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1 febrero 2014 6 01 /02 /febrero /2014 16:31

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Tiene un público minoritario pero fiel, entendido, detallista, entregado a la adoración común de ese arte sublime, la música. Proliferan los tratados, comentarios, exégesis en torno a la música y los músicos, compositores o intérpretes, directores o historiadores. Es como un gran club privado, o más bien una hermandad o una fraternidad masónica o rosacruz: los aficionados a la llamada música clásica (tópico linguístico que dejaremos así, por esta vez). Por eso me ha parecido interesante recomendarles esta semana un libro dedicado a analizar la vida y la obra de uno de los compositores españoles que triunfó en la segunda mitad del pasado siglo, Xavier Montsalvatge. El autor, un periodista vallisoletano, José Guerrero Martín, compañero de trabajo de quien esto firma durante cuatro décadas. Y las credenciales del analista: periodista cultural de rara calidad, melómano impenitente, dotado de un castellano perfecto y una curiosidad humana relevante, Pepe para los amigos, cultivó durante muchos años la amistad de su biografiado debido a la feliz circunstancia de que ambos trabajaban en "La Vanguardia": uno, artículos de cultura y política internacional y el otro, la crítica musical del diario. Por tanto estamos ante uno de esos ejemplos de convivencia enriquecedora entre una figura cultural y el hombre que habrá de legar a la posteridad la imagen más cercana del notable, como por ejemplo Eckermann con Goethe o Ernest Jones con Freud (éste es más bien un hagiógrafo). El autor subtitula su trabajo "Administrador de armonías y silencios" pues debe ahondar con sigilo y delicadeza en la personalidad de Montsalvatge, un hombre que muchos consideraban "hosco, reservado y distante" y emplea en ello "cientos de horas de conversación". Con una disciplina de trabajo admirable, Guerrero, Pepe, busca, indaga y analiza datos, opiniones, escritos, entrevista a personas que se han relacionado con el compositor, a familiares y amigos. Y con todo ello perfila a un hombre inteligente, contradictorio y lúcido, capaz de responder a una pregunta sobre cuál es su propia opinión de crítico sobre su faceta de compositor: "Sabe demasiado para que su obra esté mal y no es lo bastante buen músico para que resulte verdaderamente buena" (pág.413). Pero no hace un retrato del hombre aislado de sus circunstancias  sino que lo relaciona con el siglo que le tocará vivir intensamente y nos ofrece, en definitiva, una obra densa que no obstante se lee con fruición e interés. Recomendable para aficionados a la música y en particular para los que gusten de biografías honestas y documentadas.

 

XAVIER MONTSALVATGE.- José Guerrero Martín.- Témenos, edicions.-696 págs.-20 euros  

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31 enero 2014 5 31 /01 /enero /2014 08:53

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 La última novela del maestro del thriller y la narrativa de espionaje, John le Carré (su nombre real es David Cornwell), uno de los sucesores más cualificados de la escuela de Graham Greene, te deja con un sorprendente sabor de boca, más aún que después de leer "El jardinero fiel". La complejidad de los personajes, su dicotomía ante el bien y el mal, la culpa y el arrepentimiento confrontado a una sociedad eticamente decadente, al abandono de los valores y principios y, sobre todo, como uno de sus personajes reflexiona, a ese desafío filosófico que hizo público Anna Arendt, el de la banalidad del mal. Que en esta novela es más bien la estupidez irremediable y la indiferencia patológica de la clase política.

Si en los años 70 cuando triunfaban las obras maestras del espionaje bipolar, "El topo" o "Nuestro hombre en La Habana" o "El ministerio del miedo" la ética de sobrevivencia imperaba, aunque se respetaban bastante las "reglas del juego" entre aliados y enemigos, en nuestra época el desencanto, la automatización, la sustitución de la moral por el beneficio, el olvido de las mas elementales reglas de respeto humano y una técnica desprovista de alma, vendida al mejor postor, instrumento ciego, han convertido el escenario en una selva sin remisión y sin principios.

También el novelista, Le Carré, ha perdido un poco el norte de su elegante relativismo moral. Aunque toda la trama de "Una verdad delicada" se basa en un frustrado, ridículo y absurdo intento de secuestrar a un terrorista en Gibraltar (en los noventa hubo una operación semejante allí, pero el sujeto era un miembro del IRA), en el que intervienen un comando del ejército británico y unos mercenarios norteamericanos de una gran empresa de seguridad privada, auspiciados por un viceministro inglés y comprobado "in situ" por un alto funcionario del Foreign Office que se convierte en uno de los protagonistas de la novela. La acción es cerrada oficialmente como un éxito secreto que, como fruto, le proporciona un titulo nobiliario al funcionario.

Unos años después, el funcionario, Christopher Probyn, ya está jubilado y goza de una vida cómoda y más o menos feliz con su esposa y su hija en Cornualles. Pero aparece uno de los soldados britanicos que intervino en la acción y demuestra que todo había sido un engaño. Que la acción no tuvo éxito y que durante un estúpido tiroteo innecesario habían muerto una inocente mujer árabe y su hija pequeña. El segundo protagonista de la novela,  Toby Bell, también funcionario del Foreig Ofiice, mucho más joven, que había sido secretario del diputado y que había sospechado desde el principio que toda esa operación era ilegal, conecta con su antiguo compañero y...

Bien, mejor que la lean. Toby es un idealista y Probyn un diplomático de la vieja escuela, ceremonioso y conservador-Ninguno encaja en un mundo donde la verdad siempre es incómoda y los que la defienden acaban siendo silenciados de un modo u otro. No hay compasión. Y la indefensión de todos los que están "fuera" no tiene recurso ni abrigo: la policía, el ejército, los políticos, prefieren no saber. La media docena de páginas en las que Le Carré nos describe la surrealista entrevista que sostiene Probyn con sus ex compañeros del F.O. a los que le lleva un documento donde denuncia la operación, son magistrales. Nada de reconocimiento y justas indignaciones, los burócratas oficiales acorralan al pobre ex alto funcionario y le amenazan con medidas que ponen en peligro su situación, a su familia y a sí mismo, con la connivencia de las más altas instancias politicas, profesionales o judiciales del país.

A sus 81 años, Le Carré nos brinda una novela nuevamente eficaz, distraída y perfectamente ensamblada y escrita. Su irónico sentido del humor se ha vuelto más mordiente y sus convicciones y denuncias siguen siendo lúcidas y pesimistas. La hipocresía, las mentiras oficiales, la codicia de un mundo que parece dirigirse a la autoextinción, la falta de ética pública y privada, las grandes injusticias antihumanas que asuelan el tercer mundo, la crueldad innecesaria y estúpida no son sólo conceptos generales, Le Carré las analiza en su propio país y de rebote en los Estados Unidos, país por el que, desde la guerra de Iraq, siente escasa simpatía. Y todo eso nuestro novelista lo pone en una platillo de la balanza literaria y moral, en el otro, la madre y su pequeña asesinadas por error, un crimen nunca asumido o reparado.

Estamos lejos de los tiempos del Circus y del gran Smiley, nuestro hombre ha dejado en un armario a los espías y sus maniqueas batallitas y reparte sartenazos con una sonrisa irónica pero sin compasión.  Léanla, pero después vuelvan a "La gente de Smiley" o a "El espía que surgió del frío". Entenderán lo que les he comentado.

 

FICHA

UNA VERDAD DELICADA.-John Le Carré.-Traducción Carlos Milla Soler.-Ed. Plaza Janés.-360 págs. 22,90 euros 


   

   
   
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29 enero 2014 3 29 /01 /enero /2014 11:15

manu.jpgHa muerto Manu Leguineche, maestro, mentor, compañero y amigo (para mí una especie de Carlos Nadal en potencia cuya amistad nunca llegó a florecer debidamente por la circunstancia disgregadora de vivir él en Madrid y yo en Barcelona). Cuando se retiró a Tejar de la Mata, pueblecito alcarreño, aquejado por una enfermedad --me dijeron amigos comunes que le afectaba los procesos cognitivos -- me planteé el ir a verlo y por esas cosas que uno no sabe controlar, voy postergando la visita hasta que se convirtió en una sombra, una querencia difuminada por la falta de contacto y la lejanía. En los años 80 y 90 fue nuestra época dorada como amigos. Él dirigía Colpisa, una agencia de artículos y reportajes con sede en Madrid, que solía repartir por los diarios regionales de toda España los artículos y crónicas de los periodistas de "La Vanguardia", entre ellos los míos. Recíprocamente Manu dejaba rienda suelta a su instinto de gran reportero y se marchaba a los lugares del mundo donde se producían las noticias --guerras, golpes de Estado, elecciones-- como un "free lance" cuyas crónicas también publicaba "La Vanguardia" entre otros diarios. De ahí vino nuestra relación, bastante intensa esos años, que evolucionó a una simparía mutua y al final a una amistad incondicional.

Recuerdo con viveza una semana de estancia en Lekeitio, el pueblo vasco donde nació y en que conservaba el destartalado piso familiar en la calle principal. Yo estaba escribiendo una novela y me ofreció pasar allí unos días. Me dio las llaves y unos consejos para desenvolverme en el pueblo. Allí estuve seis o siete días, escribiendo sin parar, bañándome en la playa y comiendo pescado en los bares del pequeño puerto de Lekeitio.

También en Madrid nos veíamos, cuando Manu estaba con Rosa María Mateo, la "musa de la transición" la periodista de TVE con los ojos más azules de España. Estuve varias veces en el ático que tenía, lleno de libros y videos de cine. Ibamos a comer a un bar de su barrio en el que solía hacer sus partidas de mus, y donde le tenían un afecto y un respeto que era la tónica habitual de las reacciones que solía provocar el trato afable, llano y pleno de un humor sin malicia que era uno de los sellos distintivos de Manu. De él recibí un apoyo y un afecto del que me siento deudor. A pesar de que sólo nos separaban cinco años de edad, para mí era un maestro tanto más respetado y venerado cuanto hacía gala de una humildad y una ausencia de vanidad admirables.

Compartí muchas cosas con Manu. Desde el amor a los libros, al cine y a la política internacional, hasta la decisión --muy temprana y clarividente-- de que terminaríamos nuestros días de trashumancia profesional en un pueblecito, lo más pequeño y pacífico  posible. Él escogió un pueblo de La Alcarria y yo, uno de Teruel, en el Matarraña. Fue uno de los temas que quería analizar con él, ese amor al aislamiento, a la reflexión y a la lectura. Lamento no haberme dado la ocasión de volver a verlo y habernos echado unas risas en recuerdo de aquella época en la que yo formaba parte modestamente  de "la tribu" (los periodistas que circulaban por esos mundos de Dios como enviados especiales o corresponsales) y Manu era el indiscutible jefe, amado y respetado por todos, en un oficio donde la malevolencia, las críticas, la envidia, la vanidad y la burla eran el pan de cada día. Descansa en paz, amigo.

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26 enero 2014 7 26 /01 /enero /2014 10:36

Las he visto en algunas ocasiones, pocas, en casas de algunos amigos aficionados a los largos paseos por las montañas o los campos. Suelen tener piedras, generalmente en las repisas de las baldas de las bibliotecas. Cuando son muy hermosas, en un aparador o una mesita de noche. Son piedras singulares, recuerdos de caminatas, de ascensos a cumbres, algunas con un nombre escrito o una fecha, el lugar y el día. La mayoría son piedras corrientes. La singularidad se las da la mirada del montañero, su propia historia personal imbricada en el aire libre, la soledad, la belleza panorámica, la dificultad física y anímica del logro deportivo personal. He acarreado piedras de muchas excursiones, algunas son falsos petroglifos, amonitas, curiosos estigmas geométricos de plantas fosilizadas, otras son bellas y rotundas como un mensaje de amor y hay un par que presentan aristas u oquedades ominosas, como un desafío. O colores inesperados, ocres violentos, ramalazos de vetas blanas sobre un fondo gris o negro, auténticas joyas, agrestes como exclamaciones, como emociones súbitas, recuerdos sólidos de momentos delicados donde el miedo se une a la excitación del desafío y a la alegría de salir indemne. Hay algo vivo en esos fragmentos de roca. Una energía encapsulada, fundida en sí misma, matriz de algo más grande, inmenso, inabarcable, la naturaleza en estado puro. No se puede hablar de coleccionismo. Es mucho más que eso. Tiene una implícita trascendencia que no es percibida más que por el que atesoró la piedra, una hilación persona-mineral que tiene algo de magia del objeto, actitud de respeto hacia eso primordial que nos supera y en contadas ocasiones nos acoge. Hay biografía humana en esos elementos minerales, les prestamos algo de nuestra alma. Es el homenaje de un hombre a un principio atómico de identidad, un animismo cosmogónico que nos lleva a sentirnos parte de todo. De ahí nace el amor a la naturaleza y nuestra propia e insobornable humildad de pequeños seres anonadados por la infinitud de la creación, del mundo inabarcable de la existencia. 

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25 enero 2014 6 25 /01 /enero /2014 10:51

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  Todo informe, por definición, ofrece datos que conciernen al lector al que va dedicado, de una manera o de otra, directa o indirectamente. Si además circunscribe su alcance a un "interior" determinado, conocido o al menos interesante para el lector, miel sobre hojuelas. Y el caso es que este "Informe del interior" del escritor norteamericano Paul Auster --complemento discursivo del libro anterior "Diario de invierno" o uno más lejano "A salto de mata"-- se refiere nuevamente al propio Auster, a detalles de su vida --de adulto y maduro en "el invierno" y de niño de cinco años  a los doce en este "interior"-- y por tanto, dadas las caracteristicas del sujeto, de un interés bastante relativo para un lector casual (supongo que a los fans de Auster les encantará saber las películas que le gustaban de niño, sus lecturas iniciales, su pasión por el beisbol y, para poner la guinda al pastel, comentarios sobre dos películas "El increíble hombre menguante" y "Soy un fugitivo" que fueron impactantes para el niño. Después, le acompañaremos en sus primeros amores, sus estudios, su estancia en Paris, las escarceos literarios, proyectos y tentativas y una cajón de sastre donde la sensibilidad del escritor neoyorquino nos muestra las reacciones de su  delicada mente en comentarios a unas imágenes que van despertándole recuerdos del pasado.

Todo en conjunto no configura un retrato psicológico del escritor como pretenden los exégetas sino un batiburrillo de materiales de variado interés y nada uniforme valía literaria que desconcierta un poco y hace pensar en una cierta sequedad creativa en Auster, un sensentón por otra parte muy activo que a falta de pan nos vende peces de colores. La pulsión autobiográfica es un recuerdo manido para escritores en horas bajas creativas. Casi todos lo han hecho y unos con más fortuna que otros, Graham Greene y Mark Twain, por ejemplo, Anthony Burgess, o Thomas Mann. Otros siempre han hablado de sí mismos, como Hemingway o Scott Fitzgerald disfrazándose con los personajes de sus novelas. Pero Auster no está a la altura, que me perdonen los austerianos, de ninguno de esos gigantes literarios y sus avatares relatados, aunque simpáticos algunos e indudablemente bien narrados --nadie le discute su oficio-- no entrarán en la historia de la buena literatura autobiográfica. Y, precisamente, uno de los más grandes en ese género fue Michel de Montaigne, el filósofo literato francés, uno de los más admirados por Auster, cuyo profesor de francés en la Univeriddad de Columbia fue precisamente un traductor de Montaigne al inglés. Quizá en esa familiaridad con la pulsión autobiográfica está el origen de esta insistente mirada de Auster en su propia vida.

Nadie puede negarle, pues, osadía a Auster, que parece haberse convertido en una especie de réplica literaria de la trayectoria europea de su compatriota neoryorquino Woody Allen. Uno en la literatura, el otro en el cine. Es decir: generan una simpatía generalizada entre los europeos --en España especialmente-- cuando en su propio país no los valoran tanto. No entro en que seamos o no más perspicaces que los yanquis para saber de genialidades y genios. Lo que es cierto es que, como decían los textos sagrados, "nadie es profeta en su tierra". En todo caso, una recomendación: los y las fans de Auster no se deben perder esta nueva entrega de las "confesiones" del escritor sobre su pasado. Los que no conocen a Auster, mejor que empiecen por la "Trilogía de Nueva York" y luego sigan, hay media docena de títulos notables entre los más de treinta firmados por Auster. A mí, admirador pero crítico con Auster, este libro me ha divertido a ratos y me ha mostrado lo que ya sospechaba: en sus juventudes solitarias y laboriosas, Auster no era un Schopenhauer o un Tolstoy o un Chejov. Padecía el desconcierto y la vulgaridad intelectual de la mayoría de nosotros (hace falta bastante honestidad y descaro también para ofrecer públicamente ciertas pruebas de ésto último) pero lo cierto es que él era uno de los de esa minoria de marcados por las musas: hay una pulsión de búsqueda que le ennoblece. Y eso también se deja ver en sus reflexiones y en sus cartas a su distante amada.

FICHA

 

INFORME DEL INTERIOR.- Paul Auster,. Ed. Anagrama.Traducción de Benito Gómez Ibáñez.-328 págs.    
   
   

  

 

     

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24 enero 2014 5 24 /01 /enero /2014 08:09

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Esta es una de las ocasiones en las que este crítico se dejó influir a primera vista por una portada, provocando no atender la demanda de lectura que todo libro plantea desde su "escaparate". No es que provoque rechazo, mas bien al contrario. La sonrisa de Laura Borrás desde la portada es una bienvenida radiante. Pero por un automatismo "publicitario" pensé que  el contenido sería quizá un banal y predigerido  paseo  superficial por los clásicos más trillados. Menos mal que entré en el índice y espigué entre las páginas. Aquello no era superficial, ni banal, ni las obras tratadas eran las habituales en todo "readers digest" que se preciara. La Borrás sabía de lo que escribía, se había trabajado profunda y profusamente la temática de cada trabajo, aportaba ideas y reflexiones personales de alto calado y exponía una brillante originalidad en casi todo lo que trataba a pesar de ser asuntos que ya han sido muy elaborados (sobre todo los tres primeros). Ya las 50 páginas de la introducción eran una muy agradable aportación al eterno debate de qué cosa son los clásicos, por qué lo son y cuál es la razón de su vigencia.  Los análisis del Edipo Rey de Sófocles y la inexcusable modernidad de su mensaje; el del personaje de Stendhal en "La Cartuja de Parma", la fascinante duquesa Sanseverina; la metamorfosis de Kafka, símbolo de transformaciones; y los poemas de diversos autores sobre la mujer sin nombre de la Biblia, la mujer de Lot (episodio que Laura Borrás refleja como símbolo del temor de muchos a "mirar hacia atrás", es decir a los clásicos), son reeelaboraciones de unas charlas dictadas por la autora en un ciclo de conferencias de una entidad. El conjunto es sugestivo, aleccionador y tiene algunas páginas brillantes. Lo he leido con sumo placer y lo recomiendo a estudiosos y profesores y, sin duda, al público amante de la literatura. Como escribe nuestra autora: "Alimentarse  solo de los productos (libros) de la temporada produce anemia cultural, por eso es necesario leer a los clásicos, hoy, mañana y siempre". Sólo una indicación a los editores (Ara Llibres): por favor pongan esa bella foto de la autora en la solapa y den un tono algo más serio a la portada, evitaremos confusiones.

FICHA

CLÀSSICS MODERNS.- Laura Borrás.- Ara Llibres. 183 págs.

 

 

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22 enero 2014 3 22 /01 /enero /2014 08:14

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Jabbar Yassin Hussin es un escritor iraquí nacido en 1954 en Bagdad que se exilió en Francia y actualmente vive en La Rochelle dedicado a la jardinería y la literatura. En "El lector de Bagdad" (ed. Siruela) se recogen algunos de los relatos que ha escrito con el desarraigo del exilio y la memoria unidos a algunas visitas esporádicas (a partir de 2003) a su país, ya destruido por la guerra, las invasiones extranjeras y las luchas interiores. Enriquecido por un prólogo magnífico de Alberto Menguel, el libro, editado en 2004, ha llegado a mis manos tras una búsqueda casual entre los libros amontonados en un quiosco de venta de libros usados del Mercado de San Antonio barcelonés. Ya estaba leido y subrayado por un lector anónimo que también dejó curiosos comentarios escritos en los márgenes. Menguel nos recuerda uno de los datos que más me atrae de estos escritores de los países arábes: su acrisolada pertenencia a la "comu hidad literaria más antigua del mundo". Pues aquí nació la escritura, unos signos rudimentarios sobre una tableta de arcilla que indicaban algun tipo de transaccción comerical. Y miles de años después esos signos darían lugar a los cuentos de las Mil y una Noches, a la epopeya de Gilgamesh, a Macbeth o a Sancho Panza, a Kafka y a los cuentos que componen "El lector de Bagdad".

Ya en el mismo comienzo del libro uno cree estar escuchando a uno de esos contadores de cuentos que solían mostrar su arte en los cafetines del barrio sur de Bagdad, junto al perezoso curso de las aguas ocres del Tigris. En uno de estos cafetines tuve la fortuna de escuchar a uno de ellos que, con gran picardía, nos incluyó a los occidentales que lo escuchábamos en el relato. De tal forma que aunque no sabíamos qué decía, sí comprobamos el efecto cómico que producía en los iraquíes que nos rodeaban. Pero volviendo al relato de Jabbar Yasin, nos habla de los tiempos remotos (el año 1258) en que los mogoles entraron en Bagdad a sangre y fuego y cómo construyeron sobre el Tigris un puente para invadir la ciudad. El puente estaba hecho de libros amontonados de la Biblioteca de Bagdad, casi totalmente expoliada. Y dicen que las aguas del Tigris corrieron negras durante algunas semanas  por efecto de la tinta de los libros  y manuscritos que formaban el puente. Encontraremos en las historias del libro, una biblioteca semejante a la de Borges, con libros en blanco que describe el viejo bibliotecario asegurando que "cada uno de estos libros es una gota de nuestra desgracia, de la desgracia de los hombres". En otro relato encontraremos el árbol del santo espino, que crecía junto a la isla de Simbad, en el lugar donde se abrazan el Tigris y el Eufrates. Al parecer el arbusto fue plantado por Adán. En babilónico se le llamó kishkanu y tenía la virtud de curar enfermedades y alargar la vida. Jabbar nos comenta secamente que el arbol se secó durante la dictadura de Saddam Hussein. Los cuentos de  Jabbar juegan con la realidad y la ficción, el hoy, el ayer y las leyendas, un tiempo fuera de la historia, mezclando lugares aunque casi siempre Bagdad es el centro, el ómphalos de todo, aunque a veces parezca Buenos Aires y nos crucemos con un bibliotecario ciego que se llama Borges. O, quizá el propio autor se encuentre en la orilla del Tigris a un muchacho que le recita un párrafo del primer cuento del libro "El lector de Bagdad". Un aire mágico rodea estos cuentos de lectura fácil y emocionante.

FICHA

EL LECTOR DE BAGDAD.-Jabbar Yassin Hussin.-ED. SIRUELA.-104 págs.

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19 enero 2014 7 19 /01 /enero /2014 16:15

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De pronto, en un puesto de libros viejos, entre cientos de volúmenes, encuentro uno ("Antología poética moderna" Poetas españoles e iberoamericanos. Editado por Editorial Barna, posiblemente en los años 40)cuyo autor me llama la atención. Al conjuro de ese nombre, como un relámpago, vienen imágenes inconexas de mi infancia, algo se remueve en un añejo rincón de mi mente. Agustín del Saz, catedrático del Instituto "Ausias March" de Barcelona. Abruptamente aparecen imágenes del pasado a mi cabeza. Son los días remotos en los que, moviendo algún resorte burocrático oficial, mi padre me ha conseguido una plaza en un instituto de enseñanza media. Acabamos de llegar a Barcelona. El curso ya lleva dos meses comenzado. La familia viene de Marruecos, donde mi padre ostentaba un cargo oficial. Es el año 1960. El instituto está en un enorme y ajado palacio de la calle Aribau. Cada mañana debo coger un tren en Premiá de Mar, donde vivimos, para ir al instituto. Estudio 4º de Bachiller y es un curso importante pues habré de enfrentarme a la Reválida Elemental. Sin embargo es un curso doblemente difícil pues he cursado el comienzo en un Colegio de Maristas en Tetuán y debo seguirlo en un ambiente totalmente distinto: un instituto de enseñanza pública y una ciudad desconocida y gigantesca para un niño de 14 años. A trancas y barrancas trato de superar el desafío escolar. Todo es ligeramente hostil y extraño. Sin embargo me encuentro con un  profesor que me atrae. Ama la materia que imparte y ese amor resuena en mí, que ya llevo algunos años, desde el final de mi primera década, fascinado por los libros y la lectura. Es el catedrático de Literatura, Agustín del Saz. Ese irregular y complejo cuarto curso de Bachiller se salda con grandes dificultades con un suspenso en Matemáticas, aprobados por doquier y un sobresaliente en Literatura. Don Agustín se convierte en mi mentor. Me proporciona libros de lectura y me guía en el fascinante mundo literario. Una redacción mía gana el Premio del Instituto a la mejor narración. Don Agustin me entrega el premio: cuatro volúmenes de la editorial Juventud. Julio Verne (De la Tierra a la Luna) Salgari (Sandokán), Herman Melville (Moby Dick) y Dumas (Los tres mosqueteros). Aún los conservo en algún lugar de mi caótica biblioteca. En un aparte, don Agustín me dice: "Sigue así, chico. Te veré publicar y quizá algún día te pueda incluir en una de mis antologías y presumir de alumno." No he olvidado esas palabras. Al curso siguiente me cambiaron de centro y le perdí la pista a don Agustín. Y con esa inconsciencia ingrata de la juventud no volví a saber nada de él. Hasta ayer. Esté donde esté, --quizá como empleado en alguna Bibilioteca celestial o tal vez en la que dirige Borges, subiendo al Cielo a mano derecha,-- me gustaría que le llegara mi saludo afectuoso. No le he olvidado. Solo necesitaba un guiño libresco. Gracias, don Agustín. No he llegado tan lejos como usted, tan generosamente, proyectó para mí, pero no he dejado, ni un solo dia en mi vida, de respirar literatura, de existir para y por los libros. Y de eso, usted tiene bastante mérito. Algún día nos veremos, nuevamente entre libros, en el Séptimo Cielo donde residen los "lletraferits".

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16 enero 2014 4 16 /01 /enero /2014 10:09

mar interior

 

Philip Hoare pertenece a esa estirpe de escritores aventureros y eruditos que Inglaterra regala al mundo, desde T.E. Lawrence a Patrick Leigh Fermor, pasando por Lawrence Durrell o Robert Louis Stevenson. Cantante y musico punk en los setenta, comenzó a publicar libros en los noventa, biografías o analisis de autores como Noel Coward o Wilde, libros de historia o sobre lugares insólitos. Viajero impenitente y biólogo de vocación, Hoare despegó en su faceta de escritor de culto con el libro "Leviatán o la ballena", en el 2010, que mereció la crítica entusiasta de un buen grupo de exquisitos de la literatura y hace unos meses, también bajo el sello de "Ático de los libros", nos ofreció "El mar interior" donde insiste en un tipo de libro inclasificable que oscila entre los géneros de la autobiografía, el libro de viajes y aventuras o el ensayo científico. En este caso Philipp nos muestra su amorosa erudición sobre determinados animales, desde los marinos, ballenas y delfines o focas, hasta los pájaros, con una formidable descripción de los cuervos o referencias a escritores como Alfred Tennysson, fotógrafas míticas como Julia Margert Cameron  o fascinantes antepasados del escritor, todos arrullados por los "gemidos del vagabundo mar" que es el auténtico protagonista de este libro peculiar y fascinante.

Pero no es una admiración de erudito o científico, sino de hombre de acción. Hoare busca la comunión entre su cuerpo y el mar, continuamente, de forma cotidiana y alborozada. Si nos habla de las ballenas es porque ha buceado entre ellas, porque ha nadado entre delfines, porque busca continuamente el contacto con esos animales que admira y respeta, sin importarle el tiempo, ni la temperatura o el peligro. Sus ensoñaciones casi oníricas del mar, las costas, el agua cristalina, las olas furiosas siempre creándose a sí mismas, recuerdan un poco las paradojas de Chesterton y las arrobadas descripciones de otro Durrell, no Lawrence, sino su hermano Gerald, biólogo entusiasta que une a su amor por el mundo animal un humor sutil.

Ese entusiasmo es que brilla con luz propia en las páginas de Hoare, que incluso nos asegura que "el mar nos da sustento y nos amenaza, pero también es nuestro lugar de origen" (pag.57) y nos recuerda las teorías de Callum Roberts, Desmond Morris y Elaine Morgan que sostienen que somos "simios acuáticos" y que estando formados por un 50% de agua, "todos tenemos nuestro mar interior" y estamos más dotados para la natación y el buceo que para las carreras o el volar. Sin solución de continuidad, ese amor acuático impregna las historias que se van desarrollando de forma aparentemente espontánea sobre inmersiones y viajes en las Azores, Sri Lanka o Nueva Zelanda, sin olvidar las aguas de su país.

Y de vez en cuando, de forma inesperada, su foco de atención deja de ser marino para ocuparse, como dijimos, de los cuervos o del tilacín o Tigre de Tasmania, dejando entrever una dura y dolorida crítica a la actuación depredadora humana respecto a especies que se han extinguido o están en peligro de ello.

Las observaciones y juicios de Hoare toman a menudo un sesgo poético o reflexivo de enorme calado. Aún me hace reflexionar el comentario metafísico con el que acaba uno de sus capítulos; "Nuestro primer temor es el abandono; nuestro último miedo también. Todos dejamos nuestro hogar para encontrarlo y corremos el riesgo de perdernos para siempre" (pag.67). Pero la enseñanza implícita en "El mar interior" no nos habla de pérdida sino de hallazgo. El de un hogar difícil y variable pero cuya belelleza y pertenencia es indiscutible: el mundo en que vivimos, que exige respeto y ofrece gratificaciones vitales sin cesar.

 

Amenizado con dibujos y fotografías, el libro de Hoare es un placer y un reto. No sólo nos informa y atrae nuestra curiosidad e interés, también  nos alecciona y nos reclama amor y respeto a la naturaleza. A través de sus "mares" diversos, el suburbano, el del sur, el del vagabundo, el interior, Hoare despliega una prosa austera pero brillante y unos conocimientos enclopédicos pero mostrados con la gracia y el encanto de un prestidigitador, y lo hace de tal manera que uno comprende que se trata de un convencido, de un fanático amante de la vida natural y su defensa a ultranza.  Y acaba: "Mi cuaderno de notas descansa en la mesita de noche de mi habitación. Allí está todo, invertido entre sus páginas: las postales y las hojas secas y los recibos que guardo, los pedazos de piel de ballena, los esbozos de plantas y animales desconocidos. En ausencia de todo lo demás, esto es mi hogar, mi vida entre espirales y tapas de cartón negro, el ancla que suelto en los mares por los que navego...Es hora de volver a casa "(pag 308).

 

FICHA

EL MAR INTERIOR.-Philip Hoare.-Traducción Joan Eloy Roca.-Ed. Ático de los  Libros.333 pags 

 

 

 

 

 

 

 

 

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15 enero 2014 3 15 /01 /enero /2014 08:20

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Que un filósofo como Eugenio Trías, recientemente fallecido, se dedicara en algún momento a reflejar en un libro su amor por el cine es algo muy sugestivo no sólo para los filósofos, también para los cinéfilos. Para los primeros porque aplicar una mente lúcida pertrechada en el hábito del análisis a ese séptimo arte que es la primera actividad artística que mezcla narrativa, pintura, fotografía y música, poesía y ciencia, es una fuente de inteligentes sugerencias. Y para los segundos porque recibirán de una mente notable la visión intensa de un placer compartido que despertará sensibilidades y observaciones distintas, una forma diferente de completar el círculo artístico que emana de la visión de una película.Evidentemente como él mismo reconoce en su prólogo, la selección adoptada  por Trías es absolutamente subjetiva, es una selección correcta aunque incompleta y en algún punto discutible. Como decía Quevedo, "ni están todos los que son, ni son todos los que están". Pero referirse a las películas más importantes de Hitchcock, de Stanley Kubrick, de Orson Welles, de Coppola, de Tarkovsky, de Fritz Lang o de Bergman y David Lynch, no es precisamente una mala elección. Trías vehicula sus comentarios mostrando un concepto, una idea o un simbolismo como si estos formaran en las obras de esos directores una especie de corriente subterránea que emana aquí y allá en una secuencia o un plano, en el desarrollo del argumento. Y así nos habla de "La inteligencia y sus fantasmas" cuando comenta las peliculas de Kubrick, desde "Atraco perfecto" a "Eyes wide shut". De "catastrofes y contratiempos" sobre Ingmar Bergman y su "Fresas salvajes" o "Gritos y susurros". De "mundo aparte" a Coppola y la trilogías de "El padrino" o su "Drácula" . De "Grandes mansiones e historias de amor" sobre Hitchcock y "Rebeca", "Recuerda" o "Vértigo". Para terminar su interesantísima, aunque no demasiado original exposición, Trías nos ofrece su propio "canon" sobre la diez mejores películas de la historia del cine. Pero él rechaza la limitación numérica para proponer diez "constelaciones" es decir diez directores con sus obras más emblemáticas. Como he escrito antes: un libro para amantes del cine, en todo caso.

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FICHA

DE CINE.-Aventuras y extravíos.-Eugenio Trías.-Galaxia Gutenberg. 366 págs. 23 euros 

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