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14 junio 2020 7 14 /06 /junio /2020 09:57

En el año 1929, Ortega y Gasset publica “La rebelión de las masas” (recuerden que el país está, como todo occidente, bajo el influjo desastroso del crack norteamericano)  en un clima político español polarizado, inseguro, errático. En el prólogo para la edición francesa de su libro escribe “en estos días ser de la Izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”. Sin entrar en valorar o analizar  la  figura de Ortega en la política española de la época, he recurrido a esta frase porque refleja de manera bastante fiel el pandemónium político actual, bajo la excepcionalidad política, social y económica de la pandemia.

Se supone que estamos entrando en un cierto control sanitario de la propagación del virus, cosa que debe ser confirmada durante las próximas semanas  ante el alegre relajo de precauciones de muchos españoles. El escenario es, como mínimo, alarmante cuando no angustioso, con los nefastos fantasmas del paro, la crisis de empresas y la falta de fondos para lo más indispensable, danzando por los cielos del país.

En este cuadro bruegheliano destacan los polichinelas de la extrema derecha manifestándose en el Barrio de Salamanca de la capital y en caravanas de coches por otras ciudades, con apropiación indebida de un símbolo de todos los españoles, como es la bandera, e invadiendo las calles con ilegal contumacia. Mientras, la izquierda se atomiza por cuestiones espurias en este momento, desde la cuota de poder a los nacionalismos. La política española en general y muchos de los españoles que se decantan por el partidismo en esta revolución sistémica del Covid padecen, lo sepan o no, de la parálisis moral de la mitad de su persona. En estos momentos de crítica transición global, limitar el pensamiento y la actitud ética por un bando es padecer una hemiplejía moral idéntica a la que padecen la política y los políticos en España. Más allá de cualquier ideología hemos de pensar en la resolución de los gravísimos problemas sistémicos a los que nos ha abocado el fracaso de la falacia neoliberal y el capitalismo salvaje, unidos a la debacle ambiental y de la biodiversidad.

Apostillaba Ortega que el ser humano no debe centrar la visión de su vida o de sus actos desde la óptica de la política, sino de la filosofía, que responde a una necesidad innata de la humanidad. Quizá aquí deberíamos ser realistas y ofrecer una alternativa (también filosófica y pragmática) la del “primum vivere deinde philosophari”. Y ese vivir consiste en unirse todos los políticos en lo que ahora importa, dejando al margen por el momento, sus diferencias e intereses.

Pero esta unión coyuntural está imposibilitada por los movimientos de acaparar el poder que tienen unos y otros. Con una diferencia, las derechas (ultras y más o menos democráticas) y sus conspicuos líderes carismáticos, Trump, Bolsonaro en Brasil, Putin en Rusia, Modi en la India, Orban en Hungría, Netanyahu en Israel y tantos otros,  se comunican entre sí, forman alianzas secretas o discretas, intercambian información, técnicas y métodos más o menos inspirados por el gurú de Trump, Steve Bannon, que busca descaradamente formar una Internacional derechista, nacionalista, de inspiración judeocristiana, en torno a un modelo capitalista salvaje con disfraz neoliberal. Son los partidarios del autoritarismo y la violencia del "si no estás conmigo, estás contra mí". Mientras tanto el mundo se desboca: pandemia, crisis económica, calentamiento global, la UE en fratricida enfrentamiento, desastre medio ambiental, contaminación, brechas crecientes entre clases, razas, credos y niveles de renta...en ese escenario de inseguridad y precariedad, la derecha (corporaciones, instituciones financieras, petróleo, transportes, turismo de masas) impone sus suicidas criterios de desarrollo no sostenible  y cientos de millones de personas les rinden pleitesía. Son tantos que parece que los zarpazos del negado virus, no les hacen mella.

¿Y la progresía? Dividida hasta lo ridículo, manipulada por el Capital, errática y con una ineficacia operativa complicada por la mala conciencia histórica de la incoherencia. Creo que desde la Ilustración y los intentos frustrados de Marx, Lenin, Trotsky y Willy Brandt, la llamada "izquierda humanista" se ha diluido en la confusión de las siglas, los nombres y los caudillistas de circunstancias. No hay unidad, programa común, objetivos claros y viables...el poder y el dinero les ha corrompido por doquier.

Hay una luz de esperanza. Lejana y débil, como al principio todas las son cuando estamos rodeados de tinieblas. Se trata de la articulación de una Internacional Progresista en todo el arco político de izquierdas, partidaria de un "New Deal Global", de coordinar la cooperación internacional por medio de una política de expansión fiscal y la reactivación económica mundial, una condonación de la deuda de los países pobres, adoptar un modelo sostenible de crecimiento, mundializar la Sanidad, dedicar fondos del FMI, el BM y nacionales a promover el cambio de modelo energético (una economía de emisión O en CO2) y la preservación medioambiental . En dicha Internacional hay intelectuales como Naomi Klein o el lingüista Chomsky, políticos como el inteligente ex ministro griego, Yanis Varufakis, economistas como la hindú Jayati Gosh o la primera ministra de Islandia Katrin Jacobsduttir, entre otros, filósofos, científicos de diversas ramas, climatólogos, virólogos. La sociedad civil debería salir a la calle en su apoyo, los jóvenes con más ahínco, dado que estamos gestionando el futuro, que les pertenece a ellos más que a nosotros…Un gesto mundial de apoyo por encima de políticas, religiones y economías rapaces.

Esta Internacional Progresista podría ser la inspiradora de la unión de las izquierdas y quizá de una estratégica alianza coyuntural con la derecha más civilizada y razonable. Los momentos de vital gravedad histórica podrían posibilitar gestos políticos de gran envergadura ética. La alternativa es ominosa: volver a las situaciones bélicas y postbélicas de los 30 a los 50 del pasado siglo con su eclosión de dictaduras, genocidios, miseria y violencia. Y el círculo habitual: oligarquía, contaminación, derroche energético y destrucción del medio natural y la biodiversidad, triunfo de la privacidad carroñera en la sanidad y la tecnología hasta que el planeta, la naturaleza, diga de una vez, basta y nos envíe a los cinco jinetes del Apocalipsis del siglo XXI.  El hambre, la contaminación de agua, tierra y aire, la sequía, las catástrofes naturales y las pandemias consecutivas.

Permítanme acabar con una cita del “Fausto” de Goethe: "Merecer la libertad y la vida es algo que debe conquistarse de nuevo cada día...En esta conquista recibe la vida el sentido que sólo el hombre es capaz de darle, y en eso consiste no su felicidad, pero si la dignidad que le es característica".

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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11 junio 2020 4 11 /06 /junio /2020 09:20

Hans Rosling, ) junto a su hijo y a su nuera han escrito uno de los libros más desconcertantes de la actual sociedad consumista y tecnológicamente avanzada. Rosling, falleció recientemente debido a un cáncer de páncreas: al informarle de su enfermedad, decidió emprender el trabajo de este libro, "Fact Fulness" , expresión que podría traducirse como la plenitud de los hechos, que no llegó a ver publicado.

Rosling nos ha enseñado, entre otras cosas, algo poco  halagüeño: que no sabemos leer ni interpretar los datos y las estadísticas que tan generosamente nos proporciona nuestra avanzada cultura. Y como conclusión nos asegura, avalado por diez razones, que "estamos equivocados sobre el mundo"...ya que "las cosas están mejor de lo que piensas".

Lo que Rosling pretende es enseñarnos a valorar e interpretar los datos numéricos informativos que se nos ofrecen de manera masiva, aceptando de entrada los problemas y dificultades que el mundo tiene (sería absurdo decir que no existen), enseñándonos a asimilar de forma correcta las estadísticas (en  general padecemos "anumerismo": incapacidad para comprender las estadísticas) y la tendencia tan humana de prestar más atención a las historias dramáticas o alarmantes que a las positivas y esperanzadoras. Y así "los diez instintos que nos impiden ver el mundo objetivamente, tienen que ver con el miedo, el pesimismo, la presentación de algunos datos o hechos, muy lejos de su justa medida, la tendencia binaria a ver solo los extremos de los hechos y los sesgos educativos o ideológicos o religiosos: en diez instintos negativos, el de la separación, negatividad, línea recta, miedo, tamaño, generalización, destino, perspectiva única, culpa y urgencia.

Para empezar no se pierdan el test del comienzo que nos muestra los errores de interpretación más comunes en las que casi todo el mundo cae, incluidos expertos, universitarios y científicos. Los autores han buscado información relevante y observan con rigor y seriedad los hechos: como con los gráficos de la páginas 40 y 41,  que cambia nuestra manera de considerar el problema de la mortalidad infantil en el mundo.Desde los años sesenta hasta el momento actual las cosas han cambiado y cada vez son más los países con familias pequeñas y escasa mortalidad infantil, incluidos India y China (dos cuestiones que están muy vinculadas). 

Se nos dice que miles de millones de personas han salido de las cotas de pobreza total  que históricamente se mantenían casi inalteradas, ya que se empieza a regular que las familias tengan menos hijos, que haya más sanidad y más enseñanza, un nivel modesto de bienestar que va creciendo. Nos dejamos engañar por la común percepción (avalada por los medios de comunicación que tienden a resaltar los hechos negativos o insólitos) de que el mundo va mucho peor de que realmente es. Aún así, el mensaje del libro no es auto complaciente, se reconoce la gravedad de los problemas que debemos afrontar, reparando las deficiencias y usando los recursos científicos para mejorar la situación de los más desfavorecidos: un mundo integrado por  una de cada diez personas que deben vivir con menos de un euro al día. Sólo que hace cincuenta años, era una de cada dos. El sesgo catastrofista de los medios se puede suavizar con informaciones relevantes y  honestas. Y una mejor educación ética en la sociedad y la enseñanza, porque sí hay maneras de combatir la pobreza o de evitar las guerras, si descartamos la pasividad o el pasotismo egoísta. Las estadísticas nos confirman, según Rosling, que las cosas no van cada vez peor: hay que resaltar los progresos tanto como las medidas para sustentarlos y mantener a la gente movilizada. "Nada hay más desmotivante que la sensación de que pese a todos los esfuerzos las cosas van cada vez peor. Y nada más falso, según Rosling: las estadísticas nos dicen lo contrario. Nos pone un ejemplo de ello: se trata de los ocho objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU para los países pobres en 2015. Un número considerable de naciones han alcanzado los objetivos básicos, en torno al agua, la pobreza, la educación, años antes de lo pactado (aunque ciertamente queda mucho por hacer).

Muy razonablemente se nos demuestra que no hay una brecha entre el primer mundo y el tercero, entre ricos y pobres, sino un continuo entre los muy ricos y los muy pobres, entre los que cabe la mayor parte de la población mundial. Y así nos dice que las vallas de Ceuta no la saltan los marroquíes sino los subsaharianos. Y éstos no son precisamente los ciudadanos mas pobres de sus países respectivos.

FICHA

FACT FULNESS.- Hans Rosling, Ola Rosling y Anna Rosling.- Ed. Deusto. 345  págs. 22,50 euros. ISBN 9788423429967

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9 junio 2020 2 09 /06 /junio /2020 08:10

Dar un repasito a nuestro Baltasar Gracián de vez en cuando es tarea placentera y bastante juiciosa. Si uno le lee en clave de lo que acontece con la "desescalada" de la pandemia en España (en otros países sigue tan rutilante, como con los negacionistas brasileños y norteamericanos de Bolsonaro y Trump) y las alegrías que provoca en cierto personal las artificiales "fases" que, debería recordarse, son medidas legales y políticas (bajo presión económica) no límites sanitarios reales. Alrededor de 7 millones de contagios y 400.000 muertos en todo el mundo, dos millones de contagios en EE.UU. y creciendo, más de 100.000 muertos y 700.000 casos en Brasil con 37.000 muertos (aquí el juego político de las fases no ocultan que hemos sufrido 250.000 casos y más de 27.000 muertos). Pero en esta hecatombe que empezó hace seis meses y tres en España, lo único que hemos aprendido es a tener prisa por salir, entre acusaciones ridículas a los confinamientos y una fratricida lucha de egos y sillones entre los políticos.

Señores, el virus SARS-CoV-2 sigue siendo un letal desconocido para nosotros. No habrá una vacuna efectiva hasta fin de año (con mucha suerte) y aún no sabemos si  los que han sido inbfectados adquieren una inmunidad y si esa es temporal o permanente, ignoramos qué carga viral es precisa para provocar síntomas leves o graves, no estamos seguros si la lógica biológica de que se agrave con la edad y las dolencias previas es excluyente para otras edades y estados de salud y tampoco sabemos si los niños y los jóvenes asintomáticos contagian el virus como los adultos, y tales asintomáticos de todas las edades SI pueden contagiar, ya que por el momento ignoramos el número de asintomáticos (potenciales contagiadores) porque es imposible por el momento detectarlos y controlarlos. Se desvanece la seguridad absurda de que el calor y el verano lo frena y lo hace desaparecer. Se olvidan de que los paises cálidos del planeta también están en plena fase de contagios, como Brasil e India. Los virólogos no hacen predicciones porque no tienen ni idea de lo que hará el virus. No se sabe si mutará y mucho menos que si lo hace (costumbre habitual de los SARS) circulará en versiones menos agresivas. La inmunidad masiva por contagio es un futurible que de entrada se descarta. 

Por lo tanto, preocuparnos si debemos abrir las piscinas o no, si debemos propiciar que todo vuelva a esa "nueva normalidad" que es una necedad terminológica, que la gente pueda hacer sus sagradas vacaciones y que se trasladen masivamente a los pueblos, es comprensible desde un punto de vista económico y social, siempre manteniendo las medidas y las cautelas (como si eso fuera posible de forma mínimamente razonable)...pero no reflejamos aquello que decía Gracián: "Algunos hacen mucho caso de lo que importa poco y poco caso de lo que importa mucho". O, "La Prudencia entra con gran tiento en los grandes problemas. Con la ayuda de la Cautela va abriendo camino para pasar sin peligro" O, "Para los revenidos no hay malas contingencias, ni para los preparados hay aprietos".

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5 junio 2020 5 05 /06 /junio /2020 08:24

 

Leo una reflexión de uno de los más grandes pensadores del siglo XX, Walter Benjamín, un judío nacido en Berlín en 1892 y que se suicidó en Port Bou, en la gerundense frontera con Francia, porque temía que la policía española le entregara a los nazis o a los gendarmes franceses del régimen de Vichy, que viene a ser lo mismo. Benjamín escribió, refiriéndose a la situación precaria, carencial, amenazante e insegura en la que se vivía en esos años: “La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el “estado de excepción” en que vivimos…no es en absoluto lógico el asombro de los que piensan de las cosas que estamos viviendo sean “todavía” posibles en este siglo”.

En mis reflexiones me ha dejado boquiabierto la oportunidad y justeza con la que esa frase muestra la situación de los pequeños municipios rurales, como el que tengo el supuesto placer de encabezar. El estado carencial económico, de servicios, de ayudas y una gestión administrativa obligatoria con más límites que posibilidades, que padecemos todos, nos ata las manos a los que queremos hacer algo que mejore la vida de nuestros vecinos y atraiga  la atención de posibles vecinos futuros. Y esto no es un “estado de excepción” sino una regla que se eterniza a través del tiempo, sobre todo desde que la mala gestión neoliberal nacional e internacional nos lleva a todos de crisis en crisis. Estamos bajo una norma impuesta, creo recordar en el 2012,  por el ministro Montoro, servidor fiel del señor Rajoy, de triste memoria (para la sanidad, trabajadores  y  jubilados)  y que trataba por una parte de evitar supuestos abusos o irregularidades financieras en los Ayuntamientos y por otra, veladamente, de preservar los ahorros de los pequeños municipios para tener una “hucha” a la que recurrir cuando vienen mal dadas que, con semejante gestión económica nacional, se podría esperar más temprano que tarde.

Sólo nos faltaba el clarín apocalíptico del Covid19, el mismo año que el Gloria nos demostraba, para advertirnos, que éramos muy  vulnerables y que no gozamos en absoluto de posibilidades técnicas y económicas para afrontar los eventos trágicos que indirectamente nos depara la estupidez proverbial del ciudadano derrochador y rapaz del siglo XXI.

Por lo tanto, el párrafo final de la cita de Benjamín me atañe a mí personalmente (no tengo datos de otros colegas), puesto que yo sigo asombrándome que en pleno siglo XXI sean “todavía” posibles las dificultades económico-administrativas a las que nos vemos  sometidos los pequeños Ayuntamientos rurales. El techo o regla de gasto, el PEF, las condiciones de financiación, los remanentes de tesorería,  las inversiones financieramente sostenibles que no computan en la regla de gastos pero que son difíciles de sustantivar,  toda esta jerga o galimatías técnico financiero en referencia a nuestro estado municipal de cuentas, solvente,  viable y sin deudas. Lo cual no permite ni siquiera la posibilidad de hacer un parque de ejercicios saludables para ancianos que no cuesta más de 10.000 euros. Eso crea un misterio, un arcano, un enigma para un tipo como yo,  que ha vivido de las letras y los libros, que superó las asignaturas financieras y de hacienda pública de la carrera con aprobado justito y se ha dedicado desde siempre a la filosofía y la literatura. Aún así opino que esas medidas deben o anularse o flexibilizarse y alargar el plazo de la regla a una legislatura (como en otros países de la UE) y no al plazo de un año.

Aún así, no puedo evitar que, ante el anuncio de que la DPT va  a destinar dos millones de euros a las “economías municipales”, o los 1.800.000 euros destinados a carreteras, mi mente cartesiana se empeñe en temer que mi pequeño pueblo va a seguir sujeto a la regla  “excepcional” de la que hablábamos al principio de esta jeremiada. Quizá tengamos la suerte de que la DPT arregle nuestra carretera de acceso, que es como la tela de Penélope: lo que arreglan tras meses de súplicas se estropea en una noche de tormenta; que se cumplan algunos de los modestos sueños de nuestro equipo municipal, como es del dotar a los ancianos de un terreno de ejercicios o arreglar algunas calles que parecen surgidas de una novela de Ramón J. Sender  y convertirlas en vías urbanas del siglo XXI. Incluso adecentar el pequeño cementerio que corona la colina al otro lado del pueblo y llegar a verlo como un camposanto coqueto y aseado…en fin,  los dioses ayudan a los que se empeñan en ser mejores. Esperemos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Independiente. Alcalde de Torre del Compte

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4 junio 2020 4 04 /06 /junio /2020 09:21

El magnífico trabajo de Julia Boyd "Viajeros en el Tercer Reich que edita Ático de los Libros, nos muestra los testimonios de decenas de personas, escritores, artistas, poetas  que nos dan acceso a las vivencias de viajeros y turistas y estudiosos extranjeros que viajaron a Alemania en la década de los treinta del siglo XX, en pleno caldo de cultivo nazi. Algunos de ellos simpatizaban con la ideología nazi sin llegar a sospechar lo que ocultaba tras los vistosos desfiles con antorchas y banderas, las grandes autopistas que cruzaban el país, la amabilidad con los extranjeros, las bellísimas ciudades medievales y el mundo rural encantador. Otros desconfiaban y trataban de alzar el velo que suele cubrir la vida cotidiana con mil detalles banales. Pero prácticamente nadie, hasta bien entrada la década de los treinta, por mucha repugnancia que les despertara el feroz militarismo y las obcecadas consignas coreadas por miles de voces o la adoración fanática por un hombrecillo con el bigote ridículo del Charlot  de "El gran dictador" (por cierto Charles Chaplin fue, antes de filmar esa película, uno de los viajeros por la Alemania nazi y fue insultado en las calles por suponer que era judío. Así que se apresuró a salir del país: su película no se estrenaría hasta 1940) que ejercía la fascinación de la serpiente con una oratoria simple, peligrosa y populista  que apelaba a los más bajos instintos ensalzando los más descabellados sueños de grandeza.

Lo que más asombra al observador de hoy en día al leer el libro de Boyd y los complementa con "El mundo de ayer" de Zweig, "Tiempo de magos" de Wolfram Ellenberger y para mayor contraste los libros de Karl Kraus, Allan Janik y Stephen Toulmin sobre la Viena de esos años, donde se gestaba el huevo de la  serpiente nazi...lo que sorprende es la enorme ignorancia, indiferencia, optimismo irresponsable que se respiraba por doquier. Una absurda y estúpida reproducción de la inconsciencia que rodeó el estallido y el transcurso de la Primera Guerra Mundial, unos años antes.

Ese estado de ánimo confuso y superficial que se empeña en ignorar los elementos de sospecha y prevención, incluso de alarma, que cualquier observador podía ver en la sociedad alemana de esos días, en sus periódicos, en la radio, en plena calle, no tiene explicación visto desde hoy.Pero es comprensible si consideramos que el mundo estaba cansado y aterrorizado por lo que ocurrió en Europa unos años antes y se negaba a ver lo evidente, con tal de disfrutar de la apariencia de la paz, del espejismo de un futuro sin guerra y en progreso constante. Aunque también hubo miradas más sagaces y atentas. Entre los viajeros famosos estaban mentes tan lúcidas como las de Virginia Woolf, Christopher Isherwood, el embajador británico en Berlin, el erudito chino Ji Xianlin, Francis Bacon, Samuel Becket, Stephen Spender, el poeta W.H. Auden, el novelista Simenon, algunos de ellos no vieron más allá de sus deseos o convicciones previas, otros se negaron a ver lo evidente y algunos escribieron insensatas loas del hombrecillo vociferante porque había alzado el orgullo alemán de la miseria a la soberbia. El libro de Boyd nos habla de estudiantes encandilados, turistas adinerados y personas que viajaban por el país  y de pronto podían ver algo que les horrorizaba y cambiaba su visión y su estado de ánimo: una mujer macilenta, judía, entregando a su hija pequeña para que una pareja extranjera (estadounidense)  se la llevara y salvara su vida.

Es como ver que un tren lleno de tanques viene hacia tí y no te apartas porque piensas que en cualquier momento se desviará a una vía muerta y irá a detenerse pacíficamente en una estación llena de flores. ¿Era posible no entender que lo que  ocurría día tras día en las grandes ciudades alemanas o austriacas eran los primeros brotes de una locura homicida que sembraría de sangre el mundo? Sí, fue posible, al menos por algún tiempo, cuando Hitler comenzó a anexionarse los países de alrededor y la campaña antijudía tomó caracteres visibles de genocidio. Al principio, en los meses y años que describen los testigos buscados por Boyd, Berlin deslumbra por su permisividad, su cultura y su alegría vital nocturna, mientras otras grandes ciudades aún conservaba el encanto medieval y en el campo y los ríos la Naturaleza y la gente se mostraban amables y pródigas. Los detalles amargos, sucios, obscenos se consideraban un lastimoso y lamentable precio a pagar hasta que Hitler lograra afianzar su poder y aumentaran sus posibilidades económicas y financieras. El crack del 29  llevó al nazismo al poder y comenzó un despegue económico y social que atenuaba los horrores que ya se comenzaban a perpetrar contra judíos, gitanos, ciudadanos del este europeo, comunistas y cualquiera que osara levantar la voz contra el régimen. Muchos de los testimonios recogidos por Boyd ya dan noticia de arbitrariedades, violencias y medidas y comportamientos inhumanos.

Pero aún hay entre esos testimonios, y muchos debidos a personas de gran cultura y significación social o política (el mismísimo Lloyd George, primer ministro inglés, que osaba comparar a Hitler con George Washington) quienes justificaban algunos excesos por la humillación alemana causada por el Tratado de Versalles y a la consiguiente miseria de todo un país agravada por el crack del 29...y veían a Hitler como el Mesías salvador de Alemania. Aunque trataban de no juzgar los autos de fe, las quemas públicas de libros, los destrozos y desvalijamientos de las tiendas judías, las humillaciones y campos de concentración donde se internaban a los judíos y a los enemigos del régimen. La mayoría de los turistas se relajaban junto a las aguas grises del Rhin y las maravillosas colinas verde esmeralda y las azules montañas de Baviera. Muchos de esos extranjeros eran antisemitas y no les parecía escandaloso lo que ocurría y otros, como los norteamericanos, no veían mucha diferencia entre la aversión que les producía a ellos los negros en su país y la de los alemanes por los judíos.  

Leemos en el libro algunos pareceres humanamente comprensibles: muchos no creían que Hitler fuese a provocar otra guerra. No después de los horrores de la Primera, tan reciente, y del precio que tuvieron que pagar los alemanes. Y además estaba la sibilina eficacia de la propaganda nazi. Su uso de la radio y de la escenografía de las multitudes en las concentraciones nazis, de los desfiles y los uniformes, de las canciones y los himnos, del estallido de color de miles de banderas nazis hacían temblar de emoción a los más tibios, imagínense a los convencidos de que solo el autoritarismo y la disciplina militar pueden salvar al mundo de la miseria y la corrupción de las democracias (¿no les suena todo esto a tiempos, líderes y países muy cercanos?).

Para muchos de los intelectuales que visitaron Alemania ni siquiera Hitler parecía ser el horrendo carnicero ridículo que más tarde caricaturizarían sus enemigos vencedores. Gente como Virginia Woolf (su marido, Leonard era judío) el poeta T.S. Eliot, el novelista Thomas Wolfe (que juró no volver a Alemania) y otros, se mostraban disgustados o irritados ante algunas de las cosas que veían, pero ninguno de ellos tuvo (o escribió) la premonición de que se estaba acercando la guerra más dañina de la historia y mucho menos fueron capaces de percibir que la "fascinación" y el "encanto" personal del Führer era una falacia patológica. Es una ceguera tan "comprensible" como la de los millones de norteamericanos por Trump, los ingleses por Boris Johnson o los rusos por  Putin (y antes por Stalin, el "padrecito" de la nación rusa). 

Los que sí vieron la realidad y percibieron el peligro fueron pocos y sus testimonios no tuvieron casi ningún valor en el momento que se publicaron (después, sí). De ellos nos habla la autora, justamente alarmada por los paralelismo que percibe entre aquella situación y muchos aspectos de la actual política internacional (incluído el Reino Unido, su país). Pero en aquellos años, el oso nazi no había mostrado sus garras y su carácter sanguinario: Alemania era un país ideal para pasar la luna de miel, enviar a los hijos a adquirir una sólida educación cultural, los hoteles eran limpios y cómodos, el personal  educado y servicial, se celebraban los Juegos Olímpicos con una fastuosidad y eficacia sorprendentes, se podía hacer negocios con los nazis, eran serios y cumplidores. Hace falta una sensibilidad y perspicacia muy elevadas para  distinguir entre el oropel y los vítores la realidad tenebrosa que estaba tomando cuerpo. O ser judío en Alemania.

Ese es el mensaje perturbador que contiene el libro de Boyd. La autora contesta así en una entrevista a la pregunta  ¿Era fácil percibir el mal en Alemania? : “En general no. Alemania era un lugar encantador en muchos aspectos, lo que percibías dependía de las experiencias que tuvieras y también de tu bagaje ideológico. Si simplemente viajabas como turista era fácil que la gente y la propaganda te convencieran de que Hitler estaba haciendo algo bueno por Alemania, sobre todo al inicio del régimen. Luego las cosas se fueron poniendo peor, más claras, con las leyes de Núremberg o la Noche de los Cristales Rotos. Pero siempre hubo gente que no vio la maldad ni cuando les llevaron de visita a Dachau. Además, en los viajeros de clases altas, como los aristócratas británicos, el miedo al comunismo y el antisemitismo les hacían sentir afinidad con la nueva Alemania”. Una observadora tan sutil como la escritora Karen Blixen ("Memorias de África") nos deja una significativa y reveladora anécdota cuando visitó Alemania, en plena guerra, como corresponsal de varios periódicos escandinavos. En un Berlin "que había perdido su lustre", 1940, vio que se representaba "El rey Lear" de Shakespeare y se sorprendió hasta que comprendió "que la Alemania nazi se apropiaba de los grandes artistas y escritores  foráneos así como invadía los países de los demás". Y añade: "Dicen que Shakespeare en realidad es germánico debido a su poderosa humanidad; y Kierkegaard a causa de su profundidad mental; Rembrandt en su honestidad  artística y Miguel Ángel en virtud de su tamaño". Quizá parezca una anécdota banal. Pero piensen ustedes que esa supuesta infantil soberbia embaucadora es la semilla de la que nace la hambrienta necesidad nazi de ser "los mejores", sin reparar en medios, ni en éticas, ni en simple humanidad. Los mejores y los únicos. Los demás pueblos, sólo son esclavos, siervos o simples números aniquilables. Y si entre la morralla universal hay algún genio, ese tiene a la fuerza que tener raíces germánicas. La anécdota es la muestra de la falacia monstruosa del nazismo. Es llevar la raza, la supuesta nacionalidad única, a la medida de todas las cosas. Horrendo.

 

FICHA

VIAJEROS EN EL TERCER REICH.- El auge del fascismo contado por los viajeros que recorrieron la Alemania nazi.- Julia Boyd.- Trad. Claudia Casanova.- Ed. Ático de los Libros.-445 págs.- 

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2 junio 2020 2 02 /06 /junio /2020 09:32

…a la montaña. Señorías, a la vista de sus comportamientos, del tono de chorreo y varapalo de sus peroratas, a menudo, insultantes y ultrajantes, pienso que necesitan una terapia de urgencia contra el estrés y la negligencia negociadora. ¿Y qué mejor que una semanita en la montaña, costeada con una parte de esos sueldos que han cobrado y no trabajado por el Covid?

Quizá no son conscientes, señorías, del penoso espectáculo que algunos de ustedes ofrecen a la ciudadanía, que generalmente no comprende por qué permitimos que una parte de la clase política olvide cuál es la razón por la que se sientan en sus bien pagados sillones…y que sigan con sus trifulcas sobre quién tiene la culpa de algo, qué hiciste cuando estabas en el otro lado, por qué no hacen ustedes las cosas bien aunque sean las mismas que nosotros hicimos mal en el pasado o si usted es un aristócrata de cuna pero carece de ética y usted ha tenido un ancestro terrorista, aunque tal antepasado era un buen hombre que solo repartía octavillas en un tiempo en que eso era un delito. Por todo lo antedicho, considero justificadas unas cortas vacaciones montañeras de relax y con un tema de meditación común: con todos los problemas que tiene este país en este momento, porqué no somos capaces de hallar una fórmula que aparque las rencillas y ofrezca soluciones?

Quizá en la montaña se les ocurra que debemos empezar por aglutinar a un país que necesita unirse para poder afrontar el desafío vírico. Necesitamos símbolos limpios. Tenemos, claro, la bandera. En Alemania y otros países se penaliza el mal uso de la bandera del país. Aquí hemos conseguido que la bandera sólo sea –violentamente- esgrimida por algún partido y grupúsculos de poca monta,  como si fuera propia. La montaña quizá les inspire que deben regular el uso de la rojigualda. ¿Se imaginan que los catalanes y vascos se manifestaran por sus intereses con las dos banderas al mismo nivel? Sería una lección de estrategia política realista. Y callaría a los intolerantes. A falta de un Churchill, nos iría bien una bandera respetada por todos.-ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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31 mayo 2020 7 31 /05 /mayo /2020 12:26

Se preguntarán ustedes porqué les invito a regresar –literariamente- al mundo de la espada y de la magia. Quizá, también, recuerden, que tanto “El señor de los anillos” de Tolkien o “Juego de tronos” de George R. Martin o los libros de Harry Potter de J.K.Rowling, responden a momentos en los que la Humanidad se ha mostrado perpleja e insegura por los dramáticos asuntos, crisis globales, de índole bélica, financiera o social. Esos tiempos de tribulación favorecieron más o menos directamente las “modas” de narrativa de fantasía de capa y espada, de ciencia ficción o los thrillers políticos. No es banal que un “héroe” tan sospechoso como James Bond naciera en plena guerra fría y se fuera ajustando en sus mediocres a las circunstancias cambiantes del mundo moderno durante más de 50 años,  con éxito considerable. Stars Wars, Matrix, Indiana Jones, también ilustran el hambre de mitos y de “héroes” que la sociedad moderna ha reinventado del pasado remoto o el futuro posible. ¿Una posible razón psicológica global para justificarlo? La necesidad profunda del ser humano de encontrar un orden y una seguridad en la vida, además de un código simple y sencillo para resguardarse del mal y buscar el bien.

El mitólogo Josep Campbell en su obra “El héroe de las mil caras”  habla de la evolución del mito y apunta cuatro funciones básicas que se pueden rastrear a través de los libros o las películas. La función mística: necesidad de despertar el asombro y la valoración de la vida; la cosmológica: percepción del mundo físico como lugar de conocimiento; la sociológica: busca de un orden social que equilibre las fuerzas y  las necesidades con la ayuda del héroe; la pedagógica: guía simbólica para afrontar las etapas de crecimiento de la existencia o la muerte. Este es el esquema que el lector percibe en las sagas, las novelas de caballería y la obra que nos ocupa, escrita en plena II GM.

El ciclo artúrico iniciado por Thomas Malory con “Morte d’ Arthur” a mediados del siglo XV, miembro del Parlamento de Inglaterra, hombre de acción y política (acabaría sus días en 1471 en la prisión de Newgate, donde escribió su obra) sería el fundamento de una legendaria saga aprovechada en los siglos posteriores por narradores, cantares de gesta y poetas. Malory se basaba en textos medievales franceses e ingleses sobre el Grial, Lanzarote y el rey Arturo. Su obra se publicó en 1485 y tiene el mérito de constituir un ejemplo temprano de novela.

Luego dormiría el sueño cultural de las modas para renacer a mediados del siglo XX  de la pluma de un peculiar personaje, un escritor y erudito literario inglés llamado Terence H. White, mezcla  asombrosa de Oscar Wilde o Lewis Carroll.  Un joven erudito inglés prototípico de la Universidad de Cambridge. La ironía, los juegos de palabras, los diálogos sarcásticos y llenos de un noble humorismo, con el influjo estilístico de Chesterton o Conan Doyle. Por cierto el atemporal mago Merlin cita a Sherlock Holmes ante  Verruga (el niño que luego será Rey Arturo) (pág.173). Y así los que fueron niños en los sesenta y vieron “Merlin, El Encantador” de Walt Disney, disfrutarán doblemente con el primer libro de esta recopilación: “La espada en la piedra” ya que Disney hizo una reproducción bastante fiel del texto (película que, excepto en España, tuvo el mismo título de la novela).

White había utilizado el tema artúrico en sus exámenes finales de lengua inglesa y no volvería a recuperarlo, hasta después de hacer una carrera sembrada de matrículas de honor en Cambridge y de unos años trabajando como director del Departamento de Historia del colegio Stowe. En 1936 renunció a su puesto para seguir una carrera literaria, con algunos primeros éxitos muy prometedores, viviendo en la soledad de bosques y lagunas. Para White el ciclo artúrico es una tragedia al estilo griego, una especie de Orestíada, con incestos, venganzas, traiciones sentimentales (como la de Ginebra con Lanzarote) y odios edípicos (la muerte de Arturo la provoca Mordred, su hijo bastardo habido con los amores incestuosos con Morgana).

Para el joven White, la redacción de la saga de “El rey que fue y será” (The Once and Future King), es una especie de redención literaria en la que se reflejan su amor a la vida, sus temores y ansiedades, su sentido poético tan ligado a la vida en la naturaleza, la fascinación hacia todo tipo de animales, los perros, los búhos y aves emblemáticas como los halcones y los gansos salvajes. White hace que Merlin transforme a Arturo niño en animales como una perca, un azor, una hormiga, un búho, un ganso salvaje y un tejón, para enseñarle a vivir y a luchar. El humor irreverente, la ironía literaria y la divertida pseudo erudición constituyen una gozada para  el lector,  que a menudo recupera la seducción y las carcajadas que recuerda a los Monty Python y su “The Holy Grail”.

Sin embargo la guerra incipiente, su inseguridad, su escasa simpatía por las mujeres y falta de empatía personal prefiguran una soledad en la que trata de superar sus aversiones y sus miedos “creo que soportaría vivir como un cobarde, pero no soportaría hacerlo como un héroe”, escribe a un amigo. Pero en sus textos hay una entereza, una dignidad moral, una capacidad de resistencia y reacción que nos dejan una impresión favorable.

White se despide así en su obra: “Aquí termina el libro del rey que fue, escrito con grandes afanes y esfuerzos entre los años 1936 y 1942, cuando las naciones se enfrentaban en una temible guerra. Aquí empieza también –si por casualidad algún hombre sobrevive a esta peste y puede continuar su tarea- la esperanza del rey que será. Rezad por Thomas Malory y su humilde discípulo (el mismo White), que ahora deja a un lado sus libros para luchar por su gente”.

Quizá la clave de la obra completa (y también de su “resonancia” con nuestra época de pandemias y amenazas) está en los dos  últimos capítulos, XIX y XX, de “El libro de Merlin”, en donde además de Malory sale nuestro don Quijote como presunto autor de la hipótesis del final del rey Arturo: “se convirtió en cuervo”.  O también en los vigorosos ataques a la falta de sentido ecológico  (y ético) de “nuestra” época (hablamos de la primera parte del siglo XX) cuando White se dirige directamente al lector para hacer comparaciones del estado de los bosques, ríos, forma de vida y comportamientos en la época de la narración (el XI). Una especie de canto al “Paraíso perdido”, duro, implacable y cruel pero de una cierta nobleza, de una época que no se idealiza pero hacia la que hay una especie de respeto y esperanza de redención y mejora. ¿La hay en la nuestra?

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La edición de Ático de los libros es una gozada para cualquier devoto artúrico que se precie. El que esto firma ha manejado durante años ediciones separadas de Camelot (Ed. Debate) Camelot y el Libro de Merlin (Círculo de Lectores) y El libro de Merlin (Debolsillo), que adquirí por el magnífico “Comentario del editor” que lo precede. En el libro “El rey que fue y será”, se recogen por primera vez, que yo sepa, las cinco partes de la obra: “La espada en la piedra”, “La bruja de los bosques”, “El caballero maltrecho”, “Una vela al viento” y “El libro de Merlín”. Los traductores son Fernando Corripio y Enrique Hegenwicz, los mismos que en las ediciones por separado de otras editoriales.  Sólo tengo un “pero” a esta gozada de libro que Ático nos ofrece: la falta al principio del libro de un sencillo estudio introductorio de la obra y del autor (tanto White, como una referencia a su predecesor, Malory). Esta editorial es modélica en los dossiers que prepara de las obras que edita. Un resumen de éstos no se llevaría muchas páginas y enriquecería el volumen.

Sólo me queda desearles una divertida, romántica, apasionante lectura, llena de emociones y sugestiva como una de esas eternas e inmarchitables aventuras juveniles de la literatura universal. Donde no falta ni siquiera un vigoroso ataque a la falta de sentido ecológico de “nuestra” época (hablamos de la primera parte del siglo XX) cuando White se dirige –de forma muy divertida- directamente al lector para hacer comparaciones del estado de los bosques, ríos, forma de vida y otras características en la época de la narración (el XI) o hace que Merlin se queje amargamente “¿Por qué no tenemos luz eléctrica y agua corriente” a estas alturas?”.
En fin, un placer de libro.

FICHA

EL REY QUE FUE Y SERÁ.- Terence Hanbuty White.- Trad. Fernando Corripio y Enrique Hegenwicz.- Ed. Ático de los Libros.- 822 págs.

 

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29 mayo 2020 5 29 /05 /mayo /2020 11:18

Los griegos consideraban al planeta en el que vivimos como una diosa, a la que llamaban Gaia (los romanos la rebautizaron Gea). En 1979 el químico de la NASA James Lovelock publicaba una teoría o hipótesis que tomaba ese nombre, Gaia, en la que se sugería que el planeta era un sistema autoregulado cuyos componentes son seres vivos y la interacción de todos esos elementos dotados de vida, seres humanos, agua, aire, tierra, animales, vegetales, logran un equilibrio existencial gracias a unas determinadas condiciones esenciales de temperatura, composición  química y salinidad, que son a su vez las que posibilitan la vida, en una compleja homeostasis. 

Desde los años 80 comienza a denunciarse por científicos, intelectuales y filósofos una creciente degradación del mundo natural con una dramática pérdida de la biodiversidad en animales y plantas, mientras que el modelo de consumo va también degradándose y ya a finales del siglo XX y principios del XXI  surgen las alarmas por el cambio climático que ocasiona un nivel de CO2 elevado, el aumento de la temperaturas y  de la salinidad marítima, el deshielo creciente en los Polos y los glaciares. La aparición de la pandemia, según muchos investigadores, una consecuencia indirecta de la brutal pérdida de la biodiversidad causada  por la destrucción de hábitats naturales en selvas, bosques y montañas, se está convirtiendo en una especie de "reacción defensiva" del sistema Gaia, para recuperar un equilibrio homeostático pervertido por la acción depredadora del sistema humano de desarrollo.

Me refiero a lo que muchos científicos, biólogos, físicos, naturalistas están llamando ya "la venganza de la Tierra" o  "la muerte anunciada de Gaia". Es decir, de alguna forma lo que nos está mostrando acusadoramente la pandemia: el gran negocio del mañana no será lograr la eterna juventud o colonizar nuevos planetas, sino sobrevivir en el nuestro, en el que ya empezamos a cruzar la línea de no retorno. La pérdida de la biodiversidad, una de las llaves de la supervivencia, está alcanzando cifras de biogenocidio, junto con la destrucción medioambiental que causa el cambio climático está provocando cambios que afectan la homeostasis de todos los elementos que conforman la vida de la Tierra (de los que somos una parte, la más pretenciosa y destructiva, pero no la más esencial). La pandemia nos está enseñando que estamos todos interconectados...pero no sólo los seres humanos entre sí (cosa que ya nos cuesta aceptar), sino con el resto de las especies y el entorno natural. Eso es Gaia. Y el modelo de vida hegemónico de los humanos, con su secuela de destrucción y rapiña de recursos naturales, la está matando y como consecuencia natural, nos está matando,  a través de arrasar nuestra salud, bienestar y economía. 

La pandemia tiene una narrativa bipolar: una, la amenaza letal, que no reconoce fronteras (aunque sí niveles de renta) y dos, la advertencia, que exige un cambio sistémico y global, no sólo de forma de vida sino económico, energético. Y un cambio radical de tipo cultural: no considerarnos al margen de la Naturaleza, como dueños que utilizan unos bienes propios, cuando en realidad somos inquilinos pasajeros de un planeta que existe mucho mejor sin nosotros. y un epílogo anunciado: los Gobiernos cautivos de muchos intereses, volverán a rescatar a la grupos de aerolíneas, a las empresas automovilísticas (responsables de un elevado porcentaje de contaminación ambiental), a bancos y financieras y  a sí mismos, una especie de 2008 redivivo. Mientras habrá miseria, hambre, empleos precarios, violencia en las ciudades, lucha de clases y hundimiento de la sanidad pública por falta de apoyos, sistemas políticos centrados en la seguridad y en la vigilancia...¿tal vez una tercera guerra mundial por los recursos que vayan escaseando por la agonía del planeta? ¿De verdad que quieren ustedes, los que manejan el poder y el dinero,  este futuro?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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26 mayo 2020 2 26 /05 /mayo /2020 09:46

El sistema neoliberal ha colapsado,  necesitamos un nuevo sistema económico social.¿Recuerdan aquello de no hagas caridad con la comida, enseña a la gente a producirla y dales medios y empresas para que la gestionen? Vivimos en una sociedad regida por una política parasitaria al servicio de una plutocracia internacional,  a la que respeta todo el mundo incluso el virus. El "keynesianismo" con el que se llenan la boca ciertos políticos y su falacia de los subsidios y renta mínima, son parches para hoy y miseria estancada para mañana. En pleno progreso de la crisis económica, conviene tener las cosas claras y apoyar a un Estado que reactive la economía productiva, promoviendo industrias locales que produzcan productos y herramientas para consumo nacional; volviendo atrás el régimen industrial neoliberal de "reconversiones" y  deslocalizaciones; impulsando la agricultura como sector básico de alimentación;  generando empleo y controlando un mercado y un consumo que no estén basados en el derroche; blindando la salud y la educación como bienes básicos innegociables y arrancando a la sanidad de las manos de especuladores y fondos buitre (recuerden a los ancianos); revirtiendo la contaminación atmosférica y el cambio climático (colaborador en la sombra de las pandemias); racionalizando el teletrabajo para ir dando vida a la España vacía y descongestionando las grandes capitales, campo de batalla de enfermedades, miseria y violencia ; restringiendo el turismo invasivo, barato y contaminante, para promover un turismo interno y el respeto a la Naturaleza. Y, tal vez, cambiando la estructura funcionarial y política de un país en exceso burocratizado para  crear una administración flexible y eficaz con los menos empleados vitalicios posibles.

España necesita un líder con las ideas claras, con autoridad, con prudencia, sensible a los expertos no vendidos, equidistante de la estupidez violenta y gregaria de algunos partidos y las corruptelas oficiosas de otros, alguien que aglutine a todo el país en estas horas bajas y convenza a nacionalistas y voxeros, a la ultraderecha vociferante, a derechas e izquierdas, que es hora de unir y no de separar. Y, a todo esto, suponiendo que nos nos acorrale el virus de nuevo por la irresponsabilidad de los covidiotas que atacan a las supuestas "dictaduras" de quienes han decretado confinamientos (¿tenía alguien una idea mejor?)  y no comprenden la necesidad de una cooperación solidaria de todos para superar la pandemia y la crisis.  Realmente se trata de una misión casi imposible (aunque necesaria).- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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21 mayo 2020 4 21 /05 /mayo /2020 09:01

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con un libro de historia de la filosofía como con "Tiempo de magos" del filósofo y periodista Wolfram Eilenberger que ha logrado la hazaña de escribir una especie de "Vidas Paralelas" no sobre emperadores o filósofos romanos y griegos, sino con grandes filósofos de nuestro ayer más cercano, la por él bautizada "gran década de la filosofía", de 1919 a 1929. Diez años prodigiosos en los que las vidas y los acontecimientos personales e intelectuales de cuatro pensadores de primera fila, Ludwig Wittgenstein, Walter Benjamin, Martin Heiddegger y Ernst Cassirer, marcaron de una forma indeleble, decisiva, la especulación filosófica, social y científica de todo el siglo XX y se extiende sobre el XXI.

La gracia del libro estriba en la habilidad con la que el autor va engarzando las vidas de estos cuatro hombres,con sus penurias, vacilaciones, contradicciones, logros e ideas, tejiendo un tapiz que tiene la virtud de mostrar de una forma sencilla y atractiva los entrecruzamientos de los cuatro. No sólo en el entorno geográfico y político social a los que pertenecen por vivir en la misma época y países cercanos entre sí, sino en la esencia conceptual de sus ideas, todas ellas  (quizá con la excepción del muy ortodoxo Cassirer), de tan difícil sustantación y definibilidad que resulta una hazaña intelectual hacerlas digeribles al lector. Como elementos hábiles de hacer amena la lectura, Eilenberger escoge anécdotas vitales -muchas de ellas bastante poco conocidas- que van perfilando las figuras de estos pensadores tan controvertido como Heiddegger,  tan contradictorio y desdichado como Benjamin, o el difícil trato con el autista genial y no menos desdichado, Wittgenstein.

Destaco la anécdota del examen de doctorado de Wittgenstein en la Universidad de Cambrige en 1929, ante un tribunal formado por los filósofos Bertrand Russell y G.E. Moore, entre otros. Un cuarentón Wittgenstein que sólo había publicado una obra (que nadie había entendido) y que trabajaba como maestro de escuela tras haber rechazado su herencia, una fortuna extraordinaria, se presenta ante el tribunal, se niega a dar demasiadas explicaciones de sus ideas y ante sus asombrados jueces se levanta, da unos golpecitos amistosos en los hombros a Russell y Moore y les espeta: "No se preocupen, sé que jamás lo entenderán". Evidentemente fue aprobado. No por la soberbia un poco cómoda y excesiva de la frase sino porque todos los examinadores de forma unánime sabían que estaban ante un genio irrefutable.

Los cuatro pensadores analizados en este libro son altamente creativos, impertinentes y revolucionarios. Forman una extraña conjunción mágica del pensamiento especulativo. Son centroeuropeos, tres alemanes y un austríaco y han vivido una época convulsa con la  República de Weimar, la I Guerra Mundial, la llegada del nazismo y la II Guerra mundial. Nuestro autor va intercalando las cuatro historias separadas en capítulos donde de forma simpática e ilustrativa nos define las posturas y actividades de sus biografiados. Por ejemplo empieza en 1919, el año en que "el doctor Benjamin huye de su padre, el subteniente Wittgenstein comete un suicidio económico, el profesor auxiliar Heidegger abandona la fe y monsieur Cassirer trabaja en el tranvía para inspirarse".

Los cuatro pensadores parecen buscar una respuesta adecuada y moderna a la pregunta de Kant, ¿Qué es el hombre"  y llegar en su análisis a muy distintas conclusiones. Y es aquí en lo que Eilenberger logra su mejor acierto: hacernos inteligibles las difíciles ideas y planteamientos del oscuro Heiddeger, del místico Wittgenstein o del brillante pero enigmático Benjamin y, por supuesto, del olvidado Cassirer que tuvo la genialidad apenas reconocida de usar el lenguaje y los símbolos para dar su versión de lo que es la naturaleza humana.

Nos dice brillantemente Eilenberg: "Era previsible que la vieja pregunta de Kant acerca del hombre condujera, según se asumiera la respuesta de Cassirer o la de Heidegger, a dos ideales completamente opuestos de evolución cultural y política, tomar partido por una humanidad con iguales derechos formada por todos los seres que utilizan los signos [Cassirer] se oponía al coraje elitista de ser auténtico [Heidegger]; la esperanza de una domesticación civilizadora de las profundas angustias del hombre se enfrentaba a la exigencia de exponerse radicalmente a ellas; el compromiso con el pluralismo y la diversidad de las formas culturales contradecía el presentimiento de una inevitable pérdida de la individualidad en esa sobreabundancia; la continuidad moderadora se oponía a una voluntad de ruptura total y de nuevo comienzo".

Desde el  Tractatus logico-philosophicus, de Wittgenstein, a La filosofía de las formas simbólicas, de Cassirer, o el "Ser y tiempo" de Heidegger, o las ideas dinámicas aunque caóticas de Benjamin, son convertidas por nuestro autor en las raíces nutricias de la filosofía del siglo XX. Y lo explica en una entrevista: “Los cuatro son los padres fundadores de las escuelas que aún dominan la discusión: Heidegger, del existencialismo, la hermenéutica y la deconstrucción; Benjamin, de la teoría crítica y la Escuela de Fráncfort. Wittgenstein, de la filosofía analítica. Y creo que los estudios culturales no serían lo mismo sin Cassirer”.

Es este un libro apasionante no sólo para los estudiantes y lectores de filosofía, sino para cualquier lector que sienta curiosidad por la historia de las ideas  que han modificado y condicionado el siglo en el que vivimos.

FICHA

TIEMPO DE MAGOS.- Wolfram Eilenberger- Tra. Joaquín Chamorro.- Ed. Taurus.- 383 págs.- 22,90 EUROS.- ISBN 9788430622085

 

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