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26 diciembre 2018 3 26 /12 /diciembre /2018 08:58

"¿Cuándo conocemos a un ser humano? Tal vez sólo cuando uno ha comprobado la imposibilidad de conocerlo y ha renunciado al deseo de ello y al final ni siquiera siente su necesidad. Pero lo que uno consigue ya no es conocimiento, es simplemente una especie de coexistencia; y esa es también una de las máscaras del amor".

El razonamiento que antecede es obra de la novelista británica Iris Murdoch. Pertenece a su primera novela "Bajo la red", publicada en 1954. Se trata de una afortunada mezcla de varios venerables conceptos filosóficos y psicológicos que la autora ha tenido el ingenio de unir para definir una situación humana en su novela. La traigo a colación pues encaja en algunas reflexiones que estoy haciendo en torno al conocimiento del "otro", cuando ese "otro" es tu pareja, tu marido o tu mujer y llevas tiempo, a veces mucho, décadas, conviviendo y compartiendo las vicisitudes habituales que la vida va enviándonos, ya sea de un color o de otro, deseables o dolorosas, benéficas o desequilibradoras. He comprobado, a través de años de experiencia propia y de práctica clínica, la veracidad del aserto o enunciado básico : la imposibilidad de conocer -verdaderamente- a otro ser humano, a pesar de compartir la vida y las experiencias propias de existir. No debería sorprendernos ya que, como sabemos bien en el ámbito de la filosofía , la psicología (y la más lejana y menos asequible, sabiduría) son pocos los que se conocen a sí mismos, teóricamente un objetivo más "fácil" que el de conocer a  un otro. Y sin embargo hay "algo" que se evade de la esfera del conocimiento, ocurre en algunas personas y en ciertas ocasiones:  una especie de intuición que tiene más que ver con los sentimientos y las emociones que con el saber empírico. Es lo que la Murdoch oculta tras la frase "una de las máscaras del amor". Sabemos que hay en esa persona a la que amamos una compatibilidad esencial, una respuesta segura y reconfortante cuando todo alrededor se desmorona. Puede ser un amigo, un familiar muy cerca e íntimo, a veces, en ocasiones excepcionales, un desconocido. ¿De dónde proviene ese "conocimiento"? ¿Cómo se mide, identifica, delimita, define, experimenta, estructura? Los estudiosos pueden buscar una respuesta  que fije cierta certeza científica, pero suelen dar sólo con acercamientos, evocaciones y una indefinible perplejidad. Desde Spinoza, Descartes, Montaigne o Wittgenstein, el resultado es muy semejante. El silencio o el misterio acientífico que pertenece a las "razones del corazón". 

En el ámbito del desamor, del rechazo, del envilecimiento, de los temores propios o ajenos, ocurre exactamente lo mismo. Sólo cambia la polaridad de ese "algo" que vuelve desconocido y aterradoramente sorprendente a un sujeto al que creíamos "conocer" de forma profunda.

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25 diciembre 2018 2 25 /12 /diciembre /2018 10:55

Claudio Magris dedica un pequeño ensayo a una gran cuestión social, política, personal, filosófica e histórica: el secreto. Decía Voltaire que "el que revela el secreto de otros pasa por traidor y el que revela el secreto propio, pasa por imbécil." Pero eso no obsta para que el secreto esté rodeado de un extraño poder de fascinación: basta leer la palabra y ya tenemos nuestra atención dirigida y cautivada (y manipulada, seguramente). Hay una mórbida sugestión por los secretos (sobre todo los de los demás) y una ambivalente sensación, entre el rechazo y el temor, por los nuestros (junto a un difícil de explicar deseo por compartirlo como forma de lograr la valoración del otro). Freud lo convirtió en el buque insignia del psicoanálisis y Magris  ha sacado el concepto a la plaza pública virtual del siglo XXI como lo que es: una bomba con la mecha encendida en una Red de redes que parece alimentarse con ellos y que han provocado, provocan y provocarán dramas y tragedias que encantarían a Shakespeare o a Platón, pero que aterrorizan a cualquier  hijo de vecino de este siglo tecnológico que se nos ha ido de las manos.

Desde los "fake news", a las mentiras o los niveles de conspiraciones con fines políticos o económicos o simplemente delictivos comunes, los rumores, la maledicencias van sembrando una sombría y ambivalente nube tóxica que halaga los instintos más bajos de la audiencia global, creando una subespecie pérfida y patológica que se alimenta a sí misma y a la que la mayoría contribuye a aumentar. La antigua exigencia profesional de la constatación y el contraste de las fuentes de la noticia ha pasado al olvido. El filósofo Francis Bacon en el siglo XVII, lo dijo con claridad de proverbio: "difama que algo queda", la chafardería contagiosa va haciendo de la verdad un animal exótico sembrando de víctimas su recorrido y su existencia corta pero ponzoñosa (corta en las noticias del día pero no en el archivo social de las reputaciones: que le pregunten al pobre Morgan  Freeman, un actor de lo más serio y probo de Hollywood, objeto de un fraude periodístico creado por una irresponsable que se cree periodista). Nunca en toda la historia humana ha habido tantos medios y posibilidades de desvelar secretos, inventar noticias y atacar o destruir reputaciones.

No hay una intención ensayística profunda en este conjunto de reflexiones en torno al secreto. Magris picotea  en la cuestión y va dejando elementos para que el lector reflexione por sí mismo. No se trata de una hermenéutica del secreto sino más bien una fenomenología apoyada en ejemplos y autores varios (Marías, Chesterton, Singer), dada su proximidad con la literatura y el cine o, como en el caso del secreto de confesión, el autor saca a colación la eficacia de algunos blindajes o custodias eficaces.

Una cita de Chesterton sirve a Magris para preguntarse sobre la necesidad de desvelar algún tipo de secretos, por su falta de importancia o, en el polo opuesto, por los efectos dañinos innecesarios que podrían suponer su revelación. Como en "La Gaviota" de Chejov, también se platea la problemática de los secretos entre las parejas y la absurda necesidad de revelarlos que suponen más daño que lo que el propio secreto ocultaba. Y se pregunta al respecto sin la transparencia total es conveniente o si hay pequeñas zonas propias en las que conviene mantener la opacidad. Y de ahí carga contra “…el sofisticado crecimiento tecnológico de los medios de comunicación (que) permite violaciones de la elemental vida privada cada vez más inquietantes, en una espiral de comunicación global que se convierte en expropiación de la persona, voyerismo disfrazado de ciencia, de investigación social, de denuncia política, de chismorreo pseudocultural”.

Y más adelante añade: "Cada vez es más difícil conciliar la defensa de la persona con las crecientes intromisiones abusivas y la exposición a la luz pública de toda intimidad, similar a la picota de otros tiempos, con la lucha por desenmascarar los secretos, es decir los engaños y los crímenes que envenenan más y más la sociedad, el Estado, la vida de la comunidad. Hay una intimidad que debería ser inviolable, más aún en la época del nudismo psicológico y del registro universal de masas".

FICHA

EL SECRETO Y NO.- Claudio Magris.- Trad. Pilar González. 50 págs. Cuadernos Anagrama.ISBN 9788433916129

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22 diciembre 2018 6 22 /12 /diciembre /2018 09:58

La palabra estrés procede del latín "stringo", apretar, comprimir, estrechar, contraer, mermar, conmover el ánimo. Es la enfermedad de nuestro tiempo, como la neurosis fue la del siglo XX, según Freud. El estrés en una forma de neurosis en realidad. Es cuando el "tener" somete al individuo a todas sus exigencias para llevarle a la "felicidad". En realidad le lleva a la frustración, al desánimo y a arrastrar una cadena pesadísima (recuerden la del fantasma del señor Marley, en el Cuento de Navidad de Dickens) formada por la necesidad insaciable de dinero, propiedades, cosas, personas, poder. Ya que el tener. como es bien sabido, es aquello en lo que se pierde el ser. 

Los maestros del pensar greco-latinos, los filósofos que proponen "la vida buena" (tan alejada de la "buena vida") los venerables pensadores taoístas o zen, vienen a coincidir más o menos en una "fórmula" muy sugestiva, proponen una manera de ser, un estilo de vida, un comportamiento que suena a utópico e irrealizable en nuestra afanosa cultura de la técnica envolvente y el consumo histérico, el "otium"escaso y mal considerado y la filosofía convertida en pragmatismo atado a la cuenta de resultados. La sugerencia está recomendada para el sujeto estresado por una existencia configurada como fuente de problemas y necesidades insaciables. Haciendo uso del sincretismo entre los maestros citados, cito a un pensador chino del siglo III a.C. Lo resumía así:

"Debemos ser como un espejo/que acoge pero no retiene/refleja todo lo que pasa/y lo deja pasar sin apegarse./Ni rechaza ni guarda para sí;/todo aparece y desaparece/sin que él fije nada./Su facultad se ejerce indefinidamente/pero nunca sale dañado."

¿Difícil de entender? No tanto. Piense en alguno de sus más persistentes problemas. La "falta de tiempo", por ejemplo. La amistad o el amor. La familia o el sexo compulsivo. Hay donde elegir.

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21 diciembre 2018 5 21 /12 /diciembre /2018 09:18

En  2017, Kazuo Ishiguro  recibió en Premio Nobel de Literatura.  Aunque su obra más conocida fue "Los restos del día", (mejor titulada  en la película "Lo que queda del día" por James Ivori) publicada en 1989., me siento personalmente más atraido por "Cuando fuimos huérfanos", con la que comparte un estilo narrativo muy parecido (el protagonista cuenta en primera persona una serie de experiencias propias, desde un tiempo presente para el lector, pero que puede saltar del pasado al futuro del protagonista, justificando de manera indirecta los acontecimientos que narra y sobre todo su  comportamiento, sus errores o sus aciertos, aunque siempre con una ironía que parece surgir de forma espontánea y no premeditada y que paradójicamente hace que el lector se cuestione o se asombre ante los comportamientos del protagonista. La memoria del protagonista, el mayordomo Stevens, y sus laberintos y sinuosidades, sus invenciones y manipulaciones van tejiendo el tapiz de la novela y mostrando el fondo metafísico de este  libro (y del otro citado,  que ya comentaremos otro día) y que concierne a la sensación inevitable de pérdida, quizá provocada o no evitada por el propio protagonista. En esta ocasión se personifica en una mujer, un ama de llaves que trabaja en la misma mansión, a la que Stevens -un estirado y ceremonioso mayordomo al servicio y adoración de lord Darlington- no querrá o sabrá entender, ofuscado por su falta de enpatía y su férreo control "profesional".

Mr. Stevens, nos muestra a través de un monólogo interior su percepción y concepción del mundo, enmarcado en el concepto que tiene  de la "dignidad" de su trabajo y de la lealtad al señor, heredado de su padre, también mayordomo.  Muestra, aunque la razona, una incapacidad para la crítica, a pesar de las pruebas que da su señor de falta de ética en su servil relación con los nazis, en los años anteriores a la guerra. 

La novela comienza unos años después de esos acontecimientos, en el verano de 1956, cuando Lord Darlington ya ha fallecido y su mansión es adquirida por un millonario norteamericano, que contrata a Stevens para que siga como mayordomo en Darlington Hall.  Este convence a Stevens para que use su automóvil y haga un viaje de vacaciones por la campiña inglesa mientras él está ausente. Durante ese viaje, el protagonista va recordando partes de su pasado que hilvana indirectamente con los menudos eventos que van surgiendo durante su viaje. Stevens decide desplazarse por el país hacia la localidad de  Weymouth, donde vive la señora Benn, antigua ama de llaves de Darlington Hall, coprotagonista indirecta de la novela.  Y jornada a jornada, Ishiguro desplegará ante el lector una novela perfecta de luces y claroscuros, de máscaras que apenas se deslizan para desvelar una realidad mucho más amarga que los amables paisajes que el mayordomo deja atrás. Stevens despliega un amplio tapiz entre su pasado y el presente en el que la pérdida toma dos rostros : el de su dignidad, causada por su señor Lord Darlington , que se dejó seducir por el fascismo y conspiró indignamente para conseguir una alianza entre Inglaterra y Alemania. Y , lo que nunca llega a reconocer, su propia actitud de falta de dignidad y sentimientos ante el ama de llaves, a la que visita para tratar de que vuelva a trabajar junto a él, por motivos de frío interés profesional, ignorando la evidente infelicidad que ha provocado en ella.  

Quizá un excelente reconocimiento de la calidad de esta novela se deba a la película que se filmó con dos actores de excepción, Anthony Hopkins y Emma Thompson, dirigidos por James Ivory . 

FICHA

LOS RESTOS DEL  DIA.-Kazuo Ishiguro.- TRad. A.Luis Hernández Francés.-256 págs. ANAGRAMA. ISBN: 9788433914293

 
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19 diciembre 2018 3 19 /12 /diciembre /2018 10:13

En un libro de entrevistas a Picasso publicado en Francia en 1998 se hablaba del arte, de su arte naturalmente, y de sus características como creador. En un momento dado, comentó: "Cada ser posee la misma  cantidad de energía. La persona promedio malgasta la que tiene de mil maneras. Yo canalizo mis fuerzas en una sola dirección: la pintura y por ella sacrifico el resto, a usted y a todos, incluso a mí". Aunque podamos objetar algunas cosas sobre ese comentario, lo cierto es que muestra un determinación absoluta que sin duda es el origen o la semilla de la dinámica, incansable, creatividad del genial malagueño. Picasso, comentaba Marie-Laure Bernadac, una de las entrevistadoras, podía trabajar tres o cuatro horas seguidas sin hacer ningún gesto suprefluo. A la pregunta de si eso no le producía cansancio o rigidez, respondió: "No. Cuando trabajo, dejo mi cuerpo en la puerta, como los musulmanes dejan el calzado antes de entrar en la mezquita. En ese estado el cuerpo existe de manera vegetativa...por ello, los pintores en general, vivimos tanto tiempo". Picasso confirmaba a su manera y seguramente sin tener mucha información sobre el taoísmo, lo que los maestros chinos, en concreto Zuangzi, llaman la "vía del no desgaste". Y pone como ejemplo al bailarín que hace su danza perfecta precisamente porque todos sus gestos se imponen a él con la exactitud fluyente de lo natural: el bailarín -o Picasso- se hace completamente permeable a su arte, sin que pueda discernir separación o escisión entre el cuerpo y el espíritu o la energía que lo domina con la lógica pura de su realización espontánea. Al olvidar las reglas, el procedimiento, el tiempo, el lugar o su circunstancia, el artista cumple en sí mismo su misión y crea la obra de arte. ¿Podríamos aspirar a vivir nuestra existencia cotidiana con un enfoque semejante? Es decir preservar nuestra vitalidad interior para aquello que consideremos esencial evitando "toda persecución de un objetivo y búsqueda de una finalidad", simplemente viviendo lo que acontece tal como ocurre y, como dirían los estoicos, aceptando que las cosas ocurran tal como ocurren, sin interferir y mucho menos oponernos.

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18 diciembre 2018 2 18 /12 /diciembre /2018 09:15

Cervantes y "Don Quijote" es a los libros de caballerías lo que el guionista y escritor norteamericano William Golldman y "La princesa prometida" es a las novelas y  películas de "grandes aventuras y amores verdaderos". El primero usa  a Cide Hamete Benengelí, un escritor morisco, "arábigo y manchego", como supuesto autor de la obra y Goldman se inventa a un escritor norteamericano de ascendencia nórdica -en realidad nacido en "Florín", un reino fantástico- llamado S. Morgenstern . Cervantes busca compañero  y amada para su caballero de la Triste Figura y Goldman se conforma con dos compañeros para su héroe Westley (que tiene una muy bella figura): Fezzic el gigante e Iñigo Montoya, un espadachin  español ("guiño" de Goldman al lector avisado) y por supuesto una Bella princesa, la más hermosa de mundo, (llamada absurda o irónicamente Buttercup, "pastelito" en castellano) que en realidad ni siquiera es de sangre real (es de origen campesino, como el héroe, una  lechera). Pero donde Cervantes lleva su fantasía a estrellarse continuamente con una realidad sórdida, Goldman lleva su hiperbólica y desmesurada irrealidad novelesca a superarse a sí misma en una escalada de imposibles en franco desafío a lo posible, trufada toda ella de la realidad, entre bromas y veras, del propio Goldman. Don Quijote y Sancho cabalgan por una Mancha casi documental y los héroes de nuestra historia corren sus increíbles aventuras por un supuesto reino de "Florin, que se extendía entre Suecia y Alemania. Por supuesto "antes de que formara Europa". En un caso, el cervantino, los "malos" son reales y circunstanciales o imaginados e inexistentes; en nuestra novela, el malo es el príncipe de Florín, llamado Humperdinck, un psicópata que "tenía la forma de barril...pecho enorme de barril y muslos poderosos abarrilados, pesaba cerca de ciento veinte kilos y caminaba de costado como un cangrejo" y su hombre de confianza, otro psicópata llamado conde Rugen, cuyo mayor placer era estudiar los efectos del dolor en todo ser viviente, tenía seis dedos en la mano derecha, maestro espadachín y pieza importante en esta original "novela" pues es el sujeto que asesinó al padre de Iñigo Montoya (que era un fabricante de espadas extraordinarias) y causa la obsesión de Iñigo por encontrarse con él y matarlo (la frase "Me llamo Iñigo Montoya; tú mataste a mi padre; prepárate a morir" se repite bastantes veces en la novela, cada vez que Iñigo tiene ocasión de decirla...y son muchas). Y por fin, si en Cervantes el concepto clave es la dialéctica ficción-realidad, aquí es realidad-ficción- realidad ficcionada, más complejo y considerablemente más irónico, sarcástico y juguetón (aunque, como pueden suponer pertenecen a dos niveles literarios distintos y aquí acaban las comparaciones, similitudes e influencias del gran Cervantes en el divertidísimo e inteligente William Goldman). Por último, aunque no menos importante, el concepto ético que domina esta rara novela es "La vida no es justa, nunca lo ha sido y nunca lo será" con lo que redunda un poco en lo que piensa el lector de "El Quijote" cuando el Caballero pasa las de Caín en nombre de su "Amor Verdadero", para acabar además muriéndose de tristeza con el cuerpo apaleado y todo su mundo reducido a una "locura" objeto de burla.

Otra característica que rinde homenaje a la excelencia literaria es el recurso a la oralidad como base para la narración. De abuelos a padres y de estos a hijos, "La princesa prometida" va siendo leída a niños atentos, entusiasmados y reacios a que les den gato por liebre. Por tanto en el libro se entrecruzan varios niveles: el del narrador primigenio, Morgenstern, el del "compilador" y "sintetizador" del largo original, Goldman y el del hijo que fue Goldman o el del propio "hijo" de éste, un gordito que será redimido por el ejemplo de Swazenegger  (en la vida real Goldman tuvo dos hijas, pero SI les leyó la historia de la Princesa que estaba escribiendo) y, naturalmente, las "morcillas" o intevenciones continuas de Goldman en sus funciones de "re-escritor" que nos habla de su propia vida, sus problemas legales "con los herederos" de Morgenstern, su propia mujer, Helen, una conocida psiquiatra (creo que invención del escritor, ya que su esposa no era psiquiatra ni se llamaba Helen), sus guiones de cine (entre ellos, dos premiados por sendos Oscar, "Dos hombres y un destino" y "Todos los hombres del presidente" y otros grandes éxitos como "Misery" de Stephen King (que pasa a ser personaje de este libro), "Marathon Man", basada en una novela suya, y otras muchas, una brillante carrera truncada por la Parca el pasado 17 de noviembre. Y, sobre todo, destaquemos el humor y la desternillante ironía con que Goldman nos va contando los cortes y supresiones de páginas que hace al original de M. porque son aburridas y ya las hizo un su día el padre o abuelo que leía dicho original ("como en Moby Dick hay que saltarse las aburridas páginas sobre los detalles de la caza de ballenas", dice W.G.).

"La princesa prometida", publicada originalmente en 1973, con versión cinematográfica de 1987,  es una joya de la metaliteratura, llena de un humor a ratos de brocha gorda, tipo Tom Sharpe o Rabelais, o de sarcástica sutileza como Wodehouse, Mark Twain, Waigh o Sterne, es decir un humor más británico que yanqui. Desde la nota del editor recomendando al lector que se salte las dos introducciones del autor (la primera en el 25º aniversario de la novela y la segunda en el 30º)   y vaya a la página 45 para ver de qué va la cosa, hasta la guasa de signo superlativo que destilan las dos introducciones, paeando por la descripción de los cortes que Goldman hizo al original de Morgenstern, hasta los problemas del "compilador" en su intento de escribir una continuación de "La Princesa prometida" que llevaría por título "El bebé de Buttercup" y que los editores habían decidido encargar a Stephen King porque vende más libros que Goldman, pasando por las casi treinta páginas que se adjuntan de dicha continuación (con los comentarios agudamente sarcásticos del autor), el lector queda bien servido, aunque apenado porque ya sabe que NO LEERÁ dicha continuación en forma de libro, por fallecimiento del autor.

Este artefacto  literario que, como la película (dirigida por Bob Reiner), se ha convertido en un libro de culto para entendidos o avisados lectores y cinéfagos (parece ser que hay millones repartidos por todo occidente), debería ser objeto de una oferta librera peculiar: un pack que contuviera el libro y también un dvd con la película. La imaginativa editorial, "Ático del los libros" podría apuntarse un tanto superior al que ya tiene por haber publicado esta magnífica edición que tengo en mis manos.

Por cierto, para que quede constancia de la rara erudición (y no sólo en las cosas del reino de Florín) de Goldman, parece ser que el nombre de Simon Morgenstern, el "genuino autor" de "La princesa..." es un homenaje al creador del término literario de origen alemán "bildungsroman", es decir, "novela de iniciación" como el "Werther" de Goethe o "Las afinidades electivas", "La isla del Tesoro" de Stevenson, o "El artista adolescente" de Joyce. Su nombre: Johann Karl Simon Morgenstern. 

Pero todo este artículo suena demasiado a literatura seria, así que me detengo y les conmino a leer una novela que trata dinámica, divertidamente, emocionante y también de forma arrolladoramente sugestiva, asuntos tales como: "esgrima, lucha, tortura, venenos, amor verdadero, odio, venganza, gigantes, cazadores, hombres malos, hombres buenos, las damas más hermosas, serpientes, arañas, bestias de toda clase y aspecto, dolor, muerte, valientes, cobardes, forzudos, persecuciones, fugas, mentiras, verdades, pasión y milagros." Y no dejaréis la lectura hasta saber "¿qué fue de la hermosa Buttercup y del pobre Westley, y de Iñigo, el más grandes espadachín de la historia mundial? ¿Cuan fuerte era en realidad Fezzik? ¿Tenía límites la crueldad de Vizzini, el siciliano o la del príncipe  de Florín o la de su esbirro  el conde que tenía seis dedos en la mano derecha y había matado al padre de Iñigo?"

En fin, disfruten leyendo y si pueden háganse con la película. Les garantizo que cualquier lector que se "enganche" a esta novela acabará formando parte de un selecto club mundial, con sede en Florín, ese país enredado en uno de los pliegues de la vieja Europa. Y compartirá con millones de amigos una frase emblemática que los distingue a todos y cada uno del resto del mundo: "Me llamo Iñigo Montoya: tú mataste a mi padre, prepárate a morir".

FICHA

LA PRINCESA PROMETIDA.- William Goldman.- Trad. de Celia Filipetto.- 390 págs. Ed. Ático de los Libros.- ISBN 9788416222636

 

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15 diciembre 2018 6 15 /12 /diciembre /2018 09:11

Hace algún tiempo les hablé ya de Iris Murdoch, una narradora y ensayista anglo-irlandesa, profesora de literatura en un colegio de Oxford y alumna de Wittgenstein, de una inteligencia novelesca y una sensibilidad literaria bastante fuera de lo común. Una película soberbia titulada "Iris" nos hablaba de su genialidad y del cruel desenlace de su vida, privada por el alzheimer de su libre y avasalladora personalidad creativa.

Pasada la treintena Murdoch publicó su primera novela "Bajo la red" con un éxito fulgurante que años después le valió el juicio lisonjero de la revista "Time" de considerar dicha novela una de las 100 mejores novelas publicadas en inglés en el siglo XX. Personalmente discrepo de ese juicio aún considerándola una buena novela (como suelo rechazar esa obstinación de algunos de hacer "listas" de valor literario o artístico en base a...su propio y personal criterio). 

Iris Murdoch  fue una mujer particularmente brillante con n una narrativa a la altura de su inteligencia y de su personalidad renovadora, desafiante y anticonvencional, llena de un sentido de la ironía y el humor que, como en esta historia, llega a extremos hilarantes. Su capacidad de crear personajes por corrientes y creíbles al mismo tiempo, de escribir diálogos de una sonriente profundidad que arrastran al lector o de imaginar situaciones surrealistas dentro de la comicidad más inesperada. Tiene las características ideales para encarnarse en un escenario o en una película: dinamismo, sensibilidad, inteligencia y humor. 

Las venturas y sobre todo desventuras de Jake Donaghue, un escritor  en horas bajas que malvive como traductor, parece convertirse en una especie de parodia del "Ulises" de Joyce mezclado con la picardía, la desverguenza y el talento picaresco de un Tom Jone. Las relciones del protagonista con una antigua novia Anna y su hermana, Sadie, junto a la presencia de su amigo Hugo, un filósofo tan perdido como él pero capaz de tener ideas que Jake se apresura a apropiarse para sus propios intereses. Londres se convierte en la contrafigura de Jake, una especie de laberinto infernal que proporciona a la Murdoch la excusa para mostrarnos la endemoniada Corte de los Milagros que es la capital inglesa de mediados del siglo XX. Un don Quijote patético y encajador de rechazos, acompañado por su Sancho donQuijote (el primo lejano, Finn) que es su contrafigura. 

Esta novela picaresca inglesa del pasado siglo tiene, como sus homólogas hispanas, inglesas o francesas una profunda amargura soterrada bajo el brillante manto de humor, sarcasmo e ironía. Con un elemento añadido nada desdeñable:  las frases de estilo filosófico y lingüístico que van espolvoreándose aquí y allá (y que es una de las características de este autora). Como muestra un botón que resume filosóficamente las peripecias del protagonista: "Toda teorización es una huida. Debe dirigirnos la situación en sí, y eso es inexpresablemente concreto. Desde luego, es algo a lo que nunca podemos acercarnos lo bastante, por mucho que intentemos, por así decirlo, meternos bajo la red". ¿De qué red habla Iris y su personaje? Del lenguaje, por supuesto.

como vemos en este otro fragmento de diálogo entre Jake y Hugo: "Hay situaciones que no se pueden desenredar nunca-dijo Hugo- tienes que dejarlas a un lado. Tu problema, Jack,  es que quieres comprenderlo todo con empatía y no puede ser. Uno debe andar a trompicones aunque se equivoque. La verdad reside ahí.

-Oh, al infierno la verdad... Las acciones no mienten; las palabras siempre...pero ya veo que todo ha sido una alucinación." (pág. 311)

Y más adelante: "¿Cuándo conocemos a un ser humano? Tal vez sólo cuando uno ha comprobado la imposibilidad de conocerlo y ha renunciado al deseo de ello y al final ni siquiera siente su necesidad. Pero lo que uno consigue ya no es conocimiento, es simplemente una especie de coexistencia; y esa es también una de las máscaras del amor". (pág. 325)

Fallecida en 1999, con 80 años, Iris Murdoch, tal vez por la calidad intelectual y literaria de su narrativa y también  gracias a los empeños de su compañero durante la mitad de su vida, el crítico literario John Bayley, que publicó dos maravillosos libros sobre la escritora, Elegía a Iris (1999) como Iris y sus amigos (2000), editados en Alianza, parece vivir un auténtico renacimiento en el interés del público lector. 

FICHA:

BAJO LA RED.- Iris Murdoch. Traductores: Javier Alfaya y Barbara McShane.  Editorial: Impedimenta.- 345 págs. ISBN: 9788417115890

 

 
 
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14 diciembre 2018 5 14 /12 /diciembre /2018 09:22

La búsqueda de la excelencia en el propio comportamiento, en la acción, las ideas y la vida de la persona,  fue uno de los objetivos filosóficos de dos grandes escuelas de la Grecia antigua, los epicúreos y los estoicos. Dejaremos a un lado por esta vez todo lo que Platón y Aristóteles apuntaron y los budistas y los taoístas escribieron al respecto. En esta ocasión recurro a un clásico de los nuestros. A un aragonés universal que se llamó Baltasar Gracián y  engalanó con su prosa toda la primera mitad del siglo XVII (1601-1658). ¿Y el motivo que me  llevó a reflexionar sobre ello? La escasa calidad humana e intelectual de la mayoría de nuestros auto considerados "políticos" y la situación crítica a la que nos están empujando. Y, por favor, no se crean que hablo sólo de los españoles (que están en uno de los lugares más altos de corrupción e ineficacia del ranking europeo, y son datos al alcance de cualquier aficionado a las hemerotecas o simplemente a leer diarios o ver los informativos), en general me refiero a la clase política (con excepciones; pocas, pero existen) de este mundo globalizado que se ha olvidado de globalizar también la ética personal y política como una de las exigencias básicas de todo el que se dedique a gestionar la cosa pública.

 Escribía Gracián y debería ser pregunta de examen obligatoria para el alto funcionariado español: "Las cualidades personales deben superar las obligaciones del cargo y no al revés. Por elevado que sea el puesto hay que demostrar que la persona es superior". Bastaría citar al emperador Marco Aurelio que llegó al cargo, por razones familiares, pero se empeñó toda su vida en vivir conforme a las leyes de la excelencia ética, en sus funciones y en su comportamiento personal. "Gracián configuró sus ideales de héroe, político, discreto, agudo y prudente en el terreno de las ideas y en el de la acción...que aspiraban a la excelencia...en todos los órdenes del saber y del obrar", nos dice Aurora Egido. A pesar de "las tremendas dificultades que suponía el logro de la excelencia estética y moral en un mundo plagado de obstáculos y regido por necios". ¿Les suena a algo conocido aquél mundo del siglo XVII? ¿O más bien deberíamos clamar como en "El Rey Lear" de Shakespeare: "Es la epidemia de la época: una civilización de ciegos guiada por unos locos".

 

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12 diciembre 2018 3 12 /12 /diciembre /2018 10:38

En sus "Meditaciones de El Quijote", Ortega, sólo diez páginas después de comenzar su prólogo dedicado al "Lector...", escribe la que muchos consideran la frase emblemática del discutido y admirado filósofo español (para comprender esta valoración lean ustedes el magnífico "Ortega, el maestro en el erial" de mi colega Gregorio Morán). "Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo". Y aclara "es decir, buscar el sentido de lo que nos rodea". Leyendo estos días a Jullien me he acordado de esta frase orteguiana que la mayoría de la gente convierte sólo en el yo y su circunstancia como señas de identidad. El filósofo francés desconfía del empeño en buscarle un sentido a la vida. La vida -el conjunto de las circunstancias- no tiene sentido en sí misma. Y tampoco es algo absurdo, un "sinsentido". Lo propio de la vida es que escapa a sí misma: Si nos apegamos a las circunstancias nos perdemos el vivir puro y simple. Zuang-zi, el maestro taoísta, lo dice "Quien mata la vida no muere, quien vive-vive, no vive". Y no se trata, como dice el evangelio de  San Juan de que "El que ama su vida la perderá/y el que aborrece su vida en este mundo/para vida eterna la guardará". No. Esa es la versión cristiana  y sirve sólo para quienes tienen fe en esa creencia religiosa. El sentido taoísta del vivir nos dice que el que se esfuerza pierde su fuerza  y aún más claro, "basta que uno no busque ser grande y admirado para que puedas llegar a lograr esa grandeza". Es la espontaneidad natural de las cosas que uno no debe intentar encauzar, sino "flotar" con ellas y dejarse llevar por su cauce. Por eso Zuang Zi, 23 siglos antes que Ortega y tres antes de Cristo, no enfocaba la vida como un ego enfrascado en salvarse a sí con su circunstancia o en desdeñar la vida "de aquí" para lograr la vida "de allá", sino decía: "no estudiad lo que es la vida (punto de vista del conocimiento), ni tampoco estudiar cómo vivir (punto de vista de la moral), sino aprender a desplegar y preservar la capacidad de vida de la que estáis pertrechados y llevarla a su plena forma". ¿Difícil de entender? Quizá sí, pero piensa en ello.

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10 diciembre 2018 1 10 /12 /diciembre /2018 10:23

Publicada hace 13 años, "Nutrir la vida" que tiene el subtítulo de "Más allá de la felicidad", no ha perdido ni un ápice de su lucidez y de su oportunidad filosófica. Su autor, Francois Jullien, viejo conocido nuestro, es uno de los sinólogos más preparados y sagaces de la amplia nómina de universitarios franceses especializados en la ancestral cultura china.

De Jullien hemos visto su "Un sabio no tiene ideas" y su "Filosofía del vivir" y nos queda pendiente "Del Tiempo" y  "De la esencia o del desnudo". De las tres leídas, quizá la más esclarecedora para mí  y  para el estudioso de la filosofía oriental y sus ecos e influencias en la occidental, sea la que hoy recomendamos. En "Nutrir la vida. Más allá de la felicidad", Jullien  usa un estilo cuyo listón de esfuerzo preciso para leerlo con aplicación y eficacia es muy superior al que exige un Pierre Hadot,  aunque no tan complejo como el de Giorgio Colli, hablando de eruditos en filosofía clásica oriental y occidental (sin duda lo justifica la complejidad y esfuerzo que exigen  las traducciones del chino o del griego antiguo al francés o italiano y luego a nuestra lengua).

Por otra parte la singularidad de la percepción de la vida y el individuo, de la sabiduría enraizada en el pueblo chino a través de maestros legendarios como Lao Tsé o Zuang Zi, Confucio o el budismo chan (zen), dio frutos tempranos de gran vigor intelectual y energís espiritual, que Jullien desgrana a partir del concepto que el segundo de los maestros citados más arriba denominó "nutrir la vida". Sus comentarios enriquecen a cualquier lector que lea con paciencia y sin ideas preconcebidas, tal como quiere Zuang Zi, sin buscar eso llamado felicidad, sin pretender objetivo alguno, sin finalidad, sólo conectando con la calma y la serenidad del "qi" de la energía primordial de la que disponemos (y malgastamos los humanos) todos los seres vivos.

No es este lugar para analizar los diferentes puntos que glosa el erudito francés, desde las técnicas para nutrir el cuerpo y superar la dicotomía del alma en la operación, recordarnos que el apego a la vida se vuelve contra ella, cómo encontrar la fuente de la energía (que no nos pertenece) que circula por la linea vertical del cuerpo desde el vientre a la nuca, para nutrirla y reforzarnos con ella...Jullien, muy en sintonía, con nuestra época nos habla del estrés (palabra que procede del latín "stringere" que significa apretar, comprimir, ahogar) y de las técnicas de moda para reequilibrar a la persona afectada, la psicología profunda, el estoicismo, el zen, la meditación, la relajación, para al final recordarnos lo esencial que se esconde en el pensamiento de los maestros chinos taoístas (tan perseguidos y olvidados en la actual China): la posibilidad que tenemos todos de seguir un proceso no-filosófico, ni utilitarista o pragmático, pero profundamente sabio que se da de bofetadas con la manera occidental -trasplantada ya a oriente- de considerar la vida como un objetivo de progreso, consumo y distracción.

Sólo como muestra o "aperitivo", les recuerdo dos ejemplos activos de lo que nos falta para seguir la "vida buena" que Jullien explicita al final de su libro. El primero es el concepto de "flotar" o "Fluir" como estilo de vida ante los acontecimientos y vivencias que nos salen continuamente al paso. Y dos, tratar de ser como el hombre sabio sabe ser, como un espejo:

"Acoge pero no retiene/

refleja todo lo que pasa/

y lo deja pasar sin apegarse./

Ni rechaza ni guarda para sí/

todo aparece y desaparece/

sin que él fije nada./

Su facultad se ejerce indefinidamente/

sin nunca salir dañado."

Si esto no les parece una tontería banal y saben leer la sabiduría que destila, no se pierdan este libro. Si no es así, olvídense del tema.

FICHA

NUTRIR LA VIDA.-Más allá de la felicidad.- François Jullien.- Trad. Margarita Polo.- Ed. Katz.-239 págs.- ISBN 9788496859067

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