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9 octubre 2021 6 09 /10 /octubre /2021 15:47

En los años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial, el mundo asistía perplejo a la transformación radical de todo cuanto se conocía. En apenas una década, la civilización occidental derrumbó los cimientos que la habían sostenido durante centurias y de esas cenizas emergió una nueva sociedad. La aparición de los regímenes totalitarios y su “nueva” forma de hacer política y de modular el comportamiento social obligó a pensadores y a artistas a replantearse la esencia de la naturaleza humana. La locura desencadenada por Hitler y por Stalin, que arrastraría al mundo a una guerra sin cuartel, supuso el aniquilamiento de una forma de vida. A pesar de la victoria aliada, la quiebra del orden social había alcanzado tal magnitud que los valores previos no servían para explicar el sentido de la vida, vistos los horrores de la contienda y la muerte indiscriminada de millones de personas.

Pocos de cuantos vivieron aquel drama salieron indemnes. Muchos sufrieron en primera persona sus consecuencias, ya sea con la pérdida de alguien cercano o con el abandono forzoso de sus hogares. Otros padecieron, de forma algo más indirecta, los efectos del conflicto bélico, pues la práctica totalidad de los países hubieron de reconducir sus sistemas productivos para hacer frente a la guerra. Incluso en las naciones que permanecieron neutrales casi ningún ciudadano pudo vivir al margen de cuanto acaecía a su alrededor.

Prueba de la importancia de aquel período son los incontables libros que lo han tratado, de los que últimamente hemos reseñado Apaciguar a Hitler. Chamberlain, Churchill y el camino a la guerra (puedes leer la reseña aquí), Berlín, 1936. Dieciséis días de agosto (aquí), La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia (aquí) o La fractura. Vida y cultura en Occidente 1918-1938 (aquí). Las biografías de los protagonistas de aquella época o los trabajos sobre la Segunda Guerra Mundial se cuentan por millares y, casi cien años después, seguimos fascinados por cómo se transformó el mundo en apenas un pestañeo. Se siguen estudiando los prolegómenos de una lucha que, más allá de la mera conquista de territorios, supuso una batalla ideológica en la que los vencedores se repartieron el control del planeta durante el resto de la centuria.

El filósofo y divulgador alemán Wolfram Eilenberger se aproxima a estos años, de una forma original, en su obra El fuego de la libertad. La salvación de la filosofía en tiempos de oscuridad. 1933-1943*. Sus protagonistas son cuatro de las grandes pensadoras del siglo XX: Simone de Beauvoir, Simone Weil, Ayn Rand y Hannah Arendt. Las cuatro fueron testigos de los cambios que se estaban produciendo en Occidente y algunas sufrieron en primera persona la persecución nazi. Sus escritos recogen las impresiones generadas por los acontecimientos que se producían y, si bien no participaron de forma directa en la toma de decisiones, su pensamiento influyó en la postguerra hasta alcanzar un lugar preminente en el mundo académico e intelectual. Muchos de sus textos están inspirados y reflexionan, precisamente, sobre lo sucedido en la década de los treinta y principios de los cuarenta.

Wolfram Eilenberger ya empleó un esquema similar en su anterior obra Tiempo de magos. La gran década de la filosofía: 1919-1929. En la que ahora ve la luz adopta distintos enfoques para analizar al cuarteto protagonista. El suyo es, por un lado, un trabajo de historia de la filosofía, en el que se exponen de forma general, y accesible para el lector no especializado, los principales presupuestos filosóficos de las cuatro pensadoras. Por otro lado, esboza las vivencias de Weil, Beauvoir, Rand y Arendt durante los diez años objeto de estudio, mostrando el contexto personal en el que se desenvuelven, su entorno y los hitos más relevantes de sus biografías. Finalmente, a medida que explora las vidas de las cuatro escritoras, recrea el mundo que les tocó vivir. Ni siquiera Rand, que pasó gran parte de la guerra en Estados Unidos, pudo abstraerse de lo que estaba sucediendo, pues su familia permaneció en Leningrado durante el asedio alemán.

No hay constancia de que, en la década de los treinta, nuestras protagonistas se conociesen en persona y hubieran leído nada de las otras. Nacidas con una diferencia de apenas cuatro años (Rand, la mayor, nació en 1905 y Weil, la más joven, en 1909), en el período que abarca el libro rondaban la treintena y no habían alcanzado la fama que tendrían posteriormente. De hecho, casi todas tuvieron problemas para editar sus escritos. Aun cuando sus experiencias vitales difieren notablemente, cuentan un denominador común: fueron mujeres cuya inteligencia les permitió romper los moldes de la época. Es cierto que, para eso, hubieron de superar numerosos obstáculos, afrontar adversidades y sobreponerse a ellas. Quizás, la historia más trágica (y a la vez la más peculiar) sea la de Simone Weil, fallecida en 1943, cuyo pensamiento solo trascendió tras su muerte, gracias especialmente a la labor realizada por Albert Camus.

Aunque la obra sigue un eje cronológico (cada epígrafe abarca uno o dos años) al narrar la vida de cuatro personalidades tan diferentes, los saltos en la narración son constantes. Eilenberger pasa de los cafés de París o del Hollywood de los años treinta a la Palestina inglesa, siguiendo los avatares de las protagonistas. Un cierto caos narrativo refleja, en paralelo, la confusión que reinaba durante aquellos años, pero no es obstáculo para darnos a conocer cómo los vivieron cuatro de las mujeres más importantes de la centuria pasada.

Wolfram Eilenberger (Freiburg, 1972) estudió filosofía, psicología y filología románica en Heidelberg, Turku y Zúrich. Colaborador habitual en los periódicos Die Zeit y Tagesspiegel, fue editor en jefe de la edición alemana de la revista Philosophie Magazine. Su trabajo periodístico y divulgador se caracteriza por la aplicación de perspectivas filosóficas a cuestiones de política, vida cotidiana y deporte. Entre sus obras destaca Tiempo de Magos. La gran década de la filosofía: 1919-1929.

El fuego de la libertad es la emocionante historia de cuatro iconos mundiales, Simone de Beauvoir, Simone Weil, Ayn Rand y Hannah Arendt, que diseñaron un mundo nuevo en una época oscura.

El escritor Wolfram Eilenberger regresa a las librerías tras el éxito que le otorgó su primer ensayo Tiempo de magos, considerado una obra imprescindible dentro la divulgación histórica.

El fuego de la libertad. El refugio de la filosofía en tiempos sombríos 1933-1943, escrita por el prestigioso periodista alemán Wolfram Eilenberger, que también publicó en 2019 Tiempo de magos. La gran década de la filosofía: 1919-1929. Una obra que se convirtió en todo un éxito dentro de la no ficción que la crítica y el público celebraron con gran entusiasmo. Así, no es de extrañar que con su nuevo ensayo, El fuego de la libertad, haya conseguido en muy poco tiempo el aval de la prensa internacional. Puedes consultar al final de esta convocatoria algunas de las reseñas que ya acompañan a su último libro.

La década de 1933 a 1943 marcó el capítulo más triste de la Europa moderna. En medio del horror, Simone de BeauvoirSimone WeilAyn Rand y Hannah Arendt, cuatro de las figuras más influyentes del siglo XX, mostraron lo que significa llevar una vida verdaderamente emancipada y, al mismo tiempo, desarrollaron sus ideas visionarias sobre la relación entre el individuo y la sociedad, el hombre y la mujer, el sexo y el género, la libertad y el totalitarismo y Dios y la humanidad.

Fue una época oscura en la que los intelectuales se vieron obligados a posicionarse políticamente ante los totalitarismos que arrasaron Europa y a reflexionar sobre la libertad del individuo frente al destino de la comunidad. En aquel ambiente de campos de concentración, persecución de disidentes y supresión de las libertades, Arendt, Beauvoir, Weil y Rand crearon los principios rectores de su futuro trabajo y, aunque lo hicieron cada una de un modo distinto a las otras, las cuatro se comprometieron con la libertad del individuo frente a la dictadura del líder opresor.

Con gran habilidad narrativa y un equilibrio magistral entre el relato biográfico y el análisis de las ideas, Eilenberger nos ofrece la historia de cuatro vidas legendarias que, en medio de la convulsión, como refugiadas y combatientes de la resistencia, condenadas al ostracismo e ilustradas, cambiaron nuestra forma de entender el mundo y sentaron las bases para una sociedad verdaderamente libre.

Sus aventuras las llevaron del Leningrado de Stalin a Hollywood, del Berlín de Hitler y el París ocupado a Nueva York; pero, sobre todo, dieron lugar a sus ideas revolucionarias, sin las cuales nuestro presente, y nuestro futuro, no serían los mismos. Sus trayectorias muestran cómo la filosofía también puede vivirse y son un testimonio impresionante del poder liberador del pensamiento.

En 1933, ninguna tenía más de 27 años y, una década después, la sangría de la Guerra Civil española, el Holocausto de la Alemania nazi y las grandes hambrunas del estalinismo soviético habían pasado por encima de sus biografías. Algunas de ellas acabaron convertidas en refugiadas políticas, otras se unieron a la resistencia armada, varias terminaron condenadas al ostracismo… Pero todas encontraron la forma de demostrar que seguían siendo mujeres libres. Y esa libertad tenía su base en la escritura. La expresión de sus pensamientos a través de los libros fue lo que evitó que fueran vencidas por los totalitarismos y, con su valentía, salvaron al mundo del desastre absoluto.

Wolfram Eilenberger traza la trama filosófica que dibujó unos de los períodos más convulsos y sombríos de nuestra historia. El fuego de la libertad descifra los enigmas de cuatro intelectuales universales que marcaron el rumbo del pensamiento occidental: Simone de BeauvoirSimone WeilAyn Rand y Hannah Arendt.

A finales de 1942 una francesa "preparada para matar alemanes", se embarcó en un carguero que de Nueva York iba a llevarla de regreso a Europa de donde había escapado al exilio con su familia tan solo unos meses antes. Nada más llegar a Inglaterra, en el instante decisivo de la Segunda Guerra Mundial, Simone Weil se presentó en las instalaciones de la Francia Libre y se ofreció para lanzarse inmediatamente en paracaídas -aseguró haber estudiado los manuales al respecto- sobre suelo francés para combatir. No hace falta decir que quienes recibieron atónitos la propuesta de aquella mujer menuda, cegata y claramente enferma, la despacharon al instante. "Pero, ¡si está loca!", habría comentado el general De Gaulle. Le propusieron a cambio que preparase un informe para esbozar la fase posterior a la victoria sobre Hitler y Weil, filósofa, políglota y una de las inteligencias más luminosas del siglo XX, se aplicó a ello con su obsesión habitual, dejando prácticamente de comer y dormir. Un día la encontraron en el suelo de su cuarto y fue llevada al hospital donde murió el 24 de agosto de 1943. Tenía treinta y cinco años.

 

Simone Weil es una de las cuatro protagonistas de 'El fuego de la libertad. El refugio de la filosofía en tiempos sombríos 1933-1943' (Taurus), de Wolfram Eilenberger. Las otras son la también gala Simone de Beauvoir, la alemana Hannah Arendt y la estadounidense de origen ruso Ayn Rand. El autor sigue aquí el modelo de su 'Tiempo de magos' (2018), su primer y fascinante libro en torno a Heidegger, Wittgenstein, Cassirer y Benjamin: coges a cuatro cerebros privilegiados en su momento de formación y en un tiempo concreto limitado -una década- que coindide por lo demás con un momento captal de la historia reciente, y te ocupas de explicar sus ideas en conexión directa y esencial con sus vidas. El resultado vuelve a exhibir todo un espectáculo de la narración filosófica, tal vez aún más sugestivo que en la primera entrega por tratarse de cuatro mujeres no tan conocidas.

finales de 1942 una francesa "preparada para matar alemanes", se embarcó en un carguero que de Nueva York iba a llevarla de regreso a Europa de donde había escapado al exilio con su familia tan solo unos meses antes. Nada más llegar a Inglaterra, en el instante decisivo de la Segunda Guerra Mundial, Simone Weil se presentó en las instalaciones de la Francia Libre y se ofreció para lanzarse inmediatamente en paracaídas -aseguró haber estudiado los manuales al respecto- sobre suelo francés para combatir. No hace falta decir que quienes recibieron atónitos la propuesta de aquella mujer menuda, cegata y claramente enferma, la despacharon al instante. "Pero, ¡si está loca!", habría comentado el general De Gaulle. Le propusieron a cambio que preparase un informe para esbozar la fase posterior a la victoria sobre Hitler y Weil, filósofa, políglota y una de las inteligencias más luminosas del siglo XX, se aplicó a ello con su obsesión habitual, dejando prácticamente de comer y dormir. Un día la encontraron en el suelo de su cuarto y fue llevada al hospital donde murió el 24 de agosto de 1943. Tenía treinta y cinco años.

 

Simone Weil es una de las cuatro protagonistas de 'El fuego de la libertad. El refugio de la filosofía en tiempos sombríos 1933-1943' (Taurus), de Wolfram Eilenberger. Las otras son la también gala Simone de Beauvoir, la alemana Hannah Arendt y la estadounidense de origen ruso Ayn Rand. El autor sigue aquí el modelo de su 'Tiempo de magos' (2018), su primer y fascinante libro en torno a Heidegger, Wittgenstein, Cassirer y Benjamin: coges a cuatro cerebros privilegiados en su momento de formación y en un tiempo concreto limitado -una década- que coindide por lo demás con un momento captal de la historia reciente, y te ocupas de explicar sus ideas en conexión directa y esencial con sus vidas. El resultado vuelve a exhibir todo un espectáculo de la narración filosófica, tal vez aún más sugestivo que en la primera entrega por tratarse de cuatro mujeres no tan conocidas.

P. Antes he dicho que sus historias son corales pero, en fin, no del todo. Si en 'Tiempo de magos' el personaje más desconocido y entrañable resultaba ser Cassirer, ¿muestra predilección en ‘El fuego de la libertad' por la fascinante Simone Weil?

 

R. Todas son gigantes y pensadoras olvidadas que, en mi opinión, deberían ser leídas y enseñadas de forma mucho más amplia que en la actualidad. Sus voces tienen mucho que darnos, especialmente ahora. Y en el caso de Simone Weil, bueno, ¿qué hay que decir? El hecho de que este ser humano absolutamente extraordinario, una vez descrito por Albert Camus como el 'el único gran espíritu de nuestro tiempo', haya sido ignorado de manera tan consistente y completa por la filosofía académica dominante, por no hablar de la filosofía analítica desesperadamente fimótica de la actualidad, atrapada en su narcisismo de distinciones demasiado finas, dice mucho. Por otro lado, hay de hecho, dentro y fuera de la academia, un creciente interés en la profundidad y el poder transformador del pensamiento y el ejemplo de Simone Weil. Una tendencia que sin duda aplaudo.

P. Es curioso porque en Weil se mezclan una lucidez asombrosa con rasgos de locura, desde el éxtasis religioso al desequilibrio físico y mental. Fue por ejemplo de las más tempranas en señalar algo que hoy se da por hecho: la equivalencia básica entre el totalitarismo nazi y el soviético. ¿La lucidez y la locura pueden retroalimentarse?

 

R. Por supuesto que pueden. De hecho, así es como una vez comenzó la filosofía, continuó a través de las edades y también volverá a comenzar. El concepto español de “loco” y “locura” captura esta eterna ambivalencia mucho mejor que la mayoría de los otros idiomas. Piense en Sócrates como la figura fundadora de nuestra tradición: un vagabundo y un bicho raro muy conocido que escuchó voces extrañas en su cabeza y, sin embargo, fue el más sabio de todos los tontos humanos. Por supuesto, no fue considerado como tal por la mayoría de sus semejantes, sino por los siglos venideros y el oráculo de su comunidad. Especialmente en los momentos más oscuros, cuando el mundo entero "se ha vuelto loco", ser absolutamente lúcido, honesto y sobrehumanamente intrépido te hará parecer necesariamente una loca o un loco a los ojos de los demasiados. En este sentido, la mente y la capacidad de comprensión de Weil sólo pueden calificarse de "proféticas", ya que evidentemente se nutren de fuentes y voces que no son sólo de este mundo. Pero dar tal respuesta en una entrevista en el año 2021 de Nuestro Señor, y respaldarla plenamente, hace que uno mismo parezca un loco, ¿no es cierto?

P. De hecho, aunque intente disimularlo,diría que no logra esconder usted cierta animadversión por Ayn Rand. En varias ocasiones confronta su egoísmo con su vida personal, tan necesitada de amor como cualquiera. Es curioso, Rand tal vez sea la filósofa menos profunda y compleja de las cuatro pero probablemente es la que más influencia ha tenido después, al menos en EEUU. ¡Y la que más libros ha vendido!

 

R. Es interesante que lo lea usted de esta manera. Permítanme decir esto: Ayn Rand es una filósofa y escritora mucho mejor de lo que se le atribuye, especialmente en Europa. Además, no es menos extremista y de carácter profético que Simone Weil. Pero donde Weil ve la celebración del Ego como la raíz del mal de la modernidad, la autocanonización de ese mismo Ego, sin compromisos ni restricciones, marca para Rand el primer y decisivo paso hacia todo lo bueno y bello de este mundo. Es el primer paso en el camino hacia la verdadera libertad. Por lo tanto, le dio a la "Tierra de los Libres" una filosofía de un tipo particular, y de manera muy influyente. Es difícil sobreestimar su importancia para la cultura de la posguerra en Estados Unidos. Y, por lo tanto, una irresponsabilidad intelectual de no perder tiempo en sus fundamentos filosóficos: "Conoce a tu enemigo", si es que ella tiene que ser un enemigo.

P. Simone de Beauvoir se reía de Weil por su fugaz lucha en la guerra civil española pero ella, Sartre y la mayoría de los intelectuales de su círculo parisino no vivieron nada mal durante la ocupación nazi pese a su teórica beligerancia política. Uno no puede dejar de sentir cierto malestar observando a estos tipos que copulaban, escribían y leían a Hegel en aparente despreocupación mientras el mundo ardía. ¿Nace con ellos la ‘gauche caviar’?

 

R. Bueno, es un hecho que los intelectuales franceses de cierto medio tenían, y todavía tienen, un talento especial para marcarse a sí mismos como intrépidos anti-sistema y proto-revolucionarios. Al mismo tiempo, pueden y están dispuestos a disfrutar plenamente de las comodidades de los líderes de opinión financiados por el estado, así como a usar y abusar de los privilegios sexuales que parecen surgir "naturalmente" de este estado. Beauvoir y Sartre son ejemplos estelares de esta constelación y sirven como modelos a seguir para las generaciones venideras. Sin embargo, Beauvoir sigue siendo una persona extremadamente inspiradora y estimulante desde un punto de vista filosófico: no nació como filósofa y reformadora social, tenía que convertirse en una. Fue una lucha muy dura ya que el camino hacia "el Otro" fue especialmente largo para ella. Para seguirlo, tuvo que conquistar sus intuiciones y miedos más profundos. Se conquistó a sí misma pensando en sí misma. ¿Qué mejor se puede decir de un filósofo?

 

P. Al lado de Beauvoir, Arendt parece de verdad valiente, tanto filosófica como vitalmente. Judía, víctima, apátrida, es la que vive el peligro más cerca, logra escapar y nunca le vence la desesperación ni reniega a su independencia. Tampoco en el amor... ¿Amar en condiciones de igualdad, sin subordinación, como busca Arendt, no es en realidad una quimera, no va, desgraciadamente, contra la realidad esencial del amor?

 

R. Al comienzo de la lucha totalitaria, Arendt, como Rand y Weil, se encuentra en una situación de marginación triple: mujer, intelectual, judía. La consecuencia es el exilio, tanto física como mentalmente. Entonces, la pregunta para ella es la siguiente: ¿Cómo amar al mundo a pesar de todos sus abismos y oscuridades demasiado obvias? Y su primera respuesta, su principal intuición es esta: atreverse a amar el abismo más obvio y oscuro que todos, todos los días de nuestra vida social, encontramos. Amando la vista y el rostro de otro ser humano. Una vez que lo logras, sin perderte por completo en el abismo sin fin que el otro es, el mundo se convierte en un lugar para vivir, la existencia se convierte en algo para ser apreciado y celebrado. El concepto de amor de Arendt se basa en una igualdad que aprecia las diferencias que nos hacen únicos. El ideal totalitario, en cambio, consiste en borrar con fuerza las mismas diferencias que nos permiten amar al mundo y a nosotros mismos, que es una forma más de decir que es ontológicamente maligno.

 

P. Se ha escrito que su libro trata de cuatro filósofas contra el nazismo pero a mí me parece que no es ese en realidad el auténtico objeto de ‘El fuego de la libertad’. Diría que el asunto esencial que se plantean estas cuatro mujeres es el problema de la comunidad humana: ¿cómo podemos relacionarnos con los demás?, ¿es eso siquiera posible?

 

R. Me alegra que lo vea de esa manera. Sí, la cuestión del otro, me parece la cuestión central del libro. El nazismo es sólo una forma política de responder o más bien negar esa pregunta, esa búsqueda, ya que busca borrarla con su fuerza. Lo cual, al final, solo se puede lograr aniquilando toda alteridad, destruyendo todas y cada una de las cosas que son o parecen encarnar esa misma cuestión.

 

P. Las "sociedades de esclavos" totalitarias fueron finalmente vencidas por las "sociedades libres" (salvo en el caso del comunismo que años después también acabaría cayendo). ¿El fuego de la libertad es más poderoso que el de la opresión o fue sólo cuestión de suerte?

 

R. No necesariamente es así. Al menos es una cuestión que no puede ser abordada, y mucho menos definitivamente respondida, solo por la historia. Preguntarnos de dónde brota este fuego de libertad, quién lo creó y cultivó y quién lo guardará para nosotros en el futuro, es en el fondo una tarea metafísica. Y junto con Simone Weil y su lectura del mito de Prometeo, debería pensar que nosotros, es decir, los humanos, no iniciamos este incendio. Pero si no nos cuidamos adecuadamente unos a otros, así como a su verdadera fuente, bien podríamos ser capaces de matarlo de una vez por todas en el futuro previsible.

 

Hay mucha energía oscura en estos días y parece canalizarse hacia colectivismos de uno u otro tipo

 

P. Comparamos mucho actualmente el periodo de entreguerras con su auge autoritario, nacionalista e identitario con el actual pero, ¿toca ahora farsa o tragedia?

 

R. Sí, y estas comparaciones no carecen de fundamento. Hay mucha energía oscura en estos días, y gran parte de ella parece canalizarse hacia colectivismos de uno u otro tipo. El retorno político del "yo" al "nosotros", en otras palabras, está en pleno apogeo. Al mismo tiempo, siempre existe el peligro de caer en la trampa de la exculpación política cuando se trazan estos paralelos demasiado de cerca. El más aterrador de todos los pensamientos políticos, después de todo, sigue siendo que la historia en realidad nunca se repite, porque es ontológicamente abierta y que, además, nunca está completamente en nuestras propias manos. Pensar de otra manera significa caer en una farsa filosófica. Y esto, entonces, con demasiada frecuencia termina en tragedia. La pregunta sigue siendo: ¿cómo salimos responsablemente de este círculo vicioso?

 

P. Auge, caída y reconstrucción. Me parece que le falta un tercer libro. ¿Quiénes serán sus cuatro protagonistas?

 

R. Sí, el proyecto continúa. Pero buscará nuevos caminos, tanto formal como cronológicamente. Desafortunadamente, estos caminos permanecen todavía muy a oscuras para mí. O, dicho de manera más positiva, permanecen al descubierto. Veremos.

 

 

 

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15 mayo 2021 6 15 /05 /mayo /2021 09:47

Pongamos que hablamos de Shakespeare. Bello, interesante y tópico tema. Se puede abordar de muy diversas maneras. La irlandesa Maggie O'Farrell da una original vuelta de tuerca al universo interminable de el Bardo. Bucea en su biografía, busca un detalle no demasiado documentado, que surge entre las nieblas de lo supuesto, lo probable, la leyenda y la imaginación. ¿De dónde sacó don William el nombre de su personaje dubitativo Hamlet, el príncipe danés?  Seguramente de una leyenda nórdica que se basa en las peripecias de un príncipe llamado Amleth (nombre que en escandinavo significa "loco"). O tal vez directamente de un pariente que tuviera ese nombre. En el siglo XIX se especuló mucho sobre los datos familiares de Shakespeare y su esposa Anna Hataway y de sus tres hijos, dos hijas y una gemela del único varón, Hamnet (en el siglo, XVI en Inglaterra Hamlet y Hamnet eran intercambiables), que murió con once o doce años de edad. Se dice que Shakespeare reflejó su dolor por la muerte de su hijo varón en una célebre escena de "El rey Juan", donde una reina llora la muerte de su hijo: "La pena llena la habitación de mi hijo ausente, yace en su  cama, anda conmigo arriba y abajo, asume sus bellos rasgos, repite sus palabras, me recuerda sus graciosos miembros, rellena sus vacías prendas con su forma. Tengo entonces razón de amar la pena. Adiós. Si tuvieras una pérdida tal yo te daría a tí mejor consuelo".

La autora logra transmitir al lector una emoción profunda ante el fracaso en la protección del único hijo varón de la pareja, su vulnerabilidad y el profundo desconsuelo y amor desgarrado de los padres -William y Anna o Agnes en la novela, que al parecer era el segundo nombre de la esposa de Shakespeare-. La vida, con todo su esplendor y miserias, y la presencia de la muerte rondan la existencia de una pareja histórica a la que la narradora irlandesa, con gran maestría nos muestra con toda verosimilitud, emociones y sentimientos, que sólo una escritora de fuste y nervio logra recrear. He leído "Hamnet" de un tirón. Pesaba de entrada mi fascinación por el dramaturgo inglés,después es la habilidad literaria y la imaginación poética de Maggie la que relativiza los elementos históricos para destacar el drama humano de esa pareja histórica cuyas verdaderas circunstancias emotivas jamás se podrán conocer, pero el reflejo que la escritora da de ellas bien podría ser real. Por eso la presencia histórica de Shakespeare en la novela se relativiza. Lo que nos importa es el profundo dolor de Agnes en Stratford y la desesperación de su marido, siempre ausente, en Londres. La  novela se cierra con una maravillosa escena de la representación de Hamlet en el corral de comedias londinense a las orillas del Támesis, donde la desgarrada madre advierte la correspondencia de su dolor con el dolor de su marido. Es Agnes la verdadera protagonista de la novela -una mujer montaraz, aliada con la naturaleza, curandera de plantas y tisanas, medio salvaje y dotada de una sabiduría ancestral, que se singulariza en una habilidad para notar por un contacto manual la esencia de la persona a la que toca-- y como en "Hamlet" el motivo dinámico de la acción es un fantasma llamado Hamnet, muerto a los once años de edad y cuya presencia ausente llena las páginas de la novela de momentos inolvidables.

Aparte de de esa motivo central, la autora logra descripciones magníficas del desarrollo y expansión  de la peste medieval en Europa y concretamente en Inglaterra, mientras la acción va tejiéndose y destejiéndose con la aguja del tiempo, pasado y presente y futuro, nos acongoja con la descripción de la muerte del niño (en algún momento, pocos,  se le va levemente la mano y roza el melodrama) pero, en general, mantiene en vilo al lector apelando a sus emociones de una forma  correcta y digna. Para el lector conocedor de detalles de la vida de Shakespeare no pasa inadvertida la mención en la página 309 del misterio de la 2ª cama de Agnes que se menciona en el testamento real del gran dramaturgo.

Y por debajo de toda esta fascinante novela vibra con su propio vigor el retrato documentadísimo que la autora nos hace de la vida cotidiana en el pueblo natal de  Shakespeare, Stratford, las formas de convivencia , los retratos de personas de la época, de las familias, de las relaciones de poder, de la situación de las mujeres y de los niños y de la presencia de la vida en su plenitud y miseria y de la muerte que en unas condiciones públicas  de insalubridad enormes está siempre presente. El Londres que nos muestra O´Farrell es como un vigoroso y terrible retrato coral del Bosco o de Brueghel. Toda la segunda parte, la más breve del libro, es un ejercicio literario que roza la excelencia y la descripción con la llegada de Agnes al corral de comedias persiguiendo la sombra fantasmal de su hijo para encontrarse con la de Hamlet en el escenario. Son diez páginas de una eficacia y pulcritud literaria magníficas. Gran novela. La última palabras de la novela es "Recuérdame": una petición o amonestación que será realidad para muchos lectores. Entre ellos, yo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

ficha

HAMNET.- Maggie O'Farrell.-trad. Concha Cerdeñoso.- 341 págs. Ed. Libros del Asteroide

 

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7 marzo 2021 7 07 /03 /marzo /2021 09:23

Desde niño me he sentido conmovido por la condición fronteriza y la existencia “líquida”, del exiliado o el inmigrante. Un exiliado es la versión política y cultural del inmigrante, arquetipo de la necesidad y el desarraigo por motivos de supervivencia. En ambos coincide en mayor o menor grado el elemento básico de lo inevitablemente necesario para vivir y el de la demanda permanente de identidad. En un mundo progresivamente poroso (y responsable, por causar la coerción que obliga a la persona al abandono de lo propio) los exiliados y sus hermanos los inmigrantes, articulan una realidad que es un desafío ético, económico, político y social.

En “Una poética del exilio”, el brillante ensayo que la doctora en filosofía, Olga Amaris, dedica a los paralelismos vitales y conceptuales entre dos exiliadas históricas, Hannah Arendt y nuestra María Zambrano (Ed. Herder), se propone -con el análisis de la precariedad y las exigencias que definen el exilio, un motivo obligatorio de reflexión.

La enorme actualidad de la casuística del exilio y la inmigración en nuestros tiempos, está creando una necesidad filosófica y política, económica y social, que no deberíamos banalizar o convertir en simples campañas de buenas intenciones. Es un problema serio, candente y progresivo, que debe ser atendido de una forma inmediata y vinculante, no sólo por el Estado y las instituciones sino en el sentido moral de cada persona. Esta es una tarea que nos concierne a todos, puesto que es un problema tan global como la pandemia y deberíamos prepararnos para afrontarlo de una manera más eficaz y consciente y sobre todo solidaria de la que hemos usado en la lucha contra el virus.

Nos recuerda Amaris la frase del coreano Byung-chul Han, (emigrante o exiliado  a su vez en Alemania): "El grado civilizatorio de una sociedad se puede medir justamente en función de su hospitalidad".Prácticamente todo occidente suspendería en la medida precisa y suele pasarse más bien al lado contrario, el de la represión o la criminalización. Y la fiebre masiva  de inmigración ilegal, que se agravó a finales del siglo XX, con toda su brutal carga de ferocidad y miseria, ha relegado a utopía filosófica la aceptación de las figuras del inmigrante o del exiliado.

Durante toda la lectura queda claro el paralelismo existencial y también filosófico que ha resaltado la autora entre las dos grandes pensadoras, Arendt y Zambrano "dos vidas representadas en dos obras que, pese a seguir sus propias rutas trazadas en sus exilios particulares, encuentran puntos de convergencia y nudos de cercanía en numerosas estaciones...pero sobre todo en las conclusiones a las que llegan: la esperanza en un nuevo mundo, mejorado y liberado de la amenaza del mal radical" cuyos efectos han padecido las dos de distinta forma pero con parecido resultado. La Arendt en "la aceptación de su papel de paria consciente pero defendiendo su derecho a tener derechos, a ejercer un pensar libre, sin caer en victimismos, falsas creencias o ideologías anquilosantes. Y la Zambrano en su reivindicar una palabra filosófica, poética y mística que inunde una ciudad nueva sin diferencias entre anfitriones y visitantes. 

Es justamente la sensación de no pertenencia, de desubicación, que comparten las dos mujeres la que promueve un tipo de pensamiento singular que desafía las estructuras filosóficas imperantes en su tiempo. El fracaso del amor en las vidas de las dos mujeres queda mitigado por la glorificación que ambas hacen a la amistad.  Como en Aristóteles la "filia" es para las dos pensadoras un acicate, una energía que facilita la creación y el propio discurso filosófico. Nuestra autora destaca, entre otras muchas "coincidencias casuales" o más bien "sincronicidades" que diría Jung, los únicos libros que ambas se llevan al exilio: Zambrano la "Etica" de Spinoza y Arendt su propia tesis doctoral sobre San Agustín. En ambos el concepto del amor guiará a las dos pensadoras en sus versiones del "amor mundi" (uno de los conceptos claves de sus posturas en el exilio).

La centralidad del tema amoroso en ambas creadoras, desde la figura del otro y de los gestos extraordinarios del sujeto común como esperanza de un mundo nuevo, al que acceder y comprender a través de una mirada distinta y creativa, hasta el propio hecho de la alteridad entre el anfitrión y el que llega y busca un lugar donde estar y ser sujeto de derechos y no "nuda vida" biológica sin ninguna entidad, ni jurídica ni apenas humana.

No se pierdan la lectura de esta obra, tan en sintonía con el global problema de las oleadas de refugiados forzosos. Les permitirá enriquecer y enfocar de forma humana la visión parcial y desinformada que tenemos sobre  el problema.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

ficha

UNA POÉTICA DEL EXILIO.- Hannah Arendt y María Zambrano.- Olga Amaris Duarte.-Ed. Herder .-319 págs

 

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22 enero 2021 5 22 /01 /enero /2021 09:38

 

El 6 de abril de 1922, en la sede de la Société française de philosophie de París, dos grandes  del pensamiento científico y filosófico se reunieron, Albert Einstein, (Nobel de Física), y Henri Bergson (Nóbel de Literatura). El tema básico del encuentro fue el tiempo y , a pesar de la intencionalidad oculta del debate, un improbable acercamiento de las dos potencias rivales en Europa, Alemania y Francia, no hubo acuerdo. Por primera vez desde la edad media la Filosofía volvía a ser la criada respondona que se negaba a aceptar la primacía de su rival. Si en el Medievo ese rival se llamaba la Iglesia, y se tuvo que someter a la Teología,  en el siglo XX era la Ciencia. En el asunto concreto en el que los dos gigantes se enfrentaban ,e l tiempo, el tono del combate fue decidido por el desdeñoso juicio de Einstein, "ya no es el tiempo de los filósofos". Bergson se batió con empeño, convicción y valor  (y más educación), pero Einstein habló de sus ideas -que iban a cambiar al mundo- y prácticamente ignoró la elocuente proclama de Bergson sobre el tiempo, cuyos aspectos intuitivos éste defendía con ardor y con ejemplos de la vida cotidiana. En el fondo, era una batalla imposible, una discusión sin sentido y un choque de inteligencias basadas en premisas divergentes que nunca podrían encontrarse, ya que pertenecían a dominios diferentes. Lo curioso de tal encuentro dialéctico es que ni siquiera se usaba el mismo lenguaje (no me refiero al idioma, francés e inglés, bastantes perfectos en Bergson y mediocres en Einstein).

La mejicana  Jimena Canales, doctora en Historia de las Ciencias por la Universidad de Harvard, nos cuenta las antesalas de este encuentro histórico y las consecuencias y resultados en los medios filosóficos y en los científicos, con apasionados debates entre simpatizantes de ambos genios, entremezclados entre sí, filósofos partidarios de Einstein y científicos que apoyaban a Bergson. Un evidente caos de pensamientos e ideas que el lector encuentra bien delimitado en el libro de Canales,  El físico y el filósofo (Arpa). La autora reconoce la preponderancia de la ciencia cuando uno busca ciertas explicaciones sobre la Naturaleza del tiempo. Parece más útil y lógico adentrarse en los libros de Stephen Hawking, Popper  0 David Landis que en los de Bergson, Emilio Lledó o Bachelard. Pero como escribe Canales, aquél histórico encuentro y sus consecuencias han determinado una corriente muy poderosa  de pensamiento al respecto del tiempo:  "Mi libro es la historia de cómo se pasaron el bastón entre filosofía y teología, cómo las disciplinas que hablaban sobre el tiempo hasta ese momento, incluso el arte y la poesía, fueron dirigiendo sus miradas y su metodología hacia los principios operativos de la ciencia". Ello provocó dice Canales una "mutación" en la relación de los conocimientos sobre ciencia y tecnología y los que proviene de las artes y humanidades, influyendo no sólo en la técnicas y métodos de trabajo sino en la orientación de la búsqueda y en los resultados que se obtienen.

Fuera de esta reseña, en la que se califica de notable el trabajo de esta investigadora, quedan los ataques, desmentidos e ironías que acompañaron la publicación por parte de un determinado número de científicos. Siempre ha sido un baldón en la historia de la ciencia, de la literatura y del arte, cómo la envidia, los celos profesionales, las calumnias o la mezquindad más flagrantes han arruinado. incluso destruido a muchas personas por el hecho de haber descubierto algo que iba contra el paradigma dominante o simplemente por adelantarse o innovar determinados aspectos de la ciencia o las humanidades. Casi cien páginas de notas y bibliografía avalan este trabajo de la investigadora de Historia de la Ciencia, quizá como contundente respuesta a los intentos de desmerecer y banalizar su trabajo.

Uno de los puntos en los que me siento más cercano a Canales es su defensa constante del punto de vista y del trabajo de Bergson y otros filósofos sin menoscabar en absoluto la importancia capital en el desarrollo y progreso de la ciencia por parte de Einstein. Y su conclusión: ambos puntos de vista no son excluyentes. Bergson basa su teoría del tiempo en la duración, un concepto sumamente complejo que se basa en elucidar qué entendemos por "momento" ya que "hay un tiempo en mi memoria que inserta algo del pasado en el presente y algo del futuro (momento) y por tanto el tiempo se percibe en el interior, en el espíritu del hombre". Usamos la intuición para aprehenderlo y percibirlo. Para Einstein el tiempo es algo exterior al hombre, que se puede medir de una forma empírica.

Para un lector con formación filosófica siempre queda como una incógnita interesante para reflexionar la frase de Bergson, años después de ese debate:  "¿qué habría pasado si la ciencia moderna, en lugar de partir de la matemáticas para orientarse en dirección de la mecánica, de la astronomía, de la física y la química y en lugar de hacer converger todos los esfuerzos sobre el estudio de la materia, hubiese comenzado por la consideración del espíritu, el logos, la inteligencia y la ética humanas".

Mi respuesta inmediata sería: Seguramente no tendríamos una sociedad hipertecnificada que se dirige imparablemente hacia el ocaso del ser humano y el colapso del planeta. Pero eso es una hipótesis personal, indemostrable pero difícilmente falseable, del que firma este artículo y que podría ser objeto de deliberaciones interminables. Y quizá ya no nos quede tiempo para ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 ficha

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.- Jimena Canales.- Ed. Arpa.Trad. Alex Guàrdia.-

 

 

 

 

 

 

 

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4 diciembre 2020 5 04 /12 /diciembre /2020 10:33

 

Hemingway no es un genio, es un buen novelista, lleno de brío y de una cierta poesía de lo épico y lo masculino. Sus novelas son de estilo directo, sencillo, nada intelectual o complejo. Adjetivaba poco, escribía unos diálogos con fuerza, contundentes, como los golpes y las fintas de un boxeador. Su ironía es descarada y no hay demasiado ingenio ni brillantez en su estilo, pero si una dinámica y salvaje humanidad, una plétora de emociones y sentimientos. Es una especie de Henry Miller sin las pretensiones intelectuales de éste, con una sincera pasión por la vida, el amor -no llega a la altura de Miller cuando más que de amor escribe de sexo- la bebida, la caza, el boxeo, el trabajo duro y la escritura como un continuo rito masculino de dominación y sumisión alternadas. Era una bestia literaria en el mejor sentido.

El libro que recomiendo nos ayuda a entender el mundo y la persona de Hemingway. Su fascinación por el mito del eterno masculino y la eficaz y sorprendente magnificación de su ego para componer una mixtura literario-popular-psicológica en la que se mezcla la vida real con los mitos que él mismo alimentó sobre su persona, su historia y sus libros. Su vida más oculta y tergiversada o manipulada, junto a la real, forman un conjunto que compondría por sí mismo una apasionante novela de una complejidad psiconeurótica extraordinaria. Pero no es alimento de terapeutas, es demasiado primario en el buen sentido de la palabra o quizá era un inocente salvaje, un personaje de Fitzgerald o incluso de Pérez Reverte (todavía me pregunto por qué mi viejo conocido no se ha sumergido en este escritor con una biografía novelada).

Les guste o no Hemingway (es un escritor que levanta pasiones opuestas con  gran facilidad)  lo cierto es que el libro  de su amigo en Italia (durante la I Guerra Mundial) Henry S. Villard y el ensayista James Nagel, es francamente indispensable para hacerse uno una idea más exacta de la personalidad de Hemingway y de las luces y sombras, exageraciones e hipérboles que la fantasía y la contradictoria vanidad del escritor (que podía convertirse en una humildad franciscana y una generosidad sin límites con quienes se acercaban a él) había tejido para su, digamos, "historia oficial" y la del "gran escritor norteamericano del siglo XX". Desde sus amores con la enfermera Agnes von Kurowsky (mayor que él, que sólo contaba con 19 años cuando marchó como voluntario de la Cruz Roja a las trincheras italianas frente a los alemanes del Káiser) hasta sus famosas y exageradas heridas de metralla de granada o de ametralladora, o el cariz de sus relaciones amorosas totalmente elevadas al romanticismo más juvenil posible y sus sueños de llegar a ser un gran periodista (no parecía a esa edad que se planteara ser escritor). Más adelante sus experiencias bélico-amorosas-aventureras en Italia le darían material para varios de sus primeros relatos cortos y, sobre todo, para su celebérrima "Adiós a las armas". La lectura de las memorias de Henry Villard en las que describe su vida en plena guerra como conductor de ambulancias (Hemingway no fue conductor como asegura en su novela, sino cantinero de primera linea) y su amistad con el escritor, el diario de Agnes y sus cartas a Hemingway, (incluida una decisiva y perdida hasta los años noventa en la que rompía su relación con el futuro Nobel), las pocas cartas de éste que se han conservado de la misma época y un excelente ensayo de Nagel de unas 100 páginas sobre las investigaciones y documentación relacionadas con la estancia del escritor en Italia durante la I Gran Guerra, integran este volumen esclarecedor. Sugiero al lector interesado que lo complemente  con el breve y excelente libro de la periodista de New Yorker, Lillian Ross, "Retrato de Hemingway", para redondear la información que se desee tener sobre la vida y obra de ese escritor y de su compleja personalidad. Les aseguro que vale la pena. Sin duda es uno de los más brillantes retratos del escritor, realizado por una maestra del periodismo de la entrevista y los perfiles biográficos. Tiene un estilo fascinante, agudo y de una rara profundidad psicológica. Describe dos días vividos en Nueva York con Hemingway y su esposa Mary. Fue un "retrato" que causó mucha polémica, más debido a la personalidad compleja del escritor que a las descripciones absolutamente fieles y discretas de Ross. Su amistad con el escritor duró hasta la muerte de este (es una de las pocas comentaristas de la vida de este autor que considera que su muerte no fue un suicidio sino un accidente: muestra de su fidelidad). Me gustó la frase que dedica el estilo literario de Hemingway: "En su escritura descubrí la sencillez, y la claridad, y la belleza de la prosa desnuda. Leyendo sus novelas aprendí a escribir basándome en los hechos".

Por cierto, aviso a los cinéfilos: en los 90, el magnífico director británico Richard Attenborough dirigió una película, "En el amor y en la guerra", con Chris O´Donell en el papel de un descafeinado Hemingway y Sandra Bullock dándole una buena réplica como Agnes.

FICHAS

HEMINGWAY EN EL AMOR Y EN LA GUERRA.- Henry S.Villard y James Nagel.-Trad. Antonia Menini.- Ediciones B.-420 págs.

RETRATO DE HEMINGWAY.. Lillian Ross.- Trad. Jesús Pardo.-Muchnik Editores. 94 págs.

 

 

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6 noviembre 2020 5 06 /11 /noviembre /2020 09:11

Era un adolescente cuando Alberto Camus murió en un accidente lleno de suposiciones e incógnitas, profundamente sospechoso. Mi padre me dijo con una nota de tristeza en la voz: "A tí que tanto te gusta leer deberías intentar leer algo de Albert Camus. Acaba de morir. Pásate luego por la librería y le dices que te den un libro de él, a poder ser "La peste". Que lo pongan en mi cuenta. Está en francés, claro. Pero tu lo lees bastante bien. Si tienes alguna duda me preguntas o miras en el diccionario. Te impresionará". Desde entonces Camus me ha acompañado toda la vida. Años más tarde en la Facultad de Derecho había dos grupos rivales: los que apoyaban las  tesis políticas de Sartre y los que apoyábamos las de Camus. Había una profunda enemistad entre ambos grupos. Los de Sartre se consideraban de extrema izquierda y los de Camus eramos humanistas y dábamos más importancia a ciertos valores éticos e intelectuales que a la disciplina de un partido político supuestamente salvador de un mundo ahogado por el capitalismo. Todo era mucho más simple, sin duda erróneo en ambos planteamientos, pero estaba en general infinitamente más claro que las actuales confusiones. En todo eso he pensado cuando he releído la novela de Berta Vias y me he decidido a contárselo a ustedes. 

"No hay nada más escandaloso que la muerte de un niño y nada más estúpido que morir en un accidente de coche". Lo había escrito Albert Camus. Y lo repite Berta Vias Mahou, una escritora madrileña de 50 años, traductora y narradora, en su última novela "Venían a buscarlo a él", en la que logra comunicarnos la angustia, la soledad y la honestidad de ese escritor francés, premio Nobel, de pasado argelino, una de las más conocidas víctimas del desastre de la guerra de Argelia.

El 4 de enero de 1960 Albert Camus perdía la vida en un absurdo "accidente" de automóvil, en una carretera secundaria comarcal entre Sens y Fontainebleau. Berta Vias logra a través de una recreación literaria basada  en pasajes de la obra póstuma  de Camus "El primer hombre" y en retazos y citas oportunas de otras de sus obras, conferir una autenticidad y coherencia a su narración, que rebasa el puro andiamaje novelesco.

Compartimos ese último periodo de la vida de Camus a través de un juego de espejos en el que Jacques, el trasunto de A.C. (protagonista precisamente de la novela póstuma citada), vive la turbulenta historia de amenazas y horrores que rodea el doble terrorismo francés y argelino, un goteo inmisericorde de atentados, asesinatos y matanzas, en un contexto internacional en el que las fronteras del racionalismo y la ceguera política se entremezclan, con una izquierda incapaz de aceptar la sensatez y el pacifismo de buena ley que destila la persona y el pensamiento de Camus. Somos testigos del enfrentamiento con Sartre desde la óptica del escritor mártir, demonizado por el duro y alicorto "establishment" intelectual de la época. Y se nos comunica con inquietante efectividad el clima de desasosiego, temor y rectitud en el que vive Camus hasta su muerte, apresuradamente orquestada y manipulada por las autoridades francesas, por todas las elites políticas e intelectuales en el poder.

Con una versatilidad a veces desconcertante Berta Vias juega con los diferentes narradores y alterna las personas del narrador, incluso en el mismo capítulo, acercándonos a las figuras claves del drama: el joven argelino de madre española que es testigo indirecto de la presencia y el objetivo de los asesinos, las figuras de éstos y su trayectoria bajo el control de la FLN, el juego disparatado de intereses encontrados que decidirán la muerte de Camus y el entorno del escritor donde se introduce también la tercera columna de los que facilitan el camino a los asesinos. Dominándolo todo la presencia de Jacques-Albert, sus jornadas de escritura, sus recuerdos, algunas vivencias y relaciones que ensamblan un relato apasionante y angustioso. Desde las jornadas de sol y mar de su Argelia infantil hasta la vida en un cada vez más agobiante París que le niega el pan y la sal a causa de su enfrentamiento y coherencia en la debacle del fin del colonialismo francés.

¿Cuál podía ser la suerte de un hombre que se atreve a aspirar a una "tercera vía" en el horror argelino, empuñando las banderas de la paz, el entendimiento de los hombres y el respeto a las diferencias raciales? Una vez más es el inocente, la víctima propiciatoria de todas las partes del problema, enfangadas en la defensa a ultranza de intereses bastardos. Berta nos habla permanentemente del miedo de Camus ante los fantasmas del odio y la intolerancia. Y uno acaba por aceptar la apuesta de la autora: en ese contexto la muerte de Camus es la catarsis necesaria para el cumplimiento del horror en toda su absurda vaciedad de humanidad. Se configura como una "crónica de una muerte anunciada", con la temible exactitud trágica de un sacrificio laico a los dioses: el del inocente, odiado por igual por todas las partes en conflicto.

Se trata de  una excelente novela y un trabajo serio e imaginativo de recreación e interpretación de los hechos de la vida de un gran hombre.

 

FICHA. "Venían a buscarlo a él", Berta Vias Mahou.- Ed. Acantilado, Barcelona 2010. 227 páginas.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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4 octubre 2020 7 04 /10 /octubre /2020 09:51

A los 150 años de su punto y final

DICKENS, UNA ALEGORÍA ACTUAL

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y la tontería, la época de la fe y de la incredulidad, la estación de la luz y la de las tinieblas, era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”…Este párrafo de resonancias shakesperianas, es el comienzo de “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens y en el momento en que lo leí, cuando preparaba estas líneas, percibí claramente el carácter profético y premonitorio de un escritor y su tiempo que se reflejaba hoy como un símbolo y una metáfora literaria y socio-política de nuestra época actual, reverberando como una carcajada burlona contra nuestras pretensiones de superioridad. Una frase de Marx completaba la imagen que me había formado: “Dickens ha proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de políticos, agitadores y moralistas juntos”

En estos tiempos en los que se cuestionan el valor práctico de los sentimientos, en los que las emociones son objeto de análisis críticos y condenas terapéuticas o ensalzamientos ridículos y contraproducentes, releer a Dickens  en el 150 aniversario de su tránsito hacia el Olimpo de los Inmortales  no sólo es un placer, es también una necesidad y una apelación psicológica a lo más humano y olvidado de nuestras existencias actuales: el derecho a conmovernos, la posibilidad de que, aunque sólo sea por el acto literario reflejo de la lectura, sintamos los ecos de una ternura, una bondad y una comprensión de la debilidad humana que fueron el logro más profundo de este escritor relegado al anaquel de los "clásicos sentimentales” y el recordatorio mordaz de que no hemos superado la falta de humanidad, la capacidad de hacer sufrir a los más débiles y necesitados, la pintura cruel de los desheredados de la tierra hasta límites y magnitudes jamás soñadas por Dickens en el siglo XIX.  

Uno de sus biógrafos asegura que “Dickens ocupa un lugar entre las causas de orden moral que han ahorrado a Inglaterra una revolución, porque pocos autores han encarnado tan bien a un país, en sus grandezas y sus pequeñeces”.  Si Dickens se levantara de su eterno descanso en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster y observara su amado país bajo las sombras deshonrosas del “Brexit” volvería a su tumba tan amargado como si Lincoln viera al suyo bajo la férula canallesca de Trump, ambos personajes igualados en la miseria moral que tenía el viejo Scrooge de su “cuento de Navidad”, pero sin su capacidad de redención.

Un lector inquieto podría husmear en la obra dickensiana, en los más de 2000 personajes que bullen en sus quince novelas (contando la inacabada “El misterio de Edwin Drood”) y llevarse la sorpresa de ver en negativo la copia sarcástica de políticos, banqueros, hombres y mujeres de fama popular encarnados en nuestra época con sus mismas bajezas, mentiras, ignominia, crueldad o estupidez… pero sin la pátina amarga de humor, ironía  o humanismo que Dickens les imprimía.

Nuestro mundo asolado por la pandemia, con sus injusticias, sus legiones de gentes miserables necesitadas de lo más básico hacinadas en las fronteras, sus diferencias sociales radicales en el seno de sociedades más o menos prósperas, la violencia en las calles, lo políticos corrompidos, los magnates codiciosos e irresponsables capaces de llevar a la indigencia a millones de personas, el racismo, la explotación de los más débiles, niños, mujeres, viejos, enfermos… remeda y aumenta el paisaje de las obras de Dickens, como un Brueghel traspasado al siglo XIX en plena revolución industrial, el auténtico comienzo de la pesadilla actual que ya amenaza no a una ciudad o un país sino al entero planeta. El sórdido mundo de Dickens era un ensayo para la hecatombe social, política, económica y humanística actual. Pero el genio de Dickens logra buscar y encontrar humanidad donde sólo hay sufrimiento y miseria, humor donde sólo hay avaricia, abusos y agresividad, generosidad donde reinaba la codicia de la riqueza desmesurada o de la supervivencia sin pudor, solidaridad donde sólo había ruindad y explotación de los más débiles, amor en el páramo londinense de los buenos sentimientos.

La biografía de Peter Ackroyd que recomendamos en estas páginas, como de la André Maurois que guardaba en mi biblioteca familiar y perteneció a mi padre (edición 1944) nos da los detalles más jugosos de este escritor victoriano que fue el retrato más fiel del inglés de calidad representativo de esa época de transición económica y social y riquísima en el ámbito literario. De ambas el lector sacará una imagen completa de un autor psicológicamente complejo y contradictorio que pasa de ser el respetabilísimo representante de la rectitud victoriana, con  familia de vida confortable, que escondía “dentro del armario” al hombre enigmático y lleno de pesares y complejos, que lleva hipócritamente una vida sexual escandalosa,  mantiene una amante joven, repudia a su esposa, reniega de la mayoría de sus hijos (algunos siguen la senda disipada de su abuelo) y lleva como un estigma doloroso el recuerdo de una infancia malograda por los dispendios y la afición al juego  de su padre, la consiguiente prisión por deudas, los trabajos miserables en una fábrica de betún con sólo 12 años de edad, llevando su mísero salario a la prisión donde vive su familia junto al padre. Y al mismo tiempo, en su vida adulta, con una posición desahogada marcada por la codicia y los excesos permanentes, escribe como un forzado a galeras, libros, periódicos, revistas y se enriquece a base de dar lecturas públicas de muchas de sus novelas, que le dejaban exhausto y que fue la causa de su temprana muerte por agotamiento.. Fue el primer caso de autor de “best sellers” global (al menos en el mundo anglosajón y en Europa) y también fue un pionero en la defensa de los derechos de autor (sus batallas en Estados Unidos por conseguir que se dictara una ley que tuviera en cuenta los derechos de los autores no norteamericanos, ha hecho historia en el mundo de los libros).

A estas alturas Dickens sigue siendo una fuente inspiradora para escritores, ensayistas, directores de cine o de teatro, series de televisión y editores. Hasta mediados del siglo XX, nos cuenta Maurois, en los music-hall de Londres solía trabajar un extraño artista llamado “Dickens Impersonator” que sabía imitar a los personajes principales de las novelas de Dickens desde Scrooge a Pickwick, de Sam Weller a Fagin, de Oliver Twist a  Dombey, Copperfied o Nickleby. Como dice Ackroyd en su libro “La actualidad y vigencia de su legado está fuera de toda duda, y se ha visto con la reiterada referencia a sus luchas legales con los impresores cuando se han discutido cuestiones de derechos de autor, porque puede decirse que Dickens fue el primer escritor profesional consciente de lo que ello comportaba (por ejemplo, la necesidad de promocionar su obra y percibir una retribución acorde con su éxito). Además, probablemente la de Dickens no es sólo la vida más intensa e interesante de entre los escritores victorianos, sino también una de las más apasionantes y peor conocidas del siglo XIX.

Lean pues, amigos, la biografía de Ackroyd y, si la encuentran, de Maurois. Dickens es un autor de plena actualidad social, política, histórica y humana. Los últimos Premios Nobel de economía,  Banerjee y Duflo, lo citan en una de sus obras: “Hemos regresado al mundo dickensiano de “Tiempos difíciles”, con los ricos enfrentándose a unos pobres cada vez más alienados, sin una solución a la vista”. Pero, aparte de esa carga reflectante de su obra, lo esencial es que se embarquen en la lectura de algunas de ellas, que son sumamente gratificantes: así el humor incomparable de “Los papeles póstumos del Club Pickwick”, y el derroche de emociones y sentimientos de “Oliver Twist”, “La tienda de antigüedades”, “Dombey e hijos”, “David Copperfield”, “Casa Deolada”, “Tiempos difíciles”, “La pequeña Dorrit”, “Grandes esperanzas”, “Historia de dos ciudades”, “Nuestro común amigo”… Creo que me agradecerán el consejo. Dickens nunca deja de defender la felicidad en la vida y la esperanza en la benevolencia universal. Como escribe Maurois, “Cuando queramos tomar nuevamente contacto con las grandes y sencillas emociones humanas, no vacilemos en recurrir a Dickens. Mr. Pickwick permanece vivo y joven y, si Papa Noel y los tres espíritus de las Navidades y el viejo Scrooge no han muerto, tampoco a su vez murió Dickens”. Durante muchas Navidades que he vivido, solía leer en familia algunas de las escenas de “Cuento de Navidad”, ante el placer general. Era como tener a un viejo amigo sentado a la mesa.  Claro, eran otros tiempos…

ALBERTO DÍAZ RUEDA

FICHA

DICKENS (El observador solitario).- Peter Ayckroyd.- Trad. Gregorio Cantera. 703 págs. Edhasa. 2011

DICKENS.- André Maurois.-Trad. L.P.C.- Ediciones Nausica

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23 agosto 2020 7 23 /08 /agosto /2020 09:02

Siempre me he sentido atraído por Spinoza, deslumbrado con su pensamiento, intrigado por su vida y perplejo por  las dificultades inherentes a su lectura. Como Sócrates, Montaigne, Russell, Wittgenstein, Epicuro o Pirrón pertenece al grupo no muy amplio de filósofos vitalistas, es decir, aquellos que viven la filosofía como una forma o estilo de vida. Y al más reducido círculo de los que pagaron con persecuciones, acosos sociales o religiosos, ataques físicos e incluso la tortura y la muerte, la coherencia existencial con sus ideas. Nació en Amsterdam en 1632,  hijo de padres judíos de origen portugués y español. Fue temprano lector de Lucrecio, Hobbes, Cervantes, Quevedo, Góngora y Giordano Bruno.  Toda su filosofía es una meditación sobre Dios, pero no de un Dios trascendente como en las tres religiones monoteístas sino de un Dios que es, en sí mismo. tiempo, materia y espíritu. Semejante idea le valió el anatema total y la expulsión de la Sinagoga y de la fe judía y con el tiempo (mal interpretado y menos entendido) se le calificó de uno de los primeros ateos de la historia. Murió joven, 44 años, y rechazado por su comunidad, a causa de una enfermedad pulmonar, tisis, provocada por el polvo que inhalaba debido a su oficio de pulidor de lentes.

De su filosofía, principalmente su "Etica" ("Demostrada según el orden geométrico") o su "Tratado teológico político", han surgido muchas de las reflexiones que me han facilitado la vida y agudizado el entendimiento en asuntos religiosos, morales, políticos o históricos. Aparte de inspirarme cierta alegría de vivir, amor a la Naturaleza y ética personal que han guiado mi vida en momentos delicados y en los asuntos cotidianos. Su norma existencial "Caute!" (cautela en el pensar, el hablar y el actuar) me ha librado de buenos líos a través de los años. De todas formas incido en mi observación al principio de este texto: es de lectura dificultosa. Precisamente por eso, libros como el que hoy les recomiendo, "Spinoza y el libro de la vida" de Steven B. Smith (profesor de ciencia política en la Universidad de Yale), junto a "En busca de Spinoza" de Antonio Damasio (uno de los neurólogos más conocidos y respetados, norteamericano de origen portugués) nos ilustrarán de manera muy eficaz en la importancia de la obra de Spinoza en la historia de la Filosofía y las influencias que su pensamiento tuvo en los más grandes filósofos del siglo XX y del actual.

Es uno de los más citados pensadores en todos los que luchamos por la libertad de pensamiento, la hegemonía de la razón, la igualdad y la solidaridad humana por encima de razas y nacionalidades, en busca de la convivencia pacífica y el progreso sostenible y ecológico. Seguidor de las ideas estoicas greco-romanas. Spinoza cultivó una austeridad y una sencillez ejemplares en su vida y un estado de bienestar mental y alegría. Opinaba que el amor al conocimiento, al arte y a la vida y la contemplación en la Naturaleza, eran en sí mismas las vías para alcanzar la sabiduría.

Spinoza sostiene, según un comentarista al que cito por su claridad expositiva pero del que, lamentablemente no conozco el nombre, que "Dios es lo uno y lo múltiple. Para conocerlo, solo tenemos que observar y estudiar la totalidad de la que formamos parte. Dios no está en lo alto, sino en el aquí y ahora. En la filosofía de Spinoza no hay ninguna concesión a la trascendencia. Dios no es lo que está más allá, sino la red infinita que nos envuelve. Al señalar la extensión como atributo infinito de Dios, Spinoza impugna la idea bíblica de la creación, donde la materia solo es una herramienta o sustrato, no algo divino. El hombre participa del conatus o impulso por perseverar en la existencia común a todos los seres vivos. Esa es su “chispa divina”, no la quimérica humanidad de Dios. El alma del hombre solo es una idea, la conciencia reflexiva de su realidad corporal. Para Spinoza la virtud es obrar bajo la luz de la razón, con una comprensión adecuada de las cosas, intentando no ser objetos pasivos de las circunstancias y las emociones. La virtud nos hace obrar bien y no hay mayor felicidad... ya que el sabio contempla el universo “sub specie aeternitatis”, es decir, como un todo regulado por la razón y la necesidad." Un hombre libre reserva su sabiduría para meditar sobre la vida, no sobre el morir. Arrepentirse es un gesto estéril. El que lo hace es “doblemente miserable e impotente”. Hay que abstenerse de condenar. Lo esencial es comprender, especialmente nuestros propios errores, y saber que “no queremos, apetecemos, ni deseamos algo porque lo juzgamos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo queremos, apetecemos y deseamos”.

Como dice  Steven B. Smith, Spinoza "nos enseña a abrazar el mundo, más bien que a huir de él; a mirar la libertad como una bendición, más que como a una desgracia: a encontrar placer en esas cosas que tienden a incrementar nuestra sensación de poder y capacidad de actuación. Su pureza y osadía como pensador provocó que por razones religiosas no fuera reivindicado como filósofo hasta fines del siglo  XVIII y principio del XIX por los idealistas alemanes (Goethe y Novalis entre ellos) que rechazaron su presunto ateísmo para paradójica y más justamente calificarlo como el "filósofo ebrio de Dios".De su actualidad y por tanto la pertinencia de dedicar un tiempo gratificante a leer los dos libros que recomiendo habla el hecho de que Spinoza fue el profeta de una doctrina absolutamente presente: la defensa de la individualidad, la creatividad y la celebración de la vida como libertad. Y el repudio de todo o que mutila, mortifica o denigra la libertad, la solidaridad y la vida.

FICHAS

SPINOZA Y EL LIBRO DE LA VIDA.- Steven B. Smith.- Trad. Juan Manuel Forte.- Ed. Biblioteca Nueva- 260 págs.

EN BUSCA DE SPINOZA.-Antonio Damasio.-Trad. Joandomenec Ros.- Ed. Crítica.-334 págs.

 

 

 

 

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31 julio 2020 5 31 /07 /julio /2020 07:43

Hace cien años desaparecía Galdós del mundo de los vivos, en el número 7 de  la madrileña calle de Hilarión Eslava. Era el 4 de enero de 1920. Le acompañaba su "hija natural", María,  ya que Galdós nunca se casó". Murió a los 76 años, prácticamente ciego y con problemas económicos y estrecheces sorprendentes en un escritor tan prolífico y admirado. A su entierro oficial acudieron más de 30.000 personas, con notoria ausencia institucional. Había sido operado de cataratas dos veces, en 1911 y 1912. Un año después, y tal vez debido a una sífilis terciaria, perdió la vista casi totalmente. Su salud se resentía también por una fuerte arterioesclerosis e hipertensión. Cuando muere Galdós, como a veces pasa en este país de cainitas, algunos de sus colegas de pluma hicieron "leña del árbol caído".  El talante liberal y progresista del escritor retrasó mucho su admisión en la Academia, a la que accedió gracias al apoyo de dos escritores conservadores amigos suyos: Marcelino Menéndez Pelayo y José María Pereda. La Academia Sueca le eligió en 1912 para recibir el Premio Nobel de Literatura y por una de esas lamentables sinrazones que se dan en nuestro país, hubo una campaña conservadora y tradicionalista contra el escritor y se inundó a la Academia sueca de cientos de cartas y telegramas exigiendo que no se le diera el Premio, ya que era una persona “de ideas extremas y nocivas para la sociedad". La campaña alcanzó tal virulencia que el Jurado  sueco, atónito y escandalizado,  acabó por anular esa designación y nombró al poeta alemán Haupttmann. Al año siguiente, se repitió la miserable mascarada y nuevamente el Jurado sueco cedió en nombre en su lugar a Tagore. Muchos años después la Academia sueca reconoció ese ceder a manipulaciones políticas como un error histórico del que se sentían avergonzados.

Durante los siguientes sesenta o setenta años Galdós sólo es pieza de fascinación, agrado y exquisitez literaria para una minoría de "lletraferits" que se asombran del ninguneo que se le brinda desde los llamados "cenáculos" literarios, con la belicosa censura de Juan Benet (que se atrevió a decir con su dogmatismo habitual: "el culto a Galdós es una desgracia nacional") y algún otro, igualmente "perspicaz". La siguiente generación desde Muñoz Molina a  Trapiello, Almudena Grandes y creo que Javier Marías, supo hacer justicia.

Sin embargo el aparato crítico y erudito tanto español como extranjero nunca dejó de dar  a luz obras críticas, ensayos  y comentarios laudatorios en los que se va reivindicando cada vez con mayor firmeza la figura de este escritor , al que malas lenguas, concretamente la de Valle Inclán, en "Luces de Bohemia" hace que uno de sus personajes se refiera a Galdós con la frase "don Benito, el garbancero" tratando de significar con ello que era un escritor anacrónico, de mesa camilla y brasero, que tenía la popularidad exagerada y efímera de folletinistas al estilo de "El caballero audaz" y otros singulares plumíferos del dislate y la desmesura, como Manuel Fernández y González o Ramón Ortega y Frías. Sin embargo en el transcurso de las décadas finales del siglo XX y el nuevo siglo, la figura de Galdós va tomando una importancia y tamaño literario más acorde con su valía indiscutible.

Baso este escrito en la última biografía aparecida del autor canario, debida a Yolanda Arencibia y editada por Tusquets, aunque he aprovechado los tres tomos del clásico José E. Montesinos que editó Castalia en 1972, el volumen del hispanista norteamericano Douglas M. Rogers "El escritor y la crítica" editado por Taurus, la "Vida de Galdós" de Pedro Ortiz-Armengol en Biblioteca de bolsillo y "El Madrid de Galdós" un insólito libro de varios autores que nos describe el Madrid que amó y vivió Galdós.

Arencibia equilibra la indudable admiración de la autora por su paisano (es catedrática de la Universidad de  Las Palmas, dirige los Anales Galdosianos y la cátedra dedicada al escritor) con una indagación bastante intensa y completa de documentos, libros y referencias anotadas en las 25 páginas de bibliografía y en los apéndices e índice onomástico que enriquecen el libro. El Galdós que aparece en estas páginas está a años luz del "garbancero" provinciano y de estrechos límites que nos pintaban sus detractores (¿envidia?¿celos literarios?). Es un hombre comprometido con el "zeitgeist" de su tiempo, informado y apasionado por Europa, gran lector, viajero, epicúreo degustador de la buena mesa, el mejor vino y el trato y compañía con damas de considerable valía. La correspondencia que mantuvo con su célebre amante Emilia Pardo Bazán (de las que sólo nos quedan las cartas de ella, él era sumamente  discreto y pidió a la escritora gallega que se las devolviera) nos hablan de un hombre que sabía despertar pasiones, aunque sabía mantenerse fiel a su principio spinoziano de la cautela. Galdós tuvo muchas relaciones amorosas, desde la adolescencia (con su prima peruana Sisita) hasta la modelo Lorenza Cobián, prudente y celoso de su privacidad, con un inconmovible "perfil modesto" que, como suele suceder, enaltecía su figura intelectual y humana. Se llamaba a sí mismo "jornalero de las letras". Era el hombre de la palabra justa y el adjetivo exacto, de talante silencioso y como adusto, pero lleno de bondad y tolerancia. Pero también una persona de una variedad intelectual y artística asombrosa: fue novelista, político, periodista, dramaturgo, ensayista, músico, pintor y un dibujante excelente... 

Con mucha sutileza Arencibia nos recuerda las palabras que uno de los grandes personajes de Galdós, Gabriel, en los "Episodios Nacionales", al final de la serie dice de sí mismo: "Soy hombre práctico en la vida y religioso en mi conciencia. La vida fue mi escuela y la desgracia mi maestra. Todo lo aprendí y todo lo tuve". Y la biógrafa añade: estas son palabras que podría haber adoptado su creador, Galdós. Los vaivenes en la vida personal de Galdós, desdichas y alegrías, quedan reflejadas en la frase de uno de los protagonistas de "La campaña del Maestrazgo": "espinas sufrimos, espinas tenemos, y el que crea que no las tiene y se duela de que le pinchen, es tonto de remate". La popularidad de sus obras tiene un reflejo en el cine, un arte temprano en vida de Galdós, que él no pudo conocer por su ceguera. Desde el cine mudo con adaptaciones de “La Duda” en 1916 y en Hollywood una de "Doña Perfecta" en 2018. "El abuelo", por ejemplo tuvo versiones fílmicas en México en 1943, en Argentina en 1951 y en España con Garci en 1998, "Marianela" en 1940 y 1972, "Fortunata y Jacinta" en 1969,, "Tristana"  y "Viridiana" de Buñuel en los 70, "Tormento" de Olea en 1974 y "Doña perfecta" de Ardavin en 1977. También en los 70, TVE  adaptó una decena de obras de Galdós, aún visibles por internet.

Durante casi sesenta años de creación literaria Galdós insufló magistralmente vida a un mundo de ficción coherente, universal y variopinto. Ello confiere a su obra, como dice su biógrafa,  "atemporalidad, universalidad y eternidad". Y de su actualidad es ejemplo su propio lema personal, "Ars, Natura, Veritas" que tantos intelectuales han adoptado. El libro de Arencibia recibió el Premio Comillas de Historia y Biografía de este año y el jurado lo justifica recordando que Galdós  "refleja en su vasta producción la mejor tradición del liberalismo español y, mediante unos personajes inolvidables, lanza una mirada compasiva y humana sobre la vida y sociedad de su tiempo y también del nuestro". 

Especialmente emotivo es el Epílogo del libro en el que se nos muestra al Galdós ya anciano, aquejado de mala salud que visita el monumento que el escultor Victorio Macho le había dedicado y debía colocarse en los jardines del Retiro.  Es el año 1919, la obra había sido sufragada por suscripción popular y se había logrado la suma de 12.000 pesetas, un dineral para la época. Se inauguraría en 20 de enero de ese año. Por entonces está ciego pero preside el acto y pasa los dedos por el rostro de piedra, su rostro. Se emociona. Ese año su mala salud de hierro parece entrar en una etapa final. Galdós se encierra en sus recuerdos, habla poco y se deja cuidar por sus amigos, recibe visitas y acaba muriendo el 3 de enero.de 1920. El Ayuntamiento de Madrid hace un homenaje de cuerpo presente para que los madrileños, a los que tan bien describió y amó Galdós, se pudieran despedir de él.

Para el  que esto firma, que ahora ha emprendido la segunda lectura de "Los episodios nacionales", más de cuarenta años después de la primera, Galdós fue siempre un  modelo inalcanzable desde el punto de vista literario, pero muy cercano desde el ideológico y social. Como él, siempre he creído que "la educación es la herramienta más eficaz para acometer cualquier transformación social". Y que "el porvenir debe construirse con pedagogía y no con violencia".

ALBERTO DÍAZ  RUEDA

FICHA

GALDÓS, UNA BIOGRAFÍA.- Yolanda Arencibia (XXXII Premio Comillas). Ed. Tusquets.-861 págs.

 

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4 junio 2020 4 04 /06 /junio /2020 09:21

El magnífico trabajo de Julia Boyd "Viajeros en el Tercer Reich que edita Ático de los Libros, nos muestra los testimonios de decenas de personas, escritores, artistas, poetas  que nos dan acceso a las vivencias de viajeros y turistas y estudiosos extranjeros que viajaron a Alemania en la década de los treinta del siglo XX, en pleno caldo de cultivo nazi. Algunos de ellos simpatizaban con la ideología nazi sin llegar a sospechar lo que ocultaba tras los vistosos desfiles con antorchas y banderas, las grandes autopistas que cruzaban el país, la amabilidad con los extranjeros, las bellísimas ciudades medievales y el mundo rural encantador. Otros desconfiaban y trataban de alzar el velo que suele cubrir la vida cotidiana con mil detalles banales. Pero prácticamente nadie, hasta bien entrada la década de los treinta, por mucha repugnancia que les despertara el feroz militarismo y las obcecadas consignas coreadas por miles de voces o la adoración fanática por un hombrecillo con el bigote ridículo del Charlot  de "El gran dictador" (por cierto Charles Chaplin fue, antes de filmar esa película, uno de los viajeros por la Alemania nazi y fue insultado en las calles por suponer que era judío. Así que se apresuró a salir del país: su película no se estrenaría hasta 1940) que ejercía la fascinación de la serpiente con una oratoria simple, peligrosa y populista  que apelaba a los más bajos instintos ensalzando los más descabellados sueños de grandeza.

Lo que más asombra al observador de hoy en día al leer el libro de Boyd y los complementa con "El mundo de ayer" de Zweig, "Tiempo de magos" de Wolfram Ellenberger y para mayor contraste los libros de Karl Kraus, Allan Janik y Stephen Toulmin sobre la Viena de esos años, donde se gestaba el huevo de la  serpiente nazi...lo que sorprende es la enorme ignorancia, indiferencia, optimismo irresponsable que se respiraba por doquier. Una absurda y estúpida reproducción de la inconsciencia que rodeó el estallido y el transcurso de la Primera Guerra Mundial, unos años antes.

Ese estado de ánimo confuso y superficial que se empeña en ignorar los elementos de sospecha y prevención, incluso de alarma, que cualquier observador podía ver en la sociedad alemana de esos días, en sus periódicos, en la radio, en plena calle, no tiene explicación visto desde hoy.Pero es comprensible si consideramos que el mundo estaba cansado y aterrorizado por lo que ocurrió en Europa unos años antes y se negaba a ver lo evidente, con tal de disfrutar de la apariencia de la paz, del espejismo de un futuro sin guerra y en progreso constante. Aunque también hubo miradas más sagaces y atentas. Entre los viajeros famosos estaban mentes tan lúcidas como las de Virginia Woolf, Christopher Isherwood, el embajador británico en Berlin, el erudito chino Ji Xianlin, Francis Bacon, Samuel Becket, Stephen Spender, el poeta W.H. Auden, el novelista Simenon, algunos de ellos no vieron más allá de sus deseos o convicciones previas, otros se negaron a ver lo evidente y algunos escribieron insensatas loas del hombrecillo vociferante porque había alzado el orgullo alemán de la miseria a la soberbia. El libro de Boyd nos habla de estudiantes encandilados, turistas adinerados y personas que viajaban por el país  y de pronto podían ver algo que les horrorizaba y cambiaba su visión y su estado de ánimo: una mujer macilenta, judía, entregando a su hija pequeña para que una pareja extranjera (estadounidense)  se la llevara y salvara su vida.

Es como ver que un tren lleno de tanques viene hacia tí y no te apartas porque piensas que en cualquier momento se desviará a una vía muerta y irá a detenerse pacíficamente en una estación llena de flores. ¿Era posible no entender que lo que  ocurría día tras día en las grandes ciudades alemanas o austriacas eran los primeros brotes de una locura homicida que sembraría de sangre el mundo? Sí, fue posible, al menos por algún tiempo, cuando Hitler comenzó a anexionarse los países de alrededor y la campaña antijudía tomó caracteres visibles de genocidio. Al principio, en los meses y años que describen los testigos buscados por Boyd, Berlin deslumbra por su permisividad, su cultura y su alegría vital nocturna, mientras otras grandes ciudades aún conservaba el encanto medieval y en el campo y los ríos la Naturaleza y la gente se mostraban amables y pródigas. Los detalles amargos, sucios, obscenos se consideraban un lastimoso y lamentable precio a pagar hasta que Hitler lograra afianzar su poder y aumentaran sus posibilidades económicas y financieras. El crack del 29  llevó al nazismo al poder y comenzó un despegue económico y social que atenuaba los horrores que ya se comenzaban a perpetrar contra judíos, gitanos, ciudadanos del este europeo, comunistas y cualquiera que osara levantar la voz contra el régimen. Muchos de los testimonios recogidos por Boyd ya dan noticia de arbitrariedades, violencias y medidas y comportamientos inhumanos.

Pero aún hay entre esos testimonios, y muchos debidos a personas de gran cultura y significación social o política (el mismísimo Lloyd George, primer ministro inglés, que osaba comparar a Hitler con George Washington) quienes justificaban algunos excesos por la humillación alemana causada por el Tratado de Versalles y a la consiguiente miseria de todo un país agravada por el crack del 29...y veían a Hitler como el Mesías salvador de Alemania. Aunque trataban de no juzgar los autos de fe, las quemas públicas de libros, los destrozos y desvalijamientos de las tiendas judías, las humillaciones y campos de concentración donde se internaban a los judíos y a los enemigos del régimen. La mayoría de los turistas se relajaban junto a las aguas grises del Rhin y las maravillosas colinas verde esmeralda y las azules montañas de Baviera. Muchos de esos extranjeros eran antisemitas y no les parecía escandaloso lo que ocurría y otros, como los norteamericanos, no veían mucha diferencia entre la aversión que les producía a ellos los negros en su país y la de los alemanes por los judíos.  

Leemos en el libro algunos pareceres humanamente comprensibles: muchos no creían que Hitler fuese a provocar otra guerra. No después de los horrores de la Primera, tan reciente, y del precio que tuvieron que pagar los alemanes. Y además estaba la sibilina eficacia de la propaganda nazi. Su uso de la radio y de la escenografía de las multitudes en las concentraciones nazis, de los desfiles y los uniformes, de las canciones y los himnos, del estallido de color de miles de banderas nazis hacían temblar de emoción a los más tibios, imagínense a los convencidos de que solo el autoritarismo y la disciplina militar pueden salvar al mundo de la miseria y la corrupción de las democracias (¿no les suena todo esto a tiempos, líderes y países muy cercanos?).

Para muchos de los intelectuales que visitaron Alemania ni siquiera Hitler parecía ser el horrendo carnicero ridículo que más tarde caricaturizarían sus enemigos vencedores. Gente como Virginia Woolf (su marido, Leonard era judío) el poeta T.S. Eliot, el novelista Thomas Wolfe (que juró no volver a Alemania) y otros, se mostraban disgustados o irritados ante algunas de las cosas que veían, pero ninguno de ellos tuvo (o escribió) la premonición de que se estaba acercando la guerra más dañina de la historia y mucho menos fueron capaces de percibir que la "fascinación" y el "encanto" personal del Führer era una falacia patológica. Es una ceguera tan "comprensible" como la de los millones de norteamericanos por Trump, los ingleses por Boris Johnson o los rusos por  Putin (y antes por Stalin, el "padrecito" de la nación rusa). 

Los que sí vieron la realidad y percibieron el peligro fueron pocos y sus testimonios no tuvieron casi ningún valor en el momento que se publicaron (después, sí). De ellos nos habla la autora, justamente alarmada por los paralelismo que percibe entre aquella situación y muchos aspectos de la actual política internacional (incluído el Reino Unido, su país). Pero en aquellos años, el oso nazi no había mostrado sus garras y su carácter sanguinario: Alemania era un país ideal para pasar la luna de miel, enviar a los hijos a adquirir una sólida educación cultural, los hoteles eran limpios y cómodos, el personal  educado y servicial, se celebraban los Juegos Olímpicos con una fastuosidad y eficacia sorprendentes, se podía hacer negocios con los nazis, eran serios y cumplidores. Hace falta una sensibilidad y perspicacia muy elevadas para  distinguir entre el oropel y los vítores la realidad tenebrosa que estaba tomando cuerpo. O ser judío en Alemania.

Ese es el mensaje perturbador que contiene el libro de Boyd. La autora contesta así en una entrevista a la pregunta  ¿Era fácil percibir el mal en Alemania? : “En general no. Alemania era un lugar encantador en muchos aspectos, lo que percibías dependía de las experiencias que tuvieras y también de tu bagaje ideológico. Si simplemente viajabas como turista era fácil que la gente y la propaganda te convencieran de que Hitler estaba haciendo algo bueno por Alemania, sobre todo al inicio del régimen. Luego las cosas se fueron poniendo peor, más claras, con las leyes de Núremberg o la Noche de los Cristales Rotos. Pero siempre hubo gente que no vio la maldad ni cuando les llevaron de visita a Dachau. Además, en los viajeros de clases altas, como los aristócratas británicos, el miedo al comunismo y el antisemitismo les hacían sentir afinidad con la nueva Alemania”. Una observadora tan sutil como la escritora Karen Blixen ("Memorias de África") nos deja una significativa y reveladora anécdota cuando visitó Alemania, en plena guerra, como corresponsal de varios periódicos escandinavos. En un Berlin "que había perdido su lustre", 1940, vio que se representaba "El rey Lear" de Shakespeare y se sorprendió hasta que comprendió "que la Alemania nazi se apropiaba de los grandes artistas y escritores  foráneos así como invadía los países de los demás". Y añade: "Dicen que Shakespeare en realidad es germánico debido a su poderosa humanidad; y Kierkegaard a causa de su profundidad mental; Rembrandt en su honestidad  artística y Miguel Ángel en virtud de su tamaño". Quizá parezca una anécdota banal. Pero piensen ustedes que esa supuesta infantil soberbia embaucadora es la semilla de la que nace la hambrienta necesidad nazi de ser "los mejores", sin reparar en medios, ni en éticas, ni en simple humanidad. Los mejores y los únicos. Los demás pueblos, sólo son esclavos, siervos o simples números aniquilables. Y si entre la morralla universal hay algún genio, ese tiene a la fuerza que tener raíces germánicas. La anécdota es la muestra de la falacia monstruosa del nazismo. Es llevar la raza, la supuesta nacionalidad única, a la medida de todas las cosas. Horrendo.

 

FICHA

VIAJEROS EN EL TERCER REICH.- El auge del fascismo contado por los viajeros que recorrieron la Alemania nazi.- Julia Boyd.- Trad. Claudia Casanova.- Ed. Ático de los Libros.-445 págs.- 

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