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31 enero 2011 1 31 /01 /enero /2011 18:08

El cine tiene estos detalles magnífictcrown2.jpgos involuntarios: ofrecernos un recital de actuaciones, de modos, técnicas de dirección e interpretación, estética general, referencias sociales y artísticas de la época, al permitirnos contemplar una misma historia con 31 años de diferencia y asi brindarnos la posibilidad de disfrutar de una lección sociológica y de estética cinematográfica.

Se trata de las dos versiones de "The Thomas Crown affair", una de 1968 dirigida por Norman Jewisson e interpretada por Steve McQueen y Faye Dunaway y la segunda de 1999, dirigida por John M. Tiernan y las actuaciones de Pierce Brosnan y Rene Russo (esta titulada en español "El secreto de Thomas Crown": siempre me sorprende la muy frecuente incompetencia  de los productores españoles para titular películas extranjeras, cuando no se limitan a traducir).

Las diferencias argumentales son episódicas pero se convierten en esenciales para diferenciar ambas versiones. (Tampoco apoyo el ejercicio de estilo que supone copiar la película origen casi fotograma a fotograma, como hizo Gus van Sant en el 98 con la "Psicosis" de Hitchcock y se llevó el Razzie al peor director).

Ambas tratan de sugerir un mundo de elegancia y sofisticación que suele asociarse a la vida personal y cotidiana de los multimillonarios (en la realidad dista mucho de ser así en la mayoría de los casos). Pero lo que en la primera versión se mantiene en un agradable y discreto plano, en la segunda llega un momento en que suena excesivo, chillón y casi de mal gusto (tipo complejo de nuevo rico, snob -sine nobilitas-), por ejemplo los modelitos de la Russo. Si a ello añadimos la elegancia natural de Queen enfrentada a la acartonada de Brosnan  y la sensualidad profunda de la Faye al desenfreno sensual de la señora Rene se comprende porqué Jewison nos invade de erotismo solo con gestos y miradas durante una partida de ajedrez y Tiernan recurre casi a la pornografía velada para lograr bastante menos excitar al espectador y desde luego nada a las espectadoras (cosa que la pareja Mc Queen y  Dunaway consiguen sin despeinarse...ni desvestirse).

Pero no todo es más malo en la segunda versión. Las diferencias argumentales caen del lado de ella por encima de la delincuencia descarada de Steve. Brosnan nos atrae con sus robos de arte mucho más que Steve tratando de emular a los gángsteres gafados de Kubrick. Las referencias culturales del remake son muy superiores a las escasas que nos ofrece la primera. Particularmente me pareció muy acertada la extrapolación del cuadro de Magritte "El hijo del hombre" como clave para resolver el climax de la película, usando Brosnan y sus compinches la vestimenta, bombin, abrigo gris, maletín que muestra el cuadro,  para confundir a la policía.tcrown1

Por lo demás, el uso en el remake de la célebre "Windwikks of your mind" cantada por Sting que se llevó el oscar a la mejor canción en la primera versión y la actuación de Faye Dunaway como psiquiatra de Brosnan en la segunda, son guiños al aficionado al cine que hay que agradecer.

La elección del cuadro de Monet "San Giorgio Maggiore durante un crepúsculo" como objeto del primer robo de Brosnan, me parece un acierto estético y nos define al personaje mejor aún que lo que nos cuentan de él.

Detalles como la quema del supuesto Renoir en la secuencia de la isla es innecesario y no nos dice nada- bueno- del personaje que interpreta, excesiva y poco convincente, la Russo, excelente actriz que en esta ocasión ha patinado por intentar demasiados equilibrios.

Un último detalle para aficionados al arte escénico: en la secuencia en la que el protagonista se juega un dineral en una apuesta absurda por intentar sacar  con el stick una pelota de golf enterrada en la arena, que se repite en las dos versiones, obsérvese la diferencia abismal entre los gestos de Brosnan y McQueen. Y no digo más. Sutil diferencia pero significativa.

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24 enero 2011 1 24 /01 /enero /2011 09:59

De vez en cuando el cine logra con creces cumplir una de sus misiones y objetivos más excelsos, la comprensión de la historia por parte del espectador de una forma veraz, clara, honesta y brillantemente comprensible. En esta ocasión es "El discurso del rey", la película británica que consiguió hace unos días el premio a la mejor película otorgado por el gremio de los productores, antesala de los Oscar y una de las favoritas para recibirlos en la gala que se celebrará el próximo 27 de febrero. El filme protagonizado por Colin Firth, en el que da vida al Rey Jorge VI y que le valió el Globo de Oro a la mejor interpretación, reúne muchos elementos para ser considerado una gran obra en la historia del cine histórico.

La figura del protagonista, Jorge VI Rey de Inglaterra, es la de una de esas trágicas figuras atrapadas por la historia en el lugar menos adecuado: un ser humano de infancia triste y traumática, un hombre superado por las circunstancias, infeliz y acomplejado, al que la historia obliga a ser rey. El príncipe Alberto, Federico Arturo Jorge , futuro y obligado Jorge VI (como le dice Churchill en la película, "No puede reinar con su nombre, Alberto es un nombre alemán y entraremos  pronto en guerra contra Alemania") nació el 14 de Diciembre de 1895, segundo hijo de Jorge V y de María de Teck.  Desde su niñez, una infancia desolada de "pobre niño rico" criado y torturado por niñeras y mayordomos o humillado por su hermano o sus amigos, hasta los 30 años, sufrió de tartamudez lo que acrecentó su timidez, aunque gracias a un original terapeuta australiano logró curarla en parte y ha dado pretexto para crear esta bella película.

Se casó con la aristócrata escocesa Lady Elizabeth Bowes-Lyon (Helena Bonham Carter, otra brillante interpretación)  en 1923  y tuvo dos dos niñas, Isabel y Margarita. Jorge VI asumió la corona en vida de su predecesor, Eduardo VIII. Este monarca reinó poco tiempo, pues en diciembre de 1936, y para casarse con Wallis Simpson, una divorciada norteamericana, abdicó en la persona de su hermano Alberto, Duque de York, quien le sucedió en el trono con el nombre de Jorge VI.

Jorge VI estab lejos de pensar que sería rey y esa designación le torturó durante toda su vida.  No estaba capacitado ni física ni psicológicamente, para asumir la responsabilidad de guiar los pasos del Imperio en esa época difícil. Pese a ello y con un hombre tenaz como Churchill a cargo del gobierno, durante la guerra el rey realizó una abnegada labor en favor de su pueblo . Fue el último emperador de la India (hasta 1950 y rey de Irlanda, que se convirtió en república en 1949. Jorge VI murió víctima de cáncer el 6 de febrero de 1952 y fue enterrado en el Castillo de Windsor. Dejó a una reina longeva y voluntariosa, Isabel,  actual soberana del Reino Unido.

La cinta, (The King´s Speech), coproducción británica-australiana, dirigida por Tom Hooper y escrita por David Seidler está basada en la relación que mantuvieron el rey Jorge VI, antes duque de York, y su terapeuta Lionel Logue, un excéntrico actor fracasado, genialmente interpretado por Geoffrey Rush, que le ayudará a mejorar sus problemas de tartamudez. discurso-del-rey.jpg

Tras la muerte de su padre, el rey Jorge V, y la escandalosa abdicación del príncipe Eduardo VIII,  Bertie (memorable Colin Firth), afectado desde siempre de un angustioso tartamudeo, asciende al trono como Jorge VI de Inglaterra. Su país se encuentra al borde de la guerra contra la Alemania de Hitler y necesita desesperadamente un líder, por lo que su esposa Isabel, la futura reina madre, le pone en contacto con un excéntrico logopeda australiano, actor shakespeariano fracasado llamado Lionel Logue (insuperable Geoffrey Rush). A pesar de los problemas de relación inciales entre el envarado aristócrata lleno de complejos y sumamente irritable y el terapeuta heterodoxo y directo casi brutal, ambos comienzan una terapia al margen de cualquier escuela que les llevará a establecer un vínculo humano profundo, a pesar del rechazo del entorno del rey hacia el poco convenciona y nada titulado  terapeuta. Con el apoyo de Logue, su familia, su gobierno y Winston Churchill (quizá el menos conseguido de los personajes, a pesar de estar bien interpretado por Timothy Spall), el rey supera su frustrante tartamudez y pronuncia un discurso radiofónico -el de la declaración de guerra a Hitler-  que inspirará a su pueblo y lo unirá en la batalla. La película de Tom Hooper fue reconocida por el público de la última edición del Festival de Toronto como la mejor película.

Quizá a un pais regido por una monarquía como es el nuestro, los temas de las casas reales, el universo estrellado de príncipes y princesas, nobleza, reyes y reinas, no excite demasiada curiosidad anecdótica pero seguramente sí interés sociológico e histórico. En muchos sitios la realeza se considera algo más o menos anacrónico y más cercana a las páginas del papel couché que a las de los libros de historia. Sin embargo la época que describe la película, crucial desde un punto de vista histórico, acrecienta el interés por las personas que fueron protagonistas de los hechos. El drama humano del monarca de los “discursos tartamudos”,  que se dirigían a 458 millones de súbditos en un imperio de 33 millones de Km2, en plena II Guerra Mundial, resultan algo mucho más esencial que anecdótico..

Las miradas de desesperación intima, autorechazo y aun así orgullo y dignidad de Colin Firth, más los gestos sutiles de comprensión humana y testarudez terapéutica de Geoffrey Rush, pueden estar junto a la ternura silenciosa y expresiva de la Bonham Carter, como los logros fílmicos de la presente temporada y un recuerdo vivo para cualquier aficionado al cine.

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21 enero 2011 5 21 /01 /enero /2011 08:51

Un lleno espectacular en el renovado coliseo de la Rambla. Con un "Percy", el amante juvenil de la reina, de estreno riguroso: en lugar de Josep Bros, enfermo, el alemán Gregory Kunde, debutante en el Liceo y dotado de una voz magnífica, bien timbrada y modulada en su potencia y en su ejecución. En el escenario, escenografía escueta y compleja con paneles televisivos y un juego de superficies de listones de madera deslizantes muy efectivos en su aparente simpleza y su belleza seca y recatada. Rafael Lladó, el escenógrafo, ha sugerido un ambiente poliformal que apoya el drama y los movimientos de cantantes y coro con la serena efectividad de un escenario zen, en el que primero sorprenden y al final convencen los figurantes con cabeza de cuervo (omnipresentes en la Torre de Londres, escenario del segundo acto)

Ver la Anna Bolena de Gaetano Donizetti (estrenada en 1830 y con el honor añadido de ser la ópera que inaugura el Gran teatro del Liceo el 17 de abril de 1847) es un placer casi absoluto. Hasta el concierto habitual de toses y ruidos del respetable pareció desaparecer ante el despliegue musical y visual que se desarrolla durante los dos actos divididos por el tradicional y excesivo intermedio (treinta minutos). En total más de tres horas de repaso a lo mejor del bel canto, concertantes, árias, dúos...y en el escenario una Edita Gruberova insuperable, en estado de gracia, como Anna y la magnífica Elina Garança, con su voz plena, de ecos aterciopelados en el rol complementario y complejo de la Seymour, amiga y rival de la reina.

Aunque el libretista de Donizetti hizo su particular versión romántica de la historia de aquellos revueltos tiempos de la Reforma inglesa y la separación de la Iglesia de Inglaterra de la de Roma y sobre todo del papel importantísimo de la reina en todo ello, uno perdona las licencias literarias por mor de la excelencia musical y dramática. La joven Seymour no es una simple rival, es una criatura compleja, una mujer enamorada y también arrepentida, compasiva y realista. Pero es en la figura de Anna donde el libretista se toma más licencias: aqui es una figura romántica, trágica, apasionada e inteligente. annabolena.jpgEn la historia, la Bolena es una de las figuras más grandes del mundo femenino de todos los tiempos. La madre de Isabel I, la longeva gran reina inglesa, fue la líder e instigadora de la Reforma, la "primera mártir" de la cultura protestante, inteligente, culta, hábil, con un poder que igualaba en ocasiones al del mismisimo Enrique VIII, manipuladora secreta, hábil diplomática...Su condena a la decapitacion por espada en la Torre de Londres por acusaciones de adulterio, incesto y traición (nunca demostradas) dejó la puerta abierta para que el rey se casara con Juana Seymour y permitió el juego político de alto alcance que manejaba el canciller del rey Thomas Cronwell, en busca de la hegemonía de Inglaterra en Europa.

Y volviendo a la ópera, una nota más: éxito formidable del elenco en particular de la Gruberova, la espléndida Garança y el alemán Kunde, sin olvidar a un poderoso Carlo Colombara como Enrique VIII. Inolvidables.

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29 diciembre 2010 3 29 /12 /diciembre /2010 18:52

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En "Shakespeare, la invención de lo humano", el crítico Harold Bloom, comenta la enorme humanidad del fanfarrón Falstaff, gordinflón caballero, prepotente y algo ridículo,  demasiado viejo para creerse un galán, arruinado, amoral y cínico pero dotado de ingenio, inteligencia y una capacidad encomiable para soportar las adversidades con una cierta dignidad. Falstaff aparece en las dos partes de Enrique IV (1598) y tuvo tal éxito el corpulento vividor que Shakespeare se vio obligado a volverle a dar vida en una comedia trepidante y llena de melancólica alegría "Las alegres casadas de Windsor".

Pues bien, este es el personaje que el libretista Arrigo Boito perfila para la última ópera que escribiría Giuseppe Verdi, a los ochenta años, tras 54 años de componer: "Falstaff". Estrenada el 9 de febrero de 1893 en la Escala de Milán (y un año exacto después en Madrid), es el más teatral de sus trabajos y se la considera una suerte de testamento artístico de Verdi que aun siendo demasiado poco apreciado por los puristas de la ópera, resulta un fascinante trabajo de arquitectura musical,  con una simplicidad y rítmica belleza que entronca a las mil maravillas con el libreto inspiradísimo de Boito.

La versión dirigida por Fabio Luisi que hemos visto en el Gran Teatro del Liceo, es excelente, gracias sobre todo al enorme (en todos los sentidos) Ambrogio Maestri, dando voz y cuerpo al gran Falstaff, aunque en opinión mía los decorados y el movimiento escénico podrían haber sido más elaborados y ajustados a la fuerza dramática de música y textos. Y así se llega a un soberbio final, con el triste y escéptico recordatorio colectivo de que "todo en el mundo es burla", que nos manda a las Ramblas con una sonrisa melancólica pero complacida.

Las burlas y apalizamientos del pobre sir John, tan convencido de que su apostura le servirá para conquistar a dos hermosas damas casadas de Windsor y asi remediar sus lamentables penurias económicas, se ajusta más o menos a la obra shakesperiana. Aunque el Falstaff verdiano es menos agudo y menos rufián que el del inglés, ambos muestran un fondo humano y una comprensión de la vida, cínica pero también generosa que hacen simpático al excesivo personaje y sobre todo lo convierten en uno de los símbolos de lo humano del que habla Bloom.

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El carácter de "teatro musical" de esta obra, obliga a que uno deba sentarse cerca del escenario si pretende gozar totalmente de ella. Los de los últimos pisos, sin prismáticos, gozan la mitad (quizá de ahí venga el poco amor que los "óperamaniacos" sienten por Falstaff).  Tampoco los amantes incondicionales de Shaskespeare y sus personajes se sentirán muy felices con el fanfarrón un poco absurdo de Verdi y echarán de menos al compañero del principe Hal con su poco reverente alegría y su osada presunción, pero también su reducción a ser humano sufriente por el amor a un amigo que será rey. Aunque incluso a estos les sabrá a gloria ver al Falstaff verdiano volverse auténtico cuando canta aquello de que "el honor es una palabra y la palabra sólo es aire que vuela" o, en la conclusión de la obra, cuando espeta al público: "todo en este mundo es burla". A uno le parece estar viendo al gran Giuseppe, ya al final de su vida, sonriendo con escepticismo y sabiduría mientras regala a la música esa frase lapidaria para cerrar con ese coro una de las más ricas trayectorias operísticas de la historia del género.

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