitiva de uno de los sujetos, tomando una importancia que seguramente de haberse realizado la charla jamas habría tenido). El libro se había caido tras un televisor y al no verle en su sitio, lo habia olvidado. Un cable casi suelto del aparato me hizo dar con el volumen.

Unamuno es un escritor brioso, confesional, apasionado y enérgico. Sus novelas resisten muy mal el paso del tiempo, suenan a algo viejo, caduco, quizá entrañable, pero retórico, un poco impostado. No así sus ensayos, la fuerza de su pensamiento y sus inquietudes filosóficas de profundo calado (sobre todo en el aspecto de la ética de la persona y de la situación: de ahi sus problemas políticos). Es como un Camus español, sin llegar a la genialidad del francés, pero con semejante ardor por la honestidad personal, a pesar de contradiciones u errores: un ser libre y comprometido con su tiempo y con su coherencia personal.

Por cierto, todo lo de Unamuno lo desencadenó la niebla que ha invadido esta tierra, procedente del valle del Ebro. Un manto espeso, viscoso y refractario al paisaje que extiende su pálida uniformidad por los campos y los montes del Matarraña. Cuando subí a los Ports, a unos mil metros de altitud, reinaba el sol en un cielo perfectamente azul. A los pies de la montaña un sudario blanco se extendía como un mar de leche hacia el horizonte. De la niebla surgió mi recuerdo de la novela unamuniana. Despues, las dos "casualidades" hicieron el resto

 

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28 noviembre 2011 1 28 /11 /noviembre /2011 10:10
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Estamos ante una de esas películas que deberían llevar el sello oficial que alguna vez vimos en otros tiempos, aquél que el régimen franquista llamaba "de interés nacional". Debería ser proyectada ente sus señorías, nada señores, de la clase política, sea cual sea su credo y siglas. Y, por supuesto, en los colegios y las facultades. Para que todos, en este país de escándalo, se hagan una idea de los tiempos que corren y la lamentable catadura ética a la que nos hemos acostumbrado. Tanto que apenas si nos llaman la atención, tras el mosqueo inicial y efímero, una película como ésta, "5 metros cuadrados".
La burbuja inmobiliaria, la crisis económica, social y financiera, la pócima que nos están dando dia si y el siguiente también. No hace falta mucho esfuerzo para sentirnos cercanos, si no identificados, con ese magnífico Fernando Tejero (Alex), muy lejos de su vis cómica habitual, cuyos ahorros entregados por la compra de un piso se desvanecen en una oscura y vergonzante teoría de especuladores, granujas de cuello blanco (soberbio Emilio Gutiérrez Caba), bancos y políticos de toda laya.
Viene a la memoria la película de Marco Ferreri que marcó la infancia de muchos, "El pisito" y la lamentable evidencia de que no han cambiado mucho las cosas desde los cincuenta del siglo pasado a nuestros días. Sólo algo ha cambiado: la posibilidad de decir mucho más claramente quiénes y dónde están los depredadores. Más libertad política para hablar e igual desierto ético en los niveles públicos y privados.
La dramática odisea de esa pareja que pretende comprar un hogar en la España del ladrillazo no se aleja mucho de la de "El pisito". Quizá haría falta un poco más de mala uva, de ironía, de sarcasmo, en esta visión de nuestro triste siglo XXI español. El director, Max Lemcke (que realizó otra buena película de critica social, "Casual Day"), dibuja con brío a los personajes, al ambiente malsano de bancos e inmobiliarias, las siniestras veleidades de los intereses politicos al margen del ciudadano común y corriente. Apoyado por un elenco de actores en estado de gracia asistimos al doble derrumbe de un sueño, el de los protagonistas y el de una sociedad justa donde los intereses de los más débiles sean respetados o al menos tengan una posibilidad de ser reivindicados con eficacia y propiedad.
Es la otra cara de la especulación urbanística, esas macros cifras que no nos dicen nada en un contexto de derrumbes: la cara trágica de esos hombres y mujeres (tan bien representados por Tejero y Malena Alterio) que son exprimidos hasta el final, burlados con saña (la secuencia en la que una representante de la empresa les ofrece a la pareja un acuerdo por el que aceptarán tres mil y pico euros --muy bueno el detalle del pico, de la fracción-- a cambio de los 50.000 que entregaron) y tan faltos de escrúpulos éstos como sobrados de indiferencia culpable los amigos  y familiares que son testigos del drama.
Evidentemente este es uno de los casos en que el tema de la película y la convicción de los personajes no pueden más que resaltar la mediocridad del guión y la de realización cinematográfica que no logra rebasar el grado de bienintencionada. Ni la fotografía, ni el ambiente, ni la gestión argumental hacen de "5 metros cuadrado" una buena película, de las que hacen huella en el cinéfilo. Es sólo su honestidad de planteamiento y sobre todo la interpretación las que elevan la calidad del producto, no sus valores intrínsecos cinematográficos.
Ya lo decía al principio, es una película que puede servir como documento para adjuntar a un pliego de denuncia, como elemento de convicción. Nunca como obra de creación cinematográfica (y eso a pesar de los muchos premios, algunos justificadísimos en los apartados que hemos calificado de notables, que se llevó en el festival de Málaga).

 

 

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27 noviembre 2011 7 27 /11 /noviembre /2011 09:28

Viajar por los pueblos y tierras del Bajo Aragón es una empresa hermosa y gratificante. Este fin de semana hemos ido a conocer Castellserás, en la margen derecha del Guadalope, aledaña al lugar de encuentro de este histórico río con el Mezquín. Tierras hermosas y bravas, de hondonadas y valles fértiles y de extensas planicies donde se balancea el cereal. De vez en cuando uno se topa con joyas artísticas, naturales, humanas, paisajísticas, rincones de una belleza abrumadora entre la soledad y el silencio. En este pueblo de apenas 800 habitantes, buscando información senderista, dimos con un -para mí-  desconocido museo dedicado a algo tan fundamental como la botánica, concretamente a las llamadas plantas medicinales. Se trata de un pequeño museo instalado en unas estancias del palacio de la Encomienda, del siglo XIV, que fue lugar de recogida de diezmos de la Orden de los Calatravos. El museo está dedicado a la memoria de dos científicos dedicados a la investigación de campo de las plantas medicinales: Francisco Loscos Bernal (nacido en 1823 en Samper de Calanda) y José Pardo Sastron (Torrecilla de Alcañiz, 1822). La instalación es atractiva, rodeada de un aire de ingenua sencillez y en ella uno se hace una precaria idea de la magnitud del trabajo de esos dos caballeros, de sus libros y publicaciones y de sus hallazgos. ¿Cuántas maravillas como ésta habrá por la España profunda, sin que la conozcan más que los del lugar o alrededores?

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26 noviembre 2011 6 26 /11 /noviembre /2011 11:16

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Reconforta ver como el cine español sigue escalando niveles de excelencia. Con una introducción ejemplar la película de Jorge Coira, de sello hispano-argentino, nos ofrece una visión desenfadada pero realista de las relaciones humanas basándose en las comidas o cenas, en el momento de comer como espejo de la entera relación entre las personas, ya sea el músico callejero (fenomenal Luís Tosar, como siempre) que es citado por el evanescente amor de su vida, como el joven que se pasa el dia cocinando para una mujer que desea y que nunca llega (una especie de "esperando a Godot" sentimental), el amor secreto pero evidente entre dos hombres, la cocinera que sueña con ser cantante y que ve como el empresario que la va a contratar se muere de un infarto mientras come, el silencio entre una pareja de ancianos que hace sus comidas sin hablarse, quizá porque ya se han dicho todo, la joven que deja a un amante maduro por el egoismo de éste, una serie de historias enlazadas en torno a una mesa donde se  come, se rie, se llora o se guarda silencio.

Como escenario global de esta pelicula coral tenemos un Santiago de Compostela fotografiado sin demasiado mimo, como si el director hubiera estado mas atento a los personajes que a su bello entorno. Oscilando entre el drama y la comedia y el reportaje de costumbres culinarias y gastronómicas, "18 comidas" agarra al espectador y le convence con la fuerza de sus historias, unas mas y otras menos, claro está,  y aunque el ritmo logra hilvanarlas con eficacia lo hace un poco irregularmente. Los actores refuerzan la garra de las imagenes y las historias, con un nivel bastante alto en general, Tosar, María Vázquez, Pedro Alonso, Ricardo de Barreiro, la catalana Cristina Brondo, Esperanza Pedreño (la amante imposible de Tosar, las mejores secuencias de la película, junto con la de los hermanos en la que uno de ellos descubre la homosexualidad del otro) , Victor Clavijo y Sergio Peris Mencheta (mucho mejor que en la fallida "Capitán Trueno").

En suma, una cinta que deja buen sabor de boca ...y mucho apetito con saudades de pulpo a la gallega,

 

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25 noviembre 2011 5 25 /11 /noviembre /2011 09:37

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Acudí al Romea a la cita con "Qui té por de Virginia Woolf?" de Edward Albee que, por una curiosa casualidad repite en los escenarios barceloneses con "Un delicado equilibrio". Como a mi admirado Marcos Ordóñez, la violencia constante y la tensión destructiva de Martha y George en algo más de tres horas (podada hasta una hora y media por el director Daniel Veronese, gracias a Talía) en todas las ocasiones en las que la he visto me ha causado un defensivo dolor de cabeza y un renovado amor hacia mi esposa que nunca ha dejado de rodearme de cariño, educación y amabilidad.

Desde el comienzo de la obra, en ese hogar desordenado en el que Martha (hija del director de la Universidad donde trabaja su marido) y su marido George, (profesor de historia que comparte con su mujer un inmoderado apetito de alcohol) esperan la llegada de otro matrimonio, Nick y Honey, lanzándose amenazas y reproches a la cara, hasta el pugilato en el que involucran a sus invitados nada más llegar. En una velada angustiosa y que se nos hace eterna, los cuatro personajes torturados y desequilibrados por diferentes razones, juegan un  juego dialéctico mórbido y cruel que mantiene al espectador entre la angustia y la atracción, entre el rechazo y la fascinación.

Emma Vilarasau, nos ofrece una Martha agresiva, mezquina, sin piedad, aunque ligeramente menos vulgar que su homóloga en el cine, Liz Taylor (lo cual en este caso no es recomendable: cuanto más vulgar, mejor). Sin embargo Pere Arquillué no tiene nada que envidiar a Richard Burton. De verdad, no es exageración. Hacia tiempo que no veía a un actor tan sereno, intencionado, duro y al tiempo paciente y maquiavélico en su crueldad elegante y sutil. Mireia Aixalá e Ivan Benet cumplen sus cometidos como Nick y Honey, sin llegar a hacer sombra a sus compañeros de escenario.

Cuando empezamos a conocer los entresijos de las actitudes y comportamientos de la pareja visitante, el deseo de medrar del profesor Nick, el embarazo irreal que le obliga a casarse con Honey, el histerismo de ésta, los ataques  de Martha a George acusándole de haberse casado con ella por interés y su vulgar intento de seducción sobre Nick para humillar a su marido, van llevando la obra al paroxismo del último acto.

Aquí se desvelan algunos de los misterios esbozados, el "tema tabú" que George trata de evitar y Martha irreflexivamente saca a colación desde el principio: el hijo ausente. A principio del último acto George habla de un telegrama "recién llegado" en el que se les avisa de la muerte del hijo. Este es el fin del juego peligroso planteado, en el que Martha se ha acostado con Nick y George desvela que el hijo era una invención de la pareja, con el que escondían sus frustración de no haber llegado a tener un hijo o quizá un patético nexo de unión que les puede ayudar a no desbocarse por el precipicio del odio y la frustración.

Quizá por un reparo de cara al publico, Albee no termina la obra con un portazo que indica el final del matrimonio, sino que introduce un sutil elemento que hace suponer que aun hay esperanza entre Martha y George. 

 

 

virgnia La visión crítica, desengañada y cruel que Albee hace de los dos matrimonios "tipo" norteamericano de la clase media, ampliable al conjunto de la sociedad, provocó sarpullidos porque tocaba algo que podría llamarse "un mal nacional" (aunque yo creo que es universal): la hipocresía, la falta profunda de ética, el engaño sexual institucionalizados en la pareja.

Si no pueden ir al Romea para disfrutar, teatralmente claro está, de la soberbia Virginia Woolf de Daniel Veronese, les aconsejo que rescaten en cualquier videoclub la pelicula  de Mike Nichols (1966) del mismo titulo, interpretada por Liz Taylor, Richard Burton, George Segal y Sandy Dennis. El título es una parodia de la canción "Quién teme al lobo feroz" de "Los tres cerditos" de Disney. La pelicula recibió 15 nominaciones al Oscar y obtuvo cinco, entre ellas las de mejor guión y mejor actriz.

 

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25 noviembre 2011 5 25 /11 /noviembre /2011 08:38

En la novela de Haruki Murakami "1Q84" uno de los protagonistas, una joven llamada Aomame, escucha en diversos momentos de la narración la "Sinfonietta" del compositor checo Janacek. No es algo casual. La novela (de 700 páginas) comienza con Aomame en un taxi escuchando por la radio una interpretación de la "Sinfonietta", obra compuesta en 1926. "Aomame se imaginaba el apacible viento atravesando las llanuras de Bohemia", escribe Myrakami.  Vuelve a haber más citas de esta musica, conforme la endiablada trama se desarrolla. No conocía esta pieza y del autor sólo había oido hablar de una obra dedicada a "Taras Bulba", pues creo que fue la banda sonora de una película rusa dedicada al conquistador mogol.

Al terminar de leer "1Q84", con el libro en una mano y un te en la otra, bajé del estudio hasta la cueva del sótano (es una cueva de piedra real, aunque modelada y reformada como un salón) donde tengo los discos  y cedés. En los estantes de la musica clásica encontré una grabación de Deutche Gramophon con la obra de Janacek, aun envuelta en celofán. La puse en el lector de CD con una viva curiosidad y la idea de que iba a descubrir quizá algo.

Los primeros compases no me dijeron nada, aunque me sorprendió la contundente claridad, el vigor con que timbales y metal iniciaban la obra. Después comenzó a desgranarse el tema principal y me quedé asombrado: es una melodía pegadiza, ritmica y reiterativa, que yo he escuchado muchas veces en diferentes momentos y que jamas habia sabido o me habia interesado en saber quién era su autor y mucho menos su título. Hubo algunas tentativas frustradas de recordar unas imágenes que pugnaban por aparecer al escuchar la música. Supongo que esa melodía debía acompañar unas imágenes, seguramente de una película, y mi mente trataba infructuosamente de evocarlas. No lo logré. Disfrutaba con la familiaridad armónica que producía en mí pero me vi incapaz de encontrarles un acomodo en mis recuerdos. Tengo la sensación de haberme reeencontrado con una música que evoca en mí muchas cosas.

Me encantan estas "coincidencias" que la vida proporciona. Jung las estudió y creía que eran una ventana a algo importante. Sólo que tienes que tener la capacidad de interpretarlas. Y eso no es fácil.

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