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31 enero 2021 7 31 /01 /enero /2021 11:43

Vivimos un tiempo de aceleración patológica en lo que único que importa es la satisfacción del mayor número de supuestas “necesidades” con el mínimo esfuerzo y dentro de la inmediatez si es posible. No da tiempo de tomar pausas, de actitudes reposadas, de reflexionar: consumimos las “razones” que nos sirven previamente masticadas por el Sistema, fáciles de digerir y sin plantearnos su veracidad. Es el tiempo de la “postverdad”, neologismo con el que disfrazamos pura y simplemente la mentira, que campa libremente por las redes y se amplifica por algunos medios de comunicación que más bien lo son de manipulación. Sufrimos el bombardeo incesante de las novedades y no se da tiempo para que se asienten, todos son excepciones y excelencias que arrinconan con su incesante fragor la confortante serenidad de los clásicos, palabra que ha dejado de significar lo que es perenne y que se ha convertido en un producto efímero y ruidoso, consumido con psicótica rapidez y anhelo,  que no deja huella. Y este es el problema capital del tiempo que vivimos: NO DEJA HUELLA (en nuestra psique, sí en nuestras desdichas, cada vez más repartidas).

Sufrimos una devastadora pandemia y bastaría repasar las hemerotecas o los documentos cercanos –el pasado cada vez es más limitado- para observar alucinadamente que las personas olvidan la gravedad,  obsesionadas por “aprovechar” el tiempo de vivir y disfrutar: cosa tan imposible como tratar de alcanzar la propia sombra.

Josep María Esquirol en su excelente “El respirar de los días” nos regaló hace años una lúcida reflexión sobre el tiempo y la vida, los tos términos entrelazados de manera esencial. En un fascinante recorrido Esquirol nos habla de los ritmos acompasados al tiempo orgánico, el desgaste del tiempo que pasa, la irreversibilidad de lo que ocurre, la aceleración que marca el consumo con su dogal de hierro forrado de seda, el tiempo que uno dona a “otro” o a “lo otro”  (Jacques Derrida analiza también el tiempo y su donación), la sabiduría de la voluntaria lentitud, el “kairós” o momento oportuno, el “carpe diem” y la presencia de la muerte en el esquema humano del tiempo, la espera como sentido vinculado del futuro y la  actitud paradójica con la que vivimos el tiempo de lo cotidiano.

Quizá sea posible dejar de concebir el tiempo como una sucesión de momentos o de instantes. Podemos plantear cada instante que viene como una situación que espera respuesta, detenerte, observar lo que adviene y vivirlo intensamente, disfrutarlo como un regalo de la vida. Y alguno de ellos quizá te exija un “tempo” de reacción más lento, un ritmo suave y sosegado. Ello nos llevaría a proponernos un objetivo: organizar la propia vida en torno al principio de serenidad, sosiego: un tiempo para observar y quizá mantenerte en silencio, observar serenamente y sopesar si hay reacción o respuesta…o tal vez no.

Byung-Chul Han también dedicó su “Aroma del tiempo” a una de las actividades y actitudes humanas que fuerzan una valoración distinta del tiempo, la demora como arte para afrontar la “disincronía” en la que vivimos, atomizando y dispersando el sentido y el ritmo de la vida. No hay conclusión de nada y entre las rendijas se nos escapa del tiempo, un resplandor efímero y fugaz. También François Jullien en su “Del Tiempo”, elementos de una filosofía del vivir, acude al pensamiento tradicional chino, principalmente los taoístas, para romper la dicotomía entre el momento que uno hace presente y el proceso que nos lo arrebata de inmediato. Nos pide en definitiva que sigamos la fórmula de Montaigne: vivir a propósito de forma que ese propósito sustituya el corsé del presente por el objetivo.

Y para terminar el recorrido por las fuentes utilizadas en mi reflexión, el “Contra el tiempo” del mejicano Luciano Concheiro, donde con el impulso de la pregunta de Cioran “¿No ha llegado la hora de declararle la guerra al tiempo, nuestro enemigo común?” abundamos en la aceleración como característica del momento que vivimos, de nuestra política, sociedad, relaciones y costumbres…el capitalismo neoliberal obsesionado por el beneficio, la producción y el consumo permanentes, la miopía política cortoplacista y, en lo individual, un stress continuo que genera el sinsentido que nos está matando –con medicaciones contradictorias- casi al mismo ritmo que los virus que hemos potenciado.

Concheiro propone una actitud de resistencia y rechazo al uso habitual del instante y pide una decidida voluntad de suspender el flujo temporal (como si fuera un koan del budismo zen): “un parpadeo durante el cual sentimos que los minutos y las horas no transcurren”. El arte de estar ahí y percibir lo que sucede. El arte de descubrir. El arte de esperar que las cosas se revelen”. Es sólo poder escapar por un momento de la lógica global de la aceleración.

 Esas lecturas me hicieron recordar una cita que adoro: “Si  consideramos la eternidad no como un infinito transcurso de tiempo, sino como la atemporalidad pura y simple,  el hombre que vive en el aquí y en el ahora, vive en la eternidad”. La frase de Wittgenstein me ha acompañado desde hace algunos años. El tiempo, la atemporalidad, la eternidad no metafísica, han sembrado de incógnitas y misterio el devenir cotidiano de mi vida, desconcertado entre la memoria, la contingencia del evento y la fluidez de los momentos que se sucedían en el proceso temporal. Incapaz de frenar una dinámica que no podía controlar pues no dependía de mí. Debía aprender a fluir con ella sin permitir que me desconcertara y me  bloqueara.

No aceptaba la rendida actitud de Proust, devoto del pasado, de los arcanos de la memoria, por fidelidad a su Obra o las elucubraciones de Kafka o Nietszche que iluminaban el proceso del tiempo por una idea filosófica o literaria. Me he sentido más cercano a François Jullién, Byung-Chul, Russell o Wittgenstein, con su ayuda y la de otros maestros quería analizar el tiempo como un aliado, para perfilar una visión superior dirigida a una mejor forma de existencia. Y paladeaba a T.S.Eliot: “Deprisa el ahora, aquí, ahora, siempre/ una condición de plena sencillez/ su precio es más o menos todo/ pero todo estará bien/ y todo género de cosas estarán bien”,  pues solo con la comprensión del tiempo podría alcanzar esa “plena sencillez” que ansiaba.

He recurrido a mis notas sobre el Timeo de Platón (el tiempo en relación con la eternidad), el libro IV de la Física aristotélica, las citas de Plotino o Agustín, hasta llegar a Kant, Schopenhauer, Husserl,  Bergson, Heidegger, o las elucubraciones de Einstein, Popper (no tan alejadas de la aristotélica: el tiempo se percibe entre dos puntos sucesivos del movimiento de un cuerpo) o el coreano Byung-Chul Han. En ellos buscaba palabras sobre ese enigma tan cotidiano. Como brújulas que marcaran mi caminata por el discurrir temporal.  ¿Hay quien en algún momento de su vida no se ha planteado la naturaleza y carácter del tiempo, desde la compleja sensación subjetiva, hasta los conceptos budistas o taoístas? Rememoro la célebre controversia (no resuelta) entre Einstein y Bergson sobre la naturaleza del tiempo, desde los puntos de vista de la física y los de la filosofía, la reflexión sobre el tiempo no ha cesado y nos ha ofrecido paradojas como la semejanza  entre el concepto kantiano del tiempo como una  línea que se prolonga hasta el infinito y la irreversibilidad de la “flecha del tiempo” que consagra el segundo principio de la termodinámica.

Como humilde practicante de la filosofía, he transitado a menudo por el sendero especulativo entre el tiempo físico-cuántico, un “continuum” anti intuitivo que se apoya en el movimiento, un presente instantáneo que como su nombre indica es in-stans (que no se detiene y por tanto no se tiene); el tiempo metafísico que opone lo temporal a lo eterno, e implica un presente eterno, estable;  el del lenguaje, que se alimenta de tiempos verbales; el “subjetivo” que siembra a la filosofía, la psicología, la antropología y las ciencias de la Naturaleza; y al Hombre, el ser que, a través de cientos de miles de sinapsis de neuronas inclasificables distingue entre el tiempo vivido y el narrado: desde la biología (y su “reloj” interno corporal) a la neurología (el cerebro que “almacena” en la memoria el tiempo pasado y se proyecta al tiempo futuro).

El reciente libro de la mejicana Jimena Canales, de la Universidad de Harvard, “El físico y el filósofo”, trata de ilustrar, de forma clara las citadas controversias en torno al tiempo. Y nos recuerda que tal discusión, sin acuerdo posible, abrió una profunda brecha entre la filosofía y la ciencia, en  menoscabo de la primera y supremacía de la segunda. La frase de Einstein sobre que “el tiempo de los filósofos no existe” sonó a campanadas de duelo por la filosofía, que se veía, como en la edad media, condenada a ser la “sierva”, entonces de la Teología y hoy de la Ciencia, la nueva religión (y mitología) de nuestros tiempos.

Bergson influyó fuertemente en el uso literario del tiempo por algunos de los grandes del siglo XX, William Faulkner, Virginia Woolf, T.S. Eliot, J.B. Priestley (“La herida del tiempo”), Tennessee Williams, James Joyce y por supuesto en su pariente Marcel Proust (en 1892, Bergson se casó con Louise Neuberger, prima de la madre de Marcel), que llamó a su obra capital “En busca del tiempo perdido”. Quizá algún día se nos revele qué es el tiempo y sea un científico filósofo o narrador, el que lo haga.

Pero mientras, entre las personas que no suelen filosofar y que se dedican a vivir sus vidas lo mejor que saben y pueden, el tiempo es una obviedad que esconde un enigma. Como dijo Agustín (el santo pensador) mientras hablamos del tiempo creemos saber de qué estamos hablando, pero si alguien nos pregunta qué es y nos pide que expliquemos, que razonemos, que argumentemos la respuesta, nos quedamos mudos, sin palabras, absortos y perplejos. También diría en una especie de oración: “Os confieso, Señor, que ignoro aún la naturaleza del tiempo. Por el contrario, sé que es en el tiempo donde digo estas cosas”. Algo tan sutil, que pesa tanto en nuestra existencia, que la limita y la define, la concreta y la oculta, que nos acompaña desde que tenemos uso de razón y hasta el momento en que dejamos este mundo, que lo usamos sin darnos cuenta y nos angustiamos cuando creemos perderlo o malgastarlo…es un enigma que por el momento los grandes cerebros humanos no lo  han podido resolver a la entera satisfacción de todos, sino de forma parcial, como una aplicación empírica.  No dejamos de citarlo, directa o indirectamente, pero en esencia, podríamos decir que es de la misma materia que sustenta a los sueños, como la poesía, la creatividad o la trascendencia. Es una entelequia anclada en la obviedad.

La dicotomía tiempo-vida en meramente humana y está ligada inextricablemente al lenguaje. Es decir, al calificarlo de dicotomía  ¿dividimos en dos partes un solo concepto? Uno está inclinado a pensar que nuestra vida la definimos a través del tiempo, gracias a su instrumento la memoria, y proyectamos los deseos (componente esencial de la vida) hacia el futuro, que es tiempo y está íntimamente comunicado con el pasado y el presente, el cual se desvanece constantemente con un pie en lo que fue y otro en lo que será. Resulta difícil percibir cómo se puede vivir en el presente permanente, a pesar de que la filosofía, las disciplinas espirituales, muchos científicos y poetas y el simple sentido común llevan siglos aconsejándolo. Quizá haya que seguir el consejo de Bergson y considerar el tiempo “tal como es planteado por el lenguaje”. Sin más, sin pretender ahondar en el problema, ya que según Agustín y Wittgenstein “la inteligencia del tiempo está fundida en la lengua”.

Vivir en el “pliego del tiempo”  como aconsejan los taoístas chinos o en la “intuición de la duración” que sugiere Bergson o quizá seguir el consejo de Montaigne que se instalaba en un vivir “a propósito” o en el Kairós o “momento oportuno” de los estoicos y epicúreos griegos, o como decía el escéptico Pirrón, simplemente hacer como si no existiera, o llevarlo al “origen de nuestra experiencia” de Heidegger… todos estos intentos resaltan un hecho: la filosofía no ha dejado nunca de subordinarse a la incógnita activa del tiempo, es el “lugar enigmático” de la filosofía. En vista de ello quizá se podría plantear la aplicación de la “atención plena” al instante absoluto en que alientas, aceptando su carácter efímero, su esencia de proceso permanente equilibrada por la necesidad de romper esa continuidad a través de la contemplación, de instantes homeopáticos de ruptura de la tensión, tal como propone el zen, el sinólogo Jullien o el filósofo coreano Chul Han. ¿No podría tal práctica articular una aparente integración del tiempo en nuestra existencia de una forma creativa, desligándolo de la vida en la forma en que lo hace en nuestra cultura occidental neoliberal? Aunque por supuesto ello no resolvería el enigma de su naturaleza esquiva y omnipresente, tal vez disminuiría las fatales consecuencias que la dictadura del tiempo ejerce sobre las personas. El tiempo y el vivir se afectan mutuamente y la falta de articulación entre estas dos cuestiones está afectando negativamente nuestros estilos de vida y la preponderancia de cualquiera de esos dos elementos fuerzan la esclavitud voluntaria del Ser. ¿Debemos seguir el aforismo de Wittgenstein? De aquello de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio. ¿No será el silencio contemplativo una misteriosa y oculta puerta para salir del laberinto? ¿No sería el latino “tempus capere” (aprovechar la ocasión) los que hay que hacer? Esperar el momento adecuado (eukairía: la oportunidad) y no dejar que se pierda: estrategia vital y olvídate de teorizar, la atención al acto se convierte en tiempo propicio.

Pero este solo se alcanza, interviene el taoísmo, cuando el que reflexiona está disponible, está abierto a lo que acontece, sin embarazarse con planes, proyectos o teorías. Debe aprender a evolucionar a voluntad, alzándose fuera del marco de los intereses y las normas. La capacidad de adherirse en todo momento a la modificación del momento que es característica propia del tiempo. En la liberación taoísta, ser congruente con el momento en todo momento, liberados de los lazos con los que nos someten las cosas y los seres.

Escribía muy proféticamente Nietzsche: “Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna  época anterior se han cotizado tanto los muy activos, los desasosegados por el trabajo sacralizado. Entre las correcciones necesarias que debería hacerse en el carácter de los humanos está el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”. Las personas se ahogan en un laborar continuo, una hiperactividad letal, precisan de espacios de otium que no sea el de simple recuperación para trabajar más. El estilo de vida neoliberal ha creado una “sociedad del trabajo”, en la que el trabajo en sí está separado de la vida, se ha convertido en un fin en sí mismo. Se ha totalizado tanto que más allá del tiempo laboral “sólo queda matar el tiempo”.  El tiempo se consume en el trabajo, convertido en la razón de vivir y unos periodos de ocio marcados también por lo hiperactivo. El hombre de hoy se define por dos conceptos básicos, el trabajo y el consumo. Se consume el tiempo. Nos falta el sentido de la demora contemplativa que nos concede tiempo, la vida gana espacio, duración y amplitud. Decía Heidegger que “la vida contemplativa sin acción está ciega y la vida activa sin contemplación está vacía” y remite a una relación con el mundo a través de la serenidad que nos da “la posibilidad de estar en el mundo de un modo completamente distinto”. Para él, como para nosotros, no había ningún sentido espiritual y menos religioso en la palabra. Decía que es la “elaboración de lo real, que lo persigue y lo pone a seguro”. Contemplación es detenerse en lo que te ocupa, respirar profundo y pausado y tomar conciencia de uno mismo, del propio cuerpo, demorarse, ponerte a seguro, descartar pensamientos sobre “lo que se tiene que hacer”, ejercitar una “mirada interior” que se asocia a lo que tu cuerpo siente, concentrarte en tu propiacepción, en lo que percibe tu piel. Esa “desconexión” de la exigencia radical e implacable de tu trabajo y actividades tiene un efecto sorprendente. Convertirlo en una disciplina recurrente termina dando beneficios evidentes de tipo psicológico y orgánico. Está demostrado. Y avalado científicamente. Decía Tomás de Aquino que cuando se pierden los momentos contemplativos la vida queda reducida al trabajo, a una obligación material. También Aristóteles cuando habla de estilos de vida se refiere al “bios theoreticós” como una vida activa marcada por la contemplación, por la mesura y el sosiego y la pone en la cúspide, donde están los que gobiernan la polis.

La pregunta última que se plantea tras tan larga reflexión es común a varios pensadores de escuelas y culturas totalmente diferentes: ¿Sólo un pensamiento abocado de forma inmanente a la vida, es decir con una energía interna que no requiriera de ayuda o impulso exterior a ella, lograría articularse sin depender en forma alguna del tiempo? Este es un desafío filosófico, científico y ontológico, de primer orden, a la altura del concepto histórico e irresoluble del tiempo.

 

FUENTES

HISTORIA DE LA IDEA DEL TIEMPO.-Henri Bergson.- Trad. Alfaro y Noguez.- Paidós.

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.-Jimena Canales. Arpa

CONTRA EL TIEMPO.-Luciano Concheiro.- Anagrama

DEL “TIEMPO”.-François Jullien.- Trad. Miguel Lancho.-Arena

EL AROMA DEL TIEMPO.-Byung-Chul Han.-Trad. Paula Kuffer. Herder

EL RESPIRAR DE LOS DÍAS.- Josep M. Esquirol. Paidós

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22 enero 2021 5 22 /01 /enero /2021 09:38

 

El 6 de abril de 1922, en la sede de la Société française de philosophie de París, dos grandes  del pensamiento científico y filosófico se reunieron, Albert Einstein, (Nobel de Física), y Henri Bergson (Nóbel de Literatura). El tema básico del encuentro fue el tiempo y , a pesar de la intencionalidad oculta del debate, un improbable acercamiento de las dos potencias rivales en Europa, Alemania y Francia, no hubo acuerdo. Por primera vez desde la edad media la Filosofía volvía a ser la criada respondona que se negaba a aceptar la primacía de su rival. Si en el Medievo ese rival se llamaba la Iglesia, y se tuvo que someter a la Teología,  en el siglo XX era la Ciencia. En el asunto concreto en el que los dos gigantes se enfrentaban ,e l tiempo, el tono del combate fue decidido por el desdeñoso juicio de Einstein, "ya no es el tiempo de los filósofos". Bergson se batió con empeño, convicción y valor  (y más educación), pero Einstein habló de sus ideas -que iban a cambiar al mundo- y prácticamente ignoró la elocuente proclama de Bergson sobre el tiempo, cuyos aspectos intuitivos éste defendía con ardor y con ejemplos de la vida cotidiana. En el fondo, era una batalla imposible, una discusión sin sentido y un choque de inteligencias basadas en premisas divergentes que nunca podrían encontrarse, ya que pertenecían a dominios diferentes. Lo curioso de tal encuentro dialéctico es que ni siquiera se usaba el mismo lenguaje (no me refiero al idioma, francés e inglés, bastantes perfectos en Bergson y mediocres en Einstein).

La mejicana  Jimena Canales, doctora en Historia de las Ciencias por la Universidad de Harvard, nos cuenta las antesalas de este encuentro histórico y las consecuencias y resultados en los medios filosóficos y en los científicos, con apasionados debates entre simpatizantes de ambos genios, entremezclados entre sí, filósofos partidarios de Einstein y científicos que apoyaban a Bergson. Un evidente caos de pensamientos e ideas que el lector encuentra bien delimitado en el libro de Canales,  El físico y el filósofo (Arpa). La autora reconoce la preponderancia de la ciencia cuando uno busca ciertas explicaciones sobre la Naturaleza del tiempo. Parece más útil y lógico adentrarse en los libros de Stephen Hawking, Popper  0 David Landis que en los de Bergson, Emilio Lledó o Bachelard. Pero como escribe Canales, aquél histórico encuentro y sus consecuencias han determinado una corriente muy poderosa  de pensamiento al respecto del tiempo:  "Mi libro es la historia de cómo se pasaron el bastón entre filosofía y teología, cómo las disciplinas que hablaban sobre el tiempo hasta ese momento, incluso el arte y la poesía, fueron dirigiendo sus miradas y su metodología hacia los principios operativos de la ciencia". Ello provocó dice Canales una "mutación" en la relación de los conocimientos sobre ciencia y tecnología y los que proviene de las artes y humanidades, influyendo no sólo en la técnicas y métodos de trabajo sino en la orientación de la búsqueda y en los resultados que se obtienen.

Fuera de esta reseña, en la que se califica de notable el trabajo de esta investigadora, quedan los ataques, desmentidos e ironías que acompañaron la publicación por parte de un determinado número de científicos. Siempre ha sido un baldón en la historia de la ciencia, de la literatura y del arte, cómo la envidia, los celos profesionales, las calumnias o la mezquindad más flagrantes han arruinado. incluso destruido a muchas personas por el hecho de haber descubierto algo que iba contra el paradigma dominante o simplemente por adelantarse o innovar determinados aspectos de la ciencia o las humanidades. Casi cien páginas de notas y bibliografía avalan este trabajo de la investigadora de Historia de la Ciencia, quizá como contundente respuesta a los intentos de desmerecer y banalizar su trabajo.

Uno de los puntos en los que me siento más cercano a Canales es su defensa constante del punto de vista y del trabajo de Bergson y otros filósofos sin menoscabar en absoluto la importancia capital en el desarrollo y progreso de la ciencia por parte de Einstein. Y su conclusión: ambos puntos de vista no son excluyentes. Bergson basa su teoría del tiempo en la duración, un concepto sumamente complejo que se basa en elucidar qué entendemos por "momento" ya que "hay un tiempo en mi memoria que inserta algo del pasado en el presente y algo del futuro (momento) y por tanto el tiempo se percibe en el interior, en el espíritu del hombre". Usamos la intuición para aprehenderlo y percibirlo. Para Einstein el tiempo es algo exterior al hombre, que se puede medir de una forma empírica.

Para un lector con formación filosófica siempre queda como una incógnita interesante para reflexionar la frase de Bergson, años después de ese debate:  "¿qué habría pasado si la ciencia moderna, en lugar de partir de la matemáticas para orientarse en dirección de la mecánica, de la astronomía, de la física y la química y en lugar de hacer converger todos los esfuerzos sobre el estudio de la materia, hubiese comenzado por la consideración del espíritu, el logos, la inteligencia y la ética humanas".

Mi respuesta inmediata sería: Seguramente no tendríamos una sociedad hipertecnificada que se dirige imparablemente hacia el ocaso del ser humano y el colapso del planeta. Pero eso es una hipótesis personal, indemostrable pero difícilmente falseable, del que firma este artículo y que podría ser objeto de deliberaciones interminables. Y quizá ya no nos quede tiempo para ello.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 ficha

EL FÍSICO Y EL FILÓSOFO.- Jimena Canales.- Ed. Arpa.Trad. Alex Guàrdia.-

 

 

 

 

 

 

 

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20 noviembre 2020 5 20 /11 /noviembre /2020 10:22

 Es un desafío magnífico. Si en el pasado los retos humanos con el medio se relacionaban con descubrimientos geográficos, de tierras, civilizaciones ocultas y aborígenes en tierras extrañas y en el próximo futuro con nuevos planetas habitables y quién sabe si con culturas alienígenas, ya llevamos muchos siglos, casi tantos como tiene el hombre, preocupándonos por descubrir una "terra incógnita" que siempre hemos tenido dentro de nosotros: la naturaleza, posibilidades y funciones de nuestro propio cerebro. He aquí un reto inconmensurable, ya que como decía el poeta Blake,  el infinito cabe en nuestra propia mente.

El libro de Isabel Güell hace un exhaustivo viaje a través de  las posibilidades del cerebro a la luz de los últimos descubrimientos  de las neurociencias sin apartarse del rigor científico pero con el suficiente olfato comunicativo para hacerlo de forma amena, desde la complejidad de las emociones y su fundamental papel en la teoría del conocimiento  hasta cuestiones operativas básicas como la generación del lenguaje, las complejidades de la causación de los movimientos y sus correlatos cerebrales, la extraordinaria estructura y funcionamiento de la memoria, los enlazamientos neuronales que facilitan la acción, las afasias, en suma la casuística que se desliza desde la propia evolución del cerebro hasta lo que sabemos de su estructuración y funcionamiento.

Saber que cada nueva experiencia modifica la estructura y relaciones intercerebrales sin importar si se trata de un cerebro joven o del de un anciano, conocer la plasticidad de este órgano maravilloso, conocer sus entramados funcionales y verlos reflejados a través de una serie de ejemplos clínicos que la autora ha conocido en el ejercicio como neuróloga en el Instituto Dexeus y la clínica Teknon de Barcelona, es un doble ejercicio de conocimiento y praxis que desvincula el libro de la árida objetividad de un manual científico para convertirlo en un apasionante viaje por el entramado humano de los pacientes. Como exigían los antiguos pedagogos, no se puede enseñar ninguna teoría "sine exemplum" (exemplum, es la construcción retórica de la realidad, básica para la argumentación y para hacer más agradable el discurso).

En Suiza los científicos que trabajan en el Blue Brain Project han descubierto que nuestro cerebro tiene algunas estructuras capaces de procesar hasta once dimensiones, con lo que determinadas experiencias que antes formaban parte de la ciencia ficción o la parapsicología comienzan a tener un potencial científico que permitiría "despertar" empíricamente tales funciones, como las llamadas sinestias, por ejemplo, "escuchar colores, saborear palabras o ver sonidos" sin que tengamos que llamar a urgencias de una clínica neurológica o pedir hora al psiquiatra más cercano.

Concretamente,  los neurocientíficos han usado topología algebraica, una rama de las matemáticas que puede describir sistemas con cualquier número de dimensiones, para descubrir estructuras y espacios multidimensionales en el cerebro. Pongo entre paréntesis esta información por falta de documentación especializada y el criterio profesional de alguien mejor formado que yo en esas áreas.

Una de las preguntas que me estimula leyendo el libro de Isabel Güell, es la función de la memoria, su estructura, funcionalidad y operatividad . A veces en la práctica psicológica uno tiene "insigths" o intuiciones que años más tarde los avances neurocientíficos corroboran (aunque sea más frecuente que la ciencia los falsee). Pero mi creencia, entonces sin fundamento científico, de que el global deterioro cognitivo que la edad producía en el cerebro era una falacia, fue confirmada por la neurología muchos años más tarde de que yo abandonara la Universidad. La plasticidad del cerebro demostraba que las neuronas no morían implacablemente en la vejez, sino que, en cierta forma, se podía alargar e incrementar su vida útil si las personas no dejan de ejercitar su cerebro, desde hacer crucigramas a aprender idiomas o subir montañas, dedicar tiempo a cocinar, jardinería o informática, hacer senderismo en grupo o formar parte de una escuela de baile o de profesor voluntario para niños inmigrantes.

Además, tomen nota las empresas, desestimar la experiencia de los empleados mayores es un error. Se ha descubierto en técnicas de resolución de problemas que los cerebros de esas personas -no de todas, sólo los que no han dejado de ejercitar su cerebro- da con soluciones mucho mas rápido y eficazmente que los jóvenes, debido a la  capacidad de sus cerebros de saltar pasos intermedios del proceso de búsqueda aprovechando circuitos de memoria que recuerdan problemas semejantes en el pasado. Como dijo el neurobiólogo alemán Martin Korte, "las neuronas resisten más el deterioro cuanto más se usen".

Así que los mayores de 50 años apunten: nada de multitareas, una sola cada vez y con la máxima concentración; pierdan el miedo a fracasar, eso entorpece el éxito y además, uno aprende mucho más de los errores; almacenamos mejor la información si la leemos en un libro, no en pantallas, y tomamos notas o gráficos a mano,la memoria visual es mas eficaz. Escuchar música o aprender a tocar un instrumento, jugar al ajedrez, relacionarte  y darle toda la marcha posible al cerebro. Les auguro una vejez activa.

La  autora, además de informarnos, se permite alguna que otra especulación -la imaginación es un valor activo para el cerebro- que reluce en sus páginas llenas de datos, conceptos y experiencias clínica como una ventana abierta a la fantasía. Así casi al final del libro escribe: "Tal vez nuestro cerebro encierre mucho más conocimiento del que somos capaces de imaginar. ¿Y si el saber estuviera predeterminado entre nuestra neuronas del mismo modo que ocurre con el lenguaje? Recuerdos como almas inmortales navegando por nuestras vías neuronales rescatables a través de la reflexión o estímulos ambientales apropiados? ¿Por qué no?". Efectivamente,  Isabel,  ¿por qué no?  Alguna vez el que esto suscribe en plena sesión de meditación zen, con gran sorpresa, "ha rescatado" algún lejano suceso interior que parece haber sido escogido por su relevancia psicológica en el momento actual que vivía.  Mi escepticismo largamente cultivado por la razón y la voluntad se ha rebelado de inmediato, pero la duda y la admiración por esta inconcebible "caja negra" que es la memoria dentro del cerebro, han crecido exponencialmente.

Libros como el que les recomiendo es, en su sencillez y claridad, un estímulo para ahondar en nuestra lecturas sobre el cerebro, esa caja mágica que la Naturaleza nos ha regalado y de cuyo funcionamiento y capacidades seguimos teniendo, a pesar de todo, un conocimiento relativo. Es una aventura apasionante..

 

FICHA

EL CEREBRO AL DESCUBIERTO.- Isabel Güell.- Editorial Kairós. 191 págs.

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16 noviembre 2020 1 16 /11 /noviembre /2020 10:07

García Campayo, psiquiatra, catedrático de la Universidad de Zaragoza, investigador y practicante de disciplinas psicofísicas y espirituales, especialista en mind-fulness firma un notable trabajo en torno a la deconstrucción del yo, a través de ciertas cualidades de la mente (metacognición, descentramiento y no apego) que suelen ser objetivos de disciplinas espirituales de la calidad del zen, el budismo tibetano, cierta filosofía greco-latina o el taoísmo, sumados a técnicas empíricas como el mindfulness y sus ramas especializadas en reducción del stress, terapia cognitiva o dialéctico conductual. Basado en la no dualidad entre el sujeto y el objeto, el yo y los otros, el uso del término “deconstrucción”, debido a sus connotaciones lingüísticas y psicoanalíticas y la rebuscada terminología del estructuralismo, resultaba alarmante y confuso. En las venerables técnicas de búsqueda de la vacuidad en las que se basa, por ejemplo, el zen (con el que estoy familiarizado) suele haber una advertencia implícita para los que inician esas vías: antes de desestructurar el yo, debes asegurarte de tener un yo estructurado de una forma correcta. Es un trabajo que se debe hacer “después” de haber alcanzado un equilibrio psíquico en el que el yo forma parte, no “antes”. No tener en cuenta esta importante requisito es abrir la puerta no sólo a la ineficacia real de la disciplina sino a ciertos desórdenes psicológicos, en el mejor de los casos, y a a ciertas patologías en casos extremos. No se juega con la mente profunda.

Afortunadamente el profesor  García Campayo tiene en cuenta  ese problema metodológico y recomienda numerosas “prácticas” en las que propone medidas progresivas y una gran cautela en el enorme trabajo a realizar. Nos recuerda en algún momento la frase de Suzuki Roshi “Nada de lo que está fuera de vosotros puede causaros ningún problema. Solo tú eres quien genera los movimientos de la mente hacia el sufrimiento o la aceptación”. Así que es esa mente indagadora la que hay que “vaciar”previamente de todos sus contenidos –excepto los meramente operativos-  que son los que configuran el “yo” que hemos de “deconstruir”. Y lo hace recomendando, “No mezcles la mente con pensamientos, emociones o sensaciones. Intenta sentir qué es lo que realmente eres”.

Hay que resaltar la enorme cantidad y calidad de información que el autor nos facilita sobre todos los movimientos, técnicas y disciplinas que se ocupan de la no dualidad y la vacuidad. Se percibe también la voluntad de hacerlos comprensibles y de proporcionar medios para entrar en ese difícil camino de equilibrio psíquico y espiritual. En esencia, el autor nos viene a decir: no importan los medios o vehículos que utilices, su conocimiento no te llevará a la verdad, pero su práctica, en algún momento, sincronizará con ella. Y una vez cruzado el río hacia la sabiduría, la balsa o canoa utilizada –los conocimientos- puedes dejarla en la otra orilla. La afortunada conexión interdisciplinar entre las especialidades científicas dedicadas al funcionamiento del cerebro y la mente y las venerables y eficaces disciplinas orientales dedicadas a promover el equilibrio y el bienestar como camino hacia objetivos metafísicos y espirituales de cara a la ansiada "liberación o iluminación" del ser humano, logra extender el interés de este libro hacia algo más que simple información o utilidad de conocimiento: puede provocar un impulso hacia la búsqueda de la excelencia personal del lector y eso, en sí mismo, es el efecto de mayor interés que ansía cualquier autor.

VACUIDAD Y NO-DUALIDAD.- Javier García Campayo.- Ed. Kairós.- 499 págs.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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24 octubre 2020 6 24 /10 /octubre /2020 09:01

Ya sea por la vía de una cierta espiritualidad  liberada de aspectos religiosos o por la vía del empirismo científico y riguroso apoyado en técnicas y conocimientos que van desde la neurología avanzada a complejos estudios psicológicos empíricamente valorados, la dualidad sabiduría-conocimiento  muestra que ni estos elementos son semejantes, ni rivales, ni están confrontados. Son, en el mejor de los casos, complementarios. Puede haber sabiduría sin conocimientos librescos o científicos y puede haber conocimientos extensos sin un solo gramo de sabiduría auténtica. Una cosa no presupone la otra necesariamente. La historia de la ciencia, la filosofía, la literatura, muestra ejemplos de personas de gran erudición que han sido muy desdichados y han extendido en torno a sí esa desdicha y, al contrario, ejemplos, a veces anónimos, de personas dotadas de una sabiduría profunda, con escasos conocimientos técnicos o profesionales. Estas han vivido una existencia de bondad, servicio, generosidad y amor; ejemplos de un admirable equilibrio y fortaleza, incluso en condiciones salvajemente duras.

Para ilustrar la aparente dicotomía entre los considerados “sabios” y  los que “sólo” tienen amplios conocimientos de todo tipo, lean este libro que apuntan formas de superar el enigma: la obra de un conocido científico cuestionado por sus colegas a pesar de sus notables ideas,  Rupert Sheldrake, cuya “resonancia mórfica” fue uno de los principios de la “New Age” en la ciencia de hace unos años. El  controvertido biólogo provocó la ira de muchos científicos con su teoría de la “resonancia mórfica”, publicada en su libro A New Science of Life: The Hypothesis of Morphic Resonance ('Una nueva ciencia de la vida: la hipótesis de la resonancia mórfica'), en 1981.  En esencia venía a rechazar el esquema de un universo mecánico y abonar la existencia de una memoria colectiva dentro de las especies. Según este heterodoxo científico británico, existe un proceso de conexión no material llamado “resonancia mórfica” que propaga la memoria de la naturaleza y determina la evolución de las especies ya que  la probabilidad de ocurrencia de un fenómeno aumenta proporcionalmente a su ocurrencia pasada”. Ejemplo: tiempo después de que las ratas de un laboratorio de Cambridge aprenden a escapar de un laberinto, las ratas de otro laboratorio de Nueva Delhi o Barcelona- sin ningún contacto entre ellas o entre los que las usan- escapan mucho más rápidamente de un laberinto similar.  Esa hipótesis es interesante pero vaga y falseable, dado que por el momento no ha sido demostrada de forma empírica, ya que los experimentos no se han podido reproducir.  Ya desde el principio le valió a Sheldrake ser calificado por una revista científica como “el mejor candidato a la hoguera que se ha visto en muchos años”. El mismo año  de la aparición del libro, la revista Nature publicó un editorial de John Maddox, su editor jefe, titulado ¿Un libro para quemar?, donde decía: " los argumentos de Sheldrake no son, en ningún sentido, argumentos científicos, sino un ejercicio de pseudociencia...".

Sin embargo, lejos de todo esto, pero tal vez imbuido por el mismo aliento  heterodoxo y experimental, Sheldrake, en su libro “Caminos para ir más allá” nos ofrece un manual de técnicas y sistemas para alcanzar estados alterados de conciencia con fines espirituales y de mejora personal. Se trata de un libro inspirador, serio y documentado, cuidadoso con las fronteras científicas. Útil para cualquiera que quiera lograr esa visión clara de lo real, simplemente de una forma peculiar de existir en la vida cotidiana, a través  de la práctica deportiva, la observación de los comportamientos de algunos animales o la contemplación de la naturaleza, el poder de la oración, la práctica del ayuno, los efectos de algunos psicodélicos, y, naturalmente, la generación de buenos hábitos para lograr ese difícil equilibrio de la vida plena. La utilidad de las siete prácticas espirituales analizadas no estriba en seguirlas para obtener beneficios en la salud o para ser más felices o tener más éxito, sino para conseguir sentir la “conexión” con una conciencia, un ser o una presencia superiores. “Incluso una experiencia breve de un estado de conexión gozosa -nos dice Sheldrake- puede bastar para cambiar el curso de la vida de alguien”. No se trata de establecer contactos con misteriosos seres espirituales fuera del mundo físico, sino que es el resultado de los efectos fisiológicos, químicos y físicos sobre el cuerpo y el cerebro causados por esas prácticas.

Y concluye: “En la medida en que todas esas prácticas espirituales pueden conducirnos a un mayor sentido de conexión con la totalidad … expanden nuestra conciencia de parentesco con otras personas, animales, plantas y árboles, ríos y océanos, rocas y tierra, con toda la Naturaleza. Y eso nos motiva para tener un comportamiento amable y  trabajar para un bien común, superior al individual".

Por lo tanto el "Ir más allá" de Sheldrake consiste en pasar a un estado superior de consciencia, a un lugar donde es posible percibir una mayor comprensión, amor y conexión con lo y los que nos rodean, donde quizá podamos encontrar el significado de la vida. Sheldrake investiga por qué funcionan esas antiguas disciplinas espirituales y físicas, en qué forma interactúan con nuestro cerebro provocando en algunos casos formas expandidas de consciencia. Interesante, incluso para un escéptico como yo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

CAMINOS PARA IR MÁS ALLÁ.- Rupert Sheldrake.- Ed. Kairós. Trad. Vicente Merlo. 418 págs

 

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31 agosto 2020 1 31 /08 /agosto /2020 11:39
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23 agosto 2020 7 23 /08 /agosto /2020 09:02

Siempre me he sentido atraído por Spinoza, deslumbrado con su pensamiento, intrigado por su vida y perplejo por  las dificultades inherentes a su lectura. Como Sócrates, Montaigne, Russell, Wittgenstein, Epicuro o Pirrón pertenece al grupo no muy amplio de filósofos vitalistas, es decir, aquellos que viven la filosofía como una forma o estilo de vida. Y al más reducido círculo de los que pagaron con persecuciones, acosos sociales o religiosos, ataques físicos e incluso la tortura y la muerte, la coherencia existencial con sus ideas. Nació en Amsterdam en 1632,  hijo de padres judíos de origen portugués y español. Fue temprano lector de Lucrecio, Hobbes, Cervantes, Quevedo, Góngora y Giordano Bruno.  Toda su filosofía es una meditación sobre Dios, pero no de un Dios trascendente como en las tres religiones monoteístas sino de un Dios que es, en sí mismo. tiempo, materia y espíritu. Semejante idea le valió el anatema total y la expulsión de la Sinagoga y de la fe judía y con el tiempo (mal interpretado y menos entendido) se le calificó de uno de los primeros ateos de la historia. Murió joven, 44 años, y rechazado por su comunidad, a causa de una enfermedad pulmonar, tisis, provocada por el polvo que inhalaba debido a su oficio de pulidor de lentes.

De su filosofía, principalmente su "Etica" ("Demostrada según el orden geométrico") o su "Tratado teológico político", han surgido muchas de las reflexiones que me han facilitado la vida y agudizado el entendimiento en asuntos religiosos, morales, políticos o históricos. Aparte de inspirarme cierta alegría de vivir, amor a la Naturaleza y ética personal que han guiado mi vida en momentos delicados y en los asuntos cotidianos. Su norma existencial "Caute!" (cautela en el pensar, el hablar y el actuar) me ha librado de buenos líos a través de los años. De todas formas incido en mi observación al principio de este texto: es de lectura dificultosa. Precisamente por eso, libros como el que hoy les recomiendo, "Spinoza y el libro de la vida" de Steven B. Smith (profesor de ciencia política en la Universidad de Yale), junto a "En busca de Spinoza" de Antonio Damasio (uno de los neurólogos más conocidos y respetados, norteamericano de origen portugués) nos ilustrarán de manera muy eficaz en la importancia de la obra de Spinoza en la historia de la Filosofía y las influencias que su pensamiento tuvo en los más grandes filósofos del siglo XX y del actual.

Es uno de los más citados pensadores en todos los que luchamos por la libertad de pensamiento, la hegemonía de la razón, la igualdad y la solidaridad humana por encima de razas y nacionalidades, en busca de la convivencia pacífica y el progreso sostenible y ecológico. Seguidor de las ideas estoicas greco-romanas. Spinoza cultivó una austeridad y una sencillez ejemplares en su vida y un estado de bienestar mental y alegría. Opinaba que el amor al conocimiento, al arte y a la vida y la contemplación en la Naturaleza, eran en sí mismas las vías para alcanzar la sabiduría.

Spinoza sostiene, según un comentarista al que cito por su claridad expositiva pero del que, lamentablemente no conozco el nombre, que "Dios es lo uno y lo múltiple. Para conocerlo, solo tenemos que observar y estudiar la totalidad de la que formamos parte. Dios no está en lo alto, sino en el aquí y ahora. En la filosofía de Spinoza no hay ninguna concesión a la trascendencia. Dios no es lo que está más allá, sino la red infinita que nos envuelve. Al señalar la extensión como atributo infinito de Dios, Spinoza impugna la idea bíblica de la creación, donde la materia solo es una herramienta o sustrato, no algo divino. El hombre participa del conatus o impulso por perseverar en la existencia común a todos los seres vivos. Esa es su “chispa divina”, no la quimérica humanidad de Dios. El alma del hombre solo es una idea, la conciencia reflexiva de su realidad corporal. Para Spinoza la virtud es obrar bajo la luz de la razón, con una comprensión adecuada de las cosas, intentando no ser objetos pasivos de las circunstancias y las emociones. La virtud nos hace obrar bien y no hay mayor felicidad... ya que el sabio contempla el universo “sub specie aeternitatis”, es decir, como un todo regulado por la razón y la necesidad." Un hombre libre reserva su sabiduría para meditar sobre la vida, no sobre el morir. Arrepentirse es un gesto estéril. El que lo hace es “doblemente miserable e impotente”. Hay que abstenerse de condenar. Lo esencial es comprender, especialmente nuestros propios errores, y saber que “no queremos, apetecemos, ni deseamos algo porque lo juzgamos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo queremos, apetecemos y deseamos”.

Como dice  Steven B. Smith, Spinoza "nos enseña a abrazar el mundo, más bien que a huir de él; a mirar la libertad como una bendición, más que como a una desgracia: a encontrar placer en esas cosas que tienden a incrementar nuestra sensación de poder y capacidad de actuación. Su pureza y osadía como pensador provocó que por razones religiosas no fuera reivindicado como filósofo hasta fines del siglo  XVIII y principio del XIX por los idealistas alemanes (Goethe y Novalis entre ellos) que rechazaron su presunto ateísmo para paradójica y más justamente calificarlo como el "filósofo ebrio de Dios".De su actualidad y por tanto la pertinencia de dedicar un tiempo gratificante a leer los dos libros que recomiendo habla el hecho de que Spinoza fue el profeta de una doctrina absolutamente presente: la defensa de la individualidad, la creatividad y la celebración de la vida como libertad. Y el repudio de todo o que mutila, mortifica o denigra la libertad, la solidaridad y la vida.

FICHAS

SPINOZA Y EL LIBRO DE LA VIDA.- Steven B. Smith.- Trad. Juan Manuel Forte.- Ed. Biblioteca Nueva- 260 págs.

EN BUSCA DE SPINOZA.-Antonio Damasio.-Trad. Joandomenec Ros.- Ed. Crítica.-334 págs.

 

 

 

 

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21 agosto 2020 5 21 /08 /agosto /2020 15:38

La lectura del reciente libro de Maxime Rovere, "Qué hacemos con los idiotas" (del que les hablaré otro día) me ha recordado tres joyitas clásicas que disfruté en su día, "El encomio de la estulticia" más conocido por "Elogio de la locura" del gran Erasmo, un librito del filósofo francés André Glucksmann "La estupidez, ideologías del postmodernismo" (año 1988, editado por Península) del que les hablaré otro día y un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana" que también les comento. 

Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se podría encontrar una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y de todos los tiempos. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea  cuando no se sabe qué es la razón  ni tampoco la importancia o función e incluso la existencia de ese "lo que sea", (es una creación mental realizada por las carencias y complejos del ego del idiota), no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres del transcurso de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviéndolos a todos con un manto tan invisible y letal como ella, la estupidez. Etimológicamente, el término viene del latín stupor que se refiere al efecto de pasmo que puede producir algo en quien lo contempla; literalmente el quedarse sin habla. Estupefacto y atónito, el estúpido es tonto porque así lo decide. Ante el asombro que le provoca algo,  otra persona, una frase que no entiende, un acto que decide rechazar sin saber porqué,  permanece rígido, “estólido” y de inmediato reacciona de manera absurda e inapropiada.

Para que comprendan lo grave que es esto, les cito "in extenso", tres de las leyes que rigen el idiotismo, según Carlo Cipolla y lo convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana»: a) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; b) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; c) las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas.

Mientras uno se mantiene en su "torre de marfil" (ventajas de la jubilación), leyendo a los clásicos y acompañándose con Sócrates, Epicuro, Pirron, Montaigne, Séneca, Marco Aurelio., Wittgenstein, Russell, Nietzsche, Voltaire o Schopenhauer, el mundo cotidiano se desenvuelve con amabilidad e inteligencia. Pero, ay, eso es un espejismo. Si sales de tu biblioteca y de tu hogar, en cualquier lugar, a cualquier hora, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con un idiota. Y el mundo perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura algo que hace que tu propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entras en una situación en la que tu ansia de comprender lo que ocurre, lo que te dice el idiota o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible, anula tu capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio te escuchas tratando de balbucear en su propia lengua y a plegarte a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota eres tú. No importa que lo que tratas de hacer le beneficie directa o indirectamente, el idiota tratará de obstaculizarte y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas,  tu afabilidad con violencia y tu busca del bien común la ridiculizará aunque con ello dañe su propio interés individual". Por ello el refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer  que en la historia, los siglos van pasando parecidos unos a otros en dos elementos comunes e  inmemoriales: la maldad (o crueldad)  y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "el ser verdaderamente estúpido no es sino aquel que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, quien se queda pasmado ante su inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien viaja con la inercia de su propio pensamiento sin contemplar el del resto". Y tiene un peligro evidente: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. Por eso lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y allí llegamos a una constatación: Todos tenemos momentos de mayor o menor duración es que somos irremediablemente idiotas. Es más una situación, una circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión para no sentar plaza de estúpido es darse cuenta de cuando uno lo es y tras analizar los hechos y las actitudes,  hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones. Y seguir el consejo de Sócrates: "conoce al imbécil que hay en tí"

En el próximo artículo entraremos en harina y veremos el interesante y arrasador análisis de la estupidez como fenómeno mundial, humano, político, existencial, lógico y, como corolario, el porvenir de la estupidez y la defensa del intelectual (según Glucksmann).

FICHA

LAS  LEYES FUNDAMENTALES DE LA  ESTUPIDEZ HUMANA.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

 

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8 agosto 2020 6 08 /08 /agosto /2020 09:44

 

Pertenezco a una generación que comenzó a despertar a ese misterio cotidiano que era la condición femenina, por encima de los roles habituales. Lejos ya de la época de las primeras revolucionarias, de las sufragistas y el despertar de la mujer en otros países, en España en los sesenta comenzaba con grandes dificultades a surgir una conciencia del feminismo que enraizaba entre los jóvenes y era seguida con hostilidad y desprecio por nuestros mayores y por muchos jóvenes conservadores y tradicionalistas que en este país siempre han proliferado no sólo al abrigo de las clases medias y altas, sino entre los obreros y gente rural. La magia manipulada de la "revolución de las flores" hippy y de las universidades alzadas al conjuro del "Paris 68" y la imaginación al poder, del "debajo de los adoquines, la playa" o del "Dios ha muerto, Marx también y yo no sé dónde estoy" (una pintada que leí en un muro del Barrio Latino)...era una magia falsa, de mal ilusionista, que se le veía el truco, el artificio y la mentira. Las jóvenes de largos cabellos con coronas de flores silvestres, olor a patchulí y sexo fácil y consentido, volvían a las aulas universitarias a ser mejores estudiantes pero profesionales de segunda, por debajo de compañeros menos preparados, otras escogían el matrimonio como salida vital y algunas brillaban como gemas en sus respectivas profesiones pero sus logros eran disimulados entre los masculinos, cuando no abiertamente sofocados, titularizados por sus esposos o compañeros.

En "Hacia las estrellas" una novela de Mary Robinette, ese signo discriminatorio contra el sexo femenino y personas de color se contempla como un símbolo que rebasa la ficción para reflejar una realidad obstinada en la historia de nuestra cultura: la marginación o la desvalorización de la mujer o de otra raza, por el hecho de serlo, al margen de sus valores superiores literarios, poéticos, científicos...

Se podrían rastrear las influencias que Mary Robinette recibe de su entorno y de la historia cercana o, en todo caso, el lector mínimamente informado las descubre, por ejemplo, en la película de 2016 "Hidden Figures" ("Figuras ocultas"), dirigida por Theodora Melfi en la que se nos habla de, precisamente, la NASA y de tres científicas (reales) negras que trabajan en el empeño norteamericano por ganar la carrera espacial contra Rusia en los años sesenta  y que son sometidas a tratos discriminatorios e insultantes por sus superiores y compañeros masculinos.

Y más cercanamente, el libro de Sergio Erill "La ciencia oculta" donde se analiza el papel de una quincena de grandes investigadoras desplazadas e ignoradas, a pesar de sus cruciales descubrimientos científicos, como Lisa Meitner, pionera de la fisión nuclear, que quedó al margen del Nobel concedido a su compañero Otto Hahn. O Jocelyn Bell que describió el púlsar, hallazgo que capitalizó con un nobel su tutor de tesis Antony Hewish. Ni Einstein se libra de las sospechas de cierto tipo de fraude respecto a la colaboración que recibió de su esposa Mileva Maric, científica de renombre, y la importancia de ésta en los descubrimientos einstinianos. Solo tengamos en cuenta que sólo 18 científicas contra 572 hombres premiados hablan de unas diferencias numéricas que no se corresponden con la realidad de los trabajos científicos. Como dijo una de esas damas apartadas del éxito por razón de su sexo: "“Me pregunto si los diminutos átomos y núcleos, o los símbolos matemáticos, o las moléculas de ADN, tienen alguna preferencia por el trato masculino o femenino”.

No, en realidad se trata del llamado "Efecto Matilda" que consiste en la forma piramidal de los grupos de investigación, liderados por hombres generalmente. El que está arriba recibe los premios y se invisibiliza a las personas que están en la base, particularmente las mujeres, consideradas, a pesar de sus logros, piezas secundarias y casi de la "cuota" debida al sexo femenino. En algunos países, el color de la piel es otro punto menos.

La novela está bien narrada, con sus puntas y ribetes de ironía o mordacidad y sarcasmo cuando la situación lo requiere y, francamente, las vicisitudes del Elma York en la Coalición Aeroespacial Internacional para hacerse un hueco como astronauta a pesar de estar sobradamente preparada hace que el lector sonría algo perplejo y se va obligado a refrescar su memoria ya que la acción transcurre en 1952, tras el impacto de un meteorito en la costa Este de Estados Unidos (arrasando Washington y otras ciudades) que está precipitando el posible fin de la habitabilidad en la Tierra, por el cambio climático que se está produciendo.. Hay que buscar otro planeta que tenga posibilidades de vida y colonizarlo. La acción y los personajes van desarrollando el velo argumental pero, aquí entra el valor extra de esta novela, no se limita a describir la lucha contra reloj por unos objetivos vitales, sino que nos muestra la urdimbre desesperante y muy verosímil de los prejuicios sobre las mujeres, las religiones y las razas que van dificultando de forma absurda una misión que debía anular esos complejos negativos humanos. La novela es en ocasiones un bien argumentado canto en defensa de la tolerancia, la igualdad y la solidaridad entre los humanos como única forma viable de salvar nuestra existencia como género animal racional ( históricamente más bien irracional).
Evidentemente nuestra autora ha planteado bien sus elementos narrativos y ha dejado la puerta abierta para la serialización del argumento que ha quedado en un punto tan interesante (y tan alentador para las lectoras y los lectores pro feministas) que tenemos asegurados seguidores fieles para la o las siguientes novelas del ciclo (a los que tan aficionados son los escritores de ciencia-ficción) cuyo epígrafe común será, "La Astronauta". En cuanto a los aspectos filosóficos y especulativos de esta ucronía...no los hay. Es diversión pura, de calidad. Con una punta, interesante, de protesta y reivindicación por los derechos humanos.

FICHA

HACIA LAS ESTRELLAS.- Mary Robinette Kowal.- Trad. Aitana Vega.- Oz editorial.- 401 págs.

 

 
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4 agosto 2020 2 04 /08 /agosto /2020 09:36

En el capítulo 16, versículo 16 del libro bíblico del "Apocalipsis" se nos anuncia el "fin de los tiempos" o del mundo que conocemos debido a guerras, catástrofes de todo tipo o plagas. Ese mito destructivo se ha evocado muchas veces en momentos puntuales de la historia, en épocas en los que las religiones  hegemónicas se disputaban el poder  contra monarcas autoritarios y  las identificaciones de los "malos"  dependía de cualquiera de las tres religiones monoteístas , cristianos, judíos y musulmanes. En nombre de esta amenaza global se han cometido las mayores barbaries, pero nunca ha llegado el fin del mundo. Eso no depende de nuestros actos como "los bichos más dañinos de la Naturaleza" (así nos llamaba Jonathan Swift; sí, el autor de "Gulliver") pero lo cierto es que podemos ayudar mucho y eficazmente, no a que llegue el fin del mundo, pero sí el exterminio del género humano. Lo cual sería una suerte para el planeta y los demás seres vivientes. Y una lamentable pérdida para la cultura y el arte, pero esos son bienes bastante devaluados.

Asumiendo el hecho de que hablamos de un libro "sagrado" y que eso lo convierte en asunto de creyentes y evidentemente  en una cuestión literaria y de fe y no en una hipótesis científica razonable, usamos el término "armagedón" de una forma simbólica, un tropo.  Nuestra existencia bajo el signo atroz de esta pandemia nos ha convertido en el escenario distópico de la mejor obra de ficción catastrofista que se ha escrito jamás, precisamente por su condición empírica mensurable y su imprevisibilidad pre y post factual. 

¿Podríamos justificar el uso de "Armagedón" para definir una situación como la presente, en la que se dan  elementos como éstos (sin aspirar a ser exhaustivos)?: a) falta de un liderazgo mundial y un exceso de líderes populistas y potencialmente destructivos a favor de fronteras y uso de la fuerza; b) no existe una información clara, unificada, fiable, eficaz, científica y real sobre la pandemia, sus efectos y la forma de luchar contra ella; c) respuesta popular: pesimismo, nihilismo, negacionismo, paranoia conspirativa servida por la Red, fake news interesadas y una incertidumbre creciente sobre las vacunas alimentada por grupúsculos marginales y el mimetismo gregario de los internautas; d)falta global de pensamiento crítico, la gente no piensa lo que cree; convencen los que hiper gesticulan y vociferan simplezas; e) la crisis económica no es una entelequia: es real y desorbitada y pocos gobiernos saben cómo afrontarla; f) la inconsciencia y falta de responsabilidad de líderes y pseudo políticos que persisten en sus "guerras particulares"  (por muy legítimas que sean) en lugar de hacer piña en lo que ahora importa... y se podría seguir hasta acabar con el abecedario..

 

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