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4 mayo 2019 6 04 /05 /mayo /2019 08:01

 

Los psicoanalistas suelen tratar ciertos casos clínicos cuyas sintomatologías siguen un modelo muy específico: se trata de la existencia de unos rasgos caracterológicos impostados, falsos, enquistados en la estructura general del sujeto. Son rasgos que responden a un supuesto “deber ser” que el paciente ha adquirido por imitación de los patrones reales, percibidos en otras personas y deseados profundamente. Son rasgos o propiedades que suelen ser en otros el fruto de esfuerzos, trabajos y dedicaciones que el sujeto estima que están por encima de sus propias capacidades. Es algo carencial que tiene que ver con el aprecio social a los títulos académicos o los logros de todo tipo que despiertan admiración general y los complejos más o menos severos de quienes los desean pero no creen poder acceder a ellos por incompetencia o pereza.

Tales individuos suelen rodearse de los “signos externos”, libros, música, arte, instrumentos, uniformes, de los estatus deseados, pero siempre arrastran un temor constante aunque oculto a ser “descubiertos”. Ese temor se traduce en un estrés permanente que puede llegar a formar parte de las actitudes o el comportamiento de la persona que lo mantiene en estado larvado o lo disfraza. Mientras no se rebasan ciertos límites (que varían en cada persona) la “superchería” no causa problemas graves. Si las circunstancias o el análisis lo sacan a la luz de la conciencia o, peor, son “descubiertos”,  se dispara la gravedad de las reacciones.

En general las tendencias a actuar desde  la presunción, la vanidad o las competencias infundadas, es un defecto bastante común y que casi todas las personas han utilizado en alguna ocasión, sin convertirlas en una forma de vida. Cuando comienza a convertirse en caso clínico o en patología de cierta gravedad es en el momento en que las circunstancias han convertido el “juego” en una realidad paralela o el sujeto mismo admite la falsedad en la que vive y no sabe encauzar ese conocimiento que, en el fondo, es saludable y es también la única salida.

Aquí es donde interviene el terapeuta que invita a la aceptación de la realidad y al mismo tiempo enfatiza los valores reales del sujeto que pueden transformar la supuesta carencia en un activo, simplemente cambiando el foco de los deseos íntimos del individuo y de sus inherentes valores. Ahí se produce la liberación de la persona.

La fácil creación de falsas identidades a través de los sistemas de interrelación de la Red, están convirtiendo el problema del que hablamos en una situación común y muy difundida. Un problema que empieza como un juego de roles y acaba enquistándose en una potencial patología. Es la falacia virtual.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

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3 mayo 2019 5 03 /05 /mayo /2019 08:24


La longevidad tiene en la mayoría de las ocasiones elementos inevitables de deterioro físico y por supuesto psíquico. Es evidente que la incidencia y gravedad de éstos depende de muchos factores y es prácticamente imprevisible, aunque lógicamente hay variables que constituyen factores determinantes, por ejemplo el tipo de vida saludable o no que la persona lleve (y también la que llevó predominantemente en el pasado), las actividades que siguen presentes en la vida de la persona de edad, las actitudes y comportamientos, todos ellos en los planos, físico, mental, psicológico e incluso espiritual. Añadiendo consideraciones económico-sociales y sanitarias que influyen muy directamente. Pero en casi todos los casos (también hay excepciones, Bertrand Russell, por ejemplo, conservó la lucidez y la inteligencia y capacidades físicas notables hasta su muerte, pasados los noventa) de personas longevas, siempre existe el peligro de la aparición no sólo de enfermedades tipo Alzehimer, Parkinson o alguna demencia senil sino, deterioros apreciables de memoria, concentración y dificultad de aprendizaje en el plano psíquico y cerebral y disfunciones motoras u orgánicas (también dependientes en parte del cerebro). Y es precisamente el cerebro y su continua ejercitación la premisa que subyace en el texto de Elkhonon Goldberg, un neurocientífico norteamericano de origen ruso y judío para más señas (lo cual suele ser garantía de inteligencia), antiguo discípulo del fundador de la neurología, Alexander Luria. 

Goldberg nos invita a un apasionante paseo por las distintas partes del cerebro y las unciones vitales y comunicativas que controlan, desde el habla y la memoria a la visión, los pensamientos y percepciones, el dolor, el placer, en suma, desde las actividades más triviales, mover los dedos de la mano o el brazo, caminar o dormir, hasta las más complejas, comprensión, estudio., simbolización, creatividad.

Dice Russell en un trabajo sobre "Cómo envejecer" que "los que tienen preocupaciones impersonales (es decir al servicio de otros intereses que no sean debidos al ego) intensas, que impliquen actividades apropiadas, les será más fácil conseguir una vejez afortunada...es decir despreocupada por el número de sus años y aun menos de la probable brevedad de su futuro". Y esto es lo que Goldberg reivindica constantemente:  si bien el envejecimiento produce una merma generalizada   y aparentemente irreversible en nuestras facultades, no afecta a todas nuestras habilidades y tampoco con la misma intensidad. Incluso nos pone ejemplos de personas con principios de enfermedades como Alzheimer o demencias que persistieron en sus actividades (nos habla de artistas o políticos conocidos).

Y la buena noticia es que hay algo que mejora con la edad: el reconocimiento de patrones en la resolución de problemas que nos lleva a saltarnos muchos pasos en esa actividad gracias a nuestra experiencia y capacidad de relacionar situaciones presentes con semejantes en el pasado y saber qué medidas eficaces tomar. Eso que es una de las características que asociamos con el hombre "sabio", su competencia y su habilidad relacional. Y eso, es resultado de la experiencia...y de la edad.

El mensaje de Goldberg insiste en un optimismo basado en sus propias investigaciones: algunas de nuestras capacidades se conservan intactas con la edad y es posible utilizarlas para frenar el envejecimiento cerebral ejercitándolas. El conocimiento y gestión de las emociones y la ejercitación incesante de la memoria son algunas de las fórmulas magistrales que el autor nos recomienda intensa y fundamentadamente. Por ello Goldberg titula su libro como "La paradoja de la sabiduría" ya que pretende demostrar que al contrario que lel resto de los órganos del cuerpo humano, el cerebro parece que mejora con la edad. O, para ser más exacto: el cerebro no funciona peor o mejor que en la juventud, funciona de manera diferente, aprovechando todo lo que ha prendido en su vida: y si estas ha sido muy activa y creativa, tanto mejor. Las conexiones sinápticas que se establecen de forma inusual y sorprendente, las ideas nuevas, los enfoques más eficaces de problemas viejos o actuales, suelen ser producto de cerebros maduros de personas de edad avanzada. De ahí que culturas tradicionales más sabias que la nuestra valoran la vejez de algunos de sus miembros, estableciendo consejos de ancianos o senados. Gente que logra transferir sus capacidades del hemisferio derecho (creatividad, exploración, novedades, relación con la juventud) sus capacidades al izquierdo (donde tiene acceso a los patrones bien desarrollados de un experto).

Goldberg dedica su libro "a mis compañeros 'baby boomers', la generación de los testarudos", es decir a todas las personas que entran en una etapa nueva en la vida, la de la "adolescencia de la madurez", en las que sus actividades carecen del gravamen de tenerse que ganar la vida (suelen ser personas ya jubiladas o mayores que pueden capitalizar su experiencia acumulada) y de una forma generosa y sin pretensiones económicas practican profesiones u oficios creativos sin pensar en el retiro o el "dolce far niente". Como dijo Einstein: "Cuando se deja de aprender, se empieza a morir".  La curiosidad permanente, inagotable, gozosa, es la condición básica de los "baby boomers".

FICHA

LA PARADOJA DE LA SABIDURÍA.-Elkhonon Goldberg.- Editorial Crítica, colección Drakontos de bolsillo, 328 páginas, Trad. Joan Lluís Riera ISBN: 9788484329473.

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2 mayo 2019 4 02 /05 /mayo /2019 09:50

Esa bendita suerte del "filobiblos", el amigo de los libros, que tantas delicias lectoras me ha ido deparando a lo largo de mi vida, ha vuelto a brindarme uno de sus relámpagos inesperados: el encuentro con "Elogio del caminar" de David Le Breton. Dos días más tarde sorprendo en la librería de Serret en Valderrobres el "Caminar", pequeño volumen del poeta y ensayista Thoreau, que edita el sello Árdora, "La montaña viva" de Nan Sepherd, de Errata Naturae y "El arte de pasear" de Karl Gottlob Sebelle, en Diaz&Pons editores. Una semana después aparece entre mis libros un título inesperado que no recordaba tener, "El arte de caminar", dos ensayos breves en un solo librito, uno debido a la pluma de William Hazlitt y otro a la del admirado Robert Louis Stevenson, editado por la Universidad de México. Cinco libros sobre una de mis aficiones más sólidas, el senderismo y justo cuando proyecto un libro sobre caminatas por el Matarraña. ¿Casualidad?¿Sincronicidad junguiana?.

Ático de los libros se une a este conjunto de coincidencias y me envía la "Guía para caminantes" de Tristan Gooley, el autor de la celebrada "Cómo leer el agua" de la que ya dimos cuenta en su día. A pesar de la frase que Gooley nos endilga ya de entrada "prefiero morir caminando que morir de aburrimiento leyendo libros sobre cómo andar de forma segura", lo cierto es que su libro "que trata de pistas y señales al aire libre y sobre el arte de predecir y deducir" nos enseña, precisamente, el arte de caminar sin morir en el intento y sin dejar de aprender cosas de la naturaleza y por tanto sin dejar ni un solo resquicio al aburrimiento, sin olvidar reglas clarísimas y reiterativas...de seguridad.

Gooley nos enseña a distinguir las clases de suelos, a apreciar los patrones, formas y lineas de los paisajes, a no confiar ciegamente en los mapas, a aplicar las técnicas sherlockianas de observación y atención, a rastrear y distinguir huellas, a escoger las rutas adecuadas,  a leer los límites de campos y caminos, a percibir lo que nos cuentan los árboles o las plantas, hongos o líquenes sobre vientos, humedad, orientación o animales. Unamos a esto los datos para conocer los tipos de nubes y lo que nos anuncian, los cielos, la meterorología, el arco iris, las nieblas y las tormentas. Datos esenciales para los caminantes: todo lo que concierne al tiempo que nos espera, incluso los consejos para evitar los rayos, (por ejemplo evita lugares altos y árboles aislados, aunque el roble atrae a rayos y el pino o el haya no). También nos enseña a leer las estrellas y orientarnos gracias a ellas o a usar el sol o la luna como brújula o reloj. No podía faltar una generosa porción de  datos sobre los animales que podemos encontrar en nuestro caminar, aves o mariposas, los cantos de los pájaros, los reclamos, los insectos, reptiles, mamíferos.

Además Gooley nos cuenta un apasionante viaje a Borneo en busca de la tribu de los dayak (más de 30 páginas fascinantes en dos partes). Consejos para conocer y patear ciudades, pueblos y aldeas, vías, carreteras y caminos, paseos urbanos, playas, ríos y lagos, nieve y arena: todo lo que es preciso saber para desenvolverse caminando por esos sitios. El libro se complementa con un capítulo "raro y extraordinario" (y no digo más, véase la pág. 362), un índice muy práctico "para dar tus primeros pasos" y cuatro apéndices, sobre cálculo de distancias, alturas y ángulos, sobre plantas, un calendario de meteoros y estrellas fugaces y un método para localizar el sur usando las estrellas o la luna. En suma, es un regalo de conocimientos para hacer más agradable y seguras las caminatas.

Gooley es un experimentado aventurero pero no es un escritor. Su prosa es pragmática y sencilla (lo cual no es lo mismo que simple). Aunque no es preciso ser escritor para comprobar que cuando uno se lanza a los caminos, el simple ejercicio de andar se convierte en una experiencia que, si uno está atento a sí mismo (y por tanto, se olvida del ego), provoca emociones, reflexiones, sensaciones, todas espoleadas por el paisaje, el silencio, la luz y el color, el sano ejercicio físico, el cansancio o el asombro y la belleza que la Naturaleza nos regala a manos llenas. La fascinación que provocan los libros de viajeros, montañeros y caminantes, no es otra que la posibilidad de revivir en uno mismo las emociones que a aquellas personas les causó su viajar.

Esos valores aumentan cuando el caminante es escritor o poeta.Es el caso de "La montaña viva"  de Nan Shepherd. Como Gooley, Nan logra que su obra se muestre totalmente integrada en el mundo natural, trasluciendo unos conocimientos profundos sobre la naturaleza. Pero además es una suerte de reflexión poética y filosófica sobre esas montañas escocesas de los Cairngorms.que ama y nos muestra desde dentro.Son doce capítulos en los que esta escritora --nacida en 1893 en una aldea del norte escocés y logró ser profesora de inglés en la Universidad durante más de 40 años-- nos hace una descripción íntima y .global, estética y naturalista, poética y literaria de la meseta y las hondonadas que la cicatrizan, los elementos que la vivifican, el agua, el viento, la nieve, la luz, los seres que la recorren, desde los insectos a las aves o los seres humanos. La sensación del lector es que Nan (Anna) es lo que describe tan apasionada pero también sencilla y humilde, rindiendo tributo a ese milagro natural como un simple elemento más del retablo maravilloso.

Las caminatas de Anna me recuerdan los paseos meditativos del zen que practiqué durante años en las montañas del Montseny, cerca de Barcelona. Un caminar que era conexión espiritual con el entorno, olvido de uno mismo, como  en S.Juan del Cruz, "entréme donde no supe,/y quedéme no sabiendo,/ toda ciencia trascendiendo/...grandes cosas entendí/ no diré lo que sentí/ que me quedé no sabiendo/ toda ciencia trascendiendo." Como dice el prologuista Robert McFarlane, hay una perspectiva taoísta o zen en las afirmaciones de Anna: "Las montañas tienen un interior...es en sí misma".

En cuanto al "Arte de pasear", se trata  de un clásico. El autor Karl Gottlob Schelle (nacido en 1777 y muerto, se supone, en 1825, falleció durante una escapada de un sanatorio mental) lo publicó en 1802. Era amigo de Kant y llegó a editar una obra pedagógica del gran pensador alemán. Defendió siempre una visión práctica y apegada a la vida cotidiana de la filosofía en contra de las tendencias metafísicas de la filosofía académica. Su "Arte de pasear" es una inteligente y optimista  visión de cómo el ejercicio físico de la caminata vigoriza el cuerpo y estimula el espíritu y el ánimo, logrando una cierta conexión con la Naturaleza que mejora nuestra existencia.

El libro ha sido editado  por Diaz&Pons bajo la dirección de Federico L. Silvestre que escribe una magnífica introducción al tema de las caminatas : "El mundo a tres kilómetros por hora" y al final un  "Recorridos y paseos de papel" donde la erudición del prologuista convierte el texto en un punto de referencia para todos los que nos interesamos por todo lo que se publica en relación al arte y la práctica y el amor y, a menudo, la obsesión física y psíquica por vivir una vida en la que nunca falta el capítulo andariego.

Las referencias librescas enriquecen el texto de Karl Gottlob Schelle que es, esencialmente, uno de los pioneros en el maridaje de la literatura con el afán y placer del andar. Como él mismo escribe en su introducción y dedicatoria al Príncipe reinante de Anhalt-Dessau, Leopold Friedrich Franz , "Un arte de pasear interesaría a todo individuo culto, capaz de valorar la posibilidad de deambular por la naturaleza en cuerpo y alma...igual que un arte de vivir debería ser objeto de aprecio para cualquier individuo en el sentido absoluto de la palabra, si es que valora la vida como algo más que un mero juego". Y añade, "En un arte de vivir  eficaz, donde fatiga y descanso, rigor y diversión, trabajo y placer se alternen entre sí en un orden eficaz, el paseo haría valer también su lugar".

Schelle es amigo de la mesura, de la medida correcta, del equilibrio y su libro se dedica a glosar, a veces de manera que parece banal y esconde una férrea humildad, no las subidas a las altas cumbres, o las exploraciones peligrosas o las carreras campestres, no a todo aquello que limite, fuerce o desvirtúe el placer psicosomático del paseo. No con la desidia artística del "flaneur" o con las exigencias intelectuales de Aristóteles, Goethe o Rousseau. Schell nos dice: se trata de elevar una mera actividad mecánica, andar, al rango de una actividad  espiritual. Son quince capítulos cortos donde, con un estilo  sencillo y unas ideas básicas pero bien estructuradas, Schell nos va dando explicaciones obvias , desde "Pasear no es un mero movimiento del cuerpo", a los "intereses del espíritu y condicionamientos del pasear", los lugares adecuados  (el campo o los jardines públicos), la influencia del paseo por el campo en el desarrollo del espíritu, las diferencias sustanciales con los paseos a caballo o en coche, cómo caminar por montañas y valles, campos, prados y bosques para que el paseo cumpla su rica función auto educativa, los fenómenos de la naturaleza, para terminar con "algunas consideraciones sobre los condicionamientos físicos del paseo".

Situando a nuestro autor en plena Ilustración se puede calibrar la originalidad de su propuesta y la importancia que el arte de caminar, que los paseos, ha tomado en una cultura que se ha despertado a la valoración de la naturaleza.  No hay tecnicismos de ningún tipo, ni veleidades literarias en Schell. Es sencillo como un campesino y profundo como un filósofo en sus análisis y propuestas que eran una novedad cuando las publicó y ahora son una nostálgica mirada histórica a una actividad que se ha convertido casi en un lugar común. Los peripatéticos y epicúreos, Horacio, Séneca, Petrarca, Montaigne, Schiller, Rousseau, Hegel, Baudelaire, Thoreau, Goethe, Holderlin, Nerval, Huysmann, Hazlit, De Quincey, Addison, Stevenson, Walser, Nietzsche, Kant, Wordsworth y entre los contemporáneos a Onfray, Leenhadt, Deleuze, Merleau-Ponty, Dewey, Frederic Gros, Walter Benjamin, Rebeca Sonit y su "Wanderlust", Perec, Julien Gracq y otros menos conocidos en nuestro país, forman parte de esa nómina prodigiosa que ha tomado el caminar como un elemento sugerente y sugestivo de orden intelectual, artístico y filosófico.

Un libro indispensable para todos los amantes de los senderos y los caminos naturales.

Y ahora una miscelánea sobre los otros autores citados: El libro de Le Breton, editado por Siruela  es un tratado filosófico, literario y poético del arte de andar por los caminos. No nos propone rutas, simplemente nos hace vivir un sendero fascinante de la mano de viajeros ilustres, filósofos peripatéticos y poetas iluminados por ese "caminar sin fin para no llegar a ninguna parte, para olvidar simplemente el paso del tiempo". Desde el poeta japonés Basho, tan implicado en el zen, hasta Stevenson, Baudelaire, Walter Benjamin, el gran explorador Richard Burton o nuestro Cabeza de Vaca, el célebre Bruce Chatwin, paradigma del viajero moderno o el ínclito Camilo José Cela, cuyo "Viaje a la Alcarria", seguí paso por paso caminando por los mismos lugares cuando cumplí los 18 años, Régis Debray, el director visionario de cine Werner Herzog, Patrick Leigh Fermor que recorrió toda Europa andando desde Holanda a Constantinopla, o terminar citando al mismísimo Rousseau y a Nietzsche o a Walt Whitman y Thoreau. El camino como reto personal, "el caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo" y como ejercicio mental y sensitivo "una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena" (pag.15) son dos de los muchos aspectos que Le Breton, profesor y antropólogo y, evidentemente, del gremio de los caminantes, refleja en un enriquecedor texto que más que leer, degustamos.

En el librito "Caminar" de Henry D. Thoreau, --lectura obligada para cuantos aman la naturaleza: su "Walden o la vida en los bosques" iluminó al mundo--, leemos: "Creo que no podría mantener la salud y el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, linbre por completo de toda atadura mundana".

En cuanto al autor de "La isla del tesoro" , Robert Louis Stevenson, sugiere que caminemos siempre que podamos en soledad ya que solo asi se puede "estar abierto a todas las impresiones y permitir que nuestros pensamientos adopten el color de lo que vemos; se debe ser como una flauta para cualquier viento". ¿Han leido ustedes antes una descripción tan bella del talante que un buen caminante debe adoptar cuando pasea por bosques y montañas? Cuando uno se aficiona al placer de caminar comprende la frase de Stevenson, "Parece como si una caminata a paso vivo nos purgara, mas que ninguna otra cosa, de toda mezquindad y orgullo". Thoreau propone una Orden de los Caminantes Andantes y una filosofía un poco radical: "Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, esposa, hijo y amigos ...si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata". Tampoco hay que tomárselo así, pero bueno, da una idea de la pasión que puede envolver al andariego una vez que le encuentra el encanto a ese ejercicio que deviene, casi, una forma de vida. Que un filósofo como Rousseau escribiera "Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie". O como afirma Le Breton en su magnífico libro, "El sendero, el camino, son una memoria grabada en la tierra, el trazo en las nervaduras del suelo de los incontables caminantes que por alli han pasado a lo largo de los años, en una especie de solidaridad intergeneracional inscrita en el paisaje". Una forma bella de decir lo que todos o casi todos los montañeros hemos pensado al seguir un camino. 

Y ahora, Robert Walser, un escritor suizo de habla alemana nacido en 1878 y muerto en 1956, durante una escapada (literal) de un sanatorio psiquiátrico suizo en plena nevada, como Schelle, curiosamente. Fue amigo de Kafka y Musil (cuyos estilos comparten sólo una cosa con Walser, la continua autoreferencia directa o indirecta) Psicologicamente era una persona inestable y aquejado de periódicas depresiones. En "El Paseo", el libro de 1917 que hoy comentamos podemos ver su estilo directo, personalísimo y en decidida comunicación directa con el lector, al que le confiesa sus dudas, vacilaciones, encuentros y hallazgos o temores. Las confesiones y reflexiones del autor tienen cierta profundidad psicológica y literaria, a la vez que un descaro sin pizca de arrogancia. "Sin pasear estaría muerto" escribió el suizo en su libro, profética y paradójicamene. Walser fue un poeta y un filósofo nato, un hombre que respiraba a través de la reflexión. Sigue a los clásicos del "tempus capere" (aprovechar la ocasión). Un tiempo que hay que saber esperar tanto como no perder. Y es el tiempo que se hace camino. en el que coincido plenamente con el autor. Walser merece una lectura atenta. En cuanto al motivo central estrictamente, el pasear, el caminante,  atestiguo después de decenas de años de practicar esa forma de andar por senderos y montañas de toda España, que esa actividad es más que un deporte o una actividad saludable...es el reflejo activo de una forma de vida.

FICHAS

GUIA  PARA CAMINANTES.- Tristan Gooley.-Trad. Victor Ruíz Aldana.- 448 págs.- 19,90 euros.-Ed. Ático de los Libros. ISBN 9788417743055

EL ARTE DE PASEAR.- Karl Gottlob Schelle.- Trad. Isabel Hernández.-Ed. Díaz Pons.-182 págs. ISBN:9788494084492

LA MONTAÑA VIVA.-Nan Shepherd.- ERRATA NATURAE.-Traductor: Silvia Moreno Parrado, 19,50 euros.- ISBN: 978-84-16544-96-7

EL PASEO.- Robert Walser. TRad. y prólogo de Menchu Gutiérrez. Ed. Siruela,. 85 págs. ISBN 9788416964512

 ELOGIO DEL CAMINAR,.David Le Breton. Editorial Siruela.Traducción de Hugo Castignani.171 páginas.-   

CAMINAR.-H.D.Thoreau.-Ed. Ardora, 60 págs.- EL ARTE DE CAMINAR.-W. Hazlitt y R.L. Stevenson.-Ed. Univ.Auton. México. 54 págs.

 

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1 mayo 2019 3 01 /05 /mayo /2019 09:53

Poetas, filósofos, escritores, todo tipo de personas, urbanitas, campesinos, pintores o escultores, viajantes y gentes de la farándula, actores, maestros, soldados y amas de casa, ganaderos, criados y señores, en algún momento, en cualquier ocasión, han trascendido la dimensión física, deportiva, competitiva del caminar, de la marcha, del paseo perezoso y literario del "flaneur" o el ensimismado del pensador peripatético para realizar el movimiento esencial del caminar sin objetivo,solo porque sí, paso a paso.¿Lo ha intentado? No se trata de reflexionar al ritmo del camino,(como cantaba Kavafis en "Camino a Itaca) de buscar paisajes o de ir a algún sitio para algo, con una intencionalidad, por muy noble que sea y menos por algún interés de tipo práctico. Mi estimulante T.S.Eliot lo definió con su profundidad lírica: "No cesaremos de explorar/ y el final de toda nuestra búsqueda/ será llegar donde partimos/ y conocer el lugar por vez primera/ A través de la puerta desconocida y recordada/ cuando lo último por descubrir en esta tierra/ sea lo que fue nuestro comienzo". En realidad no importa aparte de lo que es el acto en sí. Caminar, andar, un acto dinámico que se cumple en sí mismo y que se trasciende desde el momento que deja de importar dónde vas, la meta o el objetivo: lo esencial es dar al cuerpo la posibilidad de expresarse, pensando a través del cuerpo, un ejercicio de ser en el estar y de estar en el ser. Lo dice Spinoza: "El bien soberano es el conocimiento de la unión del espíritu con la Naturaleza", entendiendo al cuerpo como naturaleza esencial.  Alguna vez, en algún momento, mientras caminas sin más , te parece que se produce aquello que glosaba Hannah Arendt: llegar a "una región intemporal...en completo silencio, más allá de los relojes y calendarios humanos...el silencio del Ahora en la existencia del hombre, sometida a la presión y el zarandeo del tiempo...este pequeño espacio atemporal en el mismísimo núcleo del tiempo". Es una experiencia efímera, huidiza, posible pero improbable. Quizá, "una hermosa hipótesis destruída por una fea realidad".-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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28 abril 2019 7 28 /04 /abril /2019 17:09

Sherry Turkle es una psicóloga del MIT, una de las instituciones punteras de las nuevas tecnologías, donde estudia y experimenta sobre los efectos que está causando en los seres humanos el uso indiscriminado y constante de las nuevas técnicas comunicativas personales por móvil, ordenador o tablets. Su libro "En defensa de la conversación" (Ático de los Libros) es un razonado alegato que tiene la virtud de alertarnos y ponernos en guardia sobre los cambios que ya se perciben empíricamente en la personalidad de los usuarios, en la creciente incapacidad de los jóvenes para mantener una simple conversación cara a cara y en la falsedad de las relaciones sentimentales y emocionales. No entraremos ahora en su tema principal, pero les invito a reflexionar sobre un elemento operativo de comunicación no verbal, simbólica, que cada vez se usa más en móviles y ordenadores y que proyecta a voluntad signos de emociones y sentimientos en forma de dibujitos referenciales: los emoticones. El emoticón es la suma de emoción e icono (signo que tiene una relación de semejanza con el objeto representado). La autora citada los ha estudiado con atención y opina que su uso continuo es "bastante peligroso de por sí" ya que "simplifica nuestras emociones, frivoliza nuestra psicología y nos evita reflexionar sobre nuestra emoción real".

En la próxima ocasión que decida poner un emoticón en su mensaje, ya sea para ahorrarse palabras, para "ganar" tiempo o por economía de esfuerzo (incluso, por ejemplo, poner ¡¡¡JAJAJA!!, para mostrar la gracia que le hace algo o lo contento que está), deténgase y piense en cómo puede comunicar lo que teóricamente siente sin recurrir al emoticón. Lo primero que va a pensar es que no es para tanto. Aunque el dibujo no refleja exactamente lo que siente, sino que lo exagera o lo frivoliza. Lo segundo es que le cuesta mucho más que en el pasado identificar su auténtica emoción (si es que siente algo parecido a una emoción y no es más que un "reflejo social"). En tercer lugar, si sigue elaborando lo que piensa, comprobará que los emoticones están cercenando su capacidad de expresar emociones en tiempo real y, por fin, que también está perdiendo capacidad de empatía (facultad de una persona para participar afectivamente en la realidad de otra). Está demostrado que las conversaciones en persona dan lugar a una mayor conexión emocional muy por encima de las on line. Según un estudio psicológico reciente realizado en Estados Unidos, la empatía entre estudiantes universitarios (que fue el sector de población elegido) ha descendido un cuarenta por ciento en los últimos veinte años. Este dato correlaciona con otro estudio: la preferencia de gran parte de la población  (usuaria del WhatsApp, por supuesto) por el contacto virtual antes que el de cara a cara. Evidentemente no se trata de condenar los dispositivos electrónicos, cuya utilidad esta fuera de dudas. Como siempre, se trata de la medida, la cura, el cuidado en evitar el exceso de uso o, peor, el uso exclusivo. Y sobre todo no esconda o banalice sus emociones a base de emoticones. - ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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25 abril 2019 4 25 /04 /abril /2019 09:03

Hibris en la mitología griega era una diosa menor pero cuyas acciones tenían consecuencias nefastas para los seres humanos. Era la diosa del orgullo temerario y arrogante, de la soberbia prepotente y la falta total de escrúpulos, que solía dejarse arrastrar  por la cólera y la temeridad y en ese estado de locura destructiva cometía desmanes crueles. Ares, el dios de la guerra, se mantenía adormilado hasta que algo le despertaba y se entregaba a desatar el caos y el sufrimiento, acompañado de Enio, el destructor de ciudades y del hermano de éste, Pólemo, el señor de la agresividad y el combate despiadado (de donde nacen las palabras polemología o estudio de la guerra y la palabra polémica, discusión agresiva). Hubo que buscar pareja a Pólemo, ya que a ninguna diosa le gustaba estar cerca de él, y al final Zeus encontró a Hibris y se la dio como esposa. Pólemo se enamoró de ella al instante y nunca dejó que se separara de él. 

La mitología y los símbolos, decía Mircea Eliade, no son sólo invenciones literarias sino manifestaciones esenciales de aspectos primarios de la naturaleza humana. Advertía Jung que el hombre actual los ha desterrado de la conciencia y comete un enorme error,  ya que son fuerzas que se enquistan en el subconsciente e influyen en los pensamientos y las acciones de las personas. Observen cómo suele haber una correlación directa entre la soberbia, el orgullo y la temeridad (Hibris) y la acción agresiva de Pólemos que lleva a despertar a Ares. El profesor inglés Lawrence Freedman, autor de "La guerra futura", documenta de forma brillante cómo esa simbólica conjunción de factores están detrás de las actitudes de los políticos y los militares que hicieron posible la I y la II Guerras Mundiales. Y para alarma nuestra, cómo muchas de las actuales circunstancias políticas y económicas, desde Trump a Putin, China o Corea del Norte, pasando por el terrorismo y las amenazas de la Naturaleza que provocan nuestra forma de vida consumista y los daños al medio ambiente, ya están en manos de Hibris y Pólemos. Ares, la III Guerra, sólo necesita que se le acabe de despertar con nuestro griterío sin medida y sin cautelas.

Freedman escribe en su libro: "...de antiguo la guerra va asociada a la discordia, pero también al honor y la defensa de cuanto hay de valioso para nosotros... ese carácter dual implica que el impulso que la origina brota de un eventual riesgo de perder ese algo valioso, aunque la respuesta a ese peligro sea destructiva, indócil, difícil de controlar y de contener... pero los objetivos a los que sirve la guerra, jamás pueden justificar sus costes". Y añade: "Una tercera guerra mundial constituye una perspectiva catastrófica y no sólo para los países beligerantes, sino para el conjunto de la Humanidad". Reflexionen sobre ello- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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23 abril 2019 2 23 /04 /abril /2019 08:54

Steven Pinker, el optimista ideólogo de los tiempos futuros hace en este libro una encendida defensa de cómo la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, valores de la Ilustración de los siglos XVII y XVIII no han perdido vigencia y pueden tener un papel decisivo en los difíciles tiempos que nos toca vivir, con un panorama tecnológico en constante cambio y una inestabilidad financiera y política que en el pasado siglo motivaron dos guerra mundiales y multitud de sangrientas guerras localizadas.

Pinker  se basa en la idea de que  aunque la vida humana nunca será  perfecta, siempre podemos mejorar en algunos de sus aspectos y para ello qué mejor receta que aplicar los principios básicos de la Ilustración que en el siglo XVIII llevó a una parte de la Humanidad a "un baño de purificación moral" como escribió Alfred North Whitehead: la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso.

Pinker trata de convencernos de que tal vez ha llegado el momento dorado (a pesar del pesimismo o realismo de Freedman, autor de "La guerra futura") para que la Humanidad despegue de los temores, engaños y esclavitud de la Caverna platónica en la que nos ha metido el siglo XX. Como argumentos nos va ofreciendo estadísticas, gráficos, pruebas documentales donde se demuestra el aumento de esperanza de vida en casi todos los países del mundo, un abultado descenso de mortalidad por enfermedad acompañado de signos científicos esperanzadores de curación de flagelos como el cáncer, el Sida o las ETS, un nivel educativo creciente y la globalización de las nuevas tecnologías en el campo de la información, el ocio y la formación. Tal vez Pinker tiene demasiado focalizado el mundo occidental y el norteamericano y canadiense en especial, pero ello no quita interés al esfuerzo del autor por  ofrecernos motivos de esperanza en estos tiempos difíciles.

El optimismo de Pinker apuesta por una mayor mentalización de las sociedades y sugiere que los problemas del mundo, con nuestros medios y tecnologías, tienen solución y que hay que ponerse a ello. Para callar a los "augures de malas noticias" Pinker nos va desgranando citas y estadísticas de mejora mundial en ámbitos de cultura, ciencia, movimientos ciudadanos humanistas y como ejemplo recomienda una página web de periodismo económico, Quarz, que ofrece una lista de links de "buenas noticias” del año 2017 (cosa que nos parece relativista y un poco banal).

Son muchos los comentaristas políticos y sociales, e inclusos económicos que abogan por "volver al espíritu de la Ilustración", abjurado de los de un cierto romanticismo individualista que, en realidad, ya lleva años caduco ante las nuevas tecnologías y los cambios que están provocando en el género humano, desde los norteamericanos a los hindúes, de los rusos a los coreanos y a los chinos, de los ingleses a los suecos, de los alemanes a los andorranos, dejando como muestrario de desastres naturales y bélicos, hambrunas y demás flagelos (vergonzantes en pleno siglo XXI) al continente africano en general (según la ONU más de la mitad del total de las personas extremadamente pobres viven en cinco países africanos: República Centroafricana, Burundi, Republica Democratica del Congo, Liberia y Níger), con pocas y también muy occidentalizadas excepciones. En realidad el mundo está reventando por las costuras, agobiado por la corrupción generalizada, los nacionalismos violentos, las religiones fanatizadas, una economía inestable y sujeta al principio del caos y una Naturaleza planetaria que comienza a dar síntomas de estar a punto de soltar el lastre humano que le impide desarrollarse en paz, usando todas sus armas, sequías, inundaciones, huracanes, volcanes, contaminación y un amplio abanico de enfermedades inducidas probablemente  por el estilo de vida, por el abuso de uso de la tecnología o por las simples estulticia, codicia y maldad humanas. Y no es un problema de recursos que todavía más de 800 millones de personas mueran de hambre, sino de mala distribución de la riqueza: la Tierra produce con las nuevas tecnologías comida suficiente para todos los habitantes del planeta y aún más.

Por eso la lectura de un libro  como el de Steven Pinker resulta ser una especie de "baño de purificación moral" que podría tener algún efecto relevante si uno, al salir del baño, se encontrara en la vida cotidiana con algunas pruebas contundentes de que el mundo está cambiando para bien. La intención de aplicar el principio ilustrado de que "el uso de la razón y la compasión fomenta el florecimiento humano" es bienintencionada pero utópica: basta con ver qué poco razonables y compasivos son, en todas partes, una activa minoría que tiene la voz cantante. Los demás, la mayoría, oscilan entre el papel de víctima, de arrogante indiferencia, de pasotismo, de colaboración o de ignorancia culpable (mirar hacia otro lado) y, por supuesta, de mala o manipulada información. Pero esto es. justamente, el punto de vista habitual en un comentarista del estado del mundo en que vive, a base de las informaciones a las que accede. Hay que leer a los que defienden que eso no es todo, que hay pruebas también de que aquéllos nobles y honorables valores siguen funcionando.

 Y así Pinker hace un honorable esfuerzo por reformular los ideales de la Ilustración en el lenguaje y los conceptos del siglo XXI. Desde el "Atrévete a saber" kantiano que lleva a la humanidad "a la salida de su autoculpable madurez", pasando por los logros del progreso en  materia de esperanza de vida, salud, sustento, igualdad en el reparto de la riqueza, medio ambienta, paz, seguridad urbano y personal, neutralización del terrorismo, igualdad de derechos democráticos para todos, aumento del conocimiento y la tecnología, calidad de vida creciente y un derecho a la búsqueda de la felicidad a pesar de la amenazas existenciales del propio progreso que proliferan como los pececitos que acompañan a los tiburones para nutrirse con los despojos de la actividad alimentaria del escualo.

 Pero en sus últimos capítulos Pinker insiste: el progreso no es una utopía y disponemos de un margen para continuar progresando en el respeto de los principios de la Ilustración. Presenta  más de sesenta gráficos estadísticos que reflejan que el mundo se está convirtiendo en un lugar mejor (quizá por eso Pinker reclama un uso correcto y fidedigno de los datos que se publican). Y nos repite la frase del poeta, político e historiador británico Thomas Macaulay en 1830 "No podemos demostrar de manera incontestable que están en un error los que nos dicen que la sociedad ha llegado a un punto de inflexión, que ya hemos conocido nuestros mejores días. Pero eso es lo que decían antes de nosotros y con la misma razón aparente...¿En qué principios se basan quienes defienden que, cuando no vemos más que mejoras en el pasado, sólo podemos esperar que las cosas empeoren a partir de ahora".  

A pesar de todas las sospechas de excesos de optimismo, uno recomienda la lectura de este libro obstinadamente realista a pesar de todo. Estructurado en tres partes: la primera mostrando cuáles eran las ideas de la Ilustración, la segunda demostrando estadísticamente que funcionan ya y la tercera afrontando los grandes enemigos que estas ideas siguen existiendo y operando en el mundo de hoy, los populistas, los fundamentalistas y ciertos "factores de la cultura intelectual dominante": los defensores del paradigma apocalíptico, autoritaristas, tribalistas y fanáticos del pensamiento mágico (persuasión masiva de tipo emocional y patriotero, las movilizaciones populares con eslóganes venenosos y los memes virales que son difundidos y aceptados acríticamente por mayorías desmotivadas y líderes políticos descerebrados pero persuasivos dispensadores de la "banalidad del mal". 

Por tanto, vale la pena dedicar un tiempo, largo, son más de 700 páginas, a leer y razonar lo que se nos cuenta en este libro interesante y estimulante.

FICHA

EN DEFENSA DE LA ILUSTRACIÓN.- Steven Pinker.- Trad. Pablo Hermida Lazcano.- Ed. Paidós.- 763 págs. 32 euros.- ISBN 9788449334627

 

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22 abril 2019 1 22 /04 /abril /2019 11:09

Escribe María Zambrano sobre Ortega en su "España, sueño y realidad": "la claridad es la primera de las cualidades del pensamiento orteguiano; se es claro cuando se está en claro consigo mismo; la claridad es producto de la coherencia de la vida" Esa correspondencia, esa interacción esencial entre el pensar y el vivir es el secreto de una suerte de bienestar personal que a veces se aquilata en cierto tipo de sabiduría y en una ataraxia estoica. Cuando no existe   esa concordancia se produce una situación peculiar (que podemos reconocer en la política española, huérfana de  pensamientos originales y vigorosos, pero no de supuestos "ideólogos"): "hay una claridad de ideas, pero una via insolidaria transcurre bajo la luz; la evidencia encubre muchas veces un oscuro lago en el que la vida se remansa y llega a estancarse por haber sido abandonada".. Es justamente ese estancamiento el que atenaza la vida pública española. Porque el político al uso no piensa, trata de amoldar la vida al programa de su partido y está condenado a que la vida, ese caudal incesante que nunca se detiene, lo rebase por todos lados, una vez lleno el recipiente del programa de una agua muerta que no tarda en pudrirse.

El pensador, el filósofo, sabe intuitivamente que sólo la coherencia entre su vida y su pensamiento, permite su desarrollo como sujeto del ser, ese caminar pausado y riguroso acicatado por la necesidad de la excelencia: la vía clásica hacia lo correcto, lo bueno, lo justo y lo bello, metonimias de lo verdadero.Pero el político no es filósofo, es un hombre del tener no del ser y es bien sabido, desde Gabriel Marcel, que el tener es "aquello en lo que se pierde el ser". Uno es consciente de que muchas veces la lógica de lo posible rige los asuntos públicos. Pero ante los vicios y delitos de aquéllos que deberían estar al servicio del ciudadano que los vota y no esclavo de sus propios intereses, a menudo el filósofo se deja ganar por el pesimismo y el relativismo de un Cioran y acaba gritando a los cuatro vientos: ¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!: que los políticos sean éticamente coherentes, tanto en su vida pública como en su vida personal y dejen de seguir el axioma fariseico de "los vicios privados y las públicas virtudes".- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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20 abril 2019 6 20 /04 /abril /2019 15:03

"Moby Dick" es una de las obras cumbre de la literatura universal, a pesar de su mastodóntica apariencia, sus excesos narrativos, las pruebas de hartazgo y desmesura, incluso de aburrimiento, a los que Melville somete al paciente lector, en suma, es el paradigma de obra que gratifica de forma excelsa pero que exige una dosis de atención y paciencia al lector a la altura de lo que ofrece (como el "Ulises" de Joyce, La Iliada de Homero o "La Mil y una noches" o "El Quijote" donde la "impertinencia" de muchos pasajes quedan de sobras compensadas por la magnificencia literaria de la mayoría. Es la prueba de que en esta vida nada verdaderamente valioso es gratuito, todo lo que nos hace mejores cuesta un esfuerzo y a veces una dosis variable pero necesaria de sufrimiento. La relectura de este clásico la hago en la completa edición de Navona (ojo, en las reediciones,  saquen la N que sobra en el nombre de Melville, Herman)  en traducción de José María Valverde y donde se nos deleita con un enjundioso prólogo de Enrique de Hériz (que para el lector no conocedor de "Moby Dick" debería haberse situado como epílogo, al final de la novela).

La sobreabundancia de personajes y peripecias, la solemnidad y riqueza del lenguaje, entre el Milton de "El paraíso perdido" y la garra argumental  y el profundo simbolismo de las obras de Poe, el lector moderno termina disculpando la abrumadora exhibición de conocimientos sobre el mundo marítimo que tiene Melville,   a cambio del placer que inspira la primera gran epopeya novelesca de la literatura norteamericana. La búsqueda metafísica del narrador, "Llamadme Ismael", se ha convertido junto a los símbolos de la obsesión de muerte del capitán Ahab (nombre bíblico sacado del Libro de los Reyes, que es el de un rey que se rebeló contra Dios)  y la de la maldad absoluta que es el inmenso cachalote blanco, es uno de los motivos esenciales de la psicología humana: la atracción que posee el mal para la psique de la criatura supuestamente racional que la religión cristiana (cuya presencia es enorme en en esta novela) pretende convertir en heredero de Dios. 

El capitán Ahab, "un hombre impío, semejante a un Dios" persigue obsesivamente al cachalote blanco por todos los mares, para vengarse de la amputación de una pierna por debajo de la rodilla que ahora sustituye por un moldeado hueso de ballena. Es un personaje carismático,  rodeado de una aureola de oscura inhumanidad que llevará al navío "Pequod" y a su tripulación al desastre, menos a uno. Una tragedia anunciada por signos simbólicos de perdición pero que, al tiempo, constituye una especie de sortilegio y fascinación tenebrosa entre todos los tripulantes, unidos a Ahab por un juramento satánico. La locura, la muerte, el odio sin posible perdón, la lucha contra Dios, la inconsciencia del mal encarnado en una criatura de la Naturaleza, amada y odiada al mismo tiempo por Ahab con una profundidad espiritual y religiosa blasfema. El mismo nombre del navío, Pequod, es el nombre de una tribu india aniquilada por los colonos blancos norteamericanos para desposeerlos de sus tierras y de esta forma simboliza en la tripulación del Pequod la codiciosa e hipócrita cultura de la que proviene, la puritana y también feroz Norteamérica del siglo XIX, con la colonización y expansión, la industrialización,  el capitalismo y el progreso a toda costa. Para equilibrar levemente este conjunto  simbólico sombrío, Melville permite un único rasgo de humanidad  al capitán, la nostalgia de su mujer y su hijo abandonados o el afecto hacia el fiel primer oficial Starbuck o al joven marinero negro Pip.

Esta novela genial que llevó a la ruina a su autor cuando se publicó en 1851 ( la cultura de la época no estaba preparada para el exceso de lastre literario, lingüístico y omni informativo de Melville) debería ser de obligatoria lectura en las Facultades universitarias de Humanidades. no antes, salvo en ediciones expurgadas y simples que pierden todo el obsesivo encanto del libro, cuya lectura, en algunos tramos, te mantiene despierto y ansioso sólo por la irritación que te producen sus explicaciones y excursos informativos (la prueba de oro es superar las 20 páginas de citas extemporáneas con las que el bueno de Melville comienza su obra) Más de setecientas páginas nos esperan si uno logra sobrepasar indemne las citas o las numerosas, incontables, disgresiones que nos describen los utensilios y partes de un buque ballenero o las clases de ballenas  o la importancia del color blanco o el uso de la grasa de ballena (en mitad de una cacería) y muchos otros pormenores... supera al agobio de los capítulos iniciales de la Iliada cuando Homero se nos pone formidable para hacer el conteo de las naves y los pueblos que acuden a Troya con los aqueos.

Y aún así, "se muove". Es decir, hay que leerla. Cuando uno acaba con ella, a no ser que ella acabe con el lector y el idilio acabe en las librerías de compraventa o de todo a 2 euros,  siente que algo imperecedero ha dejado su huella en las sinapsis neuronales: En el lóbulo frontal o en la amigdala, en un rincón de ese milagro llamado cerebro, queda para siempre el capitán Ahab, el fantasmal cachalote blanco, el Pequod, el joven Ismael o el polinesio Queequeg que comercia con cabezas humanas reducidas o el ataúd que salva la vida del narrador .

 

Como complemento añado una biografia sucinta de Melville:  nació en Nueva York en 1819 (murió en1891), de joven se embarcó como marinero a bordo de un ballenero que le llevó por los mares del Sur, que le inspiraron sus primeras velas: Taipi (1846), Omoo (1847), Redburn(1849) o La guerra blanca (1850). En 1851 publicó de Moby Dick, con escaso éxito. Más tarde publicaría el magnífico relato Bartleby, el escribiente (1853). Treinta años después de su muerte se descubrió el manuscrito de una última novela, Billy Budd, que elevaría su prestigio como novelista.

FICHA

MOBY DICK.- Herman Melville.- Trad. José María Valverde.- Prólogo de Enrique de Hériz. 763 págs. Editorial Navona. Ineludibles. ISBN 9788417181581

 

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19 abril 2019 5 19 /04 /abril /2019 09:04

En Hamlet, acto III, el príncipe de la cavilación y las dudas se enfrenta a dos condiscípulos que, aparentando amistad, están a sueldo del padrastro de Hamlet, el rey fratricida de Dinamarca. Intentan sonsacar a Hamlet y este les ofrece una flauta como única respuesta y les ruega que la toquen para él. Guildenstern y Rosencrantz, los dos traidores, le contestan que no saben tocarla. Hamlet les responde : "Pues ved ahora qué indigna criatura hacéis de mí. Queréis tañerme; tratáis de aparentar que conocéis mis registros; intentáis arrancarme lo más íntimo de mis secretos; pretendéis sondarme, haciendo que emita desde la nota más grave hasta la más aguda de mi diapasón; y habiendo tanta abundancia de música y tan excelente voz en este pequeño órgano, vosotros no podéis hacerlo hablar. ¿Pensáis que soy más fácil de pulsar que una flauta? ...por mucho que me trasteéis os aseguro que no conseguiréis sacar de mí sonido alguno." Es tiempo de elecciones y se me antoja que esta es una buena metáfora de la situación de nuestro país, atribulado por la "cuestión catalana". Guildenstern y Rosencrantz, los dos corruptos e ineficaces "amigos" del príncipe, representan a dos grupos enfrentados de políticos españoles (y catalanes), entre los que hay excepciones éticas individuales, por supuesto, y Hamlet simboliza esa mayoría de ciudadanos españoles (y catalanes) que están hartos de luchas fratricidas y piden sentido común y honestidad. A esa clase política empeñada en que España (Hamlet) se rinda a sus maquinaciones, despropósitos y agresividad "patriótica" deberíamos responderle que, siendo incapaces de tocar una simple flauta (llevar por un camino lógico y razonable los asuntos de Estado) por lo que, por cierto, reciben cuantiosos sueldos de por vida, deberían renunciar a su labor de manipular y actuar en su ficción patriotera contra el más preciado bien de una nación: la paz y el progreso. "Hamlet" por su parte, tendría que dejar a un lado su absentismo de acción directa y sus dudas, levantarse en bloque, todo el país, para exigir que se detenga esta marcha (de mala) política, absurda e ignorante, hacia el desastre.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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