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13 septiembre 2020 7 13 /09 /septiembre /2020 09:14

"La edad de la penumbra" de Catherine Nixey, historiadora dedicada al periodismo de divulgación, es una obra que sintoniza perfectamente con la actual situación dentro de la cultura dominante en la que los fenómenos religiosos -no los espirituales- han tomado un sesgo ligeramente anacrónico para una parte de la población, aunque sigue candente en religiones como el mahometismo y el budismo. Con el cristianismo, y salvo en lugares y entornos muy determinados, el decaimiento de fervor y práctica ha provocado la aparición de una historiografía  crítica que ha cuestionado no sólo la perdurabilidad -exceptuando siempre a un núcleo duro inamovible entre el fanatismo y la buena fe- sino también la legitimidad de estas creencias. Aunque ya hemos tratado en estas páginas diversos ejemplos de estudios de considerable solvencia sobre esta deriva iconoclasta y desmitificadora de la historia de las religiones, el libro de Nixey pega un buen varapalo al cristianismo con cierto redentismo provocador, no exento de humor. Lo cierto es que el sarcasmo de la autora tiene un efecto dinamizante en el lector que, si ha  seguido mi propuesta de lectura en otras ocasiones de libros semejantes, apreciará sus concomitancias a pesar de los estilos totalmente diferentes.

"La edad de la penumbra" es muy incisivo en sus conclusiones y ha provocado protestas públicas de la Iglesia ante alguno de sus comentarios e informaciones. Pero, prescindiendo de las críticas institucionales, las imágenes que nos brinda la autora de la forma de vida de los cristianos de los siglos anteriores al reconocimiento del cristianismo como "religión oficial" del Imperio romano, desmiente toda la iconografía tan cara a esta religión -de origen romano, por excelencia- cuyo poder llegaría a alcanzar nuestro siglo y tiene visos de seguir, aunque en cierta forma "tocada" por una forma de vivir absolutamente distinta a la de todos los pasados siglos de su "era".

La semejanza entre los actos de barbarie y vandalismo de los cristianos del siglo IV d.C., cuando se habían hecho suficientemente fuertes y temidos por su fanatismo sin compasión, con los los barbudos sanguinarios del tristemente famoso Estado islámico, es algo más que una curiosidad. Es un síntoma, 17 siglos más tarde. ¿Hay alguien que defienda la evolución emocional del ser humano; su comprensión y respeto por otras creencias, en esta presunta época del "fin de las creencias"? Esperemos que el "triunfo de la Cristiandad" que tanta sangre, injusticias, barbarie y destrucción provocó durante siglos (hasta hace dos días y continúa en algunos lugares) no sea el espejo de actuación de los islamistas feroces parapetados más en el odio a otras creencias que en el estudio, puesta  al día, comprensión y perfeccionamiento de la propia.

Tanto los cristianos de entonces y duraderamente, cuenta Nixey, como los islamistas de ahora, buscan no un reconocimiento y respeto del contrario sino la "total subyugación de éste" a sus principios. Y para lograrlo no hay exceso violento que no ejerzan y patrocinen. Hoy se dinamitan estatuas gigantescas de Buda o se queman iglesias o asesinan a sacerdotes y fieles; en el siglo IV y V dC, se destruyó casi totalmente la hermosa y fructífera filosofía grecolatina y las manifestaciones escultóricas o arquitectónicas de aquellos antiquísimos cultos y creencias.

Lo que nos inquieta más del libro de Nixey es su aseveración documentada de que grandes hombres de aquellos tiempos, como San Agustín, apoyaba "la extirpación de toda superstición de paganos y gentiles" de la forma más radical posible. Otros "santos" como el francés Martin o el egipcio Teófilo o el italiano Benito dieron muestra de su "santidad" en su particular guerra sin piedad contra las personas y los lugares que habían sido conocidos por su espiritualidad "no cristiana". ¿Dónde está la madurez intelectual de tantos filósofos de raíz cristiana que, incluso en nuestra época, no cuestionan ni rechazan el oscurantismo provocador de aquellos pensadores?

Como con mucho sentido del humor e ironía nos cuenta la autora, "los ataques no se detenían en la cultura. Todo, desde la comida que se ponía en el plato (que debía ser sencilla y sin especias) hasta lo que se hacía en la cama (que debía ser igualmente sobrio y sin especiar) empezaba, por primera vez, a quedar bajo el control de la religión". Y sin embargo, lejos de esos grupos y cabecillas "santificados", las personas del común, corrientes, que trataban de sobrevivir, se limitaban a incorporar al dios cristiano al abundante panteón de divinidades paganas. Situación que sin embargo duró poco, ya que después de Constantino, cuando los sacerdotes de la "verdadera fe" comenzaron a controlar algunos resortes del estado, el político y el militar, los templos paganos -y sus sacerdotes- fueron destruidos unos y asesinados otros por todo el Imperio y aledaños.

La misma o parecida suerte corrió la filosofía y los últimos filósofos de las escuelas platónica (la Academia) y neoplatónica, aparte de las escuelas no asimilables al cristianismo (el platonismo fue manipulado a favor de lo permitido y también el estoicismo en alguna medida) pero el cinismo, el escepticismo y el epicureísmo fueron devastados. Las hogueras con libros prohibidos no las inventó Hitler o los islamistas, la inventaron los cristianos. Y también inventaron los palimpsestos -manuscritos sobre los que se escribían nuevos textos.  "Se ha descubierto que Agustín sobrescribió el último ejemplar de 'Sobre la República' de Cicerón para anotar encima sus comentarios de los 'Salmos'. Una obra biográfica de Séneca desapareció bajo otro 'Antiguo Testamento' más. Un códice con las 'Historias' de Salustio se raspó para dar lugar a más escritos de San Jerónimo.... Sólo un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió a los siglos. El 99 por ciento fue destruído".

Y sugiere la autora, los cristianos del medievo y épocas posteriores modificaron la historia del recibimiento del triunfo del cristianismo en pueblos y aldeas. Fue una de las muchas "fake news" que pasaron a ser consideradas verdades dignas de figurar en los libros de historia y en la enseñanza a los niños y en las Universidades: se eliminó la memoria de que existió una fuerte y duradera oposición a dicha victoria. "El cristianismo contó a las generaciones posteriores que su victoria sobre el viejo mundo fue celebrada por todos, y las siguientes generaciones lo creyeron". Por ello el "triunfo" del cristianismo fue considerado durante los siglos posteriores como un milagro más de la "religión verdadera" y precisamente en ese dato estriba la totalidad y completud del triunfo cristiano.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

LA EDAD DE LA PENUMBRA.- Catherine Nixey.- Trad. Ramón González.- 317 págs.

 

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8 septiembre 2020 2 08 /09 /septiembre /2020 09:15

Decía Séneca que la ira es un ácido que hace más daño al recipiente en la que se almacena que en cualquier cosa sobre la que se vierta. Cierto, cuando se trata de una emoción que responde a un estímulo, más o menos legítimo. Pero si es gratuita, si es pura idiotez vandálica, esa ira sólo hace daño a las cosas o a las personas sobre las que se vierte. Los vándalos no tienen causa moral ni objetivo alguno que no sea la destrucción. Por mucho que traten de escudarse en que son antisistema, en la oposición ante cualquier autoridad o poder, o alcen banderas separatistas o nacionalistas, o el arco iris de las variedades sexuales o raciales, en realidad sólo les conmueve la destrucción gratuita y salvaje por el mero placer de arrasar con lo útil, lo bueno o lo bello, ya sea una maceta con flores, un objeto artístico, unas piedras milenarias, un monumento o un jardín, unos bancos públicos, unos contenedores de basura o un parque para ancianos o para niños. Es la faz oscura de los ácratas más primarios, descerebrados y ajenos a cualquier ideología o principios políticos o éticos. Lo único que alimenta la ira de los vándalos, la más imbécil de todas las iras, es que se les haya ido la mano un poco en la droga y un mucho en el alcohol. 

Este año en el que los “covidiotas” se han aliado con los contagiados de  “idiotavirus”, los desmanes dañinos e indignantes de vandalismo han proliferado en las ciudades y han viajado a algunos pueblos que, hasta la llegada de la pandemia, sólo sufrían ciertos desmanes puntuales en días de fiestas mayores cuando el alcohol es un exceso comprensible para algunos. La solución a largo plazo del gamberrismo, sea puramente idiota, etílico, pseudo político o racial, es decir, manipulado o promocionado, empieza a surtir efecto cuando enseñemos educación cívica desde las escuelas y su proyección en las familias, en las aulas y campañas por todos los medios. Es el efecto dominó a nivel pedagógico: enseña a los niños y recuerda a sus padres las elementales normas de la convivencia y la educación y algo cambiaremos. Que un niño aprenda desde muy pequeño, por ejemplo, que no ha de tirar papeles u objetos a la calle o al campo, tiene un efecto cuántico multiplicador como el aleteo de la mariposa que se convierte en tifón al otro lado del mundo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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1 septiembre 2020 2 01 /09 /septiembre /2020 09:33

Ustedes me disculparán pero he decidido poner punto final a esta serie. Podría pasarme el año completo escribiendo cada semana sobre la incidencia fáctica y empírica de ese virus y aún me sobraría para escribir y publicar la "Enciclopedia mundial del idiotavirus y cómo ha influido (pésimamente) en la historia universal". Y he podido llegar hasta aquí por la suerte de no vivir en tiempos de la Inquisición,  aunque bien mirado, la Red se está convirtiendo en un durísimo y cruel tribunal inquisitorial cuyos anatemas, maldiciones y agresiones por ahora son virtuales. En San Marcos 5:9,  Jesús pregunta al diablo cuál es su nombre y éste le contesta: "Legión, porque somos muchos". Pues el idiotavirus crea demonios idiotas por legiones. Y, repito, todos hemos ejercido en algún momento puntual de infestados. La única diferencia con los habituales es que algunos no lo convertimos en un estilo de pensar, hablar y actuar.

Dejaré algunas cosas claras, no soy de los que clama por un pasado que en nuestra memoria selectiva era sin duda mejor, ni despotrico contra los jóvenes porque están mal educados, desprecian a las personas con autoridad, no respetan a los mayores, son incultos, embarulladores y beben demasiado, entre violencias gratuitas y desmadres etílicos y drogatas. Si no recuerdo mal, en varios de los Diálogos de Platón o las comedias de Aristófanes, Quevedo o Shakespeare, se repiten esas condenas. En esencia lo que no ha cambiado es la opinión de los mayores sobre los jóvenes, olvidando aquellos que generalmente cuando ellos mismos eran jóvenes solían comportarse de esa manera o coincidían con compañeros que lo hacían sin demasiado escándalo por su parte. Se comportaban como idiotas. El idiotavirus era considerado entonces por los propios jóvenes un idiotavirtus. Cambiaba el sustantivo pero no el adjetivo. En resumen: el virus de la idiotez se pasea por los siglos como Pedro por su casa. Forma parte esencial de nuestro paisaje humano y lo debemos llevar inscrito en nuestros genes como animales humanos: se activa cuando predomina la parte primera, lo animal,  y se oculta la segunda, lo humano, que siempre se protege con la razón. Vale.

ALBERTO DÍAZ RUEDA.

 

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31 agosto 2020 1 31 /08 /agosto /2020 11:39
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29 agosto 2020 6 29 /08 /agosto /2020 11:53

(Artículo publicado en La Comarca, 280820)

El estupor y la desorientación, la incertidumbre y la angustia creciente marcan las etapas de los estados de ánimo que confiesan los ciudadanos afectados por el enigma educacional, mientras los políticos siguen adictos a la actitud pública y notoria  de un comportamiento basado en el empírico ensayo-error. Lo llevan haciendo desde el mes de febrero pasado, cuando ya se abrían las puertas de un caos anunciado. Han estado desbordados por la izquierda y por la derecha, aunque quizá, como a todos, el desafío  vírico les ha venido demasiado grande y tantas dudas y vacilaciones son inevitables. Ello ha puesto de manifiesto la falta notoria de líderes políticos, dignos de ese nombre, para situaciones tan graves, exigentes y desconcertantes como las que ha creado la pandemia. Escribo esto sin ánimo crítico, sólo soy realista, y hablo de la clase política visible en general: los estados de excepción requieren políticos excepcionales y de esos hay pocos.

Consideremos que los sectores en crisis no son sólo  el sanitario, que ha debido conformarse con palmaditas de consuelo pero sin mejoras, sino también el económico, por el que doblan las campanas de duelo, a pesar de inyecciones varias, y para cerrar el panorama  catastrófico, el educativo (que en el circuito de las necesidades básicas para el progreso de una nación es tan importante como los otros dos). Los maestros y maestras, los profesores de ambos sexos, de todos los niveles educativos, llevan meses literalmente mesándose los cabellos y pensando que las autoridades de ese depauperado sector deben haber pasado del estupor de la pandemia a la inopia de las dudas (escribo esto antes de saber el resultado de las últimas reuniones oficiales). Los medios han reflejado el estado de estupefacción general, fiel reflejo del de la población. El Gobierno asegura que están planteando alternativas y protocolos desde junio,  hay 2.000 millones de euros destinados al sector y se habla de 30.000 docentes por contratar. Pero desde las escuelas a los institutos y a las Universidades, el enigma educacional sigue sin resolverse de una forma clara, definitiva y sobre todo unitaria. Seguimos con el complejo de las Comunidades y sus competencias. Insisto, ¿es que una situación global como la pandemia no debería afrontarse de una manera centralizada con el apoyo de todas y cada una de las Comunidades? ¿Cuál es el presunto hecho diferencial en este caso que justifica que cada una lo haga a su modo y manera? ¿Es que no nos contagiamos y sufrimos o morimos todos de la misma manera, andaluces, gallegos, vascos o catalanes? Es evidente: no hemos aprendido nada de los meses de pandemia transcurridos. Seguimos alimentándonos de conceptos políticos cerrados en lugar de ideas ajustadas a las circunstancias. Y así seguimos sin tener ideas claras y orientativas, de si la educación ha de ser presencial o telemática o mixta, la ratio de niños o alumnos en cada clase, el uso de mascarillas y separación física, los protocolos de respuesta urgente a un rebrote localizado, normas de los deportes y los actos académicos...

El confinamiento como medida extrema, sectorial preferiblemente, es una decisión que tiene unas consecuencias económicas y sociales de primer orden, no pueden depender de la famosa autonomía comunitaria. En tiempo de pesadumbre, no hacer mudanza. Creen un gabinete de crisis permanente donde haya participación paritaria de todas las Comunidades y se tomen las medidas por consenso general. Y se puedan evitar tibiezas tan absurdas y peligrosas como la del señor Torra, por poner un ejemplo, pidiendo por un lado que se respeten las restricciones de personal en grupos y por el otro que para las manifestaciones del 11 de setiembre “ya se verá”. Vamos, señores, un poco de seriedad (el que esto firma se considera catalán de adopción, tras medio siglo de vivir y trabajar en Cataluña). Las Comunidades en general y las más opuestas a “injerencias” estatales ya han demostrado su “pericia” con el Covid19, no repitamos el error.

Es precisa  la participación de todos, desde la gestión política a la de ayudas y situaciones puntuales de agravamiento vírico. Y para ahora, el problema quema. Señores, reúnanse los responsables y pongan a un lado por el momento sus intereses “políticos” o de imagen partidista e incluso independentista.  Ya que en Sanidad no han logrado la unanimidad y la  gradual asimilación de un protocolo de actuación pública y privada que confirmara  las mejoras que provocó  el confinamiento (y así nos ha ido). Todo a causa de esa confusión visceral de confundir los derechos personales y “comunitarios” con las exigencias excepcionales de una pandemia. Ese exceso “constitucionalista”  que prima los derechos de las partes pero no las obligaciones hacia la totalidad del país no resiste un examen de ética y sentido común. Señores políticos, profesores y maestros, alumnos y ciudadanos del común, díganme: ¿Son necesarias más muertes, contagios y amenazas  para que nos planteemos en serio que si no hay una política de defensa conjunta, unitaria, común y solidaria, basada en la precaución, la ecuanimidad y la cooperación de actuación y de  información transparente y lo más veraz que sea posible, nos vamos todos y cada uno de nosotros a abrirle las puertas a la miseria, la dictadura y  el caos?

Y no me refiero sólo a la política o la economía…también a la educación, uno de los puntales medio abandonados en este país  por los gobiernos capitalistas y neoliberales de los últimos decenios. Y la educación, como han dicho muchos pensadores, es una herramienta cargada de futuro.

Más de ocho millones de estudiantes y más de 700.000 docentes se preparan a partir del día 7 de setiembre a encarar un desafío tan pandémico como el virus, contagiable y de posibles efectos devastadores: el del enigma educativo. Enigma que nace del hecho de que, en principio y en puridad, no hay nada menos educativo que afrontar un hecho empírico, la transmisibilidad del virus, sin un protocolo claro, único y obligatorio y sin el añadido sustancial de medios sanitarios y personal adscrito que garanticen hasta cierto punto algo tan mudable y poco previsible como la gestión pandémica. Una actitud de cautela y reflejos rápidos. Equipos de actuación urgente. Directrices ágiles y ajustables a las situaciones. Algo de esto existe, pero hay que perfeccionarlo.  Luego, sólo nos quedan las lamentaciones…y las criticas. Ambas igual de inútiles.-

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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25 agosto 2020 2 25 /08 /agosto /2020 17:17

(PUBLICADA EN LA COMARCA EL 250020)

Todos los seres humanos son idiotas en ciertos momentos de sus vidas,  pero la mayoría lo son más que otros y durante mucho más tiempo. Esta es una teoría bastante plausible. Según Popper, no existen las teorías verdaderas, sino aquellas que han sido contrastadas sin poder ser falseadas. Pero aunque esta fuera falseada (que nadie lo ha logrado), tampoco se abandona, salvo que encontremos una alternativa mejor.

Y si están ustedes bien informados (y no desinformados o saturados) verán múltiples pruebas de esa teoría sobre el virus de la idiotez aplicada a la actual pandemia y a otros enigmas más o menos letales: desde los fanáticos seguidores de un agricultor inspirado, Josep Pamies, que aconseja la ingesta de un producto (el clorito de sodio) parecido a la solución de lejía que preconizaba Trump o Bolsonaro en algunos de sus dislates, a los feroces enemigos de las mascarillas que se reúnen en multitudes bien apretujadas riéndose de las multas y las amenazas, a los reincidentes jóvenes de sacrosantos derechos a la juerga, las fiestas patronales y los botellones: todo es mentira, paranoia conspirativa, intereses económicos ocultos y perversos. Y si viene la vacuna hay que hacer frente común: el Gobierno, o la Internacional Capitalista, nos quieren implantar con la vacuna chips para dominarnos mejor y controlarnos a todos. Y esos "todos" son, por ejemplo los antisistema que viven del sistema, los okupas que viven de la estafa y la extorsión vistiéndose de nuevos samaritanos, provocando situaciones de desamparo y vejación que son el asombro y la incredulidad para el resto de Europa, (leyes inicuas al servicio de pretensiones humanitarias), algunos -no todos- de los clientes del buenismo de nuestra desorientada izquierda que reciben una ayuda indiscriminada sin la debida contraprestación de servicios, todos estos a la altura de los terraplanistas o de los que creen que la llegada del hombre a la Luna fue un truco de Hollywood y la Casa Blanca.  La abundancia de los idiotas ocultaría la luz del sol dejando al orbe en tinieblas. Y no olvidemos a los mini-idiotas: los que se cuelan en las colas, el que se salta las normas de circulación porque cree que nadie lo va a ver, el que tira las mascarillas usadas en las aceras o se cisca en las normas de higiene pública o en las de buena vecindad porque le conviene en un momento dado, o algunos que huyen de la ciudad y llegan a los pueblos para cometer impunemente los agravios que su egoísmo o descuido les sugiere, desde aparcar mal a no dejar dormir a los vecinos con sus gritos y bromas o actuar como si el virus no fuera con ellos. La semana que viene más.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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23 agosto 2020 7 23 /08 /agosto /2020 09:02

Siempre me he sentido atraído por Spinoza, deslumbrado con su pensamiento, intrigado por su vida y perplejo por  las dificultades inherentes a su lectura. Como Sócrates, Montaigne, Russell, Wittgenstein, Epicuro o Pirrón pertenece al grupo no muy amplio de filósofos vitalistas, es decir, aquellos que viven la filosofía como una forma o estilo de vida. Y al más reducido círculo de los que pagaron con persecuciones, acosos sociales o religiosos, ataques físicos e incluso la tortura y la muerte, la coherencia existencial con sus ideas. Nació en Amsterdam en 1632,  hijo de padres judíos de origen portugués y español. Fue temprano lector de Lucrecio, Hobbes, Cervantes, Quevedo, Góngora y Giordano Bruno.  Toda su filosofía es una meditación sobre Dios, pero no de un Dios trascendente como en las tres religiones monoteístas sino de un Dios que es, en sí mismo. tiempo, materia y espíritu. Semejante idea le valió el anatema total y la expulsión de la Sinagoga y de la fe judía y con el tiempo (mal interpretado y menos entendido) se le calificó de uno de los primeros ateos de la historia. Murió joven, 44 años, y rechazado por su comunidad, a causa de una enfermedad pulmonar, tisis, provocada por el polvo que inhalaba debido a su oficio de pulidor de lentes.

De su filosofía, principalmente su "Etica" ("Demostrada según el orden geométrico") o su "Tratado teológico político", han surgido muchas de las reflexiones que me han facilitado la vida y agudizado el entendimiento en asuntos religiosos, morales, políticos o históricos. Aparte de inspirarme cierta alegría de vivir, amor a la Naturaleza y ética personal que han guiado mi vida en momentos delicados y en los asuntos cotidianos. Su norma existencial "Caute!" (cautela en el pensar, el hablar y el actuar) me ha librado de buenos líos a través de los años. De todas formas incido en mi observación al principio de este texto: es de lectura dificultosa. Precisamente por eso, libros como el que hoy les recomiendo, "Spinoza y el libro de la vida" de Steven B. Smith (profesor de ciencia política en la Universidad de Yale), junto a "En busca de Spinoza" de Antonio Damasio (uno de los neurólogos más conocidos y respetados, norteamericano de origen portugués) nos ilustrarán de manera muy eficaz en la importancia de la obra de Spinoza en la historia de la Filosofía y las influencias que su pensamiento tuvo en los más grandes filósofos del siglo XX y del actual.

Es uno de los más citados pensadores en todos los que luchamos por la libertad de pensamiento, la hegemonía de la razón, la igualdad y la solidaridad humana por encima de razas y nacionalidades, en busca de la convivencia pacífica y el progreso sostenible y ecológico. Seguidor de las ideas estoicas greco-romanas. Spinoza cultivó una austeridad y una sencillez ejemplares en su vida y un estado de bienestar mental y alegría. Opinaba que el amor al conocimiento, al arte y a la vida y la contemplación en la Naturaleza, eran en sí mismas las vías para alcanzar la sabiduría.

Spinoza sostiene, según un comentarista al que cito por su claridad expositiva pero del que, lamentablemente no conozco el nombre, que "Dios es lo uno y lo múltiple. Para conocerlo, solo tenemos que observar y estudiar la totalidad de la que formamos parte. Dios no está en lo alto, sino en el aquí y ahora. En la filosofía de Spinoza no hay ninguna concesión a la trascendencia. Dios no es lo que está más allá, sino la red infinita que nos envuelve. Al señalar la extensión como atributo infinito de Dios, Spinoza impugna la idea bíblica de la creación, donde la materia solo es una herramienta o sustrato, no algo divino. El hombre participa del conatus o impulso por perseverar en la existencia común a todos los seres vivos. Esa es su “chispa divina”, no la quimérica humanidad de Dios. El alma del hombre solo es una idea, la conciencia reflexiva de su realidad corporal. Para Spinoza la virtud es obrar bajo la luz de la razón, con una comprensión adecuada de las cosas, intentando no ser objetos pasivos de las circunstancias y las emociones. La virtud nos hace obrar bien y no hay mayor felicidad... ya que el sabio contempla el universo “sub specie aeternitatis”, es decir, como un todo regulado por la razón y la necesidad." Un hombre libre reserva su sabiduría para meditar sobre la vida, no sobre el morir. Arrepentirse es un gesto estéril. El que lo hace es “doblemente miserable e impotente”. Hay que abstenerse de condenar. Lo esencial es comprender, especialmente nuestros propios errores, y saber que “no queremos, apetecemos, ni deseamos algo porque lo juzgamos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo queremos, apetecemos y deseamos”.

Como dice  Steven B. Smith, Spinoza "nos enseña a abrazar el mundo, más bien que a huir de él; a mirar la libertad como una bendición, más que como a una desgracia: a encontrar placer en esas cosas que tienden a incrementar nuestra sensación de poder y capacidad de actuación. Su pureza y osadía como pensador provocó que por razones religiosas no fuera reivindicado como filósofo hasta fines del siglo  XVIII y principio del XIX por los idealistas alemanes (Goethe y Novalis entre ellos) que rechazaron su presunto ateísmo para paradójica y más justamente calificarlo como el "filósofo ebrio de Dios".De su actualidad y por tanto la pertinencia de dedicar un tiempo gratificante a leer los dos libros que recomiendo habla el hecho de que Spinoza fue el profeta de una doctrina absolutamente presente: la defensa de la individualidad, la creatividad y la celebración de la vida como libertad. Y el repudio de todo o que mutila, mortifica o denigra la libertad, la solidaridad y la vida.

FICHAS

SPINOZA Y EL LIBRO DE LA VIDA.- Steven B. Smith.- Trad. Juan Manuel Forte.- Ed. Biblioteca Nueva- 260 págs.

EN BUSCA DE SPINOZA.-Antonio Damasio.-Trad. Joandomenec Ros.- Ed. Crítica.-334 págs.

 

 

 

 

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21 agosto 2020 5 21 /08 /agosto /2020 15:38

La lectura del reciente libro de Maxime Rovere, "Qué hacemos con los idiotas" (del que les hablaré otro día) me ha recordado tres joyitas clásicas que disfruté en su día, "El encomio de la estulticia" más conocido por "Elogio de la locura" del gran Erasmo, un librito del filósofo francés André Glucksmann "La estupidez, ideologías del postmodernismo" (año 1988, editado por Península) del que les hablaré otro día y un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana" que también les comento. 

Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se podría encontrar una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y de todos los tiempos. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea  cuando no se sabe qué es la razón  ni tampoco la importancia o función e incluso la existencia de ese "lo que sea", (es una creación mental realizada por las carencias y complejos del ego del idiota), no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres del transcurso de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviéndolos a todos con un manto tan invisible y letal como ella, la estupidez. Etimológicamente, el término viene del latín stupor que se refiere al efecto de pasmo que puede producir algo en quien lo contempla; literalmente el quedarse sin habla. Estupefacto y atónito, el estúpido es tonto porque así lo decide. Ante el asombro que le provoca algo,  otra persona, una frase que no entiende, un acto que decide rechazar sin saber porqué,  permanece rígido, “estólido” y de inmediato reacciona de manera absurda e inapropiada.

Para que comprendan lo grave que es esto, les cito "in extenso", tres de las leyes que rigen el idiotismo, según Carlo Cipolla y lo convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana»: a) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; b) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; c) las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas.

Mientras uno se mantiene en su "torre de marfil" (ventajas de la jubilación), leyendo a los clásicos y acompañándose con Sócrates, Epicuro, Pirron, Montaigne, Séneca, Marco Aurelio., Wittgenstein, Russell, Nietzsche, Voltaire o Schopenhauer, el mundo cotidiano se desenvuelve con amabilidad e inteligencia. Pero, ay, eso es un espejismo. Si sales de tu biblioteca y de tu hogar, en cualquier lugar, a cualquier hora, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con un idiota. Y el mundo perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura algo que hace que tu propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entras en una situación en la que tu ansia de comprender lo que ocurre, lo que te dice el idiota o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible, anula tu capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio te escuchas tratando de balbucear en su propia lengua y a plegarte a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota eres tú. No importa que lo que tratas de hacer le beneficie directa o indirectamente, el idiota tratará de obstaculizarte y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas,  tu afabilidad con violencia y tu busca del bien común la ridiculizará aunque con ello dañe su propio interés individual". Por ello el refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer  que en la historia, los siglos van pasando parecidos unos a otros en dos elementos comunes e  inmemoriales: la maldad (o crueldad)  y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "el ser verdaderamente estúpido no es sino aquel que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, quien se queda pasmado ante su inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien viaja con la inercia de su propio pensamiento sin contemplar el del resto". Y tiene un peligro evidente: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. Por eso lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y allí llegamos a una constatación: Todos tenemos momentos de mayor o menor duración es que somos irremediablemente idiotas. Es más una situación, una circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión para no sentar plaza de estúpido es darse cuenta de cuando uno lo es y tras analizar los hechos y las actitudes,  hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones. Y seguir el consejo de Sócrates: "conoce al imbécil que hay en tí"

En el próximo artículo entraremos en harina y veremos el interesante y arrasador análisis de la estupidez como fenómeno mundial, humano, político, existencial, lógico y, como corolario, el porvenir de la estupidez y la defensa del intelectual (según Glucksmann).

FICHA

LAS  LEYES FUNDAMENTALES DE LA  ESTUPIDEZ HUMANA.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

 

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19 agosto 2020 3 19 /08 /agosto /2020 17:56

A ESA IGNORADA MAYORÍA

(Artículo publicado en Heraldo el 15082020)

El ensayista norteamericano Jared Diamond dedica su último libro  a la crisis y a cómo reaccionan los países a los momentos decisivos.  Nos recuerda que la crisis –como la actual, que es, parodiando a Saddam Hussein, “la madre de todas las crisis”-, requiere de los países que la sufren “saber gestionar satisfactoriamente las presiones externas e internas e implantar los cambios selectivos... determinar cuáles son los elementos que funcionan bien y cuáles han dejado de funcionar y deben modificarse… es preciso hacer un balance honesto de competencias y valores…y la valentía suficiente para  reconocer lo que deben cambiar…y hacer compatibles esas nuevas soluciones con sus capacidades y circunstancias”. Nuevos desafíos requieren nuevas respuestas,  más eficaces que las antiguas ya caducas.

Si miramos en torno nuestro, hacia el páramo político que nos aflige (y el que decide en apariencia el camino a seguir), lo único que oímos son “voces agudas que regañan/se burlan o sólo parlotean/ asaltan continuamente/la Palabra en el desierto/atacada sobre todo por voces de tentación” (T.S. Eliot). Y quizá deberíamos añadir  a ese escenario un inconcebible rumor de  aplausos. ¿De qué estamos tan satisfechos?  Entre el estruendo  de la voces y los gritos no es posible pensar con ecuanimidad; hay que pedir el respeto del silencio y la palabra reposada y eficiente;  adoptar, con humildad y la mayor concordia posible, el punto de partida de la realidad: adaptarse a las circunstancias para salvar la situación y eso sólo se puede hacer desde la unión, siquiera sea crítica (palabra que en griego deriva de krino, “decidir”, “distinguir”,  “escoger”). ¿Dónde está el balance honesto de competencias y valores? ¿Dónde el arrojo y la valentía de cambiar lo que no es útil, lo que sobra y empezar los ajustes por arriba? ¿Dónde la capacidad de comprender que ya no es viable hacer pagar más a los que siempre pagan y preservar los grandes capitales y las grandes corruptelas políticas?

No es casual (más bien causal) que nuestra sociedad haya experimentado un 6,8% de aumento de los delitos de odio y que en el Congreso y en los medios, (no hablemos de ese dislate generalizado e incontrolable que son las “redes sociales”), se haga ostentación pública de un discurso insultante, rupturista, preñado de amenazas y,  tan ajeno a la situación que agobia al país, que resulta inconcebible.  Por todas partes recibimos “inputs” supurantes de odio. Parece haberse convertido en el líquido amniótico  del españolito del siglo XXI, te guarde Dios, cuyo corazón se está helando por la acción de las “varias Españas” que naufragan entre insultos, inmunes al anticuerpo de los esenciales “acuerdos de Estado”.  Pasaremos a la historia como la generación que trataba de superar un virus mortífero global- humano y económico- con descalificaciones políticas y personales y amenazas de exterminio del contrario como método de “unificación”. ¿De verdad piensan que la ruina total tiene otros frutos, además de las ratas?

La lógica del amigo-enemigo, del “cuanto peor, mejor”, del “estar conmigo o estás contra mí”,  del “nos conviene que haya tensión”, está silenciando a los buenos hombres de gobierno, políticos o intelectuales, poetas, escritores, científicos y ciudadanos razonables y asustados que reflejan las palabras de Mary Ann Evans (George Eliot), “que el bien siga creciendo en el mundo…se debe en parte a aquellos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita”. A ellos está dedicado este artículo. Esa tercera fuerza de la mayoría silenciosa e ignorada que debería hacerse escuchar antes de que sea demasiado tarde.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, escritor y periodista

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16 agosto 2020 7 16 /08 /agosto /2020 16:07

Los griegos llamaban idiota al tipo que sólo se ocupaba de sus asuntos propios y despreciaba  los problemas de la ciudad o de sus vecinos. En latín se le da el significado de “ignorante” o “estúpido”.  No se trata de algo banal. El "idiotavirus" es uno de los cánceres más dañinos y costosos de la historia. Tres son las leyes que rigen el idiotismo, según el filósofo Carlo Cipolla y lo convierte en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”: 1) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de idiotas que circulan por el mundo; 2) la posibilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; 3) las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de los idiotas.

En cualquier lugar, a cualquier hora, en la más inofensiva de las circunstancias topas con un idiota. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona te dice, te hace o instaura algo que provoca que tu propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entras en una situación en la que tu ansia de comprender lo que ocurre, lo que te dice el idiota o sus argumentos, se convierte en una labor imposible, anula tu capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio te escuchas tratando de balbucear en su propio lenguaje y plegarte a su peculiar modo de comportarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota eres tú. No importa que lo que tratas de hacer le beneficie directa o indirectamente, el idiota tratará de obstaculizarlo y como decía el profesor  francés  Maxime Rovere, "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas,  tu afabilidad con violencia y tu busca del bien común la ridiculizará aunque con ello dañe su propio interés individual". Por ello el refranero popular es tajante: "el idiota es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer  que en la historia hay dos elementos permanentes: la maldad y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "el ser verdaderamente idiota es aquel que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, quien se queda pasmado ante su inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien viaja con la inercia de su propio pensamiento sin contemplar el del resto". Y es que la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. Por eso es tan dañino ser estúpido como creer estar exento de la idiotez. Lo cierto es que todos tenemos algunos momentos en que nos comportamos como idiotas. Pero eso no es ningún consuelo. El idiotavirus es aún más peligroso que el Covid19. Seguiremos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA, escritor

 

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