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11 febrero 2013 1 11 /02 /febrero /2013 09:30

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Magnífica comedia a "la francesa" que recuerda muchísimo a "Un dios salvaje" según la obra de Yasmina Reza, dirigida por Polanski y también otra obra de la misma autora, creo que fue la primera y un éxito enorme, "Arte" que aquí vimos en teatro con un reparto de campanillas, el gran Jose Maria Pou, Flotats y Carlos Hipólito. En las tres obras, es decir, "El nombre", "Arte" y "Un dios salvaje" se hace una crítica empozoñada a la sociedad actual, a las hipocresías al uso, a la prepotencia de los especialistas, al fraude de la moda y a la pátina endeble de la educación que apenas resiste un desafío cara a cara con la vulgaridad o la violencia. En los tres casos una causa nimia, un motivo endeble, rompe una reunión pacifica y divertida de amigos o vecinos o padres de alumnos para provocar que cada uno saque lo peor de si mismo y lo arrojen unos contra otros, con la mayor inquina.

Si en "Arte" era un cuadro blanco con una simple linea negra (poniendo en cuestión toda la simpleza absurda de un tipo de arte o de especialistas en que suena más a fraude y tomadura de pelo) lo que provocaba una lucha inclemente y cruel entre tres amigos, en "Un dios salvaje" era un amistoso encuentro de dos matrimonios para solucionar una pelea infantil en el cole, que acaba como el rosario de la aurora.

"El nombre", como las otras dos, es una obra de teatro (aún se representa en una sala barcelonesa) escrita y dirigida por Matthieu Delaporte y Alexandre de Patellière e interpretada por Patrick Bruel como Vincent, Valerie Benguigui como Elisabeth, Charles Bering como Pierre, Guillaume de Tonquedec como Claude y Judhit El Zein como Anna. En ella, una agradable cena de amigos intimos, dos matrimonios y un supuesto soltero, en la que se comunica que una de las parejas va a tener un hijo, se convierte en un cafarnaum de acusaciones cruzadas, mezquindades y crueldades gratuitas, sólo porque el futuro padre afirma ante sus amigos que piensa ponerle el nombre "Adolf" a su futuro hijo (imaginen las connotaciones históricas y bélicas que el nombrecito provoca en otra de las parejas --la tercera pareja no lo es propiamente cuando comienza la acción y es parte de la sorpresa de una reunión llena de ellas--.

No les cuento nada más. Vale la pena entrar a la sala de cine, sentarse en una butaca y disponerse a disfrutar con hora y pico de sarcasmos, ironía, mala uva y algun retazo de ternura o de amor. Y tambiém a reconocer en ese progre frustrado, en el conservador triunfador y embrutecido, de humor pesado y narcisista, la tristeza y el acomodo de otros, la represión y el miedo del de más allá. Lo terapéutico de estas comedias de salón estriba más bien en el hecho de que podemos reconocer-nos en muchas de las actitudes y palabras de esos maduros adolescentes emocionales de la clase media, que aun no han sabido encontrar un asidero a la propia dignidad.

Algunos excesos histriónicos, cierta desmesura en los diálogos, una pedantería con poca autocrítica, no son defectos suficientemente graves para entorpecer la marcha dinámica y efectista de una comedia que funciona a la velocidad de un tren expreso, mezclando risas con estupor, verguenza ajena con indignación ante la crueldad o la zafiedad y en suma, una simpatía global por esas cinco personas que se convierten en victimas y verdugos de los demás, en una noche de celebración. En algún momento parece que la cinta va a resbalar desde "Un  dios salvaje" a "La cena de los idiotas" (Francis Veber, 1998), es decir desde la inteligencia tensa al histrionismo cruel, pero la propia labor de los cinco intérpretes y el colofón de la obra, deja las cosas en su sitio. 

Película interesante y a ratos divertida y siempre aleccionadora que hace temer un desastre en los primeros minutos del filme (innecesarios) y acaba dejando un grato sabor entre dulce y amargo en el espíritu.  Como detalle final apuntar que de los cinco personajes de la obra los únicos que se salvan por su generosidad y sesatez son los de Elisabeth y Anna, especialmente la primera que resulta un modelo de abnegación. Los varones, el irritante, cargante Pierre, pedante profesor de literatura, el complaciente y en el fondo pusilánime Claude, trombón en una orquesta sinfónica, y el insoportable narcisista y bromista deleznable Vincent, enaltecen por comparación las figuras de las dos mujeres. El toque de maestría consiste en que con tales ejemplares humanos la comedia tontorrona debería terminar en drama y sin embargo la comedia se hace drama para al final --gracias al toque de autocrítica y la facultad de reirse de uno mismo-- convertirse en una comedia inteligente.

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10 febrero 2013 7 10 /02 /febrero /2013 08:47

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  Deliciosa película en la que la sabiduría cinéfila de Tim Burton da una de sus flores más exquisitas, (en forma de cine de stop-motion), heredera sin duda de aquella maravilla que fue "La novia cadáver". Ahora, al igual que hiciera con "Ed Wood", hace un homenaje genial a las películas del cine de terror clásico. Y recoge el testigo de "Frankenstein" ofreciendo una versión "infantil" en la que el ingenio, el humor y la ternura van de la mano para confeccionar un producto redondo, enternecedor, divertido e ingenioso.

Burton recoge un cortometraje realizado por él mismo en 1984, con el mismo título, y lo convierte en una obra maestra (como anécdota, el cortometraje fue financiado por los de Disney que, al ver la película, la rechazaron y despidieron a Burton del equipo). Ya en el mismo comienzo, con la proyección familiar de ese mismo  corto protagonizado por el perrito Sparky y realizado con la escasez de medios y el ingenio de un niño espabilado con una cámara de 16 mm. es de una frescura, ingenuidad y brillantez desbordantes.   La relación íntima y deliciosa entre el niño y el perro logra momentos de ternura dificilmente superables. El mundo infantil descrito en las relaciones entre el pequeño y sus compañeros de escuela (recuerda mucho esa otra maravilla de la animación que fue "El alucinante mundo de Norman") brinda momentos de un sano humor crítico que van creando el climax de la película que nos llevará a momentos aparentemente dramáticos que aqui se resolverán  de modo positivo.

El pequeño Victor (el nombre del Dr. Frankenstein en la novela y las multiples peliculas que se realizaron en los años 50 y 60 del pasado siglo) logra resucitar a su perro Sparky, atropellado por un automovil, usando la misma parafernalia "científica" de su ilustre predecesor literario, pero evidentemente a "tamaño" infantil. La cinta brinda también un homenaje genial a la figura de Vincent Price el añorado actor de las películas de terror clásicas (¿Quien no recuerda al "Dr. Phibes" o "Los crímenes del Museo de cera" o al enterrado vivo de "La caida de la casa Usher"?). Pura electricidad, chispazos y relámpagos, rayos y humo, llamas en el molino asediado por la chusma, las imágenes que poblaron el imaginario cinéfilo de todo aficionado que se precie, vuelven a ser presentadas con maravilloso sentido del juego y el humor mezclado a la ternura y al corazón inmenso de este director "rarito" que destila cine por todos los poros y que se refleja en un protagonista igualmente "distinto" a los demása y que reivindica su derecho a ser diferente y a ser respetado pese a ello.

El ritmo de la larga secuencia coral de la búsqueda del perro y la serie de historias paralelas de los restantes personajes del filme muestra un hábil conocimiento de la tensión cinematográfica, sin olvidar en ningún momento el sentido del humor, la ingenuidad infantil y el sentido crítico social que dibuja como en "Norman" una sociedad "normal" que guarda en su interior rupturas y quiebros que superan en "anormalidad" y violencia las manifestaciones de los considerados "raros". No hay moraleja ejemplarizante y la película trata de pasar con un cuidado exquisito por consideraciones éticas o religiosas y se queda sólo en la anécdota argumental sin entrar en cuestiones científicas. La creación de vida sobre un organismo muerto es, simplemente un emotivo guiño literario a la irrealidad e imposibilidad del hecho. No hay que darle más vueltas. Solo disfrutar de lo que nos propone Burton. Y logra que esa propuesta roce lo fascinante.

En una palabra: talento. Aunque nos deparó algunas películas olvidables, "El planeta de los simios", por ejemplo, o "Dark Shadows" más recientemente, Burton quizá se ha percatado que su camino va más por el lado de "Frankenweenie" o de "Sleepy Hollow". No logrará altas cotas de taquilla pero para los aficionados al cine de verdad ha logrado un nuevo filme de culto, al estilo de "Ed Wood". Cine arriesgado que fia mucho de la inteligencia del espectador, honesto en sus pretensiones y modélico en su realización. Un titulo más a unir a la lista de obras maestras creadas por Burton.

 

   
   
   

 

 

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6 febrero 2013 3 06 /02 /febrero /2013 08:17

 

golpe-de-efecto-cartel.jpg

Bueno, se trata de Clint Eastwood, uno de los actores más endiabladamente pertinaces de la historia del cine. Dotado de un rostro de roca, unos ojos malignos llenos de ironía y frialdad y la gesticularidad de un Buster Keaton con mala leche, ha logrado convencernos a todos de que es un buen actor, incluso un gran actor. Nadie daba por él ni un dolar en los tiempos del spaguetti western, dolar y medio en los de Harry el Sucio y por fin, una fortuna, desde "Los puentes de Madison" hasta hoy. Pero es que además el chico no sólo roba cámara como lo haría Orson Welles o Sean Connery, sino que es un director inteligente, sensible a menudo y casi siempre furiosamente comercial.

Por tanto, que volvamos a verle como un viejo desabrido, maleducado, duro e insensato, al estilo del racista de "Gran Torino", provoca una extraña atracción, aunque esta vez no se dirija a sí mismo, sino que actúa a las órdenes de Robert Lorenz, su ayudante de dirección en tantos éxitos dirigidos por Clint. Lorenz debe ser un amigo fiel de Clint (aunque es fama de que éste tiene pocos amigos, es tan cascarrabias en la vida real como en sus películas) o le deberá algún favor, ya que desde la divertida "En la linea de fuego", Clint no habia permitido que nadie le dirigiera.

Bueno, pero si pasamos a la película (otro de esos filmes presuntamente deportivos sobre el beisbol, juego que a los españoles más bien les suele provocar bostezos) el juicio no mejora demasiado. Es una película hecha a mayor lucimiento de Eastwood, realizada como un agradable telefilme para la tarde de los domingos. Moraleja incluida, amor juvenil y lo más destacable, la lucha del increíble viejo con los achaques de su edad, donde no falta el humor (divertido el monólogo de Clint, al principio de la cinta, dirigiéndose a su propio pene, remiso a la hora de orinar). Todo es la mar de previsible, algo tontorrón y decididamente soso. Y eso a pesar de tener a un siempre apreciable John Goodman como amigo y jefe del protagonista (haciendo la vista gorda ante la vista poco fiable de Clint, que paradójicamente trabaja de "ojeador" de talentos de beisbol), Amy Adams como la hija de Clint y a Justin Timberlake haciendo de Justin Timberlake con gran profesionalidad y talento. No es suficiente, el guión es flojo y todo se salva por Clint, al que deseariamos que no fuese este su canto del cisne interpretativo. Me parece tan deleznable como la película de despedida del gran Cary Grant (aquella "Escala en Tokio" tontorrona). Clint se merece algo mejor que esta película amable e insulsa.

 

 

 

 

 

 

 

 

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5 febrero 2013 2 05 /02 /febrero /2013 08:17

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 Doce años después de dirigir "Náufragos" con Tom Hanks, y de pasar por peliculas de animación con movimientos captados como "Polar Express" o "Cuento de Navidad", Robert Zemeckis se descuelga con una vibrante película dramática sobre un piloto alcohólico (Denzel Washington, realmente espléndido) que tiene un trágico accidente con su avión en estado etílico y con varias rayas de cocaína en el cuerpo. Con la misma dureza y verismo de "Días sin huella" o "Días de vino y rosas" o "El hombre del brazo de oro", Zemeckis nos muestra a un sujeto desarbolado por el alcohol y las drogas, que logra comportarse como un héroe y un gran profesional a pesar de su estado y salva a la mayoría del pasaje de su avión siniestrado.

A pesar de la evidencia  del excelente trabajo del piloto, la investigación oficial y sobre todo la empresa que construyó el avión (se cree que ha sido un fallo técnico) se desarrolla un combate de feurzas, el sindicato de pilotos por un lado y las empresas aeronáuticas por el otro, para convertir el asunto en un fallo personal del piloto por su estado inaceptable. Un abogado (magnífico Don Cheadle) logra descartar el culpabilizante analisis de sangre del piloto por unas triquiñuelas técnicas y todo queda listo para sentencia absolutoria, sólo en el caso de que el piloto consiga mantenerse sereno, sin beber alcohol y sin drogarse , hasta el día en la vista pública ante una comisión técnica.

La marcha del argumento va jugando al gato y al ratón con el espectador haciendole creer que todo va a salir bien, que el chico encuentra a una chica adecuada (Denzel está tormentosamente divorciado por causa del alcohol) y que va salir exonerado de culpa del accidente. Pero... bueno, vayan  a verla. El realismo es una prueba de honestidad en este caso. Y quien conozca un poco los parámetros de comportamiento de los alcohólicos o de los drogadictos sabrán de qué hablo.

Un gran melodrama está servido. Lástima de final improbable (cosas de las exigencias de la industria del cine) con moraleja al 50 % desdramatizada. No importa, porque la película se ve con el alma acongojada ante la dureza autodestructiva del personaje que, en ningun momento, deja de atraernos humanamente a pesar de sus evidentes y lamentables limitaciones (no es lo mismo ser un borracho en un contexto hogareño --como en las grandes películas citadas al principio--, que serlo como responsable de un avión con dos centenares de personas a bordo, a varios kilómetros de altura.

Tampoco hay complacencia alguna en el personaje femenino (interpretado con su habitual finura por la pelirroja Kelly Reilly), también drogadicta que malvive haciendo películas porno. La guinda es el inmenso (en todos los aspectos) John Goodman, en su papel satánico de suministrador de paraisos artificiales, muy en la línea de los personajes que ha interpretado para los hermanos Cohen y siempre robando cámara a sus compañeros con su aspecto desbordante y lleno de vitalidad y malicia. Puro humor negro con fondo musical de los Rolling y su canto a Satán. 

Para la colección de secuencias magníficas de nuestra videoteca, los quince minutos iniciales de la cinta, todo lo que tiene que ver con el accidente del avión. Uno se queda literalmente fagocitado por la pantalla y las brutales e hipnóticas imágenes del avión y su pasaje en un viaje hasta el desastre. Sencillamente genial, Zemeckis. Y como contrapeso, igualmente brillante, pero desde el punto de vista intimista, atentos a la declaración final del piloto Washington ante el tribunal que ha de declararle inocente, con todos los honores, o condenarle.

 

 

 

 

 

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4 febrero 2013 1 04 /02 /febrero /2013 10:04

skyfall-cartel-2.jpg

 El agente 007, James Bond, con licencia para matar (cosa que hace muy a menudo) tiene al parecer licencia para envejecer. Es difícil que un mito envejezca. No así los héroes. Y James Bond ha pasado de mito (con diferentes rostros, que le daban la ficción de inmortalidad: siempre joven, siempre enérgico, siempre seductor) a héroe, a un héroe con aspecto de estar cansado y de envejecer. Y eso le humaniza y eso le da mucho más encanto.

En "Skyfall" (nombre de algo relacionado con la infancia del héroe, explicada por primera vez en una película de la larga, larguísima serie), 007 vuelve a morir (aparentemente) como en una de las de la época Sean Connery, desaparece la maravillosa "M" con una actriz muy superior en calidad interpretativa al resto del reparto (Judy Dench) y hasta el hombre de los trastos "Q" se pone al día con los tiempos y se nos presenta como un  joven cerebrin informático (tras el anodino paso del gran John Cleese, ex Monthy Pyton, que trataba de ingresar un poco de humor en el elenco).

Daniel Craig, tal vez el actor con más enjundia de todos los que conforman la larga lista de 007, el más dúctil y complejo (seguido por Sean Connery) se enfrenta esta vez a uno de los malos más inquietantes (aunque no tan retorcido como otros de la saga) de su carrera, un irreconocible Javier Bardem rubio que en algún momento trata de seducir sexualmente a Craig (esto también es nuevo). El "casus belli", una lista con las identidades reales de todos los agentes de la OTAN infiltrados en grupos terroristas. A partir de ahí el guión es endeble, demasiado lento en ocasiones y aunque las secuencias de acción siguen la tónica tópica en estos filmes, el director, Sam Mendes, se complace más en internarse en las tesituras psicológicas de los personaes, empezando por el mismo Bond, ahora vulnerable y nostálgico, y en "M", compleja y contradictoria o en el "malo" Bardem, que parece un modelo freudiano sometido a pulsiones patológicas.

En una època en la que el estreno de un nuevo Bond no despierta las pasiones y el interés de otras décadas (ahora parece más atractivo lo nuevo de Jason Bourne o del inacabable Cruise) Mendes ha tratado de insuflar profundidad psicológica y humana a un héroe en proceso de envejecimiento imparable. El resultado no es redondo, pero sí aceptable. Falta evitar una serie de tiempos muertos y adobar mejor las escenas de acción (cosa difícil dado el enorme alud de películas en las que la acción está super eficazmente tratada) e integrarlas en un discurso más inteligente y audaz. El agente 007 está tratando de pasar de nivel, dejar la ficción palomitera de las "Misión imposible" y buscar un territorio propio en el que un héroe de tan dilatada vida pueda llegar a una madurez especial y atractiva para el gran publico. De momento ha llegado la hora del relevo para Q y para Judi Dench ("M" será a partir de ahora el actor Ralph Fiennes) lo cual quiere decir que ya se baraja la vuelta de James Bond tras "Skyfall". Cincuenta años del personaje son muchos y sigue siendo un buen negocio, con lo que la Metro y los productores de toda la vida (o sus herederos, queda Albert R. Brocoli) se lo pensarán mucho antes de poner el RIP en la tumba de uno de los personajes más fructíferos de la historia del cine, que constituye como "Los Beatles", la Reina , Dickens, la libra o Sherlock Holmes, activos patrióticos de la Gran Bretaña.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3 febrero 2013 7 03 /02 /febrero /2013 08:07

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 La verdad es que "Las aventuras de Tadeo Jones" de Enrique Gato, es un apreciable intento por parte de la animación española de subirse al carro de los renacidos nuevos dibujos animados, en los que reina sin apenas rivalidad el dibujo animado norteamericano. Maravillas como "Up" y "Wally, batallón de limpieza" o las recientes "El mundo de Norman", "Rompe Ralph" y los "Madagascar", "Hotel Transilvania" y otras, ponen el listón demasiado alto para los medios técnicos de los que disponemos en España.

Pero como en otra cinta animada  española, apreciable pero menor, "Planet 51", esta mezcla de referencias a las películas de Spielberg con un pletórico Indiana Jones y las sugestivas "Lara Croft", con una pizca de "Bolt" (por el perro) o el personaje que guarda el tesoro, una mezcla de Gollum y los espectros cachondos de "Cazafantasmas", no logran  elevar el vuelo de una película amable y familiar destinada a los pequeños y que apenas atrae alguna sonrisa de los adultos acompañantes.

Personajes sin demasiado calado, guiños y copias a peliculas, comics, leyendas populares y videojuegos, ni siquiera se trata de preservar un cierto apoyo a nuestra idiosincracia y todo acaece en Estados Unidos, se rueda en inglés y se proyecta hacia el mercado extranjero más que al nacional. Pero eso no importaría demasiado en tiempos de la aldea global, si no fuera por la poca consistencia del guión y los diálogos. Aunque su publico sea el infantil creo que es un error no cuidar esos detalles (solo han de fijarse en que los clasicos modernos de la animación respetan muchísimo el mensaje y la forma, de modo que son degustados con la misma fruición por adultos y niños). Pero bueno, tampoco les va mal del todo: sólo un dato, Tadeo ha derrotado en taquillaje a sus rivales de la  "majors", "Brave" y "Madagascar 3". Quizá la españolidad de Tadeo convenza a los peques, aparte de que la publicidad de Mediaset e Intereconomía, firmas que han financiado la película, ha sido oportuna e incesante. En fin,suerte (que falta le hace al cine español).

 

 

 

 

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2 febrero 2013 6 02 /02 /febrero /2013 08:37
la-vida-de-pi-cartel3.jpg
 Película irregular, pero dotada de una prestancia visual extraordinaria. No en vano está firmada por Ang Lee uno de los directores más polivalentes y profesionales --a veces roza la plenitud como en "El banquete de bodas" o en "Tigre y Dragón" o la sorprendente "Comer, beber,amar"-- capaz de filmar "Hulk" (el hombre-masa verde) y a continuación "Deseo, peligro" o "Brokeback Mountain". Ahora este director nos presenta "La vida de Pi", sobre la popular novela de Yann Martel.
En esta majestuosa cinta, Lee aprovecha con acierto las posibilidades tecnológicas digitales del cine de hoy y consigue una versión en imágenes de la novela que no desdice en absoluto de la imaginativa y barroca narración. Los cuatro actores que representan a Pi en las diferentes edades, Gautam Belur, Ayush Tandon, Suraj Sharma e Irrfan Khan, nos van mostrando con distinta calidad interpretativa el proceso de crecimiento de Pi, a base de "flash Back" evocados por el relato de esa misma via y en especial el largo viaje de un náufrago por el océano, en una barca de salvamento...en compañía de un tigre de Bengala. Una catarata de imágenes de un intenso cromatismo en una imagen nítida y a veces ensoñadora y surrealista, pero siempre sorprendente y de una belleza que produce vértigo.
Es tan enorme la fuerza de las imágenes que otros elementos como la tensión dramática, la coherencia de los personajes o su profundidad psicológica no parecen tener pareja relevancia para Lee. Es como un sueño en el que los problemas filosóficos del protagonista no parecen extraños, al estar inmersos en un discurso visual tan elevado.
Los aspectos digamos religiosos o espirituales de la historia son tan respetuosos y amables con todas las religiones como nos muestra el paso del joven Pi por las confesiones que mas le atraen (una de las secuencias más divertidas de una película que no tiene mucho sentido del humor). Pero, repito, todo eso pierde importancia ante el despliegue visual y el perfeccionismo técnico digital que las imágenes nos muestran. No era facil llevar a cabo la trasposición fílmica de una novela tan compleja como la de Yann Martel y más resolver el reto que supone la parte central de la película dedicada en exclusiva al periplo oceánico de la barca con sus dos improbables habitantes, el actor Suraj Sharma en la piel de un joven Pi (hazaña que me recuerda la película de Hitchcok "Náufragos" o la cinta de Zemeckis "Naufrago" con Tom Hanks) y el feroz tigre de Bengala que debe ser "adiestrado" imaginativamente para que no se zampe a Pi en los muchos momentos de hambre, con episodios tan increíbles como el de la isla  carnívora de los suricatos o la bellísima comunión del cielo y el mar en la noche estrellada o el paso catastrófico de una ballena en un océano fosforescente, aunque si vamos a ello, la larga y peligrosa convivencia entre tigre y joven, es aún más sorprendente e increíble.
Un final espiritualista y con moraleja incluída dan un sabor de libro de autoayuda a una narración cinematográfica que no lo necesitaba para nada. Lo cierto es que vincular la demostración de la existencia de Dios a las palabras del bueno de Pi y a la sonrisa del escritor canadiense que no acaba de ceerse nada de lo que le cuentan, pero hace un acto de fe, resulta lo más endeble de una película que tiene momentos fascinantes. Y a pesar de ello, vale la pena verla. Y si puede ser en 3D, mejor que mejor..
     
       
 
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31 enero 2013 4 31 /01 /enero /2013 08:41

tabu-cartel.jpgRodada en blanco y negro, con una primera parte --rodada toda ella en 16mm--deslumbrante en su recreación del cine mudo, pero también por la poesía del texto que va acompañando las imágenes, en la bellísima historia de amor y muerte narrada de una forma ingenua y fascinante, como los viejos cuentos orales, el portugués Miguel Gomes ha realizado una obra magnífica, difícil de clasificar respecto al cine de hoy, pero al mismo tiempo dotada de una fuerza imaginativa que me acercó al "tempo" inigualable y nostálgico de las novelas de Somerset Maugham o de las películas de los maestros de antaño en el cine silente, F.W Murnau y Robert Flaherty. Justamente de estos dos directores, que rodaron en 1931, la magistral "Tabú" en la que se hacía un canto del cisne de la época colonial y de las vicilizaciones nativas que serian devoradas a continuación, toma Gomes el espíritu de esos tiempos pasados que jamás volverán para rodar su particular "Tabu".

Más en la línea de "La carta", la sombría y romántica historia de Maugham que rodó William Wyler en 1940 con una exgtraordinaria Bette Davis como protagonista (de hecho la historia de Gomes  sigue bastante cerca la peripecia de la película aunque con distinto final), el director portugués realiza un soberbio ejercicio de estilo, no sólo por el inicio sensacional en 16mm sino en el desarrollo de la historia y descripción de la vida colonial. Quizá la parte más endeble sea todo el tronco central de la película--rodada ya en 32mm hasta el final--, en nuestros días, con la historia de Julia una madura lisboeta, vecina de una anciana algo desequilibrada  y su criada negra. La conexión de las dos historias, evidente ya en la tercera parte, tiene suficiente entidad para oscurecer esa parte intermedia que, no obstante, tiene una fuerte calidad propia pero deja en el espectador la impresión de que ha asistido a dos historias diferentes con un prólogo de cuento juvenil.

La vecina, Pilar, Teresa Madruga, una actriz serena que lo dice todo en un gesto, lleva el peso del filme en la época actual, afrontando con una bondad silenciosa las actuaciones de la anciana (Laura Soveral)y de su hermética criada negra (Isabel Cardoso), a la que su ama acusa de brujería. En esa relación de caritativo vecinazgo vamos recibiendo informaciones sobre un pasado mitificado y misterios en Africa que más tarde un cuarto personaje nos revelará con su voz en "off" y las imágenes de una época pretérica observada con cariño y detenimiento, quizá en la línea de las "Memorias de África" que todo el mundo recuerda con placer. El apasionado y dramático  amor ilegítimo entre un joven mundano (Carlotto Cota) y la esposa de un terrateniente (Ana Moreira), en el caluroso y exótico medio ambiente africano, con criados negros y partidas de caza, forma parte del imaginario de ciertas novelas y películas, único lugar donde podemos encontrar algo del encanto de aquélla época, seguramente injusta para la población nativa, pero dotada de un particular encanto literario.

Buena película, pues, quizá demasiado nostálgica que tendrá su público devoto pero, seguramente, minoritario.

Bue.

 

 

 

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28 enero 2013 1 28 /01 /enero /2013 10:53

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 Desde "Kill Bill" a "Malditos bastardos", "Reservoir dogs", "Pulp Fiction" o "Abierto hasta el amanecer", Quentin Tarantino, ha mostrado, con todas sus geniales variaciones, diferentes aspectos del western, el género más amado por este director que no deja de reflejar en su cine su apasionado casi fanático amor por la historia del Séptimo Arte. En "Django desencadenado", Tarantino no disfraza el género y por primera vez nos muestra el western que relucía de vez en cuando en sus películas anteriores, así en La Novia de "Kill Bill" --Uma Thurman--luchando con katana contra multitud de adversarios-as; en el grupo de asesinos aliados, liderados por Brad Pitt, volviendo locos a los nazis de "Malditos bastardos"; en los gángsteres --magnifico Harvey Keitel-- con nombres de color de "Rservoir Dogs"; en el proceder de Bruce Willys como boxeador fullero de "Pulp fiction" o en el cazavampiros Georges Clooney de "Abierto hasta el amanecer". Ahora nos presenta a Jamie Fox y al sorprendente Christoph Waltz (¿quien podrá olvidar al coronel nazi en "Malditos bastardos", en plan Sherlock Holmes buscando y asesinando judíos?) como la pareja protagonista de "Django desencadenado" basada lejanamente en el "spaguetti western" "Django" de los años sesenta (el homenaje incluye la aparición breve de Franco Nero, que fue protagonista de aquella olvidable película italo-norteamericana) .

Reciclaje de lo mejor--a juicio de Tarantino, naturalmente-- del cine del pasado, ese es el cometido predilecto de este director que recoge en su película no sólo la herencia de las películas de Sergio Leone o Corbucci (que no eran buenas y ahora solo son nostálgicas), por ejemplo, sino las de John Ford y sobre todo Sam Peckimpah, en secuencias que son como un guiño de homenaje a los grandes directores del pasado pero integrados dentro de una forma de hacer cine que es propiamente exclusiva de Tarantino : una mezcla de violencia, humor negro, ironía, retórica culta en los diálogos, erotismo desenfadado y critica solapada a lo convencional y al tópico. Pura personalidad inimitable de un director que ha mamado cine desde bebé en lugar de leche materna.

El guión puede sintetizarse en unas líneas: A un par de años de la guerra civil norteamericana, un esclavo (Fox) es liberado por un cazarrecompensas alemán (Waltz) y contratado como ayudante para matar a tres prófugos, Después decidirán rescatar a la esposa de Django (deliciosa Kerry Washington) de las manos de un brutal terrateniente Calvin (Leonardo Di Caprio) que la tiene como esclava en su plantación de algodón.

Durante casi tres horas de entretenida visión, la película que mantiene un ritmo endiablado y una tensión permanente, con ráfagas de irónico humor (desternillante la labia casi filosófica de un Waltz inspiradísimo) y unos apocalipsis de violencia extrema que tienen un final apoteósico, cuya desmesura catártica logra la hazaña de no alterar lo mas mínimo al espectador que acaba viéndola como una especie de sanguinario "ballet" donde nada es real, ni siquiera lo parece, pero divierte y atrapa.

La metáfora operística del rescate de la esclava (Brunilda) por un Django convertido en Sigfrido (el culto Waltz lo explica a un esceptico pero admirado Fox) es uno de los multiples niveles de lectura que evoca el filme de Tarantino. Lástima que parece que este director está a punto de colgar la batuta. Ya sé que tiene sus detractores, pero a mí me parece un artesano inigualable y me encanta su alegría, su retórica y su humor salvaje que no deja títere con cabeza.

Destaquemos la  actuación de un casi irreconocible Samuel L. Jackson, uno de los actores fetiche de Tarantino (ha intervenido en cinco películas de este director, que apenas tiene una docena de filmes en su haber) haciendo el papel del anciano esclavo negro del racista y cruel Calvin (también excelente Di Caprio, un poco sobreactuado). No se la pierdan. Y si son aficionados al western, aún más.

 

 

 

 

 

 

 

 

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27 enero 2013 7 27 /01 /enero /2013 10:06

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Lo siento en el alma, Woody Allen ha sido uno de mis directores preferidos, pero últimamente no acaba de levantar cabeza. Parece que el anciano realizador judío, vulnerable, adicto al psicoanálisis, neurótico y ladino mago del diálogo irónico y usuario de un humor inteligente y vitriólico que siempre deja encantado al espectador, no acaba de encontrar su pulso habitual, enfangado en películas que parecen de encargo y de carácter "alimenticio". Como dice uno de los personajes al arquitecto-augur encarnado por el pocas veces no satisfactorio Alec Baldwin, "está claro que te has vendido".

Como en "Vicki Cristina Barcelona", en menor medida que "Midnigth in Paris", el recurso postalístico dedicado a una ciudad determinada (donde Allen ha sido agasajado y que, seguramente, correrá con parte de los gastos de producción de la película) hace agua en esta dedicada a Roma con el tópico a toda marcha (empezando por el inicio  y el final con el "Volare" como tema musical y el cicerone a la manera felliniana haciendo de maestro de ceremonias) y un guion coral irregular que no complace de ninguna manera.

Woody vuelve a pinchar con esta Roma suya que trata de emular a Fellini y se queda en un pastiche de turista poco exigente, conforme con apuntar escenarios y personajes de lo más tópico (el de Roberto Benigni es de verguenza ajena, lo lamento por un intérprete como ese, cuya comicidad queda desvirtuada por un guión de sonrojo). Incluso el papel que se reserva Allen es de un esquematismo lamentable, apenas si Woody sabe representarse a sí mismo.

Infidelidades sin profundidad, personajes planos que transitan entre aspavientos por la película, enredos de alcoba a la italiana que han perdido el toque "Lubitsch" y la frescura que alguna vez tuvo Allen (ver "Manhattan", "Annie Hall" o "Maridos y mujeres"), desencanto y tristeza crepuscular (visibles en Baldwim, trasunto filosófico de Allen), integran una película olvidable  y que hace desear que el otrora genial director cuelgue la batura si no es capaz de hacer algo mejor.

Los guiños contenidos en "Annie Hall" o en "Recuerdos" a los filmes de Fellini no deberían haberse "relacionado" con esta "Roma" que parece una burla involuntaria de anécdotas de la felliniana "El jeque blanco" (la pareja de recién casados que llega a Roma y la fama absurda e instantánea de la viuda que ignora que lo es, aquí evocada por la farsa que protagoniza Benigni). Y si a eso unimos la guasa surrealista del cantante de opera que solo funciona cuando está bajo la ducha, el resultado es un conjunto lamentable. Ojalá alguien le diga a Woody que se siente, pare y reflexione. Destacar a Baldwin y a Ellen Page como unicos actores con cierto tono "Allen", un aprobado raspado a los demás, incluida nuestra Penélope Cruz, totalmente desperdiciada en su papel de prostituta.

 

 

 

 

 

Ambas líneas argumentales expresan también el problema del conjunto, este es, su tendencia al desequilibrio. En el primer caso, la deriva del guiño felliniano hacia un atropellado y poco convincente enredo de alcoba. En el segundo, la inclinación a alargar el chiste hasta agotarlo, algo que también sucede con la broma de ese Caruso que sólo es capaz de cantar en la ducha. “A Roma con amor” no presume ni reniega de su levedad general —tampoco renuncia a ciertos clichés de la italianidad—, pero está siempre marcada por una irregularidad que trata mejor a unos personajes que a otros, que pone más mimo en unas historias antes que en otras, sin posibilidad de que entre la descompensación brote la genialidad. Y eso que la película, ciertamente, tiene un corazón por el que no acaba de decidirse: el enamoramiento supervisado —por un fantasmal, fabuloso Alec Baldwin— del arquitecto interpretado por Jesse Eisenberg hacia la amiga de su novia, una Ellen Page que destruye arquetipos como tentación para resultar, entre la fascinación y la impostura, extrañamente seductora.

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