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15 febrero 2019 5 15 /02 /febrero /2019 10:24

 

Leo un libro reciente sobre unas charlas radiofónicas del escritor inglés E.M Forster   (“Pasaje a la India”, “Howard’s End”, “Una habitación con vistas”, etc.). Charlas que emitió la BBC durante casi treinta años, con una temática variada pero preferentemente literaria. Mi reflexión de hoy no tiene que ver directamente con Forster, sino con una simple observación que el traductor, prologuista y editor español de este libro, Gonzalo Torner, hace respecto al momento histórico y social en que se emiten: poco antes, durante y después de la II Guerra Mundial.

Dice Torner, “La comunidad libresca…para haberse acostumbrado a vivir con cierta sensación de crepúsculo, provocado por muy diversos motivos: amenazas tecnológicas, decadencias intrínsecas, crisis de público, desánimos contables…Pero si tenemos en cuenta lo lejos de donde viene la tradición libresca…el enfermo parece gozar de una resistente mala salud. En tiempos de Forster también existía la proverbial amenaza fantasma tecnológica…se consideraba que la propia radio podía arrebatarle al libro su prestigio y la atención de los lectores…son los años del auge de la grabación y transmisión de novelas, obras de teatro y poemas…”.

De vez en cuando resulta salutífero e inspirador echar la vista atrás de la mano de alguien que vivía en ese pasado y nos habla de temores y alarmas  muy reales en ese momento. Hoy en día hemos superado los “fantasmas” amenazadores del cine, la televisión, los ordenadores personales, los teléfonos inteligentes  y el e-book. Se editan –en papel y en soporte electrónico – más libros que nunca, se siguen vendiendo, nacen y cierran editoriales y librerías y el mercado del libro de segunda mano sigue floreciente, con la incorporación genial de los establecimientos de la franquicia Re-Ready, libros a precio fijo, el mismo para todos (de 2 a 3 euros, según el número de ejemplares que se compren) que van apareciendo en todas las grandes capitales del país.

Mantengo relaciones de amistad, clientela y profesionales con múltiples libreros, editores, escritores y demás personajes del mundo del libro. En casi todos capto esa sensación un tanto amarga y apesadumbrada de “fin de época”. Tan semejante a la que se vive en casi todos los ambientes científicos y profesionales ante el cambio de paradigma que el progreso tecnológico y cuántico está causando.

Sin embargo no nos debe asustar la sensación de cambio irremediable, de pérdidas de seguridades y de costumbres enraizadas en el subconsciente. Como su propio nombre indica son “sensaciones”, son proyecciones de temores, pensamientos no sometidos a análisis y razonamiento, a información fidedigna y contrastada, Sombras con más carga emotiva que real. Hay que aceptar esa dinámica de cambio y tratar de ajustar el paso, abrir la mente y eliminar los prejuicios. La zona de confort personal no puede depender más que del equilibrio y armonía de tu mente. Y ese es el mejor bagaje instrumental para lidiar con el mundo nuevo que adviene, queramos o no, con sus propias luces y sombras. –ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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12 febrero 2019 2 12 /02 /febrero /2019 12:29

Leo un libro sobre la posibilidad de hacer renacer los valores de la Ilustración (s.XVII) en nuestra descreída época. Aquí en mi estudio, rodeado de libros, me siento cómodo y seguro. Es el escenario casi permanente de mi vida desde la primera juventud. Para mí, la vida marcada por los valores humanísticos, libertad, igualdad, conocimiento, solidaridad, compasión, es un principio absoluto. Pero cuando salgo de mi torre de papel, silencio y amor a la sabiduría (me siento cómplice de Montaigne) y miro a mi alrededor, no puedo impedir que me invadan los mil tentáculos de la tecnología omnipresente, la información incesante y manipulada, la persistencia de la podredumbre en los asuntos políticos o financieros, la ausencia de un mínimo respeto público a principios y valores que nos fueron enseñados desde la infancia, la vulgaridad como compañera soez de la inmoralidad...y la evidencia en imágenes y periódicos, películas y televisión, en la vida social de todos los días, de que todo eso no es invención de una mente atormentada, cargada de años y de temores: todo eso es el día a día en éste, y en otros países.

Los supuestos valores de la cultura humanística en relación con la percepción moral del individuo y de la sociedad del siglo XXI ¿han dejado de ser tales valores y se han convertido en "supuestos" cómodos y manipulables para uso de retóricos y ambiciosos defensores del statu quo? Quizá el estudio y la transmisión de la cultura sólo tengan un "significado marginal" (como escribía Steiner hace décadas), para uso de curriculums o simplemente un lujo exótico y moribundo, acogido conmiserativamente por la sociedad tecnológica como los últimos residuos de un camino equivocado o una actividad para afectados y ridículos sujetos que lo viven como una forma de coleccionismo.

Se ha levantado Zaratustra de su tumba filosófica para exclamar, cansado y derrotado, ""Ahora, prescindid de mí". No sólo no hemos aprendido nada sublime o bueno, sino que nos rendimos a la bazofia que nos dan y consumimos. Parece que hemos heredado aquello de que la humanística dejó de tener razón de ser cuando más de setenta millones de hombres, mujeres y niños fueron eliminados de la faz de la tierra por el hambre o la violencia, durante sólo treinta años, de 1914 a 1945. No es posible hacer poesía después de Auschwitz, dijo alguien herido en el alma.

Quizá como escribe (y vive)  Wittgenstein en su "Tractatus" o Broch en "La muerte de Virgilio", ha llegado la hora del silencio. O no. No debo ser el único que identifica la vida con la conciencia de cierta plenitud, de cierta expansión y realización de uno mismo. Sin esas características, que te la ofrecen los libros, los ejemplos de tantos, la evidencia de la sabiduría como forma de pensar, la vida pierde su justificación inmanente y deja de ser la gratificante "vida buena" que aún conmueve desde los estoicos griegos o los maestros taoístas de cuatro siglos antes de la era crisitiana, para convertirse en una existencia sin más razón de ser que su conservación pura y simple, vulgar y grosera. Anodina.

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11 febrero 2019 1 11 /02 /febrero /2019 10:07

Robert Walser, un escritor suizo de habla alemana nacido en 1878 y muerto en 1956, durante una escapada (literal) de un sanatorio psiquiátrico suizo en plena nevada. Su obra tiene las virtudes y defectos de la azarosa época que le tocó vivir: se llevó lo peor del siglo XX. Es un vagabundo profesional que va haciendo todo tipo de empleos para sobrevivir, cambiando continuamente de residencia y sin dejar de escribir, como muchos otros escritores, pintores y poetas. Walser comenzó publicando poemas y tratando de hacer fortuna en el teatro con nulo éxito. En Berlin formó parte, junto a su hermano el pintor Karl Waser (que en vida tuvo más éxito que él) de una ambulante grey de artistas enamorados del arte por el arte. Entre sus obras destacamos "Los hermanos Tanner", Jakob von Gunten (que él consideraba su mejor obra), "El ayudante" y "El paseo". Tuvo amistad con Kafka y Musil (cuyos estilos comparten sólo una cosa con Walser, la continua autoreferencia directa o indirecta) Psicologicamente era una persona inestable y aquejado de periódicas depresiones que cursaban algunas veces con internamientos en centros psiquiátricos.

Carl Seelig, un amigo personal de Walser, publicó un libro de conversaciones durante el,periodo más ausente y silencioso del autor desde 1936 y que se llamó "Paseos con Robert Walser", en referencia a "El Paseo" el libro de 1917 que hoy comentamos. En este corto libro del escritor podemos ver su estilo directo, personalísimo y en decidida comunicación directa con el lector, al que le confiesa sus dudas, vacilciones, encuentros y hallazgos o temores. Es una invitación descarada a que el lector le acompañe en su paseo ya que "está cansado de escribir" y decide de pronto pasear en un "estado de ánimo romántico y extravagante" .

Las confesiones y reflexiones del autor tienen cierta profundidad psicológica y literaria, a la vez que un descaro sin pizca de arrogancia. Todo es la palabra y la escritura y la vida que pasea junto a él no es más que potencial material literario en el que incluye al propio lector, que ha de refrenar su impaciencia ante algunas frases engoladas y otras artificiosas. Pero hay un hálito curioso que ata corto al lector, la sospecha de que tras ese palabreo incesante se muestra un tipo que hasta cuando nos fastidia sentimos vibrar en él la Literatura.

"Sin pasear estaría muerto". Lo escribió el suizo en su libro, profética y paradójicamene, ya que por pasear murió. Walser fue un poeta y un filósofo nato, un hombre que respiraba a través de la reflexión. No es muy conocido en el mundo popular de las letras o de la filosofía. Solía escribir microgramas, pequeñas reflexiones sobre lecturas, pensamientos sobre hechos de cada día, lo más cotidiano o lo más banal. Como escribe Menchu Gutiérrez en el prólogo de la edición española de este libro (Siruela 2016): "Todo resplandece en los paseos de Walser, en los que se mezclan arrebatos y caídas, en los que las ideas se elevan y abisman con la más extraña naturalidad...Walser defiende las miniaturas de la cotidianidad... él dota de materialidad a los fantasmas sin cuerpo del camino y, a su vez, éstos lo animan a él y le dan forma...el amante del vagabundeo vuelve una y otra vez al camino, ese que se ve siempre como si fuera la primera vez".

Walser sigue a los clásicos del "tempus capere" (aprovechar la ocasión). Un tiempo que hay que saber esperar tanto como no perder. Y es el tiempo que se hace camino. en el que coincido plenamente con el autor. Walser merece una lectura atenta. Y no se trata del "peri patós" de Aristóteles, el paseo reflexivo en compañía, dialogando sobre filosofía. El paseo de Walser es otra cosa, es una especie de comunión sensual, poética e intelectual o  enfrentamiento en los mismos términos con el complejo y variado medio ambiente  por donde pasa: "su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresada y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la percepción y percepción de las cosas y ha de postergarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades o privaciones..." ¿Excesivo? Quizá si.

Tal vez lo que más desconcierta al lector de hoy sea el estilo narrativo de Walser, su caótica sensibilidad aplicada a paletadas sobre el lienzo de la página, su tendencia a la disgresión disparatada, el surrealismo de las figuras que va mostrando y los diálogos y monólogos rebuscados y retóricos en los que se aprecia un cierto desequilibrio, una desmesura que recuerda al Nietzsche más desbordado o un Kafka sin la brida de su lucidez. No es un autor para cualquier lector. En cuanto al motivo central estrictamente, el pasear, el caminante,  atestiguo después de decenas de años de practicar esa forma de andar por senderos y montañas de toda España, que esa actividad es más que un deporte o una actividad saludable...es el reflejo activo de una forma de vida.

FICHA

EL PASEO.- Robert Walser. TRad. y prólogo de Menchu Gutiérrez. Ed. Siruela,. 85 págs. ISBN 9788416964512

 

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9 febrero 2019 6 09 /02 /febrero /2019 12:33

El explorador y editor noruego Erling Kagge ha escrito un  libro dedicado al silencio "en la era del ruido", Kagge cita a filósofos y escritores, reflexiona sobre el callar y sus efectos y, como es más un hombre de acción que un filósofo, lo que nos dice no nos da elementos nuevos o distintos para nuestra reflexión sobre el silencio, pero nos encanta porque comprendemos la profunda relación que este hombre tiene con ese callar que es más una escucha interior y un rechazo a la escucha de lo banal. Y lo primero que nos dice Kagge es que es preciso buscar un silencio que nos rodee (aunque en ocasiones es difícil) pero más importante aún es lograr captar "el silencio que llevamos dentro". Su libro nace precisamente de un intento de responder a tres preguntas que él mismo plantea: ¿Que es el silencio?;¿Dónde está? ¿Por qué es más importante que nunca?

A partir de ahí Kagge nos habla del miedo al silencio (quizá por el temor de que puede llevarnos a conocernos mejor a nosotros mismos). Más tarde define el silencio "como una idea, un sentimiento o una representación mental", para sostener  que el silencio interior, el que crea uno mismo, es el más cercano y efectivo. Y asegura con cierta ingenuidad: "Saber que nadie va a molestarme y saber porqué quiero estar a solas, es un lujo. Y añade : "Aislarse del mundo no consiste en dar la espalda al entorno, sino en lo contrario: en ver el mundo con un poco más de claridad, mantener un rumbo e intentar amar la vida". Aunque reconoce que a menudo el silencio y la completa soledad aburren (hay cierta contradicción en algunas de las vivencias y reflexiones de Kagge) y dice: "No es fácil permanecer ocioso cuando no pasa nada, cuando reina el silencio y estás solo. Prefiero hacer algo antes que llenar el silencio conmigo mismo". Y cita a Pascal: "Cuanto de malo le sucede a los hombres procede de una única cosa...no saber quedarse quietos en una habitación".

Kagge sigue un rumbo errático en su libro y va pasando de los efectos del "bucle de la dopamina" al miedo a la muerte por la sensación de "no haber vivido" la existencia con la intensidad y provecho que merece. Después de fustigar el aburrimiento y el tedio, Kagge nos asegura "que sería mejor aburrirse más a menudo"  para acabar aduciendo que aunque el silencio es un lujo, el sector en crecimiento permanente del lujo  no sabe valorarlo. El autor coquetea con los libros de autoayuda, aunque el suyo no lo es, y nos dice"el silencio consiste en redescubrir la alegría de tomarnos una pausa" y se refiere a la esclavitud virtual que tenemos con las pantallas desde el móvil al ordenador o la tele, citando a Heidegger que, al parecer, dijo muy proféticamente que "vamos a renunciar a la libertad en nuestro afán por usar la nueva tecnología". Más tarde nos hablará de la cultura clásica cuando se creía que "los misterios de la vida se hallaban en el silencio", surgirán Platón y Aristóteles y al final Wittgenstein , Kant o Oliver  Sacks, cogidos un poco por los pelos. Pero, da igual, les hablo de este libro para invitarles a reflexionar. Y para ello turbo con las palabras su silencio interior. ¿Paradójico? -ALBERTO DÍAZ RUEDA

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8 febrero 2019 5 08 /02 /febrero /2019 10:55

Leer a Emilio Lledó es un placer fructífero: no sólo alimenta tus ideas y te ofrece nuevos enfoques de las antiguas, sino que añade a la lucidez la elegancia expresiva. En esta ocasión voy a escribir de un libro con un subtítulo tan atractivo y actual como "La necesidad de la Literatura y la vigencia de la Filosofía". Se trata de una recopilación de antiguos artículos de Lledó - sorprendentemente actuales- de muy diversas fuentes pero con una temática común que enfoca la cultura con mayúsculas, los ataques y manipulaciones que debe sufrir por el poder y la política y, por último pero no menos importante, el papel que debe tener en la educación que impartimos a nuestros hijos desde la guardería a la Universidad. Estamos muy lejos de la noción griega de "padieia", pero no tanto del juicio de Kant sobre la cuestión que se resume en una frase antológica: "El hombre sólo puede ser hombre por la educación. No es nada más que lo que la educación hace de él". Por favor, no confundir con titulitis crónica o con iletrados tecnológicos.

Las opiniones y percepciones de Lledó sobre todo lo que tiene que ver con la educación, habida cuenta de que se ha dedicado toda su vida (tiene 92 años y desde los veinte está involucrado activamente en la pedagogía) a la enseñanza y  a reflexionar y filosofar sobre los métodos y planes de estudio, sobre la política oficial de enseñanza superior y en torno a la deriva social utilitarista que va solidificándose en nuestros tiempos y está desvirtuando la enseñanza de las Humanidades y la preparación de los profesionales del futuro cercano. Y no hablamos sólo de España, también de Alemania, de universidades presenciales y de las virtuales.

Su compromiso personal con enseñanzas plenas empezando por los elementos de la "padieia" griega y formulando principios sobre la madurez y el amor al conocimiento en un compromiso honesto sobre el oficio de maestro y el respeto al alumno. Y ese compromiso encarna en la formación permanente, en la curiosidad científica que desde los primeros filosofos griegos marcaba la diferencia y en el mantenimiento de valores y principios que ennoblecen el trabajo y hacen del trabajador un ser digno y en proceso de buscar la excelencia como persona y la excelencia en su trabajo.

"Educar es crear libertad, dar posibilidades, hacer pensar". Es un proyecto que vincula la libertad al ejercicio de enseñar y al placer de aprender. ¿Se enseña esto en los institutos, en las escuelas, en la Universidad? Una fábrica de títulos, una visión "asignatural" de la enseñanza que ha convertido a la Universidad en un conglomerado de conocimientos «estancos e inútiles» y un sistema de exámenes ("chantaje ritual").  “El asignaturismo, hacer exámenes continuamente, es la muerte de la cultura” dice Lledó, es inapropiado y absurdo ya que que sólo exigen memoria y no ejercicio de la razón. En conjunto el sistema produce "el atontamiento, el fanatismo y la violencia de la competencia hacia uno mismo y hacia los demás". La globalización y la digitalización que es la marca del mundo actual, pone en circulación unas técnicas complejas de acceso engañosamente simple que van manipulado y sustituyendo el hábito de pensar y nos convierten en usuarios más que en personas libres. Ya que se nos enseña el pensamiento vigente  y   la obra de los pensadores, pero no lo más elemental y necesario: enseñar a pensar.

Los artículos y trabajos reunidos en este libro ya tienen  unos años aunque la lucidez del pensamiento de Lledó les mantiene de plena actualidad (o es que el mundo va progresando por un desvío que ya no tiene  en cuenta los derechos de libertad y autonomía del individuo ya que los convierte en secundarios). Eso podría explicar que la educación esté en manos de grupos politicos o económicos (o religiosos, aunque en franco declive) que privilegian la formación científico-técnica que va creando clases privilegiadas y una masa  ignorante pero satisfecha por el acceso infantilizado -simplemente de usuario- a las nuevas tecnologías. Esa minoría que asiste a escuelas privadas o instituciones para formar dirigentes de elite (muchas veces subvencionadas por el Estado) va creando una situación social más o menos visible de desigualdad y sigue siendo uno de los endémicos males de la educación en este país. Dice Lledó : "Los pueblos marcados por grandes diferencias entre sus clases sociales son los más amenazados por la destrucción y la aniquilación, los más vencidos".

El lector se siente atraido -e irritado por la falta de reacción oficial y académica- por la defensa que hace Lledó de la Filosofía y la Literatura como elementos educacionales del ser humano. Y cita a Bertrand Russell: "La Filosofía debe ser estudiada, no por las respuestas concretas a los problemas que plantee, puesto que, por lo general, ninguna respuesta precisa puede ser conocida como verdadera sino, más bien, por el valor de los problemas mismos; porque estos problemas amplían nuestra concepción de lo posible, enriquecen nuestra imaginación intelectual y disminuyen nuestra seguridad dogmática".

Los artículos destinados a la educación a distancia han quedado un poco obsoletos en su enfoque, no en su razonamiento,  aunque en su momento fueron puntales para el progreso de una enseñanza que daba una oportunidad a muchísimos estudiantes que debían conciliar el mundo del trabajo con el del estudio. Sin embargo la,lucidez de sus planteamientos y sus oportunas citas devuelven la adecuación a este trabajo, por el que desfilan citas de Platón, Aristóteles, Kant, Nietzsche, Wittgenstein, Russell, o el Juan de Mairena  de Machado, Schiller y Ortega.

En una entrevista que se le hizo al salir este libro, Lledó aseguró que "no es fácil especular hasta dónde aguantará la filosofía y la literatura, tan necesarias sin embargo, en los planes de estudio y en la sociedad. Yo no me encuentro muy cómodo en este presente. Es nuestro mundo, lo sé, aunque también sospecho que estamos cometiendo entre todos un grave error. Pensar que "las Humanidades son algo secundario de la vida humana. Es cierto que el aspecto utilitario en las Humanidades no parece tan inmediato como el de la tecnología, pero sin ellas no es posible nada. Nos aportan conocimiento y capacidad de reflexión crítica. La importancia y necesidad de los grandes conceptos (Justicia, Bien, Verdad) es algo que aprendemos de leer filosofía, de leer literatura".

 FICHA

SOBRE LA EDUCACIÓN.- Emilio Lledó.-  260 págs. Ed Taurus, 2018. 19,90 euros.- ISBN 9788430619269

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6 febrero 2019 3 06 /02 /febrero /2019 09:01

En noviembre de 2005 envié una carta a un amigo muy cercano (que falleció hace años). La copia de la carta ha aparecido, ¿casualmente?,  entre las páginas de un libro de Cioran, un desesperado de la filosofía, que ojeaba al azar. Copio un par de párrafos:

"Quisiera diseñar una ética para sobrevivientes. ¿Por dónde debería empezar? Leí ayer en Primo Levi que la necesidad de vivir es la única norma aplicable cuando las demás normas éticas ya no existen. Entonces pienso que somos unos llorones inveterados. Unos niños privilegiados y  ya mayorcitos, cuyo único pesar verdadero es no haber podido crecer por dentro, sin poder, al tiempo, mantener la ingenuidad y la decencia. ¿Por qué no podemos disponer de esas muletas tan útiles que utilizan los demás: la religión o una presunta vía espiritual, el respeto a los vínculos, la aceptación de la mediocridad, el egoísmo sin lucidez, la estupidez en cualquiera de sus múltiples formas, el amor al becerro de oro, la literatura como herramienta y justificación, el pragmatismo mezquino, la pedantería como escudo, un poco de resignación bovina, algunas ilusiones de usar y tirar, la tontería igualitaria y democrática? Todo eso que nos reconcilia con un Otro que siempre nos es ajeno, cuando no hostil y al que con gusto ninguneamos, aún siéndonos propicios, a cambio de una simple gota de de identidad verdadera, esa flor agostada que yace bajo el nombre, los apellidos y el currículum. Y, al mismo tiempo, tan remisos y cobardes para aceptar ese mandamiento del "déjalo todo y sígueme". Quizá porque sospechamos que no es más que una entelequia, una trampa intelectual disfrazada de nobleza que está destinada a darnos una falsa brizna de esperanza...

...Amigo, no tenemos remedio y escribir esto sólo es un remedio tramposo para evitar, una vez más, una acción. ¿La de vivir sin preguntas?¿Acompañar la lenta degradación del cuerpo en un viaje lleno de concesiones y temores? ¿Nos queda alguna gota de dignidad? Me niego a aceptar las mentiras cómodas. No creer en ningún Camino quizá sea el inicio de un Camino. Lo que no está claro es hacia dónde."

Y terminaba la carta así: "Te escribo una madrugada de invierno de un siglo joven  que no veremos finalizar ninguno de los dos. Sigo percibiendo, muy en el fondo del mí-mismo, esa llamita endeble pero persistente que siempre me ha alimentado de un extraño anhelo y que en su forma ocasional de una voz interna nos ha acompañado, tanto a tí como a mí, desde niños,  aunque nunca le hicimos demasiado caso (y así nos fue, en estas "vidas paralelas" que hace más de dos decenios descubrimos que compartíamos). Intuyo que es la responsable de este nuevo invierno de mi descontento y que lo ha sido también de los raros momentos de plenitud que he tenido. Vaya lo uno por lo otro. Quisiera acercarme a ella sin tanto ruido y tanta furia. ¿Sabes cómo se hace eso? Te pregunto porque llevas muchos más años que yo viviendo este desconcierto cíclico... "

Mi amigo se fue de la vida sin haber descubierto ese atajo a la luz. Yo he dejado de buscarlo y , paradójicamente, a veces creo que estoy más cerca de ella de lo que nunca había estado.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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4 febrero 2019 1 04 /02 /febrero /2019 10:18

Es un libro atractivo para leer, pero algo deslavazado, articulado en una forma caprichosa, como a impulsos. No sigue una linea de pensamiento donde se adivine una coherencia determinada, pero resulta agradable y en cierta forma instructivo. Que nadie espere descubrimiento alguno sobre el silencio. Volveremos sobre clichés, fórmulas. definiciones o aproximaciones de todos más o menos conocidas. Lo singular de este libro es el autor. Es un  aventurero acostumbrado a las experiencias extremas y casi todas ellas entrañan la soledad y el silencio como materia habitual. Por lo tanto sabe de qué está hablando y aunque quizá no lo elabore como lo haría Heiddeger, Kant o Aristóteles (qué falta nos hace) la simplicidad y autenticidad de lo que cuenta es, en definitiva, lo que da valor a este libro.

Se trata de un tipo que atravesó la Antártida a pie: más de 1300 kms y 52 días caminando él solito,  o se larga al  Everest  o apareja un barco y  cruza el Atlántico, mientras nos narra con absoluta sencillez que se las ha visto con un oso polar en el Ártico, cruzó de cabo a rabo Nueva York por las alcantarillas e hizo lo mismo por la soleada California. La mayoría de las veces con la única compañía de su cuerpo y su mirada atenta. Es un editor y filósofo noruego (decidió fundar una editorial mientras lavaba los platos de la cena y se preguntaba cómo alimentar a una familia de mujer y tres hijas) que se ha planteado el tema del silencio porque ese ha sido el ingrediente personal más permanente en todas sus experiencias. Se ha propuesto hacerse compañero inseparable de la práctica del silencio personal y nos habla de ello en un libro de  174 páginas, sobriamente ilustrado y de una presentación sencilla y blanca, al estilo Beatle o al estilo Polo Norte, según como se mire.

No es pues un libro de filosofía, sino de vivencias que pueden leerse en clave filosófica si al lector le place. Como escribe en la página 100 de su libro: "Durante miles de años, las personas que han vivido aisladas consigo mismas, como los monjes en las montañas, los eremitas, la gente del mar, los pastores de ovejas y los descubridores que regresan  a casa, han tenido la certeza de que los misterios de la vida se hallaban en el silencio. Esta es la cuestión".

Pues eso, amigo lector, embárquese en este viaje pertrechado con el poema de Olav H. Hauge, "A la hora de la verdad, es/ muy poco lo necesario, y eso/ siempre lo ha sabido el corazón".  O dese cuenta de la importancia del silencio en la música, "son los silencios repentinos de Beethoven los que estimulan el cerebro o hace que nos salgan chispas de la cabeza la cabeza" (pág. 129). O el reconocimiento de que  él vive (como muchos de nosotros) para, en palabras de Blake, "Ver un mundo en un grano de arena/y un cielo en una flor silvestre; tener el infinito en la palma de la mano y la eternidad en una hora".

Y para sorprendernos un poco, nuestro aventurero amigo nos informa que los seres humanos tenemos menos capacidad de concentración que los peces de colores. Los hombres perdemos hoy la concentración al cabo de ocho segundos -en el año 2000 eran doce- mientras que en  los peces de colores el promedio es de nueve segundos".  Sólo la acción y el silencio que la debe acompañar evita el peligro de acabar siendo émulos de los peces de colores y de ser capaz de responder a las tres preguntas capitales a las que Kagge trata de responder con treinta y tres  pequeños capítulos en su libro: ¿Qué es el silencio?¿Dónde está? y ¿Por qué es más importante que nunca?  De la primera nos da un buen número de respuestas válidas aunque no originales. De la segunda se supone que a partir de uno mismo. Y la tercera podría ser, apunto yo, superar en concentración, coherencia, inteligencia y sensibilidad a los peces de colores. Es broma. Él dice en algún lugar, "Es bueno para conseguir tus propósitos: para relajarse, encontrarse y conocerse a sí mismo, y dejar de vivir a través de los otros y la identidad de la masa. Es mentalmente sano y, además, enseña que la vida no es tan corta como parece: es una máquina para extender el tiempo".

Y para terminar, cito: "Erling Kagge defiende que el silencio podemos encontrarlo en cualquier momento, en cualquier lugar, y que la cuestión es ser consciente y aprovecharlo cuando aparece delante de nuestras narices. El editor noruego “crea” sus silencios al subir una escalera, al ordenar un armario o concentrándose en la respiración. “La riqueza potencial de ser una isla para nosotros mismos”, escribe, “debemos llevarla siempre dentro”."

Y una nota científica publicada en los periódicos. Julio Díaz, un investigador, doctor en Física, jefe del departamento de epidemiología de Instituto de Salud Carlos III,  ha publicado una cuarentena de trabajos científicos en los que trata de demostrar que la contaminación acústica es tan dañina como la atmosférica. Según sus estudios el ruido debilita el sistema inmune, agrava enfermedades como el Parkinson, la demencia o la esclerosis múltiple e incrementa la mortalidad por causas respiratorias, cardiovasculares y diabetes.

FICHA

EL SILENCIO EN LA ERA DEL RUIDO.- Erling Kagge.- Trad. Carmen Montes.- Ed. Taurus. 174 págs. 16,90 euros.- ISBN 9788430618736

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3 febrero 2019 7 03 /02 /febrero /2019 09:55

Ayer volví a visitar "Irish" la película biográfica que Richard Eyre dedicó a la escritora Iris Murdoch, con un formidable terceto de actores: Kate Winslet y Judi Dench dando imagen de la juventud y la desdichada vejez de la escritora y Jim Broadvent prestando su físico inigualable de bondad e inteligencia a John Bayley, el marido y compañero de Irish durante más de 40 años. Precisamente en el libro de éste "Elegía a Irish" de 1999, se basa el guión de la película (un libro y un guión ligeramente manipulados al parecer por Bayley debido seguramente a que para esas fechas era una persona muy mayor y olvidadiza, y no había olvidado los disgustos y problemas que le causó cuidar a Irish durante sus últimos años, derruidos por el Alzheimer) Este año se cumple el centenario del nacimiento en Dublin de Irish.  Fue una joven provocadora, libre sentimentalmente hasta el extremo (entre sus amoríos más sonados está la relación con el judío Elias Canetti, que no la trata muy bien en sus memorias) sumamente inteligente y brillante en sus novelas y ensayos. Recuerdo con placer la lectura reciente de "El fuego y el sol", un ensayo sobre la paradoja de un Platón que ansía la Belleza y al mismo tiempo destierra a los artistas como un peligro en la búsqueda de la Verdad. Y, en novela, "Bajo la red", su primera novela, no la mejor desde luego, rescatada por Impedimenta el pasado año por la proximidad del centenario, supongo. En ella, una especie de "Ulises" con Londres como escenario y un protagonista que lo recorre como si fuera un Bloom más joven y desorientado, una mezcla de Tom Jones y de David Copperfield, nos muestra con ojos de pícaro las calles, rincones, pubs y gentes de un sucio Londres recién salido de la guerra, bohemio, desternillante, promiscuo y escasamente moral. De aquella lectura saqué una notas que dejan bien clara la calidad intelectual de Irish: "Toda teorización es una huida. Debe dirigirnos la situación en sí, y eso es inexpresablemente concreto. Desde luego, es algo a lo que nunca podemos acercarnos lo bastante, por mucho que intentemos, por así decirlo, meternos bajo la red". ¿De qué red habla Iris y su personaje? Del lenguaje, por supuesto. Algo que vemos en este otro fragmento de diálogo entre dos personajes de la novela: "Hay situaciones que no se pueden desenredar nunca-dijo Hugo- tienes que dejarlas a un lado. Tu problema, Jack,  es que quieres comprenderlo todo con empatía y no puede ser. Uno debe andar a trompicones aunque se equivoque. La verdad reside ahí. -Oh, al infierno la verdad... Las acciones no mienten; las palabras siempre...pero ya veo que todo ha sido una alucinación." (pág. 311). Y más adelante: "¿Cuándo conocemos a un ser humano? Tal vez sólo cuando uno ha comprobado la imposibilidad de conocerlo y ha renunciado al deseo de ello y al final ni siquiera siente su necesidad. Pero lo que uno consigue ya no es conocimiento, es simplemente una especie de coexistencia; y esa es también una de las máscaras del amor". (pág. 325). Y en otro lugar añade: "solo hay una cosa que haga a una mujer perdurar y es la inteligencia". o "encontrar a alguien inagotable es la definición del amor".

Pienso que la inteligencia como elemento básico para "perdurar" es necesario pero no suficiente. En estas cosas el azar, la oportunidad y el "kairós" o "momento adecuado" tienen mucho que decir, según afirmaba el viejo Epicuro basándose en Aristóteles nada menos. Y esto es válido para hombres y mujeres (sólo que éstas últimas también necesitarán superar los prejuicios ancestrales en contra). Y en cuanto a la "inagotabilidad" (lo siento por los "machos alfa"), no se refiere a la sexual, sino a la genuinamente basada en el intelecto, la sensibilidad, la empatía (del griego empathéia: capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos): , la creatividad, la generosidad y la compasión. Miren a su alrededor y si ven a alguien que tenga ese tipo de inagotabilidad, no le dejen que desaparezca de su vida. Hay muy pocos seres humanos así.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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2 febrero 2019 6 02 /02 /febrero /2019 10:57

Cuando hace varios decenios encontré los primeros libros de zen editados por editoriales sudamericanas, en traducciones bastante objetables,  pero con un contenido intrigante, brillante y al mismo tiempo oscuro, o leí los libros del alemán Dürckheim, el norteamericano "El zen de la motocicleta" o los apuntes del jesuita  Thomas Merton, para pasar más tarde con la editorial Kier a los tomos de budismo zen de Suzuki, el término de "lo insípido" comenzaba a serme muy  familiar. El zen no tiene sabor, como un sorbo de té japonés, me decía mi maestra Berta Meneses, una monja católica y maestra zen reconocida. Al estudiar filosófica e históricamente los textos de la sabiduría china que junto a la india, dieron lugar al budismo zen, comprendí que todo nacía en el principio del Tao Te Ching.  "El Tao del que se puede hablar no es el verdadero Tao". Y las palabras enigmáticas de Lao Tsé "Al pasar por vuestra boca, el Tao es insípido y desabrido". También el zen afirma que la práctica del zen es insípida, no lleva a los fastos y gloria de la iluminación cristiana o a las visiones de las prácticas vedantas, del taoísmo mágico o la apertura hindú del chakra místico en el cerebro (la kundalini). 

Los chinos y el zen más puro lo tienen claro, la insipidez se encuentra en el punto de partida de todos los posibles, pasa desapercibido, se transforma infinitamente y como dicen los maestros taoístas "todo el mundo es capaz de distinguir los diferentes sabores, pero la insipidez del centro de todo (el Tao) es lo más difícil de apreciar, pero eso sí, se aprecia infinitamente". Allí  radica el fondo indeferenciado de las cosas, neutral y pleno, o  vacío y disponible, dispuesto a decantarse hacia un lado o al otro con la brevedad de no tomar jamás postura. Todas las escuelas de pensamiento chino, entre ellas las tres principales, taoístas, confucianistas o budistas, coinciden en ese punto, no de una forma mística o intelectual, aunque sí artística, pintura, caligrafía, poesía. Jullien hace un complejo, a veces oscuro, siempre sugerente viaje al interior de esas expresiones del pensamiento tan ajenas y a veces contradictorias o paradójicas con nuestra racionalista educación greco-romana. Nos llevan hasta el límite de lo sentido, de la palabra que lo define, de su estructura filosófica, y nos dejan desnudos delante de la insipidez: es otra dimensión que está en esta en la que vivimos.

Leer a Jullien es un ejercicio deleitoso a menudo pero también en ocasiones opaco o difícil de entender, aunque siempre nos deja con la sensación de que hay algo detrás del discurso que nos concierne y que entendemos aunque nos cuesta digerir. En la última frase del libro nos queda claro lo que se nos ha tratado de explicar: "La insipidez es la experiencia de la trascendencia reconciliada con la naturaleza y dispensa de la fe". Y es que como Jullien afirma "todo el mundo es capaz de distinguir los diferentes sabores, pero la insipidez del centro(¿el Tao?) es lo más difícil de apreciar". Pero el que lo logra accede a lo infinitamente apreciable.

La sensación que nos deja la lectura de este libro tiene que ver con aquél axioma tan caro a este autor, la mayoría de cuyas obras he disfrutado a lo largo de los años, "no importa la sabiduría ni el conocimiento que puedas adquirir, importa "la tensión y el afán de la búsqueda". O como dijo T.S. Eliot, "No cesaremos de explorar/y el fin de todas nuestras búsquedas/ será llegar donde comenzamos/y conocer ese lugar por vez primera./A través de la puerta desconocida y recordada/cuando lo último por descubrir en la tierra/ sea lo que fue nuestro comienzo".

La insipidez nos recuerda el autor, tiene  que ver, está unida al desapego interno respecto a todos los motivos y motivaciones posibles, en una tendencia permanente hacia unas mayores simplicidad y sobriedad, El Sabio, nos dice,  "saborea el desabor, actúa sin actuar y se ocupa de la desocupación...percibe que los opuestos lejos de estar bloqueados en la individualidad no dejan de condicionarse unos a otros y comunicarse entre ellos...el arte y la sabiduría consisten en dejarse llevar de un polo al otro, interviniendo lo menos posible, con el fin de disfrutar plenamente de la lógica de la realidad...y prestas atención a las cosas cuando aún son fáciles de manejar".

Lecciones de estrategia vital que están en el polo opuesto de nuestra manera occidental de acercarnos a lo "real". Pero aún con esa dificultad inherente, Jullien logra interesarnos y persistir con paciencia y tozudez en ese modo de percibir y actuar -o no actuar- en el que el concepto difícil de entender (para nosotros) de la insipidez tiene un papel clave. De lectura obligada (y trabajosa a veces) para todo estudioso o aficionado a la cultura milenaria china, a su arte, filosofía y psicología social y personal.

FICHA

ELOGIO DE LO INSÍPIDO.- François Jullien.- Trad. Anne-Helene Suarez.-172 págs. Ed Siruela.- ISBN 9788478443888

 

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1 febrero 2019 5 01 /02 /febrero /2019 09:35

El cuerpo ha sido el gran ausente de la filosofía occidental, sobre todo después de Platón. El cristianismo lo anatematizó destruyendo los desnudos artísticos, inventando la autotortura y colgando la rueda de molino del escándalo en el cuello del pobre y virtuoso Epicuro. El cuerpo ha sido el gran sospechoso, la urna de los "pecados"  más sombríos. Desde los estoicos, Plotino, Agustín, Leibniz, Spinoza... hasta Kant, Wittgenstein, Cioran, el cuerpo era un obstáculo para la "salvación" del alma por supuesto y para los filósofos más serios,  un modo de acceso bastante dudoso para el conocimiento de la realidad, como nos mostró Descartes.

Pero somos cuerpo, fundamental, inevitable, esencialmente. Aunque no sólo cuerpo, por supuesto. Pero ese "algo" más tiene el sello de la sospecha que provoca la metafísica. Por eso me gusta la intuición ancestral, legendaria, de la filosofía taoísta. La disponibilidad del ser como ser, pasa por su cuerpo o más bien por su "ser constitutivo" que es una unidad absoluta en la que para entendernos, están integrados cuerpo físico y ese "algo" inmaterial o más bien indefinible que lo sustenta. En la filosofía moderna parece que solo Nietzsche criticó esa ignorancia del cuerpo y precisó, como los maestros taoístas, que la respiración es la esencia del vivir ahora. Respirar es renovación permanente, sin un antes ni un después, respiras luego eres, entra en una alternancia continua que define la existencia, la expresión vital del ser y  la realidad de la que forma parte, marcando mejor que la mente -tan difusa por lo general en esa cuestión primordial- un "afuera" y un "adentro" que propicia la "apertura" del cuerpo, por sus orificios, al entorno con el que se inter-relaciona. Pura lógica físo-orgánica. Pienso, luego existo. No. Empecemos por respiro, luego existo. Y para filosofar, dice el taoísta, respira por todo el cuerpo, desaparecerá la crispación del ahogo, de la falta de aire que es la falta de visión, y el pensamiento florecerá desde ese hálito necesario para poder pensar, precisamente. Todas las filosofías occidentales han empezado por analizar la percepción y no se han percatado que hay un "antes" que cambiaría la trayectoria del pensamiento y quizá su eficacia: empezar por una "filosofía de la respiración". Parece banal. ¿pero lo es? El taoísmo y el budismo, contemporáneos mas o menos de los presocráticos, se ajustaron a ese "pliegue" de la razón natural y orgánica y en él cimentaron una filosofía brillante (a la que estamos obligados a volver una y otra vez conforme avanzamos en nuestro camino de la razón y el logos y el universo cuántico). Ellos empezaron por lo más básico del hombre para buscar la excelencia y el bienestar sel ser. Nosotros nos desviamos por caminos que han pasado por dos guerras mundiales, infinidad de conflictos y una tecnología que nos va anulando mientras nos posee. Muchos desconfían de esa deriva consumista y tecnológica. Ya no se puede mirar hacia oriente. Han sido conquistados y adoran a los mismos dioses de los bits. Es hora de pensar, informarse y mirar hacia dentro. Estamos en el mejor de los mundos para hacer eso posible.  El budista diría "usa la fuerza del enemigo para volverla contra él". Respira profundo y piensa.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

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