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19 febrero 2021 5 19 /02 /febrero /2021 10:16

CATALUÑA ENTRE EL GATOPARDO Y KILL BILL

(Publicado en Heraldo, 180221)

La situación política y socioeconómica en Cataluña tras las elecciones tiene todos los elementos dramáticos precisos para convertirse en un dramón con resonancias de tragicomedia clásica. Reflexionando sobre el absurdo escenario configurado por los partidos - contradictorios y excluyentes- más los votantes, más el absentismo, uno recuerda al Príncipe Salina (creado por Lampedusa en su novela “EL Gatopardo”) asegurando con todo el cinismo de la vieja escuela de los terratenientes: “Es preciso que todo cambie para que todo siga igual”. Las posibilidades operativas de los bloques con presuntas alianzas como Esquerra-Junts-Cup y Comuns o, por el otro lado, Esquerra y Comuns, con el PSC apoyando desde fuera, son un desafío a la trayectoria política de cada uno de ellos, pero posibles dentro del “gatopardismo”. Las circunstancias dibujan  una suma de paradojas: el Gobierno del inepto Torra, un Parlament bloqueado por sus propias contradicciones, unos políticos presos o huídos que juegan bazas de inexplicable “heroísmo”, una población fatigada hasta el paroxismo, una pandemia mal gestionada. Pero se actúa como si no hubiera ocurrido nada y se colocan otra vez las fichas al inicio de una partida ya perdida antes, sabiendo que no puede prosperar. Se ha corrompido la frase del Gatopardo: “Para que vamos a votar por cambiar algo, si las cosas ya no pueden ir a peor”. ¿De veras?

La participación más baja en elecciones catalanas, el 53,5 %, y sus resultados son interpretados como un triunfo por cada uno. Nada que objetar, es lo corriente en esta democracia española que debería estar en la UVI. Aún así, la política de bloques identitarios se mantiene ignorando los hechos: una pura y patológica negación de la realidad y las evidencias. Más de millón y medio de electores se quedaron en casa. ¿Por la pandemia? Quizá más bien por agotamiento. Los “indepes” han perdido más de 600.000 votos respecto a 2017. Y se quedan, todos ellos,  en un 27% del censo. Pero también los que rechazan rupturas, mal llamados “españolistas”, han dejado en casa 900.000 votos. Como secuelas peligrosas, crece la presencia de Vox y las bravatas antisistema de la CUP. Aunque todos los excitables partidarios de noches de cuchillos largos y fogatas urbanas, en los dos extremos, apenas llegan a 400.000. Y estamos hablando de cinco millones y medio de catalanes.

Cataluña parece estar a punto de recibir lo que en “Kill Bill”, la película de Tarantino, se definía como los golpes de presión del maestro chino de kung-fu: los cinco puntos que hacen explotar un corazón. Imagínenlo: David Carradine es Cataluña y Uma Turman la ciudadanía catalana. El primer golpe es la pandemia y su pésima gestión; el segundo, los bloqueos y cordones sanitarios que unos partidos políticos desprestigiados y absortos en sí mismos pregonan para contentar a la minoría cavernícola; el tercero, las vitaminas concedidas a los extremos populistas de los dos lados; el cuarto el progresivo empeoramiento de la situación económica y la falta de futuro claro en Cataluña; y el quinto y definitivo, la enorme abstención de votantes que han pasado de su derecho a tener un Gobierno que les represente.

Volvamos a la película. Tras haber recibido los cinco toques, Carradine, bamboleante, sabe que después de dar cinco pasos, caerá muerto. En Cataluña el plazo es más largo: el 26 de marzo se cumple todo el proceso, caso de que en 20 días se pueda constituir la Mesa del  Parlament, se designe presidente, dos vices y cuatro secretarios. Que se presente un candidato a Presidente de la Generalitat y sea aprobado en la fecha indicada. Aquí nos separamos de la película. Hay posibilidades aunque a Hércules se lo pusieron más fácil: sus 12 trabajos eran fruslerías comparadas con el hervidero catalán de avispas. Quizá algunos políticos  ingeniosos –los hay- sugiera frenar a la Fiscalía que reclama la vuelta a prisión de los políticos presos; se busque la fórmula legal –la hay- para declarar un indulto general; se silencie a los extremistas utilizando tajantemente los medios de los que dispone la ley y, en fin, hacer que el PSC se despierte y vuelva a poner en circulación el federalismo como opción más o menos lejana pero siempre pactada. Y, por supuesto, se derriben los bloques y se decrete una Unión Nacional para sacar a todo el país, Cataluña incluida, del marasmo económico, social y ético que nos ahoga. Quizá algo así evitaría el colapso y la bancarrota.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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18 febrero 2021 4 18 /02 /febrero /2021 12:57

Decía Hegel en su “Ciencia de la Lógica” que la conclusión de algo, por ejemplo un argumento o una proposición, debe ajustarse fielmente al sentido, a la razón. Por tanto podemos llegar a una conclusión válida sobre algo, cuando el principio y el final del proceso mantienen una conexión, un enlace con sentido, una unidad racional.

Aplicando la teoría hegeliana a este país que vivimos, al que llamaremos Absurdistán  -por su inveterada tendencia a reducir al absurdo todos los problemas que les advienen-, buscamos una fecha de inicio para delinear su proceso político, social, económico, sanitario, educacional…y escogemos la transición, tras la muerte de Franco. Y por coherencia analítico-lógica aceptemos como final retórico del proceso, nuestro presente, estos días de desvaríos pandémicos y filoménicos.

En estos años todo parece haberse acelerado, empezando por nuestro estilo de vida, como sostiene el filósofo coreano Byung-Chul Han. Sumemos una generalizada falta de sentido en lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Añadamos una desnaturalización del tiempo que vivimos en la esfera privada y en la pública, en nuestros trabajos, relaciones y actividades. Nos percatamos de que se ha roto el ritmo, la armonía de las cosas, como el equilibrio de las estaciones o el cambio climático. Se ha disparado la violencia, la agresividad, la barbarie hasta límites que las generaciones adultas y más veteranas no habían conocido desde los años de sombra y luto, tras la guerra civil. La corrupción política ha alcanzado un descaro y una progresión tal que la idea de honestidad es casi un oximorón  para muchos políticos. La entronización del poder como objetivo absoluto al precio que sea y sus consecuencias, el arrase de la pandemia que ha confirmado que el neoliberalismo capitalista se enriquece hasta con la muerte y la miseria; la precariedad sanitaria; el contagio populista internacional, donde la locura gobierna; la fantasmal pero letal presencia de lo irracional en la Red; los estallidos por todas partes de una violencia con sesgos raciales, sexistas, económicos…¿todo esto destruye la posibilidad de una conclusión del proceso histórico de esta nación? ¿Tiene algún sentido la conexión  entre el Absurdistán de la transición y el de estos días? ¿Forman una unidad histórica con sentido, una conclusión hipotética que defina la situación que vivimos como un proceso racional que nos lleva desde los años setenta hasta los veinte del siglo XXI? Desde luego que no.

Me temo que la lógica hegeliana, como la aristotélica o la kantiana, patinarían ante el desolado presente que vivimos en Absurdistán. Quizá la lógica surrealista de Lewis Carroll tendría más éxito. Una derecha con las maneras de la Reina Roja ( “que les corten la cabeza”, clama el ultraísmo), un Gobierno central formado por el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, el catalán como el Conejo Blanco, apresurado eterna y falazmente hacia un objetivo poco realista, el vasco repartiendo porciones del pastel que hace crecer o disminuir-como Alicia- políticas e ideologías para su propio provecho. Mientras, el conjunto de la población absurdistana  es zarandeada de un extremo al otro de las acciones supuestamente precisas para resolver las crisis en casi todos los sectores. La miseria se cierne sobre ellos como aves de rapiña.

¿Cuáles son esos sectores? Desde la educación a la sanidad, pasando por una pandemia que diezma a los absurdistanes, aunque  una parte de ellos la niega y la considera por debajo de sus derechos individuales y la otra, la sufre con resignación. Todo ello nos lleva a una crisis económica galopante, que nadie gestiona con efectividad, a fin de evitar que la paguen los que siempre pagan las crisis. Lo conocemos muy bien: son los jóvenes sin-sin, los jóvenes-con en general, los parados, la clase media, los profesionales de la salud y de la educación (no por falta de trabajo, sino por falta de apoyos y respeto), los de la pequeña empresa, los autónomos, los jubilados, los inmigrantes, los ancianos encerrados en residencias-pudrideros sin control y sin conciencia y los de la infrasociedad cada vez más nutrida…

¿Quiénes se salvan de la depresión sistémica, el paro y la miseria?: la clase política en general, una parte superflua –y demasiado amplia- del funcionariado (los hay muy necesarios: vivimos en una sociedad burocratizada hasta la extenuación), las fuerzas del orden (tal como se está poniendo la cosa, muy precisas) y las de las religiones (también respetando las reservas y derechos de los creyentes), la elite de los bancos y de las grandes multinacionales.

La conclusión de todo esto no es racional, puesto que cada uno de los elementos tampoco lo son. Por tanto, siguiendo a Hegel, no es posible hablar de conclusión.

Y para dar una imagen bastante certera de la situación podríamos (qué paradoja) citar a Dickens en su retrato de la sociedad inglesa de entonces, mediado el siglo XIX: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” y se percibe claramente su carácter profético y premonitorio, como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual. ¿Hay una solución a todo esto?

Cualquiera de los que están provocando estas crisis respondería que, por supuesto, ellos tienen una solución, para eso cobran. Reformar la  Constitución, la ley electoral, el Senado, el papel de la Corona, una política de Estado común en temas como educación, sanidad y servicios esenciales. Pero, si se les pregunta cuándo y cómo actuar, responderían incoherentemente como Bartleby, el escribiente, el célebre personaje de Melville: “Preferiría no hacerlo”. Bartleby es el santo patrón de Absurdistán.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

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16 febrero 2021 2 16 /02 /febrero /2021 10:26

(Publicado en La Comarca 160221)

Por razones familiares, desde mi infancia me he sentido conmovido por la condición fronteriza y la existencia “líquida”, casi “flotante”, del exiliado. Un exiliado es la versión política y cultural del inmigrante, arquetipo de la necesidad y el desarraigo por motivos de supervivencia. En ambos coincide en mayor o menor grado el elemento básico de lo inevitablemente necesario para vivir y el de la demanda permanente de identidad. En un mundo progresivamente poroso (y responsable, por causar la coerción que obliga a la persona al abandono de lo propio) los exiliados, y sus hermanos los inmigrantes, articulan una realidad que es un desafío ético, económico, político y social.

Leo “Una poética del exilio”, el brillante ensayo que la doctora en filosofía, Olga Amaris, dedica a los paralelismos vitales y conceptuales entre dos exiliadas históricas, Hannah Arendt y nuestra María Zambrano (Ed. Herder). El libro propone con su análisis de lo precario y las exigencias que definen el exilio, un motivo obligatorio de reflexión.

La enorme actualidad de la casuística del exilio y la inmigración en nuestros tiempos, están creando una necesidad filosófica y política, económica y social, que no deberíamos banalizar o convertir en simples campañas de buenas intenciones. Es un problema serio, candente y progresivo, que debe ser atendido de una forma inmediata y vinculante, no sólo por el Estado y las instituciones sino en el sentido moral de cada persona. Esta es una tarea que nos concierne a todos, puesto que es un problema tan global como la pandemia y deberíamos prepararnos para afrontarlo de una manera más eficaz y consciente y sobre todo solidaria de la que hemos usado en la lucha contra el virus.

Las invasiones de población desarraigada que rompe fronteras en busca de su simple supervivencia, no es un fenómeno aislado a unos pocos países: concierne a toda la humanidad. Y si ignoramos esto, pagaremos el mismo precio terrible que le cuesta la Covid  al mundo, por la falta de solidaridad y colaboración entre los países y una acción común.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

LOGOI 188

EXILIO

Por razones familiares, desde mi infancia me he sentido conmovido por la condición fronteriza y la existencia “líquida”, casi “flotante”, del exiliado. Un exiliado es la versión política y cultural del inmigrante, arquetipo de la necesidad y el desarraigo por motivos de supervivencia. En ambos coincide en mayor o menor grado el elemento básico de lo inevitablemente necesario para vivir y el de la demanda permanente de identidad. En un mundo progresivamente poroso (y responsable, por causar la coerción que obliga a la persona al abandono de lo propio) los exiliados, y sus hermanos los inmigrantes, articulan una realidad que es un desafío ético, económico, político y social.

Leo “Una poética del exilio”, el brillante ensayo que la doctora en filosofía, Olga Amaris, dedica a los paralelismos vitales y conceptuales entre dos exiliadas históricas, Hannah Arendt y nuestra María Zambrano (Ed. Herder). El libro propone con su análisis de lo precario y las exigencias que definen el exilio, un motivo obligatorio de reflexión.

La enorme actualidad de la casuística del exilio y la inmigración en nuestros tiempos, están creando una necesidad filosófica y política, económica y social, que no deberíamos banalizar o convertir en simples campañas de buenas intenciones. Es un problema serio, candente y progresivo, que debe ser atendido de una forma inmediata y vinculante, no sólo por el Estado y las instituciones sino en el sentido moral de cada persona. Esta es una tarea que nos concierne a todos, puesto que es un problema tan global como la pandemia y deberíamos prepararnos para afrontarlo de una manera más eficaz y consciente y sobre todo solidaria de la que hemos usado en la lucha contra el virus.

Las invasiones de población desarraigada que rompe fronteras en busca de su simple supervivencia, no es un fenómeno aislado a unos pocos países: concierne a toda la humanidad. Y si ignoramos esto, pagaremos el mismo precio terrible que le cuesta la Covid  al mundo, por la falta de solidaridad y colaboración entre los países y una acción común.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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13 febrero 2021 6 13 /02 /febrero /2021 12:24

EL DERECHO A MORIR

(Publicado en La Comarca 120221)

Para Heidegger la persona es un ser-para-la-muerte, una “herida abierta” en el corazón del ser humano. Y para Epicuro somos ajenos a ella, pues cuando ella llega, tú no estás y mientras tú vives, ella no está. Los estoicos griegos y romanos la contemplaban como el término natural que  todos los seres vivos comparten. Pero cuando se imponen las religiones monoteístas, el derecho a morir es una aberración, ya que sólo Dios decide cuando hemos de morir. Y como ellas están aliadas con el poder terrenal, pueden contemplar más o menos indiferentes los genocidios que proliferan en la historia universal (y más si se producen sobre los enemigos de la “religión verdadera” que, evidentemente son los fieles de las “otras”) pero condenan con “el fuego eterno” a quien ose decidir por sí mismo el momento y lugar de su adiós a este mundo cruel (como cantaban los viejos “Teen Tops”). No puedes atentar contra tu vida pero debes dar tu vida en defensa de tu religión, tu país, tu bandera o tu líder carismático.

¿No hay cierta infantiloide falacia en esta proposición “ética”? Pero, ojo, vaya mi respeto por quienes en ello creen, más o menos a pies juntillas. Aunque si prescindimos de las arrogantes exigencias religiosas, de los intereses políticos o ideológicos –incluso económicos- y aquí ya lindamos con la ilegalidad básica de los que se benefician directamente con la muerte de alguien (lo cual ya entra en la competencia policial)… ¿qué nos queda? Un sujeto, hombre o mujer, joven o viejo, que en el uso de sus plenas facultades mentales –muchas veces algo oscurecidas por el dolor físico o mental, pero sin ninguna patología psíquica que lo empuje- decide, errónea o certeramente, eso siempre lo desvela el futuro, que no desea seguir viviendo lo que está viviendo en ese momento de su decisión. ¿Desde un punto de vista humano es comprensible que alguien –con las mejores “intenciones”, eso no lo discuto-- decida entrometerse e impedir el acto supremo de ejercer la libre voluntad del sujeto? ¿Estamos en posesión de un criterio superior que nos permite juzgar como erróneo el deseo de quitarse de en medio de una persona, casi siempre sin conocer las razones que le empujan a ello y cuando las conocen –desde su particular punto de vista—arrogarse el poder de decidir que ese sujeto está equivocado y de que debe someterse a lo que tanto teme, porque eso es lo que manda la tradición religiosa o social o política? ¿Acaso nos vamos a ofrecer a ocupar su puesto y sufrir nosotros sus dolores, quebrantos, temores, como si eso fuera posible?

Y, no estamos hablando de suicidio, que también podría entrar en el análisis argumental. Estamos hablando de eutanasia, esa palabra terrorífica que enerva a una parte importante de la sociedad española. La eu (buena) thanatos (muerte), de los griegos, que no había que buscarla, pero si aceptarla sin miedo o protesta, cuando era la mejor opción según las circunstancias, al no poder tener una vida libre y volcada en la “areté” (la virtud) o la “aristós” (la excelencia) o en el sencillo y simple disfrute de la existencia.

Nadie discute el derecho a vivir (a pesar de que la historia es un mentís hipócrita a ese derecho) pero muchas personas rechazan el derecho a morir, aunque se estructuren las medidas cautelares precisas para evitar la manipulación interesada de terceros o los excesos de todo tipo. Sin duda hay que exigir que la regulación de la eutanasia proteja al enfermo de una eventual mala praxis. El derecho a morir de los que sufren de forma documentada y fehaciente un tipo de vida máximo dependiente, cuajado de dolores brutales y sujeto a un estado de semi consciencia causado por los barbitúricos y medicamentos paliativos, articula la opción voluntaria de ejercer un derecho a morir que es humanamente irreprochable. Creo que es un asunto de ética, superior en jerarquía a las directrices socio religiosas que son hijas de una forma de cultura circunstancial. Incluso los médicos que se oponen a ella, reclamando el juramento hipocrático y su vocación irreprochable de salvar vidas, no de quitarlas, se quedan siempre varados en una dicotomía más retórica que filosófica o moral. La vida no es un concepto absoluto en sí mismo que no pueda ser problemático en determinadas circunstancias. Ortega decía que el hombre es su yo y su circunstancia, pero si no puede salvar su circunstancia (la viabilidad de la existencia) tampoco se puede salvar a sí. Si la circunstancia de la vida de un enfermo es el dolor continuo, la indefensión, el deterioro imparable y atroz, los “cuidados paliativos” (tan eficaces, razonables y necesarios en muchos casos) no son más que un aplazamiento de lo irremediable a costa del enfermo. Raramente el médico desconoce la irreversibilidad de la situación en algunos enfermos. Negarle el descanso final al paciente en cuestión, ¿es humanamente ético? ¿o sólo social o políticamente “ético”?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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11 febrero 2021 4 11 /02 /febrero /2021 10:49

Sin duda la neurología está de moda. Proliferan los tratados más o menos competentes en los que los últimos descubrimientos científicos sobre el cerebro y la mente, esos dos misterios por resolver, son utilizados para proponer terapias de autoayuda o manera de vivir que no se alejan, ni poco ni mucho, de los clásicos filosóficos que nos han acompañado desde siempre. La corroboración científica de muchas intuiciones de aquellos clásicos de la espiritualidad ha dado aliento a la eclosión de una paraciencia psicológica o ética que contribuyen al desconcierto y a la desinformación vigentes en esos temas cruciales.

El libro que nos ocupa es un fascinante viaje bien informado por el mundo de la mente de la mano de un neurocientífico argentino con historial sobrado de competencia profesional, Mariano Sigman, que lleva a cabo su labor divulgativa sin abandonar sus trabajos científicos en el Human Brain Project, uno de los trabajos internacionales más consolidados en el estudio del cerebro. Sigman, con un estilo personal basado en la pedagogía de la propia experiencia nos plantea un recorrido evolutivo desde la mente de bebé, los parámetros singulares que conforman eso que llamamos identidad, la aparición de la conciencia, la imaginación y el subconsciente, los estados alterados de conciencia y el mundo de los sueños, la inter relación entre la conciencia y eso que llamamos realidad y su obligado correlato, los cambios que ésta produce en nuestra visión de lo real y como el cerebro se ajusta a esa dinámica provocando sus propias mutaciones neuronales para terminar el apasionante periplo por el aprendizaje óptimo y la enseñanza eficaz.

Como escribe Sigman en su epílogo al volumen, "La transparencia del pensamiento humano es la idea que resume este libro...la búsqueda de esa transparencia es el ejercicio permanente que se propone desde la primera a la última página...Entender nuestra manera de decidir, el motor de la osadía, las razones de nuestros caprichos y nuestras creencias...es una manera de quitarle una capa de opacidad al pensamiento propio, escondido a veces bajo la máscara de la conciencia".

La habilidad del autor para hacer entender los términos neurocientíficos y su voluntad de abordar esos conocimientos desde una propuesta multidisciplinaria, hace que la supuesta aridez del tema quede eliminada con los aportes del psicoanálisis (tratado con respeto por Sigman, como no podía ser menos dado su origen), de la economía del comportamiento, de la filosofía y de otras disciplinas. A pesar de reconocer que por el momento no es posible ni siquiera conjeturar sobre una "teoría unificadora" del cerebro, el autor reconoce e informa de avances enormes, pero "vienen más del lado de la medicina y de la computación; es más una fuerza bruta ingenieril, y no un aporte académico...aunque hoy podemos hacer cosas que hasta hace poco parecían de ciencia ficción, como comunicarnos con pacientes en coma, hacer que dos cerebros  interactúen a través de un dispositivo electrónico -en una suerte de telepatía asistida- o descifrar sueños".

La mente no es una “tabla rasa” al nacer, como suponían los empiristas, recuerda Sigman. Y advierte que no podemos desdeñar los aportes al bagaje genético cerebral de la educación o el aprendizaje. Lo cual también nos hace reflexionar sobre ciertos mitos, como el del "talento genético”. Decía Einstein que él no disponía de ningún talento especial creado por sus genes, pero sí de una "apasionada curiosidad" por todo lo que ocurría en las materias que estudiaba y con las que prácticamente "vivía" las 24 horas del día. 

Está comprobado que nacemos con ciertas concepciones rudimentarias de la justicia y moralidad. Según Sigman, “En general, los chicos a lo largo de su desarrollo eligen relacionarse con el mismo tipo de individuos al cual habrían dirigido preferencialmente su mirada en la primera infancia.” Con ello enfatizaba la importancia "social", el aprendizaje vicario que desde la infancia el ser humano va absorbiendo de su entorno familiar y social. Las huellas de nuestra evolución como individuos y como especie van influyendo en nuestras decisiones y creencias. De ahí vendrían lo que llamamos "corazonadas" o "intuición", en las que la razón tiene un papel no muy importante aparentemente (lo cual suele tener sus efectos a la hora del éxito o fracaso de la acción). Como escribe nuestro autor:  “generar creencias que van más allá de lo que señalan los datos es un rasgo común de nuestro cerebro”. Pero no más allá del cuerpo. Y así tener una "corazonada" no quiere decir que debamos hacer lo que queremos de forma no racional. Es justamente lo contrario quizá: el corazón se agita porque nos avisa de que vamos mal, de que debemos detenernos y pensar objetivamente, racionalmente. A veces es así. Somos complejos y estamos sujetos  a incontables influencias,  de muchas de las cuales ni siquiera somos conscientes.

Sigman acaba su libro con una frase esperanzadora y fértil:  "Concibo la neurociencia como una gesta humana para encontrarnos, para compartir lo que sabemos, lo que pensamos. Para que el mundo sea menos ancho y ajeno". Amen. 

FICHA

LA VIDA SECRETA DE LA MENTE.- Mariano Sigman.- Ed. Debate.287 págs.

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4 febrero 2021 4 04 /02 /febrero /2021 10:46

Me encanta reseñar libros de educadores. Mis dos hijas son profesoras y me han inoculado el benéfico y cordial interés por los problemas de la educación y el aprendizaje, que son dos cuestiones distintas, aunque según los modelos prácticos pedagógicos están unidos en un continuum. Filosóficamente son dos elementos distintos aunque obedezcan a una necesidad única: la necesidad del conocimiento. Justamente la autora de este libro excelente publicado por Kairós, Jo Boaler, es una joven profesora de la Universidad norteamericana de Stanford y está especializada en recursos educativos digitales para los que ha creado un curso online abierto sobre la enseñanza de las matemáticas. Como sabemos todos los que nos dedicamos a la filosofía y por pertenecer a épocas pasadas no tuvimos una preparación matemática (para infinita pesadumbre nuestra) hay senderos y límites del pensamiento humano en los que las matemáticas simplifican y allanan determinados problemas (piensen en Bergson, Wittgenstein, Popper o Russell, Habermas, Rorty o Rawls ): la intuición que preconizaban Bergson o Heidegger nos deja desamparados en determinadas  ocasiones por falta de relevancia fáctica y científica.

Viene esto a propósito del trabajo que esta pedagoga estadounidense pone a nuestra disposición. Este aprendizaje sin fronteras (que, inevitablemente suena a esas fórmulas prepotentes y un poco inocentes a las que tan aficionados son al "otro lado del charco") no es una promesa de manual de autoayuda o mantra parapsicológico o espiritualista, sino un procedimiento estructurado con lógica, sentido común y conocimiento de claves de percepción y actuación con ecos filosóficos clásicos y razonamientos estrictos, claros y comprensibles, como cabía esperar de una mente formada en las matemáticas como ciencia y como herramienta.  Apoyándose en los más recientes descubrimientos de las neurociencias sobre el cerebro y el funcionamiento correspondiente en la mente, Jo Boaler nos ofrece una serie de claves (seis) para optimizar nuestro aprendizaje de las más diversas materias (ella se basa en la enseñanza de las matemáticas) que proporcionan un nada desdeñable correlato ya que tiene efectos en el comportamiento y en las actitudes que nos pueden hacer la existencia mas eficiente y en definitiva más positiva y feliz.

Sin duda para el lector común se trata de un libro sorprendente por su claridad psicológica y sus muy efectivas propuestas de cambio perceptivo en la forma de afrontar el aprendizaje de cualquier materia. Para un lector avezado en este tipo  de propuestas, ya sea por su formación profesional en neurología, psicología o ciencias de la educación, el libro de Jo Boaler puede llegar a ser bastante inspirador y motiva la búsqueda de ampliaciones de información  (con unas páginas dedicadas a "recursos" que son muy oportunas). Ello disculpa las reiteraciones (por cierto muy comunes en la "vieja" pedagogía) y las ejemplificaciones excesivas e innecesarias.

La base radial del libro se centra ya desde el principio en la primera clave que nos propone la autora: "Cada vez que aprendemos, nuestro cerebro forma, fortalece o conecta diferentes vías neuronales. Tenemos que superar la idea de que la capacidad de aprendizaje es fija y limitada, así como reconocer que todos nos hallamos embarcados en un viaje de crecimiento.  Como la autora titula su primer capítulo: "La neuroplasticidad lo cambia todo". Esa propiedad emergente y creativa el cerebro, descubierta y confirmada en el pasado siglo ha dado un vuelco copernicano a las ciencias del cerebro y con ello a toda una serie de "bloqueos" que la (mala) educación ha grabado a fuego en nuestros cerebros. Las ideas acerca de la mentalidad de crecimiento, la creatividad y la multidimensionalidad, hace que nos volvamos más flexibles y adaptables y los cambios mentales que ello conlleva hace que aprendamos a desdeñar la negatividad de los fracasos y errores, convirtiéndolos en procesos de aprendizaje y crecimiento, asumiendo los riesgos y abriéndonos a otras formas de encarar y resolver los problemas.

Sin duda recomiendo la lectura de este libro. Principalmente a profesores y maestros en cualquier tipo de disciplina.

FICHA

MENTE SIN LÍMITES.- Jo Boaler.-Trad. Fernando Mora.- Ed. Kairós.295 págs.

 

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2 febrero 2021 2 02 /02 /febrero /2021 10:02

LOGOI 186

HISPANO VACUNAS

Hay vacunas españolas contra la Covid. Les iba siguiendo la pista en algunas informaciones de los medios, apuntes aislados, casi de hurtadillas. Y con logros contrastables, pero con pocos, precarios y mal pagados equipos y sin muchos apoyos financieros ni mediáticos, sobre todo tras la fase preclínica. Como dice uno de los jefes de equipo, “Los contratos inestables y temporales es la situación laboral común  de los científicos en España”. He leído, en la revista “El salto”, un buen reportaje sobre la cuestión. El CSIC tiene tres proyectos en desarrollo. La cobertura de la vacuna es aún  más amplia y segura que las que están en el mercado internacional (algo irregular) de las Pfizer, Moderna y AstraZeneca. Y con dos ventajas añadidas: no necesitan de temperaturas bajísimas para su transporte y, una de ellas, tampoco dosis doble. Sólo una empresa, por lo visto gallega, está preparada para fabricar vacunas en España. Se debería formar una red de empresas conectadas con laboratorios que cubrieran la demanda nacional y nos evitáramos los problemas derivados de la dependencia y el abastecimiento.

La situación es compleja y necesita soluciones globales. Apoyar la I+D, los laboratorios y crear un tejido productivo nacional de empresas dedicadas a la salud y quizá la existencia de una farmacia pública que mantuviera una sinergia inmediata entre demanda y producción. Además de organizaciones que apoyaran el proceso de experimentación en humanos en sus tres fases preceptivas. Y, por fin, el enfoque ideal sería que esa infraestructura de salud, investigación, farmacológica e industrial productiva y distributiva tuviera origen en nuestro país y estuviera en relación directa y recíproca con el resto de la UE. Una malla industrial y empresarial de salud para toda Europa sin distinciones y bajo un control colegiado entre los países europeos (con una ramificación también oficial sobre hospitales y clínicas públicos y privados y residencias de ancianos).

Se sabe que la crisis provocada por la pandemia viene de un pasado en la que fue detectada pero ignorada,  y amenaza nuestro futuro de forma reiterada y ya perceptible. Sólo una financiación, gestión y control europeo directo, coordinado con los organismos estatales, podría preservar la salud de los ciudadanos como bien común básico, sin barreras económicas, raciales o nacionalistas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 11:43

Vivimos un tiempo de aceleración patológica en lo que único que importa es la satisfacción del mayor número de supuestas “necesidades” con el mínimo esfuerzo y dentro de la inmediatez si es posible. No da tiempo de tomar pausas, de actitudes reposadas, de reflexionar: consumimos las “razones” que nos sirven previamente masticadas por el Sistema, fáciles de digerir y sin plantearnos su veracidad. Es el tiempo de la “postverdad”, neologismo con el que disfrazamos pura y simplemente la mentira, que campa libremente por las redes y se amplifica por algunos medios de comunicación que más bien lo son de manipulación. Sufrimos el bombardeo incesante de las novedades y no se da tiempo para que se asienten, todos son excepciones y excelencias que arrinconan con su incesante fragor la confortante serenidad de los clásicos, palabra que ha dejado de significar lo que es perenne y que se ha convertido en un producto efímero y ruidoso, consumido con psicótica rapidez y anhelo,  que no deja huella. Y este es el problema capital del tiempo que vivimos: NO DEJA HUELLA (en nuestra psique, sí en nuestras desdichas, cada vez más repartidas).

Sufrimos una devastadora pandemia y bastaría repasar las hemerotecas o los documentos cercanos –el pasado cada vez es más limitado- para observar alucinadamente que las personas olvidan la gravedad,  obsesionadas por “aprovechar” el tiempo de vivir y disfrutar: cosa tan imposible como tratar de alcanzar la propia sombra.

Josep María Esquirol en su excelente “El respirar de los días” nos regaló hace años una lúcida reflexión sobre el tiempo y la vida, los tos términos entrelazados de manera esencial. En un fascinante recorrido Esquirol nos habla de los ritmos acompasados al tiempo orgánico, el desgaste del tiempo que pasa, la irreversibilidad de lo que ocurre, la aceleración que marca el consumo con su dogal de hierro forrado de seda, el tiempo que uno dona a “otro” o a “lo otro”  (Jacques Derrida analiza también el tiempo y su donación), la sabiduría de la voluntaria lentitud, el “kairós” o momento oportuno, el “carpe diem” y la presencia de la muerte en el esquema humano del tiempo, la espera como sentido vinculado del futuro y la  actitud paradójica con la que vivimos el tiempo de lo cotidiano.

Quizá sea posible dejar de concebir el tiempo como una sucesión de momentos o de instantes. Podemos plantear cada instante que viene como una situación que espera respuesta, detenerte, observar lo que adviene y vivirlo intensamente, disfrutarlo como un regalo de la vida. Y alguno de ellos quizá te exija un “tempo” de reacción más lento, un ritmo suave y sosegado. Ello nos llevaría a proponernos un objetivo: organizar la propia vida en torno al principio de serenidad, sosiego: un tiempo para observar y quizá mantenerte en silencio, observar serenamente y sopesar si hay reacción o respuesta…o tal vez no.

Byung-Chul Han también dedicó su “Aroma del tiempo” a una de las actividades y actitudes humanas que fuerzan una valoración distinta del tiempo, la demora como arte para afrontar la “disincronía” en la que vivimos, atomizando y dispersando el sentido y el ritmo de la vida. No hay conclusión de nada y entre las rendijas se nos escapa del tiempo, un resplandor efímero y fugaz. También François Jullien en su “Del Tiempo”, elementos de una filosofía del vivir, acude al pensamiento tradicional chino, principalmente los taoístas, para romper la dicotomía entre el momento que uno hace presente y el proceso que nos lo arrebata de inmediato. Nos pide en definitiva que sigamos la fórmula de Montaigne: vivir a propósito de forma que ese propósito sustituya el corsé del presente por el objetivo.

Y para terminar el recorrido por las fuentes utilizadas en mi reflexión, el “Contra el tiempo” del mejicano Luciano Concheiro, donde con el impulso de la pregunta de Cioran “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo, nuestro enemigo común?” abundamos en la aceleración como característica del momento que vivimos, de nuestra política, sociedad, relaciones y costumbres…el capitalismo neoliberal obsesionado por el beneficio, la producción y el consumo permanentes, la miopía política cortoplacista y, en lo individual, un stress continuo que genera el sinsentido que nos está matando –con medicaciones contradictorias- casi al mismo ritmo que los virus que hemos potenciado.

Concheiro propone una actitud de resistencia y rechazo al uso habitual del instante y pide una decidida voluntad de suspender el flujo temporal (como si fuera un koan del budismo zen): “un parpadeo durante el cual sentimos que los minutos y las horas no transcurren”. El arte de estar ahí y percibir lo que sucede. El arte de descubrir. El arte de esperar que las cosas se revelen”. Es sólo poder escapar por un momento de la lógica global de la aceleración.

 Esas lecturas me hicieron recordar una cita que adoro: “Si  consideramos la eternidad no como un infinito transcurso de tiempo, sino como la atemporalidad pura y simple,  el hombre que vive en el aquí y en el ahora, vive en la eternidad”. La frase de Wittgenstein me ha acompañado desde hace algunos años. El tiempo, la atemporalidad, la eternidad no metafísica, han sembrado de incógnitas y misterio el devenir cotidiano de mi vida, desconcertado entre la memoria, la contingencia del evento y la fluidez de los momentos que se sucedían en el proceso temporal. Incapaz de frenar una dinámica que no podía controlar pues no dependía de mí. Debía aprender a fluir con ella sin permitir que me desconcertara y me  bloqueara.

No aceptaba la rendida actitud de Proust, devoto del pasado, de los arcanos de la memoria, por fidelidad a su Obra o las elucubraciones de Kafka o Nietszche que iluminaban el proceso del tiempo por una idea filosófica o literaria. Me he sentido más cercano a François Jullién, Byung-Chul, Russell o Wittgenstein, con su ayuda y la de otros maestros quería analizar el tiempo como un aliado, para perfilar una visión superior dirigida a una mejor forma de existencia. Y paladeaba a T.S.Eliot: “Deprisa el ahora, aquí, ahora, siempre/ una condición de plena sencillez/ su precio es más o menos todo/ pero todo estará bien/ y todo género de cosas estarán bien”,  pues solo con la comprensión del tiempo podría alcanzar esa “plena sencillez” que ansiaba.

He recurrido a mis notas sobre el Timeo de Platón (el tiempo en relación con la eternidad), el libro IV de la Física aristotélica, las citas de Plotino o Agustín, hasta llegar a Kant, Schopenhauer, Husserl,  Bergson, Heidegger, o las elucubraciones de Einstein, Popper (no tan alejadas de la aristotélica: el tiempo se percibe entre dos puntos sucesivos del movimiento de un cuerpo) o el coreano Byung-Chul Han. En ellos buscaba palabras sobre ese enigma tan cotidiano. Como brújulas que marcaran mi caminata por el discurrir temporal.  ¿Hay quien en algún momento de su vida no se ha planteado la naturaleza y carácter del tiempo, desde la compleja sensación subjetiva, hasta los conceptos budistas o taoístas? Rememoro la célebre controversia (no resuelta) entre Einstein y Bergson sobre la naturaleza del tiempo, desde los puntos de vista de la física y los de la filosofía, la reflexión sobre el tiempo no ha cesado y nos ha ofrecido paradojas como la semejanza  entre el concepto kantiano del tiempo como una  línea que se prolonga hasta el infinito y la irreversibilidad de la “flecha del tiempo” que consagra el segundo principio de la termodinámica.

Como humilde practicante de la filosofía, he transitado a menudo por el sendero especulativo entre el tiempo físico-cuántico, un “continuum” anti intuitivo que se apoya en el movimiento, un presente instantáneo que como su nombre indica es in-stans (que no se detiene y por tanto no se tiene); el tiempo metafísico que opone lo temporal a lo eterno, e implica un presente eterno, estable;  el del lenguaje, que se alimenta de tiempos verbales; el “subjetivo” que siembra a la filosofía, la psicología, la antropología y las ciencias de la Naturaleza; y al Hombre, el ser que, a través de cientos de miles de sinapsis de neuronas inclasificables distingue entre el tiempo vivido y el narrado: desde la biología (y su “reloj” interno corporal) a la neurología (el cerebro que “almacena” en la memoria el tiempo pasado y se proyecta al tiempo futuro).

El reciente libro de la mejicana Jimena Canales, de la Universidad de Harvard, “El físico y el filósofo”, trata de ilustrar, de forma clara las citadas controversias en torno al tiempo. Y nos recuerda que tal discusión, sin acuerdo posible, abrió una profunda brecha entre la filosofía y la ciencia, en  menoscabo de la primera y supremacía de la segunda. La frase de Einstein sobre que “el tiempo de los filósofos no existe” sonó a campanadas de duelo por la filosofía, que se veía, como en la edad media, condenada a ser la “sierva”, entonces de la Teología y hoy de la Ciencia, la nueva religión (y mitología) de nuestros tiempos.

Bergson influyó fuertemente en el uso literario del tiempo por algunos de los grandes del siglo XX, William Faulkner, Virginia Woolf, T.S. Eliot, J.B. Priestley (“La herida del tiempo”), Tennessee Williams, James Joyce y por supuesto en su pariente Marcel Proust (en 1892, Bergson se casó con Louise Neuberger, prima de la madre de Marcel), que llamó a su obra capital “En busca del tiempo perdido”. Quizá algún día se nos revele qué es el tiempo y sea un científico filósofo o narrador, el que lo haga.

Pero mientras, entre las personas que no suelen filosofar y que se dedican a vivir sus vidas lo mejor que saben y pueden, el tiempo es una obviedad que esconde un enigma. Como dijo Agustín (el santo pensador) mientras hablamos del tiempo creemos saber de qué estamos hablando, pero si alguien nos pregunta qué es y nos pide que expliquemos, que razonemos, que argumentemos la respuesta, nos quedamos mudos, sin palabras, absortos y perplejos. También diría en una especie de oración: “Os confieso, Señor, que ignoro aún la naturaleza del tiempo. Por el contrario, sé que es en el tiempo donde digo estas cosas”. Algo tan sutil, que pesa tanto en nuestra existencia, que la limita y la define, la concreta y la oculta, que nos acompaña desde que tenemos uso de razón y hasta el momento en que dejamos este mundo, que lo usamos sin darnos cuenta y nos angustiamos cuando creemos perderlo o malgastarlo…es un enigma que por el momento los grandes cerebros humanos no lo  han podido resolver a la entera satisfacción de todos, sino de forma parcial, como una aplicación empírica.  No dejamos de citarlo, directa o indirectamente, pero en esencia, podríamos decir que es de la misma materia que sustenta a los sueños, como la poesía, la creatividad o la trascendencia. Es una entelequia anclada en la obviedad.

La dicotomía tiempo-vida en meramente humana y está ligada inextricablemente al lenguaje. Es decir, al calificarlo de dicotomía  ¿dividimos en dos partes un solo concepto? Uno está inclinado a pensar que nuestra vida la definimos a través del tiempo, gracias a su instrumento la memoria, y proyectamos los deseos (componente esencial de la vida) hacia el futuro, que es tiempo y está íntimamente comunicado con el pasado y el presente, el cual se desvanece constantemente con un pie en lo que fue y otro en lo que será. Resulta difícil percibir cómo se puede vivir en el presente permanente, a pesar de que la filosofía, las disciplinas espirituales, muchos científicos y poetas y el simple sentido común llevan siglos aconsejándolo. Quizá haya que seguir el consejo de Bergson y considerar el tiempo “tal como es planteado por el lenguaje”. Sin más, sin pretender ahondar en el problema, ya que según Agustín y Wittgenstein “la inteligencia del tiempo está fundida en la lengua”.

Vivir en el “pliego del tiempo”  como aconsejan los taoístas chinos o en la “intuición de la duración” que sugiere Bergson o quizá seguir el consejo de Montaigne que se instalaba en un vivir “a propósito” o en el Kairós o “momento oportuno” de los estoicos y epicúreos griegos, o como decía el escéptico Pirrón, simplemente hacer como si no existiera, o llevarlo al “origen de nuestra experiencia” de Heidegger… todos estos intentos resaltan un hecho: la filosofía no ha dejado nunca de subordinarse a la incógnita activa del tiempo, es el “lugar enigmático” de la filosofía. En vista de ello quizá se podría plantear la aplicación de la “atención plena” al instante absoluto en que alientas, aceptando su carácter efímero, su esencia de proceso permanente equilibrada por la necesidad de romper esa continuidad a través de la contemplación, de instantes homeopáticos de ruptura de la tensión, tal como propone el zen, el sinólogo Jullien o el filósofo coreano Chul Han. ¿No podría tal práctica articular una aparente integración del tiempo en nuestra existencia de una forma creativa, desligándolo de la vida en la forma en que lo hace en nuestra cultura occidental neoliberal? Aunque por supuesto ello no resolvería el enigma de su naturaleza esquiva y omnipresente, tal vez disminuiría las fatales consecuencias que la dictadura del tiempo ejerce sobre las personas. El tiempo y el vivir se afectan mutuamente y la falta de articulación entre estas dos cuestiones está afectando negativamente nuestros estilos de vida y la preponderancia de cualquiera de esos dos elementos fuerzan la esclavitud voluntaria del Ser. ¿Debemos seguir el aforismo de Wittgenstein? De aquello de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio. ¿No será el silencio contemplativo una misteriosa y oculta puerta para salir del laberinto? ¿No sería el latino “tempus capere” (aprovechar la ocasión) los que hay que hacer? Esperar el momento adecuado (eukairía: la oportunidad) y no dejar que se pierda: estrategia vital y olvídate de teorizar, la atención al acto se convierte en tiempo propicio.

Pero este solo se alcanza, interviene el taoísmo, cuando el que reflexiona está disponible, está abierto a lo que acontece, sin embarazarse con planes, proyectos o teorías. Debe aprender a evolucionar a voluntad, alzándose fuera del marco de los intereses y las normas. La capacidad de adherirse en todo momento a la modificación del momento que es característica propia del tiempo. En la liberación taoísta, ser congruente con el momento en todo momento, liberados de los lazos con los que nos someten las cosas y los seres.

Escribía muy proféticamente Nietzsche: “Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna  época anterior se han cotizado tanto los muy activos, los desasosegados por el trabajo sacralizado. Entre las correcciones necesarias que debería hacerse en el carácter de los humanos está el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”. Las personas se ahogan en un laborar continuo, una hiperactividad letal, precisan de espacios de otium que no sea el de simple recuperación para trabajar más. El estilo de vida neoliberal ha creado una “sociedad del trabajo”, en la que el trabajo en sí está separado de la vida, se ha convertido en un fin en sí mismo. Se ha totalizado tanto que más allá del tiempo laboral “sólo queda matar el tiempo”.  El tiempo se consume en el trabajo, convertido en la razón de vivir y unos periodos de ocio marcados también por lo hiperactivo. El hombre de hoy se define por dos conceptos básicos, el trabajo y el consumo. Se consume el tiempo. Nos falta el sentido de la demora contemplativa que nos concede tiempo, la vida gana espacio, duración y amplitud. Decía Heidegger que “la vida contemplativa sin acción está ciega y la vida activa sin contemplación está vacía” y remite a una relación con el mundo a través de la serenidad que nos da “la posibilidad de estar en el mundo de un modo completamente distinto”. Para él, como para nosotros, no había ningún sentido espiritual y menos religioso en la palabra. Decía que es la “elaboración de lo real, que lo persigue y lo pone a seguro”. Contemplación es detenerse en lo que te ocupa, respirar profundo y pausado y tomar conciencia de uno mismo, del propio cuerpo, demorarse, ponerte a seguro, descartar pensamientos sobre “lo que se tiene que hacer”, ejercitar una “mirada interior” que se asocia a lo que tu cuerpo siente, concentrarte en tu propiacepción, en lo que percibe tu piel. Esa “desconexión” de la exigencia radical e implacable de tu trabajo y actividades tiene un efecto sorprendente. Convertirlo en una disciplina recurrente termina dando beneficios evidentes de tipo psicológico y orgánico. Está demostrado. Y avalado científicamente. Decía Tomás de Aquino que cuando se pierden los momentos contemplativos la vida queda reducida al trabajo, a una obligación material. También Aristóteles cuando habla de estilos de vida se refiere al “bios theoreticós” como una vida activa marcada por la contemplación, por la mesura y el sosiego y la pone en la cúspide, donde están los que gobiernan la polis.

La pregunta última que se plantea tras tan larga reflexión es común a varios pensadores de escuelas y culturas totalmente diferentes: ¿Sólo un pensamiento abocado de forma inmanente a la vida, es decir con una energía interna que no requiriera de ayuda o impulso exterior a ella, lograría articularse sin depender en forma alguna del tiempo? Este es un desafío filosófico, científico y ontológico, de primer orden, a la altura del concepto histórico e irresoluble del tiempo.

 

FUENTES

HISTORIA DE LA IDEA DEL TIEMPO.-Henri Bergson.- Trad. Alfaro y Noguez.- Paidós.

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.-Jimena Canales. Arpa

CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Anagrama

DEL “TIEMPO”.-François Jullien.- Trad. Miguel Lancho.-Arena

EL AROMA DEL TIEMPO.-Byung-Chul Han.-Trad. Paula Kuffer. Herder

EL RESPIRAR DE LOS DÍAS.- Josep M. Esquirol. Paidós

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26 enero 2021 2 26 /01 /enero /2021 09:47

Logoi 185

“ESTE SOL DE LA INFANCIA…”

(Publicado en La Comarca, 260121)

Si Max Aub levantara la cabeza y escuchara al vicepresidente del Gobierno español –de supuesta izquierda- llamando “exiliado” a un presidente de la Generalitat depuesto por razones legales, huído tras conculcar las leyes españolas y dedicado en un retiro dorado en Bélgica a denigrar al país y su Gobierno (al cual pertenece el señor Iglesias), el gran novelista volvería a su tumba con el corazón más amargado aún. Tal y como están los corazones de todos los que hemos estudiado el exilio español causado por nuestra incivil  guerra.

En los lejanos años 80, el que suscribe, hacía un peregrinaje literario por el camino del exilio de Antonio Machado. Debía llegar al pueblo rosellonés de Colliure para presentar mis respetos a los restos del poeta que descansan en el cementerio municipal. Me habían encargado un libro, mitad ficción, mitad reportaje, sobre los últimos días de D. Antonio, en febrero de 1939. Había huido de Barcelona en enero, acompañado de su madre enferma, Ana Ruiz, de su hermano José y la mujer de este Matea Monedero, atravesando Cataluña hacia la frontera francesa. Machado había llegado a Barcelona en abril de 1938, se alojó durante unos días en el hotel Majestic, rodeado de refugiados tan ilustres como León Felipe y José Bergamín. Más tarde se alojó en la torre Castanyer, un palacete rodeado de jardines. En enero de 1939 abandonó la ciudad. Hasta el día 26 al anochecer no llegaría a Portbou, donde atravesó a pie la frontera entre otros miles de españoles. Esa noche durmió en un vagón de tren abandonado.

Tras las torpes comparaciones de Iglesias, he repasado mis apuntes de aquel largo camino del exilio republicano que quebró tantos cuerpos y hundió a tantas almas españolas.  A mi entender, esa “boutade”, más que desprecio e indignación merece ser ignorada y castigada en las urnas cuando llegue el momento (por dentro me queda, viejo socialista sin carnet, una pena honda). En desagravio de aquellos exiliados, dedico este logoi a don Antonio, y a aquel nostálgico verso escrito en un papel arrugado, que una vez fallecido, se encontró en un bolsillo de su chaqueta:   “Esos días azules y este sol de la infancia”. Otros de sus versos fueron proféticos: “Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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22 enero 2021 5 22 /01 /enero /2021 09:38

 

El 6 de abril de 1922, en la sede de la Société française de philosophie de París, dos grandes  del pensamiento científico y filosófico se reunieron, Albert Einstein, (Nobel de Física), y Henri Bergson (Nóbel de Literatura). El tema básico del encuentro fue el tiempo y , a pesar de la intencionalidad oculta del debate, un improbable acercamiento de las dos potencias rivales en Europa, Alemania y Francia, no hubo acuerdo. Por primera vez desde la edad media la Filosofía volvía a ser la criada respondona que se negaba a aceptar la primacía de su rival. Si en el Medievo ese rival se llamaba la Iglesia, y se tuvo que someter a la Teología,  en el siglo XX era la Ciencia. En el asunto concreto en el que los dos gigantes se enfrentaban ,e l tiempo, el tono del combate fue decidido por el desdeñoso juicio de Einstein, "ya no es el tiempo de los filósofos". Bergson se batió con empeño, convicción y valor  (y más educación), pero Einstein habló de sus ideas -que iban a cambiar al mundo- y prácticamente ignoró la elocuente proclama de Bergson sobre el tiempo, cuyos aspectos intuitivos éste defendía con ardor y con ejemplos de la vida cotidiana. En el fondo, era una batalla imposible, una discusión sin sentido y un choque de inteligencias basadas en premisas divergentes que nunca podrían encontrarse, ya que pertenecían a dominios diferentes. Lo curioso de tal encuentro dialéctico es que ni siquiera se usaba el mismo lenguaje (no me refiero al idioma, francés e inglés, bastantes perfectos en Bergson y mediocres en Einstein).

La mejicana  Jimena Canales, doctora en Historia de las Ciencias por la Universidad de Harvard, nos cuenta las antesalas de este encuentro histórico y las consecuencias y resultados en los medios filosóficos y en los científicos, con apasionados debates entre simpatizantes de ambos genios, entremezclados entre sí, filósofos partidarios de Einstein y científicos que apoyaban a Bergson. Un evidente caos de pensamientos e ideas que el lector encuentra bien delimitado en el libro de Canales,  El físico y el filósofo (Arpa). La autora reconoce la preponderancia de la ciencia cuando uno busca ciertas explicaciones sobre la Naturaleza del tiempo. Parece más útil y lógico adentrarse en los libros de Stephen Hawking, Popper  0 David Landis que en los de Bergson, Emilio Lledó o Bachelard. Pero como escribe Canales, aquél histórico encuentro y sus consecuencias han determinado una corriente muy poderosa  de pensamiento al respecto del tiempo:  "Mi libro es la historia de cómo se pasaron el bastón entre filosofía y teología, cómo las disciplinas que hablaban sobre el tiempo hasta ese momento, incluso el arte y la poesía, fueron dirigiendo sus miradas y su metodología hacia los principios operativos de la ciencia". Ello provocó dice Canales una "mutación" en la relación de los conocimientos sobre ciencia y tecnología y los que proviene de las artes y humanidades, influyendo no sólo en la técnicas y métodos de trabajo sino en la orientación de la búsqueda y en los resultados que se obtienen.

Fuera de esta reseña, en la que se califica de notable el trabajo de esta investigadora, quedan los ataques, desmentidos e ironías que acompañaron la publicación por parte de un determinado número de científicos. Siempre ha sido un baldón en la historia de la ciencia, de la literatura y del arte, cómo la envidia, los celos profesionales, las calumnias o la mezquindad más flagrantes han arruinado. incluso destruido a muchas personas por el hecho de haber descubierto algo que iba contra el paradigma dominante o simplemente por adelantarse o innovar determinados aspectos de la ciencia o las humanidades. Casi cien páginas de notas y bibliografía avalan este trabajo de la investigadora de Historia de la Ciencia, quizá como contundente respuesta a los intentos de desmerecer y banalizar su trabajo.

Uno de los puntos en los que me siento más cercano a Canales es su defensa constante del punto de vista y del trabajo de Bergson y otros filósofos sin menoscabar en absoluto la importancia capital en el desarrollo y progreso de la ciencia por parte de Einstein. Y su conclusión: ambos puntos de vista no son excluyentes. Bergson basa su teoría del tiempo en la duración, un concepto sumamente complejo que se basa en elucidar qué entendemos por "momento" ya que "hay un tiempo en mi memoria que inserta algo del pasado en el presente y algo del futuro (momento) y por tanto el tiempo se percibe en el interior, en el espíritu del hombre". Usamos la intuición para aprehenderlo y percibirlo. Para Einstein el tiempo es algo exterior al hombre, que se puede medir de una forma empírica.

Para un lector con formación filosófica siempre queda como una incógnita interesante para reflexionar la frase de Bergson, años después de ese debate:  "¿qué habría pasado si la ciencia moderna, en lugar de partir de la matemáticas para orientarse en dirección de la mecánica, de la astronomía, de la física y la química y en lugar de hacer converger todos los esfuerzos sobre el estudio de la materia, hubiese comenzado por la consideración del espíritu, el logos, la inteligencia y la ética humanas".

Mi respuesta inmediata sería: Seguramente no tendríamos una sociedad hipertecnificada que se dirige imparablemente hacia el ocaso del ser humano y el colapso del planeta. Pero eso es una hipótesis personal, indemostrable pero difícilmente falseable, del que firma este artículo y que podría ser objeto de deliberaciones interminables. Y quizá ya no nos quede tiempo para ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 ficha

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.- Jimena Canales.- Ed. Arpa.Trad. Alex Guàrdia.-

 

 

 

 

 

 

 

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