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17 diciembre 2011 6 17 /12 /diciembre /2011 09:18

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Reunir en una película a Ernest Jung y a Sigmund Freud resulta ser una hazaña que puede precipitar al director en las simas del ridículo o auparle a la cima del cine comprometido y de calidad. Ya John Huston intentó con "Freud, la pasión secreta" un acercamiento al genial -o un poco menos-- médico vienés que se autotituló "inventor del psicoanálisis" y apenas recibió la nota media que solía lograr con sus películas más defectuosas, aunque no es en absoluto una cinta desdeñable, siquiera sea por la interpretación de Montgomery Clifft. Otra cosa fue un bodrio perpetrado en 1984 sobre "El diario secreto de Sigmund Freud" que hubiera provocado la muerte por un ataque de verguenza ajena de la mayoría de los psicoanalistas freudianos que fueran a verla en un momento de insensatez. Mucho mas respetuosa fue la imagen lúdica que daba de él "The seven cent solution" (1976) de Herbert Ross, donde tiene como paciente nada menos que a Sherlock Holmes. Creo que esta pelicula hubiera divertido al mismísimo Freud.

En "Un método peligroso" se nos narra el comienzo, desarrollo y brusco final de la amistad entre un maduro Freud y un joven Jung en el comienzo de su carrera, entre el médico judío rechazado por la sociedad y la medicina bien pesante y un médico suizo, ambicioso e inteligente, que apuntaba como delfín sucesor de Freud. Todo ello a través de la anécdota importante de la relación personal  de ambos, sobre todo la muy íntima de Jung, con una enferma y , posteriormente, psiquiatra judía de origen ruso Sabina Spielrein a cuya inteligencia y agudeza mental debería el propio Freud algunas de sus ideas y teorías más interesantes, como la pulsión de muerte o Tanatos enfrentada a la pulsión de vida o Eros.

David Cronenberg ("Promesas del Este", "Crash", "Inseparables") dirige esta película, coproducción germano-canadiense que atrae igual al profano que al conocedor del psicoanálisis, sus arcanos, sus mitos y sus defectos y valores. La obra tiene una génesis brillante: la idea nace del libro de John Kerr, "A most dangerous method" (1993), que fue adaptada en forma de obra de teatro "The talking Cure"  (2002) por Christopher Hampton, que a su vez firma el guión de la película.

Evidentemente la película se centra en la relación ilícita entre Sabina Spielrein (una inquietante Keira Knigtley, cuya pasión interpretativa le llevó a padecer una mandíbula desencajada durante el rodaje) y Jung (Michael Fassbender, realmente magnífico en su frío, reprimido y sensitivo papel), su médico y psicoterapeuta, ante la presencia primero comprensiva y después represiva y de rechazo de Freud (otro recital de calidad interpretativa de Viggo Mortensen, ajustadísimo en su ingrato rol).

Todos los entresijos y complicaciones entre los dos grandes pensadores y la dificultad de una amistad por la ambición de ambos, quedan apuntados en la cinta, como los hechos reales, personales, ocurridos durante el crucial viaje de ambos a Estados Unidos (la negativa de Freud a contarle a  Jung un sueño propio "para no perder su autoridad" y la famosa frase de Freud a Jung ante la estatua de la Libertad: "¿sospecharán los americanos que les traemos la peste?", es decir el atroz descubrimiento de todo lo que el psicoanalisis reveló sobre las motivaciones y las represiones humanas.

Es pues una historia de amor entre dos personas de sobrado talento, ante el testigo silencioso pero muy cualificado de un ser humano bastante excepcional, Freud (no solo por su inteligencia e intuición y su enorme cultura, sino también por sus defectos, su vanidad, su ambición y su avidez económica y social). Las secuencias filmadas en Viena en el edificio de la  Bergasse 19, residencia  de los Freud (desde 1891 hasta 1938) hacen palpitar el corazoncito freudiano de cualquiera --como muchos otros estudiantes del psicoanálisis me extasié ante el pequeño sofá cubierto con una  muy judía funda floreada en el despacho y consulta del gran hombre, dujrante una visita a Viena sólo con el propósito de visitar la famosa casa que hoy es biblioteca,archivos ymuseo freudiano--. Amén de otras secuencias filmadas en el café Sperl --aún existente-- donde los dos intelectuales medicos intercambiaron ideas y vivencias tomando esa bebida y comiendo tarta Sacher. Las localizaciones forman otro de los aciertos de Cronenberg, aunque nos  filmara el lago de Cosntanza en lugar del de Zurich para mostrarnos los viajes en barco de vela, regalo de su rica esposa, que Jung compartió con su maestro y con Sabine.

Excelente retrato de la sociedad burguesa confiada y próspera de los albores de la Primera Guerra Mundial, maravillosamente reflejada por la cámara formalista y clásica de este director. En esa sociedad de formalidades y convenciones, Jung y sobre todo Freud han abierto la Caja de Pandora al poner al sexo en el punto de mira de sus trabajos. La atracción devastadora que la paciente judía, socavada por una neurosis histérica, ejercerá sobre el doctor Jung, no solo por su belleza, también por su inteligencia y audacia de sus ideas, es la vertiente paradójica del enfrentamiento del quietismo intelectual clásico de la cultura de ese momento con la revolución, el cambio de paradigma que el psicoanálisis, con el marxismo, con la antropología y con la ciencia atómica, provocará en la cultura y la soeidad del siglo XX, una revolución drástica que cambiará al mundo.

Con una banda musical sobresaliente de Howard Shore, que se adentra, como las notas del Sigfrido de Wagner, en las pasiones de los personajes, no sólo sexuales, también de orgullo, de envidia, de ambición, la película es el monumento fílmico de un director del siglo XXI a una disciplina psicológica que cambió radicalmente la percepción del interior mental de las personas, de sus patologías y de sus sueños. Y se levanta sobre un enfrentamiento titánico, en el que cuenta esa ambición y ese deseo de posteridad y fama, pero también la propia percepción de la sociedad que separa a un medico judío lleno de represiones y complejos y a un médico ario con una mente rigurosa pero seguramente herida también por la represión, la culpa y el enfatuamiento de la conciencia en una misión sublime y espiritual. A todos ellos (incluido el discipulo libertino y desequilibrado de Freud, Otto Gross interpretado por Vincent Cassel) es la irrupción del sexo y la necesaria ansia de libertad que éste exige, la que provoca la fiuerte atracción que los personajes poseen, marionetas debatiéndose entre la culpa y el sufrimiento, en una sociedad que rechaza todo lo que ellos descubren.

Personalmente me he sentido fascinado por el retrato que Viggo Mortensen nos ofrece de un paternal y maduro Freud, escondido tras su cortina permanente de humo de puro, seguro de sí mismo, duro e imperturbable en apariencia, pero atenazado por la soberbia intelectual y una sensibilidad enfermiza. Así como la inseguridad, apasionamiento y deseos contradictorios que bloquean al frío, casi hierático Michael Fassbender en su composición de Jung. Sabina, Keire Knightley, presta su belleza, su pasión y algunos excesos interpretativos, sobre todo en las secuencias de su enfermedad, a la enferma y después brillante psiquiatra que tendría, en la vida real, un lamentable fin en las cámaras de gas de los nazis, años después. Sólo la intervención en la trama de Otto Gross --que sirve de acicate pasional a Jung-- se me antoja un poco innecesaria y reiterativa.

Diseño de producción y vestuarios con una nota de calidad indiscutible realzadas por la fotografía tecnicamente perfecta, algo lenta en ocasiones, pero que subraya con acierto el "tempo" de una  sociedad que está viviendo su fin. Por supuesto que un espectador ajeno a los principios del psicoanálisis --aunque lo más básico ya forma parte de nuestra cultura elemental-- acabará pensando que tanta charla sobre el yo, el ello o el superyó, el subconsciente, la represión de la libido o las pulsiones eroticas, la muerte como tensión opuesta, junto a tanta hipocresía y sufrimiento en el desarrollo de una sexualidad perversa (las escenas de masoquismo están bien resueltas, como una estampa de época), resultan abusivas e innecesarias.

Por eso estimo que "Un método peligroso" formará parte de esas películas que acaban teniendo exito mas por lo que se escribe y comenta de ellas, por el eco formidable entre algunos profesionales de la medicina o por el rechazo de otros, que  como producto fílmico popular. Quizá entre estos ultimos se planteará el rechazo a algo claramente mostrado en la película: la tenue linea de sombra que separa las psiques del enfermo y del que pretende curarle, la ambigüedad y peligro de una relación terapéutica en la que el médico se convierte en el reflejo de un deseo y una aspiración, un método de cura por la palabra que contiene muchos peligros en sí mismo y que a pesar de su ambición científica pertenece al mundo de la mente, ese sutil tejido que tiene la misma naturaleza que la de los sueños.

Como dijo el mismo Freud, y la película recoge, "una vez abierta la Caja de Pandora del psicoanálisis, las ideas que saldrían de ella no sería aceptadas ni en ese momento ni un siglo después". Y si además unimos a esa fuerza destructiva la eclosión del primer cisma del psicoanalisis perpretado por Jung, la pícula de Cronenberg se perfila como un hito ilustrativo de los origenes y el afianzamiento problemático de esa disciplina psicológica. Jung aporta misticismo, paraciencias y una ambición espiritualista que desagrada a Freud, siempre celoso del "cientifismo" de su terapia. La secuencia final en la que Jung habla de un sueño propio que refleja con cruel exactitud la trágica barbarie que la Primera guerra mundial va a producir en Europa años después, acaba dejándonos la impresión de que Cronenberg no toma partido ni por Freud-Sabine, ni por Jung, no juzga ni se entremete, sino que dispone eclécticamente  las piezas escogidas de la historia psicoanalítica para enriquecer una dialéctica entre la razón y el sexo, la pasión, la hipocresía y la soledad. Y cómo los individuos acaban siempre siendo fagocitados por las sociedades y las culturas del momento.

 

 

 

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16 diciembre 2011 5 16 /12 /diciembre /2011 08:55

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Se llamaba Sabine Spielrein y a principios del siglo XX era una joven judía de casi 18 años cuando llegó a la clínica psiquiátrica de Burghölzli en Zurich. Atractiva y muy inteligente, aquejada de una psicosis histérica, Sabine se convirtió en una de las pacientes (muy especial, ya que terminó siendo su amante) de un también joven médico psiquiatra suizo llamado Ernest Jung y más tarde, discípula de otro gran médico austriaco judío llamado Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, una técnica terapéutica que se caracterizaba por un método basado en la "cura por la palabra". Esta mujer sensible y educada fue una indiscutible inspiración para Freud (y para Jung), aunque jamás se le reconocieron públicamente sus méritos, no sólo por ninguno de los  grandes pioneros del psicoanálisis sino por toda la cohorte de adoradores con la que se rodearon ambos en un pacto de silencio que duró hasta que en 1977 apareció una caja de documentos personales en el Palacio Wilson de Ginebra pertenecientes a una psiquiatra judía que había sido incinerada por los nazis. Se trataba de Sabine Spielrein y en la caja habia unos diarios y parte de la correspondencia que mantuvo con Jung y con Freud. El papel decisivo de Sabine en muchos de los tópicos psicoanalíticos de Freud quedó al descubierto, por ejemplo, en la hipótesis de Sabine sobre la relación entre la sexualidad y la muerte, que Freud utilizaría para su tópico Eros-Tánatos, así como el poco edificante papel de ambos hombres en la vida de la joven judía y el ninguneo al que sometieron a su figura.

La reciente película de David Cronenberg "Un método peligroso" muestra con gran eficacia y coherencia muchos de los elementos biográficos, algunos muy poco conocidos, que interesaron las relaciones triangulares entre Jung, Sabine y Freud (por cierto este último volvió a tener algo semejante más tarde, otro amor igualmente platónico, rivalizando por Lou Andreas-Salomé con Nietzche y el poeta Paul Reed).

En realidad Cronenberg  y su guionista Christopher Hampton no sólo se basaron en su obra de teatro de 2002 The Talking Cure, sino principalmente en la obra que hoy recomendamos, "La historia secreta del psicoanálisis: Jung, Freud Y Sabine Spielrein" (titulo en España de "A dangerous method", que edita Editorial Crítica) del psicoanalista norteamericano John Kerr.

Se trata de un volumen apasionante y no sólo para los entendidos o estudiosos del psicoanálisis: para cualquier persona que desee conocer uno de los momentos estelares de la cultura del siglo XX en dos de sus figuras esenciales. Curiosamente se da una de esas coincidencias que tanto fascinaban a Jung (e irritaban a Freud) a las que llamaba "sincronicidad" y  les daba un sentido especial, medio esotérico: coincidiendo con la película, aparece una biografía de Jung, editada por Kairós, escrita por Jean Jaques Antiner, "Jung o la experiencia de lo sagrado" donde abunda en este episodio que les comentamos.

Pero en esencia casi todos los citados beben de la obra de John Kerr que además ofrece un aporte documental y un análisis histórico, biográfico y psicológico de las tres personas y su medio ambiente, de sus ambiciones, sueños, errores y mezquindades que me parecen de un interés superior. La visión humana que nos ofrece Kerr de la grandeza de Freud, a la que no restan méritos su vanidad, su obcecación en su propia grandeza, sus "préstamos" de ideas de otros, sus propias represiones, su enorme soberbia, sus problemas íntimos, su avidez económica y sus complejos de raza, suponen  en conjunto un reflejo mucho más generoso y honesto que el, por ejemplo,  ofrecido por un francés Michel Onfray en su "Freud. El crepúsculo de un ídolo" donde trata de machacar al pensador judío con una virulencia que repele al final (aunque no se le puede negar su empeño documental, hay demasiado sesgos de inquina casi personal pero sobre todo intelectual: en realidad Onfray me parece un pigmeo subido al hombro de un gigante para intentar sacarle los ojos).

Volvamos pues al modélico libro de John Kerr, donde el lector interesado encontrará muchos de los detalles poco conocidos de Freud y Jung a pesar de las abundantes biografías anterior y los trabajos de los freudianos y junguianos, algunos de ellos empeñados en mostrar a sus ídolos de la manera más generosa y manipulada posible. Con esta lectura, tan fascinante, el lector comprenderá completamente los episodios oscuros que deja perfilados la película citada y se sentirá atraido ante el complejo mundo intelectual, sensual y humano que rodeó el nacimiento del psicoanálisis entre la Viena finisecular y  el Zurich de los primeros años de ese trágico siglo tan esencial y revolucionario que fue el pasado XX.

Y asi, aunque le presencia de la joven judía resulta un elemento detonador en el principio de la relación de Jung con Freud, resulta anecdótica dentro de una trayectoria entre estos dos gigantes, que empieza entre recelos y una cierta desconfianza mutua, sigue con una doble y mutua fascinación y acaba con una ruptura provocada no tanto por el desvio de Jung hacia un cierto misticismo oscurantista (en realidad siempre presente en la atormentada personalidad de Jung, desde su infancia) cuanto por el choque inevitable entre dos auténticas "vedettes" de la psicología y la competencia feroz de cara a una posteridad  y grandeza, que ambos intuían que se consolidaría con los años.

En el libro de Kerr asistimos, fascinados por la documentación historiográfica y biográfica aportada, a un despliegue de las ideas de ambos pensadores, sus coincidencias y sus enormes diferencias, con una forma de exposición bastante didáctica que en ningun momento resulta oscura para el lector aunque algunos de los conceptos son bastante áridos y requieren una formación anterior. Incluso ante esos conceptos oscuros, el estilo de Kerr logra dilucidarlos con una prosa eficiente y clarificadora.

Datos como el "informe Billinsky" (sobre la presunta relación intima incestuosa entre Freud y su cuñada Martha, hermana de su esposa) ofrecen una inesperada aclaración sobre los motivos de Freud (tras la ruptura) para callar publicamente ante la confesión de Jung de que habia tenido una relación sexual con su paciente Sabine. También añade datos interesantes sobre el controvertido célebre viaje de los dos psiquiatras a Nueva York. 

Respecto a ese enigmático episodio recomiendo la lectura de una novela,  "La interpretación del asesinato", un thriller psicológico escrito por un jurista norteamericano, Jed Rubenfeld (Editorial Anagrama).  En esa novela apasionante se nos narra la llegada de Freud y sus discipulos a Nueva York, una ciudad en constante cambio en la que se están levantando los primeros rascacielos y existe un dinamismo político, financiero y social en el que todo cabe, desde la corrupción hasta el crimen, junto a la ambición y las grandes ideas materializadas por un vigor y una potencia social sin precedentes. A través de dos personajes clave, un joven doctor fascinado con las ideas de Freud (y con las obras de Shakespeare, de hecho el fantasma de Hamlet circula por tola la trama de una manera muy original) y un detective de la policía con mente abierta y analítica (una especie de tosco Sherlock Holmes mezclado con el inspector Colombo) se investiga la atroz muerte de una joven en la que están relacionados canallas de lujo y grandes personalidades de la vida política y económica de la ciudad. Freud prestará su ayuda para esclarecer el caso y también Jung, creándose una situación en la que, segun el novelista, estallarán las diferencias entre los dos hasta la ruptura, no por discreta y ocultada, menos definitiva. Divertido pastiche nada histórico que puede complementar, por el lado de la diversión, la lectura del libro de Kerr.

En resumen éste último es un ensayo exahustivo, desmitificador, honesto y muy bien documentado que se lee como una novela y que no puede faltar en la bilioteca de toda persona que quiera estar informada sobre una de las ideas más revolucionarias de la historia; el psicoanálisis. Junto con Marx, Darwin y Copérnico, Freud, (aun  reconociendo todas las debilidades del hombre y el pensador),y en menor medida Jung, ostentan el corpus de ideas esenciales que integran al hombre civilizado de hoy en día.

 

 

 

FICHAS:

"La historia secreta del psicoanálisis", John Kerr, Ed. Critica, colec.Drakontos, 543 págs.

 

"Freud. El crepusculo de un ídolo", Michel Onfray. Ed. Taurus. 504 págs.

 

"Jung, o la experiencia de lo sagrado", Jean Jacques Antiner, Ed. Kairós.

 

"La interpretación del asesinato", Jed Rubenfeld, Editorial Anagrama

 

 


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15 diciembre 2011 4 15 /12 /diciembre /2011 18:41

Bueno, en principio fue culpa mía: vi en la cartelera el nombre de Oscar Wilde y los ojos me brillaron, una ancha sonrisa invadió mi boca, froté las manos en gesto de placer anticipado y compré las entradas sin investigar más. Era Wilde: placer teatral puro, comentarios ingeniosamente cáusticos, elegancia, humor chispeante y educado, personajes desternillantes, situaciones absurdamente reales, desenlaces inesperados, risas en la platea y aplausos satisfechos al final. En suma, Oscar Wilde. Ese hombre desdichado y autor brillante, rey de la ironía, volvía a los escenarios barceloneses. Concretamente al Teatre Nacional de Catalunya, en la Sala Gran, bajo los auspicios -desconocidos para mí- de la compañía Egos Teatre. Y además se representaría "El crimen de Lord Arturo Savile" --en catalán, of course-- una de las obras más divertidas del ingenio wildeano.

Así que mi mujer y yo, pertrechados de kleenex  y caramelos de menta para las lágrimas de risa y las carcajadas, nos instalamos ayer en la fila 7, cerquita del gran escenario y nos dispusimos a pasar un par de horas de relajado humor disparatado (tan imitado por nuestros Jardiel Poncela o Ramon J. de la Serna). Pero cuando la pequeña orquesta instalada en el mismo escenario, formando parte de la acción junto a los actores comenzó a tocar una música de revista o vodevil y mi adorada Lady Windermere (que Wilde volvería a sacar en "El abanico...") rompió a cantar junto al "mago" "El gran Septimus" causante del enredo, con el entusiasta apoyo vocal de Sibyl Merton y su futuro marido Lord Arturo, y coreados con los impagables "primos" Percy...nos miramos sorprendidos y angustiados. Un musical. ¿Por qué diablos...vemos a Oscar Wilde transformado en un musical, si apenas se conoce popularmente su obra? ¿Por qué no se le representa primero en su esplendor teatral y cuando la gente ya lo conozca lo suficiente nos permitimos hacer experimentos arrevistados o de ópera cómica con sus obras? Podemos disfrutar más de "El hombre de La Mancha" si somos lectores de "El Quijote" o de "Los Miserables" si alguna vez hemos leido la obra de Hugo.

De todas maneras nos dispusimos a disfrutar de los descabellados  y desternillantes intentos de asesinato del joven Lord empujado por el destino mágico, pero convertido el argumento y algunas de las memorables frases de la obra en una cantata de ópera bufa. Aún así, arropada por un excelente movimiento de actores y un montaje imaginativo, pleno de efectos cómicos o cuasi cómicos que parecían más destinados a la campaña de "escolares al teatro" que a espectadores adultos del TNC. Pero bueno, sacamos a pasear al niño que todos llevamos dentro y tan contentos.

Anna Alborch (Sibyl), Ruben Montañá (Lord Arturo), Toni Sans (El Gran Septimus,excelente cómico), Lady Windermere y Salomé (divertida Lali Camps) y Alberto Mora y María Santallusia (como los Percy, ambos muy dinámicos y ajustados a las astracanadas que requería el montaje), junto con ocho músicos magníficos, elevaron la nota profesional de la obra.

No era lo que esperábamos ver, pero...en definitiva, valió la pena.

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15 diciembre 2011 4 15 /12 /diciembre /2011 08:04

 

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Dirigida por Tobi Bauman sobre una novela de Richard Hayer, es una honesta y entretenida cinta de acción en la que se cumplen los parámetros de la búsqueda, el héroe, la heroína, el viejo profesor y la trama trascendental: el Arca de Noé, el "ojo de Dios" que permitió el diluvio universal, enfremtados a los turbios intereses de una secta religiosa con métodos de mafia con hábitos, que pretende volver a poner en funcionamiento ese ojo para provocar el fin de la humanidad actual  para crear una nueva, amén del desencadenamiento del virus de la peste negra que ha mutado de la bacteria que provocó la enorme mortandad en la Edad media.

Esta es, pues, la historia. No se pida nada más. Acción, persecuciones, misticismo de best seller, manuscritos medievales, trampas y  lugares misteriosos, amor apasionado y el héroe que ayudado por el viejo profesor y el amigo fiel, un taxista turco del que no sabemos nada excepto que es simpático y valiente y aparece en los momentos más delicados, logrará evitar en el momento más trepidante de la película que los malos logren su ambición apocalíptica y por la gracia de Dios creada a base de un agua milagrosa salvar a la heroína ya infectada por el virus.

Personajes planos pero claros, estereotipos del aventura a lo Indiana Jones, toques místicos y una realización muy correcta e imaginativa que mueve todos esos elementos y logra que nos divirtamos ante la pantalla aun sabiendo que todo está previsto para el final feliz y que no hay que hacerse muchas preguntas sobre lo que acontece en pantalla, sujeto no a la logica normal de los acontecimientos sino a la mucho más divertida, aunque improbable, de la ficción destinada a divertirnos.

Stephan Luca y Julia Molkhou interpretan a la pareja protagonista --logran un encanto fresco y atrayente--, Jean Ives Bertholou al anciano sabio y simpático y Tayfun Bandensoy al taxista turco providencial que ayuda a los jóvenes a destruir a la secta y a salvar al mundo.

Además y para terminar se nos avisa que habrá otra aventura al menos, la busqueda de Atlantis, el mitico país donde quizá podría haber estado el paraíso terrenal. Saqueo bíblico a todo pasto, trufado con un poco de historia-ficción. Pero con el añadido de una cámara resplandeciente filmando con habilidad los paisajes extraordinarios de Armenia y la belleza inmarchitable del Ararat.

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14 diciembre 2011 3 14 /12 /diciembre /2011 10:12

 

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  Otro producto de la factoría hollywoodiense destinado a levantar una risas, pasar un rato más o menos agradable, y todo muy a tono con los tiempos de crisis que vivimos, para dar actualidad a la cosa. Así asistimos al principio de la caida de un magnate, perfectamente encarnado por ese viejo zorro de las pantallas que es Alan Alda, que ha cometido una estafa de miles de millones de dólares y que cuando es detenido por el FBI no tiene un duro en la cartera y sus millones se han volatilizado. El magnate vive en un exclusivo edificio de Nueva York, The Tower, cuyo gerente, Ben Stiller, asiste incrédulo a la constatación de que su héroe financiero y cliente preferido se ha pulido los fondos de pensión de todos los trabajadores del edificio, incluido él mismo.

Eso es una gota de agua en el océano económico de la estafa pero para esas personas es toda su vida y todos sus ahorros. Cuando el magnate, que nunca acepta la acusación, muestra una frialdad absoluta ante la suerte de los empleados, Ben Stiller recurre a un maleante de poca monta, Eddie Murphy, (bastante salido de madre) para dar un "golpe de altura". En el sentido doble del término, ya que se propone encontrar el dinero escondido del magnate, que vive en el ático lujoso del edificio. Se trata de recuperar ese dinero y con él los planes de pensión de todos lo empleados.

Semejante trama, ay, tan actual, se convierte en  una excelente oportunidad de hacer brillar el humor austero y facial de Stiller y el vocinglero y entusiasta de Murphy, secundados por un elenco en forma que parece divertirse mucho con las astracanadas que se suceden. No les cuento más porque si lo hago ya tienen la película entera y sólo irán al cine los fans de los dos cómicos citados.

Bret Ratner es el responsable del asunto y trata de hacer  un producto de entretenimiento que podría haber firmado la factoría Walt Disney hace  veinte años.

Algo más de hora y media dura el evento y uno debe pertrecharse de palomitas y refresco para ayudar a la acción, no especialmente aguda o inteligente. Una insustancial propuesta cuyo activo más directo es la crítica nada sutil que hace a los tiburones financieros que tanto están haciendo sufrir al mundo y que pagan muy poco por ello, como todos sabemos. La película es impecable técnicamente, las actuaciones convincentes y el argumento no da para nada más, excepto gozar con la mímica y el verbo desbocado de Murphy, todo bajo una banda sonora que parece recordar a las películas de Harry el Sucio, con compañeros de la solvencia de Cassey Affleck, Tea Leoni, Matthew Broderick (que está impagable en su rol de padre desahuciado por deudas y paro) y aquella inmensa mole negra de mirada desafiante y gesto de ogra buena que es Gabourey Sibide, aquella deliciosa mujer de "Precius".

El pueblo unido jamás será vencido, parecen gritar los colegas ante el final escarmiento y derrota del magnate, que entra en la cárcel acompañado por las voces de los reclusos que gritan lo placentero que le encuentran y cómo se lo van a demostrar.

Al menos  es divertida y queda para el recuerdo la sonrisa cínica de Alda y la dureza de su mirada, amparada bajo el terciopelo de su educación de Harvard. Un tiburón con traje de Armani y modales de diplomático victoriano. 

 

 

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13 diciembre 2011 2 13 /12 /diciembre /2011 08:25

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Como dice uno de los protagonistas de "Restless", "Diferente puede ser bueno". La propuesta de Gus Van Sant, uno de los directores más sutiles del cine "indie" norteamericano, hace verdad la frase. Van Sant es el artífice de "Descubriendo a Forrester", "Todo por un sueño", "Mi nombre es Harvey Milk", "Mi Idaho privado", "El indomable  Will Hunting", "Elephant", y una versión milimétricamente exacta -y fallida- del "Psicosis" de Hitchkock. En el filme que nos ocupa vuelve a ser diferente...y muy bueno en su originalidad y su audacia llena de sensibilidad. Ya desde el principio, la c.amara se mueve con soltura y placidez...un chico (Henry Hopper) pasea su desvalida y extraña presencia por funerales de gente que no conoce. En uno de ellos conoce a una bella chica (Mia Wasikowska, deliciosa y delicada como una flor) que se ofrece a ayudarla en ese pintoresco proceder (que en ningún momemnto se nos explicita: hemos de mediar la película para comprender lo que pasa por la mente del extraño muchacho).

Poco a poco se nos revelan datos de los dos jóvenes. Conocemos a un "amigo" del chico, un piloto kamikaze japonés de la segunda guerra mundial que comparte juegos casi infantiles con el chico y que un poco más tarde sabremos que en un "fantasma", un ser imaginado, una alucinación, alguien que aparentemente ha aparecido en la vida de Henry poco después de un pequeño periodo de coma que tiene a consecuencia del accidente en el que mueren sus padres.

La muchacha, también es mucho más de quien dice ser. No trabaja en un hospital para niños y jóvenes con cáncer sino que es una de las pacientes, a la que le quedan pocos meses de vida. Con desenfado, con alegría, con un humor tierno y fresco, se desarrolla un amor joven que se aparta de todos los cánones. El mensaje es claro: las muerte es fácil, el amor es lo difícil. Y la forma de defender esa idea clave, motriz, es la evolución de unos personajes que afrontan la muerte con una delicadeza y una naturalidad creativa que desarma. La inmersión en la trágica realidad de la muerte se hace con una especial sensibilidad, sin tragedia vivida, sin sentimentalismo, con emocionante inteligencia, con emocianada delicadeza. La sencillez del estilo, a menudo lánguido pero siempre ajustado a una emocionalidad sin estridencias y las buenas interpretaciones del duo protagonista, hacen de esta película una excelente propuesta para dedicar un par de horas a un tema delicado y profundo resuelto con encanto. Uno se levanta de la butaca con la sensación de haber asistido a algo próximo, esa sugestión de lo sencillo y lo bueno aunados en un filme.

 

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12 diciembre 2011 1 12 /12 /diciembre /2011 13:28

La visita que en agosto de 1909 hiciera Freud y algunos de sus discípulos, entre ellos Jung, a Nueva York con el fin de dar unas conferencias  en Massachusetts (Worcester) y el misterioso rechazo que el fundador del psicoanálisis mantuvo desde entonces contra los "salvajes" norteamericanos, ha sido causa de muchas interpretaciones. Ahora la película de Cronesberg "Un método peligroso" ha traido a la actualidad cultural aquella visita y su relación con el fin de la amistad entre Freud y Jung, el primer cisma del psicoanálisis. Pero también ha tenido un efecto en  mí, ya que en mis lecturas en torno al libro capital que Kerr escribió con el mismo titulo (en el que se basa la pelicula) he dado con una lectura de hace tres o cuatro años que en su día me apasionó: "La interpretación del asesinato", un thriller psicológico escrito por un jurista norteamericano Jed Rubenfeld.

En esa novela apasionante se nos narra la llegada de Freud y sus discipulos a Nueva York, una ciudad en constante cambio en la que se están levantando los primeros rascacielos y existe un dinamismo político, financiero y social en el que todo cabe, desde la corrupción hasta el crimen, junto a la ambición y las grandes ideas materializadas por un vigor y una potencia social sin precedentes. A través de dos personajes clave, un joven doctor fascinado con las ideas de Freud (y con las obras de Shakespeare, de hecho el fantasma de Hamlet circula por tola la trama de una manera muy original) y un detective de la policía con mente abierta y analítica (una especie de tosco Sherlock Holmes mezclado con el inspector Colombo) se investiga la atroz muerte de una joven en la que están relacionados canallas de lujo y grandes personalidades de la vida política y económica de la ciudad. Freud prestará su ayuda para esclarecer el caso y también Jung, creándose una situación en la que, segun el novelista, estallarán las diferencias entre los dos hasta la ruptura, no por discreta y ocultada, menos definitiva. Novela recomendable que revisitaré cuando logre un poco de tiempo extra (curioso lamento para un "jubilata", pero así son las cosas)

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12 diciembre 2011 1 12 /12 /diciembre /2011 08:22

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El director rumano Rudo Mihaileanu sabe muy bien lo que hace, a pesar de que su película "El concierto" parece un producto incoherente en el que nadie sabe si echarse a llorar o lanzar una carcajada o, como suele suceder en esta película, las dos cosas en sucesión. Pues bien, ese efecto de ambigüedad temática es, para mi, uno de los logros del director, ya que la historia que nos cuenta, aparte de inverosímil y disparatada --lado en el que nacen las carcajadas-- es inteligente, intimista y crítica.

Juzguen ustedes: Andrei Filipov  (Alexes Guskov, un actor que todo lo intenta decir con la mirada, ya que lo demás de su rostro es hierático) fue hace treinta años uno de los mejores directores de orquesta de la Unión Soviética, en la que dirige la Orquesta del Bolshoi. Es la época de Breznev y los músicos judíos son despedidos por razones politicas  y raciales de su trabajo y enviados al gulag. Filipov apoya a sus músicos y critica a Breznev, lo que le vale el ostracismo y ser reducido al empleo de limpiador en el mismo Teatro que dirigió, tras una durísima y capital escena en la que un comisario político irrumpe en el teatro del Bolshoi en pleno concierto (de Thaikovsky), le rompe teatralmente la batuta a Filipov y anuncia que es un enemigo del pueblo y por esa razón es cesado en ese humillante momento.

Pasan treinta años y un dia, mientras limpia el despacho del jefe, se recibe un fax procedente del Teatro de Chatelet invitando a la orquesta oficial a dar un concierto en París. Andrei concibe la descabellada idea de reunir a sus antiguos compañeros de la orquesta--que sobreviven como pueden haciendo las más míseras labores, sin haber vuelto jamás a ensayar con sus instrumentos o actuar,  e ir a Paris en vez de la auténtica orquesta del Bolshoi.

 ¿Cuales son las razones que esgrime para llevar a cabo tan absurda e irrealizable idea? Bien, ahí no debo entrar. Sólo les puedo desvelar que el deseo de ir a tocar en Paris está unido a esa historia del despido de los judios y del concierto de Thaikovsky tan dramáticamente interrumpido.

Bajo un ambiente surrealista y equívoco, Mihaileanu va pasando con  soltura del drama racial y político, a la comedia desenfrenada, de la tristeza, la humillación y el dolor  a la carcajada, al humor grueso, al jolgorio más absurdo, al drama romántico y a un improbabilísimo final feliz, aderezado con un sentimentalismo facilón (que a veces logra el milagro de hacerse pura ternura).

Como colofón de la arriesgada propuesta, el final de la pelicula es la interpretación casi integra del Concierto de Tchaikovski. Aunque lamentablemente el director sigue mostrándonos algunas escenas del triunfo de los represaliados músicos, que hubieran debido ser arrinconadas a los titulos de crédito, para dejar el climax final con el término apoteósico del concierto.

Tal como apuntaba, en su dia, ese magnifico critico llamado Juan Zapater, la visión de esta cinta lleva al espectador cinéfilo a recordar al menos dos títulos anteriores. el "Good Bye, Lenin!" para todas las  secuencias que nos muestran a la Rusia de hoy, bajo una visión crítica pero no sangrienta (excepto en lo referente a la mafia detestable de los nuevos ricos de la sociedad rusa post sovietica) y, en la parte parisina, a "Los chicos del coro" (secuencias en las que hay un exceso de tópicos amables referentes a gitanos, eslavos, burgueses e intelectuales franceses).

 

Película divertida  a la que no hay que pedir más de lo que es, una comedia embutida en un traje dramático, con guiños  a la lamentable historia politica   del siglo XX en clave de humor sarcástico y con un objetivo romántico y sentimental. Para conseguir ese objetivo el director echa mano de un hada madrina que le resuelve vía "buenos sentimientos y corazón generoso" hechos absolutamente inverosímiles. No nos la creemos pero lo pasamos bien.

 

 

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11 diciembre 2011 7 11 /12 /diciembre /2011 08:53

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Robert Redford, además de ser un actor-icono del cine norteamericano del siglo XX y comienzos del XXI, es un director sensible y de clásica factura que se atreve a tratar temas tan delicados como el papel ridículo de cierto senador en las guerras de Oriente Medio comprometiendo la política exterior norteamericana ("Leones por corderos"), en clave de humor, o de la actual "La conspiración", un drama judicial en el que se dilucida, ahí es nada, la múltiple autoría del asesinato de Abraham Lincoln en 1865, recién acabada la guerra Norte-Sur, un crimen que traumatizó a toda una nación.  

Asistimos brevemente al asesinato del presidente Lincoln por el actor John Wilkes Booth (Toby Kebbell) durante la representación de una comedia en un teatro de Washington y a esos primeros momentos de sorpresa, conmoción, dolor y rabia (que a muchos nos recordó el de J.F. Kennedy) y la búsqueda intensa de los que ayudaron al actor a cometer el crimen. Entre esas personas una mujer, Mary Surrat, (Robin Wrigth, sencillamente una revelación) cuyo evadido hijo es uno de los conspiradores  y cuya defensa se encomienda a un abogado, ex capitán herido en la muy cercana guerra civil, James McAvoy (también una actuación brillante).

No importan los motivos, ya se sabe que el asesinato fue planeado y ejecutado por personas del vencido sur, exmilitares y ciudadanos, aquí Redford nos plantea un filme del género judicial, tan cuidado por los norteamericanos. Sin embargo, aunque la mayoría de las secuencias se desarrollan en la sala del tribunal, entre interrogatorios a testigos e intervenciones de jueces --todos militares-- fiscal y abogado, Redford logra con el montaje de otras secuencias paralelas y el flash back que el ritmo no decaiga en ningún momento.

Las pruebas presentadas contra la viuda, que regenta una casa de huéspedes, donde se reúnen los conspiradores, invitados por el hijo de la mujer, van mostrando no sólo la endeblez de su relación con el crimen, sino el amaño y manipulación de testigos para lograr una culpabilidad que permite, por razones de Estado, terminar con todos los asesinos --excepto el hijo de la viuda-- de un sólo golpe, como escarmiento y aviso de que el recién nacido Gobierno de la nación no tolerará ninguna maniobra más del Sur.

Lo cierto es que el planteamiento es de alto calado: la necesidad de que la justicia sea prioritaria ante el interés de estado o las ansias de venganza. La búsqueda de la verdad como objetivo absoluto y la denuncia de las maniobras orquestadas para evitarla, en defensa de su oportunidad o de la adecuación a las circunstancias --el mismo abogado, un héroe de guerra, deberá abandonar la profesión tras el juicio por la condena en paralelo que socialmente se hace a su persona por defender "a una asesina del presidente", cuando todas las evidencias apuntan a que la señora Surrat es inocente (conclusión a la que llega el jurado militar y que es invalidada por el presidente en funciones, que firma la orden de que sea ahorcada junto a los demás).

¿Defectos? Uno y bastante sólido. La falta de brío narrativo, de emoción gradual, de un ritmo acorde con las emociones del momento, una coherencia que no suele darse en la vida real pero que en un drama cinematográfico es vital: adecúa la emoción de lo que se narra con el tirón que se ejerce sobre el espectador. Resonancia emocional, se llama eso. Y a Redford le falta. Me pregunto qué hubiera hecho otro grande del cine Clint Eastwood. Casi no tengo dudas que nos hubiera llevado gradualmente a un climax final que en esta ocasión pasa inadvertido, a pesar de que el tema, el primer magnicidio que afrontaba la muy joven nación, lo merecía de sobras. Recordemos que se recortaron los derechos civiles y se instauró el estado de excepción para un país que acababa de constituirse y mantenía un respeto sagrado por la Declaración de la Independencia y los derechos humanos que ésta defendía.

Redford sigue siendo fiel al compromiso humano , ético y político que ha marcado casi toda su filmografía y no sólo como actor. Pero a menudo, como ocurrió con la citada "Leones por corderos" (de 2007), ese compromiso es demasiado pedagógico, con cierta ambición documental, y eso  lastra la película lo suficiente para que se resienta el ritmo, siendo como es, que todos los demás elementos del producto, fotografía, ambientación, color, actuaciones y detalles de técnica cinematográfica, rozan la perfección. Eso sin olvidar las semejanzas y paralelismos entre la hecatombe nacional que produjo el 11-S y el magnicidio de "La conspiración". En ambos casos el afán de venganza ha prevalecido sobre los ideales democráticos del país y su legislación. Redford nos propone un examen de conciencia (al conjunto de su país y al Gobierno que amparó las medidas de excepción) sobre la fragilidad del estado democrático de derecho, eso sí disfrazado los recortes a los derechos civiles con las más emocionantes palabras y razonamientos dichas en nombre de los ideales que defiende la Constitución americana. Las intervenciones del secretario de Estado Edwin Stanton (un magnífico y casi irreconocible Kevin Kline. muy alejado de sus papeles humorísticos) que amañó el proceso y las del senador "sospechoso" de simpatía con el Sur--Tom Wilkinson--, en el otro polo de las discusiones sobre justicia y verdad, dan a la película una densidad formidable.

No se la pierdan. Y ni una sola de las secuencias en las que actúa Robin Wright. 

 

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10 diciembre 2011 6 10 /12 /diciembre /2011 08:56

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Nuevamente la guerra civil entra en las pantallas españolas. Esta vez tratando de buscar un enfoque distinto. Recién acabada la contienda, la película se centra en las mujeres, las novias, compañeras, hermanas, amigas, madres de los combatientes, de los vencidos. Es como una extensión temática de "Los girasoles ciegos" o de "Pa negre" que, por cierto compitió y ganó merecidamente en la carrera hacia la representación del cine español en los Oscar. En la primera, dirigida por José Luís Cuerda y basada en la novela de Alberto Méndez, asistimos a la difícil postguerra de Elena (Maribel Verdú) esposa de un "topo", un maestro (Javier Cámara) escondido en un zulo casero, asediada por un diácono militar que la pretende creyéndola viuda. En la segunda, una madre de familia catalana envuelta en un crimen también en la misma época, enfrentada al ambivalente esquema ético de su hijo, otra víctima de esos tiempos. Y ambas mujeres, sujetas al férreo y devastador machismo de los vencedores en nuestra incivil guerra.

 

 

En "La voz dormida", dirigida por Benito Zambrano (el director de aquella demoledora película sobre mujeres que fue "Solas") y basada en una novela de Dulce Chacón, se recoge los testimonios de las vidas de  dos hermanas, una, Hortensia (Inma Cuesta), presa en la cárcel de mujeres de Ventas, compañera de un miembro del maquis y la otra, Pepita (María León), que llega del pueblo a Madrid en 1940 para servir en la casa de un médico represaliado y su esposa, franquista.

 

Bella, formal, ortodoxa factura cinematográfica de Zambrano, que logra dar dramatismo y verosimilitud a la vida carcelaria y a la del Madrid aún convaleciente de las heridas de la guerra, donde la prepotencia de los vencedores se auna al clima de miedo a las represalias y la indefensión de los "otros". Volvemos a vivir aquí una red de relaciones femeninas inserta en un ambiente represivo, cruel, inhumano, donde los fascistas vencedores, en un clima de complicidad de la sociedad civil, con el omnipresente ejército y la policía, más las instituciones carcelarias y la misma iglesia, configuran un ambiente sórdido y arbitrario donde las torturas y las humillaciones son el pan nuestro de cada día.

Sin embargo, la historia a pesar de su trágica contundencia no logra conmovernos en demasía, suena un poco a más de lo mismo, un poco excesivo el mensaje básico de la izquierda convertida en mártir, con alguna secuencia de fuerza cinematográfica inusitada (como la de la llegada de Pepita al pueblo donde debe contactar con el maquis, en el que la guardia civil preseta en la plaza del pueblo, expuestos, de pie en sus propias cajas, a los guerrilleros muertos para que la población se asuste y no de cobijo a los que quedan en el monte: nos recuerda la secuencia de "Sin perdón" de Clint Eastwood, con el cadáver de Morgan Freeman expuesto en la entrada del "saloón" del pueblo.

Hay demasiada insistencia en la polaridad siniestra de unos y la heroicidad de los otros, una demanda permanente de complicidad y empatía al espectador, que resta méritos a la propuesta, haciendo a esta película demasiado panfletaria, cuando el drama de esas mujeres, por sí mismo, nos hubiera conmovido sin tanta insistencia.

Pero nadie puede criticar el magnífico trabajo de las dos actrices protagonistas, tanto María León como Imma Cuesta: se puede decir que todo el valor intrínseco de la película reposa en ellas, un recital de autenticidad y garra dramática, en las miradas, en los gestos, en las voces, en la sola presencia de ese par de mujeres desvalidas pero fuertes e íntegras.

Quiero decir que este cine, tan emotivo para cuantos hemos vivido épocas más cercanas a aquella guerra demoledora (los nacidos de los cincuenta hasta los ochenta) incide en nuestra cercana experiencia familiar, sabemos más o menos de qué nos hablan, es la generación de nuestros padres, pero ¿qué ocurre con los jóvenes para los que la guerra y Franco no son más que colegas de los dinosaurios o poco más? Para ellos sólo cuenta la fuerza que logran imprimir esas dos actrices en una historia que nos les debe sonar mucho.

 

También el resto de actrices secundarias que arropan la vida carcelaria, dan una estampa bastante verídica de aquellos horrores, promoviendo momentos de una ejemplar garra dramática (así, la secuencia carcelaria en la que las internas, firmes y en filas, deben besar una a una los  pies de un Niño Jesús de porcelana).

 

Película notable, quizá reiterativa en el panorama español, pero con una innegable buena factura que merecía haber sido mejor tratada por la publicidad de las distribuidoras y por la crítica y el público.

El romance entre Pepita y Paulino (Marc Clotet) está metido con calzador en el drama de Hortensia, la hermana encarcelada que va a tener un hijo en la prisión y que Pepita trata de rescatar para evitar que sea uno más de los niños "desaparecidos" de las reclusas.

La factura técnica de la película es impecable, de un academicismo formal innegable que da cierta frialdad al conjunto, lastrado por el "mensaje" ideológico que propone que, repito, siendo históricamente admisible, a estas alturas requiere un tratamiento más emocional, menos "políticamente correcto", tratando de hacer un cine que atraiga a los espectadores de hoy, sin abusar de un documentalismo que ya no toca. La propuesta argumental es lo suficientemente poderosa (el grupo de mujeres de la cárcel tiene una fuerza interpretativa de gran calado: Ana Wagener, Lola Casamayor, Berta Ojea, Susi Sánchez, entre otras) como para haberse centrado más en los dramas personales que en la pintura social y política de una época, gracias a Dios ya en un pasado algo remoto, siniestra.

 

 

 

 

 

 

 

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