Overblog
Seguir este blog Administration + Create my blog
2 marzo 2021 2 02 /03 /marzo /2021 09:24

Se dice que el hombre es uno de los pocos animales que tropiezan dos –o más- veces con la misma piedra. Vivimos en los medios e internet la misma fiebre reivindicativa que en Navidad abrió las puertas a la tercera ola de la Covid y que ahora apunta para Semana Santa una recuperación basada en la falacia de que la vacuna ya nos protege a todos (aunque estemos en este país, todavía, a mínimos de vacunados).

La sociedad ya está harta de estar harta; la economía y sobre todo los sectores afectados, entre ellos el turismo y el transporte, quieren salir del estado agónico al que les ha sometido la Covid. Es justo. El desconcierto y la falta de eficacia gubernamental también son responsables. Pero el virus sigue estando activo y campando a sus anchas. Bajan los contagios, es cierto, pero la Covid se replica en cepas nuevas, sin que exista garantía alguna de que incluso los vacunados estén exentos de la posibilidad de ser elementos activos de nuevos contagios.

El Consejo Europeo se da tres meses para dar luz verde global al llamado “pasaporte” de vacunación que avalará la libre circulación entre países. A propósito de esto me parece absurda la protesta de que eso sería discriminación para los que no lo poseen (¿es que el carnet de conducir discrimina a los que no lo tienen por edad o porque no pasan las pruebas?).

Pensemos con calma. ¿Hay alguien que considere lógico que se facilite el advenimiento de una cuarta ola de la  Covid porque “tenemos derecho a…”, “nadie nos puede prohibir que…”, “queremos  reunirnos con amigos y familiares”, “ya llevamos mascarillas, qué más quieren”, “estamos deprimidos”, “ni los políticos ni los científicos saben lo que hay que hacer”, ”son ataques a la libertad política o de expresión”… etc.?

Cualquier persona  sensata se sorprende cuando oye  a los que convocan manifestaciones políticas o de género (ojo con el próximo 8M) con las excusas, por ejemplo, de que el independentismo o los indiscutibles derechos de la mujer son justificaciones válidas. ¡Por favor! No dejemos de lado la cautela y la razón. Normalicemos nuestra vida poco a poco, con sentido común. Nos jugamos todo: ser responsables es el precio de nuestra libertad.

 

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

Compartir este post
Repost0
1 marzo 2021 1 01 /03 /marzo /2021 08:55

(Publicado en versión reducida en la revista Compromiso y Cultura de marzo de 2021)

Ustedes disculparán el sesgo irónico de este titular, al que ninguno de los dos libros que recomiendo justifica directamente, aunque sí que dejan en el lector reflexivo la inquietud de una pregunta seguramente muy parecida a la que planteamos.

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . Uno de sus libros “¿Por qué manda Occidente…por ahora?”(2014), ya marcaba desde el título un talante irónico, escéptico y estimulante. El “por ahora” abría el camino a las conjeturas, la polémica  y la investigación crítica. Pero en esta ocasión he preferido acudir a otros dos títulos de su extensa obra, “Cazadores, campesinos y carbón” (2015) y “¿Para qué sirve la guerra?” (2014). Me interesaba enfatizar  la idea de “progreso” implícita en las tres épocas del desarrollo  histórico de la humanidad y (que nos ha llevado a una situación alarmante respecto al planeta que ocupamos con  mentalidad depredadora)  y la paradójica tesis del segundo libro en el que Morris nos plantea la atrevida idea de la guerra como motor del progreso, proponiendo la hipótesis provocativa aunque no descabellada de que la comprensión del proceso bélico como dinámica  de cambio nos pueda llevar a encontrar la manera de evitarla y sustituirla por actividades que obtengan  esos efectos positivos sin la brutal carga de destrucción, violencia y sufrimiento que conlleva la guerra.

Sin duda, algunos lectores con sensibilidad y conocimientos sobre las consecuencias de las guerras, considerarán éticamente que el fin –el progreso- no justifica los medios y sus efectos, los miles de millones de muertes por violencia, hambre y desesperación implícitas a la guerra.

Un historiador de grandes procesos puede hacer abstracción  de la “letra pequeña”  donde los teóricos esconden la visión ética profunda de los seres humanos que han padecido  la dinámica personal, familiar y social de la violencia y la angustia mortal que han vivido las víctimas de las guerras, usando el macro enfoque económico, industrial o el desarrollo técnico de países y culturas. No para justificar, por supuesto, los genocidios. sino para enfatizar los logros de la civilización que sobrevive y con ellos, la posibilidad de evitar en el futuro nuevas y semejantes sangrías humana. Desde un punto de vista filosófico eso es, en el fondo, una entelequia de difícil  justificación. Si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano. Un análisis de la situación actual y de la decadencia moral del ciudadano medio en la mayor parte del planeta, acentuadamente en los países más desarrollados, nos hace ver un optimismo utópico, aunque bienintencionado en los libros de Morris.

Pero lo más admirable de este autor no es el ingenio y la inteligencia documental con las que apoya sus tesis, sino el hecho de que no sólo no teme a la controversia y la crítica a sus conclusiones, sino que, muy deportivamente, ofrece un considerable espacio –en el primero de sus libros comentados-  a colegas que rechazan libremente y argumentan en contra de sus conclusiones. Y así tras 200 páginas de exposición de sus ideas, Morris concede 50 páginas a otros cuatro autores que disienten de él (entre ellos a una novelista, Margaret Atwood, la autora de la distópica “Diario de una criada”) y se reserva las 50 últimas para contestar pormenorizadamente a las críticas recibidas y publicadas en el mismo libro.

La base argumental de “Cazadores, campesinos y carbón” se articula a través del análisis de las tres fuerzas brutas materiales que propician las culturas que desarrollan y con  ellas determinadas creencias, valores y principios básicos que regulan las relaciones humanas y sociales de la época (trato equitativo, justicia, atracción y rechazo, no dañar y una cierta sacralización en las fuerzas naturales que nos rodean y no comprendemos ni controlamos). Son tres etapas del progreso humano definidos por los modos de captación de energía, desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, ciudades, y en otro salto enorme, la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitarista y pragmática que vincula dichos valores y principios de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Uno de los mencionados autores críticos con las teorías del autor, Seaford, también le recrimina la afirmación de éste de que “cada época tiene las ideas que se merece”. Uno piensa que ese aserto es tan discutible e injusto como ese otro que conocemos bien en España, “cada país tiene el Gobierno que se merece”. Otro crítico, Kosgaard opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo “presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” como sostiene Morris.

Quizá con la crítica de Morris con la que me siento más identificado sea con la escritora  Atwood, quien se concentra en el problemático futuro que  según Morris nos puede llevar al colapso a través de “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático”, a los que Atwood añade el deterioro de los océanos y los excesos de la bioingeniería y la IA. Así como me atrae, incluso por su optimismo irredento (y su incansable sentido del humor), la confianza de Morris en el sentido común para reconducir las actitudes sociales y políticas a pesar de los populismos y la desinformación que lleva al beneficio de unos pocos a costa de la mayoría. La complejidad del libro no admite una reseña exhaustiva por falta de espacio y el lector haría bien en adentrarse en la lectura personal, por lo que lo dejaremos en este punto, a fin de pasar al otro volumen recomendado, “Guerra, ¿para qué sirve?”.

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

Compartir este post
Repost0
26 febrero 2021 5 26 /02 /febrero /2021 09:03

(Publicado en La Comarca el 190221)

Decía Toynbee que el “mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que la utilizan exclusivamente para sus intereses”.  Por eso no paramos de repetir las equivocaciones y errores de nuestra historia, aunque a menudo no en forma de tragedia, sino en forma de farsa, de teatro de polichinelas,  donde gobiernan el garrote y la desmesura. En Cataluña la enorme abstención ha provocado que se vuelva a repetir el esquema utópico de irrealidad política que antes de la Covid provocó dramáticas consecuencias para toda la ciudadanía catalana y un vergonzante desgobierno que está conduciendo a la próspera y laboriosa Cataluña al desastre (sin contar con esa pesadilla que amenaza las secuelas del virus).

Los ciudadanos razonables, con adecuado respeto a la realidad, legislativa y jurídica, hartos de la violencia y las manifestaciones y los cortes de vías públicas y quema de contenedores  como “práctica política cotidiana” (mientras en el lugar donde se debería hacer política, se calientan sillones bien pagados y se alza una verborrea inane de reivindicaciones absurdas en estos momentos y circunstancias) y asustados por el bloqueo económico progresivo…en fin, esos ciudadanos hartos ya de estar hartos, dan la callada en las urnas como protesta. Lo cual en términos democráticos no significa más que dejar el escenario libre para  los que sí votan: los fanáticos, los equivocados regidos por emociones y sentimientos legítimos pero inadecuados, los alimentadores  y creadores de confusión y una minoría de inocentes que sueñan con imposibles sin analizar los medios para volverlos posibles. Esos votan y logran que la difícil y compleja situación se enturbie y vuelva a despertarse el fantasma de lo que llaman “represión” y, lo peor, alientan a ciertos populismos tipo Trump o a una extrema derecha que se alimenta de descalificaciones y amenazas.

Quizá Cataluña y sus ciudadanos, los cansados  -no los que siguen en pie de guerra desde la manipulada historia de victimismos que durante los últimos decenios se ha enseñado en las escuelas-- podrían plantearse, parafraseando  a Wittgenstein, que la solución del problema que existe en la vida catalana consiste en seguir una manera de vivir que haga desaparecer el problema. Veamos, si el “estilo de vida” público seguido hasta el momento ha sido el de confrontación, rechazo, fanatismo “patriótico”, olvido de las normas jurídicas vigentes en el país e ignorar los auténticos problemas que tiene planteados Cataluña (principalmente el económico y financiero, uno de los ausentes en los programas electorales de todos los partidos)… Tal vez deberíamos plantearnos (perdonen que me incluya, me siento catalán después de haber vivido 40 años en esa tierra) que nos estamos equivocando con la táctica (RAE: método o sistema para conseguir algo) a seguir, porque estrategia (RAE: arte o traza para  dirigir un asunto) de momento no la he visto por parte alguna.

Si contamos, a) con que a muchos de los políticos asentados no se les saca de su sinecura ni con agua hirviendo, b)los políticos “presos o los evadidos”, en pura aplicación de la legislación vigente (aunque aquí ha fallado estrepitosamente la prudencia y oportunidad política y la evaluación  estratégica del poder central)  siguen viviendo muy bien y recibiendo réditos políticos cuantiosos de la sentimentalidad de un pueblo en general decente y c) que al margen de los viscerales, en el maremágnum “indepe”, hay una esclerótica membrana dura de fascismo rampante, antisistemas, vividores del caos y vagabundos del capitalismo que enturbian cualquier mirada lúcida…Si contamos con estos mimbres para confeccionar un futuro político razonable que se preocupe de lo que, según Aristóteles, debería motivar a los políticos, la ética operativa en el bienestar de los ciudadanos, nos dirían en catalán “Passa el dia somiant truites en lloc de tocar de peus a terra”. Es decir, pensando en imposibles y olvidando la realidad  ¿Qué nos queda? Volver a votar… y esta vez todos. Tal como van las cosas, sería lo más operativo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
23 febrero 2021 2 23 /02 /febrero /2021 11:16

(publicado en La Comarca 230221)

La detención de un rapero que habla con desparpajo de tiros en la nuca y esparce mierda rimada por todos lados, ha sido condenada por una parte del surrealista gobierno de España y sus pares catalanes. Algunos se atrevieron a calificar como “víctima” del sistema político (del que ellos mismos viven y muy bien) al susodicho tipo y censurar a la policía antidisturbios por hacer su trabajo ante hordas de jóvenes de la generación “no future” que no luchan por una ideología, sino por exceso de hormonas y sed de adrenalina y quizá beneficio propio. La supuesta causa es indiferente: el rapero, el procés, la pandemia o el paro juvenil. Se limitan a destrozar escaparates, saquear comercios, arrasar mobiliario urbano y apedrear policías. A éstos les han perdido el respeto,  envalentonados por complicidades políticas oficiales (como, en otra ocasión, la del nefasto Torra, “president”, alentando a los CDR para que “apretaran” en sus ataques).

Digamos que todo el mundo tiene el derecho a opinar, pero no todas las opiniones son respetables y aceptables legalmente. Las del rapero son de éstas. Cárcel quizá no, pero castigo legal, sí. A la sazón, oir al señor Echenique cantar loas por los “jóvenes antifascistas que luchan por la libertad de expresión”, al conseller de Interior Sámper de Junts , a la CUP e incluso a la Vilalta de ERC censurando la actitud de la policía ante la violencia demente de los manifestantes, en lugar de “mediar” (me gustaría ver a esa señora tratando de “mediar” ante un piquete de incendiarios), oírles comparar a esos bárbaros con los  manifestantes de los 70 contra la detención de Huertas Clavería o Vinader, me produce un escalofrío de indignación. Decir que si el PSOE no apoya el indulto a Hásel “será cómplice de uno de los mayores déficits de esta democracia” como publicó una colega en un medio respetable, ha superado mi paciencia. Señores, todo esto no tiene nada que ver con la libertad de expresión. Como dijo Séneca, “Qui prodest?” ¿Quiénes se benefician con estos ataques a la democracia desde su mismo seno? En España, Europa y más allá.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
19 febrero 2021 5 19 /02 /febrero /2021 10:16

CATALUÑA ENTRE EL GATOPARDO Y KILL BILL

(Publicado en Heraldo, 180221)

La situación política y socioeconómica en Cataluña tras las elecciones tiene todos los elementos dramáticos precisos para convertirse en un dramón con resonancias de tragicomedia clásica. Reflexionando sobre el absurdo escenario configurado por los partidos - contradictorios y excluyentes- más los votantes, más el absentismo, uno recuerda al Príncipe Salina (creado por Lampedusa en su novela “EL Gatopardo”) asegurando con todo el cinismo de la vieja escuela de los terratenientes: “Es preciso que todo cambie para que todo siga igual”. Las posibilidades operativas de los bloques con presuntas alianzas como Esquerra-Junts-Cup y Comuns o, por el otro lado, Esquerra y Comuns, con el PSC apoyando desde fuera, son un desafío a la trayectoria política de cada uno de ellos, pero posibles dentro del “gatopardismo”. Las circunstancias dibujan  una suma de paradojas: el Gobierno del inepto Torra, un Parlament bloqueado por sus propias contradicciones, unos políticos presos o huídos que juegan bazas de inexplicable “heroísmo”, una población fatigada hasta el paroxismo, una pandemia mal gestionada. Pero se actúa como si no hubiera ocurrido nada y se colocan otra vez las fichas al inicio de una partida ya perdida antes, sabiendo que no puede prosperar. Se ha corrompido la frase del Gatopardo: “Para que vamos a votar por cambiar algo, si las cosas ya no pueden ir a peor”. ¿De veras?

La participación más baja en elecciones catalanas, el 53,5 %, y sus resultados son interpretados como un triunfo por cada uno. Nada que objetar, es lo corriente en esta democracia española que debería estar en la UVI. Aún así, la política de bloques identitarios se mantiene ignorando los hechos: una pura y patológica negación de la realidad y las evidencias. Más de millón y medio de electores se quedaron en casa. ¿Por la pandemia? Quizá más bien por agotamiento. Los “indepes” han perdido más de 600.000 votos respecto a 2017. Y se quedan, todos ellos,  en un 27% del censo. Pero también los que rechazan rupturas, mal llamados “españolistas”, han dejado en casa 900.000 votos. Como secuelas peligrosas, crece la presencia de Vox y las bravatas antisistema de la CUP. Aunque todos los excitables partidarios de noches de cuchillos largos y fogatas urbanas, en los dos extremos, apenas llegan a 400.000. Y estamos hablando de cinco millones y medio de catalanes.

Cataluña parece estar a punto de recibir lo que en “Kill Bill”, la película de Tarantino, se definía como los golpes de presión del maestro chino de kung-fu: los cinco puntos que hacen explotar un corazón. Imagínenlo: David Carradine es Cataluña y Uma Turman la ciudadanía catalana. El primer golpe es la pandemia y su pésima gestión; el segundo, los bloqueos y cordones sanitarios que unos partidos políticos desprestigiados y absortos en sí mismos pregonan para contentar a la minoría cavernícola; el tercero, las vitaminas concedidas a los extremos populistas de los dos lados; el cuarto el progresivo empeoramiento de la situación económica y la falta de futuro claro en Cataluña; y el quinto y definitivo, la enorme abstención de votantes que han pasado de su derecho a tener un Gobierno que les represente.

Volvamos a la película. Tras haber recibido los cinco toques, Carradine, bamboleante, sabe que después de dar cinco pasos, caerá muerto. En Cataluña el plazo es más largo: el 26 de marzo se cumple todo el proceso, caso de que en 20 días se pueda constituir la Mesa del  Parlament, se designe presidente, dos vices y cuatro secretarios. Que se presente un candidato a Presidente de la Generalitat y sea aprobado en la fecha indicada. Aquí nos separamos de la película. Hay posibilidades aunque a Hércules se lo pusieron más fácil: sus 12 trabajos eran fruslerías comparadas con el hervidero catalán de avispas. Quizá algunos políticos  ingeniosos –los hay- sugiera frenar a la Fiscalía que reclama la vuelta a prisión de los políticos presos; se busque la fórmula legal –la hay- para declarar un indulto general; se silencie a los extremistas utilizando tajantemente los medios de los que dispone la ley y, en fin, hacer que el PSC se despierte y vuelva a poner en circulación el federalismo como opción más o menos lejana pero siempre pactada. Y, por supuesto, se derriben los bloques y se decrete una Unión Nacional para sacar a todo el país, Cataluña incluida, del marasmo económico, social y ético que nos ahoga. Quizá algo así evitaría el colapso y la bancarrota.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
18 febrero 2021 4 18 /02 /febrero /2021 12:57

Decía Hegel en su “Ciencia de la Lógica” que la conclusión de algo, por ejemplo un argumento o una proposición, debe ajustarse fielmente al sentido, a la razón. Por tanto podemos llegar a una conclusión válida sobre algo, cuando el principio y el final del proceso mantienen una conexión, un enlace con sentido, una unidad racional.

Aplicando la teoría hegeliana a este país que vivimos, al que llamaremos Absurdistán  -por su inveterada tendencia a reducir al absurdo todos los problemas que les advienen-, buscamos una fecha de inicio para delinear su proceso político, social, económico, sanitario, educacional…y escogemos la transición, tras la muerte de Franco. Y por coherencia analítico-lógica aceptemos como final retórico del proceso, nuestro presente, estos días de desvaríos pandémicos y filoménicos.

En estos años todo parece haberse acelerado, empezando por nuestro estilo de vida, como sostiene el filósofo coreano Byung-Chul Han. Sumemos una generalizada falta de sentido en lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Añadamos una desnaturalización del tiempo que vivimos en la esfera privada y en la pública, en nuestros trabajos, relaciones y actividades. Nos percatamos de que se ha roto el ritmo, la armonía de las cosas, como el equilibrio de las estaciones o el cambio climático. Se ha disparado la violencia, la agresividad, la barbarie hasta límites que las generaciones adultas y más veteranas no habían conocido desde los años de sombra y luto, tras la guerra civil. La corrupción política ha alcanzado un descaro y una progresión tal que la idea de honestidad es casi un oximorón  para muchos políticos. La entronización del poder como objetivo absoluto al precio que sea y sus consecuencias, el arrase de la pandemia que ha confirmado que el neoliberalismo capitalista se enriquece hasta con la muerte y la miseria; la precariedad sanitaria; el contagio populista internacional, donde la locura gobierna; la fantasmal pero letal presencia de lo irracional en la Red; los estallidos por todas partes de una violencia con sesgos raciales, sexistas, económicos…¿todo esto destruye la posibilidad de una conclusión del proceso histórico de esta nación? ¿Tiene algún sentido la conexión  entre el Absurdistán de la transición y el de estos días? ¿Forman una unidad histórica con sentido, una conclusión hipotética que defina la situación que vivimos como un proceso racional que nos lleva desde los años setenta hasta los veinte del siglo XXI? Desde luego que no.

Me temo que la lógica hegeliana, como la aristotélica o la kantiana, patinarían ante el desolado presente que vivimos en Absurdistán. Quizá la lógica surrealista de Lewis Carroll tendría más éxito. Una derecha con las maneras de la Reina Roja ( “que les corten la cabeza”, clama el ultraísmo), un Gobierno central formado por el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, el catalán como el Conejo Blanco, apresurado eterna y falazmente hacia un objetivo poco realista, el vasco repartiendo porciones del pastel que hace crecer o disminuir-como Alicia- políticas e ideologías para su propio provecho. Mientras, el conjunto de la población absurdistana  es zarandeada de un extremo al otro de las acciones supuestamente precisas para resolver las crisis en casi todos los sectores. La miseria se cierne sobre ellos como aves de rapiña.

¿Cuáles son esos sectores? Desde la educación a la sanidad, pasando por una pandemia que diezma a los absurdistanes, aunque  una parte de ellos la niega y la considera por debajo de sus derechos individuales y la otra, la sufre con resignación. Todo ello nos lleva a una crisis económica galopante, que nadie gestiona con efectividad, a fin de evitar que la paguen los que siempre pagan las crisis. Lo conocemos muy bien: son los jóvenes sin-sin, los jóvenes-con en general, los parados, la clase media, los profesionales de la salud y de la educación (no por falta de trabajo, sino por falta de apoyos y respeto), los de la pequeña empresa, los autónomos, los jubilados, los inmigrantes, los ancianos encerrados en residencias-pudrideros sin control y sin conciencia y los de la infrasociedad cada vez más nutrida…

¿Quiénes se salvan de la depresión sistémica, el paro y la miseria?: la clase política en general, una parte superflua –y demasiado amplia- del funcionariado (los hay muy necesarios: vivimos en una sociedad burocratizada hasta la extenuación), las fuerzas del orden (tal como se está poniendo la cosa, muy precisas) y las de las religiones (también respetando las reservas y derechos de los creyentes), la elite de los bancos y de las grandes multinacionales.

La conclusión de todo esto no es racional, puesto que cada uno de los elementos tampoco lo son. Por tanto, siguiendo a Hegel, no es posible hablar de conclusión.

Y para dar una imagen bastante certera de la situación podríamos (qué paradoja) citar a Dickens en su retrato de la sociedad inglesa de entonces, mediado el siglo XIX: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” y se percibe claramente su carácter profético y premonitorio, como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual. ¿Hay una solución a todo esto?

Cualquiera de los que están provocando estas crisis respondería que, por supuesto, ellos tienen una solución, para eso cobran. Reformar la  Constitución, la ley electoral, el Senado, el papel de la Corona, una política de Estado común en temas como educación, sanidad y servicios esenciales. Pero, si se les pregunta cuándo y cómo actuar, responderían incoherentemente como Bartleby, el escribiente, el célebre personaje de Melville: “Preferiría no hacerlo”. Bartleby es el santo patrón de Absurdistán.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

Compartir este post
Repost0
16 febrero 2021 2 16 /02 /febrero /2021 10:26

(Publicado en La Comarca 160221)

Por razones familiares, desde mi infancia me he sentido conmovido por la condición fronteriza y la existencia “líquida”, casi “flotante”, del exiliado. Un exiliado es la versión política y cultural del inmigrante, arquetipo de la necesidad y el desarraigo por motivos de supervivencia. En ambos coincide en mayor o menor grado el elemento básico de lo inevitablemente necesario para vivir y el de la demanda permanente de identidad. En un mundo progresivamente poroso (y responsable, por causar la coerción que obliga a la persona al abandono de lo propio) los exiliados, y sus hermanos los inmigrantes, articulan una realidad que es un desafío ético, económico, político y social.

Leo “Una poética del exilio”, el brillante ensayo que la doctora en filosofía, Olga Amaris, dedica a los paralelismos vitales y conceptuales entre dos exiliadas históricas, Hannah Arendt y nuestra María Zambrano (Ed. Herder). El libro propone con su análisis de lo precario y las exigencias que definen el exilio, un motivo obligatorio de reflexión.

La enorme actualidad de la casuística del exilio y la inmigración en nuestros tiempos, están creando una necesidad filosófica y política, económica y social, que no deberíamos banalizar o convertir en simples campañas de buenas intenciones. Es un problema serio, candente y progresivo, que debe ser atendido de una forma inmediata y vinculante, no sólo por el Estado y las instituciones sino en el sentido moral de cada persona. Esta es una tarea que nos concierne a todos, puesto que es un problema tan global como la pandemia y deberíamos prepararnos para afrontarlo de una manera más eficaz y consciente y sobre todo solidaria de la que hemos usado en la lucha contra el virus.

Las invasiones de población desarraigada que rompe fronteras en busca de su simple supervivencia, no es un fenómeno aislado a unos pocos países: concierne a toda la humanidad. Y si ignoramos esto, pagaremos el mismo precio terrible que le cuesta la Covid  al mundo, por la falta de solidaridad y colaboración entre los países y una acción común.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

LOGOI 188

EXILIO

Por razones familiares, desde mi infancia me he sentido conmovido por la condición fronteriza y la existencia “líquida”, casi “flotante”, del exiliado. Un exiliado es la versión política y cultural del inmigrante, arquetipo de la necesidad y el desarraigo por motivos de supervivencia. En ambos coincide en mayor o menor grado el elemento básico de lo inevitablemente necesario para vivir y el de la demanda permanente de identidad. En un mundo progresivamente poroso (y responsable, por causar la coerción que obliga a la persona al abandono de lo propio) los exiliados, y sus hermanos los inmigrantes, articulan una realidad que es un desafío ético, económico, político y social.

Leo “Una poética del exilio”, el brillante ensayo que la doctora en filosofía, Olga Amaris, dedica a los paralelismos vitales y conceptuales entre dos exiliadas históricas, Hannah Arendt y nuestra María Zambrano (Ed. Herder). El libro propone con su análisis de lo precario y las exigencias que definen el exilio, un motivo obligatorio de reflexión.

La enorme actualidad de la casuística del exilio y la inmigración en nuestros tiempos, están creando una necesidad filosófica y política, económica y social, que no deberíamos banalizar o convertir en simples campañas de buenas intenciones. Es un problema serio, candente y progresivo, que debe ser atendido de una forma inmediata y vinculante, no sólo por el Estado y las instituciones sino en el sentido moral de cada persona. Esta es una tarea que nos concierne a todos, puesto que es un problema tan global como la pandemia y deberíamos prepararnos para afrontarlo de una manera más eficaz y consciente y sobre todo solidaria de la que hemos usado en la lucha contra el virus.

Las invasiones de población desarraigada que rompe fronteras en busca de su simple supervivencia, no es un fenómeno aislado a unos pocos países: concierne a toda la humanidad. Y si ignoramos esto, pagaremos el mismo precio terrible que le cuesta la Covid  al mundo, por la falta de solidaridad y colaboración entre los países y una acción común.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
13 febrero 2021 6 13 /02 /febrero /2021 12:24

EL DERECHO A MORIR

(Publicado en La Comarca 120221)

Para Heidegger la persona es un ser-para-la-muerte, una “herida abierta” en el corazón del ser humano. Y para Epicuro somos ajenos a ella, pues cuando ella llega, tú no estás y mientras tú vives, ella no está. Los estoicos griegos y romanos la contemplaban como el término natural que  todos los seres vivos comparten. Pero cuando se imponen las religiones monoteístas, el derecho a morir es una aberración, ya que sólo Dios decide cuando hemos de morir. Y como ellas están aliadas con el poder terrenal, pueden contemplar más o menos indiferentes los genocidios que proliferan en la historia universal (y más si se producen sobre los enemigos de la “religión verdadera” que, evidentemente son los fieles de las “otras”) pero condenan con “el fuego eterno” a quien ose decidir por sí mismo el momento y lugar de su adiós a este mundo cruel (como cantaban los viejos “Teen Tops”). No puedes atentar contra tu vida pero debes dar tu vida en defensa de tu religión, tu país, tu bandera o tu líder carismático.

¿No hay cierta infantiloide falacia en esta proposición “ética”? Pero, ojo, vaya mi respeto por quienes en ello creen, más o menos a pies juntillas. Aunque si prescindimos de las arrogantes exigencias religiosas, de los intereses políticos o ideológicos –incluso económicos- y aquí ya lindamos con la ilegalidad básica de los que se benefician directamente con la muerte de alguien (lo cual ya entra en la competencia policial)… ¿qué nos queda? Un sujeto, hombre o mujer, joven o viejo, que en el uso de sus plenas facultades mentales –muchas veces algo oscurecidas por el dolor físico o mental, pero sin ninguna patología psíquica que lo empuje- decide, errónea o certeramente, eso siempre lo desvela el futuro, que no desea seguir viviendo lo que está viviendo en ese momento de su decisión. ¿Desde un punto de vista humano es comprensible que alguien –con las mejores “intenciones”, eso no lo discuto-- decida entrometerse e impedir el acto supremo de ejercer la libre voluntad del sujeto? ¿Estamos en posesión de un criterio superior que nos permite juzgar como erróneo el deseo de quitarse de en medio de una persona, casi siempre sin conocer las razones que le empujan a ello y cuando las conocen –desde su particular punto de vista—arrogarse el poder de decidir que ese sujeto está equivocado y de que debe someterse a lo que tanto teme, porque eso es lo que manda la tradición religiosa o social o política? ¿Acaso nos vamos a ofrecer a ocupar su puesto y sufrir nosotros sus dolores, quebrantos, temores, como si eso fuera posible?

Y, no estamos hablando de suicidio, que también podría entrar en el análisis argumental. Estamos hablando de eutanasia, esa palabra terrorífica que enerva a una parte importante de la sociedad española. La eu (buena) thanatos (muerte), de los griegos, que no había que buscarla, pero si aceptarla sin miedo o protesta, cuando era la mejor opción según las circunstancias, al no poder tener una vida libre y volcada en la “areté” (la virtud) o la “aristós” (la excelencia) o en el sencillo y simple disfrute de la existencia.

Nadie discute el derecho a vivir (a pesar de que la historia es un mentís hipócrita a ese derecho) pero muchas personas rechazan el derecho a morir, aunque se estructuren las medidas cautelares precisas para evitar la manipulación interesada de terceros o los excesos de todo tipo. Sin duda hay que exigir que la regulación de la eutanasia proteja al enfermo de una eventual mala praxis. El derecho a morir de los que sufren de forma documentada y fehaciente un tipo de vida máximo dependiente, cuajado de dolores brutales y sujeto a un estado de semi consciencia causado por los barbitúricos y medicamentos paliativos, articula la opción voluntaria de ejercer un derecho a morir que es humanamente irreprochable. Creo que es un asunto de ética, superior en jerarquía a las directrices socio religiosas que son hijas de una forma de cultura circunstancial. Incluso los médicos que se oponen a ella, reclamando el juramento hipocrático y su vocación irreprochable de salvar vidas, no de quitarlas, se quedan siempre varados en una dicotomía más retórica que filosófica o moral. La vida no es un concepto absoluto en sí mismo que no pueda ser problemático en determinadas circunstancias. Ortega decía que el hombre es su yo y su circunstancia, pero si no puede salvar su circunstancia (la viabilidad de la existencia) tampoco se puede salvar a sí. Si la circunstancia de la vida de un enfermo es el dolor continuo, la indefensión, el deterioro imparable y atroz, los “cuidados paliativos” (tan eficaces, razonables y necesarios en muchos casos) no son más que un aplazamiento de lo irremediable a costa del enfermo. Raramente el médico desconoce la irreversibilidad de la situación en algunos enfermos. Negarle el descanso final al paciente en cuestión, ¿es humanamente ético? ¿o sólo social o políticamente “ético”?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Compartir este post
Repost0
11 febrero 2021 4 11 /02 /febrero /2021 10:49

Sin duda la neurología está de moda. Proliferan los tratados más o menos competentes en los que los últimos descubrimientos científicos sobre el cerebro y la mente, esos dos misterios por resolver, son utilizados para proponer terapias de autoayuda o manera de vivir que no se alejan, ni poco ni mucho, de los clásicos filosóficos que nos han acompañado desde siempre. La corroboración científica de muchas intuiciones de aquellos clásicos de la espiritualidad ha dado aliento a la eclosión de una paraciencia psicológica o ética que contribuyen al desconcierto y a la desinformación vigentes en esos temas cruciales.

El libro que nos ocupa es un fascinante viaje bien informado por el mundo de la mente de la mano de un neurocientífico argentino con historial sobrado de competencia profesional, Mariano Sigman, que lleva a cabo su labor divulgativa sin abandonar sus trabajos científicos en el Human Brain Project, uno de los trabajos internacionales más consolidados en el estudio del cerebro. Sigman, con un estilo personal basado en la pedagogía de la propia experiencia nos plantea un recorrido evolutivo desde la mente de bebé, los parámetros singulares que conforman eso que llamamos identidad, la aparición de la conciencia, la imaginación y el subconsciente, los estados alterados de conciencia y el mundo de los sueños, la inter relación entre la conciencia y eso que llamamos realidad y su obligado correlato, los cambios que ésta produce en nuestra visión de lo real y como el cerebro se ajusta a esa dinámica provocando sus propias mutaciones neuronales para terminar el apasionante periplo por el aprendizaje óptimo y la enseñanza eficaz.

Como escribe Sigman en su epílogo al volumen, "La transparencia del pensamiento humano es la idea que resume este libro...la búsqueda de esa transparencia es el ejercicio permanente que se propone desde la primera a la última página...Entender nuestra manera de decidir, el motor de la osadía, las razones de nuestros caprichos y nuestras creencias...es una manera de quitarle una capa de opacidad al pensamiento propio, escondido a veces bajo la máscara de la conciencia".

La habilidad del autor para hacer entender los términos neurocientíficos y su voluntad de abordar esos conocimientos desde una propuesta multidisciplinaria, hace que la supuesta aridez del tema quede eliminada con los aportes del psicoanálisis (tratado con respeto por Sigman, como no podía ser menos dado su origen), de la economía del comportamiento, de la filosofía y de otras disciplinas. A pesar de reconocer que por el momento no es posible ni siquiera conjeturar sobre una "teoría unificadora" del cerebro, el autor reconoce e informa de avances enormes, pero "vienen más del lado de la medicina y de la computación; es más una fuerza bruta ingenieril, y no un aporte académico...aunque hoy podemos hacer cosas que hasta hace poco parecían de ciencia ficción, como comunicarnos con pacientes en coma, hacer que dos cerebros  interactúen a través de un dispositivo electrónico -en una suerte de telepatía asistida- o descifrar sueños".

La mente no es una “tabla rasa” al nacer, como suponían los empiristas, recuerda Sigman. Y advierte que no podemos desdeñar los aportes al bagaje genético cerebral de la educación o el aprendizaje. Lo cual también nos hace reflexionar sobre ciertos mitos, como el del "talento genético”. Decía Einstein que él no disponía de ningún talento especial creado por sus genes, pero sí de una "apasionada curiosidad" por todo lo que ocurría en las materias que estudiaba y con las que prácticamente "vivía" las 24 horas del día. 

Está comprobado que nacemos con ciertas concepciones rudimentarias de la justicia y moralidad. Según Sigman, “En general, los chicos a lo largo de su desarrollo eligen relacionarse con el mismo tipo de individuos al cual habrían dirigido preferencialmente su mirada en la primera infancia.” Con ello enfatizaba la importancia "social", el aprendizaje vicario que desde la infancia el ser humano va absorbiendo de su entorno familiar y social. Las huellas de nuestra evolución como individuos y como especie van influyendo en nuestras decisiones y creencias. De ahí vendrían lo que llamamos "corazonadas" o "intuición", en las que la razón tiene un papel no muy importante aparentemente (lo cual suele tener sus efectos a la hora del éxito o fracaso de la acción). Como escribe nuestro autor:  “generar creencias que van más allá de lo que señalan los datos es un rasgo común de nuestro cerebro”. Pero no más allá del cuerpo. Y así tener una "corazonada" no quiere decir que debamos hacer lo que queremos de forma no racional. Es justamente lo contrario quizá: el corazón se agita porque nos avisa de que vamos mal, de que debemos detenernos y pensar objetivamente, racionalmente. A veces es así. Somos complejos y estamos sujetos  a incontables influencias,  de muchas de las cuales ni siquiera somos conscientes.

Sigman acaba su libro con una frase esperanzadora y fértil:  "Concibo la neurociencia como una gesta humana para encontrarnos, para compartir lo que sabemos, lo que pensamos. Para que el mundo sea menos ancho y ajeno". Amen. 

FICHA

LA VIDA SECRETA DE LA MENTE.- Mariano Sigman.- Ed. Debate.287 págs.

Compartir este post
Repost0
4 febrero 2021 4 04 /02 /febrero /2021 10:46

Me encanta reseñar libros de educadores. Mis dos hijas son profesoras y me han inoculado el benéfico y cordial interés por los problemas de la educación y el aprendizaje, que son dos cuestiones distintas, aunque según los modelos prácticos pedagógicos están unidos en un continuum. Filosóficamente son dos elementos distintos aunque obedezcan a una necesidad única: la necesidad del conocimiento. Justamente la autora de este libro excelente publicado por Kairós, Jo Boaler, es una joven profesora de la Universidad norteamericana de Stanford y está especializada en recursos educativos digitales para los que ha creado un curso online abierto sobre la enseñanza de las matemáticas. Como sabemos todos los que nos dedicamos a la filosofía y por pertenecer a épocas pasadas no tuvimos una preparación matemática (para infinita pesadumbre nuestra) hay senderos y límites del pensamiento humano en los que las matemáticas simplifican y allanan determinados problemas (piensen en Bergson, Wittgenstein, Popper o Russell, Habermas, Rorty o Rawls ): la intuición que preconizaban Bergson o Heidegger nos deja desamparados en determinadas  ocasiones por falta de relevancia fáctica y científica.

Viene esto a propósito del trabajo que esta pedagoga estadounidense pone a nuestra disposición. Este aprendizaje sin fronteras (que, inevitablemente suena a esas fórmulas prepotentes y un poco inocentes a las que tan aficionados son al "otro lado del charco") no es una promesa de manual de autoayuda o mantra parapsicológico o espiritualista, sino un procedimiento estructurado con lógica, sentido común y conocimiento de claves de percepción y actuación con ecos filosóficos clásicos y razonamientos estrictos, claros y comprensibles, como cabía esperar de una mente formada en las matemáticas como ciencia y como herramienta.  Apoyándose en los más recientes descubrimientos de las neurociencias sobre el cerebro y el funcionamiento correspondiente en la mente, Jo Boaler nos ofrece una serie de claves (seis) para optimizar nuestro aprendizaje de las más diversas materias (ella se basa en la enseñanza de las matemáticas) que proporcionan un nada desdeñable correlato ya que tiene efectos en el comportamiento y en las actitudes que nos pueden hacer la existencia mas eficiente y en definitiva más positiva y feliz.

Sin duda para el lector común se trata de un libro sorprendente por su claridad psicológica y sus muy efectivas propuestas de cambio perceptivo en la forma de afrontar el aprendizaje de cualquier materia. Para un lector avezado en este tipo  de propuestas, ya sea por su formación profesional en neurología, psicología o ciencias de la educación, el libro de Jo Boaler puede llegar a ser bastante inspirador y motiva la búsqueda de ampliaciones de información  (con unas páginas dedicadas a "recursos" que son muy oportunas). Ello disculpa las reiteraciones (por cierto muy comunes en la "vieja" pedagogía) y las ejemplificaciones excesivas e innecesarias.

La base radial del libro se centra ya desde el principio en la primera clave que nos propone la autora: "Cada vez que aprendemos, nuestro cerebro forma, fortalece o conecta diferentes vías neuronales. Tenemos que superar la idea de que la capacidad de aprendizaje es fija y limitada, así como reconocer que todos nos hallamos embarcados en un viaje de crecimiento.  Como la autora titula su primer capítulo: "La neuroplasticidad lo cambia todo". Esa propiedad emergente y creativa el cerebro, descubierta y confirmada en el pasado siglo ha dado un vuelco copernicano a las ciencias del cerebro y con ello a toda una serie de "bloqueos" que la (mala) educación ha grabado a fuego en nuestros cerebros. Las ideas acerca de la mentalidad de crecimiento, la creatividad y la multidimensionalidad, hace que nos volvamos más flexibles y adaptables y los cambios mentales que ello conlleva hace que aprendamos a desdeñar la negatividad de los fracasos y errores, convirtiéndolos en procesos de aprendizaje y crecimiento, asumiendo los riesgos y abriéndonos a otras formas de encarar y resolver los problemas.

Sin duda recomiendo la lectura de este libro. Principalmente a profesores y maestros en cualquier tipo de disciplina.

FICHA

MENTE SIN LÍMITES.- Jo Boaler.-Trad. Fernando Mora.- Ed. Kairós.295 págs.

 

Compartir este post
Repost0

Présentation

  • : El blog de diariodemimochila.over-blog.es
  • : Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.
  • Contacto

Recherche

Liens