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1 septiembre 2020 2 01 /09 /septiembre /2020 09:33

Ustedes me disculparán pero he decidido poner punto final a esta serie. Podría pasarme el año completo escribiendo cada semana sobre la incidencia fáctica y empírica de ese virus y aún me sobraría para escribir y publicar la "Enciclopedia mundial del idiotavirus y cómo ha influido (pésimamente) en la historia universal". Y he podido llegar hasta aquí por la suerte de no vivir en tiempos de la Inquisición,  aunque bien mirado, la Red se está convirtiendo en un durísimo y cruel tribunal inquisitorial cuyos anatemas, maldiciones y agresiones por ahora son virtuales. En San Marcos 5:9,  Jesús pregunta al diablo cuál es su nombre y éste le contesta: "Legión, porque somos muchos". Pues el idiotavirus crea demonios idiotas por legiones. Y, repito, todos hemos ejercido en algún momento puntual de infestados. La única diferencia con los habituales es que algunos no lo convertimos en un estilo de pensar, hablar y actuar.

Dejaré algunas cosas claras, no soy de los que clama por un pasado que en nuestra memoria selectiva era sin duda mejor, ni despotrico contra los jóvenes porque están mal educados, desprecian a las personas con autoridad, no respetan a los mayores, son incultos, embarulladores y beben demasiado, entre violencias gratuitas y desmadres etílicos y drogatas. Si no recuerdo mal, en varios de los Diálogos de Platón o las comedias de Aristófanes, Quevedo o Shakespeare, se repiten esas condenas. En esencia lo que no ha cambiado es la opinión de los mayores sobre los jóvenes, olvidando aquellos que generalmente cuando ellos mismos eran jóvenes solían comportarse de esa manera o coincidían con compañeros que lo hacían sin demasiado escándalo por su parte. Se comportaban como idiotas. El idiotavirus era considerado entonces por los propios jóvenes un idiotavirtus. Cambiaba el sustantivo pero no el adjetivo. En resumen: el virus de la idiotez se pasea por los siglos como Pedro por su casa. Forma parte esencial de nuestro paisaje humano y lo debemos llevar inscrito en nuestros genes como animales humanos: se activa cuando predomina la parte primera, lo animal,  y se oculta la segunda, lo humano, que siempre se protege con la razón. Vale.

ALBERTO DÍAZ RUEDA.

 

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31 agosto 2020 1 31 /08 /agosto /2020 11:39

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29 agosto 2020 6 29 /08 /agosto /2020 11:53

(Artículo publicado en La Comarca, 280820)

El estupor y la desorientación, la incertidumbre y la angustia creciente marcan las etapas de los estados de ánimo que confiesan los ciudadanos afectados por el enigma educacional, mientras los políticos siguen adictos a la actitud pública y notoria  de un comportamiento basado en el empírico ensayo-error. Lo llevan haciendo desde el mes de febrero pasado, cuando ya se abrían las puertas de un caos anunciado. Han estado desbordados por la izquierda y por la derecha, aunque quizá, como a todos, el desafío  vírico les ha venido demasiado grande y tantas dudas y vacilaciones son inevitables. Ello ha puesto de manifiesto la falta notoria de líderes políticos, dignos de ese nombre, para situaciones tan graves, exigentes y desconcertantes como las que ha creado la pandemia. Escribo esto sin ánimo crítico, sólo soy realista, y hablo de la clase política visible en general: los estados de excepción requieren políticos excepcionales y de esos hay pocos.

Consideremos que los sectores en crisis no son sólo  el sanitario, que ha debido conformarse con palmaditas de consuelo pero sin mejoras, sino también el económico, por el que doblan las campanas de duelo, a pesar de inyecciones varias, y para cerrar el panorama  catastrófico, el educativo (que en el circuito de las necesidades básicas para el progreso de una nación es tan importante como los otros dos). Los maestros y maestras, los profesores de ambos sexos, de todos los niveles educativos, llevan meses literalmente mesándose los cabellos y pensando que las autoridades de ese depauperado sector deben haber pasado del estupor de la pandemia a la inopia de las dudas (escribo esto antes de saber el resultado de las últimas reuniones oficiales). Los medios han reflejado el estado de estupefacción general, fiel reflejo del de la población. El Gobierno asegura que están planteando alternativas y protocolos desde junio,  hay 2.000 millones de euros destinados al sector y se habla de 30.000 docentes por contratar. Pero desde las escuelas a los institutos y a las Universidades, el enigma educacional sigue sin resolverse de una forma clara, definitiva y sobre todo unitaria. Seguimos con el complejo de las Comunidades y sus competencias. Insisto, ¿es que una situación global como la pandemia no debería afrontarse de una manera centralizada con el apoyo de todas y cada una de las Comunidades? ¿Cuál es el presunto hecho diferencial en este caso que justifica que cada una lo haga a su modo y manera? ¿Es que no nos contagiamos y sufrimos o morimos todos de la misma manera, andaluces, gallegos, vascos o catalanes? Es evidente: no hemos aprendido nada de los meses de pandemia transcurridos. Seguimos alimentándonos de conceptos políticos cerrados en lugar de ideas ajustadas a las circunstancias. Y así seguimos sin tener ideas claras y orientativas, de si la educación ha de ser presencial o telemática o mixta, la ratio de niños o alumnos en cada clase, el uso de mascarillas y separación física, los protocolos de respuesta urgente a un rebrote localizado, normas de los deportes y los actos académicos...

El confinamiento como medida extrema, sectorial preferiblemente, es una decisión que tiene unas consecuencias económicas y sociales de primer orden, no pueden depender de la famosa autonomía comunitaria. En tiempo de pesadumbre, no hacer mudanza. Creen un gabinete de crisis permanente donde haya participación paritaria de todas las Comunidades y se tomen las medidas por consenso general. Y se puedan evitar tibiezas tan absurdas y peligrosas como la del señor Torra, por poner un ejemplo, pidiendo por un lado que se respeten las restricciones de personal en grupos y por el otro que para las manifestaciones del 11 de setiembre “ya se verá”. Vamos, señores, un poco de seriedad (el que esto firma se considera catalán de adopción, tras medio siglo de vivir y trabajar en Cataluña). Las Comunidades en general y las más opuestas a “injerencias” estatales ya han demostrado su “pericia” con el Covid19, no repitamos el error.

Es precisa  la participación de todos, desde la gestión política a la de ayudas y situaciones puntuales de agravamiento vírico. Y para ahora, el problema quema. Señores, reúnanse los responsables y pongan a un lado por el momento sus intereses “políticos” o de imagen partidista e incluso independentista.  Ya que en Sanidad no han logrado la unanimidad y la  gradual asimilación de un protocolo de actuación pública y privada que confirmara  las mejoras que provocó  el confinamiento (y así nos ha ido). Todo a causa de esa confusión visceral de confundir los derechos personales y “comunitarios” con las exigencias excepcionales de una pandemia. Ese exceso “constitucionalista”  que prima los derechos de las partes pero no las obligaciones hacia la totalidad del país no resiste un examen de ética y sentido común. Señores políticos, profesores y maestros, alumnos y ciudadanos del común, díganme: ¿Son necesarias más muertes, contagios y amenazas  para que nos planteemos en serio que si no hay una política de defensa conjunta, unitaria, común y solidaria, basada en la precaución, la ecuanimidad y la cooperación de actuación y de  información transparente y lo más veraz que sea posible, nos vamos todos y cada uno de nosotros a abrirle las puertas a la miseria, la dictadura y  el caos?

Y no me refiero sólo a la política o la economía…también a la educación, uno de los puntales medio abandonados en este país  por los gobiernos capitalistas y neoliberales de los últimos decenios. Y la educación, como han dicho muchos pensadores, es una herramienta cargada de futuro.

Más de ocho millones de estudiantes y más de 700.000 docentes se preparan a partir del día 7 de setiembre a encarar un desafío tan pandémico como el virus, contagiable y de posibles efectos devastadores: el del enigma educativo. Enigma que nace del hecho de que, en principio y en puridad, no hay nada menos educativo que afrontar un hecho empírico, la transmisibilidad del virus, sin un protocolo claro, único y obligatorio y sin el añadido sustancial de medios sanitarios y personal adscrito que garanticen hasta cierto punto algo tan mudable y poco previsible como la gestión pandémica. Una actitud de cautela y reflejos rápidos. Equipos de actuación urgente. Directrices ágiles y ajustables a las situaciones. Algo de esto existe, pero hay que perfeccionarlo.  Luego, sólo nos quedan las lamentaciones…y las criticas. Ambas igual de inútiles.-

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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25 agosto 2020 2 25 /08 /agosto /2020 17:17

(PUBLICADA EN LA COMARCA EL 250020)

Todos los seres humanos son idiotas en ciertos momentos de sus vidas,  pero la mayoría lo son más que otros y durante mucho más tiempo. Esta es una teoría bastante plausible. Según Popper, no existen las teorías verdaderas, sino aquellas que han sido contrastadas sin poder ser falseadas. Pero aunque esta fuera falseada (que nadie lo ha logrado), tampoco se abandona, salvo que encontremos una alternativa mejor.

Y si están ustedes bien informados (y no desinformados o saturados) verán múltiples pruebas de esa teoría sobre el virus de la idiotez aplicada a la actual pandemia y a otros enigmas más o menos letales: desde los fanáticos seguidores de un agricultor inspirado, Josep Pamies, que aconseja la ingesta de un producto (el clorito de sodio) parecido a la solución de lejía que preconizaba Trump o Bolsonaro en algunos de sus dislates, a los feroces enemigos de las mascarillas que se reúnen en multitudes bien apretujadas riéndose de las multas y las amenazas, a los reincidentes jóvenes de sacrosantos derechos a la juerga, las fiestas patronales y los botellones: todo es mentira, paranoia conspirativa, intereses económicos ocultos y perversos. Y si viene la vacuna hay que hacer frente común: el Gobierno, o la Internacional Capitalista, nos quieren implantar con la vacuna chips para dominarnos mejor y controlarnos a todos. Y esos "todos" son, por ejemplo los antisistema que viven del sistema, los okupas que viven de la estafa y la extorsión vistiéndose de nuevos samaritanos, provocando situaciones de desamparo y vejación que son el asombro y la incredulidad para el resto de Europa, (leyes inicuas al servicio de pretensiones humanitarias), algunos -no todos- de los clientes del buenismo de nuestra desorientada izquierda que reciben una ayuda indiscriminada sin la debida contraprestación de servicios, todos estos a la altura de los terraplanistas o de los que creen que la llegada del hombre a la Luna fue un truco de Hollywood y la Casa Blanca.  La abundancia de los idiotas ocultaría la luz del sol dejando al orbe en tinieblas. Y no olvidemos a los mini-idiotas: los que se cuelan en las colas, el que se salta las normas de circulación porque cree que nadie lo va a ver, el que tira las mascarillas usadas en las aceras o se cisca en las normas de higiene pública o en las de buena vecindad porque le conviene en un momento dado, o algunos que huyen de la ciudad y llegan a los pueblos para cometer impunemente los agravios que su egoísmo o descuido les sugiere, desde aparcar mal a no dejar dormir a los vecinos con sus gritos y bromas o actuar como si el virus no fuera con ellos. La semana que viene más.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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23 agosto 2020 7 23 /08 /agosto /2020 09:02

Siempre me he sentido atraído por Spinoza, deslumbrado con su pensamiento, intrigado por su vida y perplejo por  las dificultades inherentes a su lectura. Como Sócrates, Montaigne, Russell, Wittgenstein, Epicuro o Pirrón pertenece al grupo no muy amplio de filósofos vitalistas, es decir, aquellos que viven la filosofía como una forma o estilo de vida. Y al más reducido círculo de los que pagaron con persecuciones, acosos sociales o religiosos, ataques físicos e incluso la tortura y la muerte, la coherencia existencial con sus ideas. Nació en Amsterdam en 1632,  hijo de padres judíos de origen portugués y español. Fue temprano lector de Lucrecio, Hobbes, Cervantes, Quevedo, Góngora y Giordano Bruno.  Toda su filosofía es una meditación sobre Dios, pero no de un Dios trascendente como en las tres religiones monoteístas sino de un Dios que es, en sí mismo. tiempo, materia y espíritu. Semejante idea le valió el anatema total y la expulsión de la Sinagoga y de la fe judía y con el tiempo (mal interpretado y menos entendido) se le calificó de uno de los primeros ateos de la historia. Murió joven, 44 años, y rechazado por su comunidad, a causa de una enfermedad pulmonar, tisis, provocada por el polvo que inhalaba debido a su oficio de pulidor de lentes.

De su filosofía, principalmente su "Etica" ("Demostrada según el orden geométrico") o su "Tratado teológico político", han surgido muchas de las reflexiones que me han facilitado la vida y agudizado el entendimiento en asuntos religiosos, morales, políticos o históricos. Aparte de inspirarme cierta alegría de vivir, amor a la Naturaleza y ética personal que han guiado mi vida en momentos delicados y en los asuntos cotidianos. Su norma existencial "Caute!" (cautela en el pensar, el hablar y el actuar) me ha librado de buenos líos a través de los años. De todas formas incido en mi observación al principio de este texto: es de lectura dificultosa. Precisamente por eso, libros como el que hoy les recomiendo, "Spinoza y el libro de la vida" de Steven B. Smith (profesor de ciencia política en la Universidad de Yale), junto a "En busca de Spinoza" de Antonio Damasio (uno de los neurólogos más conocidos y respetados, norteamericano de origen portugués) nos ilustrarán de manera muy eficaz en la importancia de la obra de Spinoza en la historia de la Filosofía y las influencias que su pensamiento tuvo en los más grandes filósofos del siglo XX y del actual.

Es uno de los más citados pensadores en todos los que luchamos por la libertad de pensamiento, la hegemonía de la razón, la igualdad y la solidaridad humana por encima de razas y nacionalidades, en busca de la convivencia pacífica y el progreso sostenible y ecológico. Seguidor de las ideas estoicas greco-romanas. Spinoza cultivó una austeridad y una sencillez ejemplares en su vida y un estado de bienestar mental y alegría. Opinaba que el amor al conocimiento, al arte y a la vida y la contemplación en la Naturaleza, eran en sí mismas las vías para alcanzar la sabiduría.

Spinoza sostiene, según un comentarista al que cito por su claridad expositiva pero del que, lamentablemente no conozco el nombre, que "Dios es lo uno y lo múltiple. Para conocerlo, solo tenemos que observar y estudiar la totalidad de la que formamos parte. Dios no está en lo alto, sino en el aquí y ahora. En la filosofía de Spinoza no hay ninguna concesión a la trascendencia. Dios no es lo que está más allá, sino la red infinita que nos envuelve. Al señalar la extensión como atributo infinito de Dios, Spinoza impugna la idea bíblica de la creación, donde la materia solo es una herramienta o sustrato, no algo divino. El hombre participa del conatus o impulso por perseverar en la existencia común a todos los seres vivos. Esa es su “chispa divina”, no la quimérica humanidad de Dios. El alma del hombre solo es una idea, la conciencia reflexiva de su realidad corporal. Para Spinoza la virtud es obrar bajo la luz de la razón, con una comprensión adecuada de las cosas, intentando no ser objetos pasivos de las circunstancias y las emociones. La virtud nos hace obrar bien y no hay mayor felicidad... ya que el sabio contempla el universo “sub specie aeternitatis”, es decir, como un todo regulado por la razón y la necesidad." Un hombre libre reserva su sabiduría para meditar sobre la vida, no sobre el morir. Arrepentirse es un gesto estéril. El que lo hace es “doblemente miserable e impotente”. Hay que abstenerse de condenar. Lo esencial es comprender, especialmente nuestros propios errores, y saber que “no queremos, apetecemos, ni deseamos algo porque lo juzgamos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo queremos, apetecemos y deseamos”.

Como dice  Steven B. Smith, Spinoza "nos enseña a abrazar el mundo, más bien que a huir de él; a mirar la libertad como una bendición, más que como a una desgracia: a encontrar placer en esas cosas que tienden a incrementar nuestra sensación de poder y capacidad de actuación. Su pureza y osadía como pensador provocó que por razones religiosas no fuera reivindicado como filósofo hasta fines del siglo  XVIII y principio del XIX por los idealistas alemanes (Goethe y Novalis entre ellos) que rechazaron su presunto ateísmo para paradójica y más justamente calificarlo como el "filósofo ebrio de Dios".De su actualidad y por tanto la pertinencia de dedicar un tiempo gratificante a leer los dos libros que recomiendo habla el hecho de que Spinoza fue el profeta de una doctrina absolutamente presente: la defensa de la individualidad, la creatividad y la celebración de la vida como libertad. Y el repudio de todo o que mutila, mortifica o denigra la libertad, la solidaridad y la vida.

FICHAS

SPINOZA Y EL LIBRO DE LA VIDA.- Steven B. Smith.- Trad. Juan Manuel Forte.- Ed. Biblioteca Nueva- 260 págs.

EN BUSCA DE SPINOZA.-Antonio Damasio.-Trad. Joandomenec Ros.- Ed. Crítica.-334 págs.

 

 

 

 

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21 agosto 2020 5 21 /08 /agosto /2020 15:38

La lectura del reciente libro de Maxime Rovere, "Qué hacemos con los idiotas" (del que les hablaré otro día) me ha recordado tres joyitas clásicas que disfruté en su día, "El encomio de la estulticia" más conocido por "Elogio de la locura" del gran Erasmo, un librito del filósofo francés André Glucksmann "La estupidez, ideologías del postmodernismo" (año 1988, editado por Península) del que les hablaré otro día y un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana" que también les comento. 

Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se podría encontrar una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y de todos los tiempos. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea  cuando no se sabe qué es la razón  ni tampoco la importancia o función e incluso la existencia de ese "lo que sea", (es una creación mental realizada por las carencias y complejos del ego del idiota), no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres del transcurso de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviéndolos a todos con un manto tan invisible y letal como ella, la estupidez. Etimológicamente, el término viene del latín stupor que se refiere al efecto de pasmo que puede producir algo en quien lo contempla; literalmente el quedarse sin habla. Estupefacto y atónito, el estúpido es tonto porque así lo decide. Ante el asombro que le provoca algo,  otra persona, una frase que no entiende, un acto que decide rechazar sin saber porqué,  permanece rígido, “estólido” y de inmediato reacciona de manera absurda e inapropiada.

Para que comprendan lo grave que es esto, les cito "in extenso", tres de las leyes que rigen el idiotismo, según Carlo Cipolla y lo convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana»: a) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; b) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; c) las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas.

Mientras uno se mantiene en su "torre de marfil" (ventajas de la jubilación), leyendo a los clásicos y acompañándose con Sócrates, Epicuro, Pirron, Montaigne, Séneca, Marco Aurelio., Wittgenstein, Russell, Nietzsche, Voltaire o Schopenhauer, el mundo cotidiano se desenvuelve con amabilidad e inteligencia. Pero, ay, eso es un espejismo. Si sales de tu biblioteca y de tu hogar, en cualquier lugar, a cualquier hora, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con un idiota. Y el mundo perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura algo que hace que tu propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entras en una situación en la que tu ansia de comprender lo que ocurre, lo que te dice el idiota o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible, anula tu capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio te escuchas tratando de balbucear en su propia lengua y a plegarte a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota eres tú. No importa que lo que tratas de hacer le beneficie directa o indirectamente, el idiota tratará de obstaculizarte y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas,  tu afabilidad con violencia y tu busca del bien común la ridiculizará aunque con ello dañe su propio interés individual". Por ello el refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer  que en la historia, los siglos van pasando parecidos unos a otros en dos elementos comunes e  inmemoriales: la maldad (o crueldad)  y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "el ser verdaderamente estúpido no es sino aquel que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, quien se queda pasmado ante su inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien viaja con la inercia de su propio pensamiento sin contemplar el del resto". Y tiene un peligro evidente: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. Por eso lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y allí llegamos a una constatación: Todos tenemos momentos de mayor o menor duración es que somos irremediablemente idiotas. Es más una situación, una circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión para no sentar plaza de estúpido es darse cuenta de cuando uno lo es y tras analizar los hechos y las actitudes,  hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones. Y seguir el consejo de Sócrates: "conoce al imbécil que hay en tí"

En el próximo artículo entraremos en harina y veremos el interesante y arrasador análisis de la estupidez como fenómeno mundial, humano, político, existencial, lógico y, como corolario, el porvenir de la estupidez y la defensa del intelectual (según Glucksmann).

FICHA

LAS  LEYES FUNDAMENTALES DE LA  ESTUPIDEZ HUMANA.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

 

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19 agosto 2020 3 19 /08 /agosto /2020 17:56

A ESA IGNORADA MAYORÍA

(Artículo publicado en Heraldo el 15082020)

El ensayista norteamericano Jared Diamond dedica su último libro  a la crisis y a cómo reaccionan los países a los momentos decisivos.  Nos recuerda que la crisis –como la actual, que es, parodiando a Saddam Hussein, “la madre de todas las crisis”-, requiere de los países que la sufren “saber gestionar satisfactoriamente las presiones externas e internas e implantar los cambios selectivos... determinar cuáles son los elementos que funcionan bien y cuáles han dejado de funcionar y deben modificarse… es preciso hacer un balance honesto de competencias y valores…y la valentía suficiente para  reconocer lo que deben cambiar…y hacer compatibles esas nuevas soluciones con sus capacidades y circunstancias”. Nuevos desafíos requieren nuevas respuestas,  más eficaces que las antiguas ya caducas.

Si miramos en torno nuestro, hacia el páramo político que nos aflige (y el que decide en apariencia el camino a seguir), lo único que oímos son “voces agudas que regañan/se burlan o sólo parlotean/ asaltan continuamente/la Palabra en el desierto/atacada sobre todo por voces de tentación” (T.S. Eliot). Y quizá deberíamos añadir  a ese escenario un inconcebible rumor de  aplausos. ¿De qué estamos tan satisfechos?  Entre el estruendo  de la voces y los gritos no es posible pensar con ecuanimidad; hay que pedir el respeto del silencio y la palabra reposada y eficiente;  adoptar, con humildad y la mayor concordia posible, el punto de partida de la realidad: adaptarse a las circunstancias para salvar la situación y eso sólo se puede hacer desde la unión, siquiera sea crítica (palabra que en griego deriva de krino, “decidir”, “distinguir”,  “escoger”). ¿Dónde está el balance honesto de competencias y valores? ¿Dónde el arrojo y la valentía de cambiar lo que no es útil, lo que sobra y empezar los ajustes por arriba? ¿Dónde la capacidad de comprender que ya no es viable hacer pagar más a los que siempre pagan y preservar los grandes capitales y las grandes corruptelas políticas?

No es casual (más bien causal) que nuestra sociedad haya experimentado un 6,8% de aumento de los delitos de odio y que en el Congreso y en los medios, (no hablemos de ese dislate generalizado e incontrolable que son las “redes sociales”), se haga ostentación pública de un discurso insultante, rupturista, preñado de amenazas y,  tan ajeno a la situación que agobia al país, que resulta inconcebible.  Por todas partes recibimos “inputs” supurantes de odio. Parece haberse convertido en el líquido amniótico  del españolito del siglo XXI, te guarde Dios, cuyo corazón se está helando por la acción de las “varias Españas” que naufragan entre insultos, inmunes al anticuerpo de los esenciales “acuerdos de Estado”.  Pasaremos a la historia como la generación que trataba de superar un virus mortífero global- humano y económico- con descalificaciones políticas y personales y amenazas de exterminio del contrario como método de “unificación”. ¿De verdad piensan que la ruina total tiene otros frutos, además de las ratas?

La lógica del amigo-enemigo, del “cuanto peor, mejor”, del “estar conmigo o estás contra mí”,  del “nos conviene que haya tensión”, está silenciando a los buenos hombres de gobierno, políticos o intelectuales, poetas, escritores, científicos y ciudadanos razonables y asustados que reflejan las palabras de Mary Ann Evans (George Eliot), “que el bien siga creciendo en el mundo…se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita”. A ellos está dedicado este artículo. Esa tercera fuerza de la mayoría silenciosa e ignorada que debería hacerse escuchar antes de que sea demasiado tarde.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, escritor y periodista

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16 agosto 2020 7 16 /08 /agosto /2020 16:07

Los griegos llamaban idiota al tipo que sólo se ocupaba de sus asuntos propios y despreciaba  los problemas de la ciudad o de sus vecinos. En latín se le da el significado de “ignorante” o “estúpido”.  No se trata de algo banal. El "idiotavirus" es uno de los cánceres más dañinos y costosos de la historia. Tres son las leyes que rigen el idiotismo, según el filósofo Carlo Cipolla y lo convierte en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”: 1) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de idiotas que circulan por el mundo; 2) la posibilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; 3) las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de los idiotas.

En cualquier lugar, a cualquier hora, en la más inofensiva de las circunstancias topas con un idiota. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona te dice, te hace o instaura algo que provoca que tu propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entras en una situación en la que tu ansia de comprender lo que ocurre, lo que te dice el idiota o sus argumentos, se convierte en una labor imposible, anula tu capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio te escuchas tratando de balbucear en su propio lenguaje y plegarte a su peculiar modo de comportarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota eres tú. No importa que lo que tratas de hacer le beneficie directa o indirectamente, el idiota tratará de obstaculizarlo y como decía el profesor  francés  Maxime Rovere, "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas,  tu afabilidad con violencia y tu busca del bien común la ridiculizará aunque con ello dañe su propio interés individual". Por ello el refranero popular es tajante: "el idiota es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer  que en la historia hay dos elementos permanentes: la maldad y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "el ser verdaderamente idiota es aquel que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, quien se queda pasmado ante su inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien viaja con la inercia de su propio pensamiento sin contemplar el del resto". Y es que la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. Por eso es tan dañino ser estúpido como creer estar exento de la idiotez. Lo cierto es que todos tenemos algunos momentos en que nos comportamos como idiotas. Pero eso no es ningún consuelo. El idiotavirus es aún más peligroso que el Covid19. Seguiremos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, escritor

 

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14 agosto 2020 5 14 /08 /agosto /2020 16:13

I have a dream. "Yo tengo un sueño" es el estribillo, unas ocho veces lo repitió el orador, que acentúa la dinámica del discurso más célebre del reverendo Martin Luther King Jr., el 28 de agosto de 1963, cinco años antes de ser asesinado. Con esas palabras Luther desafiaba el conservadurismo de las mentes de los norteamericanos y les urgía a apoyar al Movimiento por los Derechos Civiles para acabar con el racismo, la pobreza, las desigualdades, la injusticia y la violencia y fomentar el trabajo y la libertad. Pues bien, en un contexto muy diferente pero con parecidas ambiciones, desde esta humilde tribuna me atrevo a decir "We have a dream", Nosotros tenemos un sueño ¿Quiénes son "nosotros"? Los aragoneses, nativos o asimilados. Los que vivimos en esta bendita y relegada tierra que sostiene su orgullo a duras penas en una España que olvida, porque no sabe, que fuímos una de las cunas históricas de la identidad hispana y somos, si se nos da pie, una garantía de futuro. Pero dejémonos de historias, como diría Joaquín Costa. .

¿Cuál es o podría ser nuestro sueño? Superar esa maldición, casi bíblica, de la oligarquía y el caciquismo que parece enredarse en nuestras raíces y que ahora, cambiado su aspecto pero no su concepto, siguen rigiendo con su omnímoda desfachatez los destinos del sistema capitalista neoliberal que nos aflige. El capitalismo salvaje, en sus múltiples formas, y el caciquismo político (también muy variado) forman el telón de fondo de nuestro sueño: reestructurar, racionalizar y transformar el sector agrario y ganadero aragonés de su actual problemática situación -asediados por la "modernidad" y sus paraísos virtuales y sus realidades carenciales- en un sector prioritario desde el punto de vista de inversiones, laboral, social, económico y de investigación y desarrollo. ¿De qué nos sirve competir con otras Comunidades ya casi totalmente "vendidas" a la cultura del consumo y la dependencia global? Monopolizan las mejores comunicaciones, estructuras, financiamientos, ayudas, población (masificación), votos y capacidad política. Ya sabemos que el sector agrario recibe ayudas y subvenciones oficiales que ofrecen una reedición de las corrupciones de costumbre: agricultores poco motivados y comodones que aprovechan las dádivas (los menos) y otros que aman su tierra pero que se van quedando sin relevos generacionales y tampoco se atreven a ampliar sus expectativas. Hay como un estado de paciente resignación que se percibe cuando uno de mete en el mundo rural. Aún se sigue contemplando el creciente Aragón vaciado como un deterioro de siglos, un fin tradicional  e inevitable. Los que quedan en los pueblos carecen de energía, ilusión y compañía, justamente porque no ven futuro.

Despertad aragoneses rurales. En el reciente confinamiento se ha visto la punta de un fenómeno del que no se habla: los productos del campo, de la ganadería no han faltado en los mercados. Habéis sido "esenciales" y habéis cumplido. Ampliad la imagen. Vienen tiempos inciertos y comienza a cuajar la idea de la autarquía (palabra que designa una forma de gobierno que trata de bastarse con sus propios recursos) , de confiar más en los productos de cercanía y evitar la dependencia del suministro internacional. Sois necesarios, indispensables si logramos cambiar el modelo económico y alimentario que el capitalismo neoliberal nos imponía: el consumo desenfrenado basado en una globalización del suministro y la producción. Es posible que ese concepto económico esté dando las últimas boqueadas. El cambio climático, la desertificación, el envejecimiento de la población, las pandemias, el desequilibrio económico acentuado por la crisis, todo despierta las cautelas de cualquier persona sensata. Pero, ¿hay gobiernos, políticos, sensatos, por encima de intereses partidistas o de obediencia al Dios capital?.

El problema es complejo y no hay soluciones sin riesgos. Es preciso de entrada un cambio de percepción. Un esfuerzo por comprender que se presenta un cambio de paradigma. Posiblemente la globalización dejará de ser absoluta y se ralentizará, imponiéndose una cierta autarquía.Y esa percepción debe reflejarse en actitudes, medidas y comportamientos: convertir el sector agrario y ganadero en un sector primordial; concienciar a los jóvenes que hay un futuro prometedor en los estudios y trabajos  que conciernen a las tierras, los montes, los ríos, las explotaciones ecológicas para producir alimentos; dar trabajo todo el año y cobijo digno a los temporeros de todos los países y sus familias que quieran trabajar en los campos aragoneses; atraer a la inversión privada, con el reclamo de la pública, a invertir en empresas de continuidad entre el mundo rural y las urbes de todo el país; cambiar la política fiscal y arancelaria; establecer empresas de distribución y venta en justa sinergia con los productores, con un mercado regulado oficialmente; lograr que se supere ampliamente el 4,6% de impacto económico del sector y el escaso 2,6% de aportación al PIB nacional. Y todo ello con vistas a surtir por completo al mercado nacional a precios razonables, evitando la competencia a la baja de las importaciones por cadenas alimentarias multinacionales. ¿Intervencionismo estatal? Sin duda, pero regulado y transparente. Se trata de sanear un sector del que dependemos como sociedad, tanto o más que de otros más "punteros" y hegemónicos. Decían los clásicos: "Primum vivere...", luego, lo demás. Y no vivirás si no te alimentas.

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11 agosto 2020 2 11 /08 /agosto /2020 09:45

Los griegos llamaban "hybris" a la desmesura, un impulso, soberbio y sin límites. a hacer el mal por codicia, ambición o prepotencia. Se apoderaba de los poderosos, proclives al narcisismo y la impulsividad, la presunción de invulnerabilidad y la abyecta seguridad de ser intocable. En aquella época era un asunto que se relacionaba con reyes y dioses y solía acabar trágicamente. En estos tiempos pseudo democráticos, la hybris se apodera del pueblo llano o de sus planos gobernantes y los resultados son igualmente catastróficos para todos. Cada país tiene su particular forma de "hybris". España, a imagen y semejanza de sus políticos, "elegidos" democráticamente, se corrompe rápidamente por una "hybris" casera, vulgar, codiciosa, insolidaria e irresponsable.

La "hybris", ese impulso reactivo y demoledor se ha apoderado del país a consecuencia del Covid y la tardía y confusa gestión global -gobierno, autoridades y administrados, plebe- porque se ha entronizado el miedo y la imposición por un  lado y la rebeldía sistémica y la simple idiotez egoísta por el otro. A estas alturas ha quedado claro que no hay nada claro en la gestión de la pandemia y del  coronavirus omnipresente. Ni el confinamiento de todo el país deja de ser una medida discutible y onerosa, ni es cierto que no existieran medidas urgentes que de haberse tomado en su momento hubieran evitado la desmesura en las consecuencias económicas, humanas y sociales, ni está surtiendo efecto el panel de medidas sanitarias obligatorias generalizadas, tal vez porque una parte de la población no las sigue, otra no sabe hacerlo y los que cumplen tienen complejo de tontos asustados en el mejor de los casos y de jueces vengativos vociferantes en el peor.

La "hybris" española es una especie de "gripe española" del siglo XXI y como aquélla del XX, tampoco somos responsables de ella, sólo fieles servidores, gracias al descontrol y desmesura de nuestras reacciones, acciones y algarabías mediáticas. ¿Cuáles son los síntomas visibles de la "hybris" en nuestro país?. Coja el móvil, la tablet o el ordenador, conecte el televisor o, si es de otra generación, lea cualquier periódico o revista, preferiblemente los más partidistas. Simplemente escuche, vea o lea: hay una catarsis nacional en forma de sopa o caldo mefítico de insultos, descalificaciones, supuestos documentos secretos, noticias nada contrastadas pero escandalosas, irritación y frustración por doquier, un escándalo feroz de niños malcriados que creían poseerlo todo y ven que sus seguridades y comodidades se desvanecen como humo, no hay institución, poder o símbolo nacional que se salve de la quema (con todos sus defectos, es mejor tener algunos de ellos, aunque controlados, que derribarlos a todos) y en la hoguera también arde -como en las de los nazis- no sólo la cultura, la ecuanimidad, la honestidad y los conocimientos, sino el simple y valioso sentido común y peor aún, el sentido solidario de la humanidad. Estamos rebasando los límites. La "hybris" nos posee. Hay que cambiar de actitud. Pero si "los de arriba" no comprenden con humildad e inteligencia que están siendo rebasados, ¿cómo van a entenderlos y apoyarlos los ciudadanos?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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