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15 septiembre 2019 7 15 /09 /septiembre /2019 16:07

En el quinto y último libro de la voluminosa autobiografía de Leonard Woolf (el preferido de los editores españoles y único publicado en este país, pues contiene el luctuoso suceso de la muerte de su esposa, Virginia, la escritora genial que se suicidó el 28 de marzo de 1940 ahogándose en el río Ouse) el excelente memorialista, ensayista, político y editor, habla de su larga  vida en el último año de su existencia. Es un lúcido y dinámico anciano de 89 años y hace un repaso valiente e irónico sobre los males y los beneficios de la vejez. Y dice: "Creo haber disfrutado mucho con muchas cosas a lo largo de mi vida...". Y tras enumerar una lista epicúrea y sensata, añade: "Uno de los placeres que toda mi vida me ha parecido más fiable y al que no ha afectado el vampirismo de la senilidad es el placer de escribir" Y acaba: "Me gusta sentir en el cerebro el proceso de la composición, sentir como funciona la mente, como los pensamientos  se organizan en palabras y van apareciendo sobre el papel en blanco".

Cualquiera de las personas que me lea y sea un "lletraferit", palabra maravillosa en ese idioma elegante y poético que es el catalán (soy andaluz y he trabajado durante 40 años en labores de letras en Cataluña sin ningún problema y con muchas satisfacciones y respeto), es decir un individuo "herido" por la literatura en todas sus formas, las letras, firmaría sin dudarlo su apoyo a las palabras de Leonard. Desde que con 14 años terminé una novela sobre el antiguo Egipto (50 folios escrito a mano) una copia ingenua del estilo y los personajes de "Sinuhé, el Egipcio" de Mika Waltari, que devoré durante las vacaciones de verano a escondidas de mis padres, el gusanillo de  la escritura (y la lectura) se convirtieron en mis amigos inseparables  moldeando mi personalidad y mi manera de ser. Más de cinco décadas después mi asombro expectante ante el milagro de la creación literaria sigue tan fresco como antaño. He vivido como un escritor "lletraferit" y agradezco a Leonard el regalo de su sensible observación: tampoco en mí "el vampirismo de la senilidad" ha afectado el atemporal, revitalizante y entrañable placer de la escritura.

 

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12 septiembre 2019 4 12 /09 /septiembre /2019 09:11

En general procuro mantenerme apartado de los best-seller. No por un mal entendido elitismo o por el horaciano "Odi profanum vulgus et arceo". Respeto y apoyo el fenómeno best-seller, en definitiva es lectura y en grandes cantidades. Simplemente a estas alturas de la jugada vital prefiero seguir mi instinto literario (no siempre acertado, lo reconozco) y  no perder mi tiempo, cada vez más escaso, por un fenómeno estrechamente vinculado a las modas del momento ( a veces me repito que "Don Quijote" también fue un best seller en su época). Pero en Literatura, como en casi todo, nada está sentenciado de forma absoluta y el tiempo, ese buen doctor, puede cambiar un diagnóstico o introducir cambios en el juicio de una obra, sea best seller o minoritaria. En el caso de "La chica salvaje" , el juicio y la recomendación me vino a través de una amiga muy bien letrada. Le hice caso y acerté, porque ella acertó previamente.

"La chica salvaje" de Delia Owen, no es una obra policíaca, de intriga o de misterio. Hay un asesinato pero, en el fondo, nos importa poco quién es el asesino. Hay un argumento judicial y un proceso investigativo que enriquecen la dinámica argumental pero que también son secundarios. El hilo vital que sostiene la novela tiene que ver con aspectos, principios y cuestiones que rebasan esos cuadros argumentales y entran en la consideración de elementos humanos, de naturaleza, de poesía elemental, de filosofía de la existencia, de sentimientos y emociones suscitados por la belleza, el amor, la coherencia. Y hablo de esa coherencia esencial entre la persona, la protagonista, y el entorno natural, con la que se establece una vibración común que iguala al personaje con el agua, el bosque, las marismas de Carolina del Norte, las flores, los animales y de esa comunión surge un encanto literario que transporta al lector. De siempre he admirado a los llamados "escritores de la  Naturaleza", desde Whitman a Thoreau, Washington Irving, Nan Shepherd, Alice Herdan-Zuckmayer, Robert Seethaler, Paolo Cognetti.  Peter Metthiessen o John Burroughs, entre otros. Delia no les va a la zaga. 

Aquí, escondida tras una trama novelesca, se encuentra una novelista primeriza de unos setenta años que ha dedicado su vida a la ciencia, licenciada en zoología y doctora en etología, ha vivido en África durante 23 años y ha escrito libros sobre sus "experiencias entre elefantes y leones". Pero por lo visto necesitaba elaborar algo más que experiencias personales, sentimientos, vivencias íntimas y emociones causadas por la soledad: la comunión que a veces se produce entre las personas y la Naturaleza que las rodea y envuelve, las condiciona, las protege y las amenaza. Y de eso trata "La chica salvaje", donde además se desarrolla una descripción psicológica soberbia de un desarrollo y un proceso de maduración de una chiquilla a una mujer, una persona muy singular, solitaria y aislada, fuerte y vulnerable, de una sensibilidad exquisita pero también una superviviente nata. La protagonista de la novela de Owen, Kya, podría ser un trasunto novelesco de la propia autora, un reflejo especular transformado por la literatura y la poesía, de una mujer que vive sola en un rancho del norte de Estados Unidos, junto a la frontera canadiense. La soledad, el orgullo, la fuerza esencial de la supervivencia y las emociones identitarias femeninas son los hilos que mueven la acción de la novela entre un lirismo y una mirada franca y desinhibida de las flaquezas y vicios humanos que recuerdan los escenarios y las gentes de "Matar un ruiseñor" de Harper Lee (el racismo está presente en la novela a través de uno de los amigos de Kya, un hombre mayor afroamericano: estamos en los años 50 y 60). Delia Owens ha reinventado el mito del "buen salvaje" en su versión de una "enfant sauvage" que por su edad se libra de las limitaciones de todo tipo y principalmente mentales y lingüísticas que tuvieron los históricos niños salvajes criados en condiciones subhumanas (mitos de Tarzán y el Wogli  de "El libro de la selva" de Kipling).

La pequeña Kya Clark, abandonada por su madre y hermanos ante de los diez años, con un padre bebedor que no tardará en desaparecer de su vida, rechazada por las gentes del lugar, una chica salvaje en suma, que aprende a vivir y sobrevivir en la Naturaleza primaria de las marismas y a través de una inteligencia vivaz sobredimensionada por las necesidades y carencias, logra convertirse en una naturalista y bióloga experta a través de la observación y la experiencia en referencia a la flora y fauna de su entorno. Son interesantes los paralelismos que Kya establece entre la etología animal y la de los humanos (sobre todo en cuestiones como el sexo, el apareamiento y los rituales de seducción y también en la caza y la ausencia de crueldad y gratuidad en los llamados "animales salvajes") hasta el punto de hacernos dudar sobre la adecuación de nuestra especie a lo que es "natural" y de quien merece mejor el adjetivo de "salvaje".

Leamos: "Se imaginó dando un paso tras otro dentro del espumeante mar, hundiéndose en la quietud bajo las olas, los mechones de su pelo flotando suspendidos como acuarelas negras en el pálido mar azul, sus brazos y largos dedos flotando hacia el brillo luminoso de la superficie. Sus sueños de escapar, aunque fuera mediante la muerte, la elevaban hacia la luz. El tentador y brillante premio de la paz que estaría fuera de su alcance hasta que su cuerpo descendiera al fondo para posarse en el lóbrego silencio. A salvo. "¿Quién decide la hora de morir?" (pág.291)

Suficiente como aperitivo. Una novela excelente, un libro para guardar y releer páginas escogidas, de vez en cuando.

FICHA

LA CHICA SALVAJE.- Delia Owens.-Trad. Lorenzo F. Díaz.- Ático de los Libros.- 373 págs. 

 

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6 septiembre 2019 5 06 /09 /septiembre /2019 18:08

"La muerte de Virginia" es el nombre que los intereses editoriales -es decir los que atañen a la venta del libro- han destacado ocultando una realidad biográfica mucho más compleja y bastante más rica que las circunstancias del suicidio de Virginia Woolf, que ya conocemos todos los aficionados a la literatura inglesa. De hecho en España se publicó en los años setenta un corto volumen con el fragmento de las memorias y comentarios del marido de Virginia, Leonard Woolf (1880-1969), relativos al hecho, ocurrido en el rio Ouse en mazo de 1941.

En el volumen que hoy comentamos (el último de los que forman la autobiografía de Leonard) la muerte de la escritora es relatada de un modo recatado, sensato, sensible y nada emocional, acotando los elementos de probabilidades o conjeturas inevitables en estos casos a los mas obvios: la enfermedad mental de Virginia que le causaba brutales depresiones (Leonard habla también de otros síntomas) y la amenaza no menos brutal y extrema de un posible desembarco nazi en las Islas Británicas. Una posibilidad lógica que aterrorizaba a los intelectuales del Grupo de Bloombsbury (algunos de ellos judíos, como el mismo Leonard) hasta el punto de que el recurso del suicidio se había comentado entre ellos).

Sin embargo, para mí, el valor de este libro estriba precisamente en darnos a conocer al hombre, y sus facetas de intelectual, político, al editor de éxito, al pensador inteligente, al prosista de elegante e irónico estilo, sencillo, claro y a veces amablemente sarcástico. Pensamiento de izquierda civilizada y muy ética, sujeto a una educación algo puritana pero llena de humor y de amor ala vida y sus placeres, al estilo epicúreo, medido, equilibrado y apartado de los excesos. Su visión de los asuntos públicos y de la política de su país y la europea es lúcida y desencantada (escribe este libro un año antes de morir) y para él no ha mejorado con el tiempo sino al contrario. En las últimas páginas confiesa: “cuando considero todos estos hechos del mundo de hoy (la guerra de Vietnam, el maoísmo, la torpeza de tantos políticos) siento un agudo dolor, compuesto, creo, de decepción, horror, incomodidad y repugnancia.”  Llega a decir que cuando se trata con políticos, hay que tratar con buen número de “estúpidos”. Pero lo que más me ha agradado es su defensa bizarra de la ancianidad, tras la que sostiene que lo mejor de su vida ha sido su dedicación a la escritura y su tarea de editor en Hogarth Press. Es la  Editorial que fundan Virginia y él en 1917, que edita a muchos amigos o cercanos, entre ellos, por ejemplo, la primera edición europea de The wasted land de Eliot en 1923. En 1946 tras la guerra convierte su editorial en una filial de Chatto &Windus y sigue publicando con lo mismos criterios personales de calidad.

La lucidez pesimista de Leonard pone el broche final a una vida intensa y gratificante en todos los ámbitos donde trabajó y vivió: el personal, el literario, el editorial, el intelectual, el político. Pero se despide con una queja que hoy más que nunca resulta profética: "el hombre está destruyendo ciegamente la civilización en nombre de la civilización". Suena casi a Bertrand Russell, su formidable amigo.

FICHA

LA MUERTE DE VIRGINIA.- Leonard Woolf.- Trad. Miguel Temprano.- Lumen.- ISBN 9788426419682

 

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21 agosto 2019 3 21 /08 /agosto /2019 08:17

¿Quién no ha visto a José Ferrer, pero sobre todo a Gérard Depardieu, con una gran narizota, declamar, mientras mantenía un duelo a espada, aquellos versos alejandrinos magníficos y redichos que acababa cada estrofa con un "y al terminar, os hiero" o cantando su amor por Roxana, escondido bajo un  rosal prestando su voz y su ingenio, al torpe y apuesto Christian de Neuvillette? Lo que pocos saben es que ese hombre "a una nariz pegado" fue un personaje real y noble, poeta, dramaturgo y soldado llamado Hércule Savinien de Cyrano de Bergerac, contemporáneo de Moliére. Aunque muy idealizado (el original), el Cyrano de Rostand es el drama profundo de un hombre sensible e inteligente oculto bajo una apariencia dolorosamente risible y es un trasunto semejante al de la Bella y la Bestia tantas veces llevada a la escena y al cine, (recuerden que King Kong es, a pesar de todo, una historia de amor). Por cierto la muerte del auténtico Cyrano (a los 36 años)  fue misteriosa y sin autor conocido, como la del personaje literario.

El escritor y académico francés, Edmond Rostand, un incurable neoromántico alcanzó con su "Cyrano" (1897) uno de los grandes éxitos  mundiales de la época a caballo entre finales del siglo XIX y principios del XX. En esta ocasión las aventuras de ese espadachín desdichado y enamorado, han sido llevadas a las prensas por la editorial Reino de Cordelia en una edición magnífica ilustrada por el gran José María Gallego. Rostand tiene otras obras menos conocidas que también merecerían una edición como la que nos ocupa, me refiero a "El otro mundo" , quizá una de las obras precursoras de la ciencia ficción, en la que Cyrano viaja a la luna y al sol, como más tarde harían el Baron de Munchausen o el no menos precursor Meliès, con su cámara de cine impulsada a mano y con imágenes coloreadas una por una.

Los cinco actos del drama de capa y espada de Rostand ha tenido un brillante espaldarazo en la edición y en el cine o en los escenarios. Nadie puede mantenerse indiferente ante este sólido, desesperado y romántico trío de tópicos y símbolos que conforman Cyrano, su amada Roxana y el melifluo y más bien soso Christian, un "in crescendo" de emociones que culminan con uno de los mejores "mutis" finales de la historia literaria, junto al de Romeo y Julieta, Hamlet, el Quijote o Moby Dick. La versión que nos ofrece esta editorial es completa y la traducción versificada de Jaime y Laura Campmany roza la excelencia.

"Gracias a tí, una falda acarició mi vida" dice Cyrano moribundo a su amada. Y muere en sus brazos con una hidalguía estoica que recuerda al Ingenioso caballero, "Me habéis quitado todo: el laurel y la rosa --dice a sus enemigos en la vida, la mentira, los prejuicios, la envidia, la idiotez-- pero, por más que os pese, aún me queda una cosa..." Y ante la llorosa Roxana que le pregunta, "¿Que es ello?", responde exhalando el último suspiro: "Mi penacho lleno de gallardía/ y la brava apostura de mi fiera nariz". Telón.

Notas sobre el Cyrano real: nació en París el 6 de marzo de 1619, como cuarto hijo de Abel de Cyrano, abogado, y de Espérance Bellange. En París transcurrió casi toda su vida. En 1638, adoptó el nombre de Bergerac. Se alistó en la Compañía de la Guardia, y se hizo célebre por sus numerosos duelos. Se retiró en 1641, tras participar en los sitios de Mouzon y Arras y ser herido en la garganta. Estudió filosofía con Pierre Gassendi. Dilapidó sus escasos recursos. En 1647 heredó un modesto legado de su padre y se dedicó al teatro y a la literatura.Entre otras obras escribió L'autre monde,  una especie de nueva utopía  semejante a las de Tomás Moro y Tommaso Campanella. Protegido por el Duque de Arpajon, compuso una tragedia, La muerte de Agripina, que escandalizó y le enemistó con su protector. Murió el 28 de julio de 1655, en Sannois, a los 36 años, como consecuencia de las heridas que le causó una viga al caerle encima. Su amigo Le Bret publicó, extraído del manuscrito de L'autre monde, la Historia cómica de los estados e imperios de la Luna en 1657; más tarde, en 1662, apareció su Historia cómica de los estados e imperios del Sol.

FICHA

CYRANO DE BERGERAC.- Edmond Rostand.​- Trad. Jaime y Laura Campmany.- Ilustraciones de José María Gallego.- Ed. Reino de Cordelia. 277 págs. 29,95 euros. ISBN 9788416968749

 

 

 

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19 julio 2019 5 19 /07 /julio /2019 18:03

¿Qué hubiera sido de la humanidad si no hubieran existido el lenguaje y la escritura? Seguramente jamás hubiéramos llegado a inventar la bomba atómica, al exterminio burocrático-científico de millones de personas en campos de concentración, a provocar hambrunas, éxodos y matanzas por todo el planeta, a contaminar las aguas, la tierra y los cielos hasta límites apocalípticos, a hacer desaparecer inexorablemente cientos de especies animales y vegetales (nuestros supuestos compañeros de hábitat) a entender que la violencia, el abuso, el engaño y el robo forman parte indivisa de nuestra existencia cotidiana... y tampoco hubiéramos disfrutado del Quijote, de Shakespeare, Dickens, la Divina Comedia, Milton, los Vedas, las Mil y una Noches, del Sócrates de Platon, Epicuro, Aristóteles, Kant, Montaigne, Descartes, Wittgenstein, Russell los libros de Historia, de grandes viajes, Darwin, Einstein, los geógrafos desde Ptolomeo a Humbolt... sin los textos que la amparan y canonizan no habría profundas calas de espiritualidad en la mente humana y el acervo cultural de la Humanidad no existiría. Seres simiescos a los que nunca conmovería el teatro, el cine, la música...

La pregunta es retórica y se abre a una dicotomía insalvable: la barbarie y el instinto de supervivencia de la horda primitiva o la ambivalente carga de la historia que hemos inventariado tras miles de años de signos gráficos con significado, códigos en cuyas entrañas late la identidad de pueblos y personas y el reflejo histórico de esa relativamente breve y efímera presencia, con un trasfondo dramático de imperios que surgen, florecen y mueren, a veces sin dejar rastro, del florilegio de ideas políticas, sociales, científicas o filosóficas que van dinamizando el desarrollo, progreso y a veces destrucción de naciones e individuos. Más de cuatro mil años de literatura universal convierten en mera tentativa caprichosa e incompleta cualquier intento de reflejar una variedad y complejidad casi inagotable. El libro de Martin Puchner picotea aquí y allá sin pretender en ningún momento la locura de tratar de ser exhaustivo. 

Puchner, catedrático de literatura europea de Harvard, recurre a dieciseis textos que él considera fundamentales buscamdo a través de viajes personales contextualizar dichas obras con el ambiente en el que nacieron, al menos de forma indirecta inevitable dada la distancia cronológica y los enormes cambios habidos. Aunque en algunos, como el Sáhara (desde donde evoca la "Epopeya de Sunjata") o la selva mejicana y centroamericana donde aún alguien habla del "Popol Vuh".

El autor considera esos textos como "fundacionales", que "solían estar custodiados por sacerdotes que los atesoraban en el corazón de los imperios y naciones, mientras que los reyes los impulsaban porque sabían que un relato podía justificar conquistas y proporcionar cohesión cultural.” Como es natural en la historia de la cultura hay una dinámica progresiva, desde los escasos de tiempos antiguos hasta que "a medida que se extendía su influencia fueron apareciendo nuevos textos hasta que el globo se fue pareciendo más y más a un mapa organizado por la literatura, por los textos fundacionales que dominaban una determinada región”. El creciente poder de esta clase de textos situó a la literatura “en el centro de muchos conflictos, entre ellos las guerras de religión.” O más tarde, nos dice Puchner, de forma un tanto reduccionista,en la Guerra Fría, "en gran medida una guerra entre textos fundacionales: La Unión Soviética se había fundado a partir de las ideas articuladas en un texto mucho más reciente que la Biblia: El manifiesto comunista, escrito por Marx y Engels y leído con avidez por Lenin, Mao, Ho y Castro.”

Para seguir una coherencia cronológica, nuestros autor nos lleva desde el arcaísmo de escribas que compilaban textos orales recitados por aedos ante multitudes casi hipnotizadas por el poder evocativo de las palabras, es decir obras como Gilgamesh, la Biblia hebrea del Antiguo testamento, la Iliada o la Odisea. Más tarde serán textos inspirados por Buda, Sócrates, Pitágoras, Demóstenes o Jesús. Seguirán los escritos y publicados minoritaria y limitadamente por los grandes maestros literarios y filosóficos, adorados por la aristocracia y la burguesia. Llegando a la eclosión de la imprenta, la producción masiva y las masas alfabetizadas..hasta la radical revolución digital de internet, cuyo camino futuro está tan lleno de angustiosos interrogantes, como de comodidades impensables y aspectos positivos lo está en el presente.

 

FICHA

EL PODER DE LAS HISTORIAS.- Martin Puchner. Ed. Crítica. Trad. Silvia Furió. 394 págs. 23,90 euros. ISBN 9788491990260

 

 

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10 julio 2019 3 10 /07 /julio /2019 11:10

Puede haber quien piense que este tipo de novelas, victoriana hasta la médula, están obsoletas y un poco ridículas si comparamos las peripecias y pensamientos de sus personajes principales con los que rigen en la novela actual o los estereotipos que parecen activos en las sociedades varias que conforman el universo costumbrista del siglo XXI. Están errados. Pensar que somos muy distintos a los personajes de Ellen Wood, la escritora inglesa que debía escribir y publicar como un ser subordinado al apellido marital en pleno siglo XIX durante el larguísimo reinado de la sin par Victoria, es una falacia. Aparente, superficialmente sí. Pero si rascamos un poco en la supuesta libertad de costumbres actuales veremos las mismas perplejidades, parecidos errores, semejantes valoraciones equivocadas,decisiones tan absurdas y autodestructivas como las que tiene cualquier hija (hijo) de vecino. No se trata del exceso literario de este folletín o folletón (como me decía Guillermo Cabrera Infante en una lejana entrevista con mucho desparpajo: no olvidemos que la palabra viene del verbo que ustedes suponen y esa actividad está tan en vigor como entonces) que incluso puede ser leído en clave de cierto humor (algo hipócrita por supuesto), sino del vigpr y actualísimo rigor de los retratos psicológicos que conforman a los principales personajes, fundamentalmente a lady Isabel Vane, al malvado rijoso Levison y al marido modelo de bonhomía, Archibald Carlyle.

La moralina, los aspavientos éticos, la hipocresía social, la rigidez censora, van trufando la acción que transcurre con la volubilidad y el capricho del Amazonas y sus afluentes, conformando argumentos paralelos, confluyentes o impertinentes que distraen al lector, como el asesinato de un personaje secundario en la mansión que da nombre a la novela East Lynne, la huida de un presunto culpable y la abnegada lucha de otra de las protagonistas, Bárbara (enamorada en secreto del recto y varonil Archibald) para demostrar su inocencia. Como ven la cosa da para pasarlo bomba en un fin de semana excesivamente caluroso, en la sombra bajo un árbol, en una tumbona, si es posible en un rural jardín inglés.

Ellen Price Wood nació en Worcester en 1814, dos años después de hacerlo Dickens, su "rival" en fama literaria y murió en 1887 veinte años después que su marido, al que dio cinco hijos y el honor de llevar su apellido a la alta literatura inglesa de la época. Cuando el bueno de Henry Wood se "marchó", Ellen revivió (como por cierto le ocurre a muchas viudas, no viudos) compró y editó la revista "Argosy" en la que fue publicando once novelas más hasta su fallecimiento. La novela que hoy nos ocupa fue un éxito sonado que se llevó con éxito a las tablas y a la pantalla. Las regalías y beneficios de su actividad literaria salvaron a la familia de  Henry Wood de la ruina y después mantuvieron en jovial actividad a Ellen (treinta y cinco novelas en total), persona muy enfermiza pero resistente, hasta su muerte.

Parece que Tolstoi apreciaba la novela, cosa que no me extraña dadas las semejanzas conceptuales con "Anna Karerina" (y con la Madame Bovary de Flaubert) y también con el gusto del ruso por complejos universos literarios en los que las tortuosas líneas argumentales van dibujando un escenario tan repleto de eventos que el lector puede pasarse el día siguiendo caminos distintos que al final, oh maravilla, se desdibujan para concentrar la atención en el trazo principal de la novela. Nuestra autora tiene un sarcasmo disfrazado de corrección o incorrección política según le conviene y una ironía moralista que va esparciendo por todos lados (lo cual debía poner a mil a los lectores de su época y más a las lectoras). Hombres con "apariencia distinguidas y modales impecables" y mujeres con"una forma esbelta, agraciada y juvenil, un rostro de primorosa belleza, una belleza que sólo se ve gracias a la imaginación de un pintor". Ya está preparado el comienzo. Y más de seiscientas páginas después nos llega el veredicto final que cierra el collar (o dogal) victoriano: "Si nos esforzamos, llegarán cosas buenas- dijo el señor Carlyle- Bárbara, nunca olvides que la única manera de alcanzar la paz es hacer lo correcto, con la ayuda de Dios, sin egoísmo, con amor". Se oscurece la luminosa pantalla sobre un abrazo de esposos felices y FIN.

En el interín del lector, o lectora, queda una pluralidad casi incansable de sucesos, actos desesperados, errores, casualidades, tragedias inesperadas, accidentes, hallazgos, etc. Toda la máquina emocional y sentimental de una mujer inteligente que escribe sobre lo que no debería hacer una mujer con un tono que desmiente el juicio moral y cuestiona por qué no debería hacerlo. Esa es la carga "oculta" que el lector o lectora percibirán (y disfrutarán). Tanto en la época de la novela en que se discutía la  ley del divorcio, Acta de causas matrimoniales de 1857, y las consecuencias legales del abandono de hogar y los hijos, como en la actual, si el lector atiende al brillante ejercicio.de análisis de las pasiones humanas que la autora nos ofrece. El escándalo estaba servido y el éxito unido a ese escándalo.Fue una de las mejores "novelas sensacionalistas británicas" que produjo la época victoriana. Hoy es una divertida curiosidad literaria que encantará los aficionados a la Inglaterra victoriana, con sus defectos evidentes y la riqueza literaria enorme de los autores de la época.

FICHA

LOS MISTERIOS DE EAST LYNNE.-Ellen Wood.-Trad. Joan Eloi Roca.- PVP 32,50 euros. 668 páginas. Ed. Ático de los libros. ISBN 9788416222995

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28 mayo 2019 2 28 /05 /mayo /2019 08:52

La editorial Periférica se ha sacado un as escondido de la manga: una poco conocida novela corta del prolífico Charles Dickens. Volver de vez en cuando a Dickens se me antoja una medida de salud mental y estético-literaria. En este caso se trata de una obra menor del gran novelista, pero no por ello menos interesante. La maestría y agudeza del escritor se justifican ya por las primeras páginas. Los dos primeros capítulos empiezan por la frase "Ocurrió de este modo". Unas cuantas líneas nos muestran la irónica facilidad para engatusar al lector. El "capítulo tercero", empieza: "No pretendo contarlo todo directamente: lo desvelaré, mejor, poco a poco..." Eh, voilá, ya ha sacado el conejo narrativo de la chistera y el lector, como en vida de él, su público oyente, guarda silencio arrobado y pendiente de sus palabras. El mago popular, en el amplio sentido de la palabra, es decir emanado y con la autoridad que le da ser del pueblo llano, nos contará la historia de George Silverman, sus comienzos lúgubres y menesterosos, su relación con el cínico Hermano Hawkyard, su "tutor" y esos bandazos del destino, casi siempre miserable, al que tan acostumbrados nos tiene Dickens, aunque permita de vez en cuando, efímeramente, que un cálido rayo del sol mitigue la soledad y desdicha del héroe. La narración en primera persona permite a Dickens hacer gala de sus múltiples registros creativos y personajes y desdichas van desfilando de la mano poderosa y firme del escritor.

George, el protagonista, es un anciano que se las sabe todas a la hora de narrar sus cuitas, desde niño, "un bobo salvaje, un cachorro sarnoso, un lobezno" (obsérvese el ritmo metafórico). Como el propio Dickens, George desde  el principio identifica la causa de todos sus pesares: "La única y poderosa causa de toda ruina que conocía: la pobreza". Para acabar después de conocer la traición, el desengaño, la soledad, de una forma bastante acostumbrada en este autor "Finalmente me ofrecieron un beneficio eclesiástico universitario en un  lugar remoto y desde allí escribo ahora mi declaración." Las cosas se han arreglado con el tiempo y la paciencia. Dickens no puede evitar la nota compasiva y sentimental que le caracteriza: "La escribo en verano, junto a la ventana abierta; delante de mí, el descanso del cementerio, última morada para corazones sanos, corazones heridos y corazones rotos". Y con la habitual coquetería de los finales dickensnianos: "La escribo para alivio de mi propia alma, sin adivinar si tendrá o no un lector alguna vez". Y, punto final. Dickens deja al lector consumido por la lectura casi hipnótica, como dice Rafael Reig en el epílogo. Es una pequeña obra de "bindungsroman", de aprendizaje o formación, o mejor de deformación, de la personalidad de un sujeto, como nuestro "Lazarillo" o "Las cuitas del joven Werther" o "El retrato del artista adolescente" de Joyce. Pero el antihéroe de Dickens no se parece a estos últimos. aunque algo a nuestro Lázaro de Tormes, pasado por la hipocresía religiosa puritana  del "caritativo" y ruin Hawkyard (cuyo apellido denota el halcón -hawk- cazador implacable y feroz). Coincido con Reig en el desasosiego que provoca el final de esta breve novela, en la que, una vez más, la sociedad y su cultura de represiones acaba con un individuo cuyo único "delito" era haber sido un niño "salvaje" abandonado y no querido.

 

 
 

 

Charles Dickens. La declaración de George Silverman, traducc. de Elena García de Paredes, epílogo de Rafael Reig, Cáceres, ed. Periférica, abril 2019, 73 págs, 16’50 euros. ISBN: 978-84-16291-76-2.

 

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18 mayo 2019 6 18 /05 /mayo /2019 09:42

Dicen que Dave Eggers sigue los pasos de Kerouac o del Richard Ford de "Canadá" debido a esta "road-novel" en que una madre de cuarenta años y sus dos hijos se suben a una auto caravana más bien destartalada a "buscarse la vida" por los grandes territorios salvajes de Alaska, donde el frío se mastica y el sobrevivir es una costosa obligación cotidiana.

Creo que eso es quedarse en la superficie de esta novela existencialista, en el sentido filosófico del término. Eggers es un escritor comprometido con la existencia, la propia y la de muchos desamparados, niños y adolescentes sobre todo, con la calidad problemática que en las sociedades avanzadas provoca crisis galopantes y, por último, en defensa de los grandes espacios de este planeta en los que uno puede llegar a recuperar el sentido de la vida,  a través del esfuerzo continuado, el sacrificio, la falta de comodidades y la belleza inmaculada y peligrosa de la vida poco menos que salvaje.

Josie, la protagonista de "Héroes de la frontera" es una mujer desencantada y harta de la mediocridad de una vida que no eligió y que no le da más que sinsabores. Y toma una decisión espartana: decide abandonarlo todo, coger a Paul y Ana, sus hijos, de ocho y cinco años y buscar en una tierra remota y salvaje el hilo que la conduzca a su satisfacción como persona.

No comentaré el cúmulo de circunstancias que le llevan a tomar esa decisión: forman parte del "aura mediocritas" de la existencia común y corriente en este siglo y en la sociedad de consumo en que vivimos la mayoría. Josie hace un balance de lo que tiene y comprende que tiene dos hijos magníficos y una viDa por delante para reponerse de los trastazos recibidos y una oportunidad para mejorar su futuro, por muy lejana y difícil que parezca ser (y, sin duda, es, como se verá). Y, para terminar siempre habrá una copa de Chardonay para endulzar la espera o las frustraciones inevitables.

Para Josie ha quedado claro que la vida que tiene no es la adecuada y que la "verdadera" vida está esperándola, a ella y a sus hijos, en otro lugar. Portanto, adelante, vamos a intentar encontrar ese lugar y ¿por qué no, Alaska? Alli vive su hermanastra Sam, en un lugar remoto llamado Homer. Pero, bueno, las cosas se tuercen o no y el camino se vuelve existencia y en el camino está la vida. A menudo es mejor el camino que la posada como escribió Cervantes. . Una vida rutera, ruda y difícil, pero,emocionante y en ocasiones, de un estimulante adrenalítico, en el pequeño universo bamboleante de una casa rodante "en la que los platos tintinean".

Las aventuras se suceden, unas agradables, las menos y otras sumamente desafiantes y nos vamos dando cuenta de que Eggers conoce a los niños y su peculiar psicología, que siente una inmensa compasión por su protagonista y que es un escritor que ha hecho los deberes (es obvio que se ha pateado los lugares que la familia rodante de Josie va conociendo).

Que como dice el propio autor, esta novela es una especie de homenaje a los pioneros norteamericanos, por ese afán creativo y audaz de colonizar un mundo agreste, hermoso y sin piedad hasta convertirlo en un hogar, pues bueno.  Aunque Eggers tiene muy claro el otro lado del espejo heroico de los pioneros y hace pensar a Josie, durante el incansable y fatigoso tráfago diario de una madre joven y sola con dos niños pequeños:"Ser americano significa ser un vacío y un americano auténtico está vacío de verdad".

Una vida "dura, salvaje y sencilla" es la que espera a estos héroes de la frontera. No tanto de una frontera geográfica, sino de una forma o estilo de vida que da la espalda a las comodidades, conformidades y frustraciones que la paranoica vida de las grandes ciudades ha forjado como una cadena alrededor del cuello de los ciudadanos.

Novela  y personajes inolvidables. Una lectura enriquecedora, que acaba así: " Josie se descubrió sonriendo, consciente de que habían hecho lo que habían podido con lo que tenían, y de que habían encontrado alegría y un sentido a cada paso. Habían creado música histérica y se habían enfrentado a obstáculos formidables en este mundo y habían reido, y habían triunfado y habían sangrado, pero ahora estaban juntos, desnudos y calientes, y el fuego que tenían delante no se apagaría. Josie miró las caras ardientes de sus hijos y supo que estaban donde debían estar, que eran quienes debían ser". ¿Hay algo más americano y pionero que esto? Hemingway debe haber aplaudido al leer esto en el Paraiso de los plumíferos. Él , seguramente, lo hubiera escrito así mismo.

 HÉROES DE LA FRONTERA.-Dave Eggers.- Ed. Random House.- Trad. Cruz Rodriguez.- 357 págs. 22,90 euros. ISBN 9788439733041


 

 
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7 mayo 2019 2 07 /05 /mayo /2019 09:12

Bertrand Russell, el filósofo más marchoso del siglo XX, en sus "Retratos de memoria" habla de H.G. Wells, el "hombre con atributos" del pícaro y divertido David Lodge.  Nos habla de la sociedad de discusiones bautizadas como "Los Coeficientes" donde bastantes figuras intelectuales del momento alimentaban sus ganas de polémica inteligente. Russell no coincidí con la mayor parte de los asistentes, excepto con Wells, que compartían su rechazo al imperialismo británico y a la posibilidad de una guerra contra Alemania y de hecho de todas las guerras. Una relación más íntima y familiar se reveló como un fracaso a pesar de ser ambos partidarios del amor libre. Hace algunos  juicios severos sobre Wells, como "su valor reside más bien en la cantidad que en la calidad de lo que hace, aunque en algunas calidades roza la excelencia...y en que es un liberador del pensamiento y de la imaginación...aunque sea demasiado sensible a la opinión del público lector".

¿Coincide esto con la visión que nos ofrece David Lodge de Wells? En general, sí. Aunque nuestro autor incide especialmente en los aspectos amatorios y sexuales de Wells y en los encajes de bolillos éticos  y contradicciones personales que estuvo barajando durante toda su productiva vida, tan compleja y variada como su vida íntima. Murió a los 80 años y más o menos por esas fechas, un Wells ya envejecido y gruñón, Lodge nos introduce en su vida y a través de una hábil licencia literaria va recorriendo los pasadizos del pasado a través de una entrevista que se hace Wells a sí mismo en sus momentos de reflexión o de alelamiento, según quien los defina.  El autor de obras tan señeras como La guerra de los mundos, El hombre invisible o La máquina del tiempo, moriría el 13 de agosto de 1946 en Londres, respetado como autor de ficción futurista (entonces nadie la llamaba ciencia ficción) y novelas de muy sensible contenido social, sexual y moral, donde defendía posturas sociales y familiares que las dos guerras mundiales certificarían a su favor, aunque escandalizaron en su tiempo, como el amor libre y consensuado, en el que siempre se vio apoyado, en la teoría y en la práctica, por otro intelectual libidinoso, el citado Russell. En el aspecto político, Wells fue un izquierdista militante, formando parte de la Sociedad Fabiana, donde se preconizaba la aplicación de las ideas socialistas de una forma progresiva e incesante.

La figura que Lodge nos dibuja de Wells es ligeramente dramática, con un medido patetismo que no oculta la amargura del escritor por ver cómo se hacían realidad sus peores premoniciones sobre la barbarie de la guerra mundial y el desarrollo armamentístico de las grandes potencias. El escenario psicológico del personaje Wells es doblemente triste y lamentable, ya que Wells se siente olvidado y ha dejado de mantener sus más caras creencias: todo es fútil, cruel e innecesario. Y cuando Wells mira hacia dentro el balance tampoco es halagüeño: las mujeres han sido el norte y el sur de su vida, en la eterna búsqueda de su Alma-Sombra: Jane, Isabel von Arnim,  Amber Reeves, Rosamund, Rebecca West (H.G. es "un jaguar en la cama"), Moura y muchas otras…, todas fueron en su momento imprescindibles, tal vez la encarnación de su ideal, para luego deshacerse en el pasado como humo, a veces inspiradoras, a veces retorcidas, taimadas, astutas. De ahí el  juego ligeramente escabroso que Lodge hace del título: el hombre con atributos (una palabra polisémica que tiene una acepción claramente sexual:los atributos masculinos) que, inocentemente, pensé establecía una relación temática con la obra de Musil "El hombre sin atributos", una de las grandes obras del siglo XX y que se refiere a otro tipo de "atributos", ,la identidad, la libertad y la capacidad de dar un sentido a la propia vida.

A través de los calados en el complejo pasado íntimo, social y literario de Wells realizados por su "otro yo" es donde Lodge logra afinar su irónica pluma, permitiéndose reflexiones de una punzante inteligencia que alcanza detalles especialmente lúcidos en la forma en la que "su Wells" asume y justifica sus propias contradicciones en la relación entre sus supuestas creencias e ideologías y el aspecto de aplicación práctica, de coherencia, que son exigibles en un hombre de su talento.

Me he sentido más cómodo con la magnífica biografía novelada que Lodge escribió sobre Henry James, "¡El autor!¡el autor!", por cierto amigo de Wells y al mismo tiempo víctima paródiada en uno de sus libros. Cuando Wells se ponía sardónico podía ser muy cruel: definió a James "como un hipopótamo intentando recoger un guisante en un rincón de su estudio". Con Wells, Lodge no llega a ese tipo de burla imaginativa pero deja que los hechos biográficos hablen  por sí solos con un sentido algo sarcástico del realismo. El mismo Wells en su sesgada autobiografía definió la historia de sus relaciones sentimentales como "una historia de codicia, tonterías y grandes expectativas". 

 

 

FICHA

EL HOMBRE CON ATRIBUTOS.- David Lodge.- Trad. Mariano Peyrou.- Impedimenta.-593 págs. ISBN 9788417553029

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2 mayo 2019 4 02 /05 /mayo /2019 09:50

Esa bendita suerte del "filobiblos", el amigo de los libros, que tantas delicias lectoras me ha ido deparando a lo largo de mi vida, ha vuelto a brindarme uno de sus relámpagos inesperados: el encuentro con "Elogio del caminar" de David Le Breton. Dos días más tarde sorprendo en la librería de Serret en Valderrobres el "Caminar", pequeño volumen del poeta y ensayista Thoreau, que edita el sello Árdora, "La montaña viva" de Nan Sepherd, de Errata Naturae y "El arte de pasear" de Karl Gottlob Sebelle, en Diaz&Pons editores. Una semana después aparece entre mis libros un título inesperado que no recordaba tener, "El arte de caminar", dos ensayos breves en un solo librito, uno debido a la pluma de William Hazlitt y otro a la del admirado Robert Louis Stevenson, editado por la Universidad de México. Cinco libros sobre una de mis aficiones más sólidas, el senderismo y justo cuando proyecto un libro sobre caminatas por el Matarraña. ¿Casualidad?¿Sincronicidad junguiana?.

Ático de los libros se une a este conjunto de coincidencias y me envía la "Guía para caminantes" de Tristan Gooley, el autor de la celebrada "Cómo leer el agua" de la que ya dimos cuenta en su día. A pesar de la frase que Gooley nos endilga ya de entrada "prefiero morir caminando que morir de aburrimiento leyendo libros sobre cómo andar de forma segura", lo cierto es que su libro "que trata de pistas y señales al aire libre y sobre el arte de predecir y deducir" nos enseña, precisamente, el arte de caminar sin morir en el intento y sin dejar de aprender cosas de la naturaleza y por tanto sin dejar ni un solo resquicio al aburrimiento, sin olvidar reglas clarísimas y reiterativas...de seguridad.

Gooley nos enseña a distinguir las clases de suelos, a apreciar los patrones, formas y lineas de los paisajes, a no confiar ciegamente en los mapas, a aplicar las técnicas sherlockianas de observación y atención, a rastrear y distinguir huellas, a escoger las rutas adecuadas,  a leer los límites de campos y caminos, a percibir lo que nos cuentan los árboles o las plantas, hongos o líquenes sobre vientos, humedad, orientación o animales. Unamos a esto los datos para conocer los tipos de nubes y lo que nos anuncian, los cielos, la meterorología, el arco iris, las nieblas y las tormentas. Datos esenciales para los caminantes: todo lo que concierne al tiempo que nos espera, incluso los consejos para evitar los rayos, (por ejemplo evita lugares altos y árboles aislados, aunque el roble atrae a rayos y el pino o el haya no). También nos enseña a leer las estrellas y orientarnos gracias a ellas o a usar el sol o la luna como brújula o reloj. No podía faltar una generosa porción de  datos sobre los animales que podemos encontrar en nuestro caminar, aves o mariposas, los cantos de los pájaros, los reclamos, los insectos, reptiles, mamíferos.

Además Gooley nos cuenta un apasionante viaje a Borneo en busca de la tribu de los dayak (más de 30 páginas fascinantes en dos partes). Consejos para conocer y patear ciudades, pueblos y aldeas, vías, carreteras y caminos, paseos urbanos, playas, ríos y lagos, nieve y arena: todo lo que es preciso saber para desenvolverse caminando por esos sitios. El libro se complementa con un capítulo "raro y extraordinario" (y no digo más, véase la pág. 362), un índice muy práctico "para dar tus primeros pasos" y cuatro apéndices, sobre cálculo de distancias, alturas y ángulos, sobre plantas, un calendario de meteoros y estrellas fugaces y un método para localizar el sur usando las estrellas o la luna. En suma, es un regalo de conocimientos para hacer más agradable y seguras las caminatas.

Gooley es un experimentado aventurero pero no es un escritor. Su prosa es pragmática y sencilla (lo cual no es lo mismo que simple). Aunque no es preciso ser escritor para comprobar que cuando uno se lanza a los caminos, el simple ejercicio de andar se convierte en una experiencia que, si uno está atento a sí mismo (y por tanto, se olvida del ego), provoca emociones, reflexiones, sensaciones, todas espoleadas por el paisaje, el silencio, la luz y el color, el sano ejercicio físico, el cansancio o el asombro y la belleza que la Naturaleza nos regala a manos llenas. La fascinación que provocan los libros de viajeros, montañeros y caminantes, no es otra que la posibilidad de revivir en uno mismo las emociones que a aquellas personas les causó su viajar.

Esos valores aumentan cuando el caminante es escritor o poeta.Es el caso de "La montaña viva"  de Nan Shepherd. Como Gooley, Nan logra que su obra se muestre totalmente integrada en el mundo natural, trasluciendo unos conocimientos profundos sobre la naturaleza. Pero además es una suerte de reflexión poética y filosófica sobre esas montañas escocesas de los Cairngorms.que ama y nos muestra desde dentro.Son doce capítulos en los que esta escritora --nacida en 1893 en una aldea del norte escocés y logró ser profesora de inglés en la Universidad durante más de 40 años-- nos hace una descripción íntima y .global, estética y naturalista, poética y literaria de la meseta y las hondonadas que la cicatrizan, los elementos que la vivifican, el agua, el viento, la nieve, la luz, los seres que la recorren, desde los insectos a las aves o los seres humanos. La sensación del lector es que Nan (Anna) es lo que describe tan apasionada pero también sencilla y humilde, rindiendo tributo a ese milagro natural como un simple elemento más del retablo maravilloso.

Las caminatas de Anna me recuerdan los paseos meditativos del zen que practiqué durante años en las montañas del Montseny, cerca de Barcelona. Un caminar que era conexión espiritual con el entorno, olvido de uno mismo, como  en S.Juan del Cruz, "entréme donde no supe,/y quedéme no sabiendo,/ toda ciencia trascendiendo/...grandes cosas entendí/ no diré lo que sentí/ que me quedé no sabiendo/ toda ciencia trascendiendo." Como dice el prologuista Robert McFarlane, hay una perspectiva taoísta o zen en las afirmaciones de Anna: "Las montañas tienen un interior...es en sí misma".

En cuanto al "Arte de pasear", se trata  de un clásico. El autor Karl Gottlob Schelle (nacido en 1777 y muerto, se supone, en 1825, falleció durante una escapada de un sanatorio mental) lo publicó en 1802. Era amigo de Kant y llegó a editar una obra pedagógica del gran pensador alemán. Defendió siempre una visión práctica y apegada a la vida cotidiana de la filosofía en contra de las tendencias metafísicas de la filosofía académica. Su "Arte de pasear" es una inteligente y optimista  visión de cómo el ejercicio físico de la caminata vigoriza el cuerpo y estimula el espíritu y el ánimo, logrando una cierta conexión con la Naturaleza que mejora nuestra existencia.

El libro ha sido editado  por Diaz&Pons bajo la dirección de Federico L. Silvestre que escribe una magnífica introducción al tema de las caminatas : "El mundo a tres kilómetros por hora" y al final un  "Recorridos y paseos de papel" donde la erudición del prologuista convierte el texto en un punto de referencia para todos los que nos interesamos por todo lo que se publica en relación al arte y la práctica y el amor y, a menudo, la obsesión física y psíquica por vivir una vida en la que nunca falta el capítulo andariego.

Las referencias librescas enriquecen el texto de Karl Gottlob Schelle que es, esencialmente, uno de los pioneros en el maridaje de la literatura con el afán y placer del andar. Como él mismo escribe en su introducción y dedicatoria al Príncipe reinante de Anhalt-Dessau, Leopold Friedrich Franz , "Un arte de pasear interesaría a todo individuo culto, capaz de valorar la posibilidad de deambular por la naturaleza en cuerpo y alma...igual que un arte de vivir debería ser objeto de aprecio para cualquier individuo en el sentido absoluto de la palabra, si es que valora la vida como algo más que un mero juego". Y añade, "En un arte de vivir  eficaz, donde fatiga y descanso, rigor y diversión, trabajo y placer se alternen entre sí en un orden eficaz, el paseo haría valer también su lugar".

Schelle es amigo de la mesura, de la medida correcta, del equilibrio y su libro se dedica a glosar, a veces de manera que parece banal y esconde una férrea humildad, no las subidas a las altas cumbres, o las exploraciones peligrosas o las carreras campestres, no a todo aquello que limite, fuerce o desvirtúe el placer psicosomático del paseo. No con la desidia artística del "flaneur" o con las exigencias intelectuales de Aristóteles, Goethe o Rousseau. Schell nos dice: se trata de elevar una mera actividad mecánica, andar, al rango de una actividad  espiritual. Son quince capítulos cortos donde, con un estilo  sencillo y unas ideas básicas pero bien estructuradas, Schell nos va dando explicaciones obvias , desde "Pasear no es un mero movimiento del cuerpo", a los "intereses del espíritu y condicionamientos del pasear", los lugares adecuados  (el campo o los jardines públicos), la influencia del paseo por el campo en el desarrollo del espíritu, las diferencias sustanciales con los paseos a caballo o en coche, cómo caminar por montañas y valles, campos, prados y bosques para que el paseo cumpla su rica función auto educativa, los fenómenos de la naturaleza, para terminar con "algunas consideraciones sobre los condicionamientos físicos del paseo".

Situando a nuestro autor en plena Ilustración se puede calibrar la originalidad de su propuesta y la importancia que el arte de caminar, que los paseos, ha tomado en una cultura que se ha despertado a la valoración de la naturaleza.  No hay tecnicismos de ningún tipo, ni veleidades literarias en Schell. Es sencillo como un campesino y profundo como un filósofo en sus análisis y propuestas que eran una novedad cuando las publicó y ahora son una nostálgica mirada histórica a una actividad que se ha convertido casi en un lugar común. Los peripatéticos y epicúreos, Horacio, Séneca, Petrarca, Montaigne, Schiller, Rousseau, Hegel, Baudelaire, Thoreau, Goethe, Holderlin, Nerval, Huysmann, Hazlit, De Quincey, Addison, Stevenson, Walser, Nietzsche, Kant, Wordsworth y entre los contemporáneos a Onfray, Leenhadt, Deleuze, Merleau-Ponty, Dewey, Frederic Gros, Walter Benjamin, Rebeca Sonit y su "Wanderlust", Perec, Julien Gracq y otros menos conocidos en nuestro país, forman parte de esa nómina prodigiosa que ha tomado el caminar como un elemento sugerente y sugestivo de orden intelectual, artístico y filosófico.

Un libro indispensable para todos los amantes de los senderos y los caminos naturales.

Y ahora una miscelánea sobre los otros autores citados: El libro de Le Breton, editado por Siruela  es un tratado filosófico, literario y poético del arte de andar por los caminos. No nos propone rutas, simplemente nos hace vivir un sendero fascinante de la mano de viajeros ilustres, filósofos peripatéticos y poetas iluminados por ese "caminar sin fin para no llegar a ninguna parte, para olvidar simplemente el paso del tiempo". Desde el poeta japonés Basho, tan implicado en el zen, hasta Stevenson, Baudelaire, Walter Benjamin, el gran explorador Richard Burton o nuestro Cabeza de Vaca, el célebre Bruce Chatwin, paradigma del viajero moderno o el ínclito Camilo José Cela, cuyo "Viaje a la Alcarria", seguí paso por paso caminando por los mismos lugares cuando cumplí los 18 años, Régis Debray, el director visionario de cine Werner Herzog, Patrick Leigh Fermor que recorrió toda Europa andando desde Holanda a Constantinopla, o terminar citando al mismísimo Rousseau y a Nietzsche o a Walt Whitman y Thoreau. El camino como reto personal, "el caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo" y como ejercicio mental y sensitivo "una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena" (pag.15) son dos de los muchos aspectos que Le Breton, profesor y antropólogo y, evidentemente, del gremio de los caminantes, refleja en un enriquecedor texto que más que leer, degustamos.

En el librito "Caminar" de Henry D. Thoreau, --lectura obligada para cuantos aman la naturaleza: su "Walden o la vida en los bosques" iluminó al mundo--, leemos: "Creo que no podría mantener la salud y el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, linbre por completo de toda atadura mundana".

En cuanto al autor de "La isla del tesoro" , Robert Louis Stevenson, sugiere que caminemos siempre que podamos en soledad ya que solo asi se puede "estar abierto a todas las impresiones y permitir que nuestros pensamientos adopten el color de lo que vemos; se debe ser como una flauta para cualquier viento". ¿Han leido ustedes antes una descripción tan bella del talante que un buen caminante debe adoptar cuando pasea por bosques y montañas? Cuando uno se aficiona al placer de caminar comprende la frase de Stevenson, "Parece como si una caminata a paso vivo nos purgara, mas que ninguna otra cosa, de toda mezquindad y orgullo". Thoreau propone una Orden de los Caminantes Andantes y una filosofía un poco radical: "Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, esposa, hijo y amigos ...si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata". Tampoco hay que tomárselo así, pero bueno, da una idea de la pasión que puede envolver al andariego una vez que le encuentra el encanto a ese ejercicio que deviene, casi, una forma de vida. Que un filósofo como Rousseau escribiera "Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie". O como afirma Le Breton en su magnífico libro, "El sendero, el camino, son una memoria grabada en la tierra, el trazo en las nervaduras del suelo de los incontables caminantes que por alli han pasado a lo largo de los años, en una especie de solidaridad intergeneracional inscrita en el paisaje". Una forma bella de decir lo que todos o casi todos los montañeros hemos pensado al seguir un camino. 

Y ahora, Robert Walser, un escritor suizo de habla alemana nacido en 1878 y muerto en 1956, durante una escapada (literal) de un sanatorio psiquiátrico suizo en plena nevada, como Schelle, curiosamente. Fue amigo de Kafka y Musil (cuyos estilos comparten sólo una cosa con Walser, la continua autoreferencia directa o indirecta) Psicologicamente era una persona inestable y aquejado de periódicas depresiones. En "El Paseo", el libro de 1917 que hoy comentamos podemos ver su estilo directo, personalísimo y en decidida comunicación directa con el lector, al que le confiesa sus dudas, vacilaciones, encuentros y hallazgos o temores. Las confesiones y reflexiones del autor tienen cierta profundidad psicológica y literaria, a la vez que un descaro sin pizca de arrogancia. "Sin pasear estaría muerto" escribió el suizo en su libro, profética y paradójicamene. Walser fue un poeta y un filósofo nato, un hombre que respiraba a través de la reflexión. Sigue a los clásicos del "tempus capere" (aprovechar la ocasión). Un tiempo que hay que saber esperar tanto como no perder. Y es el tiempo que se hace camino. en el que coincido plenamente con el autor. Walser merece una lectura atenta. En cuanto al motivo central estrictamente, el pasear, el caminante,  atestiguo después de decenas de años de practicar esa forma de andar por senderos y montañas de toda España, que esa actividad es más que un deporte o una actividad saludable...es el reflejo activo de una forma de vida.

FICHAS

GUIA  PARA CAMINANTES.- Tristan Gooley.-Trad. Victor Ruíz Aldana.- 448 págs.- 19,90 euros.-Ed. Ático de los Libros. ISBN 9788417743055

EL ARTE DE PASEAR.- Karl Gottlob Schelle.- Trad. Isabel Hernández.-Ed. Díaz Pons.-182 págs. ISBN:9788494084492

LA MONTAÑA VIVA.-Nan Shepherd.- ERRATA NATURAE.-Traductor: Silvia Moreno Parrado, 19,50 euros.- ISBN: 978-84-16544-96-7

EL PASEO.- Robert Walser. TRad. y prólogo de Menchu Gutiérrez. Ed. Siruela,. 85 págs. ISBN 9788416964512

 ELOGIO DEL CAMINAR,.David Le Breton. Editorial Siruela.Traducción de Hugo Castignani.171 páginas.-   

CAMINAR.-H.D.Thoreau.-Ed. Ardora, 60 págs.- EL ARTE DE CAMINAR.-W. Hazlitt y R.L. Stevenson.-Ed. Univ.Auton. México. 54 págs.

 

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