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18 diciembre 2011 7 18 /12 /diciembre /2011 10:25

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Steve Carell es un cómico de expresión austera y una vis cómica indiscutible, dentro de esa tradición de actores cómicos con cara de palo que logran una expresividad minimalista de gran efecto. En este caso la propuesta es ambivalente: una comedia inscrita en un argumento dramático o, si lo prefieren, un drama con los suficientes elementos de humor para configurar una película agradable de ver, con algunos momentos memorables, unas risas de vez en cuando y una reflexión amarga sobre las relaciones amorosas y el matrimonio como institución sumamente vulnerable en estos tiempos.

Empezamos a notar esa ambigüedad temática ya desde la primera secuencia en la que Julianne Moore (excelente como es habitual y curiosamente muy cerca de su papel en esposa insatisfecha en "Las Horas") le espeta a su marido en una tranquila cena fuera de casa que quiere el divorcio. Un traumatizado Carell (que se lanza del coche en marcha porque no desea hablar del tema, en pleno ataque de incredulidad catatónica) se sume en una degradación personal que trata de superar --y aqui ya entra el aire de comedia ligera propia del género y del estilo made in USA-- aprendiendo a ligar desaforadamente de un play boy elemental y absurdo(Ryan Gosling) que esconde frustraciones y deseos de amor convencional en el timido corazón. Es decir una deconstrucción emocional de un personaje con gran  despliegue de hermosas mujeres de una catadura mental inversamente proporcional a su belleza y con la verdad esencial oculta hasta el final, cuando el guaperas ligón encuentra a su media naranja (justamente la hija de Carell) y el reflotado en la banalidad sexual, Carell, recupera a su esposa en una secuencia de graduación del hijo adolescente que parece sacada de las películas de jóvenes, colegio y profesores emblemáticos, "Oh capitán, mi capitán" con poetas muertos o no.

Glen Ficarra y John Requa son los artífices de esta cinta diseñada para pasar el rato con más calidad de lo habitual en el género, donde no sólo la pareja protagonista logran elevar el listón, también los secundarios (el ya citado granuja previsible Ryan Gosling, Marisa Tomei, Emma Stone --como la hija de Carell que redime al donjuan de barra de bar--, Analeigh Tipton, etc.). El guión va mostrándonos la fauna amorosa sexualizante de la clase media norteamericana con ritmo y una actitud crítica implícita que le da sentido al humor derrochado en la película con acierto, entreverado de posibilidadaes dramáticas que, aunque no se cumplen, da sentido de verosimilitud, de realismo, a lo que acontece. 

Final feliz, como mandan los cánones, aunque con una cierta ironía crítica, una sombra de amargura y de realismo edulcorado, que deja al espectador tras la sonrisa, la sombra de una duda. ¿Realmente vale la pena desear tener un "loco, estúpido amor"? O lo que es más real, ¿No terminaríamos lamentando no haber vivido nunca uno de esos amores estúpidos y locos?

 

 

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17 diciembre 2011 6 17 /12 /diciembre /2011 09:18

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Reunir en una película a Ernest Jung y a Sigmund Freud resulta ser una hazaña que puede precipitar al director en las simas del ridículo o auparle a la cima del cine comprometido y de calidad. Ya John Huston intentó con "Freud, la pasión secreta" un acercamiento al genial -o un poco menos-- médico vienés que se autotituló "inventor del psicoanálisis" y apenas recibió la nota media que solía lograr con sus películas más defectuosas, aunque no es en absoluto una cinta desdeñable, siquiera sea por la interpretación de Montgomery Clifft. Otra cosa fue un bodrio perpetrado en 1984 sobre "El diario secreto de Sigmund Freud" que hubiera provocado la muerte por un ataque de verguenza ajena de la mayoría de los psicoanalistas freudianos que fueran a verla en un momento de insensatez. Mucho mas respetuosa fue la imagen lúdica que daba de él "The seven cent solution" (1976) de Herbert Ross, donde tiene como paciente nada menos que a Sherlock Holmes. Creo que esta pelicula hubiera divertido al mismísimo Freud.

En "Un método peligroso" se nos narra el comienzo, desarrollo y brusco final de la amistad entre un maduro Freud y un joven Jung en el comienzo de su carrera, entre el médico judío rechazado por la sociedad y la medicina bien pesante y un médico suizo, ambicioso e inteligente, que apuntaba como delfín sucesor de Freud. Todo ello a través de la anécdota importante de la relación personal  de ambos, sobre todo la muy íntima de Jung, con una enferma y , posteriormente, psiquiatra judía de origen ruso Sabina Spielrein a cuya inteligencia y agudeza mental debería el propio Freud algunas de sus ideas y teorías más interesantes, como la pulsión de muerte o Tanatos enfrentada a la pulsión de vida o Eros.

David Cronenberg ("Promesas del Este", "Crash", "Inseparables") dirige esta película, coproducción germano-canadiense que atrae igual al profano que al conocedor del psicoanálisis, sus arcanos, sus mitos y sus defectos y valores. La obra tiene una génesis brillante: la idea nace del libro de John Kerr, "A most dangerous method" (1993), que fue adaptada en forma de obra de teatro "The talking Cure"  (2002) por Christopher Hampton, que a su vez firma el guión de la película.

Evidentemente la película se centra en la relación ilícita entre Sabina Spielrein (una inquietante Keira Knigtley, cuya pasión interpretativa le llevó a padecer una mandíbula desencajada durante el rodaje) y Jung (Michael Fassbender, realmente magnífico en su frío, reprimido y sensitivo papel), su médico y psicoterapeuta, ante la presencia primero comprensiva y después represiva y de rechazo de Freud (otro recital de calidad interpretativa de Viggo Mortensen, ajustadísimo en su ingrato rol).

Todos los entresijos y complicaciones entre los dos grandes pensadores y la dificultad de una amistad por la ambición de ambos, quedan apuntados en la cinta, como los hechos reales, personales, ocurridos durante el crucial viaje de ambos a Estados Unidos (la negativa de Freud a contarle a  Jung un sueño propio "para no perder su autoridad" y la famosa frase de Freud a Jung ante la estatua de la Libertad: "¿sospecharán los americanos que les traemos la peste?", es decir el atroz descubrimiento de todo lo que el psicoanalisis reveló sobre las motivaciones y las represiones humanas.

Es pues una historia de amor entre dos personas de sobrado talento, ante el testigo silencioso pero muy cualificado de un ser humano bastante excepcional, Freud (no solo por su inteligencia e intuición y su enorme cultura, sino también por sus defectos, su vanidad, su ambición y su avidez económica y social). Las secuencias filmadas en Viena en el edificio de la  Bergasse 19, residencia  de los Freud (desde 1891 hasta 1938) hacen palpitar el corazoncito freudiano de cualquiera --como muchos otros estudiantes del psicoanálisis me extasié ante el pequeño sofá cubierto con una  muy judía funda floreada en el despacho y consulta del gran hombre, dujrante una visita a Viena sólo con el propósito de visitar la famosa casa que hoy es biblioteca,archivos ymuseo freudiano--. Amén de otras secuencias filmadas en el café Sperl --aún existente-- donde los dos intelectuales medicos intercambiaron ideas y vivencias tomando esa bebida y comiendo tarta Sacher. Las localizaciones forman otro de los aciertos de Cronenberg, aunque nos  filmara el lago de Cosntanza en lugar del de Zurich para mostrarnos los viajes en barco de vela, regalo de su rica esposa, que Jung compartió con su maestro y con Sabine.

Excelente retrato de la sociedad burguesa confiada y próspera de los albores de la Primera Guerra Mundial, maravillosamente reflejada por la cámara formalista y clásica de este director. En esa sociedad de formalidades y convenciones, Jung y sobre todo Freud han abierto la Caja de Pandora al poner al sexo en el punto de mira de sus trabajos. La atracción devastadora que la paciente judía, socavada por una neurosis histérica, ejercerá sobre el doctor Jung, no solo por su belleza, también por su inteligencia y audacia de sus ideas, es la vertiente paradójica del enfrentamiento del quietismo intelectual clásico de la cultura de ese momento con la revolución, el cambio de paradigma que el psicoanálisis, con el marxismo, con la antropología y con la ciencia atómica, provocará en la cultura y la soeidad del siglo XX, una revolución drástica que cambiará al mundo.

Con una banda musical sobresaliente de Howard Shore, que se adentra, como las notas del Sigfrido de Wagner, en las pasiones de los personajes, no sólo sexuales, también de orgullo, de envidia, de ambición, la película es el monumento fílmico de un director del siglo XXI a una disciplina psicológica que cambió radicalmente la percepción del interior mental de las personas, de sus patologías y de sus sueños. Y se levanta sobre un enfrentamiento titánico, en el que cuenta esa ambición y ese deseo de posteridad y fama, pero también la propia percepción de la sociedad que separa a un medico judío lleno de represiones y complejos y a un médico ario con una mente rigurosa pero seguramente herida también por la represión, la culpa y el enfatuamiento de la conciencia en una misión sublime y espiritual. A todos ellos (incluido el discipulo libertino y desequilibrado de Freud, Otto Gross interpretado por Vincent Cassel) es la irrupción del sexo y la necesaria ansia de libertad que éste exige, la que provoca la fiuerte atracción que los personajes poseen, marionetas debatiéndose entre la culpa y el sufrimiento, en una sociedad que rechaza todo lo que ellos descubren.

Personalmente me he sentido fascinado por el retrato que Viggo Mortensen nos ofrece de un paternal y maduro Freud, escondido tras su cortina permanente de humo de puro, seguro de sí mismo, duro e imperturbable en apariencia, pero atenazado por la soberbia intelectual y una sensibilidad enfermiza. Así como la inseguridad, apasionamiento y deseos contradictorios que bloquean al frío, casi hierático Michael Fassbender en su composición de Jung. Sabina, Keire Knightley, presta su belleza, su pasión y algunos excesos interpretativos, sobre todo en las secuencias de su enfermedad, a la enferma y después brillante psiquiatra que tendría, en la vida real, un lamentable fin en las cámaras de gas de los nazis, años después. Sólo la intervención en la trama de Otto Gross --que sirve de acicate pasional a Jung-- se me antoja un poco innecesaria y reiterativa.

Diseño de producción y vestuarios con una nota de calidad indiscutible realzadas por la fotografía tecnicamente perfecta, algo lenta en ocasiones, pero que subraya con acierto el "tempo" de una  sociedad que está viviendo su fin. Por supuesto que un espectador ajeno a los principios del psicoanálisis --aunque lo más básico ya forma parte de nuestra cultura elemental-- acabará pensando que tanta charla sobre el yo, el ello o el superyó, el subconsciente, la represión de la libido o las pulsiones eroticas, la muerte como tensión opuesta, junto a tanta hipocresía y sufrimiento en el desarrollo de una sexualidad perversa (las escenas de masoquismo están bien resueltas, como una estampa de época), resultan abusivas e innecesarias.

Por eso estimo que "Un método peligroso" formará parte de esas películas que acaban teniendo exito mas por lo que se escribe y comenta de ellas, por el eco formidable entre algunos profesionales de la medicina o por el rechazo de otros, que  como producto fílmico popular. Quizá entre estos ultimos se planteará el rechazo a algo claramente mostrado en la película: la tenue linea de sombra que separa las psiques del enfermo y del que pretende curarle, la ambigüedad y peligro de una relación terapéutica en la que el médico se convierte en el reflejo de un deseo y una aspiración, un método de cura por la palabra que contiene muchos peligros en sí mismo y que a pesar de su ambición científica pertenece al mundo de la mente, ese sutil tejido que tiene la misma naturaleza que la de los sueños.

Como dijo el mismo Freud, y la película recoge, "una vez abierta la Caja de Pandora del psicoanálisis, las ideas que saldrían de ella no sería aceptadas ni en ese momento ni un siglo después". Y si además unimos a esa fuerza destructiva la eclosión del primer cisma del psicoanalisis perpretado por Jung, la pícula de Cronenberg se perfila como un hito ilustrativo de los origenes y el afianzamiento problemático de esa disciplina psicológica. Jung aporta misticismo, paraciencias y una ambición espiritualista que desagrada a Freud, siempre celoso del "cientifismo" de su terapia. La secuencia final en la que Jung habla de un sueño propio que refleja con cruel exactitud la trágica barbarie que la Primera guerra mundial va a producir en Europa años después, acaba dejándonos la impresión de que Cronenberg no toma partido ni por Freud-Sabine, ni por Jung, no juzga ni se entremete, sino que dispone eclécticamente  las piezas escogidas de la historia psicoanalítica para enriquecer una dialéctica entre la razón y el sexo, la pasión, la hipocresía y la soledad. Y cómo los individuos acaban siempre siendo fagocitados por las sociedades y las culturas del momento.

 

 

 

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15 diciembre 2011 4 15 /12 /diciembre /2011 18:41

Bueno, en principio fue culpa mía: vi en la cartelera el nombre de Oscar Wilde y los ojos me brillaron, una ancha sonrisa invadió mi boca, froté las manos en gesto de placer anticipado y compré las entradas sin investigar más. Era Wilde: placer teatral puro, comentarios ingeniosamente cáusticos, elegancia, humor chispeante y educado, personajes desternillantes, situaciones absurdamente reales, desenlaces inesperados, risas en la platea y aplausos satisfechos al final. En suma, Oscar Wilde. Ese hombre desdichado y autor brillante, rey de la ironía, volvía a los escenarios barceloneses. Concretamente al Teatre Nacional de Catalunya, en la Sala Gran, bajo los auspicios -desconocidos para mí- de la compañía Egos Teatre. Y además se representaría "El crimen de Lord Arturo Savile" --en catalán, of course-- una de las obras más divertidas del ingenio wildeano.

Así que mi mujer y yo, pertrechados de kleenex  y caramelos de menta para las lágrimas de risa y las carcajadas, nos instalamos ayer en la fila 7, cerquita del gran escenario y nos dispusimos a pasar un par de horas de relajado humor disparatado (tan imitado por nuestros Jardiel Poncela o Ramon J. de la Serna). Pero cuando la pequeña orquesta instalada en el mismo escenario, formando parte de la acción junto a los actores comenzó a tocar una música de revista o vodevil y mi adorada Lady Windermere (que Wilde volvería a sacar en "El abanico...") rompió a cantar junto al "mago" "El gran Septimus" causante del enredo, con el entusiasta apoyo vocal de Sibyl Merton y su futuro marido Lord Arturo, y coreados con los impagables "primos" Percy...nos miramos sorprendidos y angustiados. Un musical. ¿Por qué diablos...vemos a Oscar Wilde transformado en un musical, si apenas se conoce popularmente su obra? ¿Por qué no se le representa primero en su esplendor teatral y cuando la gente ya lo conozca lo suficiente nos permitimos hacer experimentos arrevistados o de ópera cómica con sus obras? Podemos disfrutar más de "El hombre de La Mancha" si somos lectores de "El Quijote" o de "Los Miserables" si alguna vez hemos leido la obra de Hugo.

De todas maneras nos dispusimos a disfrutar de los descabellados  y desternillantes intentos de asesinato del joven Lord empujado por el destino mágico, pero convertido el argumento y algunas de las memorables frases de la obra en una cantata de ópera bufa. Aún así, arropada por un excelente movimiento de actores y un montaje imaginativo, pleno de efectos cómicos o cuasi cómicos que parecían más destinados a la campaña de "escolares al teatro" que a espectadores adultos del TNC. Pero bueno, sacamos a pasear al niño que todos llevamos dentro y tan contentos.

Anna Alborch (Sibyl), Ruben Montañá (Lord Arturo), Toni Sans (El Gran Septimus,excelente cómico), Lady Windermere y Salomé (divertida Lali Camps) y Alberto Mora y María Santallusia (como los Percy, ambos muy dinámicos y ajustados a las astracanadas que requería el montaje), junto con ocho músicos magníficos, elevaron la nota profesional de la obra.

No era lo que esperábamos ver, pero...en definitiva, valió la pena.

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15 diciembre 2011 4 15 /12 /diciembre /2011 08:04

 

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Dirigida por Tobi Bauman sobre una novela de Richard Hayer, es una honesta y entretenida cinta de acción en la que se cumplen los parámetros de la búsqueda, el héroe, la heroína, el viejo profesor y la trama trascendental: el Arca de Noé, el "ojo de Dios" que permitió el diluvio universal, enfremtados a los turbios intereses de una secta religiosa con métodos de mafia con hábitos, que pretende volver a poner en funcionamiento ese ojo para provocar el fin de la humanidad actual  para crear una nueva, amén del desencadenamiento del virus de la peste negra que ha mutado de la bacteria que provocó la enorme mortandad en la Edad media.

Esta es, pues, la historia. No se pida nada más. Acción, persecuciones, misticismo de best seller, manuscritos medievales, trampas y  lugares misteriosos, amor apasionado y el héroe que ayudado por el viejo profesor y el amigo fiel, un taxista turco del que no sabemos nada excepto que es simpático y valiente y aparece en los momentos más delicados, logrará evitar en el momento más trepidante de la película que los malos logren su ambición apocalíptica y por la gracia de Dios creada a base de un agua milagrosa salvar a la heroína ya infectada por el virus.

Personajes planos pero claros, estereotipos del aventura a lo Indiana Jones, toques místicos y una realización muy correcta e imaginativa que mueve todos esos elementos y logra que nos divirtamos ante la pantalla aun sabiendo que todo está previsto para el final feliz y que no hay que hacerse muchas preguntas sobre lo que acontece en pantalla, sujeto no a la logica normal de los acontecimientos sino a la mucho más divertida, aunque improbable, de la ficción destinada a divertirnos.

Stephan Luca y Julia Molkhou interpretan a la pareja protagonista --logran un encanto fresco y atrayente--, Jean Ives Bertholou al anciano sabio y simpático y Tayfun Bandensoy al taxista turco providencial que ayuda a los jóvenes a destruir a la secta y a salvar al mundo.

Además y para terminar se nos avisa que habrá otra aventura al menos, la busqueda de Atlantis, el mitico país donde quizá podría haber estado el paraíso terrenal. Saqueo bíblico a todo pasto, trufado con un poco de historia-ficción. Pero con el añadido de una cámara resplandeciente filmando con habilidad los paisajes extraordinarios de Armenia y la belleza inmarchitable del Ararat.

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14 diciembre 2011 3 14 /12 /diciembre /2011 10:12

 

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  Otro producto de la factoría hollywoodiense destinado a levantar una risas, pasar un rato más o menos agradable, y todo muy a tono con los tiempos de crisis que vivimos, para dar actualidad a la cosa. Así asistimos al principio de la caida de un magnate, perfectamente encarnado por ese viejo zorro de las pantallas que es Alan Alda, que ha cometido una estafa de miles de millones de dólares y que cuando es detenido por el FBI no tiene un duro en la cartera y sus millones se han volatilizado. El magnate vive en un exclusivo edificio de Nueva York, The Tower, cuyo gerente, Ben Stiller, asiste incrédulo a la constatación de que su héroe financiero y cliente preferido se ha pulido los fondos de pensión de todos los trabajadores del edificio, incluido él mismo.

Eso es una gota de agua en el océano económico de la estafa pero para esas personas es toda su vida y todos sus ahorros. Cuando el magnate, que nunca acepta la acusación, muestra una frialdad absoluta ante la suerte de los empleados, Ben Stiller recurre a un maleante de poca monta, Eddie Murphy, (bastante salido de madre) para dar un "golpe de altura". En el sentido doble del término, ya que se propone encontrar el dinero escondido del magnate, que vive en el ático lujoso del edificio. Se trata de recuperar ese dinero y con él los planes de pensión de todos lo empleados.

Semejante trama, ay, tan actual, se convierte en  una excelente oportunidad de hacer brillar el humor austero y facial de Stiller y el vocinglero y entusiasta de Murphy, secundados por un elenco en forma que parece divertirse mucho con las astracanadas que se suceden. No les cuento más porque si lo hago ya tienen la película entera y sólo irán al cine los fans de los dos cómicos citados.

Bret Ratner es el responsable del asunto y trata de hacer  un producto de entretenimiento que podría haber firmado la factoría Walt Disney hace  veinte años.

Algo más de hora y media dura el evento y uno debe pertrecharse de palomitas y refresco para ayudar a la acción, no especialmente aguda o inteligente. Una insustancial propuesta cuyo activo más directo es la crítica nada sutil que hace a los tiburones financieros que tanto están haciendo sufrir al mundo y que pagan muy poco por ello, como todos sabemos. La película es impecable técnicamente, las actuaciones convincentes y el argumento no da para nada más, excepto gozar con la mímica y el verbo desbocado de Murphy, todo bajo una banda sonora que parece recordar a las películas de Harry el Sucio, con compañeros de la solvencia de Cassey Affleck, Tea Leoni, Matthew Broderick (que está impagable en su rol de padre desahuciado por deudas y paro) y aquella inmensa mole negra de mirada desafiante y gesto de ogra buena que es Gabourey Sibide, aquella deliciosa mujer de "Precius".

El pueblo unido jamás será vencido, parecen gritar los colegas ante el final escarmiento y derrota del magnate, que entra en la cárcel acompañado por las voces de los reclusos que gritan lo placentero que le encuentran y cómo se lo van a demostrar.

Al menos  es divertida y queda para el recuerdo la sonrisa cínica de Alda y la dureza de su mirada, amparada bajo el terciopelo de su educación de Harvard. Un tiburón con traje de Armani y modales de diplomático victoriano. 

 

 

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13 diciembre 2011 2 13 /12 /diciembre /2011 08:25

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Como dice uno de los protagonistas de "Restless", "Diferente puede ser bueno". La propuesta de Gus Van Sant, uno de los directores más sutiles del cine "indie" norteamericano, hace verdad la frase. Van Sant es el artífice de "Descubriendo a Forrester", "Todo por un sueño", "Mi nombre es Harvey Milk", "Mi Idaho privado", "El indomable  Will Hunting", "Elephant", y una versión milimétricamente exacta -y fallida- del "Psicosis" de Hitchkock. En el filme que nos ocupa vuelve a ser diferente...y muy bueno en su originalidad y su audacia llena de sensibilidad. Ya desde el principio, la c.amara se mueve con soltura y placidez...un chico (Henry Hopper) pasea su desvalida y extraña presencia por funerales de gente que no conoce. En uno de ellos conoce a una bella chica (Mia Wasikowska, deliciosa y delicada como una flor) que se ofrece a ayudarla en ese pintoresco proceder (que en ningún momemnto se nos explicita: hemos de mediar la película para comprender lo que pasa por la mente del extraño muchacho).

Poco a poco se nos revelan datos de los dos jóvenes. Conocemos a un "amigo" del chico, un piloto kamikaze japonés de la segunda guerra mundial que comparte juegos casi infantiles con el chico y que un poco más tarde sabremos que en un "fantasma", un ser imaginado, una alucinación, alguien que aparentemente ha aparecido en la vida de Henry poco después de un pequeño periodo de coma que tiene a consecuencia del accidente en el que mueren sus padres.

La muchacha, también es mucho más de quien dice ser. No trabaja en un hospital para niños y jóvenes con cáncer sino que es una de las pacientes, a la que le quedan pocos meses de vida. Con desenfado, con alegría, con un humor tierno y fresco, se desarrolla un amor joven que se aparta de todos los cánones. El mensaje es claro: las muerte es fácil, el amor es lo difícil. Y la forma de defender esa idea clave, motriz, es la evolución de unos personajes que afrontan la muerte con una delicadeza y una naturalidad creativa que desarma. La inmersión en la trágica realidad de la muerte se hace con una especial sensibilidad, sin tragedia vivida, sin sentimentalismo, con emocionante inteligencia, con emocianada delicadeza. La sencillez del estilo, a menudo lánguido pero siempre ajustado a una emocionalidad sin estridencias y las buenas interpretaciones del duo protagonista, hacen de esta película una excelente propuesta para dedicar un par de horas a un tema delicado y profundo resuelto con encanto. Uno se levanta de la butaca con la sensación de haber asistido a algo próximo, esa sugestión de lo sencillo y lo bueno aunados en un filme.

 

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12 diciembre 2011 1 12 /12 /diciembre /2011 08:22

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El director rumano Rudo Mihaileanu sabe muy bien lo que hace, a pesar de que su película "El concierto" parece un producto incoherente en el que nadie sabe si echarse a llorar o lanzar una carcajada o, como suele suceder en esta película, las dos cosas en sucesión. Pues bien, ese efecto de ambigüedad temática es, para mi, uno de los logros del director, ya que la historia que nos cuenta, aparte de inverosímil y disparatada --lado en el que nacen las carcajadas-- es inteligente, intimista y crítica.

Juzguen ustedes: Andrei Filipov  (Alexes Guskov, un actor que todo lo intenta decir con la mirada, ya que lo demás de su rostro es hierático) fue hace treinta años uno de los mejores directores de orquesta de la Unión Soviética, en la que dirige la Orquesta del Bolshoi. Es la época de Breznev y los músicos judíos son despedidos por razones politicas  y raciales de su trabajo y enviados al gulag. Filipov apoya a sus músicos y critica a Breznev, lo que le vale el ostracismo y ser reducido al empleo de limpiador en el mismo Teatro que dirigió, tras una durísima y capital escena en la que un comisario político irrumpe en el teatro del Bolshoi en pleno concierto (de Thaikovsky), le rompe teatralmente la batuta a Filipov y anuncia que es un enemigo del pueblo y por esa razón es cesado en ese humillante momento.

Pasan treinta años y un dia, mientras limpia el despacho del jefe, se recibe un fax procedente del Teatro de Chatelet invitando a la orquesta oficial a dar un concierto en París. Andrei concibe la descabellada idea de reunir a sus antiguos compañeros de la orquesta--que sobreviven como pueden haciendo las más míseras labores, sin haber vuelto jamás a ensayar con sus instrumentos o actuar,  e ir a Paris en vez de la auténtica orquesta del Bolshoi.

 ¿Cuales son las razones que esgrime para llevar a cabo tan absurda e irrealizable idea? Bien, ahí no debo entrar. Sólo les puedo desvelar que el deseo de ir a tocar en Paris está unido a esa historia del despido de los judios y del concierto de Thaikovsky tan dramáticamente interrumpido.

Bajo un ambiente surrealista y equívoco, Mihaileanu va pasando con  soltura del drama racial y político, a la comedia desenfrenada, de la tristeza, la humillación y el dolor  a la carcajada, al humor grueso, al jolgorio más absurdo, al drama romántico y a un improbabilísimo final feliz, aderezado con un sentimentalismo facilón (que a veces logra el milagro de hacerse pura ternura).

Como colofón de la arriesgada propuesta, el final de la pelicula es la interpretación casi integra del Concierto de Tchaikovski. Aunque lamentablemente el director sigue mostrándonos algunas escenas del triunfo de los represaliados músicos, que hubieran debido ser arrinconadas a los titulos de crédito, para dejar el climax final con el término apoteósico del concierto.

Tal como apuntaba, en su dia, ese magnifico critico llamado Juan Zapater, la visión de esta cinta lleva al espectador cinéfilo a recordar al menos dos títulos anteriores. el "Good Bye, Lenin!" para todas las  secuencias que nos muestran a la Rusia de hoy, bajo una visión crítica pero no sangrienta (excepto en lo referente a la mafia detestable de los nuevos ricos de la sociedad rusa post sovietica) y, en la parte parisina, a "Los chicos del coro" (secuencias en las que hay un exceso de tópicos amables referentes a gitanos, eslavos, burgueses e intelectuales franceses).

 

Película divertida  a la que no hay que pedir más de lo que es, una comedia embutida en un traje dramático, con guiños  a la lamentable historia politica   del siglo XX en clave de humor sarcástico y con un objetivo romántico y sentimental. Para conseguir ese objetivo el director echa mano de un hada madrina que le resuelve vía "buenos sentimientos y corazón generoso" hechos absolutamente inverosímiles. No nos la creemos pero lo pasamos bien.

 

 

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11 diciembre 2011 7 11 /12 /diciembre /2011 08:53

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Robert Redford, además de ser un actor-icono del cine norteamericano del siglo XX y comienzos del XXI, es un director sensible y de clásica factura que se atreve a tratar temas tan delicados como el papel ridículo de cierto senador en las guerras de Oriente Medio comprometiendo la política exterior norteamericana ("Leones por corderos"), en clave de humor, o de la actual "La conspiración", un drama judicial en el que se dilucida, ahí es nada, la múltiple autoría del asesinato de Abraham Lincoln en 1865, recién acabada la guerra Norte-Sur, un crimen que traumatizó a toda una nación.  

Asistimos brevemente al asesinato del presidente Lincoln por el actor John Wilkes Booth (Toby Kebbell) durante la representación de una comedia en un teatro de Washington y a esos primeros momentos de sorpresa, conmoción, dolor y rabia (que a muchos nos recordó el de J.F. Kennedy) y la búsqueda intensa de los que ayudaron al actor a cometer el crimen. Entre esas personas una mujer, Mary Surrat, (Robin Wrigth, sencillamente una revelación) cuyo evadido hijo es uno de los conspiradores  y cuya defensa se encomienda a un abogado, ex capitán herido en la muy cercana guerra civil, James McAvoy (también una actuación brillante).

No importan los motivos, ya se sabe que el asesinato fue planeado y ejecutado por personas del vencido sur, exmilitares y ciudadanos, aquí Redford nos plantea un filme del género judicial, tan cuidado por los norteamericanos. Sin embargo, aunque la mayoría de las secuencias se desarrollan en la sala del tribunal, entre interrogatorios a testigos e intervenciones de jueces --todos militares-- fiscal y abogado, Redford logra con el montaje de otras secuencias paralelas y el flash back que el ritmo no decaiga en ningún momento.

Las pruebas presentadas contra la viuda, que regenta una casa de huéspedes, donde se reúnen los conspiradores, invitados por el hijo de la mujer, van mostrando no sólo la endeblez de su relación con el crimen, sino el amaño y manipulación de testigos para lograr una culpabilidad que permite, por razones de Estado, terminar con todos los asesinos --excepto el hijo de la viuda-- de un sólo golpe, como escarmiento y aviso de que el recién nacido Gobierno de la nación no tolerará ninguna maniobra más del Sur.

Lo cierto es que el planteamiento es de alto calado: la necesidad de que la justicia sea prioritaria ante el interés de estado o las ansias de venganza. La búsqueda de la verdad como objetivo absoluto y la denuncia de las maniobras orquestadas para evitarla, en defensa de su oportunidad o de la adecuación a las circunstancias --el mismo abogado, un héroe de guerra, deberá abandonar la profesión tras el juicio por la condena en paralelo que socialmente se hace a su persona por defender "a una asesina del presidente", cuando todas las evidencias apuntan a que la señora Surrat es inocente (conclusión a la que llega el jurado militar y que es invalidada por el presidente en funciones, que firma la orden de que sea ahorcada junto a los demás).

¿Defectos? Uno y bastante sólido. La falta de brío narrativo, de emoción gradual, de un ritmo acorde con las emociones del momento, una coherencia que no suele darse en la vida real pero que en un drama cinematográfico es vital: adecúa la emoción de lo que se narra con el tirón que se ejerce sobre el espectador. Resonancia emocional, se llama eso. Y a Redford le falta. Me pregunto qué hubiera hecho otro grande del cine Clint Eastwood. Casi no tengo dudas que nos hubiera llevado gradualmente a un climax final que en esta ocasión pasa inadvertido, a pesar de que el tema, el primer magnicidio que afrontaba la muy joven nación, lo merecía de sobras. Recordemos que se recortaron los derechos civiles y se instauró el estado de excepción para un país que acababa de constituirse y mantenía un respeto sagrado por la Declaración de la Independencia y los derechos humanos que ésta defendía.

Redford sigue siendo fiel al compromiso humano , ético y político que ha marcado casi toda su filmografía y no sólo como actor. Pero a menudo, como ocurrió con la citada "Leones por corderos" (de 2007), ese compromiso es demasiado pedagógico, con cierta ambición documental, y eso  lastra la película lo suficiente para que se resienta el ritmo, siendo como es, que todos los demás elementos del producto, fotografía, ambientación, color, actuaciones y detalles de técnica cinematográfica, rozan la perfección. Eso sin olvidar las semejanzas y paralelismos entre la hecatombe nacional que produjo el 11-S y el magnicidio de "La conspiración". En ambos casos el afán de venganza ha prevalecido sobre los ideales democráticos del país y su legislación. Redford nos propone un examen de conciencia (al conjunto de su país y al Gobierno que amparó las medidas de excepción) sobre la fragilidad del estado democrático de derecho, eso sí disfrazado los recortes a los derechos civiles con las más emocionantes palabras y razonamientos dichas en nombre de los ideales que defiende la Constitución americana. Las intervenciones del secretario de Estado Edwin Stanton (un magnífico y casi irreconocible Kevin Kline. muy alejado de sus papeles humorísticos) que amañó el proceso y las del senador "sospechoso" de simpatía con el Sur--Tom Wilkinson--, en el otro polo de las discusiones sobre justicia y verdad, dan a la película una densidad formidable.

No se la pierdan. Y ni una sola de las secuencias en las que actúa Robin Wright. 

 

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10 diciembre 2011 6 10 /12 /diciembre /2011 08:56

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Nuevamente la guerra civil entra en las pantallas españolas. Esta vez tratando de buscar un enfoque distinto. Recién acabada la contienda, la película se centra en las mujeres, las novias, compañeras, hermanas, amigas, madres de los combatientes, de los vencidos. Es como una extensión temática de "Los girasoles ciegos" o de "Pa negre" que, por cierto compitió y ganó merecidamente en la carrera hacia la representación del cine español en los Oscar. En la primera, dirigida por José Luís Cuerda y basada en la novela de Alberto Méndez, asistimos a la difícil postguerra de Elena (Maribel Verdú) esposa de un "topo", un maestro (Javier Cámara) escondido en un zulo casero, asediada por un diácono militar que la pretende creyéndola viuda. En la segunda, una madre de familia catalana envuelta en un crimen también en la misma época, enfrentada al ambivalente esquema ético de su hijo, otra víctima de esos tiempos. Y ambas mujeres, sujetas al férreo y devastador machismo de los vencedores en nuestra incivil guerra.

 

 

En "La voz dormida", dirigida por Benito Zambrano (el director de aquella demoledora película sobre mujeres que fue "Solas") y basada en una novela de Dulce Chacón, se recoge los testimonios de las vidas de  dos hermanas, una, Hortensia (Inma Cuesta), presa en la cárcel de mujeres de Ventas, compañera de un miembro del maquis y la otra, Pepita (María León), que llega del pueblo a Madrid en 1940 para servir en la casa de un médico represaliado y su esposa, franquista.

 

Bella, formal, ortodoxa factura cinematográfica de Zambrano, que logra dar dramatismo y verosimilitud a la vida carcelaria y a la del Madrid aún convaleciente de las heridas de la guerra, donde la prepotencia de los vencedores se auna al clima de miedo a las represalias y la indefensión de los "otros". Volvemos a vivir aquí una red de relaciones femeninas inserta en un ambiente represivo, cruel, inhumano, donde los fascistas vencedores, en un clima de complicidad de la sociedad civil, con el omnipresente ejército y la policía, más las instituciones carcelarias y la misma iglesia, configuran un ambiente sórdido y arbitrario donde las torturas y las humillaciones son el pan nuestro de cada día.

Sin embargo, la historia a pesar de su trágica contundencia no logra conmovernos en demasía, suena un poco a más de lo mismo, un poco excesivo el mensaje básico de la izquierda convertida en mártir, con alguna secuencia de fuerza cinematográfica inusitada (como la de la llegada de Pepita al pueblo donde debe contactar con el maquis, en el que la guardia civil preseta en la plaza del pueblo, expuestos, de pie en sus propias cajas, a los guerrilleros muertos para que la población se asuste y no de cobijo a los que quedan en el monte: nos recuerda la secuencia de "Sin perdón" de Clint Eastwood, con el cadáver de Morgan Freeman expuesto en la entrada del "saloón" del pueblo.

Hay demasiada insistencia en la polaridad siniestra de unos y la heroicidad de los otros, una demanda permanente de complicidad y empatía al espectador, que resta méritos a la propuesta, haciendo a esta película demasiado panfletaria, cuando el drama de esas mujeres, por sí mismo, nos hubiera conmovido sin tanta insistencia.

Pero nadie puede criticar el magnífico trabajo de las dos actrices protagonistas, tanto María León como Imma Cuesta: se puede decir que todo el valor intrínseco de la película reposa en ellas, un recital de autenticidad y garra dramática, en las miradas, en los gestos, en las voces, en la sola presencia de ese par de mujeres desvalidas pero fuertes e íntegras.

Quiero decir que este cine, tan emotivo para cuantos hemos vivido épocas más cercanas a aquella guerra demoledora (los nacidos de los cincuenta hasta los ochenta) incide en nuestra cercana experiencia familiar, sabemos más o menos de qué nos hablan, es la generación de nuestros padres, pero ¿qué ocurre con los jóvenes para los que la guerra y Franco no son más que colegas de los dinosaurios o poco más? Para ellos sólo cuenta la fuerza que logran imprimir esas dos actrices en una historia que nos les debe sonar mucho.

 

También el resto de actrices secundarias que arropan la vida carcelaria, dan una estampa bastante verídica de aquellos horrores, promoviendo momentos de una ejemplar garra dramática (así, la secuencia carcelaria en la que las internas, firmes y en filas, deben besar una a una los  pies de un Niño Jesús de porcelana).

 

Película notable, quizá reiterativa en el panorama español, pero con una innegable buena factura que merecía haber sido mejor tratada por la publicidad de las distribuidoras y por la crítica y el público.

El romance entre Pepita y Paulino (Marc Clotet) está metido con calzador en el drama de Hortensia, la hermana encarcelada que va a tener un hijo en la prisión y que Pepita trata de rescatar para evitar que sea uno más de los niños "desaparecidos" de las reclusas.

La factura técnica de la película es impecable, de un academicismo formal innegable que da cierta frialdad al conjunto, lastrado por el "mensaje" ideológico que propone que, repito, siendo históricamente admisible, a estas alturas requiere un tratamiento más emocional, menos "políticamente correcto", tratando de hacer un cine que atraiga a los espectadores de hoy, sin abusar de un documentalismo que ya no toca. La propuesta argumental es lo suficientemente poderosa (el grupo de mujeres de la cárcel tiene una fuerza interpretativa de gran calado: Ana Wagener, Lola Casamayor, Berta Ojea, Susi Sánchez, entre otras) como para haberse centrado más en los dramas personales que en la pintura social y política de una época, gracias a Dios ya en un pasado algo remoto, siniestra.

 

 

 

 

 

 

 

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8 diciembre 2011 4 08 /12 /diciembre /2011 09:11

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A veces las comedias están estructuradas en torno a una dilema ético de importancia y nos cuentan y muestran las gracietas del cómico de turno pero en todo momento, subterráneamente, de una forma sutil, sigue planteado ese dilema fundamental al que casi todas las personas se enfrentan una o más veces en el transcurso de sus vidas. Generalmente la comedia no resuelve el problema, que queda aleteando como una mariposa insomne, pero al menos nos reimos y nos decimos, "¿por qué no?, quizá sea esta una forma de afrontarlo". Uno de esos dilemas esenciales de los que hablo y el que subyace en esta alocadísima comedia dirigida por Ron Howard, es el de la sinceridad, la honestidad y la verdad en las relaciones humanas, cuando es el momento de plantear esa verdad, si no es mejor callarse, cuáles son los daños colaterales que la sinceridad siempre causa y si vale la pena pagar tan alto precio por esa verdad que castiga a una persona generalmente la más inocente y, en fin, si estamos autorizados a meternos en la intimidad de otras vidas para salvaguardar esa verdad. Salvando las distancias me recuerda al Ibsen de "El pato salvaje" aquella durísima alegoría en la que un fanático de la sinceridad desvela verdades celosamente guardadas durante años a una familia provocando la ruina de ésta y como colofón el suicidio de una niña.

Ese magnifico actor que es Vince Vaughn es el sujeto protagonista del dilema: ha visto como la mujer de su amigo Kevin James, socio suyo en una empresa que pasa el momento más delicado de su existencia, tiene relaciones inequívocas con un joven. ¿Qué hacer? La leniniana pregunta le deja atónito. ¿Debe contarle a su mejor amigo que su esposa adorada le engaña? ¿Una tal revelación no pondría en peligro el futuro de su empresa que tanto depende del trabajo de su amigo? ¿Tiene derecho a no inmiscuirse? A partir de ese momento la vis cómica de Vaughn se dispara, una trepidante cascada de sucesos caóticos y desternillantes van sembrando la historia hasta su desenlace: el momento de la verdad. Para llegar a ese momento Vaughn ha sembrado desconcierto, destrucción, desconfianza y situaciones ridículas y agresivas hasta límites casi patológicos. La secuencia que rodea la fiesta en homenaje a los padres de su novia, con el brindis patoso y casi insultante que Vaughn hace delante de todos, roza la incorrección más asalvajada.

Hay que anotar las interpretaciones casi vodevilescas de una Queen Latifah, en su papel de ejecutiva de la firma de automóviles, con sus referencias sexuales incontinentes, casi al otro lado del espectro de la actuacion de Jennifer Connelly que parece pensar que todo aquello no va con ella.

El final, muy previsible, y el desentono adormecedor de la trama una vez desvelada la infidelidad, van quitando puntuación de calidad a la película que, salvo algunas secuencias de un humor corrosivo, no pasa del aprobado justito. Es decir, cine para la tarde del domingo, para ver con la pareja e ir comprobando de qué forma se rie ella (o él)  ante ese problema común de la sinceridad.

 

 

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