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24 noviembre 2011 4 24 /11 /noviembre /2011 09:57

Vaya por delante que no me considero un entendido en ópera, a pesar de mi  amor  por ese arte escénico y musical (más lo segundo que lo primero). En segundo lugar, la obra que nos ocupa tiene indudables méritos y atractivos, no en vano está siendo un éxito. Dicho esto, permítanme entrar en la cuestión. No fue fácil aguantar las más de dos horas que dura el evento. El asunto perpretado por György Ligeti sobre una obra de Michel de Ghelderode se basa en la música "microtonal", unas distorsiones tonales que ponen a prueba las voces de los cantantes y mi paciencia como operainómano tradicional. Fui al Liceo atraido por la originalidad y fuerza del montaje escénico, que se basa en una inmensa mujer  desnuda que ocupa todo el escenario, de rostro articulado, ojos y boca abiertas (como muñeca de sex shop) cuyo trasero y piernas o cabeza se abren en diversos momentos de la función, permitiendo a los cantantes entrar o salir. Los gritos, susurros, estertores, cantilenas y coros mas o menos vociferados forman la banda sonora de esta ópera "sui géneris" que, para mi estupefacción, ha sido elogiada y aplaudida por muchos. El casi siempre ponderado y bastante fiable crítico Roger Alier, la recomendaba sólo por que "no es fácil presenciar una cosa (sic) semejante en un escenario con recursos como el del Liceo", aunque "es una música...que tiene muy pocos momentos atractivos". Por favor, señores, no me considero un especialista como Alier, sólo un simple aficionado --y más al teatro que a la ópera, de la que sólo amo su música y sus voces-- pero lo que nos ofreció anoche el Liceo sólo fue un "happening" con vocación irreverente y grotesca que no justificaba más que el desafío cultural que supone representarlo. Calificarlo de "hito histórico", admirado Alier, me parece un exceso incomprensible. Sin embargo el critico de "El Pais" se deshizo en elogios y admiraciones. Me siento más cerca del Alier de "La Vanguardia".

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23 noviembre 2011 3 23 /11 /noviembre /2011 10:34

Philip Roth entrevista al escritor checo Ivan Klima (en 1990). Como judío tuvo que padecer la estancia en un campo de concentración (Terezin). Después de la guerra, tras la entrada de los rusos en su país en 1968, ya convertido en novelista, ensayista y autor teatral, las autoridades del régimen titere checo prohibieron todas sus obras y le dicieron padecer a él y a su familia una vida cotidiana llena de dificultades, arrestos y carencias. El régimen político convirtió la lengua checa en un lenguaje pobre y simplemente operacional. Lo redujeron a lo que Klima llama "jerkish". Con ese vocablo, procedente del inglés americano, se designaba en los ochenta al lenguaje corto y elemental que se utilizaba como forma de comunicación en los experimentos psicológicos realizados con chimpancés. Tiene 225 palabras. El escritor asegura que en aquellos tiempos se intentó convertir la lengua checa en un "jerkish". Y hace una funesta observación: las dictaduras tratan de convertir las lenguas de los países sometidos en "jerkish".

Reflexiono sobre ello y me pregunto si el "jerkish" no es sino una modalidad del efecto que la tele-basura, el lenguaje joven de los sms y los ordenadores, el desprecio a la cultura literaria, el empobrecimiento del lenguaje coloquial, las carencias educativas, están provocando en nuestro idioma, en casi todos los idiomas. Si no será una aberrante patología sociocultural que nos afectará tarde o temprano a todo occidente.

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23 noviembre 2011 3 23 /11 /noviembre /2011 10:28

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El ilustrador Juan Cuellar y el poeta Luis Felipe Navarro, al alirón, pluma y pincel, han creado conjuntamente un libro curioso, evocador, magníficamente editado. Escritor y pintor narran aupados en sus dos artes las historias gráfica y literaria de diez huidas, el primero a pie forzado de la ilustración."Huimos espantados, o simplemente para sobrevivir", dice el prólogo y añade "En ciertas ocasiones huiriamos pero, cobardes e incapaces, seguimos rumiando  nuestra amargura".

Y asi, un barco de vela flotando sobre el páramo evoca en el narrador la azarosa vida plena de huidas de "Caravaggio" el pintor de bellísima factura que vivió hasta su misteriosa muerte en el filo de la navaja. Una terraza de bar habitada de seres cotidianos con el rostro en blanco, epítome del anonimato o de la falta de singularidad, nos acerca a la vida de un joven sin futuro posible, entre el botellón y la inanidad.

Una viñeta de comic abre una trágica ventana sobre la vida de una joven pintora y un automóvil con una pareja nos habla de un amor prohibido en el que la infidelidad sólo es otra forma de rutina. El interior de un 600 vacío recorre la geografía íntima de uno de tantos que abandonó el pueblo y el campo para buscar futuro en la ciudad. La rota linea del perfil de una ciudad destruida le da alas  a Navarro para escribir una historia de amor encuadrada en la guerra civil, quizá la más larga narración del libro, y muestra una huida al infinito, un final trágico para una vivencia común en aquellos tiempos de sangre y horror donde el amor es una flor efímera.

Un grabado donde una Isseta, aquél cochecito de tiempos de penuria, con tres ruedas y un espacio exiguo, resulta habitado literariamente por una pareja de alemanes separados por el Muro. Una pareja en un "Buick" en la noche nos habla de una huida y un encuentro fortuito que se revela esencial. Aquí también hay esperanza y ésta tiene su nido en un amor. Un elefante de juguete suministra el siguiente tema: Aníbal, la lucha, la libertad y la muerte.

Nos acercamos al final de estas huidas literarias y gráficas: una reunión de ejecutivos sirve al autor para evocar las famosas "Parker", pluma de otros tiempos, con la que firmará su despido o tal vez la oportunidad de comenzar una nueva vida.

Los rostros vacíos de las personas en algunas de las ilustraciones, arropados por la cálida narración de esas pequeñas historias, dejan un curioso regusto a vida, a cotidianidad, a sentimientos, a renuncias y a hallazgos. Es un libro que debe leerse poco a poco, a píldoras. Como un tratamiento contra la tentación del agobio. 

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22 noviembre 2011 2 22 /11 /noviembre /2011 10:12

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Afrontrar un nueva película del realizador danés Lars von Trier, después de su controvertido "Antichrist" (2009) y tras sus lamentables declaraciones pro-Hitler en el último festival de Cannes (que provocó un escándalo que estuvo a punto de condenar su película "Melancolía" al ostracismo) hace buena aquella aseveración de que nunca hay que confundir al creador con la persona, al director visionario y espectacular con el sujeto deslenguado y provocador, incluso estúpido, que parece ser o que a veces se comporta como tal.

Me ha costado reflexionar un par de días sobre la película antes de separar mi rechazo inicial por un juicio más objetivo y profesional que se resumiría en un notable alto para esta película desasosegante que no deja indiferente a nadie y que tiene una belleza formal que atrapa al espectador en un torrente de imágenes bellísimas, rodadas con maestría y dotadas de una banda sonora espectacular.

La película, repleta de simbolismos, me recuerda de alguna forma la estampa de Alberto Durero, "Melancolía" en la que un ángel parece esperar algo terrible en un ambiente lleno de objetos y escenas misteriosas. Con la música extremecedora del preludio de "Tristán e Isolda" de Wagner, Lars von Trier nos advierte de entrada que nos va a someter a una historia apocalíptica en la que lo que ocurre en esa mansión campestre, lujosa y llena de rincones maravillosos, tiene la misma importancia relativa que tenía para los burgueses encerrados en un salón, aterrorizados y prisioneros de algo invisible que parece tener la fuerza y el horror de la muerte, de la destrucción, del fin. Es la presencia invisible de "El ángel exterminador" del maestro Buñuel. melanc1.jpg

Dividida en dos partes, la primera centrada en la boda de la genial e irritante Kirsten Dunst, atenazada por una depresión definitiva que la postra hasta extremos de anulación y la segunda en la figura de su hermana (una Charlotte Gainsborourg, verdaderamente fastuosa). Como en Buñuel, estamos ante un círculo cerrado, un ambiente constreñido a los bellos parajes de la finca campestre de lujo, pero sobre los que flota una amenaza que se va concretando en la segunda parte de la película: la cercanía de un pequeño planeta, llamado Melancolía, cuya órbita marca un rumbo de posible colisión con la Tierra. Es el Armaguedon, pero no hay ningun héroe, ningún ingenio nuclear que pueda desviar la fatal singladura exterminadora del planeta.

El melodrama está servido, con su final cósmico. La feroz critica a la clase alta, contrapunteada por la bellísima trasposición entre imagenes reales y cuadros como los de Pieter Bruegel o la "Ophelia" de John Everett Millais: el apocalipsis total frente al agudo drama personal de las dos hermanas:Justine y Claire. La primera puro instinto, rechazo a las convenciones y desorientación, la segunda, partícipe del orden y la educación social, la clase y la convención de los sentimientos. La primera llegando a sintonizar intuitivamente con el caos que se avecina y la otra rechazando el fin y aceptando su condena como víctima impotente. El discurso es demoledor: no hay nada constructivo, no hay perdón ni redención, sólo la muerte que llega del cielo, inclemente y sin refugio posible: ante eso no hay convenciones, no hay sentimientos, no hay nada. Sólo resignación y soledad animal.

Todo ello servido con unas imágenes deslumbrantes que parecen acentuar irónicamente lo indefectible del final, la relatividad de los constructos sociales o sentimentales cuando lo que está en juego es el fin abosluto, la extinción de todo cuanto existe. Es ese el correlato que hace en la película una oferta politicamente incorrecta: nada tiene importancia ante el fin, pero tampoco nada ha tenido valor en la existencia de nuestro planeta, ni Shakespeare, Ni Mozart, ni Cervantes, ni Wagner, ni Picasso ni Velázquez, puesto que todo va a desaparecer sin dejar ni una sola molécula identificativa. Es algo que parece anunciar la depresión de la protagonista y que deja una carga de profundidad en la especie humana, que se convierte en un accidente fortuito, una experiencia cósmica que va a desaparecer para siempre.

Magnífico Kiefer Sutherland como el acaudalado marido de Claire, el refugio y la seguridad de la familia, que es la primera víctima del planeta al ser incapaz de aceptar la inutilidad de cualquier esfuerzo para evitarlo y el hundimiento de sus esperanzas. Pues "Melancolía" es, antes que nada, el fin de cualquier esperanza antropocentrica. Parece que lo único razonable es actuar como los caballos de las cuadras de la mansión, rebeldes  y asustados en principio y que cuando está llegando el final se calman y se disponen a morir tranquilamente. La metáfora está planteada como un "huis closs", un recinto cerrado, la mansión, donde los dramas personales de sus habitantes huyen de toda generalización y los personajes asumen la tragedia cósmica desde un enfoque doméstico.

Nada pues de escenas apocalípticas, de grandes ciudades devastadas, de pánico humano generalizado: todo se nos presenta bajo la óptica de un hombre que confía en que el planeta pase de largo como aseguran los científicos, su esposa, su hijo y su cuñada visionaria y depresiva que parece renacer ante la cercanía del fin y parece contagiarse del nombre y la sensación que evoca: una melancolía sin esperanza.

Lars von Trier nos guiña un ojo y vemos el irónico y burlón gesto cuando reflexionamos sobre la pelicula. Entendemos al final toda la vacía y demoledora muestra social que nos presenta en la primera parte, las secuencias de la boda de Justine. Comprendemos lo que nos quiere decir el realizador danés: el mundo va a acabarse, pero la mayoría de los seres humanos, de los que nos muestra son un ejemplo, ya llevan tiempo acabados anímica y psicologicamente, son actores de una farsa, miembros de una sociedad, un mundo, que apenas tiene esperanzas de mejora.

John Hurt, la inmensa Charlotte Ramplling, Udo Kier, y Jesper Christensen dan vida a otros personajes que desaparecen ya en la segunda parte, cuando ya la trama se reduce a la familia.  Más de dos horas de narración en las que el espectador se siente atrapado entre el rechazo hipnótico a lo que ve y la fascinación de la belleza en el cómo se lo cuentan. Una propuesta, pues, en la que la fuerza y la violencia interior de los personajes, la peligrosa apatía en la que caen algunos, resalta ante el lirismo bellamente fotografiado de muchas de las secuencias.

Una película que dejará recuerdo imborrable en la sensibilidad de casi todos los que superen el rechazo que en principio logra provocar Lars von Trier.

 

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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 11:11

A veces, en las tardes de domingo, en la tranquilidad del hogar, mi mujer y yo decidimos hacer una visita a un clásico del cine. Hemos ido durante años coleccionando celosamente dvd (antes videos) de las películas que conforman el imaginario de todo cinéfilo que se precie. Este domingo le ha tocado a Jacques Tourneur y a su excelente "Retorno al pasado". Robert Mitchum y Kirk Douglas (ambos jóvenes, jóvenes) acompañdos por dos bellezas de la época, Rhonda Fleming y Jane Greer. Es una película de 1947, rodada en el luminoso blanco y negro de la época del celuloide y el nitrato de plata, cuando los hombres llevaban sombreros de fieltro de ala flexible, la mujer fatal abrigo de pieles y vestidos ajustados y todos fuman y beben como carreteros y se comunican entre sí con diálogos que parecen surgidos directamente de las plumas de Faulkner o de Hemingway.

Cine negro de alta calidad. Jacques Tourneur fue un director de origen francés nacionalizado norteamericano, autor de películas tan inolvidables para los amantes de la famosa serie B como "La mujer pantera", "El hombre leopardo" ,"Yo anduve con un zombi" y "Berlin express". Murio en el año 1977 con 73 años. No se la pierdan. Otro dia les hablaré de ella.

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21 noviembre 2011 1 21 /11 /noviembre /2011 08:01

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Con un cierto regusto estético a Victor Erice (al que se rinde homenaje en la película) el cineasta castellano Daniel V. Villamediana vuelve como "En la linea recta", "Aita" o el "Toro Azul", a proponernos una  curiosa muestra de cine creativo que tiene los modos y maneras del documental pero que se desarrolla como ficción, cine híbrido que enmarca la filosofía del director, transitar en la frontera de los géneros y los estilos (como define un actor en la película el carácter de frontera de Sevilla: donde es posible la libertad).

Una banda sonora clásica y una cámara lenta, a veces inmóvil, con los personajes cruzando el campo de encuadre, absorta y contemplativa en los bellísimos campos de Castilla o la inmensidad azulada del mar de Cádiz o el paso permanente y calmo, destellando de luz deslumbrante, del Guadalquivir en Sevilla.

En ese recorrido, los personajes recitan, dialogan o simplemente observan y pasean. La trama es sencilla, Víctor (primo del director de la película o coguionista) está fascinado con un antiguo episodio familiar, su abuelo Cuco viaja en los años cuarenta a Cádiz tras ganar las oposiciones y regresa a los pocos meses de tomar posesión de su cargo, relacionado con cuestiones de aduanas, en una España donde la rigidez ideológica y política se hermana con la corrupción de los funcionarios, juego peligroso al que el abuelo Cuco no quiere jugar. Víctor emprende un viaje a Sevilla y Cádiz, donde vivirá unos días de visitas, paseos, relaciones, en los que la figura del abuelo, aún manteniendo su misterio, está presente en las charlas sobre el anarquismo, la represión de la época o ciertas anécdotas del personaje que su sobrino-nieto llega a intentar emular, como el ingerir un número elevadísimo de sardinas fritas, una secuencia divertida de un  encanto inesperado de película de Buster Keaton. 

El espacio andaluz, tan opuesto al castellano, pero igualmente enriquecedor es tratado con mimo por este director sensible, con un estilo simple, directo y a la vez poético, como un haiku japonés. Al mismo tiempo hay una insobornable realidad, cotidianidad, en esas imágenes que acaban, pese a su morosidad, creando una especie de sortilegio con el espectador. Me ha gustado también la elección de protagonista, ese Víctor Vázquez que desde una naturalidad ligeramente tensa, como si le costara actuar ante la cámara, va mostrando el proceso de comprensión entre dos generaciones familiares alejadas en un tiempo que ya no existe y un presente en el que no quedan rastros del tiempo del abuelo Cuco. Cine sin artificios, transitando en la frontera entre la realidad y la ficción, entre el documental y la historia personal, íntima. 

Parece ser que la pelicula ha tenido una buena acogida en festivales como Locarno o la Biennale, pero dudo mucho que sea una película taquillera en España. O al menos que no lo sea para los que amamos determinado cine, emparentado con miradas lúcidas, desengañadas y ferozmente estéticas y personales. Buena suerte con "La vida sublime", en algunas secuencias las imágenes son sublimes. Palabra de cinéfilo.

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20 noviembre 2011 7 20 /11 /noviembre /2011 14:03

 

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Sólo el poder mágico y evocador que tiene para el que suscribe del nombre de Shakespeare -junto con don Miguel de Cervantes, los dos esenciales dioses literarios de mi vida-- me empujó a ver la película que el realizador alemán Roland Emmerich, eficaz poeta del apocalipsis en 3D y sonido estereofónico ("2012") ha perpretado sobre las teorías conspiratorias literarias que desde la escuela de Oxford han especulado desde siempre sobre la autoría de las obras que firmó Shakespeare. Unos asegurando que el insigne Bardo era en realidad un hombre de paja tras el que estaba el gran Ben Johnson y otros apostamdo por el conde de Essex, especie poco probable pero no descabellada que también atrajo a muchos iconoclastas. De ahí nace "Anonymous", un thriller enmarcado en la convulsa era isabelina, una singular vista al Londres (gracias a los efectos especiales de ordenador. qué maravilla de instrumento para la historia)  de entonces y sobre todo al nido viperino de la corte real, con la insaciable reina Isabel, su canciller maquiavélico, los nobles y sus luchas internas, el poquer de monarquías europeas enfangadas en una lucha absoluta por el poder absoluto y el juego de alcobas del que no se libraba nadie desde la reina hacia abajo.

Esta película queda muy lejos de aquélla delicia romántica que fue "Shakespeare enamorado", dirigida por John Madden en 1988. Ahora vivimos el drama del conde de Essex, presunto autor real de las obras de Shakespeare y vemos a éste convertido en un lamentable pelele, iletrado y codicioso, que toma la autoría de aquéllas obras que elevan a excelso el ingenio humano. Lo cierto es que, dejando aparte las excelentes interpretaciones (magnifica Vanessa Redgrave en el rol de la reina Isabel anciana) y del propio Essex (Rhys Ifans), lo que más interesa es el fidedigno retrato (verosímil al menos) de aquella ciudad y aquélla corte y lo que más indigna es el empeño en reducir al personaje de Shakespeare a la caricatura de un bufón rijoso y deleznable.

La historia cabalga a lomos de los flash back, tan a menudo que dan cierta sensación de desajuste y de falta de coherencia al montaje, salvado por las un tanto excesivas interpretaciones del resto del elenco y por el denso, asfixiante, oscuro y amenazador ambiente del poder y la nobleza (sin llegar a la dureza ni a la espectacularidad  de "Elizabeth", de Shektar Kapur con un plantel de actores como Cate Blanchet, Clive Owen o Geoffrey Rush). Ni el fraudulento Shakespeare que se nos presenta (Rafe Spall) ni el lacrimoso Ben Johnson (Sebastian Armesto) que rechaza el ofrecimiento de Essex de firmar sus obras con su nombre dejando via libre para que el "chapucero" W.S. se ponga en su lugar, son tratados de forma aceptable por la película de Emmerich, lo que en definitiva va a indignar a todos los admiradores de ambos grandes dramaturgos (de hecho el pase de la película en el festival de Londres ha provocado sarpullidos). Se salva de la quema Edward Hogg en el papel de Robert Cecil, el tortuoso canciller de la Reina, parodiando paradójicamente al Ricardo III de W.S.

"Todo arte es política, de lo contrario es solo decoración", le dice Essex a un atribulado Ben Johnson en la película. Esta película no es política...politicamente aceptable, ergo...Habría que pedirle al guionista John Orlof que se aplique sus propias palabras. Ni Emmerich es un director para asomarse a Shakespeare (solo me ha gustado la intervención del narrador, Derek Jacobi, al principio del filme, muy a la manera del teatro isabelino: aunque, ¿no es una traición que un gran actor shakesperiano prologue un ataque al Bardo?) ni su guionista ha acertado con el tono expositivo, ni el montaje final de la cinta logra desmontar la perplejidad espacio-temporal que se apodera del espectador desde el comienzo de esta oscura cinta.

Pelicula que hay que ver aunque sea para colgar a Emmerich en la picota, salvar los retratos del Londres isabelino y la ambientación en general y guardar para el recuerdo la imagen desvalida y alucinada de la Redgrave encarnando a la Reina "Virgen".

 

 

 

 

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19 noviembre 2011 6 19 /11 /noviembre /2011 10:54

Aprovechando el día cerrado, con los cielos convertidos en un manto gris oscuro y un ambiente frío y desapacible, me he encerrado en mi estudio, en el Nido de las Nubes, y he decidido entrar nuevamente en los entresijos de mi novela. Pero antes, para abrir boca, he rescatado de las dos columnas de libros, en precario equilibrio, que tengo dispuestas sobre el suelo, junto al sillón de leer, un libro con aspecto de austera caja de bombones, tela gris con letras negras rodeando el título, "Huidas", en rojo. Es liviano, de solo 72 páginas, editado con mimo, ilustrado por las pinturas de Juan Cuellar y escrito por el poeta Luis Felipe Navarro. El sugestivo título me ha llamado la atención, el libro como objeto me ha encantado, una encuadernación magnífica (desusada en estos tiempos), un papel de calidad, unas ilustraciones atractivas, un diseño y compaginación satisfactorios...

La lectura ha corroborado la excelencia del libro. Ya les contaré.

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19 noviembre 2011 6 19 /11 /noviembre /2011 10:06

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Estamos ante una película fallida, aunque ambiciosa. De alguna manera no llega al listón de excelencia que cabría esperar dada la fuerza del original literario (quizá por eso lo que podría haber sido el inicio de una saga fílmica, tipo Harry Potter, se ha quedado en una sola opción). 

"Corazón de tinta" nos narra las avenuras de Mortimer Folchart (Brendan Fraser) y su hija Maggie (Eliza Hope Bennet), ambos "lletraferits" dotados de un don maravilloso: son capaces de lograr con la lectura en voz alta de los libros que los personajes encarnen y entren en nuestra realidad. Son "picos de oro" que atraen con el sortilegio de la voz a los personajes literarios pero que, como compensación peligrosa de esa entrada, provocan que una persona real entre en su lugar en el libro. De esa manera  "Mo" pierde a su esposa y ha de buscar la manera de rescatarla. Para ello necesita un libro "Corazón de tinta", cuyo villano, Capricornio (el hoy célebre actor real de los virtuales capitan Haddock de Tintín y el Gollum de "El señor de los anillos", Andy Serkis) tiene secuestrada a la mujer sin que sepa que es la esposa del "Pico de oro".

Lo cierto es que "Corazón de tinta" no logra emular a Harry Potter, se queda en el intento, casi como los fracasos relativos de "Las crónicas de Narnia", "La brújula dorada" o "Eragon". No es fácil encontrar el tono justo para llevar al cine las sagas juveniles. O pecan de ñoñas o de oscuras o de tambaleantes. Este es el caso de la historia creada por Cornelia Funke que a pesar de su encanto indudable (que tiene seducidos a cientos de miles de lectores en los países anglófonos) no acaba de encontrar su traslación fílmica. Y es una pena porque se nos regalan interpretaciones tan deliciosas como la de Helen Mirrer como la gruñona tía de Brendan (por cierto, creo que éste último no muy ajustado a su papel, aunque en las escenas de acción logra autoparodiarse bastante bien, recordando el humor de su papel en "La Momia"). La chica, Eliza, está deliciosa aunque el personaje del juglar del fuego, Paul Bettany, es el mejor, aunque parece que se contiene un poco en darle mas profundidad a su actuación, tal vez contagiado por la rutinaria actuación del resto.

Y es que la generosa fuerza en imágenes que proporcionan al cine de hoy  los efectos especiales hacen olvidar a los directores que además de eso es preciso dar con lo más esencial y evidente: el arte de contar la historia, el arte de atraer el interés del espectador hasta un límite casi hipnótico. En caso contrario la película queda vacía o pretenciosamente hueca.

 

 

 

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18 noviembre 2011 5 18 /11 /noviembre /2011 15:30

No he podido resistir la tentación (tampoco me esfuerzo mucho en ello) y en una ocasional visita a Abacus, donde buscaba un volumen sobre neurología y literatura --dos de mis pasiones--, di con la versión de bolsillo de un ensayo de Philip Roth (apellido que a los catalanes les hace mucha gracia y los mas chistosos dicen "buen provecho"), premio Pullitzer del 98 y uno de los candidatos eternos al Nobel (galardón que se merece de sobras). El librito, corto pero sabrosón, recoge una serie de ensayos, entrevistas y artículos que Roth publicó en 1994, editó en castellano Seix Barral en  2003 y reeditó Random House Mondadori en 2007. La versión de bolsillo  de ese libro. ahora forma parte de mi biblioteca. El ensayo se titula : "El escritor, sus colegas y sus obras" y es una delicia en la que acompañamos al irónico e ingenioso escritor norteamericano en sus citas con Primo Levi (en 1986, poco antes de que el genial superviviente de los nazis se suicidara), Milan Kundera,  Edna O'Brien, Malamud o Saul Bellow, entre otros. ¿Y de qué hablan? Desde el holocausto, al exilio, desde el sexo puro y duro a la religión, desde la dignidad del hombre a las manías y objetivos del escritor. La mente ácida y analítica de Roth se complace en unos encuentros donde nadie escurre el bulto y dispara a dar. Ya hablaré de ello "in extenso". Mientras, si no salen inmediatamente a buscarlo en la primera librería que encuentren, babeen por anticipado con lo que les contaré.

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