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16 abril 2021 5 16 /04 /abril /2021 18:21

“BLADE RUNNER” EN ESPAÑA

(Publicado en La Comarca el 160421)

En 1982 el director Ridley Scott estrenó una película, “Blade Runner”, basada en un relato corto de Philip K.Dick titulado “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Fue un éxito mundial y forma parte de las obras de culto del 7º arte. En ella vemos cómo el protagonista (un joven Harrison Ford) usa un artilugio que analiza la retina del ojo de una joven a fin de averiguar si es humana o una “replicante”, un robot con apariencia humana. El test está basado en un tipo de preguntas cuya respuesta activa la empatía (capacidad de identificarse con alguien y compartir sus emociones y sentimientos). Esta reacción emocional a la pregunta, supuestamente, tiene el efecto reflejo de dilatar la pupila, sólo en los humanos, claro está. Si careces de empatía, sugiere la película, es que eres una máquina.

A tenor de lo que está pasando en el mundo sería interesante conocer el grado de humanización que nos queda. Para acotar la muestra de análisis propondríamos hacer el test en nuestro país. Sugerimos estas preguntas:

1.- ¿Quitaría importancia al clima turbulento y agresivo que se estila entre los políticos, algunos medios de comunicación y sobre todo en la Red y sus lugares de cita, Facebook, Twitter, etc. Lo calificaría de simple “jarabe democrático”?

2.- ¿Cree que se deberían exigir responsabilidades ante la preeminencia de intereses políticos o económicos sobre las vidas humanas que se han perdido por la covid y su mala gestión?

3.- ¿Le preocupa el contagio que supone para el resto del país que la Comunidad de la señora Ayuso, Madrid, la capital del Estado, sea una mala copia de “Sin City”, la ciudad del pecado, donde el capital y los negocios turbios están por encima de la protección, la sanidad y la seguridad de la población?

4.-¿Percibe que estemos llegando a no distinguir la mentira vociferada de la verdad que se musita; que se banalice la seriedad y la acción efectiva; que los insultos y la desmesura emocional impidan el diálogo; que se manipule la opinión; que se propicie el olvido de errores colosales; que se bromee sobre el conocimiento y que se apoye la ignorancia como si fuera un derecho; que el ensayo-error sea la norma de criterio de actuación en unos planes nunca bien diseñados; que llenemos de eslóganes vacíos y grandilocuentes un desierto social, político y económico de ideas serias y realistas; que el gesto teatral en política sustituya al trabajo concienzudo; que vivamos en términos de polaridad –si no estás conmigo, estás contra mí-- y sustituyamos el respeto por el sarcasmo, la mezquindad por la ecuanimidad, la aceptación de lo distinto por la glorificación del racismo…?

5.- ¿Que admitamos y mantengamos a políticos y altos funcionarios que nos ofrecen clichés resabiados y tópicos de taberna patriotera en  lugar de buscar y ofrecer salidas racionales a crisis enquistadas, dejando ver la nula preparación técnica, jurídica o ético-política de tales detentores del poder?

6.-Que toleremos que muchos de nuestros jóvenes se envenenen con la adicción a la violencia fácil, el sopor y la rabia que produce la falta de esperanza en un futuro cada vez más enturbiado y un ambiente falto de ética que premia públicamente al tramposo, oportunista, prevaricador o desvergonzado ignorante y se alimenta de memes, bulos, fakes news y un desprecio larvado hacia el trabajo serio, la responsabilidad, la honestidad y la decencia, como si fueran virtudes caducas e indicativas de debilidad de carácter, desconcierto y miedo.

7.- Que aceptemos un sistema educativo que, desde la infancia hasta la Universidad, carezca de aquellas materias y conocimientos que forman a las personas en principios y valores, sujetos a programas oportunistas que obedecen a una escala de motivación reducida al pragmatismo económico y a habilidades técnicas que faciliten el empleo y supongan una rentabilidad inmediata en el mercado de trabajo…

A estas alturas del test, ¿la mayoría de los españoles habría mostrado claros signos, por la aguda reacción emotiva de rechazo en las pupilas, de que no nos estamos convirtiendo en cyborgs, autómatas, “replicantes”?  O, por el contrario, estaríamos bostezando de aburrimiento, justificando que las cosas sigan ese curso o indignados porque creemos que se trata de justificar programas políticos que no creen en el ciego autoritarismo, la glorificación de “lo nuestro” y la necesidad de un líder carismático con mano dura que acabe con la “degradación de la raza”. ¿Qué opinan ustedes?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Periodista y escritor

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5 abril 2021 1 05 /04 /abril /2021 15:43

INQUISICIÓN 3.0

(Publicado en La Comarca el viernes 020321)

La pandemia ha dado un empujón colosal al mundo digitalizado, a la virtualidad existencial, a la conciencia informática de cuanto hacemos, pensamos o decimos. Nos pasamos en general, y como mínimo, cinco horas al día enganchados a algún tipo de pantalla y de teclado. Y como “España es diferente”, queda añadir que el “diferente” se inclina más hacia lo reprobable y/o simplemente malo, que hacia la excelencia en lo bueno. Y para redondear, estamos alcanzando la excelencia en lo malo. Si les sirve de consuelo (a mí, no) es una característica que compartimos con muchos otros países. Una particularidad nuestra es que, al contrario que en el resto de la UE, creo que somos el único país al que le falta regular los contenidos audiovisuales y controlar los mensajes de odio, racismo, sexismo y violencia en los medios y en la Red por un organismo independiente de Gobiernos y grupos de presión de todo tipo. Hubo un intento de controlarlos en 2010, con un Consejo Estatal de Medios Audiovisuales que nunca entró en vigor porque cambió el partido en el poder (y no señalo a ninguno). Me consta que hay sendos Consejos con cierto –poco al parecer- control en Cataluña y Andalucía. En España como totalidad, se incumple la legislación obligatoria europea sobre este crucial asunto: de ahí la sinfonía de los horrores de mala educación, insultos, amenazas y críticas desalmadas  en programas, aquelarres deformativos e incluso discursos políticos, en los que se hacen alabanzas a la violencia con la mayor impunidad.  La existencia de un supuesto control por la llamada Comisión Nacional de los Mercados y Competencia (CNMC) es un “saludo al sol” en la mayoría de los casos. Lo tristemente cierto es que no tenemos la legislación normativa adecuada y su  correspondiente organismo porque empresas y lobbies de lo audiovisual se negaron a ello en nombre de una supuestos “principios de la libertad de empresa”. Ni Jonathan Swift se hubiera inventado algo así.

Pero esto es sólo una de las caras del problema Inquisición 3.0. La otra es el uso que está haciendo –y sobre todo que se hará, si nadie lo remedia- de toda esa estructura comunicativa y relacional del mundo digital del que somos siervos  (y sin protección alguna). No sólo se ha instituido un sistema prácticamente incontrolado y dotado de alta inmunidad de insultar, zaherir, hundir, despellejar, levantar falsedades y dictar sentencias durísimas sin pruebas de unos ciudadanos contra otros (desde el anonimato a menudo) y crear campañas de desprestigio y condenas “a la picota” capaces en unas horas de destruir prestigios o carreras de políticos, actrices o actores, escritores, poetas, artistas plásticos, bailarines e incluso científicos en nombre del dogma “wake” (“despierto”) en los países anglosajones o de los defensores del purismo (“su” purismo) sexual, racial o político: autodesignados sumos sacerdotes de la ortodoxia. Es la Inquisición 3.0.

El problema que tenemos en estos tiempos enigmáticos y sorprendentes –una época puente entre dos culturas socioeconómicas, costumbres y estilos de vida tan diferentes entre sí como la noche y el día- es que el invento del mundo digital y sus facilidades y esclavitudes ha creado, bajo el manto protector de lo que llaman “la libertad de expresión”, el advenimiento de la Laica Inquisición. Ésta se ha revelado mucho más dañina que la medieval, ya que afecta a todo el planeta, a todas las personas y sin una Institución visible y determinada que la controle. En ésta también suele haber ganancia directa o indirecta de tipo económico a causa de los desafueros y persecuciones que se perpetran impunemente. En bastantes ocasiones es gratuita en todos los sentidos de la palabra.

Segunda faceta: control ciudadano de seguridad (dicotomía libertad-orden). La imitación del “paraíso” chino: seguridad comunitaria controlada por el poder. Sistemas de reconocimiento facial en todas partes que no sólo controlan físicamente a los ciudadanos. Están conectados a potentes ordenadores estatales que, a través de algoritmos en bucles de auto enriquecimiento de datos, no sólo dan noticia de quién es cada cual, sino de lo que posee, sus cuentas bancarias, negocios o propiedades. También de lo que hacen o pretenden hacer y, a través de gestos o actitudes, lo que “piensan” que está bien o mal (“mal” es aquello que se sale de la norma oficial de lo que “está bien”). Con la minuciosidad china por los detalles, el referido patrón de” big data” podrá puntuar a los ciudadanos, según sus actos se consideren positivos o desafectos al régimen. Una multa de circulación puede llevar al algoritmo correspondiente a sellar al culpable como irresponsable o  nocivo para el sistema, con lo que su libertad de movimiento, su posibilidad de tener un crédito o una vivienda quedará gravemente comprometida.

Ni Orwell imaginó algo así. Y nos les hablo de un argumento literario distópico. Esto es real y es nuestro presente. Un grupo de intelectuales y científicos españoles ha escrito una carta abierta al Gobierno pidiendo que se nombre una comisión de investigación para que se regule los sistemas de reconocimiento y análisis faciales ya existentes. Como ven no estamos tan lejos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Escritor y periodista

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18 marzo 2021 4 18 /03 /marzo /2021 10:08

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . En uno de sus libros “Cazadores, campesinos y carbón” (2015), asegura que los cambios fundamentales a largo plazo en los valores dependen  de los tres sistemas esenciales de obtener la energía: la caza y la recolección, la agricultura y los combustibles fósiles y en cada una de ellas se privilegian ciertos valores sobre otros. La base argumental de esta obra se articula a través de esas tres etapas del progreso humano , desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, la dinámica de las ciudades y en otro salto histórico,  la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitaria y pragmática que vincula ciertos valores culturales y sociales  de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Aunque si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano.

Aunque uno  de los autores críticos sobre su libro, citados por el propio Morris opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo,presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” Otro, la novelista Atwood, analiza un posible futuro colapsado  por “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático” y  los agudiza añadiendo el deterioro de los océanos, más los excesos de la bioingeniería y de la IA.

Morris asegura que estamos ante un cambio más de modelo energético pues estamos pasando de los combustibles fósiles a las energías renovables. Cree que ello producirá una revolución en nuestros valores cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles.

El realidad el empeño de Morris es profundamente kantiano, proclama algo muy evocador: la existencia de una moral universal, establecida por la biología durante la evolución de millones de años y tras buscar la raíz de tal comunidad ética la vincula a los desafíos de supervivencia marcados por las tres formas mencionadas de captación de la energía que va "depurando" los excesos violentos de la especie por otros más consensuados y porosos con los cambios que tales procesos producen en la vida de los seres humanos y sus sociedades. Me parece una hipótesis de trabajo atrevida pero estimulante.

La aseveración de Morris de que "cada época tiene las ideas que necesita" es un auténtico "gambito de dama" en la partida  de racionalidad y pertinencia que Morris juega con el lector (y con sus colegas). Y lo remata con un párrafo que haría estremecer a Kant : ""Si tengo razón y el modo de captura de energía determina los valores de un grupo humano, quizás se deduzca que los filósofos morales que tratan de identificar un sistema perfecto de valores, una talla única para todos, pierden el tiempo ya  que los valores que nosotros hoy defendemos algún día probablemente -quizás bastante pronto- dejarán de ser útiles".

Y para terminar Morris le pone al guinda al pastel aceptando como buena la conocida fórmula creada en los cuarenta por el antropólogo  Leslie White: C=ExT, donde C es cultura, E energía y T es tecnología. "La cantidad creciente de energía que los humanos han sabido capturar durante los últimos veinte mil años ha sido el motor del proceso de evolución cultural, y como parte de dicho proceso, los valores humanos han cambiado".

ALBERTO DÍAZ RUEDA


FICHA 

CAZADORES, CAMPESINOS Y CARBÓN.- Ian Morris.-431 págs.-Trad. Claudia Casanova.- Ático de los Libros

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12 marzo 2021 5 12 /03 /marzo /2021 16:47

Transitando por los caminos de la sabiduría perenne, uno se encuentra casi siempre con determinadas actitudes mentales, filosóficas, espirituales, radicadas en lo más profundo de la psique humana. Ellas forman los hitos que van prefigurando un proceso único (y casi imposible de mantener) , el que nos lleva a la trascendencia del ser contingente y cotidiano, sometido a presiones, deseos y necesidades (más o menos reales) y nos revela las limitaciones irresolubles de nuestra humana condición y al mismo tiempo la maravillosa posibilidad de encontrar un camino para superarla y encontrar el verdadero Ser. 

La palabrería conceptual o filosófica y sobre todo la que emana de las diversas "vías espirituales" van configurando un corpus documental casi inabarcable. Este a veces produce unos efectos lamentables en algunos de los que por su propia deriva íntima se plantean acometer el cincelado de sí mismo. Esa tarea requiere una información de lo más veraz, humilde y al tiempo exigente y decisiva. La lectura de los místicos o de los grandes maestros de la filosofía ética y del progreso interior es inexcusable pero, al tiempo, difícil y lenta. Sin embargo, a veces, surgen en el mercado de este tipo de disciplinas, a caballo entre la filosofía y la espiritualidad, algunos libros elaborados desde el respeto, la seriedad y la humildad, que allanan un poco el abrupto camino de la excelencia espiritual.

El "Asombro ante lo absoluto" es un libro complementario que cumple una función primordial: dar al lector instrumentos de reflexión y estudio, no decisorios pero sí necesarios, a fin de que, tras el largo recorrido de su lectura, se nos abran posibilidades de concreción para lo que podría ser un acercamiento intelectual a una de las actitudes filosóficas básicas para comprender la naturaleza de ese cambio íntimo de percepción: la capacidad de captar el asombro ante lo más cotidiano, la extraordinaria conciencia de lo sublime, que nos faculta la visión de lo trascendente, de aquello que nos supera, nos rodea y de lo que somos una simple manifestación orgánica temporal. Como dice el maestro Eckhart, "Sustentándose en la nada, cualquier circunstancia es recibida y percibida con sosiego.  No hay nada que perder".

Sevilla comienza con un alegato hacia la necesidad del asombro como actitud ante la realidad : "quien no se asombra no logra escapar de lo establecido, se mantiene reaccionando de manera controlada, evita ser partícipe, elude su categoría de testigo de la maravilla de estar aquí, de ubicarse en el mundo, de entenderse único, de intuirse distinto y de saberse sin saberes definitivos". Articula seis posturas a tomar ante el misterio de lo absoluto: la pasión, la cognición, la contemplación, la conexión y el testimonio a través de la perspectiva holística del arte. Y para ello recurre a Heschel y su reverente temor, a Erasmo y su sublime locura, a Spinoza, a  Nishitani y su visión de la vacuidad, a la lucidez de Wilber, el anhelo de absoluto de Eckhart, a Stein o Nagarjuna, la libertad líquida del Vipassana, el silencio místico o la inspiración del poeta o el pintor que con "el fruto de su propio asombro logrará responder al milagro de la existencia".

No analizaremos aquí las ocho opciones que extienden esas seis posturas. Es un trayecto que el lector debe hacer por sí mismo a fin de poder comprender la densidad exigente del autor en su propuesta y, cómo no, como dijo el poeta "tomar partido hasta mancharse". No sin aceptar la advertencia con la que el autor cierra su texto: "Más que mantener a la fuerza las posturas referidas, lo esencial es mantenerse perseverantes y dispuestos para captar aquello que no es transmisible por completo a través de las palabras, pero que se encuentra en cada signo que coincide con nuestras vidas, en el tiempo que nos contiene, en el suspiro que nos descansa o en el abismo que nos conmueve". 

Desde Pirrón y los escépticos, hasta los grandes místicos medievales, los budistas o taoístas, Kant, Schopenhauer o Cioran, los estoicos o la física cuántica, el misticismo judío (que en este libro tiene gran protagonismo) Hegel, Nietzsche o Nagarjuna, el gran Spinoza, Séneca y los   estoicos o los presocráticos con Heráclito a la cabeza, configuran, entre otros muchos, el plantel de pensadores a los que acude  el profesor Héctor Sevilla, autor de este mencionado libro, con la intención apuntada en los párrafos anteriores.

FICHA

ASOMBRO ANTE LO ABSOLUTO.- Héctor Sevilla.- Editorial Kairós.-393 págs.

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1 marzo 2021 1 01 /03 /marzo /2021 08:55

(Publicado en versión reducida en la revista Compromiso y Cultura de marzo de 2021)

Ustedes disculparán el sesgo irónico de este titular, al que ninguno de los dos libros que recomiendo justifica directamente, aunque sí que dejan en el lector reflexivo la inquietud de una pregunta seguramente muy parecida a la que planteamos.

Ian Morris es un profesor de Cultura e Historia Clásicas de la Universidad de Stanford y está doctorado en Cambridge . Uno de sus libros “¿Por qué manda Occidente…por ahora?”(2014), ya marcaba desde el título un talante irónico, escéptico y estimulante. El “por ahora” abría el camino a las conjeturas, la polémica  y la investigación crítica. Pero en esta ocasión he preferido acudir a otros dos títulos de su extensa obra, “Cazadores, campesinos y carbón” (2015) y “¿Para qué sirve la guerra?” (2014). Me interesaba enfatizar  la idea de “progreso” implícita en las tres épocas del desarrollo  histórico de la humanidad y (que nos ha llevado a una situación alarmante respecto al planeta que ocupamos con  mentalidad depredadora)  y la paradójica tesis del segundo libro en el que Morris nos plantea la atrevida idea de la guerra como motor del progreso, proponiendo la hipótesis provocativa aunque no descabellada de que la comprensión del proceso bélico como dinámica  de cambio nos pueda llevar a encontrar la manera de evitarla y sustituirla por actividades que obtengan  esos efectos positivos sin la brutal carga de destrucción, violencia y sufrimiento que conlleva la guerra.

Sin duda, algunos lectores con sensibilidad y conocimientos sobre las consecuencias de las guerras, considerarán éticamente que el fin –el progreso- no justifica los medios y sus efectos, los miles de millones de muertes por violencia, hambre y desesperación implícitas a la guerra.

Un historiador de grandes procesos puede hacer abstracción  de la “letra pequeña”  donde los teóricos esconden la visión ética profunda de los seres humanos que han padecido  la dinámica personal, familiar y social de la violencia y la angustia mortal que han vivido las víctimas de las guerras, usando el macro enfoque económico, industrial o el desarrollo técnico de países y culturas. No para justificar, por supuesto, los genocidios. sino para enfatizar los logros de la civilización que sobrevive y con ellos, la posibilidad de evitar en el futuro nuevas y semejantes sangrías humana. Desde un punto de vista filosófico eso es, en el fondo, una entelequia de difícil  justificación. Si algo nos ha enseñado la historia del progreso técnico, científico y material de las culturas hasta el día de hoy, es que tal progreso no se corresponde en paralelo con un progreso ético y psicológico del ser humano. Un análisis de la situación actual y de la decadencia moral del ciudadano medio en la mayor parte del planeta, acentuadamente en los países más desarrollados, nos hace ver un optimismo utópico, aunque bienintencionado en los libros de Morris.

Pero lo más admirable de este autor no es el ingenio y la inteligencia documental con las que apoya sus tesis, sino el hecho de que no sólo no teme a la controversia y la crítica a sus conclusiones, sino que, muy deportivamente, ofrece un considerable espacio –en el primero de sus libros comentados-  a colegas que rechazan libremente y argumentan en contra de sus conclusiones. Y así tras 200 páginas de exposición de sus ideas, Morris concede 50 páginas a otros cuatro autores que disienten de él (entre ellos a una novelista, Margaret Atwood, la autora de la distópica “Diario de una criada”) y se reserva las 50 últimas para contestar pormenorizadamente a las críticas recibidas y publicadas en el mismo libro.

La base argumental de “Cazadores, campesinos y carbón” se articula a través del análisis de las tres fuerzas brutas materiales que propician las culturas que desarrollan y con  ellas determinadas creencias, valores y principios básicos que regulan las relaciones humanas y sociales de la época (trato equitativo, justicia, atracción y rechazo, no dañar y una cierta sacralización en las fuerzas naturales que nos rodean y no comprendemos ni controlamos). Son tres etapas del progreso humano definidos por los modos de captación de energía, desde la caza y el nomadismo, la agricultura y los asentamientos permanentes, ciudades, y en otro salto enorme, la revolución industrial que nace con la producción y empleo de los combustibles fósiles. Es una visión utilitarista y pragmática que vincula dichos valores y principios de forma excesivamente determinista a la casuística que provoca los “modos de captación de energía”. Uno de los mencionados autores críticos con las teorías del autor, Seaford, también le recrimina la afirmación de éste de que “cada época tiene las ideas que se merece”. Uno piensa que ese aserto es tan discutible e injusto como ese otro que conocemos bien en España, “cada país tiene el Gobierno que se merece”. Otro crítico, Kosgaard opina que “las fuerzas sociales y económicas  de diverso signo “presionan el perfil de nuestros valores pero no los determinan completamente” como sostiene Morris.

Quizá con la crítica de Morris con la que me siento más identificado sea con la escritora  Atwood, quien se concentra en el problemático futuro que  según Morris nos puede llevar al colapso a través de “migraciones sin control, hundimiento del Estado, escasez alimentaria o de agua, epidemias y cambio climático”, a los que Atwood añade el deterioro de los océanos y los excesos de la bioingeniería y la IA. Así como me atrae, incluso por su optimismo irredento (y su incansable sentido del humor), la confianza de Morris en el sentido común para reconducir las actitudes sociales y políticas a pesar de los populismos y la desinformación que lleva al beneficio de unos pocos a costa de la mayoría. La complejidad del libro no admite una reseña exhaustiva por falta de espacio y el lector haría bien en adentrarse en la lectura personal, por lo que lo dejaremos en este punto, a fin de pasar al otro volumen recomendado, “Guerra, ¿para qué sirve?”.

Más de 600 páginas dedica nuestro autor, Ian Morris, a demostrar que las guerras a largo plazo "han logrado que la Humanidad sea más rica y que viva con más seguridad"...y que  el estudio de épocas anteriores sugiere que las alternativas a la guerra en cada uno de los momentos en que se desató hubieran tenido peores consecuencias que las provocadas por los episodios bélicos. Y para poner la guinda asegura que "lo que ha convertido al mundo en un lugar más seguro es la propia guerra". 

Siguiendo su provocativa estrategia de estadísticas, datos históricos y conclusiones encadenadas, Morris se une por un lado a la historiografía tradicional, para la cual la guerra ha constituído, desde Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Estrabón y Polibio, hasta Julio César, Salustio, Tito Livio, Plinio o Suetonio, el motivo central de la marcha o proceso de la historia estudiada. Las guerras y sus caudillos, vencedores y vendidos, constituyeron durante siglos el motor causal de la disciplina. Pero se aparta de ellos mostrándonos en un análisis global de qué manera esas guerras iban empujando el progreso del mundo en términos sociales, culturales y de derechos humanos. ¿Paradójico? Sólo en la consideración materialista, tecnológica y económica de sus consecuencias. 

La fuerza de convicción de Morris se basa en el manejo hábil de estadísticas y datos aplicados ingeniosamente a defender la idea contraintuitiva de que la guerra ha sido el medio paradójico y brutal para que a lo largo de 10.000 años, se hayan reducido de manera drástica las muertes violentas. Añadir que eso abona el desarrollo de la paz y el bienestar es bastante osado, ya que desafía el sentido lógico del lector. Y sus reflexiones morales, tal vez inquietas, por un salto de valores tan radical: muertes violentas y paz y bienestar unidos en un supuesto continuum temporal, ¿de causa-efecto? Lo cierto es que los lectores se lo van a pasar muy bien ejercitando su pensamiento crítico. No en vano Morris es un profesional del estudio histórico de una época, la nuestra, en la que el dataísmo, o acceso cibernético a millones de datos contrastados en un tiempo récord y mínimo, permite abordar grandes periodos temporales con una óptica analizadora muy concreta (cosa que también hace con mucho éxito el israelí bestsellerista  Yuval Noah Harari, autor de Sapiens)

Pero Morris, no sólo es un habilidoso usuario del del Factfulness, es un experto en Historia y puede mostrarnos las huellas que autores como Thomas Hobbes  o Rousseau han dejado en sus reflexiones. Saber que aunque sigamos siendo lobos para nuestros semejantes o existan reglas morales entre los hombres la guerra ha hecho del mundo un lugar más seguro, y que la probabilidad de tener una muerte violenta es mucho menor ahora que en la Edad de los Metales, resulta muy tranquilizante, aunque tengamos que dejar a un lado la posibilidad del holocausto nuclear que barrería tal pretensión. Para los aficionados a la historia y a sus detalles más peregrinos o insólitos, el libro es un auténtico regalo. Desde el reconocimiento ya desde el principio de que la violencia forma parte de nuestro ADN, las diferencias entre las guerras "productivas" y las "contraproducentes", la discutible afirmación de lo productiva que fueron las guerras tras el descubrimiento de América (¿para quiénes exactamente? ¿para los británicos?) o las derivadas del colonialismo (¿para los británicos nuevamente, para los franceses, para los belgas?). La lectura polémica está servida. El lector no sólo goza de mucha información sino también de una sugestiva ocasión de disentir, ya sea de forma racional o intuitiva. Analiza las reyertas mortales del siglo XX y resaltando el carácter económico de muchas de ellas (lo cual no es una novedad, hasta la guerra de Troya se debió al control de un punto comercial entre dos zonas geográficas nacionales, más que a la casquivana Helena y al calenturón de Paris. Mas adelante Morris hace una incursión sorprendente sobre el campo de la primatología y los afanes guerreros de los chimpancés para terminar sus disquisiciones aventurando un futuro de rivalidades por la hegemonía mundial y la presunta necesidad de solventar la dicotomía seguridad-libertad, a favor de la primera con un Estado Leviatán que nos ofrecerá un progreso seguro, ya que a nivel internacional la contundencia del juego perdedores-perdedores en un conflicto nuclear podría alejar ese peligro de nuestras vidas. Aunque no hay manera de alejar ese otro tipo de guerra que involucra al terrorismo y que no tiene posibilidad de generar ningún tipo de progreso sino al contrario.

La reflexión ética que queda diluida en las argumentaciones de Morris es la que plantea en términos absolutos e históricos la cruel viabilidad de la guerra como forma de progreso y nos hace pensar en que no ha habido tal progreso en la psique, en la estructura mental y en la solidez intelectual y ética de nuestra especie: parece ser que la única manera que tiene el ser humano de progresar sea exterminando al mayor número posible de semejantes. Y que es irrelevante la causa de su belicismo ya que queda justificada por su presunto progreso.

En definitiva, tras leer esa compleja -y divertida- apología de la guerra (tan intelectualmente justificada) uno recuerda las palabras de Hannah Arendt  pidiendo a todas las naciones del mundo la aplicación del imperativo categórico kantiano que asegura que la vida del ser humano no tiene sentido alguno sin la supervivencia de bienes superiores en todo el orbe, la Justicia, la Libertad  o la busca de la Verdad. El hombre -y el Estado- justo es el que subordina su individualidad- su nacionalidad- al mantenimiento de una política basada en tales verdades. La guerra se coloca de inmediato y de forma fulminante, fuera de la ecuación.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

 

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13 febrero 2021 6 13 /02 /febrero /2021 12:24

EL DERECHO A MORIR

(Publicado en La Comarca 120221)

Para Heidegger la persona es un ser-para-la-muerte, una “herida abierta” en el corazón del ser humano. Y para Epicuro somos ajenos a ella, pues cuando ella llega, tú no estás y mientras tú vives, ella no está. Los estoicos griegos y romanos la contemplaban como el término natural que  todos los seres vivos comparten. Pero cuando se imponen las religiones monoteístas, el derecho a morir es una aberración, ya que sólo Dios decide cuando hemos de morir. Y como ellas están aliadas con el poder terrenal, pueden contemplar más o menos indiferentes los genocidios que proliferan en la historia universal (y más si se producen sobre los enemigos de la “religión verdadera” que, evidentemente son los fieles de las “otras”) pero condenan con “el fuego eterno” a quien ose decidir por sí mismo el momento y lugar de su adiós a este mundo cruel (como cantaban los viejos “Teen Tops”). No puedes atentar contra tu vida pero debes dar tu vida en defensa de tu religión, tu país, tu bandera o tu líder carismático.

¿No hay cierta infantiloide falacia en esta proposición “ética”? Pero, ojo, vaya mi respeto por quienes en ello creen, más o menos a pies juntillas. Aunque si prescindimos de las arrogantes exigencias religiosas, de los intereses políticos o ideológicos –incluso económicos- y aquí ya lindamos con la ilegalidad básica de los que se benefician directamente con la muerte de alguien (lo cual ya entra en la competencia policial)… ¿qué nos queda? Un sujeto, hombre o mujer, joven o viejo, que en el uso de sus plenas facultades mentales –muchas veces algo oscurecidas por el dolor físico o mental, pero sin ninguna patología psíquica que lo empuje- decide, errónea o certeramente, eso siempre lo desvela el futuro, que no desea seguir viviendo lo que está viviendo en ese momento de su decisión. ¿Desde un punto de vista humano es comprensible que alguien –con las mejores “intenciones”, eso no lo discuto-- decida entrometerse e impedir el acto supremo de ejercer la libre voluntad del sujeto? ¿Estamos en posesión de un criterio superior que nos permite juzgar como erróneo el deseo de quitarse de en medio de una persona, casi siempre sin conocer las razones que le empujan a ello y cuando las conocen –desde su particular punto de vista—arrogarse el poder de decidir que ese sujeto está equivocado y de que debe someterse a lo que tanto teme, porque eso es lo que manda la tradición religiosa o social o política? ¿Acaso nos vamos a ofrecer a ocupar su puesto y sufrir nosotros sus dolores, quebrantos, temores, como si eso fuera posible?

Y, no estamos hablando de suicidio, que también podría entrar en el análisis argumental. Estamos hablando de eutanasia, esa palabra terrorífica que enerva a una parte importante de la sociedad española. La eu (buena) thanatos (muerte), de los griegos, que no había que buscarla, pero si aceptarla sin miedo o protesta, cuando era la mejor opción según las circunstancias, al no poder tener una vida libre y volcada en la “areté” (la virtud) o la “aristós” (la excelencia) o en el sencillo y simple disfrute de la existencia.

Nadie discute el derecho a vivir (a pesar de que la historia es un mentís hipócrita a ese derecho) pero muchas personas rechazan el derecho a morir, aunque se estructuren las medidas cautelares precisas para evitar la manipulación interesada de terceros o los excesos de todo tipo. Sin duda hay que exigir que la regulación de la eutanasia proteja al enfermo de una eventual mala praxis. El derecho a morir de los que sufren de forma documentada y fehaciente un tipo de vida máximo dependiente, cuajado de dolores brutales y sujeto a un estado de semi consciencia causado por los barbitúricos y medicamentos paliativos, articula la opción voluntaria de ejercer un derecho a morir que es humanamente irreprochable. Creo que es un asunto de ética, superior en jerarquía a las directrices socio religiosas que son hijas de una forma de cultura circunstancial. Incluso los médicos que se oponen a ella, reclamando el juramento hipocrático y su vocación irreprochable de salvar vidas, no de quitarlas, se quedan siempre varados en una dicotomía más retórica que filosófica o moral. La vida no es un concepto absoluto en sí mismo que no pueda ser problemático en determinadas circunstancias. Ortega decía que el hombre es su yo y su circunstancia, pero si no puede salvar su circunstancia (la viabilidad de la existencia) tampoco se puede salvar a sí. Si la circunstancia de la vida de un enfermo es el dolor continuo, la indefensión, el deterioro imparable y atroz, los “cuidados paliativos” (tan eficaces, razonables y necesarios en muchos casos) no son más que un aplazamiento de lo irremediable a costa del enfermo. Raramente el médico desconoce la irreversibilidad de la situación en algunos enfermos. Negarle el descanso final al paciente en cuestión, ¿es humanamente ético? ¿o sólo social o políticamente “ético”?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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11 febrero 2021 4 11 /02 /febrero /2021 10:49

Sin duda la neurología está de moda. Proliferan los tratados más o menos competentes en los que los últimos descubrimientos científicos sobre el cerebro y la mente, esos dos misterios por resolver, son utilizados para proponer terapias de autoayuda o manera de vivir que no se alejan, ni poco ni mucho, de los clásicos filosóficos que nos han acompañado desde siempre. La corroboración científica de muchas intuiciones de aquellos clásicos de la espiritualidad ha dado aliento a la eclosión de una paraciencia psicológica o ética que contribuyen al desconcierto y a la desinformación vigentes en esos temas cruciales.

El libro que nos ocupa es un fascinante viaje bien informado por el mundo de la mente de la mano de un neurocientífico argentino con historial sobrado de competencia profesional, Mariano Sigman, que lleva a cabo su labor divulgativa sin abandonar sus trabajos científicos en el Human Brain Project, uno de los trabajos internacionales más consolidados en el estudio del cerebro. Sigman, con un estilo personal basado en la pedagogía de la propia experiencia nos plantea un recorrido evolutivo desde la mente de bebé, los parámetros singulares que conforman eso que llamamos identidad, la aparición de la conciencia, la imaginación y el subconsciente, los estados alterados de conciencia y el mundo de los sueños, la inter relación entre la conciencia y eso que llamamos realidad y su obligado correlato, los cambios que ésta produce en nuestra visión de lo real y como el cerebro se ajusta a esa dinámica provocando sus propias mutaciones neuronales para terminar el apasionante periplo por el aprendizaje óptimo y la enseñanza eficaz.

Como escribe Sigman en su epílogo al volumen, "La transparencia del pensamiento humano es la idea que resume este libro...la búsqueda de esa transparencia es el ejercicio permanente que se propone desde la primera a la última página...Entender nuestra manera de decidir, el motor de la osadía, las razones de nuestros caprichos y nuestras creencias...es una manera de quitarle una capa de opacidad al pensamiento propio, escondido a veces bajo la máscara de la conciencia".

La habilidad del autor para hacer entender los términos neurocientíficos y su voluntad de abordar esos conocimientos desde una propuesta multidisciplinaria, hace que la supuesta aridez del tema quede eliminada con los aportes del psicoanálisis (tratado con respeto por Sigman, como no podía ser menos dado su origen), de la economía del comportamiento, de la filosofía y de otras disciplinas. A pesar de reconocer que por el momento no es posible ni siquiera conjeturar sobre una "teoría unificadora" del cerebro, el autor reconoce e informa de avances enormes, pero "vienen más del lado de la medicina y de la computación; es más una fuerza bruta ingenieril, y no un aporte académico...aunque hoy podemos hacer cosas que hasta hace poco parecían de ciencia ficción, como comunicarnos con pacientes en coma, hacer que dos cerebros  interactúen a través de un dispositivo electrónico -en una suerte de telepatía asistida- o descifrar sueños".

La mente no es una “tabla rasa” al nacer, como suponían los empiristas, recuerda Sigman. Y advierte que no podemos desdeñar los aportes al bagaje genético cerebral de la educación o el aprendizaje. Lo cual también nos hace reflexionar sobre ciertos mitos, como el del "talento genético”. Decía Einstein que él no disponía de ningún talento especial creado por sus genes, pero sí de una "apasionada curiosidad" por todo lo que ocurría en las materias que estudiaba y con las que prácticamente "vivía" las 24 horas del día. 

Está comprobado que nacemos con ciertas concepciones rudimentarias de la justicia y moralidad. Según Sigman, “En general, los chicos a lo largo de su desarrollo eligen relacionarse con el mismo tipo de individuos al cual habrían dirigido preferencialmente su mirada en la primera infancia.” Con ello enfatizaba la importancia "social", el aprendizaje vicario que desde la infancia el ser humano va absorbiendo de su entorno familiar y social. Las huellas de nuestra evolución como individuos y como especie van influyendo en nuestras decisiones y creencias. De ahí vendrían lo que llamamos "corazonadas" o "intuición", en las que la razón tiene un papel no muy importante aparentemente (lo cual suele tener sus efectos a la hora del éxito o fracaso de la acción). Como escribe nuestro autor:  “generar creencias que van más allá de lo que señalan los datos es un rasgo común de nuestro cerebro”. Pero no más allá del cuerpo. Y así tener una "corazonada" no quiere decir que debamos hacer lo que queremos de forma no racional. Es justamente lo contrario quizá: el corazón se agita porque nos avisa de que vamos mal, de que debemos detenernos y pensar objetivamente, racionalmente. A veces es así. Somos complejos y estamos sujetos  a incontables influencias,  de muchas de las cuales ni siquiera somos conscientes.

Sigman acaba su libro con una frase esperanzadora y fértil:  "Concibo la neurociencia como una gesta humana para encontrarnos, para compartir lo que sabemos, lo que pensamos. Para que el mundo sea menos ancho y ajeno". Amen. 

FICHA

LA VIDA SECRETA DE LA MENTE.- Mariano Sigman.- Ed. Debate.287 págs.

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4 febrero 2021 4 04 /02 /febrero /2021 10:46

Me encanta reseñar libros de educadores. Mis dos hijas son profesoras y me han inoculado el benéfico y cordial interés por los problemas de la educación y el aprendizaje, que son dos cuestiones distintas, aunque según los modelos prácticos pedagógicos están unidos en un continuum. Filosóficamente son dos elementos distintos aunque obedezcan a una necesidad única: la necesidad del conocimiento. Justamente la autora de este libro excelente publicado por Kairós, Jo Boaler, es una joven profesora de la Universidad norteamericana de Stanford y está especializada en recursos educativos digitales para los que ha creado un curso online abierto sobre la enseñanza de las matemáticas. Como sabemos todos los que nos dedicamos a la filosofía y por pertenecer a épocas pasadas no tuvimos una preparación matemática (para infinita pesadumbre nuestra) hay senderos y límites del pensamiento humano en los que las matemáticas simplifican y allanan determinados problemas (piensen en Bergson, Wittgenstein, Popper o Russell, Habermas, Rorty o Rawls ): la intuición que preconizaban Bergson o Heidegger nos deja desamparados en determinadas  ocasiones por falta de relevancia fáctica y científica.

Viene esto a propósito del trabajo que esta pedagoga estadounidense pone a nuestra disposición. Este aprendizaje sin fronteras (que, inevitablemente suena a esas fórmulas prepotentes y un poco inocentes a las que tan aficionados son al "otro lado del charco") no es una promesa de manual de autoayuda o mantra parapsicológico o espiritualista, sino un procedimiento estructurado con lógica, sentido común y conocimiento de claves de percepción y actuación con ecos filosóficos clásicos y razonamientos estrictos, claros y comprensibles, como cabía esperar de una mente formada en las matemáticas como ciencia y como herramienta.  Apoyándose en los más recientes descubrimientos de las neurociencias sobre el cerebro y el funcionamiento correspondiente en la mente, Jo Boaler nos ofrece una serie de claves (seis) para optimizar nuestro aprendizaje de las más diversas materias (ella se basa en la enseñanza de las matemáticas) que proporcionan un nada desdeñable correlato ya que tiene efectos en el comportamiento y en las actitudes que nos pueden hacer la existencia mas eficiente y en definitiva más positiva y feliz.

Sin duda para el lector común se trata de un libro sorprendente por su claridad psicológica y sus muy efectivas propuestas de cambio perceptivo en la forma de afrontar el aprendizaje de cualquier materia. Para un lector avezado en este tipo  de propuestas, ya sea por su formación profesional en neurología, psicología o ciencias de la educación, el libro de Jo Boaler puede llegar a ser bastante inspirador y motiva la búsqueda de ampliaciones de información  (con unas páginas dedicadas a "recursos" que son muy oportunas). Ello disculpa las reiteraciones (por cierto muy comunes en la "vieja" pedagogía) y las ejemplificaciones excesivas e innecesarias.

La base radial del libro se centra ya desde el principio en la primera clave que nos propone la autora: "Cada vez que aprendemos, nuestro cerebro forma, fortalece o conecta diferentes vías neuronales. Tenemos que superar la idea de que la capacidad de aprendizaje es fija y limitada, así como reconocer que todos nos hallamos embarcados en un viaje de crecimiento.  Como la autora titula su primer capítulo: "La neuroplasticidad lo cambia todo". Esa propiedad emergente y creativa el cerebro, descubierta y confirmada en el pasado siglo ha dado un vuelco copernicano a las ciencias del cerebro y con ello a toda una serie de "bloqueos" que la (mala) educación ha grabado a fuego en nuestros cerebros. Las ideas acerca de la mentalidad de crecimiento, la creatividad y la multidimensionalidad, hace que nos volvamos más flexibles y adaptables y los cambios mentales que ello conlleva hace que aprendamos a desdeñar la negatividad de los fracasos y errores, convirtiéndolos en procesos de aprendizaje y crecimiento, asumiendo los riesgos y abriéndonos a otras formas de encarar y resolver los problemas.

Sin duda recomiendo la lectura de este libro. Principalmente a profesores y maestros en cualquier tipo de disciplina.

FICHA

MENTE SIN LÍMITES.- Jo Boaler.-Trad. Fernando Mora.- Ed. Kairós.295 págs.

 

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31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 11:43

Vivimos un tiempo de aceleración patológica en lo que único que importa es la satisfacción del mayor número de supuestas “necesidades” con el mínimo esfuerzo y dentro de la inmediatez si es posible. No da tiempo de tomar pausas, de actitudes reposadas, de reflexionar: consumimos las “razones” que nos sirven previamente masticadas por el Sistema, fáciles de digerir y sin plantearnos su veracidad. Es el tiempo de la “postverdad”, neologismo con el que disfrazamos pura y simplemente la mentira, que campa libremente por las redes y se amplifica por algunos medios de comunicación que más bien lo son de manipulación. Sufrimos el bombardeo incesante de las novedades y no se da tiempo para que se asienten, todos son excepciones y excelencias que arrinconan con su incesante fragor la confortante serenidad de los clásicos, palabra que ha dejado de significar lo que es perenne y que se ha convertido en un producto efímero y ruidoso, consumido con psicótica rapidez y anhelo,  que no deja huella. Y este es el problema capital del tiempo que vivimos: NO DEJA HUELLA (en nuestra psique, sí en nuestras desdichas, cada vez más repartidas).

Sufrimos una devastadora pandemia y bastaría repasar las hemerotecas o los documentos cercanos –el pasado cada vez es más limitado- para observar alucinadamente que las personas olvidan la gravedad,  obsesionadas por “aprovechar” el tiempo de vivir y disfrutar: cosa tan imposible como tratar de alcanzar la propia sombra.

Josep María Esquirol en su excelente “El respirar de los días” nos regaló hace años una lúcida reflexión sobre el tiempo y la vida, los tos términos entrelazados de manera esencial. En un fascinante recorrido Esquirol nos habla de los ritmos acompasados al tiempo orgánico, el desgaste del tiempo que pasa, la irreversibilidad de lo que ocurre, la aceleración que marca el consumo con su dogal de hierro forrado de seda, el tiempo que uno dona a “otro” o a “lo otro”  (Jacques Derrida analiza también el tiempo y su donación), la sabiduría de la voluntaria lentitud, el “kairós” o momento oportuno, el “carpe diem” y la presencia de la muerte en el esquema humano del tiempo, la espera como sentido vinculado del futuro y la  actitud paradójica con la que vivimos el tiempo de lo cotidiano.

Quizá sea posible dejar de concebir el tiempo como una sucesión de momentos o de instantes. Podemos plantear cada instante que viene como una situación que espera respuesta, detenerte, observar lo que adviene y vivirlo intensamente, disfrutarlo como un regalo de la vida. Y alguno de ellos quizá te exija un “tempo” de reacción más lento, un ritmo suave y sosegado. Ello nos llevaría a proponernos un objetivo: organizar la propia vida en torno al principio de serenidad, sosiego: un tiempo para observar y quizá mantenerte en silencio, observar serenamente y sopesar si hay reacción o respuesta…o tal vez no.

Byung-Chul Han también dedicó su “Aroma del tiempo” a una de las actividades y actitudes humanas que fuerzan una valoración distinta del tiempo, la demora como arte para afrontar la “disincronía” en la que vivimos, atomizando y dispersando el sentido y el ritmo de la vida. No hay conclusión de nada y entre las rendijas se nos escapa del tiempo, un resplandor efímero y fugaz. También François Jullien en su “Del Tiempo”, elementos de una filosofía del vivir, acude al pensamiento tradicional chino, principalmente los taoístas, para romper la dicotomía entre el momento que uno hace presente y el proceso que nos lo arrebata de inmediato. Nos pide en definitiva que sigamos la fórmula de Montaigne: vivir a propósito de forma que ese propósito sustituya el corsé del presente por el objetivo.

Y para terminar el recorrido por las fuentes utilizadas en mi reflexión, el “Contra el tiempo” del mejicano Luciano Concheiro, donde con el impulso de la pregunta de Cioran “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo, nuestro enemigo común?” abundamos en la aceleración como característica del momento que vivimos, de nuestra política, sociedad, relaciones y costumbres…el capitalismo neoliberal obsesionado por el beneficio, la producción y el consumo permanentes, la miopía política cortoplacista y, en lo individual, un stress continuo que genera el sinsentido que nos está matando –con medicaciones contradictorias- casi al mismo ritmo que los virus que hemos potenciado.

Concheiro propone una actitud de resistencia y rechazo al uso habitual del instante y pide una decidida voluntad de suspender el flujo temporal (como si fuera un koan del budismo zen): “un parpadeo durante el cual sentimos que los minutos y las horas no transcurren”. El arte de estar ahí y percibir lo que sucede. El arte de descubrir. El arte de esperar que las cosas se revelen”. Es sólo poder escapar por un momento de la lógica global de la aceleración.

 Esas lecturas me hicieron recordar una cita que adoro: “Si  consideramos la eternidad no como un infinito transcurso de tiempo, sino como la atemporalidad pura y simple,  el hombre que vive en el aquí y en el ahora, vive en la eternidad”. La frase de Wittgenstein me ha acompañado desde hace algunos años. El tiempo, la atemporalidad, la eternidad no metafísica, han sembrado de incógnitas y misterio el devenir cotidiano de mi vida, desconcertado entre la memoria, la contingencia del evento y la fluidez de los momentos que se sucedían en el proceso temporal. Incapaz de frenar una dinámica que no podía controlar pues no dependía de mí. Debía aprender a fluir con ella sin permitir que me desconcertara y me  bloqueara.

No aceptaba la rendida actitud de Proust, devoto del pasado, de los arcanos de la memoria, por fidelidad a su Obra o las elucubraciones de Kafka o Nietszche que iluminaban el proceso del tiempo por una idea filosófica o literaria. Me he sentido más cercano a François Jullién, Byung-Chul, Russell o Wittgenstein, con su ayuda y la de otros maestros quería analizar el tiempo como un aliado, para perfilar una visión superior dirigida a una mejor forma de existencia. Y paladeaba a T.S.Eliot: “Deprisa el ahora, aquí, ahora, siempre/ una condición de plena sencillez/ su precio es más o menos todo/ pero todo estará bien/ y todo género de cosas estarán bien”,  pues solo con la comprensión del tiempo podría alcanzar esa “plena sencillez” que ansiaba.

He recurrido a mis notas sobre el Timeo de Platón (el tiempo en relación con la eternidad), el libro IV de la Física aristotélica, las citas de Plotino o Agustín, hasta llegar a Kant, Schopenhauer, Husserl,  Bergson, Heidegger, o las elucubraciones de Einstein, Popper (no tan alejadas de la aristotélica: el tiempo se percibe entre dos puntos sucesivos del movimiento de un cuerpo) o el coreano Byung-Chul Han. En ellos buscaba palabras sobre ese enigma tan cotidiano. Como brújulas que marcaran mi caminata por el discurrir temporal.  ¿Hay quien en algún momento de su vida no se ha planteado la naturaleza y carácter del tiempo, desde la compleja sensación subjetiva, hasta los conceptos budistas o taoístas? Rememoro la célebre controversia (no resuelta) entre Einstein y Bergson sobre la naturaleza del tiempo, desde los puntos de vista de la física y los de la filosofía, la reflexión sobre el tiempo no ha cesado y nos ha ofrecido paradojas como la semejanza  entre el concepto kantiano del tiempo como una  línea que se prolonga hasta el infinito y la irreversibilidad de la “flecha del tiempo” que consagra el segundo principio de la termodinámica.

Como humilde practicante de la filosofía, he transitado a menudo por el sendero especulativo entre el tiempo físico-cuántico, un “continuum” anti intuitivo que se apoya en el movimiento, un presente instantáneo que como su nombre indica es in-stans (que no se detiene y por tanto no se tiene); el tiempo metafísico que opone lo temporal a lo eterno, e implica un presente eterno, estable;  el del lenguaje, que se alimenta de tiempos verbales; el “subjetivo” que siembra a la filosofía, la psicología, la antropología y las ciencias de la Naturaleza; y al Hombre, el ser que, a través de cientos de miles de sinapsis de neuronas inclasificables distingue entre el tiempo vivido y el narrado: desde la biología (y su “reloj” interno corporal) a la neurología (el cerebro que “almacena” en la memoria el tiempo pasado y se proyecta al tiempo futuro).

El reciente libro de la mejicana Jimena Canales, de la Universidad de Harvard, “El físico y el filósofo”, trata de ilustrar, de forma clara las citadas controversias en torno al tiempo. Y nos recuerda que tal discusión, sin acuerdo posible, abrió una profunda brecha entre la filosofía y la ciencia, en  menoscabo de la primera y supremacía de la segunda. La frase de Einstein sobre que “el tiempo de los filósofos no existe” sonó a campanadas de duelo por la filosofía, que se veía, como en la edad media, condenada a ser la “sierva”, entonces de la Teología y hoy de la Ciencia, la nueva religión (y mitología) de nuestros tiempos.

Bergson influyó fuertemente en el uso literario del tiempo por algunos de los grandes del siglo XX, William Faulkner, Virginia Woolf, T.S. Eliot, J.B. Priestley (“La herida del tiempo”), Tennessee Williams, James Joyce y por supuesto en su pariente Marcel Proust (en 1892, Bergson se casó con Louise Neuberger, prima de la madre de Marcel), que llamó a su obra capital “En busca del tiempo perdido”. Quizá algún día se nos revele qué es el tiempo y sea un científico filósofo o narrador, el que lo haga.

Pero mientras, entre las personas que no suelen filosofar y que se dedican a vivir sus vidas lo mejor que saben y pueden, el tiempo es una obviedad que esconde un enigma. Como dijo Agustín (el santo pensador) mientras hablamos del tiempo creemos saber de qué estamos hablando, pero si alguien nos pregunta qué es y nos pide que expliquemos, que razonemos, que argumentemos la respuesta, nos quedamos mudos, sin palabras, absortos y perplejos. También diría en una especie de oración: “Os confieso, Señor, que ignoro aún la naturaleza del tiempo. Por el contrario, sé que es en el tiempo donde digo estas cosas”. Algo tan sutil, que pesa tanto en nuestra existencia, que la limita y la define, la concreta y la oculta, que nos acompaña desde que tenemos uso de razón y hasta el momento en que dejamos este mundo, que lo usamos sin darnos cuenta y nos angustiamos cuando creemos perderlo o malgastarlo…es un enigma que por el momento los grandes cerebros humanos no lo  han podido resolver a la entera satisfacción de todos, sino de forma parcial, como una aplicación empírica.  No dejamos de citarlo, directa o indirectamente, pero en esencia, podríamos decir que es de la misma materia que sustenta a los sueños, como la poesía, la creatividad o la trascendencia. Es una entelequia anclada en la obviedad.

La dicotomía tiempo-vida en meramente humana y está ligada inextricablemente al lenguaje. Es decir, al calificarlo de dicotomía  ¿dividimos en dos partes un solo concepto? Uno está inclinado a pensar que nuestra vida la definimos a través del tiempo, gracias a su instrumento la memoria, y proyectamos los deseos (componente esencial de la vida) hacia el futuro, que es tiempo y está íntimamente comunicado con el pasado y el presente, el cual se desvanece constantemente con un pie en lo que fue y otro en lo que será. Resulta difícil percibir cómo se puede vivir en el presente permanente, a pesar de que la filosofía, las disciplinas espirituales, muchos científicos y poetas y el simple sentido común llevan siglos aconsejándolo. Quizá haya que seguir el consejo de Bergson y considerar el tiempo “tal como es planteado por el lenguaje”. Sin más, sin pretender ahondar en el problema, ya que según Agustín y Wittgenstein “la inteligencia del tiempo está fundida en la lengua”.

Vivir en el “pliego del tiempo”  como aconsejan los taoístas chinos o en la “intuición de la duración” que sugiere Bergson o quizá seguir el consejo de Montaigne que se instalaba en un vivir “a propósito” o en el Kairós o “momento oportuno” de los estoicos y epicúreos griegos, o como decía el escéptico Pirrón, simplemente hacer como si no existiera, o llevarlo al “origen de nuestra experiencia” de Heidegger… todos estos intentos resaltan un hecho: la filosofía no ha dejado nunca de subordinarse a la incógnita activa del tiempo, es el “lugar enigmático” de la filosofía. En vista de ello quizá se podría plantear la aplicación de la “atención plena” al instante absoluto en que alientas, aceptando su carácter efímero, su esencia de proceso permanente equilibrada por la necesidad de romper esa continuidad a través de la contemplación, de instantes homeopáticos de ruptura de la tensión, tal como propone el zen, el sinólogo Jullien o el filósofo coreano Chul Han. ¿No podría tal práctica articular una aparente integración del tiempo en nuestra existencia de una forma creativa, desligándolo de la vida en la forma en que lo hace en nuestra cultura occidental neoliberal? Aunque por supuesto ello no resolvería el enigma de su naturaleza esquiva y omnipresente, tal vez disminuiría las fatales consecuencias que la dictadura del tiempo ejerce sobre las personas. El tiempo y el vivir se afectan mutuamente y la falta de articulación entre estas dos cuestiones está afectando negativamente nuestros estilos de vida y la preponderancia de cualquiera de esos dos elementos fuerzan la esclavitud voluntaria del Ser. ¿Debemos seguir el aforismo de Wittgenstein? De aquello de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio. ¿No será el silencio contemplativo una misteriosa y oculta puerta para salir del laberinto? ¿No sería el latino “tempus capere” (aprovechar la ocasión) los que hay que hacer? Esperar el momento adecuado (eukairía: la oportunidad) y no dejar que se pierda: estrategia vital y olvídate de teorizar, la atención al acto se convierte en tiempo propicio.

Pero este solo se alcanza, interviene el taoísmo, cuando el que reflexiona está disponible, está abierto a lo que acontece, sin embarazarse con planes, proyectos o teorías. Debe aprender a evolucionar a voluntad, alzándose fuera del marco de los intereses y las normas. La capacidad de adherirse en todo momento a la modificación del momento que es característica propia del tiempo. En la liberación taoísta, ser congruente con el momento en todo momento, liberados de los lazos con los que nos someten las cosas y los seres.

Escribía muy proféticamente Nietzsche: “Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna  época anterior se han cotizado tanto los muy activos, los desasosegados por el trabajo sacralizado. Entre las correcciones necesarias que debería hacerse en el carácter de los humanos está el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”. Las personas se ahogan en un laborar continuo, una hiperactividad letal, precisan de espacios de otium que no sea el de simple recuperación para trabajar más. El estilo de vida neoliberal ha creado una “sociedad del trabajo”, en la que el trabajo en sí está separado de la vida, se ha convertido en un fin en sí mismo. Se ha totalizado tanto que más allá del tiempo laboral “sólo queda matar el tiempo”.  El tiempo se consume en el trabajo, convertido en la razón de vivir y unos periodos de ocio marcados también por lo hiperactivo. El hombre de hoy se define por dos conceptos básicos, el trabajo y el consumo. Se consume el tiempo. Nos falta el sentido de la demora contemplativa que nos concede tiempo, la vida gana espacio, duración y amplitud. Decía Heidegger que “la vida contemplativa sin acción está ciega y la vida activa sin contemplación está vacía” y remite a una relación con el mundo a través de la serenidad que nos da “la posibilidad de estar en el mundo de un modo completamente distinto”. Para él, como para nosotros, no había ningún sentido espiritual y menos religioso en la palabra. Decía que es la “elaboración de lo real, que lo persigue y lo pone a seguro”. Contemplación es detenerse en lo que te ocupa, respirar profundo y pausado y tomar conciencia de uno mismo, del propio cuerpo, demorarse, ponerte a seguro, descartar pensamientos sobre “lo que se tiene que hacer”, ejercitar una “mirada interior” que se asocia a lo que tu cuerpo siente, concentrarte en tu propiacepción, en lo que percibe tu piel. Esa “desconexión” de la exigencia radical e implacable de tu trabajo y actividades tiene un efecto sorprendente. Convertirlo en una disciplina recurrente termina dando beneficios evidentes de tipo psicológico y orgánico. Está demostrado. Y avalado científicamente. Decía Tomás de Aquino que cuando se pierden los momentos contemplativos la vida queda reducida al trabajo, a una obligación material. También Aristóteles cuando habla de estilos de vida se refiere al “bios theoreticós” como una vida activa marcada por la contemplación, por la mesura y el sosiego y la pone en la cúspide, donde están los que gobiernan la polis.

La pregunta última que se plantea tras tan larga reflexión es común a varios pensadores de escuelas y culturas totalmente diferentes: ¿Sólo un pensamiento abocado de forma inmanente a la vida, es decir con una energía interna que no requiriera de ayuda o impulso exterior a ella, lograría articularse sin depender en forma alguna del tiempo? Este es un desafío filosófico, científico y ontológico, de primer orden, a la altura del concepto histórico e irresoluble del tiempo.

 

FUENTES

HISTORIA DE LA IDEA DEL TIEMPO.-Henri Bergson.- Trad. Alfaro y Noguez.- Paidós.

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.-Jimena Canales. Arpa

CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Anagrama

DEL “TIEMPO”.-François Jullien.- Trad. Miguel Lancho.-Arena

EL AROMA DEL TIEMPO.-Byung-Chul Han.-Trad. Paula Kuffer. Herder

EL RESPIRAR DE LOS DÍAS.- Josep M. Esquirol. Paidós

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22 enero 2021 5 22 /01 /enero /2021 09:38

 

El 6 de abril de 1922, en la sede de la Société française de philosophie de París, dos grandes  del pensamiento científico y filosófico se reunieron, Albert Einstein, (Nobel de Física), y Henri Bergson (Nóbel de Literatura). El tema básico del encuentro fue el tiempo y , a pesar de la intencionalidad oculta del debate, un improbable acercamiento de las dos potencias rivales en Europa, Alemania y Francia, no hubo acuerdo. Por primera vez desde la edad media la Filosofía volvía a ser la criada respondona que se negaba a aceptar la primacía de su rival. Si en el Medievo ese rival se llamaba la Iglesia, y se tuvo que someter a la Teología,  en el siglo XX era la Ciencia. En el asunto concreto en el que los dos gigantes se enfrentaban ,e l tiempo, el tono del combate fue decidido por el desdeñoso juicio de Einstein, "ya no es el tiempo de los filósofos". Bergson se batió con empeño, convicción y valor  (y más educación), pero Einstein habló de sus ideas -que iban a cambiar al mundo- y prácticamente ignoró la elocuente proclama de Bergson sobre el tiempo, cuyos aspectos intuitivos éste defendía con ardor y con ejemplos de la vida cotidiana. En el fondo, era una batalla imposible, una discusión sin sentido y un choque de inteligencias basadas en premisas divergentes que nunca podrían encontrarse, ya que pertenecían a dominios diferentes. Lo curioso de tal encuentro dialéctico es que ni siquiera se usaba el mismo lenguaje (no me refiero al idioma, francés e inglés, bastantes perfectos en Bergson y mediocres en Einstein).

La mejicana  Jimena Canales, doctora en Historia de las Ciencias por la Universidad de Harvard, nos cuenta las antesalas de este encuentro histórico y las consecuencias y resultados en los medios filosóficos y en los científicos, con apasionados debates entre simpatizantes de ambos genios, entremezclados entre sí, filósofos partidarios de Einstein y científicos que apoyaban a Bergson. Un evidente caos de pensamientos e ideas que el lector encuentra bien delimitado en el libro de Canales,  El físico y el filósofo (Arpa). La autora reconoce la preponderancia de la ciencia cuando uno busca ciertas explicaciones sobre la Naturaleza del tiempo. Parece más útil y lógico adentrarse en los libros de Stephen Hawking, Popper  0 David Landis que en los de Bergson, Emilio Lledó o Bachelard. Pero como escribe Canales, aquél histórico encuentro y sus consecuencias han determinado una corriente muy poderosa  de pensamiento al respecto del tiempo:  "Mi libro es la historia de cómo se pasaron el bastón entre filosofía y teología, cómo las disciplinas que hablaban sobre el tiempo hasta ese momento, incluso el arte y la poesía, fueron dirigiendo sus miradas y su metodología hacia los principios operativos de la ciencia". Ello provocó dice Canales una "mutación" en la relación de los conocimientos sobre ciencia y tecnología y los que proviene de las artes y humanidades, influyendo no sólo en la técnicas y métodos de trabajo sino en la orientación de la búsqueda y en los resultados que se obtienen.

Fuera de esta reseña, en la que se califica de notable el trabajo de esta investigadora, quedan los ataques, desmentidos e ironías que acompañaron la publicación por parte de un determinado número de científicos. Siempre ha sido un baldón en la historia de la ciencia, de la literatura y del arte, cómo la envidia, los celos profesionales, las calumnias o la mezquindad más flagrantes han arruinado. incluso destruido a muchas personas por el hecho de haber descubierto algo que iba contra el paradigma dominante o simplemente por adelantarse o innovar determinados aspectos de la ciencia o las humanidades. Casi cien páginas de notas y bibliografía avalan este trabajo de la investigadora de Historia de la Ciencia, quizá como contundente respuesta a los intentos de desmerecer y banalizar su trabajo.

Uno de los puntos en los que me siento más cercano a Canales es su defensa constante del punto de vista y del trabajo de Bergson y otros filósofos sin menoscabar en absoluto la importancia capital en el desarrollo y progreso de la ciencia por parte de Einstein. Y su conclusión: ambos puntos de vista no son excluyentes. Bergson basa su teoría del tiempo en la duración, un concepto sumamente complejo que se basa en elucidar qué entendemos por "momento" ya que "hay un tiempo en mi memoria que inserta algo del pasado en el presente y algo del futuro (momento) y por tanto el tiempo se percibe en el interior, en el espíritu del hombre". Usamos la intuición para aprehenderlo y percibirlo. Para Einstein el tiempo es algo exterior al hombre, que se puede medir de una forma empírica.

Para un lector con formación filosófica siempre queda como una incógnita interesante para reflexionar la frase de Bergson, años después de ese debate:  "¿qué habría pasado si la ciencia moderna, en lugar de partir de la matemáticas para orientarse en dirección de la mecánica, de la astronomía, de la física y la química y en lugar de hacer converger todos los esfuerzos sobre el estudio de la materia, hubiese comenzado por la consideración del espíritu, el logos, la inteligencia y la ética humanas".

Mi respuesta inmediata sería: Seguramente no tendríamos una sociedad hipertecnificada que se dirige imparablemente hacia el ocaso del ser humano y el colapso del planeta. Pero eso es una hipótesis personal, indemostrable pero difícilmente falseable, del que firma este artículo y que podría ser objeto de deliberaciones interminables. Y quizá ya no nos quede tiempo para ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 ficha

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.- Jimena Canales.- Ed. Arpa.Trad. Alex Guàrdia.-

 

 

 

 

 

 

 

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